Posts etiquetados como ‘pequeño’

Dios es así de chiquito / Epifanía del Señor – Ciclo B – Mt. 2, 1-12 / 06.01.12

En algunos países la fiesta de la Epifanía se celebra el día 6 de enero, y en otros se festeja el domingo siguiente al 6 de enero. He querido conservar la fecha del calendario para poder comentar el domingo el Bautismo del Señor.

Quizás sea una época en que no necesitamos reyes. Quizás sea una época donde necesitamos magos. Pero no para hacer trucos que nos despisten de la realidad. Tampoco para engañarnos. Ni siquiera para recibir soluciones que vendrían en pócimas secretas. No necesitamos magos que formen una elite encargada de custodiar arcanos indescifrables (no necesitamos magos gnósticos). Queremos los magos de Oriente que visitan el pesebre, aquellos que Mateo (en su imaginación, en su escucha atenta de los primeros cristianos, en su re-elaboración, en su fe) dibujó oponiéndose al rey Herodes, reconociendo la realeza de Dios que está en un hombre indefenso, pequeño, al cuidado de padres primerizos. Son los magos que saben leer los signos de los tiempos, que escudriñan el espacio (la historia) para entender cómo y dónde se manifiesta Dios. Y han encontrado la manifestación en lo más pequeño de lo pequeño. Fueron capaces de hacer cientos de kilómetros para esquivar el palacio y sus honores, y reclinarse en un establo, ante unos pañales. No rindieron honores a la pompa y a la parafernalia. No rindieron honores a los que ejercen el poder con fuerza y sangre. Quisieron, más bien, dar sus regalos al que venía parido con sangre.

Por eso no necesitamos reyes magos, sino sólo magos, como bien deja en claro el texto bíblico de Mateo. Con los reyes, en general, hemos tenido malas experiencias. Tuvo Jesús que cambiar el concepto de la realeza; de lo contrario, Herodes se erguía como el modelo clásico de rey: ejerciendo a fuerza de espada. Una espada que se lleva la Navidad, que arrasa con los nacimientos, que no desperdiga sangre de vida, sino de muerte. Es la sangre de los inocentes que sufren, como siempre sucede. Porque los reyes han tenido esa costumbre de favorecer a los poderosos y lastimar a los pequeños. Los magos, en cambio, caminan hasta el pequeño, lo deslumbran y lo quieren bien. Los magos no traen la espada, sino su experiencia de existencia oteando el horizonte. Saben que Dios no está en la sangre derramada para la muerte. Dios está en el pesebre. Y si alguien atenta contra ese pesebre, entonces lo protegerán. Los magos protegen al pequeño del rey opresor.

Quizás, con el tiempo, la celebración de la epifanía se fue alivianando, fue perdiendo su profundidad. Quizás, los reyes magos no sean la mejor imagen que tenemos para presentarles a los niños que dejan sus zapatos y el pasto. Quizás, tampoco sean la mejor imagen para nosotros, adultos. Mateo no pensaba en una celebración cercana a la Navidad con la posibilidad de realizar un aumento de ventas comerciales. Mateo estaba narrando la dramática y fascinante historia de paganos que, a través de sus conocimientos (a través de su propia fe), llegan a un Dios revelado en un recién nacido. Hay aquí una paradoja trans-cultural, trans-religiosa y tans-cósmica. Paganos que descubren a un Yahvé de los Ejércitos en un niño envuelto en pañales. Magos, posiblemente de una corte persa, encaminados por la guía de las estrellas, la guía de lo que ellos entienden como fe. Su propia religión los pone ante la verdad más central de cualquier religión que se precie de tal: lo divino está en lo más frágil de lo humano. Lo divino está en los niños indefensos que dependen del prójimo (de su padre, de su madre, de sus cuidadores, de sus guardas). La revelación plena de Dios no está en los astros que supieron discernir los magos, ni está en el palacio de Herodes. Dios se da a conocer en lo indefenso, traspasando las distancias cósmicas. Ese es el sentido de celebrar la epifanía. Celebramos, en los magos de Oriente, la posibilidad que todos tenemos de conocer a Dios desde lo sencillo, sin rendir exámenes de ingreso de seminarios religiosos ni pagar rigurosamente la cuota de los cursos bíblicos. Celebramos que Dios es pequeño, y que esa es su grandeza.

Por no esperar, el Reino se prende fuego / Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 24-43 / 17.07.11

Y les propuso otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?. El les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo. Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?. No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”.

También les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. Después les dijo esta otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa”. Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. El les respondió: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt. 13, 24-43)

La liturgia católica continúa proponiendo, para estos domingos, el discurso parabólico del capítulo 13 del Evangelio según Mateo. Los comentaristas no terminan de ponerse de acuerdo sobre la estructura de esta sección que constituye el tercer discurso del Jesús Maestro mateano. Una posibilidad es dividir el discurso en un primer acto, desde Mt. 13, 1 hasta Mt. 13, 33, donde se describe la escenografía (la barca) al principio, se narra la parábola del sembrador, se explica por qué Jesús habla en parábolas y se da la interpretación alegórica del sembrador. A continuación vienen los versículos que leemos hoy con la parábola de la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. Aquí culminaría el primer acto y, antes de pasar al segundo, habría un entreacto protagonizado por el sentido de las parábolas: Jesús no le habla a la multitud de otra forma que no sea con parábolas, revelando así las cosas ocultas desde la Creación (la cita es una modificación de Sal. 78, 2). De esta manera, Jesús equipara su enseñanza con lo más sagrado de la tradición de Israel, según una antigua tradición rabínica que proclama que, desde la Creación, Dios ha creado lo que vemos y lo que no vemos, inclusive lo que no entendemos en un primer momento. Los llamados milagros o misterios provienen de la misma Creación en la que Dios ha creado lo natural u ordinario. Jesús trae a la muchedumbre los misterios más profundos del Padre, que no están resguardados sólo para los escribas, sino para el ser humano en general. A partir de allí entraríamos al segundo acto (entre Mt. 13, 36 y Mt. 13, 50) con la interpretación alegórica de la parábola de la cizaña, la parábola del tesoro, la perla y la red. Finalmente, tendríamos un epílogo en Mt. 13, 51-52.

Esto sería un esquema general, discutible. En los versículos seleccionados litúrgicamente para este domingo tenemos un esquema más pequeño, más interno, con la parábola de la cizaña al principio y la explicación alegórica al final, encerrando literariamente las parábolas del grano de mostaza y de la levadura. Estas dos parábolas van unidas en la fuente Q, como bien lo respetan Mateo y Lucas (cf. Lc. 13, 18-21), que se valen de ella. Esto quiere decir que hay un vínculo entre ambas. Las dos comienzan con algo pequeño que tiene resultados grandes, casi exagerados. En Galilea, el mostacero puede alcanzar 3 metros de altura; no es un árbol gigante, pero sí un arbusto importante en tamaño. Entendemos que Jesús exagera al hablar de un árbol grande, pero ya veremos por qué lo hace. En cuanto a la levadura en la masa, la exageración está en la harina utilizada, que serían cerca de 22 litros, entendiendo que una medida (saton en griego, del hebreo seah) equivale aproximadamente a 7,33 litros, y el texto original habla de tres medidas de harina. Eso es mucha cantidad para la levadura que pone la mujer. Y, sin embargo, el resultado es grandioso. Estas exageraciones del parabolista, además de responder al modelo literario de la parábola que presenta un cambio notorio entre el inicio y el final de la narración, son constataciones de la acción del Reino. Tan pequeño y desapercibido, se transforma en árbol y hace fermentar una masa ingente. No es necesario acelerar el juicio escatológico ni tomar la justicia divina en nuestras manos (eso es lo que explicará la parábola de la cizaña), porque el Reino actúa, aunque nos parezca que sucede lo contrario, que el mundo se cae a pedazos, que no hay nada bueno. El final de los tiempos llegará a su momento; es más; llegará en el momento oportuno, adecuado. Lo que debemos tener por cierto es que la masa fermentará y que los pájaros del cielo van a cobijarse en las ramas del árbol mostacero. La imagen del gran árbol como metáfora de reinos enormes se remonta al profeta Ezequiel, que describe a Egipto como un ciprés, un cedro del Líbano, de follaje tupido, donde anidan todos los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 1-8). Daniel retoma la imagen también (cf. Dan. 4, 17-19). El Reino de Dios crecerá, indefectiblemente, y todos podrán cobijarse en sus ramas. Estos pájaros son las naciones del mundo. El final de los tiempos será universal. El Reino dará cobijo a todos, sin distinguir entre judíos y paganos.

Pues bien, junto a esa confianza de Jesús en el Reino como desarrollo inevitable de la historia, se encuentra la realidad del trigo y la cizaña. La dinámica entre parábola y explicación alegórica es la misma que en la parábola del sembrador. Jesús narra un texto parabólico y luego, en privado, los discípulos reciben una explicación en línea alegórica, adjudicando a cada elemento de la narración un correspondiente en la realidad. Como en la otra oportunidad, suponemos que la parábola puede remontarse al Jesús histórico, pero la explicación alegórica es de la comunidad cristiana. Quizás, lo escandaloso de la parábola sea que el dueño del campo no quiera arrancar la cizaña. Prefiere esperar hasta la cosecha. El enemigo que sembró cree así que ha triunfado, que ha arruinado el campo del hombre. Pero nuevamente aparece el tema de la confianza en el Reino. Hay que tener esperanza. Cuando llegue el tiempo (la cosecha), el trigo se separará de la cizaña. El Reino tendrá una resolución, aunque parezca que la cizaña se come todo el campo. El Reino será finalmente un gran trigal. En la alegoría, la cosecha es el momento escatológico y los cosechadores son los ángeles, mensajeros de Dios. Esta es una visión apocalíptica que se complementa a la de Mt. 25, 31-46, donde también hay ángeles presentes. Así como el trigo y la cizaña, en el capítulo 25 son las ovejas y los cabritos. Mateo recalca esta separación entre lo bueno y lo malo, lo que proviene de Dios y lo que proviene del Maligno, pero lo reserva para el Hijo del Hombre que viene al final de los tiempos. No puede acelerarse ese proceso. No puede hacer justicia el ser humano, porque no sabe cuál es la vara con la que mide Dios, ni tiene su sabiduría ni su misericordia. ¿Cómo distinguir el trigo de la cizaña si en el mismo corazón del ser humano hay trigo y cizaña? Es una tarea para el Hijo del Hombre y sus ángeles.

———————————————————————————————————————————————————————————————————————————————

Es interesante notar cómo la figura del enemigo del dueño del campo emula al sembrador. El enemigo siembra como si el campo fuese suyo, haciendo las veces de dueño, de sembrador. En la alegoría, el demonio queda al descubierto. Cree que el mundo es suyo y se cree dios, haciendo las veces de sembrador, pero el final revela que no lo es, y que su cizaña es derrotada y quemada. Cuando en las tentaciones del desierto, el demonio muestra a Jesús las naciones y se las ofrece, como si fuesen suyas (cf. Mt. 4, 8-9), en realidad está mintiendo. Jesús lo tiene en claro. Por eso tiene una esperanza enorme en el resultado del Reino. Esa esperanza es la que le da fidelidad (fe) al proyecto del Padre, aún en el tiempo de espera.

En la Iglesia, a veces, pecamos de arrebatados. Queremos un juicio ya mismo, una destrucción de la maldad (de los malos) que no se haga esperar. Y por no esperar esperanzados, comenzamos la caza de brujas nosotros mismos, midiendo con las varas que cada uno, subjetivamente, tiene. Y esas varas hacen desastres, condenas, inquisiciones y censuras. No creemos en la levadura ni en el grano de mostaza. Es más; nos parecen absurdas ambas historias. Preferimos lo grande, lo institucional, lo muy visible. Preferimos marchas y procesiones multitudinarias, y hasta identificamos el éxito del Reino con el aumento de suscriptos a jornadas cristianas con escenarios y ceremonias teatrales. Nadie sabe de las comunidades pequeñas reunidas en las casas, nadie sabe de las ONG que defienden al pobre y al oprimido con escasos recursos materiales y humanos, nadie sabe de los niños que son acogidos desinteresadamente por hogares familiares, nadie sabe del político que rechaza la coima ni del empresario que evita aprovecharse de sus obreros. Es lo que pasa desapercibido. Es el Reino que hace fermentar la masa y que crece como el mostacero, pero nadie lo reconoce. Allí debe estar el apoyo de la Iglesia. No importa si se declaran o no cristianos; importa que son trigo. Los márgenes institucionales pueden ser terribles, limitantes, sectarios. Y sin embargo el Reino quiere ser un árbol que cobije a todos los pájaros del cielo. Por arrebatados, ponemos límites al crecimiento del mostacero, o imploramos al dueño del campo para que envíe sus ángeles de la cosecha. Él nos sigue pidiendo que esperemos, que todo tiene su tiempo, que los juicios apresurados destruyen; y en la Iglesia tenemos sobrada experiencia de haber quemado trigo pensando que era cizaña.

El pequeño profeta más grande de todos / Tercer Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 11, 2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.

Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. (Mt. 11, 2-11)

El texto propuesto para este domingo por la liturgia está en clara relación con el texto del Segundo Domingo de Adviento. Aquí tenemos otra arista para acercarnos a la figura de Juan el Bautista. La fuente más próxima de esta tradición es lo que los estudiosos llaman la Fuente Q, que sería fuente común de Mateo y de Lucas. La perícopa que leemos, en realidad, forma parte de un conjunto más grande que estaría en Mt. 11, 2-19 (Lc. 7, 18-35). La liturgia, al recortar el conjunto, puede desorientarnos un poco, ya que sólo a partir de Mt. 11, 11 se entiende hacia dónde apunta toda la sección: el Reino de los Cielos. Lo importante y fundamental no es Juan el Bautista, como veremos al analizar la frase sobre su grandeza y su pequeñez. Lo importante es que Juan apunta al Hijo del Hombre, y el Hijo del Hombre es el cumplimiento objetivo de la promesa del Reino.

Para ser más exactos: el Hijo del Hombre y sus obras son el signo objetivo. Cuando los dos discípulos del Bautista preguntan a Jesús lo que su maestro quiere saber, la respuesta apunta a lo que está sucediendo. Son signos del Reino. Ciegos que ven, paralíticos que caminan, leprosos purificados, sordos que oyen, muertos resucitados y Buena Noticia anunciada a los pobres. Esta respuesta jesuánica está elaborada en base al libro del profeta Isaías. Se trata de una refundición de Is. 29, 18-19 (“Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y oscuridad. Los humildes de alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel”); Is. 35, 5-6a (“Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo”) e Is. 61, 1 (“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. El me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros”). Se trata siempre de promesas mesiánicas. Isaías visualiza la era final, la era de la llegada del Rey definitivo de Israel, como una época donde las enfermedades desaparecen, la Buena Noticia alcanza a los pobres y marginales, y todo es restaurado. El Mesías/Cristo trae el retorno al estado original de las cosas, al bien querido por Dios. La era mesiánica se caracteriza por la restauración. Ahora bien, esa restauración puede ocurrir por caminos de paz o por caminos de violencia. Y si bien esta dicotomía es una trampa (en realidad, es imposible llegar a un estado de bienestar por mano de la guerra), es la dicotomía que plantea la escatología. Israel podía tener fe en un Mesías que liberaría dirigiendo un ejército (como Ciro de Persia, cf. Is. 45, 1-2), o en uno que actuaría como el Siervo Sufriente (Is. 42, 1-9; Is. 49, 1-7; Is. 50, 4-9; Is. 52, 13 – 53, 12). De la misma manera, Juan Bautista podía anunciar la llegada del agente mesiánico que canalizaría la ira de Dios, o la llegada del agente de la misericordia divina. Como lo demuestra la lectura del domingo anterior (cf. Mt. 3, 1-12), Juan es el profeta del hacha y la horquilla. El agente mesiánico traerá la poda y el fuego para quemar la paja, porque viene a concretar el enojo de Dios por los pecados humanos.

A partir de esta concepción se genera la duda en el Bautista. Tiene que enviar discípulos que le pregunten si es el que la esperanza judía espera… o no. Evidentemente, los modos de Jesús no coincidían con la teología de Juan, y eso lo hizo vacilar. Esta teología joánica puede explicar la frase final de la lectura de hoy. Juan es el mayor entre los nacidos de mujer, pues señala al Mesías, apunta en la dirección de la salvación, es el precursor. En él hallan cumplimiento las profecías de Malaquías: “Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí” (Mal. 3, 1a) y “Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible” (Mal. 3, 23). Juan es el profeta precursor, el último de la larga línea profética del Antiguo Testamento. Le ha tocado, en la historia de la salvación, ser el profeta que ve, con sus propios ojos, en tiempo real, al Elegido de Dios. Los otros lo han anunciado, han tenido visiones, han entendido que Dios se presentaría liberador; pero sólo Juan tiene el privilegio profético de tener al alcance de la mano la suma de todas las profecías: Jesús. Por eso es el mayor hombre nacido de mujer. Sin embargo, al mismo tiempo, es el más pequeño del Reino de los Cielos, porque su teología sigue estando atada al modelo veterotestamentario. A Juan le cuesta comprender un mesianismo sin ejércitos y sin planes militares. Le cuesta ingresar a la dinámica del Evangelio de Jesús, y en este sentido, es pequeño frente a cualquier otro ser humano que, ministerialmente profeta o no, haga suyo el modelo jesuánico del Mesías que es Siervo Sufriente. La expresión, entonces, no es un insulto, sino una constatación del pensar y el creer de Juan, que en ciertos puntos, difiere del de Jesús.

Decimos que no hay insulto en la caracterización que hace el Maestro del Bautista porque, al contrario, parece haber admiración. Cuando los enviados que vinieron a preguntar se retiran, Jesús pronuncia tres frases que guardan una estructura similar. Vamos a ponerlas en paralelo para entender qué juego literario encierran:

1.a. ¿Qué fueron a ver al desierto?

b. ¿Una caña agitada por el viento?

2.a. ¿Qué fueron a ver?

b. ¿Un hombre vestido con refinamiento?

c. Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.

3.a. ¿Qué fueron a ver entonces?

b. ¿Un profeta?

c. Les aseguro que sí, y más que un profeta.

Como es fácil de notar, a la primera frase le falta una parte, la respuesta a la pregunta retórica. Además, se agrega el problema de entender qué significa la imagen de la caña agitada por el viento. En primer lugar, es claro que la utilización de la caña en la frase es una pista para remontar estas palabras a la primerísima tradición, hasta Palestina, pues la caña es un elemento típico del paisaje de la cuenca del Jordán. Algunos biblistas propusieron la interpretación de la caña en relación con la actividad jurídica de Dios; cuando Yahvé juzga a Israel, lo agita como un junco, como una caña (cf. 1Rey. 14, 15). Juan el Bautista, predicador de la justicia divina, aludiría a la violencia de Dios que agita a su pueblo. Pero esa interpretación no cuadra directamente con la segunda frase que hace referencia a los que se visten elegantemente en los palacios de los reyes. Es más lógico que la caña agitada esté en relación a los hombres vestidos con refinamiento. Para esta interpretación, tenemos el dato histórico de unas monedas que Herodes Antipas acuñó en aquellos tiempos y que tenían, en el anverso, la imagen de una caña. Por asociación, las monedas de Antipas son la imagen de Antipas, y esa imagen es una caña. La caña agitada, entonces, es Herodes, el gobernante inestable que se mueve con los vientos de la política, que un día es partidario de esto, pero al día siguiente de lo otro, que cambia de parecer como si nada, que no tiene convicciones. Así se aclara la cuestión. Juan el Bautista no es como el inestable Herodes ni como la farsa de sus cortesanos. El que está en el desierto es un profeta, y los profetas poco tienen que ver con esa vida palaciega. La respuesta a la primera frase, que falta intencionadamente para que la complete el lector, podría ser: no fuimos a ver la caña agitada de Herodes, sino a su antagonista: el Bautista. De más está aclarar el profundo corte político de la declaración. Ya Flavio Josefo da cuenta de la oposición encarnizada entre el predicador del desierto y Herodes. Jesús se hace eco de la situación y pasa del plano político al religioso casi sin límites. La oposición política, en realidad, se remonta a una cuestión religiosa. Juan no es un puntero político ni un noble ni representante de un partido electoral; Juan es profeta, es el mensajero de las cosas de Dios, y desde su denuncia social (que es denuncia religiosa) se gana la enemistad de los poderosos.

El Reino de Dios y la profecía no son conceptos puramente religiosos. Aunque a veces da la impresión que los tomamos como tales. Cuando el Reino de Dios se espiritualiza al punto de romper con la realidad y volverse solamente un futuro que caerá del cielo, o cuando la profecía se reduce a un arte adivinatoria, se está deshonrando la historia de los profetas de Israel. Se está deshonrando a Juan el Bautista, se está deshonrando a Jesús.

La capacidad del Bautista de leer los signos de los tiempos, para reconocer (aunque con dudas) que el agente mesiánico estaba llegando, se complementa con su capacidad de entender el funcionamiento político, criticarlo y denunciarlo. Juan no es un pequeño profeta que no puede comprender bien los mecanismos de opresión de su pueblo. Juan es un hombre inteligente que sabe desentramar la maquinaria del poder. Por eso lo apresan, por eso es adversario digno de temor de Herodes. Juan es el modelo de aquellos que, en la Iglesia, quieren adjudicarse el título de profetas. Para serlo, no es necesario montar un espectáculo y predecir lo que sucederá dentro de un mes o un año. Para ser profeta hay que saber leer la realidad críticamente, no dejarse engañar por los manejos turbios, denunciar a viva voz el sufrimiento de los más pequeños, de los marginados. El profeta no puede ser una caña agitada sin convicciones, ni puede habitar cómodamente en los palacios mientras el pueblo no tiene con qué vestirse. Su lugar es el desierto, el punto de encuentro entre Dios y su pueblo.

El lugar de la Iglesia profética también es el desierto. Es el lugar de la profecía que evangeliza como Buena Noticia. Porque cuando Dios y su pueblo se encuentran, reconociendo la miseria producida por los palacios, allí se gesta la esperanza, y esa esperanza no puede ser otra cosa que la promesa de un cambio que libera.

El buen ladrón que era malhechor / Jesucristo Rey del Universo – Ciclo C – Lc. 23, 35-43

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”.

Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. El le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc. 23, 35-43)

Con este domingo se cierra el Ciclo C de la liturgia católica. Nos estuvo guiando el Evangelio según Lucas a lo largo del año, desde el primer domingo de adviento. Las lecturas seleccionadas para las sucesivas celebraciones han dejado en claro cuáles son los puntos fuertes del relato lucano. El especial hincapié en los pobres, en los marginados, en los pecadores; el desfile de mujeres que acompañan a Jesús; la capacidad parabólica del Maestro al contar historias; la presencia del Espíritu Santo en todo momento; la importancia de la oración en la vida de Jesús y las recomendaciones a sus discípulos sobre la importancia de orar; la elegancia literaria del estilo de Lucas. El Cristo de Lucas es el Cristo de los pequeños, de los últimos, de los que nada tienen para dar. Es el Cristo de los pastores de Belén, el Cristo de María de Nazareth, Cristo de la pecadora pública que llora sobre sus pies, Cristo de las viudas, del padre misericordioso, del buen samaritano, de los publicanos, de la mesa compartida, del camino a Emaús. Y hoy, como cumbre, es el Cristo que salva al más marginal, al crucificado. En este episodio de los malhechores, mal conocido como el episodio del buen ladrón, se manifiesta la realiza de Jesús. Aún crucificado, podríamos decir derrotado, es capaz de vencer con la fuerza del amor. Jesús es rey desde la paradoja, desde lo marginado, desde la pequeñez.

Cada uno de los cuatro Evangelios tiene una estructura distinta en la narración de este episodio. Comencemos por Marcos. La mención a los crucificados es escueta: “Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda” (Mc. 15, 27). La palabra aquí traducida por ladrones es lestes, que significa salteador o bandido, aquel que se lleva un botín. Luego aparecen los grupos humanos que insultan a Jesús: primero los que pasaban por allí (cf. Mc. 15, 29-30), luego los sumos sacerdotes y escribas (cf. Mc. 15, 31-32a) y finalmente los otros dos crucificados (cf. Mc. 15, 32b). Analicemos ahora a Mateo. La mención a los crucificados también es escueta, casi calcada de Marcos: “Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda” (Mt. 27, 38). Nuevamente se emplea el término lestes. Los insultos, igualmente, repiten el esquema marquiano: primero los que pasan por allí (cf. Mt. 27, 39-40), luego los sumos sacerdotes, escribas y ancianos (cf. Mt. 27, 41-43), y finalmente los crucificados (cf. Mt. 27, 44). Dejemos Lucas para el último y vayamos hasta el Evangelio según Juan. La estructura es totalmente diferente. Lo crucificaron a Jesús “y con él a otros dos, uno a cada lado” (Jn. 19, 18). No sabemos si son ladrones, bandidos o malhechores. Los insultos desaparecen de esta sección y aparece la escena de la madre al pie de la cruz con el discípulo amado (cf. Jn. 19, 25-28).

En la escena de Lucas debemos ir despacio para analizarla. En primer lugar, la construcción teatral es propia de la redacción lucana. Ningún otro conserva el diálogo entre Jesús y sus compañeros crucificados. Algunos comentaristas creen que el autor se inspiró en Gn. 40-41, en parte de la historia de José. Cuando José se encuentra en prisión en Egipto, recibe como compañeros de celda al copero mayor del Faraón y al panadero mayor. Ambos personajes son antagónicos: mientras el copero sería el bueno, el panadero representaría al malo. El copero será restituido a su cargo por parte de Faraón, pero el panadero será colgado. José le pide al copero, de manera muy similar al pedido del buen ladrón a Jesús, que cuando esté restituido, se acuerde de él, en prisión, y lo haga sacar. Eso sucederá dos años después, cuando el copero mayor sugiera al Faraón que busquen a un tal José, encarcelado, que es capaz de interpretar los sueños. Ante la buena interpretación de José, el Faraón decide ponerlo, inmediatamente (hoy mismo), al frente de todo Egipto para administrar el alimento. Por lo tanto, es posible que este episodio esté en el trasfondo de la escena lucana que leemos hoy. Aunque no debemos olvidar que Lucas gusta de formar parejas en su narración, como historias y como personajes. Así tenemos la doble historia de la infancia que compara a Juan el Bautista y a Jesús (cf. Lc. 1-2); tenemos el envío de los Doce (cf. Lc. 9, 1-6) y el de los setenta y dos (cf. Lc. 10, 1-16); tenemos a Marta y María (cf. Lc. 10, 38-42); tenemos la parábola de la oveja perdida y la de la dracma (cf. Lc. 15, 3-10); tenemos al hijo mayor y al hijo menor del padre misericordioso (cf. Lc. 15, 11-32); tenemos al rico y al pobre Lázaro (cf. Lc. 16, 31); tenemos al fariseo y al publicano en oración (cf. Lc. 18, 9-14); tenemos a Pilato y Herodes durante la pasión (cf. Lc. 23, 1-12). Tenemos, por lo tanto, al buen ladrón y al mal ladrón. Ahora bien, más allá de la tradición, hay que resaltar que Lucas no llama lestes a los crucificados, como sí lo hacen Marcos y Mateo. Para Lucas son kakourgos, palabra griega que se deriva de kako (malo, mal) y ergon (trabajo, labor, hecho), o sea que son mal-hechores. Los crucificados junto a Jesús son personas que hacen el mal, que trabajan a partir de los malos hechos. A diferencia de los lestes, quizás simples bandidos, los malhechores definen su vida desde las acciones malas, desde la planeación del mal. Se dedican a eso, son profesionales en lo que hacen. En Lucas no hay buen ladrón, sino malhechor.

La creación de esta escena por parte de Lucas responde a un resumen del Evangelio. Éste es el último diálogo que emprende Jesús antes de morir. Después de esto no hablará más con otro ser humano hasta estar resucitado. La imagen es fuerte: el Cristo entabla su última conversación con uno de los marginales más marginados, con un crucificado, poniendo sello definitorio a toda su vida, que fue compartida, justamente, con los marginales más marginados. En su lecho de muerte, es capaz de mantenerse fiel al Reino y al Padre en el que cree, por eso puede expresar, como frase finalísima: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46); con el Espíritu que fue guiado, muere, conciente que vuelve al Padre. Ha resistido. Con maestría, Lucas dibuja las tentaciones en la cruz. Los jefes del pueblo lo desafían a salvarse a sí mismo si, en verdad, es el Mesías. Luego lo hacen los soldados, recalcando su condición de rey de los judíos. Finalmente lo hace uno de los malhechores crucificados, de nuevo insistiendo sobre su mesianismo. Las tres tentaciones coinciden con la escena inicial de las tentaciones en el desierto (cf. Lc. 4, 1-13). Aquella vez, el autor aclaró que el demonio se alejó hasta el momento oportuno. ¿Habría momento más oportuno que la cruz? ¿Habría mejor momento para truncar el proyecto del Reino que atacar al ser humano frente a la posibilidad máxima del egoísmo? Salvarse a uno mismo, esa es la gran tentación; pensar en yo sin nosotros. En el desierto, en definitiva, la tentación era la misma. Convertir las piedras en pan para saciar el hambre inmediato personal, adorar a las fuerzas del mal para tener poder, pedir a Dios un milagro caprichoso para uno mismo. Ser Mesías hacia adentro, olvidándose del pueblo, de los demás, del otro, del prójimo. Ese es el grito del demonio en la cruz: “Sálvate a ti mismo”. Se lo dicen los jefes del pueblo, se lo dicen los soldados y se lo dice uno de los malhechores. Que se olvide de los demás, que tire por la borda toda la vida entregada entre los marginales. Hay una salida egoísta: que la use.

Pero la paradoja del Evangelio es gigante. Ante el pedido de que se salve a sí mismo, Jesús salva a otro, al malhechor que le pide que se acuerde de él cuando venga con su Reino. Nada dice el autor sobre arrepentimiento; incluso deja que el malhechor exprese una tergiversada visión de la crucifixión, justificada en sus malos actos. El malhechor considera correcto y justo pagar las culpas en la cruz; no sabemos si se arrepiente; sí sabemos que ha descubierto la injusticia cometida contra Jesús. Esa es la verdadera revelación. Pudo ver injusticia ejecutándose, y pudo reconocer que no estaba bien que sucediese. Ha desenmascarado el sistema perverso del mundo, donde sufren los que no deberían sufrir, y ese sufrimiento sólo se explica desde la injusticia. Por eso le pide a Jesús que lo recuerde cuando vuelva con su Reino, porque el Reino traerá la justicia social, la verdad, la libertad. El Reino es la corrección de esa perversidad donde sufren los inocentes. De ese Reino quiere formar parte el malhechor. Y Jesús duplica la apuesta del malhechor. No hace falta esperar a un futuro para que se acuerde de él en el Reino. Hoy mismo estará en el Paraíso con el Señor. Esta promesa/cumplimiento debe ser entendida parte por parte y, en lo posible, desde su traducción más literal: “De cierto te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso”:

a) De cierto te digo: esta expresión abre frases de Jesús en Lc. 4, 24 (ningún profeta es bien recibido en su tierra); Lc. 11, 51 (a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre derramada en la historia); Lc. 12, 37 (el señor recogerá su propia túnica y servirá a los servidores que estuvieron velando por él); Lc. 13, 35 (no verán más a Jesús hasta que lo vean volver entre alabanzas); Lc. 18, 17 (el que no recibe el Reino como un niño no puede entrar en él); Lc. 18, 29 (el que deja todo el Reino recibirá mucho más); Lc. 21, 32 (no pasará esta generación hasta que se cumpla la cercanía del Reino de Dios). En general, se trata de frases escatológicas relacionadas con el Reino. Lo que viene a continuación de la expresión es una aseveración de profeta apocalíptico que entiende la escatología como un presente y no como un futuro. Es esta generación, es el Reino que se cumple ahora, es el hoy de la salvación.

b) Hoy: en Lucas hay un hoy salvífico. A los pastores se les anuncia que hoy ha nacido el Salvador (cf. Lc. 2, 11), Jesús asegura en la sinagoga que las palabras de Isaías sobre el ungido de Dios (cf. Lc. 4, 17-19) se cumplen hoy (cf. Lc. 4, 21), tras la curación del paralítico la gente dice que ha visto cosas increíbles hoy (cf. Lc. 5, 26), Zaqueo debe bajar porque hoy se aloja el Maestro en su casa (cf. Lc. 19, 5) y hoy llega la salvación a esa misma casa (cf. Lc. 19, 9). El Reino es inmediato, no puede demorarse, no puede ser un apocalipsis del futuro. Con Jesús resucitado, como ya lo sabe el autor, hay un presente continuo de su presencia. Siempre es hoy, es ahora, es el Cristo, es Dios entre nosotros, es la salvación. El malhechor es rescatado hoy, ahora mismo, en este instante, porque Dios no puede actuar con demora.

c) Conmigo: la idea de la compañía de Jesús es la idea del discipulado. Los que están con Él son los que viven su vida íntima. Los que están con Él no están contra el Evangelio (cf. Lc. 11, 23). En el capítulo 15 del Evangelio, con las tres parábolas de la misericordia, el juego literario del conmigo expresa la comunión con el Dios que salva lo perdido. El pastor que pierde la oveja pide a los otros pastores: alégrense conmigo; lo mismo hace la mujer que encuentra la dracma con sus vecinas y amigas: alégrense conmigo; y el padre misericordioso dice al hijo mayor: tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Allí hay comunión, en la alegría y en la vida compartida. Esa comunión es un grado tan íntimo de unión, que parece inquebrantable. Jesús puede decir a sus discípulos: “Ustedes son los que han permanecido conmigo en las pruebas, por eso yo les asigno un reino, como mi Padre me lo asignó” (Lc. 22, 28-29).

d) En el Paraíso: paradeisos es una palabra de origen oriental que denota, generalmente, los jardines y parques de los palacios. Para la tradición bíblica el modelo es el Edén, el hermoso jardín inicial de felicidad plena, hacia donde tendería la historia. Al final, el Edén sería restituido y vivirían los justos en la presencia de Dios, reparando la historia de Adán y Eva. Para el malhechor, la promesa es que no debe esperar un final lejano, sino que hoy mismo entrará al jardín del palacio de Dios. Hoy mismo se encontrará en un estado de plenitud junto a Jesús. La plenitud, supuestamente reservada a los justos y puritanos, es regalada a un crucificado, a un malhechor, a un marginal.

El malhechor es el único, en toda la obra lucana, que se dirige a Jesús simplemente con su nombre de pila. Todos lo llaman con algún título (Señor, Hijo de David, Maestro) o con el nombre más alguno de los títulos. Sin embargo, en la cruz, es solamente Jesús. Y en la cruz, maravillosamente, es el rey del universo. No hay una explicación satisfactoria más allá del mesianismo bien entendido. Lucas ha dejado en claro que no ha venido para sanos ni para justos, que ha traído liberación a los cautivos, Buena Noticia a los pobres, que come con publicanos y pecadores, que se deja tocar por las prostitutas.

Éste es nuestro rey. Si queremos ser sus súbditos, entonces tenemos que reproducir sus normas de vida. Si pretendemos que nuestras comunidades sean su casa, tendremos que dejar entrar a los malhechores, a las prostitutas, a los pobres, a los que están al margen. De lo contrario, podemos seguir celebrando la festividad de Cristo Rey como en la Edad Media, imaginando un Cristo revestido de oro que se sienta en un trono al que sólo acceden los buenos cristianos. Lamentablemente, en el pasaje litúrgico de hoy, no hay buenos cristianos, sino malhechores.