DE LA MEMORIA Y OTROS OLVIDOS

Quizás algunos recuerden todavía que Argentina entró en un estado de tensión importante allá por el año 1978 con nuestra vecina República de Chile. Como siempre, los problemas limítrofes.  En esta oportunidad, la zona del Canal de Beagle. Recuerdo el nombre de unas islas que no sabía cómo se llamaban porque tenían nombres raros, supongo ingleses, por lo menos así sonaban.

Hasta mediados del ’77, los colimbas eran preparados para las guerrillas contra los “subversivos”. Los de la clase ’58 fueron los primeros soldaditos de 18 años que aún hoy, de casualidad, charlando con un ex suboficial obviamente retirado hace una pila de años (hoy dedicado a atender su pequeño negocio, como para hacer unos pesitos extras), se refirió a los casi imberbes como “blanditos”, relacionándolos con lo duritos que habían sido los que se reclutaban con los veinte años cumplidos (¿?).

A mi parecer, con 18 años, una educación bastante precaria y el silencio cómplice de la gente, fueron algo así como soldaditos de plomo o arcilla. Con respecto a los problemas del país… poco recuerdo. Con la adolescencia uno no sabe qué sucede realmente. Son muchos nombres, agrupaciones, políticos, líderes populares, términos desconocidos, publicidad que no se comprende…

“no te vayás, que te necesitamos, si te quedás vas a ver que ganamos…” “Argentina Potencia” “Comunicado Nº 1…” “Los argentinos somos derechos y humanos”.

Como dicen que dicen los Maestros “el que tenga oídos que oiga”. Yo digo: “El que tenga memoria, que recuerde, o busque en Google”.

El período 1976-1979 fue como un sándwich de varios días fuera de la heladera.  Una rodaja de pan seco, una feta de mortadela grasosa y sabrosa y otra rodaja de pan enmohecido. Operación Independencia- Mundial ’78-Conflicto del Canal de Beagle.

Desde aquella época, hasta hace casi un decenio, nadie quiso recordar esa época. Un emparedado mucho más descompuesto había eclipsado al anterior: La Guerra de Malvinas.

En el 2006 un grupo de diputados nacionales (tres) presentó un proyecto de ley de pensión para los ex conscriptos de las clases 53 a la 59, o sea, los soldados que conformaron el primer sándwich, mediante Expediente 3410-D-2006. Se presentaron luego otros proyectos similares, algunos excluyen a la clase 59, otros sólo contemplan a la 58 y 59 solamente: Exptes. 0879-D-2007; 3465-D-2007; 3790-D-2007, y 0835-D-2009.

Sólo me quedan unas preguntas: ¿Es todo un juego político-eleccionario? ¿Para ser reconocidos debemos agruparnos, pelear, y enfrentarnos? ¿Se debe pagar incluso a abogados, asociaciones, etc. para empadronarse?

Si mal no recuerdo, ya este país vivió de enfrentamientos entre hermanos, destrozándonos en pos de la Patria. Si hay que reconocer a estos casi viejos ciudadanos, pues háganlo, y si no es así, no digan nada. Las esperanzas puestas en la ilusión pueden matar más que un fusil.

Y pensar que toda aquella historia la creí olvidada, hasta que un día, cuando vi mis manos vacías, alguien me recordó que la Patria algo me debía…

LA CASA DE LA ALEGRIA (SEGUNDA PARTE)

La casa estaba siempre abierta, bastaba con hacer palmas y salía alguien a atenderte, hacerte pasar y convidarte con algo para comer o beber.

La pared de esa casa tenía dos ventanas que daban a la aletargada carpintería de papá. Era propicio el banco de trabajo vacío para subirse a él y llegar hasta algunas de las ventanas. Desde el otro lado del muro, estaban siempre algunos de ellos, las siestas eran la hora de compartir charlas interminables, intercambio de revistas, figuritas, etc. etc., mientras los grandes dormitaban bajo el calor de las chapas del techo.

Cuando hablo de que todo se transformó me refiero a cómo, sin darnos cuenta, habían conformado una familia inmensa, entre parientes, hijas y nietos, y una gran cantidad de amigos que se acercaban cada tanto, siempre con motivo de algún festejo: Cumpleaños, día de algún santo de devoción familiar, navidades, años nuevos y el siempre esperado, y rey de las fiestas el Carnaval.

Es curioso, en la distancia que produce el paso del tiempo -virtual distancia- es como que lo que parecía cotidiano, normal, y hasta banal -dirían algunos- hoy se puede observar que ha transmutado. Desde este punto en la función no lineal de mi vida, puedo decir que nada era banal, muy por el contrario. Mientras en casa, y teniendo a favor la suerte de que no ocurrieran cosas desagradables, por lo menos que yo recuerde, las fiestas eran casi un velorio. Mi padre lagrimeaba la pérdida de sus ancianos padres -aunque hoy por hoy creo enteneder sus penas mucho más allá de lo que parecían ser- y yo, desesperado por vivir las fiestas, esperaba que llegaran las doce para salir corriendo hasta la casa vecina, a escuchar la música que alejaba la tristeza y enaltecía el alma. Así, contrariando a mis padres escapaba para sentir el júbilo, la esencia de la vida, el valor de la sonrisa.

Aprendí a apreciar las letras simples y picarescas de las cumbias, el romance de las zambas, el dolor de los tangos, el amor de los románticos, la sutileza del vals, pero por sobre todo, el amor de los vecinos.

Maris me enseñaba a bailar, y yo, pata dura. Con Liliana todo era conversar, sacarle el jugo a cada cuestión de vida, tan importantes para nosotros, como aquella vez, siendo niños aún y con la cercanía de las fiestas charlábamos sentados en un durmiente que hacía las veces de banco, frente a un terreno baldío, -hoy una placita- la “rana” –Lili- me preguntó si a mi me pasaba lo mismo cuando los 31 de diciembre, justo a las doce, las locomotoras comenzaban a sonar en un concierto que nos hacia llorar a todos en el pueblo… -Che, Ruly ¿A vos te pasa lo mismo? -Si, me dan ganas de llorar respondí con un cristalito liquido en uno de mis ojos.

Maris era más seria y Lili era… una rana, vivía saltando, subiéndose a los árboles, jugando a la pelota…

Y Daniel “hachicaló” era más reservado, gustaba tanto del fútbol y sufría de calor todo el año, desde chiquito siempre repetía ¡hachi caló!. Todos en la banda le decían así. El era más amigo de mi hermano, tal vez por las maneras de ser de ambos, y la cercanía de las edades. Lili era un poco mayor que yo, pero nos unían muchas cosas: Yo era tímido y hasta un tanto estúpido -tal vez sólo era una cuestión de edad- y ella, todo lo contrario. Por su parte Maris era la mayor, casi de la edad de mi hermana, la Marta.

Yo era el menor de todos, el adicto a la Casa de la Alegría.

EL REGALO

Hoy recibí un regalo, un presente. Algo de lo que justamente hoy, más temprano, hablaba con gente de mi vida. Dije que casi siempre me regalaron cosas que simplemente no me agradaban o no significaban demasiado para mí.

Y es cierto. Me enloquece escuchar música, con un amplio gusto, de clásicos a populares, desde étnicos a folclóricos, que sé yo… lo que venga, aunque tengo ciertos amores…

Mi vida fue una tortura intentanto pintar y lo poco (o mucho) que logré en ese campo se debe al amor por lo visual, las figuras, las pinceladas, los trazos, las texturas…

Cuando niño hasta recibí una paliza por robar un chocolate del almacén del viejo… Me tentaban y lo siguen haciendo estos benditos compuestos de cacao…

Aprendí a leer antes de ir a la escuela, cosa poco común en aquellas épocas, y desde entonces leo, aunque sea una publicidad de la empresa telefónica en el baño, como quien acompaña otra necesidad más escatológica…

Hoy recibí un presente, porque está muy presente, hablo de mi hijo, que está como a 2000 km de distancia. Novia mediante nos envió chocolates para compartir en familia, pero también un libro. Precioso. Grande. ¡Con dibujitos! Nada más verlo me llenó. Con las palabras de Don Cevantes y su hidalgo, flaco e ilusionado Quijote. Y los dibujitos… del siempre autoinventado personaje Dalí. Acuarelas, tintas, collages…

A la mierda… Sólo faltó la música, aunque esa la llevo siempre, más los viernes y sábados …”si no me cosen la boca, no van a hacerme callar…”

Si hasta me dieron ganas de pintar, de enamorarme de nuevo de los acrílicos… pero puestos en la tela, no en los frascos. Me salió la necesidad adolescente de jugar con el plumín y la tinta china, ese viejo antecesor de los rottring…

Y hasta descubrí que alguna vez tambien yo dibujé (salvando el abismo con el Pintor) algunas figuras que representan las traumáticas flacuras, entre otras cosa, cuando no conocía nada de él.

Gracias hijo.

NARCISO Y EL REGRESO (FINAL)

Comenzó el regreso una vez más por el desierto y las alturas hasta descender en el mar, el infinito y pacífico mar. El mapa de arena y la gente intentando cruzar las líneas de punto se hacen presentes de nuevo en el sueño. Las banderas cambian de color. Todo es igual, recurrente, pero al revés. En la ida Narciso fue sacando objetos de su mochila. Volvía ahora más liviano; podía elevarse fácilmente. Entonces se dio cuenta de un detalle casi inadvertido. Pese a su carga pesada e incómoda, llevaba sobre sus hombros el bulto más pequeño de los cuatro.

Los sueños son sueños, dicen, pero para Narciso este sueño iba más allá de lo onírico.

Pronto estaba desde un acantilado, con sus amigos, mirando el mar. Profundo, azul, inexplicablemente conocido a pesar de no haberlo visto nunca. Sintió que era absolutamente natural la existencia de este espectacular gigante. Que el agua salada y él eran lo mismo, como la montaña, los árboles y el aire. Narciso era el espejo y el espejo era Narciso. Se sintió pleno. Ni alegría ni tristeza. Sin emoción. Se sentía completo.

Poco a poco el viaje se acercaba a su fin. El sueño también. El vuelo se hacía más rápido y más pleno. Otra vez desierto y alturas para llegar una vez más a descender hasta el mar, a la ciudad de las veredas de madera, casas multicolores y playa cálida. La ciudad del templo mayor del consumo con su catedral de cúpulas de lona y olor a pescado. Rápidamente estuvieron en su playa soleada Los cuatro estaban fascinados con la inmensidad del agua marina. Luego se dirigieron al templo electrónico con sus ídolos de plasma, cuarzo líquido, memorias sin ancestros, ropas de plástico y juguetes para niños y grandes.

Narciso decidió que no le agradaba el lugar. Se sentía en un laberinto de tentaciones con miles de minotauros en cada rincón. Se miraba en los cristales y su rostro se desencajaba. Prefería la playa, era un regalo que sólo él podía hacerse en su día de cumpleaños.

Entrada la noche, muy tarde ya, volvieron a la playa desierta y oscura; las aguas danzaron para él, y para sus amigos. Se elevaban bordeadas de crestas blancas y se derrumbaban constantemente, con más fuerza cada vez, al ritmo de un corazón colosal que latía con cada uno de los cuatro. El tiempo se detuvo entre el sonido, los latidos y el olor a sal…

Amaneció. Es día de partida. En la noche volverán cada uno a su realidad, o a su sueño particular. Cruzarán por última vez las altas cumbres.

El día ha transcurrido en paz. El grupo quiso despedirse del mar. Cada uno se ha acercado a la masa líquida para observarla. Otra vez el tiempo se ha detenido. La muchacha sentada frente a la olas que la salpican está extática, forman una sola realidad: ella y el mar. Narciso la mira desde lejos. Más allá el León hace lo mismo, al lado del muchacho. El silencio ha colmado las mentes. Están ajenos a los jóvenes que juegan sobre tablas rodantes a volar sobre el cemento. Narciso mira. Agradece. Siente que la vista se ha nublado y respira profundamente el sabroso aire fresco. Ya no desespera. Está en paz.

La muchacha se levanta y se acerca a los tres hombres. Instintivamente se concentran y los cuatro se embargan de emoción, extraña emoción, pura emoción. Ojos húmedos de felicidad, de encuentro, de reconciliación…

Pronto hay que regresar para cargar con los equipajes que cada vez resultan más livianos. El bus saldrá en vuelo nocturno, sobre el desierto invisible.

El sueño se acaba y Narciso sabe que deberá despertar. Han descendido hasta la ciudad de la Quebrada, luego de cruzar por ultima vez las líneas de puntos del mapa hacia el país celeste y blanco.

Hayalgo de tristeza, de alegría, algo de la sensación de que una pesadilla que culmina en plácido sueño se acaba. El León, la muchacha y el joven descienden en la ciudad de los dos ríos. Narciso baja del bus unos instantes, los suficiente para abrazar a los tres compañeros y amigos de su mejor sueño. Les dice GRACIAS. Se siente alegre y excitado. Sube al ómnibus para emprender solo el último tramo. Deja reposar su cuerpo liviano, limpio, claro y brillante. Se mira en el espejo de la ventanilla y está allí: joven, con la mente fresca, libre, con ganas de vivir y comenzar una nueva etapa. Toca el vidrio con ansias, con felicidad…

Está nuevamente frente al espejo del baño. Despliega una sonrisa amplia y corre a buscar a su compañera de vida para contarle el mejor de sus sueños.

NARCISO Y EL REGRESO III

Descendieron del pequeño barco e hicieron pie en la isla donde los hombres vestían de acuerdo a la jerarquía que como ciudadanos les competía. A Narciso le pareció curioso eso, la comunidad primitiva y la ostentación de los cargos. Decidió sentir que todo era verdadero y se entregó al paseo por el pedazo de tierra surcado por un camino pavimentado que lo cruzaba de extremo a extremo. Dejó que sus compañeros de viaje -amigos, ya- se adelantaran.

El camino angosto y cementado parecía una blanca cinta que se movía con el viento. Se desplegaba desde lo alto de la isla hacia la costa. El sol iluminaba todo, la tierra se hacía blanquecina hasta brillar y enceguecer. Narciso emprendió la caminata casi solo. Pesadamente dio los primeros pasos y supo que estaba ante una nueva tortura. El aire se hacía escaso. Asfixia… Su cuerpo pesado se convertía en una roca. Se detenía con cada paso y esperaba a que el aire volviera a entrar. Las pesadas piernas se resistían a dar un paso más. No podía continuar. Así lo sentía. Su cuerpo estaba demasiado denso para llegar a la cumbre. Pensó que todo terminaba allí. Toda su alma se ahogaba una vez más.

Recordó el repetido sueño del ahogo, del pánico. Entonces despertó de la pesadilla. Inspiró hondo, miró al cielo y pidio ayuda. Como si se tratara de magia, comenzó a sentirse liviano. Poco a poco pudo respirar bien. Se sintió libre. Angeles lo sostenían a medida que avanzaba en la subida. La cinta de cemento se convirtió en suave pana blanca. Alcanzó la cima en la que el pueblo se mostraba con sus mejores galas.

Descansó un poco y buscó la salida para emprender el descenso. No la encontró. Debió recorrer el camino de vuelta. Se sentía tan liviano que volvió a arremeter hasta ver el arco que marcaba el comienzo de la empinada escalinata que descendía hasta la costa.

El descenso fue alegre, como si hubiera vencido algo más que una simple cuesta. Mucho más que eso. Había satisfacción en su centro, en el punto de encuentro entre lo que era y lo que debía ser.

Saltando uno a uno los antiguos escalones de piedra llegó al muelle. Estaba solo. Los demás se habían quedado por el pueblo paseando y no demoraron en bajar. Pronto zarparían en el bote que los esperaba en el otro extremo del islote para regresar a la costa del espejo gigante.

El cielo comenzó a oscurecer y nubes de plomo se estacionaron sobre la superficie del lago. El viento jugaba con el agua formando crestas blancas y éstas balanceaban la nave. Narciso sintió que todo estaba bien. Se retiró del asiento y se ubicó en la parte trasera de la nao. Se sentó en el piso para mirar el agua iracunda, moviéndose caóticamente, queriendo escapar de su condena eterna al silencio de las alturas, a la opresión de las montañas.

Se dejó acunar por el movimiento de la barca mientras las gotas de lluvia mojaban su rostro.

En los asientos sus amigos descansaban también en paz, balanceándose al ritmo ondulante del agua. La tormenta cesó. Narciso volvió a su butaca. Eligió un sueño feliz. Se sintió como un crío en su cuna.

NARCISO Y EL REGRESO II

Al día siguiente los cuatro marcharon hacia otras ruinas, no tan espectaculares, eran los resabios de una capital administrativa. Había que ascender por escaleras y Narciso no deseaba hacerlo. Sentía que ya había pisoteado demasiados lugares ajenos. Se quedó en el pueblo con la muchacha, que se sentía cansada y tampoco deseaba conocer aquello.

El valle era perfecto, con aguas perfectas encajonadas entre la montaña. La brisa constante refrescaba la mente y el sol tonificaba los rostros. Narciso echó una mirada hacia las ruinas que se elevaban en terrazas hacia el costado del pueblo. La muchacha estaba taciturna en este pueblo que se quedaba a mitad entre el sexo y el ombligo del mundo. Calmó el cansancio regalándole a sus cabellos cobrizos con destellos solares, un mechón tejido con un pedazo de arco iris en el que flotaban la luna, el sol y piedras preciosas.

Ambos esperaron que el León y el muchacho descendieran. Pronto los cuatro estarían de regreso a la ciudad de las mil razas.

Debían partir hacia un nuevo lugar. Hacia el gran espejo de las alturas, el gran lago sustentado por millones de gigantes terrosos. Narciso ya había estado allí, hacía muchos años, en otro sueño, cuando todavía el espejo era benévolo.

Se entregó al sueño mientras volaba hacia la vasta extensión de agua.

Despertó. Se encontraban navegando junto a las islas que flotan. Se convirtió todo en un gran teatro de totoras. Mujeres pequeñas, regordetas vestidas de colores llamativos caminaban descalzas sobre las mullidas islas; los hombres enseñaban su construcción. Las damas convidaron pan a los presentes y luego danzaron y cantaron. Narciso se reía, el León también mientras sus compañeros, abordo de una nave vegetal mostraban sonrisas plenas de alegría. El sueño era simpático y todos celebraron.

En lento viaje sobre las aguas se dirigieron hacia otra isla, de tierra y piedras, vegetales y animales . Hacia la Isla de las Jerarquías. Sería la última pesadilla de Narciso.

NARCISO y EL REGRESO

Quedó inquieto cuando se miró en el espejo y vio que la pesadilla podía comenzar de nuevo. Salió del baño, odió al espejo y esperó a que volvieran sus amigos. Seguramente -pensó- subir la pequeña montaña y bajarla llevaría un buen tiempo, lo mismo que recorrer las ruinas de la ciudadela.

Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se acercó una linda muchacha y le habló en inglés, en realidad sólo quería lumbre. Se sentó en el pequeño refugio de la boletería de buses y esperó. A su lado una señora de unos sesenta y todos, muy bien conservada comenzó a hablarle. Era música. Componía, interpretaba en piano y cuidaba los nietos. Le resultó familiar. Ella también esperaba a sus compañeras de viaje.

La espera fue eterna. Narciso quería volver al pueblo, tomar su mochila y emprender el regreso. Esta vez sería exactamente igual, pero en sentido contrario: Tomar el tren, luego la combi y llegar al centro de mundo. Al fin y al cabo el sueño se había cumplido: conocer las ruinas que se mantienen en perfecto estado y recuperar su propia imagen que estaba en ruinas.

Apareció primero el León, estaba eufórico. Luego chicos. Los tres estaban brillantes. Podía verse el sol en sus rostros. Narciso se sentía feliz. Algo había cambiado en todos…

Dejaron la ciudadela y bajaron flotando en un viaje sinuoso hasta la ciudad de las termas. Allí tomaron limonada y comieron una pizza para continuar el viaje. Los tiempos eran muy estrechos, casi exactos. La sincronización fue perfecta: bus-tren-minibus. Volaron costeando montañas muy altas, deshaciendo el camino de ida. Regresaban nuevamente a la Babel andina, a la Meca de los curiosos.

Había caído la noche sobre la ciudad y una brisa cordillerana fresca hizo temblar a Narciso. Se veía, o más bien se percibía diferente todo. El viernes nocturno olía a alcohol, humo y pesadez. Resultó inútil salir a divertirse. El coctail humano estaba agitado, narcotizado, extraño. Decidieron volver al hospedaje a descansar.

Narciso durmió como nunca en muchísimo tiempo, pleno de nada, liviano, casi vacío… casi feliz.

NARCISO, EL ESPEJO Y EL PAIS DE LOS SUEÑOS (QUINTA PARTE)

Otra vez volando en el bus, eterno viaje nocturno. Narciso se siente alto, muy alto. Puede tocar las estrellas. El cielo Negro y helado tiene millones de agujeros por los que la luz entra para satisfacer sus ojos y su espíritu. Le señala el manto oscuro al León, y éste queda impactado mirándolo por horas, mientras Narciso se entrega una vez más al sueño entre los sueños.

La madrugada deja ver caseríos; ha desaparecido el desierto. Sintió que estaba llegando al centro del mundo. Por unos instantes se alejó, se elevó muy alto en el cielo amanecido y pudo ver que en realidad viajaban sobre un cuerpo de mujer gigantesco y que el vehículo se acercaba muy lentamente al ombligo. Volvió al asiento excitado.

Pronto bajaron del ómnibus, en pocos minutos estaban en un hotel añoso. La vista era hermosa. La piedra era rojiza, o gris verdosa, los techos de tejas. Las plazas y calles de gastados adoquines que brillaban como cubiertos de llovizna.

Comenzaba a sentir cierta culpa de estar en esta ciudad, más pequeña que la blanca Arequipa. Veía una doble personalidad en ella. Los edificios hablaban varios idiomas, uno básico, original, y sobre éste otro, ajeno. Manos morenas salían de las piedras y continuaban aún picando la dureza, en un idioma desconocido.

Las calles eran recorridas constantemente por seres extraños, de todas la razas del mundo. Hablaban, reían, comían, bebían, compraban, y fotografiaban todo y a todos. La Babel andina tenía traductores para todos.

Iglesias y más iglesias; piedras y más piedras. Piedras perfectas, rectas y simples doblegadas por piedras orgánicas y retorcidas, llenas de símbolos extraños. Las de abajo seguían soportando a las rocas invasoras. Narciso no quiso querer a esta ciudad. Era el centro del mundo, mas él no era de ese mundo, así lo sintió. Quiso llegar pronto a la zona más erógena de la extraña y colosal mujer: al propio sexo. Quería sumergirse en él y gozar lo desconocido, pero había que esperar. Entendió que no es tan fácil llegar al goce cuando se es tan pequeño…

NARCISO, EL ESPEJO Y EL PAIS DE LOS SUEÑOS (CUARTA PARTE)

La mañana era espléndida. La ciudad blanca brillaba con la luz del sol encegueciendo a los habitantes. Narciso se puso anteojos negros, una gorra y se sintió libre. Los cuatro emprendieron un paseo por la ciudad volcánica. Las decenas de iglesias inmaculadas con frentes de retorcidos decorados tallados en piedra daban la sensación de estar en un mundo diáfano, más liviano, quizás por la altura. Comieron, charlaron y luego desde el techo de un autobús, sobrevolaron la populosa ciudad. Era un sueño más en este sueño. Pequeñas ciudades que se unían a otras y entre todas formaban la gran ciudad. Campiñas repletas de verdes de todos los tonos que surcaban la urbe como una cinta de vida en el desierto interminable. Los volcanes, erguidos y orgullosos, conformaban un trinidad portentosa, vigilante, siempre atemorizante.

Las horas pasaron entre el paisaje, el sol y el viento fresco del atardecer. Narciso habló mucho con la muchacha que llevaba escrito “lo que debería ser” en su frente. Se sintió cómodo , alegre y entusiasmado. Su historia era simple, tanto que nadie la entendió. Una historia de amores, desencuentros y encuentros. Su vida estaba llena de vida, esperanzada en lo que debería ser. A medida que pasaban los días, los cuatro integrantes del improvisado grupo fueron tornándose más brillantes. El sol quemaba los rostros y ellos devolvían la luz al mundo.

Descendieron en el centro de la ciudad cuando ya había caído la noche. Narciso se miró en un cristal de una casa donde el dinero se compraba y se vendía. No podía creerlo: Se vio hermoso. Los surcos del rostro eran tiempo, nada más. Dio media vuelta y junto con los otros tres se fueron a buscar algo para comer. La noche era un regalo. Pronto el viaje seguiría, todos buscaban llegar al centro del mundo. Faltaba poco para llegar….

NARCISO, EL ESPEJO Y EL PAIS DE LOS SUEÑOS (3º parte)

Despertó y se encandiló con la luz que entraba por la ventanilla. Una ciudad blanca, inmensa. Custodiada por tres colosos de cabelleras blancas. Un oasis en medio del desierto, miles de edificios trabajados en piedras blanquecinas. Quedó asombrado, tanto como el león, que no podía dar crédito a lo que veía. El vehículo se posó en la terminal. Bajaron todos los pasajeros. Narciso decidió que seguiría todas las decisiones del grupo que sin ser tal, habían conformado con el león y los jóvenes. La ciudad parecía hundirse en algunos momentos. Otras veces se elevaba. A pesar del desierto en el que se encontraba, la surcaba un valle verde y fértil.

Se encontró en una habitación de hotel., luego en la plaza central.. Caminó junto a sus compañeros de viaje. Quedó perplejo al sentir que todo era conocido en aquella ciudad de la que nunca había oído hablar. Era extraña la sensación, como en todo sueño.

La noche borró a los colosos que cuidaban la ciudad y un sinfín de luces reemplazaron al sol.. Cenaron en una terraza que flotaba sobre un antiguo edificio. Narciso se sentía extraño y viejo entre sus compañeros. Pero comenzaba a gustar del viaje. Ya no sentía dolor de espalda. Los hombros estaban flojos y el cuello se erguía de nuevo. La cerveza sabía más rica que nunca. Un grupo de personajes incaicos cantaban y danzaban alrededor de la mesa. La vida comenzaba a sentirse en este sueño. El mozo cubrió a los cuatro con ponchos rojos, la brisa estaba fría. Narciso se sentía como en un ritual ancestral, brindando por la vida en sueños.

Pronto descendieron a la calzada y decidió volver al hotel y dejar a sus amigos. Había mucha gente en la ciudad. Le dio temor. Estaba solo. Llegó transpirando a la habitación. Se duchó y se acostó. El televisor se encendió. Nuevamente las imágenes de gente con mascarillas, el terror y las grandes letras. Sintió miedo, y el miedo sintió más miedo aún. El pánico lo envolvió. El cansancio le ganó al pánico y se hundió en el lecho hasta perder el conocimiento.


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