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“La memoria tergiversada” Por Osvaldo Bayer ..

Osvaldo Bayer

Ya sabemos eso de que en nuestro país muchos sostienen que a la historia no hay que revisarla, hay “que mirar para adelante”. Esa conducta que los argentinos tenemos desde las primeras traiciones históricas a los principios de mayo es una de las causas de la impunidad que tuvieron todos aquellos que se basaron en la palabra “progreso” para cometer crímenes o negociados que nos han llevado a las catástrofes que se produjeron en la democracia por la traición a aquellos principios libertarios que entonamos en nuestro Himno nacional desde 1813: “Ved en trono a la noble igualdad, libertad, libertad, libertad”.

Negar la historia es nada más que un oportunismo circunstancial que, a la postre, se paga. La Historia positiva de los pueblos siempre está basada en la Etica y no en el llamado “progreso”. Vamos a tratar hoy el caso de tres símbolos manipulados por el poder y el oportunismo. Uno de ellos es el gorro frigio de nuestro escudo nacional, que llevaba la marca de Belgrano y que modificó el general Mitre –quien usó y escribió nuestra historia en su provecho–. Es un proyecto que acaba de presentar el historiador Marcelo Valko al Congreso nacional para volver al uso original como uno de los tantos pasos que habría que dar, en este Bicentenario, para retornar al pensamiento de mayo. Dice el historiador en su presentación: “Algunas de las pruebas que evidencian la intención de los revolucionarios de 1810 para integrarnos a la historia americana se encuentran invisibilizadas ante nuestros propios ojos por los ideólogos de la historia oficial, entre los que se destaca Mitre, que calificaba de ‘amalgama extravagante’ la asociación de las antiguas tradiciones indígenas y las nuevas aspiraciones de la independencia y libertad”. Y agrega: “La que es considerada primera bandera nacional fue donada por Belgrano al Cabildo de Jujuy el 25 de mayo de 1813 y lleva pintado el Escudo de la Asamblea del año 1813. En ella figura el verdadero gorro frigio. También subsiste desde ese tiempo un escudo original pintado en madera. Esos dos símbolos que todavía existen –agrega el historiador– son la prueba de un grave delito cometido contra los sueños e ideales de los mejores revolucionarios”. Sí, en esa bandera y en ese cuadro está el verdadero gorro frigio. Y nos explica: “Tomado de la Revolución Francesa que había proclamado Libertad, Igualdad y Fraternidad, el gorro frigio condensaba aquellos ideales integrados en la nueva América. Sin embargo se impone una diferencia fundamental entre el gorro de la Asamblea del Año XIII, adoptado por Belgrano y su homólogo francés. Tanto en aquella bandera primigenia como en el escudo aparece la borla incaica como remate del gorro”.

Qué espíritu profundo la de nuestros patriotas de Mayo. Querían amalgamar los ideales de la humanidad que luchaba en ese tiempo por la Igualdad en Libertad, con símbolos de la tierra americana. Y está allí, en el gorro frigio con la borla incaica. Un espíritu de fraternidad entre los pueblos originarios y los que eran ya hijos de los europeos venidos a estas tierras. Los ideales de una humanidad fraterna pero también con los rastros de las culturas autóctonas.

Y en el proyecto se nos detalla: “La Asamblea del año 1813 confió el diseño del escudo al platero y grabador Juan de Dios Rivera, quien había participado en la rebelión de Túpac Amaru. Refugiado en Buenos Aires, Rivera americaniza el gorro frigio y la Asamblea del año 1813 lo acepta. Es la misma borla que hoy usan los pueblos originarios del Noroeste y del Altiplano como remate de las orejeras de sus gorros. Y Rivera decidió vestirlo de acuerdo con la cosmovisión americana. De esa forma, nuestro escudo surgió al ideario de Túpac Amaru”.

Y eso es lo profundo de quien piensa que no debemos imitar todo aquello que nos viene de Europa o de Estados Unidos. Los llamados liberales positivistas le dieron otra versión a la historia, menospreciando los orígenes mestizos. Y lo dice el historiador Valko en su proyecto: “La amputación experimentada por el escudo para eliminar los rastros americanos no es un tema menor. Los vaivenes heráldicos que siguieron a la eliminación de los principios revolucionarios expresan en última instancia un modelo de país que opta por enquistarse en Buenos Aires en lugar de integrarse al territorio continental”. Y finaliza: “En el Bicentenario es hora de un nuevo descubrimiento, es hora de que regrese la borla incaica al Escudo nacional. Debemos enmendar la amputación ideológica que autentifica la presencia originaria e invisibiliza nuestra pertenencia a Latinoamérica. Debemos restaurar el valor simbólico y de integración continental de nuestro escudo nacional original, tal como fuera diseñado en 1813”.
Sí, volver a lo legítimo y no aceptar correcciones “progresistas” de los que querían demostrar que todos los argentinos somos blancos.
El otro proyecto corresponde a la ciudad de Buenos Aires y a su bandera. La que existe actualmente se debió a la misma que fue iniciativa del concejal radical García Arecha y ya había estado en los deseos del intendente de la dictadura militar de la desaparición de personas, el brigadier Cacciatore. Fue aprobada por el Concejo Deliberante por voto de los radicales y justicialistas y rechazada por el Frente Grande. Por el mismo se aprobó nada menos que la bandera del conquistador Juan de Garay. Tiene la corona de Castilla y León, una cruz sangrienta que representa a la poderosa orden militar y religiosa española de Calatrava, que luchó contra los llamados “infieles” y un águila imperial con cuatro pichones que representan las ciudades fundadas en el Virreinato del Río de la Plata. Por supuesto, el águila lleva la corona de Castilla y León. Juan de Garay expresó que creaba esa bandera “con el fin de ensalzar la Santa Fe católica y servir a la corona de Castilla y León”, entre otros fines.
Cuando fue aprobada, la opinión general fue que los que la apoyaron eran los representantes de la “bandera de Cacciatore”. Y es justo el calificativo, porque esa bandera que tenemos actualmente en nuestra ciudad no refleja de ninguna manera lo que debe ser el emblema de una ciudad, no condice con lo multirracial que es su población y ni siquiera con algunos de los conceptos de los pensadores de Mayo. Por eso los concejales Camps y Naddeo han presentado proyectos para la eliminación de tal bandera que “habla de la lucha contra los infieles y los indígenas”. Y añaden: “El Bicentenario es una oportunidad para instituir una nueva bandera, que respete los principios de la Constitución local que habla de democracia, de derechos humanos y de respeto a la diversidad de la población y a los pueblos originarios”. Por su parte, Camps señala que “es una bandera medieval con símbolos ajenos a los valores actuales de esta ciudad. Una cruz sangrante no se compadece con el criterio ecuménico de esta ciudad”. La diputada Naddeo propone algo bien democrático, que para la nueva bandera se haga un concurso en que participen los alumnos de establecimientos educativos y culturales, así como centros culturales y organizaciones sociales. Esos proyectos serán luego considerados por un jurado en el que estén representantes de docentes de arte, de las carreras de diseño de la Universidad de Buenos Aires, del Instituto Nacional de Arte, de la Sociedad de Artistas Plásticos, de la Comisión del Patrimonio Histórico, de la Junta de Estudios Históricos de la Ciudad, dos representantes de la Comisión de Cultura y Educación de la Legislatura y dos representantes de los ministerios de Cultura y de Educación de la Ciudad. Los diseños seleccionados luego serán exhibidos en el Centro Cultural Recoleta y sometidos a consideración del público, el cual podrá emitir su opinión a través del sistema del voto popular organizado a tal efecto.

Es decir, una forma absolutamente democrática. Porque es seguro que se elegirá el proyecto de una bandera que represente verdaderamente a esta Buenos Aires, con su historia tan discutida, que va de las represiones obreras de Roca a la Semana Trágica de Yrigoyen y a los desfiles militares de las dictaduras. Un proyecto que triunfe sobre la base de aprender de la historia para un porvenir de generosidad.

Nada más que un símbolo, pero una aberración cacciatoriana que hay que lavar, para limpiarnos de las vergüenzas y proponer futuros con ideales.

Todo esto nos lleva a otra realidad. Y voy directamente a la figura de un represor de extrema crueldad que al parecer, con sus “enseñanzas”, está siempre presente en la actualidad argentina. El coronel Ramón L. Falcón, un indigno represor de extrema cobardía. Digo esto último por la matanza que llevó a cabo, siendo jefe de la Policía, en el acto del 1º de mayo de 1909, cuando ordenó primero atacar a tiros, sin aviso, a las manifestaciones obreras que iban a la Plaza Lorea a recordar a los Mártires de Chicago. Una manifestación de más de setenta mil obreros absolutamente pacífica. Luego de las primeras salvas de las armas largas policiales dio otra orden tan cobarde y cruel como la anterior: se ordenó a la policía a caballo que atacara directamente con sables a los manifestantes. Fue una verdadera orgía de sangre. Lo más cruel fue que los obreros en esas manifestaciones llevaban a sus mujeres y a sus niños, porque las consideraban un lugar de encuentro de toda la familia trabajadora. Pues bien: la segunda calle más larga de Buenos Aires sigue llamándose “Coronel Falcón”, desde 1910. Ningún gobernante ha sido capaz de cambiar esa denominación, como lo pidieron los vecinos de Floresta que quitaron el nombre de Coronel Ramón Falcón a la plaza allí existente. No fue oído el pedido democrático de los vecinos. La plaza se sigue llamando con el nombre de ese cobarde genocida. Mucho peor todavía: el instituto donde se forman los oficiales de la Policía lleva el nombre nada menos que de Ramón Falcón. Después no sabemos cómo explicarnos lo del gatillo fácil, esos crueles crímenes que sigue cometiendo nuestra policía en las calles de todas nuestras ciudades. Podríamos nombrar todos los muertos civiles inocentes que fueron muertos por el gatillo fácil de la ley, “primero se aprieta el gatillo y después se pregunta”. Las últimas tristes muertes han demostrado la total impunidad de ese poder que tenemos desde hace muchas décadas y que se mueve con sus leyes propias. Sólo nos queda proponer, como primer paso hacia una política de absoluta responsabilidad con la educación de esos uniformados, la eliminación del nombre del genocida del instituto formador de oficiales, el cambio de nombre a esa calle y, luego, hacer un examen de todos los docentes de esos institutos que, al parecer, hasta ahora sólo les han enseñado a sus cadetes a ser dueños de la vida y de la muerte.

Símbolos. Pero que influyen en la vida democrática. Limpiemos también esa memoria tergiversada.

Adrian Camps
Fuente:

” LA LIBERTAD QUE SOLO DA LA VERDAD, de Victoria Donda Pérez “

Para los que no la vieron esta nota salio el sabado en pagina12. Muchas gracias a los que me saludaron por la misma.

Debido a las noticias que han circulado últimamente con respecto a la causa Noble Herrera, donde se trata desde hace ocho años de identificar a quienes han sido inscriptos como Marcela y Felipe, estoy convencida de que habiendo padecido una situación similar siento la necesidad de intervenir en el debate: Marcela y Felipe se han negado a que se les sustraiga sangre para que la misma sea comparada en el Banco de Datos Genéticos a fin de determinar si son o no hijos de desaparecidos.

En la resolución dictada el viernes 28/05, la jueza Arroyo Salgado ordenó la requisa personal de Marcela y Felipe Noble Herrera a los fines de recabar prendas u objetos personales de los jóvenes que pudieran contener su ADN.

Por lo tanto y después de incontables chicanas y dilaciones, por parte de los abogados defensores de la Señora Ernestina Herrera de Noble y de los abogados que representan a los dos jóvenes, la jueza que interviene en la causa dispuso al mismo tiempo el allanamiento de los domicilios en que se encontraban los jóvenes autorizando al personal policial a interceptarlos en la vía pública. Así consiguieron elementos personales de los cuales se puedan obtener células desprendidas del cuerpo a fin de llevar adelante el análisis que determine su filiación.

No voy a juzgar si está bien o mal que Marcela y Felipe se nieguen a hacerse el análisis, a mí me llevó ocho meses y muchas lágrimas decidir hacerlo. Es tal vez una de las cosas más difíciles que me tocaron enfrentar en mi vida y lo pude hacer gracias a mis amigos y compañeros. Cada uno hace lo que puede en esta historia. Por eso estoy convencida de que es el Estado el que debe perseguir este delito que se continúa cometiendo: la sustracción de menores es un delito continuo hasta que ese menor (aunque hoy sea adulto) no aparezca.

No es que un día nos robaron la identidad, nos dieron otra y se acabó. Fue un delito que pasó hace tanto tiempo que parece parte del pasado. Les pido que nos miren a los 101 nietos restituidos (a los que quisieron saber y a los que tomaron otra decisión en la vida) y piensen realmente si nosotros somos parte del pasado.

Ninguno de nosotros es parte del pasado, como no lo son nuestras Abuelas, esas mujeres para las que no tenemos más que palabras de agradecimiento; gracias por habernos buscado, porque gracias a ellas, ciento y un personas adultas podemos decirles nuestros nombres, por qué los elegimos. Nos regalaron eso, la posibilidad de elegir, y para elegir no hay otro camino que el doloroso recorrido de conocer la verdad.

Creo que en nuestro país tenemos que pelear para que se terminen todos los delitos, no solo éste, sino todos, pero también éste, porque el secuestro y sustracción de menores es un delito. De hecho, de los últimos nietos encontrados muchos lo fueron por esta aplicación del método de análisis de ADN. Absolutamente ninguno de esos nietos y nietas que se negaron a realizarse el ADN impugnó el allanamiento. ¿Saben por qué? Porque te sacás una mochila de plomo de encima. ¿Saben la tortura que significa no saber quién es uno? ¿Conocen la tortura que significa estar esperando que se muera la gente que uno quiere como sus padres para conocer realmente quién es tu padre? ¿Saben la tortura que significa pensar que mientras uno espera que se mueran sus “padres” se va a morir la abuela o el abuelo, y uno no va a saber quiénes fueron sus papás, porque no se lo van a poder contar? Yo sí.

Por eso también estoy segura de que lamentablemente la forma de terminar con este delito no es la mejor; se debe exponer a las víctimas a situaciones desagradables, no voy a discutir tampoco con Marcela y Felipe si estuvo bien o mal el operativo en el cual se les solicitó prendas personales para llevar adelante el ADN, y no lo voy a hacer porque aunque haya sido con el mayor de los cuidados no me cabe duda de que lo vivieron así como lo contaron, así como si fueran perseguidos, como si fueran víctimas de una causa judicial que empezó hace ocho años. Lamentablemente no es así, son víctimas desde que fueron secuestrados. Lamentablemente no fue en ese operativo donde se les violó el derecho a la intimidad. La primera vez que se les violó ese derecho fue cuando los arrancaron de la teta de su mamá. Fue cuando les robaron la posibilidad de conocer la tibieza de la mano de su papá. Esos fueron los primeros momentos en que nos violaron el derecho a la intimidad.

No se me ocurre la ridícula idea de juzgar el amor que sienten por quien sienten como una madre, pero quien te ama te quiere ver feliz y la única forma de ser feliz es siendo libres para poder elegir lo que quieran, quien no conoce no es libre.

Marcela y Felipe: uno no elige el tiempo para venir al mundo, pero debe dejar su huella en este tiempo, no es fácil, es un camino doloroso, pero la única forma de empezar a caminar por otro camino es cerrando éste.

Le pido a la Justicia argentina que terminen con el dolor de estas dos personas. Que cerremos esta causa con los nombres biológicos de Marcela y Felipe, así ellos y todos podremos mirar al futuro con la libertad que sólo da la verdad.

http://victoriadondaperez.org.ar

” FITO PAEZ Y LAS SENSACIONES TRAS UNA SEMANA HISTORICA “

http://www.youtube.com/watch?v=muF8_V9eP84

espectaculos
Domingo, 30 de mayo de 2010

MUSICA

“Aparecieron claramente dos países, el virtual y el real”

Su concierto de cierre de los festejos por el Bicentenario dejó imágenes inolvidables, que se encadenan con ese Confiá que propone su último disco. Fito se anima a lecturas artísticas y políticas, sin temor a que lo miren torcido.

Por Karina Micheletto

Dice que no bajó. Que las fotos todavía flotan, reales. Que, cuando le tocó, trató de estar a la altura de lo que estaba viviendo. Hace unos días protagonizó un momento que pasará a la historia: actuó frente a la multitud más grande que se haya reunido en el país. Dos millones de personas, de fiesta hasta las dos de la mañana, coreando, bailando, saltando, celebrando sus canciones. Fito Páez dice que se siente un privilegiado. Y hace su lectura, sin medias tintas: “Lo que pasó fue tan fuerte que es inapelable”. “Aparecieron muy claramente los dos países, el virtual y el real. El que se intenta tirar desde la pantalla, desde diversos grupos de interés, el de la ‘crispación’, no parece muy real frente a esto que pasó”, interpreta. “Por eso la gente cumplió un papel protagónico fundamental. Vino a decir ‘muchachos, bájense un poquito del carro, que estamos acá’. Fue inesperado para todos.”

Fito tiene un nuevo disco, desde cuyo título dice y se dice: Confiá. No es en respuestas promocionales donde parece estar enfocada su energía. Le interesa, en cambio, hablar largamente del sentido de esa canción, de esa palabra, de cómo inesperadamente conecta con lo que acaba de vivir. En el living de su departamento parecen haber sólo dos cosas fijas, colocadas con amoroso esmero: al fondo, el piano, el estudio casero en el que cuenta que pasa varias horas diarias de trabajo. En la pared principal, los cuadros de su hijo Martín, de 11 años, que estallan en colores. Vuelven, su hijo, su hija, una y otra vez, en la charla con Página/12. Porque están en su vida, explica. “Y porque son los que hacen que esto se ponga cada vez mejor.”

–“La gente en la calle, qué hermosa.” La crónica de este diario rescató esa frase suya en el recital de la 9 de Julio: fue muy conmovedora la manera en que la dijo. ¿Qué se le pasó en ese momento por la cabeza?

–¡¡Uff!! Muy fuerte, sí. A mí también me llamó la atención cuando lo vi, después. Pensé: ¿qué fue esa frase allí? Y claro, era el recuerdo de la adolescencia, lo que era no poder estar en la calle hasta el ’83. Se te vienen cosas de la historia, la de todos. Uno no sabe por qué hace las cosas en una situación como ésa, es tan border que no tenés mucho control sobre lo que sucede. Pero aparecen estas cosas que son profundas. Era muy potente ver esa cantidad de gente disfrutando, un poco a la manera brasileña. Era estar en la calle siendo dueño de la calle. Eso fue lo que más me emocionó: la libertad. Es una palabra grande, pero es inevitable ir a buscarla cuando uno ha atravesado tantas coyunturas políticas y sociales. Cuando ves esa alegría, esa multitud con buena leche, sin un solo hecho de violencia… Eso no se puede explicar, está arriba de todos nosotros. Y ser parte de eso, ser el chamán de ese gran momento, fue un gran privilegio, un hecho muy conmocionante. La sensación era: ¡Qué lindo, qué bueno! ¡Se puede estar relajado y gozándola!

–No sólo lo sorprendió la cantidad de gente, sino la manera en que la gente estaba.

–Seguro, y muchas cosas me aparecieron pensando en eso. Primero, creo que la coyuntura política es algo. Esto no se podría haber dado en otra coyuntura, eso es innegable. Hay algo allí, de cómo están funcionando las cosas, que lo habilitó. Por otro lado también se comprueba que la idea de la crispación está pichicateada por los medios, es una idea que en la realidad no se comprueba.

–¿Cuál es entonces el sentido político y social que le da a la movilización de mayo?

–Para mí fue una clase de civilidad. Un gran grupo de gente le dijo a la clase política y empresarial: ‘Muchachos, estén a la altura de las circunstancias, miren que acá tenemos ganas de que funcione bien’. Ese es el trazo grueso que puedo sacar de estos días, fue una gran puesta en escena espontánea. Podemos hacer otras lecturas de lo que fue la puesta en escena de la 9 de Julio, y la puesta en escena de la inauguración del Colón, con todo ese tilinguerío. Ese contraste hacía todo muy obvio, casi burdo. Estaba todo contado ahí. Hubo otra puesta en escena de Macri con los agravios a Cristina Kirchner. No se puede hacer eso con alguien con investidura presidencial. En ese sentido, se ve también la vulgaridad de ese discurso.

–Lo van a acusar de kirchnerista.

–No, soy un ciudadano que hoy no encuentra dónde participar políticamente, pero que no por eso deja de ver cosas que para mí son claras, aunque la pantalla me diga otra cosa. Para mí este gobierno, por primera vez de una manera tan clara en los últimos 30, 40 años, evita que el reparto vaya sólo para las cien familias a las que les tocó siempre la torta. Y eso genera una gran conmoción, aparecen los conflictos, obvio, se está poniendo en duda un sistema. ¡Cómo quieren que haya ‘conciliación’, como piden en la tele, cuando los intereses son opuestos! En fin, hago estas lecturas con la mejor buena leche, pero sin venir a dar clases de nada a nadie, no es lo mío. Yo me dedico a escribir y a hacer música.

–Pero será consciente de que está ocupando un rol haciendo estas lecturas, siendo un artista popular.

–Como no tengo una mirada mesiánica de mí mismo, me siento parte del grupo. Opino, nada más: ‘Che, para mí esto es así, si la reparten entre más, se agradece, ¿eh?’. Entiendo que la política es el gran teatro, pero mi labor es intentar mirar el hueso de las cosas del corazón, y en la música intentar conocer el lenguaje y expresarme con eso. A veces eso le toca a mucha gente, a veces no. Y lo que pido, como ciudadano, es que el rigor que uno tiene en lo que hace lo tenga la dirigencia. Esos seis millones de personas congregadas en estos días indicaron que hay deseos de que las cosas funcionen bien. Lo que les estamos diciendo con esto es: “¡Muchachos, vamos, eh! ¡Déjense de joder!”.

Confiá

Fito Páez sigue hablando de “aquel Bicentenario”, y no sólo de su show de cierre. Del que compartió con Litto Nebbia, León Gieco y otros colegas en el homenaje al rock argentino, de las recorridas que hizo, de la vuelta de Salgán. Y de la música, claro, del oficio y del misterio de hacerla. De cómo jura que no sabe quién escribió “Yo vengo a ofrecer mi corazón” a los 22 años. De por qué “Tumbas de la gloria” es una canción tan buena que no parece hecha por él: “Lo digo siempre en los conciertos, como una excusa para explicar los elementos que encontré ahí adentro”, dice. “Las bajadas de Piazzolla, la melodía de ‘Vete de mí’, o los acordes de McCartney, o Charly, que también me ayudaron a crear todo eso. Después de tantos años, descubro que allí estaban inconscientemente todas las cosas que me hicieron.” Otro descubrimiento que apareció con los años: “Siempre me pareció que la rima, las palabras, en un sentido me ataban en lugar de liberarme”, suelta.

–Está el chiste sobre sus canciones, que hay una sílaba que siempre sobra en la melodía…

(Risas) –¡Las fuerzo, sí! Y lo sigo haciendo, en este disco también. Pero es un tema, hay algo en la rima que personalmente me aburre. Me agota pronto.

–Qué problema para encontrar el estribillo.

–¿Sí, no? Justo me metí con un género que tiene convenciones muy claras. Hace muchos años que no trabajo con estribillos, no porque no me gusten, “11 y 6” es una de las mejores canciones que hice. Pero tenés que seguir tu corazón, aunque te digan que no vende. Si pasa, mejor, pero muchachos, no lo hacemos para eso.

Y entonces aparece Confiá, el último disco de Fito, y también la canción que lo abre.

–El espíritu de su disco conecta con esto que pasó. ¿Qué piensa de eso?

–Que las cosas son extrañas, misteriosas. Esa canción, por ejemplo: la música la hice hace diez años, hice unas veinte, treinta letras, que nunca me gustaban. Hasta que apareció “confiá”, que es la última palabra. Era la palabra clave que me faltaba, en esa chorrada de texto y melódica. Cuando me fui a grabar a La Cumbre fui sin nada. Dije: va a aparecer algo. En esa idea, “va a aparecer algo”, estaba inscripta la idea del título. Vamos a confiar en que las cosas funcionen. Se había tratado de un grupo de gente yendo a un lugar a jugar, y a confiar en lo que íbamos a hacer. Fue la primera vez que hago un álbum así, que no me pregunto tantas cosas, que soluciono los conflictos en el momento. Después aparecieron otras ideas sobre esa palabra, gente que me decía: qué bueno, es una palabra que encierra buena leche. Y después, lo que pasó hace unos días, y esa palabra… Se ve que había algo allí que había que poner en escena.

–Sus hijos parecen muy presentes en el disco, aun sin ser nombrados. ¿Es así?

–Seguro que sí. Los chicos están en mi vida, y mi vida con ellos debe haber sido una de las claves que me animaron a decir: ‘Vamos todos a una casa a grabar, dale, vamos con lo que tenemos’. Esa es la clave que tiran los hijos: que todos los días se aprende algo nuevo, que la vida se está haciendo en ese momento, de eso se trata. Los pibes te enseñan la piedra, el hueso, lo indispensable. Después, bueno, si la Rolling Stone no te nombra en lo que pasó en los últimos diez años… ¡qué le vamos a hacer!

–Su trabajo puede ser visto como poco compatible con la tarea de padre. ¿Es así?

–Para nada. Yo grabo acá en casa, mis hijos están conmigo casi todo el tiempo, lo comparten. También vienen a grabar: Para hacer Confiá nos fuimos todos a Córdoba con los chicos. Después completamos el trabajo en Trancoso, y Martín vino conmigo. ¡Ayudaba con los cables, micrófonos, por eso figura en el disco como asistente! Mis hijos saben cuando me quedo con mis amigos a la noche, conocen lo que es la vida, y tienen esa vida conmigo. Eso es fundamental para poder escribir, no pensar desde la carrera, que son siempre cosas tan mezquinas y cortitas. ¡La cantidad de veces que he escuchado ‘éste está terminado, éste se acabó’!

–¿Y qué le provocan las malas críticas, lo enojan?

–Cuando era más pibe me enojaba. Ahora ya sé cómo es: estás allí con el material y decís: uy, no, no. Pero igual hay que hacerlo, hay que vivir, salir a la calle. Y en un momento aparece aquello. Lo que dice la canción: vas escribiendo el libro, todos los días. De eso se trata.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-18132-2010-05-30.html

http://www.youtube.com/watch?v=mYvKNcx5B00

“De eso ya se habla” PoR OsVaLdO BaYeR

 BaNdIdA UrBaNa

" BaNdIdA UrBaNa "

Poco a poco, la ética se está adentrando en la interpretación de nuestra historia. Hace unos días, en el propio salón de actos de la Legislatura de Buenos Aires, se realizó un encuentro en el cual se puso el acento en lo que nos pasó a los argentinos en el tratamiento de los pueblos originarios que viven desde hace siglos en estas tierras. Sí, justo allí. En ese edificio, donde hace muy poco se echó la culpa de todos nuestros males a los “trapitos” y a los “limpiavidrios”, se hizo un análisis histórico y se debatió con total amplitud cómo fueron traicionados los principios de Mayo en nuestra historia posterior, basada en el derecho del más fuerte, en el poder de los dueños de la tierra, en los políticos personalistas, en dictaduras militares cada vez más repetidas, y en el atroz proceder racista contra los pueblos originarios.

Se discurrió acerca de la docencia sobre la base de la Libertad y la Verdad, el respeto a los intereses mutuos, y cómo llegar a eso que repetimos al cantar el himno: “ved en trono a la noble igualdad”. Cómo concretar esas sabias palabras de Esteban Echeverría, escritas en 1837: “Asociación, progreso, libertad, igualdad, fraternidad, términos correlativos de la gran síntesis social y humanitaria, símbolos divinos del venturoso porvenir de los pueblos de la humanidad. La libertad no puede realizarse sino por medio de la igualdad, y la igualdad, sin el auxilio de la asociación o del concurso de las fuerzas individuales encaminadas a un objeto: el progreso continuo. El camino para llegar a la libertad es la igualdad. La Igualdad y la Libertad son los principios engendradores de la Democracia”.

¿Dónde quedó esa democracia un siglo después, con la serie de dictaduras militares que llegaron a su más alto índice de abyección con el sistema de la desaparición de personas y el robo de los niños a sus madres? Es increíble. Del pensamiento de Mayo a la picana eléctrica de Uriburu-Lugones.

Lo que nos caracteriza a los argentinos de lo que hicimos con el Pensamiento de Mayo de un Mariano Moreno, un Belgrano o un Castelli, lo tenemos allí: en la Diagonal Sur. A esos pensamientos libertarios, tan libertarios que emocionan, los convertimos en el bronce para hacer la estatua del genocida Roca. Justo un producto de aquella Década Infame que comenzó Uriburu en el ’30 y prosiguieron los políticos de la hipocresía desmandada: el Fraude Patriótico. Y desde ese momento, Roca, el genocida, nos ha marcado el ritmo a los argentinos: no el “ved en trono a la noble igualdad en Libertad”, sino el latifundio, los niños con hambre y las villas miseria.

Sí, fue en el salón de la Legislatura donde –no por supuesto por parte de los legisladores, claro está (aunque algunos de ellos estuvieron en las primeras filas del público dando su solidaridad con los estudios históricos que allí se debatieron)– se realizó esa fiesta de la libertad de ideas y de opiniones. Comenzó con un prólogo de música de la tierra, con esa música profunda, sencilla, como ecos de trinos de mil aves distintas. Y se leyeron poesías acerca de la tierra y su gente escritas por monseñor Angelelli, aquel obispo mártir, asesinado por los uniformados de turno. Ese obispo, además de luchador inclaudicable de los derechos de la gente de la tierra, los describía en idioma poético. Poesías para recitar al compás de guitarras gauchas, para enseñar en nuestras aulas. Angelelli, cuyo cuerpo quedó tirado en la ruta sólo porque quería la dignidad para toda su gente, la gente humilde, de andar pausado que sabe acariciar a la naturaleza.

Decíamos que hay como un renacer de esa temática en las nuevas generaciones. Por ejemplo, lo notamos en las creaciones cinematográficas. Acaba de editarse Octubre pilagá, un documental de Valeria Mapelman. Es el relato de la investigación sobre la masacre cometida en 1947, en el norte argentino, con los pilagás, un pueblo ancestral de aquellas regiones. Cientos de pilagás fueron asesinados en la forma más brutal por la Gendarmería Nacional. Fue en el segundo año del gobierno de Perón. Jamás se ordenó una investigación del hecho. Hay todavía testigos sobrevivientes de la matanza. Con sus rostros se ocupan las cámaras. Tienen la sabiduría del tiempo y hablan pausadamente, sin levantar la voz. Relatan cómo se los encerró en un lugar conocido como La Bomba y se los baleó impunemente. Los ojos tristes, la voz pausada. Detalle por detalle. La sabiduría que va dejando la vejez y la vida humilde. No hablan de venganza, sí de lo injusto. De la incomprensión. Rostros formados con tierra generosa. Nos llevan al lugar. Sí, allí cayeron hombres, mujeres, niños. Desarmados. A tiro limpio les quitaron la vida, sin poder defenderse. Algunos hablan mientras realizan, lentamente, sus tareas. Sí, allí fue, allí están enterrados. Jamás se nos dio una explicación… nada. Los rostros de los niños, que nos miran.

Pilagás. Agua. Tierra. Manos que trabajan en silencio. El eterno canto de los pájaros, sus llamados, sus colores. Y de pronto, la muerte.

De eso no se habla.

Me vienen a la memoria esas palabras inspiradas en el pensamiento de San Martín, de septiembre de 1822, en que el Congreso Constituyente del Perú se expresó así sobre los pueblos originarios: “Nobles hijos del Sol, amados hermanos, a vosotros virtuosos indios os dirigimos la palabra y no nos asombre que os llamamos hermanos, lo somos de verdad…”.

Otro film documental que acaba de ver la luz es Por el camino del malón de la paz, realizado por Diego Romero y Soledad Berttendorff. Es la historia –investigada por el historiador Marcelo Valko– de 176 coyas que caminaron 2000 kilómetros desde Abra Pampa, en Jujuy, a Buenos Aires, a reclamar justicia por el abuso y la explotación en los ingenios, realizado por los terratenientes, y exigir que se les devuelvan las tierras comunitarias de las que habían sido expulsados, en las que habían habitado durante generaciones. Expulsados por los mismos dueños de todo. Cuando llegan a Buenos Aires, Perón los recibe y tres de los indígenas suben al balcón de la Casa Rosada frente a una multitud. Pero luego fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes –sarcástica ironía–, expulsados y llevados en un tren de carga nuevamente de regreso a Abra Pampa. Luego de 53 años del vergonzoso episodio, quedan todavía cuatro “maloneros” con vida. Y ahí está el relato, más todos los documentos de época.

Se nota en los rostros la injusticia sufrida, que no se ha disipado durante tantos años. Ellos, los hijos de la tierra, vejados por los dueños de esa tierra. Un documental para ver en los institutos de enseñanza y en todos los lugares, para el debate. Los peronistas deben todavía a la ciudadanía una autocrítica por estos dos hechos. Lo mismo que por la masacre de Ezeiza y por las Tres A del “ministro” López Rega. También los radicales deben a nuestra sociedad la autocrítica por las masacres obreras de la Semana Trágica, de 1919, por la represión de las huelgas de peones de las estancias patagónicas, de 1921-22 y por la de los hacheros de La Forestal, del mismo año. Y también los socialistas nos deben una profunda crítica por su apoyo a dictaduras militares, como el caso de Alfredo L. Palacios, que fue embajador en el Uruguay de la dictadura del general Aramburu, y Américo Ghioldi, embajador en Portugal de la dictadura militar de la desaparición de personas.

Esas autocríticas benefician a la democracia. Por algo ha sido que nuestro país tuvo tantas dictaduras militares que interrumpieron gobiernos elegidos por el pueblo. Por los momentos débiles de nuestras democracias.

La misma autocrítica tiene que hacerse nuestra sociedad, mediante la convocatoria de congresos de historiadores, que juzguen nuestro pasado de acuerdo con las normas de la ética, del respeto a la vida y de los derechos de todos. Y así acabar con monumentos y nombre de ciudades de personajes que se basaron en el crimen y en el poder económico.

Pero no nos conformemos con el pasado-actual sino que también vayamos a los problemas del hoy argentino.

Me da mucha pena cuando se persigue a la juventud con encarnizamiento. Relato el episodio: el 19 de mayo del año pasado hubo una protesta de grupos políticos argentinos, en el acto de conmemoración de la fundación del Estado de Israel, por la política de este Estado en cuanto a los palestinos. Ante los gritos y los coros de esos grupos intervinieron la custodia propia israelí y la policía local. Fueron detenidos varios de los participantes de la protesta y se hicieron allanamientos no autorizados. De todas esas intervenciones se solicitó además la captura de Roberto Martino. Debemos decir que Roberto Martino, a quien todos llamamos el Negro, no tiene antecedentes penales y siempre vivió en el mismo lugar declarado. Es decir, se ha llegado a una criminalización de la protesta que es exagerada dentro de las libertades que se debe dar en una democracia. El Negro Martino no hizo ni ostentación de armas ni participó de agresiones. Diversos intelectuales, entre ellos el premio Nobel de la Paz Pérez Esquivel, y la misma organización Apemia, que se organizó para el esclarecimiento de la masacre impune de la AMIA, se han pronunciado a favor del cese de la persecución de Roberto Martino.

Una democracia debe dar libertades a la protesta política, es un derecho de todo ciudadano; claro está, siempre que no se llegue a la agresión ni al deterioro de objetos, como es el caso de aquella protesta en la que estuvo presente Roberto Martino.

La democracia no tiene que temer a la palabra aunque venga en coro de protesta, especialmente de jóvenes que desean ser protagonistas de la vida política de un país.

Esperamos, pues, los amigos del Negro Martino, que de una vez por todas se levante su persecución, así él puede volver a sus estudios y trabajo. Es un pedido también a los miembros de la embajada israelí: un pueblo como el de Israel, que ha sufrido en su larga vida tantas discriminaciones y persecuciones, debería aportar aquí su mano abierta a quien sólo expresó su opinión en un acto público.

La democracia también se funda con generosidad, que en este caso sería verdadera justicia.

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http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-143649-2010-04-10.html

“El problema no son los nombres” (PoR LeÓn GiEcO)

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Cuando escuché que iban a poner un escritor como ministro, me puse contento. Es más, en la biblioteca había una biografía de Evita escrita por él, de ahí conocía su nombre. Después uno se va enterando… pero yendo a la lamentable calificación que hizo Abel Posse del rock, me tocó en forma personal, ya que identifica al rock con lo peor de la sociedad.

Soy una persona de 58 años con una familia, con hijos, con nietos. El ser rockero no me impidió armar una vida normal, como la de cualquier ser que trabaja con su sensibilidad y motorizado por un profundo deseo de justicia y de paz.

A esta altura, yo cambiaría “va a estar bueno Buenos Aires” por “qué difícil es gobernar Buenos Aires sin arrogancia, sin autoritarismo y sin descalificaciones”. Porque no creo que el problema sean los nombres, ni Fino, ni Ciro, ni Posse. El problema es Macri, votado por mayoría de los porteños. El problema es Macri, que no es un político, es un empresario que debería haberse quedado en lo que él sabe.