Solo
Carlos miraba caer la lluvia a través de la ventana. El café, ya harto de esperar, se dejó enfriar. Alejó la taza con un movimiento suave y acercó el cenicero.
Ya no quedaban clientes en el bar y notó que Alicia, la moza, lo miraba de reojo. No supo determinar si lo miraba con curiosidad o esperando que se retire para poder cerrar.
No encendió el cigarrillo ni pidió la cuenta. Dejó un billete debajo del cenicero y se levantó. Otra vez se iba cabizbajo.
Todos los jueves, hacía ya un par de años, el ritual era el mismo, sólo que a veces se tomaba el café.
Alicia sabía que esperaba a su hijo, pues antes solían encontrarse en ese mismo bar cada jueves.
Cuando llegaba a la puerta Alicia le dijo: “Algún día vendrá”.
Carlos levantó su mirada con cierto agradecimiento y dolor y contestó: “No, no vendrá. Pero no podría vivir un solo día si dejara de intentarlo”.
El ruido de la puerta al cerrarse retumbó en la cabeza de Alicia. Y comprendió a Carlos. Y se sintió sola.
- 46 Comentarios
- 5 votos
- Reportar este Posteo


Ultimos Comentarios