Así que al final viniste. Hacía rato que te esperaba. Yo sé que de pendejo te gustaba, y que me tenías muchas ganas. Eran esos tiempos en que descontrolábamos toda la noche y más de una vez me encontré amanecido en la casa de quién sabe quien, totalmente en pelotas y con una resaca para una compañía de infantería. Le dábamos al alcohol de todo tipo, y según el día mezclábamos con merca, faso o pepa. La pepa era sólo para acontecimientos especiales, pero los acoantecimientos especiales se daban con bastante frecuencia. Sé que me tenías bastantes ganas por aquella época, pero al final te fuiste con el Dani. Reconozco que no te había tenido en cuenta hasta ese momento.
El tiempo pasó y la vida se volvió menos vertiginosa. Por un buen tiempo no tuve noticias tuyas.
Entonces pasó lo de la intoxicación. Ya había sucumbido a la comodidad de la vida burguesa y me creía intocable. Pero una noche en que mi mujer llevó a los chicos a un cumpleaños yo me hice de comer unos mostacholes con salsa envasada. Me pareció que la lata estaba medio hinchada, pero no le di bola. Cuando mi mujer llegó yo me retorcía de dolor desde unas cuantas horas antes. Entre ella y mi vecino me subieron al auto y corriendo a la guardia del Fernández. Estuve internado dos días en terapia intensiva, y siete más en sala común. No viniste a verme en todo ese tiempo, pero supe que habías estado rondando mi cuarto y preguntando por mí.
Supongo que a partir de entonces te tuve más en cuenta. Sabía que andabas por ahí, así que empecé a cuidarme en las comidas para bajar la panza, me anoté en un gimnasio y para mi propia sorpresa fui con regularidad. Dejé el pucho y apenas me tomaba una copa de vino dos o tres veces por semana. En fin, esas cosas que uno empieza a hacer cuando siente que la juventud se le está yendo. Quería verme bien. Sabía que en algún momento iba a verte y no quería que me encontraras desarreglado. Lo se, la edad me puso coqueto.
Te demoraste, eh. Creí que ibas a estar acá mucho antes. Mis hijos crecieron y se fueron. Elena me dejó. Por primera vez en mucho tiempo estaba solo. Pero antes de mí anduviste con el Pollo y con Carlitos. Pude entenderlo. Ellos te resultaban mucho más atractivos que yo. Pero yo sabía que tarde o temprano ibas a venir a mí.
Así que al final viniste. Sí, te estaba esperando. En realidad te deseaba. Más de una vez pensé en llamarte, pero no tuve los huevos necesarios. Hoy creo que ya estoy listo para irme con vos.
Estás linda. Te imaginaba distinta. Ya sabés, la túnica negra y la guadaña. Así me gustás más.
Disculpame que no te ofrezca nada de tomar. No me estoy sintiendo bien en estos días. Apenas si me puedo sentar en la cama. Vení, tirate un rato a mi lado. Estoy muy solo, ¿sabés? Me alegra que hayas venido.
(Ante todo y nobleza obliga, millones de gracias a la Galle Isabel Rubio por el asesoramiento idiomático y geocultural)
El porro volvió hacia mí. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de primavera. Habíamos dejado la cama tres horas antes pero para nosotros era como si hubiesen pasado minutos. Su mano me entregaba el pequeño pitillo de marihuana mientras su boca jugaba con la mía y el humo que salía de su nariz le daba un tinte de ensueño a la escena. Vernos desnudos en mi buhardilla casi sin muebles me hizo pensar en el Último Tango en París. Pero era Madrid, y muchos tangos nos quedaban por bailar juntos.
-De chica mis viejos me llevaban a bañarme a la Costanera Sur. Ahora ya no se puede.
-¿Y por qué no?
-Porque el río está lleno de mugre. Buenos Aires nunca le dio mucha bola al río.
-¿Y cómo es eso? Un río lleva el alma de una ciudad.
-Será que el alma de Buenos Aires estará llena de mugre entonces. ¿Bailamos, gallego? -preguntó ella.
-No me llames gallego, soy andaluz -repliqué. Sabía que no iba a obedecerme.
-Sí, y yo soy de Paternal. Y nadie conoce a Argentinos Juniors por acá.
-Mi pobre niña. El exilio te hace mal. Te puedo recomendar un buen colega.
-No pretendas analizarme, Doctor Freud. Soy tan solo una humilde neurótica del otro lado del Atlántico.
-Por supuesto. La más humilde.
-La abanderada de los humildes.
-No nos une el amor, sino el espanto -dije, a cuento de nada.
-Será por eso que te quiero tanto -concluyó y rompió a reír. Sonaba Richard Clayderman y volvimos a bailar.
Aquellos eran los buenos tiempos. La había conocido unos meses antes en Barajas. Un avión acababa de escupirla en este país y una tormenta le daba la bienvenida a la Madre Patria. Ella venía desde Argentina casi con lo puesto y el frío de enero le recordó que ya no se encontraba en el Hemisferio Sur. Yo había ido a despedir a una novia que había decidido marcharse a Alemania y su imagen tiritando frío sin saber adonde ir me enterneció. De modo que me acerqué a ella y le ofrecí mi ayuda.
-Señorita, ¿espera a alguien? ¿Quiere que la lleve a algún lugar?
-¿Y usted quién es? -contestó ella con recelo.
-Nadie, pero me llamo Joaquín -le contesté-. La noto en problemas y siento que puede necesitar de mi ayuda. ¿Quiere que la lleve?
Ella dudó. Lo normal hubiese sido que se largase, pero por el contrario me sonrió y aceptó mi ofrecimiento. Algo de desesperación tendría, y otro tanto de desamparo. Más tarde entendí que esa propuesta era todo lo que había para ella en la península. Esa noche, al menos, fui un caballero. La dejé en casa de un matrimonio de amigos argentinos y volví a la mía solo. Sabía que habría tiempo para llevarla conmigo.
Ella estuvo viviendo con mis amigos por un tiempo. Los primeros días permitió que la mantuvieran, como al pariente en apuros que en definitiva es cualquier compatriota exiliado. Pero a las dos semanas ella misma quiso hacer algo para cambiar esa situación y se puso a trabajar artesanías. Resultó que se las apañaba bien para confeccionar todo tipo de artesanías, baratijas en materiales baratos pero que en el Rastro podía vender a un precio razonable. Era un curro, en definitiva, y ella necesitaba currar. Yo comencé a ir a verla en su puesto, domingo tras domingo, como un ritual. Había sido su protector y no tardé en ser su amigo. Al poco ya era su amante. Y antes de que lo advirtiera ella era mi amor.
Corrían finales de los ‘70 en el Viejo Continente. Nuestra historia de amor seguía su curso y yo me sentía feliz como nunca lo había sido. Algún tiempo después ya vivíamos juntos. Pero no tardé mucho en car en la cuenta de que yo nunca sería su gran amor. Caminábamos por la Calle Velazquez, no lejos del Parque del Retiro, cuando desde una ventana escuchamos salir música. Ya era tarde y volvíamos de tomar unas copas. Entonces a mis oídos llegaron esas palabras que no voy a olvidar. “Quizás porque no soy de la nobleza puedo nombrarte mi reina y princesa, y darte coronas de papel de cigarrillo”. Ella soltó mi brazo y corrió hacia la ventana. Vi las lágrimas correr por su rostro. Entonces comenzó a gritar: “¡Argentinos! ¡Argentinos!”. La puerta no tardó en abrirse y dos pares de brazos la recibieron abiertos. Esa extraña hermandad que provoca el exilio se manifestaba ante mí en todo su esplendor. Pero entonces comprendí que las sonrisas que yo podía sacarle no se comparaban con las que le arrebataba todo aquello que procediera del otro lado del mar, del otro lado del Río de la Plata. Esta era una pareja de adolescentes casi, que vinieron a casa de sus abuelos perseguidos por fuerzas que al parecer debería cuidarlos. Habían llegado dos días atrás. Entre lo poco que habían podido traer desde Buenos Aires tenían un regalo para los viejos que no dudaron en compartir con ella. Eran unas galletas con dulce de leche cubiertas de chocolate. “Alfajor Jorgito” decía en el paquete. Ella, mientras lo abría, lloraba. Comprendí en el momento que jamás llegaría a sentir eso por mí. Y no mucho después llegó el Mundial. Y me vi rodeado de cientos de Argentinos que gritaban y saltaban en las gradas del Nou Camp mientras el Campeón del Mundo caía ante Bélgica. A ella no le gustaba el fútbol, ni siquiera cuando Maradona fichó para el Barcelona, pero verse rodeada de compatriotas la hacía feliz como ninguna otra cosa.
Por aquella época la herida de Malvinas aún sangraba y el gobierno militar estaba pronto a su fracaso. Ella festejó la victoria de Alfonsín como si hubiera sido el título de fútbol que Argentina no pudo conquistar. Yo la festejé con ella, pero sólo porque en ese momento no alcancé a ver la realidad.
Ella se iría.
Todavía tuvimos unos meses más para nosotros, pero ya no era lo mismo. En el mismo momento en que se anunciaron las elecciones en Argentina ella comenzó a planear la vuelta. Luego de que Alfonsín llegó a la Presidencia empezó a moverse. El regreso estaba previsto para el verano del ‘84. Pero ya desde comienzos del otoño no pensaba en otra cosa. Ella sabía que yo no podía acompañarla. Pero la necesidad por su tierra era mayor. Yo podía ofrecerle todo el mar. Pero ella era un animal de río.
Partió con destino a Buenos Aires un 16 de junio.
La postal con una foto de bailarines de tango en Plaza Dorrego me llegó una semana después. Al principio me escribió con regularidad. Después, ya no tanta. La última me llegó en febrero de 1985. No tenía teléfono, no contestaba las mías. Un día, varios años después, me hice a la idea de que tendría que olvidarla.
El tiempo pasó. Un Congreso de Psicología me llevó a Buenos Aires para la época del Bicentenario de la Revolución de Mayo. El tiempo y la distancia no hacen bien a los recuerdos, pero las calles por las que caminaba parecían dibujadas por sus palabras. Sin embargo, cuando fui a su dirección en Avenida Boyacá, me encontré con un rascacielos que no debía de estar allí.
Sentí angustia. Caminé algunas manzanas y cogí un autobús. De alguna manera fui a parar a Plaza de Mayo. Y allí me rendí. Y caí de rodillas, y lloré, y grité su nombre.
Christopher Nolan se nos ha presentado siempre como un director inquieto. La mayoría lo conocimos con Memento, donde ya destrozaba las convenciones de la narración tradicional. Lo confirmó en Prestige, logrando un maravilloso juego de prestidigitación que no fuimos capaces de ver hasta el final. Incluso al hacerse cargo de la multimillonaria franquicia de Batman mantuvo su personalidad. Todo eso hace que Inception (estrenada en Argentina con el nombre de El Origen) venga cargada de expectativas. Y que los que hemos visto filmes de Nolan exijamos un nivel mínimo de calidad bastante alto.
Es que en tiempos en que todo pasa por la imagen, El Origen nos fue vendido como una sucesión de imágenes impactantes. Comenzando por la que vimos hasta el hartazgo tanto en cine como en televisión o en Internet. La ciudad que se dobla sobre sí misma. Reconozco que al verla por primera vez dije “guau” por el término exacto de cinco segundos. Vamos, todos vimos Matrix y a esta altura la espectacularidad visual es algo que puede impresionar pero ya no sorprender. Entonces, la pregunta que automáticamente me hice fue: ¿Cómo se inserta esa imagen en una estructura narrativa coherente?
De manera que fui a ver Inception con las defensas altas, pero con ganas de ser sorprendido. Lo primero que pude corroborar fue lo que ya venía imaginando antes de tener incluso la menor idea acerca del contenido del film: El Origen es una traducción muy pobre del título. Originación, como ha sido traducido el concepto a lo largo de la película, es mucho más acertado. El inducir el nacimiento de una idea en el subconsciente de otra persona a través de la invasión de sus sueños es un punto de partida con un potencial magnífico y que requiere de un desarrollo a la altura que no se satisface con una buena pirotecnia visual. Es entonces cuando Christopher Nolan demuestra su oficio.
Vamos a decirlo de una vez: Inception es una experiencia narrativa maravillosa, en la cual el espectador se ve inmerso en una trama construida a través de cinco niveles de desarrollo, en los cuales el director juega con las reglas del tiempo y el espacio pero por sobre todo con las de la mente. De sus personajes y de quienes están del otro lado de la pantalla.
Dom Cobb es el mejor en lo suyo. En los primeros minutos de la película se encarga bien de dejarlo en claro. Su rama es el espionaje industrial, pero no de una manera tradicional. Cobb se mete en los sueños de otras personas y desde allí roba ideas, algunas veces teniendo que llegar hasta lo más profundo del subconsciente de sus víctimas. Por supuesto, su accionar es clandestino, y lo ha llevado a tener que dejar de lado su vida personal. Y esto incluye a sus hijos.
Porque antes de ser fugitivo internacional Cobb fue amante, esposo y padre. Pero ahora ni siquiera puede volver a ver a sus hijos sin ir a prisión de por vida. Y ante la posibilidad de terminar con esa huida sin sentido, Cobb acepta el trabajo que da título al filme.
Avanzar más en la trama sería estropear la sorpresa a quienes no la vieron. Y El Origen es ante todo una película que sorprende. Por su sólida y extremadamente compleja estructura narrativa, diseñada con precisión de ingeniería. Por la actuación de sus intérpretes, con Leonardo Di Caprio a la cabeza (indiscutible referente de su generación) y un elenco de lujo donde cada personaje está ejecutado con la solidez que se merece. Por el ritmo que logra imponer el director, que no conoce de pausas desde el comienzo hasta el final, incluso para sentar las bases teóricas de la historia (indispensables para mprenderla). Por los distintos niveles de profundidad en los que Nolan nos sumerge sin que siquiera nos demos cuenta. Pero por sobre todo porque es una historia sumamente original, en una época en que la originalidad está casi pasada de moda.
Por supuesto que Inception no es un plato fácil. No es para verlo un sábado a la tarde en Telefé. Requiere del espectador un nivel de compromiso y concentración acorde a la complejidad de la trama, so pena de no entenderla. Perderse un detalle puede ser fatal. Esta bien, así son las buenas historias.
Como frutilla del postre, un guiño que a estas alturas es más que significativo. Sin incurrir en un spoiler, buena parte de la acción se desarrolla en un vuelo que va desde Sydney hacia Los Angeles. No parece casualidad.
El 29 venía por Defensa y él corrió para alcanzarlo. A esa hora de la madrugada no viajaba nadie y podía elegir con tranquilidad. Se sentó en el primer asiento doble luego del espacio para discapacitados, del lado de la ventanilla. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la ventanilla. Dormitó unos minutos y abrió los ojos. Ya era momento de bajar. Se paró, caminó hasta la puerta y tocó el timbre.
-Eh, ¿Qué hacés? –le preguntó el chofer.
-Me bajo acá, flaco.
-¿Y me pensás dejar el cochecito de regalo?
Atado con los amarres de seguridad justo delante de donde él había estado sentado había un cochecito de bebé. Y en su interior un bebé durmiendo.
-Ese bebé no es mío –se apuró a negar.
-¿Me estás cargando, flaco? Subiste con el pibe en San Telmo. ¿Te pensabas que no me iba a dar cuenta?
-Flaco, en serio, ese nene no es mío, yo subí solo.
-Vamos a arreglar esto –dijo el chofer y paró el colectivo. Abrió la puerta delantera y se asomó.
-¡Oficial! –escuchó él que gritaba desde el interior. Un policía se acercó hasta donde estaban ellos.
-Buenas noches. ¿Qué pasa acá?
-El señor subió con un bebé y ahora lo quiere dejar arriba de la unidad.
-¿Eso es cierto?
-Mire, oficial, ese bebé no es mío. No tengo idea de donde pudo haber salido.
La siguiente escena lo encontró sentado en el interior de la comisaría, demorado junto al chofer y al bebé hasta que se esclareciera lo que realmente había pasado. Entonces llegó ella. Estaba en jogging y a cara lavada. Daba toda la impresión de que la habían arrebatado desde entre las sábanas. Apenas entró divisó el cochecito y fue corriendo hacia él.
-¡Mi bebé! –dijo, y levantó el nene a upa. Recién entonces el angelito se despertó y le sonrió a la madre. Luego ella se volvió hacia donde estaba él.
-¿Qué hacés, Walter? ¿Estás loco?
Walter no entendía nada. Jamás había visto a esa mujer. Aunque si lo pensaba un poco…
-¿Mariela? ¿Mariela Carbonell?
Claro, para que fuese Mariela Carbonell tendría que haberse cambiado el color de pelo, se lo tendría que haber cortado bastante, subido unos cuantos kilos y envejecido un poco más de lo que se hubiera esperado en este tiempo. Pero sí, era Mariela Carbonell. Su primera novia, de la secundaria. ¿Qué habría sido de ella en todo este tiempo? ¿Y qué carajo hacía ahí?
-Contestame, Walter. ¿Pensabas abandonar a nuestro bebé en el bondi?
Walter se quedó mirándola con la boca abierta, incapacitado de decir palabra. Era todo como un mal sueño, eso no podía estar pasando. Hacía más de quince años que no sabía nada de Mariela, y durante todo ese tiempo él había llevado una tranquila y disipada vida de soltero.
Por supuesto que una vez recompuesto intentó negar todo, pero resultó que Mariela había venido provista de un acta de matrimonio que declaraba que ellos dos eran marido y mujer desde hacía tres años, y una partida de nacimiento que decía que eran padres de la criatura, cuyo DNI Mariela tampoco se había olvidado de llevar encima.
La tercera escena lo encontró a él internado en un neuropsiquiátrico, esperando por una entrevista con un perito que iba a evaluar su estado mental. El televisor estaba encendido en un canal de noticias. El informe daba cuenta de una cumbre de mandatarios americanos que se iba a realizar en el plazo de un mes en el World Trade Center. Por otro lado, se esperaba que para el próximo once de septiembre el presidente McCain inaugurara finalmente el nuevo edificio de la Casa Blanca, destruido luego del atentado de 2001. En cuanto al ámbito nacional, el presidente Macri había dado al ejército autorización para combatir en las calles contra la creciente ola de inseguridad que asolaba el país entero. Entonces vino un ordenanza y cambió de canal. En TNT daban Volver al Futuro, con Eric Stoltz y Christopher Lloyd.
El perito lo llamó a su oficina.
-Y bien, señor… ¿Suarez? Cuénteme su versión de la historia.
-No sé, es una locura. Volvía a mi casa en colectivo del cine y aparece ese bebé y después esta mujer que dice que soy su marido. Encima veo la tele y dice que las Torres Gemelas están de pie y que Macri es presidente. ¿Qué falta? ¿Qué nunca hayan volado la AMIA? ¿Qué nunca se haya caído el vuelo Oceanic 815?
El perito lo miró.
-Mire, le voy a ser sincero. Ni siquiera se de lo que me está hablando. A la mutual israelita nunca le pasó nada y de ese vuelo que me dice no tengo idea. A mi me parece que usted tiene una confusión muy importante.
Walter no abrió la boca. Estaba consternado, y a punto de abandonarse. El perito siguió haciéndole preguntas y al final diagnosticó que aparentemente lo suyo era un caso de amnesia selectiva, que había provocado que olvidara momentos trascendentales de su vida. Era, eso sí, un caso curioso, porque normalmente los recuerdos suprimidos tenían que ver con la actividad del hemisferio derecho, el de las emociones, mientras que en este caso también había información cultural que parecía haber sido suprimida o alterada. No podía ignorarse la posibilidad de daño cerebral. Aunque por supuesto, para verificar todo esto era necesario que Walter aceptara su condición y se prestase a los estudios clínicos que había que realizar.
Walter se dio por vencido. No lograba entenderlo, no sentía que le faltasen recuerdos, simplemente los que tenía eran completamente distintos a la realidad que ahora le presentaban. Pero decidió someterse y dio su consentimiento para los estudios.
Durante los siguientes tres años Walter fue reeducado, finalmente dejó atrás esos falsos recuerdos y estuvo listo para volver a vivir en sociedad. Mariela fue a buscarlo y cuando llegaron a la casa Agustín los estaba esperando recién llegado del jardín con la tía Nora. Todo había vuelto a la normalidad, como siempre debería haber sido.
Con el tiempo las cosas fueron mejorando. Walter consiguió un buen trabajo y su situación económica mejoró. Cuando al fin pudo comprar el auto, y fundamentalmente cuando le renovaron el registro, supo que la pesadilla había terminado.
Salió de su oficina como todos los días, dispuesto a pasar a buscar a su esposa y llevarla a un restaurante a celebrar su realidad. El plan era ir a cenar a San Isidro. Ya con ella en el asiento del acompañante subió por la Autopista Illia y se dejó llevar por el paisaje del Parque Menem que se dejaba ver a los costados. Todo un gran espacio verde con juegos, un lago, un hotel de primera categoría y un shopping. Entonces se dio cuenta de que no había ido al baño en horas y que necesitaba hacerlo. Al pasar por el peaje le pidió a Mariela que lo esperase, se bajó del auto y entró en el bañito público. Mientras orinaba sintió un extraño dolor de cabeza y la sensación de que no estaba todo bien.
Entonces salió a la autopista y no encontró el auto ni a Mariela.
En su lugar, los edificios de ladrillo de cuatro pisos de la Villa 31 lo saludaban.
Traté a Roberto Magnoli durante tres épocas bien distintas a lo largo de toda mi vida. La primera fue sobre el final de mi educación primaria. Corrían los primeros cincuentas y mis padres habían decidido que sería buena idea ponerme un profesor particular que me ayude con ciencias naturales, materia en la que paradójicamente andaba más flojo. El profesor era un hombre de avanzada edad llamado Florentino Sallese. Roberto Magnoli también acudía a sus clases, y con frecuencia compartíamos el horario. Yo tenía doce años por entonces. Roberto era considerablemente menor. En realidad no tanto, pero para un niño de ocho otro que está a punto de pasar a la secundaria es enorme. El apoyo escolar se mantuvo durante tres meses, hasta la finalización de las clases. A poco de comenzado el nuevo año me enteré del fallecimiento de Sallese, aparentemente por causas naturales.
A pesar de vivir en el mismo barrio en una época en que Buenos Aires no era tan gigantesca e impersonal como ahora, durante mucho tiempo le perdí el rastro a Magnoli. Nuestro contacto se reanudó ya de adultos, o casi. Promediaban los sesenta y yo estaba pronto a recibirme de médico en una importante universidad privada. Fue entonces cuando empecé a compartir materias con él. Reconozco que era un alumno brillante que realizó su carrera a un ritmo infatigable, logrando en apenas cuatro años ponerse casi a la par conmigo, que ya llevaba seis. Sin embargo, no es eso lo que más recuerdo de él por aquellos años.
Roberto Magnoli era el tipo más calavera que vi en mi vida. Nunca logré entender cómo lograba congeniar la tenacidad para llevar adelante sus estudios con la forma en que le gustaba la joda. Era la época del Club del Clan, Elvis, Los Beatles, Hipopótamus e Isidoro Cañones. Y Roberto era un playboy. A mí me llamaba la atención ya por aquella época cómo había crecido el pequeño niño que yo conocí, al punto que todos nos daban la misma edad. Porque por cierto, solíamos compartir mucho tiempo juntos. Estudiando y saliendo. Lo único que jamás pude entender es en qué momento dormía. Recuerdo un episodio con claridad. A las ocho de la mañana de un lunes rendíamos Medicina Interna II. El sábado estuvimos juntos hasta las seis de la mañana en Kontiki. El domingo nos juntamos para estudiar a las seis de la tarde y no paramos de hacerlo durante trece horas, salvo para cenar, preparar café y un pequeño break de cinco minutos a las cuatro de la madrugada en que Roberto me pidió recostarse en el sofá para aclarar ideas. Cinco minutos apenas, y al levantarse estaba fresco y rozagante. En el examen nos fue bien, y luego de aprobar me invitó a almorzar a modo de festejo. Yo decliné amablemente en vista de mi cansancio, pero él de todos modos fue a un restaurante con una compañera de otro curso. Volví a verlo a la noche, luego de descansar toda la tarde. Entonces lo encontré con la misma muchacha, con quien habían compartido el día entero paseando por la ciudad. Charlando con ella me enteré de que el día anterior también se habían visto, en un asado al que Roberto asistió luego de separarse de mí en Kontiki, y que había durado desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Miré a Roberto. Su aspecto no era el de alguien que llevara al menos cuarenta y ocho horas sin dormir, sino todo lo contrario.
Al poco tiempo de recibirnos Roberto Magnoli recibió una propuesta de trabajo del Centro Médico Coyoacán en México D.F. y así le perdí el rastro nuevamente, y por mucho más tiempo que la última vez.
La siguiente oportunidad en que nuestros caminos se cruzaron fue hace apenas dos meses. Ambos nos convertimos en médicos prestigiosos, y tuvimos vidas al menos interesantes. Yo tuve hijos, nietos, libros y árboles, y cuando la jubilación y el retiro ya eran prácticamente mis únicas expectativas en el campo profesional, recibí una sorpresa que logró movilizarme lo suficiente como para redescubrir el entusiasmo de mi tarea. A mis sesenta y cuatro años y en mi condición de Jefe de Oncología del Hospital Argerich ya casi nada me impresiona, pero cada tanto algo llama mi atención y me hace sentir una vez más en el llano. Eso fue lo que me sucedió cuando encontré a Roberto Magnoli ingresando a una sesión de quimioterapia.
Ninguno de los dos es ingenuo, y ya en ese momento ambos nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. En cuestión de algunos meses, Roberto Magnoli iba a morir.
A partir de ese momento, y en vista de mi casi inminente retiro, comencé a ser para él más un viejo compañero que un médico. Sin embargo, reconozco que lo que me empujó a este comportamiento no fue tanto la amistad o la compasión como la curiosidad. Es sabido que el cáncer deteriora, y por cierto Roberto tenía más apariencia de octogenario que de alguien que recién entra en sus sesentas, pero más allá de eso su aspecto era el de un octogenario pleno de salud. Algo no me cerraba.
En una de esas charlas que él y yo solíamos tener, mezcla de diagnóstico, tratamiento y nostalgia, finalmente encontré el punto. Aunque preferiría no haberlo hecho.
-Rober, ¿cuántas horas dormís por día? –le pregunté con ingenuidad.
-Ocho –me contestó-. Desde que tengo memoria nunca dormí menos de ocho horas.
-Dale, piratón –retruqué, jocoso-, eso puede ser ahora, ¿te pensás que no me acuerdo de aquellas maratones de varios días sin pegar un ojo?
-Ja, ja, es verdad. A lo mejor es un buen momento para que te cuente la verdad sobre todo aquello.
Yo lo miré intrigado.
-¿Te acordás de Sallese? ¿El profesor de biología?
Asentí
-El tipo era un genio. Pero un genio muy solitario. Así que yo les pedí permiso a mis viejos para ir a saludarlo para Navidad aquel año. Se puso muy contento el viejo. Y en agradecimiento me dio un regalo. Resulta que Sallese era químico, y tenía un pequeño laboratorio donde se había pasado la vida experimentando. Allí me llevó, y me ofreció un frasco grande de vidrio, de los de cinco kilos de mayonesa, lleno de lo que parecía ser granos de arroz. Yo lo miré extrañado y dudé en ese momento de la cordura del profesor. El se dio cuenta y me dijo: “Entiendo que te parezca raro, pero no es lo que parece. Es mejor que vos mismo lo descubras, pero antes te quiero hacer una recomendación. Al menos cuando pruebes el primero, será conveniente que estés desnudo. Ojalá sepas cómo aprovecharlo”. Sallese murió a los pocos días, y pasaron algunos más hasta que me animé a probar el primer grano. Eran las once de noche y estaba solo en mi cuarto. Desde la ventana veía los autos pasar por la avenida. Me quité toda la ropa y tragué sin morder el comprimido, que eso era. De inmediato la ciudad se calló. Miré por la ventana y los autos estaban quietos. El reloj se había detenido. Sin embargo, cuando quise abrir la puerta, ésta estaba durísima, como si fuera de hierro macizo y sus bisagras estuvieran completamente oxidadas. En ese momento no entendí lo que pasaba. Reconozco que tuve miedo. El mundo se había detenido. Nadie escuchaba mis gritos, ni mi llanto, ni nada. Finalmente, me quedé dormido. Dormí unas cuantas horas. Cuando me desperté, eran las once de la noche.
-¿Perdón?
-Hoy quizás lo comprendo mejor. Cada uno de esos granos altera el metabolismo de tal forma que lo que para el mundo eran ocho horas para mí era apenas un segundo. No podía afectar nada de ese mundo, ni siquiera mover objetos, pero lo que sí podía hacer era dormir durante ese tiempo. Así que desde los ocho años he tenido días de treinta y dos horas. Cada vez que he querido dormir, me tomaba un comprimido y descansaba durante ocho horas corridas sin que nadie se diera cuenta, a veces a la vista de todos. Gracias a eso pude terminar mi carrera en tiempo record sin dejar de divertirme. Pero ya ves, eso también me hizo envejecer más rápido. No me quejo. He vivido mucho y bien. Más de lo que la mayoría vivirá. Ahora me toca pagarlo. Eran veinte mil comprimidos en el frasco. Gracias a ellos, he vivido casi una vida de más.
Hace dos días murió en su cama Roberto Magnoli. Ha vivido intensamente, más que cualquiera de nosotros. Hoy, a modo de homenaje, he venido a visitar por última vez su casa.
Bajo su cama hay una cajita de fósforos. En su interior, unos cuantos granos de arroz.
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