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Jesús de los perdidos: ¿acaso Jesús no era nuestro? / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. (Lc. 19, 1-10)

Jericó es la gran ciudad de entrada a la provincia de Judea para los peregrinos que vienen de Galilea. Por eso no pueden dejar de mencionarla Marcos ni Mateo ni Lucas. Para Marcos, el episodio clave en esta ciudad es la curación del mendigo ciego Bartimeo (cf. Mc. 10, 46-52). Para Mateo, esta curación no es de un ciego, sino de dos, que al unísono piden la piedad de Jesús (cf. Mt. 20, 29-34), y no sucede dentro de Jericó, sino saliendo de la ciudad. Finalmente, Lucas pone al ciego antes de Jericó (cf. Lc. 18, 35-43), e incluye, como material propio, dentro de la ciudad, la conversión de Zaqueo. Para el esquema narrativo sinóptico que comienza en Galilea, desarrolla un camino intermedio y culmina en Jerusalén, Jericó es clave. Esta ciudad hace las veces de bisagra en el camino del Evangelio. Como símbolo del comienzo del final del peregrinaje, resume algo que cada autor haya considerado importante para el discipulado. En Marcos, claramente, Bartimeo es el discípulo-modelo. Para seguir a Jesús hay que ser como ese mendigo ciego, hay que aprender a ver y ponerse en camino a Jerusalén. En Mateo, el mensaje es similar, sólo que se trata de un par de ciegos, y como par, representantes de una humanidad que, al borde del camino, en el margen, sólo puede ser rescatada por la cercanía de Jesús. En Lucas, el mensaje del final del peregrinaje se complejiza. Al ciego se agrega Zaqueo, y juntos forman un díptico que no puede analizarse por separado.

Lo primero que une al ciego y a Zaqueo es la ciudad, Jericó. En ese tiempo, Jericó era una ciudad comercial por la que recorría una de las rutas mercantiles más famosas de Oriente. Era lugar de paso para los mercaderes, y por ello, ciudad cosmopolita y variada. En Jericó convivían ricos y pobres, mendigos y acomodados. En Jericó estará el ciego que pide limosna y el jefe de los publicanos, o sea, el que vive en la miseria y el que vive en la opulencia. La ciudad los une, pero sus condiciones están separadas por una brecha, por un abismo; al fin y al cabo, inteligentemente, Lucas nos dice que la situación de uno es consecuencia de la situación del otro. Hay pobres tan pobres como el ciego porque hay ricos tan ricos como Zaqueo, y la única solución a este problema es la re-distribución de las riquezas, la cual efectuará el jefe de los publicanos al final de la narración. A pesar de las distancias sociales, es Jesús quien llama a ambos, aunque el texto afirma que ambos lo buscan primero. El ciego grita cada vez más fuerte para ser oído; Zaqueo se sube a un sicómoro porque su baja estatura le impide ver a Jesús. En algún punto, Lucas está siendo irónico con buena intención: los personajes creen que buscan al Maestro, pero es el Maestro el que los busca, porque la iniciativa es siempre de Dios. Otro punto curioso de contacto es la oposición o el obstáculo que representa la multitud. Al ciego lo reprenden para que se calle y a Zaqueo lo molesta la turba de gente que, más adelante, murmurará contra él y contra el mismo Jesús. Esta multitud, que cualquiera podría ver como éxito de la prédica jesuánica, resulta ser un estorbo para los que buscan de corazón a Dios. Nuevamente, con ironía, el narrador marca una paradoja: mientras más gente está cerca de Jesús, más difícil es para las personas entrar en contacto con Él; como si le formasen un muro, como si lo privatizaran. La multitud sin rostro parece ser una masa que se mueve según las circunstancias, según el grado de éxito del predicador. Al final, en Jerusalén, los Evangelios recalcarán que Jesús se encuentra solo, y que esa multitud no sólo desapareció, sino que se puso en su contra. Otro tópico importante de coincidencia es la visión. El ciego, sin dudas, quiere recobrar la vista física, aunque su curación sea signo de la recuperación espiritual; Zaqueo, a la par, busca ver a Jesús, y se sube a un árbol para verlo. Zaqueo no es ciego físicamente, pero desea ampliar su mirada, mirar más allá, sobrepasar lo que ve usualmente. El sentido de la curación del ciego se hace evidente en la conversión de Zaqueo, porque la curación, en este caso, es conversión, es cambio de mirada. Por eso al ciego se le anuncia que no sólo ha recobrado al vista, sino que su fe lo ha salvado, y a Zaqueo se le anuncia que la salvación llegó a su casa. Están salvados porque ahora ven de una manera diferente, con otros ojos, con otra apertura; el ciego es capaz de seguir a Jesús hasta Jerusalén y Zaqueo es capaz de dar sus bienes para transformar el mundo.

Hasta aquí la comparación entre la curación del ciego y la conversión de Zaqueo. Pero el texto de hoy puede compararse con otra perícopa, de los inicios del Evangelio según Lucas. Nos referimos a la vocación de Leví (cf. Lc. 5, 27ss). Ambos, Leví y Zaqueo, son publicanos. La diferencia es que el primero es un telones y el segundo un architelones; si fuesen de la misma zona, Zaqueo sería jefe de Leví; este dato determina la situación económica, porque los jefes de publicanos eran los que verdaderamente podían hacer diferencia en riquezas, mientras que los publicanos simples eran asalariados y no ganaban mucho más que sus compatriotas. A los dos Jesús les habla, invitándolos a seguirlo o a darle hospedaje. Los dos responden positivamente. De Zaqueo no se aclara que dé un banquete, pero el solo hecho de recibir a Jesús en su casa implica lo segundo; en el caso de Leví, el banquete es parte importantísima de la narración. Otro dato importante y congruente son las murmuraciones del resto; en la casa de Leví murmuran escribas y fariseos, mientras que en la de Zaqueo murmuran todos los asistentes (¿ese todos incluirá a los discípulos?). Ante las murmuraciones, las frases del Maestro son, esencialmente, iguales: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc. 5, 31b-32); “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10). Se pueden establecer paralelismos entre enfermos-perdidos-pecadores y llamar-conversión-salvar. La conexión ulterior de ambos pasajes, en un principio distintos, por tratarse de un relato vocacional el primero y una conversión el segundo, se unifican en el punto en que una vocación es una conversión, un llamado de Jesús es una invitación a virar el rumbo, a cambiar el camino. Y una respuesta positiva a esa invitación es dejarse salvar, rescatar, liberar. Los llamados vocacionales son episodios de conversión y las conversiones son llamados vocacionales. No es posible quedar indemne al encuentro con Jesús; no es posible seguirlo sin asumir un cambio, y no es posible cambiar sin, explícita o implícitamente, volverse discípulo de Él. Aún sin la mención en voz alta del nombre de Jesús, todo ser humano que cambia su camino en pos del prójimo se ha convertido, y en esa conversión se ha vuelto discípulo. Las acciones de amor se resumen en el Cristo, y nadie permanece ajeno a ese amor, aunque se le manifieste de las formas más distintas.

En el caso de Zaqueo, la manifestación es la persona misma de Jesús de Nazareth, hace dos mil años. La conversión del jefe publicano resuena en la estructura literaria de la perícopa. Al inicio de la misma Zaqueo es un hombre rico que sube al sicómoro porque es petiso. Al final, Zaqueo baja del sicómoro, queda pobre entregando la mitad de sus bienes y devolviendo cuatro veces a los perjudicados, y su estatura espiritual ha crecido sobremanera. Zaqueo pasa de arriba del árbol hacia abajo, de baja estatura a una alta estatura espiritual, de hombre rico a pobre que comparte con los pobres. Toda la escena se ha convertido. Más sutil aún, la perícopa comienza afuera y culmina dentro de la casa, símbolo eclesial. Zaqueo ya no está por fuera del hogar jesuánico, sino que ha encontrado su lugar a pesar de las murmuraciones. Lo ha encontrado porque lo ha buscado. Quizás sin saberlo, o con un fuerte impulso de su corazón, deseaba convertirse. La escena se desarrolla como una búsqueda que comienza en el obstáculo de la multitud y la necesidad de subir a un lugar más alto para ver al Maestro. Buscar y ver. Ambos verbos son importantísimos en los Evangelios y en el simbolismo neotestamentario. Dentro del Evangelio según Lucas, la búsqueda primera es la de los padres desesperados porque han perdido a su hijo en el Templo (cf. Lc. 2, 44.45.48.49), a Jesús lo busca la multitud (cf. Lc. 4, 42), los que llevan el paralítico buscan la manera de acercárselo (cf. Lc. 5, 18), Jesús asegura que el busca encuentra (cf. Lc. 11, 9-10) y que el que busca el Reino de Dios encuentra lo demás por añadidura (cf. Lc. 12, 31), sus oponentes buscan la manera de matarlo (cf. Lc. 19, 47; Lc. 22, 2.6) y a las mujeres del sepulcro vacío se les pregunta por qué buscan entre los muertos al que está vivo (cf. Lc. 24, 5). En cuanto al verbo ver hay incontables referencias, pero mencionaremos como destacado que los pastores van a ver al niño (cf. Lc. 2, 17), que a Simeón se le había prometido no morir hasta ver al Mesías (cf. Lc. 2, 26), que una promesa escatológica es que todos los hombres verán la salvación de Dios (cf. Lc. 3, 6), que Simón Pedro se echa a los pies de Jesús cuando ve el milagro de la pesca (cf. Lc. 5, 8), que su madre y sus hermanos quieren ver a Jesús, pero no pueden por la multitud (cf. Lc. 8, 19-20), Herodes quiere verlo también (cf. Lc. 9, 9; Lc. 23, 8), cuando el pueblo ve que el ciego recuperó la vista, alaba a Dios (cf. Lc. 18, 43), al final de los tiempos se verá al Hijo del Hombre venir sobre una nube (cf. Lc. 21, 27), la multitud regresa golpeándose el pecho al ver la crucifixión (cf. Lc. 23, 48), los discípulos de Emaús abren sus ojos tras el pan partido y pueden ver claramente (cf. Lc. 24, 31).

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Zaqueo busca porque quiere ver. Se sube al sicómoro porque desea el contacto visual con el Maestro Jesús, ese profeta itinerante que recorre Palestina. Quiere encontrarse con Él. Sin embargo, la paradoja del texto es que Jesús levanta la mirada para verlo y es el Hijo del Hombre el que busca lo perdido para salvarlo. La iniciativa es de Dios, siempre. Él mira primero y busca antes que nosotros; gracias a eso, nosotros podemos buscarlo y verlo.

La declaración final de esta perícopa es una lanza para la vida y misión de la Iglesia. Buscar lo perdido para salvarlo. En la historia hemos entendido esta misión de diversas maneras. Una forma dolorosa fue creer que buscar lo perdido era colonizar, y que la colonización traería salvación. Eso fue una evangelización de imposición, y por lo tanto, no fue evangelización, pues no hubo Buena Noticia. En realidad, no habíamos salido a buscar lo perdido, sino a quedarnos con lo que encontrábamos. La propuesta de Jesús es muy superadora. Se trata de mirar donde la multitud no se animar a ver; mirar en los márgenes, en los despreciados, en los ciegos al borde del camino y en los jefes publicanos excluidos religiosamente. Se trata de acercarse al rico, no para codearse en su mesa, sino para liberarlo de las riquezas. No está salvado el rico porque posee bienes materiales, sino que es un perdido más, un enfermo. La evangelización es una tarea liberadora que tiene como principal tarea, liberar la mirada. El ciego al borde del camino recupera la vista y puede seguir a Jesús hasta Jerusalén, donde morirá. Zaqueo quiere ver, pero no puede ver con claridad hasta que el Hijo del Hombre se hospeda en su casa, en su corazón. Allí se abre su mirada, su visión se amplía, y el dinero le parece un estorbo. Dará la mitad de sus bienes a los que no tienen, a los que oprimió tanto tiempo, y devolverá por cuadruplicado a los perjudicados. Se ha liberado.

¿Cómo alcanzar esa evangelización en la Iglesia? ¿Cómo ir a buscar los perdidos para liberarlos y no conquistarlos? ¿Cómo no encerrarse? Porque, en definitiva, la aplicación más directa de esta metodología jesuánica consiste en superar el cerco reductor de templos, parroquias y comunidades sectarias. Las multitudes, en el Evangelio, en lugar de permitir que los marginales lleguen a Jesús, los alejan. Jesús tiene que romper el cerco de la multitud para llegar al ciego o a Zaqueo. ¿No son un poco así nuestras Iglesias? ¿No se prefiere el confort de los que ya conocemos? Si somos los justos, que Dios esté aquí, entre nosotros. Pero resulta que el Hijo del Hombre es médico para los enfermos y es buscador de los alejados. Es sintomático ver cómo, en la grilla de actividades pastorales, el grueso del tiempo y recursos se dedica a lo que ya tenemos, a alimentar un círculo donde siempre son los mismos con las mismas tareas en los mismos horarios todos los años, y el tiempo y recursos dedicados a lo que no es puramente religioso es reducido. Muchas comunidades priorizan la búsqueda de catequistas cada comienzo de año, aunque nadie se dedique a la misión callejera; es preferible, dicen, mantener lo que ya existe funcionando, que desviar recursos a algo que no tendrá tanto éxito.

¿Y los perdidos, los enfermos, los ciegos, los Zaqueos? Allí están, en los bordes del camino, en el margen de la sociedad, gritando, subiendo a los sicómoros para ver a un Jesús que tenemos encerrado en el templo, y con la puerta bajo llave, porque en estos tiempos de inseguridad, no se sabe cuándo entrarán a robarlo.

Palabra viva / Sábado de Gloria – Ciclo C – Lc. 24, 1-12

El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. Entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará.” Y ellas recordaron sus palabras.

Regresaron, pues, del sepulcro y anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que referían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas. Pero a ellos todas aquellas palabras les parecían desatinos y no les creían. Con todo, Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio los lienzos y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido. (Lc. 24, 1-12)

 

Cada evangelista tiene su tradición pascual, y sin embargo, todos tienen una misma experiencia central. Para Marcos, Mateo, Lucas y Juan, es coincidencia la tumba vacía encontrada por las mujeres (cf. Mc. 16, 1-4; Mt. 28, 1-4; Lc. 24, 1-3; Jn. 20, 1). Para la tradición joánica, sólo María Magdalena va al sepulcro esa mañana; en Marcos se añaden María la de Santiago y Salomé (las mismas tres nombradas en Mc. 15, 40, mirando la cruz); Mateo elimina a Salomé y sólo son dos las asistentes; Lucas, finalmente, aumenta el número de mujeres sin precisar la cantidad exacta. Para él, fueron María Magdalena, Juana, María la de Santiago y las demás (¿dos, tres, diez?). Estas mensajeras lucanas recuerdan el inicio del capítulo 8 del Evangelio, cuando se nombran las mujeres que acompañaban a Jesús mientras recorría itinerantemente la Palestina: “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc. 8, 2b-3). Ellas eran discípulas, tanto como los Doce. Habían subido desde Galilea con Él, habían compartido su forma de vida, habían oído sus enseñanzas. Por eso los hombres con vestidos resplandecientes las exhortan a recordar las palabras de Jesús, recordar cómo les había hablado. Les están pidiendo memoria. Aquí aparece un juego de palabras en el texto griego. El verbo recordar es mnemoneuo, y la palabra para referirse a la tumba es mnemeion, que más exactamente significa memorial, y por extensión, monumento (o tumba). En griego, la acción de recordar y el sepulcro tienen la misma raíz. A partir de la muerte, entonces, es posible hacer memoria sobre la vida; a partir de un monumento que parece ser la morada final, es posible re-pensar la existencia. Porque es la tumba vacía no es la palabra final; la tumba vacía interpela la historia pasada y la futura; es más, hace que lo pasado se proyecte hacia sus dimensiones escatológicas. Cuando se hace un memorial, no se congela un momento para retenerlo y detenerlo; el memorial es poner en movimiento, es recordar para seguir, es asumir para dispararse hacia el futuro. En la tumba de Jesús, las mujeres discípulas tienen que hacer memorial de la Palabra para que la Palabra se siga haciendo presente.

Como dijimos, los cuatro evangelistas coinciden en una tumba vacía y en mujeres. Pero a partir de aquí, las mediaciones a ese acontecimiento varían. Si en Marcos la primera mediación es asumir que el Crucificado es el Resucitado (cf. Mc. 16, 6), en Mateo es creer que el poder de Dios ha levantado a su Mesías (cf. Mt. 28, 2-4), y en Juan se trata de creer sin haber visto (cf. Jn. 20, 5-8.29), en Lucas la mediación principal parece ser la Palabra. Para creer hay que recordar lo que dijo el Maestro. Recordar que anunció su pasión, muerte y resurrección (cf. Lc. 9, 22.44; Lc. 13, 32-35; Lc. 17, 24-25; Lc. 18, 31-33); cosas que los discípulos, mientras iban subiendo a Jerusalén, no podían comprender. Pero ahora pueden hacerlo, a la luz de la tumba vacía. Y no sólo eso. Es necesario recordar su mensaje del Reino, porque sólo desde el entendimiento correcto de ello la muerte tiene sentido. Sabemos que no tiene sentido una muerte por capricho de Dios, pero sí lo tiene la muerte que es provocada por el pecado estructural de un mundo que no acepta la Buena Noticia de Dios. El Padre envió a su Hijo a anunciar la vida plena, y por eso lo matan. De una muerte así se deduce la resurrección. Si pensamos que Jesús muere porque Dios exige sangre para satisfacer su hambre, entonces la resurrección es algo añadido, un bonus, pero no una consecuencia ni de la vida ni de la muerte. ¿Para qué resucitar a quien ya cumplió su propósito? En cambio, si la muerte sucede por anunciar la vida, es lógico que Dios dé la vida a quien confió plenamente en ella y a quien se entregó por la vida de los otros. Por eso es tan importante, en la interpretación lucana, la mediación de la Palabra. Durante el capítulo 24 del Evangelio se recuerda que era necesario que se cumpliera la Palabra (cf. Lc. 24, 7.26-27.32.44-47), y gráficamente, el autor nos demuestra cómo el hecho pascual abre las inteligencias de los discípulos para entender la Escritura.

A partir de la Palabra y de su entendimiento, es posible reconocer la identidad real de Jesús. En esta perícopa se le adjudican tres títulos: Señor, Viviente e Hijo del Hombre. La construcción gramatical Señor Jesús se utiliza solamente en esta oportunidad dentro del Evangelio. Anteriormente, Jesús fue llamado Señor por Simón Pedro (cf. Lc. 5, 8; Lc. 12, 41; Lc. 22, 33), el leproso (cf. Lc. 5, 12), el centurión (cf. Lc. 7, 6), Santiago y Juan (cf. Lc. 9, 54), unos anónimos (cf. Lc. 9, 61; Lc. 13, 23), los setenta y dos enviados (cf. Lc. 10, 17), Marta (cf. Lc. 10, 40), sus discípulos (cf. Lc. 11, 1; Lc. 17, 37; Lc. 19, 34; Lc. 22, 38.49), el ciego (cf. Lc. 18, 41), Zaqueo (cf. Lc. 19, 8) pero Señor Jesús hace referencia a Señor Dios (cf. Lc. 1, 16.32.68; Lc. 4, 8.12). Se trata de un título teo-lógico, aplicado a Yahvé, sobre todo utilizado por la traducción Septuaginta. El otro título que mencionamos es el de Viviente. Cuando los hombres de vestidos resplandecientes preguntan por qué buscan entre los muertos al que está vivo, podría traducirse por qué buscan entre los muertos al Viviente (al que vive). Esto tiene sentido si pensamos en la tradición veterotestamentaria del nombre YHWH, con su centro articulador en el episodio de Moisés con la zarza ardiente, cuando Dios responde que su nombre es Yo soy el que Soy (cf. Ex. 3, 14), o sea, el que existe siempre, el que está siempre, el que vive siempre, el Viviente. Dios es Vida y dador de ella; Dios es eterno, y por eso, es el Siempre Vivo. A Jesús resucitado se le aplica el mismo título. Nuevamente, es un título teo-lógico. Jesús comparte la vida de Dios y ya no muere más; Jesús vive siempre en presente, por la eternidad. Finalmente, el último título es Hijo del Hombre. En este caso, los hombres con vestiduras resplandecientes recuerdan lo dicho por Jesús en su ministerio. Jesús habla constantemente del Hijo del Hombre (cf. Lc. 5, 24; Lc. 6, 5.22; Lc. 7, 34; Lc. 9, 22.26.44.58; Lc. 11, 30; Lc. 12, 8.10.40; Lc. 17, 22.24.26.30; Lc. 18, 8.31; Lc. 19, 10; Lc. 21, 27.36; Lc. 22, 22.48.69), la gran mayoría de las veces en tercera persona, haciendo alusión a su poder (de perdonar, de disponer del sábado), a las tribulaciones que pasará (será entregado, torturado, asesinado) y a la glorificación futura (será elevado, se sentará a la derecha de Dios, regresará). Este título es, por lo tanto, cristo-lógico y antropo-lógico, o sea, habla de la realidad crística y de la realidad humana de Jesús. Resucitado, es el verdadero Hijo del Hombre que vence la muerte, pero que tuvo que atravesarla (condición humana), para encontrarse ahora glorificado (condición divina).

 

En la Pascua hacemos anamnesis. La Pascua es un recuerdo activo que transforma la actualidad. ¿Qué pasaría si la tumba vacía fuese un hecho circunscrito a un puñado de mujeres de hace dos mil años? ¿Qué podría significar eso para mí hoy? ¿No estarían histéricas o perturbadas por la muerte de un ser querido? En opinión machista, ¿no es típico de las mujeres hacer ciertos escándalos cuando no pueden lidiar con algo que las sobrepasa? Y sin embargo, ellas son las primeras en hacer la anamnesis. Lc. 24, 8: “Ellas recordaron sus palabras”. Recordaron que el Hijo del Hombre debía morir, pero recordaron también que, siendo indignas en su sociedad, Él las había amado y les había dado su lugar. Recordaron que explicaba el misterio de Dios a los Doce y a ellas por igual. Recordaron que la gente decía muchas cosas sobre este soltero que caminaba por Palestina seguido de mujeres, pero que a Él realmente no le importaba demasiado ese chusmerío. Recordaron su libertad y sus actos. Recordaron su praxis liberadora. Seguramente, María Magdalena llegó a la profundización de lo que le había sucedido tiempo atrás, cuando el Maestro expulsó los siete demonios que la atormentaban. Él le había devuelto la vida, y ahora Dios se la devolvía a Él para siempre. Sin dudas que Jesús era el Viviente. Por eso había muerto y seguía estando.

La anamnesis compromete. Un acto conmemorativo lo hace cualquiera. Pero asumir el nuevo orden de la Pascua y aplicarlo en lo concreto es un desafío que incomoda. Pascua no es la histeria de unas locas. Pascua es la derrota de la injusticia que crucificó al Justo, es el mártir que derrama la sangre por el Evangelio, es el pobre que es promovido humanamente, el leproso admitido en el culto, la mujer que se re-inserta con dignidad, el pecador perdonado. Pascua es un acontecimiento de toda la historia en general, y de cada segundo en particular. Pascua es el encuentro con la tumba vacía, con la Palabra mediadora y con el Resucitado. Ese encuentro lo afecta todo. Me afectó ayer, me afecta hoy y me seguirá afectando. Por eso es anamnesis y no ocurrencia.

Una evangelización que difunda un mensaje del pasado, solamente de ayer, sin incumbencia para hoy, es muerte. ¿Qué Buena Noticia se queda quieta en el pasado? En cambio, la evangelización pascual es que la tumba vacía puede encontrarse hoy, que la Palabra habla de mil maneras, y que el Resucitado es el que vive, el que está, el que acompaña. La Buena Noticia es vida. Fue vida para las mujeres, para los Once, para miles y miles de varones y mujeres de la historia. Es vida para nosotros y lo será para los que vendrán. Quizás no hemos entendido eso porque fallamos, no tanto en la anamnesis, sino en el conocimiento de la Palabra. Nos creemos discípulos, pero no hemos escuchado al Maestro. ¿Cómo recordar, pues, lo que nunca oímos? ¿Cómo hacer memoria de lo que no habíamos prestado atención? Pretendemos explicar la Pascua desde la Pascua y nada más, o explicar la muerte en la cruz desde la misma cruz, cuando es la vida del Viviente y su mensaje lo que se nos invita a rememorar. Si Jesús estuviera aún en la tumba y peregrináramos todos los años a ella, el gesto sería emotivo, pero nada más. Si Jesús dejó una tumba vacía, como lo creemos, es porque no debemos encontrarlo en un monumento, sino en la vida. Entre los pobres, moribundos, agonizantes y oprimidos, Jesús es el Viviente que se revela desde la muerte injusta. Por su mensaje del Reino lo matan, por su fidelidad a ese Reino resucita. ¿No será el Reino, entonces, la mejor manera de hacer anamnesis? ¿No será dando vida al que no la tiene? ¿No será comprometiéndose hasta entregarse como Él?

¿Hijo pródigo, padre misericordioso o hermano fariseo? / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 15, 1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos.” Entonces les dijo esta parábola:

Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.” (Lc. 15, 1-3.11-32)

La parábola del padre misericordioso (mal llamada del hijo pródigo), no es un texto aislado en Lucas. Cuidadosamente está ubicada en el capítulo 15, junto a otras dos parábolas, la de la oveja perdida (cf. Lc. 15, 4-7) y la de la dracma perdida (cf. Lc. 15, 8-10). Las tres parábolas están contadas en un contexto preciso: Jesús rodeado de publicanos y pecadores (cf. Lc. 15, 1) y fariseos y escribas que lo critican por comer con esta clase de gentes (cf. Lc. 15, 2). La tradición ha llamado a esta sección las parábolas de la misericordia, porque de una u otra manera, el amor/gracia de Dios se manifiesta superando los límites previsibles. El pastor deja noventa y nueve ovejas para buscar una sola; la mujer da vuelta la casa hasta encontrar la dracma; el padre recibe al hijo menor que se había ido y que había despilfarrado su herencia. En las tres escenas, el tema de la alegría es evidente. La conversión del pecador genera un gozo indescriptible en el cielo, entre los ángeles, y en el mismísimo padre. Hay fiesta y celebración porque los muertos regresan a la vida, los extraviados encuentran el camino, los perdidos son encontrados. Hay fiesta y celebración porque el amor es más grande que el mal.

La liturgia saltea los versículos de las dos primeras parábolas y, acertadamente, nos deja comunicados los versículos de la introducción con el relato del padre misericordioso. A partir de esta unificación es más fácil entender hacia dónde apunta la parábola. En el Evangelio según Lucas, hay tres referencias a Jesús comiendo con publicanos y pecadores. La primera es la de Lc. 5, 29, en casa de Leví, seguida de las murmuraciones de fariseos y escribas (cf. Lc. 5, 30). La tercera es la de Lc. 19, 1-10, en el episodio de Zaqueo, donde Jesús se hospeda en casa del jefe de los publicanos (es evidente que comió allí); la gente murmura por este comportamiento. La segunda referencia es la que leemos hoy, con la misma estructura de siempre: Jesús come con los impuros y los supuestos puros murmuran y critican su actitud. Por lo tanto, las tres parábolas de la misericordia no son sólo mensajes para los pecadores, y quizás sean todo lo contrario: mensajes para los que practican el farisaísmo, para los que se creen justos y condenan a los demás. Precisamente en el relato del padre misericordioso, que es una parábola compuesta por dos partes, la primera hasta Lc. 15, 24, y la segunda hasta Lc. 15, 32, es la sección final la más importante. El centro de interés no es la conversión del hijo menor, sino la conversión que no quiere realizar el hijo mayor. El menor se arrepintió, volvió, y aceptó ser hijo digno nuevamente. El mayor no se comporta como hijo ni como hermano; él necesita aprehender la enseñanza. Basados en el contexto que ya citamos, el hijo mayor se corresponde a los fariseos y a los escribas. En clave hermenéutica, el hijo mayor se puede corresponder con cualquiera de nosotros.

Pero veamos el centro de la estructura literaria, que corresponde al padre y a su recepción del hijo menor que volvió. Esta recepción y las actitudes que la acompañan son lo que irrita al hijo mayor, que no está tan molesto con el hermano como con su progenitor, incapaz de castigar, juez injusto que no sobrecarga con penas el pecado que se ha realizado en su contra. Seguramente, el hijo mayor no tendría problemas en recibir a su hermano si éste fuese reducido a la condición de jornalero y recibiese un trato de inferioridad. Pero lo que hace el padre es todo lo contrario. Al verlo venir de lejos, como si lo estuviese esperando, oteando el horizonte, se conmueve. La palabra en griego para esta compasión es splagcnizomai, que puede traducirse casi literalmente como ser movido en las entrañas. Splagcna designa las vísceras, los órganos más internos. Es una compasión que se manifiesta hasta físicamente, con un nudo en el estómago, por ejemplo. Es la compasión que nace de lo profundo. El mismo término es utilizado en Lc. 7, 13 cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín que ha perdido a su único hijo, y en Lc. 10, 33 para describir el sentimiento del buen samaritano de la parábola respecto al hombre asaltado y maltratado por los salteadores. Es la compasión que mueve a la acción efectiva, que revive y que asiste al prójimo. En el caso del padre, es la compasión que lo pone en movimiento, que lo hace correr, como corre Zaqueo para ver pasar al Maestro (cf. Lc. 19, 4) y Pedro para ver el sepulcro vacío la mañana de resurrección (cf. Lc. 24, 12). En la cultura mediterránea, a un hombre notable no se le permitía correr, pues era indecoroso. Sin embargo, eso no es impedimento para el padre. Al llegar ante el hijo menor, se echa sobre su cuello, se deja caer sobre él, y lo besa efusivamente. La palabra griega para este beso es katafileo, la misma con la que se describe en Lc. 7, 38 cómo la pecadora pública besa los pies de Jesús tras haber derramado lágrimas y perfume sobre ellos. En Hch. 20, 37, nuevamente se utiliza el vocablo cuando los presbíteros de Éfeso se despiden de Pablo, arrojados sobre su cuello y afligidos porque ya no lo volverían a ver. Katafileo, entonces, no son besos decorosos, sino expresiones genuinas y pasionales de amor. Son los besos que no se dan por compromiso, sino por un sentimiento verdadero, en situaciones extremas.

Todas estas acciones del padre no son sólo expresiones arrebatadas. Son provocaciones del amor que siente por su hijo, y al mismo tiempo conductoras del status restituido, de la dignidad recuperada. Un status y una dignidad que tienen sentido porque el amor del padre no está estructurado bajo las categorías humanas. En la cultura mediterránea del siglo I, si un padre acogía a uno de sus hijos libertinos sin castigarlo, en cierta medida se hacía partícipe de ese libertinaje. Su deber como padre era imponer una sanción. En la parábola, el padre parece desentendido de esas usanzas. Su alegría es superior a cualquier disposición social. Su hijo menor, muerto y vuelto a la vida, perdido y hallado, tiene derecho a la dignidad sin condena. Por eso le hace poner el mejor vestido, un anillo y sandalias. El vestido es, figuradamente, la configuración de la persona, aunque de manera no figurada, la manera de vestir puede reflejar la personalidad. Para Pablo, debemos revestirnos con fe, caridad y esperanza (cf. 1Tes. 1, 12), y nuestros cuerpos corruptibles serán revestidos en la resurrección con inmortalidad (cf. 1Cor. 15, 53-54). Pero sobre todo, los cristianos somos revestidos de Cristo (cf. Rom. 13, 14; Gal. 3, 27), como también lo expresan las cartas deutero-paulinas (cf. Ef. 4, 24; Col. 3, 10). Ser re-vestido, nuevamente vestido, es asumir un nuevo ser. Por otro lado tenemos el anillo, símbolo de autoridad. El anillo de los reyes contenía el sello real, con el que se rubricaban los dictámenes, las leyes, las cartas, etc. Tener un anillo es tener la autoridad para firmar lo que se dispone, y que esa firma tenga valor. Cuando Faraón instituye a José como su mano derecha, se quita el anillo de su mano y se lo da (cf. Gn. 41, 42), haciéndole saber que “sin tu licencia no levantará nadie mano ni pie en todo Egipto” (Gn. 41, 44b). Finalmente, tenemos las sandalias. Sólo los hombres libres pueden utilizar calzado; los esclavos van descalzos. Las sandalias, antiguamente, eran símbolo de posesión de la tierra, por eso Moisés debe descalzarse frente a la zarza ardiente (cf. Ex. 3, 5), porque ese suelo es sagrado, no le pertenece, es de Dios. Estar calzado es ser libre y propietario, dueño de uno mismo y de donde pisa.

El hijo menor recupera algo más que comida. Recupera dignidad, y recuperándola vuelve a la vida. Eso es lo que celebra el padre. Ha triunfado el amor. Hay un esclavo menos en el mundo. Es justamente ese amor el que elimina la esclavitud y devuelve la vida. El hijo mayor, por supuesto, no lo entiende. Su recriminación es que ha estado siempre junto a su padre cumpliendo las órdenes, y ahora llega éste que se había ido por su propia decisión y todos festejan, cuando deberían castigarlo. La pregunta que el hijo mayor no realiza a su padre es por qué no lo castiga. Sabe la respuesta, y eso le aterra. Entiende que lo único que está en juego para su padre es el amor; lo demás es accesorio. Para él es al revés: el castigo del pecador está primero, lo demás es accesorio.

Esa actitud farisaica del hijo mayor no es sólo de algunos fariseos históricos. Es de muchos cristianos actuales. Hay que estar bien parados para admitir que el Padre ama de más. Hay que conocer lo suficiente a Dios como para suponer y creer que para Él estamos todos invitados a la fiesta, porque todos somos hijos. Si el problema es que no hemos entendido de qué clase de filiación se trata, entonces la cuestión es otra. Si creemos que los verdaderos hijos son los que ven al Padre como un juez administrador de castigos, nos equivocamos; si creemos que la relación con el Padre debe ser de acatamiento y no de amor, estamos equivocados; si hemos inventado un complicado juego de reglas que deben ser cumplimentadas para acceder más tarde (mucho más tarde) al novillo cebado, también estamos equivocados. Los hijos pueden comer el novillo cuando sea, porque lo que es del Padre, también es nuestro. Los hijos no se enojan cuando los perdidos son encontrados, cuando los muertos vuelven a la vida. Ese aumento de hijos no significa que haya menos para compartir, sino que ahora hay alguien nuevo para hacerlo. Eso es motivo de suficiente alegría, en el cielo y para los ángeles. ¿Podrá serlo para nosotros? ¿O preferimos refunfuñar desde afuera creyendo que estamos adentro? Porque para ser verdadero hijos, más que acatar las órdenes de un padre, tenemos que reconocer que tenemos hermanos.