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La agorera

En medio de tantos ruidos, colores y olor a caramelo lo que más me llamó la atención fue la mujer sentada en la pequeña carpa del fondo. Después de tanto tiempo no recuerdo si ya había pasado por todos los juegos y probado todos los sabores y, de aburrido nomás, fui a ver a aquella agorera, o si apenas llegado a la feria me encaminé hacia su carpa roja.

Tal vez lo que me atrajo fue la decoración. Estatuas, trastos y amuletos colgaban de las paredes de tela. Calculo que ella tendría unos sesenta años. Llevaba una especie de vestido largo de color azul y un pañuelo en la cabeza. Busqué el lunar con pelos entre el labio y la nariz pero no estaba. Supuse que lo tendría en la espalda o en alguna otra parte de su cuerpo que no llegaba a ver, ya que lo consideraba requisito indispensable para ser una adivinadora de respetar. Daba lo mismo, porque con o sin lunar era fea, pero en su rostro de pizza mal amasada brillaba el rastro de la experiencia de los sabios.

Me senté sin pedir permiso ni saludar y me miró sobresaltada. “Retírese joven”, me dijo con una voz ronca que contrastaba con su imagen de vieja buena.

—No —le dije sin miedo—. Quiero saber mi futuro y tengo dinero para pagarle.

Se puso triste y más fea aún, si es que eso era posible.

—Hoy no estoy haciendo adivinaciones —negó, esta vez con voz más suave—. Hay mucho ruido en la atmósfera: ni los ángeles ni los difuntos pueden escucharme, y yo tampoco a ellos.

— ¡Me está mintiendo! —Noté cierto miedo en su rostro y eso comenzó a asustarme también a mí. Había visto algo malo en mi futuro y, sospeché, era tan feo que no quería decírmelo.

—Mira niño —me tranquilizó–. Esto es simple. Puedes creer o no en la adivinación. Si no lo haces, entonces no tiene sentido lo que te diga. En cambio si crees, lo que te diga puede ser bueno o malo. De ser bueno te estaría arruinando la sorpresa. De no serlo, te angustiarías mucho antes de tiempo. Esta no es una ciencia exacta, ya que cada uno es el hacedor de su propio destino. Lo que te quiero decir es que es mejor trabajar cada día para ser una mejor persona que conocer tu futuro. De esa forma tendrás una vida maravillosa.

Me levanté enojado, dándole un empujón a la silla. Supongo que habré ido a jugar al tiro al blanco.

Me recuerdo con un algodón de azúcar en la mano cuando vi que un muchacho caminaba hacia la carpa roja. Me acerqué a hurtadillas y me escondí. Desde donde estaba pude escuchar que le decía todo lo que quería que me dijera a mí. Amor, dinero, fama, hijos, salud. “Mucho ruido las pelotas”, pensé. El muchacho le dejó un montón de dinero y se fue radiante, dando saltitos entre paso y paso. Detrás de él la mujer cerró la carpa y dio por terminado su día.

“No importa”, me dije. “Mañana vuelvo y ya no va a tener la excusa de los ruidos”.

Al día siguiente la feria había desaparecido.

Más de cincuenta años pasaron desde aquel encuentro, tiempo en el intenté vivir como ella me enseñó. Hoy ya estoy viejo pero de muy poco me arrepiento. Tuve una vida plena, llena de amor, de hijos y nietos, de amigos y el dinero para no pasar mayores preocupaciones.

Esa mujer me dio el mejor consejo que alguien me podría haber dado. Y no me costó ni un centavo.