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Que se amen / Sexto Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 15, 9-17 / 13.05.12

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros. (Jn. 15, 9-17)

Las formas de amar

El tema preponderante de esta lectura es el amor, palabra que aparece como tal o como derivado (amó, amado, amén) en ocho oportunidades en esta cita. Pero no se trata del amor como lo entiende la sociedad consumista actual (hacer el amor sexual) ni como lo entendía el mundo helenista (meta de superación individual). Tampoco es amor en términos fariseos (obras legales que suplantan compran el amor divino) ni amor sectario (amar al compinche). El amor del que habla Jesús excede las concepciones culturales y humanas del amor, porque es el amor ágape. Pero veamos más en profundidad estos amores que enumeramos para reconocer que la propuesta de Jesús no sólo es superadora, sino plenificadora:

a) Sociedad actual: en cualquier círculo de personas reunidas en la vía pública, en una cena, en la salida de un centro comercial o dentro de un supermercado, decir amor resuena, inmediatamente, como hacer el amor, y esta última expresión se asocia inmediatamente a la manifestación sexual. Parece no haber otra acepción para el término, pues la sociedad está hiper-sexualizada. El amor como realidad trascendente, fuera de la cama, no existe, fue un mito de otras épocas más tradicionales, más románticas. Se considera lógico desplazar los sentimientos por la experiencia vivida en carne propia, quizás como herencia del pensamiento positivista. ¿Cómo puedo saber si alguien me ama? ¿Cuál es la medida del amor? El sexo fue la respuesta, como el experimento para la hipótesis. Por haber quitado al sexo su sello demoníaco, arrastrado durante siglos por una mala interpretación del cuerpo, la sociedad terminó volcándose en el endiosamiento del sexo. Fue un progreso al principio, un paso al frente, pero se convirtió en un abuso.

b) Mundo helenista: para la cultura griega el amor debe llevar a la plenitud, pero una plenitud entendida como realización individual, como superación de los demás, inclusive a costa de ellos. El hombre debe amar lo que lo haga mejor. Debe amar los puestos de honor y el respeto de los otros, porque así será encumbrado. Debe amar lo estético y rechazar lo feo. Debe amar la sabiduría de las ciencias, porque así será inteligente. Debe amarse a sí mismo, de lo contrario será débil. Debe amar la estructura jerárquica, porque así se organiza el mundo, y entonces el varón no podrá sentir amor por una mujer, ya que es menos que él; el varón ama a otro varón, y es un amor de admiración. Esta concepción individualista adquiría carácter comunitario únicamente en relación al patriotismo, a la defensa del modelo helénico. Por eso los dioses griegos difícilmente aman a sus criaturas, ya que sería un signo de debilidad. Los dioses nunca podrían amar/admirar a alguien inferior. Cuando lo hacen, las historias son trágicas. Y a la inversa, el amor del hombre se dirige a los dioses por la situación jerárquica, porque ellos son mejores naturalmente.

c) Amor fariseo: para el pensamiento farisaico, la forma del amor eran las obras de justicia: limosna, oración y ayuno. Ama aquel buen judío que cumple los preceptos con precisión, porque la medida del amor es ese compromiso legal. No se podría decir que tiene amor el que quebranta el sábado, el que no ayuna, el que nunca da limosna. Se entiende que para los fariseos, Jesús no amaba, pues rechazaba las prescripciones de la Ley. Era un judío sin amor por la letra. ¿De qué otra manera entender la relación con Dios? ¿No es lógico que, si se lo ama, se intente cumplir cada una de las normas religiosas? ¿No se las cumple por amor? El problema fariseo es que convierte la relación con Dios en un comercio, en compra-venta de amor. Antes de suponer que Dios ama a todos los hombres, el fariseo creía que Dios amaba a quien daba limosna, hacía oración y ayunaba. Antes de suponer que el amor es la única regla desde la que se derivan los mandamientos, el fariseo creía que los mandamientos eran el amor mismo.

d) Amor sectario: en los pequeños grupos de ayer y de hoy, dentro y fuera de la Iglesia, suele aparecer el amor sectario, el amor en círculo interno que no se desborda, que queda limitado a los conocidos. Es un amor sin perspectivas de crecimiento ni expansión, un amor encerrado y contento en la cerrazón. Un amor a lo conocido y seguro, un amor que se asegura correspondencia, no por la vía de la gratuidad, sino por un miedo a lo externo, un temor al rechazo del mundo. La secta crea un espacio confortable donde sobrevivir a los embates de la sociedad, pero es también un espacio irreal, porque el supuesto amor que se profesan los miembros no es amor asumido desde la libertad, sino desde la obligación: sólo puedo amar a éstos porque son los únicos con los que me relaciono. El amor sectario no se comparte más allá de precisos límites, y se ahoga en una retroalimentación negativa, estancada, adinámica. Es un amor carente de diálogo, un amor que no genera vida.

La forma del amor de Jesús

Para Jesús, el amor no es necesariamente hacer el amor sexual, no es sólo sexo. Para Jesús, el amor no es individualista, no se olvida de quienes están alrededor, no busca una superación que redunde en honores vanos. El amor tampoco es un comercio con Dios, ni mucho menos es la legislación. El amor, finalmente, no es en absoluto sectario, limitado.

El amor que plantea Jesús es verdadero porque se expresa en la carne, no desde la relación sexual, sino desde la entrega de la propia vida, hasta la muerte, ya que el ejemplo máximo del amor es dar la vida por los amigos. En este sentido, la relación sexual no es demoníaca de por sí, sino que puede ser una manifestación exquisita del amor, cuando los comprometidos están dispuestos a dar la vida por aquel con quien tienen la relación sexual, cuando no están concentrados en la satisfacción del momento físico, sino en la satisfacción de la intimidad con la persona que aman. El amor que plantea el Maestro es superación, pero no individual, poniendo a unos sobre otros, sino elevando a todos. Él no llama siervos a sus discípulos, sino amigos, haciéndolos mejores desde el amor desinteresado. Cuando el amor individual es egoísta, cuando tiene como meta una graduación jerárquica que deja atrás a otros, no es amor cristiano. El amor que da la vida por los demás, considera que la meta es plenificarse plenificando, amar amando, elevarse elevando a todos. El amor que plantea el Maestro establece la relación con Dios desde los mandamientos, pero desde la raíz de los mismos, que es amarse los unos a los otros como Él nos ha amado. Es un amor que invita a la permanencia, a estar con, a estar amando.

Cumplir los mandamientos es amar, porque el mandamiento es el amor. A diferencia del pensamiento fariseo, ayunar no es una imposición que, al realizarse, se convierte en amor; ayunar es un fruto del amor, y dar limosna también, y la oración también. Permanece en el amor quien ama. No hay demasiadas interpretaciones a ese apotegma. ¿Por qué permanece Jesús en el amor del Padre? Porque ama. ¿Cómo podemos permanecer nosotros en Jesús? Amando. Finalmente, el amor que plantea el Maestro es universal y expansivo, es incontenible, está por encima de cualquier grupo, cultura, nacionalidad, preferencia o religión. Es amor verdadero en cuanto es capaz de abrirse sin prejuicios, en cuanto ama a pesar de, en cuanto no se detiene ni selecciona. No puede ser nunca amor sectario, encerrado, circunscrito. No puede jamás aislarse en una irrealidad protectora. Es amor allí donde falta el amor.

Iglesia sacramentada / Segundo Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 20, 19-31 / 15.04.12

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre. (Jn. 20, 19-31)

Tomás, el Mellizo

Uno de los personajes del texto es Tomás. Anteriormente, en el Evangelio según Juan, este apóstol aparece en dos ocasiones. En la primera, con el contexto de la muerte de Lázaro, su intervención es heroica o irónica, de acuerdo a cómo se interprete su dicho.

Jesús decide volver a Judea para realizar la resurrección de su amigo, pero varios de sus discípulos lo cuestionan recordándole que allí lo han querido matar y, por lo tanto, están aguardando la oportunidad para concretar el asesinato (cf. Jn. 11, 8). Por supuesto, no logran disuadir a su Maestro y, finalmente, Tomás expresa: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn. 11, 16). Esta frase puede entenderse como un gesto de heroísmo y de acompañamiento al condenado a muerte, o puede ser la ironía de decir en voz alta que se están dirigiendo a la muerte a conciencia. La segunda intervención del apóstol la hallamos en el capítulo catorce, durante uno de los discursos de Jesús situados por el evangelista en el ambiente de la última cena. Tras decir que se irá a la casa del Padre y que sus discípulos ya saben el camino a esa casa, Tomás pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn. 14, 5), y Jesús responde con la conocida frase: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6).

Es este mismo Tomás quien se nos presenta incrédulo frente a la resurrección, o quizás debamos decir incrédulo frente al testimonio de sus compañeros. Hasta la muerte de Jesús, Tomás es un discípulo del camino. Irónicamente o no se muestra decidido a caminar a la tierra que los quiere apedrear, y sinceramente desea saber el camino a ese lugar del que habla Jesús con tanta pasión y tanto misterio. Parece un hombre decidido a transitar el sendero que indique el Maestro, vaya donde vaya el trayecto, desemboque donde desemboque. Pero sorpresivamente, tras la cruz y la muerte, tras la oscuridad de las esperanzas que parecen perdidas en el sepulcro, el discípulo del camino se decepciona. Cuando la muerte se concreta, sus palabras son llevadas por el viento, sus arengas no son más que un mal recuerdo. Como un hombre inconsistente, incapaz de permanecer fiel en las tribulaciones, se aleja de la comunidad y, el domingo de resurrección, anda vagando por allí, desprotegido, desencantado, asustado.

Tomás es un traidor de sus propias palabras, como Judas es el traidor de la Palabra. El apelativo uno de los Doce, en el Evangelio según Juan, sólo se aplica a Judas (cf. Jn. 6, 71) y a Tomás (cf. Jn. 20, 24). Son los dos apóstoles de la doblez. Mientras el primero, encargado de la economía comunitaria (cf. Jn. 12, 6; Jn. 13, 29) traiciona a su comunidad vendiendo al Maestro; el segundo, discípulo que camina junto a Jesús, traiciona a la comunidad abandonando a los que había invitado a subir a Judea. Por eso aparecen diferenciados de los Doce como uno de los Doce, como individualidades egoístas dentro de la comunidad apostólica. Traicionando a sus compañeros marcan una ruptura con el grupo, prefiriendo su bien sobre el bien comunitario. Por gracia de Dios, Tomás terminará por reconocer su error y será reincorporado, dejando de ser uno para ser directamente de los Doce. Lamentablemente, Judas prefiere seguir siendo uno.

Signos para creer

La incredulidad de Tomás se encuentra muy cerca del pasaje sobre la credulidad del discípulo amado (cf. Jn. 20, 8). La antítesis entre ambos frente a la resurrección es la antítesis del que exige para creer la seguridad cientificista y el que cree con los signos/sacramentos. Tomás, separado de la comunidad apostólica, se pierde la aparición y asegura que no creerá sin ver y sin tocar al mismísimo Resucitado. Necesita la evidencia de los agujeros causados por los clavos y el costado abierto. El discípulo amado, en cambio, cree por los lienzos y el sudario vacíos, o sea, por el signo de la ausencia del cadáver. No necesita los agujeros de los clavos ni el costado.

No es casual que el Evangelio según Juan utilice, en lugar de la palabra milagros, el término signos. Para el cuarto evangelista, la milagrería es importante en tanto y en cuanto transfiera un mensaje o significado, en tanto y en cuanto sean sacramento, señal visible de otra realidad trascendental a la que se refieren. Así arribamos a la primera conclusión del Evangelio (cf. Jn. 20, 30-31), y clave intencional del libro: los signos han sido escritos para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y tengamos vida en su nombre. Somos nosotros, ahora, en la actualidad, los bienaventurados que, sin haber visto, tienen fe gracias al testimonio recogido por la tradición apostólica y la Biblia. El discípulo amado es el modelo del creyente, el que cree con los signos/sacramentos. Tomás es lo contrario, es el incrédulo, al que no le bastan los signos y que, a la vez, adolece de ellos.

El signo de la comunidad

Uno de los signos de los que adolece es la comunidad/Iglesia. Al encontrarse separado de los demás, Tomás no tiene la experiencia pascual, experiencia comunitaria. La Iglesia es sacramento de la pascua, es signo del Resucitado. Al vivir en paralelo a su comunidad, Tomás carece de un sacramento fundamental, carece del signo para creer. La fe en Jesús no puede ser a-comunitaria, porque el ritmo de las apariciones (de domingo a domingo) es el ritmo de la Iglesia (reunida domingo tras domingo).

A riesgo de ser redundantes, recalcamos que la re-incorporación de Tomás a la comunidad apostólica en el segundo domingo es también re-incorporación a la vida en Cristo, pues en su boca se halla, quizás, la expresión más teológicamente densa de todas las que se conservaron en los Evangelios: Señor mío y Dios mío. Tras creer, su fe se expresa en una declaración solemne que manifiesta abiertamente la divinidad y el señorío de Jesús. La re-incorporación de Tomás es un re-comienzo personal que se une al re-comienzo comunitario y cósmico, a la nueva creación mesiánica. Porque así como en el principio, “Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida” (Gen. 2, 7), es el mismo Resucitado quien sopla sobre sus discípulos para darles el Espíritu Santo, el Espíritu de la vida, el Espíritu que anima. Se trata del segundo Génesis, la nueva esperanza. Mientras los primeros capítulos de la Biblia nos narran cómo Dios nos rescató de la nada, de la no-existencia; sobre el final del Evangelio según Juan se nos narra cómo Dios nos vuelve a rescatar, cómo nos salva, cómo nos vuelve a comunicar vida.

Se trata de un Génesis contrario a la lógica, un Génesis desde la nada, un Génesis entre discípulos atemorizados y encerrados. Es un Génesis desde la paz. Así se presenta el Resucitado, dando la paz. A la comunidad apostólica asediada por la persecución judía, batallada por el ambiente externo, se les aparece el Rey de la paz. En esta nueva creación, en este re-inicio diminuto e insignificante, prima la paz y el perdón. En el primer Génesis, rápidamente la violencia ingresó al mundo, y rápidamente el humano se lanzó contra su hermano (cf. Gen. 4, 8). En este segundo Génesis, desde el Espíritu Santo, los humanos son hermanos fraternos con un Padre en común, hermanos en la paz, hermanos en comunidad. Son hermanos que perdonan los pecados porque han sido renovados espiritualmente. Son comunidad de perdón y reconciliación. No se construye el Reino desde la muerte, sino desde la vida; no puede haber esperanza asesinando, no puede haber re-inicio sin una comunidad, no puede Tomás reconocer al Resucitado, reconocer al Señor y Dios, separado de sus hermanos, aislado de la Iglesia/signo/sacramento.

Iglesia-Sacramento

Reconocer en la comunidad eclesial un signo es poner en el plano de la evangelización la actitud de testimonio y acogida. Para que el sacramento sea entendido, debe ser explícito, debe verse. Una Iglesia oculta, callada, en las sombras, no es signo del Cristo. Por eso los discípulos encerrados cambian rotundamente y son enviados a partir del encuentro con el Resucitado.

Se es signo en las calles, con los mendigos y los sin techo; se es signo en los ámbitos políticos, legislando para una democracia; se es signo en el ámbito de la salud y la ecología, protegiendo la vida; se es signo en los grandes imperios industriales, denunciando la explotación. Esos viejos edificios curiales, altos, inalcanzables, omnipotentes, de pasillos sin iluminación, poco pueden decir al mundo actual, anti-institucional por naturaleza. Las pequeñas comunidades de vida, en cambio, cercanas entre vecinos, reunidas en torno a la Palabra, con proyectos de promoción humana y fraternidad de saludo sin doblez, son Iglesia-sacramento, verdadera luz para las sociedades.

La segunda actitud, la acogida, la aprendemos del episodio de Tomás, que separado un domingo de su comunidad, es recibido nuevamente, es informado sobre el acontecimiento pascual y, a pesar de su incredulidad, no es expulsado hasta el domingo siguiente. Para ser signo hay que acoger, mostrar el interior, la intimidad, la fibra íntima de la Iglesia. Acoger a Tomás es dejar que los Tomases de hoy se introduzcan en nuestras realidades, nos conozcan como somos, pecadores, humanos. En esa honestidad, los Tomases verán al Resucitado, porque el sacramento eclesial será sincero, será signo del poder de Dios que lo transforma todo, que hace la historia de la salvación a pesar nuestro, a pesar de nuestra historia de matanzas, guerras y combates. Ningún Tomás será juzgado y condenado en la Iglesia-sacramento, porque se trata de comunidades de paz y reconciliación, comunidades con una utopía que intenta hacer el nuevo Génesis contrariamente a los Caínes que atentan contra su hermano. En esa línea evangelizadora, quizás vayamos abandonando los viejos edificios autoritarios para iluminar el mundo con una Iglesia de los caminos.

Este es el cordero que nos cambia / Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Jn. 1, 35-42 / 15.01.12

35 Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos 36 y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”.

37 Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 38 Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué quieren?”. Ellos le respondieron: “Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?”. 39 “Vengan y lo verán”, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

40 Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. 41 Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo. 42 Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro. (Jn. 1, 35-42)

Cordero de Dios

El título Cordero de Dios es mesiánico, es de la realeza, es profético, y para los cristianos es netamente cristológico. Pero también es un título, una imagen, un símbolo múltiple. De acuerdo a la posición que tomemos, el cordero puede ser el signo de la no-lucha, el signo de la mansedumbre, de la paciencia, o del sacrificio, o del pacto entre Dios y los seres humanos. Entre los Evangelios canónicos, es sólo Juan quien menciona el título explícitamente, y sólo en boca de Juan el Bautista. Ni Jesús se lo atribuye, ni lo hace el autor narrando, ni los discípulos, ni sus enemigos. Aparte de esta mención, sólo se puede encontrar nuevamente en dos libros del Nuevo Testamento: la Primera Carta de Pedro (cf. 1Ped. 1, 19) y múltiples veces en el Apocalipsis.

El Antiguo Testamento tiene una mención específica y clara al cordero en la fiesta de Pascua. Yahvé ordenó a los israelitas que estaban por escapar de Egipto que inmolaran, la noche en que pasaría el Ángel Exterminador, un cordero sin mancha, macho y de un año (cf. Ex. 12, 5). Estas características del animal tienen que ver con las primicias y con lo perfecto que se ofrece a Dios. Por tradición común a muchas culturas y religiones, a la deidad no se le pueden ofrecer las sobras, sino lo mejor de la producción humana; lo mejor de la cosecha, lo mejor de la pesca, lo mejor del ganado. Para los israelitas, lo mejor era un cordero nacido sin defectos (eso significa sin mancha) y joven. Además, se trataba de un momento festivo, de celebración de la liberación, y por eso era preciso celebrar con lo mejor, reconociendo que es un momento importante; como hacen aquellas personas que guardan una botella de vino añejo para destapar cuando la ocasión lo amerite. Para esta Pascua israelita, el cordero debía comerse al anochecer. Los evangelistas han tomado esta tradición de distintas maneras para relatar la pasión de Jesús, de manera que la imagen del cordero pascual judío se convirtiese en la imagen del cordero Jesús, inmolado para la alianza definitiva entre Dios y los seres humanos. Así es que la pasión está enmarcada en las celebraciones pascuales judías: Jesús cena con sus discípulos para celebrar la Pascua de Israel o en las vísperas de la Pascua (entre esas opciones se debaten los exegetas), su sangre es sangre de alianza (como la del cordero inmolado), su muerte comunica con Yahvé, no le rompen ningún hueso (como el cordero sin mancha, sin defecto) para rematarlo en la cruz. Por eso, para el cristiano que leía el Evangelio según Juan, claramente el título de Cordero de Dios tenía que ver con Jesús, sin mediar mayores explicaciones.

Aún más profundo es el componente profético del título. Según Jeremías, él mismo era un cordero llevado al matadero (cf. Jer. 11, 19) cuando sus enemigos lo perseguían. Un cordero manso, sólo sustentado en la violencia de la palabra profética, pero no en la violencia física ni psicológica. Es la imagen que toma el segundo Isaías cuando describe al Siervo de Yahvé, también como un cordero llevado al matadero sin hablar (cf. Is. 53, 7). El cordero profético (mesiánico) es un elegido de Dios para transmitir su Palabra, para revelarlo, desde la no-violencia. El cordero es la actitud pasivo-activa que se opone a la violencia (guerra) del mundo. El Cordero de Dios no se impondrá por las armas ni por la sangre derramada de los otros, sino por su propia sangre entregada. Será su entrega parte importante del mensaje, su entrega por una causa que es la causa de Dios. Así como Jeremías acepta las tribulaciones y persecuciones que vienen de decir las cosas de Dios, así Jesús aceptará que no es fácil hablar del Reino en un mundo de reinos violentos. Pero a largo plazo, a pesar de la visión negativa del destino del cordero (asesinado, llevado al matadero), surge la esperanza de un cordero levantado, restituido; un cordero al que, según la tradición hebrea, Dios le hace salir cuernos (el cuerno es el símbolo del poder en las Escrituras) transformándolo en carnero que vence. Este es el espacio para la fe en la resurrección cristiana. Jesús, cordero llevado al matadero, es levantado de entre los muertos para tener el poder que siempre tuvo, y que confirmó en su martirio de cruz.

Discípulos del Cordero

Juan el Bautista señala a Jesús como Cordero de Dios y sus discípulos corren tras Él. Esta es la primera vez que los Evangelios mencionan a discípulos directos del Bautista, lo que constituye una osadía histórica para el autor del libro. No porque se trate de un invento, sino todo lo contrario. Una de las grandes problemáticas de los inicios cristianos consistía en dilucidar la relación entre Juan el Bautista y Jesús; quién era mayor, cómo se conocían, qué había respecto al bautismo. Incluir a discípulos del Bautista que lo dejan para irse con Jesús complica la exégesis. A diferencia de los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), donde los primeros discípulos de Jesús provienen del ambiente de la pesca de Galilea, desde donde son llamados directamente por el Maestro, en Juan se produce un traspaso de discípulos, además de que parecen provenir de un ambiente más estudiantil, ya de discipulado. Por eso llaman, sin preámbulos, rabbí a Jesús. Es el término que designa al maestro, el que enseña las Escrituras y las tradiciones de los antepasados. Su primer rabbí ha sido el Bautista, pero ahora es el Cordero de Dios. Quizás es ese cambio rotundo el que no logran asimilar completamente los nuevos discípulos. No pasarán a formar parte del grupo discipular de otro maestro más, sino que ingresarán a la vida del Cordero. Ante la pregunta sobre dónde vive (o sea, dónde enseña), Jesús invita a compartir la vida. No tendrán clases estructuradas, ni un aula, ni un camino con asignaturas. Su camino será compartir la vida con el Cordero (y compartir la muerte, de ser necesario).

Es otro tipo de experiencia discipular, donde se cambia la calidad de la enseñanza. Ya no es el rabbí, sino el Cordero de Dios, el de la palabra profética, el que callará y enmudecerá cuando otros tomen las armas, el que propondrá un camino diferente, de paz, pero de defensa de una causa que es la causa de Yahvé. Es el que probablemente muera, como un cordero llevado al matadero; pero detrás de esa muerte, para quien sabe entender y oír las profecías, está la restitución del cordero, su levantamiento.

Este cambio lo sufre en carne propia Simón, quien recibirá un nuevo nombre. En el Antiguo Testamento, podemos hallar dos ejemplos claros de cambio de nombre: Abrán en Abraham (cf. Gen. 17, 5) y Jacob en Israel (cf. Gen. 32, 29). En ambas oportunidades, el cambio de nombre es sucedido de una explicación del por qué del cambio: Abrán pasa a ser Abraham porque significa padre de muchos, y Jacob pasa a ser Israel porque ha sido fuerte contra Dios. El cambio de nombre por parte de Dios es un cambio en la situación del afectado, que ya no puede llamarse igual porque ya no es el mismo. Los lectores de Juan saben que, en un principio, el que conocen como Pedro se llamaba Simón, y por lo tanto, saben que ha cambiado. Jesús lo ha cambiado, lo ha transformado. Como cualquier discípulo se transforma en el encuentro con el Cordero.

Nuevo nombre

Un nuevo nombre, en el espacio bíblico, es una nueva condición, una nueva situación. En eso consiste el encuentro con Jesús. En cambiar. Cambian las percepciones, las maneras de sentir y de pensar, los paradigmas, las creencias, el estilo de vida. Cambia el mundo porque cambia nuestra manera de entender el mundo. Jesús tiene la dinámica del cambio, que para la teología, es la dinámica del Espíritu Santo. Habitado por el Espíritu de Dios, Jesús tiene la capacidad de producir cambios en su entorno. Unos discípulos del Bautista lo siguen, dejando atrás una enseñanza que ya consideran anterior, pasada, en todo caso preparatoria, anticipatoria. Jesús viene a ser lo nuevo, la renovación en sus vidas, el cambio necesario. Se sienten impelidos a ir detrás del Cordero.

Para la Iglesia no es fácil seguir a un cordero. Es preferible estar detrás del triunfante carnero, y no refugiados en la paz activa de la oveja que es llevada al matadero. Para eso necesitamos que nos vuelvan a cambiar los nombres. Que nos cambien los nombres propios y los nombres de la Iglesia. Necesitamos esa dinámica del Espíritu que nos permite ver con claridad las circunstancias del Cordero. Para eso tenemos que vivir con Él, estar con Él, compartir su experiencia; y el lugar privilegiado para hacerlo es con el pobre, con el que está tirado, con el marginado. Allí se vive el Cordero, y allí se hace uno discípulo. La clave está en la experiencia. Pero si esa experiencia no se acompaña por la posibilidad de dejarnos cambiar el nombre, o sea, dejarnos cambiar en lo profundo, en nuestra misión sobre la tierra, entonces es vana. Es la aventura de dejarse transformar, dejarse mutar, virar hacia una forma novedosa. Una forma de corderos proféticos, con la voz firme, sin violencia de armas, pero con la seguridad del efecto que tiene la Palabra de Dios. Corderos dispuestos a ir al matadero en la defensa del Reino. Esa Iglesia-Cordero queremos, sumida en compromiso, haciendo alianza con su sangre derramada por el martirio, no con contratos ni pactos gubernamentales o empresariales. Queremos una Iglesia que se deje cambiar el nombre, y en lugar de Iglesia de Pedro pueda llamarse Iglesia de Jesús.

Nosotros no excomulgamos / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 15-20 / 04.09.11

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. (Mt. 18, 15-20)

Ingresamos ya, siguiendo el Evangelio según Mateo, en su cuarto discurso. Recordemos que el libro está estructurado en torno a cinco largos agrupamientos de palabras de Jesús. El primer discurso es el llamado sermón del monte (cf. Mt. 5, 1 – 7, 29), que contiene las directrices éticas y morales del Reino de los Cielos. El segundo es un discurso misionero (cf. Mt. 10, 1 – 11, 1), de envío de los discípulos y líneas de acción para la acción evangelizadora de la Iglesia. El tercero es la colección de parábolas del Reino del capítulo 13, que los distintos domingos de la liturgia católica fueron jalonando. El quinto de los agrupamientos de palabras es el discurso escatológico (cf. Mt. 24, 1 – 26, 1), con frases, profecías y parábolas sobre el final de los tiempos. El cuarto discurso, del que leemos un pequeño fragmento hoy, comienza en Mt. 18, 1 y se extiende hasta Mt. 19, 1. La mayoría de los comentaristas lo llaman el discurso eclesial, mientras que otros prefieren el término comunitario.

Este discurso responde a una situación real y concreta que ha comenzado con Jesús. Al formar un grupo de seguidores íntimos, Jesús ha formado una comunidad. Esa comunidad sufre el paso del tiempo y la desaparición del Maestro. Aparecen conflictos, situaciones nuevas sin legislación, sombras en cuanto a temas específicos. Considerando que el Maestro ya no está físicamente para consultarlo, es preciso que las comunidades se organicen. ¿Qué hacer con un pecador público? ¿Quién decide su suerte? ¿Los dirigentes de la comunidad? ¿La comunidad reunida en asamblea? ¿Es necesario armar un juzgado dentro de la Iglesia? Hay un Espíritu y una línea general, un mandamiento del amor, una certeza de la Pascua, pero lo concreto, la problemática del día a día, exige a las comunidades la elaboración de reglamentos, de organigramas, de disposiciones y constituciones. La comunidad mateana no escapa a esa situación. El tiempo ha pasado, la Iglesia se ha enfrentado a diferentes tribulaciones tanto externas como internas, y ha elaborado un método de resolución. La única diferencia con los registros históricos de comunidades que han elaborado códigos para resolver conflictos, está en lo sencillo de las disposiciones del Evangelio según Mateo. Sin exagerar en normativas, sin abundar en detalles, especifica pasos concretos de acción. Lo que no se dice queda librado al Espíritu Santo que sopla en las Iglesias. Lo que no está legislado queda en el criterio comunitario inspirado en la vida de Jesús de Nazaret y en su muerte y resurrección.

El caso del que trata la perícopa litúrgica de este domingo es el del hermano pecador. No es uno de los pecadores ajenos a la comunidad, de los que no han aceptado al Cristo y su discipulado. Se trata de los mismos discípulos, los que ya hicieron una opción. Sin embargo, no parece tratarse de cualquier pecado. La traducción literal sería la referente a un pecado contra ti (eis se). Y el modo de tratamiento, implica que el pecado es público, de conocimiento de los testigos y, en definitiva, de toda la comunidad. Por lo tanto, este abordaje que propone Mateo parece limitarse a las siguientes condiciones: el pecado de un cristiano, que es pecado público y que afecta a otro, al prójimo. No sabemos cuál es el abordaje para otros tipos de pecados, pero pareciese que al tratarse de un error que afecta a la comunidad, es la comunidad la encargada de tomar la decisión. Hay pasos previos, más sutiles, de invitación al cambio, pero en definitiva, el texto deja claro que es la Iglesia la que subyace a la situación del discípulo. Es la Iglesia y no una sola persona, es la Iglesia y no los que ostentan la dirección, es la Iglesia y no ninguna estructura judicial la que se hace cargo en nombre de Jesús. Seguramente, la comunidad mateana podía relacionar de inmediato qué lista de pecados debían ser tratados así, porque lo que el autor hace palabras es un procedimiento ya en funcionamiento en la Iglesia, con tres niveles: el acercamiento personal, los dos testigos y la comunidad en pleno.

El acercamiento personal intenta limitar la publicidad del asunto, preservando al pecador y preservando a la Iglesia, que no se ve sometida a una situación incómoda. Esa es la primera instancia. Puede que haya una respuesta positiva, que el pecador escuche y cambie, o puede que la respuesta sea negativa. En ese caso se accede al segundo nivel de tratamiento, que es el ingreso de una o dos personas más al acercamiento para que en la situación haya dos o tres testigos, respetando el principio legal de Dt. 19, 15: “No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos”. La medida sigue siendo cuidadosa y de preservación. Quizás, un abordaje individual queda sujeto a la subjetividad de quien lo aborda. La intervención de testigos aporta objetividad. Ya no se trata de cuestiones meramente personales, que pueden llevar a equivocaciones; ahora hay peso de testigos. Es probable que la Iglesia de Corinto tuviese el mismo método o un método similar (cf. 2Cor. 13, 1), también inspirado en el Deuteronomio. Nuevamente hay dos caminos. Si el pecador decide cambiar, ya se acaba el asunto, pero si persiste, el último paso es la asamblea convocada (la ekklesía), con todos los miembros, para la decisión comunitaria. Es la expresión máxima de lo que quiso mantenerse en privado, pero trascendió demasiado, y también la expresión máxima del poder de la comunidad sobre cualquier otro poder personal. Ni el solo individuo que aborda en primera instancia ni los testigos pueden tomar la decisión final; eso es ámbito comunitario. La división entre los exegetas se presenta en este punto. Un grupo interpreta que la declaración de pagano/publicano es una excomunión comunitaria. Los paganos y publicanos son los que no aceptan a Jesús y permanecen fuera de la ekklesía. Otro grupo de biblistas sostienen que no hay excomunión. Si repasamos el Evangelio según Mateo, queda claro que Jesús se relaciona con los paganos, inclusive remarcando su fe que, en muchos casos, es mayor a la de los considerados hijos del Reino (cf. Mt. 8, 5-13; Mt. 15, 21-28); y también se relaciona con los publicanos en el plano de la vida/mesa compartida (cf. Mt. 9, 9-13; Mt. 11, 19). Quiere decir que la declaración de pagano/publicano no es una excomunión total, ni siquiera cercana a lo que hoy entendemos como excomulgar. Si la comunidad intenta reproducir la vida y el Espíritu de Jesús, entonces tendrá con los paganos y los publicanos la misma relación que tuvo el Maestro. Cuando un discípulo pecador no acepta el cambio o la renovación, la comunidad lo considera así, pagano/publicano, no totalmente involucrado con el cambio de vida (conversión) que implica el camino de discipulado, pero no por eso fuera del Reino de los Cielos, no por eso falto de fe, no por eso excluido de la mesa. Esta resolución es más que interesante. Mateo es muy cuidadoso de no convertir el juicio comunitario en un patíbulo público. La comunidad de Jesús no estigmatiza, sino que, aceptando la situación de pecado, mantiene una relación con el discípulo errado que va más allá de un simple reconocimiento de su presencia. Es un pagano/publicano como los paganos/publicanos lo eran para Jesús. No sólo es posible seguir relacionándose con él o ella, sino que es obligación de la ekklesía hacerlo, respetando el modelo de relación inaugurado por el Maestro.

El poder de atar/desatar entregado a toda la comunidad (no sólo a Pedro, cf. Mt. 16, 19) tiene sentido cuando se lo lee desde el contexto de los paganos/publicanos. La Iglesia intenta reproducir, de la mejor manera posible, el espíritu del Evangelio. Se ve obligada a legislar y tomar decisiones respecto a hermanos íntimos, con los que se comparte la vida, pero no puede convertirse en estigmatizadora ni excomulgadora. Tiene el desafío de atar/desatar como ataría/desataría Jesús, seguramente con más atadura (comunión) que desatadura. Mateo no está poniendo el foco de su atención en la posibilidad de excomulgar, sino en la posibilidad de reconciliar. Todo el proceso escalonado, de diferentes niveles, buscando incasablemente el arrepentimiento y la conversión, es una muestra de lo importante que resultaba para la comunidad mateana conservar a los hermanos. Y si aún con todos los abordajes el hermano no cambia, la comunidad no condena, sino que comienza a tratarlo como el Maestro trataba a los paganos y a los publicanos, sin exclusión, sino incluyéndolo para invitarlo a la participación plena en la mesa. Al fin y al cabo, se trata de volver a empezar, volver al proceso de convencimiento de la plenitud que hay en la vida en el Cristo.

La comunidad puede demostrar eso al pagano y al publicano porque cree firmemente que Jesús está presente en medio de ella, sobre todo cuando expresa simbólicamente su comunión, estando reunidos. Se puede observar, en paralelo, una disputa entre la comunidad mateana y el judaísmo posterior a la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70d.C. Los rabinos fariseos, habiendo tomado el control del judaísmo, se debatían sobre dónde encontrar la presencia de Dios, ya que el Templo había dejado de existir. Para los cristianos, el planteo es dónde encontrar al Resucitado, y al mismo tiempo, dónde encontrar al Dios del Resucitado. Mateo modifica una vieja frase judía para expresar su opinión: “Si dos hombres se encuentran juntos y las palabras de la Ley están en medio de ellos, Dios habita en medio de ellos”. La Ley del cristiano es Jesús. La Iglesia puede decidir el futuro y la relación con los seres humanos si tiene al Resucitado presente en medio de ella y es conciente de esa presencia. Es una tarea muy difícil. Cuando las comunidades tienen que tomar una decisión respecto a un hermano o hermana, cuando el pecado público es evidente, cuando una serie de acciones han dañado al prójimo. No se puede excomulgar así porque sí. Mateo nos recuerda que Jesús no lo hubiese hecho tan fácil. Que hay un proceso primero, y si el proceso falla, tampoco la excomunión total es la solución. El Reino tiene otra modalidad. Jesús no nos permite erigirnos en jueces de un misterio, que es la participación en la vida de Dios. Allí termina nuestra jurisdicción, la jurisdicción de la Iglesia. Podemos construir una Iglesia que ata o que desata. Si somos seguidores del Nazareno, tendremos que tender siempre a atar, compartiendo la mesa con el de afuera, aunque el de afuera no quiera compartirla con nosotros.

Vivir sin Pascua es no vivir / Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A – Jn. 20, 19-31

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre. (Jn. 20, 19-31)

Este relato de Juan tiene que ser leído como si estuviésemos viviendo lo que vive la comunidad joánica a fines del siglo I d.C. Desde esa perspectiva pueden entenderse los dos grandes temas que atraviesan este texto: el miedo a los que persiguen el mensaje cristiano y la falta de fe de los incrédulos por no ver maravillas. Siguiendo a R. Brown, podemos dividir la historia de la primitiva comunidad joánica en cuatro etapas (hipotéticamente): la primera son los inicios en los que un grupo de judíos convertidos al cristianismo se separa de la comunidad iniciada por Juan el Bautista y se unen a otro grupo proveniente de samaritanos convertidos; la segunda es la época de composición del grueso del relato evangélico, donde la comunidad tiene que enfrentarse frontalmente a los grupos judíos fariseos y a la infiltración del pensamiento gnóstico; la tercera etapa sería cuando se escriben las cartas joánicas para explicar partes del Evangelio y resolver conflictos internos; finalmente, la cuarta etapa estaría a mitad del siglo II d.C. en la escisión definitiva de la comunidad joánica. Como vemos, en el momento de composición del libro, la situación con el judaísmo y con el gnosticismo es complicada. El judaísmo fariseo ha decidido, a estas alturas, que el cristianismo es una herejía declarada y que deben ser excomulgados de las sinagogas todos aquellos que proclamen Mesías a Jesús de Nazareth. Por otro lado, el gnosticismo invade a la comunidad joánica y siembra ideas que tergiversan el sentido real de la existencia y muerte del Maestro. En respuesta a cada una de las dos situaciones será que el Evangelio según Juan intentará presentar una teología y una visión cristiana que deje en claro la validez del mesianismo de Jesús, la importancia de declararse cristiano sin miedo a la excomunión de la sinagoga, la realidad humana de Jesús, la realidad divina de Jesús, la eficacia de la resurrección. Todos estos sub-temas que se desarrollan en los 21 capítulos del Evangelio, están de alguna manera en la perícopa que leemos hoy.

Comencemos con la disputa judía y las excomuniones de la sinagoga. La comunidad de Juan está enfrentada tajantemente con los fariseos que, tras la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C. por los romanos se han hecho con el judaísmo a sus espaldas. Han determinado que el cristianismo es una herejía. Los han arrojado fuera del culto y de las comunidades judías. El cristianismo de esta comunidad se ve enfrentado a re-definirse. No pueden seguir asistiendo a las mismas celebraciones ni compartir la misma teología, la misma mirada sobre Dios. Pero no todo es tan fácil. Esta ruptura definitiva con el judaísmo trae aparejado un miedo lógico al cambio y un miedo concreto a la persecución. Los judíos más ortodoxos perseguirán a muerte a la nueva secta hereje, oficialmente excomulgada. Esta comunidad con miedo a ser martirizada es la comunidad con la que se abre el relato de hoy. Los discípulos están con las puertas cerradas atemorizados por los judíos. Tienen miedo por lo que puede ocurrirles. No están dispuestos a dar la vida. Entonces se les presenta el Resucitado que les hablará a los discípulos de ese domingo de pascua, pero también a los discípulos que forman la comunidad joánica. Cuatro elementos les trae Jesús como clave hermenéutica. El primero de ellos es la paz. Aunque fue asesinado, aunque fue juzgado injustamente, Jesús trae paz. No viene con sed de venganza ni a desatar una guerra. El Resucitado trae la paz. Los discípulos no tendrán que abrir las puertas y salir para matar a quienes mataron al Maestro. Todo lo contrario. Saldrán del encierro con la fuerza de la paz. Y será la paz la que les quitará el miedo, el terror. El otro elemento son las muestras de su martirio: las manos perforadas y el costado abierto. A los que tiene miedo de morir martirizados, Jesús les recuerda que Él también fue mártir, que por el Reino de Dios fue crucificado, que dio la vida para recuperarla. No hay que tenerle miedo al martirio, sino lo contrario: hay que temer no tener la valentía de ser mártir. El tercer elemento es el Espíritu Santo que ofrece desde el soplo, recordando el soplo de Yahvé en el Génesis que da vida al ser humano formado con polvo de la tierra. Para perder el miedo a morir, hay que perder el miedo a vivir. El Espíritu Santo, Espíritu de Vida, es un animador, un liberador, una presencia interna de Dios que nos recuerda que estamos vivos y que vale la pena vivir así como vale la pena morir cuando se defiende la plenitud de la vida. El cuarto elemento hermenéutico es el poder de perdonar pecados. En la misma línea que la paz, el Maestro no quiere actos vengativos, sino actos de perdón. La paz se construye perdonando, amando. La paz y el perdón liberan. No da la vida con un martirio real quien muere resentido. Los perseguidos de la comunidad joánica no asimilarían el martirio hasta no asimilar el perdón que le deben a sus perseguidores.

El otro tema del texto es el gnosticismo y los incrédulos que necesitan la demostración espectacular para creer. Tomás parece ser un cristiano infiltrado por el gnosticismo. Si no ve, no creerá. El mismo Maestro tiene que presentársele con muestras fehacientes de su veracidad para transmitirle la verdad sobre lo sucedido, y sólo así creerá. De nada vale el testimonio de sus compañeros. Si hay una verdad absoluta que conocer, entonces el Maestro mayor tiene que presentarse y decirla abiertamente. Sino, se trata de habladurías, de sandeces. Además, Tomás no está convencido aún de que haya muerto el que parecía invencible, el que derramaba tanto poder, el que hablaba con tanta elocuencia. Si era el Hijo de Dios no tenía que morir. A él se dirige el Resucitado y, en él, a los que abrazan el gnosticismo dentro de la comunidad joánica. Mucho se ha escrito al respecto sobre las infiltraciones gnósticas en el Evangelio según Juan. Algunos a favor, otros en contra. Lo cierto es que Tomás es llamado a creer poniendo los dedos en las heridas. No es la mejor manera de creer, aclara Jesús, pues bienaventurados son los que creen sin ver, pero en contra de ese materialismo acérrimo, el Resucitado le demuestra que lo material no es suficiente para la fe. La declaración del Señor mío y Dios mío trasciende lo material. Tomás no cree por tocar, sino por comprender, por hacer recuento de la vida y muerte de Jesús y encontrarle sentido en la resurrección. Los gnósticos de la comunidad joánica no deben buscar explicaciones rebuscadas ni signos grandilocuentes. Serán bienaventurados cuando crean, cuando aprendan del ejemplo de Tomás, cuando logren proclamar Señor y Dios a Jesús. Allí entenderán que la cuestión no se reduce a discutir la materialidad de la encarnación ni la veracidad de la muerte ni los contenidos ocultos de la doctrina del Maestro. La cuestión es más trascendental; tiene que ver con mirar sinceramente, con mirar la historia y asimilarla, con conectar la vida de Jesús a su muerte y a su resurrección.

El miedo al martirio y los incrédulos por no conectar la vida con la muerte y la resurrección siguen estando. Seguimos temiendo al martirio cuando nos acomodamos en la comodidad cotidiana de lo que sucede. Cuando cerramos las puertas de la Iglesia. Cuando buscamos la venganza antes que la paz y el perdón. Tememos morir porque no estamos viviendo plenamente. A veces nos avergüenza nuestra propia vida comunitaria. No abrimos la boca sobre la Iglesia porque nos da tristeza presentar así la Iglesia. Seguimos siendo incrédulos cuando presentamos un Jesús resucitado en una gloria que no recuerda la cruz, o en una cruz que no recuerda la resurrección, o en una celebración pascual que borra por completo la vida vivida por el Reino. Creemos en un Jesús por partes que, a la hora de ver el todo, nos hace dudar. Y duda quien nos ve, quien nos escucha, quien se nos acerca. Presentamos una persona desmembrada por los vicios de nuestras teologías. Y terminamos sin presentar a la Persona, en su completitud, en su ser perfecto que es hombre, que es judío, que es Dios, que es Hijo del Hombre, que es narrador de parábolas, que es hijo de María, que es crucificado, que es invitado a los banquetes, que comparte su vida con los marginales, que incomoda.

El Resucitado nos sigue dando claves hermenéuticas para leer la vida, y para leer nuestras muertes. En la Pascua hay un sentimiento de libertad que, si no lo aceptamos, nos costará caro. La Pascua nos permite abordar la muerte (gran problema humano) desde la perspectiva de la esperanza. Y nos permite abordar la fe que tambalea (gran problema humano de sentirse solo en el universo) también desde la esperanza. Sin Pascua, la muerte duele más de lo que debería doler, y tiene el sentido limitante de lo que se acaba. ¿Cómo entregar la vida por el Reino (por sus valores) si la muerte es tan oscura, tan siniestra? Sin Pascua, la sensación de estar solo en el universo es pesadísima carga, y no se puede caminar más que unos pocos pasos hasta desfallecer. Sin Pascua, el mundo es gris, es un caos informe, es un estado pre-creacional. Con la Pascua y el soplo del Resucitado, el mundo es Creación, y si es Creación es algo bueno, algo de Dios. Nuestras vidas y nuestro mundo, la muerte y la soledad, tienen sentido si hay Pascua. De lo contrario, la vida no es vida.

Hay albañiles sabios y santos necios / Noveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 7, 21-27 / 06.03.11

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu Nombre, y en tu Nombre echamos fuera demonios, y en tu Nombre hicimos muchos milagros? Entonces les protestaré: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!

Cualquiera pues que me oye estas palabras y las practica, será comparado a un varón prudente, que edificó su casa sobre la roca, y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos y golpearon contra aquella casa, pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, será comparado a un varón insensato que edificó su casa sobre la arena, y cayó la lluvia, y vinieron los torrentes, y soplaron los vientos, e irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina. (Mt. 7, 21-27)

 

La perícopa de hoy tiene dos partes, pero el tema es el mismo. La primera parte es el relato escatológico sobre un supuesto juicio final donde algunos se presentan al Señor y son rechazados porque el Señor los desconoce, a pesar de argumentar los rechazados con las profecías, exorcismos y milagros que realizaron en el nombre de Jesús. La segunda parte es la parábola que los estudiosos no terminan de titular; para algunos es la parábola de las dos casas, pero otros sostienen que es más lógico denominarla de los dos constructores, aunque un tercer grupo opta por los dos cimientos. Para cada título hay justificativos. Quizás, lo más correcto, sea referirse a los constructores, pues son la imagen de aquellas personas que deciden cumplir o no la Palabra escuchada. Los cimientos juegan un papel preponderante, pero llevan a la interpretación en un segundo momento. Aquí, la oposición clara es entre el sabio y el insensato. Estas oposiciones no son ajenas al estilo de Mateo, que anteriormente ha mencionado una puerta ancha y una puerta estrecha (cf. Mt. 7, 13-14), unos frutos buenos y otros malos (cf. Mt. 7, 16-20), y que luego hablará de tesoros de bondad y de maldad (cf. Mt. 12, 35). Se trata de una herramienta literaria para contraponer y remarcar conceptos. Dentro de las técnicas rabínicas de exposición se corresponde al paralelismo antitético; las frases sobre la construcción de ambas casas pueden ponerse en paralelo y se encontrará una similitud notable entre las palabras, pero una distancia abismal entre los conceptos. Por lo tanto, no es correcto catalogar esta parábola dentro del grupo de las parábolas dobles, que son aquellas con un paralelismo no antitético, como por ejemplo, la luz y la sal de Mt. 5, 13-14, o el tesoro y la perla de Mt. 13, 44-45. En realidad, la parábola que leemos hoy es una parábola de crisis. Son denominadas así las que tienen como tema el final escatológico, el juicio último, la venida definitiva del Hijo del Hombre. Podemos llegar a la conclusión más fehaciente de esto si comparamos el texto que hoy nos propone la liturgia con la parábola de las jóvenes y sus lámparas (cf. Mt. 25, 1-12), ubicada en el contexto de los capítulos 24-25 del Evangelio que tratan, justamente, del final de los tiempos. En la parábola de las jóvenes y sus lámparas se repiten elementos del final del capítulo 7 que estamos leyendo:

a. Hay cinco jóvenes necias y cinco prudentes al igual que hay un sabio capaz de construir con buen cimiento y un necio que construye sobre la arena. Las palabras en griego del original son las mismas para ambos casos: fronimos (sabio, prudente, sensato) y moros (insensato, necio, ignorante).

b. Está presente el tema de la entrada. Las jóvenes quieren entrar a la sala nupcial y los que hablan con el Señor argumentando sus obras son los que quieren entrar al Reino de los Cielos. La sala nupcial, referida a las bodas, y por lo tanto a la alianza entre Dios y su Pueblo, es una imagen del Reino consumado.

c. Los que quieren entrar utilizan el mismo llamado: Señor, Señor.

d. La respuesta del Señor es igual a la del esposo: no los conozco.

Las similitudes nos llevan a dos conclusiones: la primera parte de la perícopa de hoy es inseparable de la parábola siguiente, porque le da marco; la parábola de los dos constructores es un una parábola de crisis, que tranquilamente puede agruparse con las referentes a la venida del Hijo del Hombre. Los paralelismos anteriores a éste (las dos puertas y los dos tipos de fruto) vienen preparando el terreno para la exhortación final. Hay dos maneras de encarar la vida, dos maneras de llevar adelante la existencia, dos visiones y dos posibilidades escatológicas. En resumen, y tomando la tradición sapiencial, Mateo lo define en la oposición del sabio y el insensato. Hay seres humanos necios que viven la vida desperdiciándola, sin sacarle el mayor y verdadero provecho, alejados de Dios; hay seres humanos sabios que entienden el sentido último de la vida y lo encuentran en Dios. El sabio no lo es por su reflexión, por su erudición ni por sus logros académicos; el sabio bíblico es el que entiende las dimensiones de la existencia que se resumen en una sola dimensión: la divina. El sabio es sabio porque está cerca de Dios, porque ha elegido el mejor camino que, en definitiva, es el único camino real porque lleva a la plenitud.

Esta parábola mateana tiene su paralelo en Lc. 6, 46-49. La diferencia principal entre ambas es el fenómeno natural que arrasa o no con la casa. Mateo es más descriptivo. Habla de lluvias (broque), una corriente de agua (potamos) y vientos (anemos); lo que podría significa una lluvia torrencial que carga demasiado canales secos o accidentes geográficos hasta provocar una inundación en la zona donde está emplazada la casa; si a eso se agregan los vientos, se entiende que sólo una construcción con buenos cimientos puede resistirlo. En Palestina no era inusual construir cerca de las corrientes de agua, inclusive cerca de canales secos para que, al llover y llenarse, proporcionaran líquido a los habitantes. Algunos construían demasiado cerca del canal, sobre la zona arenosa, sin prever una crecida abrupta. Otros, más sabios, lo hacían cerca del canal, pero sobre una zona menos arenosa, donde se pudiese hallar roca al fondo. La mirada de Mateo es más realmente histórica que la de Lucas porque éste se refiere a una inundación que se lleva la casa, y las inundaciones por desborde de un río son muy improbables en Palestina. De todas maneras, ambos siguen la línea de pensamiento de la parábola que está inspirada en Is. 28, 15-16: “Habéis dicho: hemos hecho un pacto con la Muerte, y con el Seol tenemos alianza. Cuando el azote pase cual torrente, no nos alcanzará, porque hemos hecho de la mentira nuestro refugio, y de la falsedad nuestro escondrijo. Por tanto, Yahvé dice así: he aquí Yo pongo por fundamento en Sión una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable. El que crea, no será conturbado”. Estos versículos del profeta contienen los elementos de la parábola: vendrá un azote de Dios en forma de torrente (de lluvia que desborda, de inundación, de aguas que destruyen); los que tengan buen fundamento (buen cimiento) se salvarán; ese fundamento está en la piedra de Sión (la roca); el que cree tiene cimiento (el que cumple las Palabras de Jesús). Los rabinos enseñaban que la roca del fundamento es el conocimiento y la aplicación de la Torá (el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia); Jesús, continuando sus expresiones de las seis antítesis sobre lo dicho a los antiguos y lo que Él dice, se pone a sí mismo y a sus dichos como fundamento. Ya no se trata de cumplir la Torá para no ser arrasados por el torrente con el que azota Yahvé; la clave está en las palabras del Maestro y en el cumplimiento de esas palabras.

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Jesús parece contraponer la voluntad del Padre a las profecías, los exorcismos y los milagros. Parece demasiado exagerado, o al menos, una contradicción. Se acercan personas al Señor y le echan en cara lo que han hecho en su nombre: han profetizado, han expulsado demonios, han sanado personas. Pero el Señor los desconoce. Quiere decir que esos actos no son, precisamente, la voluntad del Padre. O mejor expresado: no son necesariamente la voluntad divina. Esto arremete contra muchos movimientos cristianos y para-cristianos que parecen fundamentar su legitimidad en las acciones sobrenaturales. Eso no basta, dice Jesús. Tiene que haber una visión y una actitud superior para afirmarse en el Reino. Si pudiese resumirse la fe a esos elementos, la Iglesia sería un circo. Pero no lo es. La fe está sustentada sobre roca, y esa roca es el cumplimiento de las palabras que enseña el Maestro.

Aquí podemos saltar hacia otro análisis. ¿Qué determina la canonización, la declaración de santidad de tal o cual persona? Para la Iglesia Católica, el parámetro de la declaración de santidad es la comprobación de milagros. Sin embargo, Jesús acaba de dejar en claro que se pueden hacer milagros y ser un completo desconocido del Señor. Se puede exorcizar y sanar sin cumplir, necesariamente, la voluntad del Padre. ¿Cuál es la seguridad de la canonización, entonces? ¿No sería más cristiano canonizar desde el testimonio de vida, desde las acciones que fueron realizando, en la historia, el Reino de Dios? Quizás no valga de nada revisar los procesos de canonización. En la realidad, cada uno sabemos quiénes de nuestros conocidos difuntos fueron hacedores del Reino, y no necesitamos de declaraciones papales ni estampitas para reconocerlos. Pero un cambio en el proceso de canonización, verdaderamente serviría para aportar una relectura global al concepto de santidad. Muchos creen, equívocamente, que santos hay muy pocos, que santos son los de los altares. Entonces, la santidad se convierte en un circo de fenómenos inusuales e inalcanzables. A nadie se le ocurre vivir la santidad, porque es imposible según este modelo.

Si profundizáramos a Jesús, la cuestión cambiaría. Nos animaríamos a la santidad porque su fundamento sería el amor, no la milagrería. Podríamos atrevernos a reconocernos santos y a mirar la santidad de los otros, en vida, sin esperar que mueran. No nos interesaría que los canonizados lleguen a los altares para pedirles favores, sino para que sirvan de modelo y guía a las nuevas generaciones. Entonces, haríamos casas más resistentes; la Iglesia sería más resistente, con más fundamento en Jesús; la Iglesia sería más casa y menos circo.

José con las manos en la historia / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 1, 18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa. (Mt. 1, 18-24)

En el último domingo del Adviento nos introducimos al misterio de la concepción de Jesús. Los protagonistas son cinco: el Ángel del Señor, el Espíritu Santo, Jesús, María y José. No caben dudas que el hilo narrativo hace referencia, y se entreteje, desde José, a diferencia del Evangelio según Lucas, donde María es la voz cantante. Como fácilmente nos percatamos en un sondeo rápido de los relatos de la infancia, hay una perspectiva más mariana en Lucas y más josiana en Mateo. La prueba irrefutable es la dirección que toman las palabras del ángel. Mientras que en el relato lucano la interlocutora del enviado divino es María (cf. Lc. 1, 26ss), para Mateo es José el que tiene las revelaciones; de María se nos pone al tanto que ya está encinta. A continuación, será siempre José quien tenga que tomar las riendas de la familia (del niño y la madre) para trasladarse a Egipto (cf. Mt. 2, 14) y para regresar a Israel (cf. Mt. 2, 21). La razón mateana de esta focalización en José responde a las claves intencionales del autor. Como la mayoría de los biblistas lo afirman, el auditorio de Mateo está compuesto, en gran medida, por judíos convertidos al cristianismo. Para estos judíos, lo más importante es que Jesús sea el Mesías según las Escrituras; para ello, debe cumplir con las profecías del Antiguo Testamento, debe comportarse como judío (como rabino, más precisamente), y debe ser descendiente del rey David, para estar en consonancia con el anuncio del profeta Natán (cf. 2Sam. 7, 12-16). No es que la comunidad mateana no aceptara la ruptura que significa el Evangelio del Reino con la tradición judía, pero tampoco es menos cierto que este cristianismo representado en Mateo haya realizado borrón y cuenta nueva con todo su acervo veterotestamentario. Los mismos guiños literarios del relato dejan en claro que visión de Jesús tenían. Mateo cita el Antiguo Testamento en 41 oportunidades (más que Marcos, Lucas o Juan), de las cuales 10 no se encuentran en los otros Evangelios. El libro está organizado en torno a cinco discursos (el sermón del monte en Mt. 5, 1 – 7, 29; el discurso misionero en Mt. 10, 1 – 11, 1a; las parábolas en Mt. 13, 1-53a; el discurso comunitario-eclesial en Mt. 18, 1 – 19, 1a; el discurso apocalíptico en Mt. 24, 1 – 26, 1a) recalcando la condición de maestro rabino de Jesús (llamado Maestro en 8 oportunidades y reconocido como único Maestro en Mt. 23, 8) que enseña con sermones. El título Hijo de David aparece 9 veces en Mateo, mientras que en los otros Evangelios se encuentra 7 veces sumando todas las apariciones.

En este contexto judío está también el personaje de José. Por la genealogía con la que abre el libro (cf. Mt. 1, 1-17), sabemos que hay una línea de conexión entre Jesús y David, y que el último eslabón es José. La importancia de José, entonces, es tremenda. Gracias a él y al papel que desempeñará, es posible dar cabida al mesianismo jesuánico con todas las letras. En el rango de lo hipotético, si José no aceptase hacerse cargo de la paternidad putativa de Jesús, rechazando la responsabilidad de darle un nombre, se caerías las profecías que identifican al Mesías como descendiente de la casa de David. Jesús, sin padre, en una sociedad patriarcal, sería un extirpado de la historia, un bastardo sin raíces. En los términos teológicos de la encarnación, el rol de José es la clave que arraiga a Jesús al Pueblo de Dios (en Lucas, ese rol lo juega María, la hija de Sión). Literariamente, la relación entre la genealogía y la misión de José está en la posible traducción de Mt. 1, 1: “Libro del génesis de Jesucristo…” y Mt. 1, 18: “Este fue el génesis de Jesucristo…”. Ambos comienzos similares marcan una conexión entre la lista de los antepasados y la escena en la que José recibe el anuncio del ángel.

Ahora bien, la pregunta lógica es qué pretende el ángel precisamente al revelarse a José. La interpretación clásica (sin demasiado fundamento en el texto) es que el ángel le viene a explicar la situación de María (el embarazo), que José estaría entendiendo como un engaño de ella, un adulterio. Pero resulta que, ateniéndonos a la perícopa que leemos hoy, lo que el ángel le explica a José es su situación, no la de su esposa. José no duda sobre la inocencia o la moral de María, sino sobre el rol que le toca desempeñar en un plan divino donde, aparentemente, él quedó fuera. ¿Qué necesidad de padre humano tiene el Hijo de Dios? ¿Para qué seguir al lado de aquella que ha sido elegida por el Espíritu Santo? ¿Qué puede aportar un artesano de Nazareth al Mesías? Pues bien, el mensaje del ángel es que José, como hijo de David, o sea, descendiente del rey de la casta mesiánica, tiene la obligación de ponerle el nombre al niño, porque nombrándolo lo adopta como hijo, y adoptándolo lo incorpora a la cadena genealógica davídica, de donde debe provenir el Mesías. Como sugieren algunos biblistas, una mejor traducción de las palabras del ángel podrían ser: “No tengas miedo en llevarte a María, tu mujer. En efecto (como tú ya sabes), la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo al que llamarás con el nombre de Jesús, porque él salvará al pueblo de sus errores”. Mateo, entonces, asume que José sabe lo misterioso del embarazo de María. Esta lectura aclara, también, por qué el autor recalca que José era un hombre justo. Su justicia no está en una moralidad sexual por la cual rechaza el adulterio como impureza. Esa interpretación proviene de una Iglesia obsesionada por el tema de la sexualidad, que la fue consumiendo a través de los siglos. La justicia de José es más grande, más abarcativa, más preocupada por lo fundamental. La justicia de José es aquella que le hace preguntarse por su vocación, por los caminos de Dios, por la posibilidad de hacerse a un costado para respetar la historia de la salvación. José es justo porque antes que su ego está una mujer, un niño y el Reino. La situación es muy traumática para él: Dios ha elegido como madre de su Hijo a su esposa, con quien pensaba compartir la vida. Quizás nunca había entendido, todavía, que los caminos de Dios son distintos a los caminos de los hombres (cf. Is. 55, 8). José decide alejarse, suponiendo que no hay lugar para él en esta historia. El ángel le dice que se acerque, que en esta historia (historia de salvación) su papel es fundamental.

José es el que pone el nombre al niño, poniendo al mismo tiempo su misión. Dos nombres menciona Mateo. Uno es Jesús, Iesous en griego, una transliteración del hebreo Josué que significa Dios salva. Jesús era un nombre común entre los judíos, debido a la historia del conquistador Josué, sucesor de Moisés para entrar a la tierra prometida. Sin dudas, este nombre aplicado al hijo de María es la esperanza de que el Pueblo de Dios entre nuevamente en la tierra prometida. Hay un nuevo conquistador por nacer, distinto de los conquistadores de capa y espada. Este conquistador nace entre los humildes de Nazareth, sin ejército, sin soldados, fuera del castillo. Nace para ser cuidado por sus padres. Es Dios que salva, que nos introduce en la tierra prometida, pero de una manera diferente. La clave de esa diferencia está en el segundo nombre que menciona Mateo, apelando a la profecía de Is. 7, 14: Immanuel, que significa Dios con nosotros. El secreto con el que conquistará la tierra prometida Jesús será la presencia constante al lado de los seres humanos. A lo largo del Evangelio según Mateo puede encontrarse una cadena del Emanuel que demuestra la hipótesis mateana. El primer eslabón de esta cadena es la profecía de Isaías que leemos hoy, aplicada por Mateo. Es el Dios del Antiguo Testamento, de los profetas, el que se hace presente en el vientre de María. No ha desaparecido Yahvé, no se ha ido, sino que ha transformado su presencia en un niño. El segundo eslabón está en Mt. 18, 20: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Son palabras de Jesús a sus discípulos, recordándoles que su presencia es continuada en la oración, en la vida comunitaria. Cuando el nombre de Jesús, o sea, cuando su Persona es tenida en cuenta en el encuentro de dos o más seres humanos, Él está allí, certeramente, acompañando. El tercer eslabón está en el final del Evangelio, en Mt. 28, 20: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Ya son palabras del Resucitado. La muerte no permitirá que Dios deje de estar con los seres humanos, no lo separará de ellos. Con la resurrección se inaugura una nueva presencia transformada que excede los límites de lo material. Hasta que se acaben los días, hasta que la historia alcance su conclusión, Dios estará acompañando el proceso histórico.

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Dios está. Aunque no lo veamos, aunque nos superen las condiciones de vida, aunque nos agobien los problemas, aunque parezca que el mundo se está destruyendo sin intervención divina. Dios está. Para Mateo era una certeza. Para María y José fue una constatación. Para nosotros debiese ser la esperanza. La gente se pregunta, repetidas veces, nos pregunta directamente, se cuestiona, lo saca a relucir en artículos anti-cristianos: ¿dónde está Dios si las personas se mueren? ¿dónde está Dios si hay niños que no tienen para comer? ¿dónde está Dios cuando suceden las catástrofes naturales? El sufrimiento parece ser el mayor argumento contra Dios, su existencia y, en todo caso, su intervención en la historia. Dios está, pero también está el sufrimiento. Los teólogos intentan llegar a una conclusión satisfactoria sobre el binomio sufrimiento/amor, pero terminan encontrándose con un muro difícil de derribar. Los misioneros tiemblan cuando saben que, de momento a momento, puede salir a la luz el tema. ¿Qué Buena Noticia de la presencia divina se puede proclamar a los que no experimentan otra presencia que la de las ausencias, las lastimaduras o las opresiones?

En estas circunstancias, viene al rescate José y aquello de los caminos de Dios y los caminos de los hombres de Isaías. El ángel le dice a José (nos dice a nosotros) que Jesús no lo logrará solo, no crecerá sin un padre y una madre (no cambiará el mundo prescindiendo de nosotros). El rol de José, fundamental en la historia de la salvación, nos recuerda que nuestro compromiso con la historia también es fundamental. Si vemos desfilar los acontecimientos sin intervenir en ellos, nunca le mostraremos al mundo que Dios, realmente, está presente entre nosotros.

No sirve el amor para mañana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 21, 5-19

Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”.

Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. (Lc. 21, 5-19)

Como ocurre en cada final de los ciclos litúrgicos, nos concentramos en las palabras más apocalípticas de Jesús. Los estudiosos llaman apocalipsis sinóptico a los textos conservados por Marcos, Mateo y Lucas como discurso del Señor sobre los últimos tiempos. En Marcos lo encontramos en su capítulo 13, en Mateo en el capítulo 24 y en Lucas en el capítulo 21. De cualquiera de las tres maneras, nos encontramos en la sección final de la vida narrada del Maestro. Por lo tanto, este texto no puede entenderse sin todos los capítulos previos de cada Evangelio. Es imposible interpretar las frases de este Jesús apocalíptico sin tener en cuenta el mensaje total jesuánico. Porque, convengamos, la primera impresión al tomar estas perícopas es que ha sido un rejunte de sentencias, más o menos históricas, sin demasiado nexo entre sí. Algunos biblistas postulan como teoría la existencia, anterior a Marcos, de un panfleto elaborado por grupos entusiastas del regreso inminente de Jesús. Este panfleto, probablemente redactado entre los años 40 y 60 d.C., habría sido tomado por Marcos, quien le produciría modificaciones propias de su teología. Mateo y Lucas adaptarían para sus libros la adaptación marquiana. En estos sucesivos pasajes, cada uno elegiría lo conveniente y agregaría lo necesario para su época y su comunidad.

Lucas es quien más en claro deja la situación. Para él, una cosa es la destrucción de Jerusalén y del Templo (sucedida en el 70 d.C.), y otra muy distinta es el fin del mundo. En todo caso, ambos acontecimientos forman parte del devenir de la historia de la salvación, pero eso no significa que uno implique al otro en lo inmediato. Recordemos que Lucas es el evangelista más histórico, en el sentido que intenta trazar etapas dentro de una gran historia universal de la salvación. Hay una etapa propia del Antiguo Testamento, una etapa de Jesús y una etapa del Espíritu Santo y la Iglesia. El resumen de las tres etapas es la venida del Hijo del Hombre (cf. Lc. 21, 27). Resumen porque la historia, sin ser circular, se resuelve a la manera del Reino. La venida del Hijo del Hombre es la llegada de un estado de bienestar y justicia, un punto de respuestas para el caminar humano. En el Reino, la mesa será compartida, la justicia social se instaurará, no habrá males ni enfermedades ni calamidades. En el Reino consumado, Dios es la manifestación total del amor que lo envuelve todo y no deja lugar a dudas. Durante el tiempo que corresponde a la historia, es obvio que habrá catástrofes, guerras, pestes y hambre generalizada. Las hubo y las seguirá habiendo mientras dure el peregrinar humano sobre la tierra. No se pueden ver allí signos de la venida inminente del fin del mundo. Eso lo ven los falsos profetas, los que se auto-denominan Cristo sin serlo y los predicadores apocalípticos. Contra ellos advierte Jesús. Ellos son los engañadores. El texto griego lucano menciona el verbo planao, que puede traducirse como engañar o descarriar, pero también como seducir. Y es que los mensajes sobre un posible fin del mundo son seductores; de eso se aprovechan muchísimos para llenar sus templos. A las masas les encanta oír lo desgraciado que es el futuro, sobre todo cuando el futuro es inmediato y los damnificados resultan ser los otros.

Pero lo curioso es dónde pone el énfasis el texto lucano; y es lo que sigue a continuación, a partir del versículo 12. Antes de que se acabe el mundo, habrá persecución para los discípulos, juicios injustos y hasta martirio. Veamos el contexto de tribulación en detenimiento, con la traducción más literal posible:

a) Les pondrán las manos encima y los perseguirán: los discípulos son perseguidos, porque no es suficiente expulsarlos de algún lugar, sino también ir detrás de ellos hasta apresarlos. Se trata de una cacería, propia de las religiones declaradas ilegales en el Imperio Romano y de las sectas rechazadas por el judaísmo. Convengamos que el autor tiene, como motivo inmediato, la hostilidad romana frente a un movimiento que declara Rey a una persona distinta al César, y la hostilidad judía frente a un movimiento que avasalla las instituciones clásicas y pilares del judaísmo. En este último punto vale detenerse a analizar cómo el texto lucano asume la destrucción del Templo de Jerusalén como un hecho que tiene sentido en la historia salvífica, y al tener sentido, parece un hecho deseado por Dios. Creer que el Templo tenía la necesidad de ser destruido, es una acusación teológica muy grave. Para un judío, pensar que caería la Casa de Dios es imposible, pues demostraría a ciencia cierta que Dios no es tan poderoso ni es el único Dios. El Jesús lucano, en cambio, no se escandaliza del Templo que cae sin dejar piedra sobre piedra. Es más, parece desear que ese Templo caiga porque la Casa de Dios es más grande, más universal, y porque institucionalmente, Jerusalén ya no representaba la esencia de Yahvé, no lo revelaba como verdaderamente es. Tamaña declaración sólo puede ser realizada por alguien que ve la historia en perspectiva y proyección. Y gracias a esa mirada, también entiende que la persecución a los discípulos es esperable en el desarrollo de la historia.

b) Los entregarán a las sinagogas y guardias: cuando sean apresados durante la persecución, los discípulos serán llevados a comparecer ante dos instituciones, la religiosa y la civil. Las sinagogas harán el juicio judío, mientras que las guardias romanas conducirán a los apresados al calabozo y a su posterior enjuiciamiento civil. De una u otra manera, el Evangelio parece ser molesto para los representantes de los poderes. Aquellas herramientas de sostén del sistema, de conservación del orden, se oponen al poder de la Buena Noticia que atenta contra los sistemas establecidos y contra el conservadurismo. Las dos expresiones, de echar las manos encima y ser entregados, aluden, en primer lugar, a una situación de desvalidez, donde el discípulo parece solo, hasta sin la ayuda de Dios (más adelante veremos que no es así), y en segundo lugar, recuerdan lo que será la pasión del Cristo. Es a Jesús a quien primero le echan mano en Getsemaní (cf. Lc. 22, 54) para ser entregado al Sanedrín (juicio religioso) y a Pilato (juicio civil).

c) Los arrastrarán hasta reyes y gobernantes: esta afirmación es interesante. Se supone que el discípulo lleva un mensaje de implicancias políticas, de lo contrario, no tendría razón su comparecencia ante reyes y gobernantes, representantes de la organización civil. Es interesante porque muchas tendencias espiritualizantes de la evangelización promulgan la no interferencia en asuntos de la política. Tal postura contradice el martirio de los inicios del cristianismo; martirio que comienza en Jesús, crucificado en la pena capital romana, que continúa con el apresamiento de Pablo al final de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 25-28), que se continúa con las comunidades cristianas que mueren por órdenes de los Emperadores. Los discípulos son arrastrados hasta las máximas instancias del poder para dar argumento sobre la Buena Noticia que predican. Los poderes terrenales prefieren las malas nuevas, las calamidades que asustan, el terrorismo. La Buena Noticia de liberación es un problema para ese sistema que quiere asustar, porque la liberación se trata de lo opuesto al temor, se trata de la fe en la potencia del Dios que vence al mal.

d) Por causa de mi Nombre: la causa, en definitiva, es el Nombre de Jesús, que es el Cristo, que es el Hijo de Dios. Hay persecución, hay tribulación, hay calabozo, hay juicios y enfrentamientos con reyes y gobernantes, porque se habla de una Persona que es capaz de molestar. Si se hablase de banalidades, de trivialidades, de cosas sin importancia, seguramente no pasaría nada; no habría tribulaciones, no habría calabozo, no existiría la persecución ni ningún cristiano sería llevado a juicio. Pero todo esto existe porque hay un Nombre que altera el orden establecido, que altera el presente. La razón por la que el discurso escatológico de Jesús no puede leerse sin contextualizarlo en su presente, es porque la Buena Noticia no es buena en un futuro, sino excelente ahora mismo. La liberación no es para mañana, sino para hoy mismo, ahora, ya. Jesús no es un personaje revolucionario del pasado ni una figura de leyendas antiguas. Jesús inspira por su actualidad, por su presencia resucitada constante.

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Como la historia lucana tiene sentido en Dios, en este caso, las tribulaciones y las persecuciones tienen sentido para dar testimonio. La palabra en griego para el testimonio es marturion, de donde se deriva mártir. De más está explayarse sobre el significado profundo de este término en la tradición cristiana. El mártir es el que da testimonio radical, hasta el extremo, hasta la muerte. Y la muerte es su último y más grande manera de proclamar la Buena Noticia. Sólo quien cree de verdad que Cristo es la Pascua, que en la muerte no se acaba todo, es capaz de dar la vida sinceramente. No es morir por una causa o por una ideología, sino por la certeza de conocer el misterio de Dios, que es misterio presente. No es morir por un futuro idealizado en el Paraíso, sino morir para cortar la injusticia presente.

Los mártires no son dementes que sueñan con los pies fuera de la tierra. Al contrario, los mártires son discípulos capaces de tener el cuerpo fijo entre los pobres, como columnas ante la injusticia. Lo importante de la vida martirial está en que la muerte acontece como consecuencia lógica de la vida. No es una muerte aislada, solitaria, perdida en un anuario oficial martiriólogo. La muerte de los mártires es la clave hermenéutica de su vida. Son los que han entendido plenamente la escatología de Jesús. Saben que no pueden perderse en meditaciones trascendentales sobre la forma del infierno, del purgatorio o del cielo. Eso no contribuye en nada, no cambia el mundo, no instaura el Reino. La escatología de Jesús es la escatología del ahora, la que consume la vida por una utopía de justicia, verdad y libertad. La escatología se hace carne en esta tierra, en el Nombre de Jesús. Los mártires son los que no reniegan de una Persona que altera, molesta y sigue vivo, a pesar de los intentos por asesinarlo, borrarlo o desaparecerlo. Justamente, por no renegar, los han martirizado.

El sueño de Dios debe ser una Iglesia de mártires. Una comunidad de discípulos que dan testimonio hasta el punto de desangrarse por el Evangelio. Es un sueño osado, muy pretencioso. Sin embargo, Jesús recuerda que Él estará siempre presente con las palabras de sabiduría, y también el Espíritu Santo (cf. Lc. 12, 11-12). La Iglesia escatológica es la del Dios presente, no la del Dios del futuro; es la Iglesia que se preocupa hoy por los pobres y hoy por la injusticia, y no espera una solución mágica que baje del cielo. Es la Iglesia que emplea el grueso de su tiempo en reproducir el camino de Jesús de Nazareth entre leprosos y publicanos, en lugar de organizar jornadas de espera del Hijo del Hombre que baja glorioso en la nube. ¿A quién podemos esperar si no somos capaces de comprometernos con los que están? ¿Qué futuro planeamos recibir si el presente se nos escapa de las manos? Una Iglesia de mártires es una Iglesia cansada de las tribulaciones, de las persecuciones y de las cárceles, pero es una Iglesia con tanta esperanza, que la muerte no la asusta, sino que la fortifica.

El Padrenuestro y sus formas

Este domingo es el Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C según la liturgia católica, y el Evangelio elegido para ese día es Lc. 11, 1-13, el cual contiene el Padrenuestro. Como ya sabemos, hay dos versiones de esta oración: la versión lucana contenida en Lc. 11, 2-4 y la versión mateana de Mt. 6, 9-13. La segunda es más larga y, por esa razón (y otras) se la considera menos cercana a la original salida de labios de Jesús. La versión de Lucas (leída este domingo) conservaría mejor los primerísimos dichos del Maestro (aunque varios estudiosos creen que Mateo conserva mejor las expresiones).

Lo interesante del Padrenuestro es atravesar las distintas traducciones bíblicas para comprender más y mejor la oración. La Biblia Reina Valera conserva en Lucas la misma versión que en Mateo (con las frases así en la tierra como en el cielo y líbranos del mal), lo cual atenta contra la crítica literaria que ha establecido, con pruebas suficientes, que ambas versiones son diferentes. La Nueva Versión Internacional (NVI), en cambio, sí respeta las diferencias textuales, y dice:

Padre,

santificado sea tu nombre.

Venga tu reino.

Danos cada día nuestro pan cotidiano.

Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden.

Y no nos metas en tentación

La versión de la Nueva Biblia de Jerusalén es:

Padre,

santificado sea tu Nombre,

venga tu Reino,

danos cada día nuestro pan cotidiano,

y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe,

y no nos dejes caer en tentación.

Las dos grandes diferencias con la NVI es que no se habla de perdonar a los que nos ofenden, sino de los que nos deben, más en términos económicos, y quizás más en concordancia con la teología neotestamentaria, ya que el único que puede perdonar los pecados es Dios mismo, no el ser humano; la acción concreta del hombre es perdonar las deudas, o sea, lo que ata/esclaviza al otro respecto de mí, lo que no lo deja ser libre. La segunda diferencia con la NVI es que se matiza la expresión no nos metas en tentación por no nos dejes caer, quitando a Dios el carácter de empujar al ser humano hacia la prueba.

Ahora bien, si nos atenemos al texto griego, una posible traducción sería la siguiente:

Padre,

sea santificado el nombre tuyo,

venga el reino tuyo.

El pan nuestro correspondiente a cada día, dánoslo a nosotros cada día.

Y deja ir nuestros pecados también, porque estamos dejando ir a todo el que nos debe a nosotros.

Y no nos lleves hacia dentro de la puesta a prueba.

Pero si queremos llegar al sentido hermenéutico de cada frase, sugeriría estas tres traducciones siguientes. Cada una, a su manera, son intentos de hacer más inteligible aquella oración que repetimos a diario, casi mecánicamente:

Padre,

hazte reconocer como Dios,

haz que venga tu reino.

Danos el pan que necesitamos cada día,

perdónanos nuestros pecados, ya que nosotros también perdonamos a todos los que faltan contra nosotros,

y no nos expongas a la tentación.

(Augustin George)

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Padre,

que todos reconozcan que tú eres el verdadero Dios.

Ven y sé nuestro único rey.

Danos la comida que hoy necesitamos.

Perdona nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todos los que nos hacen mal.

Y cuando vengan las pruebas, no permitas que ellas nos aparten de ti.

(La Biblia en Lenguaje Sencillo)

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¡Padre!

Que los hermanos te reconozcamos como Padre nuestro.

Manifiéstate como Tú eres.

Que nadie pasemos hambre.

Perdónanos.

Que no caigamos en la tentación de vivir la vida sin contar contigo.

Y, sobre todo, infunde en nosotros el espíritu que tú tienes.

(Alberto Benito)

Hijos que hablan con su Padre / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 11, 1-13

Estaba él orando en cierto lugar y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.”

Él les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.”

Les dijo también: “Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle”, y aquél, desde dentro, le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”, os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite.

“Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc. 11, 1-13)

El texto litúrgico de este domingo es uno de los fragmentos fundamentales sobre el tema de la oración en Lucas. Como ya remarcamos en otras oportunidades, la oración ocupa un espacio primordial en el relato lucano, tanto en el Evangelio como en Hechos de los Apóstoles. Jesús ora al Padre con confianza y todos los días, así como la Iglesia asume esa actitud del Maestro para perpetuarla en su seno, como oración comunitaria guiada por el Espíritu Santo. Éste último está ligado a la oración de manera indisoluble, como analizaremos hoy en esta lectura, y como lo demuestra Hechos narrando que la comunidad apostólica oraba en un mismo espíritu (cf. Hch. 1, 14), que el día de Pentecostés descendió el Espíritu sobre los que se encontraban orando (cf. Hch. 2, 4), que al culminar ciertas oraciones el Espíritu se hacía presente (cf. Hch. 4, 31; Hch. 8, 17), o que el Espíritu Santo separó a Bernabé y a Pablo para la misión (cf. Hch. 13, 2).

Al ver cómo Jesús tiene esa relación tan particular con el Padre, los discípulos quieren saber la manera de establecer la misma comunicación. Quieren orar como ora Jesús. En definitiva, esa es la aspiración de la Iglesia: tener con Dios la misma relación que el Hijo tiene con el Padre. Y la oración, el diálogo directo con la divinidad, es la bisagra comunicativa. Orar como ora Jesús es querer ser hijos de Dios como el Hijo lo es. En el proceso de configuración del cristiano con Jesús, la oración es clave. Por eso Lucas le da tanto espacio en su relato. En Mateo podemos hallar paralelos al texto litúrgico de hoy. En Mt. 6, 9-13, primeramente, tenemos el Padrenuestro, en una versión más larga que la de Lucas. Los especialistas no logran ponerse de acuerdo en cuál de las dos versiones es la más antigua, pero ciertamente el Padrenuestro de Lucas califica como el más arcaico, por su brevedad y precisión. En segundo lugar, en Mt. 7, 7-11 tenemos la invitación a pedir, buscar y llamar, y la comparación entre los padres humanos y el Padre. Lc. 11, 5-8 sí es propio de Lucas, y tiene paralelo interno en Lc. 18, 1-8, en la parábola del juez inicuo. Este recurso literario de repetir un tópico en dos parábolas es común; así encontramos la dracma perdida (Lc. 15, 8-10) y la oveja perdida (Lc. 15, 4-7), el grano de mostaza (Lc. 13, 19) y la levadura (Lc. 13, 21), o la torre (Lc. 14, 28-30) y el rey que va a la guerra (Lc. 14, 31-32). Con este método, se recalca la importancia de algunos conceptos. En el caso de hoy, el concepto a remarcar es la importancia de la oración en la comprensión de la relación con Dios.

Si prestamos atención, la parábola no es la descripción sobre cómo Dios atiende por cansancio. Todo lo contrario. Dios atiende porque es bueno, porque ama, diferente de lo que sucede con el ser humano, que atiende porque está harto. El amigo despertado a medianoche y el juez inicuo no son buenos en el sentido estricto del término; no aman al amigo ni a la viuda; sólo quieren sacarse de encima una responsabilidad moral o judicial. Dios no quiere sacarse a nadie de encima. La función de la parábola (y de las comparaciones de los últimos versículos) es establecer un parangón en el que el carácter de Dios se haga superlativo. Si los hombres dan cosas buenas a sus niños, mucho más lo hará Dios. Si los hombres, que tienen serias dificultades para amar, son capaces de gestos loables de amor, mucho más será capaz Dios. Si el hombre, a pesar de sus limitaciones, dialoga, mucho más dialogará Dios. Allí está la clave de la oración. Hay que orar con insistencia, no porque el Padre sea sordo, sino porque en la insistencia el ser humano hace carne la costumbre de dialogar con lo divino. Jesús tiene una relación íntima con Dios porque su oración es constante. Si la Iglesia quiere configurarse al Hijo del Hombre, tiene la responsabilidad de no cerrar la vía del diálogo, no dejar de ser comunidad en comunicación. El amigo no se levanta a medianoche por el que está afuera, sino por él mismo, para que lo deje en paz y pueda seguir descansando tanto él como su familia. Dios, en cambio, ama personalmente al ser humano, y no tiene como prioridad seguir descansando, no está focalizado en Él, sino que es amor que se expande y se centraliza en el otro.

Esa expansión, ese amor gratuito y genuino es el que hace que Dios dé a sus hijos lo mejor. Y lo mejor es espíritu santo. Según el original griego, la frase no tiene artículo, y lo que dará el Padre no es el Espíritu Santo, sino espíritu santo. Esta expresión representa, no a la tercera Persona de la Santísima Trinidad, sino a la calidad de Dios, a su esencia, a su ser personal. En el paralelo de Mateo, Jesús dice que el Padre dará cosas buenas, pero en Lucas dará espíritu santo, o sea, dará su persona misma, se dará Él. Esa es la expresión máxima del amor divino. El verdadero amor no consiste en dar cosas, sino en darse. Dios nos ama verdaderamente porque se da. El texto de Jn. 16, 23ss tiene resonancias en el mismo sentido: lo que se le pide al Padre es dado, y lo mejor que nos puede dar el Padre es su Persona.

Por eso el Padrenuestro, tanto el lucano como el mateano, comienzan invocando la palabra Padre. Seguramente, detrás de este término griego (pater) se esconde el arameo de Mc. 14, 36: Abbá. Jesús se dirige a un Dios personal, y abre la puerta para que todos los que creen en un Dios con las mismas características (personal, dialogal, comunicativo) puedan dirigirse a Él en intimidad. Es Padre-nuestro porque es Padre-de Jesús, somos hijos porque Jesús es Hijo. A este Dios Padre, se le pide que santifique su Nombre y que venga su Reino. Ambas peticiones tienen que ver con lo escatológico-histórico. Pedir a Dios que santifique su Nombre es pedir que se manifieste, que se dé a conocer, que se auto-revele. La expresión puede remontarse al profeta Ezequiel (cf. Ez. 20, 41; Ez. 36, 23), donde la santificación del Nombre de Dios es la salvación del pueblo. Cuando Dios se revela, cuando se hace manifiesto, el ser humano se salva, es rescatado. Y ese rescate se hace concreto en el Reino de Dios, aquella realidad última y concreta donde el humano se plenifica. A continuación, por si lo escatológico corriese el riesgo de alejarse en el futuro, se pide el pan de cada día. El cada día también es algo clásico de Lucas, como en Lc. 9, 23, cuando se habla de tomar la cruz cada día. Si la oración es un tópico medular en la obra lucana, el hoy de la salvación también lo es. El sentido de lo diario, del presente que es rescatado por Dios y de las necesidades inmediatas puede encontrarse en el anuncio del Salvador que nace hoy (cf. Lc. 2, 11), en las palabras del Padre que ha engendrado su Hijo hoy (cf. Lc. 3, 22), en el cumplimiento hoy de la Escritura (cf. Lc. 4, 21), en las cosas increíbles que se ven hoy (cf. Lc. 5, 26), en la salvación que llega hoy a la casa de Zaqueo (cf. Lc. 19, 9) y en la afirmación al malhechor de la cruz de que hoy estará con Jesús en el Paraíso (cf. Lc. 23, 43). El Jesús lucano no vive en el futuro, sino en el presente, y Resucitado permanece presente y activo en el hoy de la comunidad cristiana. No es un Mesías del pan para mañana, de las promesas lejanas, de lo que se salva a largo plazo; el pan de cada día es el pan que se necesita comer ahora para saciar el hambre actual. Esa necesidad alimenticia se corresponde a la necesidad del perdón. El Padre da el pan cotidiano como da el perdón, y resulta igualmente necesario que el cristiano reproduzca el perdón de Dios, así como la distribución del pan. Para finalizar, la petición es que no nos deje caer en la tentación. Siguiendo el esquema de pensamiento de Lucas, no podemos referirnos a la tentación moral así sin más; probablemente, para el autor se trate de la tentación de no ser discípulo en el día a día, la tentación de abandonar el camino cristiano por atajos.

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Los discípulos de Jesús saben que los discípulos del Bautista tenían una oración particular que los identificaba. Ellos quieren lo mismo. Saben que Jesús ora y que se relaciona de forma muy particular con Dios. Si es su Maestro, no es ilógico pedirle que les enseñe cómo habla Él con el Padre. Jesús, entonces, les revela una serie corta de frases con resonancias bíblicas, pero originales. Frases que podría haber dicho cualquier judío, pero que sólo dice Jesús. Frases que pueden ser repetidas millones de veces, pero que algunos cuantos profundizan hasta encarnarlas. El domingo anterior la liturgia nos ofrecía la escena de Marta y María, que contextualizamos en la recomendación insistente de Jesús de ser oyentes de la Palabra para ponerla en práctica, ser discípulos en la acción. En esa línea, el Padrenuestro no es la oportunidad de rogar a Dios para cruzar los brazos. El Padrenuestro es un compromiso que tomamos con la historia. Al rezarlo, tomamos la responsabilidad de santificar el Nombre, de hacer presente el Reino, de darle pan al hambriento, de perdonar las ofensas y de luchar contra la tentación.

A los discípulos del Bautista los identificaba alguna oración. A la mayoría de las religiones también. A los cristianos los identifica el Padrenuestro, no recitado al pie de la letra, pero sí vivido en su espíritu. La oración hace del discípulo un verdadero seguidor de Jesús en cuanto lo configura con el Maestro. Aprender a rezar es aprender a establecer un vínculo filial con Dios, aprender a decirle Padre, aprender a pedirle, saber que somos escuchados, saber que nos responde porque nos ama, comprender que estamos inmersos en la dinámica de un Dios comunicativo. La oración es la posibilidad de sumergirse en el misterio gigante de la divinidad que se auto-revela, que establece contacto con la Creación, que quiere hacer oír su voz. La oración es la vía para correr el velo y entrar en la re-velación de Dios.

Al identificarse con el Padrenuestro, el discípulo se identifica con un tipo determinado de religión, que es la religión de la comunicación. Por eso la evangelización no puede llevarse adelante sin rezar. Por eso el evangelizador está vacío cuando no ora. Si se trata de comunicar la Buena Noticia, es absurdo que esté bloqueada la puerta de comunicación con Dios. Si se trata de entrar en diálogo, es absurdo que el evangelizador no establezca diálogo con el Padre. En la oración se hace realidad una de las más grandes maravillas del cristianismo: la posibilidad de hablar con Dios sin intermediar comercio, argumentación o gesto ritual estereotipado. Cualquiera puede orar en cualquier momento y en cualquier lugar. No se necesitan ministerios ordenados ni órdenes canónicas ni máquinas ni aparataje ni dinero. Se necesita ser comunicativo, nada más y nada menos. La oración rompe con la comunicación mercantilista o persuasiva. La oración es la comunicación más pura, porque nada puede ocultarse. Y eso es una Buena Noticia que merece ser comunicada/orada.