Posts etiquetados como ‘pedro’

Credo del crucificado / Vigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Jn. 6, 60-69 / 26.08.12

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”.

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen”. En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. (Jn. 6, 60-69)

El Hijo del Hombre elevado

Desde hace un mes, todos los domingos la liturgia católica ha estado siguiendo el capítulo 6 de Juan. El escándalo, a través de este capítulo, se fue haciendo cada vez más profundo, afectando con precisión a cada personaje, hasta afectar al círculo íntimo de Jesús. Así como los judíos murmuraban en el versículo 41, hoy lo hacen los discípulos, asombrados por la dureza del lenguaje, escandalizados. Jesús los interpela directamente, les refiere la figura del Hijo del Hombre que subirá donde estaba antes.

En el Evangelio según Juan es muy común encontrar la denominación Hijo del Hombre asociada a la elevación. En Jn. 1, 51, Jesús promete a sus primeros discípulos que verán cosas grandiosas, entre ellas, el cielo abierto y a los ángeles subir y bajar sobre el Hijo del Hombre. En el diálogo con Nicodemo del capítulo 3, se deja en claro que puede subir al cielo quien ha bajado del mismo, o sea, el Hijo del Hombre, quien a su vez, debe ser elevado (en la cruz) como la serpiente de bronce de Moisés (cf. Jn. 3, 13-14). En Jn. 8, 28 hay un dicho del Maestro asegurando que cuando el Hijo del Hombre sea levantado se sabrá que Él es el Yo Soy, y que es el único enviado del Padre. Finalmente, en el capítulo 12, la gente inquiere: “¿Cómo dices tú que es preciso que el Hijo del hombre sea elevado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?” (Jn. 12, 34).

La elevación del Hijo del Hombre es a veces su glorificación final y total, y otras veces es su crucifixión, su elevación en la cruz. Este juego literario, no es otra cosa que la manera artística utilizada por el autor para expresar su teología: la glorificación de Jesús se da en su muerte, Él es rey cuando su trono es la cruz, para ser elevado/glorificado debe ser elevado/crucificado. En esta línea, la interpelación del Maestro hacia sus discípulos en la perícopa de hoy, debe ser leída con esta doble perspectiva. Ahora se escandalizan por su duro lenguaje, pero ¿qué pasará cuando suceda la elevación, que es glorificación por la cruz?. En definitiva, ¿qué pasará cuando asuma la cruz como trono, cuando sea rey no a la manera de este mundo, cuando manifieste su Yo Soy (su condición divina) inmortal en la muerte?. Ese será el verdadero escándalo, el escándalo mayor.

La fe de los Doce

Como no podía suceder de otra manera, muchos discípulos terminan abandonando a Jesús; se vuelven atrás, regresan a las mismas cosas de antes, a la rutina, al devenir, al sinsentido, a las costumbres, a la tristeza. Se habían entusiasmado con el nuevo predicador, pero era demasiada la paradoja de la cruz que glorifica, de la carne que se entrega y debe ser comida, del Hijo del Hombre que es Dios.

El texto ahora se focaliza más aún en la intimidad de Jesús, y desde el grupo denominado los discípulos llegamos al grupo de los Doce. Esta es la primera vez que el Evangelio según Juan los nombra como tales. Y serán referidos una sola vez más, sobre el final, en Jn. 20, 24, cuando se especifique que el incrédulo Tomás, empecinado en ver para creer, es uno de los Doce. Inmediatamente a continuación del pasaje que leemos hoy, se encuentran dos versículos dedicados a Judas Iscariote, también identificado como uno de los Doce, el que lo iba a entregar. No es difícil apreciar que el grupo está ligado a las situaciones límites o críticas. Primero, cuando todos lo abandonan y se marchan, luego bajo la sombra de la traición del Iscariote, y finalmente en la incredulidad de Tomás.

Para el relato de Juan, en ocasiones importantísimas como la última cena y las apariciones del Resucitado, el grupo protagonista son los discípulos, en general, no los Doce (cf. Jn. 13, 5.22; Jn. 16, 7.29; Jn. 18, 1; Jn. 20, 18-20). Esto puede haber sucedido por una elaboración eclesiológica posterior. La comunidad joánica entiende que el discipulado es algo más extenso y menos reducido, y que no se pueden adjudicar ese título, o el título de Iglesia, solamente aquellos que denotan algún tipo de autoridad. La Iglesia es la comunidad, y por eso el grupo de los discípulos están en la última cena y en la resurrección, poseyendo la misma autoridad que los Doce. En los Evangelios Sinópticos son los Doce los testigos privilegiados, y por eso el fundamento de la tradición eclesial. Para Juan, el fundamento es la fe, y aquel que cree sin haber visto (cf. Jn. 20, 29). Esta eclesiología viene a explicar también la confesión de fe que hallamos en la perícopa de hoy en labios de Pedro; si los Doce no son más testigos que cualquier creyente/discípulo, entonces también se exige a los Doce que realicen el camino de la fe, como Tomás en el capítulo 20.

La fe de Simón Pedro

Simón Pedro expresará la fe propia y, en su nombre, la fe de los Doce. Se trata de una profesión que identifica en Jesús al único medio de salvación del ser humano, porque no hay otro a quien podamos acudir. Las únicas palabras de vida eterna provienen de Él, y por lo tanto, la máxima aspiración que es vivir, sólo puede ser saciada en el Cristo. Si queremos ser plenamente humanos, no podemos buscar la vida eterna fuera de Jesús. Él es el Santo de Dios. Algunos manuscritos conservan variantes diferentes de esta declaración, como por ejemplo, “tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. La idea del Santo de Dios puede relacionarse con el Sal. 71, 22, donde Dios es llamado el Santo de Israel. Lo santo/sagrado, qadosh en hebreo, puede interpretarse en un doble sentido: es santo lo no manipulable, el totalmente Otro, o sea, Dios; y es santo lo separado, lo totalmente segregado, o sea, Dios y lo que tiene que ver con Él.

En la primera acepción se resalta la no manipulación de Dios, identificándolo como Aquel que no puede reducirse a un objeto que hago y deshago, sino que se trata de una Persona, con plena libertad y, aún más, con la libertad que determina mi libertad propia. En la segunda acepción se resalta la diferencia entre Dios y las cosas de Dios respecto al mundo, entre lo inmaculado y aquello imperfecto, ayudando nuevamente a reconocer que lo divino es algo más grande y ante lo cual no puede existir otra actitud que la adoración. La identificación de Jesús como el Santo de Dios, siguiendo estas acepciones, ensalza su divinidad y al mismo tiempo su encarnación. Jesús es santo, es el totalmente Otro, es no manipulable, es Aquel de quien dependen todas las cosas, pero al mismo tiempo es hombre, es lo santo entre lo impuro, lo sagrado entre lo profano del mundo, en la tierra de Palestina, entre pecadores y paganos. Jesús es el Santo cercano, el Dios entre nosotros. Por eso la declaración de Simón Pedro es una profesión fortísima de fe, pues asegura creer y conocer, tener fe y saber, que Jesús, a pesar de estar en contacto con lo impuro, es Santo. Sólo la fe y el conocimiento como revelación de Dios pueden dar esa certeza imperceptible. Más adelante, recordando que la fe hace discípulos a todos, y no hay grupos de privilegio, será Marta, una mujer, quien completará esta confesión de fe petrina diciendo: “Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (Jn. 11, 27).

La fe nuestra

Todos estamos llamados a realizar el camino de la fe. La fe en Jesús es una fe/confianza, una fe/conocimiento, una fe/profundidad, una fe/gratuidad. Así como el cuerpo y sangre del Cristo se donan libremente para dar vida en libertad, de la misma manera se exige una fe que se done, que no espere remuneraciones, una fe de hijo y no una fe de esclavos. Porque la fe mágica lleva a la esclavitud. Es más fácil creer en el Hijo del Hombre si resulta ser un personaje que dispone tales o cuales leyes para cumplimentar y promete un paraíso a quien cumpla estrictamente; pero creerle al Hijo del Hombre elevado/crucificado, que desde la derrota de la cruz se proclama rey, o peor aún, que desde la muerte se declara Dios y Señor de la Vida, parece imposible; tanto como aceptar que el cuerpo y la sangre pueden darse libremente para la salvación de todos. Es una forma de mesianismo que el ser humano no acepta. Un mesianismo que sigue causando escozor en la actualidad, que asusta porque invita a una libertad inusual, una libertad que lleva a la entrega.

No es infrecuente encontrarse con situaciones donde se vive la fe mágicamente, con sinceridad y con verdadero apego de corazón, pero en espíritu de esclavitud. Situaciones donde prima la ley de retribución respecto a lo divino, donde abundan las promesas entendidas como método válido de negociación con Dios, donde la imagen del Padre es la del juez severísimo. Si la evangelización no puede ofrecerle a esa situación la Buena Noticia liberadora de la gratuidad y de la libertad, si no puede presentarle al Mesías que desde la cruz salva, si no puede dar testimonio del cuerpo y la sangre que se entregan por amor, entonces no está aportando nada. Aunque concientes de la dificultad que plantea esta fe, deberíamos estar seguros de que es una fe plenificadora. Para estas situaciones, un Dios encarnado o creer sin haber visto nada maravilloso, es una propuesta contraria a la tradición. El desafío de la evangelización será acompañar el proceso individual y el proceso de las comunidades para que lleguen a expresar en profundidad el núcleo del amor gratuito de Dios, que es Jesús encarnado, muerto y resucitado.

Larga vida a las mujeres / Decimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 5, 21-43 / 01.07.12

21 Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.

22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, 23 rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”. 24 Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

25 Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. 26 Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. 27 Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, 28 porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”. 29 Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 30 Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”. 31 Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”. 32 Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. 33 Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. 34 Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad”.

35 Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”. 36 Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que creas”. 37 Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, 38 fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. 39 Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. 40 Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. 41 La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!”. 42 En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, 43 y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer. (Mc. 5, 21-43)

21

Jesús vuelve del lado pagano del Mar de Galilea. Ha estado con el endemoniado geraseno y ahora regresa al lado palestino-judío. Ambas orillas están conectadas por el accionar de Jesús. Veremos que esta conexión es significativa en el capítulo 5 del libro, porque se abarca la liberación de los demonios paganos y del problema religioso judío. Tanto la curación del endemoniado como los dos milagros que sucederán a continuación pueden verse en un conjunto crítico hacia los grandes sistemas opresivos del tiempo de Jesús. El endemoniado geraseno ha sido liberado de un demonio militar-político (legión, ejército romano), mientras que las dos mujeres que protagonizan a continuación serán liberadas de la estructura religiosa que las margina.

La multitud que rodea a Jesús puede tener doble interpretación: como recurso literario del autor para luego remarcar el diálogo que sucede en la curación de la hemorroísa, o simplemente como una expresión más de la fama de Jesús que, hasta este punto, es indiscutible en la región de Galilea.

22

De entre la multitud aparece Jairo. Viene directo a Jesús. Eso no llama la atención, pero sí su condición de jefe de la sinagoga. En griego, la expresión que denomina su función es arkesynagogos, que podría traducirse como archisinagogo o arzo-sinagogo. Es un puesto de honor dentro de la estructura jerárquica sinagogal. Su función principal es guiar el orden de la celebración del culto, además de invitar a las personas a leer las Escrituras o a explicarlas. El cargo, se supone, se transmitía de padres a hijos, como un título de nobleza.

Pues bien, este hombre representante de un aspecto importantísimo del judaísmo, se hace presente ante Jesús y, no bastando eso, se arroja a sus pies. La escena es impactante. Todavía no sabemos por qué lo hace, pero entendemos que tiene que ser algo grande. Jesús ya ha expresado anteriormente su desilusión y sus críticas respecto a la sinagoga. Resulta extraño que un principal de la misma se postre ante Él.

El nombre de Jairo tiene tradición veterotestamentaria (cf. Nm. 32, 41; Dt. 3, 14; Jc. 10, 2) y significa Dios ilumina o Dios despierta. Es difícil encontrar un simbolismo del nombre que cuadre con la escena o que aporte algún elemento hermenéutico. La conservación del nombre puede responder a una transmisión continuada de un relato nacido en Palestina, lo que ubicaría el núcleo de este milagro entre los primeros textos de circulación cristiana. Seguramente, Marcos añadió y quitó elementos en su redacción, pero podemos estar ante un milagro contado y transmitido desde la primera hora.

23

Aquí aparece el motivo de fondo que moviliza a Jairo. Su hija está muriendo, está agónica. El archisinagogo acude a Jesús, quizás el crítico más famoso de la época contra la sinagoga, evidentemente porque la sinagoga no puede salvar a su hija. La desesperación de padre lo hace entrar en razones. Aparentemente, la sinagoga no está transmitiendo vida; al contrario, se está llevando la vida de su hija.

Pero está aquel profeta itinerante famoso que irradia una fuerza de vida descomunal. Él parece ser el único con posibilidades reales de devolverle el aliento a la niña. Ante el peligro de la muerte, Jairo deja de lado su estructura jerárquica y se pone a los pies de Jesús reconociendo su fuerza de vida. Le implora que le imponga las manos. El gesto es un gesto conocido de curación (cf. Mc. 6, 5; Mc. 7, 32; Mc. 8, 23).

Tenemos que detenernos en la manera cómo Jairo se refiere a su hija: thugatrion en griego. Es un diminutivo que traducimos como hijita. En otro contexto pasaría desapercibido como expresión familiar. Pero aquí, y lo develaremos más adelante, connota una minoría de edad de la niña que, más que biológica, es psicológica. Para los varones padres judíos, las hijas son su propiedad. Ellos deciden qué deben hacer y con quién deben casarse. Las hijas no son mujeres con plena libertad, sino extensiones de las decisiones de sus padres varones. Por eso no puede Jairo llamarla hija, sino que debe decirle hijita. Quizás, esta misma situación de opresión es la que está extinguiendo la vida de la niña. Ella no puede plenificarse, no puede tomar el control de su existencia, no puede proyectarse. Ella no puede vivir porque el padre es quien decide su vida.

24

Jesús acepta, implícitamente, el pedido de Jairo. Y salen para su casa. Este versículo, con la mención de la multitud, sirve de bisagra y conector para el milagro que involucra a la hemorroísa. Puede que previamente a Marcos ambos milagros ya circularan juntos con esta estructura, pero puede ser también que Marcos haya sido el artífice que los unió. En ese caso, este versículo sería propio de la redacción del autor, empeñado en crear una continuidad.

25

Entre la multitud, una mujer particular tomará el foco de atención. Es una mujer que padece de flujo de sangre, según la traducción más literal. Esto quiere decir que presenta sangrado menstrual fuera de los tiempos naturales y fisiológicos en los que debería presentarse la hemorragia normal de las mujeres fértiles. En términos médicos actuales podríamos hablar de hipermenorrea, metrorragia o polimenorrea. También en el contexto médico actual, estaríamos ante la necesidad de efectuar estudios diagnósticos. Pero en el contexto bíblico, la situación de la mujer se rige según el libro del Levítico.

Lv. 15, 19-33 reglamenta las leyes de pureza concernientes al flujo de sangre de las mujeres. Resumiendo, mientras dure su período menstrual, la mujer es impura, y convertirá en impuro todo aquello que ella toque, sea un objeto, sea un ser humano. La situación se agrava cuando existe sangrado fuera del período menstrual (como sucede con la mujer del Evangelio), pues la impureza se prolonga mientras exista el sangrado, y de la misma manera, todo lo que ella toque quedará impuro. O sea que, según esta legislación, la mujer del Evangelio debe vivir excluida, sin entrar en contacto con otros, sin poder participar del culto y utilizando objetos que sólo ella puede utilizar y nadie más. Es una mujer aislada, en soledad, marginada por la ley religiosa.

La gravedad está en los doce años que lleva en esta situación. Son doce años sin contacto humano real e íntimo, sin participación social, sin religión. Y en el mundo de Palestina de hace dos mil años, estar sin religión es estar sin cultura, sin nada, porque la religión lo es y lo abarca todo. Esta mujer entre la multitud está desesperada (como Jairo) y está violentando la ley del Levítico (como Jairo violenta la estructura sinagogal), apretujada entre la multitud, tocando a los demás que la rodean, contagiándoles su impureza. Pero resulta que este contagio es también simbólico-real. Los doce años de padecimiento remiten al número doce, número de los elegidos de Dios, como las doce tribus de Israel y los Doce de Jesús, testigos del nuevo Israel del Reino. La mujer que padece es el Israel que padece las leyes de pureza/impureza. Son leyes de muerte, de exclusión, de marginación, de separación. No son leyes de vida, sino agobiantes cargas que segregan y enferman. Esta mujer es una entre todo el Israel enfermo, y sobre todo entre el Israel que se cree puro con esas leyes, pero es impuro por naturaleza, por contrariar lo natural de la Creación. La hija de Jairo está agonizando por la sinagoga y esta mujer sufre por el Levítico; signos evidentes de que algo anda mal en este judaísmo.

26

La mención a los múltiples médicos consultados resaltará la acción milagrosa de Jesús. En realidad, sólo las personas de buen pasar económico podían visitar a los médicos, en un servicio que no era barato. Si la mujer consultó a varios, entonces era relativamente rica. Marcos remarca que se quedó sin bienes buscando una solución. Su riqueza no le ha valido para comprar la inclusión. Ha sido más fuerte su condición de mujer para excluirla que el dinero.

27

La fama de Jesús se ha expandido. La gente sabe que realiza milagros, curaciones y exorcismos. Y, en gran medida, esa es la razón principal por la que acuden a Él. En medio de la multitud, la mujer se le acerca por detrás, como en secreto, probablemente por la vergüenza que le genera su condición de hemorroísa. No quiere ser descubierta ni darse a conocer ni tener que dar explicaciones de su impureza. Así, en sigilo, toca el manto de Jesús. El manto, simbólicamente, representa a la persona misma. Tocar el manto es tocar a la persona; dejar el manto es dejarse a uno mismo; extender el manto en el piso para que otro pase es demostrar el sometimiento a ese que pasa. La mujer impura, entonces, ha tocado a Jesús, y según la leyes del Levítico, lo ha contagiado, lo ha vuelto impuro para el sistema religioso.

28

Este es un versículo explicativo de la acción de la mujer, donde Marcos narra el pensamiento de ella. La mujer cree que con sólo tocar el manto (sólo tocar a Jesús) la curación se hará efectiva. Esto es cierto y, de cierta manera, revela un tipo de fe que luego Jesús perfeccionará, obligándola a darse a conocer.

29

La mujer puede percibir, inmediatamente, que su hemorragia se ha acabado, que su fuente de sangre (según la traducción más literal) se ha secado (expresión inspirada en Lev. 12, 7). La percepción de la mujer se da a un nivel corporal. No necesita visitar a un médico ni a un sacerdote para que corrobore la curación. Ella lo sabe, lo siente en su corporeidad. La mujer, conectada con su cuerpo, puede apreciar que el mal en su interior ha desaparecido. Se inaugura una nueva relación con su cuerpo que deja de ser impuro para la religión. Esa nueva relación con su cuerpo es un conjunto de nuevas tramas sociales: puede reincorporarse a la vida cotidiana común, puede volver al culto, puede volver a tocar las cosas y tocar a los seres humanos.

Literalmente, se siente curada de su mastix, que puede traducirse como azote o plaga. Eso era para ella la hemorragia. El término está muy relacionado con aquellos castigos que vienen de Dios: el azote de Dios, las plagas de Dios. Ese es el problema de la opresión religiosa. La mujer creía que Dios la estaba azotando, la estaba castigando. Y Jesús, enviado de Dios, quita ese sufrimiento. Entonces, o Dios se contradice, o Dios no envía azotes a las personas.

30

El problema exegético de este versículo es la interpretación de la fuerza que sale de Jesús. A primera vista, esta expresión equipara el milagro y el accionar taumatúrgico de Jesús con el de cualquier milagrero itinerante de los relatos paganos: personas dotadas con una fuerza mágica particular que, con esa misma magia, obran maravillas, incluyendo curaciones.

En realidad, el término griego que está detrás de lo que traducimos por fuerza es dynamis. La dynamis es el poder o la capacidad potencial. Puede entenderse como una fuerza, pero de ninguna manera es en el contexto del Evangelio una fuerza física que irradia Jesús como una fuente energética en movimiento. En el Evangelio, la fuerza es un movimiento espiritual, una dinámica del Espíritu de Dios. Jesús tiene el Espíritu divino, y ese Espíritu actúa con un impulso de constante dinamismo: guía a Jesús, lo lleva a un lugar y a otro, lo conecta en oración con su Padre, le da la capacidad de obrar milagros. La dynamis de Jesús es su capacidad espiritual; esa es su fuerza.

La capacidad, la potencia espiritual de Jesús, le permite curar a la mujer hemorroísa, aún sin un contacto directo. Jesús no es una fuente de energía física, sino de flujo espiritual. Irradia vida mediante el Espíritu divino. La mujer se hizo receptora de esa vida irradiada y dejó que la dinámica del Espíritu de Dios la transformara (la sanara). Jesús sabe que ha irradiado vida de manera particular; no le han robado un milagro, como muchas veces se interpreta; sino que alguien se predispuso a receptar la dinámica del Espíritu. Por eso reconoce que el Espíritu obró algo. Varios de la multitud que acompañaba han tocado el manto, pero una mujer lo ha hecho desde la fe, con la intención precisa de beneficiarse de la vida espiritual. A ese hecho se refiere Jesús cuando pregunta quién le tocó el manto. ¿Quién se ha hecho depositario de la vida del Espíritu?

31

Los discípulos no han entendido el sentido de la pregunta de Jesús. Ellos piensan desde el alboroto de la multitud. Jesús piensa desde la individualidad de la mujer que ha dado un paso de fe.

32

Jesús sigue mirando para identificar a la mujer. La cuestión exegética, aquí, es congeniar esta desorientación que tiene el taumaturgo respecto a su capacidad de conocer los hechos y los pensamientos de los seres humanos, como ya la ha dejado en claro el autor en otros episodios. Si esa omnisciencia es propia del Hijo de Dios, ¿por qué no puede saber quién lo ha tocado? ¿por qué necesita que le identifiquen a la mujer?

La solución que algunos comentaristas han utilizado es la de suponer que Jesús sabe quién lo tocó, pero desea que la mujer salga a la luz social, se identifique públicamente, y puede superar, mediante la fe en su sanación, la barrera de marginación. Si ella se anima a confesar públicamente que era impura para la ley judía, entonces había completado en plenitud su curación, porque ya habría dejado de sentirse marginal ella misma.

Probablemente, en el fondo de la situación esté el sentido de que la mujer se revele sin miedos a la multitud. El tema de la omnisciencia de Jesús puede interpretarse como un atributo divino, pero también como una lectura que hace el hombre Jesús de lo que sucede. Él puede saber lo que sucede o lo que piensan ciertos grupos del estrato social, porque lee la realidad con calidad. En este caso concreto, parece más un artificio narrativo para llegar al descubrimiento de la mujer que un olvido del autor sobre la condición divina de Jesús.

33

El temor y el temblor de la mujer sostienen lo que venimos comentando. Es ella misma la que se cree marginal. Ha interiorizado el sistema de marginación y se ha declarado (se ha creído) fuera de la religión, fuera de Dios (castigada por Dios). Ese es el proceso nuclear que Jesús quiere revertir. De nada sirve secar su fuente de sangre si ella sigue sosteniendo la visión de un Yahvé vengativo y cruel que excomulga con enfermedades. La mujer estará salvada/curada cuando reconozca que ella no es marginal por naturaleza; los seres humanos y su religión humana la han puesto a un costado.

Arrojada a los pies de Jesús (como Jairo se arrojó al principio de esta doble perícopa), la mujer confiesa. Ella ha tocado el manto, ella quiere salir de su marginación, ella quiere volver a la vida y recuperar los lazos sociales. Ella quiere volver a creer en un Dios de amor. La mujer le dice a Jesús la verdad, su verdad, una verdad que es dolorosa. Este concepto es importantísimo. La verdad la tiene la hemorroísa, y no la proclama Jesús, como suele suceder en los relatos de estructura evangélica. La verdad la dice una sufriente, porque la verdad de la historia está en los que sufren. Ellos son capaces de transmitir la verdad, y transmitir la verdad de Dios. En su relato del miedo, de marginación y del deseo de tocar el manto para curarse, la mujer revela un núcleo de verdad universal: Dios quiere calmar el sufrimiento, Dios quiere sanar al herido, Dios quiere incluir al excluido. Esa es la verdad del sufriente.

34

La reivindicación de la mujer comienza con la primera palabra de la frase de Jesús: hija. Ella es hija de Israel, hija de Dios. Aunque su impureza menstrual quisiese demostrar lo contrario. Ella es hija a pesar de las reglas de la religión que la declaraba bastarda, castigada por Dios. La mujer debe pasar del Dios castigador al Dios Padre que la llama hija, legítima, reconocida, querida, cuidada. El mensaje que contiene Marcos en esta sencilla expresión es fundamental para su comunidad cristiana: los hijos de Dios exceden la religión. No se trata de que unos son hijos y otros no lo son por cuestiones religiosas, por maneras de celebrar la fe o por el apego a tales o cuales reglamentaciones de santidad/impureza. La condición de hijos de Dios es connatural al ser humano, y supera lo que puede llamarse judaísmo o cristianismo. Este es el puntapié para que la evangelización comience un nuevo paradigma: los misioneros no buscan convertir a no-hijos en hijos, sino que busca que los que ya son hijos (todos) se den cuenta de que lo son.

La expresión tu fe te ha salvado, complicada de entender en otros contextos, aquí parece más lógica. La mujer ha tenido la fe suficiente para creer que el contacto con Jesús la liberaría. Esa fe la ha salvado, pues le ha devuelto su inclusión social. En Jesús, la excluida puede volver a la vida. Su fe le ha mejorado su calidad de existencia. Es una fe con implicancias reales en su cotidianeidad, no una fe de rezo en la sinagoga y nada más. Para esta mujer, la fe es algo profundo, algo que cambia y que transforma. Por eso puede irse en paz después del encuentro con Jesús. Es la paz de saberse hijo de Dios, saberse amado, saberse un ser trascendental. Puede irse sin miedo y sin temblor, liberada, con nueva vida. No es la falsa paz del que nada le importa, del que le da lo mismo esto o aquello. Es la paz del amor degustado, de las cadenas de esclavitud rotas.

Ella ya está curada, pues la mujer ha sentido en su cuerpo que la fuente de sangre se secó, pero Jesús le repite que vaya, que se ha curado su enfermedad. Puede que la expresión se le haya quedado sin querer a Marcos en la redacción, o que la haya dejado para remarcar el esquema clásico de los relatos de curación, donde Jesús suele terminar con expresiones similares. Es una redundancia sobre lo que ya sabemos: la mujer se ha curado; y lo hizo antes de la palabra de Jesús. En este caso, no es la palabra lo que sana, sino el gesto del manto tocado con fe.

35

Este es el versículo que recupera el relato sobre la hija de Jairo. En medio, en la demora que causó la hemorroísa, la niña murió. Pasó de estar agonizando en el versículo 22 a estar muerta en el versículo 35. Jesús ha sido lento y ya no puede hacer más nada, según la opinión de los que vienen de la casa de Jairo. Ese debe ser el límite de Jesús: la muerte. Por eso le sugieren a Jairo que ya no moleste al Maestro. ¿Para qué molestarlo si no puede hacer nada contra la muerte? Ese es el drama de la situación. Este será un milagro que mostrará el poder de Jesús sobre la muerte.

¿Y sobre qué tipo de muerte, específicamente? Aquí juega un papel importante el simbolismo que encierra la hija del archi-sinagogo muerta. La sinagoga no ha podido salvarla, ha muerto en su seno. Es la hija de un santo, de un hombre religioso, pero la religión no la ha protegido. La institución se erige, así, como un instrumento que ahoga la vida. La niña, dispuesta a ingresar a la adultez femenina judía, parece rechazar esa obligación. Una institución religiosa que debería ser transmisora de vida, asume el rol contrario. En su anquilosamiento, en su rigidez, en su palabrería, en sus sombras, la sinagoga es una asesina de los jóvenes. El simbolismo es muy fuerte. Jairo, representante de esta sinagoga, llega a darse cuenta que su religión no sólo no puede hacer nada por su hija, sino que es la culpable de su muerte, y acude a un maestro itinerante mal visto por los ojos de varios.

36

Jesús no presta mucha atención a la desesperanza que caracteriza a la sinagoga. Para ellos, la muerte es el límite. Ya no se puede hacer más nada. El Maestro, en cambio, propone a Jairo creer sin miedo. ¿Creer en qué? Jesús no lo hace explícito. Puede ser creer en Él como enviado de la vida, como transmisor de la vida de Dios; puede ser creer en la vida misma como fuerza que se abre paso y trasciende; puede ser creer directamente en Yahvé, Dios oculto por la religión sinagogal, pero igualmente presente; puede ser creer en la esperanza, en el futuro; puede ser creer en el Reino de Dios como manifestación concreta que mejora la calidad de vida de las personas. Jesús no explicita el objeto de la fe, pero parece quedar en claro, por el contexto, que la conexión es entre fe y vida.

Por eso invita a no tener miedo. La hemorroísa tenía miedo de lo que había hecho, Jairo tiene miedo de que su situación no halle remedio. Son miedos contrarios a la fe. Jesús no desarrolla un tratado teológico sobre la fe, pero sin dudas la opone al temor y, en base a esa oposición, hace de la fe una fuerza poderosa, dinámica, transformadora. En el miedo se paralizan las personas, pero en la fe se ponen en movimiento y se proyectan. No puede haber vida sin fe, así como no puede haber vida plena donde hay miedo.

Este par de opuestos cobra significado en la comunidad de Marcos en cuanto el miedo a morir (por la cruz, por las persecuciones, por los enfrentamientos judíos-romanos) siempre está acechando para llevarse por delante la fe en el Evangelio. Los cristianos sumergidos en tiempos de tribulación, más que cualquier otro, están instados a proyectarse por la fe, a sostenerse por la fe, a afrontar la cruz con la fe. El cristianismo no puede ser como la religión sinagogal, emplazada sobre el miedo a trasgredir tal o cual norma, porque entonces reproduciría un esquema de opresión propio de las religiones que matan o de los imperios que matan. Los cristianos no deben vivir desde el miedo de la hemorroísa ni desde la desesperanza de Jairo.

37

La selección de estos tres discípulos en el Evangelio según Marcos es particular. Los tres acompañan a Jesús, en privado, en escenas características: en la oración agónica de Getsemaní (cf. Mc. 14, 33); aquí con la hija muerta de Jairo; en la transfiguración (cf. Mc. 9, 2); y en el discurso escatológico (con Andrés como agregado, cf. Mc. 13, 3). A primera impresión, la selección parece ser una predilección de Jesús por estos amigos en particular. Los deja estar con Él en situaciones de revelación que tienen que ver con la muerte/vida. Getsemaní es Jesús muriendo, agonizando, al borde de la desesperación, aparentemente abandonado por Dios; la hija de Jairo está muerta y Jesús dice que puede levantarla; la transfiguración revela lo esplendoroso del Hijo de Hombre que camina a la crucifixión; y el discurso escatológico del capítulo 13 narra las penurias, tribulaciones y muerte que le esperan al mundo y a la historia para parir una nueva era.

Pero esta aparente predilección, también puede entenderse de manera contraria. Quizás, Jesús lleva a estos tres discípulos a estas situaciones porque son los peores aprendices, los que más dificultades tienen para comprender que la vida de Dios es más fuerte y distinta que la muerte. Estas serían enseñanzas intensivas que el resto de los discípulos no necesitan. Baste mencionar que Pedro tendrá tendencia a entender el mesianismo en clave triunfalista (cf. Mc. 8, 31-33), y que Santiago y Juan lo entenderán en tono militar-imperial (cf. Mc. 10, 35-37). Los tres parecen estar lejos del Reino de Dios que predica Jesús. Mientras que para ellos tiene que ver con derrotar a Roma y tomar el trono de Israel; para Jesús tiene que ver con la vida plena comunicada a los marginados.

Quizás, la base del recuerdo tomado por Marcos sea una predilección del Jesús histórico por Pedro, Santiago y Juan, pero el autor la ha reformulado. A través de sus experiencias en intimidad con el Maestro se revela la profanidad del binomio muerte/vida. Y si bien ellos no lo entienden por completo, el lector/oyente puede hacer el recorrido junto a ellos para descubrir que el Reino de Dios tiene una potencia de vida distinta a la que dimensionamos desde lo militar, desde lo triunfalista y desde lo imperial-político.

38

El alboroto, los llantos y los gritos son elementos característicos de un velatorio y un entierro judíos. En muchas familias que sufrían la pérdida de un integrante, se contrataban lloronas para que acompañaran todo el proceso. Y hasta había lloronas que lo hacían sin cobrar, como parte de una obligación de tipo moral. No se puede enterrar a un muerto sin llorarlo.

39

La referencia de Jesús a que la niña duerme es complicada. Metafóricamente, morir es dormir, y no resulta extraño que sea una manera sutil de decirlo. Pero también es una expresión del control que tiene Jesús sobre la situación (y sobre la muerte). Se trata de un sueño, no del final de la historia. Cuando soñamos, cuando dormimos, podemos despertar, y la vida puede continuar. La muerte no es lo definitivo, sino que se trata de una situación que puede tener continuación. Así lo entiende Jesús. Es como dormirse, pero no para siempre, sino para despertar. Recordemos que despertar de los muertos es una expresión típica del cristianismo primitivo para designar la resurrección.

40

La gente se burla de Jesús. La muerte es la muerte; allí termina todo. Es la visión de los que no tienen fe, los que están acostumbrados a sobrevivir entre estructuras de opresión. La muerte ni siquiera es considerada una salvación, una escapatoria, sino como un final inexorable donde se agota la existencia.

Jesús va a revertir la muerte, pero no lo hará solo. A manera de ritual, ingresa a la habitación donde está el cadáver acompañado de los padres de la niña y de los tres discípulos. Han formado una comunidad en torno a la muerta. Es un germen de Iglesia. Lo que sucederá será un hecho comunitario, un hecho familiar.

Dentro de una casa expresará, nuevamente Marcos, su modelo eclesiológico. La Iglesia debe ser una familia transmisora de vida, una familia donde las mujeres recuperen su existencia plenificada, donde los jóvenes no elijan morir para no soportar el peso de la religión; al contrario, la religión debería ser el estímulo para que los jóvenes asuman su rol con gozo. La situación es muy distinta a la sinagoga. Jairo está acostumbrado a dirigir el culto y ser el centro de atención, pero aquí el centro está en la que sufre, y Jairo es un participante más, un miembro más de la comunidad de vida. A su lado está su esposa, que en la sinagoga no es nadie. Y hay tres desconocidos que, a partir de aquí, son sus hermanos, porque compartirán una experiencia vital.

41

Las acciones de Jesús recuerdan mucho lo que sucedió con la suegra de Simón (cf. Mc. 1, 31): tomó de la mano a la postrada y la levantó. El simbolismo cristiano es patente: la imagen es de resurrección (en ambos casos). El verbo egeire (levantar en griego) se utiliza para describir el levantamiento de entre los muertos de Jesús (cf. Mc. 16, 6). De la misma manera, la niña durmiente debe levantarse a la vida.

Marcos ha conservado una expresión en arameo para poner en labios de Jesús. Esto puede ser indicativo de lo primigenio del relato, capaz de remontarse a Palestina y a los primeros años del cristianismo. La utilización de una lengua que no todos entienden (en este caso, que no entienden los lectores/oyentes de Marcos) le da a la escena un sentido ritual particular. Si bien luego se traduce, el momento de la pronunciación parece mágico, solemne. Talitha significa, en arameo, muchacha; y cumi significa levantarse. Marcos, al explicar en griego el significado, utiliza la palabra korasion para referirse a la muchacha. Korasion es un diminutivo de kore (niña) que sólo se utiliza en ambientes familiares. Y así parece ser esta escena de símbolo pascual: un ambiente familiar-eclesial que comunica vida.

Un dato importante es que la muchacha muerta está impura, porque es un cadáver, y los cadáveres transmiten impureza. Jesús, al tocarla tomándola de la mano, se vuelve impuro, según Nm. 19, 11: “El que toque un muerto, cualquier cadáver humano, será impuro siete días”. Esto es llamativo porque estamos ante la presencia del archi-sinagogo. La sinagoga condenaría esta situación de tanta impureza, pero Jairo parece haber entendido que lo primordial es la vida, antes que cualquier legislación religiosa. Importa infinitamente más que su hija recupere la vida antes que condenar a Jesús por impuro.

42

El dato clave son los doce años de la niña. En Palestina, según la edad de la mujer, se la consideraba menor (hasta los doce años), joven (desde los doce hasta los doce años y medio), y mayor (más de doce años y medio). Hasta los doce años y medio la mujer pertenece al padre; él decide cómo dispone de ella y con quién la casa, inclusive a quién decide venderla, si fuese el caso. Lo clásico era arreglar el matrimonio entre los doce y los doce años y medio.

Pues bien, esta muchacha del Evangelio acaba de entrar en la edad donde debe ser arreglado su matrimonio. Es, quizás, la edad en que más se nota su existencia como objeto. Otro decidirá con quién comparte el resto de su vida. Otro la venderá elegantemente a un varón que dispondrá de ella. Dejará de ser propiedad del padre para ser propiedad de su esposo. Entender esto es básico para entender la muerte de la joven. Ha muerto porque el peso de la sinagoga y de su ser mujer en este judaísmo la ha matado. Es un objeto, un bien de cambio. No tiene valor por sí misma. ¿Para qué vivir así? La opción más clara en el horizonte es morir. Estos doce años la conectan con los doce años de sufrimiento de la hemorroísa. Son mujeres, marginadas, oprimidas por las leyes religiosas, impuras a su manera (por el sangrado y por ser cadáver).

Las acciones de Jesús, para ambas, significan un salto de calidad enorme en la época en la que estamos hablando. Hay una reivindicación de la mujer en estos relatos que supera cualquier expectativa. Y una reivindicación que deja al descubierto la función destructiva de la religión, colaboradora de la opresión de las mujeres. En el cristianismo no puede repetirse ese esquema. Es un esquema de muerte, una estructura de ahogamiento que produce muerte. Jesús quiere que las mujeres vivan, y que vivan plenamente, en el seno de la Iglesia, liberadas, con poder para decidir sobre ellas mismas.

43

Reaparece el tema del secreto mesiánico de Marcos. Nadie se debe enterar de lo que sucedió en el seno de la casa de Jairo. La niña ya está bien, está viva. Estaba durmiendo. Así deben quedar los comentarios. Nada nos dice el narrador de lo que sucede cuando salen de la habitación y se encuentran con los asistentes al velorio y las lloronas. ¿Qué explicación les dan? Estaban velando a la niña y ésta sale caminando de allí. Los hechos hablan por sí mismos.

Jesús manda que alimenten a la niña. Dos explicaciones surgen sobre esta orden. La primera es de tipo psicológico, interpretando la depresión de la joven de doce años que se descubre objeto de los varones y del sistema. Había dejado de comer (¿anorexia nerviosa?) y se había dejado morir. Jesús manda que la alimenten porque ya no hay motivo de depresión; esta familia debe inaugurar nuevos modelos de relación, ya no desde la supervisión y dirección del padre varón archi-sinagogos, sino desde la comunión de iguales. La otra interpretación tiene que ver con el clásico tópico del cristianismo que relaciona las comidas con la resurrección. La niña vuelta a la vida comparte la comida con su familia, en señal de banquete festivo, como lo hace la Iglesia que come Eucaristía celebrando la vida que vence a la muerte.

De la muerte a la vida / Domingo de Pascua – Ciclo B – Mc. 16, 1-8 / 08.04.12

1 Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús.

2 A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro. 3 Y decían entre ellas: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”. 4 Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande. 5 Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, 6 pero él les dijo: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. 7 Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho”.

8 Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo. (Mc. 16, 1-8)

1

Ya ha pasado el sábado. Esto significa que ha quedado atrás un estandarte del judaísmo, una institución simbólica de la alianza israelita. El sábado pasado es el sábado superado. Como ya no cuentan las prescripciones propias de este día, que indican reducir los trabajos al mínimo y caminar sólo una cantidad de metros preestablecida, las mujeres pueden salir a comprar perfumes para la unción del cadáver. Poco sabemos si existía una prohibición expresa, o no, para comprar perfumes en sábado. Sí entendemos que Marcos prefiere dejar pasar el tiempo teológico. En sábado estamos bajo el dominio del Templo de Jerusalén y de las sinagogas de Palestina. Estos son los poderes opuestos al Evangelio del Reino de Jesús. El sábado ha ido evolucionando hacia una maquinaria opresiva para el ser humano, en lugar de significar la liberación de las esclavitudes del trabajo, el cansancio y el sufrimiento. El sábado no es tanto representación del judaísmo como de la perversión religiosa, que termina oponiéndose al ser humano, en lugar de ayudarlo.

Por eso hay que esperar a que pase el sábado. Vamos a entrar al dominio de Dios, al espacio del Evangelio, al tiempo del Reino. Aquí ya no reina el sábado pervertido, sino el domingo de resurrección. Tres mujeres son las que se animan a acercarse al sepulcro, trofeo de la muerte. Ni uno de los discípulos varones ha quedado en pie, firme hasta el final. Son estas tres mujeres, las mismas de Mc. 15, 40.47, las que han permanecido. Han mirado la cruz de cerca y han mirado la sepultura de cerca. Ahora les toca, por su fidelidad, por permanecer en el momento duro del martirio, mirar cara a cara la tumba vacía. Son mujeres galileas que han subido a Jerusalén con Jesús como discípulas (cf. Mc. 15, 41). Por su perseverancia en el camino del discipulado, se ven recompensadas con el testimonio de la muerte vencida. Por hacerle frente a la muerte, pueden hacerle frente a la vida nueva. Sin embargo, no son ellas mismas las que entienden por completo que se encontrarán con vida, en lugar de muerte. Su misión, en esa madrugada, parece ser la de ungir un cadáver, no ir a esperar la resurrección. Siguen pensando en la clave hermenéutica de la muerte.

La unción que quieren realizar está conectada con la unción en la casa de Betania (cf. Mc. 14, 3). Aquí nos da el autor del Evangelio una pista para relacionar aquellos acontecimientos de apertura a la pasión con estos que son la finalización de la misma. Las coincidencias están, en primer lugar, en las mujeres. Son ellas y no los varones las que ungen a su Maestro derramando vida cuando reina la muerte. Son las que están más cercanas a entender, con sus gestos, la verdadera dimensión de Jesús, de su camino y de su cruz. Raramente los judíos ungían cadáveres, y más raramente lo hacían con mezcla de aromas, excepto que se tratase de un rey (cf. 2Cron. 16, 14). Esto nos revela que las mujeres, en cierto sentido, reconocen una especie de reinado de Jesús. Quieren darle los honores correspondientes. Aquella mujer de Betania lo hace en el contexto de una comida del Reino, un banquete de iguales, con el recordatorio de los pobres y de la misión que se le encarga a la Iglesia. Estas mujeres del sepulcro lo hacen en el contexto de la vida ya entregada por el Reino, con el pan ya partido, y posteriormente, también en la línea de la misión eclesial.

El otro juego hermenéutico está en la clave de lectura muerte-vida. La mujer de Betania unge a un vivo para la muerte, según la interpretación del mismo Jesús. Estas mujeres quieren ungir a un muerto, y resultará que está vivo. Esta bisagra del morir y del vivir destruye concepciones religiosas y humanas que entienden la muerte como final definitivo, como último paso. Hay una conexión mayor, un continuo de vivir-morir-vivir. Y aún sin importar el orden, la clave real de lectura es que la vida supera a la muerte en el plan del Reino de Dios, inclusive si hubiese que pasar por la muerte primero. Este es un llamado de atención para el martirio, para los mártires de la comunidad de Marcos. No se debe morir creyendo que todo acaba, ni tampoco creer que la muerte sea la solución para pasar inmediatamente a la otra vida. Este continuo de vida-muerte-vida es un continuo con significado profundo en cada de una de sus partes. Es significativa la vida regalada como don, y debe vivirse como tal; es significativa la muerte, dolorosa e inescrutable, pero que no podemos evadir y nos obliga a afrontarla; es significativa la vida nueva, definitiva, plena. Hay un sentido profundo en cada etapa que no podemos interpretar por separado. La existencia involucra la vida en esta tierra, la muerte y la continuación de la vida en plenitud. Es un todo. Los mártires verdaderos no piensan sólo en la vida después de la muerte, como premio o recompensa, sino que han entendido su existencia completa como un martirio, como un camino de testimonio del Reino de Dios, y han vivido su vida plenamente, han muerto firmes en su convicción, y resucitan en plenitud.

2

Las referencias temporales de este versículo encierran un dualismo de luz y tinieblas. Muy de madrugada es un artificio literario para designar el amanecer, cuando se asoman los primeros rayos de sol que espantan la noche oscura. Las mujeres van al sepulcro y se encontrarán con una noticia luminosa que destruirá las tinieblas de la muerte. La luz se impone en el sepulcro, supuestamente cerrado y oscuro.

Además, es el primer día de la semana, marcando así, aparte del domingo como día de celebración cristiana, las primicias. Lo primero es lo de Dios o lo que se reserva a Dios: las primicias de las cosechas, los primogénitos del ganado, los primogénitos de los humanos. Lo que viene o llega primero tiene la impronta de lo novedoso, y por lo tanto, la impronta divina. Así es que la resurrección, vida nueva, tiene lugar el primer día, que no sólo es el primer día semanal, sino el primer día del final de los tiempos, el primer día del universo renovado, el primer día de la nueva historia.

3

Al parecer, en el apuro y la angustia por ir a embalsamar el cuerpo, no pensaron en las contingencias, o no consiguieron que ningún varón las acompañe. Lo cierto es que la piedra era muy grande, ya que los sepulcros estaban excavados en rocas. Ellas están preocupadas por la imposibilidad de correrla con sus fuerzas. Más que el contraste sobre la piedra, lo que hay detrás, para los oyentes/lectores de Marcos, es una discusión sobre la resurrección, de la cual la piedra corrida será símbolo.

4

Al llegar, descubren que la piedra está retirada, ya movida. Aquello que se preguntaban en el camino y que veían como algo inverosímil, ya está hecho realidad de antemano. Lo que el ser humano no puede hacer, Dios lo hace. Las mujeres (y los cristianos de la comunidad de Marcos) podrían preguntarse, en realidad, quién resucitaría a Jesús, según lo que Él había profetizado sobre sí mismo; al llegar a la tumba, encuentran que Dios ya lo ha resucitado, respondiendo a su inquietud. La piedra muy grande es un obstáculo insalvable para las mujeres, pero la fuerza que viene de lo alto no ve en la piedra un impedimento, sino la vía de realización de la pascua.

5

El sepulcro está vacío de Jesús. Quizás, la secuencia lógica o esperable al ingreso de las mujeres a la tumba hubiese sido el encuentro con un Resucitado glorioso, vital, visible. Pero no. Hay allí un joven. Cualquier esfuerzo de exégesis por identificar en este joven a Jesús resucitado es insostenible. No se trata de Jesús. El joven es otro ser u otro símbolo, relacionado a la pascua y a la resurrección, por supuesto, pero no se trata de una imagen específica del Resucitado. Tres características lo describen: es joven, está sentado a la derecha y viste de blanco.

Su juventud, en término griego: neaniskos, se puede relacionar con el joven (también denominado neaniskos) que huye desnudo de Getsemaní la noche del prendimiento (cf. Mc. 14, 51-52). Esto no quiere decir que se trate de la misma persona o del mismo ser, sino que hay una vinculación desde lo simbólico. El prendimiento que terminará en la cruz se relaciona a la tumba vacía; la huida de todos los varones es el contrapunto de la permanencia de las mujeres en la hora de la muerte; la desnudez/vergüenza del joven que huye es repuesta con el vestido/gracia de la resurrección; el signo del abandono que representa el joven de Getsemaní es lo opuesto al signo de la presencia divina en el sepulcro vacío. Ambos jóvenes son personajes misteriosos, pero fácilmente se pueden asociar a lo que sucede alrededor.

La denominación joven no es extraña para referirse a ángeles, a enviados de la divinidad (cf. 2Mac. 3, 26.33). Esto se correlaciona con la ubicación a la derecha, sentado, recordando la posición del Hijo del Hombre cuando vendrá en su gloria, según palabras de Jesús en Mc. 14, 62. Y la túnica blanca también es propia de los seres que se encuentran en la esfera de lo divino, en un contacto íntimo con Dios. De esta manera, el joven de la tumba vacía queda sobreentendido como una visión de un aspecto de Dios: en este caso, de la resurrección obrada por Dios. La tumba está vacía, pero hay señales de lo divino, de algo que ocurrió por la mano de Yahvé. Es difícil de explicar lo que sucedió verdaderamente, pero sin dudas hay rastros de lo celestial. Por eso las mujeres quedan asombradas y sorprendidas.

6

Las palabras del joven son el centro de toda la escena. Y podrían ser el centro de la experiencia cristiana narrada por Marcos. Aquí se resume el sentido de la persona de Jesús que quiere transmitir el autor y, por lo tanto, la clave para entender el Evangelio.

Las palabras se inauguran con el llamado a no temer. Este pedido de superar el miedo es fundamental en la experiencia cristológica. No se debería tener miedo de las cosas que vienen de Dios, porque justamente, lo que viene de Dios es para nuestro bien. Sin embargo, el ser humano tiembla ante lo que resulta incomprensible o desconocido. El Evangelio insiste en la necesidad de no temer. El miedo se opone a la fe, y la tumba vacía exige, por sobre todo, fe. Fe como fidelidad a la experiencia de Jesús. Permanecer a pesar de la cruz y permanecer a pesar de encontrar una tumba vacía, sin cuerpo, sin Resucitado palpable. El miedo paraliza. El miedo interrumpe la evangelización. Los lectores/oyentes de Marcos lo saben. Cuando hay miedo por la cruz que se avecina, por la persecución, porque los que se oponen al Reino tienen más poder y más control, el cristianismo encuentra como salida el repliegue temeroso, volver sobre los pasos a la oscuridad, callar. Para la comunidad de Marcos son tiempos de miedo, a pesar de la tumba vacía y de la fe en la resurrección. Hay miedo hacia dentro, hacia los hermanos que pueden traicionar, y hay miedo hacia fuera, hacia el martirio. Y sin embargo, el joven dice que no se debe temer.

Parte del miedo surge de la falsa búsqueda. Las mujeres fueron buscando a Jesús el Crucificado; fueron buscando a un muerto, un cadáver. Y se han dado con que no hay muerto. Ahora hay resurrección. De una mirada de muerte, las mujeres tienen que pasar a una mirada de vida. El Crucificado es el Resucitado. Es ese Jesús de Nazaret, oriundo de Galilea, profeta itinerante, taumaturgo, predicador del Reino de Dios, maestro, hermano, amigo, hijo, artesano manual. Es ese mismo que murió en la cruz y ahora ha dejado una tumba vacía por la resurrección. El muerto buscado es el vivo inesperado. Es importante esta identificación que no separa al Jesús crucificado, fracasado, abandonado, del Jesús resucitado, glorioso, vencedor. Es el mismo, la misma persona, el mismo Hijo de Dios, el mismo Hijo del Hombre. Ante el peligro de separar lo mundano de lo celestial, Jesús se encarna, muere y resucita, rompiendo para siempre la barrera de lo divino y lo humano. Pero rompiendo, también, la barrera de la historia de los hombres y la historia de la salvación. El inocente crucificado por un sistema opresor, por intereses religiosos y políticos, por una historia corrupta, es el resucitado de la pascua definitiva, la luz que ilumina todas las vidas.

Con Jesús de Nazaret al centro, la historia no es una sucesión de acontecimientos sin sentido, sino el medio de revelación de Dios que quiere concretar su proyecto universal de amor. La invitación del joven a las mujeres, a mirar el lugar donde había sido puesto el cadáver, es la invitación a mirar un espacio vacío, y reconocer en esa ausencia la resurrección, o sea, creer sin la aparición del Resucitado. El ejemplo de este tipo de fe exigida por el joven la ha plasmado Marcos en el centurión al pie de la cruz, que llega a expresar: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc. 15, 39b). Es la cruz (el Crucificado) lo que le ha dado fe, antes siquiera de la resurrección. Las mujeres son invitadas al mismo salto de calidad, a creer mirando un sepulcro vacío. Miren donde lo han puesto, muerto, para creer que ya no está, y por lo tanto vive. Miren que su búsqueda de un cadáver es una búsqueda vana, porque deben dejar de ir detrás de la muerte para ir detrás de la vida. Esa es una búsqueda valedera, una búsqueda con sentido. Es hacer como Dios: cambiar la muerte por vida.

7

El mensaje ya está anunciado: el Crucificado ha resucitado. Ahora es menester expandirlo. El primer paso para ello es volver a unir a los discípulos dispersados por la pasión y la cruz; dispersados por la muerte. Tienen que resucitar, de alguna manera, ellos también. Tienen que reunirse llamados por la vida los que han sido asustados por la muerte. Se presupone que continúan en Jerusalén, asustados y ocultos, y por eso la orden es ir a Galilea. Jesús ya lo había profetizado (cf. Mc. 14, 28). Allí, en Galilea, verán al Resucitado. Y la vida nueva los inundará para devolverles la fe, por mera gracia. Ellos han abandonado a su Maestro (Pedro y los demás discípulos), sin embargo son llamados por el mismo Maestro, no por sus méritos, sino por gracia. El discipulado se continúa a pesar de las traiciones y el abandono. Marcos no dice nada de la suerte de Judas. Podría estar incluido en este llamado del Resucitado, podría recibir nuevamente la vocación a ser discípulo. La Pascua ha obrado un cambio rotundo en el universo, y un cambio que ofrece vida a todos.

Las mujeres se han convertido en depositarias primeras del anuncio pascual. No es Pedro ni los discípulos varones los que escuchan y palpan de primera mano el hecho de la resurrección. Son las mujeres del pie de la cruz. Su testimonio es muy poco válido para la cultura judía: son mujeres, hablan de una resurrección de los muertos, y se trata de un ajusticiado en cruz, un maldito. Es un mensaje imposible. Estas mujeres pueden ser, a mediano plazo, los cristianos de la comunidad de Marcos: pequeños misioneros en un mundo imperial, hablando de un resucitado desde los márgenes. ¿Quién puede sostener esa historia? ¿Qué tipo de fe tergiversada es esa? Y sin embargo es la piedra de nuestra fe: un crucificado maldito ha sido reivindicado por Dios y lo sacado del sepulcro para darle una vida plena. El Evangelio se declara, así, marginal en sí mismo. Es un mensaje marginal, impensable e inaceptable en el centro de la estructura jerárquica de la sociedad; es un mensaje que no pueden aceptar los poderosos, que no es compatible con la riqueza, que no avala la forma de vida de los derrochadores y opresores. Es, simplemente, un mensaje marginal, iniciado por tres mujeres desesperadas y trastornadas por la muerte de un ser querido.

A esto se ha arriesgado Dios, y a esto se ha arriesgado Marcos contándolo. Las mujeres espantadas y sin palabras de la tumba vacía son la invitación a continuar el camino iniciado por Jesús de Nazaret. Es el convite para volver a Galilea y, desde ahí, reiniciar el Reino, allí donde empezó todo. La resurrección nos devuelve a Galilea, al terreno de los campesinos y los pobres, la tierra de los mezclados y oprimidos. Galilea es la esperanza, es el reinicio, es un canto a la vida. Galilea es el desafío de ser Iglesia desde los pobres, los paganos y los excluidos.

8

La respuesta de las mujeres es confusa para el lector/oyente de Marcos. El mensaje las ha asustado aún más, en lugar de incrementar su fe o reafirmarla, como pretende el joven. Salen del sepulcro temblando, estando fuera de sí. Como si estuviesen en éxtasis, en el sentido de no estar plenamente facultadas con su conciencia. Lo que han vivido dentro del sepulcro abierto las ha puesto en otro nivel de cosas que las sobrepasa. No saben cómo reaccionar ni cuál es la reacción correcta. La situación las ha avasallado.

Pero lo más llamativo es el final de este versículo: las mujeres no dicen nada. Traducido en lenguaje cristiano posterior: no evangelizan, no misionan. Según los exegetas, con este versículo termina el Evangelio según Marcos. Lo que viene luego son añadidos posteriores, de otro u otros autores que han intentado suavizar el final abrupto de Mc. 16, 8. Pues bien, este final original es dramático. Por supuesto que los oyentes/lectores de Marcos saben que alguien tuvo que hablar, alguien tuvo que evangelizar, de lo contrario, la comunidad de Marcos no existiría. Esa es la ventaja del autor para animarse a terminar su Evangelio tan abruptamente. Los oyentes/lectores saben el desenlace real. Las mujeres han hablado, y la prueba de que lo han hecho son ellos, somos nosotros a dos mil años de distancia. Pero en el texto, en frío, han callado. La resurrección parece más inaceptable en un principio para ellas, que están viendo la tumba vacía, que para los cristianos posteriores. Y probablemente sea cierto. Muchos de nosotros nacemos y crecemos en una cultura o micro-cultura que asume la resurrección, o al menos asume algún aspecto de una vida luego de la muerte. Pero llegar a la profundidad de esta creencia, encontrarse con el Resucitado, asumir concientemente la realidad de la vida plena que continúa la existencia, es enfrentarse a una situación que nos sobrepasa grandemente.

Este final abrupto es la invitación a continuar el camino desde Galilea. Aquí está el principio del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc. 1, 1). Es un principio en el final, paradójicamente. Un principio que nos involucra. Para que la vida se siga abriendo paso, el Maestro reúne a los discípulos en torno a la resurrección, desde los márgenes de la sociedad, para transformarlo todo. El principio del Evangelio involucra al ser humano. No será una obra totalmente de Dios; exige una participación, que se hace desde la gracia, pero que no por eso nos desliga de la responsabilidad de decidir. Hay que caminar Galilea con Jesús, reconocer a los enfermos, al leproso y al paralítico. Hay que animarse a comer con publicanos y pecadores. Hay que discutir con los líderes religiosos cuando sus planteos e interpretaciones se olvidan del ser humano. Hay que liberar a los endemoniados, a las mujeres oprimidas y a los hambrientos. Hay que predicar el Reino de Dios, pequeño como una semilla, incontrolable por los que quieren controlarlo, pujante, con una fuerza perseverante. Hay que ponerse del lado de la vida, cueste lo cueste, bajo cualquier circunstancia, en cualquier época. El lado de la vida es el lado de Dios. Yahvé no quiere cruces llenas, sino miles de millones de sepulcros vacíos. Para eso hay que volver a Galilea, volver al principio del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, y mirar todo con los ojos de la resurrección, que son los ojos de la vida.

Vida derramada de la sangre derramada / Mc. 14, 12-31 / Semana Santa

12 El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. 13 El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, 14 y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?. 15 Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

16 Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

17 Al atardecer, Jesús llegó con los Doce. 18 Y mientras estaban comiendo, dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo”. 19 Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: “¿Seré yo?”. 20 Él les respondió: “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. 21 El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.

22 Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. 23 Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. 24 Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. 25 Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

26 Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. 27 Y Jesús les dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. 28 Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea”. 29 Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré”. 30 Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces”. 31 Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos decían lo mismo. (Mc. 14, 12-31)

12

Esta indicación temporal de Marcos es confusa. Ciertamente se puede decir que la Fiesta de los Ácimos comienza con la Pascua, pero algunos historiadores consideran que un judío, al hablar o escribir, diferenciaría concretamente los Ácimos de la Pascua. Lo real es que la víctima pascual, los corderos, no se mataban el día de la Pascua, sino en la víspera. Nos queda suponer que Marcos escribe utilizando calendario y modos griegos. Si bien el relato concreto de la institución eucarística contiene muchos semitismos, es de suponer que esta sección introductoria con el envío de los dos discípulos es de distinto origen, constituyendo un relato aparte que se unió a la última cena en la redacción.

Los discípulos quieren celebrar la comida pascual con Jesús. Parece una propuesta que brota de ellos y no primariamente de Jesús. La intención es prepararla con tiempo, ya que la comida pascual implica conseguir un lugar para celebrarla (cuestión no tan fácil en una Jerusalén atestada de peregrinos), hay que conseguir y matar al cordero, preparar los panes ácimos y preparar la mesa con los objetos necesarios para el ritual de esa noche.

13

El relato del signo del hombre con el cántaro que comienza aquí tiene mucha similitud con el relato de los dos discípulos que son enviados, a la entrada de Jerusalén, a buscar el asno que montará Jesús para ingresar a la ciudad (cf. Mc. 11, 1-6). En ambas oportunidades son enviados dos discípulos, alertados de una señal que los guiará, y al encontrarla podrán cumplir la misión que les ha sido encargada: una misión de preparación.

En este caso, la señal es un hombre con un cántaro de agua. No era inusual encontrarse con gente que buscara agua en la fuente de Siloé de Jerusalén, pero sí es raro que un varón realice un trabajo que era, prácticamente, privativo de la mujer. Esto ha dado lugar a diversas interpretaciones. Algunos comentaristas no ven nada particular allí. Otros suponen que el hecho de ser un varón el que lleva el cántaro, hace al signo más identificable para los dos discípulos, y más fácil de encontrar. También se baraja la posibilidad de un pre-acuerdo entre Jesús y el hombre del cántaro, lo cual ya es más dudoso. Y, finalmente, se investiga sobre la orientación sexual del hombre del cántaro, que realiza un trabajo femenino. La idea del dominio que tiene Jesús sobre la situación de su vida y de su muerte queda clara: Él sabe lo que pasa y lo que está pasando, y envía a sus discípulos con seguridad, con certeza. Lo demás está en las hipótesis exegéticas.

14

El hombre del cántaro no es el dueño de la casa. Tras seguirlo, los dos enviados deben preguntar al real dueño del lugar dónde está la habitación para celebrar la Pascua. Es importante destacar que la celebrará el Maestro con sus discípulos. En esta ocasión, Marcos prefiere hablar del Maestro antes que de Jesús o de Señor. Es una cena pascual, pero también una cena de enseñanza, de discipulado. El Maestro y sus discípulos se sientan a la mesa; quizás, allí se devele la enseñanza más profunda, la enseñanza cumbre.

15

Las casas de Jerusalén con dos pisos solían tener la habitación principal, la más grande, en el piso de arriba. Por eso se habla del aposento alto, por ejemplo. Las habitaciones grandes eran necesarias para la celebración de la Pascua, por la cantidad de personas que debían estar presentes (se necesitan por lo menos diez comensales para celebrar) y porque la Mishná prescribía que el sitio debía tener unos 23 metros cuadrados.

La pieza alta de esta casa ya estará amueblada y preparada (stronnumi y hetoimos según el texto griego); probablemente, el dueño de la casa esté acostumbrado a ofrecer todos los años este salón para los peregrinos que deseen celebrar la Pascua.

16

La señal anunciada por Jesús se cumple. Todo es encontrado según el relato del Maestro. La Pascua ya se está preparando.

17

Al atardecer se llega para comer la comida pascual. Al atardecer, en el relato de la Pasión, se parte el pan y se descuelga el cadáver del crucificado (cf. Mc. 15, 42). En el trayecto galileo del Evangelio, al atardecer traen los enfermos y endemoniados para ser curados (cf. Mc. 1, 32) y al atardecer se cruza a la otra orilla atravesando el mar de Galilea (cf. Mc. 4, 35). En el atardecer, el poder de Dios se manifiesta en Jesús desde la debilidad y la humildad. En el pan, en la cruz, en la muerte, en la enfermedad, en la tormenta marítima. Allí se hace fuerte la revelación del Dios de vida. Paradójicamente, su máxima revelación está en la muerte, en la sombra, en la tiniebla. Allí se descubre que Dios sigue estando, aunque parezca muerto, sobrepasado, sin respuesta para el que sufre.

El versículo en sí parece indicar que entramos en otro relato que desconoce el anterior con el envío de los dos discípulos, pues se dice que Jesús viene con los Doce, cuando en realidad tendría que venir con diez, pues dos han estado preparando el lugar. Existe la posibilidad de que Marcos haya unido ambas tradiciones; una más antigua, que es la que comienza aquí y se continúa con el relato de la cena, y una posterior que tomó el modelo de los dos discípulos que buscan el asno para entrar a Jerusalén, e intentó reproducirla.

La inconsistencia puede salvarse considerando que los Doce constituyen un grupo simbólico. Quizás, es posible mencionarlos así: Doce, aunque sean diez, o aunque sean más. Tiene que ver con el significado ontológico del grupo, más que con su constitución numérica. Son doce porque reproducen el número del pueblo elegido, de las doce tribus de Israel. Son el grupo del nuevo Israel. Constituyen el germen y semilla para el nuevo Pueblo de Dios, que brotará de una alianza renovada. Es la re-creación que hace Yahvé de su proyecto del Reino. Por eso no importa su número real de integrantes, sino lo que significan para la Iglesia posterior. Es el grupo que ha estado en los orígenes, junto al Maestro. Los Doce son la raíz eclesial, desde donde se cimienta el proceso posterior del cristianismo que es testigo (mártir) del Hijo de Dios crucificado. Para Marcos, deben estar nombrados y presentes en lo que sucederá en la última cena, porque harán las veces de garantes de las palabras y gestos de Jesús. Lo que recuerda la comunidad de Marcos, lo recuerda por los Doce, por un grupo originario que le creyó (como pudo y cuando pudo) a Jesús, y que lo conoció en carne, que caminó con Él y comió con Él.

18

El trasfondo de esta expresión de Jesús está en Sal. 41, 10: “Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí”. La mención a la ruptura de la comunión de mesa con una traición es escalofriante. Se supone que la mesa compartida significa unión profunda, y que descarta los engaños. Los que se sientan a comer juntos son amigos, compañeros, compatriotas. Jesús anuncia que habrá traición salida de entre sus íntimos más íntimos, los que celebran la Pascua con Él. No dice quién, pero queda en tela de juicio la fidelidad de los Doce. El lector/oyente sabe que es Judas el traidor, pero en el momento específico de la cena sólo hay confusión.

19

Uno por uno, los Doce preguntan si son ellos. Es el desconcierto y la angustia de la incertidumbre. Hay traición sobre la mesa. Alguien violará el pacto sagrado de la comida compartida, el pacto sagrado de la comunión.

La pregunta que hacen los Doce la pueden hacer los cristianos de la comunidad de Marcos, que constantemente se reúnen para comer y celebrar la comunión, pero que se ven forzados a situaciones límite de persecución donde la traición, a veces, es una salida para salvaguardar la propia vida. ¿Quién soportará? ¿Quién pondrá por encima de su propio bien a la comunión? ¿Quién será lo suficientemente fuerte como para no traicionar al hermano? La pregunta de los Doce es una pregunta de reflexión cristiana, de anticipación profética. ¿Cuál es mi prioridad? ¿Dónde está mi posibilidad de ser fiel?

20

La aclaración que hace Jesús parece innecesaria: es uno de los Doce. Si seguimos el relato literalmente, pareciese que sólo está Jesús con los Doce comiendo, y por eso no tendría sentido aclarar que es uno de los Doce el traidor. Esto puede dar pie para entender que en la última cena no estaban sólo los Doce con el Maestro comiendo. Sino, la aclaración sería vana. Puede que en esta celebración estuviesen algunos discípulos más, y por supuesto, mujeres entre ellos. De alguna manera, la hipótesis eclesial que sostiene que en la última cena sólo hubo varones y, por ello, ellos son los dignos de la dirección del culto, no tiene demasiado asidero con esta expresión.

La siguiente aclaración complica más las cosas. Es uno de los Doce, sí, pero también uno que se sirve de la misma fuente que Jesús. En la comida pascual, así como en muchas comidas judías, era costumbre que los comensales mojaran un trozo de pan en un recipiente común, compartido. Por ende, decir que el traidor es uno de los Doce y uno que moja el pan de la misma fuente, puede ser una acotación de términos, para delimitar más precisamente el grupo del que saldrá el traidor, o un juego literario que remarca la situación comunional e íntima del que entregará.

21

El Hijo del Hombre se va, se marcha; o sea, morirá. Es un hecho. Jesús puede decirlo abiertamente. La conspiración ya está en funcionamiento. Estaba escrito. No porque Dios desee un final trágico. No porque Dios tenga una sed sádica que saciar. Está escrito como siempre estuvo claro que los que luchan por la justicia, por la verdad, por la honestidad, por la inversión del mundo de los poderosos, serán eliminados. Está escrito como están escritas las verdades del funcionamiento de nuestra humanidad. Todos los que crean firmemente en un proyecto utópico de plenitud para el ser humano (en el caso de Jesús y de los cristianos es el Reino de Dios), serán ajusticiados, perseguidos, maltratados, asesinados. Así como Jesús sabe que eso está escrito, que parece casi ineludible, también está escrito para la Iglesia. Si es fiel al Reino, sufrirá persecución y muerte. No es una profecía adivinatoria, sino el análisis crudo de una realidad ineludible.

Sin embargo, para los traidores y entregadores parece haber una sentencia inmediata que sucede con el mismo hecho de la traición. La condena parece muy fuerte: más les valdría no haber nacido. La literatura judía registra expresiones similares: “Sería mejor para ellos no haber nacido jamás” (Hen. 38, 2); “El que no cumple los mandamientos por ellos mismos, sería mejor que no hubiera sido creado” (bBer 17a). Son expresiones que encierran una especie de maldición profunda, muy profunda. Es como si se contradijera la obra creadora de Dios. Aquello que Dios hizo (creó) bueno, sería mejor que no existiese, que Dios no lo hubiese creado. Es tal la perversión que ha sufrido la naturaleza original, que no parece obra de Dios, y por eso se desea que nunca hubiese existido. No parece un deseo del Jesús de la Buena Noticia, pero sí parece una advertencia del autor del libro para sus oyentes/lectores. La traición a la comunidad es una aberración de lo creado, es un pecado gravísimo, y quien la realiza debe estar al tanto de la gravedad de sus actos.

22

Jesús hablará mientras se desarrolla la comida, y no al principio del banquete. Sus palabras quedarán enmarcadas por el hecho de la mesa compartida. El tono de las frases las hace solemnes, por el significado profundo que encierran, pero no son palabras de iniciación, para abrir la comensalía, sino que están insertas en el hecho mismo de comer. Si realmente se trataba de una comida pascual judía, ya habrían pasado la bendición inicial, la primera copa, los aperitivos y la segunda copa. Es posible que estas palabras de Jesús sobre el pan coincidan con la bendición pascual de los panes ácimos.

Cuatro acciones enmarcan las palabras sobre el pan: tomarlo, bendecirlo, partirlo y darlo. Son acciones que Marcos ha escogido cuidadosamente para esta situación. Cuando se narran las multiplicaciones de los panes, las acciones son las mismas: tomar los panes, bendecirlos, partirlos y repartirlos (cf. Mc. 6, 41 y Mc. 8, 6). Esta dinámica de los panes puede compararse con lo que sucederá al cuerpo de Jesús: será tomado/apresado; será bendecido en la cruz (bendecir es decir una buena palabra sobre algo o alguien; cuando Jesús es crucificado, una buena palabra sobre Él se clava en la cruz: Rey de los Judíos, cf. Mc. 15, 26); será partido/crucificado/asesinado; será repartido (es lo que toca al tiempo misionero de la Iglesia, que reparte el Evangelio por el mundo).

Jesús identifica, en la última cena, el pan (artos) con su cuerpo (soma). La palabra griega soma puede utilizarse como un artificio literario para designar a toda la persona, al ser humano como una totalidad. Puede equivaler a decir esto soy yo mismo. Si bien el binomio cuerpo/sangre no es el precisamente adecuado para simbolizar al humano, sino carne/sangre, se entiende que la utilización tiene que ver con una visión holística de Jesús entregándose. No se entrega ni es crucificado solamente la parte humana, ni solamente la parte divina, ni hay una especie de alma que se separa en el momento de su muerte para no sufrir. El todo de Jesús es entregado y crucificado, y en el todo debe ser celebrado.

23

La copa que toma Jesús para esta bendición podría tratarse de la tercera copa del ritual pascual judío, en el caso se asumir que esta última cena fue una cena pascual. Aún está en discusión si en la comida pascual y/o en los banquetes judíos en general se utilizaba una sola copa común compartida o se utilizaban copas individuales para cada comensal. En el primer caso, la acción de Jesús no estaría fuera de los cánones establecidos socialmente para la mesa. Pero en el segundo, el gesto de Jesús de pasar la copa y compartirla entre todos sería tremendamente significativo, pues alteraría el orden social de la mesa para dejar de manifiesto algo. Este sentido se entiende en el siguiente versículo.

24

Así como el pan es cuerpo, el vino es sangre. Pero no cualquier sangre, sino sangre de alianza. Inmediatamente, un conocedor del Pentateuco recuerda Ex. 24, 8: “Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas”. La Primera Alianza, sellada bajo el patrocinio de Moisés, entre Israel y Yahvé, se rubricó con sangre de becerros. El pueblo recibió la aspersión de sangre y se bañó en esa sangre sellando una alianza definitiva y que lo marcará para siempre. Jesús está tomando esa realidad de la alianza judía para transformarla en el sentido profundo de su propia muerte. La sangre de la alianza que, para Israel, proviene de animales sacrificados, ahora viene del Mesías, del Hijo de Dios, también sacrificado. Es su sangre entregada la que hace la alianza, la que reconcilia. No es una sangre vana, derramada por nada. Es sangre profunda.

Los cristianos que oyen/leen a Marcos tienen que tener esto en claro. La sangre de Jesús, que brota de su muerte violenta, debe generar vida, porque de lo contrario, no es sangre de alianza. En las alianzas de Yahvé siempre es prioridad la vida más plena posible. Por eso la alianza que sella Moisés tiene que ver con unas cláusulas o mandamientos que intentar ordenar la vida hacia una mayor perfección, hacia un mayor sentido de responsabilidad con la existencia propia y con la existencia de los otros. La circuncisión, en el judaísmo, solía designarse también alianza de sangre, porque el derramamiento que ocurría con el corte del prepucio significaba memoria de Abraham, memoria de la fe compartida como pueblo e inclusión en una historia de salvación. La sangre derramada no es derrota ni necesariamente significa muerte como final; la sangre derramada es posibilidad de vida, de esperanza, de cambio, de plenitud.

Jesús derrama su sangre de alianza para muchos. Si bien el texto original de Marcos está escrito en griego, y en este idioma muchos no significa todos, en hebreo sí es equiparable muchos con todos. Considerando que las palabras de la última cena, en la versión de Marcos, parecen responder a un núcleo palestino, forjado y transmitido como tradición desde el idioma arameo mismo, es de suponer que la sangre derramada por muchos quiere significar que es derramada por todos. Sin el sentido universalista de la frase difícilmente podría explicarse por qué la sostiene Marcos en un libro que intenta animar la misión eclesial.

25

Esta frase es de difícil interpretación. Algunos comentaristas sostienen que Jesús se declara en ayuno, y que no habría comido en la última cena por este voto. El ayuno sería una manera piadosa de clamar por misericordia para Israel a Dios. Otros comentaristas creen que la declaración de Jesús es una expresión de confianza en la realización inmediatísima del Reino de Dios, quizás esa misma noche, y entonces Jesús con sus seguidores podrían tomar el vino nuevo del Reino realizado. Cosa que no sucedió. Para otro grupo, este es un voto al estilo de los consagrados; no se puede seguir bebiendo el vino de la alegría cuando hay tanto sufrimiento alrededor. Esta interpretación se adapta a cierto sentido del Evangelio que invita a no despilfarrar cuando el hermano necesita, pero no se adapta a la idea, también del Evangelio, de festejar banquetes que representen el Reino, porque de esa manera ya lo hacen presente.

Sí hay una certeza: se beberá vino nuevo. El vino que promete beber renovado, es nuevo en el sentido que no será contextualizado por la entrega y la cruz, sino por una victoria definitiva, que es la victoria de la vida renovada, la vida sin sufrimientos. Será un vino de alegría, un vino mesiánico, distinto al sabor amargo que tiene esta última cena. Las palabras de Jesús suenan a despedida, pero despedida como promesa, como invitación a esperar ese banquete final del Reino. Puede que Jesús hubiese querido beberlo esa misma noche, o en los próximos días. Lo cierto es que es una esperanza firme. Habrá vino nuevo para compartir y beber, lo que significa que habrá Reino realizado y pleno.

26

El canto de los salmos, en la comida pascual, significa recitar el pequeño Hallel (desde el Salmo 114 hasta el 118).

Si bien la primera costumbre de la Pascua era no abandonar la casa durante esa noche, luego de cenar, con el tiempo se flexibilizó la prescripción. Para la época de Jesús, probablemente la única indicación era no abandonar Jerusalén durante la noche, y el Monte de los Olivos era considerado parte de la ciudad de Jerusalén, por lo que el grupo apostólico no estaría violando ninguna regla.

27

Jesús hará un último anuncio de su pasión, antes que los hechos se desencadenen hacia la maquinaria de la cruz. Lo dice claramente: todos se van a escandalizar. El escándalo es, literalmente, una piedra de tropiezo, obstáculo que hace tropezar y caer. Jesús lo sabe: todos sus discípulos, sus más íntimos, tropezarán con los hechos de la pasión y caerán, sin sostenerse. No quedará nadie en pie.

Aquí aprovecha Marcos para introducir la única cita explícita del Antiguo Testamento que contiene su relato de la pasión: Zac. 13, 7. Con el pastor herido, las ovejas huyen dispersadas, separadas.

28

A las expresiones sombrías anteriores, que deparan el fin del discipulado con el fin de la vida del Maestro, les sucede la promesa de la renovación. Todo re-comienza en Galilea. Resurrección y Galilea son la oportunidad para que renazca el discipulado, porque a partir de allí (de la vida que vence a la muerte y de la peregrinación al lugar de encuentro primigenio con Jesús) serán restituidos, por gracia, los que huyeron.

Ambos elementos, la resurrección y el encuentro primero con Jesús (Galilea), son para Marcos la clave mística y teológica del discipulado. El discípulo se entiende desde esas  realidades y nada más. Lo demás se desprende de allí. Hay muchas formas de discipulado y muchos maestros buscando adeptos, pero el cristiano es discípulo porque cree en la resurrección y porque ha tenido su Galilea, su encuentro con Jesús en lo marginal. Ambos elementos, resurrección y Galilea, son obra de la gracia. El discípulo no lo gana ni se lo merece, sino que le son regalados.

29

Pedro asume la voz del grupo, pero diferenciándose para hablar sobre él mismo, sobre su actitud, que se distinguirá, supuestamente, de la de los otros. Él no tropezará.

30

Jesús le responde a Pedro con muchas referencias temporales, acentuando la realidad de su traición, que será inmediata, en breve. No pasará de hoy. El segundo canto del gallo, en la cultura greco-romana, designa la salida del sol. Pedro negará durante la noche, en paralelo a la noche de su discipulado. Cree firmemente que soportará junto a su Maestro, pero los hechos le demostrarán lo contrario.

La idea de tres negaciones no quiere decir que, realmente, se trate de tres veces en las que Pedro lo negará, sino que demuestra la profundidad y la totalidad de la negación del discípulo. Esta triple mención es un método literaria para hacer un superlativo: la negación será conciente y sin matices.

31

La comunidad cristiana de Marcos sabe que Pedro ha muerto mártir, ha perecido a causa de su fe. La expresión puesta en su boca sobre morir con Jesús se ha cumplido. No en el momento de la pasión, pero sí luego. Y para quien lo sabe, leyendo el Evangelio según Marcos, puede encontrar consuelo. A pesar de la traición y la negación, la gracia lo ha restituido discípulo y su palabra de morir sin negar a Jesús ha adquirido validez. Para los cristianos de Marcos, apabullados por la constante tentación de negar su fe para salvar sus vidas, Pedro es un ejemplo vívido. Siempre hay tiempo para arrepentirse, para retomar el camino del discipulado, para pasar de la negación a la aceptación.

Un alto de vida en el camino de la muerte / Segundo Domingo de Cuaresma – Ciclo B – Mc. 9, 2-10 / 04.03.12

2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. 3 Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. 4 Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

5 Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. 6 Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. 7 Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. 8 De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

9 Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10 Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría “resucitar de entre los muertos”. (Mc. 9, 2-10)

 

2

Seis días después de la confesión de fe de Pedro, de la reprimenda contra el mismo Pedro y el llamado profundo y radical a dejarlo todo (perder la vida) para seguir a Jesús en discipulado, ocurrirá el episodio de la transfiguración. Estos seis días encierran un significado simbólico en el que los comentaristas no logran ponerse de acuerdo. Una posibilidad es que la transfiguración quede situada en un séptimo día, día de plenitud, día de Dios. Otra opinión identifica los seis días después con el séptimo día en que Yahvé dirige su voz a Moisés cuando sube al monte (cf. tradiciones de Éxodo 24). Finalmente, algunos sostienen aún que se trata de una mera referencia histórico-literaria, sin mayores connotaciones. Pero difícilmente pueda sostenerse esa hipótesis. Detrás de todo el relato de la transfiguración hay simbolismos, y hasta se puede sostener la probabilidad de que la perícopa fuese, en un principio, un relato de aparición pascual, de Jesús Resucitado que se aparece en el monte a algunos discípulos (o sólo a Pedro). Marcos habría tomado este relato pascual para introducir, en el camino a Jerusalén, una visión anticipada (pero conocida por sus lectores) de la gloria que subsiste en el Jesús terreno amenazado y camino a su crucifixión. Entre los Evangelios Apócrifos, el Apocalipsis Etíope de Pedro y Pistis Sophia sitúan la escena tras la pascua.

Este Jesús que siguen Pedro, Santiago y Juan muere en una cruz, es un escándalo mesiánico, pero es Hijo de Dios. En la paradoja de su muerte está la verdadera vida. La transfiguración es una escena enclavada en el camino a Jerusalén como está enclavado el hecho pascual en la vida del cristiano, a pesar de que todo alrededor parezca sombras y tinieblas. A pesar del martirio, el discípulo tiene esa certeza del monte de la transfiguración, de haber experimentado un gozo que supera cualquier gozo, de haber vivido un bienestar extremo. Pedro, Santiago y Juan son los tres discípulos que comparten en intimidad con el Maestro el milagro de la hija del jefe de la sinagoga (cf. Mc. 5, 37), la transfiguración, la explicación sobre los signos de los últimos tiempos (cf. Mc. 13, 3 junto a Santiago) y la oración agónica en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33). Están en las situaciones límite de muerte-vida, como testigos privilegiados, pero si se quiere, también como alumnos difíciles, que deben presenciar de cerca el verdadero poder de vida de Jesús para comprender bien su mesianismo. Sobre todo Pedro.

Para ello suben a un monte elevado. Los lugares elevados son, bíblica y antropológicamente, los espacios privilegiados de las teofanías. En lo alto entra en contacto el ser humano con Dios, y en lo alto se transforma la esencia. Una discusión hermenéutica de siempre, respecto a la transfiguración, es dónde situar la perspectiva de lo humano-divino: ¿la transfiguración es la exaltación de la humanidad que puede glorificarse, o es la demostración de lo divino que se ha humanizado? En el esquema general del libro de Marcos, la transfiguración une, simbólicamente, dos eventos principales como lo son el bautismo en el Jordán (donde también se oye la voz del Padre, cf. Mc. 1, 11) y la tumba vacía (donde también hallamos vestiduras blancas, en un joven, cf. Mc. 16, 5). Principio y final, final y recomienzo. El ser humano que se descubre Hijo de Dios y el Hijo de Dios que, muerto como un humano, deja la tumba vacía. Es difícil determinar cuál es la perspectiva de lo humano-divino, aunque parece imbricado.

 

3

Las vestiduras blancas resplandecientes son la imagen más adecuada que encontró el autor para describir lo que le sucede a Jesús en el monte. Es, quizás, una descripción gráfica de un suceso que no fue gráfico. Pero para el lector es fácil asociar la luminosidad blanquecina extrema con lo divino, lo celestial. Y por ello, para la comunidad de Marcos, también es fácil asociarlo con lo pascual, con la tumba vacía.

Este es un blanco que excede cualquier blanco conocido. Según la descripción original en griego, ningún batanero (gnafeus en griego) podía dejar una vestidura tan blanca como esa lo estaba. El batanero (o tundidor, o cardero) tenía como profesión el cardado de la lana, el frisado de los paños y la limpieza de las ropas sucias.

 

4

La aparición de Elías y Moisés en la escena de la transfiguración es un rompedero de cabezas para la exégesis. Por varias razones se puede justificar la presencia de ambos, e inclusive por esas varias razones resulta que unas contradicen a otras. Al tratarse de una escena que une lo divino con lo humano a manera de teofanía, resulta lógico que de los personajes veterotestamentarios, Elías y Moisés sean los preferidos, pues ambos, según la tradición bíblica y/o judía, no han muerto y han sido enterrados, sino que habrían sido arrebatados al cielo, y estando en el cielo, en un estado distinto al de la muerte, pueden volver en cualquier momento. Esto sienta la primera base para su presencia en el monte de la transfiguración. Pero literaria y apocalípticamente, no hay textos claros, de la época de Marcos ni anteriores, que relacionen los últimos tiempos con la llegada de los arrebatados Elías y Moisés. Esto dificulta la comprensión sobre su inclusión.

De Elías sabemos que era un profeta fiel defensor del yahvismo en medio de un Israel seducido por los dioses de otras naciones. La historia deuteronomista lo presenta como el pilar principal de resistencia ante el avance de los altares profanos y del culto a Baal. Es una especie de caudillo profético, y por ello, su historia se hace leyenda y muy querida por la fe popular israelita. Cuando la leyenda se puso por escrito, reunió diferentes relatos que se añadieron al libro de los Reyes formando lo que los biblistas llaman el ciclo de Elías. Si nos centramos en su presencia en la transfiguración, podemos identificar como elementos de conexión su condición profética (que se inserta en el camino de Jesús profeta hacia la cruz), su arrebato (está vivo en la esfera de lo divino), la revelación de Yahvé que recibe en la brisa suave del monte Horeb (cf. 1Rey. 19, 12-14, mismo monte donde Moisés habla con la zarza ardiente de Ex. 3, 1-12), y la tradición apocalíptica que vincula el regreso de Elías con los últimos tiempos (cf. Mal. 3, 23).

En cuanto a Moisés, debemos entenderlo como la figura clave de la historia israelita. Moisés es el dador de la Ley, de las disposiciones litúrgicas, del código de vida. Moisés es el primer y más grande caudillo, el liberador de Egipto, el profeta por excelencia, el líder del pueblo y formador de pueblo, el que entra en contacto directo con Dios para hablar cara a cara. Moisés es el héroe nacional, y si viene un Mesías para los últimos tiempos, entonces debería ser como Moisés. En el capítulo 24 del Éxodo, Moisés sube al monte con tres acompañantes que tienen nombre propio (como Pedro, Santiago y Juan), y en ese monte la voz de Dios se dirige a Moisés, como revelación, como teofanía hablada. Algunas teologías judías con tendencia helenística afirmaban que Moisés, sobre el monte, se había convertido en una especie de hombre divino, transformado (transfigurado) por el contacto estrecho con Dios.

 

5

Pedro propone a Jesús armar carpas (skene en griego) para establecerse allí. Skene puede traducirse como carpa, pero también como tienda o tabernáculo. Esto da pie para pensar que en el trasfondo de la escena de la transfiguración está el memorial de la Fiesta de los Tabernáculos judía. Según el libro del Levítico, Yahvé dijo a Moisés lo siguiente: “En el séptimo mes la celebrarán. Durante los siete días habitarán en tiendas” (Lev. 23, 41b-42a).

Detrás de esta celebración se encontraba una tradición agrícola, como para la mayoría de las celebraciones de los pueblos de la antigüedad. La fiesta marcaba un ritmo cronológico, que si bien no se ubicaba en el estricto principio del nuevo año (correspondiente a la fiesta de Rosh Hashanah), estaba en los inicios, y además cerraba un ciclo con la cosecha y recolección para comenzar otro de siembra. Era una fiesta de fin y comienzo, una fiesta de los ciclos, si se quiere. Será la corriente profética la que traducirá ese fin y comienzo de año en fin y comienzo de era mesiánica. Cuando el Mesías llegue para instaurar el Reino definitivo, se celebrará la mayor Fiesta de los Tabernáculos; una fiesta eterna. Esta relación con la cosecha y la recolección justifica la inclusión de ritos de fecundidad en la celebración. Uno de los ritos reconocidos consistía en agitar ramas y palmas (cf. 2Mac. 10, 7), otro eran las libaciones de agua. La tradición profética reinterpretó estos ritos en un sentido mesiánico. Isaías, por ejemplo, dirá que “todos los árboles del campo batirán palmas” (Is. 55, 12b) al final de los tiempos, mientras Zacarías asegurará que en el Día de Yahvé “manarán de Jerusalén aguas vivas” (Zac. 14, 8). Pero no sólo lo agrícola se manifestaba en esta Fiesta, sino sobre todo la dimensión nacionalista, de identidad y de celebración de haber sido reunidos por Dios para conformar Su pueblo. Todas las tribus de Israel debían reunirse para los tabernáculos, todas debían celebrar lo mismo, todas debían recordar el éxodo y la vida en el desierto con el mismo espíritu. Y tras la victoria escatológica del Dios de Israel sobre los pueblos paganos, el mundo entero, postrado ante Yahvé, se uniría a los Tabernáculos judíos. Eso deja entrever Zac. 14, 16: “Los supervivientes de todas las naciones que atacaron Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahvé Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas”.

La posibilidad de un trasfondo con los Tabernáculos en la transfiguración tiene que ver con el sentido mesiánico del momento en el Evangelio según Marcos. Los últimos tiempos reúnen al Mesías, a Moisés y a Elías en un monte elevado, en la esfera de lo divino. La particularidad es que toda esta manifestación mesiánica está enclavada en un camino hacia la muerte. No se manifiesta la gloria así sin más, o tras una victoria épico-apocalíptica, sino como estación de un sendero que va hacia la cruz. Jesús re-significa los Tabernáculos, quitándole su carga bélica. El Mesías no ha venido a derrotar con espada, como los reinos de la tierra, sino a manifestar el amor de Yahvé para con sus Hijos, que en eso consiste el Reino de Dios. Aunque la manifestación de ese amor lo lleve al martirio. Pedro quiere quedar en las alturas, pero Jesús sabe que el camino de la humanidad continúa, y que muchos de esta humanidad terminan en la cruz, como Él. La comunidad de Marcos no puede ser como Pedro, ciega del camino que hay por recorrer. No puede celebrar unos Tabernáculos de derrota armada del otro, sino los Tabernáculos de la comunión, de la vida compartida, del martirio con sentido. No se puede quedar en las alturas de discusiones vanas o de liturgias vacías, sino que debe bajar del monte para seguir camino. Porque originariamente, los Tabernáculos eran la fiesta del pueblo peregrino, que vivía en carpas mientras atravesaba el desierto. Allí está el sentido original: formar pueblo, formar comunidad.

 

6

Los discípulos están ekfobos: totalmente espantados, llenos de inmenso temor. Es lo propio de las teofanías y las manifestaciones divinas. Ese enfrentamiento a lo netamente superior es lo que justifica el desvarío de Pedro al proponer armar las tiendas.

 

7

Éxodo y Números son los libros que más recalcan la presencia de Yahvé como una nube que guía durante el día el peregrinar en el desierto del pueblo de Israel. Si la nube se detenía, Israel se detenía y acampaba. Cuando la nube se elevaba, levantaban el campamento y seguían viaje. Aquí es un símbolo más en la teofanía. Un símbolo divino. La nube anticipa y hace presenta a Yahvé en la escena. Esta es la cima del relato, la máxima expresión, su centro. Lo que sucede en este versículo es lo que realmente importa para el autor. Dios tiene una palabra para decir, una palabra sobre su Hijo, sobre Jesús, al igual que lo hizo en el bautismo en el Jordán. La voz de Dios es importantísima en cuanto no aparece frecuentemente en el libro. Sus apariciones son la validación de la identidad de Jesús. Los que la oyen (los que la leen o escuchan como relato posterior) pueden dar fe que Jesús es el Hijo de Dios, y sobre todo que hay que escucharlo. Así se introduce en la transfiguración un tema discipular por excelencia: el discípulo verdadero escucha a su Maestro, lo oye en profundidad, lo entiende, lo busca comprender. Moisés había prometido que Yahvé suscitaría un profeta como él a quien Israel debía escuchar (cf. Dt. 18, 15). Y Dios respalda esto en Jesús: escúchenlo. Las palabras de Jesús se validan como Palabra de Dios. El Evangelio del Reino que predica Jesús es el anhelo profundo de Dios, el verdadero deseo para la humanidad.

 

8

Este versículo marca el final de la transfiguración. Sucede de manera abrupta. De repente, ya no hay visitantes ni nube ni voz celestial ni vestiduras blancas. Todo vuelve a la normalidad. La cumbre se había alcanzada con la nube y la voz de Dios, pero ahora hay que seguir camino. En Jerusalén espera la oposición cruda y cruel.

 

9

Jesús prohíbe contar un hecho maravilloso/milagroso que aclara su identidad. Estamos de nuevo ante el secreto mesiánico característico de Marcos. Esta vez se dirige a sus discípulos. No pueden hablar de la transfiguración hasta que el Hijo del Hombre resucite. La expresión está, literariamente, en una voz pasiva que relata en tercera persona algo que Jesús habría dicho. Marcos no cita la frase que habría utilizado el Maestro para hablar a sus discípulos de su propia resurrección. Se menciona al Hijo del Hombre y a la resurrección, pero los discípulos no parecen dimensionar lo que se está revelando.

Ciertamente, con la resurrección y la Pascua se entiende la transfiguración, y los lectores de Marcos conocen el episodio de la tumba vacía. Lo que la escena está gritando por lo bajo es que no se puede obviar el hecho pascual al oír/leer este relato. Hay una ventaja táctica para la comunidad cristiana posterior a los discípulos galileos: ya conocen el desenlace, ya pueden hablar de lo que se vivió arriba del monte porque el Hijo del Hombre ya resucitó de entre los muertos. Los oyentes/lectores de Marcos pueden comprender mejor la transfiguración que Pedro, Santiago y Juan en su momento.

 

10

Pedro, Santiago y Juan acatan la orden de no hablar sobre lo vivido arriba del monte, pero están confundidos. No saben qué es eso de la resurrección de entre los muertos. No saben o no terminan de entenderlo. La esperanza en una resurrección de los justos existía en el judaísmo. Quizás, lo que no pueden comprender es que Jesús hable de resucitar (lo que implica morir) cuando ha experimentado el apoyo incondicional de su Padre y el aliciente de estar con Moisés y Elías. A los ojos de los discípulos, Jesús se presenta como un héroe invencible. Nada puede oponérsele cuando llegue a Jerusalén. Dios y los arrebatados del Antiguo Testamento están con él; no puede existir fuerza terrenal que detenga este Reino mesiánico. Por eso es poco inteligible pensar en muerte (en derrota) cuando la victoria parece muy clara.

A todos nos molestan los profetas / Segundo Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 1, 1-8 / 04.12.11

1 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

2 Como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. 3 Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”, 4 así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

5 Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. 6 Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: 7 “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. 8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Mc. 1, 1-8)

1

El primer versículo del libro, según la edición de nuestras Biblias, es el título y resumen de lo que tratará el Evangelio según Marcos. En nuestra lectura hermenéutica, es una referencia al final del libro: la crucifixión y la tumba vacía. El comienzo es el final. El comienzo es Jesús de Nazaret, Mesías crucificado, Hijo de Dios resucitado. Es un inicio que no puede desprenderse de la conclusión, o más bien, una bisagra que conecta la dinámica de muerte-vida explícita en la cruz y la tumba vacía, a través de un desarrollo de la existencia de Jesús en Galilea y en su subida a Jerusalén.

Por eso podemos entender la primera palabra del texto en griego: arche. Algunas traducciones al español prefieren poner comienzo y otras prefieren principio. Arche es lo que está en los inicios, lo arcaico, lo arcano, lo primero de lo primero. Para la tradición veterotestamentaria, es lo que significa Gn. 1, 1: en el principio… Así como el Pentateuco comienza por el principio primordial del Dios creador, Marcos entiende que en Jesús hay un nuevo principio primordial y creador, o más bien, re-creador, a partir de la cruz y la tumba vacía. En Jesús hay un inicio cósmico, una condensación de lo que describirá como Evangelio. Por eso el comienzo puede estar en el final, o en el medio de la narración de Jesús, o durante toda la existencia de Jesús. Arche no es un indicativo temporal, sino ontológico, referido al ser. Jesús es el principio de las cosas, porque Jesús mismo es clave hermenéutica para entender la dinámica muerte-vida del mundo. Es el principio al que podemos volver constantemente para hallar el sentido de las cosas (así como podemos volver al acto creador de Dios, al Génesis, con la misma intención).

El principio de Jesús está en su Evangelio, su Buena Noticia (según lo que entendemos como traducción del vocablo griego evaggelion). Marcos es considerado el creador de este género literario que no es biografía ni crónica histórica, ni siquiera historiografía. Es Evangelio, relato de la Buena Noticia de Jesús. Como pretendemos precisar, la clave de esta Buena Noticia está en Jesús crucificado y en su tumba vacía, como díptico inseparable. Pero si Marcos escribió mucho más que el relato de la pasión y de las mujeres de la pascua, es porque esta Buena Noticia tiene otras dimensiones múltiples, que si bien se derivan de la clave central, tienen una autonomía propia importante. Será Buena Noticia su condición de Mesías distinto a lo bélico, también su condición de Hijo de Dios no segregado de lo humano, sus curaciones, su praxis de vida compartida con los marginados, su vivencia de la misericordia de Dios, su libertad creativa frente a la ley tenida por sagrada, su preocupación por el ser humano como tal, su mensaje en forma de dichos, parábolas o discursos. Evangelio es el libro escrito por Marcos, pero sobre todo es Jesús mismo, entendido como un ser indisoluble de su praxis.

Este ser Jesús tiene dos títulos notables: es el Cristo y es el Hijo de Dios. La concentración de ambos títulos, con la considerable connotación teológica de los dos, en un ser humano de Nazaret, no puede tener menos que repercusiones gigantes. Cristo (o Mesías, según el hebreo) es una categoría más propia del judaísmo. Hijo de Dios parece más adecuado en el contexto del paganismo. Juntos, responden a las perspectivas teológicas de la comunidad de Marcos, formada por un grupo influyente de judíos convertidos y otro grupo mayoritario de paganos convertidos. Juntos, Cristo e Hijo de Dios, se encuentran en la pregunta del Sumo Sacerdote durante el juicio judío: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?” (Mc. 14, 61). Se conecta así el final del Evangelio (lo que los poderes terrenales interpretan como final) y el inicio, el principio del Evangelio, que se abre paso con Jesús Mesías Hijo de Dios condenado, justamente, por Mesías Hijo de Dios. Lo rechazado es lo principal, lo que está en el inicio, paradójicamente. Por eso dos confesiones de fe vitales del libro reafirman estas condiciones. En primer lugar, el judío Pedro, representante del grupo de los Doce, confiesa a Jesús como el Mesías (cf. Mc. 8, 29). En segundo lugar, el pagano centurión romano al pie de la cruz lo confiesa como Hijo de Dios al verlo morir (cf. Mc. 15, 39). Judíos y gentiles proclaman, a su manera, su encuentro con el Evangelio de Jesús. Lo han descubierto Cristo e Hijo de Dios a través de su existencia y a través de su muerte, porque, como ya dijimos, su Evangelio es principio de toda su existencia, de su vida y de su muerte.

2

Lo que Marcos indica como cita del profeta Isaías es, en realidad, una combinación de tres textos del Antiguo Testamento; dos proféticos y uno del Pentateuco. Específicamente de Isaías, la cita es Is. 40, 3: “Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!”. Pero el autor asocia Mal. 3, 1: “Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Angel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos”. Y Ex. 23, 20: “Yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca hasta el lugar que te he preparado”. Esta combinación de citas que se atraen entre sí por su similitud temática o por palabras claves compartidas, es una práctica habitual del judaísmo, sobre todo de los rabinos. Aquí, la temática clave es el camino y la preparación del mismo mediante un enviado, un ángel.

La alusión a Malaquías sirve como nexo para la siguiente asociación (en los próximos versículos) entre Juan el Bautista y el profeta Elías, según Mal. 3, 23 que promete el envío de Elías inmediatamente antes del final de los tiempos, para preparar el día definitivo del Señor. Elías podría ser el ángel del Señor, y el Bautista podría ser ese Elías.

3

Cuando el pueblo de Israel estuvo cautivo y exiliado en Babilonia, pudo ver cómo, para algunas liturgias babilónicas, se preparaban caminos especiales por donde pasarían las imágenes de los dioses. Allí, Israel entendió que Yahvé también les preparaba un camino, que constantemente lo hacía. Lo había hecho para sacarlos de Egipto y lo haría en esa época para sacarlos de Babilonia.

La tradición del camino es un simbolismo fuerte del Antiguo Testamento, y lo será para Marcos. Juan el Bautista aparecerá como precursor del camino del Evangelio, y la comunidad de Marcos se entiende como continuadora de ese mismo camino. En el centro está Jesús, el principio de su Evangelio, el meollo del camino.

4

Así aparece Juan el Bautista. Introducido por el aval del Antiguo Testamento y el aval del Evangelio de Jesús, entra en escena. Y lo hace desde el desierto. Es posible buscar, arqueológicamente, el sitio exacto desde donde predicaba Juan. Su desierto de proclamación. Pero cabe pensar que el desierto tiene más sentido teológico que físico. Sobre todo, sentido teológico para el mismo Bautista. Si bien el desierto es el sitio donde Israel tuvo que vagar cuarenta años, sometido a las duras pruebas de la falta de alimento, de agua y de fe, también es la época de la primavera israelita, del noviazgo con Yahvé. En el desierto, el pueblo es de Dios y vive la presencia cercana de su Señor, caminando a su lado. El éxodo es fundante para Israel, y por eso, a pesar de las des-gracias de aquel desierto, sigue siendo un lugar de gracia. Situarse en el desierto es querer volver al Dios de los padres, de los patriarcas, querer volver a lo original de la fe yahvista. Este es otro punto de contacto con el profeta Elías, fiel defensor del yahvismo. Juan el Bautista quiere un cambio en los corazones que forme un pueblo nuevo, a semejanza del pueblo que tomó posesión de la tierra prometida. Por eso, desde el desierto, en la ribera del Jordán, el Bautista prepara un nuevo paso por el río para tomar de nuevo posesión de la tierra perdida.

Esto sólo será posible si Israel se convierte. Para manifestar externamente la conversión, Juan propone un bautismo de inmersión en las aguas del río Jordán. Es difícil ver en este bautismo una condición sacramental como la entendemos actualmente. Ciertamente, en el fondo, está la experiencia histórica del Bautista bautizando a las gentes de Judea. El sentido trascendente de esta inmersión no parece ir más allá de un acto simbólico para externalizar el corazón cambiado. Ya en la comunidad de los esenios de Qumrán, ubicada también en el desierto, se afirmaba que si no había cambio de vida, la inmersión ritual no tenía un valor de purificación en sí misma. Parece que para Juan el razonamiento era el mismo. Este rito de purificación que ofrece al pueblo está bien diferenciado de los ritos del Templo de Jerusalén (como podría ser la gran fiesta del perdón anual, el Yom Kippur). A orillas del río Jordán no hay sacerdotes oficiales, sino un profeta. Esto deja bien en claro el movimiento que está sucediendo desde la religión institucionalizada (ritualizada) hacia el regreso de lo profético (que Jesús llevará hasta su plenitud).

5

La idea de toda Judea acudiendo a Juan y confesando sus pecados parece exagerada. Por supuesto que se trata de una hipérbole. No toda la provincia de Judea, pero sí es histórica la gran adhesión que tenía el Bautista, lo que concluyó en su martirio en manos de Herodes. Geográficamente, parece estar localizada la acción en el sur de Palestina, y no hay ninguna mención a Galilea. Parece que es un territorio que queda reservado a Jesús de Nazaret.

6

La descripción de Juan el Bautista abarca una serie de características que, tranquilamente, pueden ser históricas. El inconveniente surge en la interpretación de los distintos elementos con los que se viste y que come. Obviamente, deben ser interpretados en su contexto profético (y rebelde).

Su vestidura de camello (de piel o de pelos, dependiendo de distintas traducciones y manuscritos) parece romper las leyes de pureza judías, que designan al camello (animal con pezuña partida) como un ser impuro. Aunque también una tradición rabínica dice que Dios confeccionó para Adán un vestido con pelo de camello, lo que podría indicar un regreso a lo primigenio, al Génesis, al momento de relación íntima entre Yahvé y el ser humano (como el éxodo es la intimidad de Yahvé con su pueblo). Pero principalmente, parece ser el atuendo propio de un profeta que se enmarca en la tradición profética de Israel, como los describe Zac. 13, 4 (con manto de pelos) y como parece vestirse Elías (cf. 2Rey. 1, 8). Si añadimos el cinturón de cuero, la descripción parece concordar bastante con la de Elías. La vinculación con Elías está respaldada directamente en la escena de la transfiguración, cuando los discípulos preguntan a Jesús sobre Elías, que debería venir antes del final de los tiempos, y Jesús da a entender que Elías ya vino en el Bautista y han hecho con él lo que quisieron (cf. Mc. 9, 13); entiéndase, lo han martirizado.

En la comida, probablemente, haya un trasfondo histórico que tiene que ver con la comida de los habitantes regulares del desierto: langostas cocidas, langostas asadas y miel silvestre. Es, en el contexto profético, también un signo de austeridad. Juan el Bautista no banquetea, sino que vive de lo que ofrece la naturaleza en el desierto, que equivale a decir que vive de lo que le ofrece Dios, como el pueblo del éxodo tenía que vivir gracias a las intervenciones divinas durante su peregrinaje.

7

La primera parte del mensaje de Juan el Bautista tiene como tema al más fuerte que viene detrás de él. Este más fuerte puede ser Dios mismo, pero es raro que un judío se comparase con Dios. Lo más probable es que se aludiera al agente mesiánico de los últimos tiempos. Para Marcos, el más fuerte que Juan es Jesús, no caben dudas. No sabemos cuánta interpretación al respecto hacía el Bautista. Quizás esperaba alguien más fuerte que no conocía, aún teniendo la certeza de que había llegado el momento en que Yahvé enviaría su agente mesiánico.

Juan no se considera digno de desatar la sandalia del más fuerte. La interpretación clásica sobre este gesto suele recaer en la servidumbre. Sólo es tarea de los esclavos desatar los calzados; a tal punto, que los alumnos de los rabinos podían ser obligados a realizar todos los trabajos que realizaba un esclavo, pero nunca desatar el calzado, pues resultaba indigno. Juan cree que el más fuerte es tanto más que él, que hasta la indignidad le quedaría lejos. Con esta expresión, Marcos deja al Bautista sometido a Jesús en poder y autoridad. No será Jesús el discípulo de Juan, aunque éste lo bautice. Desde el principio, Juan es el discípulo de Jesús. Pero también es cierto que el calzado apoyado en una tierra es, para la tradición judía, la toma de posesión de un lugar. Podría intuirse que el Bautista no se considera digno de tomar la tierra que, por derecho, le corresponde tomar al Mesías. Por eso no puede quitarle el calzado (el privilegio de entrar a la tierra prometida escatológica). Él prepara al pueblo en el desierto, al otro lado del Jordán, pero corresponde al agente mesiánico ingresar de lleno y tomar posesión de lo escatológico.

8

Asociado al más fuerte está el bautismo en el Espíritu Santo. Juan bautiza con agua en el río Jordán, pero el que viene, el agente mesiánico, trae un bautismo superior, no ya con agua, sino con Espíritu Santo. La expresión es complicada. La idea de una gran invasión de Espíritu al final de los tiempos no es ajena a los profetas (Joel, por ejemplo). Es lógico pensar que si viene el Mesías, Dios cumplirá también la promesa de enviar su Espíritu. Ahora bien, Marcos es lacónico al respecto en el resto de su libro. Nunca describirá esta posible efusión espiritual que llega con Jesús. Nunca habrá una escena específica de bautismo en Espíritu Santo. Quizás, tomando la utilización del verbo bautizar cuando Jesús invita a Santiago y a Juan a pasar por el mismo bautismo que pasará él (cf. Mc. 10, 38-39), o sea, la muerte, pueda entenderse la muerte y tumba vacía de Jesús como ese bautismo en el Espíritu Santo. A partir de la cruz-resurrección, el Espíritu Santo se derrama y la comunidad de Marcos puede verse invadida del Espíritu, continuando la línea del Evangelio de Jesús. Así, el bautismo en el Espíritu Santo queda sólo reconocible para los cristianos que han entendido/creído la cruz y la tumba vacía.

El principio del Evangelio

Los principios de algo son sus realidades fundacionales, sus directrices vitales. El principio del Evangelio es una Buena Noticia dialéctica y paradójica de muerte-vida. La Buena Noticia es que ese binomio tiene sentido en Jesús. En definitiva, el principio del Evangelio es Jesús, lo que hace Jesús, lo que dice Jesús, la muerte de Jesús y la vida de Jesús (que termina siendo vida de resurrección). Allí está el principio del cristianismo. No en los lineamientos dogmáticos ni en las planificaciones pastorales. El principio es el Evangelio de Jesús, que es Mesías e Hijo de Dios. Allí debe volver la comunidad de Marcos en su tiempo de tribulación y persecución. Allí debemos volver nosotros.

Es un trabajo mental y espiritual de regresión. La tumba vacía se entiende viniendo de la cruz. Ese es el centro teológico importante del libro. Pero la cruz sucede porque las características de Mesías y de Hijo de Dios que desarrolló Jesús durante su vida, fueron lo suficientemente irritantes para determinar su crucifixión, aunque también fueron lo suficientemente potentes para determinar su resurrección. Marcos puede elaborar una teología de la cruz porque es capaz de narrar una teología de la muerte-vida. Sino, la cruz como cruz es nada. Y la muerte es el final. Y la tumba vacía puede ser una ilusión óptica. Marcos sabe que hay mucho más. En Jesús hay un sentido de existencia, que valió para Él y que valdrá siempre. Cuando la Iglesia lo proclama hombre perfecto se hace eco de Marcos que lo narró como ser humano con sentido que da sentido a los demás. Por eso es el hombre perfecto.

La hora de los profetas

El Evangelio según Marcos tiene una clara tendencia anti-institucional religiosa. La máxima propuesta es intercambiar los templos por las casas. La Iglesia de Jesús es la Iglesia del camino y de la casa, familiar y amigable, abierta, cotidiana, secular. Nada tiene que ver con el Templo de Jerusalén. Juan el Bautista parece inmerso en este influjo de cambio. No celebra el perdón en el centro de Jerusalén, sino a la ribera del Jordán, con no mucho armatoste litúrgico. Está él, la naturaleza, Dios y los que quieren convertirse. No hace falta nada más. Su propuesta es profética, desafiante, rebelde. El que viene detrás de él, más fuerte, con bautismo de Espíritu Santo, será también profeta. Distinto de Juan, pero profeta al fin.

Esta línea profética que se impone al cristianismo desde Jesús, es la línea que más fácilmente se pierde. Es la línea que había perdido el judaísmo. El profetismo es la capacidad de mirar la realidad con la mirada de Dios (generalmente inversa a la mirada humana) y hablar en nombre de esa mirada. El profetismo exige un conocimiento y un compromiso con la historia. Conocimiento que, más que en los libros y los análisis, está en los pobres, los marginados, los excluidos. El conocimiento verdadero de la historia está en el revés de la historia, donde nadie se anima a mirar. Por eso es una mirada que genera compromiso, puesto que nos pone frente a la injusticia misma. Siempre, la hora de los profetas es la hora de la justicia social. Allí aparece el llamado urgente a la conversión. Los profetas piden conversión de los corazones para que el oprimido se libere. El Bautista lo hace desde el desierto, al otro lado del Jordán. Jesús lo hará de este lado, en medio de la gente.

La historia no admite dormilones / Primer Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 13, 33-37 / 27.11.11

33 Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento.

34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. 35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. 36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos! (Mc. 13, 33-37)

33

Este versículo comienza igual que las primeras palabras de Jesús al inicio del discurso del capítulo 13, en el versículo 5. La misma expresión se repite también en Mc. 13, 9 y Mc. 13, 23, como marcando el ritmo del discurso escatológico. La palabra en griego que traducimos como tener cuidado es blepo, que literalmente significa tener vista, en el sentido de tener una mirada crítica, saber prestar atención, mirar con detenimiento y discernimiento. Quizás, en español, tener cuidado genera más temor de lo que debería. Se trata de estar atentos, de ser sabios en nuestra interpretación de los signos de la historia.

Esta sabiduría es necesaria porque nadie sabe cuándo llegará el momento culminante. Ni siquiera el Hijo lo sabe (cf. Mc. 13, 32). Si bien este desconocimiento de Jesús puede poner en jaque a la cristología, en realidad estamos ante un judío que respeta la tradición veterotestamentaria que asigna a Dios, y sólo a Él, el conocimiento total del universo. Lo importante es que, a pesar de no saber el momento preciso de la consumación de la historia, el hecho de ser sabios con mirada atenta, da a los discípulos una ventaja. El que sepa leer la historia no se verá completamente sorprendido cuando llegue el día definitivo.

34

Este pequeño relato del hombre que se va de viaje y deja encargos es una parábola. Para los estudiosos del Nuevo Testamento es difícil rastrear los inicios de la misma; si Marcos la ha conservado original, si la ha convertido en alegoría, si resulta de la unión de dos parábolas previas. Ciertamente, tiene elementos alegóricos que permiten identificar al hombre que se va de viaje con Jesús que ha muerto-resucitado y ya no está físicamente entre los discípulos, y los servidores con tareas asignadas serían la Iglesia, donde cada uno tiene su ministerio. La falla de la alegoría está en que el portero, figura única con una función específica, es identificado con todos los cristianos luego, cuando se interpreta que todos deberían velar. En este punto, el texto funciona mejor como parábola.

35

Aquí, el hombre que se va de viaje es denominado como dueño de la casa. El simbolismo recuerda a la Iglesia-casa, figura típica de Marcos para la comunidad. El dueño de la casa es, obviamente, Jesús. Los servidores-Iglesia no saben cuándo regresará, porque no saben el momento en que la historia se consumará. Los horarios posibles de llegada están tomados de las vigilias nocturnas de la época. El atardecer, la medianoche, el canto del gallo y el amanecer eran los cuatro momentos en que se dividía el período nocturno para tener algún tipo de guía. Estas intersecciones de tiempo equivalían, aproximadamente, a tres horas actuales cada una. Tres horas desde que atardecía hasta la medianoche, tres horas más hasta el primer canto de gallo y tres horas más hasta que amaneciese.

La parábola asume que el dueño de la casa regresa por la noche. También hay simbolismo aquí. La noche es la oscuridad, es el momento histórico donde todo está sombrío y es difícil ver con claridad. Son los momentos difíciles de la historia. Los cristianos atentos y sabios, aún en la noche de las tribulaciones, pueden esperar confiados en el dueño de la casa.

36

La referencia a encontrar los servidores dormidos está muy relacionada con el episodio en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33-42), cuando Jesús orando encuentra por tres veces dormidos a Pedro, Santiago y Juan. También es un momento nocturno donde los discípulos no son capaces de esperar atentos, velando. Es un momento específico de tribulación histórica que exige la sabiduría de reconocerle importancia. El sueño de Pedro, Santiago y Juan es la manifestación externa de su incapacidad para mirar sabiamente lo que está ocurriendo a su alrededor. De la misma manera, el sueño de los servidores y el portero es su falta de atención y previsión.

37

El mensaje se universaliza, se dirige a todos. No es sólo el portero quien tiene que estar atento, ni tampoco los discípulos solamente, ni meramente la comunidad eclesial. Todo ser humano debe tener una mirada atenta y sabia sobre la historia para identificar los momentos escatológicos, de consumación, de resolución.

La palabra final de este discurso escatológico del capítulo 13 es, en griego, gregoreo, también traducible como sean vigilantes. Es la actitud exigida a la humanidad desde Jesús. Vigilar, velar, ser sabios en la mirada. Es la forma de identificar la llegada de lo escatológico, la forma de hacer una interpretación correcta de la historia. Los dormidos se pierden la historia de la humanidad, la dejan pasar, la dejan ir. La historia sucede, sus existencias sucede, y ellos no se percatan. Pero Dios quiere seres humanos atentos, no para predecir catástrofes apocalípticas, sino para transformar el mundo activamente.

Atentos a la historia

Los comentaristas de Marcos creen que en el fondo de este capítulo 13 del Evangelio hay un texto previo, más primitivo, del que se habría valido el autor para elaborar su discurso escatológico. Posiblemente circularía como folleto apocalíptico entre las comunidades, como colección de dichos de Jesús sobre los últimos tiempos. Quizás, redactado en la provincia de Judea, con referencias a la situación pre-guerra. Marcos, tomándolo, añadiría frases concretas sobre la historia particular de su comunidad eclesial, sumergida en el universo de la guerra judía de los años 67-70 d.C., con traiciones internas y peligro inminente de crucifixión.

El final del discurso es una llamada profética para los tiempos que corren (para los tiempos que corrían en aquella época). Hay que permanecer vigilando, sin dormirse, sin quedarse inactivos. Hay que estar atentos a la historia para poder discernir sobre ella. Eso es: un discernimiento histórico. Tiene que ver con leer los signos de los tiempos, pero primariamente, con entender el tiempo como lo entiende Dios. El tiempo del mundo (la historia) es un tiempo encargado al acto creativo del ser humano. Los humanos pueden hacer la paz o hacer la guerra, elaborar estructuras de liberación o estructuras de opresión. Pero un día, la historia tendrá que resumirse en el amor de Dios, porque allí encuentra plenitud. Ese día es la esperanza para la comunidad de Marcos. Habrá un día en que desaparecerá la guerra judía, desaparecerán las persecuciones, desaparecerá el temible tormento de la cruz. Habrá un día de gozo eterno, prolongado, inacabable. Habrá un día de paz para las comunidades cristianas.

¿Y mientras tanto? Porque el dilema de la muerte-vida es actual, afecta en el ahora, no mañana. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Esperar a que pase la guerra judía, recluidos, neutrales? ¿Esperar la muerte propia para encontrarnos con el Resucitado? ¿Participar activamente con el riesgo de estar trabajando en un sin sentido? La respuesta colocada en labios de Jesús obliga desde la misión encomendada. El dueño de la casa se ha ido, pero la casa tiene servidores y portero con tareas precisas. Si no cumplen sus encargos, están siendo desatentos con la historia. Para eso están: para prestar atención a la historia del ser humano, para ser luz allí, para guiar, para acompañar. Están en la historia porque sólo participando de ella pueden pretender que ese día final sea real, sea esperanza concreta. Participando de la historia, las comunidades pueden esperanzar y cambiar el mundo. La pasividad no es una opción. Los pasivos son los sorprendidos por el dueño de casa que llega de improviso. No es un fatalismo apocalíptico esta imagen de la llegada nocturna, sino la invitación a estar presentes en la noche de la historia, aunque parezca innecesario. La única certeza de que no estamos dormidos, es justamente, que estemos despiertos como servidores del otro en las noches históricas.

La fórmula matemática del perdón / Vigésimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 21-35 / 11.09.11

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: Págame lo que me debes. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: Dame un plazo y te pagaré la deuda. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”. (Mt. 18, 21-35)

El texto de hoy se abre con una pregunta de Pedro a Jesús sobre la cantidad de veces que hay que perdonar. Rabínicamente, Pedro está dentro de la casuística. Quiere saber dónde está el límite del perdón. Porque convengamos que estamos hablando del mismo hermano que ofende reiteradamente, no de distintos ofensores. ¿Hasta cuándo perdonarlo? ¿Hasta dónde soportarlo? Pedro propone siete veces. El siete es, en simbología semita, la cifra de la plenitud o totalidad. Algunos estudiosos creen que debe a la percepción cósmica astral judía, según la cual habría sólo siete planetas, y esos siete planetas serían la totalidad del cosmos. Otros aseguran que se debe a una percepción cósmica, pero no astral, sino lunar, según la cual cada fase de la luna que dura siete días habla de un período completo. La semana tiene siete días y culmina en el sábbat, día pleno y completo, según el esquema de Gen. 1, 1–2, 3. Una tercera opinión, mezclada ya con ideas helenistas, obtiene el número siete de la suma del tres (totalidad del tiempo: pasado, presente y futuro) y el cuatro (totalidad del espacio: este, oeste, norte y sur), logrando abarcar el universo en sus dos dimensiones. Sea de lo forma que fuese, el siete es lo todo y lo pleno. Pedro le está proponiendo a su Maestro una respuesta de plenitud, que no es mala, sino todo lo contrario. Pedro, en sí, es muy generoso. Aunque el mismo ofensor recaiga en su ofensa, el apóstol cree que hay que perdonarlo plenamente cada vez que se presente la oportunidad. Su error no está en la respuesta que él mismo elabora para la casuística, sino en la pregunta inicial. Al interrogar sobre cuántas veces, está poniendo en juego un límite que Jesús rechaza. Por eso multiplica: se debe perdonar setenta veces siete, equivalente a setenta por siete, equivalente a diez por siete por siete. Jesús se vale de la simbología numérica para representar el infinito. No alcanza con el siete de la plenitud, sino que debe elevarse ese siete a otro siete (más plenitud) que se multiplica por diez (refuerzo del sentido del número que se multiplica). La respuesta de Jesús recuerda Gn. 4, 24: “Caín será vengado siete veces, pero Lámec los será setenta veces”. Al ciclo infinito de violencia entre hermanos desatado en Génesis con el asesinato de Abel (cf. Gn. 4, 8), el Hijo del Hombre lo enfrenta con la frágil y, a la vez, poderosa arma del perdón.

En ese contexto se narra la parábola del rey que perdona y el siervo que no lo hace. Sólo la redacción mateana conserva esta historia. Lo que ha llamado la atención a varios comentaristas a través del tiempo es el marco narrativo de la parábola que parece difícil de congeniar con el mensaje del Evangelio. Se trata de una parábola que asume el sistema de esclavitud y servidumbre de la antigüedad, con un rey tirano que tiene el poder de castigar y hasta vender a sus súbditos si lo considera necesario. No se puede trazar una lectura alegórica directamente. Es imposible asociar, así sin más, el rey de la parábola a Dios y el siervo al discípulo cristiano. Si así fuese, asumiríamos que Dios puede ser tan tirano como el rey de la historia, concepto que se contradice con el resto del mensaje de Jesús. Tenemos que buscar, entonces, el sentido parabólico de la narración jesuánica. Para ayudarnos, anteriormente, Mateo ha dejado establecida la relación metafórica entre el perdón de las deudas y el perdón de los pecados, en la oración del Padrenuestro (cf. Mt. 6, 12), con una aclaración inmediata que sirve como clave hermenéutica de la parábola que leemos este domingo: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6, 14-15).

En la parábola en sí, el personaje en crisis es el siervo (doulos). Esta designación no corresponde a un esclavo con malas condiciones socio-económicas en todos los casos. Al tratarse de un ámbito de nobleza es aplicable a los servidores de la corte, inclusive con buen pasar económico, encargados de asuntos del Estado. Es siervo porque sirve al rey, al reino. Si bien se trata de una forma de esclavitud, conviene aclarar. Sobre todo en esta parábola que sitúa al siervo como un gran recaudador de impuestos, y que desde allí se explican las cantidades. Su deuda para con el rey es de diez mil talentos. En comparación, Pompeyo obtenía para Roma, de toda Judea, diez mil talentos en tributos hacia el año 60 d.C. Lo que el siervo debía no era personal, sino fruto de su trabajo. No sabemos si se ha quedado con el dinero o ha hecho malos cálculos. De todas formas, la deuda es gigantesca e impagable. Cuando el rey cita al siervo sabe perfectamente el desenlace; el hombre no tendrá diez mil talentos para cancelar su morosidad. Ejecutando su poder, el rey decide vender al siervo junto a toda su familia y sus bienes. Aún así, al precio que tenían los esclavos en el siglo I d.C., no se hubiese cancelado la deuda de diez mil talentos. Lo que hace el rey es marcar su territorio, demostrar su poder. Él tiene poder de vida y de muerte sobre sus súbditos. La suerte del siervo infiel servirá como escarmiento para los demás súbditos.

Pero se produce un giro en la historia. El siervo suplica, pide una prórroga para cumplir con la deuda. Nuevamente, el rey sabe que una prórroga es inútil. Nunca recuperará esos diez mil talentos, pero ser compasivo es una muestra de realeza que puede ser beneficiosa. Era común la práctica en los reyes de la antigüedad que perdonaban para generar respeto. Jesús dice que el rey sintió compasión, pero los que venimos leyendo el Evangelio según Mateo desde el principio sabemos que es una compasión diferente a la de Dios. El rey busca su beneficio propio. Aunque perdona la deuda completa, el siervo no se hace libre, sino que continúa como esclavo del reino, y con el peso tácito de no hacer ningún paso en falso, controlado de cerca, en la cuerda floja. De la audiencia no sale aliviado. Se tuvo que humillar, tuvo que clamar por su vida. Frente a los demás siervos ha perdido prestigio. Todos saben que fue denigrado. Esta situación explicará la actitud que tiene con el compañero que le debe cien denarios. Inmediatamente ejerce violencia tomándolo por el cuello. La violencia es una demostración de poder. Evidentemente, los cien denarios no hacían diferencia en su deuda de diez mil talentos. Un denario es el salario de un día de trabajo jornalero. La agresión no es por el dinero, sino por la necesidad de mantener el status. Al ser humillado por su rey, necesita humillar a otro para que el orden social quede equilibrado. El compañero le pide una prórroga, como él lo hizo, pero en este caso decide no darla, ya que no está en condiciones de demostrar más debilidad.

Lo que no cuenta el siervo es que la noticia llegará al rey, y que el rey ha sido compasivo por cuestiones de poder, no de benevolencia. Al no prorrogar a su compañero, ha dejado al rey como un débil. El rey perdona las deudas, pero sus súbditos no lo hacen. Para dejar en claro que no es ningún débil y que sigue siendo el poderoso, el rey revoca el perdón y lo castiga severamente entregándolo a los basanistes, que podríamos traducir como torturadores. En un manejo mafioso, el rey reivindica su situación de superioridad frente a los demás. Nadie puede atribuirse ser mejor que él. Si alguien lo hace, termina con los torturadores. Los compañeros del siervo que lo delataron frente al rey tenían más clara la puja de poderes, y al delatarlo se hicieron aliados del más fuerte, protegiendo su status, su situación laboral y su protección.

La conclusión de Jesús es que sucederá lo mismo en la situación escatológica si los discípulos no perdonan de corazón. La comparación es escatológica, no alegórica. Dios no es como el rey de la parábola, pero la situación puede compararse. Si el discípulo no muestra perdón, habiendo sido perdonado, entonces está rechazando su situación de perdonado, como si no la reconociese ni asumiese. El desarrollo puede ser distinto (seguramente es distinto a la historia del rey y el siervo), pero el desenlace puede ser un punto de comparación. Así será para los que rechacen el perdón divino rechazando perdonar a los hermanos. El planteo de Pedro está equivocado porque habla en términos de límites, cuando el perdón no puede limitarse. Si la intención de la vida discipular es reproducir la vida de Jesús y la vida de Dios, la actitud del perdón debería emular el perdón divino, sin límites, sin restricciones, sin beneficios personales, sin esperar nada a cambio, desde la gratuidad.

El perdón genera un cambio ontológico. Somos distintos desde el perdón. El perdón nos configura a un estilo de vida que nos renueva y nos hace mejores. Aceptar el perdón que nos prodigan sin manifestar el perdón, es rechazar el primero, en realidad. O no ser concientes. Hay una pregunta que Dios nunca se hace: ¿hasta cuándo debo perdonar a este hijo? Si nosotros la hacemos es porque todavía no hemos profundizado el sentido del perdón del Evangelio. Dios no es un rey tirano; los tiranos somos nosotros cuando nos manejamos como los personajes de la parábola, por cuestiones de poder. Cuando ejercemos violencia en lugar de ejercer la reconciliación. Esa actitud nos condena. Nos condenamos porque rechazamos el perdón primigenio, porque vivimos una vida no transformada, por lo tanto, no convertida. El otro merece tanto perdón como perdón hemos recibido. Es dificultoso, sobre todo en ofensas grandes, elocuentes. Pero el razonamiento de Jesús es constante: hay que ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf. Lc. 6, 36), hay que dar gratis lo que gratis hemos recibido (cf. Mt. 10, 8).

Nosotros no excomulgamos / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 15-20 / 04.09.11

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. (Mt. 18, 15-20)

Ingresamos ya, siguiendo el Evangelio según Mateo, en su cuarto discurso. Recordemos que el libro está estructurado en torno a cinco largos agrupamientos de palabras de Jesús. El primer discurso es el llamado sermón del monte (cf. Mt. 5, 1 – 7, 29), que contiene las directrices éticas y morales del Reino de los Cielos. El segundo es un discurso misionero (cf. Mt. 10, 1 – 11, 1), de envío de los discípulos y líneas de acción para la acción evangelizadora de la Iglesia. El tercero es la colección de parábolas del Reino del capítulo 13, que los distintos domingos de la liturgia católica fueron jalonando. El quinto de los agrupamientos de palabras es el discurso escatológico (cf. Mt. 24, 1 – 26, 1), con frases, profecías y parábolas sobre el final de los tiempos. El cuarto discurso, del que leemos un pequeño fragmento hoy, comienza en Mt. 18, 1 y se extiende hasta Mt. 19, 1. La mayoría de los comentaristas lo llaman el discurso eclesial, mientras que otros prefieren el término comunitario.

Este discurso responde a una situación real y concreta que ha comenzado con Jesús. Al formar un grupo de seguidores íntimos, Jesús ha formado una comunidad. Esa comunidad sufre el paso del tiempo y la desaparición del Maestro. Aparecen conflictos, situaciones nuevas sin legislación, sombras en cuanto a temas específicos. Considerando que el Maestro ya no está físicamente para consultarlo, es preciso que las comunidades se organicen. ¿Qué hacer con un pecador público? ¿Quién decide su suerte? ¿Los dirigentes de la comunidad? ¿La comunidad reunida en asamblea? ¿Es necesario armar un juzgado dentro de la Iglesia? Hay un Espíritu y una línea general, un mandamiento del amor, una certeza de la Pascua, pero lo concreto, la problemática del día a día, exige a las comunidades la elaboración de reglamentos, de organigramas, de disposiciones y constituciones. La comunidad mateana no escapa a esa situación. El tiempo ha pasado, la Iglesia se ha enfrentado a diferentes tribulaciones tanto externas como internas, y ha elaborado un método de resolución. La única diferencia con los registros históricos de comunidades que han elaborado códigos para resolver conflictos, está en lo sencillo de las disposiciones del Evangelio según Mateo. Sin exagerar en normativas, sin abundar en detalles, especifica pasos concretos de acción. Lo que no se dice queda librado al Espíritu Santo que sopla en las Iglesias. Lo que no está legislado queda en el criterio comunitario inspirado en la vida de Jesús de Nazaret y en su muerte y resurrección.

El caso del que trata la perícopa litúrgica de este domingo es el del hermano pecador. No es uno de los pecadores ajenos a la comunidad, de los que no han aceptado al Cristo y su discipulado. Se trata de los mismos discípulos, los que ya hicieron una opción. Sin embargo, no parece tratarse de cualquier pecado. La traducción literal sería la referente a un pecado contra ti (eis se). Y el modo de tratamiento, implica que el pecado es público, de conocimiento de los testigos y, en definitiva, de toda la comunidad. Por lo tanto, este abordaje que propone Mateo parece limitarse a las siguientes condiciones: el pecado de un cristiano, que es pecado público y que afecta a otro, al prójimo. No sabemos cuál es el abordaje para otros tipos de pecados, pero pareciese que al tratarse de un error que afecta a la comunidad, es la comunidad la encargada de tomar la decisión. Hay pasos previos, más sutiles, de invitación al cambio, pero en definitiva, el texto deja claro que es la Iglesia la que subyace a la situación del discípulo. Es la Iglesia y no una sola persona, es la Iglesia y no los que ostentan la dirección, es la Iglesia y no ninguna estructura judicial la que se hace cargo en nombre de Jesús. Seguramente, la comunidad mateana podía relacionar de inmediato qué lista de pecados debían ser tratados así, porque lo que el autor hace palabras es un procedimiento ya en funcionamiento en la Iglesia, con tres niveles: el acercamiento personal, los dos testigos y la comunidad en pleno.

El acercamiento personal intenta limitar la publicidad del asunto, preservando al pecador y preservando a la Iglesia, que no se ve sometida a una situación incómoda. Esa es la primera instancia. Puede que haya una respuesta positiva, que el pecador escuche y cambie, o puede que la respuesta sea negativa. En ese caso se accede al segundo nivel de tratamiento, que es el ingreso de una o dos personas más al acercamiento para que en la situación haya dos o tres testigos, respetando el principio legal de Dt. 19, 15: “No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos”. La medida sigue siendo cuidadosa y de preservación. Quizás, un abordaje individual queda sujeto a la subjetividad de quien lo aborda. La intervención de testigos aporta objetividad. Ya no se trata de cuestiones meramente personales, que pueden llevar a equivocaciones; ahora hay peso de testigos. Es probable que la Iglesia de Corinto tuviese el mismo método o un método similar (cf. 2Cor. 13, 1), también inspirado en el Deuteronomio. Nuevamente hay dos caminos. Si el pecador decide cambiar, ya se acaba el asunto, pero si persiste, el último paso es la asamblea convocada (la ekklesía), con todos los miembros, para la decisión comunitaria. Es la expresión máxima de lo que quiso mantenerse en privado, pero trascendió demasiado, y también la expresión máxima del poder de la comunidad sobre cualquier otro poder personal. Ni el solo individuo que aborda en primera instancia ni los testigos pueden tomar la decisión final; eso es ámbito comunitario. La división entre los exegetas se presenta en este punto. Un grupo interpreta que la declaración de pagano/publicano es una excomunión comunitaria. Los paganos y publicanos son los que no aceptan a Jesús y permanecen fuera de la ekklesía. Otro grupo de biblistas sostienen que no hay excomunión. Si repasamos el Evangelio según Mateo, queda claro que Jesús se relaciona con los paganos, inclusive remarcando su fe que, en muchos casos, es mayor a la de los considerados hijos del Reino (cf. Mt. 8, 5-13; Mt. 15, 21-28); y también se relaciona con los publicanos en el plano de la vida/mesa compartida (cf. Mt. 9, 9-13; Mt. 11, 19). Quiere decir que la declaración de pagano/publicano no es una excomunión total, ni siquiera cercana a lo que hoy entendemos como excomulgar. Si la comunidad intenta reproducir la vida y el Espíritu de Jesús, entonces tendrá con los paganos y los publicanos la misma relación que tuvo el Maestro. Cuando un discípulo pecador no acepta el cambio o la renovación, la comunidad lo considera así, pagano/publicano, no totalmente involucrado con el cambio de vida (conversión) que implica el camino de discipulado, pero no por eso fuera del Reino de los Cielos, no por eso falto de fe, no por eso excluido de la mesa. Esta resolución es más que interesante. Mateo es muy cuidadoso de no convertir el juicio comunitario en un patíbulo público. La comunidad de Jesús no estigmatiza, sino que, aceptando la situación de pecado, mantiene una relación con el discípulo errado que va más allá de un simple reconocimiento de su presencia. Es un pagano/publicano como los paganos/publicanos lo eran para Jesús. No sólo es posible seguir relacionándose con él o ella, sino que es obligación de la ekklesía hacerlo, respetando el modelo de relación inaugurado por el Maestro.

El poder de atar/desatar entregado a toda la comunidad (no sólo a Pedro, cf. Mt. 16, 19) tiene sentido cuando se lo lee desde el contexto de los paganos/publicanos. La Iglesia intenta reproducir, de la mejor manera posible, el espíritu del Evangelio. Se ve obligada a legislar y tomar decisiones respecto a hermanos íntimos, con los que se comparte la vida, pero no puede convertirse en estigmatizadora ni excomulgadora. Tiene el desafío de atar/desatar como ataría/desataría Jesús, seguramente con más atadura (comunión) que desatadura. Mateo no está poniendo el foco de su atención en la posibilidad de excomulgar, sino en la posibilidad de reconciliar. Todo el proceso escalonado, de diferentes niveles, buscando incasablemente el arrepentimiento y la conversión, es una muestra de lo importante que resultaba para la comunidad mateana conservar a los hermanos. Y si aún con todos los abordajes el hermano no cambia, la comunidad no condena, sino que comienza a tratarlo como el Maestro trataba a los paganos y a los publicanos, sin exclusión, sino incluyéndolo para invitarlo a la participación plena en la mesa. Al fin y al cabo, se trata de volver a empezar, volver al proceso de convencimiento de la plenitud que hay en la vida en el Cristo.

La comunidad puede demostrar eso al pagano y al publicano porque cree firmemente que Jesús está presente en medio de ella, sobre todo cuando expresa simbólicamente su comunión, estando reunidos. Se puede observar, en paralelo, una disputa entre la comunidad mateana y el judaísmo posterior a la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70d.C. Los rabinos fariseos, habiendo tomado el control del judaísmo, se debatían sobre dónde encontrar la presencia de Dios, ya que el Templo había dejado de existir. Para los cristianos, el planteo es dónde encontrar al Resucitado, y al mismo tiempo, dónde encontrar al Dios del Resucitado. Mateo modifica una vieja frase judía para expresar su opinión: “Si dos hombres se encuentran juntos y las palabras de la Ley están en medio de ellos, Dios habita en medio de ellos”. La Ley del cristiano es Jesús. La Iglesia puede decidir el futuro y la relación con los seres humanos si tiene al Resucitado presente en medio de ella y es conciente de esa presencia. Es una tarea muy difícil. Cuando las comunidades tienen que tomar una decisión respecto a un hermano o hermana, cuando el pecado público es evidente, cuando una serie de acciones han dañado al prójimo. No se puede excomulgar así porque sí. Mateo nos recuerda que Jesús no lo hubiese hecho tan fácil. Que hay un proceso primero, y si el proceso falla, tampoco la excomunión total es la solución. El Reino tiene otra modalidad. Jesús no nos permite erigirnos en jueces de un misterio, que es la participación en la vida de Dios. Allí termina nuestra jurisdicción, la jurisdicción de la Iglesia. Podemos construir una Iglesia que ata o que desata. Si somos seguidores del Nazareno, tendremos que tender siempre a atar, compartiendo la mesa con el de afuera, aunque el de afuera no quiera compartirla con nosotros.

A Pedro le pesa la cruz / Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 16, 21-27 / 28.08.11

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”. (Mt. 16, 21-27)

La liturgia viene ofreciéndonos distintos textos sobre la figura mateana de Pedro. Hemos vista al apóstol caminar sobre las aguas y hundirse, siendo salvado por la mano de Jesús, y lo hemos encontrado confesando una fe excelsa en el Mesías, Hijo de Dios. Para Mateo es el discípulo de la iniciativa, el que habla primero, el que responde por los otros (cf. Mt. 14, 28; Mt. 15, 15; Mt. 17, 4; Mt. 19, 27; Mt. 26, 35). Esa iniciativa lo lleva a equivocarse mucho (cf. Mt. 14, 29-31; Mt. 16, 21-23; Mt. 26, 40.69-75), pero en equivocaciones que, de alguna manera, encuentran justificación en su iniciativa. Porque se anima a hablar de frente con Jesús, porque comparte con Él una amistad profunda, porque aparece sincero, sin dobleces, es más propenso al error. No es el error del que voluntariamente interviene para el mal, sino el de aquel que se equivoca en el buen sentido. Si Pedro no tuviese iniciativa propia, seguramente se equivocaría menos, pero a costa de su solapamiento, su ocultamiento, su apagamiento. Lo fascinante de Pedro es este arrebato, esta libertad para dirigirse a Jesús. Es una actitud que recuerda mucho a David, el rey más famoso de Israel, quizás tan famoso por sus aciertos como por sus pecados. Pero es tan llana la relación que David tiene con Dios, tan honesta, tan abierta, que sigue siendo el modelo de rey, a pesar de sus errores. En el caso que leemos hoy se contrasta el Pedro del domingo anterior, bienaventurado por haber recibido la revelación, con éste que se interpone a los caminos divinos. Se trata de un díptico literario. Tenemos al Pedro sobrenatural que ha recibido una revelación (apokalypto en griego) directamente del Padre (cf. Mt. 16, 13-20) frente al Pedro de la carne y la sangre, que no puede ver más allá, que no entiende el mesianismo que proclamó instantes antes, que ha dejado lo revelado por sus ocurrencias. Es un díptico que describe a Pedro de cuerpo entero. Un díptico que nos describe a nosotros. Aciertos y errores separados por una línea invisible y fina. Pedro, el primero de los apóstoles, el de la iniciativa, junto al Pedro equivocado, opuesto a Dios. Es el vaivén paradójico de su amistad con Jesús. Pedro tiene autoridad entre los discípulos (así lo ha entendido también la comunidad mateana), pero debe estar atento, porque su autoridad puede desviarse a caminos equivocados (inclusive, caminos contrarios a Dios). La cruz en el horizonte es la medida para Pedro (la medida para todos).

Aquí, el libro de Mateo marca decididamente un mojón. Desde ese momento comienza Jesús a anunciar algo nuevo, algo que todavía no había anunciado tan claramente: que debe ir a Jerusalén, sufrir, morir y resucitar. Respetando el esquema marquiano, Mateo conserva tres anuncios de la pasión (cf. Mt. 16, 21; Mt. 17, 22-23; Mt. 20, 17-19). El que leemos hoy es el primero. La acusación parte directamente hacia un grupo conformado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas. Justamente, los tres grupos que conformaban el Sanedrín, tribunal superior de Israel. Los ancianos son la aristocracia laica de Jerusalén, bien acomodados económicamente. Los sumos sacerdotes son, para el tiempo de Jesús, los que han ocupado el cargo de sumo sacerdote del Templo en años anteriores y el que lo ocupa actualmente, inclusive aquellos sacerdotes de alto rango. Tradicionalmente, el puesto de sumo sacerdote era vitalicio, pero el siglo I vio trasgredida esa norma, con movimientos políticos del cargo que lo hacían ir de uno a otro. Finalmente, los escribas eran los que, sabiendo leer y escribir, estaban encargados de la interpretación oficial de la Torá, los estudiosos de la Ley. Este es el colectivo que condenará a Jesús. La cúpula jerárquico-religiosa, los que deciden qué está bien y qué está mal, los poderosos. No bastándoles el poder económico y político, se abogarán también el poder de tomar una vida.

Este anuncio no habla de la cruz ni de la crucifixión directamente, pero los versículos siguientes, aunque se refieran principalmente a otra idea, son entendibles para el lector del Evangelio que ya conoce el desenlace de los hechos. Jesús invita a sus discípulos (y, por supuesto, a Pedro) a cargar la cruz. La invitación es terrible. Cargar la cruz es igualarse a los condenados a muerte, hacerse despreciables para el sistema, volverse dignos de ser ejecutados. Flavio Josefo, en Guerras de los Judíos, describió la crucifixión como “la más lastimosa de las muertes”. Incluso muchos autores romanos (Tácito, Séneca) la consideraban una crueldad desmedida. Por eso no se aplicaba a los ciudadanos romanos, excepto en caso de traición a Roma o al Emperador. Los condenados regulares a la cruz eran los extranjeros rebeldes, los delincuentes que utilizaban violencia y los esclavos. Jesús invita a ser como ellos para el sistema político-religioso. Pero podemos ser más específicos aún. En primer lugar, seguro que Jesús no invita a ser delincuentes violentos, porque el resto de su mensaje no se condice con ello. Tampoco invita a ser esclavos, porque el Evangelio es una llamada a la libertad con la consiguiente destrucción de cualquier forma de opresión. Quizás, Jesús invita a ser rebeldes, a su manera, según el sermón del monte de Mt. 5-7, pero rebeldes al fin, resistiendo al sistema político y religioso, aunque eso nos lleve a la muerte. Pedro no puede entenderlo. Para los judíos en general también es complicado, porque algunas tradiciones asociaban el madero de la cruz con la maldición del Deuteronomio sobre los que cuelgan de un árbol (cf. Dt. 21, 23; Gal. 3, 13). La exigencia del discipulado es radical. Volverse marginal, volverse condenado a muerte, volverse ajeno al sistema y rebelde al mismo. También está implicado lo económico, ya que la idea de ganar (kerdaino) el mundo es la de obtener ganancias económicamente, acumular riquezas terrenas. Y perder (zemioo) es arruinarse en lo social y lo económico. Sin mencionar que la pregunta sobre qué puede dar el hombre a cambio está formulada con el verbo antalagma, que en griego es el vocablo para definir los intercambios de artículos cuando el pago de una compra se hace mediante el trueque. Es obvio que no hay nada tan valioso como la vida para que pueda suplirlo un artículo o un bien material. Parte del discipulado es reconocer que la vida que ofrece Jesús es superior a cualquier otra cosa; tan superior que invita a marginarse y liberarse de las ataduras económicas.

Aún Pedro, bendecido con la revelación, no puede asimilarlo. Por eso Jesús le dirige la misma orden que le dio a Satanás en Mt. 4, 10: retírate. De alguna manera, Pedro ha pasado de estar invadido por la revelación divina a sentirse poseído por lo diabólico. Jesús lo manda fuera, que se vaya, como si lo estuviese exorcizando, o como si estuviese exorcizando su proyecto del Reino para que no sea influenciado por las fuerzas del mal. Que se retiren, que se vayan, que dejen de molestar. La segunda parte de la imprecación a Pedro es un llamado a re-convertirse: ve detrás de mí. Es una expresión que recuerda a Mt. 4, 19 (sobre todo en el griego original) cuando Jesús llama por vez primera a Pedro diciéndole deute opiso mou, que puede traducirse como vengan detrás de mí, normalmente interpretado por las traducciones bíblicas como síganme. Jesús no se conforma con nominar satánicamente a Pedro. Lo invita a recuperar su discipulado, bajo las condiciones de la cruz cargada y los bienes dejados de lado. Ese es el camino para ser exorcizado, para rechazar la tentación de alterar los caminos divinos. Pedro tiene que volver a ponerse detrás de Jesús.

—————————————————————————————————————————————————————————————–

Todos necesitamos volver a ubicarnos detrás de Jesús. Lo que significa ser discípulos según el modelo de nuestro Maestro. A lo largo de la historia hemos elaborado distintas maneras de discipular. Nos hemos convencido de variantes y formas que poco o nada tenían que ver con el Evangelio. Pero Jesús nos sigue recordando que hay que cargar la cruz, volverse condenado a muerte, perdedor en términos del mundo. Rebeldes contra el sistema, aunque parezca una expresión de izquierdas. Rebeldes contra el capitalismo que deja sin comer a tantos niños, rebeldes contra el desempleo, contra el lucro institucionalizado, contra la educación mediocre para criar mentes mediocres, contra los partidos políticos basados en la mentira y la corrupción sistematizadas. Tenemos que salirnos del sistema para poder combatir al sistema. Sin violencia física, sin atentados, sin bombas, sin armas. Salir del sistema como se salió Jesús, viviendo itinerante, sin domicilio fijo, sin dinero, en relación estrecha con los expulsados de la sociedad. ¿Quién podía hablar de economía mejor que Jesús? ¿Quién podía criticar mejor la política que Jesús? ¿Quién podía denunciar las opresiones religiosas mejor que Él? Su estado de vida liberado del sistema, le daba autoridad y visión libre para pensar y sentir como piensa Dios, nunca sujeto a un imperio, a una moneda o a una secta.

Los discípulos de Jesús deberíamos ser así. A veces estamos tan compenetrados con el sistema, que desviamos la atención de las cosas importantes. Creemos que podemos negociar ciertos criterios evangélicos desde nuestra comodidad. Que podemos ser solidarios desde nuestra burguesía. Que podemos cambiar el mundo cambiando a otros sin cambiar nosotros. Creemos una ilusión que nos hemos fabricado. El discipulado real sigue siendo radical, sigue siendo de crucifixión, de condenados a muerte, sigue siendo rebelde. Una de las más tristes características del cristianismo parroquial de nuestro tiempo es que está empecinado en anestesiarnos, en conformarnos con lo mínimo, en decirnos (como Pedro) que es un error subir a Jerusalén, es un error asemejarse a los condenados a muerte, es un error no premeditar el ahorro y la estabilidad económica. No esperemos a que Jesús nos grite: retírense, vayan detrás de mí. Es tiempo de darnos cuenta solos, como cristianos adultos.