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Larga vida a las mujeres / Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 5, 21-43 / 01.07.12

21 Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.

22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, 23 rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”. 24 Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

25 Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. 26 Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. 27 Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, 28 porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”. 29 Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 30 Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”. 31 Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”. 32 Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. 33 Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. 34 Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad”.

35 Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”. 36 Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que creas”. 37 Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, 38 fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. 39 Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. 40 Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. 41 La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!”. 42 En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, 43 y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer. (Mc. 5, 21-43)

21

Jesús vuelve del lado pagano del Mar de Galilea. Ha estado con el endemoniado geraseno y ahora regresa al lado palestino-judío. Ambas orillas están conectadas por el accionar de Jesús. Veremos que esta conexión es significativa en el capítulo 5 del libro, porque se abarca la liberación de los demonios paganos y del problema religioso judío. Tanto la curación del endemoniado como los dos milagros que sucederán a continuación pueden verse en un conjunto crítico hacia los grandes sistemas opresivos del tiempo de Jesús. El endemoniado geraseno ha sido liberado de un demonio militar-político (legión, ejército romano), mientras que las dos mujeres que protagonizan a continuación serán liberadas de la estructura religiosa que las margina.

La multitud que rodea a Jesús puede tener doble interpretación: como recurso literario del autor para luego remarcar el diálogo que sucede en la curación de la hemorroísa, o simplemente como una expresión más de la fama de Jesús que, hasta este punto, es indiscutible en la región de Galilea.

22

De entre la multitud aparece Jairo. Viene directo a Jesús. Eso no llama la atención, pero sí su condición de jefe de la sinagoga. En griego, la expresión que denomina su función es arkesynagogos, que podría traducirse como archisinagogo o arzo-sinagogo. Es un puesto de honor dentro de la estructura jerárquica sinagogal. Su función principal es guiar el orden de la celebración del culto, además de invitar a las personas a leer las Escrituras o a explicarlas. El cargo, se supone, se transmitía de padres a hijos, como un título de nobleza.

Pues bien, este hombre representante de un aspecto importantísimo del judaísmo, se hace presente ante Jesús y, no bastando eso, se arroja a sus pies. La escena es impactante. Todavía no sabemos por qué lo hace, pero entendemos que tiene que ser algo grande. Jesús ya ha expresado anteriormente su desilusión y sus críticas respecto a la sinagoga. Resulta extraño que un principal de la misma se postre ante Él.

El nombre de Jairo tiene tradición veterotestamentaria (cf. Nm. 32, 41; Dt. 3, 14; Jc. 10, 2) y significa Dios ilumina o Dios despierta. Es difícil encontrar un simbolismo del nombre que cuadre con la escena o que aporte algún elemento hermenéutico. La conservación del nombre puede responder a una transmisión continuada de un relato nacido en Palestina, lo que ubicaría el núcleo de este milagro entre los primeros textos de circulación cristiana. Seguramente, Marcos añadió y quitó elementos en su redacción, pero podemos estar ante un milagro contado y transmitido desde la primera hora.

23

Aquí aparece el motivo de fondo que moviliza a Jairo. Su hija está muriendo, está agónica. El archisinagogo acude a Jesús, quizás el crítico más famoso de la época contra la sinagoga, evidentemente porque la sinagoga no puede salvar a su hija. La desesperación de padre lo hace entrar en razones. Aparentemente, la sinagoga no está transmitiendo vida; al contrario, se está llevando la vida de su hija.

Pero está aquel profeta itinerante famoso que irradia una fuerza de vida descomunal. Él parece ser el único con posibilidades reales de devolverle el aliento a la niña. Ante el peligro de la muerte, Jairo deja de lado su estructura jerárquica y se pone a los pies de Jesús reconociendo su fuerza de vida. Le implora que le imponga las manos. El gesto es un gesto conocido de curación (cf. Mc. 6, 5; Mc. 7, 32; Mc. 8, 23).

Tenemos que detenernos en la manera cómo Jairo se refiere a su hija: thugatrion en griego. Es un diminutivo que traducimos como hijita. En otro contexto pasaría desapercibido como expresión familiar. Pero aquí, y lo develaremos más adelante, connota una minoría de edad de la niña que, más que biológica, es psicológica. Para los varones padres judíos, las hijas son su propiedad. Ellos deciden qué deben hacer y con quién deben casarse. Las hijas no son mujeres con plena libertad, sino extensiones de las decisiones de sus padres varones. Por eso no puede Jairo llamarla hija, sino que debe decirle hijita. Quizás, esta misma situación de opresión es la que está extinguiendo la vida de la niña. Ella no puede plenificarse, no puede tomar el control de su existencia, no puede proyectarse. Ella no puede vivir porque el padre es quien decide su vida.

24

Jesús acepta, implícitamente, el pedido de Jairo. Y salen para su casa. Este versículo, con la mención de la multitud, sirve de bisagra y conector para el milagro que involucra a la hemorroísa. Puede que previamente a Marcos ambos milagros ya circularan juntos con esta estructura, pero puede ser también que Marcos haya sido el artífice que los unió. En ese caso, este versículo sería propio de la redacción del autor, empeñado en crear una continuidad.

25

Entre la multitud, una mujer particular tomará el foco de atención. Es una mujer que padece de flujo de sangre, según la traducción más literal. Esto quiere decir que presenta sangrado menstrual fuera de los tiempos naturales y fisiológicos en los que debería presentarse la hemorragia normal de las mujeres fértiles. En términos médicos actuales podríamos hablar de hipermenorrea, metrorragia o polimenorrea. También en el contexto médico actual, estaríamos ante la necesidad de efectuar estudios diagnósticos. Pero en el contexto bíblico, la situación de la mujer se rige según el libro del Levítico.

Lv. 15, 19-33 reglamenta las leyes de pureza concernientes al flujo de sangre de las mujeres. Resumiendo, mientras dure su período menstrual, la mujer es impura, y convertirá en impuro todo aquello que ella toque, sea un objeto, sea un ser humano. La situación se agrava cuando existe sangrado fuera del período menstrual (como sucede con la mujer del Evangelio), pues la impureza se prolonga mientras exista el sangrado, y de la misma manera, todo lo que ella toque quedará impuro. O sea que, según esta legislación, la mujer del Evangelio debe vivir excluida, sin entrar en contacto con otros, sin poder participar del culto y utilizando objetos que sólo ella puede utilizar y nadie más. Es una mujer aislada, en soledad, marginada por la ley religiosa.

La gravedad está en los doce años que lleva en esta situación. Son doce años sin contacto humano real e íntimo, sin participación social, sin religión. Y en el mundo de Palestina de hace dos mil años, estar sin religión es estar sin cultura, sin nada, porque la religión lo es y lo abarca todo. Esta mujer entre la multitud está desesperada (como Jairo) y está violentando la ley del Levítico (como Jairo violenta la estructura sinagogal), apretujada entre la multitud, tocando a los demás que la rodean, contagiándoles su impureza. Pero resulta que este contagio es también simbólico-real. Los doce años de padecimiento remiten al número doce, número de los elegidos de Dios, como las doce tribus de Israel y los Doce de Jesús, testigos del nuevo Israel del Reino. La mujer que padece es el Israel que padece las leyes de pureza/impureza. Son leyes de muerte, de exclusión, de marginación, de separación. No son leyes de vida, sino agobiantes cargas que segregan y enferman. Esta mujer es una entre todo el Israel enfermo, y sobre todo entre el Israel que se cree puro con esas leyes, pero es impuro por naturaleza, por contrariar lo natural de la Creación. La hija de Jairo está agonizando por la sinagoga y esta mujer sufre por el Levítico; signos evidentes de que algo anda mal en este judaísmo.

26

La mención a los múltiples médicos consultados resaltará la acción milagrosa de Jesús. En realidad, sólo las personas de buen pasar económico podían visitar a los médicos, en un servicio que no era barato. Si la mujer consultó a varios, entonces era relativamente rica. Marcos remarca que se quedó sin bienes buscando una solución. Su riqueza no le ha valido para comprar la inclusión. Ha sido más fuerte su condición de mujer para excluirla que el dinero.

27

La fama de Jesús se ha expandido. La gente sabe que realiza milagros, curaciones y exorcismos. Y, en gran medida, esa es la razón principal por la que acuden a Él. En medio de la multitud, la mujer se le acerca por detrás, como en secreto, probablemente por la vergüenza que le genera su condición de hemorroísa. No quiere ser descubierta ni darse a conocer ni tener que dar explicaciones de su impureza. Así, en sigilo, toca el manto de Jesús. El manto, simbólicamente, representa a la persona misma. Tocar el manto es tocar a la persona; dejar el manto es dejarse a uno mismo; extender el manto en el piso para que otro pase es demostrar el sometimiento a ese que pasa. La mujer impura, entonces, ha tocado a Jesús, y según la leyes del Levítico, lo ha contagiado, lo ha vuelto impuro para el sistema religioso.

28

Este es un versículo explicativo de la acción de la mujer, donde Marcos narra el pensamiento de ella. La mujer cree que con sólo tocar el manto (sólo tocar a Jesús) la curación se hará efectiva. Esto es cierto y, de cierta manera, revela un tipo de fe que luego Jesús perfeccionará, obligándola a darse a conocer.

29

La mujer puede percibir, inmediatamente, que su hemorragia se ha acabado, que su fuente de sangre (según la traducción más literal) se ha secado (expresión inspirada en Lev. 12, 7). La percepción de la mujer se da a un nivel corporal. No necesita visitar a un médico ni a un sacerdote para que corrobore la curación. Ella lo sabe, lo siente en su corporeidad. La mujer, conectada con su cuerpo, puede apreciar que el mal en su interior ha desaparecido. Se inaugura una nueva relación con su cuerpo que deja de ser impuro para la religión. Esa nueva relación con su cuerpo es un conjunto de nuevas tramas sociales: puede reincorporarse a la vida cotidiana común, puede volver al culto, puede volver a tocar las cosas y tocar a los seres humanos.

Literalmente, se siente curada de su mastix, que puede traducirse como azote o plaga. Eso era para ella la hemorragia. El término está muy relacionado con aquellos castigos que vienen de Dios: el azote de Dios, las plagas de Dios. Ese es el problema de la opresión religiosa. La mujer creía que Dios la estaba azotando, la estaba castigando. Y Jesús, enviado de Dios, quita ese sufrimiento. Entonces, o Dios se contradice, o Dios no envía azotes a las personas.

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El problema exegético de este versículo es la interpretación de la fuerza que sale de Jesús. A primera vista, esta expresión equipara el milagro y el accionar taumatúrgico de Jesús con el de cualquier milagrero itinerante de los relatos paganos: personas dotadas con una fuerza mágica particular que, con esa misma magia, obran maravillas, incluyendo curaciones.

En realidad, el término griego que está detrás de lo que traducimos por fuerza es dynamis. La dynamis es el poder o la capacidad potencial. Puede entenderse como una fuerza, pero de ninguna manera es en el contexto del Evangelio una fuerza física que irradia Jesús como una fuente energética en movimiento. En el Evangelio, la fuerza es un movimiento espiritual, una dinámica del Espíritu de Dios. Jesús tiene el Espíritu divino, y ese Espíritu actúa con un impulso de constante dinamismo: guía a Jesús, lo lleva a un lugar y a otro, lo conecta en oración con su Padre, le da la capacidad de obrar milagros. La dynamis de Jesús es su capacidad espiritual; esa es su fuerza.

La capacidad, la potencia espiritual de Jesús, le permite curar a la mujer hemorroísa, aún sin un contacto directo. Jesús no es una fuente de energía física, sino de flujo espiritual. Irradia vida mediante el Espíritu divino. La mujer se hizo receptora de esa vida irradiada y dejó que la dinámica del Espíritu de Dios la transformara (la sanara). Jesús sabe que ha irradiado vida de manera particular; no le han robado un milagro, como muchas veces se interpreta; sino que alguien se predispuso a receptar la dinámica del Espíritu. Por eso reconoce que el Espíritu obró algo. Varios de la multitud que acompañaba han tocado el manto, pero una mujer lo ha hecho desde la fe, con la intención precisa de beneficiarse de la vida espiritual. A ese hecho se refiere Jesús cuando pregunta quién le tocó el manto. ¿Quién se ha hecho depositario de la vida del Espíritu?

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Los discípulos no han entendido el sentido de la pregunta de Jesús. Ellos piensan desde el alboroto de la multitud. Jesús piensa desde la individualidad de la mujer que ha dado un paso de fe.

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Jesús sigue mirando para identificar a la mujer. La cuestión exegética, aquí, es congeniar esta desorientación que tiene el taumaturgo respecto a su capacidad de conocer los hechos y los pensamientos de los seres humanos, como ya la ha dejado en claro el autor en otros episodios. Si esa omnisciencia es propia del Hijo de Dios, ¿por qué no puede saber quién lo ha tocado? ¿por qué necesita que le identifiquen a la mujer?

La solución que algunos comentaristas han utilizado es la de suponer que Jesús sabe quién lo tocó, pero desea que la mujer salga a la luz social, se identifique públicamente, y puede superar, mediante la fe en su sanación, la barrera de marginación. Si ella se anima a confesar públicamente que era impura para la ley judía, entonces había completado en plenitud su curación, porque ya habría dejado de sentirse marginal ella misma.

Probablemente, en el fondo de la situación esté el sentido de que la mujer se revele sin miedos a la multitud. El tema de la omnisciencia de Jesús puede interpretarse como un atributo divino, pero también como una lectura que hace el hombre Jesús de lo que sucede. Él puede saber lo que sucede o lo que piensan ciertos grupos del estrato social, porque lee la realidad con calidad. En este caso concreto, parece más un artificio narrativo para llegar al descubrimiento de la mujer que un olvido del autor sobre la condición divina de Jesús.

33

El temor y el temblor de la mujer sostienen lo que venimos comentando. Es ella misma la que se cree marginal. Ha interiorizado el sistema de marginación y se ha declarado (se ha creído) fuera de la religión, fuera de Dios (castigada por Dios). Ese es el proceso nuclear que Jesús quiere revertir. De nada sirve secar su fuente de sangre si ella sigue sosteniendo la visión de un Yahvé vengativo y cruel que excomulga con enfermedades. La mujer estará salvada/curada cuando reconozca que ella no es marginal por naturaleza; los seres humanos y su religión humana la han puesto a un costado.

Arrojada a los pies de Jesús (como Jairo se arrojó al principio de esta doble perícopa), la mujer confiesa. Ella ha tocado el manto, ella quiere salir de su marginación, ella quiere volver a la vida y recuperar los lazos sociales. Ella quiere volver a creer en un Dios de amor. La mujer le dice a Jesús la verdad, su verdad, una verdad que es dolorosa. Este concepto es importantísimo. La verdad la tiene la hemorroísa, y no la proclama Jesús, como suele suceder en los relatos de estructura evangélica. La verdad la dice una sufriente, porque la verdad de la historia está en los que sufren. Ellos son capaces de transmitir la verdad, y transmitir la verdad de Dios. En su relato del miedo, de marginación y del deseo de tocar el manto para curarse, la mujer revela un núcleo de verdad universal: Dios quiere calmar el sufrimiento, Dios quiere sanar al herido, Dios quiere incluir al excluido. Esa es la verdad del sufriente.

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La reivindicación de la mujer comienza con la primera palabra de la frase de Jesús: hija. Ella es hija de Israel, hija de Dios. Aunque su impureza menstrual quisiese demostrar lo contrario. Ella es hija a pesar de las reglas de la religión que la declaraba bastarda, castigada por Dios. La mujer debe pasar del Dios castigador al Dios Padre que la llama hija, legítima, reconocida, querida, cuidada. El mensaje que contiene Marcos en esta sencilla expresión es fundamental para su comunidad cristiana: los hijos de Dios exceden la religión. No se trata de que unos son hijos y otros no lo son por cuestiones religiosas, por maneras de celebrar la fe o por el apego a tales o cuales reglamentaciones de santidad/impureza. La condición de hijos de Dios es connatural al ser humano, y supera lo que puede llamarse judaísmo o cristianismo. Este es el puntapié para que la evangelización comience un nuevo paradigma: los misioneros no buscan convertir a no-hijos en hijos, sino que busca que los que ya son hijos (todos) se den cuenta de que lo son.

La expresión tu fe te ha salvado, complicada de entender en otros contextos, aquí parece más lógica. La mujer ha tenido la fe suficiente para creer que el contacto con Jesús la liberaría. Esa fe la ha salvado, pues le ha devuelto su inclusión social. En Jesús, la excluida puede volver a la vida. Su fe le ha mejorado su calidad de existencia. Es una fe con implicancias reales en su cotidianeidad, no una fe de rezo en la sinagoga y nada más. Para esta mujer, la fe es algo profundo, algo que cambia y que transforma. Por eso puede irse en paz después del encuentro con Jesús. Es la paz de saberse hijo de Dios, saberse amado, saberse un ser trascendental. Puede irse sin miedo y sin temblor, liberada, con nueva vida. No es la falsa paz del que nada le importa, del que le da lo mismo esto o aquello. Es la paz del amor degustado, de las cadenas de esclavitud rotas.

Ella ya está curada, pues la mujer ha sentido en su cuerpo que la fuente de sangre se secó, pero Jesús le repite que vaya, que se ha curado su enfermedad. Puede que la expresión se le haya quedado sin querer a Marcos en la redacción, o que la haya dejado para remarcar el esquema clásico de los relatos de curación, donde Jesús suele terminar con expresiones similares. Es una redundancia sobre lo que ya sabemos: la mujer se ha curado; y lo hizo antes de la palabra de Jesús. En este caso, no es la palabra lo que sana, sino el gesto del manto tocado con fe.

35

Este es el versículo que recupera el relato sobre la hija de Jairo. En medio, en la demora que causó la hemorroísa, la niña murió. Pasó de estar agonizando en el versículo 22 a estar muerta en el versículo 35. Jesús ha sido lento y ya no puede hacer más nada, según la opinión de los que vienen de la casa de Jairo. Ese debe ser el límite de Jesús: la muerte. Por eso le sugieren a Jairo que ya no moleste al Maestro. ¿Para qué molestarlo si no puede hacer nada contra la muerte? Ese es el drama de la situación. Este será un milagro que mostrará el poder de Jesús sobre la muerte.

¿Y sobre qué tipo de muerte, específicamente? Aquí juega un papel importante el simbolismo que encierra la hija del archi-sinagogo muerta. La sinagoga no ha podido salvarla, ha muerto en su seno. Es la hija de un santo, de un hombre religioso, pero la religión no la ha protegido. La institución se erige, así, como un instrumento que ahoga la vida. La niña, dispuesta a ingresar a la adultez femenina judía, parece rechazar esa obligación. Una institución religiosa que debería ser transmisora de vida, asume el rol contrario. En su anquilosamiento, en su rigidez, en su palabrería, en sus sombras, la sinagoga es una asesina de los jóvenes. El simbolismo es muy fuerte. Jairo, representante de esta sinagoga, llega a darse cuenta que su religión no sólo no puede hacer nada por su hija, sino que es la culpable de su muerte, y acude a un maestro itinerante mal visto por los ojos de varios.

36

Jesús no presta mucha atención a la desesperanza que caracteriza a la sinagoga. Para ellos, la muerte es el límite. Ya no se puede hacer más nada. El Maestro, en cambio, propone a Jairo creer sin miedo. ¿Creer en qué? Jesús no lo hace explícito. Puede ser creer en Él como enviado de la vida, como transmisor de la vida de Dios; puede ser creer en la vida misma como fuerza que se abre paso y trasciende; puede ser creer directamente en Yahvé, Dios oculto por la religión sinagogal, pero igualmente presente; puede ser creer en la esperanza, en el futuro; puede ser creer en el Reino de Dios como manifestación concreta que mejora la calidad de vida de las personas. Jesús no explicita el objeto de la fe, pero parece quedar en claro, por el contexto, que la conexión es entre fe y vida.

Por eso invita a no tener miedo. La hemorroísa tenía miedo de lo que había hecho, Jairo tiene miedo de que su situación no halle remedio. Son miedos contrarios a la fe. Jesús no desarrolla un tratado teológico sobre la fe, pero sin dudas la opone al temor y, en base a esa oposición, hace de la fe una fuerza poderosa, dinámica, transformadora. En el miedo se paralizan las personas, pero en la fe se ponen en movimiento y se proyectan. No puede haber vida sin fe, así como no puede haber vida plena donde hay miedo.

Este par de opuestos cobra significado en la comunidad de Marcos en cuanto el miedo a morir (por la cruz, por las persecuciones, por los enfrentamientos judíos-romanos) siempre está acechando para llevarse por delante la fe en el Evangelio. Los cristianos sumergidos en tiempos de tribulación, más que cualquier otro, están instados a proyectarse por la fe, a sostenerse por la fe, a afrontar la cruz con la fe. El cristianismo no puede ser como la religión sinagogal, emplazada sobre el miedo a trasgredir tal o cual norma, porque entonces reproduciría un esquema de opresión propio de las religiones que matan o de los imperios que matan. Los cristianos no deben vivir desde el miedo de la hemorroísa ni desde la desesperanza de Jairo.

37

La selección de estos tres discípulos en el Evangelio según Marcos es particular. Los tres acompañan a Jesús, en privado, en escenas características: en la oración agónica de Getsemaní (cf. Mc. 14, 33); aquí con la hija muerta de Jairo; en la transfiguración (cf. Mc. 9, 2); y en el discurso escatológico (con Andrés como agregado, cf. Mc. 13, 3). A primera impresión, la selección parece ser una predilección de Jesús por estos amigos en particular. Los deja estar con Él en situaciones de revelación que tienen que ver con la muerte/vida. Getsemaní es Jesús muriendo, agonizando, al borde de la desesperación, aparentemente abandonado por Dios; la hija de Jairo está muerta y Jesús dice que puede levantarla; la transfiguración revela lo esplendoroso del Hijo de Hombre que camina a la crucifixión; y el discurso escatológico del capítulo 13 narra las penurias, tribulaciones y muerte que le esperan al mundo y a la historia para parir una nueva era.

Pero esta aparente predilección, también puede entenderse de manera contraria. Quizás, Jesús lleva a estos tres discípulos a estas situaciones porque son los peores aprendices, los que más dificultades tienen para comprender que la vida de Dios es más fuerte y distinta que la muerte. Estas serían enseñanzas intensivas que el resto de los discípulos no necesitan. Baste mencionar que Pedro tendrá tendencia a entender el mesianismo en clave triunfalista (cf. Mc. 8, 31-33), y que Santiago y Juan lo entenderán en tono militar-imperial (cf. Mc. 10, 35-37). Los tres parecen estar lejos del Reino de Dios que predica Jesús. Mientras que para ellos tiene que ver con derrotar a Roma y tomar el trono de Israel; para Jesús tiene que ver con la vida plena comunicada a los marginados.

Quizás, la base del recuerdo tomado por Marcos sea una predilección del Jesús histórico por Pedro, Santiago y Juan, pero el autor la ha reformulado. A través de sus experiencias en intimidad con el Maestro se revela la profanidad del binomio muerte/vida. Y si bien ellos no lo entienden por completo, el lector/oyente puede hacer el recorrido junto a ellos para descubrir que el Reino de Dios tiene una potencia de vida distinta a la que dimensionamos desde lo militar, desde lo triunfalista y desde lo imperial-político.

38

El alboroto, los llantos y los gritos son elementos característicos de un velatorio y un entierro judíos. En muchas familias que sufrían la pérdida de un integrante, se contrataban lloronas para que acompañaran todo el proceso. Y hasta había lloronas que lo hacían sin cobrar, como parte de una obligación de tipo moral. No se puede enterrar a un muerto sin llorarlo.

39

La referencia de Jesús a que la niña duerme es complicada. Metafóricamente, morir es dormir, y no resulta extraño que sea una manera sutil de decirlo. Pero también es una expresión del control que tiene Jesús sobre la situación (y sobre la muerte). Se trata de un sueño, no del final de la historia. Cuando soñamos, cuando dormimos, podemos despertar, y la vida puede continuar. La muerte no es lo definitivo, sino que se trata de una situación que puede tener continuación. Así lo entiende Jesús. Es como dormirse, pero no para siempre, sino para despertar. Recordemos que despertar de los muertos es una expresión típica del cristianismo primitivo para designar la resurrección.

40

La gente se burla de Jesús. La muerte es la muerte; allí termina todo. Es la visión de los que no tienen fe, los que están acostumbrados a sobrevivir entre estructuras de opresión. La muerte ni siquiera es considerada una salvación, una escapatoria, sino como un final inexorable donde se agota la existencia.

Jesús va a revertir la muerte, pero no lo hará solo. A manera de ritual, ingresa a la habitación donde está el cadáver acompañado de los padres de la niña y de los tres discípulos. Han formado una comunidad en torno a la muerta. Es un germen de Iglesia. Lo que sucederá será un hecho comunitario, un hecho familiar.

Dentro de una casa expresará, nuevamente Marcos, su modelo eclesiológico. La Iglesia debe ser una familia transmisora de vida, una familia donde las mujeres recuperen su existencia plenificada, donde los jóvenes no elijan morir para no soportar el peso de la religión; al contrario, la religión debería ser el estímulo para que los jóvenes asuman su rol con gozo. La situación es muy distinta a la sinagoga. Jairo está acostumbrado a dirigir el culto y ser el centro de atención, pero aquí el centro está en la que sufre, y Jairo es un participante más, un miembro más de la comunidad de vida. A su lado está su esposa, que en la sinagoga no es nadie. Y hay tres desconocidos que, a partir de aquí, son sus hermanos, porque compartirán una experiencia vital.

41

Las acciones de Jesús recuerdan mucho lo que sucedió con la suegra de Simón (cf. Mc. 1, 31): tomó de la mano a la postrada y la levantó. El simbolismo cristiano es patente: la imagen es de resurrección (en ambos casos). El verbo egeire (levantar en griego) se utiliza para describir el levantamiento de entre los muertos de Jesús (cf. Mc. 16, 6). De la misma manera, la niña durmiente debe levantarse a la vida.

Marcos ha conservado una expresión en arameo para poner en labios de Jesús. Esto puede ser indicativo de lo primigenio del relato, capaz de remontarse a Palestina y a los primeros años del cristianismo. La utilización de una lengua que no todos entienden (en este caso, que no entienden los lectores/oyentes de Marcos) le da a la escena un sentido ritual particular. Si bien luego se traduce, el momento de la pronunciación parece mágico, solemne. Talitha significa, en arameo, muchacha; y cumi significa levantarse. Marcos, al explicar en griego el significado, utiliza la palabra korasion para referirse a la muchacha. Korasion es un diminutivo de kore (niña) que sólo se utiliza en ambientes familiares. Y así parece ser esta escena de símbolo pascual: un ambiente familiar-eclesial que comunica vida.

Un dato importante es que la muchacha muerta está impura, porque es un cadáver, y los cadáveres transmiten impureza. Jesús, al tocarla tomándola de la mano, se vuelve impuro, según Nm. 19, 11: “El que toque un muerto, cualquier cadáver humano, será impuro siete días”. Esto es llamativo porque estamos ante la presencia del archi-sinagogo. La sinagoga condenaría esta situación de tanta impureza, pero Jairo parece haber entendido que lo primordial es la vida, antes que cualquier legislación religiosa. Importa infinitamente más que su hija recupere la vida antes que condenar a Jesús por impuro.

42

El dato clave son los doce años de la niña. En Palestina, según la edad de la mujer, se la consideraba menor (hasta los doce años), joven (desde los doce hasta los doce años y medio), y mayor (más de doce años y medio). Hasta los doce años y medio la mujer pertenece al padre; él decide cómo dispone de ella y con quién la casa, inclusive a quién decide venderla, si fuese el caso. Lo clásico era arreglar el matrimonio entre los doce y los doce años y medio.

Pues bien, esta muchacha del Evangelio acaba de entrar en la edad donde debe ser arreglado su matrimonio. Es, quizás, la edad en que más se nota su existencia como objeto. Otro decidirá con quién comparte el resto de su vida. Otro la venderá elegantemente a un varón que dispondrá de ella. Dejará de ser propiedad del padre para ser propiedad de su esposo. Entender esto es básico para entender la muerte de la joven. Ha muerto porque el peso de la sinagoga y de su ser mujer en este judaísmo la ha matado. Es un objeto, un bien de cambio. No tiene valor por sí misma. ¿Para qué vivir así? La opción más clara en el horizonte es morir. Estos doce años la conectan con los doce años de sufrimiento de la hemorroísa. Son mujeres, marginadas, oprimidas por las leyes religiosas, impuras a su manera (por el sangrado y por ser cadáver).

Las acciones de Jesús, para ambas, significan un salto de calidad enorme en la época en la que estamos hablando. Hay una reivindicación de la mujer en estos relatos que supera cualquier expectativa. Y una reivindicación que deja al descubierto la función destructiva de la religión, colaboradora de la opresión de las mujeres. En el cristianismo no puede repetirse ese esquema. Es un esquema de muerte, una estructura de ahogamiento que produce muerte. Jesús quiere que las mujeres vivan, y que vivan plenamente, en el seno de la Iglesia, liberadas, con poder para decidir sobre ellas mismas.

43

Reaparece el tema del secreto mesiánico de Marcos. Nadie se debe enterar de lo que sucedió en el seno de la casa de Jairo. La niña ya está bien, está viva. Estaba durmiendo. Así deben quedar los comentarios. Nada nos dice el narrador de lo que sucede cuando salen de la habitación y se encuentran con los asistentes al velorio y las lloronas. ¿Qué explicación les dan? Estaban velando a la niña y ésta sale caminando de allí. Los hechos hablan por sí mismos.

Jesús manda que alimenten a la niña. Dos explicaciones surgen sobre esta orden. La primera es de tipo psicológico, interpretando la depresión de la joven de doce años que se descubre objeto de los varones y del sistema. Había dejado de comer (¿anorexia nerviosa?) y se había dejado morir. Jesús manda que la alimenten porque ya no hay motivo de depresión; esta familia debe inaugurar nuevos modelos de relación, ya no desde la supervisión y dirección del padre varón archi-sinagogos, sino desde la comunión de iguales. La otra interpretación tiene que ver con el clásico tópico del cristianismo que relaciona las comidas con la resurrección. La niña vuelta a la vida comparte la comida con su familia, en señal de banquete festivo, como lo hace la Iglesia que come Eucaristía celebrando la vida que vence a la muerte.

Hay un solo dinero: el injusto / Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 16, 1-13

Decía también a los discípulos: “Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto’. El administrador pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!’. Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. ‘Veinte barriles de aceite’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez’. Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’. ‘Cuatrocientos quintales de trigo’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y anota trescientos’.

Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero”. (Lc. 16, 1-13)

La parábola de hoy es difícil. Quizás, de las más difíciles de interpretar. El material es propio de Lucas; ni Marcos, ni Mateo ni Juan se han atrevido a conservar tamaña historia alabada por Jesús. Entre los comentaristas bíblicos hay diferencias notables de exégesis. Y como veremos más adelante, entre los primeros cristianos también las hubo. De Jesús sabemos, largamente, que no tenía pelos en la lengua, y que las cosas que decía eran hirientes, no en el sentido malicioso (no se decían para generar disgusto de malagana), sino en la verdad molesta que encerraban. Es raro quedar impasible ante los dichos jesuánicos. Son frases de impacto que revelan un orden querido por Dios distinto al orden social establecido casi mundialmente. En Palestina hace dos mil años o en China en la actualidad, de la misma manera el mensaje del Evangelio es una piedra en el zapato del ser humano, y al mismo tiempo es su salvación. Jesús dice cosas que no queremos escuchar, que no deseamos oír. Por eso desconcierta ayer, hoy, y desconcertará mañana esta perícopa. El tema es uno de los tópicos repetitivos en la obra lucana: el dinero. Todo el Evangelio según Lucas tiene una trama continuada que habla de lo económico, y desde allí, de los pobres, de la diferencia entre pobres y ricos, de los publicanos que manejan dinero de impuestos, del orden social establecido por el poder de capital, etc. Para Jesús, el dinero no era una cuestión que debía tratarse sólo en el palacio del emperador, ni tampoco sólo en el templo. El dinero es una cuestión de todos los días, sobre todo cuando escasea. ¿De qué otra cosa se preocupaba el campesino galileo cuando llegaba el momento del tributo? ¿De qué otra cosa se preocupaba el terrateniente cuando tenía en vistas anexar más tierras a sus posesiones? ¿De qué otra cosa se preocupa el sacerdote cuando llegaban las grandes fiestas litúrgicas? El dinero es un tema diario, cotidiano, y para nada separado de la religión. La historia ha demostrado que economía y religión son aliadas o enemigas, pero que difícilmente puedan existir lejos la una de la otra. No han nacido para estar separadas. Alguna larga tradición malentendida ha instaurado, al menos en el ámbito católico, que no es necesario entrometerse en asuntos económicos por una cuestión de pureza; que es mejor ser ignorante de lo que sucede con los impuestos, con los movimientos macro-económicos, con las inflaciones, con las devaluaciones, y tantos otros términos técnicos. De eso no se habla en la Iglesia, así como no se habla de política (supuestamente), ni de sexualidad. La economía, cuando es conveniente, es un tema tabú. Sin embargo, algunos privilegiados integrantes del clero tienen la venia para manejar asuntos de dinero, sacrificándose por el resto del Pueblo de Dios.

Jesús es claro en algo: el dinero, de por sí, naturalmente, es injusto. Donde algunas traducciones dicen “dinero de la injusticia”, en realidad, podría traducirse “injusticia del dinero” o “injusto dinero”. Ese es el concepto. La existencia de una moneda o un papel moneda que determina costos y precios, y que puede almacenarse, modificando el estilo y calidad de vida, es aberrante sin agregados. El dinero es injusto porque modifica el querer de Dios: con dinero se compran cosas de la naturaleza creada (se compran frutas, verduras, tierras), con dinero se asciende en la escala social dejando algunos por debajo y otros más arriba (con la consiguiente ruptura de la igualdad proclamada en el Reino), con dinero se compran personas (mancillando la dignidad humana), con dinero se salvan vidas (siendo que la vida no puede tener un costo); sin dinero, en cambio, no se come (y todos tienen derecho a la comida), no se tiene vivienda (y todos tienen derecho a una vivienda), no se estudia (y todos tienen derecho a estudiar), sin dinero se es pisoteado (como si no valiese el mismo ser imagen y semejanza de Dios), sin dinero la gente enferma más y muere antes de tiempo (convirtiéndose en víctimas de la opresión).

Jesús le pone un nombre al dinero: Mammón. En los textos griegos, modificando una vez más la traducción, podríamos decir “injusto Mammón”. El término puede encontrarse en Mt. 6, 24; Lc. 16, 9.11.13, probablemente propios de la tradición de la Fuente Q. Sobre el origen del término hay disimilitudes entre los estudiosos. Algunos aseguran que proviene de una palabra hebrea que significa firme o constante, mientras que otros la relacionan con la palabra hebrea que designa un tesoro (porque es utilizada en Gn. 43, 23 en ese sentido). De cualquier manera, se trata de una personificación de las riquezas, ya sea como tesoro o como el apoyo firme que se deposita en los bienes materiales. Mammón es un dios que compite con el verdadero Dios. Por principio, es un dios injusto, en contraste con el insuperablemente justo Yahvé. El ser humano tiene la oportunidad de decidir entre uno o el otro, pero no puede estar con los dos, justamente porque se pone en juego uno de los mayores pecados bíblicos: la idolatría. Si las riquezas son una divinidad, algo que intenta ocupar el lugar único reservado a Dios, entonces compiten con Él, y se vuelven incompatibles en su presencia. Que Jesús llame Mammón al dinero no es sólo una teatralización para adornar las frases, ni tampoco una exageración hiperbólica propia del lenguaje semítico. Jesús cree que esa incompatibilidad es terrible, y que repercute directamente en la existencia de los humanos, y además, que la decisión debe ser tomada seriamente: o uno o el otro, pero no los dos. Eso sería idolatría, porque teológicamente se produce una incongruencia ilógica: sería mezclar lo justo con lo injusto deliberadamente para que persistan en el tiempo, sería transgredir la fe exclusiva yahvista en pos de un panteón.

Ahora bien, si Jesús rechaza el dinero como sistema válido para la vida, si lo representa como un dios en competencia con su Padre, si no se cansa de recomendar que los bienes materiales deben ser abandonados para ser discípulo suyo, ¿por qué alaba al administrador de la parábola? Lc. 16, 8 comienza con la afirmación de la alabanza que propina el Señor a este hombre fraudulento. Algunos comentaristas aseguran que este señor es el patrón de la parábola, pero la mayoría concuerda en que en Lc. 16, 7 acaba la narración y lo posterior es conclusión. Lo llamativo es que no habría una sola conclusión, sino por lo menos tres. La primera podría estar en Lc. 16, 8-9, aunque con algunas reservas, ya que la conexión interna de las frases deja mucho que desear, debido a que Lc. 16, 8a suena como conclusión lucana y el resto como continuación de las palabras jesuánicas. La segunda conclusión estaría en Lc. 16, 10-12, con una mirada rebuscada sobre la fidelidad y una conexión débil a la parábola sólo en el versículo 11. La tercera conclusión sería Lc. 16, 13, en un texto sin conexión con la parábola, pero en relación con el dinero, y quizás resumiendo la idea general que tenía Jesús sobre las riquezas. Las tres conclusiones son sentencias distintas, pero similares, sobre las riquezas. En primer lugar, la idea de usar el dinero hábilmente, a pesar de su injusticia. Sabemos que el dinero, por naturaleza, contradice el Reino, pero también sabemos que existe y que día a día determina muchas de nuestras actividades; ¿podemos capitalizar ese dinero, entonces, sin contradecir al Reino? Sí, siendo astutos. Los hijos de este mundo se ganan amistades que les aseguren cierta protección en un futuro. Los hijos de la luz deben asegurar su futuro con una garantía que, podríamos decirse, es invisible, pues los amigos que los discípulos pueden ganarse con el dinero son los pobres, y los pobres retribuirán en el final escatológico, cuando ya no haya dinero. En la misma línea se halla aquella recomendación de Jesús a dar un banquete invitando pobres, ciegos, lisiados y paralíticos para ser verdaderamente recompensado (cf. Lc. 14, 13-14). Ese es el uso astuto del dinero, el uso que hacen los hijos de la luz. Es, por supuesto, un uso paradójico. La segunda conclusión sobre la fidelidad tiene una estructura interesante en lenguaje semítico; son tres frases con secciones en espejo:

- Lc. 16, 10: fiel en lo poco/fiel en lo mucho y deshonesto en lo poco/deshonesto en lo mucho.

- Lc. 16, 11: no fidelidad con injusto dinero/no confianza con los bienes verdaderos.

- Lc. 16, 12: no fidelidad con lo ajeno/no confianza con lo que pertenece a uno.

El dinero es, así, una mala copia de los bienes verdaderos. El dinero es una emulación de lo que verdaderamente vale, y por ser emulación es relativo. Sin embargo, a pesar de su relatividad, la actitud tomada ante él resuena en la vida eterna. Quien se comporta fiel y honesto con las cosas materiales, resulta ser digno de confianza para recibir los bienes eternos. En lo temporal se manifiesta lo eterno. En la relación con las cosas se hace visible la relación más profunda con todo el universo y con Dios. Por último, la tercera conclusión es una frase de la Fuente Q, conservada también en Mt. 6, 24. Ya hemos explicado anteriormente cuál es la intención de deificar al dinero en el personaje Mammón, y cómo esta deificación traduce la elección del ser humano: o Dios o las cosas materiales.

¿Qué Iglesia habla hoy del dinero con libertad? Siempre hay algún miedo o algún interés. Algunas Iglesias tienen temor de perder algunos de los apoyos económicos que reciben. Otras prefieren no despertar la curiosidad de los fieles sobre el uso y abuso de los bienes materiales eclesiásticos. Pocos son los cristianos con la autoridad suficiente para decir algo coherente respecto al dinero; y por coherente nos referimos a la idea de lo evangélico. El uso cristiano del dinero es el uso evangélico del mismo, o sea, el uso acorde a la Buena Noticia. Si el dinero que empleamos genera malas noticias, si perjudica, si diferencia a los seres humanos, no es evangélico. Si el dinero, en cambio, genera equidad, promueve o libera (cuestión complicada en algo con naturaleza corrupta), entonces es una Buena Noticia. Vale aclarar que hablamos de equidad y no de caridad, de promoción y no de dádiva, de liberación y no de préstamos. En muchas oportunidades, el dinero enmascara actitudes contrarias al Reino, actitudes contraproducentes, esclavizantes. Con el dinero siempre se corre riesgo, porque el dinero, además de corromper, tiene una dinámica perversa en sí. Esa dinámica genera una sensación de bienestar y estabilidad que es mentira.

Actualmente, quebrar con el mercado es el gran desafío utópico de la Iglesia. Pareciese que no podemos desprendernos, que ya estamos condenados a girar hacia el lado que disponga el capital eternamente. Argumentos al respecto hay demasiados; desde los más superficiales que sólo aducen vender el oro eclesial para alimentar africanos, hasta los más profundos que entienden la inconexión entre Jesús y su radicalidad con el modo de vida complaciente experimentado y hasta recomendado por las altas esferas eclesiales. El dinero nos va consumiendo la pastoral. Se suspenden proyectos porque no hay dinero, se evalúan acciones inmediatas por el costo, se tergiversan perícopas en predicaciones que podrían herir susceptibilidades. Es como si nos empeñáramos en contradecir a Jesús, que no se detenía en la falta de dinero, que recomendaba abandonar los bienes para seguirlo, que hería susceptibilidades sin dudarlo a la hora de anunciar el Evangelio. ¿Cuánto nos identifica el versículo que continúa con la lectura que hemos leído hoy en la liturgia?: “Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús” (Lc. 16, 14). ¿Los fariseos o nosotros? ¿Nos estamos burlando del Maestro? Probablemente lo hagamos a menudo, y hasta quizás sin la intención real de hacerlo. Por pura inercia, por pura comodidad, evitamos criticar al sistema y nos hacemos cómplices de lo que era enemigo Jesús. Nos burlamos cuando, a la hora de elegir, siempre optamos por Mammón. Somos idólatras, individualmente y en masa. Somos servidores de una filosofía que deja el tendal de hermanos debajo de la línea de pobreza e indigencia. ¿Será posible quitarnos la anestesia? ¿Será posible cambiar completamente nuestra acción mercantilista para resistir? Esa es la propuesta del Evangelio, la propuesta del Reino. Resistir al dinero, resistir a Mammón, resistir a la publicidad programática, resistir a la injusticia del dinero para que lo justo se manifieste en la vida del pobre.

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 5, 1-11

Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

Cuando acabó de hablar, dijo a  Simón: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.” Simón le respondió: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.” Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.” Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.” Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron. (Lc. 5, 1-11)

Siguiendo con el Evangelio según Lucas, propio del Ciclo C de la liturgia dominical, se nos presenta hoy un relato que, en el libro, está separado por unos cuantos versículos del suceso en la sinagoga de Nazareth que hemos leído los domingos anteriores (cf. Lc. 4, 16-30). Estos versículos que nos separan contienen tres escenas de exorcismo, donde lo principal es la acción liberadora del mal que realiza Jesús en Cafarnaún (cf. Lc. 4, 31). En primer lugar, expulsa el espíritu de un demonio inmundo que había poseído a un asistente a la sinagoga (cf. Lc. 4, 33-36). Jesús lo conminó (epitimao en griego), o sea, lo reprendió, y el espíritu lo abandonó. Luego se traslada a la casa de la suegra de Simón, la cual estaba afiebrada (cf. Lc. 4, 38); pero aquí, como cabría esperarse, Jesús no la sana en el sentido estricto que nosotros entendemos, sino que conmina (epitimao) a la fiebre y la fiebre la abandona (cf. Lc. 4, 39). Nuevamente, estamos ante un exorcismo más que una curación. Ese estado afiebrado de la suegra de Simón es, para Lucas, más que una mera enfermedad o síndrome; es posesión por las fuerzas del mal que el Maestro derrota. Finalmente, además de curar a muchos enfermos cuando llega la puesta del sol (cf. Lc. 4, 40), Jesús también conmina (epitimao) a muchos demonios (cf. Lc. 4, 41), expandiendo su actividad exorcista a una mayor cantidad de personas. Esta expansión o fama va de la mano con lo que el relato lucano va presentando en forma de resúmenes muy breves. Lc. 4, 14-15 refiere el regreso de Jesús a Galilea tras su estadía en el desierto y cómo su fama se expande, a la vez que todos lo alaban por sus enseñanzas. Lc. 4, 31-32 habla de su llegada a Cafarnaún y de cómo, por segunda vez, la gente queda asombrada de su doctrina. En Lc. 4, 42-44 la gente lo busca desesperadamente y quieren retenerlo, pero Él es conciente de que debe anunciar la Buena Noticia en otros lados, y por eso se va “predicando por las sinagogas de Judea”. Tras este último resumen encontramos el texto que leemos hoy, que debido a esta progresión literaria, debe ser enmarcado dentro de los relatos de configuración inicial del ministerio de Jesús. Su fama se está expandiendo, está realizando los primeros recorridos como profeta itinerante, tiene un grupo de seguidores aún no definido con precisión, entendido más bien como oyentes ocasionales o pre-discípulos. Las masas están con Él (exceptuando sus paisanos de Nazareth) porque habla con una autoridad distinta y porque sana (cf. Lc. 5, 15).

Simón, Santiago y Juan, cuando comienza la escena de este domingo, no son los apóstoles ya definidos que tenemos en nuestras mentes. A Jesús lo conocen; ha estado en casa de Simón y quitó la fiebre a su suegra, pero sus vidas continúan, sus trabajos están en pie, no son itinerantes como el Maestro, no lo han dejado todo. Ciertamente, cuando acaba el relato de hoy, su condición es distinta, ya son discípulos con todas las letras, han dejado las barcas y le siguen. ¿Pero es posible hablar de un relato vocacional estricto? El Maestro no los llama como, por ejemplo, a Leví, con el clásico sígueme (cf. Lc. 5, 27). Y tampoco encontramos la construcción literaria del Evangelio según Marcos: venid conmigo (cf. Mc. 1, 17). Quizás no estemos ante un relato vocacional estándar; lo que Lucas plantea en pocas líneas es el agrupamiento de unos tres acontecimientos que se fueron sucediendo con no tanta rapidez en la historia de los discípulos. Un primer acontecimiento pudo haber sido la predicación de Jesús en Cafarnaún (que el relato sintetiza en los primeros versículos); el segundo momento sería el de los signos (milagros) del Reino, autoridad e identidad de Jesús (que para esta escena es la pesca milagrosa); finalmente, el tercer momento sería la conversión/vocación para seguir a Jesús (final del relato). En términos estrictos de la historia científica, estos tres momentos, seguramente, no estuvieron agrupados como los presenta Lucas, puesto que Simón ya ha escuchado a Jesús y ha visto cómo era sanada su suegra, pero a los fines pedagógicos, la escena muestra el cambio rotundo que ocurre desde la situación inicial a la final; cambio que es obra de la gracia.

La presencia de lo gracioso (lo referente a la gracia) es este pasaje es fundamental. El primer signo de ello es la pesca fuera de horario. Simón y sus compañeros saben, porque es su oficio, el que les da el pan de cada día, que deben trabajar de noche, puesto que en ese horario se obtiene la mayor cantidad de frutos del mar. Sin embargo, Jesús les ordena volver al mar cuando ellos ya lo han intentado toda la noche, e inclusive, no han conseguido nada. Este trabajador manual de Nazareth viene a decirles a pescadores experimentados ideas inusitadas para conseguir peces. Es un despropósito. Sólo la gracia puede hacer un éxito de esa pesca. Y lo hace. La pesca es tan abundante que las redes amenazan romperse. Lo que no habían conseguido durante toda una noche de trabajo, se multiplica más allá del límite de lo razonable y de lo esperable. Lo que era una idea descabellada de un hombre ajeno al oficio pescador, se convierte en la mejor pesca de sus vidas. Simón capta la sobrenaturalidad del hecho. Capta el regalo que viene a significar lo abundante. No está ante la presencia de cualquier aldeano, ni tampoco es un insano aquel que le ha pedido la barca para predicar. En el reconocimiento de lo distinto y superior, Simón pide al Señor que se aleje, reconociéndose pecador, creyéndose indigno de tamaña presencia en su precaria barca. Pero nuevamente, la gracia de Dios revierte ese movimiento de Simón. Cuando él dice aléjate, Jesús responde no temas. Cuando Simón se declara pecador/indigno, Jesús lo declara pescador de hombres, digno del Reino. La misma expresión no temas se enmarca, dentro del relato lucano, con tres grandes llamados vocacionales: el de Zacarías (cf. Lc. 1, 13), llamado a no temer porque se cumpliría su petición e Isabel tendría un hijo; el de María (cf. Lc. 1, 30), quien halló gracia delante de Dios; y el de los pastores (cf. Lc. 2, 10), primeros destinatarios de la Buena Noticia del nacimiento. Ante la manifestación de lo divino (el ángel en los tres casos enunciados y Jesús frente a Simón), los seres humanos temen, pero justamente, la intención de Dios es la contraria; no busca suscitar temor, sino confianza/fe, no busca aterrar, sino acercar.

Los títulos que aplica Simón a Jesús en este pasaje muestran el asombro/temor que causa la acción divina, la gracia que se manifiesta en la pesca. Mientras que antes del milagro lo llama jefe o instructor (epistates en griego, aunque la mayoría de las versiones en español traducen maestro), tras la pesca abundante lo reconoce como Señor (kyrios en griego), título que la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta) utiliza para referirse a Dios. Es interesante que el término jefe (epistates) sólo es mencionado por Lucas en todo el Nuevo Testamento, y lo hace en seis oportunidades. De esas seis veces, tres están insertas en frases de Simón: el episodio que leemos hoy es una; luego cuando la hemorroísa lo toca entre la multitud y Jesús pregunta quién lo ha tocado, a lo que Pedro le hace notar que hay demasiada gente apretándolo (cf. Lc. 8, 45); finalmente, durante la transfiguración, cuando Pedro sugiere armar tres carpas para quedarse en el monte (cf. Lc. 9, 33). Y en estas tres escenas, Simón no se lleva todo el protagonismo entre los discípulos, sino que está acompañado de Santiago y de Juan (cf. Lc. 5, 10; Lc. 8, 51; Lc. 9, 28). No es fácil encontrar el hilo que une estas coincidencias textuales, pero sin dudas que en las tres hay manifestación de lo divino y un grado de desconcierto por parte de los apóstoles, que son invitados a pescar en la hora inadecuada, que son interrogados sobre quién pudo haber tocado al Maestro entre la multitud que lo apretaba, y que presencian la transfiguración de Jesús acompañado de Elías y Moisés. Quizás, el término acompañe el estupor de aquellos que no llegan a leer en la persona de Jesús su divinidad, hasta que realizan la lectura adecuada. El ejemplo que estamos analizando hoy de Simón es claro; tras la pesca lo reconoce Señor. Con la hemorroísa, parece no entender que Jesús ha sentido una fuerza que salía de Él, más que un contacto físico. Y en la transfiguración, de más está aclarar que los tres discípulos no llegan a captar el misterio, y que no lo captarán hasta la pascua.

Echar las redes

Echar las redes

Un relato similar a éste de la pesca milagrosa lucana podemos encontrarlo en el Evangelio según Juan, en su capítulo 21. Allí se nos narra cómo siete discípulos, habiendo ya acontecida la pascua, salen a pescar (cf. Jn. 21, 2-3); Jesús se les aparece y les pide algo para comer, pero ellos contestan que no han pescado nada esa noche (cf. Jn. 21, 4-5); entonces, el Resucitado les indica echar las redes a la derecha de la barca, “la echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces” (Jn. 21, 6). Las dos pescas milagrosas, la pre-pascual (Lucas) y la post-pascual (Juan), son relatos vocacionales que no siguen el estilo clásico. Nuestras vocaciones, personal y comunitarias, tampoco lo hacen, tampoco responden a un esquema definido. Lo único que permanece siempre es Jesús que llega a nuestras vidas de alguna manera. La conversión es un proceso y un re-proceso. Al primer encuentro con el Cristo le siguen otros encuentros más profundos. La pascua se nos hace patente muchas veces hasta que vamos profundizando el misterio para reconocer la pesca en diferentes perspectivas. Somos pescadores de hombres aquí y ahora escatológicamente, pescadores en el mundo para cambiar el mundo, pescadores que lo dejan todo para tenerlo transformado. Somos pequeños pescadores en un mar inmenso.

Y el secreto de la pesca no es la carnada ni la caña ni la red. El secreto es la gracia. La pesca es abundante porque se hace en la Palabra de Dios, efectiva y graciosa. Cuando la Iglesia cree que el pescador, la barca o la red son más importantes que la acción gratuita de Dios, se pasa la noche entera sin resultados. Una Iglesia que no descansa en la Palabra predicada a las gentes, que no cree en el encuentro que propicia la Biblia leída en cada barrio, en cada casa, en cada hogar, malogra la pesca. Hay que dejar que la gracia de Dios se filtre, que los llamados vocacionales se des-estructuren, que la pascua afecte las cosas desde su ilógica realidad. Generalmente, lo que a nadie se le ocurriría hacer, es lo que debería hacerse; lo que nadie querría predicar, es sobre lo que hay que hablar; los lugares donde la pesca suele ser escasa, es donde deben echarse las redes; las personas que supuestamente no tienen vocación, son las que más han escuchado esa Palabra de Dios que es amor gratuito.

Fiesta de Pentecostés – Ciclo B – Jn. 20, 19-23


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». (Jn. 20, 19-23)

Pentecostés es una fiesta judía cristianizada. Como indica Ex. 34, 22, el origen de la festividad parece ser, como en otras celebraciones, una conmemoración agrícola. En este caso se trata del momento de la siega, el fin de un ciclo de la tierra, uno de los momentos claves de las civilizaciones que dependían, en gran parte, del trabajo del suelo. Las fiestas agrícolas, en un principio relacionadas directamente a la naturaleza y sin mayor trascendencia que su repetición cíclica, fueron adquiriendo con el tiempo relevancia al asociarse a hechos históricos fundamentales. En el caso de Israel, la fiesta de la siega se terminó relacionando a la promulgación de la alianza en el monte Sinaí, cuando Yahvé otorgó a Moisés las tablas de la Ley. Y su día se estipuló a las siete semanas de la Pascua, lo que decantó en un cálculo numérico que dejaría su impronta en el nombre de la fiesta. Para los hebreos, siete semanas constituyen una semana de semanas (una semana tiene siete días, por lo que una semana de semanas debe tener siete semanas). Para los griegos, son cincuenta días. Para los primeros es la fiesta de las semanas, para los segundos es Pentecostés (quincuagésimo).

Se trata de una celebración muy importante para el judaísmo, constituyéndose en una de las fechas que exigía la asistencia al Templo de Jerusalén. Es el recuerdo de la prenda de la alianza, de las tablas dadas a Moisés, del acontecimiento que completa la liberación de Egipto, haciendo de los israelitas pueblo llamado a la santidad. Bajo esas mismas perspectivas el cristianismo hizo suya la fiesta, recordando la venida del Espíritu Santo, que es prenda de la nueva alianza, que es ley de amor grabada en los corazones, que se une indisolublemente a la obra del Cristo, que impulsa a la santidad y, aún más, que hace a los discípulos santos. Marcando esta continuidad con la fiesta judía es que el relato de Hechos menciona el ruido del cielo y el viento fuerte (cf. Hch. 2, 2), como si se tratase de una tormenta, como si se tratase de la manifestación en el Sinaí previa a la exposición de la Ley (cf. Ex. 19, 16). El Pentecostés cristiano viene a ser una plenificación del Pentecostés judío, sustituyendo la Ley escrita en piedras por el amor que inunda los corazones. Ya lo había anunciado Jeremías: “Ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo de Yahvé -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer. 31, 33). La santidad, ciertamente, no puede alcanzarse por imposiciones externas, por una serie de normas que, cumplimentadas, son la meta. La santidad es una transformación del interior hacia fuera, es dejarse habitar por Dios, es hacer que el amor sea la norma.

La liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre varios temas importantísimos para comprendernos Pueblo de Dios, pueblo santo, Iglesia de la Pascua. No es Pentecostés un apéndice del tiempo pascual, sino lo que lo completa. La separación de cincuenta días no significa una separación verdadera de los hechos. Pascua-Pentecostés es una unidad, y por eso es preciso remarcar que el tiempo pascual aún no ha culminado. Tres temas resultan ineludibles hoy:

- La unidad Pascua-Pentecostés: Jesús de Nazareth, el crucificado que ha resucitado, envía el Espíritu Santo a sus discípulos. Lo había prometido, se había dejado guiar por Él, había hablado de Él. Hoy lo envía. El Espíritu viene a descubrir por completo el significado liberador de la Pascua, viene a despertar los corazones, a abrir los ojos. Es el mismo Espíritu del Resucitado el que desciende sobre los discípulos, el mismo que lo levantó de la muerte, el Espíritu de la vida. Pentecostés es, también, la celebración de una vida nueva que es vida eterna, porque ya ha vencido a la muerte, porque el aliento del Señor puede más que el soplo destructor del mal.

- Iglesia y Espíritu Santo: la Iglesia de los bautizados es la Iglesia de los bautizados en el Espíritu. Como vínculo de unidad y comunión, el Espíritu derriba las fronteras, pone en sintonía los corazones, hace entendibles los lenguajes para que las diferencias culturales no sean oposición al Evangelio, sino su riqueza. Una Iglesia sin Espíritu es una Iglesia inanimada, sin movimiento, estancada, esclerosada. Una Iglesia sin Espíritu es iglesia muerta, sin aliento de vida, dispersa, despreocupada por el otro. El Espíritu Santo viene para tener un lugar en la Iglesia, para guiar a los hombres y mujeres que aceptan la propuesta del Reino.

- Espíritu Santo y misión: si el Espíritu es movimiento, no puede haber misión sin Él. Inmediatamente al relato de Pentecostés, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta cómo Pedro tomó la palabra (cf. Hch. 2, 14) para predicar el kerygma a los oyentes venidos de todas partes del mundo. Al miedo se opone la valentía del Espíritu que empuja a la Iglesia, que la lleva de aquí para allá, que la estimula, que la pone en camino. Hechos de los Apóstoles es el libro de la Iglesia que anuncia el Evangelio, pero precisamente de la Iglesia que evangeliza guiada por el Espíritu, no de aquella que toma las decisiones sola. Un versículo particular puede resultarnos clave para entender esto: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (Hch. 15, 28).

La perícopa litúrgica de hoy la hemos leído formando parte de la lectura del segundo domingo de Pascua, donde se nos narró la continuación del pasaje, con la aparición en escena de Tomás (Jn. 20, 24-31). Hoy, fiesta de Pentecostés, nos centramos en el Espíritu Santo. Para la obra joánica, en diferencia a la lucana, es el mismo Resucitado quien sopla sobre sus discípulos para que reciban el Espíritu, conectando Pascua y Pentecostés en la inmediatez de unos pocos versículos. En Lucas, en cambio, los tiempos históricos son remarcados, sobre todo por el hecho de la ascensión (cf. Lc. 24, 51; Hch. 1, 9); no es el Resucitado quien sopla el Espíritu directamente. Esta separación temporal e histórica de Pascua y Pentecostés cumple un rol en la obra lucana, y no es un capricho del autor. Se quieren remarcar con énfasis los tiempos; en primer lugar, el tiempo de Jesús, Dios encarnado que es muerto y resucita haciendo la misión; en segundo lugar, el tiempo de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, que continúa la misión de Jesús. La separación histórica es pedagógica, es un recurso literario para hacernos concientes de la tarea evangelizadora que nos corresponde. De la misma manera, el relato de Juan es pedagógico a su manera, poniendo en el soplo del Resucitado el aliento de vida del Espíritu, haciéndonos concientes de que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús es el Espíritu que anima a la Iglesia. Ambas concepciones son necesarias y complementarias, porque ninguna es menos cierta que la otra. Hoy focalizamos en la visión joánica, que tampoco es completamente exenta a la división temporal. En Jn. 7, 39 el evangelista explica por qué, cuando se narra la vida terrena de Jesús, el Espíritu Santo es referido en forma futura: “Aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado”. De esta manera, queda estipulado que el tiempo del Espíritu espera la glorificación del Cristo, o sea, su pascua.

¿Por qué debe ser glorificado Jesús para dar paso al Espíritu Santo? Porque parece ser que una de sus funciones principales es el acompañamiento de la Iglesia, es ser Dios en medio de su Pueblo. Como el Resucitado ya no estará más entre los discípulos, les otorga un Paráclito, quien estará con ellos para siempre (cf. Jn. 14, 16). Esa permanencia, esa constancia, ese estar, tiene un propósito: enseñar y recordar todo lo referente a Jesús, dando testimonio de Él (cf. Jn. 14, 26; Jn. 15, 26). Jesús debe ser glorificado antes de la efusión del Espíritu porque sin su presencia física se justifica la tarea testimonial y recordatoria, una tarea imprescindible para la continuación de la obra evangelizadora.

Así queda bien especificado el efecto recreador de Pascua-Pentecostés, desarrollado en aspectos significativos del relato:

- Primer día de la semana: lo narrado ocurre en domingo, el día del Señor para los cristianos, pero también el primer día de la semana, equiparable al primer día de la Creación (cf. Gen. 1, 1 – 2, 4a), cuando todavía “un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gen. 1, 2). Este viento es la palabra ruah en hebreo, vocablo que también puede traducirse por aliento o espíritu. En griego, ruah es pneuma, con la misma doble o triple connotación. El viento de Dios que aletea en la Creación es el Espíritu de Dios, es su aliento de vida. En el relato de Juan, en este primer día del nuevo orden de cosas que establece la Pascua, también está el Espíritu aleteando, inspirando, recreando.

- El miedo del atardecer: estamos sobre el final de la tarde y el comienzo de la noche, como ha sucedido anteriormente en el Evangelio según Juan, cuando al atardecer se subieron los discípulos a la barca, tras la multiplicación de los panes, para pasar a Cafarnaún (cf. Jn. 6, 16-17). Hoy están con las puertas cerradas por temor a los judíos, y en el capítulo 6 estaban con temor sobre la barca porque soplaba un viento fuerte y no tenían a Jesús con ellos, aunque igualmente su acercamiento caminando sobre las aguas les vuelve a generar miedo (cf. Jn. 6, 18-19). Hoy es el atardecer tenebroso de las autoridades judías que se ciernen, ayer era el atardecer tenebroso de la fuerza del mar y lo maravillosamente desconocido. Jesús les ha dicho antes No teman (cf. Jn. 6, 20), y hoy les dice La paz con ustedes, invitando de ambas maneras a una transformación de los sentimientos, a pasar del temor a un estado más pleno, a la confianza, a la fe que genera paz. Se trata de recrear el ánimo desde la Pascua, de dejarse inundar por el Espíritu de Jesús que, ciertamente, genera lo contrario al miedo.

- Salir de uno: en la Creación, el Dios autosuficiente sale de sí mismo para dar vida a la nada. En la encarnación, el Dios todopoderoso sale de sí mismo haciéndose mortal para dar vida a la humanidad. En el tiempo de la Iglesia, los discípulos son invitados a salir de ellos mismos para continuar dando vida. Jesús establece el parangón del Hijo que es enviado por el Padre con la Iglesia enviada por el Hijo. Pascua-Pentecostés es un movimiento dinámico de salida, de exteriorización, de brindarse, de vida. Creación, encarnación y misión encuentran un punto de común desde la perspectiva de la auto-donación.

- Soplar: el gesto que utiliza Jesús para transmitir el Espíritu Santo es el soplo. Como explicamos anteriormente, en el lenguaje hebreo y griego, viento y Espíritu son vocablos intercambiables. De la misma manera, el hecho de la Creación y el suceso de la encarnación son donaciones de vida. Así es que el gesto de Jesús viene a emular Gen. 2, 7: “Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”. El aliento de Dios que hace viviente al hombre es el aliento de Jesús que hace vivos a sus discípulos. Es el Espíritu Santo, el mismo de la Creación, el que se vuelve aliento de vida. Yahvé insufla y Jesús sopla, Yahvé crea y Jesús re-crea. ¿Qué sería de la humanidad sin el aliento primigenio? ¿Qué sería de la Iglesia sin el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es expansivo, es una fuerza arrolladora, una fuerza transformadora. Es la fuerza de la misión. Pensar la misión sin el Espíritu Santo es pretender recrear desde el egoísmo, es hacerlo desde el miedo, es quedarse adentro, a puertas cerradas, es ensimismarse. Los dos modelos misioneros guiados por el Espíritu Santo parecen ser los modelos de la Creación y la encarnación. El misionero está llamado a re-crear con el soplo de la vida, a dar aliento a esos hombres y mujeres que no son más que masas de arcilla, aquietados, inmóviles, aplastados, deformados. Es una re-creación que no puede prescindir del impulso vital que viene de Dios, que todo lo puede. Porque la Creación es la manifestación de una imposibilidad que no hace las veces de barrera de Yahvé. No lo detiene el caos y la nada, no se queda de brazos cruzando mirando la no existencia, más bien lo asume y lo transmuta. De la misma manera el misionero no puede detenerse ante un vacío, ante lo que parece perdido. Al contrario, reconoce que la nada, el vacío y lo perdido exigen de él un amor transfigurador, un amor que hace desde la potencia de Dios, allí donde el materialismo humano halló su límite. La encarnación también manifiesta una imposibilidad, la de la muerte de Dios, para demostrar otra imposibilidad, la de resucitar. Es nuevamente la potencia del Espíritu de Dios que derriba las barreras de lo impensable. El misionero está llamado a inculturarse desde el Espíritu, para reconocer la cultura del otro como patrimonio de su historia, y hacer del Evangelio centro plenificador de esa cultura. Dios llega hasta el centro del hombre asumiendo su naturaleza, y el misionero llegará hasta el centro de sus hermanos asumiendo la cultura. El Espíritu es capaz de encarnar y resucitar, el Espíritu es capaz de hacer efectiva la inculturación y transformar el ser y el hacer de cada pueblo con el Evangelio.

Todo lo que obra el Espíritu Santo es Buena Noticia, es alegría, es gozo, es paz. Es el Espíritu que construye el Reino, el Espíritu que aleteando sobre el caos da inicio al plan salvífico. Es el Espíritu que anima y levanta lo caído, es el Espíritu que quita el temor de los corazones, porque toma ese lugar para habitarlo. Es el Espíritu que abre las puertas para salir, para donarse, para darse. Termina el tiempo litúrgico pascual, pero gracias al Espíritu Santo, la pascua no puede terminarse, sino prolongarse en la historia, en la Iglesia, en la misión, alcanzando todo, re-creando, vitalizando. No es Pentecostés el final del cuento de la resurrección, sino la primicia de la novedad que salva.

Sábado de Gloria – Ciclo B – Mc. 16, 1-8

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: «No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo» Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo… (Mc. 16, 1-8)

El sábado de gloria, por la noche, la Iglesia nos invita a la madre de todas las liturgias, a la liturgia de la Vigilia Pascual. Repleta de signos y significados, cargada de una emoción particular, pensada, sentida y estructurada durante años, la Vigilia hace anamnesis del acontecimiento pascual, del paso de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, el paso de Dios por la historia, la historia de la salvación, la alianza definitiva sellada con la sangre del Cordero en la cruz que se hace transformación el domingo, muy de madrugada, en el sepulcro vacío. Tras atravesar el viernes santo y haber depositado al Señor en el sepulcro, la Iglesia está en vela, esperando escatológicamente al que volverá, como lo prometió. Es difícil para muchos cristianos atravesar el día sábado, como si se mezclaran extrañas sensaciones indescriptibles, como si no supiésemos qué hacer. Estamos esperando, estamos tristes, pero sabemos que resucitará, pero no hay alegría completa aún. Se trata de un día bisagra que, por momentos, es desolación, sin nadie que nos acompañe, sin liturgia hasta la noche. Casi perdidos como los discípulos sin su Maestro. Casi esperanzados como quien sabe lo que ocurrirá.

Pero en la noche, cuando nos congregamos para la Vigilia, la liturgia vuelve con todas sus fuerzas para guiarnos, pedagógicamente, por el camino de la Verdad y la historia de la salvación. En primer lugar, ocurre el lucernario, con la bendición del fuego, el encendido de las velas y el nuevo cirio que nos acompañará hasta la próxima pascua. Es el signo de paso de las tinieblas a la luz, es la misma luz del Cristo resucitado que, venciendo a la oscuridad, nos señala el camino, nos introduce a la vida plena. A continuación, la liturgia de la Palabra, esta noche más extensa que las otras, pero esquematizada de tal manera que la historia de la salvación se va desplegando frente a nosotros como un libro vivo, como las historias reales que los antiguos contaban a sus hijos y nietos alrededor del fogón. Nos damos cuenta que no caminamos solos, que miles de hombres y mujeres siguieron la senda de Dios y se constituyeron pueblo, su pueblo. Nosotros somos los herederos de las promesas y las alianzas, los herederos de la Palabra que cuidaron en su seno, los receptores de una historia ya caminada que nos enseña. Luego, se da paso a la liturgia bautismal, con el bautismo de alguna persona y/o la renovación de las promesas bautismales de todos. Y es que el bautismo nos ha unido a la pasión, muerte y resurrección del Cristo, y sumergidos en las aguas como Él fue sumergido en la oscuridad, salimos de ellas como Él resucitó. Somos revestidos de Jesucristo en el bautismo, o sea, revestidos de vida nueva y resurrección. En los primeros siglos de la Iglesia, cuando la Vigilia era el día en que los catecúmenos, preparados intensivamente durante la cuaresma, recibían su bautismo, éstos renunciaban, explícitamente, a las pompas de Satanás. Hoy, el término no nos dice mucho, pero en aquel tiempo, bajo la cultura romana, significaba la teatralidad y el fausto, la suntuosidad, el lujo y esplendor del Emperador, del culto a las divinidades paganas y los juegos circenses. Renunciar a las pompas de Satanás es aceptar el sacrificio humilde de la cruz que, también humildemente, es resurrección revelada a las mujeres en el silencio de la madrugada. Satanás actúa con pompa, intentando demostrar un falso poder a través del espectáculo; el Señor no es, en ese sentido, espectacular, pero desde lo pequeño, ha transformado el mundo. Por último, celebramos la Eucaristía, la presencia viva del Señor en medio de los que se reúnen en su nombre; porque ha resucitado, porque ya no muere más, porque decir que está vivo es más cierto que cualquier afirmación que podamos realizar.

El texto de este sábado de gloria del Ciclo B es el relato de la tumba vacía del Evangelio según Marcos. Según los estudiosos, en Mc. 16, 8 culmina el relato primigenio de Marcos, y lo que sigue en nuestras Biblias (Mc. 16. 9-20) es un agregado posterior, que puede haber sucedido por dos razones: o Marcos finalizó su texto de manera cortante en el versículo 8, y algunos pensaron que no era una buena manera de culminar la Buena Noticia, por lo tanto agregaron las apariciones del Resucitado; o el final de Marcos era más largo, se perdió por alguna razón, y algunos trataron de reconstruirlo. Ambas hipótesis son válidas, pero el final de Mc. 16, 8, aunque a la lectura resulte chocante, parece adecuado a la teología desarrollada desde Mc. 1, 1. Nosotros estamos acostumbrados a imaginar, desde niños, que el Resucitado se les aparece a las mujeres frente a la tumba, las envía a avisarle a los discípulos y a Pedro, ellas van, ellos no les creen, luego se convencen y se encuentran con Jesús para recibir el envío misionero. En este final de Marcos, no hay visión del Resucitado, no hay presencia de los discípulos varones, las mujeres son miedosas y no dicen nada. Es un relato que va totalmente en contra de lo que nos han enseñado, y por eso es un relato que debe ser leído en la perspectiva de todo el Evangelio, no como perícopa aislada que se opone a Mateo, Lucas y Juan. Desde la dinámica interna del relato, señalemos las oposiciones y contrastes para desentramarlo:

- Sábado/domingo: esta es la primera oposición que nos revela el texto. Ya ha pasado el sábado, comienza diciendo, por lo tanto, ha pasado la institución judía, de la cual el sábado es el estandarte, como día insignia, como resumen de la fe israelita. Si ya ha pasado, es que ha quedado atrás, es caduco, es viejo. El sábado pasado es el sábado superado. ¿Superado por qué? Por el domingo y por todo lo que significa el domingo para el cristianismo. Las mujeres van muy de madrugada al sepulcro, el primer día de la semana. Muy de madrugada quiere decir al amanecer, cuando se asoman los primeros rayos del sol, cuando la luz va despejando las tinieblas. El domingo fue, para las primeras comunidades, y sobre todo para aquellas que comenzaron a marcar una diferencia substancial con el judaísmo, algo fundamental del patrimonio de fe. No podían seguir reuniéndose en sábado, porque el sábado es símbolo de legalismo y farisaísmo; el domingo, en cambio, es novedad, es día de resurrección, es lo opuesto al sábado. Que el texto mencione este contraste no se justifica en un mero hecho histórico, sino que también hay allí un mensaje de la Iglesia para la Iglesia, un recordatorio del domingo como día del Señor, día de la luz y día de la novedad. Reunirse en domingo es más que un acontecimiento cómodo; el domingo, el primer día de la semana, es la primicia, es lo nuevo y distinto, es la antítesis del sábado, que ha quedado atrás, que es viejo. El domingo supera al sábado en cuanto es su plenitud, su elevación a algo mejor. En el Evangelio según Marcos, las disputas sobre el sábado aparecen hasta el capítulo 3, y allí se acaban, ocupando muchísimo menos de la mitad del libro. Luego, en el capítulo 6, se vuelve a mencionar a Jesús actuando en sábado (cf. Mc. 6, 2), pero la discusión ya no versa sobre la institución del día, sino sobre el origen de Jesús. Es decir, el sábado ha quedado atrás, muy atrás.

- Piedra grande/piedra retirada: en el versículo 3, las mujeres que van al sepulcro se preguntan quién les retirará la piedra que lo cierra. Al parecer, en el apuro y la angustia por ir a embalsamar el cuerpo, no pensaron en las contingencias, o no consiguieron que ningún varón las acompañe, probablemente ocultos por temor a las represalias judías o romanas. Lo cierto es que la piedra era muy grande, y ellas se preocupan por la imposibilidad de la intención de correrla. Pero al llegar, descubren que la piedra está retirada, movida. Aquello que se preguntaban en el camino y que veían como algo inverosímil, ya está hecho realidad de antemano. Las preocupaciones de este plano (terrenal) son resueltas desde el otro (celestial). Lo que el ser humano no puede hacer, Dios lo hace; lo que es una empresa irrealizable en términos mundanos, no detiene la acción del Todopoderoso. Más que el contraste sobre la piedra, lo que hay detrás es una discusión sobre la resurrección, de la cual la piedra corrida es símbolo. Las mujeres, preocupadas, podrían preguntarse quién resucitaría a Jesús, si Él había prometido que sucedería, y al llegar a la tumba, encuentran que Dios ya lo ha resucitado, respondiendo a su inquietud. La piedra muy grande es un obstáculo insalvable para las mujeres, pero la fuerza que viene de lo alto no ve en la piedra muy grande un impedimento, sino la vía de realización de la Voluntad de Dios. No es casual ni accidental el movimiento que describe Marcos en el versículo 4: levantando los ojos. Las mujeres, pensando terrenalmente, o sea, con los ojos mirando hacia abajo, descubren la piedra corrida mirando hacia arriba, levantando los ojos, mirando lo celestial. Jesús, en el relato de Marcos, levanta los ojos al cielo en dos oportunidades: en la primera multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 41) y cuando cura al sordo (cf. Mc. 7, 34). Para realizar lo imposible, para alimentar una multitud y sanar milagrosamente, la referencia es el cielo, porque “todo es posible para Dios” (Mc. 10, 27b).

- Temor/no asustarse: cuando entran al sepulcro, las mujeres se encuentran con un joven vestido de blanco, y se asustan, pero él las invita a no temer. La novedad del domingo de resurrección causa temor, miedo a lo desconocido y nuevo. Las mujeres no se esperaban tamaña Buena Noticia, y el joven en el sepulcro, joven que no es Jesús, las aterra. Él, manso y calmo, se expresa de una manera muy similar a la expresión utilizada por Jesús en el episodio de su caminar sobre las aguas: “¡Ánimo!, que soy yo, no temáis” (Mc. 6, 50). Este episodio es un relato pascual, aunque esté ubicado en el capítulo 6. Rápidamente podemos trazar las señales que nos hablan de ello: sucede a continuación de la multiplicación de los panes (cf. Mc. 6, 44-45), signo de banquete mesiánico; Jesús está en las alturas (cf. Mc. 6, 46), en comunión con el Padre, orando, mientras los discípulos/Iglesia, en el mar/mundo (cf. Mc. 6, 47), luchan para que la barca no se hunda (cf. Mc. 6, 48); Jesús viene desde las alturas hacia la barca/Iglesia, y los discípulos se asustan porque creen ver un fantasma (cf. Mc. 6, 49), pero Él los invita a no temer ante la visión (cf. Mc. 6, 50), y subiendo a la barca/Iglesia, calma la tempestad del mar/mundo (cf. Mc. 6, 51). Del mismo modo, a la Iglesia sin Señor del sábado, a esa barca a la deriva en las tumultuosas aguas del Imperio Romano y el poder del Templo, se le dice que no tema, que no está sola, que no hay motivo de temor, porque lo novedoso es Buena Noticia, lo novedoso es resurrección, es presencia activa del Señor, aquel que calma la tempestad.

- Crucificado/resucitado: la contraposición central de la escena está en las palabras del joven a las mujeres, cuando les anuncia y explica que el que buscan, el crucificado, es ahora el resucitado, y por eso no está allí, en el ámbito de los muertos, sino vivo. Es importante esta identificación que no separa al Jesús crucificado, fracasado, abandonado, del Jesús resucitado, glorioso, vencedor. Es el mismo, es la misma persona, el mismo Hijo de Dios, el mismo Hijo del Hombre. Ante el peligro de separar lo mundano de lo celestial, Jesús se encarna, muere y resucitado, rompiendo para siempre la barrera de lo divino y lo humano. Pero rompiendo, también, la barrera de la historia de los hombres y la historia de la salvación. El inocente crucificado por un sistema opresor, por intereses religiosos y políticos, por una historia corrupta, es el resucitado de la pascua definitiva, el resumen de la historia de la salvación, la luz que ilumina las vidas de los hombres y las mujeres. Así, por la corrupción sistemática, el Mesías cumple las profecías, y a la inversa, por la encarnación, Dios se hace temporal hace dos mil años en Palestina. Desde Jesús de Nazareth, la historia no es una sucesión de acontecimientos sin sentido, sino el medio de revelación de Dios que quiere concretar su proyecto universal de amor. La invitación del joven a las mujeres, en el final del versículo 6, a mirar el lugar donde había sido puesto el cadáver, es la invitación a mirar un espacio vacío, y reconocer en esa ausencia la resurrección, o sea, creer sin la aparición del Resucitado. El ejemplo de este tipo de fe exigida por el joven la ha plasmado Marcos en el centurión al pie de la cruz, que llega a expresar: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc. 15, 39b). Este pagano no cree desde las demostraciones espectaculares de poder y milagrería, sino al ver la forma en que expira Jesús, la forma en que muere, la forma en que entrega su vida. Es la cruz (el crucificado) lo que le ha dado fe, antes siquiera de la resurrección. Las mujeres son invitadas al mismo salto de calidad, a creer mirando un sepulcro vacío.

- Decir a los discípulos/No decir nada: la indicación del joven a las mujeres es que vayan a donde Pedro y los discípulos para enviarlos a Galilea, donde se encontrarán con Jesús. Pero ellas, al salir del sepulcro, sin haber perdido el temor por lo acontecido, no dicen nada a nadie. Si la primera composición del Evangelio según Marcos finalizaba así, el desafío de la lectura era grandísimo. Como el centurión pagano había creído al pie de la cruz, sin ver la resurrección, como también las mujeres habían sido invitadas a creer y anunciar la resurrección sólo con un sepulcro vacío, de la misma manera el lector es invitado a creer con el relato que termina abruptamente, creer a pesar del silencio de las mujeres, creer por lo que ha hecho y dicho Jesús, creerle al Señor. La osadía de este final tajante es la osadía que requiere la fe, la osadía de un anuncio que es increíble y que debe llegar a quien menos se lo merece. Estas mujeres que no abandonaron al Maestro en la hora difícil, estas mismas al pie de la cruz (cf. Mc. 15, 40), María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé, son enviadas a los discípulos y a Pedro, aquellos que huyeron despavoridamente, aquellos que no permanecieron. ¿Creerían en la resurrección los varones que no creyeron en la necesidad de la cruz? ¿Aceptarían el testimonio de unas mujeres que, seguramente, estaban afectadas por la emoción de la muerte de un ser querido? ¿Creeríamos nosotros? ¿Aceptamos el hecho pascual en la tumba vacía o necesitamos ver al Resucitado? Las mujeres espantadas y sin palabras son la invitación a continuar el camino, a perder el temor, a anunciar. Es el convite para volver a Galilea y, desde ahí, reiniciar el camino, allí donde empezó todo. Tras el trayecto de subida a Jerusalén y la posterior crucifixión en la ciudad, cuando reina la tristeza, la resurrección nos devuelve a Galilea, al terreno de los campesinos y los pobres, la tierra de los gentiles. Galilea es la esperanza, es el reinicio, es un canto a la vida, en oposición a Jerusalén, donde son asesinados los profetas. Ayer como hoy, las mujeres calladas son un desafío para la Iglesia que lee el Evangelio; el desafío de continuar el camino de Jesús, el desafío de creer con la tumba vacía y sin la espectacularidad de las apariciones, el desafío de hacer el Reino desde los pobres, los paganos, los excluidos y los galileos.

Es difícil intentar actualizar el relato de hoy si sólo lo leemos como la anécdota de unas mujeres temerosas que escondieron la Buena Noticia, pero si en cambio, el relato es una invitación, el final abrupto una oportunidad para proseguir el Evangelio, el anuncio de ir a Galilea una propuesta para encontrar nuestras Galileas y dirigirnos a ellas, entonces estamos ante un desafío misionero. La evangelización parece depender de la posición que asumamos frente a Mc. 16, 8, parece depender del futuro que construyamos a partir de ahí. A nuestro alrededor, y un poco más lejos, y mucho más lejos también, miles y miles de personas están en sábado, sin la luz ni la alegría del domingo. Algunos desconocen completamente la existencia de una tumba vacía que significa vida nueva, otros permanecen en la oscuridad del sábado porque sienten que han traicionado al Maestro, y no se animan a regresar a Él, agobiados o agobiadas por la pesada piedra de la culpa. Para ellos hay más que sepulcro vacío; hay convite a Galilea, a re-comenzar, a sanar las heridas y realizarse Iglesia como lo hicieron los discípulos.

¿Y dónde están nuestras Galileas? Esos terrenos infértiles para la economía, la política y la religión, pero fecundos para la esperanza. Esos territorios que nadie quiere, aquello que representa lo despreciable. ¿A dónde nos está invitando el joven para volver a empezar? No reúne a los discípulos en el Templo, no en la casa del procurador Pilato, no en el patio del sumo sacerdote judío, no en Roma, no en las casas de gobierno, no en los centros filosóficos griegos, no en las mejores escuelas y universidades. Para re-comenzar nos lleva el Resucitado a los pobres, los sin tierra, los obreros de salario mínimo, los pescadores del lago, los que viven en las villas miseria, los presos en las cárceles, los inmigrantes víctimas de la xenofobia, los publicanos, los pecadores. En el crisol de razas, costumbres y creencias que representa Galilea, podemos reconocer esos espacios actuales donde la misión comienza a gestarse, olvidada de las grandes estructuras, con un comienzo de levadura, fermentando la masa en lo escondido y pequeño. Ir a Galilea exige discípulos misioneros capaces de mirar con la fe del centurión, la fe de la tumba vacía. Ante las ofertas sectarias tan comunes de grandes milagros y manifestaciones, de visiones y revelaciones privadas, el Evangelio según Marcos propone la misión de predicar un crucificado resucitado que reconocemos por la ausencia de su cadáver, y del que creemos en sus palabras que anunciaron su resurrección. No es la misión una colección de milagrerías que despierta la fe-asombro; la misión busca la fe-confianza, la que exclama la filiación divina al pie de la cruz, la que sólo requiere de la tumba vacía para saber a ciencia cierta que las palabras del Maestro se han cumplido, que no ha engañado a nadie, la que sale corriendo para Galilea porque entiende que el Reino de Dios necesita de pies, manos, mentes y corazones dispuestos, la que perseverará a pesar de las dificultades y las tribulaciones, asegurada en la Palabra, no en el exitismo de la pastoral.

Hoy es interesante volver a la cita de Heb. 11, 1 que tantos cristianos guardan con celo: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve”. A la luz del relato marquiano, este versículo de Hebreos parece más lógico aún, más certero. La fe-confianza ya es nuestra garantía y nuestra prueba; lo demás (milagros, conversiones, resultados positivos de la pastoral, demostraciones poderosas, confirmaciones) son las consecuencias de la fe perseverante. Lo que esperamos y lo que no vemos, el Reino de Dios concretado, no nos confirmará nada que primero no nos haya confirmado la fe. Pretender que desaparezca la injusticia sin creer que la justicia del Reino existe, es imposible. Pretender que no haya más pobres sin creer que en el Reino nadie pasa necesidades, es imposible. Pretender que todos reconozcan en Jesús al Salvador sin creer que es el Salvador de todos, es imposible. La fe-confianza es nuestra garantía y nuestra prueba, en ella nos sostenemos para ir a Galilea y para llevar con nosotros a los demás, al nuevo comienzo, a la construcción del Reino que ya está entre nosotros.