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Lindo caballito

El Toto no es muy hábil. No sirve para ningún deporte. Él es el que en un picadito te parte la pierna al medio y no le puedes decir nada, porque sabes que no lo hizo a propósito. Es el que tira la pelotita de paddle a la casa de al lado y el que se lastima la cara jugando una tocata.

Antes, cuando los apodos eran más básicos y, por ejemplo a Vázquez le decíamos “Pelota de Vázquez” o a Pamela le decíamos “Chu”, al Toto le decíamos “Ojota” (típico apodo de los inútiles), hasta que llegó Seba Seva con su ingenio y le puso “El Ambinútil”.

Hacía varios días que estábamos de vacaciones en El Rodeo y ya nos estábamos quedando sin ideas. Salimos a caminar un rato y nos encontramos con un puestito de alquiler de caballos. Éramos cuatro y quedaban cuatro caballos. Germán propuso:

— ¿Y si alquilamos unos caballitos?

Ante el embole vigente decidimos seguir su sugerencia.

Empezamos a pasear en los caballos hasta que el Toto empezó con los gritos de “¡Esperen, Esperen!”. Como era de imaginarse, se le había quedado el caballito pastando. Ante las patadas del Toto el caballo ponía su mejor cara de boludo. Por poco no miraba al cielo silbando.

Germán le cambió el caballo y en el acto se fue al galope. El Toto, en cambio, ni con caballo nuevo. En cuanto montó al caballo, el hijo de puta se echó. No había manera de levantarlo. Igualito a la gorda del Registro Civil a la hora del mate cocido.

Fuimos a pedirle al dueño del puestito que nos devolviera la plata, por lo menos la del Toto, entonces el tipo se levantó, se acercó al caballo echado con el Toto encima y le metió un latigazo en el orto. El caballo se levantó de golpe y empezó a correr desenfrenado. El Toto se empezó a desesperar. Tironeaba de las riendas y el caballo, como siempre, ni bola. Seguía corriendo al costado de la ruta acercándose vertiginosamente a un cartel de madera con patas de un metro de altura. Bajó la velocidad, pero siguió a paso firme. Se agachó y metió la cabeza debajo del cartel. Al Toto, el cartel le apretaba las piernas, porque el caballo siguió caminando hasta arrancarlo y arrastrarlo más de cincuenta metros.

Rodeamos al caballo y entre los tres, a durísimas penas, pudimos levantar el cartel cinco centímetros para que el Toto pudiera bajar.

Cuando tiramos el cartel al piso nos dimos con la leyenda. Éste rezaba:

“Señor Cabalgador: Por favor, ¡sea prudente!”.

Eso sí, el Toto para dibujar es bastante bueno.

Buena raza

Seba de a poco se va soltando, pero de más chico era algo tímido. Tenía la chispa del Teto Medina, la simpatía de Horacio Pagani y el don de gentes de Gerardo Sofovich, pero siempre generoso como ninguno. Alto, rubio y de ojos celestes, la verdad que llamaba la atención. Bastante feo, por cierto, pero igual llamaba la atención.

No había cosa que le moleste más que “el morochaje”, como él decía. Siempre acomodado evitaba ir a esos lugares donde ponían cumbia y cuarteto toda la noche.

Aquella vez, después de mucho insistirle, logramos convencerlo de ir al famoso carnaval que se armaba pasando el aeropuerto. Cumbia, cuarteto y folklore en vivo desde el mediodía hasta la madrugada por la módica suma de cuatro pesitos. Muchas barras con sillas plegables de madera vendiendo vino en cajita y cerveza. Interminable desfile de tipos en cuero, chicas embarradas y travestis de todos los colores.

Llegando a la fiesta, en una cola de autos que nos obligaba ir a paso de hombre, dos chicas con las remeras rotas y las caras enharinadas vieron a Seba adentro del auto y una le dijo a la otra, a los gritos:

— ¡Mirá, mirá! ¡Qué bueno que está ese “pa’ mejorá la raza”!

Seba se puso como tomate, subió la ventanilla del auto y dijo:

No sé ustedes, pero yo me voy.

Tras muchos fracasos con las mujeres se fue ablandando. Su exquisito paladar de salmón rosado se acostumbró de a poco a la polenta y gordas, feas y las más putonas pasaron a ser de su calibre. Hoy se arrepiente de nunca haber pasado por esos históricos carnavales.

Salir a pasear

Quería invitarla a salir, pero no me daba para más que llevarla a caminar un rato. Había soñado con ese momento durante mucho tiempo. Esperaba que todo saliera perfecto.

Caminamos por la peatonal y cuando le quise decir lo mucho que me gustaba, nos cruzamos con dos perros cogiendo. Me callé, no parecía un bueno momento.

El calor me daba cachetadas en la cara y empecé a transpirar. Charlamos del clima y un poco de música. Cuando le quise decir lo mucho que me gustaba pisé una cagada de perro fresquita. Con los dos pies. Me callé, no parecía un buen momento.

Mientras puteaba por dentro ella reía sin exagerar. Me sentí cómodo.

Seguimos caminando. Llegando a la plaza ya estábamos hablando de cine. Le mentí que me gustaban las mismas películas que a ella y que para mí también Legalmente Rubia era la mejor película de la década. Cuando le estaba por decir lo mucho que me gustaba me cagó una paloma en el hombro derecho. Me callé, no parecía un buen momento.

Me limpié un poco con un pañuelo que me ofreció. Me dio vergüenza devolvérselo sucio. Dimos una vuelta a la plaza y ella tomó el mismo camino, el de regreso.

Sabía que el paseo iba a ser corto, la había invitado a caminar un rato y ya llevábamos casi media hora. No quería dejar pasar esa oportunidad.

Se nos acercó un vendedor de flores y me ofreció una rosa. No sabía qué hacer. Comprarle una flor iba a parecer exigido y no comprarle, mezquino. Le dije al vendedor que me diera dos.

Cuando quise pagar me di cuenta de que me había olvidado la billetera. El tipo puso cara de orto y se fue. Ella sonrió y me dijo que no importaba.

Pasamos por la cagada desparramada y la esquivé hábilmente. Cuando le quise decir lo mucho que me gustaba nos cruzamos con los perros que seguían cogiendo. Me callé, no parecía un buen momento.

Llegamos a la puerta de su casa y me quedé parado mirando el piso con mi más sincera cara de boludo. Me hice una imagen de mi mismo y me vi transpirado, colorado de la vergüenza, con los pies llenos de sorete fresco y cagada de paloma en el hombro. Y ella sin flores. Me di cuenta de que no era una buena noche para decirle lo mucho que me gustaba.

Le pregunté si saldría a caminar de nuevo conmigo.

Me miró y me dijo:

— ¿Vos que crees?

Y… yo creo que no.