De por qué mi hija se llama Laura
Hay cosas que a pesar de sí mismas se convierten en símbolos. Símbolos de otras, por supuesto, Y así es que durante un largo período de desempleo que tuve, (o subempleo, tal vez debería decir)
Ahora, se preguntarán ¿símbolo de qué? De mi matrimonio, claro. Y no porque mi vida de casado haya sido parecida a la de los Ingalls, nada que ver de hecho. Pero al poco tiempo de haber firmado en el Registro Civil me enteré de que la mujer que vivía a mi lado era fanática de Little House in the Praire, título original de la serie. Al principio esto sólo me pareció un detalle. Entonces, de a poco, muy de a poco, a las cinco de la tarde, a las seis con el mate, o a las nueve con la cena, terminé viendo uno por uno cada capítulo de las nueve temporadas de Little House.
Comencemos por desmitificar algo: Los Ingalls no son modelo a seguir por nadie. Más allá de que Michael Landon haya idealizado a su Charles como el padre perfecto ocultando lo bastante hijo de puta que era el real (porque los Ingalls existieron, por si usté no sabía), la historia de la serie es de lo más retorcida que se puedan imaginar. Para comenzar se trata de una familia que boyando por el mundo viene a parar a un pueblito medio perdido en Minessotta (creo) que se llama Walnut Grove. Los protagonistas son papá Charles, mamá Caroline, y tres hijas: Mary, Laura y Carrie. Carrie es la bebota de la familia, y así seguirá hasta su adolescencia, merced a un ajuste de caché que una vez los padres de las mellizas que hacian este papel (porque eran dos) le hicieron al productor de la serie, el mismísimo Landon. De manera que como no podía sacarse de encima a uno de los personajes protagónicos sencillamente decidió meterlo en el freezer ad eternum. Papá Charles siempre quiso un hijo varón. Pero merced a la maldición que por propia iniciativa Landon puso sobre los personajes de la serie, todos los niños con sangre o apellido Ingalls verán el fin de sus días a muy temprana edad, comenzando por el pequeño Charles que no termina de nacer en la primera temporada que ya se muere. Esto no es todo: Como Laura había deseado secretamente que esto sucediera, le pregunta al cura del pueblo si debía estar cerca de Dios para que Él le concediera un deseo, se raja solita a la montaña para pedirle que haga el cambiazo y lo traiga de nuevo a su hermanito y se la lleve a ella. Todo termina bien, claro, pero las desgracias siguen. Por ejemplo: Mary se enamora del hijo adoptivo de Isaiah Edwards, el mejor amigo de Charles. El pibe se gana una beca para estudiar periodismo en New York y cuando Mary se va a buscarlo descubre que para ese momento portaba una cornamenta digna de un alce. Igual la situación no dura mucho, ya que un par de capítulos después el pibe mete la nariz en asuntos escabrosos y lo boletean con toda corrección. Mary podría pasarse toda su vida desconsolada, pero como al poquito tiempo se queda ciega ni tiempo tiene. Lo bueno es que en la escuela para ciegos conoce al amor de su vida y se termina casando teniendo el varón que siempre había soñado Charles. ¡Qué lindos son los finales felices! Ah, ¿No termina ahí la cosa? OK.
En uno de los viajes y mudanzas que a menudo hacían la familia conoce a Albert, un pibe de la calle que les cae en simpatía y terminan adoptando. Para ese momento Mary ya es maestra en la escuela para ciegos, y cuando se vuelven todos a Walnut Grove se llevan encima a Mary, su marido (también ciego) y a todos los alumnos de la escuela, la cual vuelven a fundar en su querido pueblo. Una de las personas que los ayuda en esta empresa es Alice Garvey, esposa del nuevo mejor amigo de Charles y madre de Andrew, que a la sazón se hizo amigo de Laura y de Albert. Esta situación da pie a uno de los capítulos más morbosos de la historia de la televisión mundial. Albert y Andy están fumando pipa de contrabando (¡horror!) en el sótano de la escuela. Albert se olvida la pipa encendida encima de una silla (¡¡¡¡boludooooo!!!!!) y por supuesto, la escuela se incendia. Mary y su marido organizan la evacuación, pero ¡ay! madre abandónica, mientras saca del edificio al resto de los pibes deja a su bebé en la cuna. Es Alice la que entra a rescatarlo, pero claro, la escuela es de madera, de manera que alcanzamos a verla con el crío en brazos justo antes de que las llamas se los morfen a los dos. Divino, vea. Por supuesto que el mundo es justo, y Albert pagará años después volviéndose adicto a la morfina y, una vez recuperado, muriéndose como un hijo de puta víctima de una enfermedad desconocida.
Claro que por supuesto no es todo. Laura también se casará y tendrá un varón, pero lamentablemente no se decide que mierda de nombre ponerle y así el pibe se muere de tifus sin llegar a ser más que “Baby Wilder” (apellido de Almanzo, marido de Laura).
Podría seguir un rato más, pero creo que con esto ya es suficiente.
Me decía un amigo que generaciones quedaron traumadas por seguir
Personalmente estoy de acuerdo.
Acá les dejo de recuerdo un videito con un resumen del capítulo del incendio. Que lo disfruten. ¿O no?


Caín: cuando preparé mi tesis al finalizar mi carrera de Publicidad (entre muchos textos) cayeron en mis manos, libros con análisis muy interesantes sobre los cuentos infantiles. Ahí también hay mucho mensaje agresivo y perverso digno de tirarte en un diván de psicoanálisis por años. Especialmente en los clásicos.
Desde los más, aparentemente inofensivos, productos de comunicación de nuestra cultura, siempre estuvimos “psicopateados”, jejeje
besito!
glo