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Presencia transformada / Fiesta de Pentecostés – Jn. 20, 19-23 / 27.05.12

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Jn. 20, 19-23)

Fiesta heredada

Pentecostés es una fiesta judía cristianizada. Como indica Ex. 34, 22, el origen de la festividad parece ser, como en otras celebraciones, una conmemoración agrícola. En este caso se trata del momento de la siega, el fin de un ciclo de la tierra, uno de los momentos claves de las civilizaciones que dependían, en gran parte, del trabajo del suelo. Las fiestas agrícolas, en un principio relacionadas directamente a la naturaleza y sin mayor trascendencia que su repetición cíclica, fueron adquiriendo con el tiempo relevancia al asociarse a hechos históricos fundamentales. En el caso de Israel, la fiesta de la siega se terminó relacionando a la promulgación de la alianza en el monte Sinaí, cuando Yahvé otorgó a Moisés las tablas de la Ley. Y su día se estipuló a las siete semanas de la Pascua, lo que decantó en un cálculo numérico que dejaría su impronta en el nombre de la fiesta. Para los hebreos, siete semanas constituyen una semana de semanas (una semana tiene siete días, por lo que una semana de semanas debe tener siete semanas). Para los griegos, son cincuenta días. Para los primeros es la fiesta de las semanas, para los segundos es Pentecostés (quincuagésimo). Bajo esas mismas perspectivas el cristianismo hizo suya la fiesta, recordando la venida del Espíritu Santo, que es prenda de la nueva alianza, que es ley de amor grabada en los corazones, que se une indisolublemente a la obra del Cristo, que impulsa a la santidad y, aún más, que hace a los discípulos santos.

Paráclito

Como no sucederá en ningún otro lugar de la literatura neotestamentaria, en el Evangelio según Juan el Espíritu Santo será llamado Paráclito. Este nombre tiene cuatro apariciones en el total del Nuevo Testamento, y son Jn. 14, 16.26; Jn. 15, 26 y Jn. 16, 7. El término viene del griego parakletos, que significa el que está al lado de uno, en el sentido del que viene en ayuda. Por eso se lo utilizaba, en las cortes o tribunales, para designar a los abogados defensores o asistentes legales.

En la primera cita sobre el Paráclito (cf. Jn. 14, 16), Jesús dice que el que vendrá es, en realidad, otro Paráclito, lo que nos obliga a identificar al primero. Será en 1Jn. 2, 1 donde se nos dará la pista: “Si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo”. Aquí, lo que traducimos por abogado es paráclito. El primer defensor nuestro es Jesús, y el otro que envía el Padre es el Espíritu Santo, que también nos defenderá, estando con nosotros para siempre. Esta es su otra característica fundamental: viene para quedarse, para permanecer. Expresa la presencia transformada de Dios después de la pascua-ascensión, cuando Jesús ya no está físicamente, pero sí el Espíritu, quedando claro que Dios no abandona, sino que modifica su existencia entre los seres humanos.

En la segunda cita (cf. Jn. 14, 26), Paráclito es sinónimo de Espíritu Santo, y es el que enseñará y recordará lo dicho por Jesús. El Espíritu es Maestro y Guía. Las palabras de Jesús no son estáticas, no han quedado en el tiempo ni pertenecen únicamente a la interpretación arbitraria de las primerísimas comunidades cristianas. El Espíritu, que permanece para siempre, sigue enseñando y recordando, a través de las generaciones, una Palabra que es dinámica y efectiva tanto ayer como hoy, que afecta, que moviliza, que instruye, que empuja.

La tercera cita (cf. Jn. 15, 26) identifica al Paráclito con el Espíritu de Verdad, que dará testimonio de Jesús. Es una tarea netamente misionera. Dar testimonio, testimoniar, es evangelizar, compartir la Buena Noticia. El Espíritu Santo actúa en los corazones como testigo del acontecimiento cristológico, y capacita a los discípulos para ser testigos, en la misma línea de lo sucedido en el relato de Hechos de los Apóstoles, cuando tras Pentecostés, Pedro toma la palabra en su primer discurso público (cf. Hch. 2, 14ss) y tres mil personas se convierten al escucharlo (cf. Hch. 2, 41).

La cuarta y última cita (cf. Jn. 16, 7) es un tanto confusa; Jesús asegura que es conveniente que Él se vaya para que venga el Paráclito. Mal entendida, esta afirmación tiene hasta sentido gnóstico, con un Jesús que prácticamente se suicida para que los discípulos puedan recibir el Espíritu Santo. Podemos animarnos a interpretar que la frase es un recurso literario para que los discípulos comprendan que el cambio en la presencia de Dios, de Jesús al Espíritu Santo, no es una pérdida. Es conveniente que las cosas sucedan así, porque así el Espíritu se manifiesta.

Prolongación de la Pascua

El Paráclito viene en defensa de un Iglesia que nace excluida y subversiva. Si muchos teólogos y comentaristas han identificado Pentecostés con el bautismo eclesial, es bueno mirar en ese bautismo las notas de una comunidad cristiana que puede o no parecerse a la comunidad actual. Es un hecho antropológico y sociológico volver a las bases, a los inicios, a los principios, para entender el presente y proyectar el futuro. El pasado es la enseñanza de lo que queremos ser y cómo podemos llegar a ser. En el caso específico de la Iglesia, el pasado es memoria activa, es sacramento, y es un ejercicio de anamnesis. El Espíritu Santo de Pentecostés de hace dos mil años es el Espíritu Santo de hoy, y será el de mañana. Él nos hace recordar para cambiar, recordar para evangelizar, recordar para amar. el texto joclusiTodo lo que obra el Espíritu Santo es Buena Noticia, es alegría, es gozo, es paz. Es el Espíritu que construye el Reino, el Espíritu que aleteando sobre el caos da inicio al plan salvífico. Es el Espíritu que anima y levanta lo caído, es el Espíritu que quita el temor de los corazones. Es el Espíritu que abre las puertas para salir, para donarse, para darse.

Gracias al Espíritu Santo, la Pascua no puede terminarse, sino prolongarse en la historia, alcanzando todo, re-creando, vitalizando. No es Pentecostés el final del cuento de la resurrección, sino la primicia de la novedad que salva.

Bautismo de una Iglesia excluida y subversiva / Fiesta de Pentecostés – Ciclo C – Jn. 20, 19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.” (Jn. 20, 19-23)

 

El Evangelio que leemos para la fiesta de Pentecostés difiere de la imagen clásica que tenemos, modelada por el relato lucano de Hechos de los Apóstoles (cf. Hch. 2, 1-13), donde el Espíritu se hace presente bajo los signos del ruido, la ráfaga de viento y las lenguas de fuego, con la posterior glosolalia. En la escena joánica, que ya leímos anteriormente en el marco del Segundo Domingo de Pascua, no hay signos estrepitosos, sino el mismo Resucitado. Y el efecto de la venida del Espíritu, que se materializa con el soplo de Jesús sobre los discípulos, no es la posibilidad de hablar en lenguas, sino el poder de perdonar los pecados. A pesar de estas divergencias, en el fondo, el cambio de actitud que se producirá es el mismo: de las puertas cerradas por temor se pasará a la valentía del anuncio del Evangelio. Del terror y el encierro a la alegría, la paz y la misión. La dinámica del Espíritu de Dios es el impulso, el movimiento, el paso de una situación de muerte a un estado de vida. Es el mismo Espíritu que resucita al Maestro el que saca de la oscuridad a la comunidad naciente. De una u otra manera, se trata de abandonar un sepulcro para vivir más plenamente, porque en el miedo y en el encierro no es posible tener vida.

Esta derrota del miedo encuentra en el libro de Juan un eco previo en las palabras del discurso de despedida de Jesús durante la última cena. Allí, las referencias al Espíritu Santo se hacen muy específicas. Como no sucederá en ningún otro lugar de la literatura neotestamentaria, el Espíritu será llamado Paráclito. Este nombre tiene cuatro apariciones en el total del Nuevo Testamento, y son Jn. 14, 16.26; Jn. 15, 26 y Jn.16, 7. El término viene del griego parakletos, que significa el que está al lado de uno, en el sentido del que viene en ayuda. Por eso se lo utilizaba, en las cortes o tribunales, para designar a los abogados defensores o asistentes legales. En la primera cita sobre el Paráclito (cf. Jn. 14, 16), Jesús dice que el que vendrá es, en realidad, otro Paráclito, lo que nos obliga a identificar al primero. Será en 1Jn. 2, 1 donde se nos dará la pista: “Si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo”. Aquí, lo que traducimos por abogado es paráclito. El primer defensor nuestro es Jesús, y el otro que envía el Padre es el Espíritu Santo, que también nos defenderá, estando con nosotros para siempre. Esta es su otra característica fundamental: viene para quedarse, para permanecer. Expresa la presencia transformada de Dios después de la pascua-ascensión, cuando Jesús ya no está físicamente, pero sí el Espíritu, quedando claro que Dios no abandona, sino que modifica su existencia entre los seres humanos. En la segunda cita (cf. Jn. 14, 26), Paráclito es sinónimo de Espíritu Santo, y es el que enseñará y recordará lo dicho por Jesús. El Espíritu es Maestro y Guía. Las palabras de Jesús no son estáticas, no han quedado en el tiempo ni pertenecen únicamente a la interpretación arbitraria de las primerísimas comunidades cristianas. El Espíritu, que permanece para siempre, sigue enseñando y recordando, a través de las generaciones, una Palabra que es dinámica y efectiva tanto ayer como hoy, que afecta, que moviliza, que instruye, que empuja. La tercera cita (cf. Jn. 15, 26) identifica al Paráclito con el Espíritu de Verdad, que dará testimonio de Jesús. Es una tarea netamente misionera. Dar testimonio, testimoniar, es evangelizar, compartir la Buena Noticia. El Espíritu Santo actúa en los corazones como testigo del acontecimiento cristológico, y capacita a los discípulos para ser testigos, en la misma línea de lo sucedido en el relato de Hechos de los Apóstoles, cuando tras Pentecostés, Pedro toma la palabra en su primer discurso público (cf. Hch. 2, 14ss) y tres mil personas se convierten al escucharlo (cf. Hch. 2, 41). La cuarta y última cita (cf. Jn. 16, 7) es un tanto confusa; Jesús asegura que es conveniente que Él se vaya para que venga el Paráclito. Mal entendida, esta afirmación tiene hasta sentido gnóstico, con un Jesús que prácticamente se suicida para que los discípulos puedan recibir el Espíritu Santo. Podemos animarnos a interpretar que la frase es un recurso literario para que los discípulos comprendan que el cambio en la presencia de Dios, de Jesús al Espíritu Santo, no es una pérdida. Es conveniente que las cosas sucedan así, porque así el Espíritu se manifiesta.

 

El Paráclito viene en defensa de un Iglesia que nace excluida y subversiva. Si muchos teólogos y comentaristas han identificado Pentecostés con el bautismo eclesial, es bueno mirar en ese bautismo las notas de una comunidad cristiana que puede o no parecerse a la comunidad actual. Es un hecho antropológico y sociológico volver a las bases, a los inicios, a los principios, para entender el presente y proyectar el futuro. El pasado es la enseñanza de lo que queremos ser y cómo podemos llegar a ser. En el caso específico de la Iglesia, el pasado es memoria activa, es sacramento, y es un ejercicio de anamnesis. El Espíritu Santo de Pentecostés de hace dos mil años es el Espíritu Santo de hoy, y será el de mañana. Él nos hace recordar para cambiar, recordar para evangelizar, recordar para amar. En ese recuerdo, caemos en la cuenta de la exclusión de los inicios y de la subversión con la que la comunidad del Resucitado se hace presente en el mundo. Veamos esos signos de exclusión y subversión en el texto joánico:el texto joclusi

1. Las puertas cerradas. Este dato texto joignos de exclusiResucitado se hace presente en el mundo.n ejercicio de  proyectar el futuro. e a la comunidad act con el que inicia la perícopa no es menor. Los discípulos están encerrados. Desde la crucifixión que viven con miedo. Han matado al Maestro y ellos pueden ser los siguientes en la lista. Las puertas están cerradas porque ellos están encerrados. El simbolismo de las puertas va más allá del espacio físico en el que se encuentran. Las puertas son los cerrojos de sus corazones. Aún no han comprendido lo que sucedió y, por ende, no están dispuestos a asumir que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto (cf. Jn. 12, 24). En otra dimensión, las puertas cerradas pertenecen al ámbito sectario. La comunidad es una secta pequeña, un grupo distinto dentro del judaísmo, pero todavía confundido. En esa confusión se hace presente el Resucitado. El asesinado está vivo. No importa que las puertas estén cerradas; Él es capaz de hacerse presente en el encierro para abrir los corazones y las mentes. A los excluidos los hace salir, a los alejados los hace cercanos.

2. La excomunión. El gran miedo de los discípulos es hacia ese grupo que Juan llama  los judíos (cf. Jn. 1, 19; Jn. 2, 18; Jn. 5, 10.15.16.18; Jn. 6, 41; Jn. 7, 1.11.13; Jn. 8, 22.48.52.57; Jn. 9 ,18.22; Jn. 10, 24.31.33; Jn. 18, 31; Jn. 19, 7.12.21.38). El motivo de este temor puede rastrearse en las referencias a la excomunión de la sinagoga que sufren, según el relato joánico, los que se declaran discípulos de Jesús. Cuando muchos se preguntan si éste no es verdaderamente el Cristo, se hace notar que “nadie hablaba de él abiertamente por miedo a los judíos” (Jn. 7, 13). Más adelante, en el episodio del ciego de nacimiento del capítulo 9, los padres del sanado recientemente tienen miedo de hablar con los dirigentes judíos porque ellos “habían puesto ya de acuerdo que, si alguno le reconocía como Cristo, quedaría excluido de la sinagogarelato joga que sufren, segias a la excomuniace cercanos. razones y las mentes. (cf. (Jn. 9, 22). Y José de Arimatea era discípulo en secreto, también por miedo a los judíos (cf. Jn. 19, 38). La comunidad que se va formando en torno a Jesús de Nazareth está excluida de la religión oficial, no pertenece a ella, es heterodoxa, es herejía, es excomulgada, excluida. El que declara a Jesús con el título de Cristo está blasfemando y no puede participar del Pueblo de Dios. La Iglesia nace en el margen de lo considerado correcto. No es alabada por los grandes sacerdotes ni reconocida como filosofía válida por los pensadores eminentes de la época. Es una Iglesia que nos interpela para preguntarnos de qué lado estamos. ¿Somos la gran religión oficial que excomulga bajo sospecha? ¿O somos una opción de vida, un camino diferente que está al margen de la propuesta común y corriente? ¿Somos comunidad perseguida o comunidad que persigue? ¿Somos los que deberíamos tener miedo y no lo tenemos porque nos encontramos con el Resucitado? ¿O somos los que generamos miedo en los demás con amenazas de exclusión e infierno?

3. En torno a un Crucificado. Cuando el cristianismo nace se topa con una dificultad inmensa: demostrar que un crucificado es el Elegido de Dios. Para los judíos, según Dt. 21, 23, el que cuelga del madero es un maldito. Jesús, en el árbol de la cruz, es maldición, y eso parece negar la posibilidad de que sea el Mesías. En el otro extremo, para el mundo pagano, un crucificado es un cadáver, un fracasado, y no puede salvar a nadie. Sin embargo, subversivamente, la Iglesia se congrega en torno al Resucitado que fue Crucificado, y que no niega su cruz. Por eso en la aparición les muestra las manos y el costado, y allí se alegran los discípulos por poder reconocer al Señor. Las manos perforadas y el costado abierto son la marca, el estigma del paso por la cruz. Verdaderamente murió, o sea que verdaderamente vivió. Y por la forma en que vivió es que fue asesinado. Contra judíos y paganos, la Iglesia afirma que su fe está puesta en un condenado que Dios eligió, y que la cruz no es motivo para no creer, sino todo lo contrario, es la paradoja por la que creemos. No hay reconocimiento del Resucitado sin ver sus marcas de muerte. No es un fantasma; es el Cristo. Valientemente, la Iglesia es capaz de afirmar que la muerte no tiene la última palabra y que el Dios de Jesús es el Padre de la vida. Un Dios que quiere la muerte, el hambre, los sufrimientos, la desigualdad social o la enfermedad, no es un Dios digno de crédito. En cambio, un Dios comprometido con la historia humana en sentido positivo, no para enviar calamidades, sino para hacerse presente en las víctimas, es un Dios que merece fe y amor, y en quien podemos depositar nuestras esperanzas. Es un Dios que podemos predicar y una Buena Noticia que vale la pena.

4. Paz. Que el Crucificado se haga presente para dar paz y no para proponer una venganza contra los que lo asesinaron es un acto que altera el orden esperado de acontecimientos. ¿Por qué Dios no se venga de los asesinos de su Hijo? ¿Para qué resucita Cristo si viene a traer paz y no la guerra definitiva y escatológica? La paz del Resucitado es subversiva en cuanto propone una alternativa al espiral de violencia. Dios no contribuirá a aumentar la muerte en el mundo. Al contrario, Dios traerá y ofrecerá su paz. La Iglesia no nace de la venganza, sino del amor. No está en el mundo para entablar guerras o declarar condenas. La Iglesia es instrumento y sacramento de paz. A los ataques no responde con contra-ataques. No guarda rencor ni desea el mal de nadie.

5. Perdonar los pecados. En la misma línea que lo anterior, en un mundo que no perdona, el Resucitado envía a los discípulos a perdonar. Su autoridad es la autoridad de restablecer las relaciones rotas. Subversivamente, cuando la sociedad exige no perdonar y lograr el mayor daño en el otro, la Iglesia tiene la tarea de reconstruir y reparar. El perdón que, materialmente, se efectiviza entre los seres humanos, es sacramento del perdón de Dios. El poder no está en los bienes materiales que pueda almacenar la Iglesia ni en los decretos firmes y decididos; el poder eclesial está en el perdón. Quien perdona, subvierte el orden. Quien perdona tiene el máximo poder, porque no pretende cambiar las cosas desde la imposición, sino desde el amor, y así elige el camino de Jesús.

Fiesta de la Epifanía – Ciclo C – Mt. 2, 1-12

Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.” Al oírlo el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocando a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, les preguntaba dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.” Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.” Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran a Herodes, se retiraron a su país por otro camino. (Mt. 2, 1-12)

La fiesta de hoy es llamada epifanía, que en griego significa manifestación. El término, en el uso literario griego, podía caber en dos ámbitos: el secular y el religioso. Para lo secular, designaba una llegada, una venida, o mejor dicho, un ingreso. Cuando una figura política importante (rey, emperador, embajador, etc.) ingresaba a una ciudad y se realizaba el acto solemne de la procesión, con pompa y lujos, ese evento era una epifanía. Digamos que se ponía de manifiesto la entrada de alguien de renombre. En el ámbito religioso, donde hallamos la otra acepción, sí podemos hablar de una manifestación divina, como un hecho sobrenatural, de origen celestial, que actuaba, generalmente, a favor de los seres humanos. Era epifanía el evento de la intervención divina que daba a conocer las obras particulares de los dioses para con los hombres. El cristianismo adoptó las dos acepciones para vincularlas a Jesús. 2Tim. 1, 10 es un pasaje que habla de la “manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús”, entendiendo la misma como la entrada en la historia del Señor para dar a conocer la gracia eterna (en la línea de la interpretación secular), así como el suceso favorable de la encarnación, muerte y resurrección que viene entre los seres humanos y para los seres humanos (en la línea de la interpretación religiosa). Dios encarnado es un ingreso y una manifestación en sí misma, es la entrada triunfal (paradójicamente, por la puerta de atrás de la historia) y la mano divina que socorre.

Como el significado de la epifanía es muy amplio para condensarlo en un solo acontecimiento o en una sola fecha, la Iglesia primitiva interpretó que tres eran las escenas evangélicas dignas de ser contempladas bajo el arco epifánico. Una de ellas es la que leemos hoy, el relato de los magos de Oriente. La segunda escena es el bautismo de Jesús en el Jordán, que litúrgicamente se celebra el domingo posterior a la Fiesta de la Epifanía. Y la tercera escena es la que el Evangelio según Juan tiene al comienzo de su capítulo 2, las bodas de Caná, que en este Ciclo C se lee a continuación del domingo del bautismo del Señor. Por lo tanto, entre hoy y el Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, estamos bajo el arco epifánico, degustando la manifestación de Dios que es auto-revelación. Estamos degustando la comunicación de Dios que no es ente lejano y solitario, sino ser en diálogo, infinito que habla a lo finito, amor que se trasciende para amar. Epifanía es Dios que, gustoso, quiere contarnos quién es para compartirnos su vida.

El episodio de los magos de Oriente es, en cierto sentido, un texto sedicioso, un contrapunto a los poderosos. El desarrollo de la escena demuestra que unos magos venidos de Oriente preguntan en Jerusalén (cuna capital del poder) dónde ha nacido el rey de los judíos. Herodes, actual rey judío, se sobresalta. Y no es para menos, pues unos extraños/extranjeros vienen a preguntar, en su cara, dónde está el que lo suplanta. Mateo describe el sobresalto de Herodes con la palabra griega tarasso. El mismo término puede hallarse en Hch. 17, 8, y el trasfondo de ambas escenas puede darnos una pauta. El capítulo 17 de Hechos de los Apóstoles comienza narrando la llegada de Pablo y su equipo misionero a Tesalónica (cf. Hch. 17, 1); allí, Pablo predicó durante tres sábados y muchos adhirieron a la doctrina cristiana (cf. Hch. 17, 2-4), pero los judíos se indignaron, reunieron una multitud tumultuosa y fueron a buscarlos para apresarlos. Como no encontraron al equipo paulino, se llevaron al dueño de la casa, Jasón, y a otros que andaban cerca (cf. Hch. 17, 5-6a). Cuando los presentan frente a los magistrados de la ciudad (órgano de poder romano) para acusarlos, esgrimen lo siguiente: “Esos que han revolucionado el mundo se han presentado también aquí, y Jasón los ha hospedado. Además todos ellos actúan contra los decretos del César, pues afirman que hay otro rey, Jesús” (Hch. 17, 6b-7). Al oír esto, el pueblo y los magistrados se alborotaron (tarasso). ¿Cuál es el motivo de ambos sobresaltos, entonces? Que hay otro rey. Los magos lo vienen buscando desde Oriente; en Tesalónica lo anuncian unos predicadores itinerantes que están revolucionando el mundo. El cristianismo nace subversivo, en Nazareth y en sus primeras incursiones misioneras. Jesús es una persona que se opone, directamente, a Herodes y al César. Desde su paradoja, desde los poblados pequeños que poco tienen que ver con las capitales, desde unos dementes itinerantes que no poseen ninguna función religiosa, desde los extraños/extranjeros. La Buena Noticia del nacimiento y la Buena Noticia de la resurrección son escandalosas para los poderosos, puesto que un dios lejano, olvidado de la historia que puso en marcha, permite a los opresores mantener determinadas estructuras que afianzan el propio reinado; un Dios encarnado, en cambio, altera el supuesto orden natural de las cosas, invierte los valores, desbarajusta, altera, modifica. Jesús es rey de una manera distinta, y con eso se derrumba el artificio de poder de los reyes de la tierra. Los poderes se alborotan cuando oyen que su potencia es puesta en jaque, cuando se les revela que no son la punta de la pirámide. La encarnación de Dios es la caída por tierra de las ideologías que ven en los gobernantes descendientes directos de la divinidad, o que creen en una sangre pura, una sangre azul. Si Dios, el trascendente, el infinito, el rey eterno, puede hacerse mortal, entonces ningún gobernante de este mundo puede pretender emular el reinado perfecto sin abajarse.

Pero la sedición de los magos va más allá, porque ellos no son del interior del judaísmo, no son circuncidados. Los magos vienen de Oriente, de afuera. Son extranjeros que buscan a un rey judío. Parecen ser lectores del cielo, astrólogos si se quiere. Se supone que Mateo está haciendo referencia al grupo de sabios persas que se dedicaban al estudio de los planetas. De todas maneras, no es indispensable saber su procedencia exacta. Lo importante es entender que no son judíos. Posiblemente tengamos en el relato mateano una referencia al Salmo 72, una oración que pide a Dios por el gobierno del rey, para que se realice en justicia (cf. Sal. 72, 1-4.12-14), para que dure eternamente (cf. Sal. 72, 5-6.17) y para que se expanda universalmente (cf. Sal. 72, 8-11.19). Sobre esta última característica se dice que “los reyes de Tarsis y las islas traerán consigo tributo. Los reyes de Sabá y de Seba todos pagarán impuestos; ante él se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones” (Sal. 72, 10-11). Como los magos de Oriente traen oro, incienso y mirra, la tradición cristiana identificó en ellos el cumplimiento de esta profecía del Salmo, intercambiando magos por reyes. Más allá de lo correcto o no de esta interpretación, sí es válida la mirada universal, que está presente en el Salmo y que parece ser la clave hermenéutica del relato de los magos. Los que vienen de Oriente, los extranjeros, los extraños, son símbolo de los paganos que se insertarán a la comunidad cristiana. Más adelante, en su vida pública, Jesús dirá sorprendido por la fe del centurión romano: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos” (Mt. 8, 11). Los magos son las primicias del Oriente, son los primeros de esos muchos que se pueden sentar a la mesa con los patriarcas. Sin ser israelitas, se hacen herederos de las promesas por el Cristo.

La subversión del Reino parece estar en la inversión del establishment. Jesús es rey de verdad y ni Herodes ni el César lo son. En el Cristo son uno los judíos y los paganos, los de occidente y los de oriente, volviéndose inútiles las divisiones fabricadas por la mano humana. La misma naturaleza del Reino entra en contradicción con los poderes, porque los poderosos no quieren igualdad ni relatividad de su poderío. Un Mesías que desestabiliza desde los poblados pequeños, desde la periferia, desde los olvidados, es peligroso. Un Salvador que no utiliza la fuerza de las armas ni las maniobras políticas, que se sienta a la mesa con los de afuera, es sumamente molesto. Herodes y los magistrados se conturban porque entienden que son efímeros, que son ilegales en algún sentido, y que Dios se manifiesta allí donde parece imposible que pueda hacerlo.

La Iglesia tiene la responsabilidad de descubrir al Dios manifiesto en lo oscuro, en lo subterráneo, en lo marginal. La Iglesia tiene la responsabilidad de subvertir su mirada para descubrir, con la sabiduría del Reino, la fuente de la revelación. Las palabras/oración de Jesús al respecto son contundentes: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt. 11, 25b). El Todopoderoso, el Señor del universo (del cielo y de la tierra), no ha elegido las oficinas de los estudiosos ni los hábitos de los profesionales de la religión para auto-comunicarse, sino que se ha revelado a los pequeños y en lo pequeño. Se trata de un Dios sedicioso que se opone a la pompa del Imperio, a las entradas triunfales que son un show, a la sociedad piramidal donde la ancha base sostiene la estrecha punta. Se trata de un Dios para todos que no es elitista ni descarta a los débiles por selección natural. En el menos pensado, quizás en el extranjero, es posible hallar la epifanía. Como el legista preguntó a Jesús y éste le re-preguntó quién creía que era prójimo de uno (cf. Lc. 10, 29.36), habrá que cuestionarse quién es nuestro extranjero, quién es o quiénes son los extraños para nosotros. Probablemente, en ellos encontremos el punto de partida de nuestra teología, y de nuestra pastoral, y de nuestra experiencia de Dios. En lo despreciado por distinto, por no acomodarse al sistema, está escondido el misterio de una revelación que evita los cauces oficiales de manifestación.

Los magos que subvirtieron el orden de Herodes y Jerusalén pueden estar presentes, de manera transformada, intentando subvertir nuestro orden de Iglesia. Pueden querer mostrarnos al Dios encarnado que no sabemos reconocer. Afuera de nuestro terrible muro eclesial están los inmigrantes, los emigrantes, los gitanos, los judíos, los musulmanes, los ateos, los trotamundos, los desilusionados con nuestra institución, los desplazados, los ahuyentados, los expulsados. Vienen anunciando que han visto la estrella, que han visto la luz, y que nosotros, por la altura de nuestro muro, no la hemos podido divisar.