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Linepithema humile

Siempre fuimos tan soberbios.

Los hechos se dieron más o menos de este modo. A fines del XIX Argentina estaba pasando por un cierto período de esplendor que le permitía exportar materias primas a todo el mundo. La mayoría de esas exportaciones se hacían por barcos que salían de Buenos Aires y llegaban a distintos puertos en todas partes del mundo. En muchos de esos barcos viajaron algunos polizones casi invisibles: hormigas. Y no sólo hormigas comunes, obreras estériles que morirían al llegar a tierra, no: también viajaron reinas fertilizadas dispuestas a fundar nuevas colonias.

Pero estas hormiguitas viajeras tenían una particularidad: en Argentina, su tierra, tendían a luchar ferozmente entre miembros de distintas colonias. Bastaba con poner juntas a dos hormigas de dos barrios cercanos para ver cómo se atacaban a mordiscones y se arrojaban sustancias tóxicas, en una lucha sin tregua hasta que una de las dos moría. En el extranjero, sin embargo, conocieron el cooperativismo. Tal vez al encontrarse en un ambiente extraño y hostil, las distintas colonias de hormigas argentinas establecieron una política de mutua ayuda, y así fueron creciendo en número y expandiéndose. Su instintiva agresividad fue canalizada hacia las especies locales, generalmente muy superiores en tamaño pero impotentes ante el número cada vez mayor que tenían las invasoras. Lenta y silenciosamente fueron creando su imperio. En lugar de crear nuevas colonias independientes unas de las otras como todas las demás hormigas, éstas fueron formando megacolonias comunicadas entre sí, construyendo monstruosos hormigueros de miles de kilómetros de extensión. Para comienzos del XXI toda la costa oeste de Estados Unidos, Italia, España, Portugal, Francia, Suiza, Hawai, Australia y Nueva Zelanda habían pasado a formar parte de su dominio, exterminando o desplazando a sus rivales autóctonas y alterando los respectivos ecosistemas.

Si bien ya para finales del XX estaban consideradas como plaga, fue la extinción de la lagartija cornuda costera de California la primera señal importante de alarma. Esta lagartija se alimentaban de hormigas nativas, 10 veces más grandes que las argentinas, pero a esta altura notablemente inferiores en número. En su afán expansionista las invasoras eliminaron a sus rivales y dejaron sin alimento a los reptiles, que se negaban a comer a las nuevas habitantes debido a su sabor amargo y desagradable.

Poco a poco las hormigas sudamericanas iban tomando el mundo, formando más colonias y eliminando a más especies. Los esfuerzos por exterminarlas, fumigando amplias zonas con insecticidas varios, resultaban inútiles. Dejó de ser un asunto de los entomólogos cuando se dieron cuenta de que habían alcanzado un número que les permitía desafiar no sólo a sus pares sino a otras especies más grandes. El 7 de agosto de 2006 a las tres de la mañana los habitantes de Waco, Texas, fueron atacados por un ejército de cientos de miles de millones de hormigas. Su ínfimo tamaño y su enorme cantidad constituían su gran fuerza. Podían escurrirse hasta por lo huecos más pequeños de los edificios y eliminar a sus ocupantes no sólo a mordiscones, sino también provocándoles la muerte por asfixia al penetrar en grandes cantidades por todos los orificios del cuerpo de los pobladores. La victoria fue aplastante. Waco quedó en poder de los insectos, y ni siquiera el poderoso ejército americano pudo hacer nada. Uno a uno fueron tomando pequeños pueblos, y luego pequeñas ciudades. Como si tuvieran algún sistema de comunicación intercontinental el 1º de enero del 2007 la isla de Ibiza, en España, cayó en manos del diminuto Imperio.

Fue entonces que Argentina se convirtió en la Tierra Prometida. A alguien se le ocurrió que los argentinos habían convivido cinco siglos con sus hormigas sin problemas, y que allí sería un lugar seguro. Y por un tiempo lo fue. A medida que el mundo iba cayendo bajo la dominación de las hormigas la Patagonia Argentina, hasta entonces despoblada, se fue llenando de nuevos pueblos y ciudades adonde llegaban exiliados de todo el mundo. Mientras tanto las Naciones Unidas, con Estados Unidos a la cabeza, se habían convertido en un organismo militar decidido a exterminar a las hormigas de la faz de la tierra. Pero esto no resultaba fácil. Habían vivido millones de años más que nosotros en este planeta, y eran resistentes incluso a la radiación atómica. Podían meterse por donde querían y no había forma de eliminarlas sin destruir el lugar donde se hubiesen asentado, ya fuese un pueblo o una gran ciudad como Washington, que con todo su poderío cedió el 4 de julio de 2007 ante la cantidad abrumadora del invasor. Al escuchar la noticia de la evacuación del Pentágono, el mundo comprendió que una época había terminado.

Lo que siguió fue casi un trámite. El modus operandi de las hormigas era prácticamente el mismo en todas las ocasiones: atacaban a la madrugada, cuando las ciudades estaban más indefensas. En pocas horas terminaban con la población. Los que podían, huían, los que no, morían. Las invasoras sabían lo que querían: ni perros, ni gatos, ni demás animales eran atacados. De esta manera fueron cayendo New York, París, Londres, Tokio, Beijing, Hong Kong, Sydney. Oceanía fue el primer continente completo en ser desalojado de vida humana a principios de 2010. Luego le siguió África. El otrora poderoso Estados Unidos fue el país más golpeado de América: sólo algunos poblados ubicados más al norte, en el estado de Maine, sobrevivían para fines de 2011. En 2012 ya habían caído Europa y Asia. Sólo restaba América del Sur.

Todo el terror que se había apoderado del mundo a partir de 2007 apenas se había sentido al sur del Ecuador. Brasil, Venezuela, Chile y especialmente Argentina vivieron su momento de mayor esplendor al recibir a los refugiados de todo el mundo. Pero cuando el problema mundial se tornó incontrolable la economía de estos países no pudo resistir la gran demanda de alimento. Entonces llegaron ellas.

Hasta 2012 las hormigas habían respetado a sus pares de América del Sur, quizás por una suerte de cosanguineidad que les impedía volverse contra sus ancestros. Pero con la guerra casi ganada sólo restaba conquistar esa parte del mundo para exterminar esa plaga llamada ser humano y volver al orden natural tan añorado. Durante los primeros meses del año las batallas entre las que venían del norte y las que nunca se habían ido del sur eran interminables. Pero a mediados de mayo las hormigas desaparecieron de Sudamérica. Era imposible encontrar una sola por ningún lado. Algunos optimistas creyeron que finalmente se habían exterminado entre ellas y festejaron. Pero no: estaban firmando un acuerdo. El 16 de junio de 2012 a las 03:45 hora de Argentina atacaron cada hogar, cada edificio, cada persona que encontraron desde el Amazonas hasta Tierra del Fuego.

Desde mediados del Siglo XX estábamos convencidos de que nosotros mismos provocaríamos “el fin del mundo”, mediante guerras nucleares, destruyendo el medio ambiente o asesinados por nuestras propias máquinas. Hoy sobrevivimos 63 familias en la Antártida, refugiados en la Base Comodoro Marambio con comida para un año y medio y sin posibilidad de reabastecernos, ya que pisar el continente significa una muerte segura e inmediata. Esperamos indefensos nuestra propia extinción.

Siempre fuimos tan soberbios.

Doppelgänger

A usted le hablo mi querido amigo. Nos conocemos bien, hemos compartido horas de charlas, nos prodigamos mutuo respeto y admiración, y sin embargo nos odiamos tan intensamente…

Recuerdo la primera vez que cruzamos palabra. Sí, la recuerdo, porque la memoria es sabia y guarda los momentos claves, al tiempo que descarta las trivialidades, y sabe como reconocerlas. Es así que mi primer encuentro con usted no se ha perdido.

Es increíble que haya pasado tanto tiempo. Su madre y la mía se habían hecho amigas, y así nuestra amistad fue casi obligatoria. Aquel primer día de salita de tres no fue lo más agradable, Alguien me puso el pie mientras corría y mi nariz fue a dar contra las baldosas del patio. Por supuesto que se que aquella pierna era suya, y usted también lo recuerda. Nunca en todos estos años hubo necesidad de traerlo al caso, pero quiero que sepa que está ahí, no se borra. Recuerdo su casa, divina, impecable, llena de habitaciones, con un inmenso hogar coronando el living y una hermosa pileta coronando el parque. Recuerdo la mía, mucho más humilde por supuesto, y sus filosas palabras que ya de chico me preguntaban cómo es que podía vivir así.

También viene a mi memoria la Señorita Clara, y luego la Señorita Graciela, la Señorita Alejandrina y la Señorita Ethel. Todas ellas lo vieron, pero todas se declararon incompetentes ante lo que no sabían manejar. Los dos éramos brillantes, nuestras calificaciones y nuestros promedios eran los mejores de la escuela, y era la nuestra una sorda competencia por ser cada uno mejor que el otro. Sin embargo, jamás conseguimos sacarnos ni un poco de ventaja. No eran iguales nuestras respuestas en los exámenes, no eran iguales nuestras soluciones a los problemas, ambos demostrábamos una inventiva única, y sin embargo nuestras calificaciones eran las mismas, nuestros boletines eran calcados, y nadie podía acusarnos de copiarnos porque todos sabían que éramos únicos e incomparables.

Nuestros caminos se separaron al llegar a la secundaria, recordará, amigo, tal vez debido a que ninguno de nosotros soportaba ya esa presencia que acompañaba y ensombrecía el propio brillo. ¿Pero se separaron realmente? No tardamos en vernos frecuentando las mismas fiestas, los mismos lugares, compitiendo por las mismas mujeres, a cual más hermosa, rivalizando en popularidad, sabiéndonos ambos encantadores, y aunque no había hombre ni mujer que se resistiera a nuestro carisma y personalidad, evitando siempre la confrontación directa de organizar una reunión social por miedo a que el brillo del otro opaque nuestra estrella.

El tiempo nos convirtió en excelentes RRPP. Los dos teníamos una agenda llena de teléfonos y direcciones que implicaban la apertura de buena cantidad de puertas, y si bien nunca las comparamos, jamás pude entender cómo aquellos contactos que más me costaba lograr podían formar parte de su red también.

En el momento de entrar a la facultad pensé en usted, por supuesto que lo hice. Hacía rato que no sabía de usted más que por referencias, y debía encontrar algo que lo alejara de mi camino. Grande fue mi sorpresa al saber ya en cuarto año de mi carrera que usted andaba por caminos similares, y que pronto ambos seríamos comunicadores sociales egresados de diferentes universidades.

No fue eso obstáculo para apuntar siempre a la excelencia por supuesto. Logré siempre las mejores relaciones, y aún no había obtenido mi título cuando comencé a escribir en una publicación de primer nivel. Mi capacidad de productor periodístico era objeto de admiración, y no tardé mucho en tener la oportunidad de publicar con mi firma mis propios reportajes. Grande fue mi sorpresa cuando al ver mi primer gran entrevista con mi nombre en letras de molde, descubrí que en la misma fecha usted había conseguido lo mismo en la más prestigiosa de nuestras competidoras. A la distancia su sombra continuaba cayendo sobre mí.

Creo que estará de acuerdo conmigo en que el cenit de nuestro paralelismo vino de la mano de Marta y Eugenia. Marta, mi hermosa Marta, la criatura más divina que haya pisado la Tierra. Bella, inteligente, talentosa, dueña de un carácter portentoso y una suavidad sobrecogedora. Enorme fue mi sorpresa cuando en un restaurant me presentó a su hermana gemela Eugenia, igual de encantadora que ella, quien se presentó con usted llevándola del brazo. Increíbles e inmanejables los designios del destino mi amigo, lo cierto es que el evento social que debió tenerme a mí y a mi esposa como protagonistas absolutos, lo tuve que compartir con usted bajo el formato de una boda doble. Noté en sus ojos la misma incomodidad que debió existir en los míos. Y quizás lo peor fue no poder hallar un solo invitado que acudiera a una sola de las bodas, todos eran comunes de nuestras agendas o de nuestras respectivas esposas.

A partir de entonces vivimos en una suerte de espionaje consensuado. Yo sabía de usted a través de mi esposa y usted de mí a través de la suya. Varias veces me ganó de mano al momento de conseguir un reportaje, y fueron otras tantas las que conseguí ganarle yo. Jamás una pizca de ventaja asomaba de ninguno de los dos lados, y llegamos al mismo tiempo a la radio, a los diarios y a la televisión.

El nacimiento de nuestros hijos en la misma fecha producto de sendas cesáreas programadas ya no resultó sorpresa. Creo que ambos sabíamos para esa altura que un cordón invisible ataba la vida de uno con la del otro. Marta y Eugenia lo sabían, y creo aunque nada me lo confirma que a su tiempo fueron mujeres de cada uno de nosotros. Y por supuesto, la trágica muerte de ambas mientras visitaban el World Trade Center no hizo otra cosa que ratificar la odiosa conexión entre nuestros destinos.

A partir de ese momento nuestra competencia se exacerbó, y dejamos de fingir ante el mundo una pacífica convivencia. Nuestras palabras cruzaban de su diario al mío, de su programa a mí programa, y más de una vez me sorprendí modificando mi discurso con el objeto de evitar un acuerdo parcial con usted. Los ofrecimientos políticos no tardaron en llegar, y es así que luego de un importante camino nos encontramos compitiendo por la Jefatura de Gobierno de la ciudad más importante del país.

No lo tome a mal, mi amigo, pero sabemos que sólo uno de nosotros puede ganar esta competencia.

No puedo permitir que gane, pero tampoco puedo permitir que pierda.

Que la tragedia finalmente cierre nuestro círculo diabólico, usted sabe que las cosas en definitiva deben ser así.

Hoy moriremos juntos así como juntos nos hicimos.

Adiós amigo, la Historia nos juzgará.


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