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De la muerte a la vida / Domingo de Pascua – Ciclo B – Mc. 16, 1-8 / 08.04.12

1 Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús.

2 A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro. 3 Y decían entre ellas: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”. 4 Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande. 5 Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, 6 pero él les dijo: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. 7 Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho”.

8 Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo. (Mc. 16, 1-8)

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Ya ha pasado el sábado. Esto significa que ha quedado atrás un estandarte del judaísmo, una institución simbólica de la alianza israelita. El sábado pasado es el sábado superado. Como ya no cuentan las prescripciones propias de este día, que indican reducir los trabajos al mínimo y caminar sólo una cantidad de metros preestablecida, las mujeres pueden salir a comprar perfumes para la unción del cadáver. Poco sabemos si existía una prohibición expresa, o no, para comprar perfumes en sábado. Sí entendemos que Marcos prefiere dejar pasar el tiempo teológico. En sábado estamos bajo el dominio del Templo de Jerusalén y de las sinagogas de Palestina. Estos son los poderes opuestos al Evangelio del Reino de Jesús. El sábado ha ido evolucionando hacia una maquinaria opresiva para el ser humano, en lugar de significar la liberación de las esclavitudes del trabajo, el cansancio y el sufrimiento. El sábado no es tanto representación del judaísmo como de la perversión religiosa, que termina oponiéndose al ser humano, en lugar de ayudarlo.

Por eso hay que esperar a que pase el sábado. Vamos a entrar al dominio de Dios, al espacio del Evangelio, al tiempo del Reino. Aquí ya no reina el sábado pervertido, sino el domingo de resurrección. Tres mujeres son las que se animan a acercarse al sepulcro, trofeo de la muerte. Ni uno de los discípulos varones ha quedado en pie, firme hasta el final. Son estas tres mujeres, las mismas de Mc. 15, 40.47, las que han permanecido. Han mirado la cruz de cerca y han mirado la sepultura de cerca. Ahora les toca, por su fidelidad, por permanecer en el momento duro del martirio, mirar cara a cara la tumba vacía. Son mujeres galileas que han subido a Jerusalén con Jesús como discípulas (cf. Mc. 15, 41). Por su perseverancia en el camino del discipulado, se ven recompensadas con el testimonio de la muerte vencida. Por hacerle frente a la muerte, pueden hacerle frente a la vida nueva. Sin embargo, no son ellas mismas las que entienden por completo que se encontrarán con vida, en lugar de muerte. Su misión, en esa madrugada, parece ser la de ungir un cadáver, no ir a esperar la resurrección. Siguen pensando en la clave hermenéutica de la muerte.

La unción que quieren realizar está conectada con la unción en la casa de Betania (cf. Mc. 14, 3). Aquí nos da el autor del Evangelio una pista para relacionar aquellos acontecimientos de apertura a la pasión con estos que son la finalización de la misma. Las coincidencias están, en primer lugar, en las mujeres. Son ellas y no los varones las que ungen a su Maestro derramando vida cuando reina la muerte. Son las que están más cercanas a entender, con sus gestos, la verdadera dimensión de Jesús, de su camino y de su cruz. Raramente los judíos ungían cadáveres, y más raramente lo hacían con mezcla de aromas, excepto que se tratase de un rey (cf. 2Cron. 16, 14). Esto nos revela que las mujeres, en cierto sentido, reconocen una especie de reinado de Jesús. Quieren darle los honores correspondientes. Aquella mujer de Betania lo hace en el contexto de una comida del Reino, un banquete de iguales, con el recordatorio de los pobres y de la misión que se le encarga a la Iglesia. Estas mujeres del sepulcro lo hacen en el contexto de la vida ya entregada por el Reino, con el pan ya partido, y posteriormente, también en la línea de la misión eclesial.

El otro juego hermenéutico está en la clave de lectura muerte-vida. La mujer de Betania unge a un vivo para la muerte, según la interpretación del mismo Jesús. Estas mujeres quieren ungir a un muerto, y resultará que está vivo. Esta bisagra del morir y del vivir destruye concepciones religiosas y humanas que entienden la muerte como final definitivo, como último paso. Hay una conexión mayor, un continuo de vivir-morir-vivir. Y aún sin importar el orden, la clave real de lectura es que la vida supera a la muerte en el plan del Reino de Dios, inclusive si hubiese que pasar por la muerte primero. Este es un llamado de atención para el martirio, para los mártires de la comunidad de Marcos. No se debe morir creyendo que todo acaba, ni tampoco creer que la muerte sea la solución para pasar inmediatamente a la otra vida. Este continuo de vida-muerte-vida es un continuo con significado profundo en cada de una de sus partes. Es significativa la vida regalada como don, y debe vivirse como tal; es significativa la muerte, dolorosa e inescrutable, pero que no podemos evadir y nos obliga a afrontarla; es significativa la vida nueva, definitiva, plena. Hay un sentido profundo en cada etapa que no podemos interpretar por separado. La existencia involucra la vida en esta tierra, la muerte y la continuación de la vida en plenitud. Es un todo. Los mártires verdaderos no piensan sólo en la vida después de la muerte, como premio o recompensa, sino que han entendido su existencia completa como un martirio, como un camino de testimonio del Reino de Dios, y han vivido su vida plenamente, han muerto firmes en su convicción, y resucitan en plenitud.

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Las referencias temporales de este versículo encierran un dualismo de luz y tinieblas. Muy de madrugada es un artificio literario para designar el amanecer, cuando se asoman los primeros rayos de sol que espantan la noche oscura. Las mujeres van al sepulcro y se encontrarán con una noticia luminosa que destruirá las tinieblas de la muerte. La luz se impone en el sepulcro, supuestamente cerrado y oscuro.

Además, es el primer día de la semana, marcando así, aparte del domingo como día de celebración cristiana, las primicias. Lo primero es lo de Dios o lo que se reserva a Dios: las primicias de las cosechas, los primogénitos del ganado, los primogénitos de los humanos. Lo que viene o llega primero tiene la impronta de lo novedoso, y por lo tanto, la impronta divina. Así es que la resurrección, vida nueva, tiene lugar el primer día, que no sólo es el primer día semanal, sino el primer día del final de los tiempos, el primer día del universo renovado, el primer día de la nueva historia.

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Al parecer, en el apuro y la angustia por ir a embalsamar el cuerpo, no pensaron en las contingencias, o no consiguieron que ningún varón las acompañe. Lo cierto es que la piedra era muy grande, ya que los sepulcros estaban excavados en rocas. Ellas están preocupadas por la imposibilidad de correrla con sus fuerzas. Más que el contraste sobre la piedra, lo que hay detrás, para los oyentes/lectores de Marcos, es una discusión sobre la resurrección, de la cual la piedra corrida será símbolo.

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Al llegar, descubren que la piedra está retirada, ya movida. Aquello que se preguntaban en el camino y que veían como algo inverosímil, ya está hecho realidad de antemano. Lo que el ser humano no puede hacer, Dios lo hace. Las mujeres (y los cristianos de la comunidad de Marcos) podrían preguntarse, en realidad, quién resucitaría a Jesús, según lo que Él había profetizado sobre sí mismo; al llegar a la tumba, encuentran que Dios ya lo ha resucitado, respondiendo a su inquietud. La piedra muy grande es un obstáculo insalvable para las mujeres, pero la fuerza que viene de lo alto no ve en la piedra un impedimento, sino la vía de realización de la pascua.

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El sepulcro está vacío de Jesús. Quizás, la secuencia lógica o esperable al ingreso de las mujeres a la tumba hubiese sido el encuentro con un Resucitado glorioso, vital, visible. Pero no. Hay allí un joven. Cualquier esfuerzo de exégesis por identificar en este joven a Jesús resucitado es insostenible. No se trata de Jesús. El joven es otro ser u otro símbolo, relacionado a la pascua y a la resurrección, por supuesto, pero no se trata de una imagen específica del Resucitado. Tres características lo describen: es joven, está sentado a la derecha y viste de blanco.

Su juventud, en término griego: neaniskos, se puede relacionar con el joven (también denominado neaniskos) que huye desnudo de Getsemaní la noche del prendimiento (cf. Mc. 14, 51-52). Esto no quiere decir que se trate de la misma persona o del mismo ser, sino que hay una vinculación desde lo simbólico. El prendimiento que terminará en la cruz se relaciona a la tumba vacía; la huida de todos los varones es el contrapunto de la permanencia de las mujeres en la hora de la muerte; la desnudez/vergüenza del joven que huye es repuesta con el vestido/gracia de la resurrección; el signo del abandono que representa el joven de Getsemaní es lo opuesto al signo de la presencia divina en el sepulcro vacío. Ambos jóvenes son personajes misteriosos, pero fácilmente se pueden asociar a lo que sucede alrededor.

La denominación joven no es extraña para referirse a ángeles, a enviados de la divinidad (cf. 2Mac. 3, 26.33). Esto se correlaciona con la ubicación a la derecha, sentado, recordando la posición del Hijo del Hombre cuando vendrá en su gloria, según palabras de Jesús en Mc. 14, 62. Y la túnica blanca también es propia de los seres que se encuentran en la esfera de lo divino, en un contacto íntimo con Dios. De esta manera, el joven de la tumba vacía queda sobreentendido como una visión de un aspecto de Dios: en este caso, de la resurrección obrada por Dios. La tumba está vacía, pero hay señales de lo divino, de algo que ocurrió por la mano de Yahvé. Es difícil de explicar lo que sucedió verdaderamente, pero sin dudas hay rastros de lo celestial. Por eso las mujeres quedan asombradas y sorprendidas.

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Las palabras del joven son el centro de toda la escena. Y podrían ser el centro de la experiencia cristiana narrada por Marcos. Aquí se resume el sentido de la persona de Jesús que quiere transmitir el autor y, por lo tanto, la clave para entender el Evangelio.

Las palabras se inauguran con el llamado a no temer. Este pedido de superar el miedo es fundamental en la experiencia cristológica. No se debería tener miedo de las cosas que vienen de Dios, porque justamente, lo que viene de Dios es para nuestro bien. Sin embargo, el ser humano tiembla ante lo que resulta incomprensible o desconocido. El Evangelio insiste en la necesidad de no temer. El miedo se opone a la fe, y la tumba vacía exige, por sobre todo, fe. Fe como fidelidad a la experiencia de Jesús. Permanecer a pesar de la cruz y permanecer a pesar de encontrar una tumba vacía, sin cuerpo, sin Resucitado palpable. El miedo paraliza. El miedo interrumpe la evangelización. Los lectores/oyentes de Marcos lo saben. Cuando hay miedo por la cruz que se avecina, por la persecución, porque los que se oponen al Reino tienen más poder y más control, el cristianismo encuentra como salida el repliegue temeroso, volver sobre los pasos a la oscuridad, callar. Para la comunidad de Marcos son tiempos de miedo, a pesar de la tumba vacía y de la fe en la resurrección. Hay miedo hacia dentro, hacia los hermanos que pueden traicionar, y hay miedo hacia fuera, hacia el martirio. Y sin embargo, el joven dice que no se debe temer.

Parte del miedo surge de la falsa búsqueda. Las mujeres fueron buscando a Jesús el Crucificado; fueron buscando a un muerto, un cadáver. Y se han dado con que no hay muerto. Ahora hay resurrección. De una mirada de muerte, las mujeres tienen que pasar a una mirada de vida. El Crucificado es el Resucitado. Es ese Jesús de Nazaret, oriundo de Galilea, profeta itinerante, taumaturgo, predicador del Reino de Dios, maestro, hermano, amigo, hijo, artesano manual. Es ese mismo que murió en la cruz y ahora ha dejado una tumba vacía por la resurrección. El muerto buscado es el vivo inesperado. Es importante esta identificación que no separa al Jesús crucificado, fracasado, abandonado, del Jesús resucitado, glorioso, vencedor. Es el mismo, la misma persona, el mismo Hijo de Dios, el mismo Hijo del Hombre. Ante el peligro de separar lo mundano de lo celestial, Jesús se encarna, muere y resucita, rompiendo para siempre la barrera de lo divino y lo humano. Pero rompiendo, también, la barrera de la historia de los hombres y la historia de la salvación. El inocente crucificado por un sistema opresor, por intereses religiosos y políticos, por una historia corrupta, es el resucitado de la pascua definitiva, la luz que ilumina todas las vidas.

Con Jesús de Nazaret al centro, la historia no es una sucesión de acontecimientos sin sentido, sino el medio de revelación de Dios que quiere concretar su proyecto universal de amor. La invitación del joven a las mujeres, a mirar el lugar donde había sido puesto el cadáver, es la invitación a mirar un espacio vacío, y reconocer en esa ausencia la resurrección, o sea, creer sin la aparición del Resucitado. El ejemplo de este tipo de fe exigida por el joven la ha plasmado Marcos en el centurión al pie de la cruz, que llega a expresar: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc. 15, 39b). Es la cruz (el Crucificado) lo que le ha dado fe, antes siquiera de la resurrección. Las mujeres son invitadas al mismo salto de calidad, a creer mirando un sepulcro vacío. Miren donde lo han puesto, muerto, para creer que ya no está, y por lo tanto vive. Miren que su búsqueda de un cadáver es una búsqueda vana, porque deben dejar de ir detrás de la muerte para ir detrás de la vida. Esa es una búsqueda valedera, una búsqueda con sentido. Es hacer como Dios: cambiar la muerte por vida.

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El mensaje ya está anunciado: el Crucificado ha resucitado. Ahora es menester expandirlo. El primer paso para ello es volver a unir a los discípulos dispersados por la pasión y la cruz; dispersados por la muerte. Tienen que resucitar, de alguna manera, ellos también. Tienen que reunirse llamados por la vida los que han sido asustados por la muerte. Se presupone que continúan en Jerusalén, asustados y ocultos, y por eso la orden es ir a Galilea. Jesús ya lo había profetizado (cf. Mc. 14, 28). Allí, en Galilea, verán al Resucitado. Y la vida nueva los inundará para devolverles la fe, por mera gracia. Ellos han abandonado a su Maestro (Pedro y los demás discípulos), sin embargo son llamados por el mismo Maestro, no por sus méritos, sino por gracia. El discipulado se continúa a pesar de las traiciones y el abandono. Marcos no dice nada de la suerte de Judas. Podría estar incluido en este llamado del Resucitado, podría recibir nuevamente la vocación a ser discípulo. La Pascua ha obrado un cambio rotundo en el universo, y un cambio que ofrece vida a todos.

Las mujeres se han convertido en depositarias primeras del anuncio pascual. No es Pedro ni los discípulos varones los que escuchan y palpan de primera mano el hecho de la resurrección. Son las mujeres del pie de la cruz. Su testimonio es muy poco válido para la cultura judía: son mujeres, hablan de una resurrección de los muertos, y se trata de un ajusticiado en cruz, un maldito. Es un mensaje imposible. Estas mujeres pueden ser, a mediano plazo, los cristianos de la comunidad de Marcos: pequeños misioneros en un mundo imperial, hablando de un resucitado desde los márgenes. ¿Quién puede sostener esa historia? ¿Qué tipo de fe tergiversada es esa? Y sin embargo es la piedra de nuestra fe: un crucificado maldito ha sido reivindicado por Dios y lo sacado del sepulcro para darle una vida plena. El Evangelio se declara, así, marginal en sí mismo. Es un mensaje marginal, impensable e inaceptable en el centro de la estructura jerárquica de la sociedad; es un mensaje que no pueden aceptar los poderosos, que no es compatible con la riqueza, que no avala la forma de vida de los derrochadores y opresores. Es, simplemente, un mensaje marginal, iniciado por tres mujeres desesperadas y trastornadas por la muerte de un ser querido.

A esto se ha arriesgado Dios, y a esto se ha arriesgado Marcos contándolo. Las mujeres espantadas y sin palabras de la tumba vacía son la invitación a continuar el camino iniciado por Jesús de Nazaret. Es el convite para volver a Galilea y, desde ahí, reiniciar el Reino, allí donde empezó todo. La resurrección nos devuelve a Galilea, al terreno de los campesinos y los pobres, la tierra de los mezclados y oprimidos. Galilea es la esperanza, es el reinicio, es un canto a la vida. Galilea es el desafío de ser Iglesia desde los pobres, los paganos y los excluidos.

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La respuesta de las mujeres es confusa para el lector/oyente de Marcos. El mensaje las ha asustado aún más, en lugar de incrementar su fe o reafirmarla, como pretende el joven. Salen del sepulcro temblando, estando fuera de sí. Como si estuviesen en éxtasis, en el sentido de no estar plenamente facultadas con su conciencia. Lo que han vivido dentro del sepulcro abierto las ha puesto en otro nivel de cosas que las sobrepasa. No saben cómo reaccionar ni cuál es la reacción correcta. La situación las ha avasallado.

Pero lo más llamativo es el final de este versículo: las mujeres no dicen nada. Traducido en lenguaje cristiano posterior: no evangelizan, no misionan. Según los exegetas, con este versículo termina el Evangelio según Marcos. Lo que viene luego son añadidos posteriores, de otro u otros autores que han intentado suavizar el final abrupto de Mc. 16, 8. Pues bien, este final original es dramático. Por supuesto que los oyentes/lectores de Marcos saben que alguien tuvo que hablar, alguien tuvo que evangelizar, de lo contrario, la comunidad de Marcos no existiría. Esa es la ventaja del autor para animarse a terminar su Evangelio tan abruptamente. Los oyentes/lectores saben el desenlace real. Las mujeres han hablado, y la prueba de que lo han hecho son ellos, somos nosotros a dos mil años de distancia. Pero en el texto, en frío, han callado. La resurrección parece más inaceptable en un principio para ellas, que están viendo la tumba vacía, que para los cristianos posteriores. Y probablemente sea cierto. Muchos de nosotros nacemos y crecemos en una cultura o micro-cultura que asume la resurrección, o al menos asume algún aspecto de una vida luego de la muerte. Pero llegar a la profundidad de esta creencia, encontrarse con el Resucitado, asumir concientemente la realidad de la vida plena que continúa la existencia, es enfrentarse a una situación que nos sobrepasa grandemente.

Este final abrupto es la invitación a continuar el camino desde Galilea. Aquí está el principio del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc. 1, 1). Es un principio en el final, paradójicamente. Un principio que nos involucra. Para que la vida se siga abriendo paso, el Maestro reúne a los discípulos en torno a la resurrección, desde los márgenes de la sociedad, para transformarlo todo. El principio del Evangelio involucra al ser humano. No será una obra totalmente de Dios; exige una participación, que se hace desde la gracia, pero que no por eso nos desliga de la responsabilidad de decidir. Hay que caminar Galilea con Jesús, reconocer a los enfermos, al leproso y al paralítico. Hay que animarse a comer con publicanos y pecadores. Hay que discutir con los líderes religiosos cuando sus planteos e interpretaciones se olvidan del ser humano. Hay que liberar a los endemoniados, a las mujeres oprimidas y a los hambrientos. Hay que predicar el Reino de Dios, pequeño como una semilla, incontrolable por los que quieren controlarlo, pujante, con una fuerza perseverante. Hay que ponerse del lado de la vida, cueste lo cueste, bajo cualquier circunstancia, en cualquier época. El lado de la vida es el lado de Dios. Yahvé no quiere cruces llenas, sino miles de millones de sepulcros vacíos. Para eso hay que volver a Galilea, volver al principio del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, y mirar todo con los ojos de la resurrección, que son los ojos de la vida.

Tres son Iglesia / Domingo de Pascua – Ciclo A – Jn. 20, 1-9 / 24.04.11

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.

Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.

Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. (Jn. 20, 1-9)

La Pascua es el momento para reflexionar sobre el misterio de Dios. Eso es lo principal. Sobre todo, el misterio de Dios en Jesús de Nazareth. Pero además, la Pascua es la oportunidad para reflexionar sobre la Iglesia. Jesús ha creado comunidad, y esa comunidad fue re-creando la comunidad original a través de la historia. La maravilla de esa re-creación es que las comunidades subsiguientes no resultaron en mera copia de la primera, en simple emulación. Las comunidades eclesiales, a través del tiempo, intentaron respetar la tradición de Jesús y de los Apóstoles, pero también se fueron adaptando. Esa re-creación realizada como fidelidad creativa hace que todas las comunidades eclesiales sean, como la primera, comunidades originales. En la línea del tiempo no serán las originarias, pero en la línea del Espíritu sí lo son. Somos originalmente Iglesia en este milenio tanto como fueron Iglesia las comunidades de Antioquia o la de Jerusalén. Sí es cierto que, para que la fidelidad sea fidelidad verdadera, siempre hay que recuperar las bases. Esas bases están en la vida, muerte y resurrección de Jesús. Pero el problema no acaba allí, sino que recién comienza, porque la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazareth nos llegan a través de interpretaciones de comunidades que nos antecedieron en el tiempo. La comunidad de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan nos dan su visión de Jesús. Nosotros miramos la existencia del Hijo de Dios a través de los ojos de esas comunidades. Entonces, muchas veces, lo que estamos mirando (leyendo) no es precisamente la acción o las palabras del Jesús histórico, sino la acción o las palabras de la interpretación histórica que hizo tal o cual comunidad sobre Jesús.

Considerando esto, algunos estudiosos bíblicos creen que el relato que leemos hoy (y otros del Evangelio según Juan) realiza un contrapunto entre Pedro y el discípulo amado que está elaborado adrede para manifestar la oposición entre dos comunidades cristianas primitivas, o dos tipos de interpretación cristiana, o dos maneras de vivir el discipulado. Fuerte es la sospecha fundada de que detrás de la elaboración del relato joánico está la figura del Discípulo Amado, personaje de quien no se nos ha conservado el nombre, pero que sería el iniciador y guía pastoral de la Iglesia que luego escribiría el último Evangelio canónico. El Discípulo Amado habría cortado lazos con el resto de las comunidades eclesiales, sobre todo con la corriente jerosolimitana (encabezada por Santiago) y la corriente petrina (representada con más ahínco en los Evangelios según Marcos y Mateo). Con el tiempo habría vuelto la unidad, o el intento de la misma, pero durante la elaboración del cuerpo del libro, esta comunidad joánica habría vivido alejada de las otras, estableciendo sus propios tintes teológicos, su interpretación tan sui generis y su manera particular de vida comunitaria. A la larga, los discípulos del Discípulo Amado se descubrieron ubicados en otra locación del cristianismo, distinta a las comunidades petrinas. Este alejamiento, o distanciamiento, habría provocado la inclusión de escenas donde Pedro y el discípulo amado se muestran en contrapunto, generalmente con victoria del último sobre el primero. Tenemos, por ejemplo, Jn. 18, 15-16, donde el discípulo amado (llamado aquí el otro discípulo) hace que Pedro pueda entrar al patio del Sumo Sacerdote; o Jn. 13, 23-26, donde el discípulo amado, más cercano a Jesús que Pedro en la mesa, se recuesta sobre el pecho del Maestro para hacerle la pregunta sobre la traición. En el texto que la liturgia nos propone hoy, los dos salen corriendo hacia el sepulcro, pero el discípulo amado corre más rápido, y cuando ambos arriban, es el discípulo amado quien ve y cree. La posición de Pedro, evidentemente, queda desprestigiada. Diversos exegetas han buscado una interpretación simbólica satisfactoria al contrapunto de ambos discípulos:

a) Judíos y gentiles (Bultmann): para este estudioso, Pedro es el cristianismo que viene del judaísmo y el discípulo amado es el que viene de la gentilidad. Ese fue uno de los grandes problemas de la Iglesia naciente hace dos mil años. ¿Cómo compatibilizar la enorme tradición judía y sus prácticas religiosas con los gentiles convertidos? ¿Qué hacer con la circuncisión? Los judeocristianos quieren mantener la asistencia al Templo de Jerusalén, las sinagogas, la circuncisión, los rituales de los alimentos. Los gentilcristianos quieren compartir la mesa, no circuncidarse, establecer una nueva manera de celebrar distinta a la de las sinagogas. Uno y otro lado pujan. La Pascua los une. Es una visión más histórica del problema, pero válida par meditar. Al fin y al cabo, siempre la Iglesia se está disputando entre una forma de cristianismo u otra, e inclusive entre varias maneras de ser cristiano. Algunos hacen hincapié en como se venían haciendo las cosas, privilegiando la fidelidad antes que la creatividad; otros privilegian la creatividad, la modificación, lo nuevo que irrumpe. Si entre judeocristianos y gentilcristianos no se alza la Pascua como mediación de paz y comunión, la historia se devora la Iglesia.

b) Ministerio pastoral y ministerio profético (Kragerud): según este autor, Pedro representa a los que pastorean la Iglesia y el discípulo amado a los que profetizan en la Iglesia. Los pastores parecen más abocados a la legislación y los profetas a la denuncia. Inevitablemente, pastores y profetas chocan. Unos porque se ven más relacionados al mantenimiento de una organización eclesial que los otros cuestionan. El profeta, en algún momento, avanza contra la estructura organizativa al descubrir puntos débiles. El pastor intenta detener los embates intempestivos para canalizarlos. Por eso se produce el choque. Son dos maneras de situarse frente a la comunidad. Si el pastor y el profeta no aprenden a convivir, la Iglesia se cae, se desmorona. En la Pascua, nuestro pastor y profeta nos indica el camino ideal del pastoreo (dar la vida) y el camino ideal del profetismo (combatir la injusticia de las víctimas). Cuando ambos ministerios son vividos en la línea de Jesús, en su manera más plena, no tienden al enfrentamiento, sino a la complementariedad.

c) Rostro contemplativo y rostro oficial (Brodie): la diferencia, en este caso, es complicada. El autor sugiere que el discípulo amado es la Iglesia contemplativa, la que cree y experimenta místicamente las verdades de fe. Pedro vendría a representar la Iglesia oficial que está obligada a comprobar y demostrar su fe para afianzar en la fe al pueblo de Dios. Lo que la contemplación encuentra como prueba indubitable, la oficialidad debe pasar por el tamiz más preciso posible para no caer en errores. Mientras en Pedro hablaríamos de un magisterio institucionalizado, en el discípulo amado tendríamos el sentir eclesial, lo que se vive a flor de piel, en pura emoción. La Iglesia oficial se ve forzada a detener la emoción para examinarla y determinar cuánto hay en ella de Dios y cuánto de sentimentalismo meramente humano. En la Pascua, ambos rostros eclesiales se acercan al misterio de la resurrección desde ópticas diversas: Pedro (oficial) necesita una corroboración para que sus hermanos tengan la certeza que él quiere llevarles; el discípulo amado ha contemplado la maravilla de Dios, que no podrá compartir oficialmente, pero sí invitando a la experiencia, para que otros sientan como él sintió al ver la tumba vacía.

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La Iglesia institucional es un gran contrapunto. Los hay neoconservadores, los hay de izquierda, los hay moderados, los hay reformados, los hay en el margen, los hay en el centro. Los hay de todos colores y de todos los tamaños. La Iglesia institucional abarca un sinnúmero de movimientos, corrientes e ideologías. Si la Pascua no sostiene la Iglesia, entonces la Iglesia se vendría abajo, se caería con sus derechas, sus centros y sus izquierdas. En la Pascua hay un motivo para seguir creyendo, para seguir luchando por la comunión. En la Pascua hay, también, una guía hacia la unidad. Allí están María Magdalena, está el discípulo amado y está Pedro. Son una Iglesia despareja. Una es mujer, el otro es un varón íntimo del Maestro y con talante místico, el tercero es complicado, impulsivo, radical para algunas cosas y conservador en otras. Son un grupo que tienen en común a Jesús. Y que por ese común, ahora son partícipes de la Pascua. El hecho pascual es una realidad donde purificar nuestras diferencias, y donde reconocer qué particularidades nuestras están dañando la comunión. Yo no creo que Jesús esté de acuerdo con la postura de absolutamente todos los grupos que se denominan cristianos, pero estoy seguro que desea la comunión de absolutamente todos esos grupos. Quizás no estaba de acuerdo con la interpretación que hacía María Magdalena de su persona y su mensaje, o con la que hizo el discípulo amado, o la de Pedro en su momento, pero los quería juntos, amándose a pesar de todo. Para la Iglesia de hoy vale el mismo razonamiento. Puede no estar de acuerdo con nuestra praxis o con nuestra teología particular, pero está ansioso de que nos amemos. Nos ha dejado la Pascua, nos ha dejado tres humanos distintos encontrados en una tumba vacía, nos ha dejado una Iglesia de judíos y gentiles, de pastores y profetas, de rostro oficial y rostro contemplativo. Nos ha dejado su vida, su muerte y su resurrección: con eso debe ser suficiente para hacernos comunión.

Creer cuando muere un hermano / Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Jn. 11, 1-45 / 10.04.11

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?”. Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”. Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se curará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”. Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”. Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. Pero algunos decían: “Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?”. Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”.

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. (Jn. 11, 1-45)

El último domingo de la cuaresma, antes de internarnos en la Semana Santa, nos presenta un relato muy jugoso y muy sugestivo para prepararnos en vistas a la pasión. Así lo pensó también el autor del Evangelio según Juan, que ubicó como último milagro de la vida pública de Jesús la revivificación de Lázaro. Elaborando un septenario de milagros que comienzan en la boda de Caná (cf. Jn. 2, 1-11), continúan en la curación del hijo del funcionario (cf. Jn. 4, 46-54), luego la curación del paralítico (cf. Jn. 5, 1-9), la multiplicación de los panes (cf. Jn. 6, 5-15), Jesús caminando sobre las aguas (cf. Jn. 6, 16-21), la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn. 9, 1-7) y, finalmente, la revivificación de Lázaro, el autor hace del simbolismo numérico una herramienta. Siete es el número de la plenitud, de lo completo, de lo que proviene de la perfección de Dios. Siete son los milagros que totalizan, muestran en plenitud, la actividad milagrosa de Jesús, que hizo muchos otros signos no contenidos en el Evangelio (cf. Jn. 20, 30-31). Juan es muy cuidadoso al no hablar de milagros, como los sinópticos, sino de signos. Se trata de actividades y acciones de Jesús que tienen que llevar a una reflexión más profunda, a la comprensión de una realidad más trascendental que la curación en sí, la multiplicación o el agua convertida en vino. El milagro, en Juan, es un sacramento de algo superior que debemos descubrir.

Así, la revivificación de Lázaro no es sólo la buena noticia de un muerto particular que vuelve a la vida; la Buena Noticia profunda y de fondo es que Jesús es la resurrección y la vida, que la muerte no tiene la última palabra, que vamos a resucitar. El relato está escrito de manera que los puntos importantes se resalten sobre el desarrollo de la trama. La mayoría de los biblistas entienden que la tradición joánica y la tradición lucana tienen varios puntos en común. En este relato, se comparten los personajes de Marta y María, hermanas, también presentes en Lc. 10, 38-42, y el nombre Lázaro, que Lucas presenta en otro contexto (cf. Lc. 16, 19-31). En la tradición lucana, aparentemente, Marta y María no tienen un hermano llamado Lázaro. Para Juan, sí. Pero más aún, tenemos una comunidad de creyentes, de hermanos que, más allá de lo familiar, son hermanos en Jesús. Marta, María y Lázaro bien pueden ser Iglesia. Es una Iglesia que ha perdido a uno de sus miembros y se está preguntando el por qué; es una Iglesia que se enfrenta al misterio de la muerte sin la presencia física de Jesús, que parece estar lejano, en otro lado, desentendido. Las reacciones de Marta y de María son las reacciones propias de los seres humanos que no pueden vislumbrar a Dios en el suceso de la muerte. La primera solución que proponen es que si Jesús no se hubiese ausentado, Lázaro no habría muerto. La respuesta de Jesús es trascendente: en realidad, Lázaro no ha muerto, porque Jesús es la resurrección y la vida. Su cuerpo puede estar pútrido, pueden haberlo sepultado y llorado, pero por haber creído en Jesús, por ser un hombre abierto a la gracia, Lázaro está vivo en la vida de Dios, que es la vida verdadera. Marta y María están en un plano muy limitado, muy superficial; Jesús, con profundidad, les hace ver que los creyentes no mueren, así sin más, abandonando la existencia; los creyentes prolongan su vida en Dios, porque han dejado que los inunde la gracia, y la gracia es muchísimo más grande que la muerte o el mal.

Esta reflexión teológica, para no quedarse en una espiritualidad desencarnada, tiene una aplicación concreta. Jesús va hasta Betania dando su vida por un amigo, encarnando lo que dirá solemnemente después: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). Por su gran amigo Lázaro, Jesús se acerca a la ciudad que quiere darle muerte. Está cambiando su vida por la vida de un amigo, su vida por la vida de la comunidad de hermanos, su vida por la vida del ser humano. Este camino hasta Betania es el signo de la pasión. Lo espera el juicio y la cruz, lo sabe, pero va igual, por Lázaro. La demora de dos días en ir no es una jugarreta sádica de un superhéroe que sabe que tiene el poder para revivir cuando quiera; es probable que esa demora se deba a la persecución que hay contra Él, y que lo obliga a no levantar mucha sospecha ni mucho revuelo hasta que haya revivido a su amigo, para que no lo apresen antes. Por eso llora frente al sepulcro. Esta demora determina que Lázaro lleve 4 días sepultado. En el relato, los 4 días recuerdan la creencia rabínica de que el alma ronda el cadáver del difunto los primeros 3 días del deceso y, al cuarto día, lo deja para siempre porque el rostro se descompone y ya no puede reconocerlo. Con esos cuatro días, Juan afirma que Lázaro estaba totalmente muerto, y que no había lugar a dudas sobre su estado. No es catalepsia ni narcotismo; Lázaro ha muerto. Su regreso a la vida será símbolo de la resurrección de Jesús que ocurrirá pronto. Algunos puntos del relato hacen contacto entre Lázaro revivido y Jesús resucitado: las lágrimas de una tal María ante la tumba (cf. Jn. 11, 33 y Jn. 20, 11), la pesada piedra del sepulcro (cf. Jn. 11, 38 y Jn. 20, 1), las vendas (cf. Jn. 11, 43 y Jn. 20, 5). Hay una estrecha ligazón entre la resurrección de Jesús y la resurrección del creyente: por una es la otra, sin una no hay la otra. La vida entregada de Jesús por los amigos se prolonga en su vida resucitada que es la prenda de la resurrección nuestra.

Frente a la situación incomprensible de la muerte de un hermano, María y Marta reaccionan. María se presenta más pasional, si vale la expresión. Es referida desde el principio como la que había ungido al Señor y había secado sus pies. Esa situación será narrada más adelante, en el capítulo 12 del Evangelio. Por este desfasaje entre una acción contada como pasada y narrada en el futuro, algunos comentaristas creen que esa aclaración sobre María es una glosa tardía añadida al conjunto original del libro. Lo cierto es que la escena de la unción está íntimamente relacionada con la revivificación de Lázaro, porque es una especie de ritual donde Jesús toma, definitivamente, el lugar de Lázaro. Se hace condenado a muerte en lugar del que ha vuelto a la vida. María, con la unción, es la anfitriona del ritual. La unción coincide con la actitud pasional de María, que no duda en derramar el perfume a la vista de todos, en un gesto de amor explícito y público. A la par de ella aparece Marta, portadora de la confesión de fe. Su primera impresión es la fe judía en una resurrección final (cf. Is. 2, 2; Mi. 4, 1; Dan. 12, 1-3; 2Mac. 7, 22-24), pero Jesús la lleva a un nivel superior. La resurrección, más que un acontecimiento temporal del futuro, es un presente en la persona de Él. La resurrección es Alguien, y eso constituye la confesión novedosa de la fe. Marta debe pasar de creer en que su hermano resucitará en un futuro a creer que ya está vivo gracias a Jesús, que la muerte no lo ha hecho desaparecer, sino que lo ha trasladado a la existencia en gracia de Dios. La confesión de Marta es, en perspectiva, la confesión de la comunidad eclesial joánica, que a pesar de ver morir a sus hermanos, los sabe plenos en Jesús; no en el espacio ni en un tiempo paralelo ni en un cielo remoto; sino en Jesús, el Resucitado que los acompaña todos los días.

Dios de vivos, Dios Viviente, vida de Dios / Trigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 20, 27-38

Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.

Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”. (Lc. 20, 27-38)

La disputa de Jesús con los saduceos está conservada en los tres Evangelio sinópticos. Mt. 22, 23-33 y Mc. 12, 18-27 son el pasaje paralelo a Lucas que leemos hoy en la liturgia dominical. Ya estamos en Jerusalén y, como sabe el narrador, las sombras se ciernen sobre la historia jesuánica. Falta poco para el desenlace, y de la alegría de Galilea o lo dinámico del camino, poco queda. Ahora es la hora de los enfrentamientos finales con los principales opositores, quienes serán, en definitiva, los artífices de la maquinaria de crucifixión. En este caso, el bando que viene a poner a prueba al Maestro son los saduceos. Lo que sabemos de ellos es bien concreto y sirve para entender su teología.

Jerusalén era el territorio básico de acción de la secta saducea. Difícilmente se encontraría uno de ellos fuera de la capital y, mucho más difícil, fuera de la provincia de Judea. En realidad, esto se debe a que formaban más un partido político que un movimiento religioso. Su origen histórico hay que buscarlo en el siglo II a.C., en la época de los Macabeos. Primeramente, la secta habría nacido alrededor del 175 a.C. con un grupo de sacerdotes opositores al manoseo que se realizó con el cargo del sumo sacerdote del Templo, comprado por Jasón al rey Antíoco IV Epífanes. Más adelante, los saduceos se convierten en fieles seguidores de Juan Hircano, hijo de Simón Macabeo, iniciador de la revuelta que logró purificar el Templo de ese manoseo. Juan Hircano, entre el 134-104 a.C., además del sumo sacerdocio, hizo todo lo posible para ser considerado rey, por ejemplo, acuñando monedas con inscripciones de su título. Al mismo tiempo que Juan Hircano recibía el apoyo saduceo, los fariseos se ponían en su contra. El nombre saduceo deriva de Sadok, sumo sacerdote de la época de Salomón (cf. 1Rey. 2, 35). Los saduceos se consideraban descendientes de este personaje, reforzados (sin peso específico) en la profecía de Ezequiel que asegura que los hijos de Sadok serán los encargados de ministrar frente al mismísimo Yahvé en el final de los tiempos, dentro del templo escatológico que describe el profeta (cf. Ez. 40, 46; Ez. 44, 15). A pesar de esta profecía escatológica, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos ni en la existencia de espíritus o ángeles (cf. Hch. 23, 8). De las Escrituras consideraban sólo como inspirada la Torá o Pentateuco, los cinco primeros libros; y su interpretación de la misma es literalista. Respecto a las legislaciones, por ejemplo, consideraban ejecutable la ley del talión, con todo su rigor. Al limitar su mirada sobre el más allá, creían que Dios recompensaba a los seres humanos en vida con las riquezas: los buenos eran ricos y los malos pobres. Obviamente, todos los saduceos pertenecían a la clase alta y se designaban como pueblo elegido y bueno. Su materialismo los llevaba a ser colaboracionistas en las invasiones. Cualquier pueblo extranjero que les ofreciese un arreglo favorable para mantener su status quo, era bienvenido. Por esta sencilla razón tenían como enemigos a los fariseos, con quienes no compartían casi ninguna creencia, y al pueblo en general, que reconocía en ellos a la clase acomodada. Buscaban que las cosas estén iguales siempre, en conveniencia de su bienestar.

Claramente, los saduceos están en la vereda opuesta a la propuesta del Evangelio. Su materialismo no se condice con el desprendimiento de Jesús y el exigido a sus discípulos; su falta de creencia en la resurrección, como veremos en el comentario de hoy, es lo contrario al pensamiento jesuánico; su colaboracionismo no tiene punto de contacto con la frase de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (cf. Lc. 20, 25); su conservadurismo atenta la dinámica cristiana de seguir el soplo del Espíritu Santo.

El caso propuesto por los saduceos a Jesús, seguramente, formaba parte de los casos clásicos de análisis entre ellos; e inclusive sería uno de sus famosos argumentos para justificar su no creencia en la resurrección. Como de costumbre, la respuesta de Jesús excede a la pregunta y plantea una mirada teológica que absolutiza algunas realidades en detrimento de otras que se relativizan. En esta escena, lo absoluto es la vida. Ante cualquier valor que se ponga en juego, para Jesús prima lo vivo, lo viviente. El primer viviente es Dios mismo, fuente de la existencia, y a partir de él, los vivientes son los seres humanos, a quienes se les comunica la vida divina. Desde esta naturaleza del universo, es imposible que la muerte tenga una carga limitante al poder de Dios. La muerte no puede vencer a Dios, no puede derrotarlo. La vida tiene muchísimo más poder que la tumba. Al final del Evangelio, Lucas demostrará esa tesis con la resurrección de Jesús, pero mientras tanto, las curaciones y los exorcismos del Maestro son la muestra anticipada. Curando y exorcizando, Jesús repone la vida, la restituye al estado pleno querido por Dios. Y por ello, también, la posición radical de Jesús frente a las riquezas. Si algunos tienen lo que a otros les falta, no hay justicia y no hay vida plena, entonces no puede ser compatible con Dios la opulencia. La actitud saducea es, entonces, anti-vida. La aristocracia acomodada conservadora no promueve los valores asociados a la vida de Dios, sino que pretende mantener en un estado de muerte y estancamiento a los demás. A fin de cuentas, no creer en la resurrección es una argucia para darle marco religioso a la diferencia social. Los saduceos no creen en la resurrección porque no les conviene; porque si la vida continúa y se plenifica en el encuentro posterior con Dios, entonces no son buenos los que tienen riquezas en señal de retribución terrena; aún peor, las riquezas no significan nada y, por no significarlo, se convierten en pecado para el que las acumula.

El argumento exegético de Jesús se fundamenta en un pasaje del Éxodo (cf. Ex. 3, 6), en el encuentro de Moisés y la zarza ardiente, donde Dios mismo se revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, tres patriarcas muertos para la época mosaica. Si Yahvé es el Dios de ellos, supuestamente muertos, entonces es un Dios de vivos. Si para identificarse, Dios recurre a los antepasados, y lo hace en forma presente, entonces los antepasados están vivos. No hay razones para dar por muertos a Abraham, Isaac y Jacob; Dios los nombra como vivos y tiene sentido que quienes han depositado la vida en sus manos estén vivos. Por eso Jesús afirma que su Padre no puede ser divinidad de los muertos o de la muerte; sería anti-lógico. Yahvé es Dios de la vida, y en Él, los seres humanos son vivientes. El argumento jesuánico tiene tanto sentido como inesperado y sorprendente es escucharlo. Hay otros pasajes de la Escritura que cabrían mejor en este caso, sin embargo, Jesús argumenta con la Torá, única Palabra reconocida por los saduceos. Más profundamente, diríamos que se trata de teología en estado puro. Para definir las características de la escatología, el Maestro recurre a la definición que da Dios de sí mismo, puesto que sólo a partir de Él se entienden las demás cosas. Todo cobra sentido en Dios porque Dios es quien da sentido a las cosas, y el sentido proviene de la vida. Las cosas muertas, lo muerto, la muerte en sí, no tienen sentido. Lo vivo, la vida, eso sí lo tiene. En la teología, la muerte no puede ocupar un lugar de preponderancia; se deben leer los episodios de muerte a la luz de la vida. La resurrección es la clave hermenéutica de lo inexplicable y doloroso. La muerte, un sin sentido, se explica a la luz de la resurrección. Cuando decimos esto, no afirmamos en absoluto que la teología pueda adquirir el conocimiento pleno del estado de resurrección, ni mucho menos. Decimos que lo resucitado da vida a lo que no la tiene, y eso es suficiente para dar vuelta el mundo. Lucas tampoco sabe describirnos cómo es el estado de resurrección. Lo primero que atina a elaborar es un contrapunto entre los hijos de esta era (según el original griego) que se casan y los hijos de la resurrección que ya no lo hacen. Aquí ya sabemos que hay diferencias entre un estado y el otro. Respecto al último estado, la palabra griega que lo describe es isaggelos, un derivado de iso (similar) y aggelos (ángel). O sea, un estado angélico, que en definitiva, es hablar de un estado inmaterial no sujeto a las reglas de este mundo. Como vemos, la única manera de describir la resurrección es remarcar que se alteran las normas que rigen el funcionamiento material. Esta alteración va más allá del matrimonio o la unión carnal de un varón y una mujer; se trata de la desaparición, por ejemplo, de los bienes y las riquezas. En el estado de resurrección no pueden existir clases ni poderosos que oprimen a los pobres, porque no hay botín que repartirse. Esto no conformaba para nada a los saduceos. Un mundo así significaba perder aquello que, supuestamente, los hacía ser alguien.

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En la tumba vacía, los varones de vestiduras resplandecientes le hacen una pregunta clave a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc. 24, 5b). ¿Por qué revuelven las tumbas cuando a Jesús se lo encuentra en la vida celebrada, compartida y llevada a plenitud? ¿Por qué existe esa manía de creer en un Cristo de cementerios? A muchos cristianos les cuesta horrores estar alegres, estar de Pascuas. Pareciera que es mejor la vida sufrida, mostrar el rostro triste, enumerar las desgracias que nos suceden. Y todo, por supuesto, sería la obra de Dios que, extrañamente, le encantar ver cómo la pasamos mal.

Lo cierto es que el Padre de Jesús tiene una mirada totalmente distinta sobre la vida. Él ama la vida y quiere la vida plena para todos sus hijos. Los hijos de Dios, como se puede leer hoy, son los hijos de la resurrección. No podemos llamarnos hijos si no aceptamos la Pascua con todas las consecuencias que conlleva. La resurrección tiene que ser una actitud cotidiana, una manera de mirar el mundo y de mirar a los otros. Corremos el riesgo de ser saduceos, de creer que todo acaba aquí y que no vale la pena comprometerse en un cambio. Corremos el riesgo de mutilar a Dios en uno de sus bienes más queridos: la vida. Allí se demuestra el cristianismo. No importa cuántas procesiones organicemos ni el número de bautizados registrados en las actas parroquiales. Lo que importa es nuestro compromiso con la vida, desde la obviedad del rechazo del aborto hasta la defensa del pobre que lleva una mala calidad de vida. La existencia que tenemos que asegurar como Iglesia es la existencia plena, o sea, el sacramento de la resurrección. Cuando un varón o una mujer tienen, y aprovechan, la posibilidad de potenciarse, proyectarse y plenificarse, la resurrección se hace presente, se hace sacramento entre nosotros. Cuando la Iglesia mejora la calidad de vida de alguien, lo acompaña en su desarrollo profesional, le ofrece una comunidad de contención y le regala el espacio para encontrarse con Dios, se cumple el propósito de la evangelización. La Buena Noticia del Reino es que Dios nos quiere plenamente vivos, y que no descansará hasta que alcancemos la plenitud.

La fe en Dios, la fidelidad, se juega en la comunicación de la vida. Todas las actividades y actitudes que transmiten vida, que la promueven, que la facilitan o que la defienden, son actos de fe. Lo que oprime, mata, reduce las posibilidades o limita, son obras anti-Reino. Reproducir a Jesús implica, hoy y en el futuro, hacer frente a los grupos saduceos, a los aristócratas, a la clase acomodada, a los conservadores del sistema, a los materialistas y a todos los que mutilan la figura de Dios, para demostrar que Yahvé es Dios de vivos, y que por una vida para todos somos capaces, paradójicamente, de dar la vida.

No ver para creer / Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 20, 1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.” Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos. (Jn. 20, 1-9)

La escena de la tumba vacía del Evangelio según Juan tiene tres personajes bien presentes y uno ausente. Justamente, el gran ausente es Jesús. Mientras que en los sinópticos las apariciones explicativas no se hacen esperar, aquí hay una leve demora. En Marcos, el joven vestido de blanco está sentado cuando las mujeres ingresan al sepulcro (cf. Mc. 16, 5); en Mateo las manifestaciones son más que obvias: temblor de tierra, aparición del ángel del Señor y rodamiento de la piedra (cf. Mt. 28, 2-3); en Lucas, finalmente, tras la entrada de las mujeres al sepulcro, mientras están desconcertadas, se les aparecen dos hombres con vestidos deslumbrantes (cf. Lc. 24, 4). El capítulo 20 de Juan, en cambio, comienza con María Magdalena que encuentra el sepulcro abierto, un aviso a Pedro y al discípulo amado, y ni rastros de ángeles, hombres misteriosos ni el mismo Jesús. Será recién la segunda escena post-pascual la de las manifestaciones (cf. Jn. 20, 11-17).

Tenemos, por lo tanto, tres personas frente a un misterio, frente a un suceso que deben interpretar. En la interpretación de las cosas juega un papel importante la psicología, las experiencias pasadas, la fe. Todo lo que somos y nuestros contextos determinan que leamos la realidad de tal o cual manera. La Magdalena ve la piedra quitada del sepulcro. Esa es su visión. En el texto griego del Evangelio, se puede entender que la piedra ha desaparecido, que ha sido llevada, a diferencia de los sinópticos, donde la idea es que la piedra ha sido corrida. Ante este hecho demostrable y la imposibilidad de explicarlo con rápida lógica, María interpreta que se han llevado el cuerpo de Jesús. Su elucidación sería que si la piedra ha sido llevada, es porque ese trabajo se realizó entre varios, y si varios fueron al sepulcro por la noche, es porque constituían un grupo capaz de circular libremente y porque tenían un propósito. Ese propósito podría ser robarse el cuerpo de Jesús. Mateo, en su relato, ha hecho eco de esta interpretación cuando asegura que los sumos sacerdotes y los ancianos dieron dinero a los soldados que custodiaban el sepulcro para que no contaran nada de lo ocurrido y circularan el rumor de que los mismos discípulos habían robado el cuerpo (cf. Mt. 28, 11-15). Inclusive, la presencia de soldados de guardia en la tumba respondía al miedo de sumos sacerdotes y fariseos de que algunos fanáticos de Jesús robaran su cuerpo para justificar que aquel había prometido resucitar al tercer día (cf. Mt. 27, 62-66). Seguramente, las comunidades mateanas y joánicas tuvieron que lidiar con este rumor, y eso se ve reflejado aquí. Mateo es más explícito asegurando que el origen del rumor es judío. Juan se anima a que la misma Magdalena dude. Su primera interpretación, entonces, es que el cuerpo ha sido robado. No menciona sospechosos. Y más preocupada que por encontrarlos, parece obsesionada con el cadáver. Ella quiere tener restos donde llorar.

Los otros dos personajes de la lectura de hoy son Pedro y el discípulo amado. Como hemos mencionado alguna vez, los biblistas creen que, simbólicamente, la figura de Pedro representa la autoridad eclesial y la figura del Discípulo Amado representa la comunidad cristiana. María Magdalena acude a ellos dos, a la Iglesia y a sus dirigentes. La noticia es para ambos, porque ambos son dignos de recibirla, y ambos tienen que hacer algo al respecto. Al momento, seguimos con la interpretación de ella, sobre el robo del cuerpo. Tenemos ahora la famosa carrera de competencia. Pedro y el Discípulo van a la par al principio, pero el segundo corre más rápido y llega antes al sepulcro. O sea, el Discípulo Amado le gana la carrera a Pedro, la comunidad a la autoridad. Siempre hay una ventaja de su parte, y así lo hace notar el Evangelio según Juan. El Discípulo Amado se sienta al lado de Jesús y se recuesta en su pecho (cf. Jn. 13, 23-26), es conocido del Sumo Sacerdote y puede entrar durante el juicio para estar cerca de Jesús (cf. Jn. 18, 15-16), gana la carrera que leemos hoy, reconoce a Jesús resucitado antes que los demás (cf. Jn. 21, 7), y es de quien Jesús dice a Pedro: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme” (Jn. 21, 22).

La ventaja del Discípulo Amado sobre Pedro se hace presente en las interpretaciones del sepulcro vacío. María Magdalena les había transmitido la sospecha de un robo, pero ella sólo había constatado la desaparición de la piedra. Pedro, al ingresar a la tumba, ve los lienzos y el sudario en la posición que deberían tener conteniendo el cadáver de Jesús, pero sin Jesús. Los lienzos y el sudario están armados y vacíos, como aplastados. Esa es la correcta interpretación de las frases en griego que describen el hallazgo de Pedro. Lamentablemente, la mayoría de las traducciones no dejan en claro este punto, y pareciese que el apóstol halló lienzos tirados en el suelo y el sudario doblado y acomodado en otra parte, como si alguien se lo hubiese quitado y plegado para guardarlo. De todas maneras, lo que queremos recalcar es que Pedro interpreta los hechos limitadamente, pues sólo ve la situación. Constata la ausencia de cuerpo, sin embargo no hay explicación posible para el suceso. María Magdalena decía que podía ser un robo, pero al hallar las vendas de la forma en que las hallaron, eso parece imposible. El salto de calidad sucede con la interpretación del Discípulo Amado, que entra después de Pedro, ve y cree. Hasta ese momento, nadie había creído. Se miraba, se buscaban explicaciones, se planteaban hipótesis. El Discípulo cree, pues la Escritura se le acaba de abrir rotundamente, y ahora entiende que el misterio detrás de los misterios es la resurrección.

El relato joánico no cita ninguna Escritura específica para justificar qué es lo que se comprendió, pero eso no es una omisión reprochable. No hay ninguna Escritura específica porque lo que comprende el Discípulo Amado al creer es la Escritura en su conjunto. Con la resurrección se ilumina el misterio de Dios, de la Revelación, del plan histórico-salvífico. Con la resurrección se aclara el panorama de Israel, de los paganos, del pasado, el presente y el futuro. Al creer, desde la intimidad y oscuridad de la tumba vacía, se hace luz sobre el tiempo y el espacio. El sepulcro insignificante de Palestina es el suceso central de la historia. Como en un embudo, todo lo que sucedió y todo lo que sucederá hace vórtice allí. Por eso no se puede citar un solo pasaje, ni dos, ni siquiera diez. Aquí resuena Mateo otra vez: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt. 5, 17).

Creer sin epifanías rimbombantes, sin ángeles ostentosos, sin apariciones, es un verdadero salto de calidad en la fe. Para reproducir fielmente la fe del Hijo, hay que creer a pesar de todo, como hizo Él cuando las cosas empezaron a andar mal, cuando sufrió persecución, cuando el Reino que predicaba parecía cada vez más lejano, cuando lo apresaron y lo traicionó uno de los íntimos, cuando lo juzgaron injustamente, cuando lo crucificaron. La fe del Hijo es la fe de la confianza plena en Dios, aunque parezca ausente, aunque parezca entregador. Es la fe en el amor del Padre que, a contracorriente de la religiosidad clásica, repite incesantemente en nuestro corazón que Dios no abandona y que no se ausenta; mucho menos que entrega a sus hijos. Fe en la experiencia filial es fe absoluta. Tras la experiencia del amor de Dios, recibir una manifestación extraordinaria y visible no hace la diferencia. La fe no se confirma en un milagro, sino en la misma fe sostenida y profundizada. La fe se va haciendo carne en las tribulaciones y las situaciones injustas, cuando seguimos creyendo en el amor que parece ausente.

Paradójicamente, en un Evangelio donde se hace hincapié en la bienaventuranza de los que creen sin haber visto (cf. Jn. 20, 29), los verbos de visión en el capítulo 20 aparecen 13 veces: en 7 oportunidades ver, 3 veces para apercibir y 3 más para mirar. La clave de la fe es ver, pero no lo extraordinario que se sale de las casillas, sino lo ordinario que manifiesta a Dios. Ver el rostro de Jesús en el pobre, ver la fuerza del Espíritu Santo en los emprendimientos de promoción humana, ver al prójimo en el vecino, el compañero de trabajo o de estudios. La resurrección cambia la mirada sobre los acontecimientos. La resurrección abre la mente y los ojos. Antes de la Pascua somos ciegos, y en la rutina creemos que Dios también es rutinario, o en los problemas creemos que Dios se ha ausentado, o en las enfermedades suponemos que Dios nos prueba, o en las muertes tempranas suponemos que Dios castiga. Antes de la Pascua somos ciegos porque queremos verlo todo. Tras la experiencia pascual reconocemos que hay testimonios gigantes de Dios, y que Él está siempre allí, al lado, abrazando, resucitando. Por la Pascua sabemos que Dios no es rutinario (porque interrumpió la historia de la muerte con la vida nueva), que no se ausenta (porque en la cruz no se tomó vacaciones, sino que sufrió el sufrimiento de su Hijo), que no prueba a nadie (porque la resurrección no es un premio para el que superó la carrera de obstáculos, sino la continuación de la vida querida por Él), y que no castiga (porque a Jesús lo crucifican por su manera de vivir, no por las exigencias sanguinarias de su Padre ni por el enojo insaciable de venganza respecto a los pecadores).

La Pascua es la revelación del Dios verdadero, y en cuanto tal, es la comprensión adecuada de las Escrituras. El Discípulo Amado entendió la Palabra porque creyó en Ella. Cuando la Iglesia pretende comprender las cosas desde una posición distinta a la Pascua, se deforma. A veces cree que la Biblia habla de premios y castigos, lo cual es un error. A veces se concentra en la espiritualización del Cristo, desencarnándolo, lo cual es otro error. A veces destina grandes recursos a encuentros multitudinarios y colosales retiros de impacto sin preocuparse de los pobres, lo cual es craso error. A veces se siente la policía del mundo y la dueña de la moral, lo cual la desgasta. A veces confunde solemnidad con estructuración y liturgia con tristeza, lo cual parece mostrar que la fe es una carga y no una alegría. A veces, la evangelización se concentra en relatos de apariciones marianas, bendiciones milagrosas o desmayos masivos, y eso parece contradecir la Buena Noticia de la Pascua que, hace dos mil años, se celebró en una tumba vacía, con testigos de dudosa procedencia, temerosos, pero capaces de creer a pesar de todo, a pesar de la misma ausencia del objeto de la fe. Para evangelizar pascualmente, habrá que animarse a compartir el único tesoro que tenemos: hemos conocido que Dios es amor, y esa certeza nos basta.

Palabra viva / Sábado de Gloria – Ciclo C – Lc. 24, 1-12

El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. Entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará.” Y ellas recordaron sus palabras.

Regresaron, pues, del sepulcro y anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que referían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas. Pero a ellos todas aquellas palabras les parecían desatinos y no les creían. Con todo, Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio los lienzos y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido. (Lc. 24, 1-12)

 

Cada evangelista tiene su tradición pascual, y sin embargo, todos tienen una misma experiencia central. Para Marcos, Mateo, Lucas y Juan, es coincidencia la tumba vacía encontrada por las mujeres (cf. Mc. 16, 1-4; Mt. 28, 1-4; Lc. 24, 1-3; Jn. 20, 1). Para la tradición joánica, sólo María Magdalena va al sepulcro esa mañana; en Marcos se añaden María la de Santiago y Salomé (las mismas tres nombradas en Mc. 15, 40, mirando la cruz); Mateo elimina a Salomé y sólo son dos las asistentes; Lucas, finalmente, aumenta el número de mujeres sin precisar la cantidad exacta. Para él, fueron María Magdalena, Juana, María la de Santiago y las demás (¿dos, tres, diez?). Estas mensajeras lucanas recuerdan el inicio del capítulo 8 del Evangelio, cuando se nombran las mujeres que acompañaban a Jesús mientras recorría itinerantemente la Palestina: “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes” (Lc. 8, 2b-3). Ellas eran discípulas, tanto como los Doce. Habían subido desde Galilea con Él, habían compartido su forma de vida, habían oído sus enseñanzas. Por eso los hombres con vestidos resplandecientes las exhortan a recordar las palabras de Jesús, recordar cómo les había hablado. Les están pidiendo memoria. Aquí aparece un juego de palabras en el texto griego. El verbo recordar es mnemoneuo, y la palabra para referirse a la tumba es mnemeion, que más exactamente significa memorial, y por extensión, monumento (o tumba). En griego, la acción de recordar y el sepulcro tienen la misma raíz. A partir de la muerte, entonces, es posible hacer memoria sobre la vida; a partir de un monumento que parece ser la morada final, es posible re-pensar la existencia. Porque es la tumba vacía no es la palabra final; la tumba vacía interpela la historia pasada y la futura; es más, hace que lo pasado se proyecte hacia sus dimensiones escatológicas. Cuando se hace un memorial, no se congela un momento para retenerlo y detenerlo; el memorial es poner en movimiento, es recordar para seguir, es asumir para dispararse hacia el futuro. En la tumba de Jesús, las mujeres discípulas tienen que hacer memorial de la Palabra para que la Palabra se siga haciendo presente.

Como dijimos, los cuatro evangelistas coinciden en una tumba vacía y en mujeres. Pero a partir de aquí, las mediaciones a ese acontecimiento varían. Si en Marcos la primera mediación es asumir que el Crucificado es el Resucitado (cf. Mc. 16, 6), en Mateo es creer que el poder de Dios ha levantado a su Mesías (cf. Mt. 28, 2-4), y en Juan se trata de creer sin haber visto (cf. Jn. 20, 5-8.29), en Lucas la mediación principal parece ser la Palabra. Para creer hay que recordar lo que dijo el Maestro. Recordar que anunció su pasión, muerte y resurrección (cf. Lc. 9, 22.44; Lc. 13, 32-35; Lc. 17, 24-25; Lc. 18, 31-33); cosas que los discípulos, mientras iban subiendo a Jerusalén, no podían comprender. Pero ahora pueden hacerlo, a la luz de la tumba vacía. Y no sólo eso. Es necesario recordar su mensaje del Reino, porque sólo desde el entendimiento correcto de ello la muerte tiene sentido. Sabemos que no tiene sentido una muerte por capricho de Dios, pero sí lo tiene la muerte que es provocada por el pecado estructural de un mundo que no acepta la Buena Noticia de Dios. El Padre envió a su Hijo a anunciar la vida plena, y por eso lo matan. De una muerte así se deduce la resurrección. Si pensamos que Jesús muere porque Dios exige sangre para satisfacer su hambre, entonces la resurrección es algo añadido, un bonus, pero no una consecuencia ni de la vida ni de la muerte. ¿Para qué resucitar a quien ya cumplió su propósito? En cambio, si la muerte sucede por anunciar la vida, es lógico que Dios dé la vida a quien confió plenamente en ella y a quien se entregó por la vida de los otros. Por eso es tan importante, en la interpretación lucana, la mediación de la Palabra. Durante el capítulo 24 del Evangelio se recuerda que era necesario que se cumpliera la Palabra (cf. Lc. 24, 7.26-27.32.44-47), y gráficamente, el autor nos demuestra cómo el hecho pascual abre las inteligencias de los discípulos para entender la Escritura.

A partir de la Palabra y de su entendimiento, es posible reconocer la identidad real de Jesús. En esta perícopa se le adjudican tres títulos: Señor, Viviente e Hijo del Hombre. La construcción gramatical Señor Jesús se utiliza solamente en esta oportunidad dentro del Evangelio. Anteriormente, Jesús fue llamado Señor por Simón Pedro (cf. Lc. 5, 8; Lc. 12, 41; Lc. 22, 33), el leproso (cf. Lc. 5, 12), el centurión (cf. Lc. 7, 6), Santiago y Juan (cf. Lc. 9, 54), unos anónimos (cf. Lc. 9, 61; Lc. 13, 23), los setenta y dos enviados (cf. Lc. 10, 17), Marta (cf. Lc. 10, 40), sus discípulos (cf. Lc. 11, 1; Lc. 17, 37; Lc. 19, 34; Lc. 22, 38.49), el ciego (cf. Lc. 18, 41), Zaqueo (cf. Lc. 19, 8) pero Señor Jesús hace referencia a Señor Dios (cf. Lc. 1, 16.32.68; Lc. 4, 8.12). Se trata de un título teo-lógico, aplicado a Yahvé, sobre todo utilizado por la traducción Septuaginta. El otro título que mencionamos es el de Viviente. Cuando los hombres de vestidos resplandecientes preguntan por qué buscan entre los muertos al que está vivo, podría traducirse por qué buscan entre los muertos al Viviente (al que vive). Esto tiene sentido si pensamos en la tradición veterotestamentaria del nombre YHWH, con su centro articulador en el episodio de Moisés con la zarza ardiente, cuando Dios responde que su nombre es Yo soy el que Soy (cf. Ex. 3, 14), o sea, el que existe siempre, el que está siempre, el que vive siempre, el Viviente. Dios es Vida y dador de ella; Dios es eterno, y por eso, es el Siempre Vivo. A Jesús resucitado se le aplica el mismo título. Nuevamente, es un título teo-lógico. Jesús comparte la vida de Dios y ya no muere más; Jesús vive siempre en presente, por la eternidad. Finalmente, el último título es Hijo del Hombre. En este caso, los hombres con vestiduras resplandecientes recuerdan lo dicho por Jesús en su ministerio. Jesús habla constantemente del Hijo del Hombre (cf. Lc. 5, 24; Lc. 6, 5.22; Lc. 7, 34; Lc. 9, 22.26.44.58; Lc. 11, 30; Lc. 12, 8.10.40; Lc. 17, 22.24.26.30; Lc. 18, 8.31; Lc. 19, 10; Lc. 21, 27.36; Lc. 22, 22.48.69), la gran mayoría de las veces en tercera persona, haciendo alusión a su poder (de perdonar, de disponer del sábado), a las tribulaciones que pasará (será entregado, torturado, asesinado) y a la glorificación futura (será elevado, se sentará a la derecha de Dios, regresará). Este título es, por lo tanto, cristo-lógico y antropo-lógico, o sea, habla de la realidad crística y de la realidad humana de Jesús. Resucitado, es el verdadero Hijo del Hombre que vence la muerte, pero que tuvo que atravesarla (condición humana), para encontrarse ahora glorificado (condición divina).

 

En la Pascua hacemos anamnesis. La Pascua es un recuerdo activo que transforma la actualidad. ¿Qué pasaría si la tumba vacía fuese un hecho circunscrito a un puñado de mujeres de hace dos mil años? ¿Qué podría significar eso para mí hoy? ¿No estarían histéricas o perturbadas por la muerte de un ser querido? En opinión machista, ¿no es típico de las mujeres hacer ciertos escándalos cuando no pueden lidiar con algo que las sobrepasa? Y sin embargo, ellas son las primeras en hacer la anamnesis. Lc. 24, 8: “Ellas recordaron sus palabras”. Recordaron que el Hijo del Hombre debía morir, pero recordaron también que, siendo indignas en su sociedad, Él las había amado y les había dado su lugar. Recordaron que explicaba el misterio de Dios a los Doce y a ellas por igual. Recordaron que la gente decía muchas cosas sobre este soltero que caminaba por Palestina seguido de mujeres, pero que a Él realmente no le importaba demasiado ese chusmerío. Recordaron su libertad y sus actos. Recordaron su praxis liberadora. Seguramente, María Magdalena llegó a la profundización de lo que le había sucedido tiempo atrás, cuando el Maestro expulsó los siete demonios que la atormentaban. Él le había devuelto la vida, y ahora Dios se la devolvía a Él para siempre. Sin dudas que Jesús era el Viviente. Por eso había muerto y seguía estando.

La anamnesis compromete. Un acto conmemorativo lo hace cualquiera. Pero asumir el nuevo orden de la Pascua y aplicarlo en lo concreto es un desafío que incomoda. Pascua no es la histeria de unas locas. Pascua es la derrota de la injusticia que crucificó al Justo, es el mártir que derrama la sangre por el Evangelio, es el pobre que es promovido humanamente, el leproso admitido en el culto, la mujer que se re-inserta con dignidad, el pecador perdonado. Pascua es un acontecimiento de toda la historia en general, y de cada segundo en particular. Pascua es el encuentro con la tumba vacía, con la Palabra mediadora y con el Resucitado. Ese encuentro lo afecta todo. Me afectó ayer, me afecta hoy y me seguirá afectando. Por eso es anamnesis y no ocurrencia.

Una evangelización que difunda un mensaje del pasado, solamente de ayer, sin incumbencia para hoy, es muerte. ¿Qué Buena Noticia se queda quieta en el pasado? En cambio, la evangelización pascual es que la tumba vacía puede encontrarse hoy, que la Palabra habla de mil maneras, y que el Resucitado es el que vive, el que está, el que acompaña. La Buena Noticia es vida. Fue vida para las mujeres, para los Once, para miles y miles de varones y mujeres de la historia. Es vida para nosotros y lo será para los que vendrán. Quizás no hemos entendido eso porque fallamos, no tanto en la anamnesis, sino en el conocimiento de la Palabra. Nos creemos discípulos, pero no hemos escuchado al Maestro. ¿Cómo recordar, pues, lo que nunca oímos? ¿Cómo hacer memoria de lo que no habíamos prestado atención? Pretendemos explicar la Pascua desde la Pascua y nada más, o explicar la muerte en la cruz desde la misma cruz, cuando es la vida del Viviente y su mensaje lo que se nos invita a rememorar. Si Jesús estuviera aún en la tumba y peregrináramos todos los años a ella, el gesto sería emotivo, pero nada más. Si Jesús dejó una tumba vacía, como lo creemos, es porque no debemos encontrarlo en un monumento, sino en la vida. Entre los pobres, moribundos, agonizantes y oprimidos, Jesús es el Viviente que se revela desde la muerte injusta. Por su mensaje del Reino lo matan, por su fidelidad a ese Reino resucita. ¿No será el Reino, entonces, la mejor manera de hacer anamnesis? ¿No será dando vida al que no la tiene? ¿No será comprometiéndose hasta entregarse como Él?

Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo C – Lc. 9, 28-36

Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto. (Lc. 9, 28-36)

El relato de la transfiguración es uno de esos episodios que toda la tradición sinóptica atestigua. Este año leemos la versión de Lucas, pero también Mt. 17, 1-8 y Mc. 9, 2-8 lo conservan. Como siempre sucede con las escenas compartidas por los diferentes Evangelios, cada uno de lo autores hace hincapié en elementos particulares, y el estilo propio deja huellas en el texto que, en paralelo, pueden rastrearse. Lo que comparten unánimemente es la ubicación de la transfiguración en el plan de la obra. Siempre es precedida por la confesión de fe de Pedro (cf. Mt. 16, 13-20; Mc. 8, 27-30; Lc. 9, 18-21), el primer anuncio de la pasión (cf. Mt. 16, 21; Mc. 8, 31; Lc. 9, 22), y la segunda llamada vocacional que implica cargar con la cruz (cf. Mt. 16, 24-27; Mc. 8, 34-38; Lc. 9, 23-26). La tradición de Mt-Mc añade el malentendido entre Jesús y un Pedro que no comprende aún el mesianismo de la muerte (cf. Mt. 16, 22-23 y Mc. 8, 32-33). Finalmente, el versículo común que hace de prólogo a la transfiguración es nuevamente compartido (cf. Mt. 16, 28; Mc. 9, 1; Lc. 9, 27), y en palabras de Jesús, expresa que entre los que lo estaban escuchando, habría algunos que no morirían antes de ver venir el Hijo del Hombre en su Reino (Mateo), el Reino de Dios con poder (Marcos) o simplemente el Reino de Dios (Lucas). Días después de esta declaración acontece lo que leemos hoy.

La cantidad de días que transcurren entre el anuncio de Jesús y la transfiguración ya son un motivo de disensión. Para Mt-Mc han pasado seis días, pero para Lucas son ocho. El por qué de este número no es tan fácil de rastrear. Para el Evangelio según Juan, el octavo día es una figura que representa la nueva Creación, el día novedoso añadido a la semana creadora original (siete días); por ello, el Resucitado se presenta entre los discípulos “ocho días después” (Jn. 20, 26). Para algunos exegetas, en Lucas hay que interpretar el mismo significado. Sin embargo, el octavo día en la obra lucana aparece una sola vez más, en Lc. 2, 21: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le puso el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno”. ¿Qué sentido, pues, tenía la circuncisión? Según Gn. 17, 9-14, la alianza entre Dios y Abraham se señaliza con la circuncisión, y es un signo que debe permanecer de generación en generación. Tan importante es este rito para el judaísmo que el varón no circuncidado debe ser considerado como un desheredado, y por lo tanto, no tiene derecho a celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). El israelita incircunciso es un excomulgado. Y cualquier incircunciso, judío o gentil, está fuera de la alianza de Abraham. Pero falta reconocer cuáles son los elementos de la alianza. Según Gn. 17, 4-8, Yahvé hará de Abraham un padre de muchedumbres y su descendencia tendrá una tierra en posesión perpetua. En resumen, la alianza consiste en fertilidad y tierra prometida. La circuncisión, por lo tanto, recuerda esa promesa; la circuncisión es esperanza. Esta relación queda patente en el capítulo 5 del libro de Josué, cuando el pueblo de Israel, que está a punto de tomar posesión de Jericó (a punto de comenzar la conquista de la tierra prometida), se circuncidó, debido a que los israelitas nacidos en el desierto eran incircuncisos. Con el ritual ya realizado, el pueblo celebró la Pascua en los llanos de Jericó. Circuncisión y pascua son liturgia de la entrada a la tierra prometida, liturgia de la alianza. Quizás, el sentido del octavo día de la transfiguración sea el sentido de la circuncisión, de la nueva circuncisión en Cristo, como explica Colosenses: “En él también fuisteis circuncidados no con circuncisión quirúrgica, sino mediante el despojo del cuerpo carnal, por la circuncisión en Cristo” (Col. 2, 11).

Hay un dato más, propio de Lucas, que relaciona la circuncisión, la alianza y la transfiguración. Mientras que Mt-Mc menciona la aparición de Elías y de Moisés junto a Jesús y que los tres mantienen una conversación, Lucas va más allá y nos narra de qué hablaban los tres. La palabra que nosotros traducimos por partida (refiriéndose a la muerte de Jesús en Jerusalén), en el griego original es exodos. Esta referencia es clara al éxodo de Israel al partir de Egipto. Para la tradición bíblica del Antiguo y del Nuevo Testamento, el suceso de la liberación de la esclavitud egipcia es la pro-forma de todos los eventos de la historia de la salvación: la salida de la cautividad de Babilonia es un nuevo éxodo, la resurrección de Jesús es un nuevo éxodo, el final de los tiempos con la peregrinación escatológica a la Nueva Jerusalén es el gran éxodo definitivo de la historia. La transfiguración es, de esta manera, prefiguración de lo que será la muerte y resurrección de Jesús, prefiguración del éxodo central del universo, el éxodo-pascua del Cristo. Elías y Moisés hablan con Jesús sobre los acontecimientos que sucederán en Jerusalén para dar a la pasión y a la muerte la visión divina, la perspectiva celestial. En la cruz sucederá la verdadera circuncisión, se establecerá la alianza última e irrevocable.

También la referencia a la construcción de las tres tiendas tiene resonancias de circuncisión, alianza y éxodo. La fiesta de los tabernáculos, llamada también fiesta de las chozas o fiesta de las tiendas, era una de las tres fiestas judías que implicaban peregrinar hacia Jerusalén (cf. Dt. 16, 16), y durante una semana, los peregrinos vivían en tiendas construidas para la ocasión. La propuesta de Pedro a Jesús enmarca la transfiguración en la celebración de los tabernáculos. La fiesta tenía variados matices y significados: en un principio fue la fiesta de la cosecha (cf. Ex. 34, 22); tiene también ritmo cronológico, pues era una de las primeras celebraciones del año comenzado, marcando los ciclos de cosecha y recolección; sucedía al Yom Kippur (cf. Lv. 16), día de la expiación o purificación; era rito de fecundidad para que la tierra produjese en abundancia en el próximo ciclo agrícola; es afirmación nacionalista y mesiánica según Zacarías, quien puede ver cómo, en el final de los tiempos, todos los pueblos subirán a Jerusalén para reconocer el reinado de Yahvé Sebaot y celebrarán los tabernáculos (cf. Zac. 14, 16); y era la oportunidad de experimentar, durante una semana, lo que fue la vida de Israel en el desierto, en la vivencia continuada del éxodo, en la esperanza de la tierra prometida, y sobre todo, con la cercanía íntima de Dios que caminaba junto al pueblo. La transfiguración y los tabernáculos son visiones congruentes de la alianza y también visiones desde aristas diferentes; una retrospectiva y otra prospectiva; una sobre lo que pasó y lo que se espera, otra sobre lo que pasará y que también es esperanza. Para ambas el éxodo es importante, el paso de una situación a otra, de la esclavitud a la libertad, de la vida a la muerte para volver a la vida.

En la escena lucana, las señales apuntan hacia la alianza. Se recuerda el octavo día que es el día de la circuncisión; Elías, Moisés y Jesús hablan de la pascua jesuánica; el contexto externo parece estar dado por la fiesta de las chozas. La idea de éxodo es telón de fondo y argumentación entretejida. Para entrar a la tierra prometida los israelitas se circuncidaron; Elías, Moisés y Jesús hablan del éxodo jesuánico; la fiesta de los tabernáculos es celebración de la estancia en el desierto durante el éxodo mosaico. La mismísima presencia de Elías (representante por excelencia de los Profetas) y Moisés (representante por excelencia de la Ley) es la presencia de la antigua alianza que dialoga con la nueva (Jesús, su pasión y resurrección). La transfiguración es prolepsis de la pascua jesuánica. En Lc. 24, 1-8, escena de la tumba vacía, tres son las testigos principales (cf. Lc. 24, 10), al igual que tres son los testigos de la transfiguración; dos hombres se presentan para anunciar la Buena Noticia, al igual que los dos (Elías y Moisés) que hablan con Jesús; los hombres llevan vestidos resplandecientes en la tumba vacía, al igual que la blancura deslumbrante del Maestro en la transfiguración y sus dos interlocutores revestidos de gloria; las tres testigos se atemorizan, al igual que los tres apóstoles; finalmente, los hombres resplandecientes de la tumba les recuerdan que el Hijo del Hombre les había anunciado estos sucesos, por ejemplo, en Lc. 9, 22, unos versículos antes de la transfiguración. La nueva alianza consumada en la pascua fue anunciada (¿y celebrada?) en el monte donde Jesús se transfiguró.

En la resurrección, en el Resucitado, los éxodos (todos y cualesquiera que sean) cobran sentido pleno. La salida de Egipto, el regreso del destierro, la peregrinación escatológica la Nueva Jerusalén, hallan su esencia en la pascua jesuánica. Y los éxodos personales o comunitarios de la época en que nos toca vivir, también se plenifican en el Cristo. Porque hacer el éxodo es salir de una situación para entrar en otra, es ser liberado de una servidumbre para experimentar la libertad digna, es dejar de no-ser para comenzar a existir siendo. Los éxodos son resurrecciones, pasos a una vida más plena, y por ello sólo pueden alcanzar la realización si participan del éxodo central de la historia, el éxodo por excelencia, el paso de lo humano a la vida de Dios (parafraseando algunos cantos litúrgicos).

Los acontecimientos sencillos y cotidianos de la vida pueden leerse en clave de éxodo o esclavitud. Podemos vivir en la esclavitud o esclavizándonos, pero también tenemos la opción de salir, de movilizarnos, o mejor dicho, de ser liberados. Nos perdemos de mirar con los ojos de Dios las liberaciones, y así nos perdemos en caprichos, creyendo que se está mejor encerrado. Para Israel, salir de Egipto fue muchas veces una tortura, una recriminación a Yahvé que les había quitado las cebollas del Faraón para matarlos de hambre en el desierto. Nosotros, generalmente, preferimos las cebollas. Ni siquiera la transfiguración, la mirada divina sobre el éxodo de la cruz, nos convence. Seguimos viendo con los ojos de la horizontalidad humana, y los éxodos son más un problema que una oportunidad. Es más fácil ser esclavo que libre. Duele más hacerse cargo de responsabilidades y decisiones que seguir estrictamente las órdenes de un amo. Dejarse liberar es un tormento, pues aceptamos una alianza de gracia con el Liberador. Él promete amarnos a pesar de todo; nosotros tenemos miedo de amar.

Para amar hay que circuncidarse el corazón, como reclamaban los profetas. Un corazón circuncidado es un corazón al descubierto, desnudo, abierto a los otros y al Otro. Nuestra mente cree que las alianzas de gracia nos debilitan; recibimos tanto y sin necesidad de algo a cambio, que suponemos que hay algo mal. El hecho de que Jesús decida subir a Jerusalén y allí lo maten, y que su sangre sea alianza universal, siempre parece quedarnos muy grande. No nos atemorizan nuestras obligaciones para con ese amor, nos atemoriza el amor mismo. ¿Cómo hacer el éxodo de uno mismo? ¿Cómo liberarse para amar a la manera del Maestro? Por ese amor fue asesinado. ¿Cómo llegar a salir tanto de nuestro egocentrismo hasta el martirio? Sólo es posible porque Dios nos amó primero, porque Él ya hizo el éxodo.

Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 20, 1-9



El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
(Jn. 20, 1-9)

El relato de la tumba vacía del Evangelio según Juan difiere notablemente del texto marquiano leído en la noche del Sábado de Gloria. Mientras en Marcos van tres mujeres al sepulcro, en Juan es sólo María Magdalena; mientras las tres se quedan calladas al final y atemorizadas, en el relato joánico se da anuncio a Pedro y al discípulo amado, quienes continúan la inspección del sepulcro vacío. Quizás, una posible lectura de este pasaje consista en mirar los tres personajes y lo que simbolizan en la trama del Evangelio:

- María Magdalena: su primera aparición con nombre propio sucede al pie de la cruz, junto a la madre de Jesús y la hermana de la madre de Jesús (cf. Jn. 19, 25). Identificarla con la mujer adúltera del capítulo 8 o con la hermana de Marta y Lázaro (cf. Jn. 11, 1) es basarse en una opinión sin fundamentos literarios claros. Ahora bien, desde su presencia al pie de la cruz, junto a dos parientes de Jesús, no está de más suponer que ella también era familiar del Señor. Pero quizás, más importante que eso, sea que es mujer, simple mujer, sin derechos ni beneficios en una sociedad machista. Mujer que permanece en las situaciones difíciles, acompañando el dolor y el sufrimiento. Mujer sin protagonismo en la historia que, desde su silencio, se hace primera voz de la resurrección, primera misionera del mensaje pascual, de la Buena Noticia. Porque la escena fuerte de la Magdalena sucede en el sepulcro vacío, siendo la primera en encontrarse con el Resucitado. La perícopa de la liturgia de este domingo, que finaliza en el versículo 9, no nos permite ver la continuación, con el regreso de ambos discípulos a la casa (cf. Jn. 20, 10) y la aparición de Jesús (cf. Jn. 20, 14). Ha sido la permanencia de María su característica más destacada. Permaneció al pie de la cruz, en la tribulación, y permaneció en el sepulcro, también en una tribulación, pues creía que se habían robado el cadáver. Por su doble permanencia, ve al Señor resucitado, se encuentra cara a cara con Él. En este sentido, el personaje de ella es el símbolo de los que esperan aún en las dificultades, los que comparten con los crucificados las horas más terribles, y alcanzan la visión del Reino pleno. Pero hay otro sentido también posible, y es el de María como persona insignificante que guía a la Iglesia a la pascua, a su acontecimiento central. Es ella quien va a buscar a Pedro y al discípulo amado, con una concepción errónea, pero efectiva al final. Cree que se han robado el cadáver, ni siquiera sospecha la resurrección. Sin embargo, desde su ignorancia, desde su insignificancia, se vuelve significante, porque acude a los discípulos primero, y porque llora a su Señor (cf. Jn. 20, 11) con pena verdadera, lamentándose de otra injusticia más. Tras la aparición, recibirá el encargo de transmitir palabras precisas a los varones, palabras confiadas por el mismo Resucitado: “Vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn. 20, 17b). María Magdalena, mujer no tenida en cuenta, mujer que no abandona, es mujer de la Buena Noticia, mujer importante para la pascua.

- Pedro: para muchos exegetas, la figura de Simón Pedro en el Evangelio según Juan es el símbolo de la autoridad, en contraposición y complementariedad al discípulo amado, símbolo de la comunidad. Ambos discípulos aparecen juntos en cuatro pasajes importantes. En primer lugar, en la última cena, cuando Jesús anuncia que será entregado por un íntimo (cf. Jn. 13, 22). Simón Pedro hace una seña al discípulo amado para que éste pregunte a Jesús quién es el entregador (cf. Jn. 13, 24), debido a que el discípulo amado estaba al lado de Jesús (cf. Jn. 13, 23). Tras inclinarse sobre el pecho del Maestro, obtiene la respuesta (cf. Jn. 13, 25-26). El segundo episodio es durante la convulsión posterior al arresto de Jesús. Simón Pedro y el otro discípulo siguen a la comitiva que se lleva al Maestro hasta la casa de Anás. Allí, Pedro no puede ingresar y espera en la puerta, mientras el otro discípulo, conocido de la casa, puede ingresar. Gracias a sus contactos, finalmente logra que Pedro también ingrese (cf. Jn. 18, 15-16). El tercer episodio es el que estamos analizando en la lectura del día, y el cuarto está contenido en el capítulo 21 del Evangelio, donde la aparición del Resucitado sucede durante una pesca de los discípulos. Es el discípulo amado quien se da cuenta primero que el aparecido es el Señor, y al anunciarlo a Simón Pedro, éste se lanza al agua para ir a su encuentro (cf. Jn. 21, 7). Sobre el final del capítulo, Pedro preguntará a Jesús sobre el final que le depara al discípulo amado (cf. Jn. 21, 21), pero el Maestro responde: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme” (Jn. 21, 22). A través de estos cuatro episodios, la imagen de Simón no parece ser la mejor. Está sentado lejos de Jesús en la cena, no puede acompañarlo hasta la intimidad del juicio ante Anás, llega más tarde al sepulcro tras el anuncio de la Magdalena, no sabemos si creyó al ver las vendas y el sudario, no reconoce en un primer momento al Resucitado en la pesca milagrosa y es curioso respecto al paradero del discípulo amado. No encontramos aquí características muy ajenas al personaje de los Evangelios sinópticos, arrebatado, impulsivo, amigo cercano de Jesús, pero también lejano, sin demasiada comprensión de lo que está sucediendo. Lo interesante en Juan es su relación con el discípulo amado (comunidad) y su rol (autoridad). En la corrida hacia el sepulcro que leemos hoy, hay una especie de competencia. Comienzan corriendo juntos, pero llega antes el otro discípulo porque es más rápido. Sin embargo, no ingresa, esperando a Simón, que sí ingresa y contempla todo, pero no sabemos cuál es su reacción, si creyó o no, si se atemorizó, si supuso que se habían robado el cadáver. El otro discípulo, al contrario, ingresa detrás de Pedro y cree al ver, comprendiendo las Escrituras. El contrapunto entrambos resalta sin necesidad de una explicación detallada. Aquí la autoridad que significa Simón Pedro es removida, pues recibe el anuncio de una mujer, pierde la carrera, y no sabemos si cree.

- Discípulo amado: su significado es la representación de la comunidad. Resalta, sobre todo la intimidad que mantiene con Jesús. Se sienta a su lado, se recuesta en su pecho, lo acompaña en el juicio ante Anás y está al pie de la cruz (cf. Jn. 19, 26), donde el Maestro le confía a su madre (cf. Jn. 19, 27). Vive un contrapunto constante con Simón Pedro, ganándole la corrida al sepulcro tras el anuncio de la Magdalena y abriéndole los ojos para que reconozca al Señor en la aparición de la pesca milagrosa. Este contrapunto, si bien parece indicar una contraposición extrema, funciona de manera complementaria, como guiando y ayudando a un Simón impulsivo y desorientado. Lo deja ingresar primero al sepulcro, y tras de él se introduce para terminar creyendo con la simple visión de la ausencia. En la misma línea de la tumba vacía de Marcos, el discípulo amado funda su fe en una evidencia que es la falta del cadáver. Pero profundizando un poco más, la fe del discípulo aparece como una comprensión de lo acontecido, una re-lectura de las Escrituras a la luz del hecho pascual. Hasta ese momento no habían comprendido la Palabra de Dios, pero ahora es clara, porque se entiende a través de la tumba sin cuerpo.

Pedro/autoridad, sin discípulo amado/comunidad no es aceptable. La comunidad, cercana a Jesús, sentada a su lado, recostada sobre su pecho, es la vía de comunicación a la autoridad. Pedro debe preguntar al discípulo amado para que éste pregunte al Maestro. Pedro necesita del discípulo amado para ingresar a compartir los momentos claves, como el juicio ante Anás. Pedro llega después del discípulo amado al hecho pascual, pero es invitado a pasar primero, como pastor, como guía. Sin embargo, la autoridad no logra creer antes que la comunidad lo haga en las vendas y el sudario abandonados. Pedro no reconoce al Resucitado sino hasta que el discípulo amado se lo revela. En resumen, la autoridad, según el cuarto Evangelio, no puede ejercerse por fuera de la comunidad o por sobre la comunidad, sino con ella y en ella. El hecho pascual no es un suceso que dependa de la definición dogmática o del arbitrio de la autoridad; el hecho pascual es comunitario, y es la base de la fe de la Iglesia, más allá de los decretos o las resoluciones canónicas. La comunidad cree al ver el sepulcro vacío porque espera la pascua, la liberación, la desatadura de la muerte. Pedro/autoridad no hace otra cosa que seguir a la comunidad, quien le cede la prioridad de entrada como signo de respeto a su pastoreo, pero no para que avale la fe del discípulo amado, sino para que la comparta. El discípulo amado cree al ver, y no necesita que Simón Pedro lo corrobore, sino que participe de esa fe.

En la misión, muchas veces juega en contra el peso de la autoridad que busca anteponerse al evento personal/comunitario. ¿Cuántas veces anunciamos una institución antes que la pascua? ¿Cuántas veces fue más importante en nuestro discurso lo que se debe hacer antes que lo que se invita a vivir? Si las personas no tienen la oportunidad de mirar las vendas y el sudario para creer porque hemos ido con la imposición de un dogma, entonces no estamos evangelizando al estilo cristiano, sino corporativo; no buscamos discípulos del Resucitado, sino adherentes a una religión-empresa. El anuncio de la pascua debiese ser el anuncio más gozoso que podemos realizar, el anuncio de una liberación que afecta la vida concreta, que abre el entendimiento, el anuncio que no tiene otra corroboración que la experiencia misma personal y eclesial. No podemos ser cristianos porque otros dicen que lo seamos. Somos cristianos en la medida en que hallamos las vendas y el sudario sin cadáver y creemos que es posible, que no todo está perdido, que hay algo más, que hay vida en abundancia de parte de Dios, que la muerte no tiene la última palabra.

Probablemente, para los misioneros, María Magdalena pueda significar esas culturas, esos pueblos y esas gentes distintas, insignificantes, ignorantes de Dios según nuestros criterios. La Magdalena es lo que despreciamos por creer que no pueden darnos nada, que nosotros somos los misioneros que lo damos todo. Sin embargo, en su pequeñez, en su estado de mujer discriminada, la Magdalena permanece y, en su permanencia, es la primera depositaria de la Buena Noticia. Corre a la autoridad y a la Iglesia/comunidad a comunicarles la pascua, o sea, a misionarlos, a evangelizarlos. Al contrario de lo esperado, a la inversa de los esquemas y paradigmas de la misionología, son los despreciables de la sociedad los que llevan a la Iglesia al Cristo. ¿Cómo pensar una misión sin el testimonio de sus cruces y sus pascuas? ¿Sin el testimonio de sus llantos desconsolados por la injusticia? ¿Sin los crucificados por un sistema que no los tiene en cuenta? Así como Pedro/autoridad necesita del discípulo amado/comunidad para su misión, la Iglesia/comunidad necesita de las Magdalenas/despreciados/discriminados para la suya.

Sábado de Gloria – Ciclo B – Mc. 16, 1-8

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: «No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo» Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo… (Mc. 16, 1-8)

El sábado de gloria, por la noche, la Iglesia nos invita a la madre de todas las liturgias, a la liturgia de la Vigilia Pascual. Repleta de signos y significados, cargada de una emoción particular, pensada, sentida y estructurada durante años, la Vigilia hace anamnesis del acontecimiento pascual, del paso de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, el paso de Dios por la historia, la historia de la salvación, la alianza definitiva sellada con la sangre del Cordero en la cruz que se hace transformación el domingo, muy de madrugada, en el sepulcro vacío. Tras atravesar el viernes santo y haber depositado al Señor en el sepulcro, la Iglesia está en vela, esperando escatológicamente al que volverá, como lo prometió. Es difícil para muchos cristianos atravesar el día sábado, como si se mezclaran extrañas sensaciones indescriptibles, como si no supiésemos qué hacer. Estamos esperando, estamos tristes, pero sabemos que resucitará, pero no hay alegría completa aún. Se trata de un día bisagra que, por momentos, es desolación, sin nadie que nos acompañe, sin liturgia hasta la noche. Casi perdidos como los discípulos sin su Maestro. Casi esperanzados como quien sabe lo que ocurrirá.

Pero en la noche, cuando nos congregamos para la Vigilia, la liturgia vuelve con todas sus fuerzas para guiarnos, pedagógicamente, por el camino de la Verdad y la historia de la salvación. En primer lugar, ocurre el lucernario, con la bendición del fuego, el encendido de las velas y el nuevo cirio que nos acompañará hasta la próxima pascua. Es el signo de paso de las tinieblas a la luz, es la misma luz del Cristo resucitado que, venciendo a la oscuridad, nos señala el camino, nos introduce a la vida plena. A continuación, la liturgia de la Palabra, esta noche más extensa que las otras, pero esquematizada de tal manera que la historia de la salvación se va desplegando frente a nosotros como un libro vivo, como las historias reales que los antiguos contaban a sus hijos y nietos alrededor del fogón. Nos damos cuenta que no caminamos solos, que miles de hombres y mujeres siguieron la senda de Dios y se constituyeron pueblo, su pueblo. Nosotros somos los herederos de las promesas y las alianzas, los herederos de la Palabra que cuidaron en su seno, los receptores de una historia ya caminada que nos enseña. Luego, se da paso a la liturgia bautismal, con el bautismo de alguna persona y/o la renovación de las promesas bautismales de todos. Y es que el bautismo nos ha unido a la pasión, muerte y resurrección del Cristo, y sumergidos en las aguas como Él fue sumergido en la oscuridad, salimos de ellas como Él resucitó. Somos revestidos de Jesucristo en el bautismo, o sea, revestidos de vida nueva y resurrección. En los primeros siglos de la Iglesia, cuando la Vigilia era el día en que los catecúmenos, preparados intensivamente durante la cuaresma, recibían su bautismo, éstos renunciaban, explícitamente, a las pompas de Satanás. Hoy, el término no nos dice mucho, pero en aquel tiempo, bajo la cultura romana, significaba la teatralidad y el fausto, la suntuosidad, el lujo y esplendor del Emperador, del culto a las divinidades paganas y los juegos circenses. Renunciar a las pompas de Satanás es aceptar el sacrificio humilde de la cruz que, también humildemente, es resurrección revelada a las mujeres en el silencio de la madrugada. Satanás actúa con pompa, intentando demostrar un falso poder a través del espectáculo; el Señor no es, en ese sentido, espectacular, pero desde lo pequeño, ha transformado el mundo. Por último, celebramos la Eucaristía, la presencia viva del Señor en medio de los que se reúnen en su nombre; porque ha resucitado, porque ya no muere más, porque decir que está vivo es más cierto que cualquier afirmación que podamos realizar.

El texto de este sábado de gloria del Ciclo B es el relato de la tumba vacía del Evangelio según Marcos. Según los estudiosos, en Mc. 16, 8 culmina el relato primigenio de Marcos, y lo que sigue en nuestras Biblias (Mc. 16. 9-20) es un agregado posterior, que puede haber sucedido por dos razones: o Marcos finalizó su texto de manera cortante en el versículo 8, y algunos pensaron que no era una buena manera de culminar la Buena Noticia, por lo tanto agregaron las apariciones del Resucitado; o el final de Marcos era más largo, se perdió por alguna razón, y algunos trataron de reconstruirlo. Ambas hipótesis son válidas, pero el final de Mc. 16, 8, aunque a la lectura resulte chocante, parece adecuado a la teología desarrollada desde Mc. 1, 1. Nosotros estamos acostumbrados a imaginar, desde niños, que el Resucitado se les aparece a las mujeres frente a la tumba, las envía a avisarle a los discípulos y a Pedro, ellas van, ellos no les creen, luego se convencen y se encuentran con Jesús para recibir el envío misionero. En este final de Marcos, no hay visión del Resucitado, no hay presencia de los discípulos varones, las mujeres son miedosas y no dicen nada. Es un relato que va totalmente en contra de lo que nos han enseñado, y por eso es un relato que debe ser leído en la perspectiva de todo el Evangelio, no como perícopa aislada que se opone a Mateo, Lucas y Juan. Desde la dinámica interna del relato, señalemos las oposiciones y contrastes para desentramarlo:

- Sábado/domingo: esta es la primera oposición que nos revela el texto. Ya ha pasado el sábado, comienza diciendo, por lo tanto, ha pasado la institución judía, de la cual el sábado es el estandarte, como día insignia, como resumen de la fe israelita. Si ya ha pasado, es que ha quedado atrás, es caduco, es viejo. El sábado pasado es el sábado superado. ¿Superado por qué? Por el domingo y por todo lo que significa el domingo para el cristianismo. Las mujeres van muy de madrugada al sepulcro, el primer día de la semana. Muy de madrugada quiere decir al amanecer, cuando se asoman los primeros rayos del sol, cuando la luz va despejando las tinieblas. El domingo fue, para las primeras comunidades, y sobre todo para aquellas que comenzaron a marcar una diferencia substancial con el judaísmo, algo fundamental del patrimonio de fe. No podían seguir reuniéndose en sábado, porque el sábado es símbolo de legalismo y farisaísmo; el domingo, en cambio, es novedad, es día de resurrección, es lo opuesto al sábado. Que el texto mencione este contraste no se justifica en un mero hecho histórico, sino que también hay allí un mensaje de la Iglesia para la Iglesia, un recordatorio del domingo como día del Señor, día de la luz y día de la novedad. Reunirse en domingo es más que un acontecimiento cómodo; el domingo, el primer día de la semana, es la primicia, es lo nuevo y distinto, es la antítesis del sábado, que ha quedado atrás, que es viejo. El domingo supera al sábado en cuanto es su plenitud, su elevación a algo mejor. En el Evangelio según Marcos, las disputas sobre el sábado aparecen hasta el capítulo 3, y allí se acaban, ocupando muchísimo menos de la mitad del libro. Luego, en el capítulo 6, se vuelve a mencionar a Jesús actuando en sábado (cf. Mc. 6, 2), pero la discusión ya no versa sobre la institución del día, sino sobre el origen de Jesús. Es decir, el sábado ha quedado atrás, muy atrás.

- Piedra grande/piedra retirada: en el versículo 3, las mujeres que van al sepulcro se preguntan quién les retirará la piedra que lo cierra. Al parecer, en el apuro y la angustia por ir a embalsamar el cuerpo, no pensaron en las contingencias, o no consiguieron que ningún varón las acompañe, probablemente ocultos por temor a las represalias judías o romanas. Lo cierto es que la piedra era muy grande, y ellas se preocupan por la imposibilidad de la intención de correrla. Pero al llegar, descubren que la piedra está retirada, movida. Aquello que se preguntaban en el camino y que veían como algo inverosímil, ya está hecho realidad de antemano. Las preocupaciones de este plano (terrenal) son resueltas desde el otro (celestial). Lo que el ser humano no puede hacer, Dios lo hace; lo que es una empresa irrealizable en términos mundanos, no detiene la acción del Todopoderoso. Más que el contraste sobre la piedra, lo que hay detrás es una discusión sobre la resurrección, de la cual la piedra corrida es símbolo. Las mujeres, preocupadas, podrían preguntarse quién resucitaría a Jesús, si Él había prometido que sucedería, y al llegar a la tumba, encuentran que Dios ya lo ha resucitado, respondiendo a su inquietud. La piedra muy grande es un obstáculo insalvable para las mujeres, pero la fuerza que viene de lo alto no ve en la piedra muy grande un impedimento, sino la vía de realización de la Voluntad de Dios. No es casual ni accidental el movimiento que describe Marcos en el versículo 4: levantando los ojos. Las mujeres, pensando terrenalmente, o sea, con los ojos mirando hacia abajo, descubren la piedra corrida mirando hacia arriba, levantando los ojos, mirando lo celestial. Jesús, en el relato de Marcos, levanta los ojos al cielo en dos oportunidades: en la primera multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 41) y cuando cura al sordo (cf. Mc. 7, 34). Para realizar lo imposible, para alimentar una multitud y sanar milagrosamente, la referencia es el cielo, porque “todo es posible para Dios” (Mc. 10, 27b).

- Temor/no asustarse: cuando entran al sepulcro, las mujeres se encuentran con un joven vestido de blanco, y se asustan, pero él las invita a no temer. La novedad del domingo de resurrección causa temor, miedo a lo desconocido y nuevo. Las mujeres no se esperaban tamaña Buena Noticia, y el joven en el sepulcro, joven que no es Jesús, las aterra. Él, manso y calmo, se expresa de una manera muy similar a la expresión utilizada por Jesús en el episodio de su caminar sobre las aguas: “¡Ánimo!, que soy yo, no temáis” (Mc. 6, 50). Este episodio es un relato pascual, aunque esté ubicado en el capítulo 6. Rápidamente podemos trazar las señales que nos hablan de ello: sucede a continuación de la multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 44-45), signo de banquete mesiánico; Jesús está en las alturas (cf. Mc. 6, 46), en comunión con el Padre, orando, mientras los discípulos/Iglesia, en el mar/mundo (cf. Mc. 6, 47), luchan para que la barca no se hunda (cf. Mc. 6, 48); Jesús viene desde las alturas hacia la barca/Iglesia, y los discípulos se asustan porque creen ver un fantasma (cf. Mc. 6, 49), pero Él los invita a no temer ante la visión (cf. Mc. 6, 50), y subiendo a la barca/Iglesia, calma la tempestad del mar/mundo (cf. Mc. 6, 51). Del mismo modo, a la Iglesia sin Señor del sábado, a esa barca a la deriva en las tumultuosas aguas del Imperio Romano y el poder del Templo, se le dice que no tema, que no está sola, que no hay motivo de temor, porque lo novedoso es Buena Noticia, lo novedoso es resurrección, es presencia activa del Señor, aquel que calma la tempestad.

- Crucificado/resucitado: la contraposición central de la escena está en las palabras del joven a las mujeres, cuando les anuncia y explica que el que buscan, el crucificado, es ahora el resucitado, y por eso no está allí, en el ámbito de los muertos, sino vivo. Es importante esta identificación que no separa al Jesús crucificado, fracasado, abandonado, del Jesús resucitado, glorioso, vencedor. Es el mismo, es la misma persona, el mismo Hijo de Dios, el mismo Hijo del Hombre. Ante el peligro de separar lo mundano de lo celestial, Jesús se encarna, muere y resucitado, rompiendo para siempre la barrera de lo divino y lo humano. Pero rompiendo, también, la barrera de la historia de los hombres y la historia de la salvación. El inocente crucificado por un sistema opresor, por intereses religiosos y políticos, por una historia corrupta, es el resucitado de la pascua definitiva, el resumen de la historia de la salvación, la luz que ilumina las vidas de los hombres y las mujeres. Así, por la corrupción sistemática, el Mesías cumple las profecías, y a la inversa, por la encarnación, Dios se hace temporal hace dos mil años en Palestina. Desde Jesús de Nazareth, la historia no es una sucesión de acontecimientos sin sentido, sino el medio de revelación de Dios que quiere concretar su proyecto universal de amor. La invitación del joven a las mujeres, en el final del versículo 6, a mirar el lugar donde había sido puesto el cadáver, es la invitación a mirar un espacio vacío, y reconocer en esa ausencia la resurrección, o sea, creer sin la aparición del Resucitado. El ejemplo de este tipo de fe exigida por el joven la ha plasmado Marcos en el centurión al pie de la cruz, que llega a expresar: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc. 15, 39b). Este pagano no cree desde las demostraciones espectaculares de poder y milagrería, sino al ver la forma en que expira Jesús, la forma en que muere, la forma en que entrega su vida. Es la cruz (el crucificado) lo que le ha dado fe, antes siquiera de la resurrección. Las mujeres son invitadas al mismo salto de calidad, a creer mirando un sepulcro vacío.

- Decir a los discípulos/No decir nada: la indicación del joven a las mujeres es que vayan a donde Pedro y los discípulos para enviarlos a Galilea, donde se encontrarán con Jesús. Pero ellas, al salir del sepulcro, sin haber perdido el temor por lo acontecido, no dicen nada a nadie. Si la primera composición del Evangelio según Marcos finalizaba así, el desafío de la lectura era grandísimo. Como el centurión pagano había creído al pie de la cruz, sin ver la resurrección, como también las mujeres habían sido invitadas a creer y anunciar la resurrección sólo con un sepulcro vacío, de la misma manera el lector es invitado a creer con el relato que termina abruptamente, creer a pesar del silencio de las mujeres, creer por lo que ha hecho y dicho Jesús, creerle al Señor. La osadía de este final tajante es la osadía que requiere la fe, la osadía de un anuncio que es increíble y que debe llegar a quien menos se lo merece. Estas mujeres que no abandonaron al Maestro en la hora difícil, estas mismas al pie de la cruz (cf. Mc. 15, 40), María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé, son enviadas a los discípulos y a Pedro, aquellos que huyeron despavoridamente, aquellos que no permanecieron. ¿Creerían en la resurrección los varones que no creyeron en la necesidad de la cruz? ¿Aceptarían el testimonio de unas mujeres que, seguramente, estaban afectadas por la emoción de la muerte de un ser querido? ¿Creeríamos nosotros? ¿Aceptamos el hecho pascual en la tumba vacía o necesitamos ver al Resucitado? Las mujeres espantadas y sin palabras son la invitación a continuar el camino, a perder el temor, a anunciar. Es el convite para volver a Galilea y, desde ahí, reiniciar el camino, allí donde empezó todo. Tras el trayecto de subida a Jerusalén y la posterior crucifixión en la ciudad, cuando reina la tristeza, la resurrección nos devuelve a Galilea, al terreno de los campesinos y los pobres, la tierra de los gentiles. Galilea es la esperanza, es el reinicio, es un canto a la vida, en oposición a Jerusalén, donde son asesinados los profetas. Ayer como hoy, las mujeres calladas son un desafío para la Iglesia que lee el Evangelio; el desafío de continuar el camino de Jesús, el desafío de creer con la tumba vacía y sin la espectacularidad de las apariciones, el desafío de hacer el Reino desde los pobres, los paganos, los excluidos y los galileos.

Es difícil intentar actualizar el relato de hoy si sólo lo leemos como la anécdota de unas mujeres temerosas que escondieron la Buena Noticia, pero si en cambio, el relato es una invitación, el final abrupto una oportunidad para proseguir el Evangelio, el anuncio de ir a Galilea una propuesta para encontrar nuestras Galileas y dirigirnos a ellas, entonces estamos ante un desafío misionero. La evangelización parece depender de la posición que asumamos frente a Mc. 16, 8, parece depender del futuro que construyamos a partir de ahí. A nuestro alrededor, y un poco más lejos, y mucho más lejos también, miles y miles de personas están en sábado, sin la luz ni la alegría del domingo. Algunos desconocen completamente la existencia de una tumba vacía que significa vida nueva, otros permanecen en la oscuridad del sábado porque sienten que han traicionado al Maestro, y no se animan a regresar a Él, agobiados o agobiadas por la pesada piedra de la culpa. Para ellos hay más que sepulcro vacío; hay convite a Galilea, a re-comenzar, a sanar las heridas y realizarse Iglesia como lo hicieron los discípulos.

¿Y dónde están nuestras Galileas? Esos terrenos infértiles para la economía, la política y la religión, pero fecundos para la esperanza. Esos territorios que nadie quiere, aquello que representa lo despreciable. ¿A dónde nos está invitando el joven para volver a empezar? No reúne a los discípulos en el Templo, no en la casa del procurador Pilato, no en el patio del sumo sacerdote judío, no en Roma, no en las casas de gobierno, no en los centros filosóficos griegos, no en las mejores escuelas y universidades. Para re-comenzar nos lleva el Resucitado a los pobres, los sin tierra, los obreros de salario mínimo, los pescadores del lago, los que viven en las villas miseria, los presos en las cárceles, los inmigrantes víctimas de la xenofobia, los publicanos, los pecadores. En el crisol de razas, costumbres y creencias que representa Galilea, podemos reconocer esos espacios actuales donde la misión comienza a gestarse, olvidada de las grandes estructuras, con un comienzo de levadura, fermentando la masa en lo escondido y pequeño. Ir a Galilea exige discípulos misioneros capaces de mirar con la fe del centurión, la fe de la tumba vacía. Ante las ofertas sectarias tan comunes de grandes milagros y manifestaciones, de visiones y revelaciones privadas, el Evangelio según Marcos propone la misión de predicar un crucificado resucitado que reconocemos por la ausencia de su cadáver, y del que creemos en sus palabras que anunciaron su resurrección. No es la misión una colección de milagrerías que despierta la fe-asombro; la misión busca la fe-confianza, la que exclama la filiación divina al pie de la cruz, la que sólo requiere de la tumba vacía para saber a ciencia cierta que las palabras del Maestro se han cumplido, que no ha engañado a nadie, la que sale corriendo para Galilea porque entiende que el Reino de Dios necesita de pies, manos, mentes y corazones dispuestos, la que perseverará a pesar de las dificultades y las tribulaciones, asegurada en la Palabra, no en el exitismo de la pastoral.

Hoy es interesante volver a la cita de Heb. 11, 1 que tantos cristianos guardan con celo: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve”. A la luz del relato marquiano, este versículo de Hebreos parece más lógico aún, más certero. La fe-confianza ya es nuestra garantía y nuestra prueba; lo demás (milagros, conversiones, resultados positivos de la pastoral, demostraciones poderosas, confirmaciones) son las consecuencias de la fe perseverante. Lo que esperamos y lo que no vemos, el Reino de Dios concretado, no nos confirmará nada que primero no nos haya confirmado la fe. Pretender que desaparezca la injusticia sin creer que la justicia del Reino existe, es imposible. Pretender que no haya más pobres sin creer que en el Reino nadie pasa necesidades, es imposible. Pretender que todos reconozcan en Jesús al Salvador sin creer que es el Salvador de todos, es imposible. La fe-confianza es nuestra garantía y nuestra prueba, en ella nos sostenemos para ir a Galilea y para llevar con nosotros a los demás, al nuevo comienzo, a la construcción del Reino que ya está entre nosotros.