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De por qué mi hija se llama Laura

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Hay cosas que a pesar de sí mismas se convierten en símbolos. Símbolos de otras, por supuesto, Y así es que durante un largo período de desempleo que tuve, (o subempleo, tal vez debería decir) La Familia Ingalls llegó a ser un símbolo.

Ahora, se preguntarán ¿símbolo de qué? De mi matrimonio, claro. Y no porque mi vida de casado haya sido parecida a la de los Ingalls, nada que ver de hecho. Pero al poco tiempo de haber firmado en el Registro Civil me enteré de que la mujer que vivía a mi lado era fanática de Little House in the Praire, título original de la serie. Al principio esto sólo me pareció un detalle. Entonces, de a poco, muy de a poco, a las cinco de la tarde, a las seis con el mate, o a las nueve con la cena, terminé viendo uno por uno cada capítulo de las nueve temporadas de Little House.

Comencemos por desmitificar algo: Los Ingalls no son modelo a seguir por nadie. Más allá de que Michael Landon haya idealizado a su Charles como el padre perfecto ocultando lo bastante hijo de puta que era el real (porque los Ingalls existieron, por si usté no sabía), la historia de la serie es de lo más retorcida que se puedan imaginar. Para comenzar se trata de una familia que boyando por el mundo viene a parar a un pueblito medio perdido en Minessotta (creo) que se llama Walnut Grove. Los protagonistas son papá Charles, mamá Caroline, y tres hijas: Mary, Laura y Carrie. Carrie es la bebota de la familia, y así seguirá hasta su adolescencia, merced a un ajuste de caché que una vez los padres de las mellizas que hacian este papel (porque eran dos) le hicieron al productor de la serie, el mismísimo Landon. De manera que como no podía sacarse de encima a uno de los personajes protagónicos sencillamente decidió meterlo en el freezer ad eternum. Papá Charles siempre quiso un hijo varón. Pero merced a la maldición que por propia iniciativa Landon puso sobre los personajes de la serie, todos los niños con sangre o apellido Ingalls verán el fin de sus días a muy temprana edad, comenzando por el pequeño Charles que no termina de nacer en la primera temporada que ya se muere. Esto no es todo: Como Laura había deseado secretamente que esto sucediera, le pregunta al cura del pueblo si debía estar cerca de Dios para que Él le concediera un deseo, se raja solita a la montaña para pedirle que haga el cambiazo y lo traiga de nuevo a su hermanito y se la lleve a ella. Todo termina bien, claro, pero las desgracias siguen. Por ejemplo: Mary se enamora del hijo adoptivo de Isaiah Edwards, el mejor amigo de Charles. El pibe se gana una beca para estudiar periodismo en New York y cuando Mary se va a buscarlo descubre que para ese momento portaba una cornamenta digna de un alce. Igual la situación no dura mucho, ya que un par de capítulos después el pibe mete la nariz en asuntos escabrosos y lo boletean con toda corrección. Mary podría pasarse toda su vida desconsolada, pero como al poquito tiempo se queda ciega ni tiempo tiene. Lo bueno es que en la escuela para ciegos conoce al amor de su vida y se termina casando teniendo el varón que siempre había soñado Charles. ¡Qué lindos son los finales felices! Ah, ¿No termina ahí la cosa? OK.

En uno de los viajes y mudanzas que a menudo hacían la familia conoce a Albert, un pibe de la calle que les cae en simpatía y terminan adoptando. Para ese momento Mary ya es maestra en la escuela para ciegos, y cuando se vuelven todos a Walnut Grove se llevan encima a Mary, su marido (también ciego) y a todos los alumnos de la escuela, la cual vuelven a fundar en su querido pueblo. Una de las personas que los ayuda en esta empresa es Alice Garvey, esposa del nuevo mejor amigo de Charles y madre de Andrew, que a la sazón se hizo amigo de Laura y de Albert. Esta situación da pie a uno de los capítulos más morbosos de la historia de la televisión mundial. Albert y Andy están fumando pipa de contrabando (¡horror!) en el sótano de la escuela. Albert se olvida la pipa encendida encima de una silla (¡¡¡¡boludooooo!!!!!) y por supuesto, la escuela se incendia. Mary y su marido organizan la evacuación, pero ¡ay! madre abandónica, mientras saca del edificio al resto de los pibes deja a su bebé en la cuna. Es Alice la que entra a rescatarlo, pero claro, la escuela es de madera, de manera que alcanzamos a verla con el crío en brazos justo antes de que las llamas se los morfen a los dos. Divino, vea. Por supuesto que el mundo es justo, y Albert pagará años después volviéndose adicto a la morfina y, una vez recuperado, muriéndose como un hijo de puta víctima de una enfermedad desconocida.

Claro que por supuesto no es todo. Laura también se casará y tendrá un varón, pero lamentablemente no se decide que mierda de nombre ponerle y así el pibe se muere de tifus sin llegar a ser más que “Baby Wilder” (apellido de Almanzo, marido de Laura).

Podría seguir un rato más, pero creo que con esto ya es suficiente.

Me decía un amigo que generaciones quedaron traumadas por seguir La Familia Ingalls.

Personalmente estoy de acuerdo.

Acá les dejo de recuerdo un videito con un resumen del capítulo del incendio. Que lo disfruten. ¿O no?

La Mirada del Otro

Los Dinosaurios – Charly García

Perdón, hoy me voy a mover un poquito de mi línea.

Tampoco es que tenga una “línea”, pero en realidad es sobre un poco más que eso sobre lo que me voy a mover.

Anduve perdido. Siempre me tiró mucho la Historia y la actualidad política. Me fascinan en realidad. El concepto de proceso histórico me parece apasionante, del mismo modo que el de proceso personal. Pero lo cierto es que el último año fue muy intenso para mí. Digo el último año, desde septiembre 2007, tal vez un poquito antes. Y entonces, inmerso en mi propia vorágine personal, me escapé del mundo. Me convertí en mi propio eje, y en mi restitución perdí contacto con lo que pasaba. Apenas supe de las retenciones y el paro del campo, la caída de Cristina me tomó sin cuidado, no sé el nombre del Ministro de Economía, un desastre lo mío.

Pero ayer encontré un diario viejo.

Y me dí cuenta de que la Historia me pasaba por al lado y yo ni enterado.

Era un Clarín del 29 de agosto. Contaba sobre las condenas a Bussi y Menendez. Y había declaraciones de ellos, claro.

Por ejemplo:

Sepulcro: “Pese a no ser mis jueces naturales, tienen el honor de ser magistrados del lugar que fue cuna de la Independencia y sepulcro de la subversión marxista-leninista. (Bussi)

“Combate justo”: “Me siento un perseguido político de los derrotados de ayer en un combate justo y en las urnas tucumanas y que están hoy en el Gobierno y llenos de rencor.” (Bussi)

“¿Para quién ganamos la batalla?”: “La Argentina ostenta el dudoso mérito de ser el primer país en la historia que juzga a sus soldados victoriosos… Pero, como lo hizo recientemente un oficial uruguayo, podemos preguntarnos: ‘¿para quién ganamos?’.” (Menendez)

“Ahorramos sufrimiento”: “Al vencer al enemigo y acortar el tiempo de la guerra, las Fuerzas Armadas ahorramos sufrimiento a la Patria.” (Menendez)

Entonces luego de la inicial indignación, a mí me viene a la cabeza otra cosa.

La mirada del otro.

Como autor de ficción (me niego al calificativo de “escritor”, aunque escribir es una de las cosas que más hago) a veces tengo que desarrollar personajes completamente opuestos a lo que soy. Me gusta eso, es un juego de meterse en zapatos ajenos. Por un momento tengo que ser ese personaje, entender como habla, como piensa, por qué actúa como actúa y cómo va a reaccionar ante determinados estímulos. El autor crea al personaje, pero el personaje tiene vida propia.

Entonces, lo que me vino automáticamente a la cabeza fue meterme en la mente de estos personajes nefastos.

Pienso en Bussi, su sepulcro y su persecución. En Menendez y su guerra de la que salió victorioso. Es verdad que la Argentina de hoy, con lo bueno y lo malo que tiene, no es otra cosa que el resultado de aquella Argentina. Ellos se ven a sí mismos como los salvadores del país, los que dieron todo lo mejor de sí para salvar este bendito país de la salvaje subversión de origen soviético, que no quería otra cosa que gobernar el mundo desde el Kremlin. Entienden que los secuestros, las muertes y las torturas realizadas no eran otra cosa que estrategias válidas para ganar la guerra, en la cual todo es lícito, como en el amor. Reconocen como desagradecimiento el desprecio de la gente, y como rencor de los derrotados el proceso judicial que se les lleva a cabo. Entienden que son soldados que cumplieron con su tarea de salvar al país, y con una moneda muy pobre se les está pagando.

Pero…

Desconocen que ese mismo gobierno al que alaban fue el responsable del endeudamiento nacional y de la destrucción de la industria argentina, fundamental para la inserción del país en el mundo de manera competitiva.

Desconocen que aquellos a los que masacraron no eran un ejército invasor, sino civiles argentinos, la mayoría de los cuales jamás empuñaron un arma, sino acaso apenas una pluma.

Y por sobre todo desconocen a la Constitución Nacional, en cuya redacción también se gastó mucha sangre para llegar a tener un país organizado, y en donde están sentadas las bases sobre las cuales fue fundado este país, escritas especialmente para evitar que hechos como los que ocurrieron entre el ’76 y el ’83 se repitan.

Costó mucho tiempo a los argentinos acostumbrarse a que existe una manera escrita de hacer las cosas. Sigue costando para muchos. Más allá de ideologías políticas, la Constitución está pensada para resolver esos puntos en que la legalidad y la ideología entran en conflicto.

Jamás seremos un país adulto si no nos acostumbramos a reconocer nuestras elecciones conjuntas, buenas o malas.

Argentina duele a veces, demasiado seguido.

Confío en los argentinos, ¿pero hasta qué punto?

En definitiva, sentí mi sangre hervir y comprendí que sigo vivo, que soy capaz de sentir bronca y pasión.

Hoy las cosas comenzarán a cambiar.

No puede ser que haya estado afuera tanto tiempo.

Hoy estoy de vuelta.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana…


Cafetin de Buenos Aires – Edmundo Rivero


A Martín y Emiliano.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana…

Las cosas se fueron dando de determinada manera que quedamos nosotros tres solos. Los sucesos que dieron origen a la Trilogía son ríspidos y hasta dolorosos, pero marcaron el comienzo de una de las mejores etapas de mi vida. Apenas habíamos cruzado la barrera de los veinte, éramos jóvenes aún, y nos sobraba fuerza y ganas. Acabábamos de recibir un duro golpe en uno de nuestros lados, pero merced a la amistad que teníamos capitalizamos el sismo y lo convertimos en fortaleza. Simplemente, entendimos que en las malas quedan los buenos y los otros se las toman. De manera que el departamento de Martín, que hasta no hacía mucho había sido “El quince” pasó a ser nuestro segundo hogar. Allí descubrimos el sabor de la amistad entre hombres. El programa jamás era el mismo, solíamos reunirnos en la casa del amigo que vivía solo un par de veces a la semana y sencillamente dejarnos llevar. En el comienzo, por supuesto, fue el mate. Después, a medida que las jornadas se hacían más largas, empezaba a pintar la pizza con sus correspondientes cervezas, jamás menos de una por cabeza, por favor. Y claro, algunas empanadas para mechar cada tanto. Ya como chanchos, aparecieron los fideos y los guisos, para los cuales aportábamos con gusto y en cuya preparación interveníamos, recordando aquellas reuniones de “Los Machos” con Ranni, Garzón, Grandinetti y Fanego. Por esa época aprendimos a disfrutar el paladeo de un buen tinto. Si me preguntaban antes, el tinto no me gustaba, pero claro, difícil ser objetivo cuando el norte era un Termidor. No recuerdo la razón de haber comprado aquel Heresford, pero sí recuerdo lo bien que acompañaba la mesa y la charla.

Y la charla, por supuesto. Que puede ir desde los problemas existenciales de nuestra vida, guita, fútbol, política, religión o simplemente cagarse de risa del Ránking de Todo x 2 pesos, hasta hablar por supuesto de mujeres, el eterno tema masculino. Es en la charla donde salen a relucir los verdaderos códigos de camaradería, respeto y franca amistad que en un grupo de hombres se pueden dar. Tener la suficiente integridad y los huevos para entender que decirle “te quiero” a un amigo no es de puto, sino que responde a la necesidad de expresar un sentimiento que muchas veces uno se reprime, pero que sabe que en el fondo es sentido.

De manera que hoy escribo para aquellos viejos amigos de quien la vida me ha separado, en el caso de Emi, o de quien no logró hacerlo, en el caso del Tirma. A ellos les agradezco profundamente los gratos recuerdos compartidos y les dedico este post.

Tirma: Los fideos largos hay que enrollarlos con cuidado. Cualquier cosa para eso se inventó en pan, para ayudarte.

Emi: Para eso está la cuchara, animal!

Tipo, se trae un vinito? Sebas, Koshen, Toter, vénganse que el guiso de lentejas ya va a estar. Y traigan una buena provisión de puchos que la noche es larga. Vengan todos los que se quieran sumar que la puerta está abierta, che!

Adiós

Me casé a los 23. No hubo apuros del estilo tradicional, mi hija mayor tardó dos años en llegar, pero yo me sentía tan bien con ella que no dudé en pedirle su mano. Antes de conocerla venía de un momento… difícil. Para ser honestos, mi vida corría a una velocidad muy rápida, y ella fue el freno que llegó en el momento indicado. La conocí en la boda de una amiga común, y fue… mágico. Ella era mayor que yo, pero cuando la vi no pensé que tuvese más de 18 años. A la madrugada el frío fue llenando el salón, y con mi saco cubrí sus piernas. Ese momento quiero marcar como el principio de la historia.
La verdad, hasta entonces yo no sabía lo que era estar de novios. Sabía de necesitar, pero no de ser necesitado. Su demanda me cautivó. Por primera vez sentía que con mi sola presencia le podía hacer bien a alguien. Estuvimos de novios durante nueve meses exactos. En ese tiempo nuestra comunión llegó a ser perfecta.
Durante el primer año vivimos en la casa que yo alquilaba con mi vieja, la misma que ahora guarda estos restos maltrechos. Fueron tiempos muy buenos, la pasamos muy bien, pero ellas dos chocaban, inevitablemente. No nos faltaba dinero, ni trabajo, ni amor, pero nos faltaba intimidad. Entonces llegó la propuesta de mi suegro de construir nuestra propia casa arriba de la de él. Ella no estaba del todo segura, durante toda su vida había querido abandonar esa casa, y no veia con buenos ojos la posibilidad de volver. La convencí de que no sería volver a su vieja casa, sino de irnos a la nuestra, y así ella aceptó.
Al principio fue así. Teníamos nuestro lugar propio, ella estaba más cerca de su trabajo, vivíamos felices y nos disfrutábamos. Fue entonces cuando decidimos a traer a Laura con nosotros. Pero durante su ambarazo las cosas empezaron a cambiar. Yo me quedé sin trabajo, y empecé un derrotero de aquí para allá por diferentes lugares. Mi suegra, ante la inminencia de su abuelitud andaba cada vez más seguido por nuestra casa, afectando nuestra independencia y nuestra intimidad. Ella y su marido con la excusa de ayudarnos se inmiscuían cada vez mas en nuestros asuntos y nuestras desiciones, y eso me molestaba.
La llegada de nuestra primer hija fue un oasis. Le dimos tanto amor… Yo no dejaba que ella se levantara a la noche. Iba a buscar a mi nena entre llantos y la acunaba y trataba de calmarla, y solo la molestaba a ella si acaso era necesaria una teta que yo no podia darle. Me convertí en un experimentado cambiador de pañales. Fueron buenos tiempos, pero al mismo tiempo fueron los tiempos en que nuestra atención fue abandonando al otro.
Y es que inmediatamente después vinieron los tiempos malos. Yo no podía conseguir laburo, el país andaba mal, hubo situaciones que me hicieron caer en una depresión importante de la que me costó mucho levantarme. Reconozco que su apoyo fue fundamental, pero al mismo tiempo otras cosas se iban apagando. El deseo ya no era el mismo entre nosotros, y de a poco nos estábamos convirtiendo en buenos amigos que compartían una casa, y cada tanto se sacaban las ganas. La falta de dinero comenzó a pesar, y nuestras vidas de a poquito iban tomando caminos muy próximos, pero caminos separados. En fin, a partir de entonces tuvimos altas y bajas, los dos empezamos a hacer terapia y en muchos aspectos nos hizo muy bien, hubo momentos en que estuvimos muy juntos y otros en los que no tanto, pero jamás volvimos a ser uno.
Y es que los dos descubrimos que ser uno entre los dos implicaba no ser seres completos.
De manera que cuado volví al trabajo con todo, y nuestros problemas económicos desaparecieron, empecé a sentir ganas de vivir.
Nunca le fui infiel, más que de manera virtual al menos. Nunca sentí que la hiciera cornuda. Pero sí sentí que tarde o temprano iba a hacerlo. Y ella no se lo merecía.
A Ignacio lo buscamos bastante, en parte porque lo pedía Laura, en parte porque siempre quisimos dos, pero aunque jamás lo reconoceremos, en parte también porque queríamos salvar algo ya herido de muerte.
No contaré aquí todos los pormenores de la relación, que son muchos, me limitaré a decir que de a poco el fuego se fue apagando, y que continuar era encapricharse en una mentira.
Tardé más de tres años en tomar la decisión.
Estábamos en una de nuestras cíclicas idas y vueltas cuando le dije “no va más”. No lo entendió. Rompió todas nuestras cartas y lloró toda la noche.
Me fui de casa a la semana.
Los primeros tiempos fueron difíciles, después… creo que a todo se acostumbra uno…
Nunca diré una palabra en contra de ella, y aún hoy seguiría diciendo que es la mujer de mi vida.
Solo que no lo es todo lo que yo hubiese querido que fuera.

Esto lo escribí como comment en el blog de Eugemartinucci. Consideré que merecía publicarlo como post.

No Hemos Sido Presentados (reload)

Hace varios años ya que escribí el texto que abre mi otro blog . Allí defendía al anonimato como forma de expresión. Todavía no conocía las distintas faunas por las que luego anduve, llenas de hipocresía y simulación. He conocido gente buena en el ambiente de páginas, chat y blogs, no lo niego. Pero también he encontrado muy mala gente que se escuda detras del anonimato que le da un nick. O inculuso sin él. Recuerdo a gente que haciéndose llamar Forobardo, Colifa o Maestruli se dedicaban a insultar, agredir y amenazar. Me vienen a la cabeza también muchos comentarios anónimos tanto en esta comunidad de bloggers como en cualquier otra, destinados no a sumar sino a irritar. Sé de gente con avanzados conocimientos que por diversión busca a quien tomas de punto y le roba sus claves y datos importantes. Conozco a los que contactan mujeres con el único objeto de masturbarse delante de ellas. Conozco mujeres que solo quieren ver hombres masturbándose. Sé de los que mienten edad, aspecto y posición social con el objeto de enamorar y luego herir. Y perdon si me olvido de algún otro mal bicho más, todavia mi experiencia por aquí es corta.
El asunto es que todos ellos, sin excepción, se aprovechan del anonimato para saciar su necesidad de sangre. ¿Cuál es el motivo de tanta saña con uno mismo que sólo se aplaca dañando a los demás? Porque no nos engañemos. El que se descarga contra un desconocido, en realidad está enojado consigo mismo. Y El que se descarga de manera anónima con alguién que conoce, es porque sabe que cara a cara no podría sostener sus argumentos. Pobre gente, piensa uno, que tiene su vida en tan baja estima que se regodea jodiendo la de los demas.
Por eso, mis amigos y lectores, es que a ustedes los quiero tanto.
Anónimos agresivos serán borrados.

Ella

Podría decir que la odio. La conozco desde mi adolescencia. Íbamos juntos al cine, a recitales, al teatro, a caminar. Alguna vez habré disfrutado de estar con ella. Alguna vez incluso la habré buscado. Pero más temprano que tarde empezó a cansarme. A veces se me aparecía cuando estaba con mis amigos. Ellos solían echarla, pero no siempre podían. Cada vez que conocía a alguien la veía rondando. Cuando conocí al amor de mi vida creí que por fin me había dejado en paz. Durante bastante tiempo no volví a saber de ella. Sin embargo una noche se me apareció. Yo traté de rechazarla, pero ella no sabe de aceptar un no. Se convirtió en mi amante. Nos encontrábamos casi todas las noches. Yo sabía qu no quería estar con ella, pero ella sabía que yo no lo podía impedir. Finalmente no dí más con esa situación, y ella me tuvo a tiempo completo. Quise reemplazarla, encontrar mujeres que me hicieron sacarla de mi cabeza, pero ella siempre volvía. Por momentos lograba escaparme, pero cuando volvía ella me esperaba en casa, firme e implacable. Aún hoy lo sigue haciendo. Creo que la única manera de que me abandone es si consigo hablar con ella. Entenderla. Y que me entienda ella a mí. Y ya no me necesite.

Creo que es tiempo de reconciliarme con mi Soledad.

Una mentira de tres décadas

No era mí mejor época, tal vez fuera la peor. La crisis del 2001 había pegado duro y se sentían sus coletazos. Mi esposa me bancaba, pero ya había empezado a cansarse del asunto. La nena tenía dos años recién.
Cuando las cosas se pusieron más difíciles y yo me quedé sin laburo y sin ganas, fue mi mujer quién me recomendó que empezara a hacer terapia. Lo sugirió como una manera de salvarme y salvarnos, y bajo la promesa de seguir mis pasos en cuanto los primeros resultados se vieran.
Pero se sabe que el proceso es paulatino. Ella cumplió su palabra y a los seis meses empezaba la suya propia. Yo empezaba a enfrentarme a mis fantasmas más poderosos.
Y por supuesto, como era de esperar que sucediera tarde o temprano, un día llegué hasta mis padres.
Mi viejo era un tipo normal laburante, que me quiso y me cuidó. Mi vieja también laburaba. Entre ellos no se llevaban bien, apenas recuerdo una vez haberlos visto de reojo darse un pico cuando yo tendría cuatro años. Tenían terribles peleas de las que era testigo. Mi viejo no era habitualmente violento pero recuerdo que me ha dado un par de palizas de antología que coincidieron con los peores momentos con mi vieja. Ella era despreocupada, no le daba bola a nada ni a nadie, ni siquiera a mí. Cuando yo tenía 8 años nos mudamos a una casa en Parque Patricios que durante una década fue mi prisión. No tenía ni nunca tuvo agua caliente, caía revoque desde el techo, las paredes estaban todas picadas y la puerta de calle estaba permanentemente sin llave, incluso cuando yo estaba solo, y ni hablar de la humedad y las goteras. Así vivimos diez años. Un día a finales de 1992 mi viejo se murió. En su velorio apareció una mujer desconocida vestida de negro que lloró sobre su ataúd y se fue sin decir palabra.
Sé que mis padres hicieron lo que pudieron, como cualquier ser humano. Les cuestiono lo malo pero les agradezco lo bueno, lo que hoy
me hizo ser lo que soy. Pero al llegar a mi primer año de terapia sentía la necesidad imperiosa de confrontar a mi madre para entender su lógica, para saber por qué…
Creo que mis palabras exactas fueron: “Si me iban a criar de la manera que me criaron, ¿para qué me tuvieron?”
Mi vieja bajó la mirada. las lágrimas que querían escaparse brillaban detras de sus lentes cuando la volvió a levantar.
“Nosotros no te tuvimos”, fue la respuesta. Entonces me habló sobre mi tío, mi padrino, su hermano por parte de madre y quien me malcrió durante toda mi infancia. Él tenia fama de playboy, y más de uno se rió de la paradoja de que muriera un 1º de mayo cuando jamás había trabajado. Era un buen tipo, pero tenía sus cosas, como todos. Una de ellas es que era bastante mujeriego, cosa que no suele ser bien vista en un hombre casado. Al menos por su esposa. Ella era chilena y bastante más grande que él. Él la quería, pero ella nunca se había adaptado del todo ni a la familia ni al país. Nunca entendí si ya no podía tener hijos o si nunca había podido. La cuestión es que él un día le confesó de una de sus aventuras con una compañera de trabajo de ella, y del accidente que le llevaba a confesar. Sabiendo que ya no podrían ser padres, le ofreció hacerse cargo juntos de ese accidente, pero ella en medio del dolor por la traición y porque su marido había obtenido lo que ella jamás podría, le dijo que no.
Entonces él se acordó de su hermana menor, compañera de juergas y borracheras, quien se había hecho tres abortos y ahora que el tiempo apremiaba comenzaba a resentirlo. Élla y su marido aceptaron pero pusieron sus condiciones. El niño sería de ellos. No querían ningún tipo de detalles sobre las circunstancias que lo habían llevado a aus brazos. Lo anotarían en el Registro Civil un 22 de marzo como si fuera propio y él jamás se enteraría de una palabra sobre la verdad.
Aparentemente nací un 10 de febrero. Casi treinta años después mi madre rompió su palabra. Nada sabía ella sobre la anónima amante de mi tío en cuyo vientre yo había estado. Me pidió disculpas y abandonamos el café donde yo la había citado por ser terreno neutral.
Mi terapeuta dice que nunca me vio tan abatido como esa semana. No me dolía tanto lo sucedido, como el hecho de que se haya pasado toda mi vida sosteniendo esa mentira, y que ahora los que podrían haberme traído algo de verdad ya habían muerto. Lloré, puteé, me encerré en mi cuarto, cagué a trompadas a mi colchón y odié a mis padres de crianza, a mi padre biológico y a esa Turca que me había parido y que por alguna desconocida razón no había querido saber nada más de mí.
El jueves consideré que era suficiente y decidí tomarme hasta el sábado para sufrir. Me senté delante de la computadora y empecé a transmutar mi dolor en letras. Sesenta páginas escribí de un cuento que trataba de explicarme por qué. El sábado por la noche me acosté con la sensación de que había cumplido.
El domingo salí a comprar el diario.
El lunes conseguí tres trabajos.

Chat days

Cuando un hombre prefiere mirar páginas pornográficas en Internet antes que acostarse con su esposa es porque ahí existe un problema grave. La mía ya estaba resignada. La primera vez que me había sorprendido masturbándome junto al monitor había hecho un escándalo considerable, la última ni le había dado importancia. Pero luego de un incidente de infidelidad virtual de mi parte que me llevó hasta Mar del Plata, como buen animal herido decidió hacer algo. Entonces buscó la página porno que yo más frecuentaba, encontró allí una sala de chat, y se propuso hacerme sentir lo mismo que yo a ella.
Pero algo le salió mal. Lo que yo veía era en realidad la sección porno de una página más grande donde existía una comunidad donde había hombres y mujeres que no siempre estaban a la búsqueda de minas en bolas. por lo tanto cuando entró al chat haciendose la gata no tardaron en echarla a patadas. Así que cuando me lo contó yo me enternecí y decidí ayudarla.
Había entrado algunas veces en salones de chat, pero lo cierto es que nunca me había sentido cómodo. Toda esa gente hablando unos encima de otros, en general ni se podía seguir el hilo d ena conversación. Pero cuando entré allí era un poco distinto. La primera vez que entré alguien mandó una trivia. Una trivia es una serie de preguntas que tira un robot y que los presentes deben responder de manera correcta en el menor tiempo posible. El robot le va dando puntos a los que contestan bien y al finalizar la trivia los suma y declara un ganador. Así fue como me enganché con el mundo del chat.
Mi esposa pronto descubrió que le había salido el tiro por la culata. Yo ya no me quedaba mirando páginas porno, pero sí charlando hasta tarde con desconocidos. Yo de a poco fui conociendo gente interesante y de la otra. Hablábamos de todo, nos cagábamos de la risa, iba armando los rompecabezas de sus discursos y sus personalidades. Me encontré que hasta los más jóvenes tenían historias de vida particulares, y con mi curiosidad profesional a flor de piel procuré desenmarañarlas de a poco. Mi lista de contactos de MSN comenzaba a crecer. Al tiempo empezaron las reuniones y pude conocer a varios de los que compartían mis charlas nocturnas, incluidos los dueños del site y sus lugartenientes.
Me fui haciendo un nombre. Mi nick ya era conocido y para algunos ya era un referente. La página que contenía al chat estaba también en pleno crecimiento, y la comunidad se convertía en algo más grande de lo que todos nos imaginábamos. Luego de unos meses fui nombrado operador del chat. La función del operador es mantener la armonía entre los presentes, preservar la sala como un lugar agradable y expulsar a aquellos que no se adaptan. Al principio existían unas cuantas reglas tácitas que todos más o menos respetábamos. Luego los dueños decidieron hacer estas reglas expresas, y la función de operador se convirtió en algo más represivo. Empecé a caerle mal a cierta gente. Para este momento el chat ya no era tan agradable.
Alrededor mi matrimonio se caía a pedazos y nosotros estábamos encaprichados en no verlo. Ella odiaba la computadora, y sostenía que la compu no la quería a ella. Nos separamos luego del regreso de Soda, y yo quedé más que nunca metido en mi mundo virtual.
Una noche en que yo jugando me había cambiado el nick ella entró preguntando por mí. NAda había que la identificara, pero yo supe enseguida que era ella. Contaba que estaba destruida porque su marido había agarrado su ropa y la había dejado. Yo no quise darme a conocer, no me parecía el escenario propicio para un asunto tan privado. Al día siguiente uno demis “amigos” del chat empezó a cuestionarme lo que yo le había hecho y lo mal que me había portado. Había estado hablando con mi ex esposa por privado, Le dije que no era su asunto sino de ella y mío y que si no sabía como habían sido las cosas que se limitara a preocuparse por lo propio. Asintió de mala gana, pero nunca dio muestras de haberlo aceptado. Un episodio aparte del que ya hablaré me dejó mal parado, y mientras tanto ella había empezado a hacerse habitué del chat, por lo que luego de un par de disputas domésticas en público yo opté por retirarme en los momentos en que ella entraba. La lista de mis enemigos se incrementaba. Alguien que se escondía detrás del anonimato empezó a entrar solamente para agredirme, y de paso pasaba en público mis datos personales que de algún lado había conseguido. Jamás sospeché de ella, pero sí del “amigo” con el que ella había hablado en primer lugar.
Un día quise entrar a mi MSN y me dí cuenta de que no podía. Me habían robado la clave. A mi celular llegaban mensajes enviados desde Internet burlándose de este hecho. No pudieron robarme el usuario del chat, pero sí tratar de impedirme la entrada.
Recuperé mi lugar en el chat y mi lista de contactos, si bien la vieja dirección de msn no la pude volver a recuperar. pero ya me había dado cuenta de que clase de gente poblaba esos lugares. Mi ex al poco tiempo también dejó de entrar. Me sentí humillado y traicionado.
Una nueva etapa comenzaba.

juegos

El comienzo del fin

A veces uno se engaña. Y se engaña feo. Perticularmente, yo venía de un momento muy jodido de mi vida y de a poco estaba viendo como salía el sol. Había estado mucho tiempo sin laburo, había conseguido un laburo más o menos pasable que me ayudó a recobrarme de aquella mala época y acababa de conseguir uno que podía definir realmente como bueno. Mi situación económica había llegado a cambiar, nos podíamos dar lujos con mi esposa, compré mi primer auto. Pero aunque no queríamos verlo, nuestro matrimonio había empezado a derrumbarse, y era un camino que no tenía vuelta atrás.
Hay una imagen que recordaré durante toda mi vida. Fue durante aquel apagón que durante 1999 dejó a media ciudad de Buenos Aires sin luz durante una semana. Por aquella época yo había metido cinco materias del CBC y estaba tratando de dar libre semiología, cosa que no logré, pero me ayudaba con la preparación del que había sido mi último profesor, un uruguayo jodón y macanudo que me daba clases en su departamento de Salguero y Rivadavia. Esa noche la avenida mas larga del mundo estaba oscura y solitaria, y a dos cuadras de distancia se veía un grupo de gente y la luz de unas cuantas gomas que ardían para darle un tono devastador a la escena. Realmente parecía una ciudad en guerra algo que los argentinos conocemos solo por películas, pero en ese momento era algo tangible y real. El uruguayo me esperaba sin luz y con una botella de tinto abierta, al grito de “Hoy no es noche para estudiar, pongámonos en pedo”. Entre los muchos divagues que existieron esa noche, surgió la analogía del apagón como una fisura en la represa institucional que contenía la insatisfacción del pueblo. “Nunca se sabe donde puede aparecer la grieta que desbocará el dique” me había dicho mi profesor.
En mi matrimonio la grieta surgió cuando cambié de trabajo. Yo laburaba en una librería que tenía sucursales en Morón, Lomas de Zamora, Tandil y Mar del plata, y estabamos comunicados entre una y otra a través del ICQ. Por allí conocí a una joven mujer llamada Leticia, unos años menor que yo, bella y encantadora con quien hicimos amistad enseguida. Cuando decidí cambiar de laburo, Leticia se lamentó por mi partida y decidió darme su celular y su mail para que continuáramos en contacto. Ella nunca usaba el msn, pero tal vez debido a eso comenzamos una relación a través de largos parrafos por correo que más temprano que tarde fueron subiendo de tono, y llegaron a convertirse en sutiles pero decididas expresiones del deseo que comenzabamos a sentir el uno por el otro.
Al poco tiempo los mail dejaron de tener respuesta. Yo era un hombre casado, y ella comenzaba a vivir en pareja con un compañero de laburo que no le daba todo lo que necesitaba, pero al menos le daba compañía y la había sacado de la casa de los padres. Durante los siguientes meses no tuvimos noticias el uno del otro, y yo seguí con mi vida creyendo que ahora sí, podría ser feliz. Mi esposa quedó embarazada de mi segundo hijo, economicamente estábamos bien, teníamos auto, no nos podíamos quejar. Pero antes de que pasara un año volví a recibir un mail de Leticia. Supuestamente no iba dirigido a mí sino a un ex novio con el mismo nombre, pero a partir de ese momento la relación volvió a ser fluida. Los e-mail se pusieron calientes, más calientes que antes, y ahora sí, sin hipocresías, hablábamos incluso de la fantasía de tener sexo entre nosotros.
Así surgió la idea de hacer el viaje a Mar del Plata.
Sépanlo: La ruta me fascina. Subirme a mi auto y tomar cualquier cinta de asfalto que me lleve lejos es una de las cosas más relajantes que conozco. Las cosas con mi esposa no estaban bien, y sabía que un respiro de dos días no iba a hacerme mal. Ella no lo tomó bien, pero le dije que necesitaba hacerlo para saber qué era lo que quería de nuestra pareja, y en alguna forma así era.
Un par de días antes de salir, Leticia arrugó.
No me dijo que no quería verme, pero sí que había estado pensando en su novio, y que no quería ponerle los cuernos. Yo ya tenía el viaje armado y decidido, y no iba a volver atrás. Nos encontramos un miércoles a la tarde en un un bar del centro de Mardel, y tuvimos una charla fría y distante. Yo reconocía detrás de esa coraza a la Leticia que tanto me había calentado, pero estaba claro que a ella la inundaba la culpa, y lo más intimo que llegó a haber entre nosotros fue un beso en la mejilla y un abrazo de amigos.
Estuve dos horas en Mar del Plata, dos horas en las que ni siquiera fui a ver el mar. Luego seguí hasta Tandil, donde pasé la noche en la casa de un amigo con quien ya había arreglado, y al otro día me volví para Buenos Aires.
Al regresar mi esposa me dijo que había pensado dejarme en cuanto volviera, pero nos dimos una nueva oportunidad, y seguimos juntos. Yo sentía que más allá del arrugue de Leticia, había vuelto a elegirla a ella. Un par de semanas después nos fuimos a Córdoba a las que fueron nuestras últimas vacaciones juntos.
Cuando volvimos de las vacaciones, recompuestos pero no del todo, Una tarde mientras yo estaba en el laburo mi esposa decidió mandarme una postal a mi casilla de correo. De alguna manera obtuvo la contraseña, y cuando quiso revisar si me había llegado (ja) se encontró con toda la correspondencia que habíamos intercambiado con Leticia.
Nuestro matrimonio no se terminó ahí, aunque a veces pienso que hubiese sido lo mejor. Una vez más decidimos darnos otra oportunidad. Pero como forma de castigarme por haber encontrado a otra persona a través de la computadora, ella decidió entrar en una sala de chat.
Ahí comienza otra historia.


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