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Misioneros sin pan / Décimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 7-13 / 15.07.12

7 Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. 8 Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; 9 que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. 10 Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. 11 Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”.

12 Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; 13 expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. (Mc. 6, 7-13)

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Jesús llama a los Doce, grupo que ya ha sido instituido en Mc. 3, 14-19 y que ha vuelto a aparecer en Mc. 4, 10, para iniciar algo distinto. Sabemos que será algo distinto por el contexto de excomunión de la sinagoga que precede a esta escena. Y porque Jesús ya ha logrado reinventar su ministerio sobre el Reino de Dios otra vez, cuando decidió separarse de Juan el Bautista para comenzar su camino propio por Galilea. Es decir que en los momentos complicados, cuando parece que el proyecto del Reino está ahogado, Jesús encuentra la manera de proyectarse, redoblar la apuesta, y conseguir una visión mejorada y una concreción superadora del mismo Reino. Cuando fue necesario abandonar al Bautista, Jesús pasó del Reino en el desierto al Reino en medio de los galileos, del ayuno a la comida compartida; en este caso, cuando se vuelve necesario abandonar la idea de reconvertir a la sinagoga, porque la sinagoga está empecinada en continuar así, sin respuesta liberadora, Jesús es capaz de cimentar su movimiento en doce personas que no son profetas reconocidos, que no son de la clase sacerdotal ni que tampoco forman un colegio de escribas.

Esta reinvención de Jesús abre la puerta al camino itinerante fuera de Galilea, entre los paganos, y en una visión un tanto más universalista. Esto no quiere decir que, históricamente, Jesús haya tenido una conciencia plena de la misión a los paganos y de la universalidad transnacional de la Buena Noticia, pero sí había gérmenes de ambas cuestiones. Estos gérmenes, en la pluma literaria de Marcos y en el análisis posterior de la Iglesia, son suficientes para elaborar la idea de la misión. Al ser rechazado por la sinagoga (al ser las comunidades cristianas rechazadas por el judaísmo), Jesús puede asimilar la expansión del Reino sin límites (la Iglesia puede misionar entre paganos). Esta presentación de Marcos de la ruptura seguida de misión, es una validación de la práctica eclesial que, seguramente, ya está en funcionamiento en su comunidad: excomulgados del judaísmo, los cristianos encuentran en el paganismo terreno fértil para comunicar y compartir el Evangelio.

Los Doce son, en este caso, testigos y fundamento. Hay que recalcar que Marcos no es un fanático del grupo de los Doce. No los considera súper-apóstoles ni hombres por encima de la media. Para el autor, los Doce son un símbolo de inicio del movimiento eclesial, con las características básicas: comunión, apostolicidad, liberación. Así debe ser la Iglesia; esas deben ser sus notas fundamentales. La Iglesia tiene que vivir en comunión, deber ser apostólica en el sentido centrípeto de expansión y comunicación de la Buena Noticia, y debe liberar al ser humano (de los espíritus impuros, del mal, de la enfermedad, de la religión perversa).

Como todos los oyentes/lectores de Marcos saben, los Doce han compartido la cena final del Maestro (cf. Mc. 14, 17), y esa es quizás la única característica distintiva de ese grupo respecto al resto de los discípulos; pero esta distinción no es jerárquica (como lo entenderá la Iglesia posterior, fundamentando que unos estén sobre otros a partir de la última cena compartida), sino que se trata de una distinción a la manera de los patriarcas de Israel. El judaísmo sabe que hubo un solo Abraham, por ejemplo, y nadie puede adjudicarse ser la continuación de Abraham en detrimento de los otros judíos, porque todos descienden de allí, de ese padre de la fe. De la misma manera, el grupo de los Doce son los patriarcas de la Iglesia, y nadie puede adjudicarse el ser la continuación de los Doce, porque toda la Iglesia es continuación de los Doce, de nuestros padres en la fe, de los primeros testigos. Los Doce son testigos históricos, avales de la historia de Jesús de Nazaret, pero también son símbolo de Iglesia, modelo que los creyentes posteriores están invitados a imitar y superar.

Estos Doce son los primeros en recibir un mandato misionero. Como modelo eclesial, Marcos recuerda a los suyos que Jesús mismo, al cortar lazos con la sinagoga, decidió proyectar su movimiento del Reino. Este pequeño envío, posiblemente reúna leyes de misión que habrían circulado entre las comunidades cristianas y que el autor injertó en esta sección. No son leyes únicas, ya que cada comunidad las fue adaptando a su contexto, pero sí revelan la existencia de una forma de evangelizar. Y se revela una organización que en la comunidad de Marcos generó tensiones: la división entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Más adelante abordaremos esta disputa, pero vale ya entender que era una amenaza a la comunión.

Los Doce son enviados en parejas, posiblemente reproduciendo la práctica cristiana ya instaurada. La necesidad de ir de dos en dos puede ser psicológica (el apoyo que uno da al otro), puede ser de seguridad (los largos caminos a recorrer implicaban el encuentro con bandidos y fieras salvajes) o puede ser legal (según la ley judía, un testimonio es válido cuando cuenta con, por lo menos, dos testigos). El simbolismo de las parejas misioneras es una reproducción a escala de la comunión eclesial. El Evangelio es un mensaje y una realidad que implican la vida comunitaria y el sentido comunitario.

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Las indicaciones para las parejas misioneras constituyen un listado de acciones y omisiones que se deben y no se deben hacer. Esta legislación misionera puede tener una conexión con las indicaciones que la Mishná da a los que peregrinan al Templo de Jerusalén: “No se debe ir al monte del Templo con un bastón, con zapatos ni con la faja del dinero, no con los pies empolvados”. Estas indicaciones para el peregrino podrían ser la inspiración de las indicaciones para el misionero. No precisamente en su contenido, sino en la idea de que debe haber una manera de peregrinar, una forma de ir en nombre de Dios. Lo que se lleva y lo que no se lleva, lo que se hace y lo que se deja de hacer, permite al otro identificar al peregrino. El peregrino es un símbolo que transmite, andando, un mensaje.

Lo que tienen permitido llevar es un bastón. Para algunos comentaristas, el permiso del bastón es propio de un caminante que recorrerá largos caminos polvorientos y rocosos. El bastón es la ayuda, el apoyo. Para otos, el bastón es un arma que permite al peregrino defenderse de los peligros del camino, de las fieras salvajes y hasta de los bandoleros. En ambos casos, no habría mayor simbolismo que desentrañar. Pero si recordamos Ex. 12, 11, en el contexto de la cena pascual, podemos leer: “Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano”. En este caso, el bastón es la predisposición a la Pascua, al paso de Dios. Con el bastón en la mano se está dispuesto a salir cuando sea necesario, cuando se cumpla el tiempo. Los apóstoles deberían ser así, predispuestos a salir, listos para emprender la marcha, para mantenerse en movimiento. Esa libertad para desplazarse les confiere autoridad; la autoridad propia de los seres humanos libres; por lo que el bastón también podría ser símbolo de autoridad, como el báculo o el cetro lo representan para el rey.

Lo que no pueden llevar las parejas misioneras es pan, alforja ni dinero. El pan al que se refiere el texto, posiblemente sea el pan clásico de harina y agua en forma redonda, propio de los peregrinos. La alforja es una bolsa de piel o de cuero donde los viajeros guardaban sus provisiones. El dinero está designado en el texto original en griego como calkos, que significa cobre. En un principio, el vocablo designaba sólo al metal en sí, pero luego se lo utilizó para nombrar a los objetos hechos con cobre, incluyendo algunas monedas. Por supuesto, Jesús no habla de monedas de plata ni de oro, sino de cobre, que eran las de menor valor. Los tres objetos prohibidos (pan, alforja y dinero) constituyen un conjunto de necesidades básicas que cualquier viajero o peregrino no dudaría en tomar instantáneamente antes de salir. La comida, algo para llevar las cosas y un poco de dinero, aún hoy en día, son el equipamiento básico para desplazarse. Pero en el contexto del Evangelio según Marcos, es conveniente no llevar estas cosas que pueden encontrar solución en la solidaridad de alguna casa. Las parejas misioneras, como veremos más adelante, recorrerán casa por casa, y en esas casas deberán recibir el sostén para seguir caminando. Así como van, no son dueños de nada, y dependen completamente de los otros.

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Las sandalias están permitidas para los misioneros. Habitualmente, se trataba de una suela de madera que se ataba al pie. Las túnicas (chiton en griego), de las que no se pueden llevar dos, son el vestido interno, el que va inmediatamente pegado al cuerpo, por debajo de otras posibles vestiduras, como una capa (jimation). Era una prenda de algodón o de lino, usualmente sin costuras, y barata. En cierto sentido, podría equivaler a lo que hoy denominamos ropa interior, porque podía decirse que alguien estaba desnudo si sólo se lo veía vistiendo su chiton.

El permiso para llevar sandalias, además de evitar las lastimaduras de los pies por el tipo de camino, recuerda el simbolismo de la autoridad, nuevamente. Los hombres libres son los que tienen permitido usar calzado. Estos misioneros/peregrinos viven su libertad en el camino, y son dueños de sí mismos. En su libertad, paradójicamente dependen de los demás, viajando sin pan ni dinero, y sin otra túnica para cambiarse o para permanecer en algún lugar. Tienen que seguir en el camino, andando, deteniéndose en las casas lo justo y necesario, pero conservando la esencia del peregrino, que vive en marcha.

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La Iglesia de Marcos tenía un problema muy particular: la disputa entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Los primeros eran cristianos que vivían en los caminos, recorriendo pueblos y aldeas con una vivencia radical del modelo inicial de Jesús de Nazaret, en constante movimiento, con manifestaciones carismáticas (exorcismos, curaciones) y predicación del Evangelio. Las iglesias de las casas estaban constituidas por cristianos que, debido a su condiciones laborales o familiares, no podían desprenderse de toda su historia para salir a los caminos, por lo que se reunían regularmente en las casas a celebrar la vida del Reino y a tratar de implantarlo desde su cotidianeidad, sus obligaciones y relaciones de todos los días, siempre en el mismo lugar.

No hace falta ser historiador eclesiástico para darse cuenta del conflicto que surge aquí. Mientras los carismáticos itinerantes se atribuyen su mayor cercanía a Jesús y, por lo tanto, solicitan un trato preferencial como referentes de autoridad en la Iglesia, las iglesias de las casas defienden su espacio como propio, sin aceptar injerencias de itinerantes que no viven constantemente con ellos y no conocen a fondo la realidad cotidiana. Mientras las iglesias de las casas están más al resguardo de las posibles represalias judías y romanas, por practicar un cristianismo más secreto, los carismáticos itinerantes sufren la persecución y el martirio por encontrarse mucho más expuestos. Esta tensión, obviamente, explotó, y amenazó la comunión eclesial de la comunidad de Marcos. Es así que gran parte del libro de este autor está orientado a resolver el conflicto y dar una vía de escape. De Marcos depende la posibilidad de crear una síntesis entre ambas corrientes eclesiales, fundamentada en la praxis de Jesús de Nazaret, y que tenga futuro viable. Es así que en su Evangelio, hay alta probabilidad de que el grupo de los Doce represente y exhorte, en algunos aspectos, a los carismáticos itinerantes, y las escenas que suceden en las casas representen y exhorten, en algunos aspectos, a las iglesias locales.

Una de las vías de solución está en que los carismáticos itinerantes se alojen en las casas cuando hacen su recorrido, y que la comunión se manifieste en esa hospitalidad que los discípulos del camino pueden hallar en las iglesias locales. Por eso no hace falta llevar dinero, alforja, pan o dos túnicas; la comunión eclesial se encargará de abastecer. Esta eclesiología, esta propuesta, sólo es viable si las relaciones se dan en un plano de igualdad, donde los carismáticos itinerantes no se creen superiores ni las iglesias locales se creen la única forma de cristianismo.

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Si estas parejas misioneras se encuentran con grupos de personas resistentes al Evangelio, hay que seguir viaje y sacudirse el polvo. Hay una doble interpretación del gesto. En primer lugar, puede ser un signo de que el fracaso no importa, que se sigue adelante y uno se saca de encima esa sensación de haber perdido. En segundo lugar, y quizás con la intención principal de este versículo, el gesto significa la diferenciación del otro. El misionero sacude el polvo como el judío sacudía sus sandalias al volver a su patria desde un territorio pagano. De esta forma, unos se diferencian de los otros. Los que aceptan el Evangelio y lo comunican, de aquellos que lo rechazan.

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La misión de los Doce se configura como continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). La exhortación a la conversión también recuerda a Mc. 1, 15. Los Doce no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino.

Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como misionología de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se materializa desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la comunión de las casas que los reciben. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los varones y mujeres que son liberados de sus enfermedades.

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Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo sobre la presencia post-pascual de Jesús en la comunidad eclesial. Consideremos que Jesús curaba de diversas maneras: con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos; pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.

Esto no tiene que ver con los posteriores siete sacramentos de la Iglesia Católica, sino con el espíritu sacramental de la Iglesia, que no es algo meramente católico, sino también protestante. La Iglesia toda es un signo visible de la Trinidad, y como tal, es un gran sacramento. Luego, la acción de la Iglesia es un sacramento de la acción de Dios. Esa es la gran responsabilidad eclesial que no se puede eludir, y que nos obliga a vivir como sacramentos, a manifestar al mundo el Evangelio con lo que hacemos y con lo que decimos, como si fuésemos el óleo que unge el universo.

Por una mesa universal, popular y laica / Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B – Mc. 14, 12-16.22-26 / 10.06.12

He decidido aprovechar la ocasión litúrgica, la celebración del Cuerpo y Sangre de Jesús, que son cuerpo y sangre para el mundo, para reflotar un no tan viejo artículo guardado sobre la Eucaristía. Lo he publicado alguna vez; lo publico de nuevo con algunas citas agregadas. Es un aporte que no quiere tener nada de dogmatismo, pero sí mucho de propuesta. Buena comida.

 

1. La mesa de Jesús es abierta para todos

 

Cuando Jesús come, todos pueden acercarse a su mesa para compartir el pan. Pero esa universalidad no se vive desde el concepto clásico de universalidad, como si hubiese sillas vacías infinitas donde cada uno las va ocupando. El concepto de universalidad del Evangelio se basa en la particularidad de la opción por los marginados. La mesa, entonces, está abierta para todos los marginales y para los que, sin serlo, están dispuestos a asumir la marginalidad por su compromiso con la vida de los pobres. Quien prefiere ocupar un lugar de honor y diferenciación, se aparta a sí mismo de la mesa de Jesús, porque se escandaliza con el Mesías que se sienta entre prostitutas, pecadores, publicanos, impuros y pobres económicos. ¿Qué tipo de banquete mesiánico es éste donde lo mejor de la sociedad se entrecruza con lo peor de ella? O peor aún, ¿qué tipo de banquete regio se come al revés, con los marginales en los primeros puestos?

Cuando Pedro, según el relato de Marcos, le inquiere a Jesús: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc. 10, 28); Él le responde que nadie que haya dejado bienes por el Evangelio quedará sin recompensa, sentenciando luego que “muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros” (Mc. 10, 31). En esa inversión del orden establecido se aclara la marginalidad que debe ser adoptada para sentarse en la mesa universal. Cuando el evangelista Lucas utiliza la misma expresión sobre los últimos y los primeros (cf. Lc. 13, 30), la sitúa en el contexto del banquete universal del Reino de Dios escatológico, en el que “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa” (Lc. 13, 29), o sea, cuando llegarán de todas las naciones, consideradas paganas e impuras, a celebrar la salvación. Para un judío, aceptar la inserción de la gentilidad en el plan de Dios es hacerse último y dejar la posición de supuesto liderazgo. Para nosotros, cristianos de hoy, sigue siendo un llamado de atención.

Si la Eucaristía nos resulta un premio a nuestras buenas obras, y un castigo para los malvados que no pueden comulgar, entonces hemos des-universalizado la mesa de Jesús. Para revertir esa perversión eucarística, habrá que vivir en serio la marginalidad y celebrar en serio entre los marginales. Habrá que abandonar la concepción rigorista y legalista de pureza/impureza por la del amor que es gracia. La Eucaristía no puede comerse siempre dentro de un templo bellamente adornado y siempre entre los mismos rostros que desconocen lo que sucede al otro lado de la vereda. La Eucaristía se debe celebrar al aire libre, en las calles de los barrios que siempre están inundadas, con la mesa prestada de un vecino, con el mantel tejido por las manos hábiles de la zona, con la copa que en cualquier casa se utiliza para las ocasiones especiales, con un pan que se amase desde la mañana entre los que se animan. Cada uno trae su silla a la celebración, pero para ofrecérsela al otro, y que otro me la ofrezca a mí. Aquí no importa si las manos están sucias para comulgar porque estuvo arreglando el automóvil o porque no hay agua corriente. Aquí no se pregunta si te ganaste la participación de la Eucaristía; al contrario, la condición para unirte a la mesa es que te reconozcas necesitado de una mesa donde comer con los otros.

 

2. Compartir la mesa es celebrar la Pascua

 

La liturgia del triduo pascual es la más bella de todas, y con razón es la madre de todas las liturgias. Pero esa belleza parece diluirse a lo largo del resto del año. Y si consideramos que, dentro del triduo pascual, sólo el Sábado de Gloria bien entrada la noche y Domingo son los momentos de resurrección, nos quedamos con poco más de veinticuatro horas al año donde se remarca con ahínco que Jesús resucitó y que vamos a resucitar como Él. Los demás domingos y fiestas, y ni hablar del resto de los días semanales, nos perdemos en actividades rutinarias eclesiales, ocupaciones laborales, festejos de santos y advocaciones marianas. Pero de resurrección, poco. Sin embargo, cada vez que nos reunimos en torno a la Eucaristía, se hace memorial de la Pascua. O si queremos utilizar otras palabras: cada vez que comemos en la mesa de Jesús, hay sacramento de su resurrección y de la nuestra. Esa es una dimensión de demasiado gozo para darse el lujo de desperdiciarla.

Cuando Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas del hijo del rey, en el inicio del capítulo 22 de Mateo, se nos relata que los invitados a la fiesta se excusaron de ir e incluso mataron a los mensajeros de la buena noticia. Entonces, estando todo ya preparado, el rey mandó a sus siervos a que trajeran a cuanta persona encontraran, sin preguntar sobre moralidad, a los buenos y a los malos. Pero uno de los que ingresó en esta camada no tenía traje de boda, por lo que fue expulsado. Quien no está preparado y listo para festejar, no puede comer el banquete. Es la boda del hijo del rey, un evento mayor, un hecho extraordinario y fuera de lo común. No tener traje es no tener ni la alegría ni la conciencia de lo que se celebra.

Muchas veces, en la Eucaristía no se sabe qué se celebra. La Pascua son unos días feriados y una oportunidad de escapar. Para varios agentes de pastoral resulta una carga por las cosas que hay que organizar en las parroquias. El resto del año transcurre, discurre. La vida se escapa sin la alegría de Dios. Y los domingos sigue estando la misma congregación reunida en torno a una mesa, con las caras largas y tristes, escuchando música que parece fúnebre, como si en lugar de festejar la vida plena se hiciese un recordatorio lúgubre. “No ayudan mucho a ello, ni en la misa ni en los demás sacramentos, los actuales textos litúrgicos, que deberían significar realmente el conmorir, el ser consepultado y el conresucitar con Cristo” (Ellacuría, I. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, para anunciarlo y realizarlo en la historia. Sal Terrae, 1984).

La Eucaristía tiene que ver con la muerte en cuanto Dios es capaz de transformarla en vida. Pero la Eucaristía no es sólo la cruz. “La interpretación cristiana del desorden y la opresión como pecado no puede menos de ser consecuente y entender que la libertad no puede venir sino por una resurrección tras el dolor de la muerte” (Ibíd.). El Crucificado y los crucificados de la historia son el marco contextual en que el pan partido tiene sentido; pero al mismo tiempo, el pan compartido y repartido es la esperanza de que las situaciones pueden virar, cambiar, convertirse. Al compartir la mesa creemos que hay Pascua para todos, que todos los corazones son libres para abrirse a lo trascendente, que los sistemas injustos son destruibles, que a los gigantes opresores se los puede derribar. No hay por qué escuchar homilías y sermones oscuros, apocalípticos y moralistas si vamos a una fiesta; no hay por qué cantar música que duerme y aburre; no hay por qué prohibir instrumentos que utilizamos en otras fiestas, fuera del templo; no hay por qué tener los bancos ordenados en fila, dejando a los últimos bien lejos de la mesa, que es el centro del festejo.

 

3. En la mesa se acoge

 

La mesa de Jesús no termina en la comida en sí. Si así fuese, la gente llega, se acomoda, come y se va. La mesa de Jesús es un concepto más grande que implica una acogida. Jesús sale a buscar al marginal, lo mira con amor, le habla al corazón, lo escucha, intercambia, y lo invita a un banquete donde encontrará espacio, oportunidad de expresarse y reconocimiento de su dignidad. El acogido debe ser capaz de sentarse en la mesa como si fuese la suya propia, y debe ser capaz de entrar en relación con los otros comensales desde la confianza. La mesa de Jesús no es silenciosa. Allí se habla y todos pueden hablar. Se comparten las experiencias y se las respeta. Animarse a la acogida es muy arriesgado, porque quien acoge está cediendo parte de sí al otro.

Los distintos resúmenes que los evangelistas presentan sobre cómo acudían las masas a Jesús es paradigmático. Para Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9, 35-36). Para Marcos: “Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle” (Mc. 3, 7-10). Para Lucas: “Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc. 6, 17-19). Las características de la acogida jesuánica son la compasión, la curación y el exorcismo. “Jesús no soportaba ver a personas pasando necesidad, no aguantaba el dolor de los otros, era algo superior a sus fuerzas. Porque su sensibilidad no lo toleraba” (Castillo, J. M. La ética de Cristo (segunda edición). Desclée de Bouwer, 2006).

Compasión que mueve a la acción, que denota un corazón atento. Curación que es acompañamiento y restitución de la situación querida por Dios. Exorcismo que es bien venciendo al mal. Comer es parte del tratamiento, pero también meta de un camino que comienza en el encuentro personal. Al encontrarnos con el otro descubrimos que necesita compasión, alguien que le hable al corazón, que lo mire de verdad y a su altura, no desde arriba, que reconozca sus carencias y no se aproveche de ellas; descubrimos que necesita curación, porque su cuerpo y su mente sufren, y no puede reconocer la presencia de Dios a su lado acompañándolo en esa situación; descubrimos que necesita exorcismo porque está esclavizado, por distintos demonios, pero al fin y al cabo preso, sin libertad, sin poder hacer, y nadie le ha ofrecido una vía alternativa para romper las cadenas y proyectarse.

Si la Eucaristía es una hora semanal, es una farsa. La Eucaristía comienza cuando el cristiano se encuentra con el otro que necesita compasión, curación y exorcismo. Allí da inicio la mesa, que se coronará alrededor del pan y el vino. El templo no puede abrirse quince minutos antes de la celebración, ni la gente puede ir entrando sin recibimiento. Además, aunque parezca obvio a esta altura de la historia eclesial, no se puede pretender que una persona venga a comer con nosotros si nadie la ha invitado. El ministerio de la acogida exige un trabajo de toda la semana, casa por casa, ámbito por ámbito, y en la entrada del templo, y alrededor del sitio elegido cuando se celebra fuera del templo, y ubicando a las personas, y dialogando. La Eucaristía no es un acto religioso sin más. En la Eucaristía hacemos sacramento de la comunión, de la familia que formamos en Cristo, y de que el otro es mi hermano. Por eso debo sentirme tan ligado a él o ella que no puedo evitar hablarle, saludarlo, sentarme a su lado, interesarme por lo que le pasa.

 

4. La Eucaristía es recíproca

 

La idea de que nosotros como Iglesia damos todo lo bueno al mundo y el mundo lo rechaza, es una concepción tan anquilosada como inexacta. Creernos súper-dadores y poner al otro en situación de pasividad extrema atenta contra el Evangelio. La reciprocidad es la esencia y lo maravilloso de la diversidad cultural, de las idiosincrasias, de las diferencias. El otro es distinto porque puede enriquecerme, cambiarme y mejorarme. Yo soy distinto para enriquecer, cambiar y mejorar al otro. Pero en el mismo nivel. La Iglesia puede aportar cosas increíbles al mundo, sin embargo, si no sabe recibir las cosas del mundo que pueden acercarla más a Dios, rompe el esquema comunicativo. Si no hay comunicación, entonces no hay evangelización, porque el Evangelio está para ser comunicado. Y la misión no es otra cosa que la comunicación de la Buena Noticia. La palabra técnica e inglesa feedback expresa el concepto que en español llamamos retroalimentación. Las comunicaciones son completas cuando se retroalimentan, cuando emisor-receptor son intercambiables, de igual dignidad y recíprocos. Lo demás es monólogo o confusión, pero no comunicación.

La capacidad de escuchar de Jesús es asombrosa. Su oído y su corazón oyen el clamor de los oprimidos. Jesús es un profeta de su tiempo porque, escuchando a la gente, puede saber qué les sucede, qué necesitan, por qué ríen, por qué lloran, qué les sobra, cuáles son sus capacidades. La voz del otro se reviste de significado y es valorada positivamente. La voz del otro puede cambiar a Jesús. Clásico es ya el ejemplo de la mujer sirofenicia de Marcos, que se acerca para pedirle al Maestro que expulse el demonio de su hija (cf. Mc. 7, 26), a lo que Jesús responde: “Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mc. 7, 27). Clásica es también la respuesta de la mujer que la hizo pasar a la historia grande: “Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños” (Mc. 7, 28). En el mismo episodio contado por Mateo, la última frase de Jesús para con ella es una alabanza de su fe (cf. Mt. 15, 28); en Marcos, en cambio, se alaban sus palabras: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc. 7, 29). Jesús es capaz de reconocer la voz del otro e incorporarla. La mujer sirofenicia le hace comprender a Jesús que para los paganos también hay pan de salvación, que también pueden compartir el pan de los hijos, y que eso es querer de Dios. Jesús no rechaza ese aporte, sino que oyéndolo, lo hace vida.

De la misma manera, en la Eucaristía no hay comunicación unidireccional. No es sólo la Iglesia alimentando al mundo. Es la Iglesia y el mundo en diálogo, que a la vez es comunicación con Dios. El pan y el vino (la mesa toda) es un espacio donde se puede traer lo que tenemos para compartir y sacar lo mejor. Es un espacio donde se escucha la voz del cristiano de la primera hora y del ateo que quiere comprometerse con los seres humanos. En una Eucaristía restrictiva, sólo habla uno y los demás escuchan, uno grita y los otros acatan, una sola voz vale y las otras pueden estar o no. En una Eucaristía recíproca, en cambio, la participación es voluntaria y espontánea, y la voz de aquel vale igual que la mía, y nos escuchamos, y buscamos el mayor provecho para los hermanos. Y si alguien mal visto interviene, también es escuchado, y su voz no vale menos ni es prejuiciado, sino que se valora su aporte por la repercusión en amor que puede tener para los demás. Siendo recíproca, la Iglesia puede crecer. Restrictivamente, centralizando la voz en pocos y las decisiones en grupos específicos, la Iglesia se ahoga en su propia saliva.

 

5. El banquete es escatológico (aquí y ahora)

 

Que en la Eucaristía anunciemos la muerte y proclamemos la resurrección hasta la vuelta de Jesús (parusía) no significa que la Eucaristía deba desencarnarse. Miramos hacia delante, hacia el futuro, porque aquí y ahora es necesario mirar también. Partimos el pan místicamente porque queremos encarnarnos para repartir el pan materialmente. Vivir ajenos a la realidad es un peligro en todas las áreas y en todos los tiempos. “Ante todo, la liturgia ha estado excesivamente montada sobre la otra vida. La salvación es en la otra vida, en la eterna; la salvación de esta vida se refiere de manera predominante, cuando no exclusiva, a lo que en ella hay de la otra vida. Por lo tanto, atiende a lo moral y a lo religioso, habiendo reducido previamente las dimensiones de lo moral y lo religioso. Lo importante es la otra vida, y lo que en ésta dice relación con la otra es más bien lo interior, lo segregado: «Retirémonos de este mundo, anticipando así la entrada en el otro, en la morada eterna»” (Ellacuría, I. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, para anunciarlo y realizarlo en la historia. Sal Terrae, 1984). Siempre es más fácil estar dentro del templo, con las puertas cerradas, entre los que nos conocemos bien, sin realizar cambios. Arriesgarse a salir, a estar en medio de las necesidades, a conocer otros rostros, a relacionarnos, a cambiar y cambiarnos, es dificilísimo.

La cuestión antropológica, o sea, propia del ser humano, es que siempre piensa que mañana puede ser mejor, o que mañana se hará lo que hoy no. En lo religioso, aprovechando los justificativos teológicos, esa concepción sirve para olvidarse de los pobres. Como ellos sufren tanto, es mejor que sigan sufriendo para que les toque el paraíso en la vida venidera. Esa actitud (esa mirada) marca una distancia abismal entre la estructura institucional de la Iglesia y el pueblo. En el hecho eucarístico, esa distancia se remarca porque el sacramento, en la Iglesia Católica por ejemplo, tiene un ministro oficial e institucional, habilitado para consagrar el pan que es para el pueblo. Entonces, si los pobres tienen que ser alimentados por personas que creen conveniente que ellos mueran de hambre para salvarse, nunca resucitarán la esperanza, y siempre seguirán siendo el chivo expiatorio del aval que la institución eclesial da a un sistema injusto. “Todo ello nos permite afirmar solemnemente que la celebración de la Eucaristía no puede hacerse en el espíritu de Jesús si no va acompañada de hambre y sed de justicia. Traicionaremos la memoria del Señor si con ella ocultamos o hacemos irrelevante la presencia de relaciones injustas en la comunidad de los fieles que celebran y asisten a la Eucaristía” (Boff, L. Teología desde el lugar del pobre. Sal Terrae, 1986).

Una de las constantes en la prédica del Reino que hace Jesús es la relevancia de los pobres y marginados. Los pobres son los bienaventurados porque de ellos es el Reino (cf. Mt. 5, 3 y Lc. 6, 20); es de ellos aquí y ahora, en su pequeñez, y no mañana ni en un futuro lejano. Es su propiedad y no un regalo consuelo. A ellos se les anuncia la Buena Noticia (cf. Mt. 11, 5; Lc. 4, 18; Lc. 7, 22), en un mundo que los anoticia sobre malas nuevas o que los convierte en titulares policiales. La esperanza, la alegría, el cambio es para ellos. La Iglesia no puede ser una administradora a futuro de lo que ya es propiedad de los marginados. La Iglesia no puede creer que ellos tendrán el Reino el día de mañana, cuando al Reino ya lo tienen. No puede negarles la Buena Noticia a los principales destinatarios de ella. Privatizar lo que Dios da es imposible. No se da esperanza a largo plazo, ni se niega la comida prometiendo una comida mejor. “El Reino se anticipa y se concreta siempre que se realiza la Cena de Jesús” (Ibíd.). La presencia de los pobres y marginales en los banquetes de Jesús, y el escándalo que ello produce entre fariseos y gente de la alta alcurnia israelita sirve como muestra para entender que la práctica alimenticia del Maestro era algo más que una forma simpática de comer; al compartir la mesa tan abierta y tan particularmente con los despreciados, Jesús anuncia proféticamente que lo escatológico se hace presente y real en su banquete, y que los pobres son plenos partícipes de la salvación; tan partícipes como dignos de comer a la par, sin tener que pedir permiso. Cuando ocurren las multiplicaciones de los panes (cf. Mt. 14, 13-21; Mt. 15, 29-38; Mc. 6, 34-44; Mc. 8, 1-9; Lc. 9, 11-17; Jn. 6, 1-15), uno de los datos característicos es que la gente tenía verdaderamente hambre, y Jesús es sensible a esa necesidad. Las multiplicaciones son la pre-figura del banquete escatológico: Dios alimenta al hambriento hasta la saciedad, hasta que sobre. No importa cuánta planta tenga el comensal para pagar la participación; todos tienen libre acceso a los manjares. La comida de la salvación no depende de la capacidad adquisitiva; la comida de la salvación penetra la historia de los seres humanos para que los que no tienen lleguen a tener.

Algunas de las plegarias eucarísticas, antífonas y rúbricas litúrgicas de la celebración eucarística suelen dejar el sabor a espiritualismo desencarnado. Se habla mucho del futuro, del paraíso o del cielo, y de las ventajas de la vida eterna, pero poco se dice de los que mueren de hambre en un mundo con recursos suficientes para evitar ese flagelo, o de los discriminados en la mesa global donde se sientan sólo los poderosos y dueños del capital. ¿No sería coherente que al consagrar el pan de la Eucaristía se bendiga comida para aquel que no la tiene? ¿No sería lógico que al consagrar el vino se firmaran acuerdos y contratos para llevar agua a las zonas desérticas y sin cuencas hídricas? ¿No sería cristiano celebrar la Eucaristía todos los domingos en un comedor infantil, o en un albergue nocturno para los sin-techo, o en una casa de recuperación de adictos? Hacer presente y real la Eucaristía en el mundo que tiene hambre es la clave para completar el significado pleno del pan que se comparte y el vino que se reparte.

 

6. Por una mesa universal, popular y laica (un sueño)

 

Sueño con una Eucaristía celebrada en la calle de aquella villa miseria donde no se atreve a ingresar la policía. La mesa está construida con la madera de cajones de manzana; no hay piedra consagrada para este altar, pero los albañiles han ofrecido, cada uno de ellos, un ladrillo en agradecimiento por el trabajo que tienen. Los manteles son coloridos y no blancos, de plástico a veces y rajados otras tantas. La mesa no es tan corta como los altares de los templos. Es larga y tiene muchas sillas alrededor; cada participante trae un aposento y la ley es no usarlo uno mismo, sino intercambiarlo con el que trajo otro. Todos traen comida, y el que no puede hacerlo, no se avergüenza, porque en la mesa se comparte lo que hay sobre ella. Algunas mujeres y algunos varones hacen la recepción, y para eso llegan una hora antes de lo estipulado. Reciben, acogen, conversan, ríen y hacen reír. No cobran nada por su trabajo ni tampoco estipulan precios para las intenciones de la Santa Misa que se celebrará. El que quiere pedir por algo lo hace libremente. Tampoco se toma asistencia ni se prohíbe la participación al que se acerca. La misma manera de comer aleja a los que traen malas intenciones. Un rico no acepta que le toque una silla de plástico sin respaldar en el último lugar de la mesa, un político no acepta que no le den la palabra para un discurso largo y persuasivo, un ultra-ortodoxo sale corriendo cuando el pan que se va a consagrar fue hecho por las señoras del barrio desde bien temprano, con el mismo amor con el que todas las madrugadas amasan para sus familias y para sacar unos pocos pesos.

Sueño con una Eucaristía universal, que se celebra entre los pobres de la tierra, fuera del templo, abierta para el que quiera sumarse, sin discriminación, sin distinción entre ministros oficiales y pueblo. Sueño con una Eucaristía popular, donde el ritmo lo marca la gente y no la rúbrica, celebrada con ardor y música autóctona, en la lengua que todos puedan entender, y si hay varias lenguas, celebrada bilingüe o trilingüe. Sueño con una Eucaristía laica, sin monopolio clerical del pan y del vino, donde hoy es ministro uno y mañana es ministra otra, sin privilegios por tener el poder de consagrar. Sueño con una Eucaristía distinta que se parezca cada vez más a los banquetes de Jesús en Palestina, con publicanos, prostitutas y pobres, al aire libre, sin otro ministro que Dios, en una mesa donde se hablan de las cosas cotidianas que preocupan y se las hace trascender.

Por una mesa universal, popular y laica / Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B – Mc. 14, 12-16.22-26 / 10.06.12

He decidido aprovechar la ocasión litúrgica, la celebración del Cuerpo y Sangre de Jesús, que son cuerpo y sangre para el mundo, para reflotar un no tan viejo artículo guardado sobre la Eucaristía. Lo he publicado alguna vez; lo publico de nuevo con algunas citas agregadas. Es un aporte que no quiere tener nada de dogmatismo, pero sí mucho de propuesta. Buena comida.

1. La mesa de Jesús es abierta para todos

Cuando Jesús come, todos pueden acercarse a su mesa para compartir el pan. Pero esa universalidad no se vive desde el concepto clásico de universalidad, como si hubiese sillas vacías infinitas donde cada uno las va ocupando. El concepto de universalidad del Evangelio se basa en la particularidad de la opción por los marginados. La mesa, entonces, está abierta para todos los marginales y para los que, sin serlo, están dispuestos a asumir la marginalidad por su compromiso con la vida de los pobres. Quien prefiere ocupar un lugar de honor y diferenciación, se aparta a sí mismo de la mesa de Jesús, porque se escandaliza con el Mesías que se sienta entre prostitutas, pecadores, publicanos, impuros y pobres económicos. ¿Qué tipo de banquete mesiánico es éste donde lo mejor de la sociedad se entrecruza con lo peor de ella? O peor aún, ¿qué tipo de banquete regio se come al revés, con los marginales en los primeros puestos?

Cuando Pedro, según el relato de Marcos, le inquiere a Jesús: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc. 10, 28); Él le responde que nadie que haya dejado bienes por el Evangelio quedará sin recompensa, sentenciando luego que “muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros” (Mc. 10, 31). En esa inversión del orden establecido se aclara la marginalidad que debe ser adoptada para sentarse en la mesa universal. Cuando el evangelista Lucas utiliza la misma expresión sobre los últimos y los primeros (cf. Lc. 13, 30), la sitúa en el contexto del banquete universal del Reino de Dios escatológico, en el que “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa” (Lc. 13, 29), o sea, cuando llegarán de todas las naciones, consideradas paganas e impuras, a celebrar la salvación. Para un judío, aceptar la inserción de la gentilidad en el plan de Dios es hacerse último y dejar la posición de supuesto liderazgo. Para nosotros, cristianos de hoy, sigue siendo un llamado de atención.

Si la Eucaristía nos resulta un premio a nuestras buenas obras, y un castigo para los malvados que no pueden comulgar, entonces hemos des-universalizado la mesa de Jesús. Para revertir esa perversión eucarística, habrá que vivir en serio la marginalidad y celebrar en serio entre los marginales. Habrá que abandonar la concepción rigorista y legalista de pureza/impureza por la del amor que es gracia. La Eucaristía no puede comerse siempre dentro de un templo bellamente adornado y siempre entre los mismos rostros que desconocen lo que sucede al otro lado de la vereda. La Eucaristía se debe celebrar al aire libre, en las calles de los barrios que siempre están inundadas, con la mesa prestada de un vecino, con el mantel tejido por las manos hábiles de la zona, con la copa que en cualquier casa se utiliza para las ocasiones especiales, con un pan que se amase desde la mañana entre los que se animan. Cada uno trae su silla a la celebración, pero para ofrecérsela al otro, y que otro me la ofrezca a mí. Aquí no importa si las manos están sucias para comulgar porque estuvo arreglando el automóvil o porque no hay agua corriente. Aquí no se pregunta si te ganaste la participación de la Eucaristía; al contrario, la condición para unirte a la mesa es que te reconozcas necesitado de una mesa donde comer con los otros.

2. Compartir la mesa es celebrar la Pascua

La liturgia del triduo pascual es la más bella de todas, y con razón es la madre de todas las liturgias. Pero esa belleza parece diluirse a lo largo del resto del año. Y si consideramos que, dentro del triduo pascual, sólo el Sábado de Gloria bien entrada la noche y Domingo son los momentos de resurrección, nos quedamos con poco más de veinticuatro horas al año donde se remarca con ahínco que Jesús resucitó y que vamos a resucitar como Él. Los demás domingos y fiestas, y ni hablar del resto de los días semanales, nos perdemos en actividades rutinarias eclesiales, ocupaciones laborales, festejos de santos y advocaciones marianas. Pero de resurrección, poco. Sin embargo, cada vez que nos reunimos en torno a la Eucaristía, se hace memorial de la Pascua. O si queremos utilizar otras palabras: cada vez que comemos en la mesa de Jesús, hay sacramento de su resurrección y de la nuestra. Esa es una dimensión de demasiado gozo para darse el lujo de desperdiciarla.

Cuando Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas del hijo del rey, en el inicio del capítulo 22 de Mateo, se nos relata que los invitados a la fiesta se excusaron de ir e incluso mataron a los mensajeros de la buena noticia. Entonces, estando todo ya preparado, el rey mandó a sus siervos a que trajeran a cuanta persona encontraran, sin preguntar sobre moralidad, a los buenos y a los malos. Pero uno de los que ingresó en esta camada no tenía traje de boda, por lo que fue expulsado. Quien no está preparado y listo para festejar, no puede comer el banquete. Es la boda del hijo del rey, un evento mayor, un hecho extraordinario y fuera de lo común. No tener traje es no tener ni la alegría ni la conciencia de lo que se celebra.

Muchas veces, en la Eucaristía no se sabe qué se celebra. La Pascua son unos días feriados y una oportunidad de escapar. Para varios agentes de pastoral resulta una carga por las cosas que hay que organizar en las parroquias. El resto del año transcurre, discurre. La vida se escapa sin la alegría de Dios. Y los domingos sigue estando la misma congregación reunida en torno a una mesa, con las caras largas y tristes, escuchando música que parece fúnebre, como si en lugar de festejar la vida plena se hiciese un recordatorio lúgubre. “No ayudan mucho a ello, ni en la misa ni en los demás sacramentos, los actuales textos litúrgicos, que deberían significar realmente el conmorir, el ser consepultado y el conresucitar con Cristo” (Ellacuría, I. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, para anunciarlo y realizarlo en la historia. Sal Terrae, 1984).

La Eucaristía tiene que ver con la muerte en cuanto Dios es capaz de transformarla en vida. Pero la Eucaristía no es sólo la cruz. “La interpretación cristiana del desorden y la opresión como pecado no puede menos de ser consecuente y entender que la libertad no puede venir sino por una resurrección tras el dolor de la muerte” (Ibíd.). El Crucificado y los crucificados de la historia son el marco contextual en que el pan partido tiene sentido; pero al mismo tiempo, el pan compartido y repartido es la esperanza de que las situaciones pueden virar, cambiar, convertirse. Al compartir la mesa creemos que hay Pascua para todos, que todos los corazones son libres para abrirse a lo trascendente, que los sistemas injustos son destruibles, que a los gigantes opresores se los puede derribar. No hay por qué escuchar homilías y sermones oscuros, apocalípticos y moralistas si vamos a una fiesta; no hay por qué cantar música que duerme y aburre; no hay por qué prohibir instrumentos que utilizamos en otras fiestas, fuera del templo; no hay por qué tener los bancos ordenados en fila, dejando a los últimos bien lejos de la mesa, que es el centro del festejo.

3. En la mesa se acoge

La mesa de Jesús no termina en la comida en sí. Si así fuese, la gente llega, se acomoda, come y se va. La mesa de Jesús es un concepto más grande que implica una acogida. Jesús sale a buscar al marginal, lo mira con amor, le habla al corazón, lo escucha, intercambia, y lo invita a un banquete donde encontrará espacio, oportunidad de expresarse y reconocimiento de su dignidad. El acogido debe ser capaz de sentarse en la mesa como si fuese la suya propia, y debe ser capaz de entrar en relación con los otros comensales desde la confianza. La mesa de Jesús no es silenciosa. Allí se habla y todos pueden hablar. Se comparten las experiencias y se las respeta. Animarse a la acogida es muy arriesgado, porque quien acoge está cediendo parte de sí al otro.

Los distintos resúmenes que los evangelistas presentan sobre cómo acudían las masas a Jesús es paradigmático. Para Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9, 35-36). Para Marcos: “Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle” (Mc. 3, 7-10). Para Lucas: “Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc. 6, 17-19). Las características de la acogida jesuánica son la compasión, la curación y el exorcismo. “Jesús no soportaba ver a personas pasando necesidad, no aguantaba el dolor de los otros, era algo superior a sus fuerzas. Porque su sensibilidad no lo toleraba” (Castillo, J. M. La ética de Cristo (segunda edición). Desclée de Bouwer, 2006).

Compasión que mueve a la acción, que denota un corazón atento. Curación que es acompañamiento y restitución de la situación querida por Dios. Exorcismo que es bien venciendo al mal. Comer es parte del tratamiento, pero también meta de un camino que comienza en el encuentro personal. Al encontrarnos con el otro descubrimos que necesita compasión, alguien que le hable al corazón, que lo mire de verdad y a su altura, no desde arriba, que reconozca sus carencias y no se aproveche de ellas; descubrimos que necesita curación, porque su cuerpo y su mente sufren, y no puede reconocer la presencia de Dios a su lado acompañándolo en esa situación; descubrimos que necesita exorcismo porque está esclavizado, por distintos demonios, pero al fin y al cabo preso, sin libertad, sin poder hacer, y nadie le ha ofrecido una vía alternativa para romper las cadenas y proyectarse.

Si la Eucaristía es una hora semanal, es una farsa. La Eucaristía comienza cuando el cristiano se encuentra con el otro que necesita compasión, curación y exorcismo. Allí da inicio la mesa, que se coronará alrededor del pan y el vino. El templo no puede abrirse quince minutos antes de la celebración, ni la gente puede ir entrando sin recibimiento. Además, aunque parezca obvio a esta altura de la historia eclesial, no se puede pretender que una persona venga a comer con nosotros si nadie la ha invitado. El ministerio de la acogida exige un trabajo de toda la semana, casa por casa, ámbito por ámbito, y en la entrada del templo, y alrededor del sitio elegido cuando se celebra fuera del templo, y ubicando a las personas, y dialogando. La Eucaristía no es un acto religioso sin más. En la Eucaristía hacemos sacramento de la comunión, de la familia que formamos en Cristo, y de que el otro es mi hermano. Por eso debo sentirme tan ligado a él o ella que no puedo evitar hablarle, saludarlo, sentarme a su lado, interesarme por lo que le pasa.

4. La Eucaristía es recíproca

La idea de que nosotros como Iglesia damos todo lo bueno al mundo y el mundo lo rechaza, es una concepción tan anquilosada como inexacta. Creernos súper-dadores y poner al otro en situación de pasividad extrema atenta contra el Evangelio. La reciprocidad es la esencia y lo maravilloso de la diversidad cultural, de las idiosincrasias, de las diferencias. El otro es distinto porque puede enriquecerme, cambiarme y mejorarme. Yo soy distinto para enriquecer, cambiar y mejorar al otro. Pero en el mismo nivel. La Iglesia puede aportar cosas increíbles al mundo, sin embargo, si no sabe recibir las cosas del mundo que pueden acercarla más a Dios, rompe el esquema comunicativo. Si no hay comunicación, entonces no hay evangelización, porque el Evangelio está para ser comunicado. Y la misión no es otra cosa que la comunicación de la Buena Noticia. La palabra técnica e inglesa feedback expresa el concepto que en español llamamos retroalimentación. Las comunicaciones son completas cuando se retroalimentan, cuando emisor-receptor son intercambiables, de igual dignidad y recíprocos. Lo demás es monólogo o confusión, pero no comunicación.

La capacidad de escuchar de Jesús es asombrosa. Su oído y su corazón oyen el clamor de los oprimidos. Jesús es un profeta de su tiempo porque, escuchando a la gente, puede saber qué les sucede, qué necesitan, por qué ríen, por qué lloran, qué les sobra, cuáles son sus capacidades. La voz del otro se reviste de significado y es valorada positivamente. La voz del otro puede cambiar a Jesús. Clásico es ya el ejemplo de la mujer sirofenicia de Marcos, que se acerca para pedirle al Maestro que expulse el demonio de su hija (cf. Mc. 7, 26), a lo que Jesús responde: “Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mc. 7, 27). Clásica es también la respuesta de la mujer que la hizo pasar a la historia grande: “Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños” (Mc. 7, 28). En el mismo episodio contado por Mateo, la última frase de Jesús para con ella es una alabanza de su fe (cf. Mt. 15, 28); en Marcos, en cambio, se alaban sus palabras: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc. 7, 29). Jesús es capaz de reconocer la voz del otro e incorporarla. La mujer sirofenicia le hace comprender a Jesús que para los paganos también hay pan de salvación, que también pueden compartir el pan de los hijos, y que eso es querer de Dios. Jesús no rechaza ese aporte, sino que oyéndolo, lo hace vida.

De la misma manera, en la Eucaristía no hay comunicación unidireccional. No es sólo la Iglesia alimentando al mundo. Es la Iglesia y el mundo en diálogo, que a la vez es comunicación con Dios. El pan y el vino (la mesa toda) es un espacio donde se puede traer lo que tenemos para compartir y sacar lo mejor. Es un espacio donde se escucha la voz del cristiano de la primera hora y del ateo que quiere comprometerse con los seres humanos. En una Eucaristía restrictiva, sólo habla uno y los demás escuchan, uno grita y los otros acatan, una sola voz vale y las otras pueden estar o no. En una Eucaristía recíproca, en cambio, la participación es voluntaria y espontánea, y la voz de aquel vale igual que la mía, y nos escuchamos, y buscamos el mayor provecho para los hermanos. Y si alguien mal visto interviene, también es escuchado, y su voz no vale menos ni es prejuiciado, sino que se valora su aporte por la repercusión en amor que puede tener para los demás. Siendo recíproca, la Iglesia puede crecer. Restrictivamente, centralizando la voz en pocos y las decisiones en grupos específicos, la Iglesia se ahoga en su propia saliva.

5. El banquete es escatológico (aquí y ahora)

Que en la Eucaristía anunciemos la muerte y proclamemos la resurrección hasta la vuelta de Jesús (parusía) no significa que la Eucaristía deba desencarnarse. Miramos hacia delante, hacia el futuro, porque aquí y ahora es necesario mirar también. Partimos el pan místicamente porque queremos encarnarnos para repartir el pan materialmente. Vivir ajenos a la realidad es un peligro en todas las áreas y en todos los tiempos. “Ante todo, la liturgia ha estado excesivamente montada sobre la otra vida. La salvación es en la otra vida, en la eterna; la salvación de esta vida se refiere de manera predominante, cuando no exclusiva, a lo que en ella hay de la otra vida. Por lo tanto, atiende a lo moral y a lo religioso, habiendo reducido previamente las dimensiones de lo moral y lo religioso. Lo importante es la otra vida, y lo que en ésta dice relación con la otra es más bien lo interior, lo segregado: «Retirémonos de este mundo, anticipando así la entrada en el otro, en la morada eterna»” (Ellacuría, I. Conversión de la Iglesia al Reino de Dios, para anunciarlo y realizarlo en la historia. Sal Terrae, 1984). Siempre es más fácil estar dentro del templo, con las puertas cerradas, entre los que nos conocemos bien, sin realizar cambios. Arriesgarse a salir, a estar en medio de las necesidades, a conocer otros rostros, a relacionarnos, a cambiar y cambiarnos, es dificilísimo.

La cuestión antropológica, o sea, propia del ser humano, es que siempre piensa que mañana puede ser mejor, o que mañana se hará lo que hoy no. En lo religioso, aprovechando los justificativos teológicos, esa concepción sirve para olvidarse de los pobres. Como ellos sufren tanto, es mejor que sigan sufriendo para que les toque el paraíso en la vida venidera. Esa actitud (esa mirada) marca una distancia abismal entre la estructura institucional de la Iglesia y el pueblo. En el hecho eucarístico, esa distancia se remarca porque el sacramento, en la Iglesia Católica por ejemplo, tiene un ministro oficial e institucional, habilitado para consagrar el pan que es para el pueblo. Entonces, si los pobres tienen que ser alimentados por personas que creen conveniente que ellos mueran de hambre para salvarse, nunca resucitarán la esperanza, y siempre seguirán siendo el chivo expiatorio del aval que la institución eclesial da a un sistema injusto. “Todo ello nos permite afirmar solemnemente que la celebración de la Eucaristía no puede hacerse en el espíritu de Jesús si no va acompañada de hambre y sed de justicia. Traicionaremos la memoria del Señor si con ella ocultamos o hacemos irrelevante la presencia de relaciones injustas en la comunidad de los fieles que celebran y asisten a la Eucaristía” (Boff, L. Teología desde el lugar del pobre. Sal Terrae, 1986).

Una de las constantes en la prédica del Reino que hace Jesús es la relevancia de los pobres y marginados. Los pobres son los bienaventurados porque de ellos es el Reino (cf. Mt. 5, 3 y Lc. 6, 20); es de ellos aquí y ahora, en su pequeñez, y no mañana ni en un futuro lejano. Es su propiedad y no un regalo consuelo. A ellos se les anuncia la Buena Noticia (cf. Mt. 11, 5; Lc. 4, 18; Lc. 7, 22), en un mundo que los anoticia sobre malas nuevas o que los convierte en titulares policiales. La esperanza, la alegría, el cambio es para ellos. La Iglesia no puede ser una administradora a futuro de lo que ya es propiedad de los marginados. La Iglesia no puede creer que ellos tendrán el Reino el día de mañana, cuando al Reino ya lo tienen. No puede negarles la Buena Noticia a los principales destinatarios de ella. Privatizar lo que Dios da es imposible. No se da esperanza a largo plazo, ni se niega la comida prometiendo una comida mejor. “El Reino se anticipa y se concreta siempre que se realiza la Cena de Jesús” (Ibíd.). La presencia de los pobres y marginales en los banquetes de Jesús, y el escándalo que ello produce entre fariseos y gente de la alta alcurnia israelita sirve como muestra para entender que la práctica alimenticia del Maestro era algo más que una forma simpática de comer; al compartir la mesa tan abierta y tan particularmente con los despreciados, Jesús anuncia proféticamente que lo escatológico se hace presente y real en su banquete, y que los pobres son plenos partícipes de la salvación; tan partícipes como dignos de comer a la par, sin tener que pedir permiso. Cuando ocurren las multiplicaciones de los panes (cf. Mt. 14, 13-21; Mt. 15, 29-38; Mc. 6, 34-44; Mc. 8, 1-9; Lc. 9, 11-17; Jn. 6, 1-15), uno de los datos característicos es que la gente tenía verdaderamente hambre, y Jesús es sensible a esa necesidad. Las multiplicaciones son la pre-figura del banquete escatológico: Dios alimenta al hambriento hasta la saciedad, hasta que sobre. No importa cuánta planta tenga el comensal para pagar la participación; todos tienen libre acceso a los manjares. La comida de la salvación no depende de la capacidad adquisitiva; la comida de la salvación penetra la historia de los seres humanos para que los que no tienen lleguen a tener.

Algunas de las plegarias eucarísticas, antífonas y rúbricas litúrgicas de la celebración eucarística suelen dejar el sabor a espiritualismo desencarnado. Se habla mucho del futuro, del paraíso o del cielo, y de las ventajas de la vida eterna, pero poco se dice de los que mueren de hambre en un mundo con recursos suficientes para evitar ese flagelo, o de los discriminados en la mesa global donde se sientan sólo los poderosos y dueños del capital. ¿No sería coherente que al consagrar el pan de la Eucaristía se bendiga comida para aquel que no la tiene? ¿No sería lógico que al consagrar el vino se firmaran acuerdos y contratos para llevar agua a las zonas desérticas y sin cuencas hídricas? ¿No sería cristiano celebrar la Eucaristía todos los domingos en un comedor infantil, o en un albergue nocturno para los sin-techo, o en una casa de recuperación de adictos? Hacer presente y real la Eucaristía en el mundo que tiene hambre es la clave para completar el significado pleno del pan que se comparte y el vino que se reparte.

6. Por una mesa universal, popular y laica (un sueño)

Sueño con una Eucaristía celebrada en la calle de aquella villa miseria donde no se atreve a ingresar la policía. La mesa está construida con la madera de cajones de manzana; no hay piedra consagrada para este altar, pero los albañiles han ofrecido, cada uno de ellos, un ladrillo en agradecimiento por el trabajo que tienen. Los manteles son coloridos y no blancos, de plástico a veces y rajados otras tantas. La mesa no es tan corta como los altares de los templos. Es larga y tiene muchas sillas alrededor; cada participante trae un aposento y la ley es no usarlo uno mismo, sino intercambiarlo con el que trajo otro. Todos traen comida, y el que no puede hacerlo, no se avergüenza, porque en la mesa se comparte lo que hay sobre ella. Algunas mujeres y algunos varones hacen la recepción, y para eso llegan una hora antes de lo estipulado. Reciben, acogen, conversan, ríen y hacen reír. No cobran nada por su trabajo ni tampoco estipulan precios para las intenciones de la Santa Misa que se celebrará. El que quiere pedir por algo lo hace libremente. Tampoco se toma asistencia ni se prohíbe la participación al que se acerca. La misma manera de comer aleja a los que traen malas intenciones. Un rico no acepta que le toque una silla de plástico sin respaldar en el último lugar de la mesa, un político no acepta que no le den la palabra para un discurso largo y persuasivo, un ultra-ortodoxo sale corriendo cuando el pan que se va a consagrar fue hecho por las señoras del barrio desde bien temprano, con el mismo amor con el que todas las madrugadas amasan para sus familias y para sacar unos pocos pesos.

Sueño con una Eucaristía universal, que se celebra entre los pobres de la tierra, fuera del templo, abierta para el que quiera sumarse, sin discriminación, sin distinción entre ministros oficiales y pueblo. Sueño con una Eucaristía popular, donde el ritmo lo marca la gente y no la rúbrica, celebrada con ardor y música autóctona, en la lengua que todos puedan entender, y si hay varias lenguas, celebrada bilingüe o trilingüe. Sueño con una Eucaristía laica, sin monopolio clerical del pan y del vino, donde hoy es ministro uno y mañana es ministra otra, sin privilegios por tener el poder de consagrar. Sueño con una Eucaristía distinta que se parezca cada vez más a los banquetes de Jesús en Palestina, con publicanos, prostitutas y pobres, al aire libre, sin otro ministro que Dios, en una mesa donde se hablan de las cosas cotidianas que preocupan y se las hace trascender.

La historia no admite dormilones / Primer Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 13, 33-37 / 27.11.11

33 Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento.

34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. 35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. 36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos! (Mc. 13, 33-37)

33

Este versículo comienza igual que las primeras palabras de Jesús al inicio del discurso del capítulo 13, en el versículo 5. La misma expresión se repite también en Mc. 13, 9 y Mc. 13, 23, como marcando el ritmo del discurso escatológico. La palabra en griego que traducimos como tener cuidado es blepo, que literalmente significa tener vista, en el sentido de tener una mirada crítica, saber prestar atención, mirar con detenimiento y discernimiento. Quizás, en español, tener cuidado genera más temor de lo que debería. Se trata de estar atentos, de ser sabios en nuestra interpretación de los signos de la historia.

Esta sabiduría es necesaria porque nadie sabe cuándo llegará el momento culminante. Ni siquiera el Hijo lo sabe (cf. Mc. 13, 32). Si bien este desconocimiento de Jesús puede poner en jaque a la cristología, en realidad estamos ante un judío que respeta la tradición veterotestamentaria que asigna a Dios, y sólo a Él, el conocimiento total del universo. Lo importante es que, a pesar de no saber el momento preciso de la consumación de la historia, el hecho de ser sabios con mirada atenta, da a los discípulos una ventaja. El que sepa leer la historia no se verá completamente sorprendido cuando llegue el día definitivo.

34

Este pequeño relato del hombre que se va de viaje y deja encargos es una parábola. Para los estudiosos del Nuevo Testamento es difícil rastrear los inicios de la misma; si Marcos la ha conservado original, si la ha convertido en alegoría, si resulta de la unión de dos parábolas previas. Ciertamente, tiene elementos alegóricos que permiten identificar al hombre que se va de viaje con Jesús que ha muerto-resucitado y ya no está físicamente entre los discípulos, y los servidores con tareas asignadas serían la Iglesia, donde cada uno tiene su ministerio. La falla de la alegoría está en que el portero, figura única con una función específica, es identificado con todos los cristianos luego, cuando se interpreta que todos deberían velar. En este punto, el texto funciona mejor como parábola.

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Aquí, el hombre que se va de viaje es denominado como dueño de la casa. El simbolismo recuerda a la Iglesia-casa, figura típica de Marcos para la comunidad. El dueño de la casa es, obviamente, Jesús. Los servidores-Iglesia no saben cuándo regresará, porque no saben el momento en que la historia se consumará. Los horarios posibles de llegada están tomados de las vigilias nocturnas de la época. El atardecer, la medianoche, el canto del gallo y el amanecer eran los cuatro momentos en que se dividía el período nocturno para tener algún tipo de guía. Estas intersecciones de tiempo equivalían, aproximadamente, a tres horas actuales cada una. Tres horas desde que atardecía hasta la medianoche, tres horas más hasta el primer canto de gallo y tres horas más hasta que amaneciese.

La parábola asume que el dueño de la casa regresa por la noche. También hay simbolismo aquí. La noche es la oscuridad, es el momento histórico donde todo está sombrío y es difícil ver con claridad. Son los momentos difíciles de la historia. Los cristianos atentos y sabios, aún en la noche de las tribulaciones, pueden esperar confiados en el dueño de la casa.

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La referencia a encontrar los servidores dormidos está muy relacionada con el episodio en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33-42), cuando Jesús orando encuentra por tres veces dormidos a Pedro, Santiago y Juan. También es un momento nocturno donde los discípulos no son capaces de esperar atentos, velando. Es un momento específico de tribulación histórica que exige la sabiduría de reconocerle importancia. El sueño de Pedro, Santiago y Juan es la manifestación externa de su incapacidad para mirar sabiamente lo que está ocurriendo a su alrededor. De la misma manera, el sueño de los servidores y el portero es su falta de atención y previsión.

37

El mensaje se universaliza, se dirige a todos. No es sólo el portero quien tiene que estar atento, ni tampoco los discípulos solamente, ni meramente la comunidad eclesial. Todo ser humano debe tener una mirada atenta y sabia sobre la historia para identificar los momentos escatológicos, de consumación, de resolución.

La palabra final de este discurso escatológico del capítulo 13 es, en griego, gregoreo, también traducible como sean vigilantes. Es la actitud exigida a la humanidad desde Jesús. Vigilar, velar, ser sabios en la mirada. Es la forma de identificar la llegada de lo escatológico, la forma de hacer una interpretación correcta de la historia. Los dormidos se pierden la historia de la humanidad, la dejan pasar, la dejan ir. La historia sucede, sus existencias sucede, y ellos no se percatan. Pero Dios quiere seres humanos atentos, no para predecir catástrofes apocalípticas, sino para transformar el mundo activamente.

Atentos a la historia

Los comentaristas de Marcos creen que en el fondo de este capítulo 13 del Evangelio hay un texto previo, más primitivo, del que se habría valido el autor para elaborar su discurso escatológico. Posiblemente circularía como folleto apocalíptico entre las comunidades, como colección de dichos de Jesús sobre los últimos tiempos. Quizás, redactado en la provincia de Judea, con referencias a la situación pre-guerra. Marcos, tomándolo, añadiría frases concretas sobre la historia particular de su comunidad eclesial, sumergida en el universo de la guerra judía de los años 67-70 d.C., con traiciones internas y peligro inminente de crucifixión.

El final del discurso es una llamada profética para los tiempos que corren (para los tiempos que corrían en aquella época). Hay que permanecer vigilando, sin dormirse, sin quedarse inactivos. Hay que estar atentos a la historia para poder discernir sobre ella. Eso es: un discernimiento histórico. Tiene que ver con leer los signos de los tiempos, pero primariamente, con entender el tiempo como lo entiende Dios. El tiempo del mundo (la historia) es un tiempo encargado al acto creativo del ser humano. Los humanos pueden hacer la paz o hacer la guerra, elaborar estructuras de liberación o estructuras de opresión. Pero un día, la historia tendrá que resumirse en el amor de Dios, porque allí encuentra plenitud. Ese día es la esperanza para la comunidad de Marcos. Habrá un día en que desaparecerá la guerra judía, desaparecerán las persecuciones, desaparecerá el temible tormento de la cruz. Habrá un día de gozo eterno, prolongado, inacabable. Habrá un día de paz para las comunidades cristianas.

¿Y mientras tanto? Porque el dilema de la muerte-vida es actual, afecta en el ahora, no mañana. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Esperar a que pase la guerra judía, recluidos, neutrales? ¿Esperar la muerte propia para encontrarnos con el Resucitado? ¿Participar activamente con el riesgo de estar trabajando en un sin sentido? La respuesta colocada en labios de Jesús obliga desde la misión encomendada. El dueño de la casa se ha ido, pero la casa tiene servidores y portero con tareas precisas. Si no cumplen sus encargos, están siendo desatentos con la historia. Para eso están: para prestar atención a la historia del ser humano, para ser luz allí, para guiar, para acompañar. Están en la historia porque sólo participando de ella pueden pretender que ese día final sea real, sea esperanza concreta. Participando de la historia, las comunidades pueden esperanzar y cambiar el mundo. La pasividad no es una opción. Los pasivos son los sorprendidos por el dueño de casa que llega de improviso. No es un fatalismo apocalíptico esta imagen de la llegada nocturna, sino la invitación a estar presentes en la noche de la historia, aunque parezca innecesario. La única certeza de que no estamos dormidos, es justamente, que estemos despiertos como servidores del otro en las noches históricas.

La trampa del doble amor / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 22, 34-40 / 23.10.11

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. (Mt. 22, 34-40)

Seguimos con las preguntas a Jesús para ponerlo a prueba. Marcos también ha conservado esta escena (cf. Mc. 12, 28-34), antes que Mateo. Éste último ha omitido la alabanza final de Jesús al escriba que aceptó la respuesta del Maestro, lo cual tiene sentido en el contexto de la disputa que vive la comunidad mateana. Con la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C., el judaísmo queda casi enteramente en manos de fariseos y escribas, quienes tienen la tarea de reconstruir una religión que estaba centrada en el Templo, ahora ya sin él. El judaísmo post-Templo es un judaísmo rabínico. Ya no hay sacerdotes porque ha dejado de existir el ámbito cultual del Templo. Quedan los escribas, los conocedores de la Ley, ahora a cargo de un pueblo que busca reinterpretarse y pensar su identidad desde otra situación histórica. Al mismo tiempo que los escribas intentan salvar al judaísmo, la comunidad mateana intenta salvarse (sobrevivir). Y en el mundo que comparten, en el afán de definir sus límites, se enfrentan. El Jesús de Mateo tiene un enojo particular con los escribas y fariseos. Son los que atan pesadas cargas a los demás (cf. Mt. 23, 4), los hipócritas que hacen cosas para ser vistos por los demás (cf. Mt. 23, 5). Se hacen llamar maestros, padres o doctores, pero el cristiano sabe que no hay otro maestro, padre o doctor fuera de Dios (cf. Mt. 23, 8-10). Como cumbre, los escribas y fariseos son destinatarios de una serie de ayes dirigidos contra ellos (cf. Mt. 23, 13-33). Más que Jesús hablando, lo que tenemos es a Mateo hablando. Es lógico que las comunidades nacientes entren en conflicto con comunidades circundantes; mucho más tratándose de una comunidad que surge en el seno del judaísmo y que comienza a tener diferencias notables con el mismo. La búsqueda de la identidad personal lleva al choque con otras identidades; si añadimos que el judaísmo también se encuentra en una búsqueda intensa, la colisión es inevitable. Y Mateo es testigo. Por eso reniega de las líneas en que Marcos alaba a un escriba judío que está cerca del Reino por entender la respuesta de Jesús. Mateo cree que el verdadero oficio de los escribas está ahora en el seno de la Iglesia, donde hay discípulos que saben sacar lo viejo (las Escrituras de Israel, la Torá, los Profetas) y lo nuevo (el Evangelio de Jesús) para interpretar el presente y el futuro (cf. Mt. 13, 52).

La escena que leemos hoy, más que un diálogo/debate entre un escriba y Jesús (como parece sugerir Marcos), es una muestra más de cómo Jesús desbarata la trama de sus enemigos y sus intenciones de tenderle una trampa. Por eso los fariseos se reúnen, recordando el Sal. 2, 2: “Los reyes de la tierra se sublevan, y los príncipes conspiran [se reúnen] contra el Señor y contra su Ungido”. La intención es poner en evidencia a Jesús con un problema rabínico típico: resumir la Ley. La Torá contiene numerosos mandatos, tanto positivos (248) como negativos (365), constituyendo un total de 613. Cumplir la Ley es, por lo tanto, cumplir 613 prescripciones. En la práctica, muy pocos son capaces de memorizar tamaña lista. Tendría que haber algo central, algo que resumiese todo, algo que sea la esencia. La capacidad de una formulación sintética era también una muestra de la capacidad rabínica. Quien pudiese reducir 613 a uno o dos preceptos, ese sería un buen maestro de Israel. Los profetas habían ensayado algunos resúmenes de la Ley, sobre todo centrados en la justicia y la fidelidad a Yahvé (cf. Miq. 6, 8; Is. 33, 15-16). Quizás, el resumen más famoso es lo que se conoce tradicionalmente como la regla de oro, conservada en el libro de Tobías: “No hagas a nadie lo que no te agrada a ti” (Tob. 4, 15a). Hillel, un escriba israelita muy reconocido, también la habría formulado; según cuenta la historia, un prosélito se le acercó desafiándolo a que le enseñe toda la Torá en el tiempo que permanecía parado en un solo pie; si Hillel lo lograba, el prosélito prometía hacerse judío, a lo que el escriba respondió: “Lo que te desagrada, no se lo hagas al prójimo: aquí está toda la Ley. El resto es simplemente comentario”. Mateo conoce esta idea y la pone en labios de Jesús, durante el sermón de los capítulos 5-7, aunque con una modificación importante en la expresión: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt. 7, 12). Lo que Hillel y Tobías pronuncian en modo negativo (no hacer), Jesús lo transforma en positivo (hacer por el prójimo). No hay la opción de quedarse de brazos cruzados, esperando sin dañar a nadie; hay que hacer, movilizarse hacia el otro, acercarse. La Ley no está para validar la comodidad de nadie, según Mateo, sino para llevar al encuentro con el otro.

Ese mismo sentido encontraremos en la respuesta que da hoy Jesús al escriba. La pregunta es simple (¿cómo se resume la Ley?), pero por esa misma cualidad de simpleza es complicada. Jesús unirá el Deuteronomio (cf. Dt. 6, 5) con el Levítico (cf. Lv. 19, 18) para dar su visión global y sintética. La unión de ambos mandatos (amar a Dios y amar al prójimo) puede encontrarse en textos apócrifos como el Testamento de Isaías, el Testamento de Daniel, el Libro de los Jubileos (“Teme y adora a Dios, al tiempo que cada cual ama a su hermano con misericordia y justicia”), y el Testamento de los Doce Patriarcas (“Ama al Señor en tu vida entera y ámense unos a otros con un corazón sincero”). Filón de Alejandría también reconocía que la adoración a Dios y la filantropía (el amor al ser humano) constituían las dos virtudes principales e inseparables. Quizás Jesús no sea novedoso en esta pronunciación, pero sí es certero. La Ley y los Profetas (un modismo hebreo para designar las Escrituras Sagradas) se resumen en el amor a Dios y el amor al prójimo. Ahora bien, este amor a Dios tiene un sentido profundo en su formulación bíblica, y el amor al prójimo lo tiene en el sentido que Jesús da al prójimo.

La expresión de Dt. 6, 5 está tomada de un fragmento mayor del Pentateuco que es conocido como Shemá Israel, oración que los judíos debían repetir todos los días. El verbo shemá (escuchar) es importantísimo para el Antiguo Testamento: aparece 1159 veces, y de ellas, 86 en el Deuteronomio. Israel es el pueblo de la escucha atenta de Dios, siempre pendiente de su Palabra. Porque escucha a Dios es notorio que Israel lo ama. Sólo escuchamos con atención (y devoción) a quien amamos. Este amor de Israel es con corazón (leb), alma (nephesh) y fuerza/poder (meodeka). La palabra corazón aparece 853 veces en el Antiguo Testamento. Denota el centro de las personas, su personalidad real, la sede de la conciencia íntima. El corazón es lo que queda del ser humano cuando quitamos sus máscaras, su hipocresía, sus actuaciones. El corazón es el ser humano verdadero, el que está detrás de los ropajes sociales y culturales. Junto al corazón está el alma, que el Antiguo Testamento nombra en 754 oportunidades. La Septuaginta (LXX), traducción en griego del Antiguo Testamento, cambió el nephesh hebreo por la psyche griega, abriendo el camino para la interpretación dualista que separa el alma del cuerpo. En hebreo no es así. Nephesh designa, primariamente, la garganta. Allí el ser humano siente la sed y el hambre, así como la angustia (un nudo en la garganta). El alma, para el hebreo, es el terreno de los deseos, pero no algo inmortal separado del cuerpo. Finalmente, junto al corazón (la conciencia personal) y el alma (los deseos humanos) está la fuerza/poder. Porque el ser humano es frágil, tiene deseos y tiene una conciencia que lo puede hacer decidir bien o mal, pero también tiene una fuerza/poder que es capaz de hacerlo trascender, capaz de hacerlo ir más allá, capaz de amar. El ser humano que es corazón, alma y fuerza, puede amar completamente a su Dios, su Creador. Mateo ha cambiado fuerza por mente (dianoia), pero se mantiene la idea del humano completo que ama completamente. Este amor completo se expresa, más allá de las posibilidades abstractas, en amor al prójimo. Ya explicamos anteriormente cómo entiende Jesús al prójimo. Recordemos que para Israel existe el prójimo (réa en hebreo) que es el israelita, el connacional; existe el forastero (gér) que es el extranjero que se hizo israelita por decisión; y existe el extranjero (nokri) que vive en otro país, potencial enemigo. El libro del Levítico manda amar al prójimo (cf. Lev. 19, 18) y al forastero (cf. Lev. 19, 34), pero nada dice sobre el extranjero. Cuando Jesús habló de amar al prójimo y amar al enemigo (cf. Mt. 5, 43-44) estaba universalizando la condición del prójimo, extendiéndola más allá del connacional a la familia humana.

El amor es cósmico. Pero eso no significa que el amor esté en los cielos, lejos de nosotros. El amor es cósmico y concreto. Jesús lo sabía. El amor a Dios no se entiende sin el amor al prójimo, y el amor al prójimo tiene sentido en su trascendencia y su proyección hacia Dios. Ese es el resumen de la Ley israelita. Ese es el resumen de las religiones. Porque si no está allí la síntesis de los preceptos, de las prescripciones y del culto, entonces la religión no tiene sentido. No hay sentido para lo religioso fuera del ser humano que está a nuestro lado. No hay sentido en los templos gigantescos ni en las convocatorias multitudinarias cuando los pobres quedan fuera de esos templos y de esas convocatorias. Amar a Dios y amar al prójimo es incluir. El amor es cósmico porque es inclusivo, porque abarca todo el universo para que nadie quede fuera. Jesús también sabía eso; por eso comenzó desde la periferia, para abarcar así a todos.

El amor al prójimo es la medida para nuestras Iglesias (para cualquier Iglesia en cualquier tiempo). El corazón, el alma y las fuerzas empeñadas en el único Dios deben ser el corazón, el alma y las fuerzas empeñadas en el prójimo. La Iglesia debe girar su atención y sus recursos a paliar el sufrimiento. Eso es amor concreto al prójimo. No se trata de descuidar el culto organizado, ni la liturgia, ni lo administrativo de las comunidades; se trata de colocar en el centro lo que va en el centro. Se trata de ser buenos escribas, sacando del baúl del corazón a Dios y al prójimo, para amar según el Evangelio. Mateo quería eso de su comunidad: que sean escribas como Jesús, preocupados no por la identidad religiosa que se delimita por la manera de organizarse, sino preocupados por el prójimo. Ahí está la identidad religiosa del cristiano. Los malos (falsos) escribas están ensimismados en la interpretación literal de la Ley, en la casuística, en los márgenes que hacen a uno perteneciente o extranjero a la comunidad de fe; los buenos (verdaderos) escribas prefieren preocuparse por el prójimo, porque en esa preocupación están preocupándose por Dios.

Por no esperar, el Reino se prende fuego / Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 24-43 / 17.07.11

Y les propuso otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?. El les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo. Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?. No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”.

También les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. Después les dijo esta otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa”. Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. El les respondió: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt. 13, 24-43)

La liturgia católica continúa proponiendo, para estos domingos, el discurso parabólico del capítulo 13 del Evangelio según Mateo. Los comentaristas no terminan de ponerse de acuerdo sobre la estructura de esta sección que constituye el tercer discurso del Jesús Maestro mateano. Una posibilidad es dividir el discurso en un primer acto, desde Mt. 13, 1 hasta Mt. 13, 33, donde se describe la escenografía (la barca) al principio, se narra la parábola del sembrador, se explica por qué Jesús habla en parábolas y se da la interpretación alegórica del sembrador. A continuación vienen los versículos que leemos hoy con la parábola de la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. Aquí culminaría el primer acto y, antes de pasar al segundo, habría un entreacto protagonizado por el sentido de las parábolas: Jesús no le habla a la multitud de otra forma que no sea con parábolas, revelando así las cosas ocultas desde la Creación (la cita es una modificación de Sal. 78, 2). De esta manera, Jesús equipara su enseñanza con lo más sagrado de la tradición de Israel, según una antigua tradición rabínica que proclama que, desde la Creación, Dios ha creado lo que vemos y lo que no vemos, inclusive lo que no entendemos en un primer momento. Los llamados milagros o misterios provienen de la misma Creación en la que Dios ha creado lo natural u ordinario. Jesús trae a la muchedumbre los misterios más profundos del Padre, que no están resguardados sólo para los escribas, sino para el ser humano en general. A partir de allí entraríamos al segundo acto (entre Mt. 13, 36 y Mt. 13, 50) con la interpretación alegórica de la parábola de la cizaña, la parábola del tesoro, la perla y la red. Finalmente, tendríamos un epílogo en Mt. 13, 51-52.

Esto sería un esquema general, discutible. En los versículos seleccionados litúrgicamente para este domingo tenemos un esquema más pequeño, más interno, con la parábola de la cizaña al principio y la explicación alegórica al final, encerrando literariamente las parábolas del grano de mostaza y de la levadura. Estas dos parábolas van unidas en la fuente Q, como bien lo respetan Mateo y Lucas (cf. Lc. 13, 18-21), que se valen de ella. Esto quiere decir que hay un vínculo entre ambas. Las dos comienzan con algo pequeño que tiene resultados grandes, casi exagerados. En Galilea, el mostacero puede alcanzar 3 metros de altura; no es un árbol gigante, pero sí un arbusto importante en tamaño. Entendemos que Jesús exagera al hablar de un árbol grande, pero ya veremos por qué lo hace. En cuanto a la levadura en la masa, la exageración está en la harina utilizada, que serían cerca de 22 litros, entendiendo que una medida (saton en griego, del hebreo seah) equivale aproximadamente a 7,33 litros, y el texto original habla de tres medidas de harina. Eso es mucha cantidad para la levadura que pone la mujer. Y, sin embargo, el resultado es grandioso. Estas exageraciones del parabolista, además de responder al modelo literario de la parábola que presenta un cambio notorio entre el inicio y el final de la narración, son constataciones de la acción del Reino. Tan pequeño y desapercibido, se transforma en árbol y hace fermentar una masa ingente. No es necesario acelerar el juicio escatológico ni tomar la justicia divina en nuestras manos (eso es lo que explicará la parábola de la cizaña), porque el Reino actúa, aunque nos parezca que sucede lo contrario, que el mundo se cae a pedazos, que no hay nada bueno. El final de los tiempos llegará a su momento; es más; llegará en el momento oportuno, adecuado. Lo que debemos tener por cierto es que la masa fermentará y que los pájaros del cielo van a cobijarse en las ramas del árbol mostacero. La imagen del gran árbol como metáfora de reinos enormes se remonta al profeta Ezequiel, que describe a Egipto como un ciprés, un cedro del Líbano, de follaje tupido, donde anidan todos los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 1-8). Daniel retoma la imagen también (cf. Dan. 4, 17-19). El Reino de Dios crecerá, indefectiblemente, y todos podrán cobijarse en sus ramas. Estos pájaros son las naciones del mundo. El final de los tiempos será universal. El Reino dará cobijo a todos, sin distinguir entre judíos y paganos.

Pues bien, junto a esa confianza de Jesús en el Reino como desarrollo inevitable de la historia, se encuentra la realidad del trigo y la cizaña. La dinámica entre parábola y explicación alegórica es la misma que en la parábola del sembrador. Jesús narra un texto parabólico y luego, en privado, los discípulos reciben una explicación en línea alegórica, adjudicando a cada elemento de la narración un correspondiente en la realidad. Como en la otra oportunidad, suponemos que la parábola puede remontarse al Jesús histórico, pero la explicación alegórica es de la comunidad cristiana. Quizás, lo escandaloso de la parábola sea que el dueño del campo no quiera arrancar la cizaña. Prefiere esperar hasta la cosecha. El enemigo que sembró cree así que ha triunfado, que ha arruinado el campo del hombre. Pero nuevamente aparece el tema de la confianza en el Reino. Hay que tener esperanza. Cuando llegue el tiempo (la cosecha), el trigo se separará de la cizaña. El Reino tendrá una resolución, aunque parezca que la cizaña se come todo el campo. El Reino será finalmente un gran trigal. En la alegoría, la cosecha es el momento escatológico y los cosechadores son los ángeles, mensajeros de Dios. Esta es una visión apocalíptica que se complementa a la de Mt. 25, 31-46, donde también hay ángeles presentes. Así como el trigo y la cizaña, en el capítulo 25 son las ovejas y los cabritos. Mateo recalca esta separación entre lo bueno y lo malo, lo que proviene de Dios y lo que proviene del Maligno, pero lo reserva para el Hijo del Hombre que viene al final de los tiempos. No puede acelerarse ese proceso. No puede hacer justicia el ser humano, porque no sabe cuál es la vara con la que mide Dios, ni tiene su sabiduría ni su misericordia. ¿Cómo distinguir el trigo de la cizaña si en el mismo corazón del ser humano hay trigo y cizaña? Es una tarea para el Hijo del Hombre y sus ángeles.

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Es interesante notar cómo la figura del enemigo del dueño del campo emula al sembrador. El enemigo siembra como si el campo fuese suyo, haciendo las veces de dueño, de sembrador. En la alegoría, el demonio queda al descubierto. Cree que el mundo es suyo y se cree dios, haciendo las veces de sembrador, pero el final revela que no lo es, y que su cizaña es derrotada y quemada. Cuando en las tentaciones del desierto, el demonio muestra a Jesús las naciones y se las ofrece, como si fuesen suyas (cf. Mt. 4, 8-9), en realidad está mintiendo. Jesús lo tiene en claro. Por eso tiene una esperanza enorme en el resultado del Reino. Esa esperanza es la que le da fidelidad (fe) al proyecto del Padre, aún en el tiempo de espera.

En la Iglesia, a veces, pecamos de arrebatados. Queremos un juicio ya mismo, una destrucción de la maldad (de los malos) que no se haga esperar. Y por no esperar esperanzados, comenzamos la caza de brujas nosotros mismos, midiendo con las varas que cada uno, subjetivamente, tiene. Y esas varas hacen desastres, condenas, inquisiciones y censuras. No creemos en la levadura ni en el grano de mostaza. Es más; nos parecen absurdas ambas historias. Preferimos lo grande, lo institucional, lo muy visible. Preferimos marchas y procesiones multitudinarias, y hasta identificamos el éxito del Reino con el aumento de suscriptos a jornadas cristianas con escenarios y ceremonias teatrales. Nadie sabe de las comunidades pequeñas reunidas en las casas, nadie sabe de las ONG que defienden al pobre y al oprimido con escasos recursos materiales y humanos, nadie sabe de los niños que son acogidos desinteresadamente por hogares familiares, nadie sabe del político que rechaza la coima ni del empresario que evita aprovecharse de sus obreros. Es lo que pasa desapercibido. Es el Reino que hace fermentar la masa y que crece como el mostacero, pero nadie lo reconoce. Allí debe estar el apoyo de la Iglesia. No importa si se declaran o no cristianos; importa que son trigo. Los márgenes institucionales pueden ser terribles, limitantes, sectarios. Y sin embargo el Reino quiere ser un árbol que cobije a todos los pájaros del cielo. Por arrebatados, ponemos límites al crecimiento del mostacero, o imploramos al dueño del campo para que envíe sus ángeles de la cosecha. Él nos sigue pidiendo que esperemos, que todo tiene su tiempo, que los juicios apresurados destruyen; y en la Iglesia tenemos sobrada experiencia de haber quemado trigo pensando que era cizaña.

El mundo es grande para 72 / Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 10, 1-12.17-20

Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir. Y les dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros.” En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: “Sacudimos sobre vosotros hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sabed, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca.” Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. “

Regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.” Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.” (Lc. 10, 1-12.17-20)

El texto conocido de la Misión de los 72 es propiamente lucano. Ninguno de los otros evangelistas lo narra. Es fácil hallar en esta inclusión de Lucas una herramienta literaria para hacer parangón con el envío de los Doce sucedido en Lc. 9, 1-6.10. Comparando ambos episodios encontramos en común el tema de los enviados, la descripción de una serie de actividades que deben realizar y el regreso en el que los discípulos cuentan al Maestro la experiencia. Si bien el esquema es similar, las diferencias se hacen notables. En primer lugar está la cuestión del número. Mientras el envío del capítulo 9 se realiza sólo con los Doce (número reducido y grupo fácilmente identificable según Lc. 6, 13 y Lc. 8, 1, con el nombre particular de apóstoles), el envío que leemos hoy comprende a setenta y dos discípulos (número amplio y grupo difícil de detallar porque no tenemos otra referencia específica a ellos en el Evangelio ni en Hechos de los Apóstoles). En estos números debemos buscar, como muchas veces nos obliga la Biblia a hacerlo, el simbolismo detrás de la cifra. Como ya aclaramos en otras ocasiones, el doce es el número de la elección, y por extensión, es el número del pueblo judío. Siempre son doce los elegidos, y en el caso de Israel, doce son las tribus que forman la nación, porque es el pueblo que Yahvé ha elegido entre las demás poblaciones. Por lo tanto, tenemos que suponer que el envío de los Doce es el envío propiamente judío. En el otro extremo, abriendo el capítulo 10 del libro, están los setenta y dos. Para entender este número hay que referirse a Gn. 10, donde se conserva la lista de los descendientes de Noé a partir de sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Habiendo acontecido el diluvio anteriormente, en la pre-historia bíblica, Gn. 10 es el momento en que la tierra se repuebla tras las devastadoras aguas. Esa repoblación que se hace a partir de estos tres hermanos da origen a todos los pueblos del mundo, que resultan ser setenta. A punto de partida de esta historia, se cree popularmente, en la tradición israelita, que los pueblos de la tierra son setenta. Entonces, cada vez que se usa esa cifra, la referencia parece ser universal, y por ende, referencia a las naciones paganas, que constituyen la gran mayoría de esos setenta. El envío de setenta y dos, entonces, parece ser la contrapartida a los Doce judíos. Los setenta y dos son los misioneros del mundo, de lo gentil, de la tierra toda. Por eso son tantos (mucho más que doce) y por eso no se los identifica con un grupo particular, pues tienen que estar sumergidos en el mundo para evangelizarlo, y no distinguirse por una posible jerarquía que devenga de una elección divina, sino todo lo contrario; en medio del mundo demuestran que viven en la sintonía de Dios.

Vale acotar que estos setenta y dos guardan conexión con el relato que leímos el domingo anterior en la liturgia. En Lc. 9, 52, Jesús envía mensajeros delante suyo para que le preparen posada, así como en la perícopa de hoy son enviados también delante a los lugares donde iba a ir el Maestro. Esta conexión cobra sentido visible cuando recordamos que en Lc. 9, 52 iban delante hacia un pueblo de samaritanos, considerados gentiles e impuros por los judíos. La misión de Jesús y de sus enviados se abre hacia los despreciados religiosamente. Primero los samaritanos, y luego la universalidad que representan los setenta y dos. Jesús sabe que el trabajo es enorme, pero no por eso imposible ni susceptible de ser abandonado. Va caminando hacia Jerusalén, pero envía mensajeros/misioneros delante de Él, para que marquen el camino por donde pasa el Señor. Van de dos en dos, respetando la disposición del Deuteronomio que exige, como mínimo, la palabra de dos personas para que un testimonio sea válido (cf. Dt. 17, 6 y Dt. 19, 15). Lo que estos setenta y dos tienen para decir merece la máxima atención y la máxima fiabilidad. Ellos anuncian que viene el Señor, que va a pasar Jesús, y eso es cierto. Extendiendo este artificio literario del parangón, podemos presentar en estos enviados la re-figura de Juan el Bautista. Como Juan, los setenta y dos hacen el adviento, anuncian la llegada del más fuerte (cf. Lc. 3, 16), se adelantan en el camino que recorrerá el Cristo.

Es tan novedoso esto que transmiten, y tanta prisa genera en el corazón del que se encontró con la Buena Noticia, que el tiempo no puede ser desperdiciado. No pueden detenerse a saludar a nadie en el camino. Y eso no es antipatía. La costumbre oriental que considera el saludo como un rito fundamental y, sobre todo, largo, es relativizada por la urgencia del Reino. Debemos saber que los orientales, cuando se saludan, invierten muchísimo tiempo, porque no es un mero apretón de manos, sino una conversación establecida culturalmente, en la que el diálogo se extiende para saber cómo está la familia, la salud, el trabajo y las cosas de la vida. Los enviados no pueden detenerse a saludar porque tienen la prisa del Reino. Esto se condice con las vocaciones del final del capítulo 9, donde el Maestro sugiere que los muertos entierren a sus muertos (cf. Lc. 9, 60) y que no se puede mirar atrás (cf. Lc. 9, 62). La tarea es tan universalmente grande, que las demoras repercuten en perjuicio del Evangelio. No se nos invita sólo a tareas de templo, sino a evangelizar el mundo, a llegar a las naciones paganas figuradas por estos setenta y dos. Aquí es inquietante analizar qué quiere decir la expresión sobre no llevar bolsa, alforja ni sandalias. Tradicionalmente se la interpreta como el desprendimiento propio de la actividad misionera, pero quizás sea necesario profundizar el significado. Según se sabe, a los peregrinos que anualmente marchaban a Jerusalén para las fiestas en el Templo, se les prohibía entrar a la explanada del mismo con bastón, calzado o alforja, y se les prohibía también alojarse para hacer noche. Las pertenencias, entonces, quedaban fuera del lugar considerado sagrado, y al mismo tiempo impedían que el peregrino se instalara, perdiendo su condición de viajero. Debido a esto, es posible que la frase jesuánica advierta sobre lo sagrado de la tarea universal que tienen por delante los setenta y dos. No pueden llevar pertenencias prohibidas en el Templo porque para ellos es sagrado todo el suelo que pisan. Y no pueden instalarse con comodidad en cualquier lugar porque pertenecen al mundo, al Reino de Dios, y no a una zona específica. El concepto de lugar sacro se traslada al mundo, al espacio que habita el ser humano, el destinatario de la Buena Noticia. Y como ese mundo es basto y la prisa por el amor de Dios apremia, y los obreros son pocos, es preciso estar en movimiento. Nadie puede instalarse o creerse dueño de una parcela de tierra. Es preciso moverse, ser peregrino, ser varones y mujeres en éxodo. Justamente, el gran sentido de las peregrinaciones judías a Jerusalén es el de recordar el largo éxodo por el desierto. Por eso no puede dejar de ser viajero un judío; porque su identidad es el viaje. De la misma manera, un discípulo de Jesús no puede quedarse quieto, cómodamente instalado, porque su esencia está en el camino. Los cristianos son discípulos en viaje, en constante traslado, listos para partir.

Cuando regresan los setenta y dos y le cuentan a Jesús todo lo que sucedió, Él se alegra sobremanera. Sus expresiones son apocalípticas y jubilosas. Basado en imágenes populares del imaginario religioso judío, expresa cómo el mal es vencido y cómo la presencia de Dios es una fuerza superior a cualquier amenaza. Satanás cae del cielo porque no hay lugar para él en el estrado de Yahvé. Y aunque la imagen es de algo que sucede en las alturas, perfectamente se correlaciona con la tarea de los enviados. Para Jesús, la misión no es algo encasilladamente celestial o encasilladamente terrenal. La misión sucede en un mundo donde está Dios porque Dios interviene en el mundo y la historia. Por eso cae Satanás como un rayo. Es tanta la compenetración entre Dios y sus creaturas, que no queda lugar para su presencia. Estorba, sobra. Su caída del cielo se corresponde con los discípulos que pueden pisar serpientes y escorpiones. Como se había anunciado en Gn. 3, 15, finalmente el linaje de la mujer pisa la cabeza del linaje de la serpiente y la destruye. Aquella promesa en el Edén que es mesiánica y esperanzadora, es realidad en el ámbito del Reino. Ante tamaña compenetración entre Dios y los seres humanos, el mal recibe el pisotón en su cabeza.

Pero la verdadera razón de la alegría, como lo indica el mismo Maestro, no está en lo maravilloso que puede resultar un exorcismo o en lo milagroso del mal derrotado. La alegría está en que compartimos la vida de Dios. La expresión sobre estar inscritos en el cielo (o en el libro de los cielos) pertenece al acervo de Escrituras sagradas judías y, si bien tiene relación con la salvación futura y lo escatológico, también es la expresión de esa compenetración de la que venimos hablando. En los cielos (o en el libro de los cielos) están inscritos los que tienen vida porque Dios se las da y son concientes de ello (cf. Ex. 32, 32-34; Is. 4, 3). La inscripción no es un destino prefijado ni una astrología divina. La inscripción es estar presentes en el corazón de Dios. Él conoce el nombre de cada uno de nosotros y lo guarda con celo, porque guardando el nombre se guarda la persona.

Lo glorioso de la evangelización no es la misa multitudinaria de cierre ni la cantidad asombrosa de casas que abren las puertas a la visita ni la prédica que arrancó lágrimas. Lo glorioso es que estamos imbuidos del Espíritu del Reino y que somos atravesados de tal manera por ese Espíritu, que sin calzado, sin alforja, sin condicionantes, y sin ataduras materiales, somos capaces de hacer el éxodo de Jesús basados en su Evangelio. Lo glorioso es que Dios quiere vivir entre los seres humanos, quiere amarlos en carne asumida, quiere compenetrarse de tal manera con ellos que el amor a Él y el amor al prójimo se confundan. Lo glorioso es que con un Dios así, la evangelización es cuestión de todos los días y de todo lugar.

Cinco propuestas eucarísticas: por una mesa universal, popular y laica

“¿Se puede, por una parte, celebrar un culto eucarístico y, por otra, vivir en la injusticia? ¿Qué sentido tiene celebrar la memoria de Jesús en una comunidad en la que oprimidos y opresores se sientan codo con codo? ¿Es responsable, en una situación conflictiva, celebrar la misa, recordar la entrega de Jesús, su gesto de amor, y permitir que todo siga igual? ¿Puede justificarse la celebración de la eucaristía en actos públicos, en grandes solemnidades masivas?” (Cómo celebrar la Eucaristía en un mundo de injusticias, Leonardo Boff)

 

1. La mesa de Jesús es abierta para todos

 

Cuando Jesús come, todos pueden acercarse a su mesa para compartir el pan. Pero esa universalidad no se vive desde el concepto clásico de universalidad, como si hubiese sillas vacías infinitas donde cada uno se las va ocupando. El concepto de universalidad del Evangelio se basa en la particularidad de la opción por los marginados. La mesa, entonces, está abierta para todos los marginales y para los que, sin serlo, están dispuestos a asumir la marginalidad por su compromiso con la vida de los pobres. Quien prefiere ocupar un lugar de honor y diferenciación, se aparta a sí mismo de la mesa de Jesús, porque se escandaliza con el Mesías que se sienta entre prostitutas, pecadores, publicanos, impuros y pobres económicos. ¿Qué tipo de banquete mesiánico es éste donde lo mejor de la sociedad se entrecruza con lo peor de ella? O peor aún, ¿qué tipo de banquete regio se come al revés, con los marginales en los primeros puestos?

Cuando Pedro, según el relato de Marcos, le inquiere a Jesús: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mc. 10, 28); Él le responde que nadie que haya dejado bienes por el Evangelio quedará sin recompensa, sentenciando luego que “muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros” (Mc. 10, 31). En esa inversión del orden establecido se aclara la marginalidad que debe ser adoptada para sentarse en la mesa universal. Cuando el evangelista Lucas utiliza la misma expresión sobre los últimos y los primeros (cf. Lc. 13, 30), la sitúa en el contexto del banquete universal del Reino de Dios escatológico, cuando “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa” (Lc. 13, 29), o sea, cuando llegarán de todas las naciones, consideradas paganas e impuras, a celebrar la salvación. Para un judío, aceptar la inserción de la gentilidad en el plan de Dios es hacerse último y dejar la posición de supuesto liderazgo. Para nosotros, cristianos de hoy, sigue siendo un llamado de atención.

Si la Eucaristía nos resulta un premio a nuestras buenas obras, y un castigo para los malvados que no pueden comulgar, entonces hemos des-universalizado la mesa de Jesús. Para revertir esa perversión eucarística, habrá que vivir en serio la marginalidad y celebrar en serio entre los marginales. Habrá que abandonar la concepción de pureza/impureza por la del amor que es gracia. La Eucaristía no puede comerse siempre dentro de un templo bellamente adornado y siempre entre los mismos rostros que desconocen lo que sucede al otro lado de la vereda. La Eucaristía se debe celebrar al aire libre, en las calles de los barrios que siempre están inundadas, con la mesa prestada de un vecino, con el mantel tejido por los artesanos tradicionales de esa cultura, con la copa que en cualquier casa se utiliza para las ocasiones especiales, con un pan que se amase desde la mañana entre los que se animan. Cada uno trae su silla a la celebración, pero para ofrecérsela al otro, y que otro me la ofrezca a mí. Aquí no importa si las manos están sucias para comulgar porque estuvo arreglando el auto o porque no hay agua corriente. Aquí no se pregunta si te ganaste la participación de la Eucaristía; al contrario, la condición para unirte a la mesa es que te reconozcas necesitado de una mesa donde comer con los otros.

 

2. Compartir la mesa es celebrar la Pascua

 

La liturgia del triduo pascual es la más bella de todas, y con razón es la madre de todas las liturgias. Pero esa belleza parece diluirse a lo largo del resto del año. Y si consideramos que, dentro del triduo pascual, sólo el sábado de gloria bien entrada la noche y domingo son los momentos de resurrección, nos quedamos con poco más de veinticuatro horas al año donde se remarca con ahínco que Jesús resucitó y que vamos a resucitar como Él. Los demás domingos y fiestas, y ni hablar de los días comunes, nos perdemos en actividades rutinarias eclesiales, ocupaciones laborales, festejos de santos y advocaciones marianas. Pero de resurrección, poco. Sin embargo, cada vez que nos reunimos en torno a la Eucaristía, se hace memorial de la Pascua. O si queremos utilizar otras palabras: cada vez que comemos en la mesa de Jesús, hay sacramento de su resurrección y de la nuestra. Esa es una dimensión de demasiado gozo para darse el lujo de desperdiciarla.

Cuando Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas del hijo del rey, en el inicio del capítulo 22 de Mateo, se nos relata que los invitados a la fiesta se excusaron de ir e incluso mataron a los mensajeros de la buena noticia. Entonces, estando todo ya preparado, el rey mandó a sus siervos a que trajeran a cuanta persona encontraran, sin preguntar sobre moralidad, a los buenos y a los malos. Pero uno de los que ingresó en esta camada, no tenía traje de boda, por lo que fue expulsado. Quien no está preparado y listo para festejar, no puede comer el banquete. Es la boda del hijo del rey, un evento mayor, un hecho extraordinario y fuera de lo común. No tener traje es no tener ni la alegría ni la conciencia de lo que se celebra.

Muchas veces, en la Eucaristía no se sabe qué se celebra. La Pascua son unos días feriados y una oportunidad de escapar. Para varios resulta una carga por las cosas que hay que organizar. El resto del año transcurre. La vida se escapa sin la alegría de Dios. Y los domingos sigue estando la misma congregación reunida en torno a una mesa, con las caras largas y tristes, escuchando música que parece fúnebre, como si en lugar de festejar la vida plena se hiciese un recordatorio lúgubre. La Eucaristía tiene que ver con la muerte en cuanto Dios es capaz de transformarla en vida. Pero la Eucaristía no es sólo la cruz. El Crucificado y los crucificados de la historia son el marco contextual en que el pan partido tiene sentido; pero al mismo tiempo, el pan compartido y repartido es la esperanza de que las situaciones pueden virar, cambiar, convertirse. Al compartir la mesa creemos que hay Pascua para todos, que todos los corazones son libres para abrirse a lo trascendente, que los sistemas injustos son destruibles, que a los gigantes opresores se los puede derribar. No hay por qué escuchar homilías y sermones oscuros, apocalípticos y moralistas si vamos a una fiesta; no hay por qué cantar música que duerme y aburre; no hay por qué prohibir instrumentos que utilizamos en otras fiestas, fuera del templo; no hay por qué tener los bancos ordenados en fila, dejando a los últimos bien lejos de la mesa, que es el centro del festejo.

 

3. En la mesa se acoge

 

La mesa de Jesús no termina en la comida en sí. Si así fuese, la gente llega, se acomoda, se come y se va. La mesa de Jesús es un concepto más grande que implica una acogida. Jesús sale a buscar al marginal, lo mira con amor, le habla al corazón, lo escucha, intercambia, y lo invita a un banquete donde encontrará espacio, oportunidad de expresarse y reconocimiento de su dignidad. El acogido debe ser capaz de sentarse en la mesa como si fuese la suya propia, y debe ser capaz de entrar en relación con los otros comensales desde la confianza. La mesa de Jesús no es silenciosa. Allí se habla y todos pueden hablar. Se comparten las experiencias y se las respeta. Animarse a la acogida es muy arriesgado, porque quien acoge está cediendo parte de sí al otro.

Los distintos resúmenes que los evangelistas presentan sobre cómo acudían las masas a Jesús es paradigmático. Para Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9, 35-36). Para Marcos: “Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle” (Mc. 3, 7-10). Para Lucas: “Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc. 6, 17-19). Las características de la acogida jesuánica son la compasión, la curación y el exorcismo. Compasión que mueve a la acción, que denota un corazón atento. Curación que es acompañamiento y restitución de la situación querida por Dios. Exorcismo que es bien venciendo al mal. Lo importante es que a la mesa lleguen de corazón, sanos y liberados. Comer es parte del tratamiento, pero también meta de un camino que comienza en el encuentro personal. Al encontrarnos con el otro descubrimos que necesita compasión, alguien que le hable al corazón, que lo mire de verdad y a su altura, no desde arriba, que reconozca sus carencias y no se aproveche de ellas; necesita curación, porque su cuerpo y su mente sufren, y no puede reconocer la presencia de Dios a su lado acompañándolo en esa situación; necesita exorcismo porque está esclavizado, por distintos demonios, pero al fin y al cabo preso, sin libertad, sin poder hacer, y nadie le ha ofrecido una vía alternativa para romper las cadenas y proyectarse.

Si la Eucaristía es una hora semanal, es una farsa. La Eucaristía comienza cuando el cristiano se encuentra con el otro que necesita compasión, curación y/o exorcismo. Allí da inicio la mesa, que se coronará alrededor del pan y el vino. El templo no puede abrirse quince minutos antes de la celebración, ni la gente puede ir entrando sin recibimiento. Además, aunque parezca obvio a esta altura de la historia eclesial, no se puede pretender que una persona venga a comer con nosotros si nadie la ha invitado. El ministerio de la acogida exige un trabajo de toda la semana, casa por casa, ámbito por ámbito, y en la entrada del templo, y alrededor del sitio elegido cuando se celebra fuera del templo, y ubicando a las personas, y dialogando. La Eucaristía no es un acto religioso. En la Eucaristía hacemos sacramento de la comunión, de la familia que formamos en Cristo, y el otro es hermano. Por eso debo sentirme tan ligado a él o ella que no puedo evitar hablarle, saludarlo, sentarme a su lado, interesarme por lo que le pasa.

 

4. La Eucaristía es recíproca

 

La idea de que nosotros, la Iglesia, damos todo lo bueno al mundo y el mundo lo rechaza, es una concepción tan anquilosada como inexacta. Creernos súper-dadores y poner al otro en situación de pasividad extrema atenta contra el Evangelio. La reciprocidad es la esencia y lo maravilloso de la diversidad cultural, de las idiosincrasias, de las diferencias. El otro es distinto porque puede enriquecerme, cambiarme y mejorarme. Yo soy distinto para enriquecer, cambiar y mejorar al otro. Pero en el mismo nivel. La Iglesia puede aportar cosas increíbles al mundo, sin embargo, si no sabe recibir las cosas del mundo que pueden acercarla más a Dios, rompe el esquema comunicativo y, ergo, no hay comunicación. Si no hay comunicación, entonces no hay evangelización, porque el Evangelio está para ser comunicado. Y la misión no es otra cosa que la comunicación de la Buena Noticia. La palabra técnica e inglesa feedback expresa el concepto que en español llamamos retroalimentación. Las comunicaciones son completas cuando se retroalimentan, cuando emisor-receptor son intercambiables, de igual dignidad y recíprocos. Lo demás es monólogo o confusión, pero no comunicación.

La capacidad de escuchar de Jesús es asombrosa. Su oído y su corazón oyen el clamor de los oprimidos. Jesús es un profeta de su tiempo porque, escuchando a la gente, puede saber qué les sucede, qué necesitan, por qué ríen, por qué lloran, qué les sobra, cuáles son sus capacidades. La voz del otro se reviste de significado y es valorada positivamente. La voz del otro puede cambiar a Jesús. Clásico es ya el ejemplo de la mujer sirofenicia de Marcos, que se acerca para pedirle al Maestro que expulse el demonio de su hija (cf. Mc. 7, 26), a lo que Jesús responde: “Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mc. 7, 27). Clásica es también la respuesta de la mujer que la hizo pasar a la historia grande: “Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños” (Mc. 7, 28). En el mismo episodio contado por Mateo, la última frase de Jesús para con ella es una alabanza de su fe (cf. Mt. 15, 28); en Marcos, en cambio, se alaban sus palabras: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc. 7, 29). Jesús es capaz de reconocer la voz del otro e incorporarla. La mujer sirofenicia le hace comprender a Jesús que para los paganos también hay pan de salvación, que también pueden compartir el pan de los hijos, y que eso es querer de Dios. Jesús no rechaza ese aporte, sino que oyendo, lo hace vida.

De la misma manera, en la Eucaristía no hay comunicación unidireccional. No es sólo la Iglesia alimentando al mundo. Es la Iglesia y el mundo en diálogo, que a la vez es comunicación con Dios. El pan y el vino (la mesa toda) es un espacio donde se puede traer lo que tenemos para compartir y sacar lo mejor. Es un espacio donde se escucha la voz del cristiano de la primera hora y del ateo que quiere comprometerse con los seres humanos. En una Eucaristía restrictiva, sólo habla uno y los demás escuchan, uno grita y los otros acatan, una sola voz vale y las otras pueden estar o no. En una Eucaristía recíproca, en cambio, la participación es voluntaria y espontánea, y la voz de aquel vale igual que la mía, y nos escuchamos, y buscamos el mayor provecho para los hermanos. Y si alguien mal visto interviene, también es escuchado, y su voz no vale menos ni es prejuiciado, sino que se valora su aporte por la repercusión en amor que puede tener para los demás. Siendo recíproca, la Iglesia puede crecer. Restrictivamente, centralizando la voz en pocos y las decisiones en grupos específicos, la Iglesia se ahoga en su propia saliva.

 

5. El banquete es escatológico (aquí y ahora)

 

Que en la Eucaristía anunciemos la muerte y proclamemos la resurrección hasta la vuelta de Jesús (parusía) no significa que la Eucaristía deba desencarnarse. Miramos hacia delante, hacia el futuro, porque aquí y ahora es necesario mirar también. Partimos el pan místicamente porque queremos encarnarnos para repartir el pan materialmente. Vivir ajenos a la realidad es un peligro en todas las áreas y en todos los tiempos. Siempre es más fácil estar dentro del templo, con las puertas cerradas, entre los que nos conocemos bien, sin realizar cambios. Arriesgarse a salir, a estar en medio de las necesidades, a conocer otros rostros, a relacionarnos, a cambiar y cambiarnos, es dificilísimo.

La cuestión antropológica, o sea, propia del ser humano, es que siempre piensa que mañana puede ser mejor, o que mañana se hará lo que hoy no. En lo religioso, aprovechando los justificativos teológicos, esa concepción sirve para olvidarse de los pobres. Como ellos sufren tanto, es mejor que sigan sufriendo para que les toque el paraíso en la vida venidera. Esa actitud (esa mirada) marca una distancia abismal entre la estructura institucional de la Iglesia y el pueblo. En el hecho eucarístico, esa distancia se remarca porque el sacramento, en la Iglesia Católica por ejemplo, tiene un ministro oficial e institucional, habilitado para consagrar el pan que es para el pueblo. Entonces, si los pobres tienen que ser alimentados por personas que creen conveniente que ellos mueran de hambre para salvarse, nunca resucitarán la esperanza, y siempre seguirán siendo el chivo expiatorio del aval que la institución eclesial da a un sistema injusto.

Una de las constantes en la prédica del Reino que hace Jesús es la relevancia de los pobres y marginados. Los pobres son los bienaventurados porque de ellos es el Reino (cf. Mt. 5, 3 y Lc. 6, 20); es de ellos aquí y ahora, en su pequeñez, y no mañana ni en un futuro lejano. Es su propiedad y no un regalo consuelo. A ellos se les anuncia la Buena Noticia (cf. Mt. 11, 5; Lc. 4, 18; Lc. 7, 22), en un mundo que los anoticia sobre malas nuevas o que los convierte a ellos en titulares policiales. La esperanza, la alegría, el cambio es para ellos. La Iglesia no puede ser una administradora a futuro de lo que ya es propiedad de los marginados. La Iglesia no puede creer que ellos tendrán el Reino el día de mañana, cuando al Reino ya lo tienen. No puede negarles la Buena Noticia a los principales destinatarios de ella. Privatizar lo que Dios da es imposible. No se da esperanza a largo plazo, ni se niega la comida prometiendo una comida mejor. La presencia de los pobres y marginales en los banquetes de Jesús, y el escándalo que ello produce entre fariseos y gente de la alta alcurnia israelita sirve como muestra para entender que la práctica alimenticia del Maestro era algo más que una forma simpática de comer; al compartir la mesa tan abiertamente y tan particularmente con los despreciados, Jesús anuncia proféticamente que lo escatológico se hace presente y real en su banquete, y que los pobres son plenos partícipes de la salvación; tan partícipes como dignos de comer a la par, sin tener que pedir permiso. Cuando ocurren las multiplicaciones de los panes (cf. Mt. 14, 13-21; Mt. 15, 29-38; Mc. 6, 34-44; Mc. 8, 1-9; Lc. 9, 11-17; Jn. 6, 1-15), uno de los datos característicos es que la gente tenía verdaderamente hambre, y Jesús es sensible a esa necesidad. Las multiplicaciones son la pre-figura del banquete escatológico: Dios alimenta al hambriento hasta la saciedad, hasta que sobre. No importa cuánta planta tenga el comensal para pagar la participación; todos tienen libre acceso a los manjares. La comida de la salvación no depende de la capacidad adquisitiva ni de la línea histórica; la comida de la salvación penetra, justamente, la historia de los seres humanos, para que los que no tienen, lleguen a tener.

Algunas de las plegarias eucarísticas, antífonas y rúbricas litúrgicas de la celebración eucarística suelen dejar el sabor a espiritualismo desencarnado. Se habla mucho del futuro, del paraíso o cielo, y de las ventajas de la vida eterna, pero poco se dice de los que mueren de hambre en un mundo con recursos suficientes para evitar ese flagelo, o de los discriminados en la mesa global donde se sientan sólo los poderosos y dueños del capital. ¿No sería coherente que al consagrar el pan de la Eucaristía se bendiga comida para aquel que no la tiene? ¿No sería lógica que al consagrar el vino se firmaran acuerdos y contratos para llevar agua a las zonas desérticas y sin cuencas hídricas? ¿No sería cristiano celebrar la Eucaristía todos los domingos en un comedor infantil, o en un albergue nocturno para sin-techo, o en una casa de recuperación de adictos? Hacer presente y real la Eucaristía en el mundo que tiene hambre es la clave para completar el significado pleno del pan que se comparte y el vino que se reparte.

 

Por una mesa universal, popular y laica

 

Sueño con una Eucaristía celebrada en la calle de aquella villa miseria donde no se atreve a ingresar la policía. La mesa está construida con la madera de cajones de manzana; no hay piedra consagrada para este altar, pero los albañiles han ofrecido, cada uno de ellos, un ladrillo en agradecimiento por el trabajo que tienen. Los manteles son coloridos y no blancos, de plástico a veces y rajados otras tantas. La mesa no es tan corta como los altares de los templos. Es larga, y tiene muchas sillas alrededor; cada participante trae un aposento y la ley es no usarlo uno mismo, sino intercambiarlo con el que trajo otro. Todos traen comida, y el que no puede hacerlo, no se avergüenza, porque en la mesa se comparte lo que hay sobre ella. Algunas mujeres y algunos hombres hacen la recepción, y para eso llegan una hora antes de lo estipulado. Reciben, acogen, conversan, ríen y hacen reír. No cobran nada por su trabajo ni tampoco estipulan precios para las intenciones de la Santa Misa que se celebrará. El que quiere pedir por algo lo hace libremente. Tampoco se toma asistencia ni se prohíbe la participación al que se acerca. La misma manera de comer aleja a los que traen malas intenciones. Un rico no acepta que le toque una silla de plástico sin respaldar en el último lugar de la mesa, un político no acepta que no le den la palabra para un discurso largo y persuasivo, un ultra-ortodoxo sale corriendo cuando el pan que se va a consagrar fue hecho por las señoras del barrio desde bien temprano, con el mismo amor con el que todas las madrugadas amasan para sus familias y para sacar pocos pesos.

Sueño con una Eucaristía universal, que se celebra entre los pobres de la tierra, fuera del templo, abierta para el que quiera sumarse, sin discriminación, sin distinción entre ministros oficiales y pueblo. Sueño con una Eucaristía popular, donde el ritmo lo marca la gente y no la rúbrica, celebrada con ardor y música autóctona, en la lengua que todos puedan entender, y si hay varias lenguas, celebrada bilingüe o trilingüe. Sueño con una Eucaristía laica, sin monopolio clerical del pan y del vino, donde hoy es ministro uno y mañana es ministra otra, sin privilegios por tener el poder de consagrar. Sueño con una Eucaristía distinta que se parezca cada vez más a los banquetes de Jesús en Palestina, con publicanos, prostitutas y pobres, al aire libre, sin otro ministro que Dios, en una mesa donde se hablan de las cosas cotidianas que preocupan y se las hace trascender.

Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 4, 1-13

Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.” Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.”

Llevándole luego a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque me la han entregado a mí y yo se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.” Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.”

Le llevó después a Jerusalén, le puso sobre el alero del Templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.” Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.”

Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta el tiempo propicio. (Lc. 4, 1-13)

 

El Primer Domingo de Cuaresma comienza con la lectura de las tentaciones de Jesús en el desierto, relato conservado por toda la tradición sinóptica (Marcos, Mateo y Lucas). Para muchos estudiosos, esta narración es una cristianización de la estadía de Jesús en el desierto de Judea, siendo discípulo de Juan el Bautista, que vivía en lugares solitarios (cf. Lc. 1, 80). Como el problema sobre la identidad de ambos personajes, su relación y la autoridad de uno sobre otro, fue grande en las primeras comunidades, el recuerdo sobre la etapa en que Jesús había sido discípulo directo del Bautista y había convivido con él, fue transformado en clave de lectura cristológica. Así, en esta estadía en el desierto ni se menciona a Juan, y por otro lado, es el Espíritu Santo, que había descendido durante el bautismo (cf. Lc. 3, 22), quien impulsa a Jesús a un tiempo de meditación/preparación. En el relato lucano que leemos este año la secuencia marca tajantemente la intención del autor de separar al Bautista de Jesús: primero cae preso Juan (cf. Lc. 3, 20), luego se habla de un Jesús ya bautizado (cf. Lc. 3, 21-22), aunque no sabemos por quién ni cuándo precisamente, a continuación se presenta la genealogía ascendente (cf. Lc. 3, 23-38) que llega hasta Adán, el hijo de Dios. Tras estos textos se nos introduce a las tentaciones en el capítulo 4. ¿Quién es, pues, el Jesús que va al desierto? Es un hombre lleno del Espíritu Santo, un hijo de Adán, el Hijo de Dios. Esta relación con Adán que el autor logra establecer con su genealogía revela la humanidad universal del Cristo. En su condición humana, en su encarnación (diríamos con lenguaje teológico más nuevo), el Mesías se identifica con los varones y las mujeres de la tierra, con los descendientes de Adán, que son en definitiva, descendientes de Dios. Jesús es el Hijo de Dios unigénito, pero todos somos hijos de Dios. El Cristo viene a ser uno de nosotros, uno de los nuestros, con una historia familiar que es la historia de la gran familia universal. Las tentaciones, por lo tanto, no suceden sobre un ser místico etéreo disfrazado con ropaje humanoide; las tentaciones le ocurren al judío Jesús, hijo de Adán, que también fue tentado. La diferencia es que este nuevo Adán (figura que ya había desarrollado Pablo en Rom. 5, 12-21 y 1Cor. 15, 21-22.45-47) no sucumbe ante la tentación, sino que hace honor a la fidelidad a Dios y a la alianza.

Como en Lucas importa la humanidad universal de Jesús con mucho más peso que su mesianismo judío, en el relato paralelo de Mateo (cf. Mt. 4, 1-11), donde sí interesa el ascendente judío porque sus receptores originales son judíos convertidos al cristianismo, hay una variación en el orden de las tentaciones. En la primera coinciden ambos, pero luego Mateo narra la tentación sobre el alero del templo de Jerusalén que Lucas coloca al final. Se supone que Mateo responde a dos argumentos literarios: un orden geográfico de las tentaciones que se van universalizando (desierto, Jerusalén, mundo), y un parangón con las tentaciones sufridas por Israel en su éxodo por el desierto, narradas respectivamente en Ex. 16 (los israelitas quieren volver a Egipto porque allí tenían comida, y Dios envía el maná), Ex. 17 (los israelitas no tenían agua para beber y Moisés les pregunta por qué tientan a Yahvé, luego Dios hace salir agua de la roca del Horeb) y Ex. 32 (mientras Moisés está en la cima del monte recibiendo las tablas, el pueblo se construye un becerro de oro para adorarlo). El reordenamiento de Lucas no se condice con la travesía de Israel, pero quizás sí con el ser humano en general, tentado por los bienes materiales, por el tener, por el comer (Adán comió el fruto del Edén), justamente para tener poder, para ser como dioses (el argumento que utiliza la serpiente para convencer a Eva), y allí tentar/desafiar a Dios (disponiendo el bien y el mal a antojo).

Jesús pudo ser Mesías del pan material, del tener. Podría haber realizado clientelismo político, regalando bienes para todos a cambio de su adhesión incondicional al proyecto del Reino. Pero el Reino hubiese dejado de serlo, y la Buena Noticia no sería tan buena. En los bienes materiales, el ser humano pierde la libertad, la vende. Cuando la fama de Jesús se expandió por toda Palestina, se corría el riesgo de que los milagros fuesen eso solamente, un hecho material momentáneo, no una proyección trascendente. Que Jesús tuviese seguidores por lo que regalaba, y no por Él mismo, por la increíble locura del Dios que se hace humano y muere. Los tres relatos sinópticos se hacen eco de una etapa en que las multitudes comienzan a abandonar al Maestro, casualmente cuando su mensaje comienza a anunciar la pasión, cuando se vislumbra que el Hijo del Hombre debe morir en la cruz. La primera respuesta de Jesús al diablo está tomada de Dt. 8, 3, donde se le recuerda a Israel el episodio del maná, y la catequesis consiguiente: tuviste hambre y recibiste pan milagroso, no para que te quedes en el milagro, sino para reconocer que las cosas vienen de Dios, y que la vida misma está sostenida por su Palabra.

Jesús pudo ser, también, el Mesías poderoso terrenalmente, al estilo de los reyes de este mundo. Pudo ser el Mesías del poder. Con un gran ejército, con leyes e impuestos, con un sistema jurídico que mantuviese el orden y asegurase adhesión. Habría instaurado un reino en la tierra, pero el Reino habría dejado de serlo, convirtiéndose en aparato de opresión, y no de gracia. En nada se parecen los manejos fraudulentos y las mentiras elaboradas de los gobiernos, con la pequeñez del Reino de Dios, con su mesa inclusiva, con la prioridad que tienen los que menos tienen, con la voz escuchada de todos. Muchos querían que la violencia de las armas se incorporara al proyecto jesuánico, pero el Maestro actuaba con violencia evangélica, alterando y sucumbiendo las estructuras desde el amor, desde la profecía arriesgada que reivindica sin herir físicamente. Es un Rey que muere, finalmente, en la ignominia, desnudo en una cruz, por no adorar a los reinos y reyes de este mundo. La segunda respuesta de Jesús al diablo está tomada de Dt. 6, 13, cita incluida en la sección de Dt. 6, 10-15, cuando se advierte a Israel que, al entrar en la tierra prometida, se encontrará con muchos lujos y con muchos dioses, pero que su recuerdo debe estar firme en Yahvé, el liberador, porque Él es el que verdaderamente lo liberó de la servidumbre.

Jesús pudo ser un Mesías sin ética, disponiendo del bien y el mal a su antojo, creyendo que el fin justifica los medios, y que si Dios no se manifiesta abiertamente en algún momento, existe el derecho de trasgresión, justamente por la pretendida ausencia del Padre que deja a los hijos a la deriva. De esta manera, ni el amor ni la justicia serían absolutas, ni la opción por los pobres ni el Reino en sí mismo. Todo podría negociarse de acuerdo a la situación particular. En cada discusión con fariseos, escribas o saduceos, Jesús está tentado a decir lo que ellos quieren escuchar, para ganarse su aprecio, para no ponerlos en contra. Sin ética, o sea, sin principios y opciones básicas, la vida es un devenir que no se arriesga, es una hipocresía a cada instante, una actuación. Como Dios no se hace presente en una teofanía que no deje lugar a dudas, es cuestionable su existencia y, por lo tanto, su supuesta propuesta de vida para el ser humano. Sin Dios no hay ética. Si Él desea que seamos algo, debería aparecerse en cuerpo presente. Pero eso destruiría la libertad y la fe. Gran parte del amor es la confianza y la entrega al otro. Si Dios abandona su manifestación sacramental (a través de) para realizar una aparición que no deje lugar a dudas, se nos quita la opción de elegir, se nos hace esclavos y no hijos que aman. La tercera respuesta de Jesús al diablo es de Dt. 6, 16, y en el versículo siguiente, se recuerda a Israel que debe guardar los mandamientos, estatutos y preceptos de Yahvé, sin tentarlo como lo hicieron en Masá, donde salió agua de la roca. Quien ama a Dios no lo tienta, porque no es preciso tentar al ser amado para que demuestre su amor; los enamorados descubren los signos de ese amor hasta en las cuestiones más imperceptibles para la mayoría.

 

Desierto

Desierto

Las tentaciones de Jesús no fueron una cuestión de un instante, de un momento, de sólo cuarenta días. Las tentaciones del pueblo de Israel tampoco lo fueron; duraron por siempre y duran aún hoy. Las tentaciones de la Iglesia, que pueden resumirse en las tres tentaciones propuestas por el diablo, están alrededor nuestro. El tener, el poder, el olvido de Dios, los bienes materiales, la opresión de unos sobre otros, el libertinaje. La Iglesia puede desvirtuar el Evangelio cediendo a las tentaciones de un mensaje que sea menos incómodo. En lugar de la Buena Noticia del que no tuvo nada y nos hizo tenerlo todo, preferimos la imagen del Cristo sentado en el trono para regir, de manera que se sustente en ese reinado nuestras pretensiones jerárquicas; en lugar del Jesús promotor de la dignidad humana, preferimos al mero dispensador de milagros, de manera que no nos veamos comprometidos a modificar la existencia de los relegados y nos conformemos con la limosna esporádica; en lugar del hombre de la Palabra profética que denuncia y da vida, preferimos el predicador itinerante desentendido de lo que sucede en la política de su tiempo, para que nuestras palabras no se vean forzadas a decir lo que puede molestar.

Siempre, cuando la cruz está cerca, cuando se acerca la hora de jugarse, la tentación da un paso adelante y propone una salida satisfactoria. El relato que leemos hoy termina anunciando que el diablo se retiró hasta que llegase el momento propicio. Más adelante, ya en el relato de la pasión, Lucas nos recordará que “Satanás entró en Judas” (Lc. 22, 3) y que Jesús dirá frente a sus captores: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. 22, 53b). En las cercanías de la crucifixión, la tentación se hace fuerte, los poderes de las tinieblas se hacen presentes con propuestas de caminos alternativos, que al fin y al cabo, son traiciones. En la evangelización nos traicionamos, sobre todo cuando creemos que todo es válido para el éxito pastoral. Tomamos caminos dudosos, negociamos, disminuimos exigencias, aumentamos la subestimación del pueblo, nos concentramos en las elites. Y la evangelización se va oscureciendo, al punto de no saber, en determinado momento, cuál era la opción básica, la opción primera. Todo se confunde y, confundido el evangelizador, se confunde el interlocutor.

Cuando el relato de las tentaciones cobra sentido actual y deja de ser algo aparatoso, sin diablo en persona ni templo ni visión de todos los reinos del mundo, es sorprendente cómo nos toca de cerca. No es necesario que un ser tenebroso nos hable con voz terrorífica para que convirtamos las piedras en pan o para que lo adoremos; mucho menos para que nos lancemos del alero de algún templo. Las tentaciones son mucho más sutiles, el diablo es menos vistoso de lo imaginado. Cuando nos juntamos a proyectar un plan pastoral, cuando elegimos un lugar de misión, cuando organizamos una actividad parroquial, las tentaciones están ahí.

Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 3, 1-6

En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios. (Lc. 3, 1-6)

Así como en Lc. 1, 5 es nombrado Herodes y en Lc. 2, 1-2 son mencionados el César Augusto y Cirino para delimitar las coordenadas históricas de los acontecimientos, el comienzo del capítulo 3 de Lucas, solemnemente, establece el panorama de los poderosos al comienzo del ministerio de Juan el Bautista. De esta manera, el propósito del autor detallado en Lc. 1, 1-4 (ordenar las cosas sucedidas tal como fueron transmitidas desde el principio) se va materializando. No se trata solamente de situar al lector, sino también de afirmar que los acontecimientos del Cristo son acontecimientos encarnados, que en un rincón polvoriento del Imperio Romano, la historia de la salvación se hacía objetiva y se gritaba a viva voz. Veamos, entonces, quiénes son estos personajes detallados:

- Tiberio César: fue el sucesor del Emperador Augusto entre los años 14 d.C. y 37 d.C., pero su reinado comenzó, aunque no oficialmente, unos años antes, cuando comenzó a compartir el poder con Augusto. Si tomamos esta variante, Tiberio habría comenzado a reinar, aproximadamente, en el año 12 d.C. Por lo tanto, la coordenada de Lc. 3, 1 podía situarse entre los años 27 d.C. y 29 d.C.

- Poncio Pilato: fue procurador (gobernador) de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C. Los historiadores como Filón y Flavio Josefo hablan negativamente sobre él cuando lo describen. Aparentemente, se trataba de un anti-semita cruel que, en varias oportunidades, se enfrentó a los dirigentes judíos y, según Lucas, habría asesinado un grupo de galileos durante el tiempo de alguna fiesta israelita importante (cf. Lc. 13, 1).

- Herodes: se trata de Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. Fue tetrarca de Galilea entre los años 4 a.C. y el 39 d.C. Según Lucas, será quien aprenda al Bautista y lo mate (cf. Lc. 3, 19-20; Lc. 9, 9), y tendrá una participación casi cómica en el juicio a Jesús (cf. Lc. 23, 7-12).

- Filipo: estuvo en el poder, gobernando Iturea y Traconítida entre los años 4 a.C. y el 33/34 d.C. Lucas no lo volverá a mencionar en su libro.

- Lisanias: aquí hallamos un dato histórico no comprobable actualmente. No se puede identificar a ciencia cierta a este personaje. La referencia más cercana es un tal Lisanias I, rey de los Itureos, bajo el gobierno general de Antonio y Cleopatra, entre el año 40 y el 36 a.C., por lo tanto, fuera de contexto en estas coordenadas lucanas.

- Anás y Caifás: Anás era el suegro de Caifás. Fue sumo sacerdote judío entre los años 6-15 d.C., pero sus contactos políticos eran tan importantes, que logró perpetuarse en el poder a través del pontificado de cinco de sus hijos y de su yerno Caifás, quien pontificó entre el 18 y el 36 d.C. Pero más allá de quien se sucediera en el cargo, el que verdaderamente tomaba las decisiones y manejaba la situación era Anás, y sus familiares (hijos y yerno) le obedecían. Él era el verdadero jefe de Israel.

Es en estas circunstancias que la Palabra divina se dirige a Juan, el hijo de Zacarías. La fórmula utilizada por Lucas para describir el inicio del ministerio del Bautista es típica del Antiguo Testamento. Este recurso de tomar esquemas literarios de las Escrituras hebreas para relatar los acontecimientos cristianos es utilizado frecuentemente por el autor. Así, por ejemplo, las anunciaciones a Zacarías (cf. Lc. 1, 11-20) y a María (cf. Lc. 1, 26-38) llevan la marca, por ejemplo, de la anunciación de Jc. 13, 3-21 sobre Sansón; y el cántico de María, el Magnificat (cf. Lc. 1, 46-55), se asemeja al cántico de Ana de 1Sam. 2, 1-10. En el pasaje que leemos hoy, la imagen de la Palabra divina que viene sobre alguien es clásica de los profetas. A Jeremías “fue dirigida la palabra de Yahvé en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, el año trece de su reinado” (Jer. 1, 2); a Zacarías, “el octavo mes del año segundo de Darío dirigió Yahvé la palabra” (Zac. 1, 1); y Miqueas recibió la “Palabra de Yahvé […] en tiempos de Jotán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá” (Miq. 1, 1). La similitud literaria entre la presentación que hace Lucas de Juan y la introducción de varios libros proféticos, es una señal evidente de que el Bautista es presentado como un profeta al estilo del Antiguo Testamento, entroncando con la tradición de estos hombres de Dios que recibían una revelación para leer la historia en clave divina, para leer los acontecimientos humanos en el marco del plan salvífico. Según Jesús, en el desierto se había presentado un profeta e, inclusive, uno mayor que los profetas (cf. Lc. 7, 26), pues éste es el que concluye el Antiguo Testamento para dar paso al Nuevo, es el que asume el acervo profético de Israel para leer el presente en clave de futuro con esperanza, y por eso, futuro novedoso, futuro de Mesías. La Ley y los profetas llegan hasta Juan” (Lc. 16, 16a), recalca Jesús, posicionando al Bautista en un tiempo que ha pasado, en el contexto de la Antigua Alianza, pero a partir de allí se comienza a anunciar la Buena Noticia del Reino (cf. Lc. 16, 16b), en un tiempo nuevo, diferente, pero enlazado al ministerio joánico. Este es el modelo del profeta que conoce su época y la interpreta. Contra el misticismo y la imaginación de profetas adivinadores o profetas astrólogos, las coordenadas geográficas de Lc. 3, 1-2 nos recuerdan que Juan es hombre en una historia concreta.

Este hombre no sólo entronca con el Antiguo Testamento desde la manera en que ejerce su ministerio, sino también porque da cumplimiento pleno a una profecía de Isaías. La cita que toma Lucas es de Is. 40, 3-5. En los Evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), es una constante la relación referencial entre esta cita de Isaías y la aparición pública del Bautista. Mc. 1, 3 y Mt. 3, 3 toman solamente el versículo 3 del capítulo 40 de Isaías, pero Lucas expande esa cita hasta incluir el aspecto universalista del versículo 5a:“Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá”. El contexto original de este texto isaiano es el exilio israelita en Babilonia. Actualmente, los estudiosos bíblicos dividen los 66 capítulos del libro de Isaías en tres partes: el proto-Isaías (del capítulo 1 al 39, escrito antes del destierro), el deutero-Isaías (del capítulo 40 al 55, durante el destierro) y el trito-Isaías (del capítulo 56 al 66, post-exilio). Por lo tanto, la cita de los sinópticos pertenece a la sección que invita a salir confiados de Babilonia, y esta salida es interpretada como un nuevo éxodo, por eso se habla del desierto. En un principio, el éxodo es cruzar el desierto para abandonar Egipto y llegar a la tierra prometida; ahora se trata de cruzarlo para abandonar el cautiverio babilónico y volver a la tierra antes perdida. Es el grito de esperanza por la liberación.

La tradición cristiana ha reconocido en Jesús al nuevo Moisés del nuevo y perfecto éxodo, el que nos saca de todas las esclavitudes para llevarnos a la liberación definitiva. Juan el Bautista, ciertamente, trae ese grito de esperanza de miles de años y de miles de personas que, de una u otra manera, quieren perder el yugo para llegar a la tierra prometida. Isaías alrededor del año 500 a.C. y Juan alrededor del año 30 d.C. transmiten un mensaje que, en el fondo, es el mismo. Ellos son los portavoces del grito ahogado de millones, ellos son las cuerdas vocales de todos los que sufren la opresión, ellos son los que han descubierto una esperanza pequeña, pero esperanza verdadera. Tiberio es el gran Emperador, el todopoderoso, Pilato es la voz del Imperio en la región de Judea, Herodes es la decisión política del día a día, Anás y Caifás son los grandes directores de la orquesta religiosa; pero la Palabra de Dios se dirige a un hombre que vive en el desierto (cf. Lc. 1, 80), una especie de inadaptado social, un radical de espiritualidad dudosa, un pobre hijo de una familia sacerdotal rural (cf. Lc. 1, 5). Ante la magnificencia de los poderes, los títulos y los nobiliarios, la historia de la salvación se traslada al desierto, se hace exclamación profética. Dejando de lado los palacios, las sedes gubernamentales y el templo, la revelación toma el camino de lo pequeño, porque a los poderosos no les interesa salir de su situación actual, no les interesa liberarse ni liberar, en cambio los subyugados entienden que ese no puede ser el querer de Dios. Juan el Bautista está en el desierto para comenzar el nuevo éxodo, está allí porque quiere cambiar las cosas, quiere cambiar los corazones.



La Iglesia necesita re-conocer sus coordenadas históricas. Cuando las ignora, se vuelve anacrónica, y uno llega a sentir que está fuera de lugar. Se determinan liturgias ininteligibles, se publican documentos que responden a cuestionamientos del siglo pasado, o se programan pastorales que no abarcan a nadie. Si queremos una Iglesia en diálogo con el mundo, tenemos, necesariamente, que mirar al mundo, ubicarnos cronológicamente, saber quién gobierna y bajo qué matiz gobierna, quiénes están al poder y cómo han llegado allí, dónde se centraliza la vida religiosa y por qué está centralizada allí. Sin ese mínimo de conocimiento, sin levantar la vista del ombligo, no se puede anunciar, no se puede profetizar. Adviento es la oportunidad de recuperar el espíritu profético ante los nuevos imperialismos y ante las nuevas centralizaciones religiosas. Quizás no haya más emperadores al estilo romano, pero hay imperios comerciales; quizás no haya una religión impuesta, pero hay figuras religiosas que desean imponerse.

A veces creemos que dedicar tiempo al conocimiento de la realidad que nos circunda es, paradójicamente, una pérdida de tiempo, y entonces hacemos propuestas a la gente que las personas no entienden, propuestas que salen de nuestros preconceptos, propuestas que hemos debatido entrelos de siempre. ¿Es posible ser profetas de esta manera? ¿Es posible tomar a Juan como modelo si no nos animamos al desierto? ¿Qué podemos proponer a los pueblos si estamos acomodados y no queremos salir? Para comenzar un nuevo éxodo hay que estar dispuestos a salir, dispuestos a convertir el corazón. ¿Qué pastoral de éxodo tenemos para ofrecer? ¿Queremos, verdaderamente, cambiar? Porque si no deseamos una conversión rotunda hacia dentro y no deseamos tampoco una conversión hacia fuera, no tenemos grito profético. Vale preguntarse, en esas situaciones, si el éxodo significa algo para nosotros, si aún nos interesa exclamar que hay un camino, una alternativa, que se pueden preparar los senderos para salir de la situación actual.

Perder tiempo en conocer la realidad, por lo tanto, es perder el tiempo en saber hacia dónde necesitan caminar los seres humanos, de dónde hay que salir, de qué esclavitud es preciso liberarse. Adviento es una preparación para la encarnación, y si queremos ser Iglesia profética, no podemos evitar la encarnación. Hay que tomar las esperanzas de los pueblos en nuestras manos, embarrarse en el polvo de los acontecimientos. Hay que perder el tiempo en esas coordenadas históricas que nos rodean, no para limitarnos en ellas, sino para expandirnos con los pies bien asentados. Sólo es capaz de mirar el futuro aquel que se descubre en su presente con conciencia. Ser profeta es proyectarse, pero tomando la mano de los cautivos que necesitan salir.