Así que al final viniste. Hacía rato que te esperaba. Yo sé que de pendejo te gustaba, y que me tenías muchas ganas. Eran esos tiempos en que descontrolábamos toda la noche y más de una vez me encontré amanecido en la casa de quién sabe quien, totalmente en pelotas y con una resaca para una compañía de infantería. Le dábamos al alcohol de todo tipo, y según el día mezclábamos con merca, faso o pepa. La pepa era sólo para acontecimientos especiales, pero los acoantecimientos especiales se daban con bastante frecuencia. Sé que me tenías bastantes ganas por aquella época, pero al final te fuiste con el Dani. Reconozco que no te había tenido en cuenta hasta ese momento.
El tiempo pasó y la vida se volvió menos vertiginosa. Por un buen tiempo no tuve noticias tuyas.
Entonces pasó lo de la intoxicación. Ya había sucumbido a la comodidad de la vida burguesa y me creía intocable. Pero una noche en que mi mujer llevó a los chicos a un cumpleaños yo me hice de comer unos mostacholes con salsa envasada. Me pareció que la lata estaba medio hinchada, pero no le di bola. Cuando mi mujer llegó yo me retorcía de dolor desde unas cuantas horas antes. Entre ella y mi vecino me subieron al auto y corriendo a la guardia del Fernández. Estuve internado dos días en terapia intensiva, y siete más en sala común. No viniste a verme en todo ese tiempo, pero supe que habías estado rondando mi cuarto y preguntando por mí.
Supongo que a partir de entonces te tuve más en cuenta. Sabía que andabas por ahí, así que empecé a cuidarme en las comidas para bajar la panza, me anoté en un gimnasio y para mi propia sorpresa fui con regularidad. Dejé el pucho y apenas me tomaba una copa de vino dos o tres veces por semana. En fin, esas cosas que uno empieza a hacer cuando siente que la juventud se le está yendo. Quería verme bien. Sabía que en algún momento iba a verte y no quería que me encontraras desarreglado. Lo se, la edad me puso coqueto.
Te demoraste, eh. Creí que ibas a estar acá mucho antes. Mis hijos crecieron y se fueron. Elena me dejó. Por primera vez en mucho tiempo estaba solo. Pero antes de mí anduviste con el Pollo y con Carlitos. Pude entenderlo. Ellos te resultaban mucho más atractivos que yo. Pero yo sabía que tarde o temprano ibas a venir a mí.
Así que al final viniste. Sí, te estaba esperando. En realidad te deseaba. Más de una vez pensé en llamarte, pero no tuve los huevos necesarios. Hoy creo que ya estoy listo para irme con vos.
Estás linda. Te imaginaba distinta. Ya sabés, la túnica negra y la guadaña. Así me gustás más.
Disculpame que no te ofrezca nada de tomar. No me estoy sintiendo bien en estos días. Apenas si me puedo sentar en la cama. Vení, tirate un rato a mi lado. Estoy muy solo, ¿sabés? Me alegra que hayas venido.
(Ante todo y nobleza obliga, millones de gracias a la Galle Isabel Rubio por el asesoramiento idiomático y geocultural)
El porro volvió hacia mí. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de primavera. Habíamos dejado la cama tres horas antes pero para nosotros era como si hubiesen pasado minutos. Su mano me entregaba el pequeño pitillo de marihuana mientras su boca jugaba con la mía y el humo que salía de su nariz le daba un tinte de ensueño a la escena. Vernos desnudos en mi buhardilla casi sin muebles me hizo pensar en el Último Tango en París. Pero era Madrid, y muchos tangos nos quedaban por bailar juntos.
-De chica mis viejos me llevaban a bañarme a la Costanera Sur. Ahora ya no se puede.
-¿Y por qué no?
-Porque el río está lleno de mugre. Buenos Aires nunca le dio mucha bola al río.
-¿Y cómo es eso? Un río lleva el alma de una ciudad.
-Será que el alma de Buenos Aires estará llena de mugre entonces. ¿Bailamos, gallego? -preguntó ella.
-No me llames gallego, soy andaluz -repliqué. Sabía que no iba a obedecerme.
-Sí, y yo soy de Paternal. Y nadie conoce a Argentinos Juniors por acá.
-Mi pobre niña. El exilio te hace mal. Te puedo recomendar un buen colega.
-No pretendas analizarme, Doctor Freud. Soy tan solo una humilde neurótica del otro lado del Atlántico.
-Por supuesto. La más humilde.
-La abanderada de los humildes.
-No nos une el amor, sino el espanto -dije, a cuento de nada.
-Será por eso que te quiero tanto -concluyó y rompió a reír. Sonaba Richard Clayderman y volvimos a bailar.
Aquellos eran los buenos tiempos. La había conocido unos meses antes en Barajas. Un avión acababa de escupirla en este país y una tormenta le daba la bienvenida a la Madre Patria. Ella venía desde Argentina casi con lo puesto y el frío de enero le recordó que ya no se encontraba en el Hemisferio Sur. Yo había ido a despedir a una novia que había decidido marcharse a Alemania y su imagen tiritando frío sin saber adonde ir me enterneció. De modo que me acerqué a ella y le ofrecí mi ayuda.
-Señorita, ¿espera a alguien? ¿Quiere que la lleve a algún lugar?
-¿Y usted quién es? -contestó ella con recelo.
-Nadie, pero me llamo Joaquín -le contesté-. La noto en problemas y siento que puede necesitar de mi ayuda. ¿Quiere que la lleve?
Ella dudó. Lo normal hubiese sido que se largase, pero por el contrario me sonrió y aceptó mi ofrecimiento. Algo de desesperación tendría, y otro tanto de desamparo. Más tarde entendí que esa propuesta era todo lo que había para ella en la península. Esa noche, al menos, fui un caballero. La dejé en casa de un matrimonio de amigos argentinos y volví a la mía solo. Sabía que habría tiempo para llevarla conmigo.
Ella estuvo viviendo con mis amigos por un tiempo. Los primeros días permitió que la mantuvieran, como al pariente en apuros que en definitiva es cualquier compatriota exiliado. Pero a las dos semanas ella misma quiso hacer algo para cambiar esa situación y se puso a trabajar artesanías. Resultó que se las apañaba bien para confeccionar todo tipo de artesanías, baratijas en materiales baratos pero que en el Rastro podía vender a un precio razonable. Era un curro, en definitiva, y ella necesitaba currar. Yo comencé a ir a verla en su puesto, domingo tras domingo, como un ritual. Había sido su protector y no tardé en ser su amigo. Al poco ya era su amante. Y antes de que lo advirtiera ella era mi amor.
Corrían finales de los ‘70 en el Viejo Continente. Nuestra historia de amor seguía su curso y yo me sentía feliz como nunca lo había sido. Algún tiempo después ya vivíamos juntos. Pero no tardé mucho en car en la cuenta de que yo nunca sería su gran amor. Caminábamos por la Calle Velazquez, no lejos del Parque del Retiro, cuando desde una ventana escuchamos salir música. Ya era tarde y volvíamos de tomar unas copas. Entonces a mis oídos llegaron esas palabras que no voy a olvidar. “Quizás porque no soy de la nobleza puedo nombrarte mi reina y princesa, y darte coronas de papel de cigarrillo”. Ella soltó mi brazo y corrió hacia la ventana. Vi las lágrimas correr por su rostro. Entonces comenzó a gritar: “¡Argentinos! ¡Argentinos!”. La puerta no tardó en abrirse y dos pares de brazos la recibieron abiertos. Esa extraña hermandad que provoca el exilio se manifestaba ante mí en todo su esplendor. Pero entonces comprendí que las sonrisas que yo podía sacarle no se comparaban con las que le arrebataba todo aquello que procediera del otro lado del mar, del otro lado del Río de la Plata. Esta era una pareja de adolescentes casi, que vinieron a casa de sus abuelos perseguidos por fuerzas que al parecer debería cuidarlos. Habían llegado dos días atrás. Entre lo poco que habían podido traer desde Buenos Aires tenían un regalo para los viejos que no dudaron en compartir con ella. Eran unas galletas con dulce de leche cubiertas de chocolate. “Alfajor Jorgito” decía en el paquete. Ella, mientras lo abría, lloraba. Comprendí en el momento que jamás llegaría a sentir eso por mí. Y no mucho después llegó el Mundial. Y me vi rodeado de cientos de Argentinos que gritaban y saltaban en las gradas del Nou Camp mientras el Campeón del Mundo caía ante Bélgica. A ella no le gustaba el fútbol, ni siquiera cuando Maradona fichó para el Barcelona, pero verse rodeada de compatriotas la hacía feliz como ninguna otra cosa.
Por aquella época la herida de Malvinas aún sangraba y el gobierno militar estaba pronto a su fracaso. Ella festejó la victoria de Alfonsín como si hubiera sido el título de fútbol que Argentina no pudo conquistar. Yo la festejé con ella, pero sólo porque en ese momento no alcancé a ver la realidad.
Ella se iría.
Todavía tuvimos unos meses más para nosotros, pero ya no era lo mismo. En el mismo momento en que se anunciaron las elecciones en Argentina ella comenzó a planear la vuelta. Luego de que Alfonsín llegó a la Presidencia empezó a moverse. El regreso estaba previsto para el verano del ‘84. Pero ya desde comienzos del otoño no pensaba en otra cosa. Ella sabía que yo no podía acompañarla. Pero la necesidad por su tierra era mayor. Yo podía ofrecerle todo el mar. Pero ella era un animal de río.
Partió con destino a Buenos Aires un 16 de junio.
La postal con una foto de bailarines de tango en Plaza Dorrego me llegó una semana después. Al principio me escribió con regularidad. Después, ya no tanta. La última me llegó en febrero de 1985. No tenía teléfono, no contestaba las mías. Un día, varios años después, me hice a la idea de que tendría que olvidarla.
El tiempo pasó. Un Congreso de Psicología me llevó a Buenos Aires para la época del Bicentenario de la Revolución de Mayo. El tiempo y la distancia no hacen bien a los recuerdos, pero las calles por las que caminaba parecían dibujadas por sus palabras. Sin embargo, cuando fui a su dirección en Avenida Boyacá, me encontré con un rascacielos que no debía de estar allí.
Sentí angustia. Caminé algunas manzanas y cogí un autobús. De alguna manera fui a parar a Plaza de Mayo. Y allí me rendí. Y caí de rodillas, y lloré, y grité su nombre.
Los hechos se dieron más o menos de este modo. A fines del XIX Argentina estaba pasando por un cierto período de esplendor que le permitía exportar materias primas a todo el mundo. La mayoría de esas exportaciones se hacían por barcos que salían de Buenos Aires y llegaban a distintos puertos en todas partes del mundo. En muchos de esos barcos viajaron algunos polizones casi invisibles: hormigas. Y no sólo hormigas comunes, obreras estériles que morirían al llegar a tierra, no: también viajaron reinas fertilizadas dispuestas a fundar nuevas colonias.
Pero estas hormiguitas viajeras tenían una particularidad: en Argentina, su tierra, tendían a luchar ferozmente entre miembros de distintas colonias. Bastaba con poner juntas a dos hormigas de dos barrios cercanos para ver cómo se atacaban a mordiscones y se arrojaban sustancias tóxicas, en una lucha sin tregua hasta que una de las dos moría. En el extranjero, sin embargo, conocieron el cooperativismo. Tal vez al encontrarse en un ambiente extraño y hostil, las distintas colonias de hormigas argentinas establecieron una política de mutua ayuda, y así fueron creciendo en número y expandiéndose. Su instintiva agresividad fue canalizada hacia las especies locales, generalmente muy superiores en tamaño pero impotentes ante el número cada vez mayor que tenían las invasoras. Lenta y silenciosamente fueron creando su imperio. En lugar de crear nuevas colonias independientes unas de las otras como todas las demás hormigas, éstas fueron formando megacolonias comunicadas entre sí, construyendo monstruosos hormigueros de miles de kilómetros de extensión. Para comienzos del XXI toda la costa oeste de Estados Unidos, Italia, España, Portugal, Francia, Suiza, Hawai, Australia y Nueva Zelanda habían pasado a formar parte de su dominio, exterminando o desplazando a sus rivales autóctonas y alterando los respectivos ecosistemas.
Si bien ya para finales del XX estaban consideradas como plaga, fue la extinción de la lagartija cornuda costera de California la primera señal importante de alarma. Esta lagartija se alimentaban de hormigas nativas, 10 veces más grandes que las argentinas, pero a esta altura notablemente inferiores en número. En su afán expansionista las invasoras eliminaron a sus rivales y dejaron sin alimento a los reptiles, que se negaban a comer a las nuevas habitantes debido a su sabor amargo y desagradable.
Poco a poco las hormigas sudamericanas iban tomando el mundo, formando más colonias y eliminando a más especies. Los esfuerzos por exterminarlas, fumigando amplias zonas con insecticidas varios, resultaban inútiles. Dejó de ser un asunto de los entomólogos cuando se dieron cuenta de que habían alcanzado un número que les permitía desafiar no sólo a sus pares sino a otras especies más grandes. El 7 de agosto de 2006 a las tres de la mañana los habitantes de Waco, Texas, fueron atacados por un ejército de cientos de miles de millones de hormigas. Su ínfimo tamaño y su enorme cantidad constituían su gran fuerza. Podían escurrirse hasta por lo huecos más pequeños de los edificios y eliminar a sus ocupantes no sólo a mordiscones, sino también provocándoles la muerte por asfixia al penetrar en grandes cantidades por todos los orificios del cuerpo de los pobladores. La victoria fue aplastante. Waco quedó en poder de los insectos, y ni siquiera el poderoso ejército americano pudo hacer nada. Uno a uno fueron tomando pequeños pueblos, y luego pequeñas ciudades. Como si tuvieran algún sistema de comunicación intercontinental el 1º de enero del 2007 la isla de Ibiza, en España, cayó en manos del diminuto Imperio.
Fue entonces que Argentina se convirtió en la Tierra Prometida. A alguien se le ocurrió que los argentinos habían convivido cinco siglos con sus hormigas sin problemas, y que allí sería un lugar seguro. Y por un tiempo lo fue. A medida que el mundo iba cayendo bajo la dominación de las hormigas la Patagonia Argentina, hasta entonces despoblada, se fue llenando de nuevos pueblos y ciudades adonde llegaban exiliados de todo el mundo. Mientras tanto las Naciones Unidas, con Estados Unidos a la cabeza, se habían convertido en un organismo militar decidido a exterminar a las hormigas de la faz de la tierra. Pero esto no resultaba fácil. Habían vivido millones de años más que nosotros en este planeta, y eran resistentes incluso a la radiación atómica. Podían meterse por donde querían y no había forma de eliminarlas sin destruir el lugar donde se hubiesen asentado, ya fuese un pueblo o una gran ciudad como Washington, que con todo su poderío cedió el 4 de julio de 2007 ante la cantidad abrumadora del invasor. Al escuchar la noticia de la evacuación del Pentágono, el mundo comprendió que una época había terminado.
Lo que siguió fue casi un trámite. El modus operandi de las hormigas era prácticamente el mismo en todas las ocasiones: atacaban a la madrugada, cuando las ciudades estaban más indefensas. En pocas horas terminaban con la población. Los que podían, huían, los que no, morían. Las invasoras sabían lo que querían: ni perros, ni gatos, ni demás animales eran atacados. De esta manera fueron cayendo New York, París, Londres, Tokio, Beijing, Hong Kong, Sydney. Oceanía fue el primer continente completo en ser desalojado de vida humana a principios de 2010. Luego le siguió África. El otrora poderoso Estados Unidos fue el país más golpeado de América: sólo algunos poblados ubicados más al norte, en el estado de Maine, sobrevivían para fines de 2011. En 2012 ya habían caído Europa y Asia. Sólo restaba América del Sur.
Todo el terror que se había apoderado del mundo a partir de 2007 apenas se había sentido al sur del Ecuador. Brasil, Venezuela, Chile y especialmente Argentina vivieron su momento de mayor esplendor al recibir a los refugiados de todo el mundo. Pero cuando el problema mundial se tornó incontrolable la economía de estos países no pudo resistir la gran demanda de alimento. Entonces llegaron ellas.
Hasta 2012 las hormigas habían respetado a sus pares de América del Sur, quizás por una suerte de cosanguineidad que les impedía volverse contra sus ancestros. Pero con la guerra casi ganada sólo restaba conquistar esa parte del mundo para exterminar esa plaga llamada ser humano y volver al orden natural tan añorado. Durante los primeros meses del año las batallas entre las que venían del norte y las que nunca se habían ido del sur eran interminables. Pero a mediados de mayo las hormigas desaparecieron de Sudamérica. Era imposible encontrar una sola por ningún lado. Algunos optimistas creyeron que finalmente se habían exterminado entre ellas y festejaron. Pero no: estaban firmando un acuerdo. El 16 de junio de 2012 a las 03:45 hora de Argentina atacaron cada hogar, cada edificio, cada persona que encontraron desde el Amazonas hasta Tierra del Fuego.
Desde mediados del Siglo XX estábamos convencidos de que nosotros mismos provocaríamos “el fin del mundo”, mediante guerras nucleares, destruyendo el medio ambiente o asesinados por nuestras propias máquinas. Hoy sobrevivimos 63 familias en la Antártida, refugiados en la Base Comodoro Marambio con comida para un año y medio y sin posibilidad de reabastecernos, ya que pisar el continente significa una muerte segura e inmediata. Esperamos indefensos nuestra propia extinción.
Christopher Nolan se nos ha presentado siempre como un director inquieto. La mayoría lo conocimos con Memento, donde ya destrozaba las convenciones de la narración tradicional. Lo confirmó en Prestige, logrando un maravilloso juego de prestidigitación que no fuimos capaces de ver hasta el final. Incluso al hacerse cargo de la multimillonaria franquicia de Batman mantuvo su personalidad. Todo eso hace que Inception (estrenada en Argentina con el nombre de El Origen) venga cargada de expectativas. Y que los que hemos visto filmes de Nolan exijamos un nivel mínimo de calidad bastante alto.
Es que en tiempos en que todo pasa por la imagen, El Origen nos fue vendido como una sucesión de imágenes impactantes. Comenzando por la que vimos hasta el hartazgo tanto en cine como en televisión o en Internet. La ciudad que se dobla sobre sí misma. Reconozco que al verla por primera vez dije “guau” por el término exacto de cinco segundos. Vamos, todos vimos Matrix y a esta altura la espectacularidad visual es algo que puede impresionar pero ya no sorprender. Entonces, la pregunta que automáticamente me hice fue: ¿Cómo se inserta esa imagen en una estructura narrativa coherente?
De manera que fui a ver Inception con las defensas altas, pero con ganas de ser sorprendido. Lo primero que pude corroborar fue lo que ya venía imaginando antes de tener incluso la menor idea acerca del contenido del film: El Origen es una traducción muy pobre del título. Originación, como ha sido traducido el concepto a lo largo de la película, es mucho más acertado. El inducir el nacimiento de una idea en el subconsciente de otra persona a través de la invasión de sus sueños es un punto de partida con un potencial magnífico y que requiere de un desarrollo a la altura que no se satisface con una buena pirotecnia visual. Es entonces cuando Christopher Nolan demuestra su oficio.
Vamos a decirlo de una vez: Inception es una experiencia narrativa maravillosa, en la cual el espectador se ve inmerso en una trama construida a través de cinco niveles de desarrollo, en los cuales el director juega con las reglas del tiempo y el espacio pero por sobre todo con las de la mente. De sus personajes y de quienes están del otro lado de la pantalla.
Dom Cobb es el mejor en lo suyo. En los primeros minutos de la película se encarga bien de dejarlo en claro. Su rama es el espionaje industrial, pero no de una manera tradicional. Cobb se mete en los sueños de otras personas y desde allí roba ideas, algunas veces teniendo que llegar hasta lo más profundo del subconsciente de sus víctimas. Por supuesto, su accionar es clandestino, y lo ha llevado a tener que dejar de lado su vida personal. Y esto incluye a sus hijos.
Porque antes de ser fugitivo internacional Cobb fue amante, esposo y padre. Pero ahora ni siquiera puede volver a ver a sus hijos sin ir a prisión de por vida. Y ante la posibilidad de terminar con esa huida sin sentido, Cobb acepta el trabajo que da título al filme.
Avanzar más en la trama sería estropear la sorpresa a quienes no la vieron. Y El Origen es ante todo una película que sorprende. Por su sólida y extremadamente compleja estructura narrativa, diseñada con precisión de ingeniería. Por la actuación de sus intérpretes, con Leonardo Di Caprio a la cabeza (indiscutible referente de su generación) y un elenco de lujo donde cada personaje está ejecutado con la solidez que se merece. Por el ritmo que logra imponer el director, que no conoce de pausas desde el comienzo hasta el final, incluso para sentar las bases teóricas de la historia (indispensables para mprenderla). Por los distintos niveles de profundidad en los que Nolan nos sumerge sin que siquiera nos demos cuenta. Pero por sobre todo porque es una historia sumamente original, en una época en que la originalidad está casi pasada de moda.
Por supuesto que Inception no es un plato fácil. No es para verlo un sábado a la tarde en Telefé. Requiere del espectador un nivel de compromiso y concentración acorde a la complejidad de la trama, so pena de no entenderla. Perderse un detalle puede ser fatal. Esta bien, así son las buenas historias.
Como frutilla del postre, un guiño que a estas alturas es más que significativo. Sin incurrir en un spoiler, buena parte de la acción se desarrolla en un vuelo que va desde Sydney hacia Los Angeles. No parece casualidad.
El 29 venía por Defensa y él corrió para alcanzarlo. A esa hora de la madrugada no viajaba nadie y podía elegir con tranquilidad. Se sentó en el primer asiento doble luego del espacio para discapacitados, del lado de la ventanilla. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la ventanilla. Dormitó unos minutos y abrió los ojos. Ya era momento de bajar. Se paró, caminó hasta la puerta y tocó el timbre.
-Eh, ¿Qué hacés? –le preguntó el chofer.
-Me bajo acá, flaco.
-¿Y me pensás dejar el cochecito de regalo?
Atado con los amarres de seguridad justo delante de donde él había estado sentado había un cochecito de bebé. Y en su interior un bebé durmiendo.
-Ese bebé no es mío –se apuró a negar.
-¿Me estás cargando, flaco? Subiste con el pibe en San Telmo. ¿Te pensabas que no me iba a dar cuenta?
-Flaco, en serio, ese nene no es mío, yo subí solo.
-Vamos a arreglar esto –dijo el chofer y paró el colectivo. Abrió la puerta delantera y se asomó.
-¡Oficial! –escuchó él que gritaba desde el interior. Un policía se acercó hasta donde estaban ellos.
-Buenas noches. ¿Qué pasa acá?
-El señor subió con un bebé y ahora lo quiere dejar arriba de la unidad.
-¿Eso es cierto?
-Mire, oficial, ese bebé no es mío. No tengo idea de donde pudo haber salido.
La siguiente escena lo encontró sentado en el interior de la comisaría, demorado junto al chofer y al bebé hasta que se esclareciera lo que realmente había pasado. Entonces llegó ella. Estaba en jogging y a cara lavada. Daba toda la impresión de que la habían arrebatado desde entre las sábanas. Apenas entró divisó el cochecito y fue corriendo hacia él.
-¡Mi bebé! –dijo, y levantó el nene a upa. Recién entonces el angelito se despertó y le sonrió a la madre. Luego ella se volvió hacia donde estaba él.
-¿Qué hacés, Walter? ¿Estás loco?
Walter no entendía nada. Jamás había visto a esa mujer. Aunque si lo pensaba un poco…
-¿Mariela? ¿Mariela Carbonell?
Claro, para que fuese Mariela Carbonell tendría que haberse cambiado el color de pelo, se lo tendría que haber cortado bastante, subido unos cuantos kilos y envejecido un poco más de lo que se hubiera esperado en este tiempo. Pero sí, era Mariela Carbonell. Su primera novia, de la secundaria. ¿Qué habría sido de ella en todo este tiempo? ¿Y qué carajo hacía ahí?
-Contestame, Walter. ¿Pensabas abandonar a nuestro bebé en el bondi?
Walter se quedó mirándola con la boca abierta, incapacitado de decir palabra. Era todo como un mal sueño, eso no podía estar pasando. Hacía más de quince años que no sabía nada de Mariela, y durante todo ese tiempo él había llevado una tranquila y disipada vida de soltero.
Por supuesto que una vez recompuesto intentó negar todo, pero resultó que Mariela había venido provista de un acta de matrimonio que declaraba que ellos dos eran marido y mujer desde hacía tres años, y una partida de nacimiento que decía que eran padres de la criatura, cuyo DNI Mariela tampoco se había olvidado de llevar encima.
La tercera escena lo encontró a él internado en un neuropsiquiátrico, esperando por una entrevista con un perito que iba a evaluar su estado mental. El televisor estaba encendido en un canal de noticias. El informe daba cuenta de una cumbre de mandatarios americanos que se iba a realizar en el plazo de un mes en el World Trade Center. Por otro lado, se esperaba que para el próximo once de septiembre el presidente McCain inaugurara finalmente el nuevo edificio de la Casa Blanca, destruido luego del atentado de 2001. En cuanto al ámbito nacional, el presidente Macri había dado al ejército autorización para combatir en las calles contra la creciente ola de inseguridad que asolaba el país entero. Entonces vino un ordenanza y cambió de canal. En TNT daban Volver al Futuro, con Eric Stoltz y Christopher Lloyd.
El perito lo llamó a su oficina.
-Y bien, señor… ¿Suarez? Cuénteme su versión de la historia.
-No sé, es una locura. Volvía a mi casa en colectivo del cine y aparece ese bebé y después esta mujer que dice que soy su marido. Encima veo la tele y dice que las Torres Gemelas están de pie y que Macri es presidente. ¿Qué falta? ¿Qué nunca hayan volado la AMIA? ¿Qué nunca se haya caído el vuelo Oceanic 815?
El perito lo miró.
-Mire, le voy a ser sincero. Ni siquiera se de lo que me está hablando. A la mutual israelita nunca le pasó nada y de ese vuelo que me dice no tengo idea. A mi me parece que usted tiene una confusión muy importante.
Walter no abrió la boca. Estaba consternado, y a punto de abandonarse. El perito siguió haciéndole preguntas y al final diagnosticó que aparentemente lo suyo era un caso de amnesia selectiva, que había provocado que olvidara momentos trascendentales de su vida. Era, eso sí, un caso curioso, porque normalmente los recuerdos suprimidos tenían que ver con la actividad del hemisferio derecho, el de las emociones, mientras que en este caso también había información cultural que parecía haber sido suprimida o alterada. No podía ignorarse la posibilidad de daño cerebral. Aunque por supuesto, para verificar todo esto era necesario que Walter aceptara su condición y se prestase a los estudios clínicos que había que realizar.
Walter se dio por vencido. No lograba entenderlo, no sentía que le faltasen recuerdos, simplemente los que tenía eran completamente distintos a la realidad que ahora le presentaban. Pero decidió someterse y dio su consentimiento para los estudios.
Durante los siguientes tres años Walter fue reeducado, finalmente dejó atrás esos falsos recuerdos y estuvo listo para volver a vivir en sociedad. Mariela fue a buscarlo y cuando llegaron a la casa Agustín los estaba esperando recién llegado del jardín con la tía Nora. Todo había vuelto a la normalidad, como siempre debería haber sido.
Con el tiempo las cosas fueron mejorando. Walter consiguió un buen trabajo y su situación económica mejoró. Cuando al fin pudo comprar el auto, y fundamentalmente cuando le renovaron el registro, supo que la pesadilla había terminado.
Salió de su oficina como todos los días, dispuesto a pasar a buscar a su esposa y llevarla a un restaurante a celebrar su realidad. El plan era ir a cenar a San Isidro. Ya con ella en el asiento del acompañante subió por la Autopista Illia y se dejó llevar por el paisaje del Parque Menem que se dejaba ver a los costados. Todo un gran espacio verde con juegos, un lago, un hotel de primera categoría y un shopping. Entonces se dio cuenta de que no había ido al baño en horas y que necesitaba hacerlo. Al pasar por el peaje le pidió a Mariela que lo esperase, se bajó del auto y entró en el bañito público. Mientras orinaba sintió un extraño dolor de cabeza y la sensación de que no estaba todo bien.
Entonces salió a la autopista y no encontró el auto ni a Mariela.
En su lugar, los edificios de ladrillo de cuatro pisos de la Villa 31 lo saludaban.
Traté a Roberto Magnoli durante tres épocas bien distintas a lo largo de toda mi vida. La primera fue sobre el final de mi educación primaria. Corrían los primeros cincuentas y mis padres habían decidido que sería buena idea ponerme un profesor particular que me ayude con ciencias naturales, materia en la que paradójicamente andaba más flojo. El profesor era un hombre de avanzada edad llamado Florentino Sallese. Roberto Magnoli también acudía a sus clases, y con frecuencia compartíamos el horario. Yo tenía doce años por entonces. Roberto era considerablemente menor. En realidad no tanto, pero para un niño de ocho otro que está a punto de pasar a la secundaria es enorme. El apoyo escolar se mantuvo durante tres meses, hasta la finalización de las clases. A poco de comenzado el nuevo año me enteré del fallecimiento de Sallese, aparentemente por causas naturales.
A pesar de vivir en el mismo barrio en una época en que Buenos Aires no era tan gigantesca e impersonal como ahora, durante mucho tiempo le perdí el rastro a Magnoli. Nuestro contacto se reanudó ya de adultos, o casi. Promediaban los sesenta y yo estaba pronto a recibirme de médico en una importante universidad privada. Fue entonces cuando empecé a compartir materias con él. Reconozco que era un alumno brillante que realizó su carrera a un ritmo infatigable, logrando en apenas cuatro años ponerse casi a la par conmigo, que ya llevaba seis. Sin embargo, no es eso lo que más recuerdo de él por aquellos años.
Roberto Magnoli era el tipo más calavera que vi en mi vida. Nunca logré entender cómo lograba congeniar la tenacidad para llevar adelante sus estudios con la forma en que le gustaba la joda. Era la época del Club del Clan, Elvis, Los Beatles, Hipopótamus e Isidoro Cañones. Y Roberto era un playboy. A mí me llamaba la atención ya por aquella época cómo había crecido el pequeño niño que yo conocí, al punto que todos nos daban la misma edad. Porque por cierto, solíamos compartir mucho tiempo juntos. Estudiando y saliendo. Lo único que jamás pude entender es en qué momento dormía. Recuerdo un episodio con claridad. A las ocho de la mañana de un lunes rendíamos Medicina Interna II. El sábado estuvimos juntos hasta las seis de la mañana en Kontiki. El domingo nos juntamos para estudiar a las seis de la tarde y no paramos de hacerlo durante trece horas, salvo para cenar, preparar café y un pequeño break de cinco minutos a las cuatro de la madrugada en que Roberto me pidió recostarse en el sofá para aclarar ideas. Cinco minutos apenas, y al levantarse estaba fresco y rozagante. En el examen nos fue bien, y luego de aprobar me invitó a almorzar a modo de festejo. Yo decliné amablemente en vista de mi cansancio, pero él de todos modos fue a un restaurante con una compañera de otro curso. Volví a verlo a la noche, luego de descansar toda la tarde. Entonces lo encontré con la misma muchacha, con quien habían compartido el día entero paseando por la ciudad. Charlando con ella me enteré de que el día anterior también se habían visto, en un asado al que Roberto asistió luego de separarse de mí en Kontiki, y que había durado desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Miré a Roberto. Su aspecto no era el de alguien que llevara al menos cuarenta y ocho horas sin dormir, sino todo lo contrario.
Al poco tiempo de recibirnos Roberto Magnoli recibió una propuesta de trabajo del Centro Médico Coyoacán en México D.F. y así le perdí el rastro nuevamente, y por mucho más tiempo que la última vez.
La siguiente oportunidad en que nuestros caminos se cruzaron fue hace apenas dos meses. Ambos nos convertimos en médicos prestigiosos, y tuvimos vidas al menos interesantes. Yo tuve hijos, nietos, libros y árboles, y cuando la jubilación y el retiro ya eran prácticamente mis únicas expectativas en el campo profesional, recibí una sorpresa que logró movilizarme lo suficiente como para redescubrir el entusiasmo de mi tarea. A mis sesenta y cuatro años y en mi condición de Jefe de Oncología del Hospital Argerich ya casi nada me impresiona, pero cada tanto algo llama mi atención y me hace sentir una vez más en el llano. Eso fue lo que me sucedió cuando encontré a Roberto Magnoli ingresando a una sesión de quimioterapia.
Ninguno de los dos es ingenuo, y ya en ese momento ambos nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. En cuestión de algunos meses, Roberto Magnoli iba a morir.
A partir de ese momento, y en vista de mi casi inminente retiro, comencé a ser para él más un viejo compañero que un médico. Sin embargo, reconozco que lo que me empujó a este comportamiento no fue tanto la amistad o la compasión como la curiosidad. Es sabido que el cáncer deteriora, y por cierto Roberto tenía más apariencia de octogenario que de alguien que recién entra en sus sesentas, pero más allá de eso su aspecto era el de un octogenario pleno de salud. Algo no me cerraba.
En una de esas charlas que él y yo solíamos tener, mezcla de diagnóstico, tratamiento y nostalgia, finalmente encontré el punto. Aunque preferiría no haberlo hecho.
-Rober, ¿cuántas horas dormís por día? –le pregunté con ingenuidad.
-Ocho –me contestó-. Desde que tengo memoria nunca dormí menos de ocho horas.
-Dale, piratón –retruqué, jocoso-, eso puede ser ahora, ¿te pensás que no me acuerdo de aquellas maratones de varios días sin pegar un ojo?
-Ja, ja, es verdad. A lo mejor es un buen momento para que te cuente la verdad sobre todo aquello.
Yo lo miré intrigado.
-¿Te acordás de Sallese? ¿El profesor de biología?
Asentí
-El tipo era un genio. Pero un genio muy solitario. Así que yo les pedí permiso a mis viejos para ir a saludarlo para Navidad aquel año. Se puso muy contento el viejo. Y en agradecimiento me dio un regalo. Resulta que Sallese era químico, y tenía un pequeño laboratorio donde se había pasado la vida experimentando. Allí me llevó, y me ofreció un frasco grande de vidrio, de los de cinco kilos de mayonesa, lleno de lo que parecía ser granos de arroz. Yo lo miré extrañado y dudé en ese momento de la cordura del profesor. El se dio cuenta y me dijo: “Entiendo que te parezca raro, pero no es lo que parece. Es mejor que vos mismo lo descubras, pero antes te quiero hacer una recomendación. Al menos cuando pruebes el primero, será conveniente que estés desnudo. Ojalá sepas cómo aprovecharlo”. Sallese murió a los pocos días, y pasaron algunos más hasta que me animé a probar el primer grano. Eran las once de noche y estaba solo en mi cuarto. Desde la ventana veía los autos pasar por la avenida. Me quité toda la ropa y tragué sin morder el comprimido, que eso era. De inmediato la ciudad se calló. Miré por la ventana y los autos estaban quietos. El reloj se había detenido. Sin embargo, cuando quise abrir la puerta, ésta estaba durísima, como si fuera de hierro macizo y sus bisagras estuvieran completamente oxidadas. En ese momento no entendí lo que pasaba. Reconozco que tuve miedo. El mundo se había detenido. Nadie escuchaba mis gritos, ni mi llanto, ni nada. Finalmente, me quedé dormido. Dormí unas cuantas horas. Cuando me desperté, eran las once de la noche.
-¿Perdón?
-Hoy quizás lo comprendo mejor. Cada uno de esos granos altera el metabolismo de tal forma que lo que para el mundo eran ocho horas para mí era apenas un segundo. No podía afectar nada de ese mundo, ni siquiera mover objetos, pero lo que sí podía hacer era dormir durante ese tiempo. Así que desde los ocho años he tenido días de treinta y dos horas. Cada vez que he querido dormir, me tomaba un comprimido y descansaba durante ocho horas corridas sin que nadie se diera cuenta, a veces a la vista de todos. Gracias a eso pude terminar mi carrera en tiempo record sin dejar de divertirme. Pero ya ves, eso también me hizo envejecer más rápido. No me quejo. He vivido mucho y bien. Más de lo que la mayoría vivirá. Ahora me toca pagarlo. Eran veinte mil comprimidos en el frasco. Gracias a ellos, he vivido casi una vida de más.
Hace dos días murió en su cama Roberto Magnoli. Ha vivido intensamente, más que cualquiera de nosotros. Hoy, a modo de homenaje, he venido a visitar por última vez su casa.
Bajo su cama hay una cajita de fósforos. En su interior, unos cuantos granos de arroz.
Recostado sobre su cama, Fabio afinó cuidadosamente las seis cuerdas de la guitarra y ensayó un La menor 7, el acorde más triste que conocía. Se puso a jugar con la típica base La-Re-Mi, blues rural y cuadrado, una estructura sencilla con un sinfín de posibilidades. Trabajaba como repartidor en un local de venta de café suelto, pero su mayor anhelo era desentrañar los secretos del blues y poder ganarse la vida con su vocación. Todos los días practicaba un poco con la viola, ya había dominado el shuffle y de a poco se le animaba al slide. Sin embargo sabía que el camino era cuesta arriba, el blues no estaba de moda y ni siquiera era fácil conseguir músicos para formar una banda. Algo había conseguido, de todos modos. Ya tenía cantante y baterista, pero no había forma de conseguir un bajista como la gente. Pensaba en eso y empezaba a deprimirse. Y más ganas de tocar blues le venían. Pensaba en Robert Johnson, que con una mano atrás y otra adelante había grabado veintinueve temas que hicieron historia. Se decía que le había vendido el alma al diablo. Se decía lo mismo de muchos. No le importaba que se dijera lo mismo de él si descubría los secretos del blues. No le importaba venderle el alma al diablo con tal de conseguirlos…
La temperatura en la habitación había subido. De pronto Fabio creyó ver algo que se corporizaba enfrente suyo. Había estado fumando, pensó que podría ser eso, pero no. Algo estaba tomando forma delante de él.
El Diablo no era como lo que uno normalmente esperaría (si es que se puede considerar normal esperar al Diablo). De hecho sólo parecía alguien muy pasado de moda. Usaba un traje gris a rayas que parecía sacado de alguna película argentina de los años treinta, un sombrero bombín, una camisa de seda amarilla y una corbata de moño bordeaux. Fuera de eso, era una persona común y corriente con un par de detalles fuera de lugar, como orejas puntiagudas y ojos amarillos con pupilas rojas. Fabio no podía creer lo que sus ojos le mostraban.
- Perdón por la facha, pero vengo de atender unos asuntitos del siglo pasado –dijo finalmente el Diablo-. Permítame que me presente, mi nombre es Luzbel, pero si quiere puede decirme Señor. Normalmente de este tipo de negocios se ocupa Mefistófeles, que es mi encargado de RRPP, pero últimamente estamos con tanto trabajo que hasta yo tuve que salir a la cancha. Bien, usted me dirá por qué motivo me ha llamado.
Después de unos segundos sin poder reaccionar, Fabio finalmente volvió a la realidad. Sí, eso estaba pasando, el Diablo mismo estaba con él en su cuarto. Fabio tragó saliva y comenzó a hablar.
- Es cierto, yo lo invoqué, Señor. Quiero ser el más grande guitarrista de blues que jamás haya existido, quiero ganar fama y fortuna con mi instrumento, quiero que las mujeres mueran por mí y que cada vez que desee algo lo pueda conseguir sin mayores esfuerzos. Quiero ser poderoso.
- Veo que vuela alto, mi amigo –respondió Luzbel-. Está bien, me gusta la gente con ambiciones grandes, siempre implica un desafío realizar sus pretensiones. Ahora bien, sabrá usted que todo tiene un costo. Nosotros especialmente menos que nadie estamos para hacer beneficencia. Y comprenderá que cuanto mayor es el desafío, mayor es el precio. Entonces lo escucho, ¿cuánto está dispuesto a pagar por ver su sueño convertido en realidad?
Fabio no sabía qué decir. Jamás había pensado que el precio pudiese ser otro que el alma, en definitiva eso era lo que se estilaba. Firmar con sangre, besarle el culo al diablo, etc. Así lo expresó.
- De modo que lo que usted tiene para ofrecerme es su alma, ¿no es así? –preguntó el Diablo.
- Y… sssí…
- Ahora decime, pedazo de infeliz, ¿vos te pensás que yo realmente te voy a dar toda esa sarta de boludeces que me pedís a cambio solamente de tu alma? ¿Vos sabes la cantidad de almas que puedo conseguir por día sin gastarme ni siquiera en la mitad de las cosas que me estás pidiendo? No hermano, no entendiste nada. Nuestro negocio son los pecados. Las almas las conseguimos a través de los pecados. Cuanto más pecados comete la gente, más ganancias conseguimos. Entonces empezamos a dedicarnos a la producción en masa de pecados. Y lo bien que nos va. Cada vez que el ministro de economía da un discurso, toneladas de ira. Las fotos en las revistas de las casas de los famosos, envidia. Los culos y las tetas que aparecen todo el tiempo en televisión, lujuria. Cuando un patrón le niega el aumento que tanto merece y necesita su empleado, avaricia. E ira del empleado. Dos por uno. Lo que necesitamos no son músicos sino políticos, narcotraficantes, empresarios, funcionarios corruptos, policías, putas, personas que hagan que sus prójimos pequen constantemente, disparadores y vehículos del pecado. Tengo una propuesta mejor para hacerte: te propongo que ocupes uno de estos puestos. Ministro, dictador de un país centroamericano, narco, lo que quieras. Lo único que te pido es que me generes pecado constantemente. A cambio te doy todo lo que me pedías: mujeres, guita, droga, poder, lo que quieras.
Fabio estaba mudo.
- Pero, ¿y el blues?
- El Blues podés tocarlo en tu tiempo libre, qué te importa el blues. Te estoy ofreciendo poder, fama, dinero, y vos me venís con el blues. Todavía lo tengo al infeliz de Robert Johnson taladrándome el cerebro con la guitarrita. No seas logi, agarrá viaje que te va a ir bien.
- Pero yo lo único que quiero es tocar blues…
- Dios mío, me ponés boludos por todos lados –dijo el Diablo mirando al cielo-. Está bien, pibe, seguí con lo tuyo, capaz que algún día llegás a algo. Nos encontraremos en el Infierno.
Fabio se quedó mirando la silla vacía donde segundos antes estaba sentado Luzbel. No terminaba de entender si lo que había visto era real o tan sólo una alucinación. Despacio, volvió a afinar las cuerdas de su guitarra.
Aldo Siragusa era un mal bicho, todos sabemos eso. Tuve la desgracia de conocerlo de chico, en la primaria, antes de que existiera la EGB. Ya en aquella época se iba perfilando como lo que finalmente sería: un flor de garca. Yo lo calé de primera, enseguida me di cuenta que ese chabón no era buena yunta para nadie, y trataba siempre de mantenerme a distancia, pero él como una pesadilla se aparecía siempre donde fuera que yo iba. Si iba a la casa del gordo Germán Rey a hacer los deberes, donde su abuela nos preparaba leche con cascarilla, allí aparecía Aldo. Si en cambio iba a lo del Cordobés, quien llegó a ser un buen amigo, Aldo estaba ahí. Si el negro Maidana me decía que todos iban a ver una película a la casa de Martín Ramundo el último día de clases de séptimo grado, Aldo no podía faltar aunque nadie lo haya invitado. Si inauguraban Halley a la tarde y yo decidía ir con mis nuevos amigos de la secundaria, que ni conocían a los viejos, no importa, Aldo no podía faltar. Pero mi mayor sorpresa fue encontrarlo en casa de Martín cuando ese nombre aún existía y la inocencia iba desapareciendo. Mal o bien, él sabía qué clase de persona era Aldo. Sabía incluso qué clase de persona era el padre de Aldo, que cuando su hijo estaba en sexto grado le pedía a la Señorita Ethel (fama de mala y corazón de madre) que lo tratara con “mano dura”, y en casa decía preferir “perder un amigo y no una tripa” antes de rajarse un soberano pedo delante de quién fuera. Para esa época Aldo ya había madurado su plan de vida, y tenía claro que lo que más le gustaba era sembrar la discordia a su alrededor sin que eso dañe su imagen. Aunque eso signifique cagar de todas formas posibles a los que creían que él era su amigo. Por eso cuando vi esa figura odiosamente conocida en la mesa del patio del Tirma lo primero que me surgió fue:
-¿Qué hace este tipo acá?
Por supuesto que no lo dije en voz alta, no era mi casa y no tenía ningún derecho, pero fue la manera que tuve de hacerle ver al quía que meter en su casa ese tipo de gente no era muy recomendable. El tiempo me dio la razón. De un grupo bastante unido que se había formado en aquella época Aldo se las arregló para lograr un grupo de rivales que competían entre sí a ver quién era más capo, armando y desarmando camarillas y finalmente disolviéndolo en medio de un resentimiento generalizado. Ojo, tal vez todo aquello tuvo su costado positivo, ahí se vio quiénes eran los de veras y quienes los truchos, pero no hay que dejar de destacar el mérito de Aldo en todo esto. Él pacientemente se encargó de sembrar odios, celos y envidias entre el resto de los pibes, y siempre se las arregló para quedar como el bueno de la película. Por supuesto que yo fui una de sus víctimas, pero con la diferencia de que a mí no me defraudó, yo sabía exactamente qué podía esperar de él, y exactamente eso fue lo que recibí. Supongo que tal vez yo era peligroso para él, porque sin estar exactamente dentro del grupo, estaba bastante metido, y sabía qué clase de persona era. De hecho, mi inclusión o mi segregación fue una de las causas de la disolución. Pero al final el tiro le salió por la culata. Los pibes al final se dieron cuenta, y él se quedó solo. Sabía que estaba en falta, y cada vez que se cruzaba con alguno (incluso conmigo) bajaba la cabeza. Al final terminó yéndose a vivir a Entre Ríos, donde quedó definitivamente solo, sin nadie a quién joder, y allí tomó su última decisión. Necesitaba sentirse importante, así que a fines del ’98 hizo la gran Yabrán y se llenó la boca de perdigones.
Sería bueno que esta historia fuese ficción, pero no lo es. Hasta los nombres son reales, y sé que nadie se va a ofender porque no hay nadie que lo llore. Eso es lo malo de ser un mal bicho. Uno no será un santo, pero al menos por algún tiempo habrá flores en mi tumba. Bah, eso creo, qué se yo.
La plataforma no tenía más de un metro de ancho por dos de largo, su cuerpo entraba justo en ella, y no sobraba espacio para nada. La sostenía una delgada columna que tenía fijada una escalerilla de mano, única manera de acceder o abandonar la plataforma. Él estaba acostado boca abajo sobre ella, y si se asomaba podía ver lo que le esperaba: un vacío de al menos sesenta metros. Estaba en una zona portuaria, al fondo se podían ver grúas y containers. Hacía un momento había estado hablando con alguien por celular, sabía que esa era la razón por la que había subido, pero no recordaba cómo ni paraqué, ni siquiera dónde había dejado el teléfono. La plataforma comenzó a bambolearse con el viento, y el gritó pidiendo auxilio. Entonces comprendió.
-Esto es un sueño –repitió.
Se puso de pie. Siempre había sufrido de vértigo, pero la conciencia de no estar en la realidad le permitió admirar el panorama en toda su grandeza. Al Este podía ver el Gran Río, e incluso la costa uruguaya si se lo proponía. Al Sur, siguiendo la costa, estaban la Vieja Costanera y la Reserva Ecológica, con gente bañándose en las aguas contaminadas. Al Norte la Costanera Nueva, con su bullicio de tráfico, aviones y restaurantes vacíos al mediodía. Y al Oeste la Ciudad. Se sintió libre. Se paró al borde del vacío, extendió los brazos y dio un paso hacia delante. Cuando llevaba diez o quince metros de caída libre volvió a decir:
-Esto es un sueño.
Hizo pie en el aire y volvió a saltar. Ante su propio asombro siguió así, rebotando en la nada y paseándose por el Puerto. Salió por la entrada de la Terminal 4 y anduvo por Antártida Argentina rumbo a Retiro, siempre a los saltos por el aire. La gente lo miraba con la boca abierta y esto le extrañó, porque supuso que en un sueño a la gente le parecería todo normal. Lentamente fue bajando, y cuando por fin tocó el suelo junto a la boca del subte la gente se abrió formando un círculo alrededor de él. Él salió caminando como si nada, pero de a poco iba tomando conciencia de su poder. Estaba en un sueño, su sueño, y nada podía dañarlo, detenerlo o resistirse a su voluntad. Era impune, podía hacer lo que quisiera. Lo primero que hizo fue acercarse a un kiosco de diarios y descolgartodas las revistas de un tirón. Después tomó a una señorita por el escote y con un sencillo golpe de mano la dejó desnuda ahí mismo, en la puerta del Mitre. No tenía ganas de caminar, así que de un salto llegó a la Plaza San Martín y con dos pataditas tiró al suelo a los patricios que hacían guarda en el Monumento a los Caídos en Malvinas. Se sentó en el aire y así, apoyando la cabeza sobre las manos se alejó flotando calle abajo por Florida. ¡Dios, cómo lo disfrutaba!
Cuando llegó a Lavalle se encontró con los primeros arbolitos. “Cambio, cambio”, escuchaba por todos lados. Decidió que no le vendrían mal unos cuantos dólares, y ahí empezaron sus problemas. El viejo al que quiso sacárselos no quería dárselos. De pronto todo el mundo lo empezó a mirar y se encontró rodeado de policías. Sabía que podía derribarlos de un golpe, o escaparse de un salto, pero decidió enfrentarlos.
-Esto es un sueño –se dijo una vez más, y él era el que ponía las reglas. ¿Alto o disparo? OK, disparen. Sólo escuchó un estruendo, y el proyectil candente que se abría paso entre la ropa y la carne, desgarrando el tejido y haciendo estallar el corazón que ya no latiría.
-Esto es un sueño –alcanzó a pensar antes de que la luz se apagara.
-Lo siento mucho, señora –dijo el médico.- Su esposo tuvo un infarto mientras dormía. Ya no hay nada que podamos hacer.
Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
me han deparado los comunes casos
de toda suerte humana; aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta espera
el fruto que le debe la mañana;
aquí mi sombra en la no menos vana
sombra final se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que te quiero tanto.
Dura tres minutos y hay que darle bola. Pero realmente vale la pena.
Creo que jamás oculté mi admiración por Julio Cortázar. Creo que el mayor piropo que alguien me ha hecho, alguien de por acá por cierto, es decirme que lo que escribo le recuerda a Cortázar. No creo ser merecedor de tal elogio, pero ¡Ay! ¡Cómo me gustaría! Y hablo del escritor brillante, pero tambien del observador. Recién me pidieron que nombre cinco libros, y la verdad que se me hace difícil. Pero si me dicen uno solo no. Si me dicen uno solo mi respuesta siempre va a ser Rayuela. Ese libro es increíble, el tipo logra plasmar de manera exquisita toda la literatura occidental en una novela, y encima de da el gusto de torcer sus reglas hasta lo inimaginable. Nadie puede ya hacer una novela como Rayuela. Porque cualquiera que lo intente va a quedar atrapado por la sombra del gran Julio.
Y sus cuentos. Los cuentos de Cortázar son la cima de la literatura en español. Hay ejemplos, puntuales, inolvidables, que sirven como mojón. La señorita Cora, por ejemplo. Allí se cuenta la enfermedad y la muerte de un adolescente. Un tema terrible. Pero Cortázar logra que el argumento del cuento pase a segundo plano. Porque lo cuenta en primera persona desde cada personaje que participa, en forma de discurso interno, alternando el narrador sin aviso previo, tal vez en la misma frase. Así nos lleva desde la subjetividad de cada personaje, incluso el chico que muere, desde la internación hasta su entierro. O La Noche Boca Arriba, donde un motociclista que tiene un accidente es internado en un hospital y sueña que es un prisionero azteca a punto de ser sacrificado, para descubrir a último momento que es un prisionero azteca que sueña con ser motociclista. Apocalipsis de Solentiname, una maravilla muy poco conocida. O Continuidad de los Parques, el cuento perfecto.
Sí, sí, amo a Cortázar. Y ahora me acuerdo del segmento de instrucciones de Historias de Cronopios y de Famas, pleno de ironía y profundidad. El preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al Reloj, una obra maestra donde te demuestra quién es dueño de quién. Hoy podría llamarse “Preámbulo a las instrucciones para configurar el celular”. Pero en fin, apuntaba a esta subjetividad del tiempo que ahora nos ocupa. Calculo que Cortázar habrá filmado esto hace unos treinta y cinco años. No tiene fecha. Pero vemos y escuchamos a un Cortázar que nos habla desde hace treinta y cinco años en el pasado consciente de que lo escuchamos en nuestro presente que es su futuro. Y dibuja un cuadro acerca del tiempo que es maravilloso.
En 25 años veremos la película sobre Osama Bin Laden.
El fin de semana me pegó por este lado, así que voy a dejar un par de diálogos y videos imperdibles de mi película favorita. Que lo disfruten.
Ilsa: Play it once, Sam. For old times’ sake.
Sam: [lying] I don’t know what you mean, Miss Ilsa.
Ilsa: Play it, Sam. Play “As Time Goes By.”
Sam: [lying] Oh, I can’t remember it, Miss Ilsa. I’m a little rusty on it.
Ilsa: I’ll hum it for you. Da-dy-da-dy-da-dum, da-dy-da-dee-da-dum…
[Sam begins playing]
Ilsa: Sing it, Sam.
Sam: [singing] You must remember this / A kiss is still a kiss / A sigh is just a sigh / The fundamental things apply / As time goes by. / And when two lovers woo, / They still say, “I love you” / On that you can rely / No matter what the future brings-…
Rick: [rushing up] Sam, I thought I told you never to play-…
[Sees Ilsa. Sam closes the piano and rolls it away]
Ilsa: Tocala una vez, Sam. Por los viejos tiempos.
Sam: [chamuyo] No sé de qué me habla, señorita Ilsa.
Ilsa: Tocala, Sam. Tocá “As Time Goes By.”
Sam: [chamuyo] Ah, sé, no la recuerdo, señorita Ilsa. Ando un poco fuera de práctica, vio.
Ilsa: Te la tarareo. Da-dy-da-dy-da-dum, da-dy-da-dee-da-dum…
[Sam empieza a tocar]
Ilsa: Cantala, Sam.
Sam: [canta] You must remember this / A kiss is still a kiss / A sigh is just a sigh / The fundamental things apply / As time goes by. / And when two lovers woo, / They still say, “I love you” / On that you can rely / No matter what the future brings-…
Rick: [Acercandose a los pedos] Sam, te dije que nunca toques…
[Mira a Ilsa. Sam cierra el piano y se las toma]
Victor Laszlo: I know a good deal more about you than you suspect. I know, for instance, that you’re in love with a woman. It is perhaps a strange circumstance that we both should be in love with the same woman. The first evening I came to this café, I knew there was something between you and Ilsa. Since no one is to blame, I – I demand no explanation. I ask only one thing. You won’t give me the letters of transit: all right, but I want my wife to be safe. I ask you as a favor, to use the letters to take her away from Casablanca.
Rick: You love her that much?
Victor Laszlo: Apparently you think of me only as the leader of a cause. Well, I’m also a human being. Yes, I love her that much.
Victor Laszlo: Sé de vos algo más de lo que sospechás. Sé, por ejemplo, que estás enamorado de una mujer. Tal vez sea una extraña circunstancia que ambos estemos enamorados de la misma. La primera noche que vine a este café supe que había algo entre vos e Ilsa. Dado que nadie es culpable, no pido explicaciones.Sólo te pido una cosa.No me des las cartas de tránsito, todo bien, pero quiero que mi esposa esté segura. Te pido un favor, usá las cartas para llevártela lejos de Casablanca.
Rick: Tanto la amás?
Victor Laszlo: Parecería que pensás que sólo soy el líder de una causa.Bueno, también soy un ser humano. Sí, la amo tanto.
Está científicamente comprobado que aquel que no se emociona con la escena de la Marsellesa no tiene sangre en sus venas.
Yvonne: [Yvonne is drunk] Give me another.
Rick: Sascha, she’s had enough.
Yvonne: Don’t listen to him, Sascha. Fill it up!
Sascha: Yvonne, I love you, but he pays me.
Yvonne: [en pedo] Dame otro.
Rick: Sascha, ella ya tomó suficiente.
Yvonne: No lo escuches, Sascha. Llenalo!
Sascha: Yvonne, te amo. Pero él me paga.
Rick: Last night we said a great many things. You said I was to do the thinking for both of us. Well, I’ve done a lot of it since then, and it all adds up to one thing: you’re getting on that plane with Victor where you belong.
Ilsa: But, Richard, no, I… I…
Rick: Now, you’ve got to listen to me! You have any idea what you’d have to look forward to if you stayed here? Nine chances out of ten, we’d both wind up in a concentration camp. Isn’t that true, Louie?
Captain Renault: I’m afraid Major Strasser would insist.
Ilsa: You’re saying this only to make me go.
Rick: I’m saying it because it’s true. Inside of us, we both know you belong with Victor. You’re part of his work, the thing that keeps him going. If that plane leaves the ground and you’re not with him, you’ll regret it. Maybe not today. Maybe not tomorrow, but soon and for the rest of your life.
Ilsa: But what about us?
Rick: We’ll always have Paris. We didn’t have, we, we lost it until you came to Casablanca. We got it back last night.
Ilsa: When I said I would never leave you.
Rick: And you never will. But I’ve got a job to do, too. Where I’m going, you can’t follow. What I’ve got to do, you can’t be any part of. Ilsa, I’m no good at being noble, but it doesn’t take much to see that the problems of three little people don’t amount to a hill of beans in this crazy world. Someday you’ll understand that. Now, now… Here’s looking at you kid.
Rick: Anoche dijimos un montón de cosas. Dijiste que tenía que pensar por los dos. Bueno, lo hice un montón desde entonces, y todo me lleva a lo mismo: tenés que están en ese avión con Víctor, allí donde pertenecés..
Ilsa: Pero, Richard, no, yo… yo…
Rick: Ahora, vos me vas a dar bola! Tenés idea de lo que te espera sit e quedás? Tenemos un 90% de posibilidades de terminar los dos en un campo de concentración. No es cierto, Louie?
Captain Renault: Temo que el Mayor Strasser insistiría.
Ilsa: Lo decís solo para que me vaya.
Rick:Lo digo porque es cierto. Dentro nuestro, los dos sabemos que pertenecés a Victor. Sos parte de su laburo, lo que lo hace seguir. Si ese avión despega y no estás en él, te vas a arrepentir. Capaz que no hoy, ni mañana, pero pronto, y por el resto de tu vida.
Ilsa: Y qué pasa con nosotros?
Rick: Siempre tendremos París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que llegaste a Casablanca. Lo recuperamos anoche.
Ilsa: Cuando dije que nunca te dejaría…
Rick: Y nunca lo vas a hacer. Pero yo también tengo laburito para hacer. No podés seguirme adonde voy. No podés ser parte de lo que tengo para hacer. Ilsa, no soy bueno ni noble, pero no cuesta mucho entender que los problemas de tres personitas no amontonan más que una colina de porotos en este mundo loco (sic). Un día vas a entender. Ahora, ahora… Acá te buscan, piba…
Louis, I think this is the beginning of a beautiful friendship.
Ok, hoy parecería que cada uno de los miembros de esta comunidad tiene su Bobs. Así que yo no voy a ser menos. Los que quieran y tengan ganas, me pueden votar ACÁ
A los amigos, pasen a dejar sus links y los votaré con gusto.
en fin, que no sé si servirá de algo, pero al menos lo intentaremos!
Mucho seha dicho sobre que la juventud está perdida, pero ¿qué pasa con los que nos resistimos a perder la juventud? ¿Qué hay de aquellos que se niegan a reconocer que la perdieron? Lamentablemente para mis queridos lectores, este post podrá ser apreciado en su totalidad solamente por aquellos 10 elegidos que anoche se hicieron presentes en Siglo XX Cantobar vaya uno a saber con qué oscuro fin.
Lo primero que diré es que siempre hay un gil puntual que llega primero pa esperar a los demás. De manera que digo presente, y lo hago extensivo a Gaby 7/09 con quien disfrutamos de una larga charla en soledad hasta que el resto empezó a ir cayendo. El problema es que yo digo que estuve un buen rato a solas con Gaby y ya seguro va a saltar alguno que echará a correr el ruedo de un romance entre nosotros, salimos en las tapas de las revistas, y después tengo que andar aclarando que solamente somos buenos amigos y que lo máximo que compartimos fue una empanada de jamón y queso (Ver La Punta del Iceberg) pero bueno, la verdad que me duele la cabeza y no estoy de humor pa que me jodan así que si me creen me creen y sino va fangulo. Uy por favor qué día que tengo, encima hoy empieza la primavera y hace más frío de lo que hizo en todo el invierno, bendita Buenos Aires.
Bueno, me fui por las ramas. El asunto es que los demás empezaron a caer justo antes de que llegaran los strippers (perdón Maia08, no lo pudimos evitar). La tercera en llegar fue eugemartinucci (figura indiscutida de la noche, como cada vez que aparece), seguida de cerca por el Tipo Cualquiera (quien demostró que es exactamente igual en persona que en su blog) y luego por El Magnífico (fotógrafo oficial de la velada, excelente manera de administrar sus propios escraches). Los strippers fueron cuatro: dos mujeres y dos hombres, alternados y en parejas. Si no se entiende lo que quise decir, no tengo ganas de explicarlo. Hoy me levanté más jodido que el tipito, vea, si es que acaso puedo decir que me levanté. La primera mina subió con un traje de vinilo negro y un pasamontañas, y bajó sin nada. Permítaseme decir que a mi humilde entender se podría haber dejado el pasamontañas. Lomazo, jamás lo negaría, y como le dije en un momento al Tipo, “Yo le doy”, pero tenía la jeta que parecía la novia de Frankenstein de la cantidad de cirugías que llevaba encima. En fin, que el primer stripper masculino subió con un tapado negro, la segunda mina caracterizada como Gatúbela y el segundo chabón con un traje color crema y una pistola de juguete en cada mano.
Y es todo lo que voy a decir.
Dale, recuperá el aire. Sí, vos.
Bien, superado el primer momento tenso de esta crónica, continúo.
Sobre el final del show de strippers llegaron Flafla, con su habitual encanto, y dia1972, con un nuevo look de pelo corto que arrancó suspiros entre las damas presentes. Si, DAMAS, che, un poco de respeto por favor! Atrás de ellos fue el turno de Fuser y Xlucianax, caracterizada ella como un cubito de hielo luego de un viaje en moto desde Puerto Madero con sus encantadores chiripá de gasa. Luciana qué patitas nena! Con esta asistencia tuvimos oportunidad de demostrar nuestro conocimiento acerca de la televisión del siglo pasado (increíble el parecido de la sonrisa de Luchi con la de Arturo Puig en Grande Pa!) (mención aparte para Flafla y su colección completa de Heidi en DVD) y posteriormente de hacernos acreedores a nuestro merecido champú cuando en cuestión de segundos reunimos una cierta cantidad de elementos solicitados por el animador. Aquí debo ponerme de pie para destacar la actitud de Gaby 7/09 quién sin dudarlo le puso pecho a la situación. Más tarde llegó el momento de pelar los cantos. (No, no me refiero a lo que le hiciste al animador, hablo de cuando subimos a cantar.) Fue entonces cuando junto a Flafla, dia1972 y la Lu nos dimos el gusto de arruinar a piacere Mariposa Teknicolor de Fito Páez. Cantando seremos perros, pero qué actitud, señores!
En fin, que durante el dáncing posterior llegó Dann@, quien pese a tener compromisos previamente asumidos no quiso perderse de esta velada. Eso es lealtad, pa que vean los que no vinieron! En fin, que todo muy bonito y bailamos hasta tarde.
Y es todo lo que voy a decir. De otro modo iría tan en cana como cualquiera de los demás.
Eso sí, antes de despedirme me permitiré algunas pastillitas:
“¡Tiene vida propia!”
Eugemartinucci demostró el oscuro trasfondo que hay detrás de su bello post acerca de las manos.
Clap, clap, clap, clap!
En esta ocasión se volvió a hacer entre de la medalla olímpica correspondiente. Por un momento pareció que el destinatario había desaparecido, pero para nuestro beneplácito se lo vio entero luego de un breve paréntesis.
Con la democracia se come, etc.
Cualquiera que haya visto alguna vez bailar a Euge ya conoce su pasito alfonsinista. No podía faltar esta vez.
Seis veces más que las pilas comunes!
El Magnífico nos demostró su resistencia y sus altas reservas de energía.
No comments
El Tipo aseguró que no va a volver a comentar en un post mío.
Chucu Chu
El trencito guiado por dia1972 atravesó los lugares más increíbles de la pista.
¿Me perdí de algo bueno?
Preguntó Dann@ al llegar.
Larga distancia
Durante la noche recibimos el llamado de Koshen quien nos saludó a todos y se disculpó de venir porque estaba en… bueno, sería motivo para otro post.
El meneaito
Palabras aparte para el sensual movimiento en la pista de Gaby 7/09.
Impoluta
Si se publicara todo lo que realmente pasó anoche, creo que la única que queda bien parada es Flafla.
En fin, que mi reputación anda cada vez más cerca del suelo. Mejor me voy a ver si puedo dormir un rato. Total, los comentarios de los presentes van a empezar a aparecer muuuuy tarde, de eso no me queda la menor duda.
Chau, que les garúe finito.
Clima del orto.
Ocho de los diez presentes. Disculpen Diego y Esteban. pero esta foto es la mejor!
Me siento a la computadora, como todos los días. Tengo para eso un cómodo sillón donde puedo ponerme casi horizontal con mis pies recostados en una banqueta. El teclado inalámbrico es algo que brinda mucha libertad de movimientos, y yo me la tomo. Entonces llega ella. Estoy por soltar el teclado y tomarla, pero me dice que no lo haga, que le gusta observarme mientras estoy en mi labor creativa. Que le excita verme. Sigo entonces escribiendo estas palabras. Ella juega con sus manos en mi pelo. Acaricia mi incipiente barba de no haberme afeitado esta mañana. Mis manos teclean, pero el deseo crece en mí. Quiero dejar de escribir, pero ella no me lo permite, me obliga a continuar. Sus palmas recorren mi remera, se deshacen de ella, buscan mi piel, mi vello masculino, juegan con él. Mis tetillas caen entre sus dedos, se sienten estimuladas. Siento su boca besar mi cuello, su lengua penetrar mi oreja, sus dientes morderme. Comienza un recorrido que yo tan bien conozco y que a ella tan bien le sale. Sus manos desabrochan los botones de mi jean mientras su lengua inspecciona mi pecho. Mientras mis dedos escriben estas palabras mis piernas quedan al desnudo. Ella las recorre, le gusta encontrar pelo en todo mi cuerpo, lo siente viril y eso afecta su temperatura. Siento su tacto por sobre mis canillas, mis gemelos, mis muslos. Mi boxer blanco de algodón abulta y ella decide quitármelo de encima. Entonces mi pulgar toca la barra espaciadora y ella se encuentra con mi sexualidad enhiesta. La toma con una mano y la mueve lentamente de arriba abajo mientras con la otra acaricia mis testículos. Acerca su rostro, acaricia con sus mejillas mi miembro ¿o acaso es al revés y mi miembro la acaricia? Con su lengua empieza a lamer mi tronco como si fuera un helado, pero un helado a esa temperatura no tendría la rigidez que mi herramienta tiene en este momento. Ella se toma su tiempo, yo escribo. Con suavidad empieza a darme cálidos besitos que se acercan a mi glande rojo de pasión. Entonces finalmente la lengua lo encuentra y empieza a saborearlo lentamente y casi con timidez. Sus ojos me miran, yo suspiro y sigo abocado a mi tarea, cada vez con mayor dificultad. Su boca por fin engulle mi cabeza que la estaba esperando. Ahora son sus dientes los que recorren mi tronco, rayándolo, seduciéndolo, desafiándolo. Mi sable se desliza hacia lo más profundo de su garganta mientras sus manos me toman de la cadera, atrayéndome una y otra vez contra su cabeza para no dejar ni un milímetro afuera de su boca. Mis dedos se mueven sobre el teclado, pero mis nalgas no pueden quedarse quietas, y ella lo sabe. Cada palabra me cuesta más, cada signo de puntuación es una tortura. Mis manos tiemblan, sostener la ortografía y la sintaxis es todo un reto. Muerdo mis labios, miro el techo, no logro obtener la concentración. Siento que mi cuerpo enfurece y que mi sangre está en ebullición, agolpada en ese rincón que pronto cederá a sus encantos y a su talento.
Entonces finalmente exploto, llenando su boca con mi esencia.
Ella me besa y me autoriza a dejar el teclado de lado.
Hay cosas que a pesar de sí mismas se convierten en símbolos. Símbolos de otras, por supuesto, Y así es que durante un largo período de desempleo que tuve,(o subempleo, tal vez debería decir) La Familia Ingalls llegó a ser un símbolo.
Ahora, se preguntarán ¿símbolo de qué? De mi matrimonio, claro. Y no porque mi vida de casado haya sido parecida a la de los Ingalls, nada que ver de hecho. Pero al poco tiempo de haber firmado en el Registro Civil me enteré de que la mujer que vivía a mi lado era fanática de Little House in the Praire, título original de la serie. Al principio esto sólo me pareció un detalle. Entonces, de a poco, muy de a poco, a las cinco de la tarde, a las seis con el mate, o a las nueve con la cena, terminé viendo uno por uno cada capítulo de las nueve temporadas de Little House.
Comencemos por desmitificar algo: Los Ingalls no son modelo a seguir por nadie. Más allá de que Michael Landon haya idealizado a su Charles como el padre perfecto ocultando lo bastante hijo de puta que era el real (porque los Ingalls existieron, por si usté no sabía), la historia de la serie es de lo más retorcida que se puedan imaginar. Para comenzar se trata de una familia que boyando por el mundo viene a parar a un pueblito medio perdido en Minessotta (creo) que se llama Walnut Grove. Los protagonistas son papá Charles, mamá Caroline, y tres hijas: Mary, Laura y Carrie. Carrie es la bebota de la familia, y así seguirá hasta su adolescencia, merced a un ajuste de caché que una vez los padres de las mellizas que hacian este papel (porque eran dos) le hicieron al productor de la serie, el mismísimo Landon. De manera que como no podía sacarse de encima a uno de los personajes protagónicos sencillamente decidió meterlo en el freezer ad eternum. Papá Charles siempre quiso un hijo varón. Pero merced a la maldición que por propia iniciativa Landon puso sobre los personajes de la serie, todos los niños con sangre o apellido Ingalls verán el fin de sus días a muy temprana edad, comenzando por el pequeño Charles que no termina de nacer en la primera temporada que ya se muere. Esto no es todo: Como Laura había deseado secretamente que esto sucediera, le pregunta al cura del pueblo si debía estar cerca de Dios para que Él le concediera un deseo, se raja solita a la montaña para pedirle que haga el cambiazo y lo traiga de nuevo a su hermanito y se la lleve a ella. Todo termina bien, claro, pero las desgracias siguen. Por ejemplo: Mary se enamora del hijo adoptivo de Isaiah Edwards, el mejor amigo de Charles. El pibe se gana una beca para estudiar periodismo en New York y cuando Mary se va a buscarlo descubre que para ese momento portaba una cornamenta digna de un alce. Igual la situación no dura mucho, ya que un par de capítulos después el pibe mete la nariz en asuntos escabrosos y lo boletean con toda corrección. Mary podría pasarse toda su vida desconsolada, pero como al poquito tiempo se queda ciega ni tiempo tiene. Lo bueno es que en la escuela para ciegos conoce al amor de su vida y se termina casando teniendo el varón que siempre había soñado Charles. ¡Qué lindos son los finales felices! Ah, ¿No termina ahí la cosa? OK.
En uno de los viajes y mudanzas que a menudo hacían la familia conoce a Albert, un pibe de la calle que les cae en simpatía y terminan adoptando. Para ese momento Mary ya es maestra en la escuela para ciegos, y cuando se vuelven todos a Walnut Grove se llevan encima a Mary, su marido (también ciego) y a todos los alumnos de la escuela, la cual vuelven a fundar en su querido pueblo. Una de las personas que los ayuda en esta empresa es Alice Garvey, esposa del nuevo mejor amigo de Charles y madre de Andrew, que a la sazón se hizo amigo de Laura y de Albert. Esta situación da pie a uno de los capítulos más morbosos de la historia de la televisión mundial. Albert y Andy están fumando pipa de contrabando (¡horror!) en el sótano de la escuela. Albert se olvida la pipa encendida encima de una silla (¡¡¡¡boludooooo!!!!!) y por supuesto, la escuela se incendia. Mary y su marido organizan la evacuación, pero ¡ay! madre abandónica, mientras saca del edificio al resto de los pibes deja a su bebé en la cuna. Es Alice la que entra a rescatarlo, pero claro, la escuela es de madera, de manera que alcanzamos a verla con el crío en brazos justo antes de que las llamas se los morfen a los dos. Divino, vea. Por supuesto que el mundo es justo, y Albert pagará años después volviéndose adicto a la morfina y, una vez recuperado, muriéndose como un hijo de puta víctima de una enfermedad desconocida.
Claro que por supuesto no es todo. Laura también se casará y tendrá un varón, pero lamentablemente no se decide que mierda de nombre ponerle y así el pibe se muere de tifus sin llegar a ser más que “Baby Wilder” (apellido de Almanzo, marido de Laura).
Podría seguir un rato más, pero creo que con esto ya es suficiente.
Me decía un amigo que generaciones quedaron traumadas por seguir La Familia Ingalls.
Personalmente estoy de acuerdo.
Acá les dejo de recuerdo un videito con un resumen del capítulo del incendio. Que lo disfruten. ¿O no?
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