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El Nuevo Testamento de Jesús / Jueves Santo – Ciclo A – Jn. 13, 1-15 / 21.04.11

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. (Jn. 13, 1-15)

Desde el capítulo 13 hasta el 17 del Evangelio según Juan tenemos lo que podría denominarse el testamento de Jesús. Reuniendo a sus íntimos, sus discípulos más próximos, el Maestro dirige las últimas recomendaciones, enseñanzas y exhortaciones. Es un resumen del Evangelio en el que creía Jesús y la condensación de los sentidos más profundos. Cuando se trata de dirigir las últimas palabras antes de morir, es evidente que sólo se piensa decir lo importante. Las cosas accesorias quitan tiempo, roban minutos. Lo central, lo absoluto, eso es lo que debe quedar guardado como perla preciosa en el recuerdo de los oyentes. Más allá de la discusión erudita sobre el trasfondo histórico, es menester reconocer ciertos puntos:

a) Hubo una última cena, un último encuentro entre Jesús y sus amigos más íntimos. No sabemos si el sentido que Jesús le dio fue pascual, si fue una despedida amistosa o la instauración de un ritual. Aquí ya juegan las interpretaciones de los diferentes autores y comunidades evangélicas.

b) Hubo palabras en la última cena. Jesús dijo algunas cosas, quizás enseñanzas nuevas, quizás racconto de los hechos sucedidos, quizás recapitulación de enseñanzas viejas. Algunas de esas palabras quedaron en la memoria de los apóstoles y se fueron transmitiendo.

c) Jesús pudo percibir el ambiente de muerte a su alrededor. No se necesitaba ser adivino ni tener poderes sobrenaturales para darse cuenta de lo que ocurría. Jesús podía entender, mediante la inteligencia humana, que iban a matarlo. Esa sensación de muerte inminente tuvo que estar presente en la última cena. Lo que haya dicho Jesús esa noche, lo dijo en la emoción de ver amenazada su vida.

d) El discurso que conserva Juan, como casi todas las tradiciones joánicas, está alterado a favor de la teología de su comunidad. Es muy poco probable que Jesús haya pronunciado las palabras tal como las conserva el autor, pero sin dudas reflejan el pensamiento jesuánico, su visión del mundo, de Dios, de la comunidad humana. No serán los vocablos exactos, pero sí la profanidad de pensamiento real.

Teniendo en cuenta estos puntos, es posible rastrear en la literatura judía textos parecidos a los capítulos 13-17 del Evangelio según Juan. Se llaman testamentos. Tenemos, por ejemplo, el Testamento de los Doce Patriarcas, del siglo II a.C., o los Testamentos de Salomón y Testamento de Adán, posteriores al nacimiento de Jesús. No hay un modelo literario común para estos escritos, pero comparten un estilo, una manera y hasta una forma general. Comúnmente, predicen la muerte o la partida del personaje que habla. Se supone que es el último discurso y el orador sabe que lo es. Muchas veces, los testamentos se dan en un banquete, una última comida. Justamente, la comida tiene el sentido de reunir a todos los íntimos por última vez a causa de la muerte o la partida próximas. El orador suele exhortar a llevar una vida basada en su propio ejemplo. Sus discípulos, hijos o seguidores deben guiarse por lo que fue su vida y sus enseñanzas. En este punto, el orador recapitula lo que les ha dicho y remarca los puntos importantes. Finalmente, el orador deja instrucciones sobre cómo continuar tras su partida, cómo organizarse y cuáles serán las claves de la vida comunitaria a futuro. Como vemos, estos capítulos de Juan coinciden con el esquema del testamento judío. Jesús, el héroe que está por morir, en un banquete final, recuerda lo básico del Evangelio y exhorta a una vida comunitaria que deberá estar regida por el amor y el servicio en vistas a la unidad. La guía y el modelo son el mismo Jesús, Señor y Maestro. La unión de ambos títulos es adrede. Señor recuerda al señor romano, al emperador, al sistema político vigente; Maestro recuerda a los escribas, a los fariseos, los que enseñan la religión y son el símbolo del sistema religioso vigente. Jesús ha reinterpretado el sistema político y el religioso; ha dado a la política su sentido real (el pueblo) y a la religión su razón de ser (el pueblo). Son las personas lo importante bajo cualquier punto de vista, y ellas necesitan amor y servicio. Si el Señor y el Maestro aman y sirven, entonces el mundo es más parecido al Reino de Dios, más utópico, más divino. La expresión lavar los pies aparece siete veces en la perícopa que leemos hoy. Es claro hacia dónde apunta. Este lavado representa y simboliza lo que Jesús quiere que quede netamente claro. Hay que lavar los pies, pero hay que hacerlo como Jesús.

Cuando Jesús deja el manto y vuelve a tomarlo, la asociación directa es con su vida entregada que luego es recobrada en la resurrección. El manto simboliza a la persona. Jesús, lavando los pies está dando la vida, para luego tomarla de nuevo, renovada, como sucederá el domingo de resurrección. La conexión también hay que buscarla en el discurso del Buen Pastor del capítulo 10 de Juan. El Buen Pastor da la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15) y la da para recobrarla (cf. Jn. 10, 17-18). El verbo lambano que utiliza el Buen Pastor para hablar del poder de recuperar la vida es el mismo que en el lavatorio de los pies describe la acción de recuperar el manto. Seguir el ejemplo de Jesús es atreverse a ser como el Buen Pastor, atreverse a dar la vida por los otros, demostrando que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (cf. Jn. 15, 13).

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El poder penetrante de la pasión (e inquietante) es que no se queda en un hombre ajusticiado hace siglos. Ese hombre ha lanzado una propuesta universal: que todos se animen a dar la vida por otro ser humano, que todos se des-vivan por el otro. Esa propuesta encierra una promesa: los que se des-vivan, en realidad, vivirán. Dar la vida es, en realidad, la oportunidad de recobrarla. Morir por otros es, en definitiva, vivir. La pasión intimida porque nos compromete. No es un espectáculo más ni una injusticia más. Es una exhortación directa a lavar los pies. La última cena no es una comilona de despedida porque ya no se volverán a ver; al menos, los apóstoles no lo entendieron así ni sus comunidades tampoco. En la última cena, la Iglesia encontró una visión complementaria de la cruz y la resurrección. La última cena es parte de la pasión también. Juan la inaugura recordando que Jesús amó a los suyos hasta el final. Eso es pasión, ser un apasionado. Sólo los apasionados pueden dar la vida por los otros, arriesgarse amando, perder ganando, morir resucitando.

El testamento de Jesús no es un cúmulo de bienes para repartirse entre sus seguidores. Es un testamento de amor, de pasión, de entrega. Reclamar para sí el testamento jesuánico es pretender que tenemos la entereza suficiente para morir como Él murió. De lo contrario, somos hipócritas. Cuando un cristiano particular o un determinado movimiento eclesial se atribuye la verdad sobre Jesucristo, el absolutismo sobre su comprensión, debería ser que está en condiciones de morir en una cruz sirviendo, debería ser que el martirio es su meta, debería ser que lava los pies cada minuto de su existencia. De lo contrario, es hipocresía. Este es nuestro Nuevo Testamento, nuestro único testamento: dar la vida (he ahí el Evangelio).

Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 1, 39-45


En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 39-45)

Hoy leemos el famosísimo texto llamado la visitación, donde Lucas nos cuenta un episodio enmarcado dentro del género literario de los relatos de la infancia de Jesús. Se trata del encuentro de María e Isabel, en casa de esta última. Durante siglos, el texto fue la base para dos mensajes clásicos: la solidaridad y la misión, siendo María ejemplo de ambos. La solidaridad porque, estando embarazada, la joven de Nazareth emprende un viaje largo para, supuestamente, ayudar a su prima Isabel que ya lleva unos seis meses de gestación. La misión porque, habiendo recibido la Buena Noticia en su seno, María parte con prisa para compartirla con Isabel. Con estas dos lecturas, si bien se pueden realzar y destacar actitudes básicas del cristianismo, nos estamos perdiendo la riqueza de la construcción literaria de Lucas, que ha usado un trasfondo veterotestamentario para esta escena.

En otro orden de cosas, pero siguiendo la intención de profundizar la escena, debemos decir que, así como está, deja algunas cosas importantes sin explicación, o al menos, sin mencionar. El sitio exacto donde residen Isabel y Zacarías no es mencionado. La tradición lo ha identificado con Am Karam, una localidad a 6 kilómetros de Jerusalén. De una u otra manera se trata de la provincia de Judá, y eso implicaría un desplazamiento gigante de María considerando su estado. En esa época, los viajes no eran seguros. En los caminos desiertos, los asaltantes encontraban presas fáciles en los grupos pequeños que se desplazaban por allí, por eso lo ideal era viajar en caravana. ¿Cómo habría viajado María, entonces? ¿Y José? De él no hay noticias en el relato. Recién en el capítulo 2 cobra un cierto protagonismo (cf. Lc. 2, 4). También resulta extraño que María no se quede para el parto de Isabel siendo que ha realizado un viaje tan largo. Lc. 1, 56-57 da a entender que María se quedó tres meses con su prima y se volvió a su casa antes del parto.

Planteadas estas dificultades, vale indagar cuál es la intención de Lucas para la redacción de este texto, cuál es el mensaje determinante. La perícopa comienza con la expresión en aquellos días, propia del lenguaje del Antiguo Testamento (cf. 2Rey. 10, 32; 2Rey. 15, 37; 2Cron. 32, 24; Is. 38, 1; Dan. 10, 2). Y es que Lucas ha tejido sus dos primeros capítulos con el telón de fondo de las Escrituras judías. Tomando moldes veterotestamentarios relató la infancia de Jesús y de Juan el Bautista. Con ese recurso literario establece continuidad en la historia de la salvación, dentro de una obra que remarca las divisiones temporales de esa misma historia. Justamente, el gran trabajo arquitectónico de este autor consistió en separar la vida del Pueblo de Dios según tres épocas. La primera época es la de la Antigua Alianza, la que culmina con la llegada de Jesús. En su Evangelio, ese período tiene como representantes a Zacarías (sacerdote del templo), a Isabel (estéril al comienzo, como muchas mujeres del Antiguo Testamento) y a Juan el Bautista (el último profeta de la Antigua Alianza y el más grande, según Lc. 7, 26-28). Cuando comienza el ministerio de Jesús se abre una nueva etapa, la del Hijo, la de la Nueva Alianza (cf. Lc. 22, 20), que tendrá su coronación en la ascensión (cf. Lc. 24, 50-51; Hch. 1, 9). Y, finalmente, llega el período del Espíritu Santo con la efusión de Pentecostés narrada en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles, libro que también pertenece a Lucas. El tiempo del Espíritu Santo es, por lo tanto, el tiempo de la Iglesia, que perpetúa la utopía de Jesús, el nuevo orden de cosas de la Nueva Alianza. Considerando este esquema básico de Lucas-Hechos, los dos primeros capítulos del Evangelio son una bisagra temporal, y por eso se remarca la ruptura con lo viejo, pero en continuidad. María y Jesús son los íconos del Nuevo Testamento, distintos de Zacarías, Isabel y el Bautista, pero no por eso separados. La Nueva Alianza no viene a destruir la Antigua, sino a plenificarla. Esto explica que, en paralelo, sean narradas las anunciaciones a Zacarías (cf. Lc. 1, 5-25) y a María (cf. Lc. 1, 26-38); y los nacimientos de Juan (cf. Lc. 1, 57-80) y Jesús (cf. Lc. 2, 1-21). La visitación queda, así, en el centro de estos cuatro acontecimientos, como escena que hace las veces de articulación entre una familia de la Antigua Alianza (la familia de Zacarías) y una familia de la Nueva Alianza (la familia de María).

Como dijimos, el telón de fondo hay que buscarlo en el Antiguo Testamento. Así nos encontramos con el relato de 2Sam. 6, 1-12. Allí se narra que David quiere transportar el arca de Dios desde Baalá de Judá hasta Jerusalén, la capital del reinado davídico. Para los israelitas, el arca contenía en su interior las tablas de la Ley dadas a Moisés en el Sinaí y era, en la tierra, la presencia real de Yahvé. David quiere llevarla a Jerusalén porque, evidentemente, teniéndola en su territorio más fuerte, en su casa, se asegura el respeto religioso-político del pueblo. Entre esta historia y la visitación hay puntos de contacto más que suficientes para relacionarlas. David parte de Judá, de la casa de Abinadab que está en la loma (cf. 2Sam. 6, 2-3); Isabel vive en la región montañosa de Judá. Tras la muerte de Uzá por tocar el arca, al reconocer el poder que encierra, David se pregunta: “¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca de Yahvé?” (cf. 2Sam. 6, 9b); Isabel se pregunta: “¿De dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?”. David decide llevar el arca a casa de Obededón, donde permanece tres meses (cf. 2Sam. 6, 11); María estuvo en casa de Isabel también tres meses (cf. Lc. 1, 56). La casa de Obededón quedó bendecida por la visita del arca (cf. 2Sam. 6, 11); Isabel quedó llena del Espíritu Santo (bendecida) por la visita de María y la declaró bendita entre todas las mujeres (cf. Jdt. 13, 18; Juec. 5, 24), que semíticamente es una expresión para designar un superlativo, o sea que la declaró la más bendita de todas las mujeres. Cuando David se entera que la casa de Obededón fue bendecida, decide continuar el camino hacia Jerusalén con el arca y la llevan con gran alborozo (cf. 2Sam. 6, 12), danzando (cf. 2Sam. 6, 13) y con cánticos (cf. 2Sam. 6, 14); apenas se oye el saludo de María en casa de Isabel, el niño Juan salta de gozo en el seno materno. El mensaje teológico se clarifica rotundamente: María es el arca de la Nueva Alianza.

Como ya lo habíamos dejado entrever, la visitación es la pieza articulatoria de Antiguo y Nuevo Testamento que, compartiendo la bisagra histórica, moviéndose casi en paralelo (las dos anunciaciones y los dos nacimientos), se encuentran en las dos madres, que no casualmente son parientes (cf. Lc. 1, 36). La tensión entre continuidad-discontinuidad, entre ruptura-plenificación es una línea delgada que se sostiene en estas dos mujeres. La representante de las matriarcas israelitas estériles favorecidas por la gracia divina para concebir, reconoce en la joven y fecunda representante del Nuevo Israel a la madre del Señor, a la que trae en su seno la salvación. A su vez, la joven fértil, llena del Espíritu Santo (cf. Lc. 1, 35), transmite ese Espíritu a Isabel, compartiéndole las primicias de lo nuevo, de la obra definitiva de Dios. Ya Zacarías había escuchado la promesa de que su hijo quedaría lleno del Espíritu desde el seno de su madre (cf. Lc. 1, 15). La renovación de la Nueva Alianza toma de la mano a la Antigua y la lleva a lugares insospechados. La esterilidad de lo antiguo es convertida en fecundidad por la novedad del Mesías que cumple las promesas de Dios. María es la que ha creído en este cumplimiento, a diferencia de Zacarías, quien dudó y por eso quedó mudo (cf. Lc. 1, 20). Zacarías, sacerdote sin palabra, no puede servir a su pueblo; María, joven que confía en Yahvé, transmite el Espíritu Santo a quienes visita. La Antigua Alianza está muda, sin palabras, en cambio la Nueva canta en boca de María (cf. Lc. 1, 46-55). María tiene palabra porque ha creído en la Palabra. Así podemos entender mejor el pasaje de Lc. 11, 27-28:“Estaba él [Jesús] diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. María es la primera dichosa que guarda la Palabra oída, es la que medita en su corazón los acontecimientos (cf. Lc. 2, 19.51), es el nuevo Israel que le cree a Dios y que confía en su novedad.

En nuestros corazones hay cosas viejas y cosas nuevas, en la sociedad hay cosas viejas y nuevas, en las estructuras eclesiales hay cosas viejas y nuevas. En la tensión de ambos elementos está el riesgo de los extremismos. O aferrarse demasiado a lo antiguo, o querer demolerlo por completo con lo novedoso. En nuestros corazones sería profundizar actitudes por costumbre y repetir sin justificación, o cambiar rotundamente olvidando la historia pasada, los momentos vividos. En la sociedad se suele expresar generacionalmente, cuando los que se ponen ancianos tratan, por todos los medios, de perpetuar su estilo de vida, mientras los jóvenes arrasan con rebeldía cualquier modo de hacer, pensar o sentir que se identifique con los mayores. En las estructuras eclesiales no hay excepción a esta regla; mientras algunos grupos se aferran a tradicionalismos que representarían la esencia cristiana, otros movimientos proponen desbaratar todo lo existente por considerarlo una interpretación errónea y prolongada del Evangelio. Aquí no hay bien y mal enfrentados, no existe un límite preciso que separa entre lo debido y lo indebido. Viejo y nuevo incluyen las categorías de bueno y malo, pero no las agotan en sí mismos. No todo lo viejo es malo ni todo lo nuevo es bueno, y viceversa.

María es el arca de la Nueva Alianza, pero visita a la Antigua personificada en Isabel embarazada de Juan el Bautista. Lucas reconoce y cree en lo novedoso del Evangelio, pero no por eso desprecia los moldes del Antiguo Testamento para narrar la historia de Jesús. Es una tarea de discernimiento que debemos aprender, es una cualidad para la evangelización que nos cuesta equilibrar. ¿Cómo saber hasta dónde la Buena Noticia permite que algunas cosas permanezcan y otras no? ¿Cómo presentar el mensaje insólito de la resurrección para que esa luz ilumine y no ciegue? ¿Cómo tratar la historia del otro, con sus altibajos? ¿Cómo creer en la renovación que causa el Cristo asumiendo la presencia anterior de Dios? Desde la Iglesia primitiva nos lo venimos planteando. Al principio, la discusión fue sobre el judaísmo, sobre la posición de Israel en el plan de la salvación. ¿El pueblo elegido había pasado de moda? Pablo responde en los capítulos 9 al 11 de la Carta a los Romanos. Pero la intención no es detenernos allí, sino reconocer la problemática que acompaña la evangelización.

¿Dónde están las antiguas alianzas de nuestros pueblos? ¿Cuáles son sus antiguos testamentos? Ya demasiado daño ha causado la colonización evangelizadora para que no nos olvidemos de esas preguntas. La historia de los pueblos habla de Yahvé, como germen, de manera oscura, velada, probablemente imperfecta. El Cristo es la plenificación de esa historia, y esa es la perspectiva de la evangelización. Si decimos que el relato de la visitación es el relato de María misionera, que no sea solamente porque recorrió varios kilómetros, sino porque, siendo arca de la Nueva Alianza, quiso comunicar el Espíritu Santo a los modos antiguos de vivir a Dios, quiso que su fecundidad mirara hacia delante transformando la esterilidad de lo pasado.

Inmaculada Concepción de la Virgen María – Ciclo C – Lc. 1, 26-38


Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.” María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y el ángel, dejándola, se fue. (Lc. 1, 26-38)

María quiere saber cómo será la encarnación, cómo puede ser que conciba y que dé a luz si no conoce varón, o sea, si no tiene aún relaciones sexuales. La respuesta del ángel refiere a la fuerza creadora de Dios, al Espíritu Santo, aquel que en el Génesis aleteaba sobre las aguas primordiales (cf. Gen. 1, 2). Este Espíritu que es poder de Dios cubrirá con su sombra a María, y por eso el niño que nacerá será santo, pues proviene de la mismísima santidad divina. La imagen de la sombra que cubre las cosas es realmente sugerente en el texto lucano, como imagen importada desde el Nuevo Testamento y como relación intra-textual:

- La sombra/gloria de Yahvé: el libro del Éxodo narra, en un momento, que “la gloria de Yahvé descansaba sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió durante seis días” (Ex. 24, 16a); luego, Yahvé llamó a Moisés desde la nube (cf. Ex. 24, 16b). Pero más adelante, esa nube de gloria divina se acerca vertiginosamente al pueblo israelita. Ex. 40, 34 dice que “la nube cubrió entonces la Tienda del Encuentro y la gloria de Yahvé llenó la Morada”. Esta Tienda del Encuentro es el templo móvil del Israel que peregrina en el desierto, el templo que se armaba y desarmaba para caminar, para desplazarse, el templo de los nómades. Yahvé llena la Tienda con su gloria, o sea, se hace presente con todo su ser, con toda su esencia, inundando de santidad el lugar. Ni siquiera Moisés, que había gozado de intimidad con Dios en repetidas oportunidades, podía entrar a la Tienda cuando estaba la nube sobre ella (cf. Ex. 40, 35). La imagen, por lo tanto, de la presencia divina, es la nube, pero por extensión, también lo es la sombra que proyecta la nube. Cuando la nube está sobre la Tienda, la Tienda se ve cubierta por la sombra, y a la vez, se ve repleta de la gloria de Yahvé.

- María cubierta por la sombra: en el relato lucano, la referencia a la gloria de Yahvé parece ser clara. María es ahora la Tienda del Encuentro, el nuevo templo, y la sombra de la presencia divina se posa sobre ella, inundándola, santificando su vientre. Si antes la mediación entre los seres humanos y Dios se daba a través del templo móvil o, en un momento histórico posterior, a través del templo construido de material y edificado en Jerusalén, ahora Dios media en el embarazo de una joven galilea. Los sacerdotes creen que la gloria de Yahvé está en la recámara más interna del templo de Jerusalén, pero la realidad es que en la pequeñez de Nazareth, la gloria de Yahvé habita un vientre femenino. Aquí hay más que un desarrollo mariológico; estamos ante la afirmación de la caducidad del Antiguo Testamento, ante la inversión de las estructuras aceptadas como religión oficial. Pasamos del sacerdocio varonil al útero, de la liturgia elaborada al diálogo sencillo, del ámbito templario a la cotidianeidad pueblerina.

- Jesús cubierto por la sombra: en la escena de la transfiguración (cf. Lc. 9, 28-36), nuevamente se habla de cubrir con la sombra, pero en este caso los destinatarios son Jesús y sus acompañantes en el monte (cf. Lc. 9, 34). Desde la nube que genera la sombra se oirá: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” (Lc. 9, 35b). La gloria de Yahvé ratifica la condición divina de Jesús, lo envuelve, se posa sobre Él y lo declara su Hijo, el que debe ser escuchado. Ya desde la encarnación queda en evidencia que el Espíritu suscita santidad, y que el niño ahora adulto es el Santo por excelencia, el que vive en la gloria de Yahvé y es habitado por ella. En la anunciación, el ángel recalca la relación entre la acción de la sombra durante la encarnación y la condición de Hijo de Dios; ahora, la misma sombra ratifica esa filiación divina.

En María se expresa la esencia de Dios que es vida dada. Un embarazo, un nacimiento, una madre, son imágenes elocuentes de la gloria de Yahvé. No está en los ejércitos ni en los pueblos derrotados su obra maravillosa; no está en los servicios litúrgicos puntillosos ni en una construcción ostentosa. La gloria de Yahvé está en la vida, en el Espíritu creador que aleteaba en el Génesis y aletea todavía en la historia. En la encarnación, María es templo, Tienda del Encuentro y Arca de la Alianza porque acepta la naturaleza de Dios que es comunicar vida. María está abierta a las propuestas vivificantes del Espíritu, y por ello la presencia divina la cubre con su sombra y la invade. Celebrar la Inmaculada Concepción es celebrar la apertura a Dios Amor que vence cualquier pecado original, cualquier tendencia a la cerrazón. Estamos llamados a festejar la apertura, a aclamar los corazones de los hombres y mujeres que dejaron correr el río vital en su seno. Estamos llamados a creer que Dios nos puede habitar.