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Traición

Me acusan de traición. Los mismos que ayer decían ser mis amigos, mis hermanos. Ellos que afirmaban ser capaces de poner las manos en el fuego por mí, que darían su vida por mí si hiciera falta.

Y algo de razón tienen. Aunque yo tenga mi fundamento ellos no me escuchan. Y hacen bien, yo tampoco les daría una oportunidad si estuviera en su lugar.

Jamás hubiera pensado siquiera en mirar a la novia de uno de ellos. Es el peor crimen entre amigos que desde niños se quieren como hermanos.

Cuando teníamos cerca de quince años, al Gordo y a Pablo les gustaba la misma chica. No recuerdo su nombre, pero sé que no era tan linda como para semejante escándalo. Se agarraron a las piñas hasta que el Gordo terminó con un ojo morado y Pablo con la nariz rota.

Al día siguiente los cuatro hicimos el famoso juramento que tantos amigos hacen: “Nunca dejar que una mujer se interponga entre nosotros”. Y nos sentimos más fuertes.

Y fuimos felices todos estos años. Amigos entrañables que crecimos y aprendimos juntos a querer la vida. Amigos del alma. Hasta que apareció Sabrina.

La primera vez que la vi estaba de la mano del Gordo. Al principio fue sólo el flechazo de una chica linda y simpática. Me odiaba porque me gustara la novia de mi amigo. Empecé a esforzarme por encontrarle defectos, y algunos aparecieron, aunque todos insignificantes.

Era notable que mientras más esfuerzo ponía en sacármela de la cabeza más me gustaba.

A ellos de la mano se los veía felices. Él brillaba y a mí se me partía el alma.

Un día ella me llamó a casa. El corazón me dio un vuelco. Desde el primer día tuve miedo de que se me presentara una situación similar. En mi cabeza me enfrenté mil veces con Sabrina intentando encontrar la manera de salir airoso de la situación, de decirle que no, que ella era la novia de mi amigo. Sin embargo, en cada uno esos encuentros terminábamos a los besos. Mi imaginación me traicionaba.

Cuando escuché su voz al teléfono empecé a buscar las excusas y no las encontré. En un segundo me vi en su casa, en sus brazos, en sus labios. Pero ella llamaba para decirme que le había organizado una fiesta sorpresa al Gordo para su cumpleaños.

Cuando cortó me sentí aliviado. ¡Qué estúpido fui al pensar que me llamaría para otra cosa! Pero en cuanto se me quitó ese peso de encima me di cuenta de que no hubiera sido capaz de rehusar una invitación de Sabrina. Caí en cuenta de que era un traicionero. Y había una sola forma de no serlo. Decírselo al Gordo.

Fui a su casa anoche. Era ya tarde y él estaba acostado, pero me recibió con su alegría habitual. Su sonrisa me dolió y la vergüenza tiñó mi rostro.

Fue el peor momento de mi fácil vida. No había palabras suficientes para expresarle lo mal que me sentía. Lloré como hacía años no lloraba. Le dije que no lo había querido así, que había hecho lo posible para que no ocurriera, que no pude evitarlo. Que ella no lo sabía, nunca le había dicho nada. Le pedí perdón. Llorando me dijo que no. Que no me perdonaba y nunca lo haría.

Pablo y Esteban ya se habrán enterado. Imagino que apenas después de echarme de su casa como a un perro de la calle, el Gordo los llamó para contarles.

Hoy los llamé para explicarles, para contarles mi dolor, y ninguno me atendió. El padre de Esteban me preguntó si era verdad que había traicionado al Gordo y no supe qué responderle.

Ahora dudo si hice bien en contarle al Gordo porque, por lo menos yo, no sé si podré perdonarme.