Los nervios de la primera vez

- Papá, ¿seguro que no se va a caer el avión? –me preguntó mi hijo y me reí. ¿Cuántas veces me había hecho yo la misma pregunta? Cien, mil, cada vez que traspasé la puerta de esa nave infernal buscando mi asiento boleto en mano me lo pregunté. Pero por suerte en la respuesta siempre ganó la razón. Es que existen muchísimos argumentos para apaciguar el miedo: se muere mucha más gente en accidentes de tránsito que por viajar en avión, los pilotos chequean y vuelven a chequear que todo esté en orden antes del despegue, nunca supe de ningún conocido que hubiera sufrido un accidente fatal durante un vuelo, si fuera algo tan frecuente las azafata cobrarían millonadas, yo mismo viajé semanalmente durante los últimos cuatro años y jamás nada. Pero para mi hijo era la primera vez y lógicamente dudaba.

- No te preocupes, todo está pensado para que lleguemos a destino sin ningún problema. No existe ningún medio de transporte más seguro que el avión –aventuré. Para mi sorpresa no insistió con el interrogatorio, con mi palabra le bastó. No pidió cifras ni explicaciones profundas. Si papá dice que no se cae, no se cae, ese fue el razonamiento de mi hijito.

Llegó al asiento con una sonrisa gigante, estaba fascinado con la idea de volar. Quiso estar del lado de la ventanilla. “Para saludar a mami cuando pasemos por arriba de casa”, me dijo. La explosión la sentimos todos pero fue él el que primero vio el fuego saliendo de la turbina. Mirá papá –dijo casi entusiasmado-, se incendia. El avión se ladeó y perdió altura rápidamente. Las azafatas corrieron desesperadas a sus asientos y se ajustaron el cinturón de seguridad. Una de ellas lloraba, otra rezaba. Todos gritaban, yo lo hubiera hecho pero la mirada fija de mi hijo me lo impidió, todavía conservaba el gesto alegre aunque tenía los ojos excesivamente abiertos. “No pasa nada, los pilotos son expertos”, le dije devolviéndole la sonrisa. Algunos bultos volaron por el aire, uno me golpeó la cabeza. Comenzó a faltar el oxígeno y cayeron las máscaras. Hice lo que había visto infinitas veces en un video: coloqué primero la del niño y dije Dios mío. Él retiró la máscara de su boca un instante sólo para decirme “te hiciste pis, papá”. Sentí un calor intenso, vi las llamas acercarse, vi cómo se retorcía mi hijo, cómo se hacía pequeño buscando alejarse del fuego y lo vi estirar los brazos hacia mí. Lo abracé fuerte, ya era una llaga, no se movía, quedamos adheridos, pegados, derretidos. Y luego todo se acabó.

Final de recorrido

Nos subimos a un colectivo de la línea 194 Plus tentadas por lo que habíamos visto desde afuera a pesar de la oscuridad interior de los coches: asientos nuevísimos y confortables, pocos pasajeros siempre sentados, cortinas… a eso se sumaba la velocidad asegurada por la escasa cantidad de paradas y el aire acondicionado. Pero lo que más le había llamado la atención a mi hija, motivo por el cual me había insistido hasta el cansancio en que cuando fuéramos para Plaza Italia tomáramos el 194 Plus, habían sido los ojos del colectivo. Es un detalle gracioso que tienen todos los micros de la línea: en el panel luminoso delantero, el que va de lado a lado del coche y se ubica justo encima del conductor, donde se indica a los transeúntes el número de colectivo y las estaciones terminales, aparecen cada cierta cantidad de segundos un par de ojos gigantes de color azul que se abren y se cierran para luego desaparecer dando paso a los números y las letras que brindan la información consabida. Eso y el colorido del exterior, propio de una invitación a una fiesta infantil.

El micro olía a nuevo, a viaje largo. Comprobamos también que dentro no había ningún tipo de luz artificial y que la que entraba de afuera llegaba apaciguada por los vidrios polarizados. Pagué los boletos, que cuestan dos pesos se vaya hasta donde se vaya, y nos acomodamos en el asiento largo del fondo. No estábamos solas, bastante más adelante iba un señor de mediana edad que parecía dormido.

A las tres cuadras mi hijita ya se había quedado dormida, su cabeza apoyada sobre mi falda. Íbamos por Pueyrredón cuando vi una sombra acercándose a nosotras e instintivamente tomé a la pequeña por los hombros. No nos habíamos detenido nunca así que supuse que era el hombre que había visto antes, el único pasajero que nos acompañaba. Se sentó al lado y comenzó a decirme algo en un susurro (le entendí poco, eran preguntas, por qué, las dos solas, a quién se le ocurre) y lo vi perfectamente tomando a mi hija de una pierna. Desesperada, grité pidiendo ayuda y con fuerza intenté arrebatársela acercando el cuerpito de ella al mío. Suplicándome que me callara, el hombre se paró, me puso una mano en la boca y con la otra me tomó por la cintura y me corrió hacia el pasillo. Comencé a arañarlo, a pegarle por donde podía. Él se alejó de mi hija con la idea de defenderse de mis golpes y entonces la vi desaparecer, absorbida por el mullido asiento, con los ojos apenas abiertos, despertando. Fue un instante y ya no quedaba rastro de mi chiquita, apenas algo en el aire, un perfume dulce que sólo yo podía identificar.

El hombre me soltó y sin ocultar su desaliento me dijo “ya está, olvídese de ella”. Caí de rodillas sobre la alfombra azul, todavía impecable, del pasillo. El chofer avisó que ese era el final del recorrido, frenó y el colectivo lanzó un bufido de satisfacción.

Bravísima

“Ahora sí, jefe, con mi nuevo invento dominaremos el mundo”, gritó J.P. Smith al irrumpir sin permiso en la reunión secreta que organizaba semanalmente la cúpula de la CIA. White -que en ese momento trataba de convencer a sus subordinados sobre la conveniencia de secuestrar a Carmen Barbieri para obligarla a decir la verdad sobre los hechos que los ocupaba-  paró de hablar. Johnson, Williams y Brown, el negro, giraron para ver quién había logrado llegar hasta esa oficina oculta en el décimo subsuelo sorteando todos los controles. “Uf, es Smith otra vez”, dijo Johnson, el oficial encargado de asegurar la privacidad de los encuentros. “Usted es un idiota, Johnson, todas las semanas lo mismo -le recriminó White-, ¿es que jamás podremos terminar este asunto que perjudica tan gravemente a nuestro agente secreto Santiago Bal?”. La preocupación de White no era en vano, si no resolvían el asunto rápido iban a tener que ‘chupar’ al showman (imprescindible agente de la CIA), borrarle los recuerdos, darle una nueva identidad y trasladarlo a otro destino, un procedimiento que sin dudas enojaría al mismísimo presidente Obama, fiel admirador de Bal. Johnson empezó a excusarse como todas las semanas, pero Smith elevó la voz y logró imponerse. “Escuchen, no importa cómo llegué. Lo bueno es que estoy acá para presentarles mi último invento que promete marcar un antes y un después en nuestras investigaciones, que revolucionará el actuar de la CIA, que nos permitirá -de una vez por todas- dominar el mundo entero empezando, por supuesto, por todo el elenco de Bravísima”, dijo a los gritos, y de un salto se subió a la mesa en torno a la que se habían congregado los agentes para mostrarles una cajita pequeña. “¿Saben lo que tengo acá? ¿Tienen idea de qué secreto de la robótica guardo en este diminuto cubículo?”, continuó, entre nervioso y extasiado. “Smith, Smith -lo interrumpió Brown-, ya hemos visto cómo fracasaban sus anteriores inventos. Ni el mosquito capicúa, ni la vaquita de San Antonio reflexiva, ni la babosa tartamuda sirvieron para nada… Sigamos con lo nuestro, muchachos”, propuso. Pero con un “callate negro”, White volvió a darle la palabra al loco de Smith no tanto porque creyera que su nueva creación iba a ayudarlos a conquistar el mundo sino más bien para desautorizar a Brown. Smith agradeció al jefe con un ademán y continuó: “Imaginen a nuestros enemigos sitiados por un robot minúsculo, capaz de inmiscuirse en todo aquello que nosotros queramos. Imaginen un ser del tamaño de la cabeza de un alfiler, pero indestructible, asediando a Carmen Barbieri, picándole las partes, metiéndose en el conchero, obligándola a contar lo que sabe de una vez por todas. Señores agentes, con ustedes… ¡la pulga metálica!”. “A ver”, dijo White y de un manotazo le arrebató la cajita. “Con cuidado, jefe”, advirtió Smith, pero ya era tarde: la pulga metálica saltó y rebotó -“tic”- contra el vidrio de la mesa y de allí a la alfombra azul de la oficina. “Cagamos”, dijo Williams.

En Buenos Aires, la risa demencial de Carmen Barbieri anunciaba un nuevo día.

Abducción

Manuel no está aunque su madre lo vea, en realidad está mirando su casa de lejos… De repente los ve venir, son dos, tres, cuatro OVNIS. Se detienen; de su base brotan luces, la casa parece elevarse…

 

Te lo dije veinte veces, no te lo digo más: salí-deahí-Manuel-deunavez. Parecés un perro ahí metido abajo de la mesa. Pero un perro bebé, un perro bobina, porque uno de seis años -grande como vos- no haría una cosa así. Yo de soltera tenía un perro… ¿Te acordás del Coli, Ramón? Qué te vas a acordar. Tu padre no se acuerda, pero el Coli era inteligentísimo, divino, rubio, con el pelo laaaargo, era MI perro. Era un perro muy Torres, bien del tipo de mi familia, nada que ver con los Campo, nada que ver con vos o con tu padre. Los Torres somos otra cosa, el mismo apellido te lo dice: Tooorrrreees, hacia arriba, se eleva… En cambio Campo, ¿hay algo más chato, más nada de nada que un Campo? La comida ya va a estar. ¿Qué hago Manuel? ¿Te la tiro abajo de la mesa querés? Mirá que yo te la tiro y listo eh, comé del piso como un perrito. Nooo, si en esta casa están todos locos, no hay uno normal. Justo, mirá, ni que la hubiera llamado. Ahí la escucho, ahí está entrando la roñosa de tu hermana. Hola nena, saludá por lo menos. Venís a cualquier hora, toda despeinada, con los ojos rojos como dos tomates, aunque sea hacete la simpática… tenés pasto entre esas rastas inmundas, por dónde te habrás revolcado, qué asco. ¿Y ahora adónde vas? No te vayas que ya vamos a cenar, además te estoy hablando. Estamos charlando acá, como una familia que somos, ¿no Ramón? Decí que tu padre no habla que si no sabés cómo te levantaba en peso en dos segundos. Ma’ sí, andate a tu pieza, pudrite encerrada, hacé lo que quieras… pero yo también eh, yo también un día voy a hacer lo que quiera y entonces van a ver, solitos se van a quedar: vos, tu hermano/perro y el lisiado de tu padre, a ver quién le limpia el culo al señor Ramón Campo, a ver quién lo va a bañar, quién le va a masajear las piernas. No, si yo me voy les doy una semana de vida, se mueren los tres enseguida. Toooorreeees, con ese apellido yo estaba llamada a otros destinos, no sé qué pasó, no sé cómo fue. ¡¡¡¡Manuel, me vas a volver loca!!!! ¡¡Salí de ahí, no te lo digo más!!

Escritores

Estoy concentrado pero no me Salinger nada. Encima me pidieron que el texto estuviera listo para el Sábato, con lo cual debo terminarlo el Verne. Anoche escribí algo y cuando empecé a Cortázar lo que estaba feo, me quedé en Bolaño otra vez. Salí a tomar Aira (hacía mucho García Lorca); di Dos Passos y al final Girondo y Voltaire. “Siempre lo mismo, no Skármeta más”, me dijo mi esposa que no entiende por qué no me Samaniego a estos trabajos. “Cervantes unos mates”, le pedí, pero se puso a leer. “¡Asimov! -la reprendí- No me García Márquez el texto. Con las manos transpiradas me Burroughs todo. Andahazi a la cocina”. Saccomanno y se fue pero ya me había Machado todo. Volvió con una Fuentes. “Comé algo -me ofreció-. Traje Caparrós, Pizarnik, Le Carré…”. Elegí una milanesa. “Está Laiseca y Marguerite Duras”, le recriminé. “No será algo de Lautreamont pero tampoco es Kafka. Te Conan Doyle lo que hay”, contestó, y se quedó hablando Emile Zola…

La fecha estaba Cercas así que llamé a la editorial. Me atendió el Capote en Pessoa. “Me gustaría Pérez Reverte hoy para charlar sobre el texto”, dije y le expliqué que una semana era poco, que yo no era un Saramago (siempre le Villoro para dar pena). “El Sábato, sin falta”, me gritó. “Sí, sí, Ishiguro; está Vian. Sólo que hace mucho que no Quevedo”, mentí. “Tolstoi para idioteces. ¿Entendés Castellanos Moya? Benedetti el Sábato y no Esquivel bulto”, dijo antes de colgar.

Ya es jueves y si no termino, el editor me Vila-Matas. ¡Qué Nervo!

A la distancia

Estoy recostada en la o, en la cuna que se arma naturalmente en su parte inferior. Desde acá puedo pegar un salto hacia el renglón de abajo y pararme sobre el punto de la i, o colgarme de la cola de la g para descender. Seguir bajando hasta el último renglón es fácil si me agarro de las eles y me tiro como por un caño.

También puedo caminar sobre el filo de la hoja, y mirar la hilera de letras que se pierde hacia la costura del centro. A veces me mando por el margen hasta abajo y me entretengo con el paginado: recorrer los números una y otra vez puede ser interesante cuando se está rodeado de letras.

Subo y bajo, subo y bajo, y ahora creo que es tiempo de dar vuelta la página. Me paro en una esquina, me mojo las suelas y me pongo a correr hasta que debajo puedo empezar a ver lo que sigue y entonces, con esfuerzo, tiro la página vieja para atrás y empiezo otra vez. Camino por encima de las palabras, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, bajando sólo en los espacios para tomar aire. Después salto y empiezo con otro renglón. Algunas veces, cuando llega un punto, paro, me recuesto, lo uso de almohada. Otras, retrocedo.

Parecerá increíble, pero a pesar de tener tan recorrido este libro, no logro comprenderlo. Creo que va a ser necesario alejarme un poco, tomar distancia para captar el conjunto porque así, me pierdo.

Heroína

Habrá sido porque iba pensando en la presentación que había estado escuchando, o porque la última y tal vez única vez que había ido a la Biblioteca Nacional tenía, fácil, 20 años menos y ya no recordaba sus vericuetos, no sé, pero la suerte quiso que al abandonar el Auditorio Jorge Luis Borges me distrajera y bajara más allá de lo debido. Cuando me quise dar cuenta estaba entre la hemeroteca y otra sección para mí imposible de identificar, en el subsuelo. Y sola. Era tarde y no había por la zona ningún guardia, o si lo había no lo vi. Así y todo no tuve miedo. “No tengo miedo”, me dije, y ya que estaba me entretuve investigando la zona. No me alejé mucho de la escalera por la que había llegado, sin embargo en un momento la perdí de vista. Sí vi en un rincón otra larguísima que iba para abajo, más abajo. De puro curiosa, me interné por el pasadizo. Desemboqué en un cuartito diminuto de uno por uno como mucho. Nada había allí a excepción de una puertita que me llegaba al mentón. La empujé con fuerza y se abrió. Agachando la cabeza caminé por un túnel oscuro algunos metros hasta tropezar con una valla mínima que separaba al estrecho pasillo de una sala imponente y mal iluminada. El silencio era apenas quebrado por un leve tic tac. Frente a mí pude ver una máquina inmensa, llena de resortes y engranajes, un poco oxidada pero que aparentaba estar en perfecto estado. Era un mecanismo complejísimo y se parecía más a un invento de Leonardo da Vinci que a un aparato de nuestro tiempo. Giré alrededor del gigantesco artilugio, de cuyo centro emergían cuatro vigas de hierro articuladas que recorrían radialmente la sala y se perdían en el techo. Volví a prestar atención al incesante tic tac porque el sonido estaba desacompasado respecto del de mi corazón, que iba a mayor velocidad. Traté de descifrar de dónde venía ese latido externo pero me fue imposible. En cambio di bastante rápido con una palanca de metro, metro y medio de largo, de cuya punta pendía un cartel escrito a mano en letra de imprenta y que decía “para desactivar la máquina, tire de la manija”. Por su posición comprendí que el aparato estaba en marcha y supuse con razón que prueba de ello era ese tic tac continuo. Empezaba a ponerme nerviosa, temía que se hubiera hecho demasiado tarde y que cerraran las puertas, dejándome ahí encerrada hasta la mañana siguiente o por años. Ya estaba retrocediendo cuando la maquinaria crujió estruendosamente. Giré sobre mis talones. Unos metros más allá, de una especie de garita, emergió Clorindo Testa. Me escondí tras una tuerca de enormes dimensiones y desde allí escuché que el arquitecto decía con voz lúgubre: “Ya es hora, la tortuga finalmente va a caminar. Tantas calibraciones no fueron en vano, las patas de mi artefacto comenzarán a moverse esta misma noche, justo para el cierre de los festejos por el Bicentenario”. Al borde del desmayo me imaginé a ese gigante de hormigón despegando sus extremidades del suelo y avanzando por Avenida del Libertador, pisando autos y gente a su paso, metiendo sus zarpas dentro de los edificios para alimentarse de libros de diverso tipo, y defecando tinta de todos los tiempos. Salí de mi escondite a los gritos, empujé a Testa y corrí hacia la palanca. El suelo comenzó a temblar primero débilmente y luego con fuerza, lo cual dificultó el desplazamiento del arquitecto y facilitó mi tarea. Con el peso de mi cuerpo logré poner el aparato en off.

No sé cómo encontré el camino de regreso a la superficie. Ya no quedaba nadie en el edificio más que la gente de seguridad. A la pasada pude escucharlos hablar del temblor entre risas nerviosas, pero preferí no contarles nada. Cuando estuve afuera tuve que prender un cigarrillo para relajarme; antes de abandonar el predio lo apagué contra una de las columnas que sostiene a la extraña construcción, aprovechando una grieta que parecía de reciente factura.

El alud

Hasta hace apenas unos años yo era un tipo normal, como usted. Ahora creo estar padeciendo algún maleficio o una terrible enfermedad. Todo empezó con un largo pelo negro que excedía los límites del orificio nasal izquierdo en varios centímetros, y que un conocido -no sin asco- me señaló en la puerta de la iglesia. “Tenés un pelo”, me dijo. Yo me puse bizco pero no vi nada, me toqué por encima y tampoco alcancé a agarrarlo, pero en cuanto llegué a casa me fui corriendo al baño a mirarme. El pelo tenía tal extensión que casi me rozaba la línea superior del labio. Tiré con todas mis fuerzas y tras varios dolorosos intentos logré arrancarlo.

Digo que todo empezó ese día porque poco tiempo después los pelos largos que salían de la nariz eran como siete, algunos de un lado y otros del otro. Podía casi chupármelos. Más tarde fueron 20 o 30 y luego más, y el mismo fenómeno comenzó a producirse en mis orejas: de los agujeros y de los lóbulos brotaban como alpiste unos bellos grisáceos, largos y encerados.

Pronto comprendí que estaban unidos al cuero cabelludo: cuantos más de estos pelos me arrancaba, más pelado me iba quedando. Paralelamente una serie de cambios se fueron operando en mi piel y a nivel subcutáneo, a paso un tanto más lento pero igual de irreversible. Yo lo llamaría ‘efecto derretimiento’ o ’síndrome gelatinoso’: aparecieron como colgajos, al principio pequeños y luego de mayor espesor, en la zona del abdomen, las tetillas, los antebrazos y los muslos. Para que se dé una idea del grosor de estos dobleces le cuento que debajo de uno de los de la panza es posible esconder una cereza, una frutilla o cualquier otra fruta pequeña. Este síntoma dérmico vino acompañado de una serie de manchas desperdigadas por todo el cuerpo, de inquietantes tonalidades marrones y verdosas. Los huesos se atrofiaron o algo así, y un buen día me vi caminando como una marioneta y demasiado despacio como para lanzarme a cruzar una avenida solo.

Comenzó a resultarme harto complicado bañarme así que decidí lavarme por partes, pero los problemas con mi vista -que se había ido deteriorando casi sin que lo notara- impedían (e impiden) hacer una limpieza a fondo. Y poco a poco se me fueron acumulando unos ‘friguyis’ indelebles en los pliegues.

Ante tanto cambio me olvidé de la existencia de mis órganos sexuales y un día, cuando los miré, casi no los vi: se habían achicharrado y toda la zona estaba realmente sucia y olorosa.

¡Claro que fui a muchos médicos! ¿Me cree si le digo que todos coinciden en que este desastre en que me he convertido es algo natural e inevitable, como un alud? “Vaya, vaya abuelo”, me dicen. “¿Abuelo de quién?”, les contesto. Y me voy, claro que me voy.

El enano que llevamos dentro

Es bien sabido que todos llevamos un enano dentro, una réplica exacta de nosotros mismos pero que no supera el centímetro de altura y que nunca mide menos de seis milímetros.

Además de copiar sus rasgos y proporciones, el enano también es igual a su portador en lo psicológico. Así es que se comporta dentro nuestro tal como cada uno de nosotros lo haría si le hubiera tocado estar de ese lado. No es ni bueno ni malo y hace lo que puede en el breve y solitario universo que le tocó habitar.

Cada enano tiene sus costumbres, que pueden variar un poco de uno a otro pero, en general, responden a patrones similares.

El mío suele alojarse en la zona de la nuca, donde tensa los tendones del cuello y los anuda entre sí, luego engancha sus minidedos en uno y en otro alternativamente y estira y suelta, como si tocara una guitarra. Otras veces se pone detrás de los ojos y salta sobre los globos oculares -del lado de adentro, claro-, presionando en la medida de lo posible algún que otro nervio. Mi enano es fantástico: puede hacer esa prueba durante cuatro y hasta cinco días seguidos sin inmutarse.

Los enanos también gustan de patear el hígado y a esta altura del año les encanta rastrillar la garganta.

Uno se pasa la vida ahuyentando al enano de aquí y de allá pero el minúsculo ser cada tanto vuelve al ataque, y a la larga va adquiriendo sus ritos y prácticas que repite y repite hasta que un día, cuando uno menos se lo imagina -pero ni un segundo antes de lo que lo haríamos nosotros mismos-, el enano se manda al pecho y desenchufa sin ser conciente de que está determinando su propio fin. Pobre enano…

Paredes

Una mañana se animó y se largó a atravesar la pared pero antes de salir del otro lado se detuvo y miró. Y resulta que lo que vio al interrumpir el traspaso no fue sólo negro, vio el ladrillo, el cemento, las capas de yeso y pintura. Caminó de perfil dentro de la pared y se concentró en percibir el material rozándolo por dentro. Sin dejar de avanzar -iba del comedor al baño y del baño a su habitación, alzándose, reptando por sobre los marcos de las puertas, sin abandonar la pared- llegó a otros departamentos, bajó varios pisos, subió. Y entonces lo asaltó la duda e intentó darse cuenta de qué era lo que se iba desvaneciendo, si su cuerpo o los ladrillos, qué cedía y qué se sostenía firme, ¿o era toda la materia diluyéndose? Deseó que fuera la pared la que se había ablandado por algún motivo, de ser así le avisaría a otras personas: fijate si con tus paredes también pasa, probá con una mano, no intentes pasar la cabeza primero por las dudas… Cuando quiso darse cuenta ya estaba fuera del edificio y se movía con la agilidad de una lagartija por debajo de las baldosas de la vereda y del asfalto, percibía en la espalda una leve presión al paso de otras personas, de las bicicletas y los autos. Quiso bajar más pero no pudo pasar del metro, a esa profundidad el suelo se volvía duro, infranqueable. Arañó la tierra, golpeó con los puños, no pudo. Se indignó, se desilusionó, perdió confianza en sí mismo. Pretendió incorporarse, salir de allí para caminar como todo el mundo, tampoco pudo. Sintió como si le hubieran puesto una tapa. Empujó con los brazos y con las piernas pero le resultó imposible ir más allá de las baldosas. Supuso que si había entrado por la pared de su living tal vez debía salir por el mismo lugar. Se deslizó de memoria hasta su departamento y una vez allí, muerto de miedo y sin demasiada convicción, intentó salir de la pared: los bordes del muro volvían a marcarle el límite, como antes de que se animara a entrar, pero con la diferencia de que esta vez lo que quería era salir. Quiso volver todo a aquel estado primario, a ese que le había permitido ingresar, deshacerse o deshacer la pared, pero no lo logró. Se conformó con reptar por entre los muros y lógicamente no salió.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de ente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog