Presencia transformada / Fiesta de Pentecostés – Jn. 20, 19-23 / 27.05.12
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Jn. 20, 19-23)
Fiesta heredada
Pentecostés es una fiesta judía cristianizada. Como indica Ex. 34, 22, el origen de la festividad parece ser, como en otras celebraciones, una conmemoración agrícola. En este caso se trata del momento de la siega, el fin de un ciclo de la tierra, uno de los momentos claves de las civilizaciones que dependían, en gran parte, del trabajo del suelo. Las fiestas agrícolas, en un principio relacionadas directamente a la naturaleza y sin mayor trascendencia que su repetición cíclica, fueron adquiriendo con el tiempo relevancia al asociarse a hechos históricos fundamentales. En el caso de Israel, la fiesta de la siega se terminó relacionando a la promulgación de la alianza en el monte Sinaí, cuando Yahvé otorgó a Moisés las tablas de la Ley. Y su día se estipuló a las siete semanas de la Pascua, lo que decantó en un cálculo numérico que dejaría su impronta en el nombre de la fiesta. Para los hebreos, siete semanas constituyen una semana de semanas (una semana tiene siete días, por lo que una semana de semanas debe tener siete semanas). Para los griegos, son cincuenta días. Para los primeros es la fiesta de las semanas, para los segundos es Pentecostés (quincuagésimo). Bajo esas mismas perspectivas el cristianismo hizo suya la fiesta, recordando la venida del Espíritu Santo, que es prenda de la nueva alianza, que es ley de amor grabada en los corazones, que se une indisolublemente a la obra del Cristo, que impulsa a la santidad y, aún más, que hace a los discípulos santos.
Paráclito
Como no sucederá en ningún otro lugar de la literatura neotestamentaria, en el Evangelio según Juan el Espíritu Santo será llamado Paráclito. Este nombre tiene cuatro apariciones en el total del Nuevo Testamento, y son Jn. 14, 16.26; Jn. 15, 26 y Jn. 16, 7. El término viene del griego parakletos, que significa el que está al lado de uno, en el sentido del que viene en ayuda. Por eso se lo utilizaba, en las cortes o tribunales, para designar a los abogados defensores o asistentes legales.
En la primera cita sobre el Paráclito (cf. Jn. 14, 16), Jesús dice que el que vendrá es, en realidad, otro Paráclito, lo que nos obliga a identificar al primero. Será en 1Jn. 2, 1 donde se nos dará la pista: “Si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo”. Aquí, lo que traducimos por abogado es paráclito. El primer defensor nuestro es Jesús, y el otro que envía el Padre es el Espíritu Santo, que también nos defenderá, estando con nosotros para siempre. Esta es su otra característica fundamental: viene para quedarse, para permanecer. Expresa la presencia transformada de Dios después de la pascua-ascensión, cuando Jesús ya no está físicamente, pero sí el Espíritu, quedando claro que Dios no abandona, sino que modifica su existencia entre los seres humanos.
En la segunda cita (cf. Jn. 14, 26), Paráclito es sinónimo de Espíritu Santo, y es el que enseñará y recordará lo dicho por Jesús. El Espíritu es Maestro y Guía. Las palabras de Jesús no son estáticas, no han quedado en el tiempo ni pertenecen únicamente a la interpretación arbitraria de las primerísimas comunidades cristianas. El Espíritu, que permanece para siempre, sigue enseñando y recordando, a través de las generaciones, una Palabra que es dinámica y efectiva tanto ayer como hoy, que afecta, que moviliza, que instruye, que empuja.
La tercera cita (cf. Jn. 15, 26) identifica al Paráclito con el Espíritu de Verdad, que dará testimonio de Jesús. Es una tarea netamente misionera. Dar testimonio, testimoniar, es evangelizar, compartir la Buena Noticia. El Espíritu Santo actúa en los corazones como testigo del acontecimiento cristológico, y capacita a los discípulos para ser testigos, en la misma línea de lo sucedido en el relato de Hechos de los Apóstoles, cuando tras Pentecostés, Pedro toma la palabra en su primer discurso público (cf. Hch. 2, 14ss) y tres mil personas se convierten al escucharlo (cf. Hch. 2, 41).
La cuarta y última cita (cf. Jn. 16, 7) es un tanto confusa; Jesús asegura que es conveniente que Él se vaya para que venga el Paráclito. Mal entendida, esta afirmación tiene hasta sentido gnóstico, con un Jesús que prácticamente se suicida para que los discípulos puedan recibir el Espíritu Santo. Podemos animarnos a interpretar que la frase es un recurso literario para que los discípulos comprendan que el cambio en la presencia de Dios, de Jesús al Espíritu Santo, no es una pérdida. Es conveniente que las cosas sucedan así, porque así el Espíritu se manifiesta.

Prolongación de la Pascua
El Paráclito viene en defensa de un Iglesia que nace excluida y subversiva. Si muchos teólogos y comentaristas han identificado Pentecostés con el bautismo eclesial, es bueno mirar en ese bautismo las notas de una comunidad cristiana que puede o no parecerse a la comunidad actual. Es un hecho antropológico y sociológico volver a las bases, a los inicios, a los principios, para entender el presente y proyectar el futuro. El pasado es la enseñanza de lo que queremos ser y cómo podemos llegar a ser. En el caso específico de la Iglesia, el pasado es memoria activa, es sacramento, y es un ejercicio de anamnesis. El Espíritu Santo de Pentecostés de hace dos mil años es el Espíritu Santo de hoy, y será el de mañana. Él nos hace recordar para cambiar, recordar para evangelizar, recordar para amar. el texto joclusiTodo lo que obra el Espíritu Santo es Buena Noticia, es alegría, es gozo, es paz. Es el Espíritu que construye el Reino, el Espíritu que aleteando sobre el caos da inicio al plan salvífico. Es el Espíritu que anima y levanta lo caído, es el Espíritu que quita el temor de los corazones. Es el Espíritu que abre las puertas para salir, para donarse, para darse.
Gracias al Espíritu Santo, la Pascua no puede terminarse, sino prolongarse en la historia, alcanzando todo, re-creando, vitalizando. No es Pentecostés el final del cuento de la resurrección, sino la primicia de la novedad que salva.
El episodio de los magos de Oriente es, en cierto sentido, un texto sedicioso, un contrapunto a los poderosos. El desarrollo de la escena demuestra que unos magos venidos de Oriente preguntan en Jerusalén (cuna capital del poder) dónde ha nacido el rey de los judíos. Herodes, actual rey judío, se sobresalta. Y no es para menos, pues unos extraños/extranjeros vienen a preguntar, en su cara, dónde está el que lo suplanta. Mateo describe el sobresalto de Herodes con la palabra griega tarasso. El mismo término puede hallarse en Hch. 17, 8, y el trasfondo de ambas escenas puede darnos una pauta. El capítulo 17 de Hechos de los Apóstoles comienza narrando la llegada de Pablo y su equipo misionero a Tesalónica (cf. Hch. 17, 1); allí, Pablo predicó durante tres sábados y muchos adhirieron a la doctrina cristiana (cf. Hch. 17, 2-4), pero los judíos se indignaron, reunieron una multitud tumultuosa y fueron a buscarlos para apresarlos. Como no encontraron al equipo paulino, se llevaron al dueño de la casa, Jasón, y a otros que andaban cerca (cf. Hch. 17, 5-6a). Cuando los presentan frente a los magistrados de la ciudad (órgano de poder romano) para acusarlos, esgrimen lo siguiente: “Esos que han revolucionado el mundo se han presentado también aquí, y Jasón los ha hospedado. Además todos ellos actúan contra los decretos del César, pues afirman que hay otro rey, Jesús” (Hch. 17, 6b-7). Al oír esto, el pueblo y los magistrados se alborotaron (tarasso). ¿Cuál es el motivo de ambos sobresaltos, entonces? Que hay otro rey. Los magos lo vienen buscando desde Oriente; en Tesalónica lo anuncian unos predicadores itinerantes que están revolucionando el mundo. El cristianismo nace subversivo, en Nazareth y en sus primeras incursiones misioneras. Jesús es una persona que se opone, directamente, a Herodes y al César. Desde su paradoja, desde los poblados pequeños que poco tienen que ver con las capitales, desde unos dementes itinerantes que no poseen ninguna función religiosa, desde los extraños/extranjeros. La Buena Noticia del nacimiento y la Buena Noticia de la resurrección son escandalosas para los poderosos, puesto que un dios lejano, olvidado de la historia que puso en marcha, permite a los opresores mantener determinadas estructuras que afianzan el propio reinado; un Dios encarnado, en cambio, altera el supuesto orden natural de las cosas, invierte los valores, desbarajusta, altera, modifica. Jesús es rey de una manera distinta, y con eso se derrumba el artificio de poder de los reyes de la tierra. Los poderes se alborotan cuando oyen que su potencia es puesta en jaque, cuando se les revela que no son la punta de la pirámide. La encarnación de Dios es la caída por tierra de las ideologías que ven en los gobernantes descendientes directos de la divinidad, o que creen en una sangre pura, una sangre azul. Si Dios, el trascendente, el infinito, el rey eterno, puede hacerse mortal, entonces ningún gobernante de este mundo puede pretender emular el reinado perfecto sin abajarse.
La subversión del Reino parece estar en la inversión del establishment. Jesús es rey de verdad y ni Herodes ni el César lo son. En el Cristo son uno los judíos y los paganos, los de occidente y los de oriente, volviéndose inútiles las divisiones fabricadas por la mano humana. La misma naturaleza del Reino entra en contradicción con los poderes, porque los poderosos no quieren igualdad ni relatividad de su poderío. Un Mesías que desestabiliza desde los poblados pequeños, desde la periferia, desde los olvidados, es peligroso. Un Salvador que no utiliza la fuerza de las armas ni las maniobras políticas, que se sienta a la mesa con los de afuera, es sumamente molesto. Herodes y los magistrados se conturban porque entienden que son efímeros, que son ilegales en algún sentido, y que Dios se manifiesta allí donde parece imposible que pueda hacerlo.