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El apóstol leproso / Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 40-45 / 12.02.12

40 Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes purificarme”. 41 Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. 42 En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

43 Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: 44 “No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”. 45 Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes. (Mc. 1, 40-45)

 

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La lepra, tiene, en el contexto bíblico, un peso importantísimo. Es la enfermedad de la impureza, por lo tanto, en las reglas religiosas, es la enfermedad de la exclusión. El leproso es el azotado por Dios, y los que reciben el azote divino no deben tener otra excusa que su pecado. Por lo tanto, el leproso es un pecador que recibe su castigo en la enfermedad de la piel. Científicamente, hoy por hoy, entendemos la lepra como la afección causada por el Bacilo de Hansen, pero cuando la Biblia habla de leprosos, incluye en la categoría a múltiples enfermedades de la piel que no son, en su gran mayoría, la lepra definida actualmente. La Mishná expone 72 clases diferentes de lepra, por ejemplo.

En este trasfondo, Marcos presenta un leproso que pide ayuda a Jesús. Si nos mantenemos en la suposición de que el relato de la pasión, desde Mc. 14, 1, era bien conocido por los oyentes/lectores de Marcos, se genera una situación interesante respecto a la lepra. Esta escena al final del capítulo 1 tendría una correspondencia con la primera escena del capítulo 14, sucedida en la casa de Simón el leproso. Los comienzos de Jesús se vinculan a la lepra. El comienzo de su recorrido galileo lo topa con un leproso, y el inicio de su pasión también. Ambas escenas podrían configurar una doble inclusión que englobe el camino de la vida a la muerte (de Galilea a Jerusalén) y de la muerte a la vida (de la pasión y la cruz a la resurrección y el regreso a Galilea).

Ahora bien, lo que el leproso pide a Jesús no es curación, sino purificación (katharizo me en griego, traducible como límpiame o hazme limpio), ya que la situación era, como bien lo describe Num. 12, 12, la de un muerto en vida. El leproso caminaba y andaba, pero no podía considerárselo más que un muerto, sin participación en la vida de los demás, sin relación justificada con Dios. Una sombra de ser humano. Levítico describe crudamente lo que le corresponde: “El afectado por la lepra llevará la ropa rasgada y desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: ¡Impuro, impuro!. Todo el tiempo que le dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada” (Lev. 13, 45-46). En tiempos de Jesús, este aislamiento del campamento que aplicaba para el proceso de éxodo caminando por el desierto, se había estipulado en la indicación de que los leprosos no entraran a Jerusalén y pudiesen vivir en otros poblados o aldeas, pero sin ayuda de nadie, arreglándoselas por su cuenta. Tal era la marginación y el poder simbólico de la lepra, que su curación se consideraba tan importante (y milagrosa, y poderosa) como la resurrección de un muerto. Por eso el leproso ansía purificación. En el fondo, es esa limpieza que lo deje reincorporarse a la sociedad lo que lo liberará, más que la curación en sí. Su problema no es la enfermedad, sino la discriminación que acarrea esa enfermedad, y el trasfondo teológico que lo convierte en un pecador así sin más, un objeto de la ira de Dios.

 

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Mientras que tradicionalmente se había leído a Marcos diciendo que Jesús se había conmovido por el leproso, los exegetas actuales se están inclinando más hacia la expresión de un grupo de manuscritos griegos que, en lugar de compasión, describen la reacción de Jesús como una ira, como estar airado. Históricamente, no podemos saber cuál es la sensación que siente Jesús en este encuentro con el leproso. Algunos comentaristas intuyen que la base histórica del relato está en la línea de las primeras curaciones que realizaba Jesús; curaciones que lo ponían en un dilema de tipo ético-moral-religioso entre su herencia israelita y su concepción del Reino de Dios. En esta interpretación consideramos que Jesús siente una mezcla de compasión por el ser humano enfermo, y una ira por la situación inconsistente religiosa. La religión dice que Dios lo ha hecho leproso, pero si existe la posibilidad de curarlo, quiere decir que Dios también lo quiere curado. Es una divinidad bastante contradictoria. Si la misión de Jesús viene directamente del Padre, y la misión consiste en la instauración de un Reino donde hay sanación y destrucción de la enfermedad, entonces Jesús se enfrenta al Yahvé de la religión, que envía al mundo más afecciones que curaciones. Ese puede ser el encuentro entre la compasión y la ira. Un encuentro que no es ajeno al cristianismo posterior, obligado a plantearse el problema del dolor y el problema de la enfermedad de manera que su práctica religiosa no represente a un dios esquizofrénico.

La dicotomía de Jesús se resuelve hacia el lado de la vida. Extendiendo la mano, toca al leproso. En definitiva, Jesús se hizo leproso al tocarlo, se hizo marginal. Recordemos que las leyes de pureza/impureza indican que lo impuro se contagia. El contacto con lo impuro o con las impurezas hace impuro al que entra en contacto. Eso sucede con los cadáveres, con las mujeres menstruando y con los leprosos. Jesús asume una situación que lo hace excluido. Este gesto de tocar al leproso se proyecta como paradigmático de la vida de Jesús. Es el excluido con los excluidos. Pero sobre todo, excluido por propia voluntad. Ha decidido superar las leyes religiosas que parecen estar en contra del ser humano, para ponerse al lado del ser humano sufriente, marginado. Jesús es alguien que no estaba al margen, pero que se pone al margen.

Marcos, describiendo sutilmente este movimiento, recalca un punto básico del discipulado para su comunidad. Hay un movimiento ineludible que debe hacer la Iglesia: pasar al lado de los marginados. Lo ha hecho Jesús primero. Y le ha costado la vida. El cristianismo no puede formarse como aparato religioso que excluye. Al contrario, debe estar siempre al lado de los excluidos de cualquier aparato (social, político o religioso). El Evangelio debe ser llevado a los espacios de muerte por exclusión para incluir con la vida.

 

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Sobre leprosos purificados/curados sólo hay dos casos en todo el Antiguo Testamento. El primero es el de Miriam, sanada por Moisés (cf. Num. 12, 10-15). El primer elemento que lleva a esta curación es que Miriam contrae la lepra por murmurar contra Moisés (cf. Num. 12, 1). La teología de este relato muestra la lepra como claro castigo de Dios. Moisés intercede ante el Señor para pedir la curación, pero esta no sucede de inmediato, sino que deben pasar siete días primero, en los que Miriam permanecerá fuera del campamento. La segunda curación del Antiguo Testamento es la del aramita Naamán en manos del profeta Eliseo (cf. 2Rey. 5, 9-14). Naamán, general del ejército de Aram, acude al rey de Israel que lo deriva al profeta Eliseo, quien le pide al militar que se bañe siete veces en el agua del Jordán, y así quedará limpio de su lepra. Con reticencias, el general lo hace y queda purificado.

En ambos ejemplos, la diferencia con Jesús es clara, y está en lo instantáneo del Evangelio. Para Marcos no hay demoras entre lo que Jesús proclama, lo que hace físicamente, y el resultado. No se deben esperar siete días ni sumergirse en el Jordán siete veces. Basta el contacto con Él, la decisión de extender la mano y tocar al leproso. La purificación se focaliza más en el contacto que en la apariencia milagrosa. Es el contacto humano, la cercanía, lo que libera al enfermo de su carga. La exclusión desaparece en cuanto alguien incluye. Más que el poder milagroso de Jesús, esta escena está expresando el movimiento social que produce un Maestro que decide, voluntariamente, ponerse al lado del excluido.

 

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Jesús no sólo lo despidió, amablemente, sino que el texto en griego da la impresión de que Jesús lo obligó a irse, casi como si lo hubiese echado. Y además, lo advierte con severidad, con dureza. Estas expresiones dan más sustento a la mezcla de compasión e ira que invadía a Jesús al inicio de la escena. Este leproso no está llamado a quedarse al lado del Maestro, sino que debe irse hasta la sociedad y el sistema religioso que lo expulsó para presentar su caso.

 

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La primera advertencia clara para el leproso es el silencio. Nuevamente estamos ante el secreto mesiánico característico de Marcos. No hay nada que narrar, nada que contar. Al menos no en ese momento, en esa situación precisa. La única indicación es dirigirse al Templo, buscar un sacerdote que certifique la curación y ofrecer la ofrenda estipulada en la Ley. Nada más. El sacerdote no necesita saber detalles de la sanación, ni quién la ha realizado; sólo debe examinar al curado para dar el visto bueno y reincorporarlo plenamente a la sociedad. El Levítico, en su capítulo 14 exige que por el purificado se degolle un pájaro, se utilice esa sangre para asperjarlo, el purificado se lave, lave sus vestidos, se bañe, se afeite y se rape, y ofrezca dos corderos sin defecto, una cordera de un año sin defecto, tres décimas de flor de harina amasada con aceite y un cuartillo de aceite (si no tiene recursos deberá ofrecer un cordero, una décima de flor de harina amasada con aceite, un cuartillo de aceite y dos tórtolas o dos pichones). Así queda concluido el rito de reincorporación y la purificación, ante los ojos de la religión, queda aprobada y certificada.

Este intento de conciliación entre la práctica humanitaria de Jesús y la religión de la pureza/impureza es de difícil interpretación. Los comentaristas oscilan entre validaciones para que los cristianos sigan mezclados con el judaísmo sin proclamar su cristianismo, y rasgos del judaísmo del Jesús histórico. Posiblemente, esto no sea una aceptación del Templo por parte de Marcos, sino más bien un proceso lógico de socialización estimulado por un profeta renovador de la religión. La escisión entre Jesús y el judaísmo se producirá sobre el final de su vida, se hará evidente con su muerte, y se propulsará en el cristianismo post-pascual. Pero en el fondo, Jesús quería un cambio de la sinagoga y un cambio del Templo; quería un Israel convertido, como muchos profetas del Antiguo Testamento lo quisieron. En este intento de renovación, el pedido al leproso para que no hable, puede tener que ver con la intención de Jesús de no quedar expulsado Él mismo del sistema, por haber entrado en contacto con un leproso.

 

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Pero el leproso desobedeció la orden de Jesús. No lo intimidó la determinación del Maestro, sino que lo movió la alegría del encuentro con su nueva situación. La vida devuelta lo movió a proclamar la vida. El texto en griego dice que el ex leproso comenzó a proclamar la palabra, a kerygmatizar el logos. En términos cristianos y misioneros, se ha convertido en un apóstol. Recorriendo el mundo (hipérbole), da a conocer el kerygma, que consiste en la Palabra (con mayúscula). De leproso excluido ha cambiado su situación a apóstol de Jesús. Hay un posible juego simbólico desarrollado por Marcos que apunta a recordarles a los apóstoles de su tiempo que, en el fondo, han sido leprosos, han estado en una situación complicada y opresora de la que salieron liberados por Jesús. El apostolado no es motivo de privilegio jerárquico, sino manifestación de una acción de Dios. El protagonista no es el apóstol, sino Jesús y la acción de Jesús. El ex leproso no habla de él, sino de su situación cambiada, de una palabra que es la Palabra y le ha devuelto la vida.

Por esta proclamación, donde Jesús es identificado como aquel que ha tocado al leproso y lo purificó, ya no puede entrar a las ciudades. Está impuro ahora, separado de la sociedad por contactar a un excluido social. Está fuera del campamento, en el desierto de la discriminación. Pero paradójicamente, la gente acude a su sitio de exclusión. Se está concretando un movimiento inverso. En su identificación con los marginales, Jesús no espanta a la multitud, sino que la multitud va hacia lo marginal. Jesús se erige como ejemplo, como modelo a seguir.

 

La religión de los leprosos

El cristianismo es una religión de leprosos. Muchos tienen temor de llamar al cristianismo como una religión, porque supuestamente es un movimiento en su esencia. La religión se anquilosa, se estructura, se vuelve jerárquica. El movimiento, en cambio, es carismático, esquiva la institucionalización, se modifica constantemente. Pero lo cierto es que el cristianismo es una religión, una manera de relacionarse con Dios. Y más aún, es una manera de relacionarse con el ser humano. En general, las religiones se definen desde su teología, pero el cristianismo debe definirse, como lo hizo Jesús, desde su teología y su antropología. Marcos ha mostrado a lo largo del capítulo 1 de su libro que Jesús presta importancia capital al humano, y entre ellos, al humano que sufre, que está marginado, a la mujer, al endemoniado y al leproso. Si el cristianismo no se distingue del resto de las propuestas en su atención particular a la situación antropológica, entonces no vale la pena, no es nada novedoso.

Esa atención prestada a lo marginal, a lo excluido, hace que la Iglesia sea marginal, y que su esencia esté en la vida compartida con los privados de vida. Si la comunidad de Marcos no entiende esto, no podrá aceptar el hecho de que vive en persecución, que está en los márgenes de lo aceptado y eso tiene un costo. Lo normal persigue a lo anormal que no se deja someter. La sociedad de los normales prefiere que los anormales no levanten la cabeza, no exijan nada, no hablen. Porque el cristianismo es una religión de leprosos que no se conforman en su lepra, sino que quieren ser reconocidos por lo que son: humanos. El cristianismo es una religión de excluidos que luchan por la inclusión. Por eso son perseguidos los cristianos, por eso no pueden estar cómodos y tranquilos.

No levantar falso testimonio / Tercer Domingo de Adviento – Ciclo B – Jn. 1, 6-8.19-28 / 11.12.11

6 Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. 7 Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8 El no era la luz, sino el testigo de la luz.

19 Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: “¿Quién eres tú?”. 20 El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”. 21 “¿Quién eres, entonces?”, le preguntaron: “¿Eres Elías?”. Juan dijo: “No”. “¿Eres el Profeta?”. “Tampoco”, respondió. 22 Ellos insistieron: “¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?”. 23 Y él les dijo: “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”.

24 Algunos de los enviados eran fariseos, 25 y volvieron a preguntarle: “¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?”. 26 Juan respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”.

28 Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. (Jn. 1, 6-8.19-28)

Testigo

El Evangelio según Juan se abre con un poema/prólogo (cf. Jn. 1, 1-18) conocido como discurso del Logos o cántico del Logos, debido a que su tema principal es el logos (Palabra Verbo) de Dios, preexistente, que se encarna y habita entre los seres humanos para dar a conocer la verdadera naturaleza y carácter del Padre. En medio de estos versos iniciales, los estudiosos joánicos creen ver en los versículos 6 al 8 y en el versículo 15 añadidos posteriores, debido a que interrumpen el ritmo del texto introduciendo referencias a Juan el Bautista. Las mismas, no estarían en la versión más original del cántico. La intención del autor, al agregarlas, sería dejar bien en claro, desde el principio, el rol de Juan el Bautista respecto a Jesús. No es extraña al Nuevo Testamento la situación a la que se vieron enfrentados varios cristianos, en los primeros años de vida eclesial, al toparse con grupos de seguidores del Bautista, discípulos de él y continuadores de su obra. Hechos de los Apóstoles referencia a Apolo, varón “iniciado en el Camino del Señor, lleno de fervor, que exponía y enseñaba con precisión lo que se refiere a Jesús, aunque no conocía otro bautismo más que el de Juan” (Hch. 18, 25). Evidentemente, algunas comunidades convivían con esta confusión. Personas que conocían a Jesús y a Juan, que predicaban sobre ambos, pero no tenían en claro la función de uno y de otro, la posición de éste y de aquel. Para quienes habían desarrollado una cristología más elevada, significaba un problema. Por eso los esfuerzos de los Evangelios en dejar en claro la misión restringida del Bautista a ser el precursor del Mesías. El Evangelio según Juan,, desligándose un poco de esta visión como precursor, prefiere identificarlo como testigo. Así nos lo presenta el texto que leemos este domingo. El Bautista es la voz que clama en el desierto, pero sobre todo, es testigo de la luz. En este juicio literario que el autor desarrollará a lo largo de todos los capítulos de su libro, el Bautista aparece como el primer indagado que debe dar cuenta sobre su posición respecto a Jesús. Sacerdotes y levitas de Jerusalén son los acusadores, los fiscales. Sus preguntas, más que curiosidad, expresan la intención de atrapar, de engañar. Más adelante, los judíos indagarán al sanado después de treinta y ocho años (cf. Jn. 5), por ejemplo, y al ciego de nacimiento y a su familia (cf. Jn. 9).

Todo el Evangelio según Juan es un relato de enjuiciamiento que culminará con la crucifixión. Es como si la narración de los juicios judíos y romanos de la pasión se hubiesen convertido en tópico de casi todos los capítulos. Es un recurso literario. Con esto, Juan demuestra que la vida de Jesús ha sido un juicio y que la vida de los que deciden seguirlo también es un juicio. Aún más: la vida de cualquier ser humano, frente a Jesús, es un juicio. Es imposible permanecer neutro. Hay quienes lo reconocen y confiesan. Hay quienes dudan. Hay quienes lo abandonan. Hay quienes se oponen: los judíos. La designación de un grupo específico dentro de la trama del libro como los judíos no es un anti-semitismo así sin más. Tampoco es una indicación de nacionalidad o un gentilicio puro. Son judíos (para el libro) aquellos que se oponen a Jesús. Es una manera de designar al gran arco de opositores. No casualmente, la comunidad joánica está atravesando un enfrentamiento real con los defensores del nuevo judaísmo nacido después de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C. Es un judaísmo que ha decidido, definitivamente, excomulgar a la secta de los cristianos de las sinagogas. Este dato histórico refuerza la designación de judíos y otorga más luz hermenéutica a la retórica del juicio que atraviesa todo el Evangelio. Es la comunidad joánica la que tiene que tomar una posición y confesarla. Así como lo hizo el Bautista, que confesó y no negó. El autor remarca el testimonio del Bautista porque es modelo para el testimonio de los cristianos que escuchan su Evangelio. Más adelante, en Jn. 9, 22 y Jn. 12, 42, se explica que algunos no confiesan a Jesús como Mesías por miedo a ser expulsados de la sinagoga. Estos dos versículos son anacrónicos respecto al Jesús histórico; se trata, más bien, de una situación que viven las comunidades joánicas, forzadas a abandonar las sinagogas si se reconocen como cristianos, seguidores de Jesús Mesías.

Testigo del Mesías

El bautismo de Juan es puesto en duda por la autoridad que parece no tener. Se le ha preguntado si es el Mesías mismo, si es Elías o si es el Profeta esperado. Ninguno de ellos se ajusta a Juan. Los tres personajes sobre los que es inquirido demuestran la riqueza de la simbología escatológica judía. Se esperaba un Mesías, un rey como David que fuese capaz de reconstituir la nación israelita como nación capaz de guerrear y defenderse sirviendo a Yahvé. Se esperaba también el regreso del profeta Elías (cf. Mal. 3, 23), arrebatado al cielo (por tanto, no muerto), para recuperar el yahvismo, la religión perfecta y pura, sin desviaciones ni prostituciones idolátricas en nombre de otros dioses. Se esperaba, además, el último profeta, el que Dios había prometido en el Deuteronomio (cf. Dt. 18, 15), el que era uno como Moisés. No había uniformidad respecto a los tiempos y la presencia compartida o no de estos personajes. Podría ser que viniese Elías primero y luego un Mesías Profeta, o que el Mesías fuese militar y real, mientras el Profeta, a la par, fuese el guía espiritual. De todas maneras, cualquiera de los tres que hiciese su aparición, estaría anunciando el final de los tiempos, la consumación de la historia.

Pero el Bautista dice no ser ninguno de los tres. ¿Para qué bautiza? ¿Por qué lo hace? Su identificación es con una cita isaiana sobre la voz que clama en el desierto. Eso dice ser él. En la porción de lectura que tenemos este domingo, no queda claro el motivo del bautismo joánico. Sólo sabemos que es con agua. Más adelante, afirmará que su bautismo con agua tiene la función de manifestar el Mesías a Israel (cf. Jn. 1, 31). En los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), el bautismo de Juan es para el perdón de los pecados. Aquí, parece perder protagonismo frente a Jesús, pues toda su acción no tiene un fin en sí mismo, sino que está orientada a un suceso particular y específico que es la manifestación del Mesías. Su autoridad, que parece no estar en su ausencia de identidad, está justamente en su identidad al servicio de la entidad del Mesías.

Testigo a pesar de todo

Quizás, la visión que presenta el Evangelio según Juan del Bautista no sea la más histórica que podamos encontrar. Es más posible que los Sinópticos, aún con sus retoques literarios, hayan conservado una imagen más aproximada del profeta que se ubicó al otro lado del Jordán con un bautismo de conversión. El Evangelio según Juan ha realizado modificaciones profundas al personaje del Bautista. Sin embargo, conservó su cualidad de testigo. Es el que confiesa sin negar la verdad de Dios, hasta dar la vida.

En el juicio constante, el Bautista es uno de los que no da marcha atrás. Sus convicciones están bien fundamentadas, y por sus convicciones se sostiene. Parece no tener autoridad, no ser nadie importante, pero es su testimonio el que le da importancia. Es un testigo entre más, pero no es cualquier testigo. Es un bautizador entre tantos de Palestina, pero no es cualquier bautizador. Es un profeta de renovación como muchos del siglo I d.C., pero no es cualquier profeta de renovación. Quizás ese sea el aliciente que quiere transmitir el autor. Cuando el cristiano es testigo firme, que confiesa y que no niega su fe, no es un cristiano más de estadística oficial o de registro bautismal. Es cristiano con todas las letras. No vale confundirse. Había muchos bautizadores de renovación, y hoy hay muchos que caen englobados por la designación de cristianos, pero en el valor del testimonio se juega la verdad.

El testimonio del Bautista es paradigmático para una época donde las instituciones eclesiales creen que ser testigos es provocar grandes movilizaciones de protesta contra determinadas leyes o dominar medios de comunicación para propagar la verdad ortodoxa. Juan es testigo desde el peligro y su referencia a Jesús. Es testigo frente a los que han bajado de Jerusalén para interrogarle; y es testigo de Jesús, no de su propia acción bautismal. Cuando las movilizaciones eclesiales defienden más su ideología que a Jesús, no están en esta línea testimonial. Y, sobre todo, cuando el testimonio no pone en riesgo nada, cuando se proclama desde ambones protegidos, desde la impunidad de una institución, desde el poder de un cargo social, difícilmente se pueda incluir en la línea del Bautista. El testigo cristiano tiene un costo. La comunidad de Juan es excomulgada, el Bautista es apresado por Herodes. Indefectiblemente, hay un costo.