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Misioneros sin pan / Décimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 7-13 / 15.07.12

7 Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. 8 Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; 9 que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. 10 Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. 11 Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”.

12 Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; 13 expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. (Mc. 6, 7-13)

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Jesús llama a los Doce, grupo que ya ha sido instituido en Mc. 3, 14-19 y que ha vuelto a aparecer en Mc. 4, 10, para iniciar algo distinto. Sabemos que será algo distinto por el contexto de excomunión de la sinagoga que precede a esta escena. Y porque Jesús ya ha logrado reinventar su ministerio sobre el Reino de Dios otra vez, cuando decidió separarse de Juan el Bautista para comenzar su camino propio por Galilea. Es decir que en los momentos complicados, cuando parece que el proyecto del Reino está ahogado, Jesús encuentra la manera de proyectarse, redoblar la apuesta, y conseguir una visión mejorada y una concreción superadora del mismo Reino. Cuando fue necesario abandonar al Bautista, Jesús pasó del Reino en el desierto al Reino en medio de los galileos, del ayuno a la comida compartida; en este caso, cuando se vuelve necesario abandonar la idea de reconvertir a la sinagoga, porque la sinagoga está empecinada en continuar así, sin respuesta liberadora, Jesús es capaz de cimentar su movimiento en doce personas que no son profetas reconocidos, que no son de la clase sacerdotal ni que tampoco forman un colegio de escribas.

Esta reinvención de Jesús abre la puerta al camino itinerante fuera de Galilea, entre los paganos, y en una visión un tanto más universalista. Esto no quiere decir que, históricamente, Jesús haya tenido una conciencia plena de la misión a los paganos y de la universalidad transnacional de la Buena Noticia, pero sí había gérmenes de ambas cuestiones. Estos gérmenes, en la pluma literaria de Marcos y en el análisis posterior de la Iglesia, son suficientes para elaborar la idea de la misión. Al ser rechazado por la sinagoga (al ser las comunidades cristianas rechazadas por el judaísmo), Jesús puede asimilar la expansión del Reino sin límites (la Iglesia puede misionar entre paganos). Esta presentación de Marcos de la ruptura seguida de misión, es una validación de la práctica eclesial que, seguramente, ya está en funcionamiento en su comunidad: excomulgados del judaísmo, los cristianos encuentran en el paganismo terreno fértil para comunicar y compartir el Evangelio.

Los Doce son, en este caso, testigos y fundamento. Hay que recalcar que Marcos no es un fanático del grupo de los Doce. No los considera súper-apóstoles ni hombres por encima de la media. Para el autor, los Doce son un símbolo de inicio del movimiento eclesial, con las características básicas: comunión, apostolicidad, liberación. Así debe ser la Iglesia; esas deben ser sus notas fundamentales. La Iglesia tiene que vivir en comunión, deber ser apostólica en el sentido centrípeto de expansión y comunicación de la Buena Noticia, y debe liberar al ser humano (de los espíritus impuros, del mal, de la enfermedad, de la religión perversa).

Como todos los oyentes/lectores de Marcos saben, los Doce han compartido la cena final del Maestro (cf. Mc. 14, 17), y esa es quizás la única característica distintiva de ese grupo respecto al resto de los discípulos; pero esta distinción no es jerárquica (como lo entenderá la Iglesia posterior, fundamentando que unos estén sobre otros a partir de la última cena compartida), sino que se trata de una distinción a la manera de los patriarcas de Israel. El judaísmo sabe que hubo un solo Abraham, por ejemplo, y nadie puede adjudicarse ser la continuación de Abraham en detrimento de los otros judíos, porque todos descienden de allí, de ese padre de la fe. De la misma manera, el grupo de los Doce son los patriarcas de la Iglesia, y nadie puede adjudicarse el ser la continuación de los Doce, porque toda la Iglesia es continuación de los Doce, de nuestros padres en la fe, de los primeros testigos. Los Doce son testigos históricos, avales de la historia de Jesús de Nazaret, pero también son símbolo de Iglesia, modelo que los creyentes posteriores están invitados a imitar y superar.

Estos Doce son los primeros en recibir un mandato misionero. Como modelo eclesial, Marcos recuerda a los suyos que Jesús mismo, al cortar lazos con la sinagoga, decidió proyectar su movimiento del Reino. Este pequeño envío, posiblemente reúna leyes de misión que habrían circulado entre las comunidades cristianas y que el autor injertó en esta sección. No son leyes únicas, ya que cada comunidad las fue adaptando a su contexto, pero sí revelan la existencia de una forma de evangelizar. Y se revela una organización que en la comunidad de Marcos generó tensiones: la división entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Más adelante abordaremos esta disputa, pero vale ya entender que era una amenaza a la comunión.

Los Doce son enviados en parejas, posiblemente reproduciendo la práctica cristiana ya instaurada. La necesidad de ir de dos en dos puede ser psicológica (el apoyo que uno da al otro), puede ser de seguridad (los largos caminos a recorrer implicaban el encuentro con bandidos y fieras salvajes) o puede ser legal (según la ley judía, un testimonio es válido cuando cuenta con, por lo menos, dos testigos). El simbolismo de las parejas misioneras es una reproducción a escala de la comunión eclesial. El Evangelio es un mensaje y una realidad que implican la vida comunitaria y el sentido comunitario.

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Las indicaciones para las parejas misioneras constituyen un listado de acciones y omisiones que se deben y no se deben hacer. Esta legislación misionera puede tener una conexión con las indicaciones que la Mishná da a los que peregrinan al Templo de Jerusalén: “No se debe ir al monte del Templo con un bastón, con zapatos ni con la faja del dinero, no con los pies empolvados”. Estas indicaciones para el peregrino podrían ser la inspiración de las indicaciones para el misionero. No precisamente en su contenido, sino en la idea de que debe haber una manera de peregrinar, una forma de ir en nombre de Dios. Lo que se lleva y lo que no se lleva, lo que se hace y lo que se deja de hacer, permite al otro identificar al peregrino. El peregrino es un símbolo que transmite, andando, un mensaje.

Lo que tienen permitido llevar es un bastón. Para algunos comentaristas, el permiso del bastón es propio de un caminante que recorrerá largos caminos polvorientos y rocosos. El bastón es la ayuda, el apoyo. Para otos, el bastón es un arma que permite al peregrino defenderse de los peligros del camino, de las fieras salvajes y hasta de los bandoleros. En ambos casos, no habría mayor simbolismo que desentrañar. Pero si recordamos Ex. 12, 11, en el contexto de la cena pascual, podemos leer: “Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano”. En este caso, el bastón es la predisposición a la Pascua, al paso de Dios. Con el bastón en la mano se está dispuesto a salir cuando sea necesario, cuando se cumpla el tiempo. Los apóstoles deberían ser así, predispuestos a salir, listos para emprender la marcha, para mantenerse en movimiento. Esa libertad para desplazarse les confiere autoridad; la autoridad propia de los seres humanos libres; por lo que el bastón también podría ser símbolo de autoridad, como el báculo o el cetro lo representan para el rey.

Lo que no pueden llevar las parejas misioneras es pan, alforja ni dinero. El pan al que se refiere el texto, posiblemente sea el pan clásico de harina y agua en forma redonda, propio de los peregrinos. La alforja es una bolsa de piel o de cuero donde los viajeros guardaban sus provisiones. El dinero está designado en el texto original en griego como calkos, que significa cobre. En un principio, el vocablo designaba sólo al metal en sí, pero luego se lo utilizó para nombrar a los objetos hechos con cobre, incluyendo algunas monedas. Por supuesto, Jesús no habla de monedas de plata ni de oro, sino de cobre, que eran las de menor valor. Los tres objetos prohibidos (pan, alforja y dinero) constituyen un conjunto de necesidades básicas que cualquier viajero o peregrino no dudaría en tomar instantáneamente antes de salir. La comida, algo para llevar las cosas y un poco de dinero, aún hoy en día, son el equipamiento básico para desplazarse. Pero en el contexto del Evangelio según Marcos, es conveniente no llevar estas cosas que pueden encontrar solución en la solidaridad de alguna casa. Las parejas misioneras, como veremos más adelante, recorrerán casa por casa, y en esas casas deberán recibir el sostén para seguir caminando. Así como van, no son dueños de nada, y dependen completamente de los otros.

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Las sandalias están permitidas para los misioneros. Habitualmente, se trataba de una suela de madera que se ataba al pie. Las túnicas (chiton en griego), de las que no se pueden llevar dos, son el vestido interno, el que va inmediatamente pegado al cuerpo, por debajo de otras posibles vestiduras, como una capa (jimation). Era una prenda de algodón o de lino, usualmente sin costuras, y barata. En cierto sentido, podría equivaler a lo que hoy denominamos ropa interior, porque podía decirse que alguien estaba desnudo si sólo se lo veía vistiendo su chiton.

El permiso para llevar sandalias, además de evitar las lastimaduras de los pies por el tipo de camino, recuerda el simbolismo de la autoridad, nuevamente. Los hombres libres son los que tienen permitido usar calzado. Estos misioneros/peregrinos viven su libertad en el camino, y son dueños de sí mismos. En su libertad, paradójicamente dependen de los demás, viajando sin pan ni dinero, y sin otra túnica para cambiarse o para permanecer en algún lugar. Tienen que seguir en el camino, andando, deteniéndose en las casas lo justo y necesario, pero conservando la esencia del peregrino, que vive en marcha.

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La Iglesia de Marcos tenía un problema muy particular: la disputa entre los carismáticos itinerantes y las iglesias de las casas. Los primeros eran cristianos que vivían en los caminos, recorriendo pueblos y aldeas con una vivencia radical del modelo inicial de Jesús de Nazaret, en constante movimiento, con manifestaciones carismáticas (exorcismos, curaciones) y predicación del Evangelio. Las iglesias de las casas estaban constituidas por cristianos que, debido a su condiciones laborales o familiares, no podían desprenderse de toda su historia para salir a los caminos, por lo que se reunían regularmente en las casas a celebrar la vida del Reino y a tratar de implantarlo desde su cotidianeidad, sus obligaciones y relaciones de todos los días, siempre en el mismo lugar.

No hace falta ser historiador eclesiástico para darse cuenta del conflicto que surge aquí. Mientras los carismáticos itinerantes se atribuyen su mayor cercanía a Jesús y, por lo tanto, solicitan un trato preferencial como referentes de autoridad en la Iglesia, las iglesias de las casas defienden su espacio como propio, sin aceptar injerencias de itinerantes que no viven constantemente con ellos y no conocen a fondo la realidad cotidiana. Mientras las iglesias de las casas están más al resguardo de las posibles represalias judías y romanas, por practicar un cristianismo más secreto, los carismáticos itinerantes sufren la persecución y el martirio por encontrarse mucho más expuestos. Esta tensión, obviamente, explotó, y amenazó la comunión eclesial de la comunidad de Marcos. Es así que gran parte del libro de este autor está orientado a resolver el conflicto y dar una vía de escape. De Marcos depende la posibilidad de crear una síntesis entre ambas corrientes eclesiales, fundamentada en la praxis de Jesús de Nazaret, y que tenga futuro viable. Es así que en su Evangelio, hay alta probabilidad de que el grupo de los Doce represente y exhorte, en algunos aspectos, a los carismáticos itinerantes, y las escenas que suceden en las casas representen y exhorten, en algunos aspectos, a las iglesias locales.

Una de las vías de solución está en que los carismáticos itinerantes se alojen en las casas cuando hacen su recorrido, y que la comunión se manifieste en esa hospitalidad que los discípulos del camino pueden hallar en las iglesias locales. Por eso no hace falta llevar dinero, alforja, pan o dos túnicas; la comunión eclesial se encargará de abastecer. Esta eclesiología, esta propuesta, sólo es viable si las relaciones se dan en un plano de igualdad, donde los carismáticos itinerantes no se creen superiores ni las iglesias locales se creen la única forma de cristianismo.

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Si estas parejas misioneras se encuentran con grupos de personas resistentes al Evangelio, hay que seguir viaje y sacudirse el polvo. Hay una doble interpretación del gesto. En primer lugar, puede ser un signo de que el fracaso no importa, que se sigue adelante y uno se saca de encima esa sensación de haber perdido. En segundo lugar, y quizás con la intención principal de este versículo, el gesto significa la diferenciación del otro. El misionero sacude el polvo como el judío sacudía sus sandalias al volver a su patria desde un territorio pagano. De esta forma, unos se diferencian de los otros. Los que aceptan el Evangelio y lo comunican, de aquellos que lo rechazan.

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La misión de los Doce se configura como continuación de la misión de Jesús, quien también predica (cf. Mc. 1, 14-15), exorciza (cf. Mc. 1, 21-27) y sana (cf. Mc. 1, 29-34). La exhortación a la conversión también recuerda a Mc. 1, 15. Los Doce no se inventan nada, sino que continúan algo comenzado por el Maestro. Esa continuación será realizada creativamente, pero con fidelidad al proyecto del Reino.

Jesús no va con ellos, sino que los envía solos. Podemos percibir un componente post-pascual en el relato, como misionología de las primeras comunidades. Jesús ya no está físicamente con ellos, tampoco poseen los medios terrenos para instaurar un reino frente al gran Imperio Romano, sin embargo, el Reino de Dios se materializa desde la predicación, el exorcismo y las curaciones, desde el no tener nada, ni siquiera pan o alforja, desde lo itinerante, desde la comunión de las casas que los reciben. Y si bien Jesús ya no está físicamente, su presencia se ha transformado y permanece por el fundamento del testimonio de los Doce, por los signos que siguen acompañando a la Iglesia y que caracterizaban a Jesús, por un mensaje de esperanza que es Buena Noticia, por el mal que es derrotado, por los varones y mujeres que son liberados de sus enfermedades.

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Tal vez, avanzando y arriesgando en la interpretación, puede que la unción con aceite transmita algo sobre la presencia post-pascual de Jesús en la comunidad eclesial. Consideremos que Jesús curaba de diversas maneras: con contacto directo, sólo de palabra o con medios físicos; pero los Doce lo hacen a través de una sustancia específica, a través de un sacramento, porque no es el aceite lo que cura, sino el poder de Dios. El gesto de la unción aparece como acto sacramental, que no reemplaza la presencia física de Jesús, sino que la re-significa y transforma para hacer presente su poder de una manera diferente.

Esto no tiene que ver con los posteriores siete sacramentos de la Iglesia Católica, sino con el espíritu sacramental de la Iglesia, que no es algo meramente católico, sino también protestante. La Iglesia toda es un signo visible de la Trinidad, y como tal, es un gran sacramento. Luego, la acción de la Iglesia es un sacramento de la acción de Dios. Esa es la gran responsabilidad eclesial que no se puede eludir, y que nos obliga a vivir como sacramentos, a manifestar al mundo el Evangelio con lo que hacemos y con lo que decimos, como si fuésemos el óleo que unge el universo.

El apóstol leproso / Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 40-45 / 12.02.12

40 Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: “Si quieres, puedes purificarme”. 41 Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. 42 En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

43 Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: 44 “No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”. 45 Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes. (Mc. 1, 40-45)

 

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La lepra, tiene, en el contexto bíblico, un peso importantísimo. Es la enfermedad de la impureza, por lo tanto, en las reglas religiosas, es la enfermedad de la exclusión. El leproso es el azotado por Dios, y los que reciben el azote divino no deben tener otra excusa que su pecado. Por lo tanto, el leproso es un pecador que recibe su castigo en la enfermedad de la piel. Científicamente, hoy por hoy, entendemos la lepra como la afección causada por el Bacilo de Hansen, pero cuando la Biblia habla de leprosos, incluye en la categoría a múltiples enfermedades de la piel que no son, en su gran mayoría, la lepra definida actualmente. La Mishná expone 72 clases diferentes de lepra, por ejemplo.

En este trasfondo, Marcos presenta un leproso que pide ayuda a Jesús. Si nos mantenemos en la suposición de que el relato de la pasión, desde Mc. 14, 1, era bien conocido por los oyentes/lectores de Marcos, se genera una situación interesante respecto a la lepra. Esta escena al final del capítulo 1 tendría una correspondencia con la primera escena del capítulo 14, sucedida en la casa de Simón el leproso. Los comienzos de Jesús se vinculan a la lepra. El comienzo de su recorrido galileo lo topa con un leproso, y el inicio de su pasión también. Ambas escenas podrían configurar una doble inclusión que englobe el camino de la vida a la muerte (de Galilea a Jerusalén) y de la muerte a la vida (de la pasión y la cruz a la resurrección y el regreso a Galilea).

Ahora bien, lo que el leproso pide a Jesús no es curación, sino purificación (katharizo me en griego, traducible como límpiame o hazme limpio), ya que la situación era, como bien lo describe Num. 12, 12, la de un muerto en vida. El leproso caminaba y andaba, pero no podía considerárselo más que un muerto, sin participación en la vida de los demás, sin relación justificada con Dios. Una sombra de ser humano. Levítico describe crudamente lo que le corresponde: “El afectado por la lepra llevará la ropa rasgada y desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: ¡Impuro, impuro!. Todo el tiempo que le dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada” (Lev. 13, 45-46). En tiempos de Jesús, este aislamiento del campamento que aplicaba para el proceso de éxodo caminando por el desierto, se había estipulado en la indicación de que los leprosos no entraran a Jerusalén y pudiesen vivir en otros poblados o aldeas, pero sin ayuda de nadie, arreglándoselas por su cuenta. Tal era la marginación y el poder simbólico de la lepra, que su curación se consideraba tan importante (y milagrosa, y poderosa) como la resurrección de un muerto. Por eso el leproso ansía purificación. En el fondo, es esa limpieza que lo deje reincorporarse a la sociedad lo que lo liberará, más que la curación en sí. Su problema no es la enfermedad, sino la discriminación que acarrea esa enfermedad, y el trasfondo teológico que lo convierte en un pecador así sin más, un objeto de la ira de Dios.

 

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Mientras que tradicionalmente se había leído a Marcos diciendo que Jesús se había conmovido por el leproso, los exegetas actuales se están inclinando más hacia la expresión de un grupo de manuscritos griegos que, en lugar de compasión, describen la reacción de Jesús como una ira, como estar airado. Históricamente, no podemos saber cuál es la sensación que siente Jesús en este encuentro con el leproso. Algunos comentaristas intuyen que la base histórica del relato está en la línea de las primeras curaciones que realizaba Jesús; curaciones que lo ponían en un dilema de tipo ético-moral-religioso entre su herencia israelita y su concepción del Reino de Dios. En esta interpretación consideramos que Jesús siente una mezcla de compasión por el ser humano enfermo, y una ira por la situación inconsistente religiosa. La religión dice que Dios lo ha hecho leproso, pero si existe la posibilidad de curarlo, quiere decir que Dios también lo quiere curado. Es una divinidad bastante contradictoria. Si la misión de Jesús viene directamente del Padre, y la misión consiste en la instauración de un Reino donde hay sanación y destrucción de la enfermedad, entonces Jesús se enfrenta al Yahvé de la religión, que envía al mundo más afecciones que curaciones. Ese puede ser el encuentro entre la compasión y la ira. Un encuentro que no es ajeno al cristianismo posterior, obligado a plantearse el problema del dolor y el problema de la enfermedad de manera que su práctica religiosa no represente a un dios esquizofrénico.

La dicotomía de Jesús se resuelve hacia el lado de la vida. Extendiendo la mano, toca al leproso. En definitiva, Jesús se hizo leproso al tocarlo, se hizo marginal. Recordemos que las leyes de pureza/impureza indican que lo impuro se contagia. El contacto con lo impuro o con las impurezas hace impuro al que entra en contacto. Eso sucede con los cadáveres, con las mujeres menstruando y con los leprosos. Jesús asume una situación que lo hace excluido. Este gesto de tocar al leproso se proyecta como paradigmático de la vida de Jesús. Es el excluido con los excluidos. Pero sobre todo, excluido por propia voluntad. Ha decidido superar las leyes religiosas que parecen estar en contra del ser humano, para ponerse al lado del ser humano sufriente, marginado. Jesús es alguien que no estaba al margen, pero que se pone al margen.

Marcos, describiendo sutilmente este movimiento, recalca un punto básico del discipulado para su comunidad. Hay un movimiento ineludible que debe hacer la Iglesia: pasar al lado de los marginados. Lo ha hecho Jesús primero. Y le ha costado la vida. El cristianismo no puede formarse como aparato religioso que excluye. Al contrario, debe estar siempre al lado de los excluidos de cualquier aparato (social, político o religioso). El Evangelio debe ser llevado a los espacios de muerte por exclusión para incluir con la vida.

 

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Sobre leprosos purificados/curados sólo hay dos casos en todo el Antiguo Testamento. El primero es el de Miriam, sanada por Moisés (cf. Num. 12, 10-15). El primer elemento que lleva a esta curación es que Miriam contrae la lepra por murmurar contra Moisés (cf. Num. 12, 1). La teología de este relato muestra la lepra como claro castigo de Dios. Moisés intercede ante el Señor para pedir la curación, pero esta no sucede de inmediato, sino que deben pasar siete días primero, en los que Miriam permanecerá fuera del campamento. La segunda curación del Antiguo Testamento es la del aramita Naamán en manos del profeta Eliseo (cf. 2Rey. 5, 9-14). Naamán, general del ejército de Aram, acude al rey de Israel que lo deriva al profeta Eliseo, quien le pide al militar que se bañe siete veces en el agua del Jordán, y así quedará limpio de su lepra. Con reticencias, el general lo hace y queda purificado.

En ambos ejemplos, la diferencia con Jesús es clara, y está en lo instantáneo del Evangelio. Para Marcos no hay demoras entre lo que Jesús proclama, lo que hace físicamente, y el resultado. No se deben esperar siete días ni sumergirse en el Jordán siete veces. Basta el contacto con Él, la decisión de extender la mano y tocar al leproso. La purificación se focaliza más en el contacto que en la apariencia milagrosa. Es el contacto humano, la cercanía, lo que libera al enfermo de su carga. La exclusión desaparece en cuanto alguien incluye. Más que el poder milagroso de Jesús, esta escena está expresando el movimiento social que produce un Maestro que decide, voluntariamente, ponerse al lado del excluido.

 

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Jesús no sólo lo despidió, amablemente, sino que el texto en griego da la impresión de que Jesús lo obligó a irse, casi como si lo hubiese echado. Y además, lo advierte con severidad, con dureza. Estas expresiones dan más sustento a la mezcla de compasión e ira que invadía a Jesús al inicio de la escena. Este leproso no está llamado a quedarse al lado del Maestro, sino que debe irse hasta la sociedad y el sistema religioso que lo expulsó para presentar su caso.

 

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La primera advertencia clara para el leproso es el silencio. Nuevamente estamos ante el secreto mesiánico característico de Marcos. No hay nada que narrar, nada que contar. Al menos no en ese momento, en esa situación precisa. La única indicación es dirigirse al Templo, buscar un sacerdote que certifique la curación y ofrecer la ofrenda estipulada en la Ley. Nada más. El sacerdote no necesita saber detalles de la sanación, ni quién la ha realizado; sólo debe examinar al curado para dar el visto bueno y reincorporarlo plenamente a la sociedad. El Levítico, en su capítulo 14 exige que por el purificado se degolle un pájaro, se utilice esa sangre para asperjarlo, el purificado se lave, lave sus vestidos, se bañe, se afeite y se rape, y ofrezca dos corderos sin defecto, una cordera de un año sin defecto, tres décimas de flor de harina amasada con aceite y un cuartillo de aceite (si no tiene recursos deberá ofrecer un cordero, una décima de flor de harina amasada con aceite, un cuartillo de aceite y dos tórtolas o dos pichones). Así queda concluido el rito de reincorporación y la purificación, ante los ojos de la religión, queda aprobada y certificada.

Este intento de conciliación entre la práctica humanitaria de Jesús y la religión de la pureza/impureza es de difícil interpretación. Los comentaristas oscilan entre validaciones para que los cristianos sigan mezclados con el judaísmo sin proclamar su cristianismo, y rasgos del judaísmo del Jesús histórico. Posiblemente, esto no sea una aceptación del Templo por parte de Marcos, sino más bien un proceso lógico de socialización estimulado por un profeta renovador de la religión. La escisión entre Jesús y el judaísmo se producirá sobre el final de su vida, se hará evidente con su muerte, y se propulsará en el cristianismo post-pascual. Pero en el fondo, Jesús quería un cambio de la sinagoga y un cambio del Templo; quería un Israel convertido, como muchos profetas del Antiguo Testamento lo quisieron. En este intento de renovación, el pedido al leproso para que no hable, puede tener que ver con la intención de Jesús de no quedar expulsado Él mismo del sistema, por haber entrado en contacto con un leproso.

 

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Pero el leproso desobedeció la orden de Jesús. No lo intimidó la determinación del Maestro, sino que lo movió la alegría del encuentro con su nueva situación. La vida devuelta lo movió a proclamar la vida. El texto en griego dice que el ex leproso comenzó a proclamar la palabra, a kerygmatizar el logos. En términos cristianos y misioneros, se ha convertido en un apóstol. Recorriendo el mundo (hipérbole), da a conocer el kerygma, que consiste en la Palabra (con mayúscula). De leproso excluido ha cambiado su situación a apóstol de Jesús. Hay un posible juego simbólico desarrollado por Marcos que apunta a recordarles a los apóstoles de su tiempo que, en el fondo, han sido leprosos, han estado en una situación complicada y opresora de la que salieron liberados por Jesús. El apostolado no es motivo de privilegio jerárquico, sino manifestación de una acción de Dios. El protagonista no es el apóstol, sino Jesús y la acción de Jesús. El ex leproso no habla de él, sino de su situación cambiada, de una palabra que es la Palabra y le ha devuelto la vida.

Por esta proclamación, donde Jesús es identificado como aquel que ha tocado al leproso y lo purificó, ya no puede entrar a las ciudades. Está impuro ahora, separado de la sociedad por contactar a un excluido social. Está fuera del campamento, en el desierto de la discriminación. Pero paradójicamente, la gente acude a su sitio de exclusión. Se está concretando un movimiento inverso. En su identificación con los marginales, Jesús no espanta a la multitud, sino que la multitud va hacia lo marginal. Jesús se erige como ejemplo, como modelo a seguir.

 

La religión de los leprosos

El cristianismo es una religión de leprosos. Muchos tienen temor de llamar al cristianismo como una religión, porque supuestamente es un movimiento en su esencia. La religión se anquilosa, se estructura, se vuelve jerárquica. El movimiento, en cambio, es carismático, esquiva la institucionalización, se modifica constantemente. Pero lo cierto es que el cristianismo es una religión, una manera de relacionarse con Dios. Y más aún, es una manera de relacionarse con el ser humano. En general, las religiones se definen desde su teología, pero el cristianismo debe definirse, como lo hizo Jesús, desde su teología y su antropología. Marcos ha mostrado a lo largo del capítulo 1 de su libro que Jesús presta importancia capital al humano, y entre ellos, al humano que sufre, que está marginado, a la mujer, al endemoniado y al leproso. Si el cristianismo no se distingue del resto de las propuestas en su atención particular a la situación antropológica, entonces no vale la pena, no es nada novedoso.

Esa atención prestada a lo marginal, a lo excluido, hace que la Iglesia sea marginal, y que su esencia esté en la vida compartida con los privados de vida. Si la comunidad de Marcos no entiende esto, no podrá aceptar el hecho de que vive en persecución, que está en los márgenes de lo aceptado y eso tiene un costo. Lo normal persigue a lo anormal que no se deja someter. La sociedad de los normales prefiere que los anormales no levanten la cabeza, no exijan nada, no hablen. Porque el cristianismo es una religión de leprosos que no se conforman en su lepra, sino que quieren ser reconocidos por lo que son: humanos. El cristianismo es una religión de excluidos que luchan por la inclusión. Por eso son perseguidos los cristianos, por eso no pueden estar cómodos y tranquilos.

Cuando Jesús no fundó ninguna religión / Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 29-39 / 05.02.12

29 Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. 31 El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.

32 Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, 33 y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. 34 Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.

35 Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. 36 Simón salió a buscarlo con sus compañeros, 37 y cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te andan buscando”. 38 El les respondió: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido”. 39 Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios. (Mc. 1, 29-39)

 

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En este momento, el Evangelio según Marcos recuerda la casa. Los cristianos que oyen este relato de Jesús ya saben que la Iglesia está fuertemente asociada a la casa, porque ellos mismos se reúnen en casas familiares para celebrar al Resucitado. Saben, también, que Jesús estuvo en una casa, entre amigos, la víspera de su pasión, y por supuesto, entienden que la casa tiene un simbolismo fuerte de oposición a la sinagoga. Mientras esta se demarca como lugar sagrado, la casa es sitio profano donde sucede la vida que transforma el Reino. En realidad, siendo estrictos, suponemos que las sinagogas nacieron, germinalmente, como reuniones en casas judías, probablemente durante el destierro en Babilonia. Pero la historia fue cambiando lo profano en sacralidad, lo cotidiano en grados de pureza. Y con la casa cristiana sucede lo mismo. Ha nacido, germinalmente, como espacio común de manifestación sencilla del Reino, pero la historia la va transformando en sitio de culto intocable, inaccesible. Un día, aunque Marcos no lo sepa, esas casas serán los templos parroquiales. El camino de la sinagoga parece ser el camino de la casa, repetido. Marcos, intuitivamente, nos recuerda el significado profundo de la casa, para evitar futuras desviaciones.

En esta escena precisa, vamos a la casa de Simón y Andrés, donde vive también, entre otros, la suegra de Simón. Por la composición literaria, podemos suponer que Jesús, Santiago y Juan vienen de la sinagoga y los otros dos hermanos los están esperando en su casa. Algunos biblistas han sugerido que ese dato, históricamente, puede significar un llamado de atención sobre los judaísmos alternativos. Simón y Andrés podrían no haber participado del culto sinagogal el día sábado, ya sea por descontento con la sinagoga o por indiferencia. Lo cierto es que la adhesión a ese modo de vivir la fe israelita no era unánime en el pueblo.

 

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La presencia de la suegra en la casa de Simón y Andrés tiene, al menos, dos explicaciones. O es la casa de la suegra, en primer lugar, y Simón y Andrés se han mudado allí, por razones del mismo matrimonio de Simón. O es la casa de Simón y Andrés, y la suegra ha venido a vivir allí porque es viuda y no tiene hijos varones vivos, lo que la convierte en desprotegida total (una mujer sin varón de referencia, en la época de Jesús, es un ser humano sin nada). El texto, específicamente, la nombra como propiedad de Simón y Andrés. Si nos atenemos a esta opción, la suegra es la última de las últimas en Israel. Su condición de mujer, desprotegida, sin varones de parentesco directo que la sostengan, la hace netamente vulnerable.

A esto tenemos que añadir su estado febril. Para la época y la cultura, la fiebre no era un síntoma, sino una enfermedad en sí misma, una entidad nosológica que tenía su cierta gravedad. En esta escena, la afiebrada está postrada; en su postración está inhabilitada, presa de una situación. No puede seguir con su vida, no puede hacer cosas por los demás, no puede ponerse en camino. Ha perdido decisión sobre su cuerpo a causa de la enfermedad, y metafóricamente, la enfermedad está haciendo lo que hacen los varones sobre las mujeres: tomando el control de su existencia, destinándola a una posición pasiva. Entre el endemoniado de la sinagoga y la postrada de la casa hay un vínculo de conexión: no pueden hacer lo que quieren, no pueden ser libres en plenitud.

 

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Para este milagro, Jesús no utiliza palabras. Basta con acercarse, tomarla de la mano y levantarla. Las acciones, en concreto, restauran la salud de la suegra. Es otra modalidad curativa. En el exorcismo de la sinagoga de Cafarnaún habló terminantemente, y su palabra expulsó a los demonios. Aquí hay un acercamiento, una aproximación, y un contacto con una mujer. Para el judaísmo de ese tiempo significa trasgresión. Sin embargo, es una trasgresión que salva. Gracias a ese contacto prohibido, la mujer vuelve a tener control sobre su vida. Y su decisión ante esa libertad nueva y novedosa es ponerse a servir. Aunque inmediatamente pensemos en servidumbre, en que se levantó de la cama para atender las cosas de la casa, preparar la comida, limpiar y barrer, en realidad tenemos que referirnos al servicio del discipulado, a la diafonía (en griego). En el camino a Jerusalén, como enseñanza profunda y central, Jesús les dirá a sus seguidores que la hermenéutica de fondo es el servicio: es grande y primero entre los demás el que sirve, así como el Hijo del Hombre vino a servir (cf. Mc. 10, 43-45). La suegra de Simón, encontrada por Jesús y levantada por Él, ingresa de lleno al servicio discipular. No ha sido curada para ser esclavizada (servir a los varones), sino para practicar el servicio desde el amor al otro.

Es interesante que el verbo levantar utilizado en este caso en el original griego (egeiro) es el mismo verbo que se utiliza junto a anistemi para relatar el hecho de la resurrección en el Nuevo Testamento. Jesús ha sido levantado/resucitado y, de alguna manera, la suegra de Simón también ha sido levantada/resucitada. Porque, en definitiva, el encuentro con Jesús significa una resurrección de la propia existencia, una transformación de los estados de muerte humana en vida de Dios.

Con un pequeño relato de milagro, quizás el más breve de todos, Marcos catequiza sobre el discipulado. La clave es el servicio. La suegra de Simón es la mujer discípula que, encontrada con el Maestro, resucitada/levantada de su estado de opresión, se vuelve libre para servir. Este es el modelo de la casa/Iglesia, que no puede ser un lugar donde las mujeres son servidumbre de los varones; en realidad, donde nadie es servidumbre de nadie. En un plano de igualdad, la casa/Iglesia sirve porque ama libremente en el servicio, no por imposición. Aquellos cristianos que quieren adjudicarse los primeros lugares, relegando a los demás a situación de minoridad, tienen su horizonte en la suegra de Simón, que no habla mucho ni hace demasiados discursos, pero sirviendo es discípula concreta.

 

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Este versículo cambia el tiempo y el lugar. Marcos recalca: es el atardecer, cuando el sol ya se puso. Se delimita así la finalización del sábado sagrado según la cronología judía, que ha dado inicio al sabbát el viernes al atardecer. Con el sábado finalizado, la gente sale de sus hogares y aprovecha el final de las prohibiciones del descanso para acercarse con sus dolencias a Jesús. Todos los enfermos y endemoniados vienen hasta Jesús. La expresión es exagerada, pero simboliza la expansión del Evangelio que inunda Cafarnaún e inundará Galilea. Sin demasiada actividad misionera ni proselitista, Palestina se va enterando de la Buena Noticia de Dios. Marcos sabe que este mensaje del Reino tiene su propio peso y recorre las aldeas (recorre el mundo) con su impulso vital. Todos se congregan y muchos (no todos, según el versículo 34) son curados y exorcizados. No es una cuestión de cantidad, sino de muchedumbre. El Evangelio es Buena Noticia enorme, que llega al pueblo en su totalidad, que lo recorre.

La situación cronológica recuerda la mañana de la tumba vacía, cuando Marcos recalca que ya había pasado el sábado y las mujeres fueron al sepulcro. Cuando el sábado queda atrás, queda atrás la legislación de la pureza/impureza y la religión opresora. No queda atrás el judaísmo (Jesús es un judío resucitado), sino la perversión de la religión. El cristianismo también debe dejar el sábado atrás para vivir la resurrección, para sanar a los enfermos y expulsar a los espíritus inmundos.

 

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Los comentaristas se dividen en torno al lugar que ocupa esta puerta mencionada. Para un grupo se trata de la puerta de la casa de Simón, donde llegaría la muchedumbre buscando al taumaturgo de moda. Para otro, la puerta es el pórtico de entrada a la ciudad, lugar común de reuniones públicas, como si se tratase de una plaza. En las puertas de las ciudades se realizaban transacciones comerciales y se resolvían litigios mediante la mediación de escribas. La expresión sobre la ciudad entera parece exagerada, pero responde a este estilo literario marcano que quiere dejar en claro la fama de Jesús.

Si se tratase de la casa de Simón, estamos ante la posibilidad (quizás vislumbrada por él) de formar una comunidad paralela. Más adelante, cuando Simón y los otros buscan a Jesús, parece que lo hacen justamente para explotar su fama y crear una religión nueva. Por otro lado, si es la puerta de la ciudad, el autor nos estaría presentando a Jesús es un ámbito netamente público. La secuencia sería el paso de lo religioso estrictamente (la sinagoga) a lo privado familiar (casa) a lo público (puerta de la ciudad). De esta manera, todos los ámbitos son recorridos por Jesús, quien trae a cada uno de ellos liberación mediante curaciones y exorcismos. Porque todos los ámbitos humanos necesitan ser curados y exorcizados para servir mejor al ser humano.

 

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La autoridad de Jesús, que se manifestó en la sinagoga con una doctrina nueva y novedosa, con palabras liberadoras, ahora se manifiesta con curaciones y exorcismos. Queda completo el esquema de predicación del Evangelio: palabra, sanación y expulsión de demonios. Además, reaparece el tópico del secreto mesiánico dirigido a los demonios. Ellos le conocen y Jesús les impide hablar. No es necesario escuchar lo que dicen los espíritus inmundos, que tienen palabras de confusión, aún diciendo la verdad. Lo que importa es la palabra de Jesús y sus actos.

 

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Nuevamente, Marcos cambia de tiempo y recalca con repeticiones: es muy de mañana (madrugada), antes del amanecer. Jesús se levanta antes que todos para comenzar el día. No es un madrugador, sino alguien que está; está siempre y está antes que los discípulos. Es el que precede a los otros, el de la iniciativa, el que está delante. En este caso, madruga para ir a un lugar desierto a orar. Si bien Marcos no tiene un hincapié definido en el tema de la oración de Jesús, tampoco es algo que no tenga relevancia para su Evangelio. En Marcos, la oración en los lugares desiertos parece relacionarse también con el descanso, como es el ejemplo de la primera multiplicación de los panes, tras la cual lo hace (cf. Mc. 6, 46).

Pero además del descanso, el desierto es una bisagra para el cambio de rumbo, para la proyección posterior. Tras el bautismo en el Jordán, Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto (cf. Mc. 1, 12), y desde allí iniciará su misión de proclamación del tiempo cumplido. Tras la primera multiplicación de los panes y el retiro al desierto, comenzará un recorrido por las zonas paganas. Ahora, tras este desierto, Marcos nos revelará que la misión continúa en las poblaciones vecinas. El desierto es el espacio de reflexión para expandirse, para ir más allá, para llegar cada vez más lejos. El desierto no es retracción, no es ocultamiento ni ascetismo para fugarse del mundo. En el desierto se medita para salir, de ora para alcanzar al otro, se encuentra con Dios para encontrar al ser humano.

 

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Simón y sus compañeros no salen sólo a buscar a Jesús, sino a perseguirlo, si nos atenemos a una traducción más literal del verbo katadioko utilizado por Marcos. Y es que parece haber una segunda intención en Simón, que aparece a la cabeza de sus compañeros. Los otros lo siguen a él. Da la impresión que Jesús se les ha escapado, escabullido. Se levantó antes y se fue. Los discípulos no saben dónde está, no pueden entender. Y salen a buscarlo, a rastrearlo.

 

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Al encontrar a Jesús entendemos por qué lo perseguían: todo el pueblo lo está buscando. Los discípulos quieren llevarlo de nuevo a la puerta para que cure y exorcice. Según Simón, el lugar de Jesús está en la puerta, instaurando un nuevo sistema de culto, una nueva modalidad religiosa. Es un taumaturgo exitoso y debería dedicarse a eso. Todos lo buscan, o sea que ha surtido efecto. No tendría sentido desperdiciar tanta atención lograda. Aquí parece estar la segunda intención de Simón: fundar una nueva religión, una pequeño emprendimiento de milagrería.

 

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Pero Jesús, que ha estado orando tranquilo, propone ir a otras poblaciones, recorrer los caminos, no quedarse quieto, no estancarse. Los discípulos no han comprendido la dinámica del Reino. Quieren quedarse donde están, en la comodidad del éxito. Como sucede en Marcos, característicamente, Jesús y sus discípulos parecen estar en sintonías diferentes. ¿Qué tipo de movimiento es este cristianismo, entonces? ¿Es el movimiento que quiere Simón, en la puerta, organizado para milagros? ¿O es un real movimiento, una comunidad que se deja llevar por el Espíritu? La pregunta vale para la Iglesia de Marcos. ¿Cómo superar la tentación de quedarse quieto? ¿Cómo seguir moviéndose en un ambiente hostil, de persecución?

Jesús dice que ha salido para eso: para predicar en las poblaciones vecinas. ¿De dónde ha salido? Algunos biblistas creen que esto es una referencia a la salida del seno de Dios, es expresión cristológica. Otros creen que la expresión es hacia la salida de Nazaret, de su pequeña aldea, para recorrer Galilea. Ya sea en línea histórica o en línea teológica, el sentido es el desplazamiento y el recorrido. Una Iglesia sin ese movimiento pierde su esencia. Marcos teme que su comunidad se polarice entre partidarios de lo itinerante y partidarios de la instalación fija, entre el camino y la casa. Por eso ambos espacios aparecen combinados en todo su libro, y aquí lo ha demostrado yuxtaponiendo la casa de Simón y el impulso de salir por la Galilea. No hay una Iglesia de la casa y una Iglesia del camino, sino una Iglesia que es casa-y-camino.

 

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Se concreta en un resumen la actividad de Jesús. No se ha dejado convencer por Simón. Todas las sinagogas de Galilea lo van recibiendo, y los demonios van siendo expulsados. Queda, así, el episodio de la sinagoga de Cafarnaún como paradigmático de la toda la actividad sinagogal de Jesús. El sistema religioso necesita ser exorcizado. Todos los sistemas religiosos lo necesitan; no sólo el judaísmo que le ha tocado a Jesús.