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Que haya hermanos / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 23, 1-12 / 30.11.11

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Mt. 23, 1-12)

El de hoy es un texto crítico. Criticar es dar una opinión personal sobre algún tema. Etimológicamente, crítica proviene del griego krino (discernimiento), que procede a su vez de krinein (separar). Cuando se realiza una crítica, no se está remarcando lo malo exclusivamente, sino que se está opinando con discernimiento, separando lo rescatable de lo desechable, lo que sirve de lo que no sirve, lo elogiable de lo detestable. El de hoy, por supuesto, es un texto crítico. Jesús hace una crítica a los escribas y fariseos. Marcos tiene una pequeña referencia que podría ponerse en paralelo (cf. Mc. 12, 38-40), referida sólo a los escribas. Lucas también la conserva en Lc. 20, 45-47. Ambos paralelos están situados, cronológicamente, sobre el final de la vida de Jesús, coincidiendo con el texto que leemos este domingo perteneciente a Mateo. Pero además, Lucas tiene otro texto que es mucho más similar a Mt. 23, 1-12, aunque con dos notables diferencias: se ubica en el capítulo 11, casi a la mitad del libro, y separa las críticas a los fariseos de las críticas a los escribas. Mateo parece responder a una necesidad histórica de su comunidad unificando escribas con fariseos. Tras la caída de Jerusalén en el año 70 d.C., el farisaísmo se hace con el control del judaísmo y los escribas vienen a ser el fundamento teológico-exegético de este judaísmo fariseo. En la época de Jesús, entre los fariseos no existían muchos escribas, sino que más bien se trataba de comerciantes, artesanos y campesinos que decidían consagrarse voluntariamente a una forma de vida sumamente estricta respecto a las leyes de pureza/impureza y respecto a las prescripciones de la Torá. En esto parece más preciso Lucas que separa la crítica a los fariseos (cf. Lc. 11, 39-44) de la crítica a los escribas (cf. Lc. 11, 46-52). A los primeros les remarca la hipocresía, la forma de vida estereotipada que busca el aplauso humano. A los segundos su aire de superioridad, de estar por encima del pueblo interpretando la Palabra y haciéndolo a su antojo, para su propia conveniencia, sin reconocer que el Espíritu (Sabiduría) es el que habla, no la ciencia. El fragmento real, en el Evangelio según Mateo, se extiende hasta el versículo 35 por lo menos, con ayes y palabras cada vez más agresivas. La liturgia católica ha decidido detenerse en el versículo 12.

Mateo, haciendo actualización de Jesús para su comunidad presente, sabe que la crítica de Jesús no es sólo para escribas, ni sólo para fariseos. La crítica no es sólo para los que se declaran judíos. Es una crítica universal y atemporal para todos los que, de manera hipócrita, hacen de la religión un teatro, y para todos los que esgrimen ciencia teológica intentando validar posiciones propias antes que la posición de Dios. Mateo sabe que la crítica de Jesús llega hasta su comunidad eclesial, hasta él mismo. Lo que los escribas y fariseos hacen es lo que los cristianos también hacen, porque la tentación trasciende los límites de la denominación religiosa. Hay un error repetitivo en la historia religiosa: el olvido del servicio al ser humano. Cuando la religión (cualquiera que esta sea) se olvida del hermano, del prójimo, pierde su razón de ser, su conectividad con lo sobrenatural. La religión no está en el mundo para autoensalzarse. La religión está para mejorar el mundo, para cambiarlo en un camino de plenitud. Cuando los dirigentes religiosos pierden este rumbo, desfiguran a Dios. Crean una imagen divina acorde a sus intereses, predican esa imagen y falsean al Dios verdadero. Eso le molesta a Jesús. Gran parte de su misión está centrada en acercar al pueblo la imagen más perfecta y verdadera del Padre, su amor, su misericordia. En esta misión de revelación, se ve obligado a criticar a quienes deforman a Dios presentándolo con características que, en realidad, le son ajenas. Por eso es una crítica que sirve para hoy, y servirá para mañana, y sirvió para la comunidad mateana que, lentamente, iba configurando un Dios a su imagen y semejanza.

La crítica comienza con una afirmación: los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés. Las cátedras son asientos, los principales de la sinagoga, desde donde se imparte la instrucción. Por lo tanto, es un lugar de poder. Quien ocupa la cátedra es el que explica las Escrituras, el que tiene dominio sobre la Palabra. Históricamente, no es tan correcto asociar a los fariseos a la cátedra de Moisés, sino más bien a los escribas, estudiosos de la Ley. Es posible escucharlos, pero no tomarlos como ejemplo. Puede que ciertas interpretaciones que hacen sean correctas, sin embargo, su vida, su praxis, no se condice con lo que dicen. En la visión de Jesús, eso es un problema de autoridad. ¿Cómo creerle y aprender de alguien que disocia su vida de sus palabras? La coherencia de Jesús los confronta: habla de la Palabra y vive la Palabra con una radicalidad que da consistencia a su proclamación del Reino. Por esa vivencia en carne propia, no ata pesadas cargas sobre los demás. Estas cargas son las prescripciones/interpretaciones que los escribas y fariseos hacían sobre la Ley. Todo ese detalle y rigorismo respecto a lo que se pude y lo que no se puede hacer, tiene otra perspectiva en Jesús, que ofrece un yugo suave y ligero (cf. Mt. 11, 30). Los escribas y fariseos han fabricado una complicada red que se vuelve pesada, que oprime. Jesús ha resumido la Ley en el mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo (cf. Mt. 22, 37-40), haciendo de la Ley una posibilidad de liberación en el amor. Por eso no puede avalar las imbricadas vueltas y volteretas tejidas alrededor de la Palabra de Dios. Eso también es una manera de falsear al Padre, de hacerlo inaccesible. ¿Y para qué? Para privatizarlo, para que sólo sea propiedad de una élite, de manera que este grupo sea reconocido. Este es el sentido de las filacterias agrandadas. Las filacterias eran envolturas de cuero que llevaban en su interior fragmentos de la Torá y que los fariseos se ataban al brazo izquierdo y a la frente, según la tradición de pasajes como Ex. 13, 9.16; Dt. 6, 8 y Dt. 11, 18, que hablan de llevar la Palabra del Señor siempre presente, en el corazón, atada a las manos y como marca sobre la frente. Del mismo modo, según Nm. 15, 38-39, los flecos en los mantos tienen la función de recordar al israelita los mandamientos para que sean cumplidos. Las filacterias y los flecos tienen una función hacia dentro, hacia el que los lleva, para que recuerde que hay una Palabra divina pronunciada y que debe actuar en consecuencia; Jesús critica el uso hacia fuera, el uso demostrativo, teatral, que busca reconocimiento externo. Eso no es lo que pide la Ley, ni tampoco es el espíritu de la tradición. Jesús ya se había referido al peligro de hacer las cosas para ser vistos (cf. Mt. 6, 1-18). Es el peligro del amor propio que desplaza los otros dos amores principales: a Dios y al prójimo.

Haciendo el salto cronológico hacia su comunidad, Mateo introduce una recomendación para los cristianos. Los discípulos también corren el riesgo de todas las religiones. Por eso deberían ser radicales en su organización. La comunidad mateana (en Antioquia, quizás) parece haber contado con varios ministerios (profetas, sabios, escribas, según Mt. 23, 34), lo que habla de un estadio avanzado institucional. Seguramente, algunos de los ministros comenzaron a pretender ciertos honores desprendidos de su rol. Algunos habrían pedido ser reconocidos como maestros, y tener la estima que se tiene a los rabinos. Otros pedirían ser llamados padre, quizás por su condición de ancianos de la comunidad o directores generales. Mateo cree que eso debe extirparse raíz. A nadie debe llamársele maestro (rabí según la versión original), porque Maestro hay uno solo. El uso de rabí no era exclusivo de los rabinos maestros de la Ley en el siglo I d.C., sino que se aplicaba a otras personalidades. Lo mismo sucedía con padre (pater en el original), que podía aplicarse en la familia, en religión para los dirigentes y hasta para el emperador romano, considerado padre de Roma, padre de la patria y padre del mundo entero. Pues bien, nadie debería recibir ese título, porque es propiedad de Dios. Para ser llamado padre en la tierra hay que tener el mismo corazón que el Padre celestial. Finalmente, el tercer título a desterrar es el de kathegetes (doctor para varias traducciones, instructor para otras, preceptor en algunas más). Lo llamativo de esta frase es que incluye una autoreferencia de Jesús a sí mismo como Mesías, lo que lleva a cuestionar la originalidad histórica del dicho, haciéndolo muy probablemente redaccional, ya que Jesús fue reacio a designarse como el Mesías esperado por el judaísmo. De todas maneras, la intención es la misma: una comunidad eclesial sin títulos honoríficos.

¿Es posible? ¿Podríamos tener una Iglesia sin títulos? ¿O ya es demasiado tarde y los títulos son parte de nuestro acervo dogmático? Quizás no sea la solución adecuada, pero Mateo parecía considerar oportuno desterrar los títulos. Que abunden los ministerios, que haya profetas y sabios, que florezcan los carismas, pero que nadie obtenga beneficio de ello, más que la comunidad entera. Que los maestros enseñen sin esperar el reconocimiento, que los profetas profeticen sin añorar una devolución, que los sabios estudien y disciernan sin tener mejor lugar en la asamblea. Que los mejores lugares y los honores sean para los hermanos más pequeños, para los frágiles, para los pobres. Mateo propone una Iglesia deshonrada, sin motivo de orgullo mundano. Una Iglesia desentendida de las pirámides sociales jerárquicas. ¿Es posible? Con nuestra organización eclesial actual nos parece un disparate. Y es que, como buenos fariseos, hemos construido un entretejido de justificativos alrededor de nuestra organización interna. Tenemos justificaciones sacrales, bíblicas y de curioso respeto. Damos el primer asiento a los dirigentes, no al pobre, pero nos justificamos. Damos la palabra a los científicos de la Biblia que han estudiado en reconocidas universidades, pero no escuchamos al profeta de barrio. Damos primacía a la parafernalia, al teatro religioso, a las grandes multitudes concentradas para peregrinar, pero poco se dice de las comunidades reunidas en las casas, en los salones comunitarios, siendo apenas un puñado. Ustedes no sean así dice Jesús. Que no haya jefes ni mejores ni dueños de nada: que haya hermanos.

Parábolas parecidas / Elisha Ben Abuya y Jesús

El próximo domingo 6 de marzo, la liturgia católica nos propondrá leer el final del capítulo 7 de Mateo donde está la parábola de las dos casas. Una versión similar a la misma se le atribuye a Elisá ben Abuyá, maestro del Rabí Meir. Se supone que Elisá nació antes del año 70d.C., o sea, antes de la destrucción de Jerusalén. A continuación, las dos versiones, de Elisá y de Jesús:

Decía Elisá ben Abuyá: ¿Con quién comparar a un hombre que hace buenas acciones y ha estudiado mucho la Torá? Con un hombre que construye primero con piedras y luego con adobes; aunque vengan las aguas por todas partes, no lo destruirán. Pero ¿con quién comparar a un hombre en quien no se hallan buenas acciones, aunque haya estudiado la Torá? Con un hombre que construye primero con adobes y luego con piedras. Aunque las aguas vengan en poca cantidad, pronto derribarán todo el edificio. (Abot de R. Natán 24)

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande. (Mt. 7, 24-27)

Separados o encarnados / Fiesta de Todos los Santos – 1 de noviembre

La palabra que designa la santidad en hebreo es qadosh, cuya raíz está vinculada a cortar, separar. Por eso la primera afirmación es que lo santo es lo separado, lo segregado, lo reservado, en este caso, para Dios. Es santo el templo porque está dedicado a Yahvé, es santo el sacerdote porque está dedicado al culto de Dios. La fuente de esa santidad está en el mismo Señor. Él es tres veces santo (cf. Is. 6, 3), como expresión del superlativo hebreo; o sea, Dios es totalmente Santo, es el más santo de todos. Esta condición intrínseca a la divinidad determina que Dios esté separado de los seres humanos y que no sea manipulable. Separado por la cuestión natural y pragmática de que, por ejemplo, nadie ha visto a Dios; no manipulable porque, en su separación, se vuelve difícil asirlo y moldearlo a voluntad. En esta mirada teológica, lo positivo es que queda bien en claro que a Yahvé no lo puede manejar la magia ni los caprichos humanos; Yahvé es autónomo y lo suficientemente libre para hacer y deshacer. Lo negativo de esta visión es el posible muro que puede levantarse entre lo espiritual y lo material, casi contraponiéndose. Si lo santo está separado, entonces no puede convivir entre lo profano, y si lo hace por razones de fuerza mayor, se debe establecer una reglamentación que permita detener la contaminación.

En muchas oportunidades, cuando Jesús discute con los fariseos, la cuestión es esa: pureza y santidad. El nombre de los fariseos proviene de ferushim, término que, según algunos estudiosos, posee doble acepción: separar y explicar. Separar en el sentido que estamos comentando y explicar por la práctica farisea de comentar la Ley y ser rabinos/maestros. Los fariseos habían elaborado una serie de disposiciones legales que buscaban asegurar la clara separación entre lo puro y lo impuro. Ellos, por supuesto, en su estricta observancia de estas reglas, eran puros. El resto del pueblo, ignorante, siempre caía en la impureza por no respetar alguna de esas reglas. En base a esta separación, se establecía una superioridad farisea. Por ser los auto-designados santos, se encontraban un escalón por encima y miraban con desprecio a los demás. A ellos les dirige Jesús la parábola del fariseo y el publicano en el templo (cf. Lc. 18, 9-14), introduciéndola Lucas con la siguiente oración: “Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola”. Los que se tenían por justos/santos, creían que los otros eran menos dignos, menos queridos por Dios.

El Evangelio, de punta a punta, busca romper dos concepciones arraigadas en la sociedad judía y, hasta hoy, en nuestras sociedades. La primera es la idea de que para ser santo hay que separarse completamente de lo material. La segunda es que Dios ama más a los justos que a los pecadores. Para Jesús, la santidad está en la encarnación en el mundo material, y particularmente, en el mundo material pobre. Allí se vive la santidad y cobra sentido la condición de tres veces santo de Dios. En medio de los que nada tienen, el amor se experimenta con una gratuidad inusitada, y ese amor gratuito (gracia) nos revela a Dios, debido a que la esencia de lo divino es el amor (cf. 1Jn. 4, 8). Para ser santo hay que acercarse a la fuente de la santidad, y no precisamente desde el aislamiento temeroso de lo profano, sino desde lo profano que ha elegido Dios para revelarse amoroso. Jesús, encarnado en el mundo de los pobres, dice y hace cosas que demuestran a su Padre. Jesús, encarnado, se hace uno con el pobre, ofreciendo a cualquier ser humano en cualquier época en cualquier parte del mundo, la posibilidad de contactar íntimamente con Él al dar alimento, vestimenta, hospedaje, alivio o visita a un pobre, tal como sentencia “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40). Allí está el meollo de la evangelización, entendida desde la definición que da Jesús de su propia misión: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10), porque “no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios ama a todos por igual, y por eso se esmera en llegar a los que las Iglesias consideran menos santos; la evangelización es buscar lo perdido, no conformarse con lo encontrado.

La Fiesta de Todos los Santos debiese ser la oportunidad de encontrar modelos de santidad en los profetas encarnados de nuestros tiempos; aquellos que, anónimamente, dan la vida en medio de los pobres, aunque les cueste la excomunión de la santa iglesia oficial.

Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 10, 46-52


Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: « Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle». Llaman al ciego, diciéndole: «¡Animo, levántate! Te llama». Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino. (Mc. 10, 46-52)

El texto que leemos hoy es el marco final de la sección del camino (Mc. 8, 27 – 10, 45). Si recordamos brevemente la estructura del texto marquiano, hallaremos que la primera parte sucede en Galilea, hasta el capítulo 6 aproximadamente, cuando comienza la sección de los panes (Mc. 6, 34 hasta Mc. 8, 21), que incluye un breve recorrido por territorios paganos. En Mc. 8, 22-26 se nos relata el primer marco a la sección del camino que es la curación del ciego de Betsaida. A continuación comienza el camino de subida a Jerusalén, y el relato de hoy establece el marco final, como ya dijimos. A continuación, a partir del capítulo 11, las acciones se desarrollan en Jerusalén. Por lo tanto, la presencia de dos ciegos al principio y al final del camino, como contextos del proceso discipular, es un claro mensaje simbólico. Jesús realiza el camino de discipulado con sus seguidores para profundizar la enseñanza, para la catequesis intensiva, para quitarles la ceguera, para hacerlos ver la realidad sobre Él mismo (es el Hijo del Hombre que debe ser crucificado), sobre el Reino y sobre Dios. Los dos ciegos (el de Betsaida y el de Jericó) son la clave hermenéutica para entender todo lo que ha sucedido entre estos dos relatos, sobre todo para leer con más claridad los tres anuncios de la pasión (Mc. 8, 31; Mc. 9, 31; Mc. 10, 32-34), para interpretar las enseñanzas en privado realizadas dentro de la casa (Mc. 9, 28.33 y Mc. 10, 10), y para asimilar las tres enseñanzas básicas del camino: cruz, humildad y servicio. Pero ambos ciegos, el del principio y del final, si bien son relatos parecidos, también son relatos distintos y hasta contrapuestos en algunos aspectos:

- Tener un nombre: el ciego de Betsaida no tiene nombre, es nombrado como un ciego (cf. Mc. 8, 22). Además, parece tener una casa, una propiedad (cf. Mc. 8, 26). El ciego de Jericó, en cambio, sabemos que se llama Bartimeo y que era mendigo. Su nombre es una construcción gramatical aramea que significa hijo (bar) de Timeo. Aquí sucede un recurso literario propio de Marcos que es la repetición para remarcar algún aspecto. En el encuentro con la mujer extranjera (cf. Mc. 7, 24-30), por ejemplo, se nos remarca doblemente que era griega, sirofenicia de nacimiento. De esta manera, queda subrayado el paganismo de la mujer. En la escena de hoy, algunos biblistas creen ver en la repetición del nombre (hijo de Timeo, Bartimeo) un mensaje. Timeo significa, en griego, apreciado o valorado. El hecho de ser reconocido como hijo de algo o alguien, no es siempre en términos bíblicos una referencia familiar. Se es hijo de algo o alguien, también cuando se es discípulo de ese algo o de ese alguien, como en 2Rey. 2, 3 al hablar de los hijos de los profetas, que puede traducirse como discípulos de los profetas. Entonces, Bartimeo sería un discípulo del apreciado, o sea, alguien que cree que el Mesías ha de ser una persona valorada por la sociedad, un digno hijo político-militar de David. La curación de su ceguera sería, justamente, quitarle esa visión tergiversada del mesianismo.

- Gritando: el ciego de Betsaida es presentado por unos anónimos (cf. Mc. 8, 22) que le suplican que lo toque para curarlo. Bartimeo parece más autónomo. Al enterarse que es Jesús de Nazareth el que pasa por allí, se pone a gritar. La gente intenta impedirle el acercamiento, pero él grita más fuerte, llamándolo Hijo de David. La utilización de este título mesiánico entre los evangelistas es interesante. Mateo será el que más lo mencione (cf. Mt. 1, 1; Mt. 9, 27; Mt. 12, 23; Mt. 15, 22; Mt. 20, 30; Mt. 21, 9), respondiendo a su auditorio mayoritariamente judeo-cristiano. Lucas será escueto como Marcos para su utilización. En Juan no encontramos otra cosa que una sola referencia indirecta al título sin su mención literal (cf. Jn. 7, 42). Específicamente en el relato marquiano, Bartimeo es el único personaje que lo identifica a Jesús como Hijo de David, literalmente. Más adelante, en la entrada mesiánica en Jerusalén, la gente lo aclamará: “¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc. 11, 10), pero no es literal la frase. Finalmente, en el templo, Jesús enseñará sobre el verdadero sentido del título (cf. Mc. 12, 35-37). Otra palabra que puede ayudarnos en la interpretación es rabbuní. Además de Bartimeo, el único personaje que denomina así a Jesús es María Magdalena en Jn. 20, 16. Rabbuní es una variación propiamente galilea de la palabra rabbí, un término derivado de la raíz hebrea rbb que significa ser grande. La institución del rabino era una institución judía y, en tiempos de Jesús, el respeto hacia ellos era enorme, considerándolos padres espirituales y eminencias. El rabino está ligado, indefectiblemente, a un estilo religioso sinagogal y judío. Por eso, en el Evangelio según Marcos, Jesús es llamado como tal en cuatro oportunidades: en primer lugar lo hace Pedro, durante la transfiguración, cuando propone armar tres carpas para quedarse en las alturas (cf. Mc. 9, 5); luego Bartimeo; en tercer lugar, nuevamente Pedro, cuando le hace notar que la higuera que ha maldecido está seca (cf. Mc. 11, 21); finalmente, Judas cuando lo entrega con un beso (cf. Mc. 14, 45). Lo que podemos concluir, con este breve recorrido, es que los discípulos lo llaman rabino en situaciones de desentendimiento o de incomprensión de su mesianismo, que no es político-militar y que no se limita únicamente a los judíos. Pedro quiere quedarse en las alturas de la transfiguración y no volver al camino a Jerusalén; Bartimeo cree en el Hijo de David apreciado, valorado, victorioso; Pedro, nuevamente, no comprende cómo la higuera (símbolo de Israel) se seca; por último, Judas incomprende por completo a su Maestro, al punto de entregarlo.

- Sin etapas: la curación del ciego de Betsaida sucede en dos etapas (cf. Mc. 8, 23-25) con una participación activa y casi mágica de Jesús, utilizando saliva (cf. Mc. 8, 23). En el caso de Bartimeo, la diferencia es obvia. Recibe una pregunta sobre qué es lo que desea, él pide ver, y Jesús responde: “Vete, tu fe te ha salvado”. Aquí no hay etapas ni contacto físico entre ambos. La respuesta del Maestro es muy similar a la que recibe la hemorroísa en Mc. 5, 34a: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz”. Si recordamos, la hemorroísa, en realidad, recibe mayor bien siendo aceptada y dignificada que siendo curada, pues su sangrado continuo la hacía impura para la religión. Por eso Jesús recalca que ha sido salvada, ha sido rescatada de su situación desigual y opresiva, ha sido liberada. Bartimeo, en esa línea, es salvado de su ceguera más que curado, es liberado de sus concepciones/visiones que no lo dejaban comprender la realidad plena del mesianismo jesuánico. Es más importante que pueda ver con su corazón y con su mente, antes que pueda ver físicamente. En Bartimeo se obra un cambio de mentalidad, una liberación hacia la concepción correcta del Mesías, que no es hijo político-militar de David, sino depositario de las esperanzas del pueblo de David.

- Ponerse en camino: el ciego de Betsaida es curado en las afueras del pueblo (cf. Mc. 8, 23) y, tras la curación, recibe la instrucción de volver a su casa sin entrar en el pueblo (cf. Mc. 8, 26). Bartimeo, en cambio, ante la instrucción vete, comienza a seguir a Jesús por el camino. Se nos hace entender, así, que este ciego se ha convertido en discípulo del Maestro, pues se une al camino. Hechos de los Apóstoles nos hace saber que a los primeros cristianos los llamaban seguidores del Camino (Hch. 9, 2). El cambio obrado en Bartimeo, el giro de su corazón y su mente, se materializa en el abandono de su manto al costado del camino para incorporarse al seguimiento explícito del Mesías, aunque ese seguimiento signifique ir a Jerusalén a morir. Como marco final de la sección del camino, Bartimeo es el modelo de discipulado del relato marquiano, puesto que es aquel que se pone en camino hacia la cruz, aquel que ha sido curado de su ceguera para comprender los anuncios de la pasión, para asumir un mesianismo que no es político-militar, que no se ejerce desde el poder, sino todo lo contrario: desde lo pequeño, desde lo insignificante, desde el servicio, desde la vida entregada. El ciego mendigo, marginado, ubicado al costado del camino, es ahora protagonista discipular, con la visión recuperada y un cambio drástico de situación. Por eso queda el manto al costado, arrojado, porque eso es signo de su situación previa, ya superada.

Ser curados de la ceguera es un salto cualitativo para nuestras existencias. Como misioneros, muchas veces estamos ciegos, y se distorsionan nuestras concepciones sobre Jesús, sobre la religión y sobre los seres humanos. La ceguera respecto a Jesús puede llevarnos a ver en Él un maestro de moral, un personaje que elaboró normas de comportamiento para hacernos más puros. Bajo esa idea, la evangelización no habla de tanto de Jesús como de lo que se debe o no se debe hacer, y pueblos enteros se quedan sin saber nada acerca de la Persona más importante de la historia. Enseñamos un catecismo elaborado por moralistas, pero los Evangelios resultan secundarios, son un subsidio para los encuentros, nada más, un libro al que se puede recurrir si no hay otra idea. Este tipo de ceguera hace que las personas se resistan a la misión, porque no viene a traerles novedad alguna, sino un listado de comportamientos. El otro tipo de ceguera es la distorsión de la religión, entendiéndola como ámbito de separación, como sectarismo, como conformación de un grupo de elegidos. La evangelización, en este caso, hace proselitismo, y deja de ser evangelización. No busca la liberación del otro, sino su incorporación a un modelo, a una institución. Nuevamente, se habla más de las ventajas que proporciona una denominación religiosa que del mismo Jesús. En este caso, los Evangelios son suplantados por el Código de Derecho Canónico, por constituciones corporativas. Se hace de la Iglesia una empresa, un club o una secta, pero no se hace comunidad. También hablamos de la ceguera respecto a los seres humanos. Para algunos misioneros, el otro es un objeto y no un sujeto, un destinatario y no un interlocutor, un impuro y no una persona digna. La evangelización, entonces, es impositiva, es monólogo, es avasallamiento, es conquista. Jesús, en este caso, es reemplazado por una ideología de cualquier tipo (política, social, cultural, religiosa), y la misión es una iniciativa privada, no un movimiento de amor. El otro como otro no interesa, no tiene nada para decir, es un ignorante, y es también incapaz de decidir. El otro, por lo tanto, deja de existir como otro, y desaparece la comunicación de la Buena Noticia.

La misión necesita ser librada de sus cegueras, necesita abandonar viejos esquemas basados en visiones caducas, necesita reencontrarse con el Cristo para reencontrarse con la mujer y el hombre. Estar dispuestos al cambio implica estar dispuestos a ingresar al camino, aunque éste termine en Jerusalén. Jesús es asesinado por abrir los ojos de los ciegos; el misionero debe estar conciente de que su tarea liberadora, muy probablemente, lo obligue a dar la vida. Pero si realmente ha sido curado de su ceguera, entonces reconocerá que vale la pena morir mirando con claridad que permanecer vivo en las sombras.