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Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 1, 39-45


En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 39-45)

Hoy leemos el famosísimo texto llamado la visitación, donde Lucas nos cuenta un episodio enmarcado dentro del género literario de los relatos de la infancia de Jesús. Se trata del encuentro de María e Isabel, en casa de esta última. Durante siglos, el texto fue la base para dos mensajes clásicos: la solidaridad y la misión, siendo María ejemplo de ambos. La solidaridad porque, estando embarazada, la joven de Nazareth emprende un viaje largo para, supuestamente, ayudar a su prima Isabel que ya lleva unos seis meses de gestación. La misión porque, habiendo recibido la Buena Noticia en su seno, María parte con prisa para compartirla con Isabel. Con estas dos lecturas, si bien se pueden realzar y destacar actitudes básicas del cristianismo, nos estamos perdiendo la riqueza de la construcción literaria de Lucas, que ha usado un trasfondo veterotestamentario para esta escena.

En otro orden de cosas, pero siguiendo la intención de profundizar la escena, debemos decir que, así como está, deja algunas cosas importantes sin explicación, o al menos, sin mencionar. El sitio exacto donde residen Isabel y Zacarías no es mencionado. La tradición lo ha identificado con Am Karam, una localidad a 6 kilómetros de Jerusalén. De una u otra manera se trata de la provincia de Judá, y eso implicaría un desplazamiento gigante de María considerando su estado. En esa época, los viajes no eran seguros. En los caminos desiertos, los asaltantes encontraban presas fáciles en los grupos pequeños que se desplazaban por allí, por eso lo ideal era viajar en caravana. ¿Cómo habría viajado María, entonces? ¿Y José? De él no hay noticias en el relato. Recién en el capítulo 2 cobra un cierto protagonismo (cf. Lc. 2, 4). También resulta extraño que María no se quede para el parto de Isabel siendo que ha realizado un viaje tan largo. Lc. 1, 56-57 da a entender que María se quedó tres meses con su prima y se volvió a su casa antes del parto.

Planteadas estas dificultades, vale indagar cuál es la intención de Lucas para la redacción de este texto, cuál es el mensaje determinante. La perícopa comienza con la expresión en aquellos días, propia del lenguaje del Antiguo Testamento (cf. 2Rey. 10, 32; 2Rey. 15, 37; 2Cron. 32, 24; Is. 38, 1; Dan. 10, 2). Y es que Lucas ha tejido sus dos primeros capítulos con el telón de fondo de las Escrituras judías. Tomando moldes veterotestamentarios relató la infancia de Jesús y de Juan el Bautista. Con ese recurso literario establece continuidad en la historia de la salvación, dentro de una obra que remarca las divisiones temporales de esa misma historia. Justamente, el gran trabajo arquitectónico de este autor consistió en separar la vida del Pueblo de Dios según tres épocas. La primera época es la de la Antigua Alianza, la que culmina con la llegada de Jesús. En su Evangelio, ese período tiene como representantes a Zacarías (sacerdote del templo), a Isabel (estéril al comienzo, como muchas mujeres del Antiguo Testamento) y a Juan el Bautista (el último profeta de la Antigua Alianza y el más grande, según Lc. 7, 26-28). Cuando comienza el ministerio de Jesús se abre una nueva etapa, la del Hijo, la de la Nueva Alianza (cf. Lc. 22, 20), que tendrá su coronación en la ascensión (cf. Lc. 24, 50-51; Hch. 1, 9). Y, finalmente, llega el período del Espíritu Santo con la efusión de Pentecostés narrada en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles, libro que también pertenece a Lucas. El tiempo del Espíritu Santo es, por lo tanto, el tiempo de la Iglesia, que perpetúa la utopía de Jesús, el nuevo orden de cosas de la Nueva Alianza. Considerando este esquema básico de Lucas-Hechos, los dos primeros capítulos del Evangelio son una bisagra temporal, y por eso se remarca la ruptura con lo viejo, pero en continuidad. María y Jesús son los íconos del Nuevo Testamento, distintos de Zacarías, Isabel y el Bautista, pero no por eso separados. La Nueva Alianza no viene a destruir la Antigua, sino a plenificarla. Esto explica que, en paralelo, sean narradas las anunciaciones a Zacarías (cf. Lc. 1, 5-25) y a María (cf. Lc. 1, 26-38); y los nacimientos de Juan (cf. Lc. 1, 57-80) y Jesús (cf. Lc. 2, 1-21). La visitación queda, así, en el centro de estos cuatro acontecimientos, como escena que hace las veces de articulación entre una familia de la Antigua Alianza (la familia de Zacarías) y una familia de la Nueva Alianza (la familia de María).

Como dijimos, el telón de fondo hay que buscarlo en el Antiguo Testamento. Así nos encontramos con el relato de 2Sam. 6, 1-12. Allí se narra que David quiere transportar el arca de Dios desde Baalá de Judá hasta Jerusalén, la capital del reinado davídico. Para los israelitas, el arca contenía en su interior las tablas de la Ley dadas a Moisés en el Sinaí y era, en la tierra, la presencia real de Yahvé. David quiere llevarla a Jerusalén porque, evidentemente, teniéndola en su territorio más fuerte, en su casa, se asegura el respeto religioso-político del pueblo. Entre esta historia y la visitación hay puntos de contacto más que suficientes para relacionarlas. David parte de Judá, de la casa de Abinadab que está en la loma (cf. 2Sam. 6, 2-3); Isabel vive en la región montañosa de Judá. Tras la muerte de Uzá por tocar el arca, al reconocer el poder que encierra, David se pregunta: “¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca de Yahvé?” (cf. 2Sam. 6, 9b); Isabel se pregunta: “¿De dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?”. David decide llevar el arca a casa de Obededón, donde permanece tres meses (cf. 2Sam. 6, 11); María estuvo en casa de Isabel también tres meses (cf. Lc. 1, 56). La casa de Obededón quedó bendecida por la visita del arca (cf. 2Sam. 6, 11); Isabel quedó llena del Espíritu Santo (bendecida) por la visita de María y la declaró bendita entre todas las mujeres (cf. Jdt. 13, 18; Juec. 5, 24), que semíticamente es una expresión para designar un superlativo, o sea que la declaró la más bendita de todas las mujeres. Cuando David se entera que la casa de Obededón fue bendecida, decide continuar el camino hacia Jerusalén con el arca y la llevan con gran alborozo (cf. 2Sam. 6, 12), danzando (cf. 2Sam. 6, 13) y con cánticos (cf. 2Sam. 6, 14); apenas se oye el saludo de María en casa de Isabel, el niño Juan salta de gozo en el seno materno. El mensaje teológico se clarifica rotundamente: María es el arca de la Nueva Alianza.

Como ya lo habíamos dejado entrever, la visitación es la pieza articulatoria de Antiguo y Nuevo Testamento que, compartiendo la bisagra histórica, moviéndose casi en paralelo (las dos anunciaciones y los dos nacimientos), se encuentran en las dos madres, que no casualmente son parientes (cf. Lc. 1, 36). La tensión entre continuidad-discontinuidad, entre ruptura-plenificación es una línea delgada que se sostiene en estas dos mujeres. La representante de las matriarcas israelitas estériles favorecidas por la gracia divina para concebir, reconoce en la joven y fecunda representante del Nuevo Israel a la madre del Señor, a la que trae en su seno la salvación. A su vez, la joven fértil, llena del Espíritu Santo (cf. Lc. 1, 35), transmite ese Espíritu a Isabel, compartiéndole las primicias de lo nuevo, de la obra definitiva de Dios. Ya Zacarías había escuchado la promesa de que su hijo quedaría lleno del Espíritu desde el seno de su madre (cf. Lc. 1, 15). La renovación de la Nueva Alianza toma de la mano a la Antigua y la lleva a lugares insospechados. La esterilidad de lo antiguo es convertida en fecundidad por la novedad del Mesías que cumple las promesas de Dios. María es la que ha creído en este cumplimiento, a diferencia de Zacarías, quien dudó y por eso quedó mudo (cf. Lc. 1, 20). Zacarías, sacerdote sin palabra, no puede servir a su pueblo; María, joven que confía en Yahvé, transmite el Espíritu Santo a quienes visita. La Antigua Alianza está muda, sin palabras, en cambio la Nueva canta en boca de María (cf. Lc. 1, 46-55). María tiene palabra porque ha creído en la Palabra. Así podemos entender mejor el pasaje de Lc. 11, 27-28:“Estaba él [Jesús] diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. María es la primera dichosa que guarda la Palabra oída, es la que medita en su corazón los acontecimientos (cf. Lc. 2, 19.51), es el nuevo Israel que le cree a Dios y que confía en su novedad.

En nuestros corazones hay cosas viejas y cosas nuevas, en la sociedad hay cosas viejas y nuevas, en las estructuras eclesiales hay cosas viejas y nuevas. En la tensión de ambos elementos está el riesgo de los extremismos. O aferrarse demasiado a lo antiguo, o querer demolerlo por completo con lo novedoso. En nuestros corazones sería profundizar actitudes por costumbre y repetir sin justificación, o cambiar rotundamente olvidando la historia pasada, los momentos vividos. En la sociedad se suele expresar generacionalmente, cuando los que se ponen ancianos tratan, por todos los medios, de perpetuar su estilo de vida, mientras los jóvenes arrasan con rebeldía cualquier modo de hacer, pensar o sentir que se identifique con los mayores. En las estructuras eclesiales no hay excepción a esta regla; mientras algunos grupos se aferran a tradicionalismos que representarían la esencia cristiana, otros movimientos proponen desbaratar todo lo existente por considerarlo una interpretación errónea y prolongada del Evangelio. Aquí no hay bien y mal enfrentados, no existe un límite preciso que separa entre lo debido y lo indebido. Viejo y nuevo incluyen las categorías de bueno y malo, pero no las agotan en sí mismos. No todo lo viejo es malo ni todo lo nuevo es bueno, y viceversa.

María es el arca de la Nueva Alianza, pero visita a la Antigua personificada en Isabel embarazada de Juan el Bautista. Lucas reconoce y cree en lo novedoso del Evangelio, pero no por eso desprecia los moldes del Antiguo Testamento para narrar la historia de Jesús. Es una tarea de discernimiento que debemos aprender, es una cualidad para la evangelización que nos cuesta equilibrar. ¿Cómo saber hasta dónde la Buena Noticia permite que algunas cosas permanezcan y otras no? ¿Cómo presentar el mensaje insólito de la resurrección para que esa luz ilumine y no ciegue? ¿Cómo tratar la historia del otro, con sus altibajos? ¿Cómo creer en la renovación que causa el Cristo asumiendo la presencia anterior de Dios? Desde la Iglesia primitiva nos lo venimos planteando. Al principio, la discusión fue sobre el judaísmo, sobre la posición de Israel en el plan de la salvación. ¿El pueblo elegido había pasado de moda? Pablo responde en los capítulos 9 al 11 de la Carta a los Romanos. Pero la intención no es detenernos allí, sino reconocer la problemática que acompaña la evangelización.

¿Dónde están las antiguas alianzas de nuestros pueblos? ¿Cuáles son sus antiguos testamentos? Ya demasiado daño ha causado la colonización evangelizadora para que no nos olvidemos de esas preguntas. La historia de los pueblos habla de Yahvé, como germen, de manera oscura, velada, probablemente imperfecta. El Cristo es la plenificación de esa historia, y esa es la perspectiva de la evangelización. Si decimos que el relato de la visitación es el relato de María misionera, que no sea solamente porque recorrió varios kilómetros, sino porque, siendo arca de la Nueva Alianza, quiso comunicar el Espíritu Santo a los modos antiguos de vivir a Dios, quiso que su fecundidad mirara hacia delante transformando la esterilidad de lo pasado.

Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C – Lc. 3, 10-18


La gente le preguntaba: “Pues ¿qué debemos hacer?” Y él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.” Vinieron también publicanos a bautizarse, que le dijeron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?” Él les dijo: “No exijáis más de lo que os está fijado.” Preguntáronle también unos soldados: “Y nosotros ¿qué debemos hacer?” Él les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas y contentaos con vuestra soldada.” Como el pueblo estaba expectante y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, declaró Juan a todos: “Yo os bautizo con agua; pero está a punto de llegar el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo para bieldar su parva: recogerá el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga.” Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva. (Lc. 3, 10-18)

En este Tercer Domingo de Adviento seguimos con la figura del Bautista. Tras su presentación y su situación histórica, enmarcado en el ministerio profético de larga tradición en Israel, Lucas nos presenta el meollo del mensaje de Juan. Aquí, la cuestión sinóptica de los relatos paralelos en los Evangelios según Marcos, Mateo y Lucas juega un papel interesante. Toda la tradición parece coincidir en que el Bautista comenzó su ministerio antes que Jesús, que lo realizó a orillas del Jordán, en el desierto y que su práctica regular era el bautismo. La hermenéutica que asocia este ministerio joánico con la cita del comienzo del capítulo 40 de Isaías también es una constante (cf. Mc. 1, 2-3; Mt. 3, 3; Lc. 3, 4-6; Jn. 1, 23). Ahora bien, respecto al relato de su discurso hallamos algunas diferencias redaccionales entre los evangelistas. Para Marcos, el Bautista tiene una función netamente precursora, de anuncio directo del Mesías que viene, y podríamos aventurar, casi sin mensaje propio. Juan menciona en apenas dos versículos al que viene detrás de él, el que es más fuerte, del que no es digno de desatarle la correa de las sandalias (cf. Mc. 1, 7), y el que trae un bautismo mejor (cf. Mc. 1, 8).

Para Mateo y para Lucas, el mensaje del Bautista es más completo, y pueden hallarse en su predicación elementos propios que, inclusive, hasta parecen contrapuestos al Evangelio de Jesús. En la primera parte del mensaje coinciden Mateo y Lucas. Las exhortaciones son duras, en tono acusatorio. El apelativo raza de víboras dirigido a fariseos y saduceos en Mateo (cf. Mt. 3, 7), y a la gente en general en Lucas (cf. Lc. 3, 7), es durísimo. Por lo que sigue a continuación, tienen más sentido los interlocutores que presenta Mateo, puesto que después se los acusa de aducir la condición de hijos de Abraham, o sea, la condición de pueblo elegido con transmisión generacional. La gente común de Palestina no expresaba ese pensamiento en el nivel y exposición con que lo hacían los dirigentes judíos. Esta primera parte culmina con la imagen apocalíptica del hacha puesta a la raíz de los árboles, dispuesta a cortar lo que será quemado (cf. Mt. 3, 10; Lc. 3, 9). Hasta aquí, los dos evangelistas coinciden bastante. Pero el paralelo se corta repentinamente con la introducción lucana de un fragmento original, que es desde donde comienza la lectura liturgia de hoy. Adelantándonos, vemos que en Mt. 3, 11 y Lc. 3, 16 se vuelven a corresponder los relatos con un anuncio muy similar al que ha recogido Marcos y, nuevamente, un final apocalíptico, esta vez con la imagen del agente mesiánico que tiene en su mano el bieldo y que quemará la paja con un fuego inextinguible. Por esta estructura, muchos biblistas concluyen que Lc. 3, 10-14 es un agregado de Lucas que pertenecería a una fuente propia, no conocida por Mateo, que podría tratarse de un escrito, una transmisión oral o un artificio literario. Más allá de las diferencias, al contrario que el Bautista marcano, éste posee mensaje propio, de talante acusatorio, escatológico y, sobre todo en Lucas, ético. Más aún, la inmediatez con la que presenta el castigo divino que será ira implacable, parece oponerse diametralmente a la práctica del perdón y al amor de Dios Padre presentado por Jesús. Lo que sí se halla en la misma línea jesuánica es la crítica a la sensación de seguridad de los dirigentes judíos, tanto religiosos como políticos, que justifican en su raza separada por motivos sanguíneos una superioridad salvífica inexistente.

Concentrándonos en el agregado lucano (Lc. 3, 10-14), hallamos un contenido ético que parece bastante conformista y distinto de la radicalidad que vive el Bautista en su propia vida. No hay invitaciones a abandonarlo todo ni a desplazarse al desierto. No hay sígueme (cf. Lc. 5, 27; Lc. 9, 59; Lc. 18, 22). Juan no parece crear un grupo de seguidores, al menos en el relato de Lucas. Quizás, este agregado responda a la problemática expresada en Lc. 3, 15: la gente se pregunta si Juan no es el Cristo. Entonces, las diferencias con Jesús se acentúan para demostrar fehacientemente que no lo es. El Bautista no hace auto-referencia, sino que constantemente se identifica como el que precede al Mesías.

Los tres grupos que se acercan y que interactúan con Juan son la gente en general, los publicanos y los soldados. Cabe acotar que estos soldados no son los romanos, sino los empleados de Herodes Antipas, quienes resolvían asuntos internos. No se trataba de profesionales en el ámbito del ejército, sino de mercenarios a sueldo. Lo común a los tres grupos es que conforman conjuntos sociales marginados de la religión oficial judía por ser considerados impuros. La gente como tal, como multitud, es el grueso de la población que no lleva al pie de la letra las prescripciones rituales. Los publicanos son los empleados del Imperio que se encargan del cobro de los impuestos, y al estar en contacto con dinero pagano, se contaminan. Los soldados de Herodes Antipas, en general provenientes de la gentilidad, eran por naturaleza impuros. Pero más allá de lo estrictamente religioso, se esconde lo político. Los publicanos (empleados de Roma) y los soldados (empleados de un rey ilegal como lo era Herodes, por no pertenecer a la casta israelita) son vende-patria, son traidores y enemigos de la esperanza israelita, que consiste en liberarse de la opresión extranjera.

Las respuestas de Juan a las preguntas de los tres grupos se mueven en un mínimo que no llega al fondo de la cuestión estructural. El que tiene ropa y comida debe compartirla con los que no tienen; los publicanos no deben cobrar de más, pero pueden seguir cobrando los impuestos; los soldados no deben excederse en sus métodos ni exigir una paga mayor, pero pueden continuar sirviendo a Herodes Antipas. Así, ratificando lo dicho anteriormente, parece que Lucas quiere recalcar el papel precursor del Bautista que sólo es anticipo en germen del mensaje transformador del Mesías que vendrá. Porque el que viene es el más fuerte, es el que trae la verdadera transformación de Dios. Cuando Jesús es acusado de expulsar demonios por el poder de Beelzebul, el príncipe de los demonios (cf. Lc. 11, 15), su argumento de defensa es que el signo de los demonios derrotados es lo mismo que la llegada de uno más fuerte que el vencido (cf. Lc. 11, 21-22), o sea, Jesús es el más fuerte que Beelzebul, y por eso puede derrotarlo y saquear sus pertenencias. Juan, respecto a éste que viene, no es digno de desatarle la correa de sus sandalias, pero no en sentido de pequeñez y humildad, sino en términos jurídicos. Según Dt. 25, 7-10, en el marco de la legislación sobre el levirato (si una mujer queda viuda y sin descendencia, el pariente más próximo del hermano muerto debe dársela), si el pariente más próximo obligado a tomar la mujer se resiste a hacerlo, como símbolo de su pérdida de derecho a ejercer el levirato, la mujer“se acercará a él en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia de su pie, le escupirá a la cara y pronunciará estas palabras: Así se hace con el hombre que no edifica la casa de su hermano” (Dt. 25, 9). Desatarle la sandalia a un hombre, entonces, es dejar constancia al derecho que perdió, al derecho que no tiene sobre determinada mujer. Si Israel es la viuda, la mujer sin descendencia, sin vida, la desprotegida (como figurará Lucas en el episodio de la viuda de Naín de Lc. 7, 11-15 y en la viuda de la ofrenda en el templo de Lc. 21, 1-4), entonces el pariente más próximo con derecho a darle esa descendencia que le falta, es el Mesías, es Jesús, y no Juan el Bautista. Él no tiene jurisdicción para quitarle ese derecho. Jesús es el que vendrá definitivamente y el que cumplirá todas las esperanzas, es el enviado de los últimos tiempos, por eso se lo presenta bajo imágenes apocalípticas como el fuego, el hacha que está en el pie del árbol o el bieldo (cf. Mal 4, 19; Jer. 15, 7).

El final de la perícopa puede parecernos desconcertante. Aparentemente, este mensaje apocalíptico del Bautista con una ética que no necesariamente afecta las grandes estructuras, es una Buena Noticia. Si lo comparamos con el Evangelio de Jesús, con su mensaje del Reino, esta Buena Noticia parece relativizada. Y es que el Evangelio del Bautista es la esperanza en el que viene, es la esperanza del adviento, del que sale al encuentro y es el más fuerte, el que vence los poderes demoníacos, el que tiene derecho a ser nuestro salvador, el que tiene derecho a rescatarnos. La ley del levirato establecía que el cuñado de la viuda era el pariente más cercano para darle descendencia, pero si no tenía cuñado, debía buscarse el familiar con mayor proximidad. En la viudez de nuestros pueblos, en el abandono de las gentes que no tienen vida, difícilmente haya parientes cercanos que se preocupen por ellos. Dios es el más cercano, el próximo, el adyacente, el inmediato, el único con derecho a darnos descendencia. El derecho de Dios no proviene de su poderío o de su condición superior, sino de su amor. Porque nos ama, puede hacernos pasar de la muerte a la vida.

La evangelización, o mejor expresado, las opciones pastorales que hemos tomado como Iglesia, muchas veces contribuyeron a alejar a Dios, haciéndolo el inalcanzable, el inaccesible. Cuando intentamos revertir ese proceso, nos encontramos con personas que no esperan nada de Dios, o en el mejor de los casos, que esperan una dádiva de un ser poderoso que, quizás con suerte, se acuerda de ellos. Adviento, por lo tanto, no significa nada, puesto que la proximidad del Todopoderoso es imposible. ¿Qué Buena Noticia hay si nadie viene? ¿Qué Buena Noticia se sostiene en la distancia infranqueable? Creer que la viudez de los pueblos es eterna, creer que Dios no es lo suficientemente íntimo como para rescatarnos, lleva a un oscuro pesado del que no se puede salir. Un Dios que no nos sale al encuentro es presente estancado, es detenerse, es deprimirse.

El Bautista presentado por Lucas vive su ministerio en función de la inmediatez del Mesías. Profetiza y bautiza como quien tiene la certeza de la presencia divina al doblar la esquina. Saber que está llegando el más fuerte es fortificarse, saber que Beelzebul ha sido derrotado, saber que Dios en persona toma posesión de nuestra causa. Cuando nos preguntamos de qué lado está Dios en nuestras existencias, claramente podemos decir que Dios está al lado del abandonado, al lado de los desprotegidos, de las viudas que no tienen quién las sostenga. Dios es el próximo/prójimo de los que ven su vida truncada, de aquellos a los que se les va apagando la luz de la existencia sin dejar más descendencia que su propia miseria. Él no es el más fuerte que avanza con la dureza de su brazo derribando todos; Él es el más fuerte que protege, el que rescata. Juan lo señala, nosotros debiésemos señalarlo también. Juan no se consideraba digno de quitarle a Jesús su derecho de liberar al pueblo; nosotros tampoco tenemos derecho a restringir el derecho que tiene Dios desde su amor. Puede que nuestra legislación eclesiástica limite la entrada de los desposeídos al banquete, pero Dios es más fuerte, y su pie ya ha tomado posesión en el corazón de los abandonados.