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Bautizado en el nombre del Padre / Bautismo del Señor – Ciclo B – Mc. 1, 7-11 / 08.01.12

7 Juan dijo: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

9 En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; 11 y una voz desde el cielo dijo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”. (Mc. 1, 7-11)

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Tras la descripción y las palabras de Juan el Bautista se introduce el Jesús de la vida palestina. Los lectores/oyentes de Marcos saben que hubo muerte y resurrección, pero ahora serán introducidos a los inicios históricos de Jesús. Como si se tratase de un investigador moderno del Jesús histórico, Marcos no vacila en asumir el bautismo en el Jordán como un hecho innegable de la historia, ineludible, y hasta vital para comenzar a andar el recorrido por Judea y Galilea antes de los últimos días en Jerusalén. Este es el segundo inicio jesuánico para la comunidad de Marcos: el primero fue la cruz con la tumba vacía, inicio de la fe y la esperanza en la gracia imposible de Dios; el segundo es el bautismo en el Jordán, inicio de las declaraciones del Padre sobre su Hijo.

La escena jugará un rol muy cristológico, de descripción y proclamación de la naturaleza de Jesús. Existe la posibilidad de que, anterior a la redacción de Marcos, se tratase de dos relatos diferentes: el bautismo y el llamado-vocación. La sutura de ambos relatos originaría estos versículos de Marcos donde lo estrictamente histórico del bautismo en manos de Juan se une a la visión personal de Jesús que se entiende, se comprende y se descubre Hijo de Dios. Los oyentes de Marcos parecen haber descubierto esa condición en la cruz, pero el autor les recuerda que es anterior, que está en los inicios de Nazaret. Porque, si bien Jesús viene desde Galilea hasta Juan, y es en el Jordán donde se oirá la voz de lo alto, esto no quiere decir que sea estrictamente ese momento el que lo constituye a Jesús como Hijo de Dios. La voz declara algo que está siendo, que viene siendo. La epifanía durante el bautismo es la excusa que utiliza Marcos para narrar la vocación de Jesús.

Si bien el relato de Marcos no es tan claro respecto a la relación de superioridad/inferioridad entre Jesús y el Bautista, hay un dejo de declaración de principios. Este es el momento vocacional de Jesús, pero no porque Juan sea su iniciador, sino porque Dios mismo abre los cielos para declarar y declararse. El mesianismo de Jesús no será resultado de un bautismo con aguas en el Jordán; esto será una circunstancia histórica solamente. Sacramental y simbólica, pero circunstancial. La disputa entre discípulos de Juan el Bautista y discípulos de Jesús sobre el mayor o menor poder de uno y otro se extendió en los primeros años del cristianismo. Los Evangelios no fueron ajenos a ello. Marcos establece la posición superior de Jesús en todo su libro, pero no por eso deja fuera de su narración el acontecimiento del bautismo en el Jordán. El autor ha considerado fundamental este hecho, ineludible, porque representa la irrupción histórica de una epifanía.

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La epifanía es plena al salir del agua, no debajo del Jordán. Este es un detalle sencillo que apoya lo comentado en el versículo anterior sobre la relación entre Juan y Jesús. No son las aguas del bautismo joánico las que entronizan a Jesús, sino su Padre que está en los cielos y que trasciende esos cielos. Por la misma razón, se vuelve difícil congeniar el bautismo de Jesús con el bautismo sacramental y posterior de la Iglesia. Repetimos que el bautismo es una excusa que aprovecha Marcos, porque la revelación importante de esta escena se da a conocer al salir del agua. El Jordán no declara la filiación divina ni otorga el título mesiánico. Serán los signos del Espíritu y de la palabra divina los que lo harán. Signos que parecen ser percibidos exclusivamente por Jesús, y no por Juan ni los asistentes al momento. Al menos, eso podemos decir sobre los cielos abiertos y la paloma; respecto a la voz, podría inferirse que es audible para todos los allí presentes, pero el texto no es claro.

El cielo abierto, rasgado, recuerda la petición desesperada de Is. 63, 19: “Si rasgaras el cielo y descendieras”. Es el grito de un pueblo que se siente dejado por su Dios, separado por una distancia infranqueable. Se han acabado las teofanías, las epifanías, las manifestaciones sobrenaturales. Se ha levantado un muro entre la historia de los seres humanos y el cielo de Yahvé. Por eso el pedido es desesperado. Es el llamado del ser humano que se encuentra solo en el universo, sinsentido, sin dirección. El cielo es interpretado como una barrera que impide el contacto fraterno y filial entre el Creador y sus creaturas. El verbo en griego para la rasgadura es squizo, mismo término que Marcos utiliza para describir cómo el velo del Templo de Jerusalén se rasga con la muerte de Jesús en la cruz (cf. Mc. 15, 38). Un punto más de conexión entre el final y el inicio, entre la cruz y el comienzo del Evangelio de Jesús. La muerte del Mesías abre por completo lo que la religión cerraba, al mismo tiempo que la vida del Mesías abre por completo lo que las vicisitudes del universo cerraban. Todo el arco vital de Jesús es un intento por acercar, por encontrar, por reparar, por dar respuesta a ese grito desesperado humano. En Jesús ya no puede haber división ni barreras, sino encuentro de Dios y el ser humano.

Este encuentro físicamente imposible, históricamente malogrado, está sustentado por la presencia del Espíritu. El signo de la paloma es confuso. La literatura judía no tiene, a ciencia cierta, un parangón que sostenga el uso que hace Marcos. Hay dos ejemplos relativos que parecen estar en el fono: la Creación y el diluvio. Respecto a la Creación, las Escrituras se abren evocando cómo el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas (cf. Gen. 1, 2), cual aleteo según la exégesis rabínica. Este aleteo exige alas, y el Espíritu se equipara a un ave. El otro ejemplo es cuando Noé, en medio del diluvio, suelta una paloma para que recorra la superficie en busca de tierra firme (cf. Gen. 8, 8-12). La paloma es el signo del nuevo comienzo, de las buenas noticias de la tierra que se está secando y que permite re-comenzar. Quizás, allí esté la conexión: en los génesis. El aleteo inicial de la Creación se emula en Noé, destinado a volver a comenzar el mundo, y en Jesús, hacedor de un recomienzo universal. El Espíritu parece ser la fuerza vital que da la vida. En los momentos de muerte, de abismo, de nada misma, el Espíritu de Dios sobrevuela la superficie para transformarla.

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Junto al Espíritu volador del Génesis está la palabra divina. La Palabra que crea las cosas en los inicios del mundo vuelve a hacerse presente en los actos creadores de vida; en la vida de Jesús. Es una voz que viene del cielo, morada simbólica de Dios. Es una voz que declara la filiación de Jesús de Nazaret, hijo querido, hijo predilecto. Si bien el texto no especifica la condición de Hijo de Dios, queda establecida. La voz de Yahvé lo nombra, se dirige a él, lo elogia. Y no lo hace como Mesías ni como profeta ni como rey, sino como hijo.

Las palabras del cielo mezclan dos citas. Una es del Sal. 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”, y la otra de Is. 42, 1: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma”. El salmo es un típico cántico al rey de Israel, sostenido por Yahvé y, en su condición real, hijo de Dios. El día de la coronación, según la tradición israelita (heredada de otras naciones), el rey era adoptado como hijo de Dios. Por eso el salmo habla de ser engendrado hoy, o sea, en el día en que asume su cargo de rey. Vemos que Marcos es muy cuidadoso para obviar esa referencia temporal. No es el bautismo el que engendra al Hijo de Dios, sino el que lo afirma. La segunda cita es un fragmento de uno de los Cantos del Siervo de Isaías, referentes a un servidor de Dios, vapuleado por los acontecimientos, pero sostenido por Yahvé para traer liberación y rescate a su pueblo. La continuación de Is. 42, 1 afirma que Dios ha puesto su Espíritu sobre el Siervo, lo que apoya el uso de esta cita por Marcos en el contexto del bautismo y de la paloma.

Como un Padre a su Hijo

El bautismo de Jesús en el Jordán es un texto de vida. Hay agua, hay Espíritu y hay Palabra. Los tres elementos tienen que ver con lo creativo de Dios, ya que los tres elementos están presentes en el relato de la Creación de Génesis. Estos principios de vida se ubican en torno a Jesús, hombre crucificado. Ciertamente, el hecho de sumergirse ha sido, y seguirá siendo, símbolo de doble faz, de muerte/vida. Nos sumergimos en la oscuridad de la muerte, salimos del agua como un renacimiento; al atravesar la lucha del parto rompemos las aguas que nos contenían en el útero para respirar por primera vez y comenzar las respiraciones que nos llevarán a la última. Jesús viene a darle sentido a toda esa maroma de idas y vueltas, de sumergidas y salidas a la superficie.

Marcos recalca que en Jesús hay una situación particular de Hijo. Es el Hijo principal de la vida plena que es Dios, y por ello, es dador de vida también. Todas las manifestaciones que circundan al Mesías remarcan su filiación. Es la filiación que nos da esperanza. En los momentos más terribles de muerte, de persecución, de luchas, de tribulaciones; sentirse y saberse hijo de Dios es una roca, una fortaleza. El bautismo en el Jordán no ha dado a Jesús la condición de Hijo de Dios, pero se la ha manifestado más claramente. Es un momento de epifanía (personal). Es el momento que la comunidad de Marcos debe buscar para subsistir, para encontrar ese asidero que la sostendrá en medio del martirio. La experiencia de la filiación es la experiencia de un Padre, de una figura real que está a pesar de todo, que ama, que sostiene, que salva. Por eso es una experiencia que no tiene que ver con el bautismo sacramental realizado por tradición en los pequeños. Este es un bautismo de conciencia del amor de Dios, un bautismo que hay que atravesar desde la condición humana para descubrirse trascendente, sostenido, amado por Dios.

En vivo y en directo desde Galilea / Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 4, 12-23

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz”.

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. (Mt. 4, 12-23)

El texto que la liturgia nos propone hoy no es largo, pero sí variado. En su interior podemos encontrar, por lo menos, cuatro partes relativamente independientes. La primera es Mt. 4, 12-16, donde se introduce una cita de los profetas basada en la historia del comienzo de la misión independiente de Jesús, tras el arresto del Bautista. La segunda es sólo el versículo 17, con la proclamación básica de Jesús, que ya había conservado Marcos en su relato levemente modificada (cf. Mc. 1, 15). La tercera parte es Mt. 4, 18-22, con los relatos vocacionales de los primeros cuatro discípulos, conformados por dos grupos de hermanos. Finalmente, el versículo 23 pertenece a un resumen de la actividad jesuánica que, en realidad, abarca también los versículos 24 y 25, no proclamados por esta liturgia dominical. Pero el análisis estructural-literario que estamos haciendo no se detiene aquí. Los biblistas reconocen que la frase de Mt. 4, 17 tiene una similitud sugerente con la de Mt. 16, 21: “Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. En griego, más allá de las distintas traducciones bíblicas en español, ambos versículos comienzan igual: apo tote archomai Ieosus. Esto determina que todo el libro de Mateo pueda dividirse en tres grandes secciones. La primera llegaría hasta Mc. 4, 17, y contiene la infancia de Jesús y la preparación de su ministerio, hasta su instalación en la Galilea de los gentiles para comenzar el ministerio independiente de Juan. La segunda sección sería hasta Mt. 16, 21, donde se desarrolla en narraciones y discursos la misión Jesús en esta Galilea y sus alrededores. A partir de allí, la tercera sección comprende la decisión de subir a Jerusalén, la subida y la pasión. Los dos versículos similares, entonces, serían las grandes bisagras que separan y conectan, a la vez, la preparación de la misión galilea, y la misión galilea de Jerusalén. Ambos textos son sugerentes en su contenido: mientras el primero parece reflejar un mensaje más luminoso sobre la cercanía del Reino, el segundo es más oscuro, con la profecía sobre la muerte. Pero tampoco podemos detenernos aquí con el análisis estructural. Los biblistas también reconocen una subdivisión que se extiende entre Mt. 4, 23 y Mt. 9, 35, debido, nuevamente, a la similitud de ambos textos. Jesús recorre itinerante, enseña en las sinagogas, proclama el Evangelio del Reino, sana toda enfermedad y toda dolencia. En sí, los versículos son iguales, excepto que el primero nombra a Galilea y el segundo habla de todas las ciudades y las aldeas. Esto manifiesta cómo, en la subdivisión que mencionamos, la popularidad de Jesús creció, así como se expandieron los límites de su ministerio. Todas las ciudades y aldeas no pertenecen solamente a Galilea, sino que pueden ser territorios paganos.

La cita profética que el autor sugiere como cumplimiento del asentamiento de Jesús en Cafarnaún, está tomada de Is. 8, 23 – 9, 1: “En un primer tiempo, el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí, pero en el futuro llenará de gloria la ruta del mar, el otro lado del Jordán, el distrito de los paganos. El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz”. Claramente, hay un refuerzo del mensaje universalista que Mateo, constantemente, intentará asentar en su libro. La cita no está copiada íntegramente por el autor, sino que ha añadido algunas modificaciones. Nos interesa resaltar aquella en que Mateo introduce el término kathemai (sentados) en lugar de habitar para describir a los que están en las oscuras regiones de muerte. Quizás, el evangelista pretende remarcar el hecho de que Jesús se dirige a los terrenos donde el paganismo está más arraigado, donde las personas viven asentadas en la oscuridad de la falta de Dios. La realidad era, probablemente, una mezcla más que una oscuridad total. Existía en el Oriente una ruta llamada camino del mar que atravesaba Galilea, y por ser ruta de mercaderes, era lugar de tráfico y de intercambio cultural muy elocuente. El apodo Galilea de los gentiles responde a un desprecio que los habitantes de Judea, provincia supuestamente pura y religiosa, otorgaba a los provincianos que se habían entremezclado con los paganos, conviviendo con ellos y, por lo tanto, volviéndose impuros. También hay que tener en cuenta que, para la época que escribe Mateo, Galilea no ocupa el mismo territorio que durante el ministerio de Jesús. Con el tiempo, Galilea se transformó en la Gran Galilea, abarcando territorios que estaban al norte de su delimitación original. Por ende, es posible pensar que Mateo ha trasladado la preocupación de su comunidad al inicio de la vida pública de Jesús. Si el Maestros comenzó instalado entre gentiles, y en ese territorio de sombras llevó luz, la tarea de la comunidad cristiana consiste en no separarse geográficamente de la gentilidad, sino alumbrarla con el misterio de Cristo.

En la misma línea podrían interpretarse los llamados vocacionales a los dos grupos de hermanos. Ser pescadores de hombres puede estar en relación a la visión de Ezequiel sobre el final de los tiempos, cuando sale un río vivificador del costado del Templo de Jerusalén que llega hasta los confines de la tierra y que está repleto de pescadores en sus orillas (cf. Ez. 47, 9-10). Es tanta la abundancia y variedad de peces que llama la atención. De la misma manera, llegada la hora del Reino, es tan universal la pesca por realizar, que Jesús llama y forma pescadores escatológicos, lanzados a la misión. Para esta tarea titánica se entiende la necesidad de un desprendimiento. Pedro y Andrés dejan las redes, pero Santiago y Juan van más allá y abandonan la barca y a su padre. Los bienes materiales y el bien familiar, tan importante en el código de honor del siglo I, son relativizados por la nueva condición que establece Jesús con ellos. Desde su profesión (pescadores) los convierte hacia un ejercicio pleno de su misma profesión. No dejarán de ser pescadores, pero sí cambiarán el motivo de su pesca. No dejarán de ser hermanos entre ellos, tampoco, pero sí tendrán que asumir una fraternidad mucho más grande que es la familia del Reino. Probablemente, el abandono de todo para seguir a Jesús no fue inmediato en el sentido histórico estricto. Quizás, Jesús hacía algunas predicaciones que ellos fueron escuchando, o lo vieron caminar repetidas veces por la costa, hasta inclusive trabar conversaciones con Él. Un día decisivo tomaron la determinación. Ese día, en ese momento de la decisión, el abandono fue inmediato, como lo asegura Mateo, pero detrás había un proceso. Hubo un tiempo de proclamación (cf. Mt. 4, 17) y un tiempo de encuentro (cf. Mt. 4, 18-19) previos. Hubo un llamado y un discernimiento, un movimiento externo e interno. Hubo preguntas y dudas. Finalmente, se decidieron. Optaron por una pesca que los sobrepasaba, una pesca difícil sin resultados precisos. Optaron por un personaje distinto, atrapante, por un galileo con mensaje abierto.

El Nuevo Testamento da cuenta de los inicios galileos de Jesús. Una multitud del Evangelio según Juan se pregunta: “¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea?” (Jn. 7, 41), despreciando el origen jesuánico. Cuando los sumos sacerdotes lo presentan a Pilato, insisten en que “subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí” (Lc. 23, 5). Pedro proclama, en Hechos de los Apóstoles: “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea” (Hch. 10, 37). Este comienzo en la Galilea de los gentiles es un símbolo fuerte para la Iglesia. Jesús se ha iniciado desde la periferia, y sobre el final de su vida, ha decidido viajar a Jerusalén. Su mensaje es anunciado en la marginalidad, en lo limítrofe, en lo despreciable. Cuando los reyes salen en campaña contra un pueblo, atacan las ciudades importantes y la capital, porque si las conquistan, han conquistado al pueblo. Jesús no inicia su campaña en Jerusalén, ni siquiera en Judea. Se traslada a Cafarnaún, a la tierra de los mezclados, de los impuros, de los campesinos y los pescadores, a la tierra sin Templo. Desde allí pretende expandir su Evangelio del Reino, calmando los sufrimientos y acompañando a los que están mal.

¿Dónde comenzar la evangelización, entonces? ¿En las casas de gobierno, con reuniones suntuosas y protocolares entre pastores y políticos? ¿O en los barrios marginales, en las villas, entre los enfermos y pobres? Es una cuestión que no puede dejar de plantearse, mucho menos en sociedades politizadas y en terrenos donde se lucha por el poder. ¿Es el mismo mensaje de Jesús el que se manifiesta en un acto donde alguien es invitado a bendecir, por ejemplo, una instalación militar? ¿Es la misma metodología del Maestro la que se utiliza en escenarios montados en plena calle céntrica con despliegue de luminarias e inversiones millonarias? ¿Dónde quedan nuestras Galileas? Porque si no sabemos desde dónde comenzar, tampoco sabremos a dónde vamos. Al perder el origen, perdemos el hilo conductor y la meta. Terminamos por convertir nuestras tareas en un panfleto, una publicidad o un materialismo monista. Olvidamos que la presencia de Jesús entre los que sufren es la presencia que acompaña, y que el sufrimiento sólo se convierte en Buena Noticia cuando es acompañado. La misión en la marginalidad, además de responder al modelo cristiano original, encierra la característica de no desesperarse si no se convierte en ideología, ni en buena propaganda ni en material concreto; sigue siendo evangelización porque es presencia entre los que sufren, es acompañamiento a pesar de todo, es amor libre que libera.

Testigos de lo que no vimos / Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Jn. 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”. (Jn. 1, 29-34)

Este domingo litúrgico que los católicos identificamos como el Segundo del Tiempo Ordinario, en realidad, bien podría ser el último del tiempo Navidad-Epifanía. La lectura está cuidadosamente seleccionada para ser la conclusión de las celebraciones que se vienen llevando a cabo. En este Ciclo A, donde el Evangelio guía es el de Mateo, hoy leemos a Juan y una porción de su visión sobre Juan el Bautista. Como precursor e iniciador de lo que será la tarea pública jesuánica, Juan es profeta, sobre todo presentado así por Marcos, Mateo y Lucas; en Juan, quizás, el hincapié está en su condición de testigo válido. Su testimonio vale, justamente, porque es un profeta, un hombre que habla en nombre de Dios lo que Dios le manda decir, pero no se resalta demasiado su mensaje más desligado del Mesías, sus exhortaciones. Mateo y Lucas, particularmente, han conservado en sus libros unos versículos que dejan entrever la preocupación del Bautista por el arrepentimiento ante la ira de Dios (cf. Mt. 3, 7-8), la ayuda a los necesitados (cf. Lc. 3, 11), y la liberación de las opresiones económicas y políticas (cf. Lc. 3, 13-14). El Evangelio según Juan reduce la participación del profeta a una subordinación completa ante el misterio crístico; no hay exhortaciones morales ni prédicas económico-políticas. El Bautista, para Juan, es:

a) Un hombre enviado por Dios (Jn. 1, 6): este es su origen. Lucas lo remontará a Zacarías e Isabel (cf. Lc. 1, 5-25). Para el cuarto evangelista, la introducción en la historia del personaje proviene directamente de Dios, sin intermediarios. Es un enviado, por lo tanto, un hombre con una misión divina.

b) Un testigo de la luz (Jn. 1, 7): su misión es dar testimonio de la luz del mundo que es el Cristo. La tarea que le encomienda, específicamente Dios, es la de señalar la luz para que la gente crea. Es un intermediario en la fe. Es un testigo autorizado, pues la misma divinidad lo cataloga como tal. Su testimonio, por lo tanto, es válido, en el pasado y en el futuro. Dios le ha concedido una misión que se prolonga hasta el final de los tiempos. Vino a la historia como testigo, como el que ve y cree, como el garante del mesianismo de una persona: Jesús de Nazareth.

c) No es la luz (Jn. 1, 8): el Evangelio quiere dejar en claro que el Bautista no es el Mesías, sino el testigo del Mesías. No se lo puede confundir, porque confundiéndolo, no sólo se atentaría contra la misión de Jesús, sino contra la misma misión de Juan. Dios lo ha elegido para ser testigo de la luz, y su plenitud está en el testimonio, no en la usurpación de una condición crística que no le corresponde.

d) Precede a la luz en una paradoja (Jn. 1, 15): en una complicada noción y mezcla de espacio y tiempo, el Bautista declara que quien viene después de él, en realidad, estaba desde antes. Jesús, existente desde siempre, pre-existente, se presenta ante el mundo después que Juan, haciendo la paradoja de un orden cósmico. Viene a posteriori siendo el a priori de todo. El Bautista no es más que la consecuencia del Cristo, aunque los hechos pareciesen indicar lo contrario: que el Mesías es la consecuencia de la aparición de Juan.

e) La voz que clama (Jn. 1, 19-23): ante las inquisitorias del juicio contra Jesús que empieza a desatarse y desarrollarse desde el primer capítulo de la obra joánica, el Bautista rápidamente desvía la atención de su persona. Él no es el Mesías, ni Elías ni el profeta esperado. Es llamativo que ante la pregunta sobre quién es, la respuesta sea referida al Cristo mediante una negación: no soy el Mesías. Elías y el profeta esperado son dos personajes ansiados escatológicamente en la tradición hebrea. Juan tampoco se identifica con ellos. Es como si quisiese reducir su protagonismo al máximo. Sólo se hace conocer como la voz que clama en el desierto anunciada por Isaías (cf. Is. 40, 3); tradición que han conservado también los Evangelio sinópticos (cf. Mc. 1, 2-3; Mt. 3, 3; Lc. 3, 4), dándonos a pensar en la probabilidad muy cierta de que Juan el Bautista haya entendido su misión, verdaderamente, a partir de este texto isaiano que habla de la esperanza de la liberación, en aquel caso, del destierro y esclavitud en Babilonia. Entendiéndose desde ese punto, el Bautista sería como este Isaías que no es el Mesías liberador, pero que consuela y habla al corazón del pueblo anunciando la pronta llegada de la salvación (cf. Is. 40, 1-2).

f) El bautismo introductorio (Jn. 1, 26-27): lo que hace Juan es una preparación. Su testimonio anuncia la plenitud, allana el sendero, prefigura lo definitivo. Al bautizar con agua no hace otra cosa que establecer la pre-figura de la figura real que será el bautismo en el Espíritu Santo en manos del que viene. Los fariseos no lo entienden, y por eso le preguntan desconfiados para qué se dedica a bautizar, siendo que no es Mesías ni Elías ni el profeta esperado (cf. Jn. 1, 24-25). Juan sabe que bautiza para que a Israel se manifieste el Cristo. No aparecerá el Mesías sobre un terreno estéril, sin trabajo. Ha estado el precursor, el Bautista, haciendo la pre-figura de una realidad total; la pre-figura tiene limitaciones, pero es el escalón anterior a la figura y la preparación adecuada.

Este personaje presentado por el cuarto evangelista es el único que aplicará a Jesús, en todos los Evangelios, el título de Cordero de Dios, y sólo en dos oportunidades (cf. Jn. 1, 29.36). Claramente, la alusión es al cordero pascual (cf. Ex. 12), macho, sin defecto y de un año. El autor terminará de develar el misterio en el relato de la crucifixión, cuando asevere que “era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor de la hora sexta” (Jn. 19, 14), lo que significa, alrededor del mediodía, horario en que se sacrificaban los corderos pascuales en el Templo de Jerusalén. El paralelo es ineludible. En la cristología joánica, Jesús es el cordero pascual de Dios. En un constante proceso de suplantación de la institucionalidad judía por la persona de Jesús, Juan acaba suplantando la Pascua judía con la pasión y crucifixión. Este cordero crístico es el que quita el pecado del mundo. Pecado en singular; no se habla aquí de los pecados que podemos enumerar, sino del mal que está en la raíz de la falta de plenitud humana. El pecado es, por definición, el alejamiento de Dios, el corte de la relación con el Creador. El Cordero Jesús viene, justamente, a restablecer esa relación entre Dios y los seres humanos, atacando a los pecados desde su fuente: la separación entre lo divino y lo humano. Y como en la pascua judía, Dios viene para liberar. En la liberación se camina hacia la plenitud. Quitar el pecado, por lo tanto, es romper las cadenas que atan al ser humano.

Sobre el Cordero de Dios está el Espíritu Santo, que permanece en Él. Lo que actúa, por ende, es acción espiritual, inspirada, guiada desde lo alto. Pero no siendo esto suficiente, falta una declaración que, en la función testimonial del Bautista, es la cumbre de lo que viene sosteniendo: este Cordero, este hombre de Nazareth, es el Hijo de Dios. Juan Bautista testimonia algo que le puede costar la vida. Mientras los interrogatorios anteriores dan la sensación de que el precursor se evade de las preguntas, en Jn. 1, 34 compromete su existencia diciendo que, por lo que vio, está en condiciones de testimoniar acerca de la filiación divina de un ser humano concreto: Jesús. Eso vale la pena de muerte en el judaísmo, es una blasfemia.

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El acto testimonial del Bautista, o mejor dicho, la misión testimonial, es un modo de interpelación para nuestro compromiso. El verbo ver es importantísimo en el cuarto Evangelio. En la perícopa que leemos hoy, Juan ve acercarse a Jesús, ha visto el Espíritu sobre Él y por lo que vio da testimonio de que es Hijo de Dios. La primera visión es material, de un varón judío que viene caminando. La segunda visión es sobrenatural, pero el texto nos habla de un signo físico (la paloma) que nos permite llegar hasta el simbolismo del Espíritu. La tercera visión, sobre la filiación divina, es una visión de fe. No hay elementos materiales, sino la certeza de lo que cree Juan. Para la Iglesia, esto es una invitación a dar testimonio sobre las cosas que ve y que no debería callar. No se puede ocultar un delito cometido en el seno de la institución eclesial, ni hacer oídos sordos a los reclamos de los pueblos oprimidos. La visión eclesial tiene que ser amplia y profética para ser testimonial del Evangelio. Amplia para abarcar la mayor cantidad posible, para no dejar que se le pase nada, para evaluar la realidad desde todos y cada uno de los ámbitos. Muchas veces, una visión reducida de la realidad lleva a un posicionamiento equívoco. El aspecto profético tiene que ver, sobre todo, con estar presentes en medio de los que sufren injusticias. Los profetas de Israel se caracterizaban por denunciar la injusticia que vivían ellos o sus compatriotas; eran gente del pueblo para el pueblo. La Iglesia honra esa tradición heredada de Israel cuando, viviendo entre los que sufren, se hace presente en las esferas de decisión para luchar porque las cosas cambien.

Pero la Iglesia también da testimonio sobre cosas que no ve directamente. Da testimonio sobre un Cristo resucitado que no lo tiene físicamente. Da testimonio sobre un Reino de Dios que no se ha instaurado definitivamente. Da testimonio del amor, a sabiendas de que es un concepto abstracto. Da testimonio de comunidad sin poder presentar más que la utopía comunitaria de Jesús. A pesar de las dificultades, su Señor la ha enviado hasta los confines de la tierra para dar testimonio de todas esas cosas. Como el Bautista, tiene que dar un salto de calidad en fe. La Iglesia tiene que estar segura para proclamar al Hijo de Dios. Esa seguridad, mal que nos pese, no está en estatutos ni en manejos empresariales. Cuando la institución eclesial decide manejarse así, se pierde, se desgaja de sus orígenes. La seguridad está en haber comprendido los signos, como Juan comprendió la paloma. Los signos de los pobres, de los excluidos, de los niños desnutridos, de las mujeres relegadas, de la depresión social, de la voracidad del capitalismo. Los signos de las iniciativas no gubernamentales por la ecología, las organizaciones populares, los gobiernos democráticos. Cuando la Iglesia lea con seguridad los signos de los tiempos, entonces será con seguridad testigo.

El pequeño profeta más grande de todos / Tercer Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 11, 2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.

Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. (Mt. 11, 2-11)

El texto propuesto para este domingo por la liturgia está en clara relación con el texto del Segundo Domingo de Adviento. Aquí tenemos otra arista para acercarnos a la figura de Juan el Bautista. La fuente más próxima de esta tradición es lo que los estudiosos llaman la Fuente Q, que sería fuente común de Mateo y de Lucas. La perícopa que leemos, en realidad, forma parte de un conjunto más grande que estaría en Mt. 11, 2-19 (Lc. 7, 18-35). La liturgia, al recortar el conjunto, puede desorientarnos un poco, ya que sólo a partir de Mt. 11, 11 se entiende hacia dónde apunta toda la sección: el Reino de los Cielos. Lo importante y fundamental no es Juan el Bautista, como veremos al analizar la frase sobre su grandeza y su pequeñez. Lo importante es que Juan apunta al Hijo del Hombre, y el Hijo del Hombre es el cumplimiento objetivo de la promesa del Reino.

Para ser más exactos: el Hijo del Hombre y sus obras son el signo objetivo. Cuando los dos discípulos del Bautista preguntan a Jesús lo que su maestro quiere saber, la respuesta apunta a lo que está sucediendo. Son signos del Reino. Ciegos que ven, paralíticos que caminan, leprosos purificados, sordos que oyen, muertos resucitados y Buena Noticia anunciada a los pobres. Esta respuesta jesuánica está elaborada en base al libro del profeta Isaías. Se trata de una refundición de Is. 29, 18-19 (“Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y oscuridad. Los humildes de alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”); Is. 35, 5-6a (“Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”) e Is. 61, 1 (“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros”). Se trata siempre de promesas mesiánicas. Isaías visualiza la era final, la era de la llegada del Rey definitivo de Israel, como una época donde las enfermedades desaparecen, la Buena Noticia alcanza a los pobres y marginales, y todo es restaurado. El Mesías/Cristo trae el retorno al estado original de las cosas, al bien querido por Dios. La era mesiánica se caracteriza por la restauración. Ahora bien, esa restauración puede ocurrir por caminos de paz o por caminos de violencia. Y si bien esta dicotomía es una trampa (en realidad, es imposible llegar a un estado de bienestar por mano de la guerra), es la dicotomía que plantea la escatología. Israel podía tener fe en un Mesías que liberaría dirigiendo un ejército (como Ciro de Persia, cf. Is. 45, 1-2), o en uno que actuaría como el Siervo Sufriente (Is. 42, 1-9; Is. 49, 1-7; Is. 50, 4-9; Is. 52, 13 – 53, 12). De la misma manera, Juan Bautista podía anunciar la llegada del agente mesiánico que canalizaría la ira de Dios, o la llegada del agente de la misericordia divina. Como lo demuestra la lectura del domingo anterior (cf. Mt. 3, 1-12), Juan es el profeta del hacha y la horquilla. El agente mesiánico traerá la poda y el fuego para quemar la paja, porque viene a concretar el enojo de Dios por los pecados humanos.

A partir de esta concepción se genera la duda en el Bautista. Tiene que enviar discípulos que le pregunten si es el que la esperanza judía espera… o no. Evidentemente, los modos de Jesús no coincidían con la teología de Juan, y eso lo hizo vacilar. Esta teología joánica puede explicar la frase final de la lectura de hoy. Juan es el mayor entre los nacidos de mujer, pues señala al Mesías, apunta en la dirección de la salvación, es el precursor. En él hallan cumplimiento las profecías de Malaquías: “Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí” (Mal. 3, 1a) y “Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible” (Mal. 3, 23). Juan es el profeta precursor, el último de la larga línea profética del Antiguo Testamento. Le ha tocado, en la historia de la salvación, ser el profeta que ve, con sus propios ojos, en tiempo real, al Elegido de Dios. Los otros lo han anunciado, han tenido visiones, han entendido que Dios se presentaría liberador; pero sólo Juan tiene el privilegio profético de tener al alcance de la mano la suma de todas las profecías: Jesús. Por eso es el mayor hombre nacido de mujer. Sin embargo, al mismo tiempo, es el más pequeño del Reino de los Cielos, porque su teología sigue estando atada al modelo veterotestamentario. A Juan le cuesta comprender un mesianismo sin ejércitos y sin planes militares. Le cuesta ingresar a la dinámica del Evangelio de Jesús, y en este sentido, es pequeño frente a cualquier otro ser humano que, ministerialmente profeta o no, haga suyo el modelo jesuánico del Mesías que es Siervo Sufriente. La expresión, entonces, no es un insulto, sino una constatación del pensar y el creer de Juan, que en ciertos puntos, difiere del de Jesús.

Decimos que no hay insulto en la caracterización que hace el Maestro del Bautista porque, al contrario, parece haber admiración. Cuando los enviados que vinieron a preguntar se retiran, Jesús pronuncia tres frases que guardan una estructura similar. Vamos a ponerlas en paralelo para entender qué juego literario encierran:

1.a. ¿Qué fueron a ver al desierto?

b. ¿Una caña agitada por el viento?

2.a. ¿Qué fueron a ver?

b. ¿Un hombre vestido con refinamiento?

c. Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

3.a. ¿Qué fueron a ver entonces?

b. ¿Un profeta?

c. Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Como es fácil de notar, a la primera frase le falta una parte, la respuesta a la pregunta retórica. Además, se agrega el problema de entender qué significa la imagen de la caña agitada por el viento. En primer lugar, es claro que la utilización de la caña en la frase es una pista para remontar estas palabras a la primerísima tradición, hasta Palestina, pues la caña es un elemento típico del paisaje de la cuenca del Jordán. Algunos biblistas propusieron la interpretación de la caña en relación con la actividad jurídica de Dios; cuando Yahvé juzga a Israel, lo agita como un junco, como una caña (cf. 1Rey. 14, 15). Juan el Bautista, predicador de la justicia divina, aludiría a la violencia de Dios que agita a su pueblo. Pero esa interpretación no cuadra directamente con la segunda frase que hace referencia a los que se visten elegantemente en los palacios de los reyes. Es más lógico que la caña agitada esté en relación a los hombres vestidos con refinamiento. Para esta interpretación, tenemos el dato histórico de unas monedas que Herodes Antipas acuñó en aquellos tiempos y que tenían, en el anverso, la imagen de una caña. Por asociación, las monedas de Antipas son la imagen de Antipas, y esa imagen es una caña. La caña agitada, entonces, es Herodes, el gobernante inestable que se mueve con los vientos de la política, que un día es partidario de esto, pero al día siguiente de lo otro, que cambia de parecer como si nada, que no tiene convicciones. Así se aclara la cuestión. Juan el Bautista no es como el inestable Herodes ni como la farsa de sus cortesanos. El que está en el desierto es un profeta, y los profetas poco tienen que ver con esa vida palaciega. La respuesta a la primera frase, que falta intencionadamente para que la complete el lector, podría ser: no fuimos a ver la caña agitada de Herodes, sino a su antagonista: el Bautista. De más está aclarar el profundo corte político de la declaración. Ya Flavio Josefo da cuenta de la oposición encarnizada entre el predicador del desierto y Herodes. Jesús se hace eco de la situación y pasa del plano político al religioso casi sin límites. La oposición política, en realidad, se remonta a una cuestión religiosa. Juan no es un puntero político ni un noble ni representante de un partido electoral; Juan es profeta, es el mensajero de las cosas de Dios, y desde su denuncia social (que es denuncia religiosa) se gana la enemistad de los poderosos.

El Reino de Dios y la profecía no son conceptos puramente religiosos. Aunque a veces da la impresión que los tomamos como tales. Cuando el Reino de Dios se espiritualiza al punto de romper con la realidad y volverse solamente un futuro que caerá del cielo, o cuando la profecía se reduce a un arte adivinatoria, se está deshonrando la historia de los profetas de Israel. Se está deshonrando a Juan el Bautista, se está deshonrando a Jesús.

La capacidad del Bautista de leer los signos de los tiempos, para reconocer (aunque con dudas) que el agente mesiánico estaba llegando, se complementa con su capacidad de entender el funcionamiento político, criticarlo y denunciarlo. Juan no es un pequeño profeta que no puede comprender bien los mecanismos de opresión de su pueblo. Juan es un hombre inteligente que sabe desentramar la maquinaria del poder. Por eso lo apresan, por eso es adversario digno de temor de Herodes. Juan es el modelo de aquellos que, en la Iglesia, quieren adjudicarse el título de profetas. Para serlo, no es necesario montar un espectáculo y predecir lo que sucederá dentro de un mes o un año. Para ser profeta hay que saber leer la realidad críticamente, no dejarse engañar por los manejos turbios, denunciar a viva voz el sufrimiento de los más pequeños, de los marginados. El profeta no puede ser una caña agitada sin convicciones, ni puede habitar cómodamente en los palacios mientras el pueblo no tiene con qué vestirse. Su lugar es el desierto, el punto de encuentro entre Dios y su pueblo.

El lugar de la Iglesia profética también es el desierto. Es el lugar de la profecía que evangeliza como Buena Noticia. Porque cuando Dios y su pueblo se encuentran, reconociendo la miseria producida por los palacios, allí se gesta la esperanza, y esa esperanza no puede ser otra cosa que la promesa de un cambio que libera.

Adviento es rebeldía

El lugar donde vivimos actualmente no tiene un nombre en el mapa. Estamos más emplazados, podríamos decir, que localizados fehacientemente. Para encontrarnos hay que encontrar primero un poblado llamado Ex Fortín Comandancia Frías y desde ahí desplazarse cuatro kilómetros atravesando el Bermejito que, por estas épocas, deja entrever la sequía con su fino hilo de agua. La tierra es abundante, se pega en el calzado, en la ropa, en el cuerpo, en las cosas. Se filtra a través de las puertas y ventanas. Alrededor, todo es monte. Llaman a la zona El Impenetrable. Y damos fe, está bien puesto el título. Pertenecemos a la provincia de Chaco, aunque muchísimos chaqueños de las ciudades nos preguntan dónde queda ese tal Frías. Pertenecemos a la República Argentina, aunque muchos argentinos nos pregunten cómo puede ser cierto que aquí la gente tome agua de los pozos y a nadie se le haya ocurrido hacer perforaciones. Pertenecemos al mundo, aunque para el mundo no aportemos otra cosa que mano de obra barata y la madera que se están llevando del monte.

Nuestro Centro Educativo está lleno de adolescentes que han optado por terminar el secundario. La educación la vamos articulando como podemos. No somos una escuela-modelo, pero la peleamos. Tratamos de formarlos en lo profesional y en lo humano. Tratamos de que sepan matemáticas, a la vez que sepan lavar un plato, a la vez que se comprometan en el cambio de su tierra, a la vez que se reconozcan hermanos entre sí, a la vez que vean el paso de Dios por sus vidas. La tarea es titánica. Hay días que pareciese que alcanzamos los objetivos, que dimos en el clavo, que la situación se revertirá, indefectiblemente, para los cientos de parajes que nunca pudieron tecnificarse. Y hay otros días, sobre todo a esta altura del año, que pareciese que hemos retrocedido, que lo que hicimos no sirvió para nada, que las cosas van a seguir igual. Hay días y días. Los chicos y chicas se dan cuenta también. Muchos reconocen, a temprana edad, que están en una dicotomía (por supuesto, para ellos la palabra dicotomía suena graciosa): salir de su casa en el paraje para vivir en nuestra Casa durante la semana, estudiar el secundario, quizás el terciario luego, proyectarse, encontrarse con otras formas culturales… o quedarse con la familia que continúa en el rancho, que no puede llegar a fin de mes porque no puede, siquiera, llegar a fin de semana, dar una mano con el trabajo en el campo, no restarle mano de obra a los padres… Es la dicotomía de intentar un futuro con estudio (aunque, claro está, a futuro) o solucionar el hambre de hoy (¡hoy mismo!).

En medio de esta dicotomía, de este monte, de este Centro Educativo, tenemos unas cinco chicas, de entre trece y quince años, embarazadas. Antes de llegar nos habían dicho que no nos asustáramos, que culturalmente es propio de la zona que la mujer se embarace a temprana edad e inmediatamente comience una vida en común con un varón, que puede ser un primo o un pariente un poco más lejano. Sin embargo, en los ojos de estas cinco chicas hay algo que no te deja conforme con esa explicación recibida de antemano. Hay algo que aquí no cierra. Lo primero es plantearse si nuestro cuadrado cultural se está rompiendo la cabeza con el círculo de aquí. Pero es más complejo que eso. Siguen siendo adolescentes, y siguen teniendo un cúmulo de dudas, un rostro de desentendimiento que, aunque quisiéramos, no podríamos contrarrestar con respuestas; simplemente porque no las tenemos. Sus panzas crecen entre nosotros. Les pedimos y rogamos que no abandonen la educación, que vamos a ayudarlas, a contenerlas, que aquí es su casa. Ellas se quedan y van desarrollando la confianza. De a poco uno se encuentra con los mismos miedos de cualquier adolescente, y más aún, los mismos miedos de cualquier adolescente embarazada. Indagamos por el padre. A veces tiene nombre y apellido (casi nunca), otras veces hay timidez en confesarlo, y en la mayoría de las oportunidades es identificado como un hombre allegado a la familia. En esta instancia, no hace falta aclarar ya más. Sus ojos siguen mirando con ese extraño signo de interrogación. Nuestras respuestas masivas buscan contener algo que se nos escapa: hacemos charlas de educación sexual, nos reunimos con ellas y sus familias, promovemos la dignidad de la mujer a través de actividades y relatos, etc. Multiplicamos las instancias. Ellas siguen mirando con ese rostro adolescente. Los fines de semana vuelven a sus hogares en los parajes; no sabemos qué diálogos suceden allí, qué opinan en sus familias (no sabemos si alguien emite opinión), cómo se planea recibir al nuevo integrante, cómo se sienten ellas cuando están en su rancho. Estamos a ciegas esperando, porque en nueve meses llegará alguien.

Es casi inevitable ver esas cinco panzas y no pensar en el adviento. En realidad, es casi inevitable vivir aquí donde estamos y no pensar en la Palestina de hace dos mil años. Se estremece la piel cuando nos damos cuenta que Nazareth podría haber tenido, como máximo, doscientos habitantes. Nuestros parajes oscilan entre ocho casas y asentamientos más grandes de hasta cien personas. Los ranchos, aquí como en Nazareth, comparten el patio entre tres o cuatro, porque no hay calles marcadas que delimiten. Se vive en el campo, en contacto con la naturaleza. Hay pastores como los había en Palestina. Hay pescadores del Bermejito como los había del Mar de Galilea. Las familias son extensas, con abuelos, padres, hijos, hijas, y sus esposos y esposas respectivos. La gente está llena de historias como parábolas. Se come lo que se puede, se subsiste, se consigue agua de donde no hay, se amasa el pan cada mañana. Esta es nuestra Palestina. Y en nuestra Palestina están cinco chicas que bien podrían ser nuestras Marías. Son adolescentes de parajes recónditos que esconden vida en sus panzas. Eso es lo que estremece. El gran cambio del mundo provino de un paraje palestino que se llamaba Nazareth. Allí, una adolescente embarazada sin explicación racional para su embarazo, aceptó la misión de comunicar la vida de Dios, y comunicándola (dando el teológico) abrió las puertas para que se hagan nuevas todas las cosas. Nazareth bien podría llamarse como nuestros parajes del Impenetrable: Madrejones, Siervo Cansado, La Nación, Recreo, Pozo del Gallo. María bien podría tener el nombre de cualquiera de nuestras cinco chicas. Sus panzas bien podrían ser el embarazo que cambie el mundo.

Es increíble que adviento encierre tanta rebeldía. Esperamos con toda nuestra esperanza en el embarazo de una adolescente de trece o catorce años, de un paraje llamado Nazareth, que Dios nos salve. Somos rebeldes cuando creemos que desde lo insignificante, el Padre puede convertir las cosas, intervenir en la historia. No lo hará desde el palacio de Herodes ni desde el dedo poderoso del Emperador; no lo hará desde la economía neo-liberal ni desde las pujas por el sillón presidencial. El mundo cambiará desde la panza de un embarazo al que no podemos dar respuestas. Sólo nos queda mirar a estas cinco chicas anonadados y seguir creyendo, a pesar de que todo indique lo contrario, que adviento es la llegada del tiempo de Dios, el tiempo de los pequeños, de los olvidados, el tiempo de los que viven sin agua, en medio del monte, lejos de las comidas recomendadas por los nutricionistas. Adviento es una rebeldía porque depositamos nuestra confianza en lo imposible: en adolescentes embarazadas. ¿Qué clase de Dios pretende instaurar su Reino con un ejército tan fácil de derrotar? Es complicado de entender. La cara de interrogante de las cinco chicas, quizás no sea un interrogante, sino una confirmación que nosotros no sabemos leer: a pesar de todo, la vida de Dios se abre paso entre los pobres.

Bautismo de Jesús – Ciclo C – Lc. 3, 15-16.21-22

Como el pueblo estaba expectante y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, declaró Juan a todos: “Yo os bautizo con agua; pero está a punto de llegar el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Todo el pueblo se estaba bautizando. Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado”. (Lc. 3, 15-16.21-22)

Como lo dispone la liturgia, tras la celebración de la fiesta de Epifanía se sucede el bautismo de Jesús. El acontecimiento (Jesús bautizado por Juan) es uno de los más atestiguados por la cuádruple tradición evangélica, o sea, conservado de alguna manera en los cuatro Evangelios. Esto representa un dato no menor. Pocos hechos de la vida de Jesús tienen tanto sostén histórico. El primero en narrarlo fue Marcos, alrededor del año 70 d.C., y la cita es Mc. 1, 9-11; se trata del relato más breve de los sinópticos. Luego lo pusieron por escrito Mateo y Lucas, más de una década después, y cada uno le dio su impronta, considerando que entre las comunidades cristianas de aquella hora la relación entre el Bautista y Jesús constituía un problema teológico (¿quién era verdaderamente el Mesías? ¿por qué el Mesías se bautizaría con alguien supuestamente menor que Él? ¿qué papel queda para Juan en el plan de salvación?). Mt. 3, 13-17 lo soluciona añadiendo un diálogo (Mt. 3, 14-15) entre los protagonistas, donde el Bautista se resiste a bautizar a Jesús, pero éste insiste argumentando que es preciso cumplir con toda justicia. Lucas avanza un poco más y, en sus primeros dos capítulos, presenta en un díptico las concepciones, nacimientos y circuncisiones del Bautista y de Jesús, dejando bien en claro que el primero está subordinado al segundo desde siempre. El relato lucano del bautismo también tiene sus improntas, pero eso lo veremos de inmediato. Finalmente, sobre los albores del siglo II, el Evangelio según Juan habrá eliminado la escena del bautismo para mencionarla de pasada en labios del Bautista, quien asegura haber visto cómo el Espíritu de Dios bajaba y se posaba sobre Jesús (cf. Jn. 1, 32-34).

Este muy breve paneo sobre la evolución de la narración del bautismo es consistente con la evolución cristológica de la Iglesia. Mientras más profundizaban los primeros cristianos el misterio del Cristo, más descubrían la verdadera condición de Jesús, pero también hallaban más problemas. Estos problemas requerían soluciones teológicas que las comunidades fueron elaborando lentamente. El problema del Bautista fue uno de los más disputados. Baste como ejemplo lo que cuentan los Hechos de los Apóstoles, por ejemplo sobre Apolo, un judío que enseñaba sobre Jesús, pero sólo conocía el bautismo de Juan (cf. Hch. 18, 24-25), y tuvo que ser catequizado por Áquila y Priscila sobre la exactitud del cristianismo (cf. Hch. 18, 26); o los discípulos de Éfeso con los que se encuentra Pablo, que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo (cf. Hch. 19, 1-2) porque sólo tenían el bautismo de Juan (cf. Hch. 19, 3). La crónica de Hechos demuestra que durante un considerado tiempo convivieron los discípulos joánicos con los discípulos jesuánicos, y que sus bautismos se realizaban en paralelo. Evidentemente, para los joánicos, el Bautista era el maestro a seguir y, para muchos de ellos, era el Mesías esperado. Con esa situación se abre la perícopa de hoy, que no refleja sólo la creencia de la época de Jesús, sino la situación de la comunidad lucana: todos piensan en sus corazones si Juan no será el Mesías, todos se permiten dudar sobre su verdadero papel en el plan salvífico.

El relato lucano del bautismo, como adelantamos, tiene sus características particulares para explicar la diferencia substancial entre Jesús y Juan, y la preeminencia del primero. Uno de los recursos literarios es la presentación en díptico de las infancias de ambos. Veremos ahora lo específico de la escena bautismal:

- Juan está preso: la selección de versículos que realiza la liturgia no nos permite conocer, en la lectura, Lc. 3, 19-20, donde el autor dice que Herodes encerró a Juan en la cárcel. Esto modifica substancialmente la escena, porque si el Bautista está preso, difícilmente pueda bautizar con su propia mano a Jesús en los versículos siguientes. Esto es un orden cronológico lucano realizado adrede. En el Evangelio según Marcos, por ejemplo, Juan es entregado (cf. Mc. 1, 14) después del bautismo e, incluso, después de que Jesús permanezca cuarenta días en el desierto (cf. Mc. 1, 9-13). Al adelantar la prisión del Bautista se marca un corte histórico, un cambio de situación. En la gran estructura del relato de Lucas (Evangelio y Hechos de los Apóstoles) los tiempos de la historia de la salvación son tres: el Antiguo Testamento con sus profetas, el acontecimiento crístico y la Iglesia guiada por el Espíritu Santo. Juan pertenece al primer tiempo, es el último profeta de la Antigua Alianza, y no puede entrar en contacto con el Cristo, centro operante del segundo tiempo. El texto es claro, nadie lo bautiza a Jesús, sino que “también fue bautizado”, con un sujeto tácito, que para nosotros puede ser directamente Dios.

- Orando: Lucas es el único que presenta a Jesús orando en esta escena. Ni Marcos ni Mateo lo mencionan. El tópico de la oración es importantísimo en la obra lucana. El Maestro se retira a lugares desiertos para orar cuando la muchedumbre lo persigue porque se hace famoso (cf. Lc. 5, 15-16), ora en una montaña la noche antes de elegir a los Doce (cf. Lc. 6, 12), ora a solas cuando pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es Él (cf. Lc. 9, 18), tras lo cual emprenderá la larga subida a Jerusalén (cf. Lc. 9, 51). La transfiguración sucede enmarcada en oración (cf. Lc. 9, 28-29). Y Lc. 11, 1-13 contiene la enseñanza del Padrenuestro y la parábola de amigo insistente, en conexión con la de la viuda insistente (cf. Lc. 18, 1-8). De más está recordar Getsemaní (cf. Lc. 22, 39-46). La Iglesia, tras la ascensión, será continuadora de la oración de su Señor. La primitiva comunidad de Jerusalén, todos “íntimamente unidos, se dedicaban a la oración” (Hch. 1, 14), y en algunas oportunidades, cuando terminaban de orar, el Espíritu Santo descendía sobre ellos (cf. Hch. 4, 31). La relación entre Espíritu y oración es patente. Jesús es el animado por el Espíritu de Dios, es el que se deja habitar por el soplo del Padre. No es un hombre espiritual por ser desencarnado, sino todo lo contrario, es espiritual porque vive en la tierra con un sentido de trascendencia único que se lo da el Espíritu. Realiza la voluntad de Dios porque, orando, se deja compenetrar por el Padre para modificar la historia, la suya y la de su pueblo. En la oración encuentra Jesús su centro, el meollo de su existencia. En la oración asume su misión y su identidad y las revela, rechaza la fama y forma comunidad. Orando, Jesús es/existe.

- Engendrado hoy: la voz del cielo en el relato lucano se diferencia de la tradición de Marcos y Mateo. Mientras estos parecen citar una combinación de Is. 42, 1 y Sal. 2, 7, Lucas se basa solamente en el salmo. La voz da cumplimiento a Lc. 1, 32, cuando el ángel anuncia a María que su hijo será llamado Hijo del Altísimo. Pero no es sólo cumplimiento de algo profetizado en el pasado, sino actualización de la filiación divina. El sentido del hoy, ya presente en la cita del salmo, es muy importante para Lucas. A los pastores se les anuncia que hoy ha nacido el Salvador (cf. Lc. 2, 11), Jesús asegura en la sinagoga que las palabras de Isaías sobre el ungido de Dios (cf. Lc. 4, 17-19) se cumplen hoy (cf. Lc. 4, 21), tras la curación del paralítico la gente dice que ha visto cosas increíbles hoy (cf. Lc. 5, 26), Zaqueo debe bajar porque hoy se aloja el Maestro en su casa (cf. Lc. 19, 5) y hoy llega la salvación a esa misma casa (cf. Lc. 19, 9), al malhechor crucificado se le asegura que hoy estará con Jesús en el Paraíso (cf. Lc. 23, 43). El Evangelio no es algo de ayer que ya no nos incumbe, ni algo que sucederá algún día y que conviene esperar de brazos cruzados. El Evangelio es actualidad, es hoy, es ya, es ahora. Dios engendra a su Hijo hoy porque engendra hijos siempre, porque nunca deja de ser Padre, nunca ha dejado de serlo ni alguna vez existió sin serlo. La filiación es una constante en tiempo presente, porque la salvación es en el presente de las personas. Se está hoy en el Paraíso y hoy entra el Señor a compartir la mesa, y no hay futuro donde se cumplen las profecías porque se cumplen en el ahora del Cristo. La expresión de la encarnación está en ese presente continuo al que se traslada la historia para vivir el presente continuo de la eternidad divina.

Jesús no es lo mismo que Juan el Bautista. Es la concreción de un anhelo muy profundo de Juan, la esperanza en la llegada del más fuerte (cf. Lc. 3, 16). Es el agente mesiánico. ¿Pero cómo se da cuenta el judío de Nazareth de su identidad cristológica? Esa es una de las grandes preguntas en la investigación histórica sobre Jesús. ¿Sabía Él a ciencia cierta quién era? ¿Cuándo habría llegado a descubrirlo? Muchos biblistas coinciden actualmente en que el relato del bautismo por parte de los evangelistas es la escena que revela el proceso de auto-interpretación jesuánica. El texto lucano, por ejemplo, nos muestra un hombre orante que, en sintonía con el Padre, se descubre Hijo. Un hombre que buscando el sentido de su existencia lo halla plenamente en Dios y en los hermanos de su pueblo.

Jesús no ha sido un adivino de la voluntad de Dios, sino un oyente. Y no sabía el completo desenlace de su vida mientras actuaba una farsa frente a sus seguidores; Jesús discernía. La imagen omnisciente que nos hemos fabricado de Él contribuye a alejarlo del pueblo, en sonante diferencia con el judío que se bautiza cuando “todo el pueblo se estaba bautizando” (Lc. 3, 21a). Poniendo a Cristo a lo lejos, ya no hay obstáculo para poner la Iglesia unos pasos más allá, o unos pasos por encima. El Jesús omnisciente es la posibilidad de proclamar una Iglesia omnisciente, que se sabe íntegra desde siempre y que de equivocarse no ha probado error alguno. En definitiva, una imagen eclesial falsa. Nos negamos el privilegio de crecer a partir del cuestionamiento, nos negamos la dicha de discernir, descartar, re-elaborar, cambiar, transformar y construir. ¿No será indispensable preguntarse casi constantemente quiénes somos?

El camino elegido por Jesús es el de la oración. El camino elegido por la Iglesia no podrá ser otro. Orar para entender y para entenderse, para poder mirar y mirarse, para encarnarse y proyectarse. Orar para escuchar y asumir la misión. Orar para sabernos hijos y para que los otros se descubran hijos también. La oración no es la abstracción que nos lleva al pasado para lamentarnos de lo que no hicimos, ni es la vía de escape hacia un futuro de ensueño que esperamos caiga del cielo. En la oración nos atrevemos a tener los mismos sentimientos que el Cristo (cf. Fil. 2, 5); orando somos/existimos porque dejamos que Jesús sea/exista en nosotros. ¿Cómo creer la evangelización sin la oración? ¿Cómo hacerse presente continuo para los miles y miles de marginados que sufren las consecuencias del pasado que los ha dejado sin futuro visible? Es imposible. La identidad que la Iglesia descubre orando, la descubre en la oración encarnada. No podemos ser comunidad de lamentos ni comunidad de brazos cruzados. Somos comunidad en presente, entre los que hoy están alrededor nuestro, entre los que quieren animarse a descubrir los vericuetos de Dios. Somos comunidad incompleta, en discernimiento, en descubrimiento de sí misma, pero por eso mismo somos comunidad que se completa en el Cristo, que discierne con Él y que descubre su yo/nosotros cuando hace caso a la revelación Tú.

Bautismo del Señor – Ciclo B – Mc. 1, 7-11



Y proclamaba: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. (Mc. 1, 7-11)

El Evangelio del día tiene dos partes bien marcadas: la primera corresponde al testimonio de Juan Bautista, la segunda es el bautismo de Jesús. Es la primera bisagra de los tiempos que presenta el Evangelio según Marcos, colocando la segunda sobre el final en la cruz y el sepulcro vacío. Esta primera bisagra nos presenta al Bautista, figura profética perteneciente a la Antigua Alianza, dando paso a la Nueva Alianza, dando lugar al Mesías, al que es más fuerte. Juan es, ciertamente, un hombre fuerte, rudo, con un mensaje claro y una conciencia formada sobre su vocación, pero el que viene luego es más poderoso que él, y lo sabe, haciéndose también conciente de su papel en la historia de la salvación. La bisagra no es un pasaje de mando, un cambio de trono, como si el Bautista cediese su protagonismo; es más bien Jesús quien viene a tomar la posición que le corresponde. En el relato de Mateo, por ejemplo, la inmersión es precedida por un breve coloquio entre los primos sobre la necesidad-innecesidad del bautismo (cf. Mt. 3, 14-15); en Marcos, en cambio, Jesús llega desde Nazareth y es bautizado, pasando Juan al silencio, sin volver a pronunciar ninguna palabra, excepto la referencia condenatoria a la situación de Herodes (cf. Mc. 6, 18) que había tomado por esposa a Herodías, la mujer de su hermano, de manera ilegal. El papel del Bautista es pequeño, pero cimiento al fin de lo que será la vida pública de Jesús; con el estilo narrativo y concreto de Marcos, Juan es un precursor que no redunda ni agrega nada a su tarea específica de preparar el camino.

Introduciéndonos ya en el bautismo del Señor propiamente dicho, encontramos tres versículos cargados de simbología, la cual es necesario precisar desde la tradición israelita para comprender mejor el relato. Los tres Evangelios sinópticos han conservado los signos (cielos abiertos, paloma y voz del Padre), con algunas particularidades dependiendo del autor, pero certificando que la escena del bautismo de Jesús es uno de los relatos más antiguos de la tradición cristiana y, por ende, relato fundamental de la cristología. Mateo y Lucas agregan episodios de la infancia, pero en cualquiera de los sinópticos, el bautismo es determinante y, ciertamente, la revelación pública del insignificante habitante de Nazareth. Esta revelación es una verdadera epifanía, y de allí que la liturgia relacione la visita de los sabios de Oriente con esta lectura del domingo siguiente, como si el tiempo de Navidad se extendiese un poco más para enlazar con el tiempo ordinario, como si no se quisiesen dejar dudas sobre la identidad de Jesús y su misión. Los magos han recibido la revelación del niño en el pesebre como signo de la universalidad del Mesías, pero el bautismo viene a ser la confirmación abierta y sin doblez del mesianismo de Jesús, con la certificación de la voz del Padre y la imagen trinitaria que completa el Espíritu Santo en forma de paloma. Ante la pregunta ineludible de las primeras comunidades cristianas sobre la identidad de Jesús, su divinidad y su autoridad, el episodio del bautismo se conforma como fundamento cristológico. Veamos estos tres signos desde la perspectiva de Marcos, con dos aclaraciones previas:

- Aclaraciones: en Marcos, los signos suceden cuando Jesús sale del agua (cf. Mc. 1, 10a), denotando que el bautismo de Jesús es distinto del bautismo del resto de los hombres y mujeres que el Bautista sumergía en el Jordán. Si los signos hubiesen ocurrido mientras estaba sumergido, o aún bañado por las aguas, entonces se crearía la confusión de pensar que el bautismo del Señor fue sacramental, o sea, que Jesús necesitaba un bautismo de conversión. Jesús no tiene pecado, no hay necesidad de un bautismo de conversión. La escena cumple una función cristológica, como ya señalamos, en vistas a afirmar la identidad del habitante de Nazareth, que no es uno más, sino el Mesías, el Hijo de Dios. Por esta razón, es preciso diferenciar el bautismo del Señor del bautismo católico actual, pues el primero es una epifanía, una revelación del ser del Cristo, en cambio el segundo es un sacramento, una acción de la gracia divina que nosotros necesitamos, pero que Jesús no necesitó. La segunda aclaración es que los signos sólo fueron percibidos por Jesús, que los vio, en singular (cf. Mc. 1, 10). En Mateo, por ejemplo, los cielos abiertos y la voz del Padre son percibidos por todos, pero no así el Espíritu Santo (cf. Mt. 3, 16-17). En Lucas, la paloma se hace visible físicamente (cf. Lc. 3, 22). Quiere decir esto que, para Marcos, el bautismo es una declaración cristológica para los cristianos, pero también un evento que confirmó la identidad para el mismo Jesús, el cual vio los signos de su mesianismo y sintió el acompañamiento del Padre y del Espíritu Santo. Los que estaban a su alrededor no se han enterado de nada, pero para Jesús ha sucedido un momento único que lo marcará para el resto de su vida terrenal.

- Cielos rasgados: esta expresión remite a Is. 63, 19: “¡Ah! si rompieses los cielos y descendieses”. El clamor del profeta es desgarrador, como la expresión de un deseo muy íntimo y un anhelo que moviliza al Pueblo de Dios. Pedir que Yahvé abra los cielos, que los rompa y baje, es llegar al extremo de los pedidos, como si las demás soluciones al problema del hombre no sirviesen. Ya no bastan las oraciones, los cultos ni los milagros; Israel pide que Dios descienda en persona, rompiendo los cielos, rompiendo la línea divisoria que separa lo material de lo inmaterial. Israel pide lo imposible. Por ello, esta expresión es un ansia mesiánica, augurando los tiempos finales. Que en el bautismo de Jesús se rasguen los cielos es el equivalente a la respuesta que da Dios al clamor de Isaías. Jesús confirma en esos cielos rasgados que es el enviado definitivo, que es el Mesías, pues ha llegado la hora en que el Padre, oyendo las súplicas, se dignó responder, y su respuesta es Jesús.

- Paloma: aquí nos hallamos con un signo más confuso y que admite, como mínimo, dos explicaciones. La referencia más inmediata está en Gen. 1, 2: “Un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”. Este viento es, en hebreo, la ruah, misma palabra que se utiliza para traducir espíritu. Como en la Creación, cuando el Espíritu Santo sobrevolaba las aguas, el bautismo del Señor sería un nuevo génesis, un nuevo comienzo, una nueva Creación, y la paloma vendría a simbolizar ese renacer de la vida que aletea sobre las aguas bautismales. En la misma línea, es Is. 44, 3 quien afirma: “Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca”, como promesa mesiánica de abundancia de agua y espíritu. De la misma manera como Dios hará caer raudales de agua, caerá el espíritu. Vemos nuevamente la asociación entre agua y espíritu, reafirmando que la era mesiánica es un nuevo comienzo, el regreso a la asociación primigenia del Génesis donde la ruah aleteaba por encima del líquido. Pero en una segunda explicación, según algunos estudiosos bíblicos, lo que traducimos por paloma no significaría eso, sino que se trataría de un error, y lo más correcto o cercano sería pensar que la palabra era, en los primeros manuscritos, una reseña a la presencia divina o gloria de Yahvé o shekinah en hebreo, la misma de Ex. 24, 16: “La gloria de Yahvé descansaba sobre el monte Sinaí”. Bajo esta interpretación, el signo sería la confirmación de Jesús como el profeta esperado, ya que la misma gloria que cubrió el monte donde Moisés se encontró con Dios, es la gloria que reposa o descansa sobre el Mesías.

- Voz del cielo: en Marcos, lo que dice la voz del cielo (cf. Mc. 1, 11) es una combinación del Sal. 2, 7: “Haré público el decreto de Yahvé: Él me ha dicho: Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado” e Is. 42, 1: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones”. El Salmo 2 es un salmo mesiánico; si bien en un principio este himno puede haberse referido a algún rey terrenal, en la tradición de muchos antiguos pueblos que creían que el monarca era hijo de Dios y descendiente directo, y por eso tenía el poder que tenía, con el tiempo se transformó en una profecía sobre el único rey del mundo, el rey que saldría de Israel. En el salmo, el Mesías es conciente de su filiación, pues recibe del mismo Dios la confirmación de la relación de parentesco. En Isaías, el rey es ahora siervo, aunque sigue siendo sostenido por Dios, y el espíritu está sobre él. El Mesías es rey y es siervo, el Mesías tiene la gloria y tiene la cruz, el Mesías es el elegido de Dios y mucho más, es el Hijo de Dios. Al unir ambas citas, Marcos resume la esencia de la cristología que quiere transmitir: Jesús es el Hijo de Dios, es el Mesías, es rey, pero debe sufrir como siervo, y su autoridad proviene del Espíritu Santo que está sobre él. El signo de la voz del cielo viene a coronar aquellas preguntas de las primeras comunidades cristianas sobre la identidad de Jesús. El hecho de que la voz sólo sea escuchada por Jesús resalta la intimidad Padre-Hijo.

¿Qué predica el misionero? Ciertamente el Evangelio, ciertamente el Reino de Dios, ciertamente la liberación, y claramente la persona de Jesucristo. Él es la Buena Noticia, es Reino y la liberación. La pregunta, mejor formulada, es de quién habla el misionero. Se corre el riesgo de predicarse a uno mismo, como superhéroe que lleva la inteligencia a los ignorantes; se corre el riesgo de predicar una institución y no el Reino, haciendo más importante una larga lista de preceptos por cumplir que la noticia de la libertad; se corre el riesgo de predicar la condenación y no la salvación, acechando con increíbles cuentos sobre el infierno y hablando poco o nada de la plenitud de la vida. El misionero corre innumerables riesgos con su prédica; riesgos lejanos a la posibilidad del martirio, riesgos que no lo afectan inmediatamente, pero que sí afectan a sus oyentes, a sus receptores. Un mensaje distorsionado, o sea, la presentación desfigurada de la persona de Jesucristo, o hasta la falta completa de mención del nombre de Jesús (por más ridículo que esto suene), son elementos que hacen a la evangelización una actividad proselitista, un pasatiempo o un hobby, pero no evangelización.

El misionero ha de hallar en el bautismo del Señor una declaración cristológica, y responder con los cielos rasgados, la paloma y la voz del Padre a la pregunta íntima que alguna vez se formuló: ¿quién es este Jesús de Nazareth? La respuesta certera a esa pregunta, confiando en el testimonio de otros (como la gente que confió en el testimonio del Bautista), en el testimonio del Espíritu (que habla a nuestro corazón) y en la voz del Padre (que confirma en la oración y la vida cotidiana), hacen del misionero un hombre o una mujer transmisores de fe, transmisores de Jesucristo, y así transmisores del Evangelio, el Reino y la liberación.

El misionero transmite al Cristo del bautismo en el Jordán, el Dios trinitario, el que se sumerge en las aguas para confirmar su misión, el que es más fuerte, el Mesías esperado, el rey de todo lo creado. Releer el bautismo del Señor es releer la misión, porque nos acerca a la identidad de Aquel que nos envió hasta los confines de la tierra. ¿Qué predicamos si no queda claro que Jesús salvador ungido, el Hijo de Dios?