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La canchita

Me crié en un barrio rodeado de chicos de casi mi edad. Éramos como quince y todos varones. A una cuadra de mi casa había un baldío que los grandes habían desmontado y colocado dos arcos sin travesaño (me refiero al palo horizontal, no al hombre de extrañas costumbres). Ellos jugaban los sábados y domingos, pero de lunes a viernes éramos nosotros los reyes de la canchita.

Cada siesta las horas de la escuela se me pasaban lentas, soñando con estar corriendo tras la pelota en la tierra endurecida, matándonos a patadas con mis amigos. Y cada tarde, mis sueños se cumplían.

En Santiago la lluvia es casi un milagro, si hasta suelen decir: “Diosquierita que llueva… no es por mí, es por m’hijo, que io iai visto”. Pero cuando se da esa puta casualidad, llueve en serio. Esos días la canchita se inundaba y perdíamos por lo menos una semana intentando secarla.

Trabajábamos en equipo y nunca faltaba nadie. Unos llenaban los baldes de agua y los vaciaban lejos, otros los llenaban de tierra seca y la tiraban sobre los charcos, y el resto sacaba toda la porquería que tiraba el vecino para que el agua no pase a su taller.

La organización era impecable, cosa que nunca pudimos lograr en un partido, en donde corríamos los quince detrás de la pelota sin delanteros ni defensores. Por poco no teníamos ni arqueros.

En la canchita hicimos goles históricos e inolvidables, dibujamos gambetas que el mismo Diego envidiaría y transpiramos la camiseta como si jugáramos en River, pero nunca fuimos tan compañeros de equipo como esas veces en que el milagro ocurría.

Mala pata

Meter la pata es una habilidad natural mía, que he sabido explotar con el tiempo.

La Petiza se queja porque vive preguntando a gente que no ve hace doscientos años “¿cómo anda tu novio/a?”. Después de tanto tiempo es lógico que más de la mitad de los encuestados le contesten “noooo, hace mucho que dejamos”. Ella se lo busca solita.

A mí, en cambio, me pasan cosas insólitas.

Yo estudiaba en Córdoba y un fin de semana me fui a Santiago. Estaba en el negocio de mi vieja cuando entró Eduardo con una beba hermosa en brazos. Era su hija. Hacía años que no sabía de su vida. Lo felicitamos, alabamos a la nena, como corresponde, y se fue contento.

Al día siguiente entró al negocio su esposa Silvia para saludar a mi vieja. No dudé ni un instante para decirle: “Ayer vino Eduardo con la nena. Es hermosa, te felicito”. Silvia mi miró con una cara de estar oliendo mierda y me contestó: “Qué broma de mal gusto. No entiendo a esta juventud de hoy”.

Me di cuenta en el acto de la metida de pata y me encerré en el baño a esperar que se fuera.

Más tarde mi vieja me pondría al día con la historia que ya imaginaba. Se habían divorciado y Eduardo había tenido una hija con su nueva mujer.

Hoy, después de varios años, cuando veo a Silvia en la calle, todavía me hago el boludo.

Triste cumpleaños

Mi abuelo murió el día anterior al cumpleaños de mi padre. El velorio duró toda la noche hasta la mañana siguiente, así que mi pobre padre esperó la llegada de su cumpleaños llorando la muerte de una de las personas que más había amado.

Llegadas las doce, la gente con un poco de prudencia y un poco de incomodidad, empezó a acercarse a saludar a mi padre, todos con mucho tacto y mucha cautela, por lo difícil que resulta decir “feliz cumpleaños” en un momento así.

Cuando se acercó Seba Seva le dijo: “Nene, muy linda la fiestita, pero el año que viene fijate si encuentras un salón menos deprimente”.

Seba todavía se arrepiente de lo dicho. Mi padre todavía lo recuerda con humor.

El día que Gel se le plantó a Cristina

Escrito por Dani “Negro… pero Lindo” Soria.

Y todo parecía indicar que ayer iba a ser un día más, a pesar de que en el ambiente algo raro se notaba, no sé que era, “la situación a lo mejor” me dije, tal vez el calor, o esas nubes raras que en un momento traían lluvia, y en otros no, no sé, pero algo se traía este día.

Eran ya las 20.30 y yo me aprestaba a terminar este día como todo jueves, buscarla a Luján, y a la noche al parque a ir a correr pero de repente, teléfono… al número no lo conocía, atiendo y era Seba Gel:
-Dani, te avisaron los chicos del asado???
-No Seba, nadie dijo nada- le contesté
- Qué hijos de puta!!! y eso que no trabajan mañana. Escuchá, hacemos un asadito esta noche, para juntarnos, hace rato que no lo hacemos, lo único, nadie tiene auto para ir a comprar las cosas así que si puedes buscame.
-Mirá Seba llega Empanada y voy a buscarte-

Yo por mis adentros decía, y bueno, fin de año, así que suspendí todas mis cosas, saqué mi permiso (que creen que ya no pedía???) y lo fui a buscar a Gel con un poco de escepticismo con respecto a la juntada.

En cuanto llegué le pregunté cuantos éramos, y me contestó que iban todos, (a todo esto Gorini ya estaba que se salía de la vaina para ir y llamaba cada 5 minutos preguntando dónde estábamos que él iba directo) y nos fuimos hasta Vea.

Allí empezamos a cargar el carro, y a charlar tranqui, que su vida bien, su amor de diez, sus cosas joya, y tiró la primera frase que presagiaba la revolución “No sabes cómo está Cristina con lo del asado, pero lo mismo lo hago, que se vaya a la mierda” mientras llenábamos cada vez más el carrito, porque iba a haber segunda parte como a las 4 con el asado.

Y llegamos a la casa, allí estaban Gorini (obvio), Matías, Ale Conesa, Maxi, el turco Ramiro, Koby, Seba Nader, Seba Seva y obviamente Gel (era su casa) el cual fue rebautizado por su rebelión como JULIO CLETO COBOS, el porqué?? Porque se le plantó a Cristina claro, y eso fue el detonante de una noche como pocas, con un clima de unión que hace rato no teníamos y que nos debíamos producto de todos los casamientos que se vienen y que derivan en que algunos no estén, o se les complique o no los dejen (como a Matach jaj).

Y comimos hasta reventar, y chupamos como esponjas, y cantamos todos folclore (hasta Seba Seva coreaba las canciones y aplaudía con una sonrisa), lo llamamos a Xavier pa´que sufra y brindamos mil veces por nosotros, por los otros, y por cualquier pelotudez que salía, y no importaba nada, y amagábamos irnos (aunque ninguno quería hacerlo) y nos quedábamos un ratito más, total, no le hacía mal a nadie, al contrario, nos hacíamos un bien a nosotros.

Y si, la pasamos bien, y esas cosas siempre tienen que pasar, aunque el día quedará en la historia, ya que Cleto Cobos Gel, recuperó la confianza de su gente, de su pueblo, dándole una noche de las mejores, y que será recordada como

EL DÍA EN QUE CLETO COBOS GEL… SE LE PLANTÓ A CRISTINA.

Lindo caballito

El Toto no es muy hábil. No sirve para ningún deporte. Él es el que en un picadito te parte la pierna al medio y no le puedes decir nada, porque sabes que no lo hizo a propósito. Es el que tira la pelotita de paddle a la casa de al lado y el que se lastima la cara jugando una tocata.

Antes, cuando los apodos eran más básicos y, por ejemplo a Vázquez le decíamos “Pelota de Vázquez” o a Pamela le decíamos “Chu”, al Toto le decíamos “Ojota” (típico apodo de los inútiles), hasta que llegó Seba Seva con su ingenio y le puso “El Ambinútil”.

Hacía varios días que estábamos de vacaciones en El Rodeo y ya nos estábamos quedando sin ideas. Salimos a caminar un rato y nos encontramos con un puestito de alquiler de caballos. Éramos cuatro y quedaban cuatro caballos. Germán propuso:

— ¿Y si alquilamos unos caballitos?

Ante el embole vigente decidimos seguir su sugerencia.

Empezamos a pasear en los caballos hasta que el Toto empezó con los gritos de “¡Esperen, Esperen!”. Como era de imaginarse, se le había quedado el caballito pastando. Ante las patadas del Toto el caballo ponía su mejor cara de boludo. Por poco no miraba al cielo silbando.

Germán le cambió el caballo y en el acto se fue al galope. El Toto, en cambio, ni con caballo nuevo. En cuanto montó al caballo, el hijo de puta se echó. No había manera de levantarlo. Igualito a la gorda del Registro Civil a la hora del mate cocido.

Fuimos a pedirle al dueño del puestito que nos devolviera la plata, por lo menos la del Toto, entonces el tipo se levantó, se acercó al caballo echado con el Toto encima y le metió un latigazo en el orto. El caballo se levantó de golpe y empezó a correr desenfrenado. El Toto se empezó a desesperar. Tironeaba de las riendas y el caballo, como siempre, ni bola. Seguía corriendo al costado de la ruta acercándose vertiginosamente a un cartel de madera con patas de un metro de altura. Bajó la velocidad, pero siguió a paso firme. Se agachó y metió la cabeza debajo del cartel. Al Toto, el cartel le apretaba las piernas, porque el caballo siguió caminando hasta arrancarlo y arrastrarlo más de cincuenta metros.

Rodeamos al caballo y entre los tres, a durísimas penas, pudimos levantar el cartel cinco centímetros para que el Toto pudiera bajar.

Cuando tiramos el cartel al piso nos dimos con la leyenda. Éste rezaba:

“Señor Cabalgador: Por favor, ¡sea prudente!”.

Eso sí, el Toto para dibujar es bastante bueno.

Buena raza

Seba de a poco se va soltando, pero de más chico era algo tímido. Tenía la chispa del Teto Medina, la simpatía de Horacio Pagani y el don de gentes de Gerardo Sofovich, pero siempre generoso como ninguno. Alto, rubio y de ojos celestes, la verdad que llamaba la atención. Bastante feo, por cierto, pero igual llamaba la atención.

No había cosa que le moleste más que “el morochaje”, como él decía. Siempre acomodado evitaba ir a esos lugares donde ponían cumbia y cuarteto toda la noche.

Aquella vez, después de mucho insistirle, logramos convencerlo de ir al famoso carnaval que se armaba pasando el aeropuerto. Cumbia, cuarteto y folklore en vivo desde el mediodía hasta la madrugada por la módica suma de cuatro pesitos. Muchas barras con sillas plegables de madera vendiendo vino en cajita y cerveza. Interminable desfile de tipos en cuero, chicas embarradas y travestis de todos los colores.

Llegando a la fiesta, en una cola de autos que nos obligaba ir a paso de hombre, dos chicas con las remeras rotas y las caras enharinadas vieron a Seba adentro del auto y una le dijo a la otra, a los gritos:

— ¡Mirá, mirá! ¡Qué bueno que está ese “pa’ mejorá la raza”!

Seba se puso como tomate, subió la ventanilla del auto y dijo:

No sé ustedes, pero yo me voy.

Tras muchos fracasos con las mujeres se fue ablandando. Su exquisito paladar de salmón rosado se acostumbró de a poco a la polenta y gordas, feas y las más putonas pasaron a ser de su calibre. Hoy se arrepiente de nunca haber pasado por esos históricos carnavales.

El Bocadito

Todos los jueves nos juntábamos a comer un lomito en El Gato. Antro de aquellos con paredes sin enduir, piso de cemento a secas y mucha mugre por todos lados. Pero no había en kilómetros a la redonda mejor lomito que el de ese mugriento.

De vez en cuando al Gato puto se le daba por no abrir el jueves. Nunca nos dio una excusa razonable, suponíamos que no tenía ganas o que se había emborrachado con sus amigos. Esos días, después de renegar quince minutos y de perder otra media hora pensando qué íbamos a hacer, nos cruzábamos de calle y terminábamos sentados en Bocadito.

Si El Gato era una mugre, no hay palabras para describir a Bocadito. El dueño, o sea Don Bocadito, te aparecía con una sonrisa de oreja a oreja (habrá sido por la alegría de tener un cliente fuera de los borrachos habituales de poco dinero encima y dudoso crédito) y preguntaba qué íbamos a consumir. El diálogo seguía, más o menos de esta manera:

NOSOTROS: Queremos seis lomitos completos.

BOCADITO: Lomito no tengo, pero tengo un sánguche de mortadela que está pa’ chuparse los dedos.

N: Bueno, traiga seis. Y para tomar traiga un Gancia con Sprite.

B: Gancia no tengo, pero tengo el Americano Marcela que es igualito.

N: — ¡NOOOO! Fernet Branca, entonces.

B: Branca no me quedó, pero yo les recomiendo el Fernuco, que es nuevo y es mejor.

N: Traiga cerveza nomás.

B: — ¿Palermo o Salta?

Don Bocadito nunca nos dio con el gusto en ningún pedido. Puteábamos desde que llegábamos hasta que nos íbamos y jurábamos no volver nunca más.

Sin embargo, hoy nos quedan mejores recuerdos de esas noches que a Don Gato se le ocurría no abrir e, inevitablemente, terminábamos cruzándonos de calle.