Martina Céspedes

JULIO 1807: LA DEFENSA


Desmintiendo la creencia popular,
los impactos en la torre de Santo Domingo
no fueron efectuados por los invasores ingleses,
sino por los hombres porteños que no dudaron,
a pesar de su fe, en destruirla
si fuera necesario para desalojar a los intrusos.
Mientras tanto la mujer,
en la misma batalla
apelaba a los recursos más astutos.

En julio de 1807 los ingleses reincidieron en sus afanes de conquista. Martín de Alzaga, apoderándose del Cabildo tomó la decisión de resistir. Se hicieron pozos artificiales en las principales esquinas; los vecinos se apostaron en las azoteas con granadas de mano y con piedras. El domingo 5 de julio se libró la batalla decisiva.

Una de las misiones fundamentales que traían los británicos era apoderarse de la iglesia Nuestra Señora de Belén (actual San Pedro Telmo), y del hospital de los Bethlemitas (hoy Museo Balvé), a los que consideraban de gran valor estratégico. El oficial a cargo lo consiguió, para quedar luego recluido en la iglesia de Santo Domingo, donde se iba a dar el episodio más dramático de la segunda invasión.

En la esquina de Belgrano y Perú, en la Casa de la Virreina, luego de tres horas de lucha se produjo el mayor descalabro para los ingleses en sus “Brigadas ligeras británicas”. Sobre este suceso, contaba Martín Rodriguez que por los caños de desagüe del techo corría la sangre a la calle. Los resistentes apenas vencían una columna inglesa, corrían atacar otra. Muestra de la decisión de este pueblo fue que no dudó en bombardear la iglesia de Santo Domingo, a pesar del profundo fervor religioso de la época, para desalojar a esos invasores que luego lo describiría como “gentuza de tez oscura, baja y mal hecha”.

MARTINA CÉSPEDES

En Humberto Primo al 300, al oeste de la actual escuela Rawson, vivía la porteña Martina Céspedes de 45 años, quien junto a sus tres hijas atendía una casa de comidas.

Según el doctor Maroni, estas jóvenes eran de físico muy agraciado y, gozaban de “demasiada popularidad”.

Los invasores avanzaban desde el sur saqueando pulperías y embriagándose más y más; doce de ellos llegaron a la puerta de esta aguerrida mujer, que aprovechando el estado de escasa conciencia de esos soldados permitió entregarles lo que pedían si accedían a pasar de a uno.

A medida que ingresaban, las cuatro mujeres los desarmaban y ataban, dejándolos en distintas habitaciones. Al día siguiente, ya firmada la capitulación, Martina se presentó ante el Liniers, contándole lo sucedido; éste la premió otorgándole el grado de sargento mayor, derecho a uso de uniforme y goce de sueldo. De los doce prisioneros la Céspedes entregó solo a once; el duodécimo quedó como botín de su hija Pepa Céspedes. Esta y el inglés se habían enamorado y terminaron casándose.

Posteriormente no hubo fiesta religiosa y civil en la que esta heroína no apareciera luciendo su uniforme. En 1825 se la vio todavía junto a Las Heras y otros héroes de la independencia, en la procesión de Corpus Cristi.

HEROÍNAS SIN NOMBRE

Paul Groussac narra una anécdota que pinta el estado de ánimo del pueblo ante la invasión. El mayor Gillespie, que había entrado triunfante a la ciudad en el primer intento inglés y que venía del Cabo de Buena Esperanza con setenta días de mar a cuestas, fue a cenar a la fonda Los Tres reyes, en la calle Santo Cristo (actual 25 de Mayo). Se sentó a la mesa junto a oficiales españoles y un criollo de apellido Barreda que le servía de intérprete.

Gillespie observaba atentamente a la mesonera que los atendía con seño airado. Así permaneció ella hasta estallar en el siguiente discurso: “Caballeros, debieron ustedes avisarnos de antemano que era su intención cobarde entregar a Buenos Aires; pues juro por mi vida que al saberlo, nosotras las mujeres hubiéramos salido a la calle y echado a pedradas a los ingleses”.

NI CRIOLLOS, NI EUROPEOS

Hubo otros protagonistas, que en rigor de justicia no merecen permanecer anónimos. A unos no se les permitió participar en la Defensa; otros pudieron hacerlos y fueron héroes.

A fines de 1806, en Buenos Aires se preveía la segunda llegada de los intrusos británicos. En ese momento, cuando se organizaba lo que resultó ser la heroica defensa de 1807; se presentó al Cabildo una delegación de 10 caciques “pampas”, entre los que se contaban Epugner y Turuñanqui, ofreciendo su colaboración que consistía en 20.000 hombres de guerra cada cual con cinco caballos, para resistir a los “colorados” que venían a importunar a los blancos.

También el hombre negro estuvo presente en las luchas que rechazaron a las tropas invasoras; entre los 686 esclavos que participaron, al final de la lucha se manumitió a 70 de ellos por haber desempeñado un heroico comportamiento.

© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
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Versión para Internet del artículo publicado en julio de 1994

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