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Un árbol que es un pueblo que es una promesa / Quinto Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 15, 1-8 / 06.05.12

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos. (Jn. 15, 1-8)

El símbolo de la vid

La vid, y conjuntamente la higuera, son parte de la vegetación típica. Por ende, utilizar al pastor, a la vid o a la higuera para parábolas, comparaciones o relatos de enseñanza, no podía ser algo ajeno al lenguaje de los profetas, de los hagiógrafos, de los maestros, y por supuesto, de los salmistas. En el Sal. 80, 9-12 leemos: “Tú sacaste de Egipto una vid, expulsaste a los paganos y la plantaste; le preparaste el terreno, echó raíces y llenó toda la región. Las montañas se cubrieron con su sombra, y los cedros más altos con sus ramas; extendió sus sarmientos hasta el mar y sus retoños hasta el Río”. Esa vid sacada de Egipto es Israel, y ha sido plantada en un terreno preparado desde donde se expandió hasta el mar y el río, cubriendo así el espacio de la tierra prometida. Y ha sido el mismo Dios, el Señor de los Ejércitos, quien llevó a cabo la transplantación. La vid/Israel es del viñador/Dios. Para Jeremías, la imagen es recurrente (cf. Jer. 2, 21; Jer. 5, 10; Jer. 6, 9), y para Oseas no es ajena a su vocabulario (Os. 10, 1). Queda claro, entonces, que la vid era un símbolo israelita, símbolo del pueblo elegido, del pueblo de la promesa. Signo de la liberación de la esclavitud, debido a la comparación con la transplantación; la viña que no podía crecer en Egipto fue sacada por el viñador para ser puesta en un terreno fértil, desde donde se expandió vigorosa, creciendo en la promesa.

Sin embargo, el relato de la destrucción de la vid también se hizo presente con el correr de la tradición. Esta planta vigorosa que Dios había transplantado dejó de dar frutos. El profeta se pregunta: “Si esperaba que diera uvas, ¿por qué dio frutos agrios?” (Is. 5, 4b). Después de todos los cuidados que el viñador/Dios tuvo para con ella, la planta no produce lo que se esperaba. La vid/Israel que debiese dar uvas/obras de justicia (cf. Is. 5, 7), produce frutos agrios/injusticia. Debido a esto, el viñador/Dios quitará la valla que la protegía y la cerca, y la viña/Israel será quemada y pisoteada (cf. Is. 5, 5). A aquella imagen de reproducción y vida del Salmo 80, se contrapone la destrucción y muerte de Isaías 5, como si el motivo de aquella transplantación hubiese sido crear un pueblo libre para la justicia, libre para acoger al forastero, cuidar a la viuda, proteger al pobre. Israel despreció esa forma de libertad y se volvió a esclavizar de otras maneras, en un ritualismo vacío, en la adoración de falsos dioses, en la práctica de la injusticia, el olvido de los marginales. Sin frutos, en una línea casi apocalíptica, el profeta anuncia la destrucción del pueblo, que no es eliminación completa, sino transformación, porque la promesa no puede ser rota. De alguna manera creativa, esta viña quemada y pisoteada debía continuar renovada en la historia de la salvación.

La nueva vid

En la perícopa de hoy, parece ser Jesús mismo quien asume esa renovación creativa y continuadora de la tradición israelita. Él se declara la vid verdadera, asumiendo la historia de su pueblo, pero elevándola. En el Antiguo Testamento, Israel es la viña del Señor. En el Evangelio según Juan, es el Cristo. A partir de Él se construye el nuevo pueblo, el heredero de la promesa, consecutivo a la vid/Israel, pero más pleno. Sólo Jesús podía cargar en sus hombros la viña destruida para darle nuevo comienzo, con nuevos sarmientos, con una nueva interpretación de la promesa, con una nueva tierra prometida que es universal. El nuevo pueblo que brota del Cristo tiene su modelo de justicia en el mismo Jesús, y tiene el mismo desafío de permanecer en Dios (no prostituirse a los ídolos) e implantar la equidad (no olvidarse de los pobres, forasteros, viudas y huérfanos).

En la alegoría, los discípulos de Jesús son los sarmientos. Un verbo que juega un papel fundamental en el discurso es permanecer. Lo contabilizamos siete veces. En el capítulo anterior del Evangelio según Juan, Jesús utiliza el verbo para designar su relación con el Padre: “El Padre que permanece en mí es el que realiza las obras” (Jn. 14, 10). O sea, la invitación de Jesús en la alegoría de la vid es a tener la misma relación que Él tiene con Dios, una relación de permanencia intrínseca, de intimidad extrema, de permanencia. El que permanece es el que está a pesar de todo, pero también el que forma parte de la identidad del otro. El Padre permanece en el Hijo porque ambos son de una misma substancia o naturaleza. El discípulo debe permanecer en el Maestro porque se identifica con Él, porque quiere ser su retrato, porque fuera de Él no puede ser nadie ni puede hacer nada.

La permanencia es un acto de amor. En Jn. 15, 10, continuando este discurso, leemos: “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”. Mientras lo que nos parece lógico es que la permanencia sea una serie de cumplimientos que demuestren nuestra adhesión a una religión, una secta, un partido político o una institución, Jesús plantea la permanencia y los mandamientos de esa permanencia como estar en el amor. No se trata sólo de estar o aparentar, de rituales vacíos; se trata de amar como lo hace Dios, de amar como lo hace el Hijo. Recordemos que el discurso está en el contexto de la sobremesa de la comida pascual. En breve ocurrirá el acto martirial de amor del Mesías, la supuesta destrucción de la vid. Los discípulos son invitados a una permanencia que les costará, una permanencia que Judas Iscariote fue el primero en romper. La permanencia en el amor lleva, indefectiblemente, a la muerte. Estar en el amor es estar expuesto al martirio. A continuación sobrevendrá la resurrección y la victoria del amor, pero el trance ineludible es perecer, y permanecer en ese momento. Los discípulos no entienden lo de la resurrección, no pueden pensar más allá de la cruz, pero se les exige estar, amar a pesar de.

La vid purificada

En la alegoría se habla también de la limpieza o purificación. Para Israel la purificación es algo importantísimo, y el agua es el instrumento principal de purificación. Las manos para comer deben ser lavadas de una determinada manera, los sacerdotes deben lavarse para los rituales, los ritos de ablución como ceremonia de iniciación no eran ajenos al judaísmo. Israel se lavaba mucho por fuera, pero la recriminación de los profetas y, en cierto sentido, del mismo Jesús, es que los corazones no estaban purificados, y el gesto de los lavatorios no era más que una representación teatral.

Para el Evangelio según Juan, un pasaje importante son las bodas de Caná (Jn. 2, 1-11), donde había “seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos” (Jn. 2, 6), o sea, seis tinajas llenas de agua para rituales. El Evangelio según Marcos conserva una breve reseña de este ritualismo, recordando que los fariseos se lavan las manos hasta los codos antes de comer, que al volver de la plaza no pueden sentarse a la mesa sin bañarse, y que las copas, jarros y bandejas también son lavados exhaustivamente (cf. Mc. 7, 1-4). En las bodas de Caná, estas seis tinajas de agua son convertidas en vino por Jesús. El instrumento de purificación ritual es sustituido por la bebida mesiánica, la bebida del banquete festivo. La vid del Nuevo Testamento, la vid verdadera, el Cristo, produce vino abundante, y su purificación no depende del agua, sino de la Palabra anunciada (cf. Jn. 15, 3).

¿Cómo podría producir frutos de justicia y equidad una viña que exteriormente se lavaba, pero por dentro estaba podrida? La vid del Nuevo Testamento purifica los corazones con la Palabra, con la Buena Noticia. La justicia no se implantará por una acumulación continuada de protocolares, sino por la permanencia en el amor, que se logra dejándose transformar por la Palabra. La vid verdadera es la vid del vino abundante, del banquete para todos, de la superación del agua ritual. Ya no se puede creer que la justicia se instalará entre los hombres y mujeres por modificaciones litúrgicas o por normativas de pureza; la justicia de la vid verdadera entiende que si los corazones no se hacen puros, de nada sirve lavarse una y otra vez hasta los codos. Los sarmientos ya no se purifican por complicadas reglas de lavado, sino por una Palabra que anuncia el amor, una Palabra que anuncia la vida, pero también una Palabra que profetiza la cruz martirial, destino de quienes verdaderamente quieren dar fruto.

Vigésimoseptimo Domingo del Tiempo Ordinario


Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». El les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?». Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. El les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».
Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.
(Mc. 10, 2-16)

En toda la sección del camino del Evangelio según Marcos (Mc. 8, 27 – 10, 45), el pasaje que leemos hoy es el único en el que se mencionan a los fariseos. Este grupo relevante en la época de Jesús, relevante también en la primera parte del libro (cf. Mc. 2, 16.18.24; Mc. 3, 6; Mc. 7, 1.3.5), había desaparecido del relato para irrumpir de nuevo aquí, presentando una polémica de los tiempos antiguos que es polémica de los tiempos modernos y polémica de los tiempos post-modernos. Respecto al tema del divorcio se pueden distinguir varios estratos dentro de la perícopa:

- Estrato histórico fariseo: había varias escuelas de interpretación rabínica en el ambiente judío. Estas escuelas tenían como objeto de estudio la Ley y su entramado, a veces con una lectura de hermenéutica descriptiva, y muchas otras veces como hermenéutica legislativa, interpretando aquello que la Palabra no decía explícitamente. Dos de las más importantes y sobresalientes de estas escuelas eran las lideradas por los maestros Schammai e Hillel. El tema del divorcio era, justamente, uno de esos temas que la Ley que no abarcaba por completo y sobre el cual no se había expedido minuciosamente. El versículo clave está en Deut. 24, 1: “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá un acta de divorcio, se la pondrá en su mano y la despedirá de su casa”. La gran pregunta de las escuelas interpretativas era de qué se trataba ese algo que desagrada. La Ley sí había dispuesto limitaciones para el acto del repudio, como por ejemplo, la imposibilidad de divorciarse de una mujer tomada de un pueblo extranjero conquistado (cf. Deut. 21, 10-14), la imposibilidad de acusar a una mujer públicamente por no hallarla virgen sin las pruebas correspondientes (cf. Deut. 22, 13-21) o la imposibilidad de repudiar a una mujer con la que se han tenido relaciones pre-matrimoniales (cf. Deut. 22, 28-29). Pero respecto a la extensión y calidad de ese algo que desagrada no había acuerdo. Para la escuela de Schammai, siempre es ilícito divorciarse, excepto en caso de adulterio, y allí se encontraba ese algo que desagrada. Para la escuela de Hillel, en cambio, las causas de divorcio eran muy variadas y hasta insólitas, inclusive el hecho de dejar quemarse la comida constituía parte integrante de ese algo que desagrada.

- Estrato histórico marquiano: podemos suponer, con fundamentos, que el tema del divorcio era una cuestión candente de la comunidad donde se gesta el Evangelio según Marcos, y de allí la inclusión de esta perícopa en el libro. El único relato paralelo que encontramos se encuentra en Mt. 19, 1-12. Remarcando las diferencias entre ambas versiones, y recordando sus destinatarios principales (judíos convertidos al cristianismo para Mateo y paganos convertidos para Marcos), es posible sostener la suposición del problema del divorcio en las primeras comunidades cristianas. Para ambos autores la escena se construye primero entre fariseos y Jesús, luego entre Jesús y sus discípulos. El relato mateano es un tanto más varonil, si cabe la expresión, con la primera pregunta de los fariseos (cf. Mt. 19, 3) realizada en primera persona, en un diálogo de hombres. Marcos, en cambio, agrega sobre el final (cf. Mc. 10, 11-12) una variante que da a entender que tanto el varón como la mujer pueden repudiar a su cónyuge. La legislación mosaica no contempla el repudio de la mujer al varón, pero sí era posible en la legislación romana. De esta manera, Marcos habla en la cultura de sus oyentes, tomando una discusión de trasfondo rabínico y aplicándola a su comunidad. La referencia a la casa (cf. Mc. 9, 10), donde Jesús comparte a sus discípulos, en intimidad, su posición legal respecto a la situación, no aparece en Mateo. Como ya mencionamos en otras oportunidades, la casa es un ámbito comunitario-eclesial en Marcos, y durante la sección del camino es espacio de enseñanza intensiva para los seguidores del Maestro. Lo que Jesús dice en la intimidad de la casa lo dice a los lectores primeros del libro, y por eso se trata de frases dichas en lo íntimo, en el seno del hogar, para hablar al corazón de aquellos que, actualmente, tienen la duda. El Jesús del año 30 d.C. dice a la comunidad marquiana del año 60 d.C. cuál es su posición respecto al divorcio.

- Estrato sacramental: no podemos hablar de los sacramentos en el sentido actual del término, cometiendo un anacronismo sobre el texto bíblico, pero sí podemos hablar de una actitud sacramental en las respuestas que Jesús da a los fariseos. Mientras ellos presentan la legislación mosaica como palabra primordial, el Maestro se remonta a la Creación, a los orígenes. Para el pensamiento judío, en cierto sentido, el éxodo y la alianza del Sinaí son los hechos fundantes de su historia, y por extensión, los hechos que sirven como matriz para todo lo demás. Entonces, en la jerarquía ética israelita, lo primero es lo dicho por Moisés, luego lo demás, que debería estar en concordancia con aquello. Jesús les hace una observación interesante (cf. Mc. 10, 5): Moisés ha hecho una concesión por el corazón duro de Israel, o sea, ha modificado algo que existía de una determinada manera, introduciendo un permiso. Por lo tanto, la ley mosaica sobre el divorcio no es otra cosa que un agregado a otra ley mayor. Esta observación de Jesús es mucho más que un vericueto legal; se trata de poner en tela de juicio la primacía de la ley dada por Moisés, subordinándola a otra más grande y anterior. Inmediatamente se nos dan las explicaciones pertinentes. Desde los comienzos, Dios nos ha creado varón y mujer (cf. Gen. 1, 27), y cuando el hombre deja su familia para unirse a la otra creatura, se hacen una sola carne (cf. Gen. 2, 24). Siendo una sola carne, la desunión parece imposible, y si Dios lo ha dispuesto así desde la Creación, desde el origen de los orígenes, entonces cualquier legislación sobre ese hecho no puede ser más que una concesión, una norma limitada que no es el ideal primigenio. Jesús no niega la utilidad de la ley mosaica y su aplicación como necesidad concreta, pero recuerda que esa ley no es otra cosa que un borrador demasiado imperfecto del proyecto divino. En nuestro génesis está la verdad, no en las normativas que vienen del ser humano. El ideal concreto y realizable de la pareja primordial, ese sacramento del amor de Dios, es la base para cualquier relación amorosa. Cuando los fariseos realizan la pregunta a Jesús se nos hace notar que están tratando de probarlo (cf. Mc. 10, 2), pero su prueba era bastante limitada, puesto que aguardaban una posición rigorista o laxista, un apego a algún determinado tipo de hermenéutica legalista. Jesús, girando por completo la situación, supera la concesión de Moisés y sacramentaliza el amor conyugal, recordando que no es un mero contrato disoluble con un acta; en el amor conyugal se transparenta el amor del Padre, y por esa sacramentalidad, el amor conyugal es sagrado; atentar contra él es atentar contra el proyecto salvífico de Dios.

- Estrato literario: en el esquema del Evangelio según Marcos, la perícopa sobre el divorcio se encuentra, como ya hicimos notar, en la sección del camino (Mc. 8, 27 – 10, 45). Recordemos que esta sección del libro es fuertemente simbólica porque el camino es figura del seguimiento y figura del estilo de vida elegido, en este caso, por Jesús, quien elige caminar hasta Jerusalén. En un texto donde el discipulado constituye uno de los ejes primordiales, todo lo que sucede en el camino se refiere, íntimamente, a la escuela discipular. Durante el camino, reciben los seguidores del Maestro las claves para interpretar su opción por Cristo. Este camino tiene, en Marcos, tres partes signadas por los tres anuncios de la pasión (cf. Mc. 8, 31; Mc. 9, 31; Mc. 10, 33-34). Lo que leemos hoy se halla dentro de la segunda parte de la sección del camino, iniciada por el segundo anuncio de la pasión, que leímos en el Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario. Esta segunda parte tiene unas características particulares que pueden resumirse en la referencia casi constante al comportamiento y al tópico de la humildad, comenzando por la discusión entre los Doce sobre quién es el mayor y la enseñanza sobre ser últimos para ser primeros (Mc. 9, 33-37), luego la escena de Juan que acusa a Jesús la existencia de un exorcista que no va con ellos (Mc. 9, 38-40), las frases sobre la mano, el pie, el ojo y la Gehenna (Mc. 9, 41-50), la discusión sobre el divorcio con los fariseos (Mc. 10, 1-12), los niños que aparecen como modelo para el discipulado (Mc. 10, 13-16), el episodio del rico que se va triste tras el llamado vocacional porque tenía muchos bienes (Mc. 10, 17-22) y el diálogo entre los discípulos y Jesús sobre las riquezas (Mc. 10, 23-31). Otra marca literaria es el ámbito de la casa, que durante todo el Evangelio es el espacio de la comunidad jesuánica, en contrapunto a la sinagoga y el templo. Durante la sección del camino la casa aparece tres veces (Mc. 9, 28.33; Mc. 10, 10), y siempre comienza con una pregunta que pone sobre la mesa la cuestión sobre la que versará la enseñanza. Dentro de la casa, el Maestro hace escuela, y de esta forma, casa y camino son espacios de aprendizaje para la vida discipular.

La misión, quizás hoy como hace mucho tiempo no venía sucediendo, se encuentra con muchas de las llamadas situaciones irregulares. En las zonas rurales más alejadas es muy factible hallar parejas formadas por parientes de primer grado; en las zonas rurales no tan marginales, el sacramento del matrimonio parece ser algo inalcanzable a causa de las dificultades que se derivan de la poca atención pastoral; en los poblados y pueblos los párrocos se quejan de la falta de uniones conyugales; y, finalmente, las ciudades muestran un mosaico imposible de describir en su totalidad, con madres solteras, padres solteros, uniones de hecho, parejas homosexuales, matrimonios clásicos, divorciados, separados, parejas de nueva unión, etc. Este mosaico al que nos referimos es una pregunta de la sociedad a la Iglesia, y una pregunta de la Iglesia a Dios. Los fariseos se acercaron a Jesús inquiriendo sobre lo lícito o ilícito del repudio; hoy podemos preguntar otras licitudes: ¿es válida la unión homosexual? ¿puede un divorciado contraer una nueva unión? ¿se le permite el concubinato a personas que no tienen acceso real al sacramento del matrimonio? ¿los separados en nueva unión que llevan mucho tiempo de monogamia demostrando verdadera vivencia de los valores del Reino, podrían comulgar? Son preguntas que deben dialogarse en la casa, en el seno de la comunidad, y no buscar soluciones fuera de ella o imponerlas desde arriba. Si de veras asumimos el modelo de la casa como modelo de Iglesia, entonces debiéramos ampliar nuestros ámbitos hogareños para escuchar todas las voces y discernir comunitariamente. ¿Cuántas situaciones irregulares pueden dejar de denominarse así? ¿Acaso no lastima el rótulo de irregularidad puesto sobre determinados seres humanos? ¿Quién determina qué es lo regular y qué no lo es?

Establecer un diálogo dentro de la casa es el primer paso para dialogar hacia fuera, para que la misión no sea un recorrido por el mundo catalogando y separando entre lícitos e ilícitos, entre quienes pueden comulgar y quienes no pueden hacerlo. ¿Cómo invitar a una pareja de divorciados en nueva unión para que se acerque a la comunidad cristiana? ¿Qué sentirá cuando, en medio de su participación ya activa en la pastoral, note que ciertas cosas le están vedadas? ¿Es propio del Reino que alguien llegue a sentirse irregular? Aunque la evangelización sea vista como una acción puramente centrífuga, en este caso particular demuestra que necesita basarse en una acción centrípeta, en un discernimiento intra-comunitario sobre la Iglesia que somos y la Iglesia que queremos. En el mundo plural que nos toca, en la cultura post-moderna que nos rodea, no es posible hablar del Reino de la inclusión si excluimos. La coherencia entre el Evangelio y la vida eclesial es lo que sostiene a los misioneros en su presentación frente a las personas; porque quien permanece encerrado en el templo o en la casa parroquial, al resguardo de los posibles contactos humanos, no es precisamente el que ve la necesidad de una Iglesia dialogante; el misionero, día a día predicando el Reino de Dios, sí se siente impelido a dar respuestas a los interrogantes de aquellos que, con sinceridad de corazón, buscan al Dios Padre que acoge.

Quizás, por lo pronto, y mientras se genera el discernimiento comunitario, convenga focalizarse en la mirada sacramental que Jesús ha dado a la problemática. El ideal de la Creación, el querer de Dios, el sacramento que es transparencia del amor divino, resultan perspectivas mucho más convincentes que la condena, la segregación y el oprobio público. Los fariseos querían saber la licitud del repudio antes de plantearse la naturaleza del hecho. Los fariseos pensaban en clave humana y pesimista; Jesús muestra el pensamiento del Padre, optimista, liberador, procreador, esperanzador. Evangelizar desde lo sacramental no es aumentar el número de bautizados registrados en las actas o incrementar el porcentaje anual de matrimonios; evangelizar desde lo sacramental es darle a cada minuto de cada vida de cada hombre y mujer, un sentido trascendente.

Ser cristiano en América Latina / Una mirada a la realidad 2

a) Incomunicación

Está dilapidada la expresión, pero no es menos cierta: en la era de la comunicación estamos incomunicados. Pululan a nuestro alrededor medios para comunicarnos, en cercanía o a distancia, a metros o atravesando continentes. No existen casi excusas para perder el rastro de alguien, para escapar, para justificar olvidos. La tecnología se preocupa de llenar nuestros hogares con teléfonos, televisores, computadoras y conexiones a Internet. Los celulares o móviles van con nosotros a todos lados, y cada día incorporan nuevas funcionalidades. Lo impensable no mucho tiempo atrás es realidad hoy, y tanta posibilidad nos abruma, no sabemos administrarla correctamente, no resolvemos cómo no perder el contacto al mismo tiempo que no perder intimidad.

En concordancia con la actual concepción utilitarista de las relaciones, los medios de comunicación se subordinan a ella. El teléfono es una herramienta de trabajo, se llama para vender, para pedir algo, pocas veces para preguntar el estado de ánimo del otro. Los televisores transmiten propagandas que buscan convencernos a toda costa de la importancia de la frivolidad, de verse en forma y atractivo, de tener lo último, de ser mejor que el resto. Los programas televisivos de la grilla, adheridos a la frivolidad, alternan entre mujeres semi-desnudas y talk shows o reality shows, sin una transmisión conciente de contenido real, sin invitación a pensar, a detenerse y plantear cuestiones. La televisión está condicionada por el entretenimiento mal entendido que consiste en mirar sin reflexionar, sólo pasar el rato. Las computadoras e Internet son un mundo paralelo, pero también abunda el divertimento no reflexivo. Algunos sitios intentan rescatar el arte del pensamiento y la expresión, pero son los menos y, lamentablemente, muchos culminan minados por la intervención de usuarios que bombardean con comentarios inapropiados.

Distinto y similar es el caso del celular o móvil. Su uso parece indiscriminado, exagerado. Hasta niños de temprana edad poseen uno. Los adolescentes y jóvenes envían mensajes de texto a mansalva, que no dicen nada, que no tienen contenido profundo, que permanecen en la superficialidad, y sin embargo establecen diálogos de horas de duración. ¿Es eso un contacto verdadero? ¿Es encuentro? Si bien pareciese que el celular no se usa sólo para vender y comprar, tampoco alcanza un nivel superior de comunicación, porque la masiva transferencia de datos es redundancia o aglomeración de frases vacías. La superficialidad es la incomunicación, y no la carencia en el envío de datos, que hoy no existe. Si esa cantidad de datos enviados, en una y otra dirección, tuviesen profundidad, anunciaran sentimientos verdaderos y no buscaran utilidades, habría comunicación. El celular o móvil, símbolo de la post-modernidad, del aislamiento, del control, multiplica la ilusión de estar comunicados, porque nos impresiona la cantidad. El envío de tantos mensajes de texto nos convence de una fluidez y una cercanía inexistentes, porque el mensaje oculta lo que no queremos decir, el diálogo que no queremos tener, la barrera que esperamos que permanezca, la incomunicación que nos da comodidad, que nos deja sin reflexionar, y así sin madurar, y sin madurez evitamos las responsabilidades reales de las relaciones, que son complicadas y que exigen disposición. El celular o móvil, símbolo también de la adolescencia, es para los adultos la posesión de un signo de inmadurez que, inconscientemente, permite permanecer así, sin compromisos, desligados, en libertad a nuestra medida, o sea, libertad que es capricho o antojo, pero no plenitud.

b) Brecha ricos-pobres

Lo que era un gran problema de desigualdad décadas atrás, hoy se ha intensificado como diferenciación, como separación. Un abismo separa a unos de otros, una verdadera brecha entre ricos y pobres que se incrementa sin cesar, regodeándose los primeros y hundiéndose los segundos. Este aumento de la brecha es innegable, y no hay análisis estadístico que opine lo contrario, aún los financiados por los ricos. Es una verdad a los cuatro vientos; y parece no importar, parece ser una obra del destino que nadie puede detener, o que nadie se anima a detener, como si Dios así lo dispusiese: que algunos vivan la abundancia mientras otros perezcan en la carencia.

Los dos grupos (ricos y pobres) se traslucen en una disposición escalonada, o mejor graficado, piramidal. Los ricos están sobre los pobres, pero los pobres los están sosteniendo y están muriendo aplastados por ellos. Lo escalonado o lo piramidal es la imagen de la opresión. ¿Por qué los ricos tienen más capital? Porque tienen una parte de la torta que no les corresponde. La cantidad de bienes materiales del planeta es finita, y es de todos. Si alguien tiene más bienes que el resto y que los que les corresponderían, si tiene una porción más grande de la torta, es porque se la ha quitado a otro. Y, usualmente, para quitar hay que luchar. En las luchas, el vencedor culmina oprimiendo al derrotado. El sistema de conquistas de los imperios de la antigüedad dividía al mundo en pueblos soberanos y pueblos conquistados. Los soberanos habían tomado partes que no les correspondían, y las habían tomado violentamente. Los conquistados eran oprimidos, esclavizados, perdiendo libertades. Actualmente, la violencia no suele ser con espadas y escudos, sino con multinacionales y comercios. Los pueblos soberanos de hoy poseen las sedes económicas de las grandes empresas mundiales, y además son los líderes del comercio, regulando la compra y la venta; los pueblos conquistados de hoy, entre ellos los pueblos latinoamericanos, tienen sucursales de las multinacionales, que utilizan su mano de obra barata y provocan una salida al exterior de capitales, al mismo tiempo que no pueden emitir voz sobre el mercado, ya que producen materias primas sin procesar, dependientes en alto porcentaje de la demanda, que cuando decae, derrumba la economía interna.

La opresión actual, la esclavitud de estos tiempos, en gran medida se debe al poder económico acumulado. Hay otras formas de esclavitud, pero la que parece detener el desarrollo sostenido de América Latina es su dependencia económica. Tras la llegada de españoles y portugueses, el control del territorio lo realizaban los soldados humanos; hoy los soldados son los billetes, que sin estar, paradójicamente, someten desde su ausencia. El niño sin la alimentación adecuada en sus primeros años es el niño de poco desarrollo intelectual que luego no podrá conseguir un trabajo bien remunerado de adulto, y que deberá hacer malabares para sostener a su familia, con niños que volverán a estar desnutridos y que volverán a sufrir la desigualdad de oportunidades. No es la opresión clásica de antaño, pero es opresión que esclaviza, porque los hombres y mujeres están más preocupados en conseguir alimento que en pensar la liberación, porque mucho tiempo pensando es tiempo perdido de un probable sueldo. Y el círculo se perpetúa, perpetuando la injusticia, aumentando la brecha.