Cadena Perpetua (Capitulo 2)

El eco de los pasos retumbaba a lo largo del pasillo, casi como el tic-tac de un reloj. Parecía avanzar cansinamente como si su destino fuese un lugar al que no quisiese llegar, pero luego, al ver su actitud, descubrí que solo se trataba de pura vagancia (y no me sorprendió). El guardia se asomó por la pequeña ventanilla circular que decoraba la pesada puerta de acero puro, diseñada para disuadir cualquier intento de escape y mantenernos lejos del exterior. Su rostro no expresaba emoción alguna. Mantenía la vista fija en el cristal como si se observase a si mismo, o como si no tuviese permitido hacer contacto visual con los prisioneros. Un soplido resonó dentro de mi celda y luego dio paso a un chirrido metálico, que acompañó el movimiento de la puerta al deslizarse hacia un costado. Lo que hasta el momento solo era una cabeza inexpresiva se transformó en un fornido cuerpo ataviado con uniforme negro, rematado con detalles y ribetes dorados en los hombros, cuello y mangas. Enormes y gastadas botas de cuero negro envolvían sus prominentes pies que, con el mismo ritmo cansino, avanzaron hacia mí en actitud amenazante.

-De pie- dijo el guardia con voz grave y sin mirarme- tiene visita.

Me levanté de la cama en donde hasta hacía unos minutos reposaba y leía por enésima vez una vieja edición del libro “Cujo” de Stephen King. Sabía que no debía decir absolutamente nada pues en el pasado, había sufrido las consecuencias de algunos intentos de entablar conversación con aquellos gigantes de negro que nos vigilaban.

-Tiene solo quince minutos de entrevista, luego…

- Lo se, a la celda nuevamente- dije casi murmurando. Y fue un error, uno realmente terrible.

La velocidad con que extrajo el grueso bastón de madera de su funda fue verdaderamente asombrosa, pues jamás pude apreciar siquiera el momento en que se llevaba la mano a la cintura. Lo enterró en mi estomago con violencia tal como para provocarme arcadas y vómitos de sangre durante varios minutos, durante los cuales permanecí de rodillas viendo caer una catarata rojiza de mi boca, en la que docenas de pequeños restos del almuerzo descendían raudamente hacia el suelo.

-De pie- ordenó el guardia como un androide al que solo le han grabado unas pocas frases. Pero sabía que en realidad había querido decir “como sigas dando problemas la próxima enterraré el bastón en otra parte de tu cuerpo”.

Me incorporé sumamente adolorido y aún con sangre recorriéndome el cuello y manchando el uniforme anaranjado, haciendo parecer que había matado o mas bien descuartizado a alguien. Ese pensamiento me resultó sumamente irónico, puesto que mi condena era precisamente por cierta masacre que se había cometido diez años atrás al norte del país. Acto seguido el guardia extrajo unas esposas plateadas de la parte trasera de su cinturón (esta vez si pude ver sus movimientos), y con un ademán me indicó que me las colocara. Las tomé y cerré uno de los extremos alrededor de mi muñeca izquierda, y luego hice lo propio con el otro extremo en mi muñeca derecha.

-Camine- indicó el guardia. Su voz sonaba cada vez más amenazante- y evite hacer o decir estupideces, si sabe lo que le conviene.- Esta ultima advertencia se me antojó innecesaria puesto que, con el bastonazo, me había quedado más que claro que lo único que debía hacer era ponerme de pié y caminar.

El salón de visitas era un enorme cubo de paredes grises carentes de ventanas, donde cientos de mesas y sillas alojaban a los prisioneros que tenían la suerte de poder recibir a sus familias. Por supuesto yo no era uno de ellos puesto que, no habiendo tenido una vida en el exterior, jamás he conocido a la mía. Sobre nuestras cabezas, observándonos desde balcones ubicados a unos cuatro metros e altura, varias docenas de guardias vigilaban cada uno de nuestros movimientos ayudados por cámaras de video. Cada uno de ellos portaba un enorme rifle que, si bien no apuntaban hacia nosotros, estoy seguro que de ser necesario no tardarían en disparar con inusitada rapidez y puntería.

-¿Señor Nesmit?- dijo una voz que me distrajo de mi recorrido visual por la sala. Me sonaba familiar y, cuando se presentó, una mezcla de alegría y temor me invadió inmediatamente.- Mi nombre es Alan Klinsman y soy su abogado. Hemos hablado cientos de veces por teléfono, pero hoy he querido venir a verlo personalmente. – Era un diminuto hombre vistiendo un traje color gris, camisa blanca y corbata amarilla. Llevaba unos gruesos anteojos que ocupaban gran parte de su rostro, y su cabello peinado hacia un costado brillaba exageradamente por el exceso de gel de peinar.

-Es un placer conocerlo- dije al tiempo que estiraba mi brazo para estrechar su mano- su voz casi siempre me ha traído malas noticias, pero espero que esta vez pueda ser distinto. Tome asiento por favor. – le invité como si estuviésemos en el living de mi casa, y ambos nos dejamos caer sobre los fríos bancos metálicos.

-Déjeme decirle que esta vez será distinto- dijo Klinsman, y una sonrisa repleta de blancos y brillantes dientes le invadió la boca- porque le han concedido una importante reducción de pena, en base al buen comportamiento que ha tenido los últimos diez años.

El corazón me dio un terrible vuelco. Por mi mente comenzó a proyectarse una película en la que salía de aquel asqueroso lugar, para luego correr, sentir la brisa en el rostro y finalmente dejarme caer sobre un verde y húmedo césped de primavera, donde observaría las nubes intentando descubrir misteriosas figuras en ellas.

-¿Una reducción?- murmuré- ¿de cuanto tiempo estamos hablando?- las manos me temblaban incesantemente y por mi garganta reseca circulaban dolorosos tragos de saliva.

-¡Una cadena perpetua completa¡- exclamó Klinsman inclinándose hacia mí, y la sonrisa en su rostro se agrandó aún más. Pero la expresión que se dibujó en el mío no debió ser la que esperaba, puesto que sus dientes no tardaron en volver a ocultarse debajo de los delgados labios.-¿Hay algún problema?.- preguntó.

Mi película de libertad ardió bajo el fuego de la realidad. Ahora en ella el que aparecía ya no era yo, sino un descocido que seguramente era en quien yo reencarnaría si tenía suerte de vivir otra vida. Porque si bien no había nada que me garantizase no volver a nacer cuando deseaba la muerte como reducción de pena, tampoco hay nada que me asegure volver a la vida hoy que he accedido a esta bendición.  Y tal vez la muerte sea nuevamente la única salida, porque lo cierto es que al menos en esta vida seguiré prisionero hasta mi último día.

-Señor Nesmit…

-Si disculpe- dije abandonando mis pensamientos- es que… no estoy seguro de si esta noticia me pone feliz.

-Acabo de decirle que han reducido su pena al menos en un cuarenta por ciento, ¿como es que eso no lo pone feliz?

-Si entiendo. Pero sucede que de momento tengo asegurada toda una vida de cárcel según parece. Lo cual me dice que, siendo que tengo cuarenta años, deberé pasar aquí dentro al menos otros cuarenta o cincuenta más. O que de lo contrario debo morir cuanto antes y apostar a una nueva vida en forma humana, porque nada ni nadie nos asegura que no volveremos en forma de insectos, bacterias o cualquier otra cosa.

- Disculpe que lo contradiga, pero está equivocado. Hoy en día sabemos por estudios y estadísticas que, desde el momento en que fue inventado el sistema de localización y seguimiento ectoplasmático, no se han conocido casos de personas que reencarnen en otras formas de vida. Pero aún así creo que, incluso debiendo esperar otros cuarenta o cincuenta años, es una buena noticia.

Me costaba mantener la atención en sus palabras, porque mi mente intentaba decidir si aquello en verdad me beneficiaba, o lo hacía con la persona que pudiese llegar a ser en un futuro. Veía la boca del señor Klinsman moverse rápidamente y escuchaba salir de ella palabras que momentáneamente no alcanzaba a comprender. Tal vez porque no quería, o porque estaba analizando una alternativa.

-Bien ya me ha dado la noticia, ahora puede irse- dije con cierta brusquedad, al tiempo que me ponía de pié.

-Disculpe…

-Dije que puede irse, creo que no tenemos más que hablar. ¿O si?.

-No… no, en verdad no, pero… – el abogado parecía aturdido por mi reacción.

-Entonces buenas tardes, y gracias por todo- comenté sin mirarlo y acto seguido emprendí el camino hacia la salida, donde el guardia me esperaba para trasladarme nuevamente a la celda. Pude sentir la mirada de Klinsman clavada en mi espalda, pero en ningún momento me di vuelta. Sabía que no había tratado con respeto, pero eso estaba lejos de importarme, pues en mi cabeza hay algo que da vueltas como un animal enjaulado. Una decisión importante que, para bien o para mal, podría cambiar mi destino radicalmente. Y si bien no planeaba tomarla a la ligera, tampoco deseaba dejar pasar mucho tiempo.

Camino a mi celda no dejaba de mirar las ventanas del pasillo que conecta las unidades penitenciarias con el salón comedor y la sala de visitas. Es el único momento en que podemos tener algo de contacto con el afuera, aunque solo logremos ver un ínfimo pedazo de cielo y alguna que otra nube si tenemos suerte. Las palabras del abogado aún retumbaban en mi cabeza, casi tanto como las que me dijera a mis quince años cuando (considerando que ya tenía suficiente edad para comprender) me fue informada mi situación procesal. Aquel día había sido devastador para mí, no solamente por saber que tal vez había matado a varias personas, sino también por enterarme que jamás en la vida saldría de aquel lugar. Y aunque nunca había conocido lo que era vivir fuera de la celda, podía entender que cualquier cosa era mucho mejor que eso. Pero también que cualquier posibilidad de averiguarlo era inexistente.

-Deténgase- exclamó el guardia. Estábamos frente a la puerta de acceso a los pabellones- Abran la sección cuatro- dijo con la boca pegada a un accesorio que estaba sujetado a su hombro derecho.

La puerta emitió un soplido y luego un crujido, pero nunca se abrió.

-Estamos experimentando una falla, aguarde por favor- dijo una voz metálica que salió del aparato en el hombro del guardia.

-Quedo en espera- respondió este sin quitar la vista de la puerta.

-Enterado.

-Ni se le ocurra intentar una locura porque bajo estas circunstancias, tengo autorización para usar fuerza letal si es necesario, ¿comprende?.- me dijo dirigiendo su mirada hacia mi por primera vez. Acto seguido se llevo la mano derecha a la cintura, donde descansaba un arma de grueso calibre dentro de su funda.

-Si señor- respondí tanto con la voz como con la cabeza.

No pasaron ni dos segundos hasta que mi cuerpo hizo todo lo contrario. Me abalancé sobre él aún conociendo la evidente diferencia te tamaño y fuerza, y lo tomé por el cuello mientras observaba su expresión mezcla de espanto y sorpresa. Intentó desenfundar el arma pero no le había dado tiempo de quitar el seguro que evita que esta caiga accidentalmente de la cartuchera, por cuanto mientras con una mano me tomaba de la garganta intentando anular mi ataque, con la otra procuraba tomar la pistola con desesperación. Aunque a decir verdad, con su fuerza física habría sido mas que suficiente. El ulular de una sirena comenzó a retumbar en el pasillo, y entonces supe que mi acto de rebeldía había tomado estado público entre el resto de los guardias. En pocos segundos decenas de ellos entrarían allí y, luego de separarme de su compañero, me darían una paliza que recordaría hasta el fin de mis días. Y justamente eso era lo que quería evitar. Entonces solté el cuello del grandulón de negro y, al ver su rostro invadido por la furia, le lancé un escupitajo que fue a parar en uno de sus ojos.

-¡Maldito hijo de puta!- exclamó con furia y su voz retumbó en todo el pasillo, al igual que el disparo que a continuación me dedicó sin bacilar.

Una pequeña nubecilla de humo con olor a pólvora brotó del cañón del arma, y me recordó a las que en mis sueños solía ver pasar lentamente surcando el cielo de un color celeste casi imposible. Caí de espaldas al suelo y mi cabeza golpeó contra una de las paredes del pasillo, pero aun así pude mantenerme consciente para ver los gruesos hilos de sangre que brotaban de mi pecho. De a poco la realidad iba perdiendo sentido. La voz metálica proveniente del accesorio en el hombro del guardia parecía salir de su boca, dándole un aspecto robótico que iba de maravillas con su enorme figura. Palabras como “alerta”, “pasillo” y “emergencia”, brotaban graciosamente de sus delgados labios y se esfumaban en el aire al igual que la nube de pólvora y las figuras en mis sueños. Los parpados comenzaron a pesarme terriblemente, y los dejé caer. Mis manos siguieron la misma suerte, y abandonaron la actitud protectora que habían adoptado sobre la herida de bala. Mi cabeza cayó hacia un costado y, antes de cerrar definitivamente los ojos, pude ver por última vez la puerta del pasillo abierta. Del otro lado un césped increíblemente verde se agitaba con la brisa, y se fundía en el horizonte con ese imposible cielo celeste que parecía llamarme. Ya todo era silencio, y el dolor había desaparecido. Dejé escapar una sonrisa que llevaba encerrada dentro mío desde hacía cuarenta años, y en el instante en que incluso ese hermoso paisaje comenzó a desdibujarse, supe que finalmente había ganado mi libertad.


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Hola Clayton… brillante lei la primera parte el otro dia y tenias los comentarios cerrados, la verdad que esta es genial…. terrible pensar en la muerte como una salida a la libertad pero la mezcla de lo que podria llegar a ser fantasia con imaginacion es cautivante y mas cuando hablas en primera persona y te metes en el personaje, sufriendo cada caida golpe, o palabra. muy bueno felicitaciones.
ahora me gustaria ver que pasa cuando reencarne espero que no caiga nuevamente en prision….
besos.

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Hola Pao. Ante todo gracias por visitarme y dejar tu comentario. Me alegra que te haya gustado el relato en sus dos partes, ya que una es complemento básico y necesario de la otra. Espero seguir recibiendo tus visitas a futuro. Saludos y mucha suerte.