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Los cananeos también sufren / Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 15, 21-28 / 14.08.11

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.

Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”. Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada. (Mt. 15, 21-28)

Siguiendo el Evangelio según Mateo, la liturgia nos presenta el relato de la mujer cananea con su hija endemoniada. El autor ha conservado este relato de la tradición marquiana (cf. Mc. 7, 24-30), pero son notables los cambios y añadidos que ha realizado. Mientras Marcos sólo contextualiza en Tiro y dentro de una casa, Mateo menciona también a Sidón y parece dejar la escena al aire libre, con una mujer que viene corriendo por el descampado clamando piedad. La mujer de Mateo habla, se expresa, grita, pero extrañamente, siendo pagana, exclama conceptos muy judíos sobre el Mesías, asociándolo a la línea de sucesión davídica. Aquí introduce Mateo un añadido no menor, donde los discípulos y Jesús parecen tener un micro-debate sobre la primacía del judaísmo respecto al Reino, en paralelo a la mujer. Lo que los discípulos plantean es que la despida, que la atienda rápido, sin demasiadas vueltas. La frase de Jesús es apabullante: su misión está entre los judíos. Esto no viene de la versión marquiana y, claramente, responde a la comunidad mateana formada, en su mayoría, por judíos convertidos al cristianismo. De alguna manera, Mateo se ve ante la tremenda tarea de conjugar su auditorio numéricamente superior en materia de raíces judías, con los paganos que se acercan a la comunidad. ¿Cómo recibirlos? ¿Corresponde a las comunidades judeo-cristianas hacerse cargo también de los paganos convertidos? ¿Hay que tener comunidades separadas: judeo-cristianos por un lado y pagano-cristianos por otro? ¿Son compatibles ambos tipos de cristianismo? ¿Acaso Jesús no era judío y había llevado adelante su misión en Palestina exclusivamente? Son planteos gigantescos para las primeras comunidades. Marcos parece no tener tan candente el problema como Mateo. La resolución marquiana es más tajante y seca, sin rodeos. Mateo abre el beneficio de la duda, que es resuelta a lo largo del Evangelio, pero que no deja de ser semilla de incomodidad. La conclusión del libro es abiertamente universalista: el Resucitado envía a sus discípulos a evangelizar a todas las naciones (cf. Mt. 28, 19). Pero la duda está latente. Esta duda abrió la puerta para que los investigadores del Jesús histórico asuman la hipótesis de que el Maestro itinerante galileo nunca sobrepasó los límites de su nación. Que, verdaderamente como lo expresa Mateo en este pasaje, se sintió enviado sólo a las ovejas de Israel. Esta práctica netamente judía de Jesús habría desconcertado a muchas de las primeras comunidades que, impulsadas por el Espíritu, descubren la apertura a los paganos como bien querido por Dios. La práctica de Jesús, obviamente, era una práctica abierta, superadora de los modelos nacionalistas y centrados en la práctica religiosa específica, pero eso no significó que la Iglesia asumiera su misión universal inmediatamente. Hay un salto grande entre la Buena Noticia anunciada al pueblo elegido desde siempre y la igualdad de posición frente a la realidad salvífica entre judíos y paganos. Este salto grande se conserva como discusión en esta escena mateana. El Jesús que aquí se nos presenta, como también en la versión de Marcos (aunque más acentuada en Mateo), es demasiado judío para nuestros gustos. Sin embargo, el autor ya ha tamizado esta visión con la inclusión de la escena del centurión romano que, en Mt. 8, 5-13, pide la curación de su sirviente. Como en esa ocasión, los que vienen con el pedido son paganos que llaman Señor a Jesús y que lo sorprenden por su inmensa fe. De igual manera, en ambos, el milagro parece ocurrir a distancia. Estos paganos interceden por otro y no logran un beneficio personal, sino un beneficio para un tercero. Así parecen haber entendido la clave del Evangelio: darse al otro, por el otro, por el prójimo.

Para recalcar la situación de la mujer respecto al dilema del Reino (si es exclusivamente judío o pueden participar de él los paganos), el autor nos sitúa en la región de Tiro. Según declaraciones de Flavio Josefo, identificándose él mismo como judío, “los tirios son nuestros más enconados enemigos”. Seguramente, por los combates que se dieron entre tirios y judíos en los años sesenta. Pero no bastando esto, Mateo añade que es una cananea. Marcos la denominó griega, sirofenicia de nacimiento, pero no cananea. Canaán es, clásicamente en la literatura bíblica, el enemigo histórico de Israel. La tierra de los cananeos es la que está al oeste del río Jordán (cf. Num. 33, 51), y es la tierra que los que han huido de Egipto deben conquistar comandados por Josué, ya que la tierra que ocupan los cananeos es la tierra prometida por Dios a sus elegidos, desde Abraham (cf. Gen. 15, 18-20; Ex. 3, 8; Jos. 3, 10). El judío ve al cananeo como un ocupante ilegal de la tierra que le pertenece por derecho divino. Por eso detesta al cananeo. Y aún más, llega al colmo de elaborar un relato teológico-político que lo identifica como pervertido desde su origen: es el relato de los hijos de Noé en Gen. 9, 20-27; donde Cam, padre de Canaán e hijo de Noé, ve la desnudez de su padre, por lo cual, cuando éste se entera, lo declara maldito. Así, teológicamente, la escritura judía declara malditos a los cananeos por su tendencia a la perversión. Pues bien, la que se acerca al Maestro implorando exorcismo para su hija es una cananea, una maldita. Mateo ya ha introducido a los cananeos en la genealogía con la que inicia su libro, donde aparece Rajab como antepasado de Jesús (cf. Mt. 1, 5). Rajab es la cananea que ayudó a las tropas de Josué a entrar en Jericó (cf. Jos. 2, 1-8; Jos. 6, 17-25). De la misma forma que nuestra protagonista de hoy, es una mujer que ingresa al pueblo de Dios, aún perteneciendo a un bando supuestamente enemigo. Aunque a pesar de su paganismo, Mateo hace que se dirija a Jesús como Hijo de David. Para quien viene leyendo de corrido el libro, la expresión lo retrotrae a Mt. 9, 27, cuando los dos ciegos le gritan a Jesús: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. La curación de los ciegos está enmarcada en un ciclo de curaciones judías que se contienen en el capítulo 9 (el paralítico curado bajo la concepción de la unión entre pecado y enfermedad; la hija de un gobernante; la hemorroísa con doce años de sangrado; los dos ciegos y el mudo endemoniado), junto a discusiones legalistas con los fariseos. Así el mesianismo judaico, de los descendientes del rey David, se proyectan a lo universal. El Hijo de David no tiene una función exclusiva para Israel, sino para todas las naciones, porque el sufrimiento (las enfermedades, las posesiones, el hambre, la guerra) es un denominador común de la humanidad en general.

Los discípulos sugieren despedir a la mujer que grita por el descampado. El verbo empleado aquí, apolou, puede tener una doble acepción en griego: atender o despedir. Pero en la obra mateana tiene que ver casi siempre con el despido (cf. Mt. 14, 15; con el divorcio en Mt. 1, 19; Mt. 5, 31-32; Mt. 19, 3-7-9). Como en la multiplicación de los panes, la opción sugerida por los discípulos es el despido. Que se vayan, que busquen en otro lado. También parece la primera opción de Jesús. Ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, no a los paganos. Al menos no en primera instancia. El pan de la salvación, el pan del Reino, es en primera instancia de los elegidos desde Abraham. Eso quiere expresar la metafórica frase de los cachorros y la comida. No está bien quitar el Reino a los judíos para dárselo a los paganos. La respuesta de la mujer es lúcida. Ella no propone quitar el Reino a unos para dárselo a otros. No propone que el pan deje hambrientos a los que lo tenían para saciar el hambre de los cachorros. Su propuesta es el pan compartido, la mesa compartida. Que no falte Reino para nadie. Esto es lo que altera la escena y el esquema salvífico clásico judío. De una relación temporal (primero comen los hijos, luego los perros) se pasa a una relación espacial (mientras comen los hijos, los perros también lo hacen, al mismo tiempo). La mujer quiere participar de la comida. No es que se conforme con las migajas, sino que constata el hecho de que las migajas ya están siendo comidas por los paganos, entonces, no tiene sentido el planteo temporal. El Reino es el tiempo de la mesa para todos. En este punto, quizás, se encuentre la mayor diferencia entre el relato marquiano y el de Mateo. Mientras el primero deja en claro que Jesús alaba la respuesta de la mujer, lo que ha dicho, el segundo se focaliza en la fe de la pagana. Parece una diferencia sin sustancia, pero es vital. Marcos le termina recordando al lector que esa mujer hizo cambiar el esquema teológico de Jesús, lo hizo replantearse su visión del Reino. Mateo, en cambio, más cuidadoso, prefiere conservar un poco el judaísmo de Jesús y resaltar que la fe de la cananea en un Hijo de David representante del mejor judaísmo (el universalista) es lo encomiable. Como si invitara a sus lectores paganos a adherir al judaísmo jesuánico, y a los lectores judíos a entender la verdadera plenitud de su fe hebrea.

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Los cananeos también sufren. Esa es una constatación de este texto. Los primerísimos enemigos de Israel, los ocupantes ilegales de la tierra prometida, los perversos por naturaleza, también padecen. La hija de la mujer cananea es la muestra. La madre está desesperada por su niña endemoniada. Por el otro lado, se entiende que el Mesías trae el Reino de Dios: un Reino de salud, de paz, de justicia, de bienes abundantes. El Hijo de David viene a poner su presencia (la presencia de Dios) en el sufrimiento. Los que sufren no están solos, abandonados, desprotegidos. Dios está con ellos. Desde estas dos premisas, la escena que leemos hoy plantea la universalidad. Porque el sufrimiento es universal. Sufre el presbítero y el laico, sufre la mujer y el varón, sufre el judío y el pagano, el cristiano y el musulmán, el anciano y el joven. El ser humano sufre. Y Dios no puede ser ajeno a eso. Su Mesías y su Reino no pueden obviar la obviedad. Ahora bien: un Mesías para un grupo en particular no parece una respuesta adecuada de Dios; un Reino para una sola nación deja a millones de sufrientes afuera. El planteo de la mujer a Jesús es la señalización de la falla del exclusivismo. No podemos pensar a Dios (pensar la evangelización) en términos de exclusividad, porque entonces nos alejamos de la realidad de Dios y de su Reino. El verdadero judaísmo es el del Hijo del Hombre universal; y el verdadero cristianismo también ha de ser el universal. Sobre todo, universal en el sufrimiento. Una Iglesia evangeliza en esta línea cuando no pregunta al que necesita ayuda si está bautizado, si se ha confesado o si ya pagó el diezmo.

Los salvados / Vigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 13, 22-30

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.

Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. El respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’. Y él les responderá: ‘No sé de dónde son ustedes’. Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas’. Pero él les dirá: ‘No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!’. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”. (Lc. 13, 22-30)

En el texto que la liturgia nos propone para este domingo resalta, técnicamente, la situación de encontrarnos frente a unos versículos correspondientes a lo que los estudiosos bíblicos llaman fuente Q. Esta fuente surge de las hipótesis sobre la sinopticidad de Marcos, Mateo y Lucas. Según la ya conocida hipótesis de Weisse de 1838, Marcos sería el primer Evangelio escrito, y serviría de fuente para la redacción de Mateo y de Lucas, respectivamente. Estos dos, contemporáneos de escritura, añadirían elementos personales a Marcos y, además, se valdrían de otra fuente en común que no conservamos, y que se ha denominado fuente Q debido a que fuente en alemán es quelle. A partir de allí, las hipótesis sobre forma, contenido y ambiente de redacción de Q se multiplicaron en todo el mundo. Hoy en día, para ser mesurados, basta aceptar las suposiciones de que Lucas sigue mejor el orden de la fuente que Mateo, y que se trataba de una colección de dichos de Jesús, escrita antes de los años 70, pues alberga esperanzas sobre Jerusalén, la cual es destruida en el 70 d.C.

Con este mínimo resumen, es posible embarcarse a desentramar las resonancias Q de la perícopa de hoy, y sus diferencias con la utilización que Mateo hace de las mismas frases en su Evangelio. El primer versículo Q de hoy es Lc. 13, 24, que Mateo sitúa en Mt. 7, 13, dentro del Sermón del Monte. La gran diferencia entre ambos es la palabra griega utilizada para puerta. Mientras Lucas se refiere a la puerta de la casa (thura), para Mateo es la puerta de la ciudad, el portón de entrada en las murallas (pule), lo cual se contextualiza con la imagen del camino que Mateo añade a la puerta. Lucas, en cambio, llevará la imagen directamente al dueño de la casa que cierra la puerta. Los versículos siguientes al que vimos (cf. Lc. 13, 25-27) no tienen paralelo directo en Mateo, pero sí ecos que los relacionan en Mt. 7, 22-23 y en Mt. 25, 10-12, a propósito del Señor escatológico que niega conocer a los que realizaron obras en su Nombre y el Esposo que no reconoce a las jóvenes. La idea de aquellos que creen estar dentro y quedan fuera es dura y repetitiva. Se vislumbra con lentitud que hay una inversión de las seguridades salvíficas con las que Jesús re-plantea la pregunta inicial sobre los que se salvan. Ese re-planteo alcanza dimensiones cósmicas en Lc. 13, 28-29, quien halla paralelo en Mt. 8, 11-12. La frase está ubicada de una manera diferente en cada una de las acepciones, pero el concepto de la universalidad es innegable. Lucas dobla la apuesta mencionando, no sólo Oriente y Occidente, sino también el Norte y el Sur, y poniendo en la mesa, junto a los patriarcas, a los profetas del Reino de Dios. El contexto, si bien difiere escénicamente, coincide en la intención principal y en el sentido profundo del concepto: para Lucas, Jesús es interrogado sobre quiénes se salvan; para Mateo, la expresión está en el marco de la curación del siervo del centurión. Tanto desde la pregunta que presupone la existencia de un pueblo salvado (judío) como desde la sanación de un pagano (no judío), el Evangelio se expande hasta los confines de la tierra, y la mesa escatológica recibe invitados que son muchos y desconocidos. Finalmente, la famosa frase de los últimos y los primeros asienta como sentencia definitiva la realidad. Esta frase, encontrada en Mt. 20, 16, no escapa a Marcos (cf. Mc. 10, 31), y por su presencia uniforme en los Sinópticos remite a pensar que es un breviario interesantísimo del Evangelio. Por alguna razón, la frase no escapó a ninguno de los tres evangelistas; su importancia tiene que remontarse a su poder de síntesis y, casi sin dudas, a su origen real jesuánico.

Esta inversión que propone el Evangelio afecta la médula de la seguridad de los grupos. Tanto como el pueblo judío se consideraba, de hecho, salvado por ser judío, no es menor el sentido de auto-redención que tienen la mayoría de los grupos humanos. Pueblos de diferente cultura y sociedades netamente opuestas se consideran a sí mismas salvadas por la única razón de haber nacido así como nacieron. El derecho de sangre tiene carta de ciudadanía, podría decirse, universal. Al contrario, la universalidad de la salvación parece contrariar a la sangre. Hay un presupuesto que parte de la certeza de la perfección propia en detrimento de la imperfección ajena. Nosotros somos mejores que otros, que el resto. Y el resto no tiene demasiadas posibilidades en el futuro, a menos que intente asimilarse a nosotros, con lo que eso conlleva: aceptar sin chistar maneras, modos, formas y concepciones. En el judaísmo, las naciones están condenadas en su paganismo, pero si aceptan la superioridad judía, se circuncidan y practican la ley prescripta en la Torá, acceden a un cierto grado de participación salvífica. No es una participación plena, impedida por el tema de la sangre, pero es un avance. El tema de la sangre está ligado a la pureza/impureza. Cierta descendencia (en el caso judío es la descendencia de Abraham) es sinónimo de pureza; cierta otra descendencia, es directamente impureza. Se establece así, la existencia de una impureza o corrupción congénita, con lo cual queda desacreditado el Dios Padre. Allí se contraría Jesús con la cosmogonía de sus compatriotas. Si Dios es Padre (esa es la experiencia jesuánica), y ama, y es Padre que ama a todos, no pueden existir buenos por naturaleza y malos por naturaleza. En realidad, el mismo amor divino justifica la idea de que todos los seres humanos tienen un principio de bondad. Si es así, todos tienen el mismo acceso a la salvación, que depende de otras cosas distintas al linaje o la tribu.

La preocupación por la salvación es lógica en cualquier grupo y en cualquier individuo, pero lo que varía notablemente es qué entiende por salvación un grupo respecto a otro y un individuo respecto a otro. Para Jesús, la imagen de la salvación es la del banquete del final de los tiempos donde Abraham, Isaac y Jacob, junto con otros profetas, comen a la par de aquellos que son dignos de esa mesa. Con estos personajes nombrados, no es muy difícil saber qué tipo de personas comerán en esa mesa; los fieles como los patriarcas, los emprendedores, los que se animaron a marchar por un sueño de Dios, los que fueron amigos de Dios, los que profetizaron denunciando la injusticia social, los que fueron capaces de realizar el proyecto del Reino en su historia concreta. No importa si son judíos o paganos, pero sí importa que estén a la altura de los patriarcas y los profetas. No importan sus rituales, sino su empeño en transformar el mundo en concordancia con el Reino de Dios. Para cualquier judío, la mirada escatológica de Jesús es una demencia. Que a la misma mesa se sienten los padres de Israel con algún pagano, y que esa mesa sea eterna, una fiesta sin fin, es terrible. Peligrosamente, Jesús propone la universalidad en un ambiente de exclusivismo. Y trascendiendo el judaísmo, podemos decir que el Evangelio, en este aspecto, sigue siendo un factor de desestabilización para cualquier pueblo de ayer y de hoy. La mesa abierta nunca deja de inquietar.

Lucas no responde con esta perícopa, únicamente, a la pregunta de los primeros cristianos de origen pagano sobre su participación en la salvación; también se refiere al a posibilidad de salvación de los no cristianos. Heredero del judaísmo, el cristianismo no encontrará otra vía alternativa más que la de considerarse el nuevo pueblo elegido en detrimento de los demás. Eso es un peligro porque contraría el Evangelio, que no rechaza solamente el exclusivismo judío, sino todo tipo de exclusivismo que privatiza la salvación. Los términos generales en los que se mueve Jesús (tratar a Dios como Padre, rehabilitar a los samaritanos, entrar en contacto con paganos, criticar las leyes de pureza/impureza) entran en conflicto con los que promueven la cerrazón, antes que con los que piensan diferente. Al contrario, el diferente o diferenciado se siente a gusto con Jesús. El marginal se siente incluido y el pagano salvado. El banquete es escatológico, es una imagen del final de los tiempos, pero se va realizando en aquellos que la creen verdaderamente. Jesús abre la mesa en su presente histórico porque cree, sin vacilar, que en el futuro de la historia existirá un banquete gigante. Su esperanza realiza en el presente el Reino de Dios. Los primeros cristianos tenían dudas que se hacían miedos frente a la posibilidad de quedar fuera de la salvación o la posibilidad de que otros se salven; y ese miedo destruía los intentos de realización del Reino. Erradicando ese temor era posible construir.

La sensación de ser los buenos de la historia, los salvados, es relativa, como toda sensación, y lo importante es que sepamos cuán relativa es. Si no somos concientes del grado de poca importancia que tiene saber cuántos son los salvados, nos cegamos, concentrándonos en lo banal. Nos sucederá, finalmente, como en la parábola, cuando los que quedaron afuera argumentan que han estado cerca del dueño de casa. Sin embargo, esa argumentación es inválida. ¿Quiénes son los que están cerca? ¿Los vecinos? ¿Los que van a Misa todos los domingos? ¿Los encargados de algún área pastoral? ¿Los que realizan grandiosas donaciones? ¿Los que dicen señor cada dos palabras? La cercanía a Dios (o sea, la salvación, el hecho real de estar en presencia amorosa divina) no es algo que pueda medirse sin el corazón y sin el Reino. Por un lado, está cercano a Dios quien tiene su corazón en la escucha atenta de la Palabra (eso es invisible), pero por otro lado, está cercano a Dios quien sintoniza el Reino en su vida (eso es visible). Los cristianos podemos arriesgarnos a creer que somos los salvados (los cercanos a Dios) porque, ritualmente, cumplimos los preceptos. Sin embargo, los que más cerca de Dios están (los salvados) suelen tener ocupaciones más importantes que lo preceptual. Los salvados no tienen tiempo para pensar en la contabilidad escatológica, ni tienen la intención de saber quién quedó fuera y quién quedó dentro. Los salvados saben una cosa: su deseo es que todos estén sentados a la mesa.

Oír hablar en nombre de Jesucristo a personas que promueven el exclusivismo salvífico es aterrador. Y más aterrador resulta ver cómo son escuchados. Antropológicamente, sabemos que los grupos prefieren escuchar que son los únicos y los elegidos en lugar de enterarse de la existencia de un Dios amoroso universal. La preservación del ego, que algunos antropólogos llamarían natural, es contraria a la evangelización. La Buena Noticia es buena para muchos o no lo es. La Buena Noticia merece contarse porque afecta todas las vidas del planeta y no sólo la vida de un minúsculo grupo que prefiere guardársela. La Buena Noticia es centrígufa, y su dinámica alcanza Oriente, Occidente, Norte y Sur. Es una dinámica que excede la geografía y va hasta el corazón. Porque es muy fácil plantear la evangelización desde la conquista: anunciamos la Buena Noticia para que otros se unan a nosotros, los salvados. Lo difícil y evangélico es plantear la misión desde la comunicación que comparte una cercanía de Dios Amor (una salvación): anunciamos la Buena Noticia porque vale la pena que todos conozcan el evento universal del amor de Dios.

La clave para un cristianismo renovado debe estar en el desvelo por la persona concreta antes que por la salvación escatológica de los grupos. No importa si tales o cuales se salvan (según nuestras categorías de cielo e infierno), sino cómo puedo compartir la salvación con el otro, cómo podemos salvarnos juntos. ¿De qué nos valdría encontrarnos en el banquete con los profetas mientras el hermano quedó fuera lamentándose? ¿Eso es una recompensa para nosotros? ¿Eso es un castigo para el otro? ¿No será que la verdadera recompensa es que todos se sienten en la mesa y el verdadero castigo para todos el que uno solo se pierda la comida con los patriarcas? Es osado pensarlo así, pero es la belleza del Evangelio en el que los últimos son los primeros y los primeros son los últimos.

Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 3, 1-6

En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios. (Lc. 3, 1-6)

Así como en Lc. 1, 5 es nombrado Herodes y en Lc. 2, 1-2 son mencionados el César Augusto y Cirino para delimitar las coordenadas históricas de los acontecimientos, el comienzo del capítulo 3 de Lucas, solemnemente, establece el panorama de los poderosos al comienzo del ministerio de Juan el Bautista. De esta manera, el propósito del autor detallado en Lc. 1, 1-4 (ordenar las cosas sucedidas tal como fueron transmitidas desde el principio) se va materializando. No se trata solamente de situar al lector, sino también de afirmar que los acontecimientos del Cristo son acontecimientos encarnados, que en un rincón polvoriento del Imperio Romano, la historia de la salvación se hacía objetiva y se gritaba a viva voz. Veamos, entonces, quiénes son estos personajes detallados:

- Tiberio César: fue el sucesor del Emperador Augusto entre los años 14 d.C. y 37 d.C., pero su reinado comenzó, aunque no oficialmente, unos años antes, cuando comenzó a compartir el poder con Augusto. Si tomamos esta variante, Tiberio habría comenzado a reinar, aproximadamente, en el año 12 d.C. Por lo tanto, la coordenada de Lc. 3, 1 podía situarse entre los años 27 d.C. y 29 d.C.

- Poncio Pilato: fue procurador (gobernador) de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C. Los historiadores como Filón y Flavio Josefo hablan negativamente sobre él cuando lo describen. Aparentemente, se trataba de un anti-semita cruel que, en varias oportunidades, se enfrentó a los dirigentes judíos y, según Lucas, habría asesinado un grupo de galileos durante el tiempo de alguna fiesta israelita importante (cf. Lc. 13, 1).

- Herodes: se trata de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. Fue tetrarca de Galilea entre los años 4 a.C. y el 39 d.C. Según Lucas, será quien aprenda al Bautista y lo mate (cf. Lc. 3, 19-20; Lc. 9, 9), y tendrá una participación casi cómica en el juicio a Jesús (cf. Lc. 23, 7-12).

- Filipo: estuvo en el poder, gobernando Iturea y Traconítida entre los años 4 a.C. y el 33/34 d.C. Lucas no lo volverá a mencionar en su libro.

- Lisanias: aquí hallamos un dato histórico no comprobable actualmente. No se puede identificar a ciencia cierta a este personaje. La referencia más cercana es un tal Lisanias I, rey de los Itureos, bajo el gobierno general de Antonio y Cleopatra, entre el año 40 y el 36 a.C., por lo tanto, fuera de contexto en estas coordenadas lucanas.

- Anás y Caifás: Anás era el suegro de Caifás. Fue sumo sacerdote judío entre los años 6-15 d.C., pero sus contactos políticos eran tan importantes, que logró perpetuarse en el poder a través del pontificado de cinco de sus hijos y de su yerno Caifás, quien pontificó entre el 18 y el 36 d.C. Pero más allá de quien se sucediera en el cargo, el que verdaderamente tomaba las decisiones y manejaba la situación era Anás, y sus familiares (hijos y yerno) le obedecían. Él era el verdadero jefe de Israel.

Es en estas circunstancias que la Palabra divina se dirige a Juan, el hijo de Zacarías. La fórmula utilizada por Lucas para describir el inicio del ministerio del Bautista es típica del Antiguo Testamento. Este recurso de tomar esquemas literarios de las Escrituras hebreas para relatar los acontecimientos cristianos es utilizado frecuentemente por el autor. Así, por ejemplo, las anunciaciones a Zacarías (cf. Lc. 1, 11-20) y a María (cf. Lc. 1, 26-38) llevan la marca, por ejemplo, de la anunciación de Jc. 13, 3-21 sobre Sansón; y el cántico de María, el Magnificat (cf. Lc. 1, 46-55), se asemeja al cántico de Ana de 1Sam. 2, 1-10. En el pasaje que leemos hoy, la imagen de la Palabra divina que viene sobre alguien es clásica de los profetas. A Jeremías “fue dirigida la palabra de Yahvé en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, el año trece de su reinado” (Jer. 1, 2); a Zacarías, “el octavo mes del año segundo de Darío dirigió Yahvé la palabra” (Zac. 1, 1); y Miqueas recibió la “Palabra de Yahvé […] en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá” (Miq. 1, 1). La similitud literaria entre la presentación que hace Lucas de Juan y la introducción de varios libros proféticos, es una señal evidente de que el Bautista es presentado como un profeta al estilo del Antiguo Testamento, entroncando con la tradición de estos hombres de Dios que recibían una revelación para leer la historia en clave divina, para leer los acontecimientos humanos en el marco del plan salvífico. Según Jesús, en el desierto se había presentado un profeta e, inclusive, uno mayor que los profetas (cf. Lc. 7, 26), pues éste es el que concluye el Antiguo Testamento para dar paso al Nuevo, es el que asume el acervo profético de Israel para leer el presente en clave de futuro con esperanza, y por eso, futuro novedoso, futuro de Mesías. La Ley y los profetas llegan hasta Juan” (Lc. 16, 16a), recalca Jesús, posicionando al Bautista en un tiempo que ha pasado, en el contexto de la Antigua Alianza, pero a partir de allí se comienza a anunciar la Buena Noticia del Reino (cf. Lc. 16, 16b), en un tiempo nuevo, diferente, pero enlazado al ministerio joánico. Este es el modelo del profeta que conoce su época y la interpreta. Contra el misticismo y la imaginación de profetas adivinadores o profetas astrólogos, las coordenadas geográficas de Lc. 3, 1-2 nos recuerdan que Juan es hombre en una historia concreta.

Este hombre no sólo entronca con el Antiguo Testamento desde la manera en que ejerce su ministerio, sino también porque da cumplimiento pleno a una profecía de Isaías. La cita que toma Lucas es de Is. 40, 3-5. En los Evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), es una constante la relación referencial entre esta cita de Isaías y la aparición pública del Bautista. Mc. 1, 3 y Mt. 3, 3 toman solamente el versículo 3 del capítulo 40 de Isaías, pero Lucas expande esa cita hasta incluir el aspecto universalista del versículo 5a:“Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá”. El contexto original de este texto isaiano es el exilio israelita en Babilonia. Actualmente, los estudiosos bíblicos dividen los 66 capítulos del libro de Isaías en tres partes: el proto-Isaías (del capítulo 1 al 39, escrito antes del destierro), el deutero-Isaías (del capítulo 40 al 55, durante el destierro) y el trito-Isaías (del capítulo 56 al 66, post-exilio). Por lo tanto, la cita de los sinópticos pertenece a la sección que invita a salir confiados de Babilonia, y esta salida es interpretada como un nuevo éxodo, por eso se habla del desierto. En un principio, el éxodo es cruzar el desierto para abandonar Egipto y llegar a la tierra prometida; ahora se trata de cruzarlo para abandonar el cautiverio babilónico y volver a la tierra antes perdida. Es el grito de esperanza por la liberación.

La tradición cristiana ha reconocido en Jesús al nuevo Moisés del nuevo y perfecto éxodo, el que nos saca de todas las esclavitudes para llevarnos a la liberación definitiva. Juan el Bautista, ciertamente, trae ese grito de esperanza de miles de años y de miles de personas que, de una u otra manera, quieren perder el yugo para llegar a la tierra prometida. Isaías alrededor del año 500 a.C. y Juan alrededor del año 30 d.C. transmiten un mensaje que, en el fondo, es el mismo. Ellos son los portavoces del grito ahogado de millones, ellos son las cuerdas vocales de todos los que sufren la opresión, ellos son los que han descubierto una esperanza pequeña, pero esperanza verdadera. Tiberio es el gran Emperador, el todopoderoso, Pilato es la voz del Imperio en la región de Judea, Herodes es la decisión política del día a día, Anás y Caifás son los grandes directores de la orquesta religiosa; pero la Palabra de Dios se dirige a un hombre que vive en el desierto (cf. Lc. 1, 80), una especie de inadaptado social, un radical de espiritualidad dudosa, un pobre hijo de una familia sacerdotal rural (cf. Lc. 1, 5). Ante la magnificencia de los poderes, los títulos y los nobiliarios, la historia de la salvación se traslada al desierto, se hace exclamación profética. Dejando de lado los palacios, las sedes gubernamentales y el templo, la revelación toma el camino de lo pequeño, porque a los poderosos no les interesa salir de su situación actual, no les interesa liberarse ni liberar, en cambio los subyugados entienden que ese no puede ser el querer de Dios. Juan el Bautista está en el desierto para comenzar el nuevo éxodo, está allí porque quiere cambiar las cosas, quiere cambiar los corazones.



La Iglesia necesita re-conocer sus coordenadas históricas. Cuando las ignora, se vuelve anacrónica, y uno llega a sentir que está fuera de lugar. Se determinan liturgias ininteligibles, se publican documentos que responden a cuestionamientos del siglo pasado, o se programan pastorales que no abarcan a nadie. Si queremos una Iglesia en diálogo con el mundo, tenemos, necesariamente, que mirar al mundo, ubicarnos cronológicamente, saber quién gobierna y bajo qué matiz gobierna, quiénes están al poder y cómo han llegado allí, dónde se centraliza la vida religiosa y por qué está centralizada allí. Sin ese mínimo de conocimiento, sin levantar la vista del ombligo, no se puede anunciar, no se puede profetizar. Adviento es la oportunidad de recuperar el espíritu profético ante los nuevos imperialismos y ante las nuevas centralizaciones religiosas. Quizás no haya más emperadores al estilo romano, pero hay imperios comerciales; quizás no haya una religión impuesta, pero hay figuras religiosas que desean imponerse.

A veces creemos que dedicar tiempo al conocimiento de la realidad que nos circunda es, paradójicamente, una pérdida de tiempo, y entonces hacemos propuestas a la gente que las personas no entienden, propuestas que salen de nuestros preconceptos, propuestas que hemos debatido entrelos de siempre. ¿Es posible ser profetas de esta manera? ¿Es posible tomar a Juan como modelo si no nos animamos al desierto? ¿Qué podemos proponer a los pueblos si estamos acomodados y no queremos salir? Para comenzar un nuevo éxodo hay que estar dispuestos a salir, dispuestos a convertir el corazón. ¿Qué pastoral de éxodo tenemos para ofrecer? ¿Queremos, verdaderamente, cambiar? Porque si no deseamos una conversión rotunda hacia dentro y no deseamos tampoco una conversión hacia fuera, no tenemos grito profético. Vale preguntarse, en esas situaciones, si el éxodo significa algo para nosotros, si aún nos interesa exclamar que hay un camino, una alternativa, que se pueden preparar los senderos para salir de la situación actual.

Perder tiempo en conocer la realidad, por lo tanto, es perder el tiempo en saber hacia dónde necesitan caminar los seres humanos, de dónde hay que salir, de qué esclavitud es preciso liberarse. Adviento es una preparación para la encarnación, y si queremos ser Iglesia profética, no podemos evitar la encarnación. Hay que tomar las esperanzas de los pueblos en nuestras manos, embarrarse en el polvo de los acontecimientos. Hay que perder el tiempo en esas coordenadas históricas que nos rodean, no para limitarnos en ellas, sino para expandirnos con los pies bien asentados. Sólo es capaz de mirar el futuro aquel que se descubre en su presente con conciencia. Ser profeta es proyectarse, pero tomando la mano de los cautivos que necesitan salir.