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Poca Cosa


Recostado sobre su cama, Fabio afinó cuidadosamente las seis cuerdas de la guitarra y ensayó un La menor 7, el acorde más triste que conocía. Se puso a jugar con la típica base La-Re-Mi, blues rural y cuadrado, una estructura sencilla con un sinfín de posibilidades. Trabajaba como repartidor en un local de venta de café suelto, pero su mayor anhelo era desentrañar los secretos del blues y poder ganarse la vida con su vocación. Todos los días practicaba un poco con la viola, ya había dominado el shuffle y de a poco se le animaba al slide. Sin embargo sabía que el camino era cuesta arriba, el blues no estaba de moda y ni siquiera era fácil conseguir músicos para formar una banda. Algo había conseguido, de todos modos. Ya tenía cantante y baterista, pero no había forma de conseguir un bajista como la gente. Pensaba en eso y empezaba a deprimirse. Y más ganas de tocar blues le venían. Pensaba en Robert Johnson, que con una mano atrás y otra adelante había grabado veintinueve temas que hicieron historia. Se decía que le había vendido el alma al diablo. Se decía lo mismo de muchos. No le importaba que se dijera lo mismo de él si descubría los secretos del blues. No le importaba venderle el alma al diablo con tal de conseguirlos…

La temperatura en la habitación había subido. De pronto Fabio creyó ver algo que se corporizaba enfrente suyo. Había estado fumando, pensó que podría ser eso, pero no. Algo estaba tomando forma delante de él.

El Diablo no era como lo que uno normalmente esperaría (si es que se puede considerar normal esperar al Diablo). De hecho sólo parecía alguien muy pasado de moda. Usaba un traje gris a rayas que parecía sacado de alguna película argentina de los años treinta, un sombrero bombín, una camisa de seda amarilla y una corbata de moño bordeaux. Fuera de eso, era una persona común y corriente con un par de detalles fuera de lugar, como orejas puntiagudas y ojos amarillos con pupilas rojas. Fabio no podía creer lo que sus ojos le mostraban.

- Perdón por la facha, pero vengo de atender unos asuntitos del siglo pasado –dijo finalmente el Diablo-. Permítame que me presente, mi nombre es Luzbel, pero si quiere puede decirme Señor. Normalmente de este tipo de negocios se ocupa Mefistófeles, que es mi encargado de RRPP, pero últimamente estamos con tanto trabajo que hasta yo tuve que salir a la cancha. Bien, usted me dirá por qué motivo me ha llamado.

Después de unos segundos sin poder reaccionar, Fabio finalmente volvió a la realidad. Sí, eso estaba pasando, el Diablo mismo estaba con él en su cuarto. Fabio tragó saliva y comenzó a hablar.

- Es cierto, yo lo invoqué, Señor. Quiero ser el más grande guitarrista de blues que jamás haya existido, quiero ganar fama y fortuna con mi instrumento, quiero que las mujeres mueran por mí y que cada vez que desee algo lo pueda conseguir sin mayores esfuerzos. Quiero ser poderoso.

- Veo que vuela alto, mi amigo –respondió Luzbel-. Está bien, me gusta la gente con ambiciones grandes, siempre implica un desafío realizar sus pretensiones. Ahora bien, sabrá usted que todo tiene un costo. Nosotros especialmente menos que nadie estamos para hacer beneficencia. Y comprenderá que cuanto mayor es el desafío, mayor es el precio. Entonces lo escucho, ¿cuánto está dispuesto a pagar por ver su sueño convertido en realidad?

Fabio no sabía qué decir. Jamás había pensado que el precio pudiese ser otro que el alma, en definitiva eso era lo que se estilaba. Firmar con sangre, besarle el culo al diablo, etc. Así lo expresó.

- De modo que lo que usted tiene para ofrecerme es su alma, ¿no es así? –preguntó el Diablo.

- Y… sssí…

- Ahora decime, pedazo de infeliz, ¿vos te pensás que yo realmente te voy a dar toda esa sarta de boludeces que me pedís a cambio solamente de tu alma? ¿Vos sabes la cantidad de almas que puedo conseguir por día sin gastarme ni siquiera en la mitad de las cosas que me estás pidiendo? No hermano, no entendiste nada. Nuestro negocio son los pecados. Las almas las conseguimos a través de los pecados. Cuanto más pecados comete la gente, más ganancias conseguimos. Entonces empezamos a dedicarnos a la producción en masa de pecados. Y lo bien que nos va. Cada vez que el ministro de economía da un discurso, toneladas de ira. Las fotos en las revistas de las casas de los famosos, envidia. Los culos y las tetas que aparecen todo el tiempo en televisión, lujuria. Cuando un patrón le niega el aumento que tanto merece y necesita su empleado, avaricia. E ira del empleado. Dos por uno. Lo que necesitamos no son músicos sino políticos, narcotraficantes, empresarios, funcionarios corruptos, policías, putas, personas que hagan que sus prójimos pequen constantemente, disparadores y vehículos del pecado. Tengo una propuesta mejor para hacerte: te propongo que ocupes uno de estos puestos. Ministro, dictador de un país centroamericano, narco, lo que quieras. Lo único que te pido es que me generes pecado constantemente. A cambio te doy todo lo que me pedías: mujeres, guita, droga, poder, lo que quieras.

Fabio estaba mudo.

- Pero, ¿y el blues?

- El Blues podés tocarlo en tu tiempo libre, qué te importa el blues. Te estoy ofreciendo poder, fama, dinero, y vos me venís con el blues. Todavía lo tengo al infeliz de Robert Johnson taladrándome el cerebro con la guitarrita. No seas logi, agarrá viaje que te va a ir bien.

- Pero yo lo único que quiero es tocar blues…

- Dios mío, me ponés boludos por todos lados –dijo el Diablo mirando al cielo-. Está bien, pibe, seguí con lo tuyo, capaz que algún día llegás a algo. Nos encontraremos en el Infierno.

Fabio se quedó mirando la silla vacía donde segundos antes estaba sentado Luzbel. No terminaba de entender si lo que había visto era real o tan sólo una alucinación. Despacio, volvió a afinar las cuerdas de su guitarra.




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