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Tiempo de cambiar las redes / Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 1, 14-20 / 22.01.12

14 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: 15 “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.

16 Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. 17 Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. 18 Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. 19 Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, 20 y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron. (Mc. 1, 14-20)

 

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El arresto de Juan, que se resolverá más adelante, en Mc. 6, 17, marca un quiebre escénico que pone a Jesús en la situación de tomar la posta del Bautista y llevarla a otro nivel. Así resulta que, habiendo llegado de Galilea para ser bautizado, Jesús vuelve a su provincia. Galilea estaba ubicada al norte de Palestina, y para el tiempo de Jesús, toda la zona oeste de la provincia se encontraba poblada por muchos gentiles, sobre todo los centros urbanos helenizados. Por esta razón, los galileos son considerados un pueblo mezclado (según los judíos de Judea), pervertido por su contacto con las formas y tradiciones paganas. Nadie espera, religiosamente, que la salvación provenga de Galilea. Sí ha sido un territorio de revueltas, donde algunos caudillos han intentado levantarse en armas contra Roma. La tierra está parcelada para los terratenientes, en muchas oportunidades extranjeros, que explotan al campesinado y a los jornaleros ocasionales. Otra parte de la población es de la clase media galilea, que en la realidad es una clase trabajadora que consigue, a diario, lo justo y necesario para la subsistencia (comida e impuestos).

Allí se dirige Jesús. Allí comenzará su anuncio del Evangelio. Las razones históricas de Jesús para optar por Galilea pueden estar en el arresto de Juan, quizás sucedido en las zonas limítrofes de Judea, Samaría y Galilea, lo que lo lleva a alejarse de los lugares comunes del Bautista, por razones de seguridad; pero también está la razón intrínseca del Evangelio, que como irá desarrollando el libro, es un anuncio para los pobres, para los que viven condenados por la religión, para el que no encuentra un horizonte claro en su vida. Galilea se presenta como el principio del Evangelio porque allí están los sometidos por los terratenientes, los mendigos que se han quedado sin tierras, expoliados por el capital extranjero, los hambrientos, los endemoniados. Para Marcos, redactor, Galilea es vital. Algunas hipótesis se inclinan a pensar que la importancia de Galilea derivaría en que Marcos escribe desde la Galilea del año 60-70 d.C., constituida por la Galilea palestina de la época de Jesús más un añadido territorial al norte, incluyendo parte del sur de Siria. Esta Gran Galilea, según varios historiadores, sería un sitio adecuado para situar la redacción de este Evangelio, sobre todo por su composición pagano-judía y su presencia romana. La otra hipótesis es que Marcos resalta la importancia de Galilea porque era creencia, en algunas primeras comunidades cristianas, que el regreso definitivo de Jesús se produciría en Galilea, y allí había que esperar la Parusía.

A los fines hermenéuticos, para la lectura del libro de Marcos, Galilea está asociada a la Buena Noticia del Reino. Marcos deja en correlación el Evangelio de Dios con el Evangelio del Reino, dando a entender que se trata del mismo mensaje. Esta asociación entre Evangelio y Reino puede rastrearse en el Tárgum de Isaías 52: “¡Cuán magníficos son sobre los montes del país de Israel los pies del que trae buen mensaje [evangelio], que proclama la paz, que anuncia cosas buenas, que proclama redención, el que dice a la comunidad de Sión: El reinado de tu Dios se ha revelado!”.

 

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Jesús es evangelizador en cuanto proclama un Evangelio que viene de Dios y que se refiere al Reino de ese Dios Padre. Las discusiones sobre la posibilidad de que la frase contenida en este versículo sea completamente elaborada por el Jesús histórico o transformada y modificada por la Iglesia, no empañan el sentido de la misma. Ciertamente, en el fondo de esta declaración de Jesús está el resumen de su pensamiento y de su proclamación, que posteriormente será incorporado por la Iglesia como su propio resumen, ya no referido directamente a Dios, sino a Dios mediante Jesús.

La proclama comienza con la certeza de que el tiempo se ha cumplido, lo que en griego se dice kairos pleroo. Kairos señala tiempos o períodos de tiempo no determinados por reglas establecidas (calendario, semanas, meses), sino por sucesos. Kairos son los tiempos que poseen características particulares, especiales, los tiempos peculiares, propicios. La irrupción de Jesús en la historia es la irrupción del tiempo del Evangelio de Dios. Tiempo que ha llegado porque se ha alcanzado la plenitud necesaria para que suceda. Esta plenitud no puede entenderse en forma paradisíaca. No es la plenitud de la perfección, sino la plenitud de lo que ha quedado pleno por haber sido completado. La palabra griega pleroo puede entenderse como ser llenado. El tiempo que anuncia e inaugura Jesús es un tiempo que ha sido colmado, como si se viniesen acumulando cosas, personas, dichos y eventos para desembocar en esa época. Es la idea de un embarazo, que a los nueve meses es pleno, no porque sea un embarazo perfecto, sino porque ha alcanzado su completitud. Este tiempo completo asociado a la llegada del Mesías, está en íntima relación, también, con la llegada del Reino de Dios que el Mesías viene anunciando. Posteriormente, la Iglesia asociará de manera indisoluble a Jesús con el Reino, como un mensaje único y conjugado, indivisible; pero aún así, Marcos deja entrever que en la historia de Jesús, su Evangelio es el Evangelio del Reino. A lo largo del recorrido por Galilea, y luego en el camino de subida a Jerusalén, Jesús desarrollará las distintas matices del Reino de Dios, sus integrantes, sus enemigos, su dinámica, sus principios, su manera de actuar. Por lo pronto, ante el anuncio estático de la llegada inminente del Reino, un israelita no podía pensar en otra cosa que en el Yahvé Rey que venía a tomar posesión de su trono en Israel para derrotar a las demás naciones y constituir el reino definitivo donde gobiernan los justos (junto a su Dios) sobre los infieles, convertidos o derrotados. La comunidad de Marcos ya sabe que no es así, que Jesús muere en una cruz, y que el Imperio Romano sigue siendo la potencia mundial de la época. Pero será necesario un desarrollo catequístico para entender en profundidad qué es el Reino.

Porque la Buena Noticia es sobre ese Reino, y exige una conversión, una metanoia (según el vocablo griego). Se produce la metanoia cuando alguien cae en cuenta de algo después de haberlo vivido. Es un cambio de la mente (de la mente-alma). Hay cosas que comprender y cosas que modificar en la vida de quien quiere sumarse al Reino.

 

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La orilla del mar es el sitio del nuevo escenario. Así como Galilea será el terreno especial y favorito de Marcos, la orilla del mar tendrá una importancia fundamental en su relato. El mar es, simbólicamente, la habitación de los poderes malignos. En el fondo de las aguas reposan los demonios y bestias monstruosas que acechan las embarcaciones. El mar es una fuerza de muerte que destruye y embiste. Pero a la vez, el mar es el punto de contacto con los otros lejanos, con el mundo, con el paganismo. Cruzando el Mar de Galilea se llega a territorio gentil. Mirando desde la orilla del mar se mira la universalidad, la grandeza de lo desconocido. Los primeros discípulos son llamados a orillas del mar, no sólo porque su oficio los pone allí, sino porque siendo hombres de mar, pueden abrirse a la universalidad, a la mirada lejana, a la apertura.

Este primer llamado de Jesús en Marcos parece no respetar el proceso histórico del discipulado. No median muchas acciones entre la aparición pública de Jesús y el llamado a Simón y Andrés. Quizás, esta precocidad indique uno de los tópicos fuertes y centrales del Evangelio: Jesús y los discípulos. De aquí en adelante, Jesús estará siempre, y en todos lados, con sus discípulos. Lo acompañarán en los milagros, en los exorcismos, en sus prédicas, en sus travesías, en sus caminos. Pero los oyentes de Marcos saben que los discípulos lo han abandonado en la cruz. En la hora de la muerte, Jesús ha estado solo. Marcos pone de manifiesto (y lo hará más patenten en Mc. 3, 14) que el discípulo debe estar con su Maestro, a pesar de todo, y que el abandono es un acto de cobardía.

Simón es el primero de los llamados, es el primer nombre que escuchamos de los que serán discípulos de Jesús. Es un pescador, como su hermano. Algunos estudiosos aseguran que los pescadores eran tenidos por gentes de mala reputación, sucios debido a su trabajo, y con no muy buena paga. Otros ven en los pescadores a un grupo de clase media que, económicamente, sobresalía un poco por encima de la media, con unos ingresos levemente mayores a lo necesario para la subsistencia. Simón recorrerá un largo camino de idas y vueltas con Jesús. La comunidad de Marcos lo conoce, sabe que Jesús le ha dado el nombre de Pedro y que es uno de los primeros testigos de la resurrección, pero Marcos se empecinará en mostrar los problemas de seguimiento que ha tenido Pedro, y cómo su discipulado tuvo que ser corregido y perfeccionado por la cercanía de Jesús.

 

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Los hermanos son llamados a un seguimiento. De esto se trata el discipulado y es lo que simbolizará Marcos en el camino de subida a Jerusalén. Los discípulos siguen el camino del Maestro, comparten la senda con Él. El sígueme es paradigmático. Es un resumen de la vocación de los discípulos. Jesús se lo volverá a remarcar a Simón en Mc. 8, 33-34, cuando se haga evidente que Simón está desviando el camino, tomando otra senda que no es la senda del Reino. El camino no se recorre en soledad, por eso son llamados de dos en dos, como luego serán enviados de dos en dos (cf. Mc. 6, 7). Es un acompañamiento intra-discipular que forma comunidad. Algunos comentaristas gustan hablar de colegiación en el discipulado, pero parece un término que estamos importando al Evangelio desde nuestra experiencia eclesial. Lo que hay es comunión, creada a partir del modelo familiar que Jesús declara superado por el Reino. Los hermanos de sangre deben asumir que hay una fraternidad mayor, y convertirse en hermanos en la Palabra que los convocó.

Siendo pescadores de peces, Jesús lo llama a ser pescadores de hombres. La expresión no es tan fácil de descifrar desde las Escrituras, pero sí desde el sentido común. Asumiendo su profesión, la labor en la que son especialistas, Jesús los convoca para ser especialistas en humanidad. No se trata de pescar en tono proselitista, sino de saber cómo acercarse al ser humano. La contrapartida son los pescadores y cazadores de hombres, descritos por Jer. 16, 16, que persiguen al ser humano. Jesús no quiere eso, no desea una cacería. Hay un giro en el símbolo de Jeremías para hacerlo positivo. Los discípulos son pescadores del tiempo escatológico, del tiempo pleno. Ezequiel vio un río de vida lleno de pescadores en sus orillas (cf. Ez. 47, 10) sobre la tierra final. Los discípulos de Jesús, insertos en el tiempo cumplido de manifestación del Reino, están impelidos por la dinámica de lo escatológico. El tiempo ha llegado. Los pescadores deben apostarse. Ha comenzado a circular el río de vida que sale de Dios. Como pescadores, los discípulos no son sólo espectadores de los sucesos, sino partícipes activos.

 

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El abandono de las posesiones y de los signos de la vida anterior son característicos en el discipulado. La metanoia que predica Jesús se exige concretamente en el llamado vocacional. Un modelo de llamada comparable es cuando Elías encuentra a Eliseo (cf. 1Rey. 19, 19-21), que termina sacrificando sus bueyes y quemando el yugo para unirse al profeta. Es el abandono de lo anterior para incorporarse de lleno a la causa del Reino.

 

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Literariamente, es válido preguntarse si las vocaciones de ambos grupos de hermanos constituían relatos separados o desde siempre estuvieron unidos como lo presenta Marcos. A favor de la separación está el horario de los distintos trabajos. Simón y Andrés están pescando, actividad que se realiza durante la noche. Santiago y Juan están arreglando las redes, actividad que se realiza durante el día. A favor de la unión original está la estructura de ambos llamados, que se repiten en los puntos clave y parecen haber sido creados en paralelo, con la intención de que quedaran como en un espejo. Lo cierto es que nuevamente estamos ante pescadores y la imagen de la red se hace presente.

Santiago y Juan parecen ser más ricos que Simón y Andrés, puesto que su padre tiene jornaleros (empleados). Podemos suponer que Zebedeo es un pequeño empresario pesquero, y que sus hijos están asociados a la empresa de su padre. Ambos discípulos recorrerán, al igual que Simón y Andrés, un largo camino de discipulado, de idas y vueltas, de comprensiones y conversiones. La comunidad de Marcos los conoce también, al igual que Simón: son las figuras fuertes de la primera Iglesia. Pero es necesario que hagan el camino de descubrimiento de estos hermanos intempestivos, preocupados por los honores del Reino.

 

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El abandono, en caso de Santiago y Juan, tiene que ver con la separación de su padre. Deben dejar a Zebedeo y todo lo que Zebedeo significa. En la misma línea anterior de superación de la familia sanguínea para vivir la familia del Reino de Dios, estos hermanos tienen que dejar la casa de su padre, el negocio de su padre y el sistema económico de su padre para incorporarse al movimiento de Jesús. Es una ruptura familiar necesaria para entender que la comunión propuesta por Jesús está en el orden de la Palabra, de la convocación por una causa, pero no por tradicionalismos. La familia hebrea, y sobre todo la posición del padre de familia, eran instituciones intocables de esa cultura. El hijo que abandona a su padre es un descarriado que no puede ser perdonado sin pasar por un castigo. La acción de Santiago y Juan es fuerte, es de ruptura cultural, de quiebre. Como Eliseo llamado por Elías, prenden fuego a lo que los ata para liberarse en pos del Reino.

Simón, Santiago y Juan conformarán, de aquí en adelante, el grupo especial de los tres que acompañan a Jesús en privado. Los tres estarán cuando Jesús reviva a una niña de doce años y cuando suceda la transfiguración. Los oyentes/lectores de Marcos saben que acompañaron a Jesús en la oración agónica en Getsemaní, y también saben que lo abandonaron en la cruz. Andrés desaparece de este grupo selecto hasta el capítulo 13, cuando nuevamente los cuatro pescadores de hombres estarán frente al Maestro, y éste les hablará sobre el final de los tiempos.

 

Seguir una Buena Noticia

Ir detrás de algo bueno no es una novedad. Cualquiera desea ir detrás de lo bueno. El problema está en no identificar, con claridad, cuán buena es la propuesta de Jesús. Y eso sucede, primeramente, por no entender de qué se trata el Reino de Dios. Marcos desarrollará con palabras, y sobre todo con hechos, de qué se trata este mensaje-realidad de Jesús, para que sus oyentes puedan hacerse una idea cabal. A través de los errores y aciertos de los discípulos (de Simón, de Santiago, de Juan) se irá develando qué es y qué no es. Pero desde el principio queda claro que se trata de algo muy bueno, de lo mejor que puede ofrecernos Dios. Por eso exige una conversión, un paso desde las prácticas de muerte a las prácticas de vida, un cambio de miradas, de intenciones, de actitudes.

El problema, como ya dijimos, está en no reconocer lo bueno del Reino, y en ni siquiera saber qué es el Reino de Dios predicado por Jesús. Tenemos conjeturas, suposiciones, creencias y prejuicios sobre el Reino, pero no podemos hacerlo concreto, no podemos expresarlo en nuestros términos. El Reino, que Jesús quiso poner a disposición de la humanidad, aparece abstracto, como una entelequia que soñó Jesús hace dos mil años y nunca tendrá asidero. Por eso no es tan fácil seguir la Buena Noticia. Nadie nos la explica, nadie nos la hace entender, nadie nos la muestra. No nos animamos a seguir lo desconocido. ¿Quién dejaría todo atrás por un Reino que parece de ficción? Nuestra situación respecto a la comunidad de Marcos es distinta cronológicamente en este punto, pero parecida. Ellos necesitaban una profundización que fuese recuerdo del Reino experimentado por los primeros discípulos (los mismos de quienes heredaron primariamente la fe), y nosotros necesitamos una explicación de raíz para recuperar un Reino que parece perdido en los avatares de la historia. Necesitamos un sacudón que nos muestre lo bueno de la Buena Noticia.

En vivo y en directo desde Galilea / Tercer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 4, 12-23

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz”.

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. (Mt. 4, 12-23)

El texto que la liturgia nos propone hoy no es largo, pero sí variado. En su interior podemos encontrar, por lo menos, cuatro partes relativamente independientes. La primera es Mt. 4, 12-16, donde se introduce una cita de los profetas basada en la historia del comienzo de la misión independiente de Jesús, tras el arresto del Bautista. La segunda es sólo el versículo 17, con la proclamación básica de Jesús, que ya había conservado Marcos en su relato levemente modificada (cf. Mc. 1, 15). La tercera parte es Mt. 4, 18-22, con los relatos vocacionales de los primeros cuatro discípulos, conformados por dos grupos de hermanos. Finalmente, el versículo 23 pertenece a un resumen de la actividad jesuánica que, en realidad, abarca también los versículos 24 y 25, no proclamados por esta liturgia dominical. Pero el análisis estructural-literario que estamos haciendo no se detiene aquí. Los biblistas reconocen que la frase de Mt. 4, 17 tiene una similitud sugerente con la de Mt. 16, 21: “Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. En griego, más allá de las distintas traducciones bíblicas en español, ambos versículos comienzan igual: apo tote archomai Ieosus. Esto determina que todo el libro de Mateo pueda dividirse en tres grandes secciones. La primera llegaría hasta Mc. 4, 17, y contiene la infancia de Jesús y la preparación de su ministerio, hasta su instalación en la Galilea de los gentiles para comenzar el ministerio independiente de Juan. La segunda sección sería hasta Mt. 16, 21, donde se desarrolla en narraciones y discursos la misión Jesús en esta Galilea y sus alrededores. A partir de allí, la tercera sección comprende la decisión de subir a Jerusalén, la subida y la pasión. Los dos versículos similares, entonces, serían las grandes bisagras que separan y conectan, a la vez, la preparación de la misión galilea, y la misión galilea de Jerusalén. Ambos textos son sugerentes en su contenido: mientras el primero parece reflejar un mensaje más luminoso sobre la cercanía del Reino, el segundo es más oscuro, con la profecía sobre la muerte. Pero tampoco podemos detenernos aquí con el análisis estructural. Los biblistas también reconocen una subdivisión que se extiende entre Mt. 4, 23 y Mt. 9, 35, debido, nuevamente, a la similitud de ambos textos. Jesús recorre itinerante, enseña en las sinagogas, proclama el Evangelio del Reino, sana toda enfermedad y toda dolencia. En sí, los versículos son iguales, excepto que el primero nombra a Galilea y el segundo habla de todas las ciudades y las aldeas. Esto manifiesta cómo, en la subdivisión que mencionamos, la popularidad de Jesús creció, así como se expandieron los límites de su ministerio. Todas las ciudades y aldeas no pertenecen solamente a Galilea, sino que pueden ser territorios paganos.

La cita profética que el autor sugiere como cumplimiento del asentamiento de Jesús en Cafarnaún, está tomada de Is. 8, 23 – 9, 1: “En un primer tiempo, el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí, pero en el futuro llenará de gloria la ruta del mar, el otro lado del Jordán, el distrito de los paganos. El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz”. Claramente, hay un refuerzo del mensaje universalista que Mateo, constantemente, intentará asentar en su libro. La cita no está copiada íntegramente por el autor, sino que ha añadido algunas modificaciones. Nos interesa resaltar aquella en que Mateo introduce el término kathemai (sentados) en lugar de habitar para describir a los que están en las oscuras regiones de muerte. Quizás, el evangelista pretende remarcar el hecho de que Jesús se dirige a los terrenos donde el paganismo está más arraigado, donde las personas viven asentadas en la oscuridad de la falta de Dios. La realidad era, probablemente, una mezcla más que una oscuridad total. Existía en el Oriente una ruta llamada camino del mar que atravesaba Galilea, y por ser ruta de mercaderes, era lugar de tráfico y de intercambio cultural muy elocuente. El apodo Galilea de los gentiles responde a un desprecio que los habitantes de Judea, provincia supuestamente pura y religiosa, otorgaba a los provincianos que se habían entremezclado con los paganos, conviviendo con ellos y, por lo tanto, volviéndose impuros. También hay que tener en cuenta que, para la época que escribe Mateo, Galilea no ocupa el mismo territorio que durante el ministerio de Jesús. Con el tiempo, Galilea se transformó en la Gran Galilea, abarcando territorios que estaban al norte de su delimitación original. Por ende, es posible pensar que Mateo ha trasladado la preocupación de su comunidad al inicio de la vida pública de Jesús. Si el Maestros comenzó instalado entre gentiles, y en ese territorio de sombras llevó luz, la tarea de la comunidad cristiana consiste en no separarse geográficamente de la gentilidad, sino alumbrarla con el misterio de Cristo.

En la misma línea podrían interpretarse los llamados vocacionales a los dos grupos de hermanos. Ser pescadores de hombres puede estar en relación a la visión de Ezequiel sobre el final de los tiempos, cuando sale un río vivificador del costado del Templo de Jerusalén que llega hasta los confines de la tierra y que está repleto de pescadores en sus orillas (cf. Ez. 47, 9-10). Es tanta la abundancia y variedad de peces que llama la atención. De la misma manera, llegada la hora del Reino, es tan universal la pesca por realizar, que Jesús llama y forma pescadores escatológicos, lanzados a la misión. Para esta tarea titánica se entiende la necesidad de un desprendimiento. Pedro y Andrés dejan las redes, pero Santiago y Juan van más allá y abandonan la barca y a su padre. Los bienes materiales y el bien familiar, tan importante en el código de honor del siglo I, son relativizados por la nueva condición que establece Jesús con ellos. Desde su profesión (pescadores) los convierte hacia un ejercicio pleno de su misma profesión. No dejarán de ser pescadores, pero sí cambiarán el motivo de su pesca. No dejarán de ser hermanos entre ellos, tampoco, pero sí tendrán que asumir una fraternidad mucho más grande que es la familia del Reino. Probablemente, el abandono de todo para seguir a Jesús no fue inmediato en el sentido histórico estricto. Quizás, Jesús hacía algunas predicaciones que ellos fueron escuchando, o lo vieron caminar repetidas veces por la costa, hasta inclusive trabar conversaciones con Él. Un día decisivo tomaron la determinación. Ese día, en ese momento de la decisión, el abandono fue inmediato, como lo asegura Mateo, pero detrás había un proceso. Hubo un tiempo de proclamación (cf. Mt. 4, 17) y un tiempo de encuentro (cf. Mt. 4, 18-19) previos. Hubo un llamado y un discernimiento, un movimiento externo e interno. Hubo preguntas y dudas. Finalmente, se decidieron. Optaron por una pesca que los sobrepasaba, una pesca difícil sin resultados precisos. Optaron por un personaje distinto, atrapante, por un galileo con mensaje abierto.

El Nuevo Testamento da cuenta de los inicios galileos de Jesús. Una multitud del Evangelio según Juan se pregunta: “¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea?” (Jn. 7, 41), despreciando el origen jesuánico. Cuando los sumos sacerdotes lo presentan a Pilato, insisten en que “subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí” (Lc. 23, 5). Pedro proclama, en Hechos de los Apóstoles: “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea” (Hch. 10, 37). Este comienzo en la Galilea de los gentiles es un símbolo fuerte para la Iglesia. Jesús se ha iniciado desde la periferia, y sobre el final de su vida, ha decidido viajar a Jerusalén. Su mensaje es anunciado en la marginalidad, en lo limítrofe, en lo despreciable. Cuando los reyes salen en campaña contra un pueblo, atacan las ciudades importantes y la capital, porque si las conquistan, han conquistado al pueblo. Jesús no inicia su campaña en Jerusalén, ni siquiera en Judea. Se traslada a Cafarnaún, a la tierra de los mezclados, de los impuros, de los campesinos y los pescadores, a la tierra sin Templo. Desde allí pretende expandir su Evangelio del Reino, calmando los sufrimientos y acompañando a los que están mal.

¿Dónde comenzar la evangelización, entonces? ¿En las casas de gobierno, con reuniones suntuosas y protocolares entre pastores y políticos? ¿O en los barrios marginales, en las villas, entre los enfermos y pobres? Es una cuestión que no puede dejar de plantearse, mucho menos en sociedades politizadas y en terrenos donde se lucha por el poder. ¿Es el mismo mensaje de Jesús el que se manifiesta en un acto donde alguien es invitado a bendecir, por ejemplo, una instalación militar? ¿Es la misma metodología del Maestro la que se utiliza en escenarios montados en plena calle céntrica con despliegue de luminarias e inversiones millonarias? ¿Dónde quedan nuestras Galileas? Porque si no sabemos desde dónde comenzar, tampoco sabremos a dónde vamos. Al perder el origen, perdemos el hilo conductor y la meta. Terminamos por convertir nuestras tareas en un panfleto, una publicidad o un materialismo monista. Olvidamos que la presencia de Jesús entre los que sufren es la presencia que acompaña, y que el sufrimiento sólo se convierte en Buena Noticia cuando es acompañado. La misión en la marginalidad, además de responder al modelo cristiano original, encierra la característica de no desesperarse si no se convierte en ideología, ni en buena propaganda ni en material concreto; sigue siendo evangelización porque es presencia entre los que sufren, es acompañamiento a pesar de todo, es amor libre que libera.

Iglesia pascual / Tercer Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 21, 1-14

Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: “Voy a pescar.” Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo.” Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?” Le contestaron: “No.” Él les dijo: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.” La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor”. Cuando Simón Pedro oyó “es el Señor”, se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: “Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.” Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: “Venid y comed.” Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.

Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. (Jn. 21, 1-14)

Los relatos de resurrección joánicos abarcan los capítulos 20 y 21 del Evangelio. Dentro de estos relatos, cuatro corresponden a visiones del Resucitado. La primera escena es la del descubrimiento que hace María Magdalena del sepulcro vacío y la comunicación a Pedro y al otro discípulo (cf. Jn. 20, 1-2); la segunda es el descubrimiento que hacen Simón Pedro y el discípulo amado de la tumba vacía (cf. Jn. 20, 3-10); la tercera escena de resurrección y primera visión es el encuentro en el jardín de la Magdalena y Jesús (cf. Jn. 20, 11-18); la cuarta escena y segunda visión es la que tienen los discípulos sin Tomás (cf. Jn. 20, 19-25); la tercera visión ya cuenta con la presencia de Tomás (cf. Jn. 20, 26-29); y, finalmente, el largo episodio del capítulo 21, que leemos hoy, es la cuarta visión del Resucitado. De una u otra manera, más allá de la cristología de las cuatro visiones, tenemos profundas miradas eclesiológicas en estos textos. Se nos dice una palabra sobre el Cristo, pero también una palabra sobre la Iglesia. Se nos habla de la vida nueva del Hombre Nuevo, pero también de la vida nueva de la Comunidad Nueva. Íntimamente ligadas, la resurrección de un hombre es la re-fundación del Pueblo de Dios. En este sentido se puede entender por qué el relato de Pentecostés, que Lucas sitúa en los Hechos de los Apóstoles, cincuenta días después de la Pascua (cf. Hch. 2, 1), Juan lo posiciona el mismísimo domingo de resurrección (cf. Jn. 20, 22). Lucas, pedagógica y catequéticamente, separa la resurrección de la ascensión y de Pentecostés. Juan, teológicamente, reconoce que la Pascua es el paso a la nueva calidad de existencia, que comunitariamente se expresa en la Iglesia.

En esta línea interpretativa, la figura de la Magdalena es figura eclesial. Llorosa y acongojada porque ha perdido a su Señor, recibe el anuncio pascual, aunque no logra comprenderlo del todo (cf. Jn. 20, 11-15). Será cuando Jesús la llame por su nombre que reaccionará y se volverá evangelizadora, transmisora de la Buena Noticia (cf. Jn. 20, 16-18). Su mensaje es simple: “He visto al Señor”. Luego, la comunidad eclesial reunida vive el Pentecostés joánico, recibe el Espíritu Santo y se vuelve evangelizadora, enviada como el Hijo es enviado del Padre y con el poder de perdonar los pecados (cf. Jn. 20, 19-23). A Tomás, el ausente, se le comunica la Buena Noticia simplemente, como lo hizo la Magdalena: “Hemos visto al Señor”. Ocho días después (cf. Jn. 20, 26), siguiendo el rito dominical, ritmo de reunión eclesial, se les vuelve a aparecer Jesús. Tomás no había creído porque estaba separado de la comunidad, y por eso no pudo experimentar al Resucitado. Ahora, entre los hermanos y en el día de celebración, puede hacer la experiencia íntima de la Pascua, y puede confesar el sublime credo de un Jesús que es Señor y Dios (cf. Jn. 20, 28). Como vemos, el mensaje eclesiológico es vital. La Iglesia es la comunidad que se reúne regularmente para celebrar la Pascua, y que en esas reuniones puede experimentar la presencia real del Resucitado. Tiene una Buena Noticia que no comprendió en un principio, pero al reconocerla, la asumió como misión. La Iglesia es llamada por su nombre para evangelizar, para comunicar que ha tenido un encuentro profundo con Jesús en su vida nueva, y que esa vida nueva afecta al ser humano al punto de constituir nuevos lazos que forman una comunidad nueva. Esta comunidad es capaz de creer lo imposible y de vivir el sueño sacramental de un Dios que está presente siempre, cercano y accesible.

El capítulo 21 del Evangelio según Juan, si bien responde a una pluma distinta de la que redactó el resto de la obra, no pierde el hilo conductor del capítulo 20. Hoy leemos la primera parte del capítulo, pero de su totalidad se puede decir que es eclesiológico. La intención parece estar en dar respuesta a una crisis que ocurre en el momento de redacción de este apéndice. No podemos saber con precisión qué tipo de crisis ocurría en la comunidad autora, pero los énfasis puestos en la universalidad de la misión, el hecho eucarístico y la vocación de Pedro (también la del discípulo amado), orientan a una situación de institucionalización, una transición entre la organización eclesial más carismática (estereotipando) y la jerárquica (estereotipando nuevamente):

Universalidad. El capítulo 21 empieza a orillas del Mar de Tiberíades, que es el mismo Mar de Galilea. Esta última denominación es la judía; el nombre Tiberíades era la designación pagana del lago. El contexto, por lo tanto, parece referir a los gentiles. Los discípulos presentes en este caso son siete, enumerados en el versículo 2. El siete es el número de los pueblos de la tierra, así como su múltiplo, setenta, pues setenta son las naciones que re-pueblan el mundo tras el diluvio (cf. Gn. 10). Marcos y Mateo hacen memoria de este simbolismo numérico cuando, en la segunda multiplicación, los panes iniciales son siete (cf. Mc. 8, 5 y Mt. 15, 34), signo de que el pan también es para los gentiles. Lucas no narra dos multiplicaciones de los panes, pero sí dos envíos misioneros; el segundo es, justamente, para setenta y dos discípulos (cf. Lc. 10, 1), porque la misión es tarea de todos y para todos. Los siete discípulos pescadores que encontramos hoy son, por lo tanto, los pescadores de la humanidad, destinados a todo el mundo. Cuando hacen caso de la voluntad del Resucitado, arrojan las redes y pescan abundantemente. En este caso, 153 peces. Según algunos comentaristas, 153 es el número de especies marítimas conocidas en el mundo antiguo. Esta pesca escatológica y misionera es universal, está destinada a todos.

Eucaristía. La similitud con que comienza esta escena comparada con el inicio del capítulo 6 del Evangelio según Juan ya es un indicio: “Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades” (Jn. 6, 1). Aquella vez, nos recuerda el autor que estaba cerca la Pascua judía (cf. Jn. 6, 4); aquí, la Pascua de Jesús es el trasfondo. Lo interesante es que esta aparición es definida como manifestación. El Resucitado se manifiesta, se hace visible, se hace presente, se auto-revela. Paralelamente, la multiplicación de los panes del capítulo 6 es una manifestación de Jesús, un signo de su presencia real, que la gente al verlo identifica como el signo del profeta que había de venir (cf. Jn. 6, 14). Los panes y los peces, su ausencia o presencia disminuida, y su multiplicación, son los parámetros de la situación cambiante en ambos casos. Jesús es el sujeto dador. Toma los panes, toma los peces, y los da. El gesto eucarístico es un gesto de gracia que, saliendo libremente de Dios, alimenta al que no teniendo nada, confió en Él. Primero, es el Jesús pre-pascual quien preside una comida a campo abierto, en libertad, sin restricciones. Luego, es el Resucitado quien preside un banquete entre los discípulos. Sigue siendo la misma fuente del amor. La Pascua no provoca una interrupción ni un corte; al contrario, se profundiza y radicaliza la presencia jesuánica, que ya no manifiesta aspectos de su identidad en el hecho eucarístico, sino su propia persona. La gracia de Dios es el Hijo dado (cf. Jn. 3, 16a) y el Hijo que se da a sí mismo (cf. Jn. 10, 11.17-18).

Vocación de Pedro. La liturgia del día da la opción de leer hasta el versículo 14 o extenderse hasta el versículo 19. En esta parte se contienen las tres preguntas del Resucitado a Pedro sobre el amor que le tiene. Las tres preguntas vienen a contrarrestar las tres negaciones del discípulo (cf. Jn. 18, 17.25-27). La vocación de Pedro, al asegurar solemnemente que ama a Jesús, es la de pastor. Pero este pastoreo no puede realizarse de cualquier manera. En primera instancia, ser pastor no es ser superior, sino discípulo como los otros, por eso Pedro recibe nuevamente la invitación al discipulado: sígueme. De la misma manera, Felipe había sido llamado al inicio del libro (cf. Jn. 1, 43). En segunda instancia, para ser pastor hay que amar como ama el modelo ideal, el Buen Pastor, que es capaz de dar la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15). Por eso Pedro debe superar su negación de la pasión con el amor que es capaz de hacerse pasión y martirio. El verdadero pastoreo no se realiza desde arriba y en la comodidad, sino siguiendo al Maestro por el camino de la tierra y dándose por entero a cada instante.

La reflexión eclesiológica joánica nos obliga a hacer la hermenéutica de una Palabra de Dios que sigue resucitando a la Iglesia en medio de sus crisis. Una Palabra que nos interpela sobre nuestra universalidad. ¿Cuántos peces pueden caber en nuestras redes? ¿Dónde está el espacio debido a los pueblos de la tierra? ¿Puede expresarse la gentilidad en el cristianismo? ¿O sólo es válido el cristianismo del pueblo homogéneo occidental? También la Palabra es recuerdo eucarístico. ¿Cómo celebramos hoy un banquete del Resucitado entre tantos muertos? ¿Qué significa la multiplicación en un mundo donde disminuye el acceso a la comida? ¿Qué sucede cuando pedimos algo a cambio por la participación en la celebración de la gratuidad de Dios? ¿Se experimenta la gracia en nuestras celebraciones? Finalmente, la Palabra pone los límites al ministerio jerárquico. ¿Están dispuestos al martirio los pastores, líderes o coordinadores? ¿Se ven como parte del Pueblo de Dios que camina o por encima del resto? ¿Su ministerio es carisma para el amor, o una estrategia organizativa?

La Iglesia nunca puede dejar de cuestionar su misión, su celebración y su organización. Y el parámetro del cuestionamiento es la Pascua del Resucitado. Desde esa experiencia es posible rever la evangelización, sopesar los métodos, definir el anuncio, hacer hincapié en esto o aquello. Es posible rever la liturgia, las maneras, las participaciones, la mayor o menor inculturación. Es posible estructurarse mejor, discernir los ministerios, formar y formarse en perspectiva. La Iglesia del Resucitado, eso sí, es universal, bien abierta, bien amplia, siempre dispuesta a recibir, siempre dispuesta a salir a pescar, siempre atenta al sitio que señala el Señor como prioridad; es eucarística, con una mesa donde pueden comer los hambrientos, donde Cristo preside dando y dándose, en un banquete de gracia, sin exigir pago de tarjetas ni participaciones; es de pastores que aman hasta la muerte, que no aplastan, que no tienen cátedras por encima del resto. La Iglesia del Resucitado vive de la vida de Dios, y no puede existir como si la Pascua no hubiese sucedido. La Pascua ha sacudido de tal manera los cimientos, que indiferencia no es una actitud eclesial.

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 5, 1-11

Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

Cuando acabó de hablar, dijo a  Simón: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.” Simón le respondió: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.” Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.” Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.” Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron. (Lc. 5, 1-11)

Siguiendo con el Evangelio según Lucas, propio del Ciclo C de la liturgia dominical, se nos presenta hoy un relato que, en el libro, está separado por unos cuantos versículos del suceso en la sinagoga de Nazareth que hemos leído los domingos anteriores (cf. Lc. 4, 16-30). Estos versículos que nos separan contienen tres escenas de exorcismo, donde lo principal es la acción liberadora del mal que realiza Jesús en Cafarnaún (cf. Lc. 4, 31). En primer lugar, expulsa el espíritu de un demonio inmundo que había poseído a un asistente a la sinagoga (cf. Lc. 4, 33-36). Jesús lo conminó (epitimao en griego), o sea, lo reprendió, y el espíritu lo abandonó. Luego se traslada a la casa de la suegra de Simón, la cual estaba afiebrada (cf. Lc. 4, 38); pero aquí, como cabría esperarse, Jesús no la sana en el sentido estricto que nosotros entendemos, sino que conmina (epitimao) a la fiebre y la fiebre la abandona (cf. Lc. 4, 39). Nuevamente, estamos ante un exorcismo más que una curación. Ese estado afiebrado de la suegra de Simón es, para Lucas, más que una mera enfermedad o síndrome; es posesión por las fuerzas del mal que el Maestro derrota. Finalmente, además de curar a muchos enfermos cuando llega la puesta del sol (cf. Lc. 4, 40), Jesús también conmina (epitimao) a muchos demonios (cf. Lc. 4, 41), expandiendo su actividad exorcista a una mayor cantidad de personas. Esta expansión o fama va de la mano con lo que el relato lucano va presentando en forma de resúmenes muy breves. Lc. 4, 14-15 refiere el regreso de Jesús a Galilea tras su estadía en el desierto y cómo su fama se expande, a la vez que todos lo alaban por sus enseñanzas. Lc. 4, 31-32 habla de su llegada a Cafarnaún y de cómo, por segunda vez, la gente queda asombrada de su doctrina. En Lc. 4, 42-44 la gente lo busca desesperadamente y quieren retenerlo, pero Él es conciente de que debe anunciar la Buena Noticia en otros lados, y por eso se va “predicando por las sinagogas de Judea”. Tras este último resumen encontramos el texto que leemos hoy, que debido a esta progresión literaria, debe ser enmarcado dentro de los relatos de configuración inicial del ministerio de Jesús. Su fama se está expandiendo, está realizando los primeros recorridos como profeta itinerante, tiene un grupo de seguidores aún no definido con precisión, entendido más bien como oyentes ocasionales o pre-discípulos. Las masas están con Él (exceptuando sus paisanos de Nazareth) porque habla con una autoridad distinta y porque sana (cf. Lc. 5, 15).

Simón, Santiago y Juan, cuando comienza la escena de este domingo, no son los apóstoles ya definidos que tenemos en nuestras mentes. A Jesús lo conocen; ha estado en casa de Simón y quitó la fiebre a su suegra, pero sus vidas continúan, sus trabajos están en pie, no son itinerantes como el Maestro, no lo han dejado todo. Ciertamente, cuando acaba el relato de hoy, su condición es distinta, ya son discípulos con todas las letras, han dejado las barcas y le siguen. ¿Pero es posible hablar de un relato vocacional estricto? El Maestro no los llama como, por ejemplo, a Leví, con el clásico sígueme (cf. Lc. 5, 27). Y tampoco encontramos la construcción literaria del Evangelio según Marcos: venid conmigo (cf. Mc. 1, 17). Quizás no estemos ante un relato vocacional estándar; lo que Lucas plantea en pocas líneas es el agrupamiento de unos tres acontecimientos que se fueron sucediendo con no tanta rapidez en la historia de los discípulos. Un primer acontecimiento pudo haber sido la predicación de Jesús en Cafarnaún (que el relato sintetiza en los primeros versículos); el segundo momento sería el de los signos (milagros) del Reino, autoridad e identidad de Jesús (que para esta escena es la pesca milagrosa); finalmente, el tercer momento sería la conversión/vocación para seguir a Jesús (final del relato). En términos estrictos de la historia científica, estos tres momentos, seguramente, no estuvieron agrupados como los presenta Lucas, puesto que Simón ya ha escuchado a Jesús y ha visto cómo era sanada su suegra, pero a los fines pedagógicos, la escena muestra el cambio rotundo que ocurre desde la situación inicial a la final; cambio que es obra de la gracia.

La presencia de lo gracioso (lo referente a la gracia) es este pasaje es fundamental. El primer signo de ello es la pesca fuera de horario. Simón y sus compañeros saben, porque es su oficio, el que les da el pan de cada día, que deben trabajar de noche, puesto que en ese horario se obtiene la mayor cantidad de frutos del mar. Sin embargo, Jesús les ordena volver al mar cuando ellos ya lo han intentado toda la noche, e inclusive, no han conseguido nada. Este trabajador manual de Nazareth viene a decirles a pescadores experimentados ideas inusitadas para conseguir peces. Es un despropósito. Sólo la gracia puede hacer un éxito de esa pesca. Y lo hace. La pesca es tan abundante que las redes amenazan romperse. Lo que no habían conseguido durante toda una noche de trabajo, se multiplica más allá del límite de lo razonable y de lo esperable. Lo que era una idea descabellada de un hombre ajeno al oficio pescador, se convierte en la mejor pesca de sus vidas. Simón capta la sobrenaturalidad del hecho. Capta el regalo que viene a significar lo abundante. No está ante la presencia de cualquier aldeano, ni tampoco es un insano aquel que le ha pedido la barca para predicar. En el reconocimiento de lo distinto y superior, Simón pide al Señor que se aleje, reconociéndose pecador, creyéndose indigno de tamaña presencia en su precaria barca. Pero nuevamente, la gracia de Dios revierte ese movimiento de Simón. Cuando él dice aléjate, Jesús responde no temas. Cuando Simón se declara pecador/indigno, Jesús lo declara pescador de hombres, digno del Reino. La misma expresión no temas se enmarca, dentro del relato lucano, con tres grandes llamados vocacionales: el de Zacarías (cf. Lc. 1, 13), llamado a no temer porque se cumpliría su petición e Isabel tendría un hijo; el de María (cf. Lc. 1, 30), quien halló gracia delante de Dios; y el de los pastores (cf. Lc. 2, 10), primeros destinatarios de la Buena Noticia del nacimiento. Ante la manifestación de lo divino (el ángel en los tres casos enunciados y Jesús frente a Simón), los seres humanos temen, pero justamente, la intención de Dios es la contraria; no busca suscitar temor, sino confianza/fe, no busca aterrar, sino acercar.

Los títulos que aplica Simón a Jesús en este pasaje muestran el asombro/temor que causa la acción divina, la gracia que se manifiesta en la pesca. Mientras que antes del milagro lo llama jefe o instructor (epistates en griego, aunque la mayoría de las versiones en español traducen maestro), tras la pesca abundante lo reconoce como Señor (kyrios en griego), título que la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta) utiliza para referirse a Dios. Es interesante que el término jefe (epistates) sólo es mencionado por Lucas en todo el Nuevo Testamento, y lo hace en seis oportunidades. De esas seis veces, tres están insertas en frases de Simón: el episodio que leemos hoy es una; luego cuando la hemorroísa lo toca entre la multitud y Jesús pregunta quién lo ha tocado, a lo que Pedro le hace notar que hay demasiada gente apretándolo (cf. Lc. 8, 45); finalmente, durante la transfiguración, cuando Pedro sugiere armar tres carpas para quedarse en el monte (cf. Lc. 9, 33). Y en estas tres escenas, Simón no se lleva todo el protagonismo entre los discípulos, sino que está acompañado de Santiago y de Juan (cf. Lc. 5, 10; Lc. 8, 51; Lc. 9, 28). No es fácil encontrar el hilo que une estas coincidencias textuales, pero sin dudas que en las tres hay manifestación de lo divino y un grado de desconcierto por parte de los apóstoles, que son invitados a pescar en la hora inadecuada, que son interrogados sobre quién pudo haber tocado al Maestro entre la multitud que lo apretaba, y que presencian la transfiguración de Jesús acompañado de Elías y Moisés. Quizás, el término acompañe el estupor de aquellos que no llegan a leer en la persona de Jesús su divinidad, hasta que realizan la lectura adecuada. El ejemplo que estamos analizando hoy de Simón es claro; tras la pesca lo reconoce Señor. Con la hemorroísa, parece no entender que Jesús ha sentido una fuerza que salía de Él, más que un contacto físico. Y en la transfiguración, de más está aclarar que los tres discípulos no llegan a captar el misterio, y que no lo captarán hasta la pascua.

Echar las redes

Echar las redes

Un relato similar a éste de la pesca milagrosa lucana podemos encontrarlo en el Evangelio según Juan, en su capítulo 21. Allí se nos narra cómo siete discípulos, habiendo ya acontecida la pascua, salen a pescar (cf. Jn. 21, 2-3); Jesús se les aparece y les pide algo para comer, pero ellos contestan que no han pescado nada esa noche (cf. Jn. 21, 4-5); entonces, el Resucitado les indica echar las redes a la derecha de la barca, “la echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces” (Jn. 21, 6). Las dos pescas milagrosas, la pre-pascual (Lucas) y la post-pascual (Juan), son relatos vocacionales que no siguen el estilo clásico. Nuestras vocaciones, personal y comunitarias, tampoco lo hacen, tampoco responden a un esquema definido. Lo único que permanece siempre es Jesús que llega a nuestras vidas de alguna manera. La conversión es un proceso y un re-proceso. Al primer encuentro con el Cristo le siguen otros encuentros más profundos. La pascua se nos hace patente muchas veces hasta que vamos profundizando el misterio para reconocer la pesca en diferentes perspectivas. Somos pescadores de hombres aquí y ahora escatológicamente, pescadores en el mundo para cambiar el mundo, pescadores que lo dejan todo para tenerlo transformado. Somos pequeños pescadores en un mar inmenso.

Y el secreto de la pesca no es la carnada ni la caña ni la red. El secreto es la gracia. La pesca es abundante porque se hace en la Palabra de Dios, efectiva y graciosa. Cuando la Iglesia cree que el pescador, la barca o la red son más importantes que la acción gratuita de Dios, se pasa la noche entera sin resultados. Una Iglesia que no descansa en la Palabra predicada a las gentes, que no cree en el encuentro que propicia la Biblia leída en cada barrio, en cada casa, en cada hogar, malogra la pesca. Hay que dejar que la gracia de Dios se filtre, que los llamados vocacionales se des-estructuren, que la pascua afecte las cosas desde su ilógica realidad. Generalmente, lo que a nadie se le ocurriría hacer, es lo que debería hacerse; lo que nadie querría predicar, es sobre lo que hay que hablar; los lugares donde la pesca suele ser escasa, es donde deben echarse las redes; las personas que supuestamente no tienen vocación, son las que más han escuchado esa Palabra de Dios que es amor gratuito.

Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 13, 24-32


Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. (Mc. 13, 24-32)

La última lectura del Evangelio según Marcos de este Ciclo B de la liturgia es la de hoy, consistente en un fragmento del capítulo 13 del libro, también conocido como pequeño apocalipsis sinóptico, ya que Mateo (capítulo 24) y Lucas (capítulo 21) lo contienen y, en las tres ocasiones, el tema central es el fin. Uno de los grandes problemas exegéticos es reconocer a qué fin hacen alusión las palabras puestas en boca de Jesús: si al final definitivo de los tiempos, o sea, a la consumación de la historia, o al final del templo que acaeció en el año 70 d.C., cuando los romanos sofocaron destructivamente la revuelta judía en Jerusalén y derribaron el centro del culto. Respecto a los escritos de Mateo y Lucas, al estar fechados entre el 80 y el 90 d.C., la mayoría coincide en que son re-elaboraciones que hacen referencia específica a lo que ya sucedió: la destrucción del templo. Uno de los versículos que sufre modificación en su paso de Marcos a Mateo es el referente a la abominación de la desolación (cf. Mc. 13, 14 y Mt. 24, 15). Esta terminología proviene del profeta Daniel (cf. Dan. 9, 27; Dan. 11, 31; Dan. 12, 11) y del libro de los Macabeos (cf. 1Mac. 1, 54), donde hace referencia a una especie de sacrilegio ostensible, una profanación del lugar sagrado en manos de paganos. Muchos biblistas coinciden en que estas profanaciones consistían en la instalación de estatuas (de dioses o de emperadores) o de escudos de guerra en el templo. Ahora bien, en el Evangelio según Marcos, la mención de la abominación de la desolación parece redundante, pues dice que será vista erigida en el lugar donde no debe, y ya sabemos que si se trata de un sacrilegio con estatuas o escudos, obviamente estará en un lugar indebido, sino no correspondería a un sacrilegio. Pero Mateo se vuelve más preciso, y asegurá que la abominación de la desolación estará en el lugar santo (el templo) y que será aquella de la que habló el profeta Daniel, pero no exactamente como aquel la describió, y por eso invita a que“el que lea, que comprenda” (Mt. 24, 15b). Mateo, entonces, pide a sus lectores que reconozcan en el discurso de Jesús la reseña a la profanación del templo del año 70 d.C. De la misma manera, Lucas da señales a sus lectores para identificar el hecho del año 70, por ejemplo, al asegurar que “cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación” (Lc. 21, 20); aquí no se habla de la abominación, pero se ha conservado la palabra desolación, y está asociada al sitio de Jerusalén, que culminará con la ciudad pisoteada por los gentiles (cf. Lc. 21, 24).

Retomando la problemática planteada al principio, la cuestión es saber si el texto marquiano, anterior a Mateo y Lucas, es una profecía de lo que sucederá a Jerusalén en el año 70 d.C. (por lo que Marcos habría sido escrito antes de ese año), si es un vaticinium ex eventu, o sea, una narración sobre hechos ya ocurridos puestos en boca de un personaje anterior para simular una profecía (por lo que Marcos sería posterior al año 70 d.C.), o una mezcla de referencias a Jerusalén y al final definitivo de los tiempos (por lo que Marcos habría entretejido palabras conservadas de Jesús al respecto con algunos hechos históricos sobre Jerusalén con ideas apocalípticas del Antiguo Testamento y de la literatura apócrifa). La solución parece ya existir para algunos, y ser casi indescifrable para otros. Lo cierto es que el capítulo 13 de Marcos, como cualquier literatura de corte apocalíptico, se encuentra inundado de simbolismos y figuras literarias, las cuales complican la interpretación de aquellos que nos acercamos al texto muchísimos años después. Seguramente, para los primeros lectores, el capítulo 13 es claro y no contiene ambigüedades, pero leído a la distancia, pareciera ser una maraña de anuncios bélicos (cf. Mc. 13, 8) y del advenimiento de falsos salvadores (cf. Mc. 13, 6.21-22), profecías sobre el martirio de los cristianos (cf. Mc. 13, 9.12-13), advertencias que generan temor (cf. Mc. 13, 14-18), señales en el cielo (cf. Mc. 13, 24-25) e incertidumbre sobre el tiempo preciso en el que sucederán estos eventos (cf. Mc. 13, 32-37).

Una figura se presenta como central en este discurso, y es el Hijo del Hombre. Jesús se llama a sí mismo de esta manera en repetidas ocasiones y, extrañamente, sólo Él lo utiliza; nadie más lo identifica como tal, ni sus discípulos, ni los grupos a los que se enfrenta en debate, ni los juzgados judíos o romanos. Existe una sola posible excepción, en Jn. 12, 34, cuando la multitud le pregunta: “¿Cómo puedes decir: Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo del hombre?”, pero lo que hacen en realidad las gentes es citar algo que Jesús dijo anteriormente. Evidentemente, para Jesús este título significaba algo profundo e importantísimo. Ahora bien, ¿en qué sentido se llamaba Hijo del Hombre? Esa ha sido y es otra gran discusión. Para algunos estudiosos, Jesús se llama Hijo del Hombre en el sentido llano de la expresión literaria original, traduciendo el hebreo ben adam o el arameo bar-násá, unos giros lingüísticos semitas que, semánticamente, significan un hombre, o sea, alguien de la raza humana. Decir hijo del hombre es decir hombre, pero con un artificio literario. Para otros, Hijo del Hombre es una alusión a la figura que nos presenta el libro de Daniel del Antiguo Testamento, en su capítulo 7, donde en una visión aparece “sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre” (Dan. 7, 13), quien recibe el dominio, la gloria y el reino, y es servido por todos los pueblos, naciones y lenguas, “su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido” (Dan. 7, 14b). Si recordamos lo dicho hace unos instantes sobre la abominación de la desolación, hallamos que la profecía de Daniel parece estar detrás de este capítulo 13 marquiano.

Pero avancemos un poco más y busquemos en qué otras circunstancias utilizó Jesús este título. Rápidamente, en el Evangelio según Marcos, podemos distinguir dos circunstancias de las que habla Jesús sobre sí mismo utilizando abundantemente la expresión Hijo del Hombre:

- Las tribulaciones por las que debe pasar: el Hijo del Hombre es el que dará su vida para rescatar a una multitud (cf. Mc. 10, 45), es el que será condenado al sufrimiento y a la muerte violenta (cf. Mc. 8, 31; Mc. 9, 12; Mc. 9, 31; Mc. 10, 33), es el entregado (cf. Mc. 14, 21.41).

- La glorificación que le sucederá o la gloria divina presente: el Hijo del Hombre es el que puede perdonar los pecados en la tierra (cf. Mc. 2, 10), es el Señor del sábado (cf. Mc. 2, 28), es el que resucitará de entre los muertos (cf. Mc. 9, 9), será quien vendrá desde el cielo lleno de gloria (cf. Mc. 8, 38; Mc. 13, 26; Mc. 14, 62).

Tras este rápido recuento, podemos decir que Jesús se identifica como Hijo del Hombre en un doble sentido: es un ser humano, sujeto a tribulaciones y sufrimientos; es también el glorificado, el Elegido cósmico, el que tiene el poder de Dios, poder que perdona los pecados y resucita. Este título es, quizás, el que mejor resume la cosmogonía de Jesús, su relación particular y única con Dios, y su relación única y particular con los demás seres humanos. Tiene la gloria descripta por Daniel, pero no es una gloria de poder y de imposición aplastante, sino la gloria que se manifiesta en la cruz, en el sufrimiento, en la entrega de la vida. Este Hijo del Hombre no viene para darle la razón al mundo, para abandonar el camino del amor y tornarse militarista; este Hijo del Hombre viene para que los ángeles traigan a los elegidos hasta la tierra prometida, como parece deducirse del trasfondo que brinda Dt. 30, 3-5 a la lectura de hoy; allí promete Yahvé cambiar la suerte de Israel cuando estén dispersos por todo el mundo, y la mismísima mano de Dios recogerá a los desterrados para llevarlos a la tierra de sus padres, a la tierra de la promesa. De la misma manera, los ángeles del Hijo del Hombre traerán a todos los elegidos. La totalidad de los recogidos se explicita en dos formas literarias del texto: cuatro vientos (esta expresión designa el origen de los cuatro puntos cardinales, y es en la numerología hebrea, el símbolo de la totalidad geográfica) y extremos de la tierra y el cielo (aquí el recurso literario es el merizmo, que consiste en designar el todo por sus extremos, o sea, la totalidad de lo creado es designado por el extremo de la tierra y el extremo del cielo). La acción del Hijo del Hombre, entonces, es una acción universal, que lo afecta todo, y de la que nadie queda exento. El final de los tiempos, lo escatológico, la resolución de la historia, no es una cuestión sectaria ni será un secreto transmitido entre logias; lo escatológico atañe a la humanidad completa.

Continuando en esta reflexión, es notoria la aparición de Andrés en este capítulo 13 de Marcos (cf. Mc. 13, 3). Como hemos hecho notar a lo largo del año, existe en el libro un trípode selecto de discípulos que, debido a su mayor incomprensión del mesianismo jesuánico (cf. Mc. 8, 32-33 y Mc. 10, 35-40), reciben revelaciones, enseñanzas y manifestaciones, a manera de terapia, para curar su ceguera interior. Estos tres discípulos son Pedro, Santiago y Juan, mencionados juntos en Mc. 5, 37; Mc. 9, 2; Mc. 13, 3 y Mc. 14, 33. La característica del capítulo 13 es la presencia agregada de Andrés, por única vez. Esto nos da una pista para bucear en los inicios del Evangelio, allí donde se encuentran los primeros llamados vocacionales. Justamente, los cuatro primeros discípulos de Jesús son las parejas de hermanos formadas por Pedro y Andrés por un lado (cf. Mc. 1, 16-18), y Santiago y Juan por el otro (cf. Mc. 1, 19-20). La invitación del Maestro es para hacerlos pescadores de hombres. Algunos exegetas creen ver en esta metáfora una referencia al capítulo 47 del libro de Ezequiel. Los últimos capítulos de esta profecía son un mensaje de esperanza para el pueblo cautivo en Babilonia; allí se describe la nueva Jerusalén, la ciudad ideal donde Dios habita permanentemente (cf. Ez. 48, 35). En esta nueva Jerusalén, del costado derecho del templo sale un torrente (cf. Ez. 47, 1) que, desembocando en el mar, lo sanea todo (cf. Ez. 47, 8). El agua del torrente del templo es agua viva que da vida, y “a sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Enegláin se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos” (Ez. 47, 10). En esta nueva tierra prometida, las doce tribus de Israel se repartirán la heredad (cf. Ez. 47, 13). Todo el final de Ezequiel, por lo tanto, tiene una clara impronta escatológica. El llamado de Pedro, Andrés, Santiago y Juan a la pesca de hombres estaría inspirado en la profecía de Ezequiel; ellos serían los pescadores escatológicos, los pescadores de la nueva Jerusalén, de la definitiva tierra prometida. Por eso en el capítulo 13 de Marcos son los mismos cuatro del principio sus destinatarios principales; llamados a la pesca de los últimos tiempos, reciben la revelación particular de confirmación de su ministerio y de esperanza que perdura. La señal de la perdurabilidad reside en la palabra del Maestro, la que los convocó a orillas del mar de Galilea, la que los llamó. Esa palabra de Jesús es palabra eterna, porque pasarán los cielos y la tierra (otra vez el merizmo: pasará todo), pero la palabra permanecerá, no precisamente estancada y detenida, sino lo contrario, viva y activa, como torrente que baña y renueva, llevando las cosas a su realización plena.

La evangelización tiene una mirada escatológica, pues la misión será misión hasta que Cristo sea todo en todos (cf. Col. 3, 11). Tener una mirada escatológica no quiere decir predicar desastres naturales, profetizar guerras o desconfiar de todos. Lo escatológico no es lo terrible, como estamos acostumbrados a imaginar. Se trata más bien de la concreción del proyecto amoroso del Padre, de la utopía realizada, del Reino de Dios que todo lo cubre y que plenifica al hombre. Así como Pedro, Andrés, Santiago y Juan son llamados para ser pescadores de hombres de los últimos tiempos, el misionero es aquel que, pescando, siente cómo sus pies son bañados por las aguas del torrente vivo. Ser pescadores de hombres no consiste en retirar a los seres humanos del mundo para resguardarlos en la seguridad de la Iglesia; eso sería quitarle la fuente de respiración a un pez, sería, paradójicamente, ahogar a las personas. Ser pescadores de hombres es ser partícipes del agua que brota del costado derecho del templo, el agua que brota del costado de Jesús (cf. Jn. 19, 34), el agua viva de la esperanza.

¿Para qué queremos evangelizar? ¿Para ahogar a las mujeres y hombres? ¿O para sumergirlos en el agua verdadera? Los seres humanos están cansados de ser ahogados por propuestas que vienen desde arriba, que caen, supuestamente, del cielo. Las gentes ansían palabras de salvación, palabras de desahogo, palabras comprometidas en la carne, comprometidas con el mismo suelo que ellos pisan. El Hijo del Hombre es esa figura que, siendo respuesta divina, es respuesta encarnada. Los misioneros no traen una ideología pensada por senadores en la capital ni una filosofía elaborada por eruditos dentro de un recinto universitario; los misioneros traen la Palabra encarnada, que es palabra de esperanza, palabra que mira al futuro con optimismo, y que por eso libera. El Hijo del Hombre no es el agorero desentendido del mundo, sino el que sufre como los marginales, el entregado por los amigos, el crucificado en la injusticia. El Hijo del Hombre tiene autoridad para hablar de un futuro esperanzado porque ha vivido las situaciones de mayor desesperanza, las situaciones que desembocan en la exclusión y la muerte.

El misionero no podrá jamás tener mirada escatológica si acepta que las cosas están bien así, entre estructuras injustas y pobrezas extremas. Es preciso reconocer las miserias que minan el presente para plantearse un futuro esperanzador. Cuando la Iglesia hace oídos sordos, o incluso alaba los poderes imperialistas, está validando una historia que contradice el querer de Dios, una historia acomodada que parece no necesitar conversión, por lo tanto, que no necesita Cristo. De esta forma, la Iglesia pierde su razón de ser y deja de ser Iglesia. Para que la misión tenga mirada escatológica, es necesario reconocer las injusticias y denunciarlas, es menester encontrarse con una historia que necesita caminar más decididamente hacia Dios, una historia que necesita palabras encarnadas, una historia que necesita la Palabra del Cristo. La evangelización nunca jamás puede hablar de dejar las cosas así, estancadas; la evangelización es siempre propuesta de cambio.