Cortejo de Águilas
En la recepción me tomaron mi nombre, examinaron mi DNI y se ocuparon cuidadosamente de conocer las intenciones de mi visita. Les expliqué que tenía una cita con la señora, pero eso no alcanzaba para sus estrictas medidas de seguridad. Por supuesto que yo estaba de acuerdo con eso, eran demasiado importantes los negocios que teníamos que tratar. En esta ocasión yo representaba al pez chico, pero eso no era motivo para sentirme disminuido. Yo también se mostrar mis dientes.
Mi cliente es una empresa de software e IT que en los últimos años tuvo un crecimiento exponencial. En menos de 36 meses habían pasado del llano a la élite, en una carrera maratónica. Ahora, la multinacional a la que ella representaba había puesto sus ojos en mis representados. Su intención es comprar el 51% del paquete accionario, propuesta que se hizo apenas una semana después de que
Ella tiene fama de implacable. Los que la conocen dicen que es hermosa, fría y letal como una serpiente, o como una sirena. Comenzó a hacerse un nombre cuando a los 26 años trajo de Estados Unidos a dos niños norteamericanos hijos de un matrimonio argentino en crisis. Las cortes de aquellos lugares son muy firmes en cuanto a temas de semejante delicadeza. Ambos padres habían vuelto al país, pero al ser futuros ciudadanos del Tío Sam, la corte había decidido que la custodia debía estar en el país del Norte, y que de ninguna manera una nación del tercer mundo podía ser mejor para ellos que el país en que habían nacido. Ella supo envolverlos en sus argumentos de tal manera que no sólo los niños viajaron a Buenos Aires al día siguiente sino que el mismo fiscal que oficiaba de contraparte le ofreció trabajo allí. Ella estuvo tres años formándose profesionalmente en New York, hasta que según dicen la falta de mate y la mala calidad de la carne la hicieron volver a su terruño. Pero con el antecedente de su éxito su llegada no fue en silencio. No tardó mucho en ser contratada por las más importantes firmas y en tener su propio estudio. Era a todas luces una profesional exitosa. Pero también era de cuidado, claro.
Yo no lo era menos.
Cuando entré a su oficina ella le dijo a su secretaria que nos deje solos y trabó la puerta. El lugar era inmenso, y estaba presidido por un amplio ventanal que miraba directamente a Puerto Madero y más allá el Río y la costa uruguaya.
Ella era exactamente lo que esperaba encontrar. Una atractiva mujer con una postura firme y segura de sí misma. A primera vista me hizo recordar a Uma Thurman, su rostro refinado, sus cabellos rubios, su andar felino. Pero en sus ojos color almendra se adivinaba un fuego interior casi diría inextinguible. Llevaba un trajecito sastre color negro, sobre una blusa blanca de seda. Los anillos que adornaban sus manos y la cadena que colgaba de su cuello, así como el dije que la coronaba eran inconfundiblemente de oro. Como sus cabellos.
-Buenos días doctora, he oído hablar mucho de usted –la saludé, al tiempo que le extendía mi mano.
-Lo mismo yo de usted, doctor –me contestó-. Evidentemente nuestra reputación nos precede.
Black Mamba, pensé.
¿Cómo explicar la sensación de su mano al estrechar la mía? Suave pero firme, delicada, de una sensualidad asombrosa, pero al mismo tiempo fría y calculadora. Su sonrisa de labios rojos contrastaba con su piel tan blanca, y su mirada transmitía cinismo, seducción y oportunidad.
-Bien, doctora, tenemos importantes asuntos que discutir.
-Estamos de acuerdo en eso. Pero por favor, llámeme D. Si no le molesta lo voy a llamar M. ¿Gusta un habano?
Me tendió una cajita de madera llena de auténticos Cohiba, con humidificador y todo. Acepté gustoso. Nuestra charla comenzó a través de la necesidad que tenían mis clientes de conservar algo de poder en cuanto a la toma de decisiones, ya que era muy importante el trabajo realizado como para desinteresarse del mismo, pero al mismo tiempo reconocían que las posibilidades de desarrollo al ampararse en la estructura y la experiencia que los clientes de ella podían ofrecer crecían de manera fantástica, algo que ellos estaban perfectamente de acuerdo en permitir.
Siempre que no los dejaran afuera de la torta, claro.
-Bueno, por supuesto que a veces el más pequeño de los participantes puede quedar un una posición un tanto… vulnerable. Por supuesto, es posible dejarlos cubiertos como para evitar desagradables sorpresas –me dijo ella.
-¿Pero…? -le pregunté.
-Pero por supuesto, eso depende en parte de tu desempeño, M.
Ella salió de detrás del escritorio de roble y se me acercó. El silloncito de cuero donde yo estaba era cómodo y reclinable, pero al mismo tiempo funcional a sus intenciones. De manera que sin previo aviso me echó para atrás y se sentó a horcajadas sobre mi falda. D. comenzó a desanudar mi corbata lila de seda italiana. Por un ligero segundo pensé en las arrugas que exhibiría el pantalón de mi traje Armani preferido cuando tuviese mi reunión de las dieciséis horas con el grupo Roggio. Pero bueno, tal vez tuviese tiempo de pasar por casa y cambiarme. De manera que si a D. no le importaba el estado de mi guardarropa, a mí tampoco me iba a importar el de ella. Así que con mi mano derecha tomé los dorados hilos de su cabello por la espalda y con la izquierda hice saltar los botones de su blusa. Entonces apareció ante mí el encaje de lycra rojo de su corpiño que antes solo intuía, y allí fue cuando hundí mi cara en su cuello.
¿Qué puedo decir? D. resultó, tal como me habían prevenido, una negociadora implacable. En todo momento se mostró ávida de dominar la situación, pero yo le demostré que no soy un juguete manejable. Simplemente la dejaba llevar las riendas hasta que creía que tenía controlado el partido, y en ese momento la daba vuelta y la ponía a mi merced. D. es una mujer intensa, intimidante, arrolladora, pasional y misteriosa. Pero a fin de cuentas es una mujer. Aunque claro, no dejo de reconocer en ella su personalidad, su carácter, su talento y por sobre todo su audacia.
Debo reconocerlo, espero con ansias nuestro próximo enfrentamiento.
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