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El que no arriesga, no gana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 14-30 / 13.11.11

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mt. 25, 14-30)

Esta parábola conocida no es tan simple y ligera como tradicionalmente se piensa. Considerando desde un principio que el título asignado por la mayoría de las traducciones (parábola de los talentos) podría estar equivocado, y que hasta el planteo interno del relato podría contradecir el Evangelio y la imagen de Dios predicada por Jesús, es válido tener algunas reservas. Quizás, el mayor problema sean las modificaciones que pudo sufrir la parábola desde que fue pronunciada por Jesús hasta que la conservó y plasmó por escrito la Iglesia primitiva. El texto está contenido en Mateo, que leemos hoy, en Lc. 19, 12-27 y en el apócrifo Evangelio de los Nazarenos. Este último hace modificaciones importantísimas que afectan el desarrollo y la conclusión; la más notoria es cuando el tercer siervo, en lugar de esconder el dinero confiado, como en Mateo o Lucas, lo dilapida en prostitutas. Obviamente, se trata de un giro moralizante de la parábola, probablemente ideado por una comunidad judeo-cristiana que, ante la demora de la Parusía (la segunda venida del Hijo del Hombre), constataba cómo muchos cristianos comenzaban a llevar una vida moral laxa, sin demasiadas preocupaciones, convencidos de que el Señor tardaría en volver. Esta visión debe considerarse muy posterior a Jesús. Inclusive, la visión escatológica que también comparten Mateo y Lucas, relacionando la parábola con la consumación de la historia, puede no ser la intención inicial de Jesús. El núcleo del relato estaría en un señor que confía bienes a sus siervos y que espera que esos bienes produzcan más. Sin connotaciones morales y sin recurrir necesariamente a la imagen de un juicio final donde el improductivo es castigado. La metáfora final de las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes pueden rastrearse en Mt. 8, 12; Mt. 9, 12; Mt. 13, 42.50; Mt. 22, 13 y Mt. 24,51, demostrando que son frases recurrentes de la literatura mateana, posiblemente redaccionales. Recordemos que en el hilo de la narración, no tiene sentido este final con tinieblas, llanto y rechinar de dientes; no tiene sentido que este hombre rico se exprese así. Tampoco tiene sentido, en la mirada global del Evangelio, que Jesús apruebe que se le quite el dinero al que tiene poco (al pobre) y se lo entregue al que tiene mucho (al rico). La expresión parece contradecir la Buena Noticia anunciada previamente. Podemos suponer que aquí también hay intervención redaccional de la Iglesia. Como en el inicio mateano, cuando se explica que los tres siervos recibieron distinta cantidad de dinero, de acuerdo a su capacidad o habilidad. Esta frase puede ser el puntapié para la interpretación tradicional que proclama que Dios crea personas más hábiles que otras, que a unos da más talento (más carisma, más habilidades, más inteligencia, más capacidades) que a otros. ¿Es compatible este Dios con el Padre de Jesús? Con esta percepción se fabrica una teología de la desigualdad natural. Peligrosísima. Si Dios nos ha hecho desiguales, es lógico que la sociedad sea desigual y que unos estén sobre otros. Pero la parábola no está diciendo esto. Lo que traducimos por capacidad es dynamis en griego, y significa poder. Jesús ha utilizado para esta parábola, como para otras, un modelo imperial y señorial de su tiempo. Un hombre muy rico, con esclavos y empleados, les deja dinero para que produzcan más. A su regreso, exigirá violentamente, y al que no cumpla, castigará. No quiere decir que el Reino de Dios sea como los reinos de la tierra; sólo se está aprovechando una situación común del Imperio Romano para figurar otra cosa. Por eso hay tres siervos con distinto poder, o sea, con distintos cargos dentro del señorío de este hombre rico. Si se tratase de un gobernador, por ejemplo, diríamos que hay distintos cargos ministeriales o secretariales. No se puede trasladar, así sin más, la idea de distintos dynamis a una teología de la desigualdad.

Lucas ha sido más cuidadoso en su relato. El señor que se va deja a diez servidores la misma cantidad de dinero: diez minas a cada uno. La mina equivale a 100 denarios, y un denario es el sueldo de un día de trabajo de un jornalero. La orden, en Lucas, es precisa: hagan producir el dinero. Al final, cuando el siervo que escondió el dinero es despojado para darle al que más tiene, un coro de servidores inquiere al señor sobre esta práctica extraña de darle más al que más tiene. Es un llamado de atención que Mateo no tiene. Estos agregados lucanos hacen pensar que Mateo está más cerca del original, aunque también ha intervenido en la redacción. Lucas alegorizó bastante para relacionar la parábola con la Parusía. En el inicio, por ejemplo, se describe al señor como un hombre de familia noble que viaja al exterior para recibir una investidura y regresar enseguida. Como Jesús ascenderá para recibir la diestra del Padre y volver en la segunda venida del Hijo del Hombre. Pero una comitiva de conciudadanos se moviliza en embajada al país lejano para evitar que sea coronado rey. Como los jefes religiosos de Israel que no quieren reconocer el mesianismo de Jesús. De todas maneras, el noble vuelve convertido en rey y condena a muerte a sus enemigos. Más allá de esta alegoría, en el fondo parece estar también el recuerdo de Arquelao, quien partió hacia Roma en el año 4 a.C. para que el Imperio le otorgase el reino de Judea; al mismo tiempo, una embajada judía de 50 personas viajó a Roma en paralelo para impedir su nombramiento.

Habiendo establecido todos estos añadidos redaccionales, es necesario preguntarse cuál podría ser la intención original de la parábola. Tenemos por seguro que siempre se trata de mucho dinero el confiado. Las minas de Lucas son talentos en Mateo. Un talento equivale a seis mil denarios. Esta confianza del señor hacia sus siervos es generosa. Les está dando en resguardo grandes sumas de dinero. Lucas ha conservado una orden directa del noble: produzcan ganancias. Mateo no. Nos quedamos, entonces, con siervos llenos de dinero que no es suyo, y el dueño del dinero está ausente. Sea como fuere, los siervos saben que este señor es exigente. Cuando vuelva, exigirá algo. Tácitamente, en Mateo, los talentos se entienden como un fideicomiso. En un momento habrá que devolverlos. En este punto, los siervos pueden tomar dos caminos: invertir y arriesgar, o guardar y esperar. El tercer siervo parece apelar a la segunda opción, validada por el derecho rabínico que consideraba libre de responsabilidad a aquel que, después de recibir un depósito, lo enterraba para protegerlo de los ladrones. Para los rabinos, esta es una salida favorable. Pero el regreso del señor confirma otra cosa: el que no arriesga, no gana. Si bien la parábola no da el ejemplo de un siervo que haya invertido y perdido, quedando con menos dinero, parece que el señor premia el no haberse quedado quieto, en espera pasiva. El señor trata a este último siervo de malo y perezoso. Lo que traducimos por perezoso es okneros en griego, que significa encogido, como quien está doblado sobre sí mismo, achicado. El señor de la parábola no quiere siervos encogidos, tímidos. Lo que premia no es el aumento del capital, sino lo que se ha arriesgado. Esconder el dinero es una actitud cobarde, despreciada, pasiva. Esta interpretación parece encajar mejor con la parábola de las jóvenes que esperan al novio (Mt. 25, 1-13), inmediatamente anterior, donde el problema también está en la espera pasiva, sin hacer nada.

La teología de la desigualdad ha causado y sigue causando muchos daños. No se puede afirmar que Dios ha creado a unos más capaces que otros y, por lo tanto, unos deben dominar a los otros. Es una justificación del orden injusto que no puede atribuirse a Jesús. Forzar esta parábola hacia ese campo es un despropósito, es una injuria a la Biblia. Y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Entendemos que el talento (dinero para cualquiera que escuchase la parábola en el siglo I) es la capacidad dada por Dios a cada ser humano. Pero esta parábola no trata sobre los talentos ni sobre los carismas, sino sobre la actitud de los discípulos, sobre los que no hacen nada, los que no intervienen, los que se entierran a sí mismos. Son estos discípulos los que permiten que el orden social siga siendo injusto, porque prefieren mantener lo que tienen (su posición, su estatus, sus bienes) antes que intervenir transformando las cosas.

Esta parábola tiene también una reafirmación de la participación del ser humano en la Creación. Hay una exigencia. Pero no es una exigencia moralista ni una prueba para enjuiciamiento. Hay una exigencia que es inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Somos co-creadores, aunque no nos guste reconocerlo. La Creación sigue su curso por la mano de Dios, pero también por la mano humana que puede intervenir en ella, de buena y de mala manera. Estamos inmersos en la Creación y en la historia. Evadirnos es esconder el talento. La evasión es lo condenable, no la ineficiencia para los negocios. Nuestra participación en la Creación debe estar orientada a la igualdad, a que el dinero confiado transforme la realidad de manera que no haya unos sobre otros, ricos sobre pobres, poderosos sobre marginados. Cuando el Señor vuelva a exigir lo confiado, podremos presentarle los riesgos que tomamos para cambiar el mundo o la pasividad que asumimos ante las injusticias. Allí descubriremos que nuestro Señor es un Señor exigente, tan comprometido que exige nuestro compromiso.

Lázaro en el Reino invertido / Vigésimosexto Domingo Del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 16, 19-31

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.

El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’. ‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’. El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’. Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’. ‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’. Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’. (Lc. 16, 19-31)

La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro es otra joya literaria propia de Lucas. Respecto a los nombres de los protagonistas debemos hacer dos aclaraciones. En primer lugar, el texto no da a entender que el rico se llame Epulón, como tradicionalmente lo llamamos casi sin preguntarnos; todo proviene de la palabra en latín que traduce el griego eufraino (dar banquetes o banquetear), y que es epulabatur. Con la traducción latina de la Biblia quedó asentado que el rico era un epulón, un banqueteador, y por eso el nombre tradicional. Por el otro lado está Lázaro, que resulta ser el único personaje de las parábolas lucanas con nombre propio. Lázaro, en griego, proviene del hebreo Elazar o Eleazar, que significa Dios (es) ayuda. Tras estas aclaraciones, del tercer personaje involucrado, Abraham, mucho no podemos decir. Jesús se toma el atrevimiento de elaborar una parábola donde el padre de la fe israelita manifiesta una mirada teológica. El recurso al que apela Jesús es osado, pues consistiría, salvando las diferencias, en que nosotros manifestemos con un cuento lo que diría Jesús en tal o cual situación hipotética. Por supuesto que lo hacemos, y los mismísimos comentarios al Evangelio manifiestan la intención de revelar qué pensaba y sentía Jesús. Con todo esto, no podemos negar que a los teólogos y exegetas causa prurito ponerse en las sandalias del Maestro. Siempre, y por cualquier método, las interpretaciones terminan siendo eso: interpretaciones. En la parábola, Jesús interpreta a Abraham, y abre la puerta para recibir críticas de los fariseos o de los escribas. Aún peor, el encabezado de esta sección, que está en Lc. 16, 14, explica que los destinatarios de la parábola eran “fariseos, amigos del dinero, que escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús”.

La parábola tiene tres escenas. La primera es la escena breve que establece el contraste. Por un lado está el rico que viste púrpura y lino fino y que banquetea. Tres lujos dan cuenta de su personalidad: es un despilfarrador. A diferencia de otros ricos del Evangelio, éste no ejerce una opresión directa, no tiene empleados explotados ni cargo religioso desde el que dictamine órdenes de pureza ritual-moral. Su opresión es indirecta, porque en el despilfarro, en el gasto exagerado, en el lujo excesivo, realiza una distribución desigual de los bienes que siempre perjudica al más pobre. El despilfarrador no paga bajos sueldos, pero el dinero que debería reinvertirse para generar trabajo y distribuir la riqueza, es tirado en fiestas y estupideces. La púrpura, el lino fino y los banquetes van en detrimento de la ropa, la vivienda y la comida de muchísimos campesinos, pescadores y artesanos de su entorno. Ni qué hablar de los mendigos, como Lázaro. Su descripción se opone totalmente a la del rico. Es pobre, está lleno de llagas, ansía las sobras de la mesa del rico y está rodeado de perros que lamen sus llagas. Es un hombre fuera del banquete, esperando migajas. Está en la miseria de la condición humana. No tiene dinero para satisfacer sus necesidades básicas, no tiene ropa (desnudo, ya que los perros lamen sus llagas y está cubierto de ellas), no tiene comida, no tiene vivienda (parece habitar la puerta del rico). No pasa sus días entre las personas, sino entre los perros, entre animales. Está a una puerta de distancia de la satisfacción de sus necesidades, pero no puede atravesarla porque no le abren. Es anónimo para el rico, que no lo registra (a diferencia de Jesús que le pone nombre propio). Observa que todos los días esa puerta se abre y se cierra, pero él queda del mismo lado, del lado de afuera, donde no hay púrpura ni lino ni banquetes.

Con esta pintura, con este cuadro de situación, sucede la más breve de las tres escenas de la parábola. Lázaro y el rico mueren. La expresión conservada por Lucas es muy sugerente y marca una nueva diferencia de contraste. Lázaro, al morir, es llevado por los ángeles al seno de Abraham: el rico, al morir, es sepultado. Para el pobre parece no haber sepultura, nadie se ha encargado de su cuerpo, no tiene familiares; su familia son los ángeles que lo llevan hasta el seno de Abraham. El rico, en cambio, sí recibe sepultura, y seguramente con muchos honores, pero no hay ángeles en su funeral. Paradójicamente, Lázaro recibe honores celestiales mientras de su cuerpo, llagado, no sabemos nada. El rico, sepultado según se cree socialmente conveniente, no tiene visión celestial, no tiene honores tras su muerte. El hecho del fallecimiento marca un quiebre en las historias personales de ambos. Lo que venía siendo, cambia. Se produce un giro que invierte la realidad. Obviamente, se trata del giro clásico del Evangelio según Lucas: los poderosos son derribados y los humildes exaltados, los hambrientos se sacian y los ricos salen con las manos vacías (cf. Lc. 1, 52-53), los últimos son los primeros y los primeros los últimos (cf. Lc. 13, 30). Aquí hay que hacer un detenimiento para explicar, brevemente, cuáles eran las concepciones judías del más allá. En un primer momento de la historia israelita, la teología sobre lo que sucede después de la muerte no es demasiado compleja. Existe un lugar llamado Sheol donde todos los muertos llegan; se trata de un estado de sombras, oscuro (cf. Sal. 88, 7.13; Job 10, 21), como estar en un pozo (cf. Sal. 30, 10), en lo profundo de la tierra (cf. Dt. 32, 22). Inclusive el Sal. 88, en su versículo 6, da a entender que Dios ni siquiera se acuerda de aquellos que están en el Sheol. Son los muertos y los olvidados. Con el tiempo, cuando la teología de la retribución (los ricos son los justos recompensados por Dios y los pobres son los pecadores castigados en esta vida) se hace insuficiente para explicar la existencia, surge una división dentro del Sheol. Por un lado estará el Sheol oscuro, siniestro, con fuego, reservado para los pecadores; por el otro lado el Sheol luminoso, el seno de Abraham, donde los justos comparten el banquete escatológico con los patriarcas. Ambos compartimentos del mismo lugar están separados infranqueablemente por un abismo.

La tercera escena, finalmente, es el diálogo entre el rico y el padre Abraham. Lázaro no habla en toda la parábola y no lo hará en este momento tampoco. Su testimonio parte de su realidad, y eso basta. En la tierra yace en el umbral de la puerta del rico, llagado y lamido por los perros. En el más allá se encuentra a la par de Abraham, banqueteando. De quien no esperaría ayuda en la tierra, ahora lo espera todo el rico. Lázaro es aquel que puede disminuir sus sufrimientos, que puede quitarle el tormento por unos instantes. Pero Lázaro está en la otra habitación del Sheol, desde donde no se puede cruzar por el abismo que separa. Abraham, aclarando cualquier mala traducción bíblica, no propone que la condición de pobre de Lázaro le haya valido el acceso a su lado. No es que Lázaro recibe consuelo porque ha sufrido mucho. Abraham sólo constata lo que sucedió: Lázaro recibía sufrimiento y ahora recibe alegría; el rico banqueteaba lujosamente y ahora está en la oscuridad y las llamas del Sheol. Con el mismo juego literario de Lc. 1, 52-53 y Lc. 13, 30, la inversión del Reino se hace evidente. Lo destruido es construido, lo tirado es levantado, lo que no es nada comienza a ser, lo que sobra ocupa su lugar. El rico no puede comprender ese misterio de Dios, y por eso le pide a Abraham un prodigio que avive a sus hermanos, inclusive un prodigio que involucre al mismo Lázaro, bajando redivivo a la tierra para aparecerse y contar la realidad del Sheol. La respuesta del patriarca es firme y sin vacilaciones: la conversión no será causada por una aparición, sino por la escucha atenta de Moisés y los Profetas, o sea, la escucha de la revelación. La necesidad de una inversión histórica que, en sí, justifique a la historia humana dándole sentido, no puede ser un concepto que llegue a partir de hechos sobrenaturales. Los mismos acontecimientos diarios y los hermanos con los que nos encontramos en la tierra dan cuenta de la situación escatológica: no pueden existir para siempre los ricos cada vez más ricos ni los pobres cada vez más pobres.

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La parábola que leemos hoy tiene que ver con las riquezas, tiene que ver con la dignidad humana, tiene que ver con lo que sucede después de la muerte y tiene que ver con el final de los tiempos y la resolución de la historia. No sólo la historia de la humanidad se justifica en la inversión propuesta por el Reino, sino la evangelización. Anunciar la Buena Noticia es proclamar que los Lázaros estarán en el seno de Abraham, que las cosas no pueden seguir eternamente así, que más allá de la injusticia actual hay una justicia divina. Evangelizar es creer en la dimensión plenificadora de la inversión del Reino. Para muchos, una inversión de la situación es un peligro, una locura, una amenaza. Para muchos, está bien que los Lázaros existan y queden donde están, llagados, entre los perros. Para muchos, cambiar es un atentado. Pero a la par, los discípulos entienden que la última parte de la parábola no tiene su base en la condenación del rico, sino en la revelación de una certeza que salva: los excluidos del banquete pueden banquetear ahora.

Invertir el sistema tiene consecuencias gravísimas para los poderes sociales y económicos (sobre todo económicos), y también para la clase media estacionada. La mayoría se resiste al cambio, a pesar de ser favorecidos por las consecuencias del mismo. Se teme que lo viejo se haga nuevo, que los últimos sean primeros, que los elevados sean descendidos. Se tiene temor por lo que resultará de la locura de pensar una historia distinta. ¿Qué sentido tiene existir si la injusticia es la reina? ¿Qué sentido tiene el trabajo si algunos hacen nada gracias a los que hacen de más? ¿Qué sentido tiene la educación si no todos acceden a ella? ¿Qué sentido tiene soñar con el mes próximo, el año próximo o la familia por venir? ¿Qué sentido tiene todo si en el mundo hay Lázaros llagados y lamidos por los perros? La destrucción de la dignidad humana es una escena que no admite justificativos y que cuestiona el por qué de la vida humana. Los Lázaros no interpelan sólo en el nivel moral, sólo en el compromiso ético cristiano; atacan el origen de la existencia, atacan el Génesis, la teología en su completitud.

No es posible hacer teología de espaldas a la desigualdad. La escena del rico banqueteando y Lázaro del otro lado de la puerta, es la escena de todos los días en cualquier parte del mundo, sobre todo en América Latina, en África y en Asia. La parábola no es ajena a nuestra cotidianeidad, aunque nos parezca que no entendemos el Sheol o no conozcamos la vida de Abraham. La parábola se nos mete en la historia actual desde el primer momento: hay ricos que banquetean, que se dan lujos, y se desentienden de los pobres llagados y lamidos por los perros; hay Lázaros a los que les han robado su dignidad olvidándose de ellos. Darle sentido a la vida será lograr la inversión del Reino antes de que nos sorprenda la muerte. Si esperamos la manifestación escatológica del Señor estamos desperdiciando la existencia. En cambio, si trabajamos por abrir la puerta que separa ricos y pobres para disminuir la brecha, vamos dando respuesta a las preguntas más fundamentales sobre nosotros y sobre Dios. Dios se explica en los pobres, en los olvidados, y sobre todo en los valores invertidos. Dios es pobre y oprimido, pero rico y liberador. Dios es Lázaro llagado, pero a la vez es Lázaro en el seno de Abraham. Dios está clamando por la liberación, pero Él ya liberó invirtiéndolo todo.

Vigésimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 10, 17-30


Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.
Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».
Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna».
(Mc. 10, 17-30)

Los protagonistas de la primera parte del texto son Jesús y un hombre. Jesús se nos presenta bajo el rol específico de Maestro; el hombre se nos presenta desesperado; ha corrido y se ha arrodillado para preguntar algo. Probablemente ha pasado noches enteras en vela intentado resolver el problema, pero ninguna respuesta le parece satisfactoria, o quizás ninguna le parece completa. Tiene esta gran espina en su corazón, y ya no la puede soportar. La pregunta sobre la vida eterna, sobre cómo llegar a ella, desvela a más de uno, y en su desesperación, es una pregunta de esperanza, una pregunta que da por sentada la eternidad, da por sentado al Dios de la vida, incapaz de dejar en el polvo su Creación. Pero también puede tratarse de una pregunta que esconde una interpretación farisea sobre cómo negociar con Dios una recompensa por las buenas obras. No es inusual que muchos de nuestros planteos morales tengan esta doble vertiente; por un lado, la certeza de la vida eterna que se nos regala, por el otro, la sensación de que debemos evitar el mal para ser recompensados. El planteo del hombre está formulado, según nos revela la continuación del relato, con un alto componente legalista. Ante la enumeración de mandamientos que hace Jesús, el interlocutor responde que ha cumplido. Cree, por lo tanto, que la vida eterna ya es su herencia, y cree también que basta con el mínimo imponible. Ciertamente, estos mandamientos son válidos universalmente, aunque no se practiquen con universalidad; son aceptados mayoritariamente por un gran número de culturas, pero no suelen expresarse en los usos habituales. Coinciden casi todos los hombres y mujeres en lo amoral del asesinato, el adulterio, el robo, el falso testimonio, la injusticia y la deshonra de los padres. Este mínimo imponible es mínimo porque está legislado, porque pudo ser expresado en frases concretas imperativas, y es imponible porque resulta intrínseco a la naturaleza humana. El hombre, creyendo haber encontrado, en un principio, la misma respuesta que ya había escuchado mil veces y que, de una u otra manera, sabía desde siempre, se encontrará inmediatamente con lo escaso que resulta ese mínimo, con la contrariedad que significa atenerse a la ley escrita sin poder mirar más allá. Si había preguntado desesperado, si se había acercado corriendo, entonces podemos suponer que su corazón esperaba una respuesta distinta a la clásica. Lo que el texto dejará claro en su desarrollo es que la respuesta encontrada fue desconcertante para él, y por eso sabemos que fue la respuesta correcta. Eso era lo que había estado buscando, aunque no supo reconocerlo.

Es interesante detenerse en los mandamientos que Jesús enumera. No están todos los que conforman el clásico y mal llamado decálogo (cf. Ex. 20, 2-17 y Deut. 5, 6-21). Es notorio en este pasaje del Evangelio la falta de los primeros mandatos, los que tratan sobre la relación hombre-Dios: “No tendrás otros dioses fuera de mí” (Ex. 20, 3), “No pronunciarás el nombre de Yahvé, tu Dios, en falso” (Ex. 20, 7a) y “Recuerda el día del sábado para santificarlo” (Ex. 20, 8). La enumeración de Jesús se limita a recordarle a su interlocutor aquellos mandamientos que regulan la relación del ser humano con los otros seres humanos, ya sean éstos compatriotas, vecinos, esposos, familiares o cualquier otra persona. Ante la pregunta sobre lo que se debe hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús presenta la legislación de la fraternidad, el estatuto del amor al prójimo. Puede resultarnos un tanto contradictoria esta respuesta jesuánica en comparación con las constantes escenas que relatan los Evangelios sobre las discusiones en torno a la Ley frente a fariseos y escribas, pero no es menos cierto que aquello que Jesús siempre discutió con los grupos poderosos de su entonces fue la interpretación rigorista de la Ley, y aún más, denunció los agregados que esa Ley había sufrido por mano humana interesada (cf. Mc. 7, 1-13). En el pasaje leído el domingo pasado (Mc. 10, 2-12), donde la Ley también suscitó controversia, pudimos comprobar la libertad interpretativa del Maestro frente a las normativas morales-religiosas. Esta libertad interpretativa se entiende desde la hermenéutica del Dios Padre que es Dios Amor. A partir de esa premisa, Jesús desarrolla su lectura de la ética y de la escatología. En el caso leído una semana atrás, la legislación mosaica era contextualizada como una permisión introducida en una ley más antigua y, por lo tanto, original, que era la ley de la Creación. Justamente, la premisa del Dios Amor antecede a cualquier regulación de ruptura. En el caso de hoy, la premisa del Dios Padre que nos hace a todos hermanos sostiene la validez de los mandamientos de la fraternidad, pero Jesús nos descubre, esta vez de forma más velada, que hay una ley mayor, más antigua y original, y que el mal llamado decálogo ha venido a ser una introducción de mínimos imponibles ante la cada vez más creciente violencia humana.

Para entender cómo la ley es sólo correctiva de algo mejor, tenemos que analizar dos o tres etapas claves de la historia de la salvación, tal como la presenta la Biblia. Los mandamientos enumerados por Jesús en el pasaje que leemos hoy son parte del Código de la Antigua Alianza, el cual hace su aparición en la historia cuando la misma ya ha sido corrompida. Si nos remontamos a la Creación, la única ley parece ser multiplicarse y ejercer señorío sobre lo creado (cf. Gen. 1, 28-30). Si avanzamos hasta el diluvio y la supervivencia de la familia de Noé, nos encontramos que se repite la legislación de la Creación sobre multiplicarse y ejercer el señorío (cf. Gen. 9, 1-2), pero se añade un mandamiento, el de no comer la carne con su sangre (cf. Gen. 9, 4). A la historia humana violenta, Dios intenta ponerle freno, y esa prohibición de comer la carne con su sangre aparece ligada a Gen. 9, 6: “Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre”. Esto no es justificación de la pena de muerte ni ley del talión (cf. Ex. 21, 24-26), sino precepto de respeto de cada ser humano, querido, deseado y amado por Dios. Por lo tanto, el Código de la Antigua Alianza no es capricho divino. La Ley es dada porque el hombre peca renunciando a la armonía primigenia del amor, simbolizada en la imagen perfecta del Edén (Gen. 1-2). En ese sentido han de leerse declaraciones paulinas como la de Rom. 3, 20b: “La ley no da sino el conocimiento del pecado” o Rom. 7, 7: “¿Qué decir, entonces? ¿Que la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo yo no conocí el pecado sino por la ley”. La Ley no fue creada para hacernos pecar, sino para hacernos notar el pecado que ya realizábamos. La Ley entra en juego en la historia salvífica para limitar la violencia del ser humano. Antes que preguntarnos por qué no se debe matar, por qué no se debe robar o por qué no se debe cometer adulterio, es conveniente entender que no matar, no robar y no cometer adulterio son las maneras mínimas de amar. Pero el ideal creacional, el ideal primigenio, el ideal simbolizado en el Edén, es el amor que se da sin medidas, el amor que abandona el propio ser para volcarse en los otros; a ese ideal invita Jesús proponiendo vender lo que no nos deja amar para dignificar a los más pobres.

Los tres Evangelios sinópticos contienen esta escena (Mt. 19, 16-20; Mc. 10, 17-31 y Lc. 18, 18-30), y los tres mantienen la división de la perícopa en tres partes: el encuentro de Jesús con el hombre (un joven para Mateo y un principal para Lucas), el diálogo con los discípulos sobre las riquezas y el Reino, finalmente las palabras apologéticas de Pedro sobre cómo lo han dejado todo para seguir al Maestro. Esta apología petrina parece estar aún en la línea de la ley que retribuye los actos. Pareciese que Pedro espera algo a cambio, que espera negociar con Jesús. Ya que lo ha dejado todo, su paga debiese ser algo bueno. Pedro se encuentra situado en la perspectiva del hombre que se ha acercado en el principio de la escena; Pedro se encuentra más cerca del farisaísmo de lo que él mismo cree. Mateo lo ha dejado más claro, poniendo en boca del discípulo una pregunta comercial: “¿Qué recibiremos, pues?” (Mt. 19, 27). En Marcos no tenemos ese interrogante, pero deducimos literariamente que se trata de la misma intención. Pedro le hace recordar a Jesús lo acontecido en los inicios de su ministerio, pues remarca dos actitudes que podemos leer en Mc. 1, 18.20: dejarlo todo y seguirlo. Las llamadas vocacionales de Simón, Andrés, Santiago y Juan cumplen con estas dos acciones fundamentales del discipulado: dejarlo todo y seguir al Maestro. De la misma forma puede leerse la vocación de Leví, el cobrador de impuestos (cf. Mc. 2, 14), quien dejó su situación anterior para seguir a Jesús. Pedro, al recordarle a su Maestro aquellos inicios en Galilea, quiere que Él haga memoria para efectuar el pago de tamaña aventura. Si bien la respuesta que hallamos en el Evangelio según Mateo está dirigida al grupo de discípulos y contiene una fuerte impronta escatológica judía (cf. Mt. 19, 28), la respuesta en Marcos es más indiferente, más generalizada, y parece exceder al grupo de los seguidores íntimos de Jesús. No se habla de ustedes, sino de nadie que haya dejado, o sea, cualquiera en el mundo que lo deje todo para seguir al Maestro, recibirá recompensa. Pero esta recompensa no es como la teología de la retribución judía, no consiste en bendiciones para los justos y maldiciones para los impíos. La recompensa es la multiplicación de aquello que se ha dejado y la vida eterna. Pero la multiplicación no es, simplemente, recibir cien casas en herencia habiendo dejado nuestro primitivo hogar. La multiplicación de los bienes implica, en el texto marquiano, la multiplicación de las persecuciones (cf. Mc. 10, 30). La palabra persecuciones no aparece en los relatos paralelos, y como ya lo hemos mencionado en varias oportunidades, tiene sentido para la comunidad marquiana, Iglesia perseguida y crucificada. Si, como lo afirman muchos biblistas, esta comunidad estaba organizada como una confederación de casas-Iglesias (a esta hipótesis se llega por la importancia del ámbito de la casa en todo el libro) con una interesante actividad misionera (a esta hipótesis se llega por la ya avanzada teología respecto a los paganos que se halla en el Evangelio, por su posible vinculación con la teología paulina y por la estructura del envío de los discípulos de dos en dos en el capítulo 6), es de suponer que esta multiplicación de bienes con persecuciones se expresa en el hospedaje que los misioneros recibían en las distintas casas, mientras ejercían su ministerio o mientras huían, justamente por ejercer su ministerio. Los misioneros marquianos abandonaban familia, hogar y bienes materiales, pero recibían el ciento por uno en medio de las persecuciones, pues muchas familias y hogares les abrían la puerta compartiéndoles sus bienes materiales. A la propuesta aún farisea de Pedro, el Jesús marquiano responde con una nueva propuesta liberadora y superior, la de la recompensa que no parece recompensa, la paradoja de tenerlo todo sin tener nada. Por eso, venderlo todo para dárselo a los pobres es tener un tesoro en el cielo, como le dice el Maestro al hombre desesperado; desprenderse de todo por el Reino es, en definitiva, tener como único tesoro el cielo; simbólicamente hablando, tener como único tesoro a Dios.

La famosa frase de Pablo: “Llevamos este tesoro en recipientes de barro” (2Cor. 4, 7), utilizada frecuentemente en el ámbito de la espiritualidad misionera, tiene resonancias con el texto litúrgico de hoy. Si la actividad misionera no se entiende en clave de un único tesoro que es la experiencia del Dios que libera en Jesucristo, si la evangelización depende de los bienes materiales y no del bien providencial, si nuestro tesoro somos nosotros mismos y dejamos de ser recipientes de barro, entonces estamos equivocados en la senda. Al hombre de la perícopa, el dinero le pesa, lo económico no lo deja avanzar por el camino. A los misioneros puede pesarles el dinero, pero también la preocupación económica a la hora de embarcarse en la misión. De una u otra manera, el Reino parece supeditado a las reglas de la bolsa de comercio mundial, y entonces corre el riesgo de ser negocio también. Este Reino que no se rige por las leyes de este mundo, que trae una cosmovisión nueva, que rechaza la injusticia social y las opresiones mercantiles, suele encontrarse acorralado en los corazones de muchos cristianos demasiado preocupados por cómo caminar sin necesidades, cómo evangelizar con unos pocos centavos, cómo transmitir el tesoro de la experiencia divina sin el soporte que significa el tesoro material. El corazón de un cristiano así se vuelve esquizofrénico, contradictorio, e irremediablemente, a la hora de expresar palabras, no podrá deshacerse de frases fuertemente económicas, y más que al Cristo predicará la necesidad de la colaboración financiera.

A veces, el problema reside en que hemos olvidado aquel llamado inicial, aquel punto de encuentro fundante entre nuestra existencia y la persona de Jesús. La otra famosa frase utilizada en la espiritualidad misionera con frecuencia, ven y sígueme, se acompaña de las actitudes que Marcos narra en el inicio de su Evangelio: lo dejan todo y lo siguen. ¿Por qué en el inicio del camino dejamos todo si en la mitad del recorrido creemos que vamos a necesitarlo? ¿Por qué Jesús aceptaría el abandono de los bienes si entiende que no se puede anunciar el Reino sin ellos? ¿Por qué invita al hombre a venderlo todo si le sería mucho más fácil conservar lo que tiene para ayudar la misión del Maestro? Es más que evidente que Jesús no basa su misión en la riqueza, y es más que evidente que no quiere tampoco que sus discípulos lo hagan. Volver al primer llamado, regresar a la meditación de la vocación, es recordar que fuimos invitados a dejarlo todo, no para que nos lamentemos luego, sino para comenzar descargados, y concientes de que llevamos un único tesoro en recipientes de barro; de esa forma, libres de las ataduras de lo mercantil, y haciendo la misión con pobreza, el mundo verá que“una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2Cor. 4, 7).