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Semillas de lo que queremos ser / Decimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 4, 26-34 / 17.06.12

26 Y decía: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: 27 sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. 28 La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. 29 Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.

30 También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? 31 Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, 32 pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”.

33 Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. 34 No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo. (Mc. 4, 26-34)

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Esta parábola que da inicio aquí narra una situación clásica de la agricultura. Un hombre sembrará, esa semilla sembrada crecerá y, llegado el momento, se cosechará. En general, ese es el proceso de casi todas las siembras. Y ese parece ser el proceso en este caso. Pues bien, el Reino de Dios se parece a esta situación. Tenemos que tener cuidado de no tomar literalmente la traducción clásica: el Reino de Dios es como; parece ser más correcto traducir: el Reino de Dios sucede como sucede lo de un hombre que echa la semilla en la tierra. La clave está en los sucesos, no en la comparación estática. El Reino de Dios no es como ese hombre ni como esa semilla; el Reino de Dios sucede como se da esa situación que describe la parábola.

Los comentaristas se han dividido en cuanto al nombre que debe recibir la parábola. Para algunos es una parábola sobre la semilla que crece por sí sola, y para otros es la parábola del labrador que espera pacientemente. Aplicándonos a lo dicho anteriormente, quizás convenga hablar de la parábola de los tiempos de crecimiento de la semilla, recordando que el relato hace hincapié en el proceso, más que en los personajes. Un tercer grupo de comentaristas consideran que el centro de la parábola está al final, en un mensaje escatológico que tiene toda su fuerza en la imagen de la cosecha; el Reino sería como ese momento de la cosecha, donde cumplido el tiempo estipulado por Dios, la hoz segaría la historia de los humanos.

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A pesar de tratarse de un proceso agrícola común para Palestina, hay algo que este hombre de la parábola no hace y, normalmente, los sembradores de Palestina sí hacían: trabajar alrededor de la semilla sembrada, sobre todo quitando las malezas. Según la descripción de Jesús, el protagonista del relato parece no hacer mucho alrededor de su siembra. Haga lo que haga, la semilla sigue creciendo. No importa si hace vigilia a su lado o se acuesta a dormir. No importa si los tiempos terrenos se suceden entre la noche y el día. La semilla crece.

El hombre no sabe cómo sucede ese crecimiento. Por supuesto, en la época actual, con los conocimientos biológicos de los que disponemos, la afirmación parece caduca. Sabemos cómo crece la semilla. Pero en tiempos de Jesús y de Marcos (y por muchos años más) eso era desconocido. La semilla crecía bajo tierra de alguna forma misteriosa, desconocida, y sólo Dios podía saber el proceso real de la transformación. Por eso tiene tanto sentido para una parábola sobre el misterio del Reino y de su crecimiento.

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Acorde a los conocimientos biológicos de la época, la tierra es el único factor que interviene en el crecimiento. Por la tierra sola es que la semilla crece y se desarrolla. No importa el sol, el agua, los nutrientes. La tierra por sí misma se encarga. Esto debe entenderse, no desde las leyes biológicas, sino desde el sentido del misterio. El fondo de la tierra esconde el misterio del crecimiento. Sólo Dios sabe lo que sucede allí abajo, en lo profundo, donde reposa la semilla. El labrador deja la semilla al cuidado del vientre de la tierra y ésta hace el resto.

Marcos enumera algunas etapas del crecimiento. Hay tallo, luego espiga, luego granos en la espiga. Es el crecimiento que nació del misterio. El hombre ha seguido con su vida, y sin embargo la semilla dio fruto. Siguió con sus ritmos de noche y de día, confiando en la potencia de la tierra, y la semilla maduró. Es una parábola de crecimiento, ciertamente, pero de crecimiento abundante, porque la espiga se llenó (pleres en griego) de granos.

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La hoz y el tiempo de la cosecha son los dos conceptos fundamentales de este versículo con que concluye la parábola. Ambos conceptos se encuentran en Joel 3, 13: “Pongan mano a la hoz: la mies está madura”. En el profeta, la alusión es de ira escatológica. La hoz divina arrasa con lo malvado porque el tiempo se ha cumplido, ya no puede esperarse más; es el Día del Señor.

En Marcos, el contexto no parece indicar la ira escatológica. Más bien es una cosecha feliz, una cosecha de júbilo. El hombre sale a cosechar con su hoz porque finalmente el misterio ha revelado el fruto que tenía en su interior. Esa es la potencia de la semilla, que en su interior pequeño contiene tanto fruto. El labrador confía en la semilla y en la acción misteriosa de la tierra porque sabe el desenlace, aunque no conoce los detalles del proceso. Con el Reino de Dios sucede de manera similar. Jesús y los discípulos saben que el fruto final será abundante, y que la cosecha será jubilosa, pero mientras tanto, el desarrollo es misterioso. Se conoce el inicio y el final (por fe, por esperanza), pero el trayecto es algo que sólo Dios conoce. La comunidad de Marcos cree en un final gozoso, en el momento adecuado, pero mientras tanto debe soportar la cruz y la persecución. Es un misterio cómo Dios, a través de esas tribulaciones, llevará el Reino de Dios a su concreción.

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Esta parábola da inicio con una estructura que, según algunos estudiosos del judaísmo, es clásica del rabinismo. La estructura consta de tres partes donde el maestro lleva adelante un diálogo retórico consigo mismo que es, en realidad, un diálogo ficticio con sus discípulos. En primer lugar, el rabino anuncia de lo que hablará (en este caso, del Reino de Dios); luego se pregunta, retóricamente, cómo hablará de ellos (¿qué parábola servirá?); finalmente, anuncia lo que ha elegido para hablar del tema anunciado primeramente (la figura del grano de mostaza).

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La parábola del grano de mostaza recae sobre la pequeñez de la semilla. Según Jesús es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, lo cual parece, simplemente, una exageración. Pero para algunos refranes palestinos, no era exagerado utilizar la pequeñez del grano de mostaza como comparación. En el plano biológico científico, la mostaza no es la semilla más pequeña del universo, pero en el ideario metafórico puede serlo, y eso es suficiente para utilizarla en una parábola. Porque el Reino de Dios no se parece específicamente al grano de mostaza, sino a lo que sucede con el grano de mostaza cuando es sembrado.

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Las plantas de mostaza, maduras, plantadas a orillas del Mar de Galilea, podían alcanzar una altura de tres o cuatro metros. Y lograban la reproducción de una manera bastante rápida. La parábola clasifica este arbusto entre las hortalizas, o sea, entre aquellas plantas que podían cultivarse a manera de huerto, con una producción dirigida por el ser humano, y no de manera silvestre. Así es que el pequeño grano de mostaza, en comparación con las otras hortalizas, es llamativo, pues en breve tiempo alcanza tamaño de arbusto, sobrepasando a las otras semillas.

La idea de los pájaros que vienen a cobijarse a la sombra del mostacero no está tan relacionada con el arbusto en sí, sino con la imagen, ya veterotestamentaria, del gran árbol donde anidan pájaros diversos. Digamos que la parábola inicial del grano de mostaza es la excusa para culminar con esta alusión que se remonta a los profetas, sobre todo el capítulo 4 de Daniel y los capítulos 17 y 31 de Ezequiel. Para estos inspirados, el árbol representa a los grandes reinos terrenales. Babilonia es un árbol corpulento, Egipto es un cedro del Líbano. De la misma manera, el Reino de Dios es un vegetal grande. Pero la comparación tiene su golpe de efecto, como en todas las parábolas. El Reino de Dios no es un cedro, no es un ciprés que se impone por su robustez. El Reino de Dios es como un grano de mostaza, destinado a la huerta, a estar entre otras hortalizas. Crecerá de golpe y se verá su magnificencia de arbusto, pero diferenciada de la magnificencia de los árboles aplastantes. Es otra manera de Reino, otra forma de estar presente.

En los grandes árboles de los reinos terrenales se cobijan los pájaros del cielo (cf. Ez. 31, 6), y en el arbusto de la mostaza también lo hacen. Los pájaros del cielo son las naciones de la tierra que se ponen al amparo del reino más poderoso, buscando protección, aterrorizados por su poder. Nuevamente, con el mostacero es distinto. Los pájaros que anidan (los gentiles que llegan al Reino) no llegarán por temor, sino que lo harán porque las ramas del mostacero se expanden. Es una atracción antes que una imposición.

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Jesús ha sido un gran narrador de parábolas, y seguramente contaba con una gran colección de relatos. Marcos dice que hay muchas parábolas, pero él sólo cuenta algunas. Las parábolas son utilizadas para anunciar la Palabra (logos), como la anunció en la puerta de aquella casa del capítulo 2 (cf. Mc. 2, 2). Esta Palabra parece ser un concepto para resumir de lo que habla Jesús, y de lo que deberían hablar los cristianos. La Palabra no es sólo vocablo, no es sólo anuncio verbal, sino que está relacionada con hechos concretos, con el alivio del sufrimiento de las personas, con acciones que provocan cambios. La Palabra no es un mero discurso, sino una realidad eficiente. Por eso, en cierto sentido, Palabra y Reino de Dios pueden ser equivalentes en el cristianismo. Cuando se anuncia la Palabra, difícilmente pueda anunciarse algo distinto al Reino. Cuando se trabaja en pos del Reino, difícilmente pueda hacerse sin la Palabra.

Quizás, la diferencia radique en el matiz más religioso de la Palabra en comparación con el matiz más secular del Reino. La Palabra es la Palabra de Dios, y la anuncian los que creen interpretar el interés divino. Digamos que creer en una Palabra es asumir la existencia de un Dios que pronuncia una Palabra. El Reino, en cambio, es una visión macroecuménica, y no implica a un Dios necesariamente. Sí lo implica para los cristianos, pero puede no implicarlo para alguien que trabaja por la justicia social, por la dignidad de los oprimidos, por los marginados del sistema.

Jesús anuncia, evidentemente, una Palabra que es equiparable al Reino de Dios, porque para Jesús la Palabra implica a Yahvé y el Reino implica al Padre. Las parábolas tratan de traer a la realidad explicable el sentido profundo de esta Palabra. Las parábolas son dichas por Jesús en la medida en que la multitud puede asimilarlas. La parábola acerca el misterio del Reino, pero sigue siendo un misterio.

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Este versículo es difícil de congeniar con el anterior. Por momentos parecen decir lo mismo y por momentos parecen contradecirse. Algunos comentaristas de Marcos suponen que todo el versículo es un añadido posterior al autor original, mientras que otros creen que sólo la segunda parte del versículo es un añadido.

Si ponemos ambas frases en espejo, se crea un paralelismo: se dice que Jesús habla en parábolas en el inicio, y se dice algo sobre la comprensión en el final. Aquí parece estar, justamente, la diferenciación. El versículo 33 plantea que las parábolas se van revelando en la medida en que los oyentes son capaces de comprenderlas (todos los oyentes, la multitud en general). El versículo 34, en cambio, separa a los discípulos de la multitud, recibiendo los primeros una explicación detallada y privada de las parábolas. Es probable que esta referencia a la explicación en privado tenga que ver con un momento de las primeras comunidades donde la palabra original pronunciada por Jesús de Nazaret sufre diversas interpretaciones. Algunos creen que las parábolas significan esto, y otros creen que significa aquello. ¿Quién tiene la verdad? Pues, los discípulos. Jesús ha explicado a sus discípulos de qué se trata el Reino, de qué se tratan las parábolas. Esta es la creencia que sustenta doctrinas. Algunos grupos de los cristianismos originarios, ante el desconcierto y la variedad de interpretaciones sobre algunos aspectos de Jesús, suponen (y creen) que Jesús impartió una explicación más detallada a sus más íntimos, y que la transmisión de esa explicación privada es la clave hermenéutica para comprender el mensaje. Obviamente, cada distinto grupo se atribuye la condición de receptor de la explicación verdadera.

En definitiva, es una lucha doctrinal que no es ajena a la actualidad. Variados grupos cristianos auto-otorgándose la interpretación oficial. Pero lo cierto es que las parábolas, así narradas, como buenas poesías repletas de imágenes que son, admiten ser miradas desde distintos ángulos. La parábola dice algo específico, pero también puede decir muchas cosas más, porque es una imagen y no una definición, es una aproximación al misterio, pero no el misterio en sí mismo. La parábola nos permite leerla/escucharla para que ensayemos la diversidad en la unidad.

Esta es la noche / Feliz Nacimiento

Es noche de Nacimiento. Cuando viene un niño al mundo no siempre es motivo de alegría. Viene a un mundo complicado, un mundo de guerras, de discriminación. Viene a sufrir y a empezar a morir. Viene a una red de relaciones sociales que suelen basarse en la desconfianza, en el aprovechamiento, en la falta de respeto. Viene a un mundo donde los derechos se violan así porque sí.

Pero esta noche de Nacimiento es diferente a todas las otras noches. Esta es la noche que desafía al mundo complicado, que desafía las guerras y las violaciones. Esta es la noche en que Dios se anima a darnos un mensaje de esperanza, a pesar de que todo indique lo contrario.

Feliz noche de Nacimiento. Feliz luz que sale de un pesebre en medio de la oscuridad.

La historia no admite dormilones / Primer Domingo de Adviento – Ciclo B – Mc. 13, 33-37 / 27.11.11

33 Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento.

34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. 35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. 36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos! (Mc. 13, 33-37)

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Este versículo comienza igual que las primeras palabras de Jesús al inicio del discurso del capítulo 13, en el versículo 5. La misma expresión se repite también en Mc. 13, 9 y Mc. 13, 23, como marcando el ritmo del discurso escatológico. La palabra en griego que traducimos como tener cuidado es blepo, que literalmente significa tener vista, en el sentido de tener una mirada crítica, saber prestar atención, mirar con detenimiento y discernimiento. Quizás, en español, tener cuidado genera más temor de lo que debería. Se trata de estar atentos, de ser sabios en nuestra interpretación de los signos de la historia.

Esta sabiduría es necesaria porque nadie sabe cuándo llegará el momento culminante. Ni siquiera el Hijo lo sabe (cf. Mc. 13, 32). Si bien este desconocimiento de Jesús puede poner en jaque a la cristología, en realidad estamos ante un judío que respeta la tradición veterotestamentaria que asigna a Dios, y sólo a Él, el conocimiento total del universo. Lo importante es que, a pesar de no saber el momento preciso de la consumación de la historia, el hecho de ser sabios con mirada atenta, da a los discípulos una ventaja. El que sepa leer la historia no se verá completamente sorprendido cuando llegue el día definitivo.

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Este pequeño relato del hombre que se va de viaje y deja encargos es una parábola. Para los estudiosos del Nuevo Testamento es difícil rastrear los inicios de la misma; si Marcos la ha conservado original, si la ha convertido en alegoría, si resulta de la unión de dos parábolas previas. Ciertamente, tiene elementos alegóricos que permiten identificar al hombre que se va de viaje con Jesús que ha muerto-resucitado y ya no está físicamente entre los discípulos, y los servidores con tareas asignadas serían la Iglesia, donde cada uno tiene su ministerio. La falla de la alegoría está en que el portero, figura única con una función específica, es identificado con todos los cristianos luego, cuando se interpreta que todos deberían velar. En este punto, el texto funciona mejor como parábola.

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Aquí, el hombre que se va de viaje es denominado como dueño de la casa. El simbolismo recuerda a la Iglesia-casa, figura típica de Marcos para la comunidad. El dueño de la casa es, obviamente, Jesús. Los servidores-Iglesia no saben cuándo regresará, porque no saben el momento en que la historia se consumará. Los horarios posibles de llegada están tomados de las vigilias nocturnas de la época. El atardecer, la medianoche, el canto del gallo y el amanecer eran los cuatro momentos en que se dividía el período nocturno para tener algún tipo de guía. Estas intersecciones de tiempo equivalían, aproximadamente, a tres horas actuales cada una. Tres horas desde que atardecía hasta la medianoche, tres horas más hasta el primer canto de gallo y tres horas más hasta que amaneciese.

La parábola asume que el dueño de la casa regresa por la noche. También hay simbolismo aquí. La noche es la oscuridad, es el momento histórico donde todo está sombrío y es difícil ver con claridad. Son los momentos difíciles de la historia. Los cristianos atentos y sabios, aún en la noche de las tribulaciones, pueden esperar confiados en el dueño de la casa.

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La referencia a encontrar los servidores dormidos está muy relacionada con el episodio en Getsemaní (cf. Mc. 14, 33-42), cuando Jesús orando encuentra por tres veces dormidos a Pedro, Santiago y Juan. También es un momento nocturno donde los discípulos no son capaces de esperar atentos, velando. Es un momento específico de tribulación histórica que exige la sabiduría de reconocerle importancia. El sueño de Pedro, Santiago y Juan es la manifestación externa de su incapacidad para mirar sabiamente lo que está ocurriendo a su alrededor. De la misma manera, el sueño de los servidores y el portero es su falta de atención y previsión.

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El mensaje se universaliza, se dirige a todos. No es sólo el portero quien tiene que estar atento, ni tampoco los discípulos solamente, ni meramente la comunidad eclesial. Todo ser humano debe tener una mirada atenta y sabia sobre la historia para identificar los momentos escatológicos, de consumación, de resolución.

La palabra final de este discurso escatológico del capítulo 13 es, en griego, gregoreo, también traducible como sean vigilantes. Es la actitud exigida a la humanidad desde Jesús. Vigilar, velar, ser sabios en la mirada. Es la forma de identificar la llegada de lo escatológico, la forma de hacer una interpretación correcta de la historia. Los dormidos se pierden la historia de la humanidad, la dejan pasar, la dejan ir. La historia sucede, sus existencias sucede, y ellos no se percatan. Pero Dios quiere seres humanos atentos, no para predecir catástrofes apocalípticas, sino para transformar el mundo activamente.

Atentos a la historia

Los comentaristas de Marcos creen que en el fondo de este capítulo 13 del Evangelio hay un texto previo, más primitivo, del que se habría valido el autor para elaborar su discurso escatológico. Posiblemente circularía como folleto apocalíptico entre las comunidades, como colección de dichos de Jesús sobre los últimos tiempos. Quizás, redactado en la provincia de Judea, con referencias a la situación pre-guerra. Marcos, tomándolo, añadiría frases concretas sobre la historia particular de su comunidad eclesial, sumergida en el universo de la guerra judía de los años 67-70 d.C., con traiciones internas y peligro inminente de crucifixión.

El final del discurso es una llamada profética para los tiempos que corren (para los tiempos que corrían en aquella época). Hay que permanecer vigilando, sin dormirse, sin quedarse inactivos. Hay que estar atentos a la historia para poder discernir sobre ella. Eso es: un discernimiento histórico. Tiene que ver con leer los signos de los tiempos, pero primariamente, con entender el tiempo como lo entiende Dios. El tiempo del mundo (la historia) es un tiempo encargado al acto creativo del ser humano. Los humanos pueden hacer la paz o hacer la guerra, elaborar estructuras de liberación o estructuras de opresión. Pero un día, la historia tendrá que resumirse en el amor de Dios, porque allí encuentra plenitud. Ese día es la esperanza para la comunidad de Marcos. Habrá un día en que desaparecerá la guerra judía, desaparecerán las persecuciones, desaparecerá el temible tormento de la cruz. Habrá un día de gozo eterno, prolongado, inacabable. Habrá un día de paz para las comunidades cristianas.

¿Y mientras tanto? Porque el dilema de la muerte-vida es actual, afecta en el ahora, no mañana. ¿Qué hacer mientras tanto? ¿Esperar a que pase la guerra judía, recluidos, neutrales? ¿Esperar la muerte propia para encontrarnos con el Resucitado? ¿Participar activamente con el riesgo de estar trabajando en un sin sentido? La respuesta colocada en labios de Jesús obliga desde la misión encomendada. El dueño de la casa se ha ido, pero la casa tiene servidores y portero con tareas precisas. Si no cumplen sus encargos, están siendo desatentos con la historia. Para eso están: para prestar atención a la historia del ser humano, para ser luz allí, para guiar, para acompañar. Están en la historia porque sólo participando de ella pueden pretender que ese día final sea real, sea esperanza concreta. Participando de la historia, las comunidades pueden esperanzar y cambiar el mundo. La pasividad no es una opción. Los pasivos son los sorprendidos por el dueño de casa que llega de improviso. No es un fatalismo apocalíptico esta imagen de la llegada nocturna, sino la invitación a estar presentes en la noche de la historia, aunque parezca innecesario. La única certeza de que no estamos dormidos, es justamente, que estemos despiertos como servidores del otro en las noches históricas.

El Nuevo Testamento de Jesús / Jueves Santo – Ciclo A – Jn. 13, 1-15 / 21.04.11

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. (Jn. 13, 1-15)

Desde el capítulo 13 hasta el 17 del Evangelio según Juan tenemos lo que podría denominarse el testamento de Jesús. Reuniendo a sus íntimos, sus discípulos más próximos, el Maestro dirige las últimas recomendaciones, enseñanzas y exhortaciones. Es un resumen del Evangelio en el que creía Jesús y la condensación de los sentidos más profundos. Cuando se trata de dirigir las últimas palabras antes de morir, es evidente que sólo se piensa decir lo importante. Las cosas accesorias quitan tiempo, roban minutos. Lo central, lo absoluto, eso es lo que debe quedar guardado como perla preciosa en el recuerdo de los oyentes. Más allá de la discusión erudita sobre el trasfondo histórico, es menester reconocer ciertos puntos:

a) Hubo una última cena, un último encuentro entre Jesús y sus amigos más íntimos. No sabemos si el sentido que Jesús le dio fue pascual, si fue una despedida amistosa o la instauración de un ritual. Aquí ya juegan las interpretaciones de los diferentes autores y comunidades evangélicas.

b) Hubo palabras en la última cena. Jesús dijo algunas cosas, quizás enseñanzas nuevas, quizás racconto de los hechos sucedidos, quizás recapitulación de enseñanzas viejas. Algunas de esas palabras quedaron en la memoria de los apóstoles y se fueron transmitiendo.

c) Jesús pudo percibir el ambiente de muerte a su alrededor. No se necesitaba ser adivino ni tener poderes sobrenaturales para darse cuenta de lo que ocurría. Jesús podía entender, mediante la inteligencia humana, que iban a matarlo. Esa sensación de muerte inminente tuvo que estar presente en la última cena. Lo que haya dicho Jesús esa noche, lo dijo en la emoción de ver amenazada su vida.

d) El discurso que conserva Juan, como casi todas las tradiciones joánicas, está alterado a favor de la teología de su comunidad. Es muy poco probable que Jesús haya pronunciado las palabras tal como las conserva el autor, pero sin dudas reflejan el pensamiento jesuánico, su visión del mundo, de Dios, de la comunidad humana. No serán los vocablos exactos, pero sí la profanidad de pensamiento real.

Teniendo en cuenta estos puntos, es posible rastrear en la literatura judía textos parecidos a los capítulos 13-17 del Evangelio según Juan. Se llaman testamentos. Tenemos, por ejemplo, el Testamento de los Doce Patriarcas, del siglo II a.C., o los Testamentos de Salomón y Testamento de Adán, posteriores al nacimiento de Jesús. No hay un modelo literario común para estos escritos, pero comparten un estilo, una manera y hasta una forma general. Comúnmente, predicen la muerte o la partida del personaje que habla. Se supone que es el último discurso y el orador sabe que lo es. Muchas veces, los testamentos se dan en un banquete, una última comida. Justamente, la comida tiene el sentido de reunir a todos los íntimos por última vez a causa de la muerte o la partida próximas. El orador suele exhortar a llevar una vida basada en su propio ejemplo. Sus discípulos, hijos o seguidores deben guiarse por lo que fue su vida y sus enseñanzas. En este punto, el orador recapitula lo que les ha dicho y remarca los puntos importantes. Finalmente, el orador deja instrucciones sobre cómo continuar tras su partida, cómo organizarse y cuáles serán las claves de la vida comunitaria a futuro. Como vemos, estos capítulos de Juan coinciden con el esquema del testamento judío. Jesús, el héroe que está por morir, en un banquete final, recuerda lo básico del Evangelio y exhorta a una vida comunitaria que deberá estar regida por el amor y el servicio en vistas a la unidad. La guía y el modelo son el mismo Jesús, Señor y Maestro. La unión de ambos títulos es adrede. Señor recuerda al señor romano, al emperador, al sistema político vigente; Maestro recuerda a los escribas, a los fariseos, los que enseñan la religión y son el símbolo del sistema religioso vigente. Jesús ha reinterpretado el sistema político y el religioso; ha dado a la política su sentido real (el pueblo) y a la religión su razón de ser (el pueblo). Son las personas lo importante bajo cualquier punto de vista, y ellas necesitan amor y servicio. Si el Señor y el Maestro aman y sirven, entonces el mundo es más parecido al Reino de Dios, más utópico, más divino. La expresión lavar los pies aparece siete veces en la perícopa que leemos hoy. Es claro hacia dónde apunta. Este lavado representa y simboliza lo que Jesús quiere que quede netamente claro. Hay que lavar los pies, pero hay que hacerlo como Jesús.

Cuando Jesús deja el manto y vuelve a tomarlo, la asociación directa es con su vida entregada que luego es recobrada en la resurrección. El manto simboliza a la persona. Jesús, lavando los pies está dando la vida, para luego tomarla de nuevo, renovada, como sucederá el domingo de resurrección. La conexión también hay que buscarla en el discurso del Buen Pastor del capítulo 10 de Juan. El Buen Pastor da la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15) y la da para recobrarla (cf. Jn. 10, 17-18). El verbo lambano que utiliza el Buen Pastor para hablar del poder de recuperar la vida es el mismo que en el lavatorio de los pies describe la acción de recuperar el manto. Seguir el ejemplo de Jesús es atreverse a ser como el Buen Pastor, atreverse a dar la vida por los otros, demostrando que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (cf. Jn. 15, 13).

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El poder penetrante de la pasión (e inquietante) es que no se queda en un hombre ajusticiado hace siglos. Ese hombre ha lanzado una propuesta universal: que todos se animen a dar la vida por otro ser humano, que todos se des-vivan por el otro. Esa propuesta encierra una promesa: los que se des-vivan, en realidad, vivirán. Dar la vida es, en realidad, la oportunidad de recobrarla. Morir por otros es, en definitiva, vivir. La pasión intimida porque nos compromete. No es un espectáculo más ni una injusticia más. Es una exhortación directa a lavar los pies. La última cena no es una comilona de despedida porque ya no se volverán a ver; al menos, los apóstoles no lo entendieron así ni sus comunidades tampoco. En la última cena, la Iglesia encontró una visión complementaria de la cruz y la resurrección. La última cena es parte de la pasión también. Juan la inaugura recordando que Jesús amó a los suyos hasta el final. Eso es pasión, ser un apasionado. Sólo los apasionados pueden dar la vida por los otros, arriesgarse amando, perder ganando, morir resucitando.

El testamento de Jesús no es un cúmulo de bienes para repartirse entre sus seguidores. Es un testamento de amor, de pasión, de entrega. Reclamar para sí el testamento jesuánico es pretender que tenemos la entereza suficiente para morir como Él murió. De lo contrario, somos hipócritas. Cuando un cristiano particular o un determinado movimiento eclesial se atribuye la verdad sobre Jesucristo, el absolutismo sobre su comprensión, debería ser que está en condiciones de morir en una cruz sirviendo, debería ser que el martirio es su meta, debería ser que lava los pies cada minuto de su existencia. De lo contrario, es hipocresía. Este es nuestro Nuevo Testamento, nuestro único testamento: dar la vida (he ahí el Evangelio).

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 5, 1-11

Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

Cuando acabó de hablar, dijo a  Simón: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.” Simón le respondió: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.” Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.” Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.” Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron. (Lc. 5, 1-11)

Siguiendo con el Evangelio según Lucas, propio del Ciclo C de la liturgia dominical, se nos presenta hoy un relato que, en el libro, está separado por unos cuantos versículos del suceso en la sinagoga de Nazareth que hemos leído los domingos anteriores (cf. Lc. 4, 16-30). Estos versículos que nos separan contienen tres escenas de exorcismo, donde lo principal es la acción liberadora del mal que realiza Jesús en Cafarnaún (cf. Lc. 4, 31). En primer lugar, expulsa el espíritu de un demonio inmundo que había poseído a un asistente a la sinagoga (cf. Lc. 4, 33-36). Jesús lo conminó (epitimao en griego), o sea, lo reprendió, y el espíritu lo abandonó. Luego se traslada a la casa de la suegra de Simón, la cual estaba afiebrada (cf. Lc. 4, 38); pero aquí, como cabría esperarse, Jesús no la sana en el sentido estricto que nosotros entendemos, sino que conmina (epitimao) a la fiebre y la fiebre la abandona (cf. Lc. 4, 39). Nuevamente, estamos ante un exorcismo más que una curación. Ese estado afiebrado de la suegra de Simón es, para Lucas, más que una mera enfermedad o síndrome; es posesión por las fuerzas del mal que el Maestro derrota. Finalmente, además de curar a muchos enfermos cuando llega la puesta del sol (cf. Lc. 4, 40), Jesús también conmina (epitimao) a muchos demonios (cf. Lc. 4, 41), expandiendo su actividad exorcista a una mayor cantidad de personas. Esta expansión o fama va de la mano con lo que el relato lucano va presentando en forma de resúmenes muy breves. Lc. 4, 14-15 refiere el regreso de Jesús a Galilea tras su estadía en el desierto y cómo su fama se expande, a la vez que todos lo alaban por sus enseñanzas. Lc. 4, 31-32 habla de su llegada a Cafarnaún y de cómo, por segunda vez, la gente queda asombrada de su doctrina. En Lc. 4, 42-44 la gente lo busca desesperadamente y quieren retenerlo, pero Él es conciente de que debe anunciar la Buena Noticia en otros lados, y por eso se va “predicando por las sinagogas de Judea”. Tras este último resumen encontramos el texto que leemos hoy, que debido a esta progresión literaria, debe ser enmarcado dentro de los relatos de configuración inicial del ministerio de Jesús. Su fama se está expandiendo, está realizando los primeros recorridos como profeta itinerante, tiene un grupo de seguidores aún no definido con precisión, entendido más bien como oyentes ocasionales o pre-discípulos. Las masas están con Él (exceptuando sus paisanos de Nazareth) porque habla con una autoridad distinta y porque sana (cf. Lc. 5, 15).

Simón, Santiago y Juan, cuando comienza la escena de este domingo, no son los apóstoles ya definidos que tenemos en nuestras mentes. A Jesús lo conocen; ha estado en casa de Simón y quitó la fiebre a su suegra, pero sus vidas continúan, sus trabajos están en pie, no son itinerantes como el Maestro, no lo han dejado todo. Ciertamente, cuando acaba el relato de hoy, su condición es distinta, ya son discípulos con todas las letras, han dejado las barcas y le siguen. ¿Pero es posible hablar de un relato vocacional estricto? El Maestro no los llama como, por ejemplo, a Leví, con el clásico sígueme (cf. Lc. 5, 27). Y tampoco encontramos la construcción literaria del Evangelio según Marcos: venid conmigo (cf. Mc. 1, 17). Quizás no estemos ante un relato vocacional estándar; lo que Lucas plantea en pocas líneas es el agrupamiento de unos tres acontecimientos que se fueron sucediendo con no tanta rapidez en la historia de los discípulos. Un primer acontecimiento pudo haber sido la predicación de Jesús en Cafarnaún (que el relato sintetiza en los primeros versículos); el segundo momento sería el de los signos (milagros) del Reino, autoridad e identidad de Jesús (que para esta escena es la pesca milagrosa); finalmente, el tercer momento sería la conversión/vocación para seguir a Jesús (final del relato). En términos estrictos de la historia científica, estos tres momentos, seguramente, no estuvieron agrupados como los presenta Lucas, puesto que Simón ya ha escuchado a Jesús y ha visto cómo era sanada su suegra, pero a los fines pedagógicos, la escena muestra el cambio rotundo que ocurre desde la situación inicial a la final; cambio que es obra de la gracia.

La presencia de lo gracioso (lo referente a la gracia) es este pasaje es fundamental. El primer signo de ello es la pesca fuera de horario. Simón y sus compañeros saben, porque es su oficio, el que les da el pan de cada día, que deben trabajar de noche, puesto que en ese horario se obtiene la mayor cantidad de frutos del mar. Sin embargo, Jesús les ordena volver al mar cuando ellos ya lo han intentado toda la noche, e inclusive, no han conseguido nada. Este trabajador manual de Nazareth viene a decirles a pescadores experimentados ideas inusitadas para conseguir peces. Es un despropósito. Sólo la gracia puede hacer un éxito de esa pesca. Y lo hace. La pesca es tan abundante que las redes amenazan romperse. Lo que no habían conseguido durante toda una noche de trabajo, se multiplica más allá del límite de lo razonable y de lo esperable. Lo que era una idea descabellada de un hombre ajeno al oficio pescador, se convierte en la mejor pesca de sus vidas. Simón capta la sobrenaturalidad del hecho. Capta el regalo que viene a significar lo abundante. No está ante la presencia de cualquier aldeano, ni tampoco es un insano aquel que le ha pedido la barca para predicar. En el reconocimiento de lo distinto y superior, Simón pide al Señor que se aleje, reconociéndose pecador, creyéndose indigno de tamaña presencia en su precaria barca. Pero nuevamente, la gracia de Dios revierte ese movimiento de Simón. Cuando él dice aléjate, Jesús responde no temas. Cuando Simón se declara pecador/indigno, Jesús lo declara pescador de hombres, digno del Reino. La misma expresión no temas se enmarca, dentro del relato lucano, con tres grandes llamados vocacionales: el de Zacarías (cf. Lc. 1, 13), llamado a no temer porque se cumpliría su petición e Isabel tendría un hijo; el de María (cf. Lc. 1, 30), quien halló gracia delante de Dios; y el de los pastores (cf. Lc. 2, 10), primeros destinatarios de la Buena Noticia del nacimiento. Ante la manifestación de lo divino (el ángel en los tres casos enunciados y Jesús frente a Simón), los seres humanos temen, pero justamente, la intención de Dios es la contraria; no busca suscitar temor, sino confianza/fe, no busca aterrar, sino acercar.

Los títulos que aplica Simón a Jesús en este pasaje muestran el asombro/temor que causa la acción divina, la gracia que se manifiesta en la pesca. Mientras que antes del milagro lo llama jefe o instructor (epistates en griego, aunque la mayoría de las versiones en español traducen maestro), tras la pesca abundante lo reconoce como Señor (kyrios en griego), título que la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta) utiliza para referirse a Dios. Es interesante que el término jefe (epistates) sólo es mencionado por Lucas en todo el Nuevo Testamento, y lo hace en seis oportunidades. De esas seis veces, tres están insertas en frases de Simón: el episodio que leemos hoy es una; luego cuando la hemorroísa lo toca entre la multitud y Jesús pregunta quién lo ha tocado, a lo que Pedro le hace notar que hay demasiada gente apretándolo (cf. Lc. 8, 45); finalmente, durante la transfiguración, cuando Pedro sugiere armar tres carpas para quedarse en el monte (cf. Lc. 9, 33). Y en estas tres escenas, Simón no se lleva todo el protagonismo entre los discípulos, sino que está acompañado de Santiago y de Juan (cf. Lc. 5, 10; Lc. 8, 51; Lc. 9, 28). No es fácil encontrar el hilo que une estas coincidencias textuales, pero sin dudas que en las tres hay manifestación de lo divino y un grado de desconcierto por parte de los apóstoles, que son invitados a pescar en la hora inadecuada, que son interrogados sobre quién pudo haber tocado al Maestro entre la multitud que lo apretaba, y que presencian la transfiguración de Jesús acompañado de Elías y Moisés. Quizás, el término acompañe el estupor de aquellos que no llegan a leer en la persona de Jesús su divinidad, hasta que realizan la lectura adecuada. El ejemplo que estamos analizando hoy de Simón es claro; tras la pesca lo reconoce Señor. Con la hemorroísa, parece no entender que Jesús ha sentido una fuerza que salía de Él, más que un contacto físico. Y en la transfiguración, de más está aclarar que los tres discípulos no llegan a captar el misterio, y que no lo captarán hasta la pascua.

Echar las redes

Echar las redes

Un relato similar a éste de la pesca milagrosa lucana podemos encontrarlo en el Evangelio según Juan, en su capítulo 21. Allí se nos narra cómo siete discípulos, habiendo ya acontecida la pascua, salen a pescar (cf. Jn. 21, 2-3); Jesús se les aparece y les pide algo para comer, pero ellos contestan que no han pescado nada esa noche (cf. Jn. 21, 4-5); entonces, el Resucitado les indica echar las redes a la derecha de la barca, “la echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces” (Jn. 21, 6). Las dos pescas milagrosas, la pre-pascual (Lucas) y la post-pascual (Juan), son relatos vocacionales que no siguen el estilo clásico. Nuestras vocaciones, personal y comunitarias, tampoco lo hacen, tampoco responden a un esquema definido. Lo único que permanece siempre es Jesús que llega a nuestras vidas de alguna manera. La conversión es un proceso y un re-proceso. Al primer encuentro con el Cristo le siguen otros encuentros más profundos. La pascua se nos hace patente muchas veces hasta que vamos profundizando el misterio para reconocer la pesca en diferentes perspectivas. Somos pescadores de hombres aquí y ahora escatológicamente, pescadores en el mundo para cambiar el mundo, pescadores que lo dejan todo para tenerlo transformado. Somos pequeños pescadores en un mar inmenso.

Y el secreto de la pesca no es la carnada ni la caña ni la red. El secreto es la gracia. La pesca es abundante porque se hace en la Palabra de Dios, efectiva y graciosa. Cuando la Iglesia cree que el pescador, la barca o la red son más importantes que la acción gratuita de Dios, se pasa la noche entera sin resultados. Una Iglesia que no descansa en la Palabra predicada a las gentes, que no cree en el encuentro que propicia la Biblia leída en cada barrio, en cada casa, en cada hogar, malogra la pesca. Hay que dejar que la gracia de Dios se filtre, que los llamados vocacionales se des-estructuren, que la pascua afecte las cosas desde su ilógica realidad. Generalmente, lo que a nadie se le ocurriría hacer, es lo que debería hacerse; lo que nadie querría predicar, es sobre lo que hay que hablar; los lugares donde la pesca suele ser escasa, es donde deben echarse las redes; las personas que supuestamente no tienen vocación, son las que más han escuchado esa Palabra de Dios que es amor gratuito.