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El que no arriesga, no gana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 14-30 / 13.11.11

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mt. 25, 14-30)

Esta parábola conocida no es tan simple y ligera como tradicionalmente se piensa. Considerando desde un principio que el título asignado por la mayoría de las traducciones (parábola de los talentos) podría estar equivocado, y que hasta el planteo interno del relato podría contradecir el Evangelio y la imagen de Dios predicada por Jesús, es válido tener algunas reservas. Quizás, el mayor problema sean las modificaciones que pudo sufrir la parábola desde que fue pronunciada por Jesús hasta que la conservó y plasmó por escrito la Iglesia primitiva. El texto está contenido en Mateo, que leemos hoy, en Lc. 19, 12-27 y en el apócrifo Evangelio de los Nazarenos. Este último hace modificaciones importantísimas que afectan el desarrollo y la conclusión; la más notoria es cuando el tercer siervo, en lugar de esconder el dinero confiado, como en Mateo o Lucas, lo dilapida en prostitutas. Obviamente, se trata de un giro moralizante de la parábola, probablemente ideado por una comunidad judeo-cristiana que, ante la demora de la Parusía (la segunda venida del Hijo del Hombre), constataba cómo muchos cristianos comenzaban a llevar una vida moral laxa, sin demasiadas preocupaciones, convencidos de que el Señor tardaría en volver. Esta visión debe considerarse muy posterior a Jesús. Inclusive, la visión escatológica que también comparten Mateo y Lucas, relacionando la parábola con la consumación de la historia, puede no ser la intención inicial de Jesús. El núcleo del relato estaría en un señor que confía bienes a sus siervos y que espera que esos bienes produzcan más. Sin connotaciones morales y sin recurrir necesariamente a la imagen de un juicio final donde el improductivo es castigado. La metáfora final de las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes pueden rastrearse en Mt. 8, 12; Mt. 9, 12; Mt. 13, 42.50; Mt. 22, 13 y Mt. 24,51, demostrando que son frases recurrentes de la literatura mateana, posiblemente redaccionales. Recordemos que en el hilo de la narración, no tiene sentido este final con tinieblas, llanto y rechinar de dientes; no tiene sentido que este hombre rico se exprese así. Tampoco tiene sentido, en la mirada global del Evangelio, que Jesús apruebe que se le quite el dinero al que tiene poco (al pobre) y se lo entregue al que tiene mucho (al rico). La expresión parece contradecir la Buena Noticia anunciada previamente. Podemos suponer que aquí también hay intervención redaccional de la Iglesia. Como en el inicio mateano, cuando se explica que los tres siervos recibieron distinta cantidad de dinero, de acuerdo a su capacidad o habilidad. Esta frase puede ser el puntapié para la interpretación tradicional que proclama que Dios crea personas más hábiles que otras, que a unos da más talento (más carisma, más habilidades, más inteligencia, más capacidades) que a otros. ¿Es compatible este Dios con el Padre de Jesús? Con esta percepción se fabrica una teología de la desigualdad natural. Peligrosísima. Si Dios nos ha hecho desiguales, es lógico que la sociedad sea desigual y que unos estén sobre otros. Pero la parábola no está diciendo esto. Lo que traducimos por capacidad es dynamis en griego, y significa poder. Jesús ha utilizado para esta parábola, como para otras, un modelo imperial y señorial de su tiempo. Un hombre muy rico, con esclavos y empleados, les deja dinero para que produzcan más. A su regreso, exigirá violentamente, y al que no cumpla, castigará. No quiere decir que el Reino de Dios sea como los reinos de la tierra; sólo se está aprovechando una situación común del Imperio Romano para figurar otra cosa. Por eso hay tres siervos con distinto poder, o sea, con distintos cargos dentro del señorío de este hombre rico. Si se tratase de un gobernador, por ejemplo, diríamos que hay distintos cargos ministeriales o secretariales. No se puede trasladar, así sin más, la idea de distintos dynamis a una teología de la desigualdad.

Lucas ha sido más cuidadoso en su relato. El señor que se va deja a diez servidores la misma cantidad de dinero: diez minas a cada uno. La mina equivale a 100 denarios, y un denario es el sueldo de un día de trabajo de un jornalero. La orden, en Lucas, es precisa: hagan producir el dinero. Al final, cuando el siervo que escondió el dinero es despojado para darle al que más tiene, un coro de servidores inquiere al señor sobre esta práctica extraña de darle más al que más tiene. Es un llamado de atención que Mateo no tiene. Estos agregados lucanos hacen pensar que Mateo está más cerca del original, aunque también ha intervenido en la redacción. Lucas alegorizó bastante para relacionar la parábola con la Parusía. En el inicio, por ejemplo, se describe al señor como un hombre de familia noble que viaja al exterior para recibir una investidura y regresar enseguida. Como Jesús ascenderá para recibir la diestra del Padre y volver en la segunda venida del Hijo del Hombre. Pero una comitiva de conciudadanos se moviliza en embajada al país lejano para evitar que sea coronado rey. Como los jefes religiosos de Israel que no quieren reconocer el mesianismo de Jesús. De todas maneras, el noble vuelve convertido en rey y condena a muerte a sus enemigos. Más allá de esta alegoría, en el fondo parece estar también el recuerdo de Arquelao, quien partió hacia Roma en el año 4 a.C. para que el Imperio le otorgase el reino de Judea; al mismo tiempo, una embajada judía de 50 personas viajó a Roma en paralelo para impedir su nombramiento.

Habiendo establecido todos estos añadidos redaccionales, es necesario preguntarse cuál podría ser la intención original de la parábola. Tenemos por seguro que siempre se trata de mucho dinero el confiado. Las minas de Lucas son talentos en Mateo. Un talento equivale a seis mil denarios. Esta confianza del señor hacia sus siervos es generosa. Les está dando en resguardo grandes sumas de dinero. Lucas ha conservado una orden directa del noble: produzcan ganancias. Mateo no. Nos quedamos, entonces, con siervos llenos de dinero que no es suyo, y el dueño del dinero está ausente. Sea como fuere, los siervos saben que este señor es exigente. Cuando vuelva, exigirá algo. Tácitamente, en Mateo, los talentos se entienden como un fideicomiso. En un momento habrá que devolverlos. En este punto, los siervos pueden tomar dos caminos: invertir y arriesgar, o guardar y esperar. El tercer siervo parece apelar a la segunda opción, validada por el derecho rabínico que consideraba libre de responsabilidad a aquel que, después de recibir un depósito, lo enterraba para protegerlo de los ladrones. Para los rabinos, esta es una salida favorable. Pero el regreso del señor confirma otra cosa: el que no arriesga, no gana. Si bien la parábola no da el ejemplo de un siervo que haya invertido y perdido, quedando con menos dinero, parece que el señor premia el no haberse quedado quieto, en espera pasiva. El señor trata a este último siervo de malo y perezoso. Lo que traducimos por perezoso es okneros en griego, que significa encogido, como quien está doblado sobre sí mismo, achicado. El señor de la parábola no quiere siervos encogidos, tímidos. Lo que premia no es el aumento del capital, sino lo que se ha arriesgado. Esconder el dinero es una actitud cobarde, despreciada, pasiva. Esta interpretación parece encajar mejor con la parábola de las jóvenes que esperan al novio (Mt. 25, 1-13), inmediatamente anterior, donde el problema también está en la espera pasiva, sin hacer nada.

La teología de la desigualdad ha causado y sigue causando muchos daños. No se puede afirmar que Dios ha creado a unos más capaces que otros y, por lo tanto, unos deben dominar a los otros. Es una justificación del orden injusto que no puede atribuirse a Jesús. Forzar esta parábola hacia ese campo es un despropósito, es una injuria a la Biblia. Y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Entendemos que el talento (dinero para cualquiera que escuchase la parábola en el siglo I) es la capacidad dada por Dios a cada ser humano. Pero esta parábola no trata sobre los talentos ni sobre los carismas, sino sobre la actitud de los discípulos, sobre los que no hacen nada, los que no intervienen, los que se entierran a sí mismos. Son estos discípulos los que permiten que el orden social siga siendo injusto, porque prefieren mantener lo que tienen (su posición, su estatus, sus bienes) antes que intervenir transformando las cosas.

Esta parábola tiene también una reafirmación de la participación del ser humano en la Creación. Hay una exigencia. Pero no es una exigencia moralista ni una prueba para enjuiciamiento. Hay una exigencia que es inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Somos co-creadores, aunque no nos guste reconocerlo. La Creación sigue su curso por la mano de Dios, pero también por la mano humana que puede intervenir en ella, de buena y de mala manera. Estamos inmersos en la Creación y en la historia. Evadirnos es esconder el talento. La evasión es lo condenable, no la ineficiencia para los negocios. Nuestra participación en la Creación debe estar orientada a la igualdad, a que el dinero confiado transforme la realidad de manera que no haya unos sobre otros, ricos sobre pobres, poderosos sobre marginados. Cuando el Señor vuelva a exigir lo confiado, podremos presentarle los riesgos que tomamos para cambiar el mundo o la pasividad que asumimos ante las injusticias. Allí descubriremos que nuestro Señor es un Señor exigente, tan comprometido que exige nuestro compromiso.

Teología de la Esperanza de Moltmann / Conmemoración de todos los Fieles Difuntos / 02.11.11

Así se hace inteligible además el que en la resurrección de Jesús no se viese una pascua privada de su viernes santo particular, sino el comienzo y el origen de la abolición del viernes santo universal, de la desaparición de aquel abandono del mundo por Dios, aparecido en el carácter mortal de la muerte en la cruz. Por ello la resurrección de Cristo fue entendida no sólo como el primer caso de la universal resurrección de los muertos y como principio de la revelación, en el no ser, de la divinidad de Dios, sino también como origen de la vida de resurrección de todos los creyentes y como promesa confirmada, que se cumplirá en todos y que, a propósito del carácter mortal de la muerte misma, se mostrará como irresistible.

La percepción del acontecimiento de la resurrección de Cristo es, por ello, un conocimiento esperanzado y expectante del mismo. Ese conocimiento percibe en él la latencia de la vida eterna, de esta vida que, en la alabanza de Dios, surge de la negación de lo negativo, de la resurrección del crucificado y de la exaltación del abandonado. Acepta la tendencia a la resurrección de los muertos que hay en este acontecimiento de la resurrección de uno. Obedece a la intención de Dios, en la medida en que se entrega a la dialéctica de la pasión y de la muerte, en la expectación de la vida eterna y de la resurrección. Esto es descrito como la obra del Espíritu Santo. El “Espíritu” es, según san Pablo, el “Espíritu viviente”, el Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, y que “habita en aquéllos” que perciben a Cristo y su futuro, y que “vivificará sus cuerpos mortales” (Rom 8, 11).

Lo que aquí se califica de “Espíritu” no es algo que caiga del cielo ni que lleve entusiásticamente a él, sino algo que brota del acontecimiento de la resurrección de Cristo, siendo un anticipo y una prenda de su futuro, del futuro de la resurrección universal y de la vida.

El Espíritu es, de este modo, la fuerza del sufrimiento en la participación en la misión y en el amor de Jesucristo, y es, dentro de ese sufrimiento, la pasión por lo posible, por lo venidero y prometido del futuro de la vida, de la libertad y de la resurrección. El Espíritu sitúa al hombre dentro de la tendencia de aquello que está latente en la resurrección de Jesús y a lo que se tiende con el futuro del resucitado. Resurrección y vida eterna son el futuro prometido y, por tanto, la posibilitación de la obediencia corporal. Cada acto es sembradura que apunta a la esperanza. Y así, el amor y la obediencia son sembradura que apunta al futuro de una resurrección corporal. En la obediencia, los vivificados en el espíritu se encuentran en cambio hacia la vivificación del cuerpo mortal.

Así como la promesa aspira hacia el cumplimiento, y la fe hacia la obediencia y hacia la visión, y la esperanza hacia la vida ensalzada y finalmente lograda, así la resurrección de Cristo aspira hacia la vida en el Espíritu y hacia la vida eterna, que plenifica todo. Esta vida eterna se halla aquí oculta bajo su contrario, bajo la asechanza, el sufrimiento, la muerte y el duelo. Sin embargo, esta ocultación suya no es una paradoja eterna, sino que es latencia en tendencia, que empuja hacia adelante y hacia fuera, hacia el vestíbulo abierto, atravesado por promesas, de lo posible. En la oscuridad del dolor del amor, el que espera descubre la escisión de yo y cuerpo. En la lucha, desarrollada en el cuerpo, por la obediencia y por el derecho de Dios, descubre la contradicción de la carne y su sometimiento a la hostilidad de la nulidad y de la muerte. Al comenzar a esperar en la victoria de la vida y a aguardar la resurrección, el que espera percibe el carácter mortal de la muerte y no es ya capaz de contentarse con ella.

Mientras “todo” no sea “bueno”, subsiste la diferencia de la esperanza con respecto a la realidad, la fe continúa estando insatisfecha, y tiene que tender, en esperanza y en sufrimiento, hacia el futuro. Y de este modo también la promesa de la vida nos saca de la resurrección de Cristo para introducirnos en la tendencia del Espíritu, el cual da vida en el sufrimiento y tiende hacia la alabanza de la nueva creación. Esto es algo así como una “revelación progresiva”, o como una “escatología que se realiza”; la única diferencia es que aquí se trata del mismo progressus gratiae. No es el tiempo objetivo el que hace el progreso. No es la actividad humana la que hace el futuro. Es la necesidad interna del acontecimiento mismo de Cristo, cuya tendencia se dirige a hacer patente en todo la vida y el derecho de Dios que están latentes en aquel acontecimiento.

moltmann

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(Fragmento del libro Teología de la Esperanza de J. Moltmann, Sígueme, Salamanca, 1965)

IV Juntada Teológica en Córdoba / Buscando el Reino de Dios

IV JT Buscando el Reino

Arriba les dejo el afiche promocional de la IV Juntada Teológica a realizarse en la ciudad de Córdoba, Argentina, en el mes de octubre. La gente buena de la Juntada me ha invitado a dar una mano con el taller sobre El Reino de Dios en la Historia (entre tantos otros talleres que se llevarán adelante). Allí estaremos, dando vueltas con el tema del Reino, en un espacio de reflexión abierta y ecuménica. En algunos próximos posteos iré subiendo algunas líneas sobre este tema de las historizaciones del Reino en la línea del tiempo de los humanos. Buen domingo.

Vale la pena hablar del Reino de Dios / Un esbozo de saludo a X. Pikaza

Xabier Pikaza es muy generoso intelectualmente. Su blog es un espacio, como pocos, para aprender y compartir. En estos días me ha dejado compartir a mí. Es un honor. He aquí la dirección de su blog: http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php

Presentarlo a Pikaza está de más. Para varios de nosotros es una institución bíblica y teológica. Un abrazo grande para él, un abrazo grande para los que lo leen, un abrazo grande para los que siguen siendo inspirados por el Reino de Dios.

Las CEBs siguen vivas / Un esbozo de saludo

El pasado fin de semana tuve el gusto de estar en la Parroquia Cristo Redentor del barrio Ludueña de Rosario para recorrer juntos el camino que traza el Evangelio según Marcos, sobre todo desde la perspectiva de la casa, símbolo que Marcos utiliza para representar la Iglesia, la comunidad que se reúne en torno a Jesús. Fue un fin de semana muy agradable que pasamos entre personas agradables, miembros de Comunidades Eclesiales de Base.

Ha sido, verdaderamente, la posibilidad de encontrarme, cara a cara, con la realidad de las CEBs que uno, como pobre ignorante, sólo conoce por los libros o los artículos que lee. Fue un fin de semana donde aprendí mucho, donde comprendí bastante de aquello que se lee o se estudia teóricamente. Vale decir que las CEBs siguen vivas, y que para su muerte falta mucho tiempo, quizás una eternidad. Aunque muchos prefieran ignorarlas o darlas por muertas, como si hubiesen pasado de moda, como si fuesen una locura de los años `70, las CEBs siguen ofreciendo su alternativa, su eclesiología de comunión y participación, y sobre todo, su espacio de liberación. Fui a ofrecer conocimientos de lectura bíblica y exégesis, pero me he llevado mucho más en experiencia de vida, en reconocimiento de aquellos que son, para nuestra generación, los próceres de la Iglesia Latinoamericana. Nuestra generación debe ser la heredera de ellos, debe prolongar en la historia concreta de estos días las utopías y luchas que ellos defendieron.

Esto no es más que un saludo para la Iglesia que me recibió este fin de semana. Dios se encargará de volvernos a juntar. Para mí fue suficiente aliciente saber que las CEBs siguen vivas, que siguen celebrando y trabajando, que siguen leyendo la Palabra y que falta mucho camino para que los embates neoconservadores las derriben.

El Nuevo Testamento de Jesús / Jueves Santo – Ciclo A – Jn. 13, 1-15 / 21.04.11

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. (Jn. 13, 1-15)

Desde el capítulo 13 hasta el 17 del Evangelio según Juan tenemos lo que podría denominarse el testamento de Jesús. Reuniendo a sus íntimos, sus discípulos más próximos, el Maestro dirige las últimas recomendaciones, enseñanzas y exhortaciones. Es un resumen del Evangelio en el que creía Jesús y la condensación de los sentidos más profundos. Cuando se trata de dirigir las últimas palabras antes de morir, es evidente que sólo se piensa decir lo importante. Las cosas accesorias quitan tiempo, roban minutos. Lo central, lo absoluto, eso es lo que debe quedar guardado como perla preciosa en el recuerdo de los oyentes. Más allá de la discusión erudita sobre el trasfondo histórico, es menester reconocer ciertos puntos:

a) Hubo una última cena, un último encuentro entre Jesús y sus amigos más íntimos. No sabemos si el sentido que Jesús le dio fue pascual, si fue una despedida amistosa o la instauración de un ritual. Aquí ya juegan las interpretaciones de los diferentes autores y comunidades evangélicas.

b) Hubo palabras en la última cena. Jesús dijo algunas cosas, quizás enseñanzas nuevas, quizás racconto de los hechos sucedidos, quizás recapitulación de enseñanzas viejas. Algunas de esas palabras quedaron en la memoria de los apóstoles y se fueron transmitiendo.

c) Jesús pudo percibir el ambiente de muerte a su alrededor. No se necesitaba ser adivino ni tener poderes sobrenaturales para darse cuenta de lo que ocurría. Jesús podía entender, mediante la inteligencia humana, que iban a matarlo. Esa sensación de muerte inminente tuvo que estar presente en la última cena. Lo que haya dicho Jesús esa noche, lo dijo en la emoción de ver amenazada su vida.

d) El discurso que conserva Juan, como casi todas las tradiciones joánicas, está alterado a favor de la teología de su comunidad. Es muy poco probable que Jesús haya pronunciado las palabras tal como las conserva el autor, pero sin dudas reflejan el pensamiento jesuánico, su visión del mundo, de Dios, de la comunidad humana. No serán los vocablos exactos, pero sí la profanidad de pensamiento real.

Teniendo en cuenta estos puntos, es posible rastrear en la literatura judía textos parecidos a los capítulos 13-17 del Evangelio según Juan. Se llaman testamentos. Tenemos, por ejemplo, el Testamento de los Doce Patriarcas, del siglo II a.C., o los Testamentos de Salomón y Testamento de Adán, posteriores al nacimiento de Jesús. No hay un modelo literario común para estos escritos, pero comparten un estilo, una manera y hasta una forma general. Comúnmente, predicen la muerte o la partida del personaje que habla. Se supone que es el último discurso y el orador sabe que lo es. Muchas veces, los testamentos se dan en un banquete, una última comida. Justamente, la comida tiene el sentido de reunir a todos los íntimos por última vez a causa de la muerte o la partida próximas. El orador suele exhortar a llevar una vida basada en su propio ejemplo. Sus discípulos, hijos o seguidores deben guiarse por lo que fue su vida y sus enseñanzas. En este punto, el orador recapitula lo que les ha dicho y remarca los puntos importantes. Finalmente, el orador deja instrucciones sobre cómo continuar tras su partida, cómo organizarse y cuáles serán las claves de la vida comunitaria a futuro. Como vemos, estos capítulos de Juan coinciden con el esquema del testamento judío. Jesús, el héroe que está por morir, en un banquete final, recuerda lo básico del Evangelio y exhorta a una vida comunitaria que deberá estar regida por el amor y el servicio en vistas a la unidad. La guía y el modelo son el mismo Jesús, Señor y Maestro. La unión de ambos títulos es adrede. Señor recuerda al señor romano, al emperador, al sistema político vigente; Maestro recuerda a los escribas, a los fariseos, los que enseñan la religión y son el símbolo del sistema religioso vigente. Jesús ha reinterpretado el sistema político y el religioso; ha dado a la política su sentido real (el pueblo) y a la religión su razón de ser (el pueblo). Son las personas lo importante bajo cualquier punto de vista, y ellas necesitan amor y servicio. Si el Señor y el Maestro aman y sirven, entonces el mundo es más parecido al Reino de Dios, más utópico, más divino. La expresión lavar los pies aparece siete veces en la perícopa que leemos hoy. Es claro hacia dónde apunta. Este lavado representa y simboliza lo que Jesús quiere que quede netamente claro. Hay que lavar los pies, pero hay que hacerlo como Jesús.

Cuando Jesús deja el manto y vuelve a tomarlo, la asociación directa es con su vida entregada que luego es recobrada en la resurrección. El manto simboliza a la persona. Jesús, lavando los pies está dando la vida, para luego tomarla de nuevo, renovada, como sucederá el domingo de resurrección. La conexión también hay que buscarla en el discurso del Buen Pastor del capítulo 10 de Juan. El Buen Pastor da la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15) y la da para recobrarla (cf. Jn. 10, 17-18). El verbo lambano que utiliza el Buen Pastor para hablar del poder de recuperar la vida es el mismo que en el lavatorio de los pies describe la acción de recuperar el manto. Seguir el ejemplo de Jesús es atreverse a ser como el Buen Pastor, atreverse a dar la vida por los otros, demostrando que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (cf. Jn. 15, 13).

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El poder penetrante de la pasión (e inquietante) es que no se queda en un hombre ajusticiado hace siglos. Ese hombre ha lanzado una propuesta universal: que todos se animen a dar la vida por otro ser humano, que todos se des-vivan por el otro. Esa propuesta encierra una promesa: los que se des-vivan, en realidad, vivirán. Dar la vida es, en realidad, la oportunidad de recobrarla. Morir por otros es, en definitiva, vivir. La pasión intimida porque nos compromete. No es un espectáculo más ni una injusticia más. Es una exhortación directa a lavar los pies. La última cena no es una comilona de despedida porque ya no se volverán a ver; al menos, los apóstoles no lo entendieron así ni sus comunidades tampoco. En la última cena, la Iglesia encontró una visión complementaria de la cruz y la resurrección. La última cena es parte de la pasión también. Juan la inaugura recordando que Jesús amó a los suyos hasta el final. Eso es pasión, ser un apasionado. Sólo los apasionados pueden dar la vida por los otros, arriesgarse amando, perder ganando, morir resucitando.

El testamento de Jesús no es un cúmulo de bienes para repartirse entre sus seguidores. Es un testamento de amor, de pasión, de entrega. Reclamar para sí el testamento jesuánico es pretender que tenemos la entereza suficiente para morir como Él murió. De lo contrario, somos hipócritas. Cuando un cristiano particular o un determinado movimiento eclesial se atribuye la verdad sobre Jesucristo, el absolutismo sobre su comprensión, debería ser que está en condiciones de morir en una cruz sirviendo, debería ser que el martirio es su meta, debería ser que lava los pies cada minuto de su existencia. De lo contrario, es hipocresía. Este es nuestro Nuevo Testamento, nuestro único testamento: dar la vida (he ahí el Evangelio).

El sacramento del lavatorio de los pies – Para reflexionar sobre el Jueves Santo

Algunos creen que el lavatorio de los pies tiene como centro la liturgia bautismal. Los que se bautizan en Cristo son lavados completamente, y por eso no hace falta que se vuelvan a lavar, aunque sí es preciso lavarse los pies (practicar el sacramento de la reconciliación) porque el pecado, limpiado con el bautismo, vuelve a hacerse presente en nuestras vidas. Los pies sucios serían símbolo de ese pecado que nos sigue ensuciando, a pesar del bautismo que nos ha lavado por completo. Esta visión sacramentalista del lavatorio de los pies de Jesús no es nueva, sino que se remonta a los tiempos antiguos de la Iglesia, donde Agustín de Hipona, por ejemplo, dice lo siguiente:

“Pues los mismos afectos humanos, sin los cuales no hay vida en esta nuestra condición mortal, son como los pies, con los cuales entramos en contacto con las realidades humanas; y estas realidades nos  alcanzan de tal manera, que si dijéramos que estamos libres de pecado nos engañaríamos a  nosotros mismos” (AUGUSTINUS, Tract. in Johan, LVI 4).

Pero miremos el lavatorio desde otra perspectiva, desde el sentido servicial. ¿Qué intenta transmitir Jesús en la proximidad de su muerte? ¿Qué pretende condensar como enseñanza en las últimas horas, cuando ya no queda mucho tiempo para discurrir? Otros pensadores cristianos consideran que el centro del lavatorio está en la ejemplificación gráfica que hace el Maestro de su propia existencia. Enseña a servir como Él sirve; metafóricamente enseña a dar la vida como Él la entrega realmente. A propósito de esta visión, podemos leer de un Comentario Bíblico Latinoamericano:

“El hecho mismo del lavatorio de los pies puede ser explicado, con suficientes fundamentos, como una tarea de esclavos, un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Dicho gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr. Flp 2,5-8). Pero el gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración naturalmente no dramatizada: por ejemplo en Lc 22,27, en el contexto de la cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en el mismo sentido: ¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Por otra parte, el mismo relato indica que el lavatorio de los pies es un medio por el cual los discípulos “tienen parte con” su Maestro (Tendrás parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal.

La comunidad cristiana ha valorado esta tradición del evangelio de San Juan como un verdadero mandamiento de Jesús y la ha celebrado año tras año como una acción sacramental, que debe hacer posible el que se asuma plenamente el espíritu del Señor. Es ésta la razón por la cual el jueves santo adquiere una importancia litúrgica tan grande la ceremonia del lavatorio de los pies, dentro de la misma celebración eucarística, como el verdadero comentario o la verdadera proclamación dramatizada de la palabra evangélica. En cuanto a su significación, cada vez tenemos que repetir con el mismo entusiasmo que este relato del evangelio de San Juan nos transmite un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. No es el poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente para servir. Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de Juan, por medio de una parábola que tiene fuerza incomparable: el Maestro se ha convertido en un esclavo. El verdadero sentido profundo de la existencia del Maestro es el de ser servidor. Una lógica así se convierte en el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

No celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión sacramental la única manera posible de ser discípulos del Maestro” (Servicio bíblico latinoamericano)

En ambas miradas aparece lo sacramental. Pero el concepto de sacramento dista uno de otro. Mientras en la primera mirada teológica se interpreta el gesto de Jesús desde los sacramentos de la Iglesia, la segunda interpreta el gesto como sacramento de la vida de Jesús. Mientras el primer ejemplo parece ir desde la Iglesia (con su institucionalidad y sus sacramentos determinados) hacia Jesús; el segundo hace el camino inverso (en realidad, en el orden correcto) desde Jesús hacia lo que deja como legado para su Iglesia. No es lo mismo adaptar el Evangelio a los sacramentos que la Iglesia ya fijó canónicamente, que dejar la puerta abierta para que el Evangelio haga sacramentos de la vida. Cuando sucede lo primero, la Iglesia se vuelve institución inmutable, puramente celestial (desencarnada, con los pies sucios por tocar el mundo) y portadora de la única verdad sobre Jesucristo. Tenemos experiencia de sobra sobre los daños que causa esa visión. En cambio, cuando el camino es el contrario, cuando es el Evangelio quien determina lo sacramental, la Iglesia se vuelve comunidad susceptible de cambiar y adaptarse, encarnada (en el servicio) y dispuesta a reconocer los sacramentos de vida que están fuera de su ejido institucional.

Cuatro navidades / Sobre las formas evangélicas de la Navidad

Mc. 6, 3: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”

Para el evangelista Marcos no hay relatos de la infancia de Jesús, como sí existen en los primeros capítulos de Mateo y Lucas. Sin embargo, a pesar de esa ausencia que nos duele en nuestra curiosidad, lo que sí hay en Marcos son referencias a la infancia, y no de las mejores. Cuando sucede la última visita de Jesús a una sinagoga (cf. Mc. 6, 2), se le recrimina su falta de autoridad en base a su origen. Este Jesús es un artesano de pueblo (tekton en griego), un trabajador como cualquiera, un hermano entre tantos de una familia numerosa de Nazareth. Y además de todo esto, parece ser un bastardo. Que sus compatriotas lo nombren como el hijo de María en una cultura donde el padre determina la pertenencia sanguínea, es sugestivo. Al llamarlo por su parentesco maternal, lo están acusando de ser un don nadie, inclusive un hijo ilegal, de concepción dudosa. Ser hijo de María no es un título honorífico, como podemos tergiversar por nuestro acervo religioso. Ser hijo de María es ser hijo sin padre, porque no se lo puede nombrar.

Es simpático que lo acusen de desarraigo al que más arraigado estuvo. Es simpático que lo acusen de bastardo al que tuvo más claro que nadie quién era su Padre. Es simpático que lo recriminen desde su familia al que quiso hacer una familia universal de seres humanos. Quizás, la navidad sea el tiempo de los bastardos, de los que nadie quiere, los que nadie reconoce, los huérfanos, los sin-padre. Para ellos y por ellos, el Hijo de Dios nace dudosamente.

Mt. 1, 1: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”

Para Mateo es muy importante dejar en claro que Jesús es el Mesías esperado por el judaísmo y avalado por el Antiguo Testamento. Por eso su Evangelio comienza con una genealogía, un recuento de los antepasados de Jesús que lo conectan con dos pilares de Israel. Uno de esos pilares es David, el rey modelo, el rey que recibió la profecía sobre una descendencia que nunca se acabaría y que reinaría eternamente sobre Israel. Jesús es hijo de David en cuanto José acepta ponerle el nombre. El otro antepasado importante es Abraham, el padre del pueblo elegido, el símbolo de la fe. Para Mateo, Jesús no nace desencarnado, a-histórico. Todo lo contrario; Jesús nace asumiendo la historia de un pueblo que ya viene acompañado por la mano de Yahvé. David y Abraham son los garantes del judaísmo y del mesianismo del Hijo de Dios.

Este Jesús mateano puede resultarnos chocantes. ¿Una navidad judía? Y sin embargo es así. Jesús fue un judío. Es posible festejar una navidad judía. El exclusivismo de privatizar a Dios en el cristianismo, o lo que es peor, privatizarlo en alguna denominación del cristianismo, no concuerda con el espíritu jesuánico. La navidad es judía, en algún sentido, porque el pueblo de Israel representa a todos los seres humanos que fueron capaces de descubrir, en su caminar, el acompañamiento de Dios.

Lc. 2, 1-2: “En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria”

Con coordenadas históricas, Lucas define una época para Jesús. Es la época del Imperio Romano, de los censos para saber con cuánta mano de obra cuenta la maquinaria imperial, cuántos territorios, cuántos impuestos. Es el nacimiento del Mesías en un mundo globalizado, a su manera, pero globalizado, con una falsa ilusión de pluralidad cultural que caía bajo el peso de la hegemonía dominante. Un mundo con aparente libertad religiosa para algunos pueblos que, en la práctica, era libertad de seguir celebrando siempre y cuando se rindan honores al emperador. Jesús nace en época de gobernadores y de decretos, época de burocracia que, entre papeleos, se olvida de los ciudadanos, los utiliza y los pisotea. Más allá del análisis histórico sobre la veracidad o no del relato, es llamativo cómo, a causa del censo, un varón con su esposa embarazada deben movilizarse desde Nazareth hasta Belén.

Jesús será un líder carismático de su pueblo. La gente lo seguirá y lo escuchará. Será líder por el espíritu que lo anima, no por acomodamiento político. Pero su liderazgo no comienza en el palacio, sino en el pesebre. Su liderazgo no está en decretos ni en sellos reales; su liderazgo es lo opuesto, es la vida compartida con los pobres. Navidad es eso: Dios entre los pobres.

Jn. 1, 14a: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

Juan hace la teología de la catequesis sobre el nacimiento de Jesús. Va más allá. El Hijo de Dios es la Palabra, es eterno, es divino. El Hijo de Dios es paradójico porque, en su eternidad, se somete al tiempo; en su infinitud, se somete al espacio; en su divinidad, se hace humano. Juan no relata el nacimiento con historias inspiradas en el Antiguo Testamento, como Mateo o como Lucas, sino que profundiza el misterio. Pero no es una profundización que sale de las cavilaciones joánicas. En el prólogo de su Evangelio (cf. Jn. 1, 1-18) hay referencias al Pentateuco y a la tradición filosófica judeo-helenista. Juan llega a comprender la encarnación porque había elementos previos para hacerlo. La Palabra pone la tienda (skenoo según el texto griego) entre nosotros como la Tienda del Encuentro que acompañó a Israel en su marcha por el desierto. Jesús es la plenitud del Templo, o sea, la plenitud de la presencia de Dios entre los seres humanos.

Navidad es Dios entre nosotros, es Dios acá, es Dios palpable. Juan lo descubrió teológicamente, llegó al meollo de la cuestión, y lo expresó con poesía. Navidad es poesía y teología, también. Es difícil poner en palabras a la Palabra. Es difícil explicar a Dios; sobre todo cuando Dios es tan sorprendente, tan imprevisible, tan amoroso. En navidad tenemos el desafío misionero de contar la Buena Noticia como podamos, como nos salga, pero fundamentalmente, contar el Evangelio con nuestras vidas.

María de la historia / Inmaculada Concepción – Ciclo A – Lc. 1, 26-38

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

María dijo al Angel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? “. El Angel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”.

María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Y el Angel se alejó. (Lc. 1, 26-38)

Las fiestas marianas presentan, para la Iglesia de hoy, el desafío de interpretarlas de una manera en la que María no salga perjudicada. Esto es, de una manera que haga justicia a la María histórica sin adornarla demasiado con elementos externos que se fueron sumando durante el progreso de la mariología. Los elementos externos, más allá de su valor religioso, en muchas ocasiones son obstáculo para el ecumenismo, por un lado, y obstáculo para los lectores de la Biblia que pretenden hallar a la muchacha de Nazareth sin poder hacerlo debido al acervo católico que arrastran. ¿Quién no ha leído el relato de la anunciación de Lucas con la imagen en mente de tantas pinturas famosas o de vitreaux de templos? ¿Quién no ha identificado a la mujer del capítulo 12 de Apocalipsis con María por pura asociación extra-bíblica? Nuestro catolicismo está tan impregnado de estos elementos externos a los que hacemos mención, que es difícil la reversión de la imagen; es difícil hallar en María de Nazareth, la adolescente judía de 13, 14 ó 15 años, un mensaje, con fundamento bíblico, que nos afecte el hoy. ¿Acaso tiene sentido bucear en esa María, en la histórica? ¿No es más valiosa la reina de las estampitas, la de las basílicas? Evidentemente, si el proceso histórico (católico) puso a María sobre los altares, es porque, de una u otra manera, la María de Nazareth encierra el sentido primigenio del mensaje de Dios a los seres humanos. Los títulos posteriores, las basílicas, los mensajes atribuidos a ella, son ropajes, que como cualquier vestimenta, responden a una época, a la cultura de esa época, al modo de ser del lugar donde se fabricó el vestido. Quizás, sea hora de ir quitando los ropajes para que lo original, la muchacha adolescente de Nazareth, se abra paso desde su originalidad y nos cuente qué hizo Dios en ella, aunque lo sabemos de sus palabras: “el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas” (Lc. 1, 49).

Aquí van tres claves para encontrar a la María de Nazareth y lo que Dios hizo en ella:

a) María de Dios: el saludo del ángel tiene dos expresiones interesantes: alégrate y llena de gracia. Sobre el significado griego de las palabras aquí utilizadas por Lucas y su correspondencia teológica se ha escrito mucho. Algunos escriben para defender la Inmaculada Concepción, otros lo hacen para atacarla. Quizás, una de las mejores explicaciones y, consecuentemente, una de las mejores traducciones del saludo del ángel, haya que atribuirla a De La Potterie y a Delebecque: “Alégrate de ser (de haber sido) transformada por la gracia”. Este es el gozo que anuncia el mensajero divino a la muchacha de Nazareth: que se alegre, que salte de satisfacción, porque la gracia de Dios puede transformarla, y no sólo puede, sino que ya la ha transformado. María, mujer judía marginal, perdida en una aldea de Palestina, desconocida de la historia de los Imperios, es la Madre de Dios. Claro que Yahvé la ha transformado, y por supuesto que es pura gracia esa transformación. La gracia es regalo, es el propio amor de Dios que se derrama gratuitamente. El honor de llevar a Jesús en su seno es un regalo de amor, es el regalo de la vida divina que pasa a habitar en su vientre. Dios la ha elegido para algo grande, y para eso la ha dotado, la llenó de gracia, o sea, la llenó de su amor. Porque es el amor de Dios lo que permite emprender las grandes proezas. Los que son capaces de dejarse amar por ese amor y, a la vez, intentar reproducirlo con el prójimo, son los que hacen de la historia un camino de Reino de Dios. Son aquellos que se dejan amar y aman como María, o como Jesús, o como Pablo, o como tantos que han entendido la gratuidad a partir de las enseñanzas del Maestro: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt. 10, 8b).

b) María de escucha: el Evangelio de la infancia narrado según Lucas está construido como un paralelo entre Juan el Bautista y Jesús, por lo tanto, entre los padres de uno y los padres del otro. El mayor contraste de Zacarías, en este caso, es María. Son personajes conectados, pero opuestos, y opuestos por una razón literario-teológica. Zacarías representa a la Antigua Alianza, y por eso es varón, sacerdote del Templo, que recibe la visión del ángel en Jerusalén. María, en cambio, es mujer, laica, y recibe las palabras del ángel en su pequeña aldea, lejos de la pompa litúrgica. Estas diferencias obvias encierran una diferencia sutil: a Zacarías se le presenta el ángel y lo ve (cf. Lc. 1, 11-12), mientras que para María no hay visión, sino palabra; el ángel la saluda y ella se desconcierta al oír las palabras del ángel. Este cambio es un paso teológico muy grande. María, figura de la Nueva Alianza, es la que oye, la discípula. Como María hermana de Marta, que a los pies del Maestro representa el discipulado (cf. Lc. 10, 38-42). No hay visiones aparatosas para ella, sino Palabra de Dios que la inspira, la llena de gracia, y la impulsa a asumir su misión. Porque es mujer que sabe oír, es mujer que preguntará, repreguntará y responderá. María se hace discípula de un proyecto alocado de Dios que consiste en traer su Hijo al mundo a través de ella. No pedirá señales que se puedan ver; María confía, tiene fe en la Palabra empeñada de Dios, y por eso se suma a la iniciativa.

c) María de palabra: las palabras finales del ángel sobre el poder de Dios que no deja nada como imposible, también encuentran una muy buena traducción en Delebecque, siguiendo los textos griegos originales: “porque, viniendo de Dios, ninguna palabra quedará sin efecto”. A eso responde María: a la Palabra de Dios, porque sabe que es palabra fiel, cumplidora, profética. El Señor es Poderoso, y hace posible lo imposible, y hace grandes cosas en María, porque tiene una palabra auténtica. No dice por decir, no promete como los políticos, no jura en vano. María conoce tanto a su Dios, que es capaz de confiarle su útero, en nombre de la Palabra que ha recibido. Eso la convierte a María en mujer de palabra, también. No dice que ahora y cambia de opinión luego. Su aceptación es una aceptación sincera, sin dobleces, sin segundas intenciones. María, desde su incapacidad de actuar como testigo para ley judía (que exige dos testigos varones para los casos judiciales), es la mejor testigo de la acción de Dios en la historia, porque en su fibra íntima ha recibido la transformación que obra el Señor. No ha visto ángeles, no ha presenciado las plagas de la salida de Egipto, no estuvo en las guerras que Israel peleaba con signos prodigiosos. María ha escuchada una Palabra, ha confiado en Ella, y ha concebido en su seno. Esa es su historia (la de una muchacha de Nazareth), esa es la historia del discipulado (escuchar, responder y concebir a Jesús), esa es la historia particular que cambia toda la historia de la humanidad.

Que valga la pena morir / Fiesta de los Fieles Difuntos – 2 de noviembre

En el libro Sentido teológico de la muerte, Karl Rahner aborda la cuestión de la muerte desde, podríamos decir, tres sentidos. Estos tres sentidos están marcados por los tres capítulos del escrito, y se interconectan entre sí. El primer capítulo es sobre la muerte como hecho que afecta al hombre entero, y la visión es más filosófica. El segundo capítulo es sobre la muerte como consecuencia del pecado, y la visión sería más teológica. En el tercer capítulo la cuestión es la muerte como manifestación del conmorir con Cristo, y la visión es cristológica/cristiana. Como se puede ver a simple vista, una visión no anula ni suprime la otra. Tanto la mirada filosófica como la teológica como la cristiana se hacen una sola. La muerte afecta a todos los seres humanos, y en esa terrible realidad de la que no podemos escapar nos encontramos los cristianos, los ateos, los filósofos, los teólogos, los varones, las mujeres, los profesionales y los obreros. Inevitablemente, en algún momento de nuestras existencias, nos hacemos preguntas sobre la muerte. Ya sea por reconocerla cercana en los otros, o por reconocerla cercana a nosotros, no podemos evadir esa cuestión. Está allí, viviendo entre nuestras amistades, nuestros familiares, nuestros compañeros de trabajo. Está, y nos interroga. Algunos encuentran respuestas en la filosofía, otros en la teología, otros en la fe ciega, otros en el ateísmo. La muerte nos obliga a tomar posición al respecto de ella. O resulta que todo acaba ahí, o se pasa a una instancia de juicio, o nos encontramos definitivamente con la divinidad, o nos unimos al cosmos disolviéndonos en él. O resucitan las almas, o resucita el cuerpo con el alma, o resucita el concepto de persona. Ante la muerte, nadie es neutral, ni las ideologías; para algunos, morir por una causa tiene sentido, para otros es un desperdicio.

Esta incapacidad de ser neutral ante la muerte, hace que Rahner afirme que el ser humano no muere como los animales porque, precisamente, el ser humano sabe que muere. Este conocimiento de su fin le permite vivir su muerte activamente. ¿Y qué significa eso? Es difícil de explicar. Pero vayamos a lo concreto. Desde que nos hacemos concientes de que vamos a morir un día, tomamos una actitud frente a esa realidad. Y esa actitud se manifiesta en nuestra manera de vivir hasta que llegue la muerte. Podemos creer que la muerte es el final absoluto, entonces nuestra vida será dilapidar minutos, pues todo debe ser consumado antes de la gran consumación. Podemos creer, en cambio, que la muerte es el inicio de algo nuevo, y vivir conforme a aquello que creemos vendrá después. Si en esa creencia hay un juicio de premio y castigo, nuestras actividades cotidianas serán juzgadas según ese criterio. El valor que le demos a la muerte y a lo que ella acarrea, es determinante para nuestra vida, y por eso el ser humano puede vivir su muerte activamente.

Jesús es un hombre que vive de acuerdo a su concepción de la muerte. Sobre la posibilidad de que Jesús supiese su final y sus anuncios sobre la pasión sean históricamente correctos hay mucho escrito. Los sinópticos registran varias frases del Maestro sobre lo que le sucederá (cf. Mt. 9, 15 y par; Mt. 16, 21 y par; Mt. 17, 9 y Mc. 9, 9; Mt. 17, 12 y Mc. 9, 12; Mt. 17, 22 y par; Lc. 12, 49ss; Lc. 13, 32ss; Mt. 20, 18 y par; Mt. 20, 23 y Mc. 10, 39; Mt. 20, 28 y Mc. 10, 45; Mt. 21, 37 y par; Mt. 21, 42 y par; Mt. 26, 12 y Mc. 14, 8; Mt. 26, 21 y Mc. 14, 18; Mt. 26, 24 y par). Nos detendremos en Lc. 13, 32b-33: “Hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén”. Probablemente, los tres días mencionados sean un agregado posterior de la primera tradición cristiana, refiriéndose de antemano a lo que sucederá al final del Evangelio con la resurrección. Lo que nos interesa, en realidad, son los otros dos elementos de la frase:

a) exorcismo y curación: Jesús sabe que lo matarán por lo que hace, y eso cualquiera se hubiese dado cuenta. Ahora bien, Jesús define sus acciones mediante dos acciones: exorcizar y curar. La vida de Jesús consiste en quitar la muerte que habita en sus prójimos. Quita demonios a los endemoniados y sana a los enfermos para hacerlos libres, para darles vida, y vida nueva. Él va a morir por lo que hace, que es combatir a los espíritus de la muerte, presentes en los endemoniados y presentes en los enfermos. A pesar de esa certeza (lo van a matar), no se detiene, porque su vida se entiende desde esa lucha contra la muerte. La gran paradoja es que será tomada su vida cuando Él buscaba lo contrario, que nadie tome la vida de otro.

b) profeta en Jerusalén: Jesús sabe que si va a Jerusalén, más pronto lo matarán, sin embargo sube hasta la ciudad. De alguna manera, en su plan evangelizador, Jerusalén es el culmen de la predicación. Los profetas deben llegar allí, deben hablar a las gentes de la capital, deben hacer pie en el Templo. En la sede de Dios es donde debe anunciarse lo que Dios quiere para la humanidad. Precisamente porque Jerusalén se ha pervertido y es espacio de muerte, Jesús, anunciador de la vida, no puede morir fuera de allí. Jerusalén es determinante para la existencia jesuánica, y eso lo pone en camino.

El último capítulo del libro de Karl Rahner que mencionamos contiene como afirmación nuclear que la muerte del cristiano es la participación más intensa en la muerte de Cristo. ¿Pero siempre es así? ¿El sólo hecho de morir nos participa de Cristo? Quizás, la clave para participar activamente de la muerte del Cristo sea vivir como Él vivió. Exorcizar, curar y ser profeta en Jerusalén. Exorcizar los demonios que poseen a la gente y no la dejan ser libre. Curar la enfermedad social de los que mueren antes de tiempo, por la pobreza, por la desocupación, por la injusticia. Ser profeta en donde nos quieren aniquilar porque denunciamos la realidad, ser evangelizadores donde nadie quiere oírnos, en las plaza públicas de una sociedad que margina a los pequeños, en las dependencias administrativas corruptas, en los templos que se han cerrado sobre sí mismos para no ver a los excluidos. Viviendo así, como vivió Jesús, la muerte adquiere sentido pleno. No es, simplemente, morir por una causa, por una ideología; es morir por el sueño de Dios, el sueño del Reino. En la Fiesta de los Fieles Difuntos deberíamos recordar a todos los que murieron soñando y, por mantener su sueño, murieron fieles, o sea, en fidelidad al proyecto divino. En este grupo no encontraremos sólo cristianos de nuestra denominación, sino varones y mujeres que, a lo largo de la historia, quisieron instaurar la verdad, la justicia, la igualdad y la libertad. Todos ellos son fieles difuntos, y con ellos celebramos.