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Esta es la noche / Feliz Nacimiento

Es noche de Nacimiento. Cuando viene un niño al mundo no siempre es motivo de alegría. Viene a un mundo complicado, un mundo de guerras, de discriminación. Viene a sufrir y a empezar a morir. Viene a una red de relaciones sociales que suelen basarse en la desconfianza, en el aprovechamiento, en la falta de respeto. Viene a un mundo donde los derechos se violan así porque sí.

Pero esta noche de Nacimiento es diferente a todas las otras noches. Esta es la noche que desafía al mundo complicado, que desafía las guerras y las violaciones. Esta es la noche en que Dios se anima a darnos un mensaje de esperanza, a pesar de que todo indique lo contrario.

Feliz noche de Nacimiento. Feliz luz que sale de un pesebre en medio de la oscuridad.

Desde el reverso de la historia / Fiesta de Navidad – Ciclo B – Mt. 1, 1-17 / 25.12.11

1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. 3 Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; 4 Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. 5 Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; 6 Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. 7 Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; 8 Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. 9 Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; 10 Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; 11 Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

12 Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; 13 Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. 14 Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; 15 Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. 16 Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

17 El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. (Mt. 1, 1-17)

El problema de los años

La liturgia católica propone varios textos de los Evangelios para celebrar la fiesta de la Navidad, y para hacerlo en distintos horarios o momentos del día, desde el 24 de diciembre hasta el 25 de diciembre. La mayoría de estos textos pertenecen a Mateo y a Lucas, y uno a Juan. Para esta ocasión, el comentario va sobre la genealogía inicial del Evangelio según Mateo.

Esta genealogía ha causado controversias hasta cierta época donde, casi unánimemente, se aceptó su construcción como recurso literario y teológico. Varios biblistas explotaron su cabeza, a través de los siglos, intentando congeniar la genealogía de Mateo con la de Lucas (cf. Lc. 3, 23-28); cosa que resulta imposible. Y varios más se esmeraron en incluir catorce generaciones en cada tiempo histórico que marca Mateo deliberadamente. Algunas soluciones esbozadas fueron la posibilidad de que Mateo utilizase la genealogía de José y Lucas la de María, o que Mateo se apegase a un conteo de años de tipo bíblico. De todas maneras, los hechos exegéticos superaron esa visión, y hoy por hoy no es sostenible el intento de compatibilizar ambas listas, ni tampoco las cuentas matemáticas rebuscadas para congeniar generaciones y años históricos. La intención de Mateo está puesta en otro lado. De todas maneras, hagamos cuentas: catorce generaciones, asumiendo que el tiempo promedio de cada generación son cuarenta años, cubren un rango de 560 años aproximadamente. El período comprendido entre Abraham y David es de 800 años (en un cálculo histórico), lo cual supera rotundamente la capacidad de catorce generaciones para cubrirlo. Luego, entre David y el exilio a Babilonia, la cantidad de años son unos 400, donde las catorce generaciones sobrarían. La tercera sección, en realidad, es la más probable, ya que desde el exilio babilónico hasta los tiempos del nacimiento de Jesús pasan 600 años.

Pero aparte de la cronología de las generaciones, tenemos que remarcar, por ejemplo, que la situación de Salmón y Rajab, unidos por Mateo, resultan distantes en la historia bíblica, perteneciendo ella a una época, por lo menos, cien años anterior a él. Y ni qué decir de los tres reyes y la reina omitidos entre Jorám y Ozías, salteando cuarenta y nueve años, o la falta de mención de Joacaz y de Joaquín. La última lista de catorce, que reconocimos como la más probable, también tiene un obstáculo que saltear, y es que con once nombres cubre 600 años, entre Zorobabel y José.

Navidad irregular

La genealogía de Mateo quiere transmitir un mensaje teológico. O mejor dicho: varios mensajes. Un aspecto llamativo (entre tantos) es la presencia de las mujeres. Vamos a focalizarnos allí. En realidad, las anteriores genealogías bíblicas, como la del capítulo 11 de Génesis (cf. Gn. 11, 29), la de Najor (cf. Gn. 22, 20-24), o la del capítulo 2 de Crónicas (cf. 1Cron. 2, 18-24), incluyen en su listado al sexo femenino. Por lo tanto, lo llamativo no es Mateo como hecho aislado, sino la Biblia como texto oriental, judío, que incluye a las mujeres en su sistema de reproducción patriarcal. Prueba de este patriarcalismo es la fórmula que menciona cómo un varón engendra otro varón, repetida 39 veces en el texto que leemos hoy, y utilizada ya en el Antiguo Testamento (cf. Rut. 4, 18-22). Pareciese que no es necesaria la mujer para engendrar, asumiendo que el varón es el encargado de dar y transmitir la vida. Paradójico, cuando se piensa que la mujer era la señalada como estéril cuando una pareja no concebía. Así, el sexo femenino no recibía participación en el poder de dar vida, aunque sí la condena como obstáculo para la procreación. De esta manera, el varón salía indemne de la ecuación y mantenía una posición de privilegio que lo catalogaba como dador de vida, equiparable a Dios.

Por lo tanto, cualquier genealogía bíblica que incluyese a las mujeres rompía los esquemas teológicos. De alguna manera, incipiente, la mujer participaba en la creación de la vida. Por eso lo característico de Mateo no es la inclusión del género femenino, sino las mujeres específicas que incluyó en su listado. Son cinco: Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María. De la primera, Génesis nos cuenta cómo engañó a Judá, su suegro, para concebir (cf Gen. 38), debido a que los hermanos, hijos de Judá, no le habían dado descendencia. El fruto de esta unión son los mellizos Peres y Zéraj. Rajab es la mujer que, en los inicios del libro de Josué, le brinda una ayuda al ejército israelita para ingresar a Jericó. La palabra que la designa como prostituta, puede que se refiera, más bien, a una mujer de alta clase social, de buena posición, por eso no nos aferraremos a ese dato, sino más bien a su condición de pagana y a su habilidad para sobrevivir. La tercera, Ruth, es llamada la moabita (del pueblo de Moab), y en la novela que lleva su nombre se cuenta cómo, tras duras penurias, logra casarse con Booz, un israelita. Betsabé es nombrada por Mateo como la mujer de Urías, soldado del ejército de David que fue enviado por éste a la batalla para que lo asesinaran y, de esa forma, el rey pudiese tener a su mujer (cf. 2Sam. 11-12). Finalmente, María, la madre de Jesús, embarazada de una manera dudosa, habitante de un pequeño poblado de la Galilea.

A estas mujeres señaladas por Mateo las atraviesa una característica básica: tienen relaciones irregulares con los varones, y estas relaciones tienen que ver con el hecho de engendrar/sobrevivir. Tamar concibe de su suegro, y lo hace expresamente para tener descendencia, como bien ella lo afirma. Rajab aloja varones espías y forasteros en su casa (lo que genera suspicacia; y si tomásemos la acepción de prostituta, más aún), lo que le permitirá a ella y a su familia, sobrevivir a la toma de Jericó. Ruth es extranjera y vive con otra mujer, su suegra; enamorando a Booz se convierte en abuela del rey israelita David, a pesar del matrimonio mixto. Salomé comete adulterio con el rey, y su hijo será el futuro rey: Salomón. Finalmente, María es una mujer casada/comprometida, que todavía no ha tenido relaciones sexuales, y sin embargo se encuentra encinta de quien es el Mesías. Cinco mujeres en situación irregular (un cierto incesto, ¿prostitución?, origen pagano, adulterio, embarazo misterioso) sobreviven y engendran vida, se hacen partícipes activas de la historia de salvación, se involucran de manera inteligente. Porque su irregularidad no las hace inútiles, sino que las incentiva a crear desde su marginalidad, a modificar su situación complicada por un camino abierto a la vida.

Quizás esa sea una clave de esta genealogía y una pista hermenéutica para leerla en Navidad: de la marginalidad, construye Dios un camino de vida. Pero no lo hace solo, sino con los marginales. Será con las mujeres irregulares que prolongará la vida que salva. Será desde una situación complicada, condenada socialmente, que la alternativa de la gracia se expandirá. Navidad tiene mucho de esto, de marginales que cambian la historia, de irregulares como fuerza histórica. Las imágenes de Belén, del pesebre, de Herodes persiguiendo (más propio de Mateo), de los pastores (más propio de Lucas), son imágenes de lo pequeño abriéndose paso con la asistencia divina. Navidad sucedió en el reverso de la historia, en la parte polvorienta y olvidada de la historia. Navidad sucedió entre los que nadie tenía en cuenta. Las mujeres de la genealogía nos recuerdan eso.

¿Dónde sucede la Navidad hoy? ¿O dónde creemos que sucede? Porque muchos creen que sucede entre las mesas abarrotadas de manjares. Muchos validan esas mesas con al excusa de la reunión familiar. Pero eso es lo que creemos ilusamente. Navidad sigue sucediendo en el revés de la historia. Navidad sigue siendo irregular. Hemos realizado un proceso de secularización de la fiesta para adaptarla a nuestra ética y a nuestros nuevos principios de sociedad, pero eso no significa que lo genuino de la Navidad haya cambiado. En las mujeres y varones irregulares de hoy se presenta Dios con la intención de abrir su camino de gracia. Y es en la irregularidad, sobre todo, de aquellos que no pueden celebrar nuestra navidad de manjares, la irregularidad de los estigmatizados que tienen que celebrar en la oscuridad y en el silencio. Allí aparece la gracia de Dios que tiene la intención de modificar la historia hacia su plenitud. Lo ha hecho en Belén y lo seguirá haciendo.

María profeta / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo B – Lc. 1, 26-38 / 18.12.11

26 En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

28 El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. 29 Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. 30 Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. 31 Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 32 él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. 34 María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. 35 El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. 36 También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, 37 porque no hay nada imposible para Dios”. 38 María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

Y el Ángel se alejó. (Lc. 1, 26-38)

¿Quién es Gabriel y qué dice?

El ángel Gabriel está presente, en el Antiguo Testamento, en el libro apocalíptico de Daniel. En primer lugar, es un aggelos, un mensajero. La angelología hebrea, más allá de lo conservado en la Biblia, se había desarrollado grandemente con un panteón de seres angélicos de lo más variado. La mística hebrea los dividía en jerarquías. Entre ellas, una de las jerarquías más importantes era la de los arcángeles, los arche-aggelos, o sea, los primeros entre los ángeles, los jefes de los ángeles. De ellos formaría parte Gabriel, cuyo nombre significa en hebreo el hombre de Dios, que tradicionalmente se ha entendido como quien como Dios. El catolicismo, luego, identificó tres arcángeles: Gabriel, Miguel y Rafael, a quienes dedica la fiesta litúrgica del día 29 de septiembre.

Lo cierto bíblicamente es que Gabriel está relacionado con los tiempos escatológicos. En Daniel, su aparición tiene el objeto de explicarle al profeta el significado de la profecía de las setenta semanas (cf. Dan. 9, 21ss). Este tiempo es lo que durará la preparación para la instauración del Reino definitivo de Dios. Desde que Daniel recibe la profecía, setenta semanas transcurrirían hasta que Dios pondría fin al pecado y restauraría la justicia para siempre. Lucas conoce esta profecía y la aprovecha en su favor en los primeros capítulos del Evangelio. Así es que desde el anuncio que hace Gabriel a Zacarías en el Templo hasta la anunciación a María transcurren seis meses (180 días), luego pasan nueve meses (270 días) y nace Jesús, para ser presentado 40 días más tarde en el Templo para la purificación que exige la Ley. En total, todo el recorrido suma 490 días, o lo que es lo mismo, setenta semanas. De esta forma, Lucas vincula el tiempo escatológico que anuncian los profetas con la entrada de Dios en el mundo. La presencia de Gabriel es la revelación de que lo anunciado se cumplirá (se está cumpliendo). Gabriel es promesa y certeza. Su presencia certifica la fidelidad de Dios a su pueblo. Gabriel es quien como Dios porque asegura la presencia divina entre los seres humanos. Se ha cumplido el tiempo, viene la justicia, viene la desaparición del pecado. Lo que recibió Daniel como profecía, lo recibe ahora María. Esto abre un campo de reflexión mariológica importante: María profeta. Pero sobre todo, María profeta como signo de la profecía de los pobres. Ahondaremos en esto más adelante, pero vale adelantar la singularidad de Gabriel, ángel de Dios, figura de revelación, en Nazaret, aldea de Galilea, pequeña y polvorienta.

No menos importante es lo que dice Gabriel. Tanto, que los exegetas se debaten entre las peculiaridades de algunas palabras. La primera discusión es sobre el inicio del saludo: chairo. Algunos piensan que se trata de una referencia al profeta Sofonías, y otros creen que es la forma de saludo típica griega, traducible como salve (sin connotaciones teológicas en su uso cotidiano) o te saludo. Respecto a Sofonías, es peculiar del profeta la sensibilidad hacia la alegría. Su anuncio profético es un anuncio de la alegría que genera para la hija de Sión (para Jerusalén, para el pueblo de Israel) la venida de Dios. El día definitivo y terrible que anuncian algunos, en realidad es día de alegría, porque significa que Dios visita. Así es que podemos leer en Sof. 3, 14-17: “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal. Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!”. Si recordamos también Zac. 9, 9: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”; que el Nuevo Testamento interpretó como profecía mesiánica aplicada a Jesús entrando en Jerusalén (cf. Mt. 21, 5 y Jn. 12, 15); con la similitud entre ambas citas es posible creer que Lucas utiliza el vocablo inicial a propósito. María es la figura simbólica de la hija de Sión, es el pueblo entero que espera la salvación. Y la salvación ha llegado, por eso hay que alegrarse. En medio de la extrañeza del asunto, del embarazo complicado, del misterio, hay que gritar de júbilo, porque Dios está en medio de los seres humanos, ha llegado la hora de su revelación definitiva.

La otra discusión exegética es la frase final de Gabriel, sobre la inexistencia de cosas imposibles para Dios. Normalmente, las traducciones al español presentan variantes que no escapan mucho a lo tradicional: porque no hay nada imposible para Dios. Pero algunos exegetas, ateniéndose más literalmente al original, confían que sería conveniente traducir así: “porque, viniendo de Dios, ninguna palabra quedará sin efecto”. Esto parece encajar muy bien en el contexto del relato de la anunciación. Este relato, a diferencia de otros, es más audición que visión. No queda claro que María pueda ver al ángel. Gabriel entra en escena y se va, pero lo importante es el diálogo, lo que María escucha y responde. Es importante la palabra divina que recibe, no una visión de un ser celestial. Queda clara la situación cuando se compara con Zacarías, que ve a Gabriel (cf. Lc. 1, 12) a la derecha del altar. María, en cambió, oyó (cf. Lc. 1, 29). La audición es propia de los discípulos, que se sientan a los pies del maestro para oír su explicación. Como decíamos anteriormente, la presencia de Gabriel en la escena es la seguridad de la acción fiel de Dios. Es la seguridad de su palabra, que no defraudará. Lo que María ha oído (y a través de ella, lo que el pueblo oye) no es una falacia ni una promesa corrupta ni una mentira; es la verdad de Dios, es su promesa concretándose, es un presente de salvación. Es una palabra con efecto. El efecto inmediato es el embarazo de María, pero sobre todo, el efecto es la presencia esperada de Dios entre los seres humanos.

María profeta

Dijimos que la escena de la anunciación abre un tópico mariológico para explorar: María como profeta, y sobre todo, María como profeta pobre, símbolo del pueblo oprimido que recibe la revelación. El camino que recorre Gabriel desde el Templo en Jerusalén con Zacarías hasta la casa de María en Nazaret, es el camino de la Palabra de Dios que parece abandonar el Templo y el centro urbano para dirigirse a la periferia secular, a una casa, a una muchacha pobre, en una aldea. Es el regreso de la profecía original, de los orígenes de la profecía, del contexto profético más puro. Es la Palabra que va a los pobres. Gabriel, quien como Dios, revela lo escatológico en la periferia, y hace de María un símbolo del pueblo pobre que recibe la verdad sobre el final de los tiempos. María es una reivindicación de los oprimidos. La Palabra de Dios, secuestrada en el Templo, secuestrada por lo escribas, se libera por mano de Dios mismo para ir a su cuna real, entre los pobres, entre lo marginal.

Dios le da la palabra a una muchacha de Nazaret. Y en ella, se la da a los pequeños, los que no son nada ni nadie. Dios revierte el proceso patriarcalista y elitista que secuestró la Palabra. En María, la Palabra es liberada. Por eso es profeta. Y por eso, con ella, se hacen profetas los olvidados, los que no son tenidos en cuenta, aquellos que resultan indiferentes para los pesados sistemas religiosos. Ha llegado el final de los tiempos, que es la devolución de las cosas a su estado de plenitud. La Palabra, por lo tanto, también busca la plenitud primigenia, y la halla en María, o sea, en el pueblo marginal.

Cuando se convierte a María en agorera de desgracias, cuando se la hace aparecer para anunciar catástrofes, para condenar a la humanidad que no reza, se está desvirtuando el sentido profético de María. María, como receptora de la Palabra definitiva de Dios, es el recuerdo sacramental de que en los pobres y marginados revela la divinidad su destino escatológico. Ella no puede ser un instrumento de tormento para las clases bajas, no puede ser el medio generador de miedo apocalíptico. La figura de María tiene que impulsar la lucha por la dignidad, la defensa de la mujer en un sistema machista, la protección de los niños, la consecución de las necesidades básicas para vivir. María es la garantía de que Dios no se olvida de los pequeños, así como Gabriel fue garantía para Israel de que Yahvé se hacía presente entre ellos. Los tiempos escatológicos son los tiempos de la justicia, como soñaba Daniel al cabo de las setenta semanas. No son tiempos de temor, sino de alegría, como recordó Sofonías. María resume esas ideas, esas esperanzas. Su figura no puede salir a recorrer las calles y los barrios para acongojar ni para sostener status. María sale para recordarle a la gente que Dios no tiene palabra vana, no promete por prometer como lo hacen los buscadores de votos. En ella se cumplió lo anunciado. En los pobres se debe seguir cumpliendo.

Navidad en palabras de amigos

Dejo dos textos, de dos amigos, dos compañeros de milicia, dos cristianos (en un mundo donde ese título es difícil de aplicar a conciencia a alguien). El primero es de Lucas (primera foto), el segundo de Josías (segunda foto). ¡Feliz navidad!

♫♫Que los cumplas feliz, ♫♫

♫♫ que los cumplas feliz, ♫♫

♫♫ que los cumplas, ♫♫

♫♫ Jesús querido, ♫♫

♫♫ que los cumplas feliz. ♫♫

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Y que yo sea parte de tu felicidad.

Y que mi vida sea motivo de tu alegría y honor.

Y que no me deje atrapar por los Gordos navideños del dios Mamón,

y que rechace el consumismo que no me llena,

y que el amor y la bondad no sean ficciones de fin de año.

Que todas mis fuerzas estén concentradas en vivir como viviste,

en sentir lo que sentiste mientras caminabas entre nosotros,

en dolerme con seres humanos y con ellos celebrar tal como lo hiciste vos.

Que mi vida te haga nacer de nuevo, como un villancico.

Y que cumplas muchos más.

El nacimiento de alguien.

Eso es Navidad. “La gente en realidad aprovecha para chupar y tirar cuetes”.

Si, y está bien. Pero nunca está de más ver el lado positivo de esta cultura cristiana que fue absorvida por el capitalismo de occidente. (por ende, de cristiana solo tiene la cáscara).

El día de ayer, 22 de diciembre de 2010, se condenó a Carcel común y perpetua a algunos de los torturadores y asesinos de la última dictadura en la Argentina. Ellos decian defender “nuestro estilo de vida”, y que lo hacían en “una guerra justa contra los terroristas marxistas”.

Al igual que ellos, hace 2 mil y pico de años, un gobernador se enteró de que iba a nacer un rey que traería libertad al “pueblo de Dios” (se malinterpretó y se creyó que era solo a los judíos). La cosa es que este Rey, era Dios. Entonces el gobernador, ni lento ni perezoso, decidió matar a todos los niños que nacieran, para poder “defender el estilo de vida del imperio romano” y mantener la paz que la dominación por las armas había conseguido.

Obviamente, el Rey que era Dios, no murió. Porque se fué a otro país, exiliado político.

Este Rey vivió algo muy parecido a lo que vivieron miles de argentinos. Lo que este Rey no pudo ver, mientras estuvo en la tierra, fué a ese gobernador ser juzgado por la justicia. Algunos argentinos y argentinas, ayer lloraron de emoción. No se alegraban de que “pagaran esos asesinos” (como pretenden hacernos pensar algunos fantasiosos troskistas que por dentro estan llenos de odio y violencia), en realidad lloraban porque una herida en su vida comenzaba a cerrar. Ahora veríamos si los perdonamos, o si los odiamos o si lo olvidamos… Lo emotivo viene después de la justicia.

Y este Rey, que era Dios, vino a hacer justicia. Pero no del tipo de justicia barata como esta republicana moderna, una justicia real. Dió alimento a los pobres, sanó las enfermedades de los enfermos, cuidó a las viudas y a los huérfanos (¿les suena H.I.J.O.S. o Madres de plaza de mayo?), no hizo distinciones entre extranjeros o locales, hombres o mujeres, niños o adultos, ricos ni pobres, salvos o pecadores… y además, pagó con su vida la ideología que sostenía. Nunca agarró a palos a nadie, nunca anduvo en la clandestinidad, nunca hizo acuerdos en el senado (porque el partidismo es para corrupción) como la Cinthia Hotton que se hace la honesta y trabó la aprobación del presupuesto que entre miles de cosas, va para la asignación universal para niños que viven en la pobreza como el pequeño niño Jesús que nació en un establo.(¡Pero que bien!, ella tiene la conciencia limpia) Esos egoísmos no son para Navidad. Esos egoísmos no son de seguidores del Cristo (que significa que admito que ese Jesús era Dios, lo resumo con una sola palabra).

Ese Jesús vino a traer justicia. Vino a traer equidad. Eligió para ello nacer entre los humildes, que es donde Dios siempre está. El quiere la dignidad de los hombres y en la carencia material está la primera tarea a resolver. Para eso, se encargó de la parte difícil, que es la parte espiritual. Pagó el crimen de la humanidad frente a Dios, sufrió el castigo en su carne. Hizo justicia, fué a la muerte en lugar de todos nosotros por los crímenes de lesa humanidad que constantemente nos hacemos a nosotros mismos, estamos absueltos frente a Dios. La parte posible y 100% realizable se las deja a los seguidores suyos que casualmente, son los que se oponen al “estilo de vida” de estos militarotes; son casualmente los que como Camilo Torres, Angelelli, el Che y Jesús mismo recorren sus países ayudando al pobre hasta dar su vidas por el bien de las mayorías. Todos estos “terroristas marxistas” no hacen otra cosa que defender una idea, es la misma, pero Carlitos Marx la resume con genialidad:

“El fundamento de la crítica irreligiosa es que el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre.(…) Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es su propio mundo, Estado, sociedad; Estado y sociedad que producen la religión, conciencia tergiversada del mundo, porque ellos son un mundo al revés. La religión (…) es la realización fantástica del ser humano, puesto que el ser humano carece de verdadera realidad.”

Por eso les digo a todos los religiosos, no importa en que fantasía crean, esto se trata de tener los pies en la tierra. Que vergüenza que tenga que venir del cielo un Dios a enseñarnos a vivir como humanos, con los pies en la tierra…
Crean o no en Jesús, sepan esto: es hora de que nazca la justicia en nuestra tierra, de que nazca la humildad y de que nazca la compasión entre los hombres. Basta de estos militarotes (incluído Perón) que quieren organizar el mundo cortando cabezas enemigas y regalando cosas a los amigos (es indistinto amigo de quién sea)… no señor, la verdadera vida crece cuando el pueblo riega su futuro con su sudor y con sus lágrimas. Entonces cosecharemos el vino y el pan, para reír y disfutar que estamos vivos.

festejar la navidad, es festejar que lo que nace es lo que nosotros engendramos. Hagamos con amor un mundo mejor.

Cuatro navidades / Sobre las formas evangélicas de la Navidad

Mc. 6, 3: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”

Para el evangelista Marcos no hay relatos de la infancia de Jesús, como sí existen en los primeros capítulos de Mateo y Lucas. Sin embargo, a pesar de esa ausencia que nos duele en nuestra curiosidad, lo que sí hay en Marcos son referencias a la infancia, y no de las mejores. Cuando sucede la última visita de Jesús a una sinagoga (cf. Mc. 6, 2), se le recrimina su falta de autoridad en base a su origen. Este Jesús es un artesano de pueblo (tekton en griego), un trabajador como cualquiera, un hermano entre tantos de una familia numerosa de Nazareth. Y además de todo esto, parece ser un bastardo. Que sus compatriotas lo nombren como el hijo de María en una cultura donde el padre determina la pertenencia sanguínea, es sugestivo. Al llamarlo por su parentesco maternal, lo están acusando de ser un don nadie, inclusive un hijo ilegal, de concepción dudosa. Ser hijo de María no es un título honorífico, como podemos tergiversar por nuestro acervo religioso. Ser hijo de María es ser hijo sin padre, porque no se lo puede nombrar.

Es simpático que lo acusen de desarraigo al que más arraigado estuvo. Es simpático que lo acusen de bastardo al que tuvo más claro que nadie quién era su Padre. Es simpático que lo recriminen desde su familia al que quiso hacer una familia universal de seres humanos. Quizás, la navidad sea el tiempo de los bastardos, de los que nadie quiere, los que nadie reconoce, los huérfanos, los sin-padre. Para ellos y por ellos, el Hijo de Dios nace dudosamente.

Mt. 1, 1: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”

Para Mateo es muy importante dejar en claro que Jesús es el Mesías esperado por el judaísmo y avalado por el Antiguo Testamento. Por eso su Evangelio comienza con una genealogía, un recuento de los antepasados de Jesús que lo conectan con dos pilares de Israel. Uno de esos pilares es David, el rey modelo, el rey que recibió la profecía sobre una descendencia que nunca se acabaría y que reinaría eternamente sobre Israel. Jesús es hijo de David en cuanto José acepta ponerle el nombre. El otro antepasado importante es Abraham, el padre del pueblo elegido, el símbolo de la fe. Para Mateo, Jesús no nace desencarnado, a-histórico. Todo lo contrario; Jesús nace asumiendo la historia de un pueblo que ya viene acompañado por la mano de Yahvé. David y Abraham son los garantes del judaísmo y del mesianismo del Hijo de Dios.

Este Jesús mateano puede resultarnos chocantes. ¿Una navidad judía? Y sin embargo es así. Jesús fue un judío. Es posible festejar una navidad judía. El exclusivismo de privatizar a Dios en el cristianismo, o lo que es peor, privatizarlo en alguna denominación del cristianismo, no concuerda con el espíritu jesuánico. La navidad es judía, en algún sentido, porque el pueblo de Israel representa a todos los seres humanos que fueron capaces de descubrir, en su caminar, el acompañamiento de Dios.

Lc. 2, 1-2: “En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria”

Con coordenadas históricas, Lucas define una época para Jesús. Es la época del Imperio Romano, de los censos para saber con cuánta mano de obra cuenta la maquinaria imperial, cuántos territorios, cuántos impuestos. Es el nacimiento del Mesías en un mundo globalizado, a su manera, pero globalizado, con una falsa ilusión de pluralidad cultural que caía bajo el peso de la hegemonía dominante. Un mundo con aparente libertad religiosa para algunos pueblos que, en la práctica, era libertad de seguir celebrando siempre y cuando se rindan honores al emperador. Jesús nace en época de gobernadores y de decretos, época de burocracia que, entre papeleos, se olvida de los ciudadanos, los utiliza y los pisotea. Más allá del análisis histórico sobre la veracidad o no del relato, es llamativo cómo, a causa del censo, un varón con su esposa embarazada deben movilizarse desde Nazareth hasta Belén.

Jesús será un líder carismático de su pueblo. La gente lo seguirá y lo escuchará. Será líder por el espíritu que lo anima, no por acomodamiento político. Pero su liderazgo no comienza en el palacio, sino en el pesebre. Su liderazgo no está en decretos ni en sellos reales; su liderazgo es lo opuesto, es la vida compartida con los pobres. Navidad es eso: Dios entre los pobres.

Jn. 1, 14a: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

Juan hace la teología de la catequesis sobre el nacimiento de Jesús. Va más allá. El Hijo de Dios es la Palabra, es eterno, es divino. El Hijo de Dios es paradójico porque, en su eternidad, se somete al tiempo; en su infinitud, se somete al espacio; en su divinidad, se hace humano. Juan no relata el nacimiento con historias inspiradas en el Antiguo Testamento, como Mateo o como Lucas, sino que profundiza el misterio. Pero no es una profundización que sale de las cavilaciones joánicas. En el prólogo de su Evangelio (cf. Jn. 1, 1-18) hay referencias al Pentateuco y a la tradición filosófica judeo-helenista. Juan llega a comprender la encarnación porque había elementos previos para hacerlo. La Palabra pone la tienda (skenoo según el texto griego) entre nosotros como la Tienda del Encuentro que acompañó a Israel en su marcha por el desierto. Jesús es la plenitud del Templo, o sea, la plenitud de la presencia de Dios entre los seres humanos.

Navidad es Dios entre nosotros, es Dios acá, es Dios palpable. Juan lo descubrió teológicamente, llegó al meollo de la cuestión, y lo expresó con poesía. Navidad es poesía y teología, también. Es difícil poner en palabras a la Palabra. Es difícil explicar a Dios; sobre todo cuando Dios es tan sorprendente, tan imprevisible, tan amoroso. En navidad tenemos el desafío misionero de contar la Buena Noticia como podamos, como nos salga, pero fundamentalmente, contar el Evangelio con nuestras vidas.

José con las manos en la historia / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 1, 18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa. (Mt. 1, 18-24)

En el último domingo del Adviento nos introducimos al misterio de la concepción de Jesús. Los protagonistas son cinco: el Ángel del Señor, el Espíritu Santo, Jesús, María y José. No caben dudas que el hilo narrativo hace referencia, y se entreteje, desde José, a diferencia del Evangelio según Lucas, donde María es la voz cantante. Como fácilmente nos percatamos en un sondeo rápido de los relatos de la infancia, hay una perspectiva más mariana en Lucas y más josiana en Mateo. La prueba irrefutable es la dirección que toman las palabras del ángel. Mientras que en el relato lucano la interlocutora del enviado divino es María (cf. Lc. 1, 26ss), para Mateo es José el que tiene las revelaciones; de María se nos pone al tanto que ya está encinta. A continuación, será siempre José quien tenga que tomar las riendas de la familia (del niño y la madre) para trasladarse a Egipto (cf. Mt. 2, 14) y para regresar a Israel (cf. Mt. 2, 21). La razón mateana de esta focalización en José responde a las claves intencionales del autor. Como la mayoría de los biblistas lo afirman, el auditorio de Mateo está compuesto, en gran medida, por judíos convertidos al cristianismo. Para estos judíos, lo más importante es que Jesús sea el Mesías según las Escrituras; para ello, debe cumplir con las profecías del Antiguo Testamento, debe comportarse como judío (como rabino, más precisamente), y debe ser descendiente del rey David, para estar en consonancia con el anuncio del profeta Natán (cf. 2Sam. 7, 12-16). No es que la comunidad mateana no aceptara la ruptura que significa el Evangelio del Reino con la tradición judía, pero tampoco es menos cierto que este cristianismo representado en Mateo haya realizado borrón y cuenta nueva con todo su acervo veterotestamentario. Los mismos guiños literarios del relato dejan en claro que visión de Jesús tenían. Mateo cita el Antiguo Testamento en 41 oportunidades (más que Marcos, Lucas o Juan), de las cuales 10 no se encuentran en los otros Evangelios. El libro está organizado en torno a cinco discursos (el sermón del monte en Mt. 5, 1 – 7, 29; el discurso misionero en Mt. 10, 1 – 11, 1a; las parábolas en Mt. 13, 1-53a; el discurso comunitario-eclesial en Mt. 18, 1 – 19, 1a; el discurso apocalíptico en Mt. 24, 1 – 26, 1a) recalcando la condición de maestro rabino de Jesús (llamado Maestro en 8 oportunidades y reconocido como único Maestro en Mt. 23, 8) que enseña con sermones. El título Hijo de David aparece 9 veces en Mateo, mientras que en los otros Evangelios se encuentra 7 veces sumando todas las apariciones.

En este contexto judío está también el personaje de José. Por la genealogía con la que abre el libro (cf. Mt. 1, 1-17), sabemos que hay una línea de conexión entre Jesús y David, y que el último eslabón es José. La importancia de José, entonces, es tremenda. Gracias a él y al papel que desempeñará, es posible dar cabida al mesianismo jesuánico con todas las letras. En el rango de lo hipotético, si José no aceptase hacerse cargo de la paternidad putativa de Jesús, rechazando la responsabilidad de darle un nombre, se caerías las profecías que identifican al Mesías como descendiente de la casa de David. Jesús, sin padre, en una sociedad patriarcal, sería un extirpado de la historia, un bastardo sin raíces. En los términos teológicos de la encarnación, el rol de José es la clave que arraiga a Jesús al Pueblo de Dios (en Lucas, ese rol lo juega María, la hija de Sión). Literariamente, la relación entre la genealogía y la misión de José está en la posible traducción de Mt. 1, 1: “Libro del génesis de Jesucristo…” y Mt. 1, 18: “Este fue el génesis de Jesucristo…”. Ambos comienzos similares marcan una conexión entre la lista de los antepasados y la escena en la que José recibe el anuncio del ángel.

Ahora bien, la pregunta lógica es qué pretende el ángel precisamente al revelarse a José. La interpretación clásica (sin demasiado fundamento en el texto) es que el ángel le viene a explicar la situación de María (el embarazo), que José estaría entendiendo como un engaño de ella, un adulterio. Pero resulta que, ateniéndonos a la perícopa que leemos hoy, lo que el ángel le explica a José es su situación, no la de su esposa. José no duda sobre la inocencia o la moral de María, sino sobre el rol que le toca desempeñar en un plan divino donde, aparentemente, él quedó fuera. ¿Qué necesidad de padre humano tiene el Hijo de Dios? ¿Para qué seguir al lado de aquella que ha sido elegida por el Espíritu Santo? ¿Qué puede aportar un artesano de Nazareth al Mesías? Pues bien, el mensaje del ángel es que José, como hijo de David, o sea, descendiente del rey de la casta mesiánica, tiene la obligación de ponerle el nombre al niño, porque nombrándolo lo adopta como hijo, y adoptándolo lo incorpora a la cadena genealógica davídica, de donde debe provenir el Mesías. Como sugieren algunos biblistas, una mejor traducción de las palabras del ángel podrían ser: “No tengas miedo en llevarte a María, tu mujer. En efecto (como tú ya sabes), la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo al que llamarás con el nombre de Jesús, porque él salvará al pueblo de sus errores”. Mateo, entonces, asume que José sabe lo misterioso del embarazo de María. Esta lectura aclara, también, por qué el autor recalca que José era un hombre justo. Su justicia no está en una moralidad sexual por la cual rechaza el adulterio como impureza. Esa interpretación proviene de una Iglesia obsesionada por el tema de la sexualidad, que la fue consumiendo a través de los siglos. La justicia de José es más grande, más abarcativa, más preocupada por lo fundamental. La justicia de José es aquella que le hace preguntarse por su vocación, por los caminos de Dios, por la posibilidad de hacerse a un costado para respetar la historia de la salvación. José es justo porque antes que su ego está una mujer, un niño y el Reino. La situación es muy traumática para él: Dios ha elegido como madre de su Hijo a su esposa, con quien pensaba compartir la vida. Quizás nunca había entendido, todavía, que los caminos de Dios son distintos a los caminos de los hombres (cf. Is. 55, 8). José decide alejarse, suponiendo que no hay lugar para él en esta historia. El ángel le dice que se acerque, que en esta historia (historia de salvación) su papel es fundamental.

José es el que pone el nombre al niño, poniendo al mismo tiempo su misión. Dos nombres menciona Mateo. Uno es Jesús, Iesous en griego, una transliteración del hebreo Josué que significa Dios salva. Jesús era un nombre común entre los judíos, debido a la historia del conquistador Josué, sucesor de Moisés para entrar a la tierra prometida. Sin dudas, este nombre aplicado al hijo de María es la esperanza de que el Pueblo de Dios entre nuevamente en la tierra prometida. Hay un nuevo conquistador por nacer, distinto de los conquistadores de capa y espada. Este conquistador nace entre los humildes de Nazareth, sin ejército, sin soldados, fuera del castillo. Nace para ser cuidado por sus padres. Es Dios que salva, que nos introduce en la tierra prometida, pero de una manera diferente. La clave de esa diferencia está en el segundo nombre que menciona Mateo, apelando a la profecía de Is. 7, 14: Immanuel, que significa Dios con nosotros. El secreto con el que conquistará la tierra prometida Jesús será la presencia constante al lado de los seres humanos. A lo largo del Evangelio según Mateo puede encontrarse una cadena del Emanuel que demuestra la hipótesis mateana. El primer eslabón de esta cadena es la profecía de Isaías que leemos hoy, aplicada por Mateo. Es el Dios del Antiguo Testamento, de los profetas, el que se hace presente en el vientre de María. No ha desaparecido Yahvé, no se ha ido, sino que ha transformado su presencia en un niño. El segundo eslabón está en Mt. 18, 20: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Son palabras de Jesús a sus discípulos, recordándoles que su presencia es continuada en la oración, en la vida comunitaria. Cuando el nombre de Jesús, o sea, cuando su Persona es tenida en cuenta en el encuentro de dos o más seres humanos, Él está allí, certeramente, acompañando. El tercer eslabón está en el final del Evangelio, en Mt. 28, 20: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Ya son palabras del Resucitado. La muerte no permitirá que Dios deje de estar con los seres humanos, no lo separará de ellos. Con la resurrección se inaugura una nueva presencia transformada que excede los límites de lo material. Hasta que se acaben los días, hasta que la historia alcance su conclusión, Dios estará acompañando el proceso histórico.

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Dios está. Aunque no lo veamos, aunque nos superen las condiciones de vida, aunque nos agobien los problemas, aunque parezca que el mundo se está destruyendo sin intervención divina. Dios está. Para Mateo era una certeza. Para María y José fue una constatación. Para nosotros debiese ser la esperanza. La gente se pregunta, repetidas veces, nos pregunta directamente, se cuestiona, lo saca a relucir en artículos anti-cristianos: ¿dónde está Dios si las personas se mueren? ¿dónde está Dios si hay niños que no tienen para comer? ¿dónde está Dios cuando suceden las catástrofes naturales? El sufrimiento parece ser el mayor argumento contra Dios, su existencia y, en todo caso, su intervención en la historia. Dios está, pero también está el sufrimiento. Los teólogos intentan llegar a una conclusión satisfactoria sobre el binomio sufrimiento/amor, pero terminan encontrándose con un muro difícil de derribar. Los misioneros tiemblan cuando saben que, de momento a momento, puede salir a la luz el tema. ¿Qué Buena Noticia de la presencia divina se puede proclamar a los que no experimentan otra presencia que la de las ausencias, las lastimaduras o las opresiones?

En estas circunstancias, viene al rescate José y aquello de los caminos de Dios y los caminos de los hombres de Isaías. El ángel le dice a José (nos dice a nosotros) que Jesús no lo logrará solo, no crecerá sin un padre y una madre (no cambiará el mundo prescindiendo de nosotros). El rol de José, fundamental en la historia de la salvación, nos recuerda que nuestro compromiso con la historia también es fundamental. Si vemos desfilar los acontecimientos sin intervenir en ellos, nunca le mostraremos al mundo que Dios, realmente, está presente entre nosotros.

Adviento es rebeldía

El lugar donde vivimos actualmente no tiene un nombre en el mapa. Estamos más emplazados, podríamos decir, que localizados fehacientemente. Para encontrarnos hay que encontrar primero un poblado llamado Ex Fortín Comandancia Frías y desde ahí desplazarse cuatro kilómetros atravesando el Bermejito que, por estas épocas, deja entrever la sequía con su fino hilo de agua. La tierra es abundante, se pega en el calzado, en la ropa, en el cuerpo, en las cosas. Se filtra a través de las puertas y ventanas. Alrededor, todo es monte. Llaman a la zona El Impenetrable. Y damos fe, está bien puesto el título. Pertenecemos a la provincia de Chaco, aunque muchísimos chaqueños de las ciudades nos preguntan dónde queda ese tal Frías. Pertenecemos a la República Argentina, aunque muchos argentinos nos pregunten cómo puede ser cierto que aquí la gente tome agua de los pozos y a nadie se le haya ocurrido hacer perforaciones. Pertenecemos al mundo, aunque para el mundo no aportemos otra cosa que mano de obra barata y la madera que se están llevando del monte.

Nuestro Centro Educativo está lleno de adolescentes que han optado por terminar el secundario. La educación la vamos articulando como podemos. No somos una escuela-modelo, pero la peleamos. Tratamos de formarlos en lo profesional y en lo humano. Tratamos de que sepan matemáticas, a la vez que sepan lavar un plato, a la vez que se comprometan en el cambio de su tierra, a la vez que se reconozcan hermanos entre sí, a la vez que vean el paso de Dios por sus vidas. La tarea es titánica. Hay días que pareciese que alcanzamos los objetivos, que dimos en el clavo, que la situación se revertirá, indefectiblemente, para los cientos de parajes que nunca pudieron tecnificarse. Y hay otros días, sobre todo a esta altura del año, que pareciese que hemos retrocedido, que lo que hicimos no sirvió para nada, que las cosas van a seguir igual. Hay días y días. Los chicos y chicas se dan cuenta también. Muchos reconocen, a temprana edad, que están en una dicotomía (por supuesto, para ellos la palabra dicotomía suena graciosa): salir de su casa en el paraje para vivir en nuestra Casa durante la semana, estudiar el secundario, quizás el terciario luego, proyectarse, encontrarse con otras formas culturales… o quedarse con la familia que continúa en el rancho, que no puede llegar a fin de mes porque no puede, siquiera, llegar a fin de semana, dar una mano con el trabajo en el campo, no restarle mano de obra a los padres… Es la dicotomía de intentar un futuro con estudio (aunque, claro está, a futuro) o solucionar el hambre de hoy (¡hoy mismo!).

En medio de esta dicotomía, de este monte, de este Centro Educativo, tenemos unas cinco chicas, de entre trece y quince años, embarazadas. Antes de llegar nos habían dicho que no nos asustáramos, que culturalmente es propio de la zona que la mujer se embarace a temprana edad e inmediatamente comience una vida en común con un varón, que puede ser un primo o un pariente un poco más lejano. Sin embargo, en los ojos de estas cinco chicas hay algo que no te deja conforme con esa explicación recibida de antemano. Hay algo que aquí no cierra. Lo primero es plantearse si nuestro cuadrado cultural se está rompiendo la cabeza con el círculo de aquí. Pero es más complejo que eso. Siguen siendo adolescentes, y siguen teniendo un cúmulo de dudas, un rostro de desentendimiento que, aunque quisiéramos, no podríamos contrarrestar con respuestas; simplemente porque no las tenemos. Sus panzas crecen entre nosotros. Les pedimos y rogamos que no abandonen la educación, que vamos a ayudarlas, a contenerlas, que aquí es su casa. Ellas se quedan y van desarrollando la confianza. De a poco uno se encuentra con los mismos miedos de cualquier adolescente, y más aún, los mismos miedos de cualquier adolescente embarazada. Indagamos por el padre. A veces tiene nombre y apellido (casi nunca), otras veces hay timidez en confesarlo, y en la mayoría de las oportunidades es identificado como un hombre allegado a la familia. En esta instancia, no hace falta aclarar ya más. Sus ojos siguen mirando con ese extraño signo de interrogación. Nuestras respuestas masivas buscan contener algo que se nos escapa: hacemos charlas de educación sexual, nos reunimos con ellas y sus familias, promovemos la dignidad de la mujer a través de actividades y relatos, etc. Multiplicamos las instancias. Ellas siguen mirando con ese rostro adolescente. Los fines de semana vuelven a sus hogares en los parajes; no sabemos qué diálogos suceden allí, qué opinan en sus familias (no sabemos si alguien emite opinión), cómo se planea recibir al nuevo integrante, cómo se sienten ellas cuando están en su rancho. Estamos a ciegas esperando, porque en nueve meses llegará alguien.

Es casi inevitable ver esas cinco panzas y no pensar en el adviento. En realidad, es casi inevitable vivir aquí donde estamos y no pensar en la Palestina de hace dos mil años. Se estremece la piel cuando nos damos cuenta que Nazareth podría haber tenido, como máximo, doscientos habitantes. Nuestros parajes oscilan entre ocho casas y asentamientos más grandes de hasta cien personas. Los ranchos, aquí como en Nazareth, comparten el patio entre tres o cuatro, porque no hay calles marcadas que delimiten. Se vive en el campo, en contacto con la naturaleza. Hay pastores como los había en Palestina. Hay pescadores del Bermejito como los había del Mar de Galilea. Las familias son extensas, con abuelos, padres, hijos, hijas, y sus esposos y esposas respectivos. La gente está llena de historias como parábolas. Se come lo que se puede, se subsiste, se consigue agua de donde no hay, se amasa el pan cada mañana. Esta es nuestra Palestina. Y en nuestra Palestina están cinco chicas que bien podrían ser nuestras Marías. Son adolescentes de parajes recónditos que esconden vida en sus panzas. Eso es lo que estremece. El gran cambio del mundo provino de un paraje palestino que se llamaba Nazareth. Allí, una adolescente embarazada sin explicación racional para su embarazo, aceptó la misión de comunicar la vida de Dios, y comunicándola (dando el teológico) abrió las puertas para que se hagan nuevas todas las cosas. Nazareth bien podría llamarse como nuestros parajes del Impenetrable: Madrejones, Siervo Cansado, La Nación, Recreo, Pozo del Gallo. María bien podría tener el nombre de cualquiera de nuestras cinco chicas. Sus panzas bien podrían ser el embarazo que cambie el mundo.

Es increíble que adviento encierre tanta rebeldía. Esperamos con toda nuestra esperanza en el embarazo de una adolescente de trece o catorce años, de un paraje llamado Nazareth, que Dios nos salve. Somos rebeldes cuando creemos que desde lo insignificante, el Padre puede convertir las cosas, intervenir en la historia. No lo hará desde el palacio de Herodes ni desde el dedo poderoso del Emperador; no lo hará desde la economía neo-liberal ni desde las pujas por el sillón presidencial. El mundo cambiará desde la panza de un embarazo al que no podemos dar respuestas. Sólo nos queda mirar a estas cinco chicas anonadados y seguir creyendo, a pesar de que todo indique lo contrario, que adviento es la llegada del tiempo de Dios, el tiempo de los pequeños, de los olvidados, el tiempo de los que viven sin agua, en medio del monte, lejos de las comidas recomendadas por los nutricionistas. Adviento es una rebeldía porque depositamos nuestra confianza en lo imposible: en adolescentes embarazadas. ¿Qué clase de Dios pretende instaurar su Reino con un ejército tan fácil de derrotar? Es complicado de entender. La cara de interrogante de las cinco chicas, quizás no sea un interrogante, sino una confirmación que nosotros no sabemos leer: a pesar de todo, la vida de Dios se abre paso entre los pobres.

Poner a Dios en su lugar


Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc. 2, 12)

Una de las tradiciones populares navideñas consiste en llevar en procesión, la Nochebuena, una imagen del Niño Dios hasta el pesebre, para colocarlo donde debe estar en ese momento, entre sus padres, apenas nacido. A nadie se le ocurriría ponerlo en otro lugar, precisamente porque estamos en la Navidad, y el niño que nos ha nacido no puede estar demasiado lejos de su madre. No sería bueno que esté guardado en un cajón ni dentro del trineo de Papá Noel. Su lugar en esa noche maravillosa es el pesebre.

¿Pero qué tiene de atractivo el pesebre para que Dios quiera estar allí? Buceando los Evangelios, resulta que en Marcos no hay ni rastros de un pesebre, puesto que ni siquiera hay rastros de la infancia de Jesús. Lo primero es Juan el Bautista (cf. Mc. 1, 2-4). Nos trasladamos a Mateo y ya se nos dibuja una sonrisa, porque aquí si hay relatos de la infancia; igualmente, la escena del nacimiento me desilusiona en la búsqueda, porque del pesebre no hay noticias (cf. Mt. 1, 25); avanzamos hasta el famosísimo episodio de los magos de Oriente, pero éstos no lo hallaron en un pesebre, sino en una casa de Belén (cf. Mt. 2, 9-11). Al Evangelio según Juan ya lo habíamos descartado de antemano en esta búsqueda porque recordamos que lo primero de lo primero es el himno al Logos (cf. Jn. 1, 1-18), luego el testimonio del Bautista (cf. Jn. 1, 19-28). De pesebre, ni hablar.

Entonces decidimos abordar Lucas, con la certeza de que la palabra pesebre nos viene de allí. Parece que la búsqueda tendrá consuelo. Localizamos Lc. 2, 7 y la claridad del autor es extrema: “María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue”. Es una imagen grabada en la memoria. La explicación escuchada todos los años es la misma: Dios elige la humildad del pesebre para manifestarse y las malas gentes de Belén no le dieron espacio en sus casas a una mujer parturienta. ¿Pero será tan así? Cuando repasamos Lc. 2, 7 no encontramos casa ni gente mala. Donde no había lugar para ellos es en un albergue. En el texto griego (idioma que usó Lucas para escribir), la palabra es kataluma, y puede tratarse tanto de una especie de hotel para viajeros de caravanas en el Oriente, como de la habitación de determinadas casas reservadas para los huéspedes. Los biblistas dicen que si José, según la versión de Lucas, llevó a una mujer a punto de parir por unos doscientos kilómetros (de Nazareth a Belén) sin haber previsto alojamiento, entonces era un padre demasiado irresponsable. Tenemos que suponer que si fue a empadronarse a Belén porque era su ciudad familiar (cf. Lc. 2, 4), había allí parientes, y que kataluma sería, más que albergue, la habitación de huéspedes de una casa relacionada sanguíneamente con José. ¿Y por qué no había lugar para ellos en esa casa? Porque María pariendo se hacía impura según la ley escrita en el Levítico capítulo 12. Si el nacido era varón, como en este caso, la madre quedaba impura por siete días, al octavo día se circuncidaba al niño, y la madre aún permanecía treinta y tres días más impura. El problema con la mujer impura, según el Levítico, es que quien la toca se vuelve impuro (cf. Lev. 15, 19), sobre lo que ella se acuesta queda impuro, sobre lo que se sienta queda impuro el objeto (cf. Lev. 15, 20), y aún quien toca algo que esté en contacto con el lugar donde ella se acuesta o se sienta, también se vuelve impuro (cf. Lev. 15, 23). Es demasiado evidente que tener una parturienta en casa era volver impura toda la casa, y por cuarenta días a lo mínimo. Esa es la respuesta a por qué no había lugar para ellos. Aquí no se trata de gente mala, sino de estrictos cumplidores de la Ley.

Después de enterarnos de eso, el pesebre parece perder un poco la mística con la que lo habíamos envuelto. Sin gente mala, sin humildad ascética, con cumplimiento de una ley que está contenida en la Biblia explícitamente, el pesebre parece dejar de ser pesebre. Y aquí viene la clave de todo esto. Al seguir leyendo el Evangelio según Lucas, son los pastores los primeros personajes inmediatos al nacimiento. Y no se trata, precisamente, de los pastorcillos de nuestros pesebres vivientes, simpáticos y jóvenes. En los tiempos del nacimiento de Jesús, la cultura popular los consideraba parte de la clase social baja en la que no se podía confiar, pues indefectiblemente, debían ser ladrones, malhechores o mal vivientes. Su reputación no era lo más envidiado en Palestina. Los pastores eran la lacra, los marginados; y para los terratenientes, mano de obra barata que cuidaba rebaños que no eran suyos. Ellos son, según Lucas, los primeros que reciben el anuncio (cf. Lc. 2, 8-12), son los destinatarios de la Buenísima Noticia del niño en el pesebre. Porque el Evangelio tiene dos aristas: al Salvador se lo reconoce en el pequeño e indefenso (cf. Lc. 2, 11-12) y la Buena Noticia es anunciada a los pobres (cf. Lc. 4, 18).

Marcos, Mateo y Juan no hablan de un pesebre, sin embargo, siempre recalcan que Jesús andaba con publicanos, prostitutas y pecadores, que vivía entre lo marginal, que se identificaba con los que nada tienen y nada son para la sociedad. Marcos, Mateo y Juan ignoran el pesebre, pero no dan vuelta la cara ante el Dios que comparte su tiempo con los lacra, que vive entre ellos, que es señalado como uno más del montón. De Jesús se puede decir que murió como nació: entre los parias, entre los despreciables, los desechables. Su lugar en Nochebuena es el pesebre. ¿Y qué tiene de atractivo el pesebre, entonces? Probablemente los pastores, lo menos atractivo de la época, lo más marginal. En esta Navidad pongamos a Dios en su lugar: con los inmigrantes ilegales, los desocupados, los homosexuales, los drogadictos, las prostitutas, los indígenas, los esclavos del capitalismo, los enfermos, los presos, los divorciados, los silenciados, los oprimidos, los últimos…

Navidad – Ciclo C – Jn. 1, 1-18


En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.” Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado. (Jn. 1, 1-18)

Para el día 25 de diciembre, la liturgia propone tres celebraciones con tres lecturas diferentes que son intercambiables. Para la noche es Lc. 2, 1-14 (nacimiento en Belén); para la aurora, la propuesta es Lc. 2, 15-20 (la visita de los pastores al pesebre); y para el día es Jn. 1, 1-18 (himno del Logos). Aquí nos atrevemos a reflexionar sobre el comienzo del Evangelio según Juan.

Este prólogo parece provenir de las liturgias de las primeras comunidades cristianas. Al ser incorporado al relato joánico, recibió algunas modificaciones de orden teológico y, probablemente, se le añadieron las referencias a Juan el Bautista. La existencia de himnos litúrgicos en las primeras comunidades que luego fueron insertados en los escritos neotestamentarios está bien documentada. Fil. 2, 5-11; Ef. 5, 14 y 1Tim. 3, 16 son ejemplo de ello. Con esta inserción, el Evangelio según Juan queda estructurado con una introducción (capítulo 1) que posee dos partes: el himno al Logos (Jn. 1, 1-18) y la revelación de la identidad de Jesús en la tierra (Jn. 1, 19-51). Luego, desde el capítulo 2 al 12 tenemos el libro de los signos, donde se desarrolla el ministerio público de Jesús marcado por largos discursos y por la realización de señales. A partir del capítulo 13 comienza el libro de la hora, con los relatos de la última cena, la pasión, la muerte y la resurrección. Finalmente, el capítulo 21 es un añadido posterior de mano de la comunidad joánica. El himno al Logos, entonces, es introducción teológica y plan programático. La Palabra, que estaba junto a Dios, que es Dios mismo, se encarna y desarrolla su misión hasta volver al Padre (cf. Jn. 20, 17), y los que creen en Ella conforman una comunidad de fe que perdura en el tiempo asistida por el Espíritu Santo (cf. Jn. 15, 26; Jn. 16, 13-14).

No hay un acuerdo total sobre la estructura de este himno. Una de las sugerencias más aceptadas es la que establece una arquitectura concéntrica del texto, donde se corresponderían en la temática los versículos 1-5 con el 16-18 (la Palabra que está con Dios termina revelando a Dios), del 6 al 8 con el 15 (se habla de Juan el Bautista), del 9 al 11 con el 14 (la Palabra es rechazada, pero termina maravillando con su presencia en el mundo) y, en el centro, estaría Jn. 1, 12-13:

- Palabra creadora (Jn. 1, 1-5.16-18): el Logos está desde la eternidad junto a Dios y es Dios. La tradición sapiencial del Antiguo Testamento ha visto en la Sabiduría divina algo similar al Logos de Juan. En Prov. 8, 23-30, cuando la Sabiduría habla en primera persona, asegura que desde la eternidad fue formada, desde “antes del origen de la tierra”, y estaba junto a Dios, “jugando todo el tiempo en su presencia”. El capítulo 24 de Sirácida también se sitúa en la misma línea, cuando “la Sabiduría hace su propio elogio” (Sir. 24, 1), y asegura existir desde los principios y ser eterna (cf. Sir. 24, 9). De todas maneras, para esta tradición sapiencial, la Sabiduría no termina de configurarse como un ser personal. Será el texto joánico el que dé el gran salto otorgándole personalidad propia a la Sabiduría/Logos, y situándola como centro de la Creación, pues todo se hizo por ella. Así nos la presenta el inicio del himno. En los últimos versículos, pasamos de la Creación humana a lo que sería el acto fundante de Israel, el éxodo, su propia creación, signada por la Alianza y la Ley. Moisés es el gran representante de ese hecho, sin embargo, frente a la gracia y a la verdad que trae el Logos, todo queda caduco. Esta es la nueva creación: la revelación que hace el Hijo del Padre, revelación que nadie puede superar, porque Él es el Logos que estaba en el seno de Dios desde la eternidad.

- Juan el Bautista (Jn. 1, 6-8.15): Juan es un enviado de Dios para dar testimonio. El autor recalca bastante que Juan no era el Mesías ni que creía serlo. Posiblemente, en la comunidad joánica o en sus alrededores, había seguidores del Bautista que lo creían el Cristo, y por eso se empeña el texto en asegurar lo contrario. Juan no era la luz (cf. Jn. 1, 8), dice que el que viene detrás de él se ha puesto delante suyo porque existía antes que él (Jn. 1, 15b.30), cuando los sacerdotes y levitas le preguntan si es el Cristo, lo niega rotundamente (cf. Jn. 1, 20), señala a Jesús como el Cordero de Dios (cf. Jn. 1, 29.36) y como el Elegido de Dios (cf. Jn. 1, 34). Cuando se narra que Juan con sus discípulos bautizaba en Ainón (cf. Jn. 3, 23), mientras Jesús lo hacía con los suyos y tenía mucho éxito (cf. Jn. 3, 25), el Bautista vuelve a repetir que no es el Cristo (cf. Jn. 3, 28) y que es preciso que él disminuya para que Jesús crezca (cf. Jn. 3, 30). Una es la palabra que caracteriza a Juan: testimonio. Él da testimonio del Hijo como lo hace el Padre (cf. Jn. 5, 37), como lo hacen las obras (cf. Jn. 5, 36), como lo hacen las Escrituras (cf. Jn. 5, 39) y como lo hace el Hijo mismo (cf. Jn. 8, 18). Tras la resurrección, el testimonio lo dará el Paráclito (cf. Jn. 15, 26) y los discípulos (cf. Jn. 15, 27).

- Luz/gloria que las tinieblas rechazan (Jn. 1, 9-11.14): el Logos es luz (cf. Jn. 1, 9; Jn. 8, 12; Jn. 9, 5; Jn. 12, 46), pero esa luz no es recibida por todos. Es luz que encuentra resistencia, porque a veces los seres humanos aman más las tinieblas que la luz (cf. Jn. 3, 19). La función de la luz es poner al descubierto las obras, de manera que las obras de la verdad reluzcan, y las obras tenebrosas huyan ante el esplendor de la luz. Ese esplendor es gloria que el Hijo recibe del Padre, gloria que es gracia y verdad. Los seres humanos no gustan de la gracia ni de la verdad, porque la gracia es gratuidad inexplicable, que rompe con el comercio, y la verdad es dura de aceptar y difícil de mantener. Aún así, con la conciencia de ese rechazo, el Logos pone su morada entre nosotros, haciéndose carne en el amplio sentido de la palabra, asumiendo la naturaleza de su Creación. Así como la gloria de Yahvé llenó la morada/tienda en Ex. 40, 34, el Logos/luz hace casa en el mundo habitando el templo de la Creación que no tiene más paredes que la universalidad.

- Hijos de Dios (Jn. 1, 12-13): el centro del himno al Logos es la filiación divina. El Logos/Hijo puede hacer más hijos de Dios. Todos los que creen en su nombre, que es nombre que salva y que libera, todos los que se abren a la gracia de la Palabra, son constituidos en hijos por el Hijo. 1Jn. 3, 1 dice: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Ser hijos de Dios no es una cuestión de honores o privilegios, sino de amor. Y tampoco se trata de una filiación que se obtiene por la sangre (como herencia que separa en clases dominantes y clases inferiores), por la carne (en un nivel meramente terrenal, donde vence el deseo y el egoísmo) o por los seres humanos (como si la obra de los hombres y mujeres pudiese, sin intervención divina, hacer hijos de Dios). La filiación procede de Dios, es gracia, es regalo, es don. La Palabra creadora que lo ha hecho todo y que vuelve a crear desde su revelación del Padre tiene el poder de hacer hijos de Dios; Juan el Bautista sabe que no puede hacer hijos así porque sí, pero da testimonio del que sí puede; los hijos aceptan la luz porque no temen que sus obras salgan a la luz.

En Navidad celebramos la paternidad más grandiosa que existe, la paternidad de Dios. Cuando somos capaces de reconocernos hijos, somos capaces de avanzar en la comprensión de nuestros padres. Si en Jesús podemos sentirnos amados en gratuidad, no por la sangre ni la carne, sino por ese misterio que es la gracia, y llegamos a auto-denominarnos hijos de Dios, estamos en condiciones de arrimarnos al Dios Padre para reconocer su amor. Esa es la revelación de Jesús, eso nos ha venido a contar a gritos, es lo que ha dado a conocer de una manera inaudita: Dios ama, Dios nos hace hijos, Dios es capaz de hacerse carne en un mundo que lo rechaza. En Navidad celebramos que la paternidad más grandiosa que existe sigue confiando en nosotros, a pesar de habernos creado y haberlo olvidado, a pesar de haber liberado a Israel para que también lo olvidara. Dios es el que ama a pesar de…

Pero Él no deja de dirigirnos la Palabra, aún cuando las tinieblas nos cubren. Y su Palabra es mucho más que una frase bien armada o un discurso para convencernos de algo. Su Palabra es vida y sabiduría, es Espíritu en persona que revitaliza, que nutre, que levanta al caído; es misterio que se encarna, es trascendencia que se hace mortal para hablar lo inefable en términos humanos. En un mundo de palabras vacías, la Palabra de Dios pone su morada entre nosotros para que no nos volvamos sordos a causa del mal uso de nuestra comunicación. Eso es Navidad: un Dios que se comunica al extremo porque quiere comunicar amor de la mejor manera posible. Cuando la Iglesia no se comunica, cuando arma su templo lejos de los diálogos humanos, cuando no busca encarnar el mensaje para que la Palabra pueda decirle a todos que son hijos de Dios, se vuelve contra-creadora. Nuestro Dios no es un Dios callado, mudo, un Dios de monólogos. Todo lo contrario. Nuestro Dios es de evangelización, de comunicación de Buenas Noticias. Los hijos del Padre aman cuando transmiten palabras/Palabra, por lo tanto, aman cuando evangelizan.

Víspera de Navidad – Ciclo C – Mt. 1, 1-25


Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David. David engendró, de la mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Ajín, Ajín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abrahán hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: “Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros”. Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús. (Mt. 1, 1-25)

Las genealogías constituyen un género literario de por sí e, históricamente, han sido el documento de identidad de muchísimas personas en la antigüedad. Mateo comienza su relato, precisamente, con la genealogía de Jesús. En términos culturales, la genealogía es el retrato histórico de la familia, es el relato de los orígenes, es lo que se hereda y, por lo tanto, parte de uno mismo. En términos administrativos, la genealogía era el documento escrito que, depositado en las sinagogas, permitía a los judíos llevar un registro de población y un registro de raza o tribu, que traducido a términos prácticos, significa un registro de pureza. Este sistema se habría implementado con fuerza tras el regreso del destierro en Babilonia y el período de restauración narrado en los libros de Esdras y Nehemías. Allí se conserva un texto clarificador al respecto, en Esd. 2, 59-63, cuando se cuenta cómo algunas familias no pudieron probar que descendían de israelitas sin mezcla con paganos porque sus genealogías no fueron encontradas, y por ello se las excluyó. Para el judaísmo, entonces, la genealogía es la garantía de pertenencia al pueblo elegido, el salvoconducto del favor de Yahvé. Y, por último, como ya dijimos, estamos ante un género literario largamente utilizado en la Biblia (cf. Gen. 4, 18-22; Gen. 5, 6-32; Gen. 10, 1-32; Gen. 46, 8-26; Rut. 4, 18-22; 1Cron. 1 – 9), que podía servir para establecer los orígenes primigenios (desde Adán y Noé, por ejemplo), para establecer los orígenes israelitas (desde Abraham, Isaac y Jacob), para determinar la tribu de pertenencia dentro del mismo Israel (estableciendo quién podía ser sacerdote, por ser de al tribu de Leví, por ejemplo), o para separar entre puros (no mezclados con paganos) e impuros. El género de la genealogía, como todo género, es mensaje desde su forma, más allá de su contenido. Si Mateo comienza con una genealogía es porque quiere dejar algo bien sentado, y porque sus lectores, judeo-cristianos, reconocen que lo primordial del relato será establecer la identidad de Jesús.

El inicio (cf. Mt. 1, 1a) es muy similar, literariamente, a Gen. 2, 4, pero sobre todo, a Gen. 5, 1, que puede traducirse como: “Este es el libro de las descendencias de Adán”. El autor no tiene la intención, como si la tiene de Lucas, de relacionar a Jesús con la imagen del nuevo Adán, o de presentar una perspectiva universalista remontándose al Génesis. La similitud, en realidad, viene a reforzar el género literario. Para descubrir la intención del autor debemos avanzar hasta la segunda parte de Mt. 1, 1, donde ya se nos adelanta qué es lo que se quiere demostrar: Jesús es hijo de David e hijo de Abraham. Asumiendo estas dos ascendencias, se convierte en quien cumple la promesa de Gen. 12, 1-3 hecha a Abrán: “Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”, y quien asume la profecía narrada en 2Sam. 7, 1-16, cuando el profeta Natán asegura a David que su trono será eterno y que su descendencia reinará para siempre. La clave mesiánica judía está allí, en la promesa al gran patriarca que dio inicio a todo y en la profecía sobre el mayor rey de la historia israelita. La esperanza judía se fundamenta allí, y el Mesías no puede ser otro que un judío puro descendiente de la familia de David. Si Mateo, como afirman los biblistas, escribe para una comunidad conformada en grandísima medida por judíos convertidos al cristianismo, resulta lógico que lo principal sea identificar a Jesús como aquel que lleva el judaísmo a su plenitud porque, ciertamente, es el Mesías esperado. El Evangelio según Mateo contiene 130 referencias veterotestamentarias y, de éstas, 43 son citas explícitas del Antiguo Testamento, lo que demuestra su afán por fundamentar en las Escrituras la condición mesiánica de Jesús. El papel de José también se entiende en esta misma línea, pues el ángel que se le aparece en sueños le encarga ponerle el nombre al hijo que espera María. De esta manera, nombrándolo, José lo incorpora a su familia davídica y, legalmente, Jesús es hijo de David.

Como ya dejamos entrever, la genealogía que Lucas (cf. Lc. 3, 23-38) utiliza en su libro es diferente a la de Mateo. Esto nos sirve, no para entrar en discusiones históricas que no llegarán a resolución, sino para recalcar con mayor precisión las intenciones teológicas de ambos autores. Las diferencias responden a dos intenciones diferentes. Mateo abre su Evangelio con la genealogía, antes de narrar la concepción y el nacimiento de Jesús; Lucas la sitúa antes de las tentaciones en el desierto, inmediatamente después de la referencia al bautismo. Mateo parte desde Abraham para llegar a Jesús; Lucas hace el camino inverso, y desde Jesús llegamos a Adán, el hijo de Dios. Mateo utiliza 42 generaciones y las presenta en tres grupos de 14; Lucas utiliza 77 sin especificar agrupaciones. El objetivo mateano es afirmar la identidad israelita davídica, el objetivo lucano es presentar un mesianismo universal. Para oyentes diferentes, las genealogías se hacen diferentes.

¿Quién es Jesús, entonces? ¿Es el Mesías anunciado? La pregunta que Juan el Bautista hace al Maestro a través de sus discípulos es la misma que se hacían muchos judeo-cristianos tras la destrucción del templo de Jerusalén y el retraso en la venida del Resucitado: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt. 11, 3). Mateo quiere disipar las dudas y alentar la esperanza. Jesús es lo mejor de Israel y, por lo tanto, su realización; es hijo de David (cf. Mt. 1, 1), es el rey al que todos los pueblos peregrinan, representados por los magos de Oriente (cf. Mt. 2, 1-12), ha vivido en Egipto y salido de allí como en el éxodo (cf. Mt. 2, 13-15), ha sido tentando en el desierto y superó la tentación, como un Israel fiel a Yahvé (cf. Mt. 4, 1-11). Jesús es el anunciado, el esperado, el Mesías. Pero se trata de un Mesías atípico. En su genealogía hay mujeres (Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María), hay pecado (Betsabé es nombrada como la mujer de Urías, recordando el gran pecado de David narrado en 2Sam. 11, 1-17), hay paganos (Ruth, la moabita). En su historia de nacimiento hay una situación irregular con un embarazo en el que no participa varón. Desde niño es un perseguido político, un exiliado que debe vivir en tierra extranjera por un tiempo. A su regreso a Palestina se vuelve un obrero más, un pequeño punto diminuto en el mapa del Imperio, un don nadie.

Jesús es el Mesías, es el hijo de Abraham y de David legítimamente, pero su lugar está con los ilegítimos. Su genealogía es un repudio a los manejos descriptos en Esdras y Nehemías, cuando sucede la restauración y las ascendencias sirven para separar. La genealogía de Jesús viene a unir, porque el mesianismo se desarrolla desde la inclusión, no desde la disociación. Cuando la religión pretende salvar desde las purezas, sean raciales o religiosas, se queda corta. La salvación se hace asumiendo las impurezas, que más que corrupciones son diferencias. Mejor dicho, la salvación se hace efectiva cuando lo diferente es integrado. Jesús es el Mesías judío, hijo de judíos, de la casa del mayor rey de Israel, y sin embargo es descendiente también de paganos, y José no está ni remotamente cerca de hacerlo príncipe en Belén ni en Nazareth.

Si los evangelizadores se presentan con sus credenciales de estudios académicos en teología, o sacan a relucir el hábito de su congregación, o se precian de cartas de recomendación, ingresan a los pueblos desde el mesianismo político, el mesianismo del poder. Prosiguen un modelo de imposición que, a la larga, es hegemonía. Las genealogías buscaban delimitar la raza, unificar los criterios de salvación. No podemos excluir desde un pasado que, supuestamente, nos avalaría la pureza. ¿Qué pasado está intacto? ¿Qué raíces pueden verse libres del pecado? Si no aprendemos a hundir las raíces en lo más íntimo de las historias, no podremos incluir. Mirar hacia atrás en totalidad, sin hacer vista gorda, es mirarse incluido en un devenir humano que es proyecto salvífico. Dios ha querido darnos un origen; Él es nuestro origen; en Él nadie queda fuera, porque de Él proviene la identidad de cada uno. Estamos incluidos en Dios, ya hemos sido asumidos, no tenemos que esperar a otro.