Masturbios – Capítulo III
“…Permítete lo que tu esencia quiera, de cualquier manera estarás mal…”
Esta aseveración que usted me hace doctor, este recitado que me propina con un resople desagradablemente disonante en mis oidos, me remite a una anécdota graciosa. Un recuerdo de hace algunos años (…Pienso en otra cosa para no destriparlo con la mirada… solamente eso…hummm).
Podría referirse a una etapa adolescente o algo posterior… o de hace apenas unos meses. Aunque la presencia inmaculada que tengo de él -hablo del recuerdo- en este momento, hace que parezca estar aquí.
Parezca haberse detenido el tiempo lo suficiente, un deja vú bien cercano… Una similitud de reminiscencia temporal que implica en sí un defasaje en el transcurrir, algo que me impide de manera alguna advertir el lugar en el tiempo en que se produjo el hecho.
Y eso lo convierte en hermoso, porque me crea dudas, porque ¿existió o fantaseo?. Porque, de repente, el trajín se detiene, todo lo que se marchitaba aún resiste y vive y seguimos, un poco inmortales, tan sólo un poco…
porque un abuso de esto sería tonto, sería escupir al viento; creo que en definitiva nadie quiere ser inmortal, sólo ustedes… los débiles mortales.
DIA DE SESIÓN 19/4: Nota 1. Parece más alterado que en los últimos encuentros, pero menos que aquel día del espisodio de la bandeja. Remitirse al 12/11 del año pasado. No presenta cortes recientes ni en sus brazos ni manos. Aún se muestra reticente con el hecho de realizar terapia de pareja. Continúa con vestigios de delirios y patologías acerca de no creerse humano.-
El motivo real del relato entonces recae en que cierta vez habia extraviado mi reloj pulsera de una manera en que no hube podido descifrarlo… Sólo había desaparecido, no lo sé…, ya no estaba y eso era todo.
Fue como casi siempre, de un momento a otro, y si bien yo recordaba vagamente mis pasos no podía precisar con exactitud una búsqueda definida. Mi torpeza me llevó a investigar incesantemente por las apenas tres habitaciones en las que había deambulado durante esa tarde de abril.
Vale aclarar que la casona de la calle Arteaga contaba con una gran cantidad de habitaciones pero a muchas de ellas las he visitado en una ínfima cantidad de veces desde que el abuelo no está. Mientras tanto, la abuela, querida Rita, estaba apoltronada en su sillón de caña con almohadones de paja que el tío Oscar había traído una vez de alguno de sus misteriosos viajes de negocios al litoral…
Ella me miraba de reojo; mi ir y venir desaforado no afectó para nada sus cánones temporales. Todo continuaba bajo el ritmo que ella le había impuesto a la tardecita. Ya no sé cual sería la expresión de mi rostro, lo que pareció ser que motivaba una apática mueca de sorna en su ánimo, pero en realidad el tema del extravío no ocupaba el espacio estelar en mis pensamientos.
Mucho más que eso me angustiaba el hecho de que mi estupidez y mi falta de memoria estaban incrementándose. Y lo notaba…
Ella tras sus anteojos y su inseparable periódico de todas las tardes -a la hora de una siesta que nunca se cumplimentaba certeramente-, me miró fijo y me advirtió del inútil resultado que iría a obtener en esa búsqueda que estaba emprendiendo, …y rió por lo bajo…
Eso aumentó aún más mi mal humor conmigo y ahora con el medio ambiente que me rodeaba…Bufé un poco y seguí con mi -en definitiva- infructuosa búsqueda. Pero después reí nerviosamente también. Hasta que dije: Claro!, allí debe estar. Fui corriendo hasta la mesita que se encontraba al lado de la cama de una plaza.
Frazada estilo militar -casi de pelusa- en la que solía quedarse a pasar la noche el tío Oscar cada vez que se embriagaba con el vino de misa del padre Abel; un vino con mucho cuerpo, pastoso, casi para mascar y que entorpece movimientos y neuronas desde la primera copa.
Y entonces empecé a mover las cositas que allí estaban. Pero los recuerdos siempre mienten un poco. Cuando levanté uno de los libros de Rita , no pude jamás percatarme que debajo del mismo estaba, al acecho irascible y casi como un gato arrinconado a la defensa desesperada, su pequeño cortaplumas.
El ínfimo pero feroz cuchillito para abrir correspondecia. Y por supuesto, como siempre ocurre en estos casos en que los nerviosos nervios no se condicen con el equilibrio de un monje Zen, me laceré… Ese tipo de escalpelos suelen perpetrar calamidades a menudo. Porque, como los viejos a esa edad acostumbran tener pocas cosas que hacer -pues ya lo han hecho todo, supongo-, comienzan a minimizar inverosímiles pero a mismo tiempo prácticos detalles en diferentes elementos y cuestiones.
En definitiva, histeriquean. Y Rita, ni lerda pero sí cultora de lo perezoso, se la pasaba toda la novela de las cuatro de la tarde afilando el cuchillito para abrir las cartas de sus amigas y sus nietecitos…Olvidé en forma intecional -pues prefiero olvidar el tema-, el hecho de la herida; aunque el corte habia sido profundo y bastante sucio porque manché una de sus carpetitas preferidas que hace las veces de base del velador en la mesita. En ese momento el hecho me pareció irrisorio pues en teoría yo estaba tras mi reloj de pulso, pero en realidad me encontraba librando una pequeña lucha sin cuartel contra mi estupidez… y permanecí con esa búsqueda….
DIA DE SESIÓN 19/4: Nota 2. Sus movimientos se han calmado lo suficiente. Apariencia de que el relato actúa como descarga sedante. Se tranquiliza a medida que relata aunque siempre lo hace desde un lugar donde puede desarrollar un estado de suficiencia absoluta con respecto a mi persona. No ha probado siquiera su habitual taza de té. Se muestra ávido por expresarse.
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