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Hermanos en la comida / Del libro “Discípulos de este Siglo”

Editorial Claretiana me ha editado, hace unos meses, el libro “Discípulos de este siglo” sobre algunas parábolas de Jesús. Como los caminos de este blog nos están llevando, en estos últimos posteos, por el lado de las comidas, quiero compartir un fragmento del segundo capítulo del libro, dedicado a la parábola del Padre Misericordioso de Lc. 15, 11-32; parábola que finaliza con un banquete organizado por el padre para celebrar que hay más vida que muerte, más encontrados que perdidos.

Los dejo con el fragmento en este fin de semana de panes partidos y repartidos.

El hijo menor recupera algo más que comida. Recupera dignidad, y recuperándola vuelve a la vida. Eso es lo que celebra el padre. Ha triunfado el amor. Hay un esclavo menos en el mundo. Es justamente ese amor el que elimina la esclavitud y devuelve la vida. El hijo mayor, por supuesto, no lo entiende. Su recriminación es que ha estado siempre junto a su padre cumpliendo las órdenes, y ahora llega éste que se había ido por su propia decisión y todos festejan, cuando deberían castigarlo. La pregunta que el hijo mayor no realiza a su padre es por qué no lo castiga. Sabe la respuesta, y eso le aterra. Entiende que lo único que está en juego para su padre es el amor; lo demás es accesorio. Para él es al revés: el castigo del pecador está primero, lo demás es accesorio.

Esa actitud farisaica del hijo mayor no es sólo de algunos fariseos históricos. Es de muchos cristianos actuales. Hay que estar bien parados para admitir que el Padre ama de más. Hay que conocer lo suficiente a Dios como para suponer y creer que para Él estamos todos invitados a la fiesta, porque todos somos hijos. Si el problema es que no hemos entendido de qué clase de filiación se trata, entonces la cuestión es otra. Si creemos que los verdaderos hijos son los que ven al Padre como un juez administrador de castigos, nos equivocamos; si creemos que la relación con el Padre debe ser de acatamiento y no de amor, estamos equivocados; si hemos inventado un complicado juego de reglas que deben ser cumplimentadas para acceder más tarde (mucho más tarde) al novillo cebado, también estamos equivocados. Los hijos pueden comer el novillo cuando sea, porque lo que es del Padre, también es nuestro. Los hijos no se enojan cuando los perdidos son encontrados, cuando los muertos vuelven a la vida. Ese aumento de hijos no significa que haya menos para compartir, sino que ahora hay alguien nuevo para hacerlo. Eso es motivo de suficiente alegría, en el cielo y para los ángeles. Eso es lo que ocultamos, sistemáticamente, cuando predicamos la Buena Noticia. Terminamos evangelizando con noticias secundarias, con el discurso institucional, pero nos olvidamos que la compasión de Dios, su amor infinito, es la mayor atracción que podemos generar. La Buena Noticia es que hay un espacio donde todos somos dignos e iguales porque somos amados: ese espacio es el seno del Padre. ¿Podrá serlo para nosotros? ¿O preferimos refunfuñar desde afuera creyendo que estamos adentro? Porque para ser verdaderos hijos, más que acatar las órdenes de un padre, tenemos que reconocer que tenemos hermanos.

La historia no admite dormilones / Primer Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 13, 33-37 / 27.11.11

33 Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento.

34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. 35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. 36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos! (Mc. 13, 33-37)

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Este versículo comienza igual que las primeras palabras de Jesús al inicio del discurso del capítulo 13, en el versículo 5. La misma expresión se repite también en Mc. 13, 9 y Mc. 13, 23, como marcando el ritmo del discurso escatológico. La palabra en griego que traducimos como tener cuidado es blepo, que literalmente significa tener vista, en el sentido de tener una mirada crítica, saber prestar atención, mirar con detenimiento y discernimiento. Quizás, en español, tener cuidado genera más temor de lo que debería. Se trata de estar atentos, de ser sabios en nuestra interpretación de los signos de la historia.

Esta sabiduría es necesaria porque nadie sabe cuándo llegará el momento culminante. Ni siquiera el Hijo lo sabe (cf. Mc. 13, 32). Si bien este desconocimiento de Jesús puede poner en jaque a la cristología, en realidad estamos ante un judío que respeta la tradición veterotestamentaria que asigna a Dios, y sólo a Él, el conocimiento total del universo. Lo importante es que, a pesar de no saber el momento preciso de la consumación de la historia, el hecho de ser sabios con mirada atenta, da a los discípulos una ventaja. El que sepa leer la historia no se verá completamente sorprendido cuando llegue el día definitivo.

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Este pequeño relato del hombre que se va de viaje y deja encargos es una parábola. Para los estudiosos del Nuevo Testamento es difícil rastrear los inicios de la misma; si Marcos la ha conservado original, si la ha convertido en alegoría, si resulta de la unión de dos parábolas previas. Ciertamente, tiene elementos alegóricos que permiten identificar al hombre que se va de viaje con Jesús que ha muerto-resucitado y ya no está físicamente entre los discípulos, y los servidores con tareas asignadas serían la Iglesia, donde cada uno tiene su ministerio. La falla de la alegoría está en que el portero, figura única con una función específica, es identificado con todos los cristianos luego, cuando se interpreta que todos deberían velar. En este punto, el texto funciona mejor como parábola.

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Aquí, el hombre que se va de viaje es denominado como dueño de la casa. El simbolismo recuerda a la Iglesia-casa, figura típica de Marcos para la comunidad. El dueño de la casa es, obviamente, Jesús. Los servidores-Iglesia no saben cuándo regresará, porque no saben el momento en que la historia se consumará. Los horarios posibles de llegada están tomados de las vigilias nocturnas de la época. El atardecer, la medianoche, el canto del gallo y el amanecer eran los cuatro momentos en que se dividía el período nocturno para tener algún tipo de guía. Estas intersecciones de tiempo equivalían, aproximadamente, a tres horas actuales cada una. Tres horas desde que atardecía hasta la medianoche, tres horas más hasta el primer canto de gallo y tres horas más hasta que amaneciese.

La parábola asume que el dueño de la casa regresa por la noche. También hay simbolismo aquí. La noche es la oscuridad, es el momento histórico donde todo está sombrío y es difícil ver con claridad. Son los momentos difíciles de la historia. Los cristianos atentos y sabios, aún en la noche de las tribulaciones, pueden esperar confiados en el dueño de la casa.

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La referencia a encontrar los servidores dormidos está muy relacionada con el episodio en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33-42), cuando Jesús orando encuentra por tres veces dormidos a Pedro, Santiago y Juan. También es un momento nocturno donde los discípulos no son capaces de esperar atentos, velando. Es un momento específico de tribulación histórica que exige la sabiduría de reconocerle importancia. El sueño de Pedro, Santiago y Juan es la manifestación externa de su incapacidad para mirar sabiamente lo que está ocurriendo a su alrededor. De la misma manera, el sueño de los servidores y el portero es su falta de atención y previsión.

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El mensaje se universaliza, se dirige a todos. No es sólo el portero quien tiene que estar atento, ni tampoco los discípulos solamente, ni meramente la comunidad eclesial. Todo ser humano debe tener una mirada atenta y sabia sobre la historia para identificar los momentos escatológicos, de consumación, de resolución.

La palabra final de este discurso escatológico del capítulo 13 es, en griego, gregoreo, también traducible como sean vigilantes. Es la actitud exigida a la humanidad desde Jesús. Vigilar, velar, ser sabios en la mirada. Es la forma de identificar la llegada de lo escatológico, la forma de hacer una interpretación correcta de la historia. Los dormidos se pierden la historia de la humanidad, la dejan pasar, la dejan ir. La historia sucede, sus existencias sucede, y ellos no se percatan. Pero Dios quiere seres humanos atentos, no para predecir catástrofes apocalípticas, sino para transformar el mundo activamente.

Atentos a la historia

Los comentaristas de Marcos creen que en el fondo de este capítulo 13 del Evangelio hay un texto previo, más primitivo, del que se habría valido el autor para elaborar su discurso escatológico. Posiblemente circularía como folleto apocalíptico entre las comunidades, como colección de dichos de Jesús sobre los últimos tiempos. Quizás, redactado en la provincia de Judea, con referencias a la situación pre-guerra. Marcos, tomándolo, añadiría frases concretas sobre la historia particular de su comunidad eclesial, sumergida en el universo de la guerra judía de los años 67-70 d.C., con traiciones internas y peligro inminente de crucifixión.

El final del discurso es una llamada profética para los tiempos que corren (para los tiempos que corrían en aquella época). Hay que permanecer vigilando, sin dormirse, sin quedarse inactivos. Hay que estar atentos a la historia para poder discernir sobre ella. Eso es: un discernimiento histórico. Tiene que ver con leer los signos de los tiempos, pero primariamente, con entender el tiempo como lo entiende Dios. El tiempo del mundo (la historia) es un tiempo encargado al acto creativo del ser humano. Los humanos pueden hacer la paz o hacer la guerra, elaborar estructuras de liberación o estructuras de opresión. Pero un día, la historia tendrá que resumirse en el amor de Dios, porque allí encuentra plenitud. Ese día es la esperanza para la comunidad de Marcos. Habrá un día en que desaparecerá la guerra judía, desaparecerán las persecuciones, desaparecerá el temible tormento de la cruz. Habrá un día de gozo eterno, prolongado, inacabable. Habrá un día de paz para las comunidades cristianas.

¿Y mientras tanto? Porque el dilema de la muerte-vida es actual, afecta en el ahora, no mañana. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Esperar a que pase la guerra judía, recluidos, neutrales? ¿Esperar la muerte propia para encontrarnos con el Resucitado? ¿Participar activamente con el riesgo de estar trabajando en un sin sentido? La respuesta colocada en labios de Jesús obliga desde la misión encomendada. El dueño de la casa se ha ido, pero la casa tiene servidores y portero con tareas precisas. Si no cumplen sus encargos, están siendo desatentos con la historia. Para eso están: para prestar atención a la historia del ser humano, para ser luz allí, para guiar, para acompañar. Están en la historia porque sólo participando de ella pueden pretender que ese día final sea real, sea esperanza concreta. Participando de la historia, las comunidades pueden esperanzar y cambiar el mundo. La pasividad no es una opción. Los pasivos son los sorprendidos por el dueño de casa que llega de improviso. No es un fatalismo apocalíptico esta imagen de la llegada nocturna, sino la invitación a estar presentes en la noche de la historia, aunque parezca innecesario. La única certeza de que no estamos dormidos, es justamente, que estemos despiertos como servidores del otro en las noches históricas.

El que no arriesga, no gana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 14-30 / 13.11.11

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mt. 25, 14-30)

Esta parábola conocida no es tan simple y ligera como tradicionalmente se piensa. Considerando desde un principio que el título asignado por la mayoría de las traducciones (parábola de los talentos) podría estar equivocado, y que hasta el planteo interno del relato podría contradecir el Evangelio y la imagen de Dios predicada por Jesús, es válido tener algunas reservas. Quizás, el mayor problema sean las modificaciones que pudo sufrir la parábola desde que fue pronunciada por Jesús hasta que la conservó y plasmó por escrito la Iglesia primitiva. El texto está contenido en Mateo, que leemos hoy, en Lc. 19, 12-27 y en el apócrifo Evangelio de los Nazarenos. Este último hace modificaciones importantísimas que afectan el desarrollo y la conclusión; la más notoria es cuando el tercer siervo, en lugar de esconder el dinero confiado, como en Mateo o Lucas, lo dilapida en prostitutas. Obviamente, se trata de un giro moralizante de la parábola, probablemente ideado por una comunidad judeo-cristiana que, ante la demora de la Parusía (la segunda venida del Hijo del Hombre), constataba cómo muchos cristianos comenzaban a llevar una vida moral laxa, sin demasiadas preocupaciones, convencidos de que el Señor tardaría en volver. Esta visión debe considerarse muy posterior a Jesús. Inclusive, la visión escatológica que también comparten Mateo y Lucas, relacionando la parábola con la consumación de la historia, puede no ser la intención inicial de Jesús. El núcleo del relato estaría en un señor que confía bienes a sus siervos y que espera que esos bienes produzcan más. Sin connotaciones morales y sin recurrir necesariamente a la imagen de un juicio final donde el improductivo es castigado. La metáfora final de las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes pueden rastrearse en Mt. 8, 12; Mt. 9, 12; Mt. 13, 42.50; Mt. 22, 13 y Mt. 24,51, demostrando que son frases recurrentes de la literatura mateana, posiblemente redaccionales. Recordemos que en el hilo de la narración, no tiene sentido este final con tinieblas, llanto y rechinar de dientes; no tiene sentido que este hombre rico se exprese así. Tampoco tiene sentido, en la mirada global del Evangelio, que Jesús apruebe que se le quite el dinero al que tiene poco (al pobre) y se lo entregue al que tiene mucho (al rico). La expresión parece contradecir la Buena Noticia anunciada previamente. Podemos suponer que aquí también hay intervención redaccional de la Iglesia. Como en el inicio mateano, cuando se explica que los tres siervos recibieron distinta cantidad de dinero, de acuerdo a su capacidad o habilidad. Esta frase puede ser el puntapié para la interpretación tradicional que proclama que Dios crea personas más hábiles que otras, que a unos da más talento (más carisma, más habilidades, más inteligencia, más capacidades) que a otros. ¿Es compatible este Dios con el Padre de Jesús? Con esta percepción se fabrica una teología de la desigualdad natural. Peligrosísima. Si Dios nos ha hecho desiguales, es lógico que la sociedad sea desigual y que unos estén sobre otros. Pero la parábola no está diciendo esto. Lo que traducimos por capacidad es dynamis en griego, y significa poder. Jesús ha utilizado para esta parábola, como para otras, un modelo imperial y señorial de su tiempo. Un hombre muy rico, con esclavos y empleados, les deja dinero para que produzcan más. A su regreso, exigirá violentamente, y al que no cumpla, castigará. No quiere decir que el Reino de Dios sea como los reinos de la tierra; sólo se está aprovechando una situación común del Imperio Romano para figurar otra cosa. Por eso hay tres siervos con distinto poder, o sea, con distintos cargos dentro del señorío de este hombre rico. Si se tratase de un gobernador, por ejemplo, diríamos que hay distintos cargos ministeriales o secretariales. No se puede trasladar, así sin más, la idea de distintos dynamis a una teología de la desigualdad.

Lucas ha sido más cuidadoso en su relato. El señor que se va deja a diez servidores la misma cantidad de dinero: diez minas a cada uno. La mina equivale a 100 denarios, y un denario es el sueldo de un día de trabajo de un jornalero. La orden, en Lucas, es precisa: hagan producir el dinero. Al final, cuando el siervo que escondió el dinero es despojado para darle al que más tiene, un coro de servidores inquiere al señor sobre esta práctica extraña de darle más al que más tiene. Es un llamado de atención que Mateo no tiene. Estos agregados lucanos hacen pensar que Mateo está más cerca del original, aunque también ha intervenido en la redacción. Lucas alegorizó bastante para relacionar la parábola con la Parusía. En el inicio, por ejemplo, se describe al señor como un hombre de familia noble que viaja al exterior para recibir una investidura y regresar enseguida. Como Jesús ascenderá para recibir la diestra del Padre y volver en la segunda venida del Hijo del Hombre. Pero una comitiva de conciudadanos se moviliza en embajada al país lejano para evitar que sea coronado rey. Como los jefes religiosos de Israel que no quieren reconocer el mesianismo de Jesús. De todas maneras, el noble vuelve convertido en rey y condena a muerte a sus enemigos. Más allá de esta alegoría, en el fondo parece estar también el recuerdo de Arquelao, quien partió hacia Roma en el año 4 a.C. para que el Imperio le otorgase el reino de Judea; al mismo tiempo, una embajada judía de 50 personas viajó a Roma en paralelo para impedir su nombramiento.

Habiendo establecido todos estos añadidos redaccionales, es necesario preguntarse cuál podría ser la intención original de la parábola. Tenemos por seguro que siempre se trata de mucho dinero el confiado. Las minas de Lucas son talentos en Mateo. Un talento equivale a seis mil denarios. Esta confianza del señor hacia sus siervos es generosa. Les está dando en resguardo grandes sumas de dinero. Lucas ha conservado una orden directa del noble: produzcan ganancias. Mateo no. Nos quedamos, entonces, con siervos llenos de dinero que no es suyo, y el dueño del dinero está ausente. Sea como fuere, los siervos saben que este señor es exigente. Cuando vuelva, exigirá algo. Tácitamente, en Mateo, los talentos se entienden como un fideicomiso. En un momento habrá que devolverlos. En este punto, los siervos pueden tomar dos caminos: invertir y arriesgar, o guardar y esperar. El tercer siervo parece apelar a la segunda opción, validada por el derecho rabínico que consideraba libre de responsabilidad a aquel que, después de recibir un depósito, lo enterraba para protegerlo de los ladrones. Para los rabinos, esta es una salida favorable. Pero el regreso del señor confirma otra cosa: el que no arriesga, no gana. Si bien la parábola no da el ejemplo de un siervo que haya invertido y perdido, quedando con menos dinero, parece que el señor premia el no haberse quedado quieto, en espera pasiva. El señor trata a este último siervo de malo y perezoso. Lo que traducimos por perezoso es okneros en griego, que significa encogido, como quien está doblado sobre sí mismo, achicado. El señor de la parábola no quiere siervos encogidos, tímidos. Lo que premia no es el aumento del capital, sino lo que se ha arriesgado. Esconder el dinero es una actitud cobarde, despreciada, pasiva. Esta interpretación parece encajar mejor con la parábola de las jóvenes que esperan al novio (Mt. 25, 1-13), inmediatamente anterior, donde el problema también está en la espera pasiva, sin hacer nada.

La teología de la desigualdad ha causado y sigue causando muchos daños. No se puede afirmar que Dios ha creado a unos más capaces que otros y, por lo tanto, unos deben dominar a los otros. Es una justificación del orden injusto que no puede atribuirse a Jesús. Forzar esta parábola hacia ese campo es un despropósito, es una injuria a la Biblia. Y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Entendemos que el talento (dinero para cualquiera que escuchase la parábola en el siglo I) es la capacidad dada por Dios a cada ser humano. Pero esta parábola no trata sobre los talentos ni sobre los carismas, sino sobre la actitud de los discípulos, sobre los que no hacen nada, los que no intervienen, los que se entierran a sí mismos. Son estos discípulos los que permiten que el orden social siga siendo injusto, porque prefieren mantener lo que tienen (su posición, su estatus, sus bienes) antes que intervenir transformando las cosas.

Esta parábola tiene también una reafirmación de la participación del ser humano en la Creación. Hay una exigencia. Pero no es una exigencia moralista ni una prueba para enjuiciamiento. Hay una exigencia que es inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Somos co-creadores, aunque no nos guste reconocerlo. La Creación sigue su curso por la mano de Dios, pero también por la mano humana que puede intervenir en ella, de buena y de mala manera. Estamos inmersos en la Creación y en la historia. Evadirnos es esconder el talento. La evasión es lo condenable, no la ineficiencia para los negocios. Nuestra participación en la Creación debe estar orientada a la igualdad, a que el dinero confiado transforme la realidad de manera que no haya unos sobre otros, ricos sobre pobres, poderosos sobre marginados. Cuando el Señor vuelva a exigir lo confiado, podremos presentarle los riesgos que tomamos para cambiar el mundo o la pasividad que asumimos ante las injusticias. Allí descubriremos que nuestro Señor es un Señor exigente, tan comprometido que exige nuestro compromiso.

Esperar no es esperar / Trigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 1-13 / 06.11.11

Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?”. Pero estas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”, pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. (Mt. 25, 1-13)

Nuevamente, la liturgia nos trae una parábola de Jesús. Esta vez es una propia de Mateo. En la estructura general de la obra mateana, esta parábola sobre las diez jóvenes es la primera de tres cuadros escénicos que completan el capítulo 25. Al fragmento que leemos este domingo le continúan la parábola de los talentos (cf. Mt. 25, 14-30) y la descripción del juicio final a las naciones ejecutado por el Hijo del Hombre (cf. Mt. 25, 31-46). Agrandando un poco más el panorama, tenemos que entender el capítulo 25 enlazado al capítulo 24, constituyendo en conjunto el último discurso de Jesús en el libro, conocido como el discurso escatológico. Llegando a la cumbre de los acontecimientos, cuando sólo resta la pasión, el autor decide que Jesús hable de la resolución de la historia, de la consumación de los hechos. Y lo hará desde la base del capítulo 13 de Marcos con modificaciones y añadidos. Un posible esquema del discurso escatológico divide las siguientes secciones: la introducción, con la pregunta de los discípulos y el comienzo de las enseñanzas (cf. Mt. 24, 1-3); los problemas internos que tendrá la comunidad (cf. Mt. 24, 4-14); el juicio sobre Judá (cf. Mt. 24, 15-22); el llamado de atención sobre los falsos profetas que se presentarán aprovechando la situación caótica (cf. Mt. 24, 23-28); la descripción de las señales cósmicas que servirán de aviso (cf. Mt. 24, 29-31), la parábola de la higuera (cf. Mt. 24, 32-36); las dos parábolas con la exhortación a estar en vela, siempre atentos, esperando activamente (cf. Mt. 25, 1-30); y la visión del juicio del Hijo del Hombre sobre las naciones (cf. Mt. 25, 31-46).

Conociendo este contexto, es importante entender que lo parabólico y lo alegórico se entrecruzan. Nadie conoce a ciencia cierta la pre-historia mateana de esta parábola. No sabemos cuál es la fuente del autor o si ha elaborado el relato desde él mismo. Algunos historiadores pretenden que los datos consignados sobre costumbres de bodas son correctos, mientras que otros discuten detalles que no se corresponderían con la realidad matrimonial de Palestina. La tarea histórico-literaria es difícil. Mateo ha recurrido a un método que ya utilizó en parábolas anteriores, que consiste en contraponer dos personajes o dos actitudes para remarcar la opción positiva. Así sucede con el rey que perdona deudas y el siervo que no lo hace (cf. Mt. 18, 23ss), o el hijo que dice sin trabajar y el que dice no trabajando (cf. Mt. 21. 28ss). Es un recurso del autor, y por lo tanto, un recurso que se interpone en la búsqueda de la originalidad de la parábola. Además, la contraposición entre sensatos/sabios e insensatos/necios recuerda muchísimo a Mt. 7, 24-26, en la parábola de los dos constructores. Uno de ellos (el sabio, sensato, prudente) edificó su casa sobre la roca, y es comparable al discípulo que escucha la Palabra y la pone en práctica; el otro (necio, insensato, imprudente) edifica sobre arena, y es comparable al que escucha la Palabra sin ponerla en práctica. La insensatez de éste último lo hace perder su casa, así como las cinco jóvenes imprudentes pierden la entrada a la boda. En el texto griego, los adjetivos utilizados para describir a los personajes contrapuestos son el mismo vocablo: phronimos para el constructor sabio y las jóvenes prudentes; moros para el constructor necio y las jóvenes imprudentes. Esta similitud es un indicador de la originalidad mateana, antes que jesuánica.

Pero veamos las costumbres de bodas de Palestina del siglo I. El acto que narra la parábola es el final de un proceso que comienza con el noviazgo, iniciado generalmente por el arreglo entre dos familias para que sus hijos contraigan matrimonio. Tras un tiempo de noviazgo se efectuaba el compromiso, que en muchas cuestiones equivalía al matrimonio definitivo, a realizarse un año después. El ritual indicaba que la novia se trasladase en procesión hasta la casa del novio, donde habitaría de allí en adelante, y esperase el arribo del novio, un rato después. En algunas ocasiones, el novio podía llegar tarde por la demora en el acuerdo de la dote, pues era bien visto en algunos ámbitos que la familia de la novia discutiera lo entregado en dote por el novio, exigiendo más; quería decir que la muchacha valía mucho. En esta demora, la novia estaba acompañada por diez amigas vestidas de blanco, aproximadamente de la misma edad que ella. Lo que traducimos como lámparas, sería más correcto denominar antorchas, puesto que se trataba de palos con un trapo embebido en aceite en la punta. Cuando la llama iba perdiendo vigor, las jóvenes agregaban un poco de aceite al trapo para que siguiese ardiendo una buena llama. Todas estas costumbres aparecen reflejadas en la parábola, aunque el detalle de no mencionar en ningún momento a la novia hace pensar en la carga alegórica. Desde la tradición profética, Dios es identificado como el esposo de Israel (Is. 54, 5; Os. 2). Esta imagen del esposo es trasladada fácilmente al Mesías que ha de volver. Aquí tiene sentido mencionar que la parábola es introducida en futuro: será semejante. Mateo está pensando en algo que sucederá, en algo que se consumará (las bodas eternas) cuando regrese el Hijo. Por eso no hay novia en singular. Las jóvenes representan a la comunidad de discípulos, como un personaje complejo. Novia puede ser la Iglesia, como un todo, pero aquí interesa la diversidad de actitudes dentro de la Iglesia. Interesa hacer notar que algunos discípulos son sabios y prudentes, mientras que otros son necios. Esta identificación de las jóvenes que acompañan a la novia con los discípulos tiene sustento en la interpretación rabínica que se hacía de las hijas de Jerusalén del Cantar de los Cantares (cf. Cant. 1,5; 2,7; 3,5.10; 5, 8.16; 8,4), entendidas como metáfora de los discípulos de la Ley/Sabiduría. El símbolo de distinción entre unas jóvenes y otras es el aceite. Unas lo han acopiado, lo tienen, y aunque el esposo se demore, no les faltará. Otras se han quedado sin.

Para algunos comentaristas el aceite es el Espíritu Santo, para otros son las buenas obras, y para algunos sólo representa la falta de previsión, sin simbología específica. La relación con la parábola de los dos constructores, hace pensar en la posibilidad de que se trate de la puesta en práctica de la Palabra. Las jóvenes prudentes (con aceite) son los discípulos que oyen y practican. En su práctica del Reino se vuelven luz (antorcha) para el mundo (cf. Mt. 5, 14), porque hacen evidente una Palabra que es lámpara para los pasos y luz para el camino (cf. Sal. 119, 105). Estos discípulos, ciertamente, están esperando el regreso del Hijo. No porque sus obras compren el regreso, o porque se merezcan la entrada a la boda debido a sus méritos. Es lógico que están esperando al esposo debido a su manera de comportarse. Tienen la real actitud de espera: una espera activa. Los necios e imprudentes son los que no han entendido la dimensión de la Palabra, cómo afecta esta vida concreta y actual para culminar afectando la vida eterna. Son malos discípulos porque pretenden esperar pasivamente, de brazos cruzados, pretendiendo que lo que los otros hagan (el aceite de las otras jóvenes) sea suficiente. Tranquilizan su conciencia depositando en los otros las responsabilidades que les son propias. Por eso el Señor no las reconoce, no son sus discípulos, no se comportan como tales. Es llamativo que las cinco necias se dirigen al esposo diciéndole señor, señor, cuando Jesús ya ha aclarado que “no son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt. 7, 21). No hay discipulado desde la pasividad.

Mateo tenía un problema concreto: la Parusía (el regreso del Hijo para consumar la historia) se retrasaba. Jesús y los primeros discípulos habían proclamado que era inminente, pero el tiempo seguía transcurriendo. Ante esta situación, algunos han decidido cruzarse de brazos, por la posibilidad de que todo sea una mentira o por la certeza de que el mundo seguirá siendo injusto hasta que Dios se digne a ponerle fin. En cualquiera de las dos circunstancias, no valdría la pena esforzarse. Bastaría con la esperanza en que todo ha quedado en manos del Hijo. Pero Mateo se da cuenta de que esa actitud está destruyendo a la comunidad, y a la larga, destruye el mundo. La inactividad, la pasividad, los brazos cruzados, no son del Reino.

La esperanza cristiana es una espera activa. El futuro concreto depende de nuestro presente concreto. Al creer firmemente que Dios convertirá la injusticia en justicia, estamos obligados a trabajar por la justicia, porque de esa forma retomamos la tarea primigenia humana de colaboradores y co-creadores junto al Padre. Nuestra participación en lo escatológico, en la tendencia a un mundo mejor, es la mejor parte de nuestra humanidad, porque responde al anhelo del Génesis, al anhelo del corazón de Dios. Nuestras limitaciones no son la excusa para abstenerse. Llevar la luz al mundo es poner en práctica la Palabra. Las frases bonitas y las declaraciones de fe tienen una cierta utilidad, pero no son determinantes. El aceite es determinante; quienes no lo tienen, se quedan sin antorcha y fuera de la boda.

Hoy, muchos cristianos deciden no participar en la transformación del mundo porque suponen que esperando con confianza, dentro de la casa, haciendo lo justo y necesario en el trabajo, Dios hará el resto. Es una ética de lo mínimo. Es la esperanza entendida como proceso interno y personalísimo. Es la palabra con minúscula que se fundamenta en decir señor con los labios. La Palabra en mayúscula en cambio, es la que afecta todas las dimensiones de la existencia. La Palabra de Jesús propone una ética de lo máximo, donde no hay límites de cumplimiento, sino propuestas hacia delante. No tiene esperanza el cristiano encerrado en sus seguridades, sino el discípulo lanzado al fracaso de sus intentos por mejorar, por cambiar, por transformar. En esas preocupaciones y obstáculos que se interponen se va palpando la esperanza verdadera. Y son esos fracasos los que demuestran que el mundo puede ser mejor, como la cruz demuestra que hay resurrección.

El Dios del cambio / Vigésimoseptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 21, 33-46 / 02.10.11

“Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: Respetarán a mi hijo. Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”.

Le respondieron: “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”. Jesús agregó: “¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta. (Mt. 21, 33-46)

La parábola de los viñadores homicidas tiene una tradición sólida entre los Sinópticos y es, además, retomada por el Evangelio Gnóstico de Tomás. El cuidado que han tenido los autores sinópticos en conservarla indica la importancia que esta parábola tiene para la Iglesia primitiva; seguramente por el hecho de que es un pequeño resumen de la historia de la salvación, y serviría para explicar el por qué y la misión de la Iglesia. Algunos autores creen que la parábola completa ha sido creada por la Iglesia, sin remontarse al Jesús histórico. Otros defienden la historicidad de la misma, sobre todo por dos cuestiones: refleja una situación no infrecuente de Galilea, de viñas con propietarios extranjeros, y no menciona ni alegóricamente el hecho de la resurrección, siempre presente en la predicación eclesial. Es posible, entonces, que Jesús haya contado esta parábola, así como es posible que los autores cristianos hayan agregado o quitado elementos para alegorizarla. Mc. 12, 1-12 y Lc. 20, 9-19 son los pasajes paralelos. El Evangelio Gnóstico de Tomás 65-66, escrito aproximadamente en el año 150 d.C., la narra así: “Un hombre de bien tenía una viña, se la dio a unos obreros para que la trabajasen y recibir su fruto de sus manos. Envió a su criado para que los obreros dieran el fruto de la viña. Ellos tomaron al criado, lo golpearon y faltó poco para que lo hicieran morir. El criado se fue, se lo dijo a su amo. Su amo dijo: Quizá no lo han reconocido. Envió a otro criado, los obreros lo golpearon igualmente. Entonces el amo mandó a su hijo. Dijo: Quizá respeten a mi hijo. Aquellos obreros, cuando supieron que era él, lo apresaron y lo mataron. El que tenga oídos, que oiga. Jesús dijo: Mostradme la piedra que rechazaron los constructores, esa es la piedra angular”. Las diferencias con los Sinópticos están en la descripción del propietario, que según Tomás es un hombre de bien; en la suerte de los criados o servidores, que sólo son golpeados y maltratados en Tomás, pero algunos muertos en los Sinópticos; y en el desenlace más elaborado por los Sinópticos con la referencia directa a la clase dirigente israelita. También es interesante el razonamiento del dueño de la viña de Tomás, que en un principio cree que los obreros pueden no haber reconocido a sus enviados, o sea no haber conocido (gnosis) con certeza de quiénes se trataba.

Para los oyentes de la parábola, algunas simbologías son muy claras. Al referirse a la creación de la viña, Jesús está recordando el cántico de la viña de Is. 5, 1-7, que narra cómo el amigo del profeta cavó la viña, la plantó, edificó una torre en medio y excavó un lagar. Cualquier mínimo conocedor del Antiguo Testamento ya reconocía a Israel en la metáfora. Y también conocía las típicas recriminaciones de los profetas a la viña que no daba buenos frutos (cf. Jer. 2, 21). Mateo, gran conocedor de la tradición veterotestamentaria, conoce la simbología bíblica de los frutos y la utiliza. Juan el Bautista es el primero en exhortar a dar frutos sinceros de conversión (cf. Mt. 3, 8), de lo contrario, el hacha escatológica cortará los árboles de malos frutos (cf. Mt. 3, 10). Jesús no es ajeno a esa exhortación y en dos oportunidades recuerda que el árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos, lo que permite reconocer al árbol por sus frutos (cf. Mt. 7, 16-20; Mt. 12, 33). La parábola del sembrador se hace eco de la misma idea (cf. Mt. 13, 3-8.19-23). Y, finalmente, el episodio de la higuera (cf. Mt. 21, 19, tan símbolo del pueblo de Israel como la viña) es otra manera más velada de explicar lo que la parábola que leemos hoy desarrolla.

El dueño de esta viña parece ser un extranjero que vive afuera. Ha creado un campo de producción y se ha retirado a esperar el pago periódico. Esta situación era real en Galilea. Muchas tierras pertenecían a extranjeros, lo que generaba una lógica desazón y bronca entre los galileos que terminaban trabajando para que paganos se llevasen las ganancias. Jesús mete el dedo en la llaga. Como siempre recordamos al comentar las parábolas, no quiere decir que Dios Padre sea exactamente como el dueño de la viña de la historia, sino que Jesús se vale de una situación corriente para transmitir un mensaje sobre el Reino. Considerando esta expatriación de bienes que generan los propietarios extranjeros, tampoco es ilógico pensar como piensan los viñadores: hay que devolver esa tierra a Galilea, a sus originales dueños. Ciertas previsiones legales del siglo I permitían que una propiedad pasara a los primeros en reclamarla si no se comprobaban dueños. Matando a los siervos y al hijo, quizás el dueño se acobardara, ya no volviese, y los viñadores podrían quedarse con la tierra. Por supuesto, tampoco era tan fácil, ya que los propietarios contaban con el apoyo gubernamental y podían solicitar ayuda militar para desalojar a obreros amotinados. Puesta así la situación, estamos ante una parábola que se mete en el meollo económico de los campesinos. Aprovechando esto, Jesús da un salto metafórico con la presencia de los siervos enviados. Son, alegóricamente, los profetas del Antiguo Testamento, también llamados siervos de Yahvé (cf. Jer. 7, 25; Am. 3, 7). Como en la parábola, los profetas sufren oposición, y hasta muerte (cf. Jer. 7,25-26; Jer. 25, 4; Jer. 26, 5.20-23; 2Cron. 36, 15-16; Neh. 9, 26; Dan. 9, 6). Algunos exegetas van más allá y, precisamente en la versión mateana que nombra tres tormentos, identifican a Jeremías como el golpeado (cf. Jer. 20, 2), Urías como el asesinado (cf. Jer. 26, 20-23) y Zacarías como el apedreado (cf. 2Cron. 24, 20-21). Llegando a la cumbre de su maldad, los viñadores asesinan al hijo del dueño. A pesar de algunas discrepancias exegéticas, no hay más opciones que considerar a este hijo como la imagen de Jesús.

Terminada la parábola, la explicación será más terrible que el relato en sí. Terrible para los dirigentes de Israel, hacia quienes va dirigida la historia; por eso planean eliminar a Jesús. Mateo da una pista literaria: el pueblo lo considera un profeta, como los siervos que fueron enviados a la viña y la pasaron mal. No parece haber otra suerte para los profetas en Israel. Casi por definición, el profeta está en oposición a la dirigencia israelita. Los viñadores homicidas no son otros que la clase dirigente. Ellos desechan la piedra angular. Esta piedra, en construcción, era la que daba el remate a dos muros en su punto de unión y soportaba la fuerza de los mismos. Si se rechaza/quita esta piedra, los muros ceden, la construcción tambalea. Jesús toma la expresión del Sal. 118, 22-23, también usado en la predicación primitiva (cf. Hch. 4, 11). Esta dirigencia religiosa de Israel ya no puede continuar mucho tiempo más. Dios no lo permitirá. Porque no sólo han rechazado sistemáticamente a todos los profetas enviados a lo largo de la historia, sino que ahora rechazan al Hijo. Ese es el límite. El dueño de la viña los quitará de en medio, arrendará la viña a otro grupo de obreros. Para la teología de Mateo, este nuevo grupo es la ekklesía. La viña no desaparece de los planes salvíficos ni de la historia humana. La viña Israel continúa su camino, pero en la perspectiva de la ekklesía que se fundamenta en Jesús. La condena no se dirige a todo Israel, sino específicamente a sus dirigentes. A ellos les fue confiado el pueblo y ellos lo administraron de mala manera. La resolución escatológica ha llegado, está golpeando las puertas: es el tiempo de un recambio de dirigencia, de nuevos aires para la viña.

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Jesús creía en los cambios, aún si tuviese que enfrentarse a estructuras de siglos y siglos de historia anquilosada. Es más; Jesús creía que el cambio era inmediato, evidente, próximo, ya comenzado. Muchos en la historia de Israel habían visto con horror cómo la dirigencia religiosa no respetaba demasiado la esencia de la religión de Yahvé, pero reinaba la sensación de que nada podía hacerse. Así había sido siempre. Algún día descendería Dios mismo para castigar a los malos pastores de Israel. Para Jesús, el tiempo había llegado. No había que esperar más.

Nuestra actualidad, en varios aspectos, puede ser similar. Vemos estructuras caducas, pasadas de moda, perversas, estancadas, corruptas, pero suponemos que no hay otra manera. Siempre han sido así, siempre hubo revoluciones que terminaron en nada, o que crearon otro estado de las cosas similar al que reinaba. Los imperios del poder parecen indestructibles. En todo caso, otro imperio sustituirá al actual. La esperanza es desplazada hasta el final más lejano del camino. No hay esperanza hoy, sino que la hay mañana. Pero ese mañana no es histórico, no es temporal, sino que significa, nuevamente, una era al final del camino. Lo mejor que tenemos es soportar. Jesús es contrario a eso. Lo mejor que tenemos es la posibilidad de cambiar y cambiarnos. El Reino de Dios ha llegado. Hay un nuevo movimiento para el pueblo, hay ekklesía. No se trata de religión organizada ni de nuevas maneras de poder. Es comunidad carismática, de dar y recibir gratuitamente, que no asesina a los profetas, sino que los promueve, que denuncia a los malos pastores, que quiere lo mejor para todos. El Reino de Dios ha llegado. Hay que despabilarse. Hay alternativas de vida, nuevas formas de relacionarse. El tiempo está a favor de los pequeños, canta Silvio Rodríguez; y eso es posible porque el tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca, y Dios no quiere pequeños oprimidos por dirigentes corruptos.

El Reino de Dios no se parece a ninguna religión / Vigésimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 21, 28-32 / 25.09.11

“¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. El respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: Voy, Señor, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron.

Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”. (Mt. 21, 28-32)

La liturgia dominical católica continúa con la imagen de la viña. El capítulo 21 de Mateo ya está situado geográficamente en Jerusalén (cf. Mt. 21, 1). Ha terminado el camino de subida a la ciudad santa, se ha terminado la Galilea de los gentiles, los días pasados a orillas del Mar, las casas de los amigos y el clima campesino. Jesús ha ingresado a la ciudad capital para no volver a salir de allí. Es la ciudad que mata los profetas, el monte del Templo, la sede de los sumos sacerdotes y los ancianos de Israel. Jerusalén es, en términos socio-económicos, la sede del poder. Como cualquier capital del mundo, es un punto neurálgico donde se reúnen los poderosos para decidir el futuro de miles de personas. En unos pocos residentes de la ciudad cabecera descansa el destino del campesinado, de la clase trabajadora, de los pobres y de los mendigos. Jesús lo sabe, no es ingenuo. Ha subido a Jerusalén sabiendo que sube a la cuna del poder, desde donde se digita la política que afecta al pueblo, desde donde enviaron espías para enterarse de sus acciones (cf. Mt. 15, 1). Jerusalén ha estado teñida por la sombra desde el inicio del Evangelio según Mateo. Es desde Jerusalén que el rey Herodes se opone al pequeño nacido que podría ser el Mesías (cf. Mt. 2, 3), y los anuncios de la pasión repiten incesantemente que en Jerusalén debe morir Jesús (cf. Mt. 16, 21; Mt. 20, 17-18). Mateo, literariamente, conecta la Jerusalén de Herodes que quiere matar al pequeño nacido con la Jerusalén del Jesús adulto que entra triunfal y mesiánico. En Mt. 2, 3 se dice que Jerusalén se alborotó (tarasso) con la noticia del nacimiento del Mesías, y en Mt. 21, 10 que Jerusalén tembló (seio) cuando entró este hombre montado en asna. Si bien los verbos son diferentes, la idea es similar: hay movimiento, turbación, preguntas, idas y venidas. Este personaje viene a alterar el estado de las cosas. Altera a Herodes, asustado por la competencia a su trono. Altera a la capital de Judea, por definición superior a Galilea, de donde proviene este campesino con ideas novedosas sobre el Reino de Dios. Los dirigentes de Israel conocen a Jesús. Han enviado espías, están informados sobre su actividad, sobre lo que dice y proclama. Algunos historiadores del Jesús histórico prefieren la opción de un Jesús que es desconocido en Jerusalén, un completo extraño, y que ingresa a la ciudad santa haciéndose conocido de los poderosos por sus últimas acciones dentro de la capital. Otros se inclinan a pensar que los dirigentes conocían a Jesús, al menos vagamente y en lo básico: reúne gente, tiene seguidores más o menos incondicionales, lleva una vida extravagante entre pobres y marginales, tiene una actitud crítica frente a la Ley. A ese Jesús esperan. Ha entrado a Jerusalén. Su actividad ya no está restringida a los poblados y aldeas de Galilea. Ha hecho el camino. Si Jesús no es ingenuo, tampoco lo son los dirigentes: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. No cambiará su mensaje por encontrarse en las puertas del Templo. Al contrario, lo más probable es que su mensaje se intensifique.

Mateo ha organizado tres parábolas que parecen dirigirse con especificidad a los dirigentes religiosos. La primera es la que leemos hoy, la segunda es la de los viñadores homicidas (cf. Mt. 12, 33-43) y la tercera es la de los invitados a la boda (cf. Mt. 22, 1-14). En medio de estas parábolas, Mateo recuerda que los sumos sacerdotes y los fariseos se reconocen como destinatarios negativos de las parábolas (cf. Mt. 21, 45) y que deciden detener de una buena vez a Jesús (cf. Mt. 21, 46). De esta manera, el autor plasma la situación del Maestro en Jerusalén. No lo desanimó la gran ciudad, sino que proyectó con fuerza su mensaje. No lo calló la grandeza del Templo ni la presencia más elocuente de los dirigentes. Habló de frente y sin frenos. Las imágenes eran claras para sus oyentes. La viña y el banquete de bodas. En el caso de las dos primeras parábolas, incluida la que leemos hoy, la viña es el símbolo fundamental. En el Antiguo Testamento, Israel es la viña del Señor (cf. Is. 5, l-7; Jer. 12, 10-11; Ez. 19, 10-14; Os. 10, 1). A esa metáfora se agrega la del padre y el hijo, también símbolo veterotestamentario de la relación entre Yahvé e Israel (cf. Dt. 8, 5; Dt. 14, 1; Dt. 32, 6; Sal. 68, 5; Is. 1, 1-9; Os. 11, 1). La traslación parece fácil: Dios envía a unos de sus hijos a trabajar el Reino, o sea, hacerlo concreto en una forma particular de vida; unos hijos le dicen y le perjuran que irán, que concretarán el Reino, que cumplirán la voluntad del Padre, pero en la realidad no lo hacen; otro grupo dice que no abiertamente, rechaza esta idea de trabajar la viña, de hacer el Reino, pero sus acciones dicen lo contrario. Los manuscritos tienen variaciones en el orden de los hijos. Algunas veces está primero el que se niega y otras tantas está primero el que acepta. De todas maneras, el contraste es evidente. Y para los oyentes es fácil darse cuenta. Basta mirar la realidad que los circunda en la misma Jerusalén. Hay religiosos que pagan el diezmo, participan de las actividades cultuales, rezan las veces indicadas para cada día, ayunan, y sin embargo, detrás de ese estereotipado hay un rechazo del meollo del Reino, una desatención de los pobres y excluidos, una inerte tendencia a no cambiar las cosas, no revertir la injusticia. En el otro extremo están los pecadores públicos, los del no rotundo, que no participan en el Templo, no ayunan ni pagan diezmo, llevan profesiones dudosas, y sin embargo han entendido por dónde camina el Reino. El empleo de señor que utiliza el hijo que no va recuerda Mt. 7, 21: “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. La parábola que leemos hoy podría ser, tranquilamente, el apéndice explicatorio de la expresión conservada en el sermón del monte.

Este contrapunto entre el hijo que parece obediente, pero no lo es, y el otro que parece desobediente, pero termina obedeciendo, alcanza su ápice en la declaración final de Jesús. Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes (fariseos y sumos sacerdotes) al Reino. La declaración tiene un alcance inmediato histórico: Jesús, rodeado de publicanos y prostitutas (cf. Mt. 9, 10-13), come con ellos en símbolo del Reino, y los incorpora plenos al pueblo de Dios, mientras los dirigentes religiosos que rechazan a Jesús y su Evangelio, están rechazando el Reino. El segundo alcance es eclesiológico: Mateo, conservando esta frase jesuánica, le recuerda a su comunidad que en el Reino la prioridad es para los excluidos. Tanto publicanos como prostitutas son marginados sociales. El publicano (telones) es el cobrador de impuestos (aunque la palabra también se utilizaba para los que cobraban entrada en los prostíbulos, de donde puede venir la asociación entre publicanos y prostitutas), individuo poco estimado entre los israelitas porque sirve al Imperio, es empleado de los opresores, y porque para sobrevivir debe añadir al precio del impuesto un agregado que se guarda para él. Los publicanos no eran personas ricas (a diferencia de los jefes publicanos, o architelones, que sí lo eran), sino empleados públicos que ganaban lo que podían juntar de comisión de los impuestos cobrados. A la par, las prostitutas fueron siempre marginadas, por su profesión y por su condición de mujeres. Muchas veces se llamaba prostituta a cualquier mujer que entrase a una comida de varones. Pues bien, estos marginado sociales, considerados desheredados del Reino, ni siquiera hijos de Dios, son puestos como ejemplo por Jesús. Ellos preceden a los religiosos en el Reino, entran antes a la realidad salvífica, entienden y acogen mejor el Evangelio. Los dirigentes religiosos, los que están empecinados en el ayuno, los servicios cultuales, la religión estereotipada hacia fuera, terminan obstaculizando su propia acogida del Reino.

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Hay un peligro en la religión estereotipada, y ese peligro es el obstáculo que el estereotipo causa. La legalidad de la relación con Dios crea un sistema donde los puros son los que cumplen la ley religiosa al pie de la letra, y los demás son impuros. Se forma el grupo de los de adentro y el grupo de los de afuera. Ese sistema es sostenible para religiones basadas en constituciones dogmáticas, pero no para el Evangelio del Reino. El Reino de Dios no se parece a ninguna religión, sino a una comunidad de hijos de Dios. Pero la medida de los hijos es la acogida de los hermanos. Cuando un hijo se cree superior y deshereda por decreto a otro hijo, no se está comportando debidamente. Aún si todos los días va a visitar a su padre para decirle que lo ama y que ama a su hermano. Si en la práctica, el hermano está marginado, ese no es un buen hijo. Con nosotros pasa lo mismo. Nos creemos hijos perfectos y, por lo tanto, con el derecho a excomulgar, a decidir quién puede ser hijo y quién no. Pero resulta que nuestro propio ritual de hijos (nuestra asistencia al culto dominical, nuestras políticas de recepción de los sacramentos, nuestros ayunos de viernes) muchas veces no refleja nuestra vida como hijos. Porque en el templo y a la noche al pie de la cama, todos amamos a los demás, pero en la cotidianeidad, al hermano estigmatizado no le quitamos el estigma.

La Iglesia no puede conformarse con sus hijos justos. Eso lo puede hacer cualquier religión. La religión del Reino es aquella donde los marginados sociales ingresan primero y ocupan los primeros puestos. La Iglesia de Jesús debe ser la Iglesia de los publicanos y las prostitutas. Aunque alimente el escándalo. Si ellos entran primero al Reino, nosotros deberíamos seguirlos.

El reduccionismo de creer que la expresión de Jesús invita a estafar a los demás y prostituirse no puede ser más paupérrimo. El espíritu de la frase de Jesús es la invitación a convertirse en marginado social, convertirse en lo que representa el publicano y la prostituta para el sistema religioso, convertirse en lo que representan los huérfanos que piden monedas en la calle para la sociedad urbanizada, convertirse en lo que representa el homosexual para el oficialismo eclesial, convertirse en lo que representa el trabajador en negro para el sistema capitalista. De eso se trata. De llegar en la misión a una identificación tan patente con los marginados, que con orgullo podamos recibir el desprecio de los que, con la frente en alto, se dicen hijos legítimos de Dios.

El Reino de los Cielos se parece al mercado laboral / Vigésimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 19, 30 – 20, 16 / 18.09.11

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?”. Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. (Mt. 19, 30 – 20, 16)

Tenemos este domingo una parábola propia del Evangelio según Mateo. A lo largo de la investigación exegética ha recibido múltiples títulos posibles, que pueden resumirse en los siguientes: el patrón generoso, los obreros de la viña, la paga igual. Además, algunos estudiosos suponen que la parábola pronunciada por Jesús no contaba con ninguno de los dos versículos que Mateo sitúa como marco en Mt. 19, 30 y Mt. 20, 16. Aunque se admite la posibilidad de identificar como histórica la expresión de los últimos y los primeros, muchos prefieren situarla en otro contexto original, inclusive como frase repetida en diferentes situaciones por Jesús. En la tradición sinóptica, la expresión aparece en Mc. 10, 31; Lc. 13, 30 y los dos versículos de la perícopa de hoy. Marcos la sitúa a continuación del diálogo entre Pedro y Jesús, donde el primero presenta la evidencia de que ellos, los discípulos, han dejado todo para seguirlo, y el Maestro le responde que los que han dejado todo por el Evangelio, reciben el ciento por uno. Aquí, la frase sobre los últimos y los primeros parece tener un sentido de realización personal, más que de realización divina. No se vuelven primeros los que son últimos por su situación social, su pobreza o su exclusión; se vuelven primeros los que han elegido ser excluidos, los que han optado por una marginación en pos del Reino. Por esa opción de vida con los últimos, el Padre los tiene por primeros. En Lucas, la referencia son los paganos, ya que el contexto inmediato es el logion sobre los muchos de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, que se sentarán en la mesa con los patriarcas de Israel. Los gentiles, considerados últimos en la salvación, o peor aún, insalvables, resultan ser para el Reino inaugurado por Jesús los primeros. La expresión de su salvación es la mesa compartida con los próceres israelitas. Marcos contiene, además, en Mc. 9, 35, una frase similar dirigida a los Doce, que los invita a hacerse últimos y servidores si quieren ser los primeros. De una manera más velada en Lucas, pero que también puede entenderse en la misma línea, el final de la parábola del fariseo y el publicano que oran, dice: “Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero” (Lc. 18, 14a).

Vemos así que Marcos es más tendiente a utilizar la expresión como invitación/promesa para que los discípulos asuman el estilo de vida del Reino. Ese estilo de últimos, de marginados sociales, los hace primeros para Dios. Lucas, y como veremos también Mateo, plantean la inversión desde la bondad y la justicia de Dios. Los últimos se hacen primeros porque el Reino de Dios es para ellos, para los olvidados, para los excluidos. El movimiento, en Lucas y Mateo, parte de Dios. De todas maneras, en toda la tradición sinóptica, lo primordial es la inversión de las situaciones presentes. Esa es la esperanza que mantiene la Iglesia: la situación actual es injusta, hay seres humanos que son últimos (odiados, desplazados, rechazados), pero esto no puede quedar así; Dios tomará el control de la situación y los últimos serán primeros. De todas maneras, la esperanza se convierte en advertencia cuando se lee desde senos eclesiales cerrados o con tendencias sectarias no universalizantes. A veces, pensar que los últimos serán los primeros, asusta y conmueve las seguridades. Sociológicamente, los grupos tienden a considerarse los elegidos. Cuando un grupo recibe, de su propio Maestro, la certeza de que los considerados primeros, en realidad, serán últimos, no puede permanecer inmune a la declaración. Puede que, en su originalidad, la parábola estuviese dirigida a los fariseos desde los labios de Jesús, pero la inclusión que realiza Mateo de la expresión sobre los últimos y los primeros para enmarcar la parábola, cambia los destinatarios hacia los discípulos. Mateo le está recordando a su comunidad, formada mayormente por judíos convertidos al cristianismo, que no tienen por qué considerarse los primeros ni los únicos salvados. Si así lo creen, se llevarán una decepción cuando descubran que los últimos son los primeros y viceversa.

Introduciéndonos de lleno a la parábola, tenemos que recordar un primer simbolismo: la viña. Para la tradición profética, la viña es el pueblo de Israel (cf. Is. 5, 1-7; Jer. 12, 10). En una zona donde crece la vid y la higuera, la utilización de ambas plantas para representación del pueblo era lógica. Jesús se vale de ello y comienza a contar la historia de un amo y su viña. Estamos, antes que nada, ante un amo rico, que tiene un mayordomo encargado de las finanzas y las contrataciones, y que se puede dar el lujo de contratar una amplia cantidad de jornaleros. En contraste a este amo rico están los jornaleros. Según la descripción de la parábola, son obreros que trabajan por día y que esperan, cada mañana, por la contratación. Del día a día depende su ingreso. No tienen trabajo fijo ni son esclavos viviendo en lo de sus dueños. Su comida y la comida de sus familias dependen directamente de la suerte que cada jornada les depara. Seguramente se reunían en la plaza central del poblado, a la espera de un amo contratista. En nuestro caso está la posibilidad de que sea el mes de septiembre, mes de la vendimia en Palestina. El pago usual para un jornalero de aquella época era un denario. Se calcula que con medio denario podía subsistir un día un obrero, pero para una familia completa se necesitaba más, evidentemente. Esto deja en claro el contraste socio-económico entre el amo y los jornaleros. Analizado en macro-economía, el amo pertenece a la clase social acomodada, lo que hoy llamaríamos la clase capitalista, mientras que los jornaleros son de la clase baja, ni siquiera proletarios reales, ya que no trabajan de manera fija en relación de dependencia. De todas maneras, Jesús utilizará la imagen para explicar un aspecto más del Reino de los Cielos. Dios no es exactamente como el amo de la viña de la historia, no está involucrado en un sistema económico que pone en situación embarazosa a los jornaleros. Pero ciertas características del amo lo hacen similar a Dios Padre. En primer lugar, es raro que el amo salga a contratar en persona teniendo un mayordomo o administrador. Pero lo hace. Son raras también las horas en las que sale. Normalmente, las contrataciones se realizan en la primera hora de la mañana, no durante el día. Esto hace sospechar que el amo contrata jornaleros sin necesidad real, quizás con la intención de dar una mano a la mayor cantidad posible de desempleados. En segundo lugar, el amo se declara bueno y justo, dos atributos propios de Dios. Finalmente, hay una frase que dice el amo y que es clave hermenéutica de la parábola: les pagaré lo que sea justo.

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A partir de la frase sobre lo justo hay que entender el pago igualitario, o lo que Schottroff llama la igualación solidaria que realiza el amo. El pago será lo justo, aunque los primeros jornaleros no entiendan esa justicia. Volvemos a la cuestión de los atributos divinos. El amo actúa con justicia como actúa con justicia el Padre. El pago igualitario es el pago justo. Paradójicamente, en el contexto socio-económico de la parábola, el amo de la clase acomodada les termina dando una lección a los jornaleros que protestan: si ellos se dividen internamente como grupo, si son envidiosos entre sí, si se fracturan como unidad, entonces no podrán plantarse ante las injusticias y procederán a su autodestrucción. Si los jornaleros no se apoyan mutuamente, seguirán en las pésimas condiciones laborales en las que están. Si unos se enojan por la buena suerte de los otros compañeros, se maltratan añadiendo daños al maltrato que de por sí ocasiona el sistema. El amo les recrimina, en el original griego de Mateo, su ophthalmos poneros, o sea, su ojo malo (que algunas traducciones al español interpretan como mal solamente, y otras más acertadamente comoo envidia). La recriminación final del amo es, entonces, sobre la envidia de los primero jornaleros respecto a la bondad del patrón. ¿Qué puede envidiar un jornalero a otro? ¿Que ha ganado un denario, como él, y su familia apenas comerá ese día? ¿Envidia que mañana ambos estarán de nuevo en la plaza probando suerte? ¿O envidia la generosidad del patrón? Lo que hace el amo es desenmascarar el sinsentido de la actitud de los primeros. Si un jornalero ha ganado hoy un denario, es motivo de alegría, no de envidia. Si un compañero puede llevar el sueldo a su casa, es ocasión de festejo. Si el amo entiende la justicia como un trato igualitario, entonces hay una perspectiva de cambio en el horizonte.

Volvemos a repetir que Dios no es exactamente igual al amo de la parábola. No es un terrateniente de viñedos ni pertenece a la clase social alta. Pero sí Dios es justo y bueno. Sí Dios es capaz de invertir el orden. Sí Dios trata a los seres humanos desde la igualdad solidaria, comenzando con el que más lo necesita, con el pobre, con el excluido, con el marginado. Ese es el Reino de los Cielos al que se parece la parábola. Ese es el proyecto para nuestra historia: que los últimos se hagan los primeros. Que haya un movimiento hacia la compasión por los miles de jornaleros actuales que no tienen lo suficiente para sobrevivir. Porque están ahí afuera, en las plazas, en las calles, esperando una mano que cambie el sistema, que los dignifique. Porque tenemos la obligación de trabajar con la mejor economía y la mejor política posible para que nadie se quede lo mínimo indispensable, para que ya no haya excluidos, para que ya no haya últimos y todo puedan ser primeros.

Jesús y el Talmud / Parábolas parecidas

El Talmud de Jerusalén conserva una parábola que resulta similar a la parábola que pronunciará Jesús en la lectura del próximo domingo de la liturgia católica. Por hoy, les dejo las dos versiones sobre un mismo tema para comparar y sacar conclusiones. Mañana el comentario al domingo.

Un rey contrató a numerosos obreros. Uno de ellos mostraba más ardor en el trabajo que los demás ¿Qué hizo el rey? Se lo llevó a pasear con él. Por la tarde, los obreros vinieron a recibir su salario, y el rey pagó también un jornal completo a ese obrero. Los otros refunfuñaban: “Hemos estado trabajando todo el día, y éste no ha trabajado más que dos horas, y le das el mismo salario que a nosotros”. Y el rey les dijo: “Éste ha hecho en dos horas más que vosotros en toda la jornada”. (Talmud de Jerusalén)

Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?”. Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”. El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”. (Mt. 20, 1-15)

La fórmula matemática del perdón / Vigésimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 21-35 / 11.09.11

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: Págame lo que me debes. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: Dame un plazo y te pagaré la deuda. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”. (Mt. 18, 21-35)

El texto de hoy se abre con una pregunta de Pedro a Jesús sobre la cantidad de veces que hay que perdonar. Rabínicamente, Pedro está dentro de la casuística. Quiere saber dónde está el límite del perdón. Porque convengamos que estamos hablando del mismo hermano que ofende reiteradamente, no de distintos ofensores. ¿Hasta cuándo perdonarlo? ¿Hasta dónde soportarlo? Pedro propone siete veces. El siete es, en simbología semita, la cifra de la plenitud o totalidad. Algunos estudiosos creen que debe a la percepción cósmica astral judía, según la cual habría sólo siete planetas, y esos siete planetas serían la totalidad del cosmos. Otros aseguran que se debe a una percepción cósmica, pero no astral, sino lunar, según la cual cada fase de la luna que dura siete días habla de un período completo. La semana tiene siete días y culmina en el sábbat, día pleno y completo, según el esquema de Gen. 1, 1–2, 3. Una tercera opinión, mezclada ya con ideas helenistas, obtiene el número siete de la suma del tres (totalidad del tiempo: pasado, presente y futuro) y el cuatro (totalidad del espacio: este, oeste, norte y sur), logrando abarcar el universo en sus dos dimensiones. Sea de lo forma que fuese, el siete es lo todo y lo pleno. Pedro le está proponiendo a su Maestro una respuesta de plenitud, que no es mala, sino todo lo contrario. Pedro, en sí, es muy generoso. Aunque el mismo ofensor recaiga en su ofensa, el apóstol cree que hay que perdonarlo plenamente cada vez que se presente la oportunidad. Su error no está en la respuesta que él mismo elabora para la casuística, sino en la pregunta inicial. Al interrogar sobre cuántas veces, está poniendo en juego un límite que Jesús rechaza. Por eso multiplica: se debe perdonar setenta veces siete, equivalente a setenta por siete, equivalente a diez por siete por siete. Jesús se vale de la simbología numérica para representar el infinito. No alcanza con el siete de la plenitud, sino que debe elevarse ese siete a otro siete (más plenitud) que se multiplica por diez (refuerzo del sentido del número que se multiplica). La respuesta de Jesús recuerda Gn. 4, 24: “Caín será vengado siete veces, pero Lámec los será setenta veces”. Al ciclo infinito de violencia entre hermanos desatado en Génesis con el asesinato de Abel (cf. Gn. 4, 8), el Hijo del Hombre lo enfrenta con la frágil y, a la vez, poderosa arma del perdón.

En ese contexto se narra la parábola del rey que perdona y el siervo que no lo hace. Sólo la redacción mateana conserva esta historia. Lo que ha llamado la atención a varios comentaristas a través del tiempo es el marco narrativo de la parábola que parece difícil de congeniar con el mensaje del Evangelio. Se trata de una parábola que asume el sistema de esclavitud y servidumbre de la antigüedad, con un rey tirano que tiene el poder de castigar y hasta vender a sus súbditos si lo considera necesario. No se puede trazar una lectura alegórica directamente. Es imposible asociar, así sin más, el rey de la parábola a Dios y el siervo al discípulo cristiano. Si así fuese, asumiríamos que Dios puede ser tan tirano como el rey de la historia, concepto que se contradice con el resto del mensaje de Jesús. Tenemos que buscar, entonces, el sentido parabólico de la narración jesuánica. Para ayudarnos, anteriormente, Mateo ha dejado establecida la relación metafórica entre el perdón de las deudas y el perdón de los pecados, en la oración del Padrenuestro (cf. Mt. 6, 12), con una aclaración inmediata que sirve como clave hermenéutica de la parábola que leemos este domingo: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt. 6, 14-15).

En la parábola en sí, el personaje en crisis es el siervo (doulos). Esta designación no corresponde a un esclavo con malas condiciones socio-económicas en todos los casos. Al tratarse de un ámbito de nobleza es aplicable a los servidores de la corte, inclusive con buen pasar económico, encargados de asuntos del Estado. Es siervo porque sirve al rey, al reino. Si bien se trata de una forma de esclavitud, conviene aclarar. Sobre todo en esta parábola que sitúa al siervo como un gran recaudador de impuestos, y que desde allí se explican las cantidades. Su deuda para con el rey es de diez mil talentos. En comparación, Pompeyo obtenía para Roma, de toda Judea, diez mil talentos en tributos hacia el año 60 d.C. Lo que el siervo debía no era personal, sino fruto de su trabajo. No sabemos si se ha quedado con el dinero o ha hecho malos cálculos. De todas formas, la deuda es gigantesca e impagable. Cuando el rey cita al siervo sabe perfectamente el desenlace; el hombre no tendrá diez mil talentos para cancelar su morosidad. Ejecutando su poder, el rey decide vender al siervo junto a toda su familia y sus bienes. Aún así, al precio que tenían los esclavos en el siglo I d.C., no se hubiese cancelado la deuda de diez mil talentos. Lo que hace el rey es marcar su territorio, demostrar su poder. Él tiene poder de vida y de muerte sobre sus súbditos. La suerte del siervo infiel servirá como escarmiento para los demás súbditos.

Pero se produce un giro en la historia. El siervo suplica, pide una prórroga para cumplir con la deuda. Nuevamente, el rey sabe que una prórroga es inútil. Nunca recuperará esos diez mil talentos, pero ser compasivo es una muestra de realeza que puede ser beneficiosa. Era común la práctica en los reyes de la antigüedad que perdonaban para generar respeto. Jesús dice que el rey sintió compasión, pero los que venimos leyendo el Evangelio según Mateo desde el principio sabemos que es una compasión diferente a la de Dios. El rey busca su beneficio propio. Aunque perdona la deuda completa, el siervo no se hace libre, sino que continúa como esclavo del reino, y con el peso tácito de no hacer ningún paso en falso, controlado de cerca, en la cuerda floja. De la audiencia no sale aliviado. Se tuvo que humillar, tuvo que clamar por su vida. Frente a los demás siervos ha perdido prestigio. Todos saben que fue denigrado. Esta situación explicará la actitud que tiene con el compañero que le debe cien denarios. Inmediatamente ejerce violencia tomándolo por el cuello. La violencia es una demostración de poder. Evidentemente, los cien denarios no hacían diferencia en su deuda de diez mil talentos. Un denario es el salario de un día de trabajo jornalero. La agresión no es por el dinero, sino por la necesidad de mantener el status. Al ser humillado por su rey, necesita humillar a otro para que el orden social quede equilibrado. El compañero le pide una prórroga, como él lo hizo, pero en este caso decide no darla, ya que no está en condiciones de demostrar más debilidad.

Lo que no cuenta el siervo es que la noticia llegará al rey, y que el rey ha sido compasivo por cuestiones de poder, no de benevolencia. Al no prorrogar a su compañero, ha dejado al rey como un débil. El rey perdona las deudas, pero sus súbditos no lo hacen. Para dejar en claro que no es ningún débil y que sigue siendo el poderoso, el rey revoca el perdón y lo castiga severamente entregándolo a los basanistes, que podríamos traducir como torturadores. En un manejo mafioso, el rey reivindica su situación de superioridad frente a los demás. Nadie puede atribuirse ser mejor que él. Si alguien lo hace, termina con los torturadores. Los compañeros del siervo que lo delataron frente al rey tenían más clara la puja de poderes, y al delatarlo se hicieron aliados del más fuerte, protegiendo su status, su situación laboral y su protección.

La conclusión de Jesús es que sucederá lo mismo en la situación escatológica si los discípulos no perdonan de corazón. La comparación es escatológica, no alegórica. Dios no es como el rey de la parábola, pero la situación puede compararse. Si el discípulo no muestra perdón, habiendo sido perdonado, entonces está rechazando su situación de perdonado, como si no la reconociese ni asumiese. El desarrollo puede ser distinto (seguramente es distinto a la historia del rey y el siervo), pero el desenlace puede ser un punto de comparación. Así será para los que rechacen el perdón divino rechazando perdonar a los hermanos. El planteo de Pedro está equivocado porque habla en términos de límites, cuando el perdón no puede limitarse. Si la intención de la vida discipular es reproducir la vida de Jesús y la vida de Dios, la actitud del perdón debería emular el perdón divino, sin límites, sin restricciones, sin beneficios personales, sin esperar nada a cambio, desde la gratuidad.

El perdón genera un cambio ontológico. Somos distintos desde el perdón. El perdón nos configura a un estilo de vida que nos renueva y nos hace mejores. Aceptar el perdón que nos prodigan sin manifestar el perdón, es rechazar el primero, en realidad. O no ser concientes. Hay una pregunta que Dios nunca se hace: ¿hasta cuándo debo perdonar a este hijo? Si nosotros la hacemos es porque todavía no hemos profundizado el sentido del perdón del Evangelio. Dios no es un rey tirano; los tiranos somos nosotros cuando nos manejamos como los personajes de la parábola, por cuestiones de poder. Cuando ejercemos violencia en lugar de ejercer la reconciliación. Esa actitud nos condena. Nos condenamos porque rechazamos el perdón primigenio, porque vivimos una vida no transformada, por lo tanto, no convertida. El otro merece tanto perdón como perdón hemos recibido. Es dificultoso, sobre todo en ofensas grandes, elocuentes. Pero el razonamiento de Jesús es constante: hay que ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf. Lc. 6, 36), hay que dar gratis lo que gratis hemos recibido (cf. Mt. 10, 8).

Escribas del siglo XXI / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 13, 44-52 / 24.07.11

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”. (Mt. 13, 44-52)

La costumbre exegética es estudiar por separado el primer par de parábolas por un lado, y luego la parábola de la red. A simple vista se puede descubrir que la separación es válida. Mientras el tesoro escondido y la perla responden a un esquema compartido y un tema en común, la red apunta en otra dirección. Inclusive, la parábola de la red tiene una explicación alegórica, como la tuvieron la parábola del sembrado y del trigo y la cizaña que leímos los domingos pasados. En todo caso, es más aceptable emparejar la parábola de la red con la del trigo y la cizaña que con el tesoro y la perla. Sin embargo, respecto a las dos primeras, el Evangelio gnóstico de Tomás las conserva separadas:

a) Parábola de la perla: “Dijo Jesús: El reino del Padre se parece a un comerciante poseedor de mercancías, que encontró una perla. Ese comerciante era sabio: vendió sus mercancías y compró aquella perla única. Buscad vosotros también el tesoro imperecedero allí donde no entran ni polillas para devorar(lo) ni gusano para destruir(lo)” (EvTo 76).

b) Parábola del tesoro en el campo: “Dijo Jesús: El Reino se parece a un hombre que tiene [escondido] un tesoro en su campo sin saberlo. Al morir dejó el terreno en herencia a su [hijo, que tampoco] sabía nada de ello: éste tomó el campo y lo vendió. Vino, pues, el comprador y —al arar— [dio] con el tesoro; y empezó a prestar dinero con interés a quienes le plugo” (EvTo 109).

Las diferencias con Mateo son identificables. El Evangelio de Tomás une la parábola de la perla con la sentencia sobre el tesoro que no lo come la polilla, conservado en Mt. 6, 19-20. Respecto al tesoro en el campo, en el relato de Tomás, los órdenes se alteran, porque primero compra el terreno quien luego, accidentalmente, encuentra lo valioso, a diferencia de Mateo que alguien encuentra el tesoro y, por ello, decide vender sus bienes para adquirir el terreno. En definitiva, el discurso parabólico se acomoda al redactor más que a Jesús. Mientras que Mateo considera oportuno elaborar una disertación sobre parábolas que ocupe la casi totalidad de su capítulo 13, Tomás las disemina en su colección de dichos de Jesús. Mientras que las dos primeras leídas hoy en la liturgia se corresponden en temática, la tercera desentona, aunque está en relación a la parábola anterior del trigo y la cizaña. Sobre la alegoría que explica la parábola de la red, aplicando el mismo principio que ya venimos empleando, es lógico atribuirla a la comunidad eclesial más que a Jesús mismo, ya que no responde al género parabólico, bien demostrado en la perla y en el tesoro, que no soportarían una traslación alegórica. Si quisiésemos atribuir a cada elemento de estas dos parábolas un significado preciso en el mundo real, fallaríamos, porque Jesús no está comparando el Reino con el tesoro escondido ni con la perla, sino con el relato en general, y en particular con la actitud (alegre) de quienes venden todo. El Reino no es como una perla ni como un tesoro escondido, sino como esa situación donde un mercader o un hombre cualquiera venden sus bienes para adquirir la perla o el campo. Desde esta perspectiva cambian las interpretaciones habituales. Jesús no está haciendo hincapié en la entrega o ascesis de los que venden todo. Ellos lo hacen con alegría y certeza de que es lo correcto. El hincapié de Jesús está puesto en esa actitud de valoración correcta del Reino. El mercader y el hombre del campo han encontrado lo absoluto. Son lo suficientemente sagaces como para relativizar lo demás y hacerse con el valor primordial que han encontrado. Esa es la clave hermenéutica.

La primera parábola que leemos hoy asume lo tradicional de los tesoros escondidos en la zona de Palestina. La tierra de Jesús era un puesto clave de enfrentamientos, ya que se constituía en paso casi obligado para comunicar el occidente con el oriente. Los grandes imperios de la antigüedad se disputaron el control de Palestina porque era estratégico tener control sobre esa zona para anticipar los movimientos y ataques de los imperios enemigos. Debido a su condición de zona en conflicto, era común que las personas escondiesen sus elementos de valor para que quedasen al resguardo durante las confrontaciones. Una de las maneras de esconder era introducir los objetos de valor en vasijas de barro y enterrarlas. El hombre de la parábola se encuentra con uno de estos tesoros. Algunos comentaristas se inclinan a pensar que el hombre es un jornalero, porque sería lo más lógico: está arando un campo ajeno, donde está empleado, choca la vasija enterrada, la descubre, vuelve a esconderla para que nadie más se entere, ahorra un tiempo (seguramente largo) y compra el campo. Otros comentaristas han deslizado la posibilidad de ver en el hombre de la parábola a un busca-vida que va recorriendo terrenos en busca de tesoros, y cuando encuentra uno, toma las precauciones de ocultarlo y comprar el campo para legalizar su hallazgo ilegal.

A la par del tesoro en el campo está la perla. Aquí no se puede divagar mucho sobre el hombre que la encuentra; es un emporos, un gran mercader que viaja mucho. Se dedica a esto y vive de esto: de las perlas finas. El Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Océano Índico eran lugares privilegiados para la búsqueda de estos objetos codiciados. Este mercader de la parábola está en la rutina de su negocio; busca perlas, las clasifica según su valor, las compra y las re-vende. De eso vive. Pero un día se encuentra con una de gran valor. Es una perla lo suficientemente importante y valiosa como para que el mercader venda todo en pos de esta que encontró. Como gran conocedor del tema, entiende que ha dado con una perla que está por encima de todo lo que conoce. Por eso vende todo. En realidad, no está arriesgando ni se está volviendo un asceta, sino que está comerciando con lo seguro. Esta perla encontrada vale más que todo lo que tiene, y le dará mayores ganancias. No es un arriesgado, sino un perfecto calculador.

Finalmente, Mateo asocia la parábola de la red. Las opciones contextuales de esta última narración son tres: o fue pronunciada junto a la de la perla y la del tesoro escondido, cuestión que parece difícil por la diferencia temática; o fue originalmente compañera de la parábola del trigo y la cizaña, con la que comparte estructura y tema; o Jesús la pronunció al inicio de su ministerio, cuando llamó a los primeros discípulos que tenían como profesión la pesca y los invitó a ser pescadores de hombres (cf. Mt. 4, 19). Estas son las opciones que se barajan actualmente en la exégesis. Es muy interesante la posibilidad de que la parábola se asocie al llamado de los primeros discípulos. Específicamente, Mateo habla de una sagene, o sea, una red barredera, de aquellas que se arrastran entre dos barcas para ir recolectando peces a su paso. Esta recolección no discrimina entre peces buenos y malos, sino que recoge todo lo que está a su alcance. Algunos historiadores dicen que el Mar de Galilea tenía unas 24 clases distintas de peces. Cualquier pescador de la zona podría entender el sentido de lo que estaba relatando el Maestro. Al tirar la red barredora se sacan peces de todo tipo, y luego hay que clasificar, porque algunos son comestibles y otros no. Deben ser descartados los peces impuros, según la legislación de Lev. 11, 10-12 y, por ejemplo, los cangrejos, que no se comercializaban para comida en Palestina. Hasta aquí la parábola. Pero Mateo añade una alegorización de la misma que difícilmente se remonte al Jesús histórico. Esta alegorización es bastante paralela a la alegoría que explica la parábola del trigo y la cizaña. El problema literario que se presenta es que, en el trigo y la cizaña, algunas imágenes de la alegoría tienen más sentido que en la red barredera. La idea de tirar al fuego lo que no sirve es más entendible con la cizaña que con los pescados, que no son quemados por malos o impuros. Además, la asociación entre los cosechadores y los ángeles que vienen es más correcta que la de pescadores y ángeles, porque los pescadores ya están allí; ellos mismos han sacado los peces, no tienen que venir para ejecutar la acción final de la separación. Estas incongruencias pueden deberse a que el redactor quiso aplicar, en paralelo, la alegoría ya existente del trigo y la cizaña a la parábola de la red barredera, y en el traspaso se filtraron estas metáforas inexactas.

El Jesús mateano culmina su discurso parabólico preguntando a los discípulos si han comprendido lo que les dijo/enseñó con tantas parábolas. Ellos responden que sí. Es una afirmación de fe. Han entendido al Maestro, han penetrado en los misterios del Reino. Por eso son merecedores de la sentencia sobre el escriba que, volviéndose discípulo del Reino (volviéndose entendedor de las parábolas de Jesús), es como el hombre que sabe reconocer lo bueno viejo y lo bueno nuevo. Esa es la tarea de los escribas del cristianismo. Porque no hemos dejado de tener escribas, aunque el Nuevo Testamento los tenga tan asociados a una imagen negativa. Son escribas los que estudian las Escrituras, los que escudriñan la Palabra para extraer el significado hermenéutico, para presentar al Pueblo de Dios el mensaje bíblico. Esos son nuestros escribas. Y si los escribas no son capaces de sacar lo nuevo y lo viejo para liberar a los seres humanos, entonces son falsos escribas o escribas hipócritas. En las parábolas está el misterio del Reino. Cuando las interpretaciones de los estudiosos ponen barreras a su correcta comprensión, cuando la institución eclesial sobrevuela la superficie de las parábolas sin entrar de lleno en ellas, sin dejarse interrogar por lo anormal y sorpresivo de estos relatos, la tarea del escriba es devaluada. Jesús nos sigue preguntando si comprendimos, si entendimos su mensaje; y si respondemos que sí lo hicimos (una respuesta de fe), nos preguntará entonces por qué seguimos repitiendo, como en un círculo vicioso, los pecados estructurales e institucionales que contradicen al sembrador, al trigo y a la cizaña, a la mostaza, a la levadura, al tesoro escondido, a la perla valiosa y a la red barredera.