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Un niño tan pequeño en un templo tan grande / Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo B – Lc. 2, 22-40/ 30.12.11

22 Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. 24 También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él 26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. 27 Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, 28 Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: 29 “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, 30 porque mis ojos han visto la salvación 31 que preparaste delante de todos los pueblos: 32 luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. 33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. 34 Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, 35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

36 Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. 37 Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. 38 Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

39 Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. 40 El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él. (Lc. 2, 22-40)

La familia en el Templo

Pareciese que Lucas mezcla dos ritos, dos ceremonias distintas en el inicio de la lectura que la liturgia católica selecciona para la fiesta de la Sagrada Familia. Según el libro del Levítico, cuarenta días después del parto de un varón, la mujer debe presentarse ante el sacerdote llevando un cordero de un año y un pichón de paloma (cf. Lev. 12, 6). Si se trata de una familia que no puede adquirir un cordero por cuestiones económicas, tomará dos pichones (cf. Lev. 12, 8). De esta forma, la reciente madre queda purificada de su pérdida de sangre propia del parto. Este tiempo de cuarenta días aplicable al nacimiento de un varón, se duplica si la nacida es una niña, por lo que la madre debe presentarse recién a los ochenta días de ocurrido el parto. A la par, existía el rito de rescate del primogénito, de la tradición del Pentateuco, según la cual todo primogénito israelita pertenece a Yahvé (cf. Ex. 13, 2), en forma de tributo a los primogénitos egipcios muertos para lograr el éxodo y como reserva de las primicias (lo mejor) para Dios. Esta consagración de los primogénitos, en la práctica, sería tomada por los hijos de la tribu de Leví (los levitas), de manera que el resto de las tribus quedarían exentas. Esta exención se manifestaba ritualmente con un rescate cultual, equivalente a cinco siclos (cf. Num. 3, 46-47; Num. 18, 16) que el padre pagaba en el Templo en un período comprendido durante los primeros treinta días del nacimiento.

Las diferencias entre ambos rituales tienen que ver con el tiempo de cumplimiento, con el agente activo (mujer madre en la purificación y varón padre en el rescate) y con el sentido profundo de los mismos. Sin embargo, Lucas los mezcla libremente, entendiendo que a Jesús se aplica la purificación exigida por la Ley de Moisés, y la condición de primogénito que, rescatado, rescata. Este tema del rescate será retomado más adelante por la profetisa Ana. Pero quizás, lo interesante, sea la presencia de Jesús (y familia) en el Templo. Esta visita inicial, visita de purificación (el Hijo de Dios va al templo a purificarse) y rescate (José rescatará a su primogénito), es paradójica para quien conoce el desenlace de los hechos; será Jesús quien, finalmente, purifique y rescate. El Templo de Jerusalén lo recibe y lo acoge en el marco de la Ley, pero quien viene es la superación de la Ley. La Ley estipula normas para insertarse en la sociedad judía, pero el que viene extenderá esas normas, abriendo los límites impuestos. Le Ley afirma que algunos se vuelven impuros y deben acceder a un rito que los libere de esa impureza, pero el que viene tiene otra noción de pureza/impureza. Jesús va al Templo y cumple, como buen judío, las prescripciones, pero eso no determinará que el Templo lo absorba en su adultez.

Simeón en el Templo

La figura de Simeón es la del justo y piadoso; dos atributos clásicos de la imagen ideal del judío. Por lo tanto, Simeón representa el pueblo israelita que sigue con confianza los preceptos de Yahvé, su Dios, y espera en él. Este pueblo se siente inspirado por el Espíritu Santo cuando se encuentra con Jesús, porque allí se resumen sus anhelos y esperanzas.

El vocabulario que utilizan las frases de Simeón son conceptos del libro de Isaías, específicamente del Segundo Isaías (cf. Is. 40-55). Las ideas de una salvación proveniente de Dios, de luz para las naciones, de la gloria de Israel, son expresiones de una esperanza escatológica que se consumará en un siervo (cf. cánticos del Siervo). Dios es presentado, en estos capítulos que pertenecen a un segundo Isaías, insistentemente como goel de Israel (cf. Is. 41, 14; Is. 43, 14; Is. 44, 6.24; Is. 47, 4; Is. 48, 17; Is. 49, 7.26; Is. 54, 5.8), nuevamente refiriéndose a la idea de rescate que retomará la profetisa Ana. Y también es Isaías quien avizora un futuro más universal del judaísmo, no tan restringido a una etnia. Esta es la novedad del justo y piadoso Simeón, judío que puede ver (asistido por el Espíritu divino) un futuro abierto, universal, donde las naciones participan de la luz del Mesías. Este es el sentido pleno de las esperanzas escatológicas de Israel: una salvación que trasciende al mismo pueblo para abrazar a la humanidad. Simeón, judío piadoso y justo, desde el Templo de Jerusalén, centro de Israel, visiona una inclusión pagana que transforma el centro templario en un centro universal. Desde el mismísimo Templo, Simeón puede considerarlo obsoleto en su pretensión monolítica. Con la llegada del Mesías esperado, es el tiempo de la expansión, de la transformación de los centros. Ahora el centro es el ser humano pleno en Jesús.

Ana en el Templo

Junto a la declaración de Simeón está la de Ana, la profetisa. Un varón y una mujer, como gusta escribir Lucas. Dos testigos de la llegada de Jesús niño al Templo, como bien lo exige la Ley de Moisés. Estos dos testigos, a su manera, proclaman el futuro del niño que es el futuro de la humanidad, y a la vez, el futuro del Templo de Jerusalén y todo lo que significa. Simeón, según el dato de la posible cercanía de su muerte, puede considerarse un hombre mayor. También lo es Ana. Su edad es algo extraordinario para la época. Y su forma de vida recuerda mucho al ideal de la viuda cristiana proclamado por 1Tim. 5, 5ss. Como anciana, recibe la novedad del niño. Es una profeta, una de las últimas del orden viejo de las cosas. Su profecía está relacionada con el orden nuevo que inaugurará el Mesías. Parece, como también gusta a Lucas, un encuentro entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (al estilo de Isabel y María, del Bautista y Jesús). Ha llegado el momento de la plenificación. Una planificación que es rescate, porque probablemente, la mejor interpretación para lo que habla Ana sea rescate antes que redención. Como veníamos intuyendo, Ana profetiza sobre el regreso de la figura del goel, que (a pesar de que la mayoría de las traducciones al español lo denominen redentor) es el rescatador, el pariente cercano con la obligación y el derecho, según la ley israelita, de rescatar a su familiar caído en desgracia económica. Para evitar que un israelita se convierta en esclavo a causa de su endeudamiento, el familiar más cercano podía salvarlo asumiendo él la deuda y rescatándolo. De la misma manera, para Isaías por ejemplo, Yahvé es el rescatador de todo Israel, que no lo dejará caer en la esclavitud y la miseria.

Eso es Jesús para Ana: el rescate. Eso es Jesús para Simeón y para el Templo. Eso es Jesús para la humanidad. Ha llegado el que nos rescata, el que nos quita las deudas que nos oprimen, el que nos saca de las miserias, el cercano que se acuerda de nosotros y no nos abandona. Allí está la gran paradoja de Jesús niño en el Templo majestuoso, y en las declaraciones que se suceden dentro del santuario. En medio de la inmensidad de un monumento al Dios guerrero, majestuoso, gigantesco, lejano, accesible por medio de rituales, centrado en una etnia; se opone la esperanza del Dios cercano, infante, que es rescatador antes que guerrero, accesible en la sonrisa de un niño, universal. Un Dios que puede transformar el Templo. Un Dios que puede, aún hoy, transformar nuestros templos.

Cuestión de reyes / Fiesta de la Epifanía – Ciclo A – Mt. 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. “En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”. Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”.

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino. (Mt. 2, 1-12)

Como ya mencionamos en otro comentario, los primeros capítulos del Evangelio según Mateo están relatados de manera midrásica, o sea, son una relectura del Antiguo Testamento que actualiza la historia de la salvación en la persona de Jesucristo. En el caso particular de hoy, fiesta de la epifanía, mal llamada fiesta de reyes, la infancia de Jesús se proyecta narrativamente. Vamos a dejar de lado las discusiones eternas sobre la veracidad histórica de los hechos, sobre la cantidad de magos, sobre el fenómeno astrológico de la estrella. Son todas cuestiones que, probablemente, no estaban en la mente de Mateo a la hora de redactar. Literariamente, el texto encuentra dificultades, como la idea de que toda Jerusalén está consternada, cuando los magos sólo fueron al palacio de Herodes, o los sumos sacerdotes y escribas en relación íntima con Herodes, siendo que la reciprocidad no era la mejor entre estas personas, o Herodes confiando en los magos para que vayan hasta Belén y vuelvan con la información. Estas supuestas dificultades, en realidad, son recursos del autor para dejar asentado el mensaje que quiere transmitir. ¿Por qué, sino, Herodes sería tan protagonista? A Jesús se lo sobreentiende en la escena, se lo menciona entre telones, pero resulta ser Herodes quien lleva la voz cantante, al palacio donde llegan los magos, el que reúne a los sumos sacerdotes y escribas, y el que los envía a Belén a los visitantes extranjeros. Irónicamente, es el rey falso el que conduce a las naciones (magos de Oriente) hacia el rey verdadero.

Esta perícopa trata una cuestión de reyes. Son Herodes y Jesús enfrentados, desde sus contextos disímiles y su mensaje opuesto. Herodes, el rey, que posee el poder para buscar y encontrar, finalmente no encuentra a Jesús, aunque sí lo hacen los magos. Herodes propone una falsa adoración, porque quiere saber dónde esta el niño para matarlo, no para rendirle honores; a la par, los magos llegan gracias a la estrella y adoran. Herodes odia al niño, pues es su contrincante, a diferencia de José, María y los magos que lo protegen/acogen. Herodes vive en Jerusalén, rodeado de la opulencia, de los palaciegos, imponiéndose con la violencia, asesinando al que piensa distinto, al que surge como amenaza, al que ilumina al pueblo (Juan Bautista). Jesús nace en Belén, un pobladito, una aldea, sin dinero, sin desfile de plebeyos, con un mensaje que es Buena Noticia de liberación, como luz para los pueblos. En estas oposiciones queda más claro el sentido midrásico del nacimiento en Belén. Hoy por hoy, la mayoría de los estudiosos están de acuerdo en que Jesús nació en Nazareth y pasó la gran parte de su vida allí. El nacimiento en Belén, entonces, es una construcción teológica para remarcar el origen davídico del Maestro, debido a la profecía que Mateo bien utiliza en la perícopa de hoy y que pertenece a Miq. 5, 1: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial”; con un modificado de 2Sam. 5, 2b: “Y el Señor te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel”. De Belén sale el Mesías porque es rey como David. La tradición cristiana primitiva asoció rápidamente a Jesús con Belén porque, desde un principio, lo entendió como descendiente de la casa davídica.

La realeza del Mesías es un tema muy importante para el judaísmo, y tuvo que serlo para los primeros cristianos que surgieron del judaísmo. La gran cuestión teológica fue reinterpretar ese status de rey en un Jesús de Nazareth, artesano, profeta de los caminos, enemigo del Templo de Jerusalén, crucificado por los romanos. La biografía de Jesús no es, ciertamente, lo que uno esperaría de un rey. En esa línea reinterpretativa está la tradición del nacimiento en Belén. Son las credenciales para autorizar el mesianismo de Jesús, que a primera mirada, desconcierta. Un modelo de rey esperable sería Herodes: dramático, con poder terrenal, con una corte y palacios, violento, sentado en mesas abundantes. El modelo jesuánico, en cambio, es desconcertante. Prefiere la casa antes que el palacio, a una muchacha y un artesano antes que una corona, a los extranjeros antes que los nobles aduladores.

Los magos son capaces de reconocer a un rey así. Los ha ayudado una estrella, ciertamente, que es el signo de las realezas. Ya en la antigüedad de Israel, precisamente un mago, Balaán, había anunciado: “Surgirá estrella de Jacob, y de Israel se levantará un cetro” (Nm. 24, 17). Aquí van asociadas ambas ideas, la del rey y de la estrella. Para el Oriente no era extraña la leyenda de los astros que, alineándose, enviaban una señal distinguible cuando nacían los grandes hombres, sobre todo, cuando nacían los reyes. Eso se había dicho, por ejemplo, de Alejandro Magno, y los hebreos poseían una tradición similar sobre Abraham en el Midrash Sefer ha-Yashar, que contaba cómo un astro se levantaba del cielo anunciando el nacimiento del niño Abraham que tomaría posesión del mundo entero. Y en esto de magos y estrellas, son Plinio y Suetonio quienes cuentan que, aproximadamente en el año 66 d.C., algunos magos de Persia fueron a visitar a Nerón para honrarlo. Todos estos datos son suficientes para dejar asentado que la intención del autor es asegurar la realeza de Jesús, que se manifiesta y se reconoce, en un primer momento, con los mismos signos de realeza del mundo antiguo, como las estrellas y los magos, pero que en un segundo momento, analizando más detalladamente, se pueden encontrar las grandes diferencias entre la manera de reinar del mundo y la manera de reinar de Jesús. Mateo tendrá todo el Evangelio para desarrollar la narración, para demostrar qué tipo de rey es Jesús. Por lo pronto, en la fiesta de la epifanía, fiesta de la revelación, nos queda la certeza de que el Reino de Dios comienza en el símbolo de Belén, con una madre reina que apenas si llegará a los quince años, con un padre artesano que subsiste gracias al trabajo de sus manos y con unos extranjeros que se han animado a seguir su estrella. En ese ambiente se encuentra el Rey de Reyes.