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Los bastardos no tienen sabiduría / Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B – Mc. 6, 1-6 / 08.07.12

1 Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.

2 Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? 3 ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”.

Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.

4 Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. 6 Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente. (Mc. 6, 1-6)

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Jesús se dirige a un lugar que el texto original en griego denomina patris. El término (patria), así aislado, significa tierra del padre. Una posible interpretación podría ser que Jesús vuelve a la tierra de su padre. Esto es interesante porque descubriremos, más adelante, que una de las cuestiones de esta escena es la posible falta de padre de Jesús, o al menos, su condición de bastardo (real o simbólica). No puede volver a la tierra de su padre quien no tiene padre. No tienen patria los bastardos. Este nivel interpretativo es muy fuerte. Será la piedra de tropieza de la escena, el vórtice del escándalo en la sinagoga.

Si quisiésemos ser específicos en la locación geográfica de la escena, tendríamos que suponer que la patria de Jesús es Nazaret, asumiendo que patris es una referencia a la ciudad natal. Pero en contra de ello, Marcos no nos dice el lugar con claridad. Para el autor, Jesús va a su patria, y si bien puede tratarse de la ciudad natal, también se traduce patris como país natal. O sea que puede ser tanto Nazaret, como Galilea, como toda la Palestina. ¿Y esto por qué? Porque la escena enfrenta otro nivel simbólico: esta es la última vez que Jesús ingresa a una sinagoga en su ministerio palestino. Aquí se producirá la ruptura definitiva entre el sistema sinagogal y el Evangelio del Reino. No son compatibles. Jesús no es el escándalo, solamente, de la sinagoga de Nazaret, sino de todas las sinagogas de Galilea y de todas aquellas que defienden un modelo religioso basado en el rigorismo de la ley y en la segregación de supuestos santos y pecadores.

La excomunión no puede ser perdida de vista. Hay una ruptura tal, que los próximos eventos del libro se desarrollarán casi disparados por la ruptura. La excursión que hará Jesús por territorio pagano y su visión del Reino expresada en las multiplicaciones de los panes remarcarán que el judío Jesús ya no se esmera unívocamente en renovar el judaísmo en curso, sino que pretende transformarlo de raíz, estableciendo comunidades de vida nueva. Por supuesto, el acto final (subir a Jerusalén) será un intento monumental de renovación de la sede del judaísmo, pero la interpretación (a pesar de la muerte) está abierta a nuevas visiones (seguir celebrando la Eucaristía en memoria y sacramento, derramar la sangre por otros, la resurrección). Esta excomunión que podría ser el final de las utopías de Jesús, en realidad es el puntapié para proyectarse con nuevo y mayor dinamismo.

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Repitiendo un esquema ya conocido, Marcos sitúa la escena un día sábado en una sinagoga. Jesús enseña, o sea que ha sido llamado por la dirección del culto para comentar las Escrituras. Las dos escenas anteriores dentro de una sinagoga (cf. Mc. 1, 21-28; 3, 1-6) son similares a esta: Jesús ingresa, se produce un hecho conflictivo (un exorcismo, una curación, una presencia con elocuencia), la gente reacciona. La sinagoga pierde su devenir clásico de cualquier sábado y aparece confrontada en su médula. Jesús, con sus acciones, cuestiona la manera de ser sinagogal.

Esto se manifiesta en la reacción de los presentes, que no pueden explicarse esta enseñanza novedosa de Jesús. Algo les está diciendo (no sabemos qué), no escuchado antes, o no asimilado. La gente califica la cualidad de Jesús como sabiduría. Esta es la única vez que todo el Evangelio según Marcos utiliza la palabra. El autor no es tan partidario de identificar la Buena Noticia como un mensaje de sabiduría, sino más bien como la Palabra, así sin más. Sabiduría es, en la tradición veterotestamentaria, otra manera de designar a la Palabra de Dios. La sabiduría vive con Yahvé y es capaz de crear; los hombres sabios del Antiguo Testamento son los que reciben la sabiduría como don de Dios y son capaces de enseñar a otros una forma de vivir sabia, una forma de vivir que consiste en disfrutar la vida según Dios. En este sentido, la sabiduría de Jesús también está orientada a enseñar una manera de vivir que es plenitud en Dios. La sabiduría no es para los catedráticos en sus púlpitos, sino para aprender a vivir mejor, vivir en Dios, vivir con Dios.

Si bien la sabiduría proviene de Yahvé, que la otorga como don, la gente de la sinagoga se pregunta de dónde la ha sacado verdaderamente. El problema está en el origen de la sabiduría y no en el contenido de la misma. A pesar del mensaje, los asistentes al culto parecen más preocupados por determinar la trampa en Jesús, que en escucharlo. Esto revela dónde está puesto el énfasis de la escena: la autoridad. Marcos quiere contarnos cómo se intenta descalificar a Jesús desde sus orígenes, haciéndolo un paisano que, por su condición de paisano, no puede enseñar nada. Como el Evangelio es sólido y difícil de atacar, se ha optado por atacar la condición del mensajero, aunque eso signifique denigrarlo.

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El primer aspecto del ataque consiste en la profesión de Jesús. En griego, se lo denomina tekton. Acostumbrados a la tradición piadosa, se lo suele traducir como carpintero, pero no sería esta la traducción más acertada. El tekton es el obrero manual; el que con sus manos modela la madera o la piedra para crear objetos o utensilios de la casa y del campo. Es una especie de obrero de la construcción, aunque sin identificarse plenamente con el albañil. En un lugar como la provincia de Galilea, o más precisamente en Nazaret, donde las grandes construcciones no abundan, gran parte del empleo de los tektones estaba en el campo, haciendo y reparando arados y yugos. Uno de los cuestionamientos, entonces, es cómo puede tener sabiduría un trabajador campesino.

El segundo aspecto es denominarlo hijo de María. La tradición israelita es nombrar al hijo según su padre. Los varones son hijos de varones. La mujer, en el entendimiento palestino de hace dos mil años, son sólo receptáculos de la simiente de vida que deposita el varón. El varón transmite la vida en su líquido seminal; la mujer la lleva nueve meses, pero no es la transmisora de la vida. Por eso a los hijos se los denomina según su padre, su engendrador. Cuando a alguien se lo denomina por el nombre de su madre, entonces es un sin-padre, porque no se lo conoce. Es un bastardo. Para el judaísmo, una persona sin padre es una persona sin pasado y, por lo tanto, sin futuro, un desterrado de la vida y de la historia, alguien sin raíces que no puede aspirar a ningún porvenir provechoso, ya que hacia atrás nada lo sostiene. Si es bastardo, entonces no puede tener la sabiduría de Yahvé.

Respecto a la interpretación de este hijo de María, las opiniones son disímiles. Algunos exegetas sostienen que Marcos está expresando la fe ya existente en la concepción virginal de María. Lo que la gente dice sobre la inexistencia del padre es lo que la fe conoce como la paternidad divina. La opinión es válida, pero difícil de sostener en un Evangelio que no ha relatado la infancia ni el nacimiento de Jesús. Además de que la expresión hijo de María está dicha por opositores, y no por seguidores ni discípulos. Otros comentaristas son partidarios de la opinión de que la gente sabe que José es el padre de Jesús, pero lo denominan así para insultarlo. También es una posibilidad válida, enmarcada en las expresiones de ataque hacia Jesús. Una tercera opción es entender que lo que la gente ha sacado a relucir es una duda que los habitantes de Nazaret tenían: había algo extraño en los orígenes de ese hombre. Es la teoría de la irregularidad del nacimiento de Jesús. Algo extraño ha pasado (puede ser algo extraño y maravilloso como la concepción virginal o algo extraño y siniestro como una violación), y Jesús ha venido al mundo. No sabemos qué (no sabemos si maravilloso o siniestro), pero los orígenes se encuentran sombríos, raros, difíciles de explicar. Marcos no abunda en detalles. El coro de asistentes a la sinagoga tampoco. Algunas corrientes del cristianismo (Mateo y Lucas) se han inclinado a lo maravilloso de la concepción virginal. En Marcos hay silencio.

Junto a María están los hermanos de Jesús. Otro rompedero de cabezas para las tradiciones católicas y protestantes. El término griego detrás de hermanos es adelphos. Sí es cierto que con ese vocablo se pueden designar a los hermanos de sangre y a los parientes de la familia extensa (primos, por ejemplo), pero la gran mayoría de su uso es para los hermanos de sangre. Sabemos que el modelo familiar palestino era un modelo de familia extensa, donde había muchos hermanos y muchos primos conviviendo en el mismo hogar. Jesús, seguramente, no escapó a esta realidad. Su familia era una familia numerosa, con primos y hermanos. Aquí se nombran cuatro hermanos y, en número indefinido, las hermanas. La intención, dentro de la escena, es remarcar que se trata de un vecino más, un paisano más de Nazaret. Si sus hermanos y hermanas siguen en Nazaret, viviendo una vida normal, por qué este hombre habría de ser distinto y tener la sabiduría de Dios. Sobre la posibilidad histórica de que María tuviese otros hijos, baste decir que existe como tal, como posibilidad histórica, y que para el Evangelio según Marcos (olvidemos por un momento los otros tres Evangelios y la tradición posterior) la posibilidad es casi un hecho.

Finalmente, llegamos al centro de la escena. Jesús es un motivo de escándalo, una piedra de tropiezo para los asistentes a la sinagoga. Si estructuramos la perícopa de manera concéntrica, podemos hallar una organización que esquematizamos así: Jesús llega (Mc. 6, 1-2a) / La multitud se queda atónita (Mc. 6, 2b) / Ataque de la gente (Mc. 6, 3a) / Escándalo (Mc. 6, 3b) / Ataque de Jesús (Mc. 6, 4) / Jesús queda atónito (Mc. 6, 5-6a) / Jesús se va (Mc. 6, 6b). Los extremos de la escena se corresponden y, en el centro, está el tema del escándalo. Skandalon en griego es un lazo o una piedra que se pone en el camino como trampa para hacer caer. Metafóricamente, Jesús es ese skandalon, esa piedra que hace tropezar, porque los asistentes a la sinagoga no se animan a asumir su Evangelio. Están perdidos tratando de desacreditarlo por ser paisano, tekton, de origen dudoso. No importa lo que dice, pues Dios jamás le revelaría tamaña sabiduría a este nazareno.

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Jesús dirá, en esta oportunidad, una frase que quedará marcada en el imaginario posterior. Algunos exegetas creen que el origen de la escena construida por Marcos está en esta frase, existente desde el principio, y que lo demás es una creación narrativa para darle contexto. El dicho del profeta despreciado sería un aliciente para los misioneros cristianos que no encuentran aceptación, que son rechazados entre los mismos judíos a quienes les predican. Si Jesús corrió la misma suerte, no habría por qué esperar un trato diferente.

El dicho dice que un profeta es despreciado en su patria (patris), entre sus parientes (sungenis) y en su casa (oikia). El desprecio de la patria hace el contrapunto con el inicio de la escena, donde Jesús vuelve a su patria. El desprecio de los parientes recuerda Mc. 3, 21.31, donde madre y hermanos (aquí también se han mencionado madre y hermanos) lo consideran un insano mental. Por último, el desprecio de la propia casa es también referencia a la familia, pero en el contexto de Marcos, donde la casa es el símbolo de la Iglesia, el dicho cobra sentido futuro. Es el mismo cristianismo originado en Jesús el que, a veces, lo rechaza. Los cristianos, en múltiples oportunidades, se comportan como la gente de la sinagoga, como los compatriotas nazarenos y como la madre y los hermanos de Jesús. Es una advertencia para revisar el discipulado.

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Jesús no pudo hacer la cantidad de milagros que venía realizando en otros lugares. La falta de fe lo ha limitado. Esta descripción es arriesgada por parte del autor. Parece afirmar que el poder de Jesús tiene un límite. Ha curado algunos, pero nada más. Quizás, el texto original de este versículo culminaba en la afirmación de que no pudo hacer ningún milagro, y la segunda parte sobre algunas curaciones (que parece contradecir lo dicho previamente) sea un añadido posterior para suavizar el fracaso taumatúrgico.

En el fondo, la reflexión es sobre la fe. El milagro de Dios se manifiesta cuando una actitud creyente lo asume y lo interpreta. Para algunos, las cosas simples son milagros, y otros no ven nada sobrenatural en lo mismo. La fe es otra perspectiva que apunta a lo trascendente. La vida puede ser un encadenamiento de días sin sentido, o puede ser un don maravilloso, lleno de potencialidades. Jesús puede ser un artesano manual de Nazaret y nada más, o puede ser la Palabra definitiva de Yahvé. Mediante la fe, la mirada se convierte. Por eso Jesús está limitado, no en cuanto su poder disminuya, sino porque es un poder que puede o no ser descubierto por el ser humano que lo experimenta.

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Jesús se asombra de su patria. No saben reconocer las cosas de Dios. Están más concentrados en la posición social que en el Evangelio. Son personas privadas de fe (apistia: a es el privativo y pistis es fe), que significa estar privado de mirada trascendente. Tienen una fe religiosa que los lleva los sábados a la sinagoga, pero no es una fe que supere el rigorismo religioso y transforme la vida. Esa es la verdadera fe del Reino que pretende Jesús. El Reino es distinto a la/s religión/es por esa razón que excede lo cultual y la ley. El Reino tiene que ver con la vida, no con un momento particular ni con una práctica cultural. La fe religiosa suele estar concentrada en eso: un momento de culto, unas prescripciones, un cumplimiento. La fe del Reino es una forma de vida, una actitud frente a la vida.

Jesús no volverá a entrar a una sinagoga. El Reino y la sinagoga no parecen compatibles. Seguirá recorriendo las aldeas y pueblos predicando la Buena Noticia, generando un movimiento, despertando esa mirada trascendente que convierte la existencia propia y la existencia del prójimo.

De la muerte a la vida / Domingo de Pascua – Ciclo B – Mc. 16, 1-8 / 08.04.12

1 Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús.

2 A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro. 3 Y decían entre ellas: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”. 4 Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande. 5 Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, 6 pero él les dijo: “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. 7 Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho”.

8 Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo. (Mc. 16, 1-8)

1

Ya ha pasado el sábado. Esto significa que ha quedado atrás un estandarte del judaísmo, una institución simbólica de la alianza israelita. El sábado pasado es el sábado superado. Como ya no cuentan las prescripciones propias de este día, que indican reducir los trabajos al mínimo y caminar sólo una cantidad de metros preestablecida, las mujeres pueden salir a comprar perfumes para la unción del cadáver. Poco sabemos si existía una prohibición expresa, o no, para comprar perfumes en sábado. Sí entendemos que Marcos prefiere dejar pasar el tiempo teológico. En sábado estamos bajo el dominio del Templo de Jerusalén y de las sinagogas de Palestina. Estos son los poderes opuestos al Evangelio del Reino de Jesús. El sábado ha ido evolucionando hacia una maquinaria opresiva para el ser humano, en lugar de significar la liberación de las esclavitudes del trabajo, el cansancio y el sufrimiento. El sábado no es tanto representación del judaísmo como de la perversión religiosa, que termina oponiéndose al ser humano, en lugar de ayudarlo.

Por eso hay que esperar a que pase el sábado. Vamos a entrar al dominio de Dios, al espacio del Evangelio, al tiempo del Reino. Aquí ya no reina el sábado pervertido, sino el domingo de resurrección. Tres mujeres son las que se animan a acercarse al sepulcro, trofeo de la muerte. Ni uno de los discípulos varones ha quedado en pie, firme hasta el final. Son estas tres mujeres, las mismas de Mc. 15, 40.47, las que han permanecido. Han mirado la cruz de cerca y han mirado la sepultura de cerca. Ahora les toca, por su fidelidad, por permanecer en el momento duro del martirio, mirar cara a cara la tumba vacía. Son mujeres galileas que han subido a Jerusalén con Jesús como discípulas (cf. Mc. 15, 41). Por su perseverancia en el camino del discipulado, se ven recompensadas con el testimonio de la muerte vencida. Por hacerle frente a la muerte, pueden hacerle frente a la vida nueva. Sin embargo, no son ellas mismas las que entienden por completo que se encontrarán con vida, en lugar de muerte. Su misión, en esa madrugada, parece ser la de ungir un cadáver, no ir a esperar la resurrección. Siguen pensando en la clave hermenéutica de la muerte.

La unción que quieren realizar está conectada con la unción en la casa de Betania (cf. Mc. 14, 3). Aquí nos da el autor del Evangelio una pista para relacionar aquellos acontecimientos de apertura a la pasión con estos que son la finalización de la misma. Las coincidencias están, en primer lugar, en las mujeres. Son ellas y no los varones las que ungen a su Maestro derramando vida cuando reina la muerte. Son las que están más cercanas a entender, con sus gestos, la verdadera dimensión de Jesús, de su camino y de su cruz. Raramente los judíos ungían cadáveres, y más raramente lo hacían con mezcla de aromas, excepto que se tratase de un rey (cf. 2Cron. 16, 14). Esto nos revela que las mujeres, en cierto sentido, reconocen una especie de reinado de Jesús. Quieren darle los honores correspondientes. Aquella mujer de Betania lo hace en el contexto de una comida del Reino, un banquete de iguales, con el recordatorio de los pobres y de la misión que se le encarga a la Iglesia. Estas mujeres del sepulcro lo hacen en el contexto de la vida ya entregada por el Reino, con el pan ya partido, y posteriormente, también en la línea de la misión eclesial.

El otro juego hermenéutico está en la clave de lectura muerte-vida. La mujer de Betania unge a un vivo para la muerte, según la interpretación del mismo Jesús. Estas mujeres quieren ungir a un muerto, y resultará que está vivo. Esta bisagra del morir y del vivir destruye concepciones religiosas y humanas que entienden la muerte como final definitivo, como último paso. Hay una conexión mayor, un continuo de vivir-morir-vivir. Y aún sin importar el orden, la clave real de lectura es que la vida supera a la muerte en el plan del Reino de Dios, inclusive si hubiese que pasar por la muerte primero. Este es un llamado de atención para el martirio, para los mártires de la comunidad de Marcos. No se debe morir creyendo que todo acaba, ni tampoco creer que la muerte sea la solución para pasar inmediatamente a la otra vida. Este continuo de vida-muerte-vida es un continuo con significado profundo en cada de una de sus partes. Es significativa la vida regalada como don, y debe vivirse como tal; es significativa la muerte, dolorosa e inescrutable, pero que no podemos evadir y nos obliga a afrontarla; es significativa la vida nueva, definitiva, plena. Hay un sentido profundo en cada etapa que no podemos interpretar por separado. La existencia involucra la vida en esta tierra, la muerte y la continuación de la vida en plenitud. Es un todo. Los mártires verdaderos no piensan sólo en la vida después de la muerte, como premio o recompensa, sino que han entendido su existencia completa como un martirio, como un camino de testimonio del Reino de Dios, y han vivido su vida plenamente, han muerto firmes en su convicción, y resucitan en plenitud.

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Las referencias temporales de este versículo encierran un dualismo de luz y tinieblas. Muy de madrugada es un artificio literario para designar el amanecer, cuando se asoman los primeros rayos de sol que espantan la noche oscura. Las mujeres van al sepulcro y se encontrarán con una noticia luminosa que destruirá las tinieblas de la muerte. La luz se impone en el sepulcro, supuestamente cerrado y oscuro.

Además, es el primer día de la semana, marcando así, aparte del domingo como día de celebración cristiana, las primicias. Lo primero es lo de Dios o lo que se reserva a Dios: las primicias de las cosechas, los primogénitos del ganado, los primogénitos de los humanos. Lo que viene o llega primero tiene la impronta de lo novedoso, y por lo tanto, la impronta divina. Así es que la resurrección, vida nueva, tiene lugar el primer día, que no sólo es el primer día semanal, sino el primer día del final de los tiempos, el primer día del universo renovado, el primer día de la nueva historia.

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Al parecer, en el apuro y la angustia por ir a embalsamar el cuerpo, no pensaron en las contingencias, o no consiguieron que ningún varón las acompañe. Lo cierto es que la piedra era muy grande, ya que los sepulcros estaban excavados en rocas. Ellas están preocupadas por la imposibilidad de correrla con sus fuerzas. Más que el contraste sobre la piedra, lo que hay detrás, para los oyentes/lectores de Marcos, es una discusión sobre la resurrección, de la cual la piedra corrida será símbolo.

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Al llegar, descubren que la piedra está retirada, ya movida. Aquello que se preguntaban en el camino y que veían como algo inverosímil, ya está hecho realidad de antemano. Lo que el ser humano no puede hacer, Dios lo hace. Las mujeres (y los cristianos de la comunidad de Marcos) podrían preguntarse, en realidad, quién resucitaría a Jesús, según lo que Él había profetizado sobre sí mismo; al llegar a la tumba, encuentran que Dios ya lo ha resucitado, respondiendo a su inquietud. La piedra muy grande es un obstáculo insalvable para las mujeres, pero la fuerza que viene de lo alto no ve en la piedra un impedimento, sino la vía de realización de la pascua.

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El sepulcro está vacío de Jesús. Quizás, la secuencia lógica o esperable al ingreso de las mujeres a la tumba hubiese sido el encuentro con un Resucitado glorioso, vital, visible. Pero no. Hay allí un joven. Cualquier esfuerzo de exégesis por identificar en este joven a Jesús resucitado es insostenible. No se trata de Jesús. El joven es otro ser u otro símbolo, relacionado a la pascua y a la resurrección, por supuesto, pero no se trata de una imagen específica del Resucitado. Tres características lo describen: es joven, está sentado a la derecha y viste de blanco.

Su juventud, en término griego: neaniskos, se puede relacionar con el joven (también denominado neaniskos) que huye desnudo de Getsemaní la noche del prendimiento (cf. Mc. 14, 51-52). Esto no quiere decir que se trate de la misma persona o del mismo ser, sino que hay una vinculación desde lo simbólico. El prendimiento que terminará en la cruz se relaciona a la tumba vacía; la huida de todos los varones es el contrapunto de la permanencia de las mujeres en la hora de la muerte; la desnudez/vergüenza del joven que huye es repuesta con el vestido/gracia de la resurrección; el signo del abandono que representa el joven de Getsemaní es lo opuesto al signo de la presencia divina en el sepulcro vacío. Ambos jóvenes son personajes misteriosos, pero fácilmente se pueden asociar a lo que sucede alrededor.

La denominación joven no es extraña para referirse a ángeles, a enviados de la divinidad (cf. 2Mac. 3, 26.33). Esto se correlaciona con la ubicación a la derecha, sentado, recordando la posición del Hijo del Hombre cuando vendrá en su gloria, según palabras de Jesús en Mc. 14, 62. Y la túnica blanca también es propia de los seres que se encuentran en la esfera de lo divino, en un contacto íntimo con Dios. De esta manera, el joven de la tumba vacía queda sobreentendido como una visión de un aspecto de Dios: en este caso, de la resurrección obrada por Dios. La tumba está vacía, pero hay señales de lo divino, de algo que ocurrió por la mano de Yahvé. Es difícil de explicar lo que sucedió verdaderamente, pero sin dudas hay rastros de lo celestial. Por eso las mujeres quedan asombradas y sorprendidas.

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Las palabras del joven son el centro de toda la escena. Y podrían ser el centro de la experiencia cristiana narrada por Marcos. Aquí se resume el sentido de la persona de Jesús que quiere transmitir el autor y, por lo tanto, la clave para entender el Evangelio.

Las palabras se inauguran con el llamado a no temer. Este pedido de superar el miedo es fundamental en la experiencia cristológica. No se debería tener miedo de las cosas que vienen de Dios, porque justamente, lo que viene de Dios es para nuestro bien. Sin embargo, el ser humano tiembla ante lo que resulta incomprensible o desconocido. El Evangelio insiste en la necesidad de no temer. El miedo se opone a la fe, y la tumba vacía exige, por sobre todo, fe. Fe como fidelidad a la experiencia de Jesús. Permanecer a pesar de la cruz y permanecer a pesar de encontrar una tumba vacía, sin cuerpo, sin Resucitado palpable. El miedo paraliza. El miedo interrumpe la evangelización. Los lectores/oyentes de Marcos lo saben. Cuando hay miedo por la cruz que se avecina, por la persecución, porque los que se oponen al Reino tienen más poder y más control, el cristianismo encuentra como salida el repliegue temeroso, volver sobre los pasos a la oscuridad, callar. Para la comunidad de Marcos son tiempos de miedo, a pesar de la tumba vacía y de la fe en la resurrección. Hay miedo hacia dentro, hacia los hermanos que pueden traicionar, y hay miedo hacia fuera, hacia el martirio. Y sin embargo, el joven dice que no se debe temer.

Parte del miedo surge de la falsa búsqueda. Las mujeres fueron buscando a Jesús el Crucificado; fueron buscando a un muerto, un cadáver. Y se han dado con que no hay muerto. Ahora hay resurrección. De una mirada de muerte, las mujeres tienen que pasar a una mirada de vida. El Crucificado es el Resucitado. Es ese Jesús de Nazaret, oriundo de Galilea, profeta itinerante, taumaturgo, predicador del Reino de Dios, maestro, hermano, amigo, hijo, artesano manual. Es ese mismo que murió en la cruz y ahora ha dejado una tumba vacía por la resurrección. El muerto buscado es el vivo inesperado. Es importante esta identificación que no separa al Jesús crucificado, fracasado, abandonado, del Jesús resucitado, glorioso, vencedor. Es el mismo, la misma persona, el mismo Hijo de Dios, el mismo Hijo del Hombre. Ante el peligro de separar lo mundano de lo celestial, Jesús se encarna, muere y resucita, rompiendo para siempre la barrera de lo divino y lo humano. Pero rompiendo, también, la barrera de la historia de los hombres y la historia de la salvación. El inocente crucificado por un sistema opresor, por intereses religiosos y políticos, por una historia corrupta, es el resucitado de la pascua definitiva, la luz que ilumina todas las vidas.

Con Jesús de Nazaret al centro, la historia no es una sucesión de acontecimientos sin sentido, sino el medio de revelación de Dios que quiere concretar su proyecto universal de amor. La invitación del joven a las mujeres, a mirar el lugar donde había sido puesto el cadáver, es la invitación a mirar un espacio vacío, y reconocer en esa ausencia la resurrección, o sea, creer sin la aparición del Resucitado. El ejemplo de este tipo de fe exigida por el joven la ha plasmado Marcos en el centurión al pie de la cruz, que llega a expresar: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios” (Mc. 15, 39b). Es la cruz (el Crucificado) lo que le ha dado fe, antes siquiera de la resurrección. Las mujeres son invitadas al mismo salto de calidad, a creer mirando un sepulcro vacío. Miren donde lo han puesto, muerto, para creer que ya no está, y por lo tanto vive. Miren que su búsqueda de un cadáver es una búsqueda vana, porque deben dejar de ir detrás de la muerte para ir detrás de la vida. Esa es una búsqueda valedera, una búsqueda con sentido. Es hacer como Dios: cambiar la muerte por vida.

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El mensaje ya está anunciado: el Crucificado ha resucitado. Ahora es menester expandirlo. El primer paso para ello es volver a unir a los discípulos dispersados por la pasión y la cruz; dispersados por la muerte. Tienen que resucitar, de alguna manera, ellos también. Tienen que reunirse llamados por la vida los que han sido asustados por la muerte. Se presupone que continúan en Jerusalén, asustados y ocultos, y por eso la orden es ir a Galilea. Jesús ya lo había profetizado (cf. Mc. 14, 28). Allí, en Galilea, verán al Resucitado. Y la vida nueva los inundará para devolverles la fe, por mera gracia. Ellos han abandonado a su Maestro (Pedro y los demás discípulos), sin embargo son llamados por el mismo Maestro, no por sus méritos, sino por gracia. El discipulado se continúa a pesar de las traiciones y el abandono. Marcos no dice nada de la suerte de Judas. Podría estar incluido en este llamado del Resucitado, podría recibir nuevamente la vocación a ser discípulo. La Pascua ha obrado un cambio rotundo en el universo, y un cambio que ofrece vida a todos.

Las mujeres se han convertido en depositarias primeras del anuncio pascual. No es Pedro ni los discípulos varones los que escuchan y palpan de primera mano el hecho de la resurrección. Son las mujeres del pie de la cruz. Su testimonio es muy poco válido para la cultura judía: son mujeres, hablan de una resurrección de los muertos, y se trata de un ajusticiado en cruz, un maldito. Es un mensaje imposible. Estas mujeres pueden ser, a mediano plazo, los cristianos de la comunidad de Marcos: pequeños misioneros en un mundo imperial, hablando de un resucitado desde los márgenes. ¿Quién puede sostener esa historia? ¿Qué tipo de fe tergiversada es esa? Y sin embargo es la piedra de nuestra fe: un crucificado maldito ha sido reivindicado por Dios y lo sacado del sepulcro para darle una vida plena. El Evangelio se declara, así, marginal en sí mismo. Es un mensaje marginal, impensable e inaceptable en el centro de la estructura jerárquica de la sociedad; es un mensaje que no pueden aceptar los poderosos, que no es compatible con la riqueza, que no avala la forma de vida de los derrochadores y opresores. Es, simplemente, un mensaje marginal, iniciado por tres mujeres desesperadas y trastornadas por la muerte de un ser querido.

A esto se ha arriesgado Dios, y a esto se ha arriesgado Marcos contándolo. Las mujeres espantadas y sin palabras de la tumba vacía son la invitación a continuar el camino iniciado por Jesús de Nazaret. Es el convite para volver a Galilea y, desde ahí, reiniciar el Reino, allí donde empezó todo. La resurrección nos devuelve a Galilea, al terreno de los campesinos y los pobres, la tierra de los mezclados y oprimidos. Galilea es la esperanza, es el reinicio, es un canto a la vida. Galilea es el desafío de ser Iglesia desde los pobres, los paganos y los excluidos.

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La respuesta de las mujeres es confusa para el lector/oyente de Marcos. El mensaje las ha asustado aún más, en lugar de incrementar su fe o reafirmarla, como pretende el joven. Salen del sepulcro temblando, estando fuera de sí. Como si estuviesen en éxtasis, en el sentido de no estar plenamente facultadas con su conciencia. Lo que han vivido dentro del sepulcro abierto las ha puesto en otro nivel de cosas que las sobrepasa. No saben cómo reaccionar ni cuál es la reacción correcta. La situación las ha avasallado.

Pero lo más llamativo es el final de este versículo: las mujeres no dicen nada. Traducido en lenguaje cristiano posterior: no evangelizan, no misionan. Según los exegetas, con este versículo termina el Evangelio según Marcos. Lo que viene luego son añadidos posteriores, de otro u otros autores que han intentado suavizar el final abrupto de Mc. 16, 8. Pues bien, este final original es dramático. Por supuesto que los oyentes/lectores de Marcos saben que alguien tuvo que hablar, alguien tuvo que evangelizar, de lo contrario, la comunidad de Marcos no existiría. Esa es la ventaja del autor para animarse a terminar su Evangelio tan abruptamente. Los oyentes/lectores saben el desenlace real. Las mujeres han hablado, y la prueba de que lo han hecho son ellos, somos nosotros a dos mil años de distancia. Pero en el texto, en frío, han callado. La resurrección parece más inaceptable en un principio para ellas, que están viendo la tumba vacía, que para los cristianos posteriores. Y probablemente sea cierto. Muchos de nosotros nacemos y crecemos en una cultura o micro-cultura que asume la resurrección, o al menos asume algún aspecto de una vida luego de la muerte. Pero llegar a la profundidad de esta creencia, encontrarse con el Resucitado, asumir concientemente la realidad de la vida plena que continúa la existencia, es enfrentarse a una situación que nos sobrepasa grandemente.

Este final abrupto es la invitación a continuar el camino desde Galilea. Aquí está el principio del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc. 1, 1). Es un principio en el final, paradójicamente. Un principio que nos involucra. Para que la vida se siga abriendo paso, el Maestro reúne a los discípulos en torno a la resurrección, desde los márgenes de la sociedad, para transformarlo todo. El principio del Evangelio involucra al ser humano. No será una obra totalmente de Dios; exige una participación, que se hace desde la gracia, pero que no por eso nos desliga de la responsabilidad de decidir. Hay que caminar Galilea con Jesús, reconocer a los enfermos, al leproso y al paralítico. Hay que animarse a comer con publicanos y pecadores. Hay que discutir con los líderes religiosos cuando sus planteos e interpretaciones se olvidan del ser humano. Hay que liberar a los endemoniados, a las mujeres oprimidas y a los hambrientos. Hay que predicar el Reino de Dios, pequeño como una semilla, incontrolable por los que quieren controlarlo, pujante, con una fuerza perseverante. Hay que ponerse del lado de la vida, cueste lo cueste, bajo cualquier circunstancia, en cualquier época. El lado de la vida es el lado de Dios. Yahvé no quiere cruces llenas, sino miles de millones de sepulcros vacíos. Para eso hay que volver a Galilea, volver al principio del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, y mirar todo con los ojos de la resurrección, que son los ojos de la vida.

Fiesta de los imposibles / Santa María Madre de Dios – Ciclo B – Lc. 2, 16-21 / 01.01.12

16 Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. 17 Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, 18 y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

19 Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

20 Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

21 Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción. (Lc. 2, 16-21)

Fiesta de la circuncisión

Antiguamente, el primer día del año era el día que la Iglesia Católica rememoraba la circuncisión de Jesús, ocurrida al octavo día de su nacimiento, colocado litúrgicamente el 25 de diciembre. Con el tiempo, se añadió la celebración del día de la Madre de Dios y la Jornada por la Paz. Por eso, en el fondo del texto propuesto para este domingo, no está presente únicamente la realidad mariana, sino también la liturgia judía con su rito de iniciación. Por eso no podemos hablar específicamente de una fiesta católica (en el sentido denominacional), sino de una fiesta muy judía. Aunque sí podemos hablar del catolicismo (universalidad) que encierra el comienzo de un nuevo ciclo, con la esperanza de la paz definitiva. Más allá de los diferentes comienzos de año (para el judaísmo, o para el calendario chino, por ejemplo), siempre el inicio de una era (medida artificial o naturalmente) es la oportunidad de creer con más fuerza que las cosas cambian, que el amor y la paz vencen. Ese bien puede ser un anhelo universal, de todos (católico). Hacemos hincapié en esta apertura de la fiesta porque es necesario contextualizar la perícopa que leemos hoy en su marco judío, para retrotraernos a una verdad subyacente: Jesús era judío, María era judía. Y para los judíos, la circuncisión no es una cuestión menor.

La circuncisión es una cirugía, una intervención quirúrgica pequeña que se realiza cortando una porción del prepucio del pene. Según varios historiadores, esta práctica no fue original de los israelitas, sino que también en Egipto, Etiopía y Fenicia se llevaba adelante. En algún momento de la historia, esta práctica se volvió importante y fundamental para los israelitas. Según el relato del Génesis, esto comienza en uno de los tantos diálogos entre Dios y Abraham, cuando Yahvé, estableciendo su alianza con el patriarca y su descendencia, cambia su nombre de Abrán a Abraham (cf. Gen 17, 5), le promete una fecundidad sobreabundante (cf. Gen. 17, 6) y le indica que, como signo de la alianza establecida, todos los varones de su descendencia deben circuncidarse (cf. Gen. 17, 10-11), inclusive aquellos varones que forman parte de sus pertenencias humanas, como los esclavos y los sirvientes (cf. Gen. 17, 13). Cuando acaba el diálogo con Dios, Abraham lleva adelante la orden (cf. Gen. 17, 23-27) y acepta, con la circuncisión, la alianza.

Circuncidarse es, para el patriarca, antes que otra cosa, un acto de fe. El capítulo 17 del Génesis habla del signo de la alianza, pero sobre todo, habla de la descendencia prometida desde lo imposible. Abraham pregunta irónicamente a Yahvé si un hombre de cien años como él y una mujer de noventa como Sara pueden tener descendencia (cf. Gen. 17, 17), porque parece algo inverosímil. Circuncidarse es, entonces, creer en las promesas imposibles de Dios. Y por esa fe, pasar a formar parte de un pueblo que tiene una común esperanza.

La legislación al respecto de la circuncisión es clara. Debe realizarse a los varones en el octavo día de su nacimiento (cf. Gen. 17, 12; Lev. 12, 3). Y sólo los circuncidados pueden celebrar la pascua (cf. Ex. 12, 48). Si un esclavo o un inmigrante desean comer la pascua, entonces deben circuncidarse, y así se volverán aptos para el ritual (cf. Ex. 12, 44-48).

Circuncidarse el corazón

Con el tiempo, bajo la perspectiva judaizante y la creciente separación entre lo considerado puro y lo considerado impuro, la circuncisión dejó de ser signo de las promesas que se creen (las promesas imposibles, la esperanza en lo que vendrá de Dios), para convertirse en elemento de segregación. El circunciso es puro y el incircunciso no lo es, está fuera de la elección de Dios, es un rechazado. La señal de los que hacen alianza con Yahvé fue cambiada por un ritualismo de seguridad salvífica. Muchos creían que el solo hecho de la circuncisión los salvaba, y lo demás (la justicia, el amor, el prójimo) era accesorio. Esa posición es la que critica el Bautista cuando exhorta a sus oyentes a dar frutos sinceros de conversión para que dejen de decir que tienen por padre a Abraham (depositando en esa filiación toda la vida), ya que “puede Dios de estas piedras dar hijos a Abrahán” (Lc. 3, 8). Pero antes del Bautista, otros miembros del pueblo de Dios habían notado que la circuncisión había perdido su sentido. El libro del Deuteronomio invita a circuncidar el corazón (cf. Dt. 10, 16; Dt. 30, 6). Jeremías también se hace eco de esto con un lenguaje más duro: “Circuncídense para Yahvé, extirpen los prepucios de sus corazones” (Jer. 4, 4a); y la terminología incircuncisos de corazón (cf. Jer. 9, 25) e incircuncisos de oídos (cf. Jer. 6, 10) se vuelve clave para entender la profundidad de la denuncia. Israel está depositando su confianza en un rito, está focalizando en lo mágico su alianza con Yahvé, cuando, contrariamente, está en el oído (que oye la Palabra) y en el corazón (que late con el corazón de Dios) el sentido de la alianza. Verdaderamente es pueblo de Dios el que escucha atento con prontitud de corazón, el que reconoce en lo divino las promesas de la descendencia imposible, el que camina confiado en lo inverosímil que puede hacerse realidad por obra de Dios. La circuncisión sin actitud de entrega es brujería, es ritualismo, es costumbre. La circuncisión que circuncida los oídos y el corazón penetra lo íntimo del ser y se hace trascendente, va más allá del acontecimiento y pone en sintonía con Dios.

El hijo imposible

Para María (y para Lucas, y para nosotros), Jesús es el hijo imposible. Ha nacido de la imposibilidad de la naturaleza, de un milagro, de un hecho sobrenatural. Ha nacido de una manera que no se puede explicar ni fácil ni difícilmente. Es hijo de una promesa de Dios que es promesa de salvación y liberación. No tendría sentido evitar su circuncisión, ya sea por ulteriores motivos cristianos o por razones de teogonías rebuscadas. Jesús debe circuncidarse, porque su llegada al mundo es la irrupción de lo más objetivo que ha irrumpido en la historia. Abraham (y todos los patriarcas) deseaba con gozo ver cómo la promesa de la descendencia imposible se hacía tan concreta. Y en Jesús está esa objetivización histórica. La circuncisión a modo de pacto alcanza su cumbre en la circuncisión del niño Jesús. Es el pacto de la esperanza llevado a su maravilla.

La figura de María Madre de Dios, celebrada junto a la circuncisión, es la imagen de la madre judía, heredera de la promesa, parturienta de esperanza. Este es el judaísmo que se expande universalmente, que toma como punto de partida al padre Abraham para proyectarse en lo imposible. La circuncisión atraviesa la línea histórica humana para que Jesús no quede exento de su pueblo, ni exento de la alianza que Dios tiene con la humanidad. María es la madre atenta de todo este espectáculo. Es la figura de la humanidad maternal que, en el nacimiento de los niños, de los nuevos venidos al mundo, espera que se concrete la paz final, la paz definitiva, la paz mesiánica. María lo hace desde su judaísmo, desde la carga histórica de los patriarcas y de Yahvé. Por su corazón pasan y se guardan los textos sagrados de la promesa, pero sobre todo, el hijo imposible de la promesa. María es la figura de los que esperan lo imposible y, creyendo, paradójicamente, hacen posible lo imposible. Sólo un corazón circuncidado es capaz de cambiar el mundo de esa forma. El título de Madre de Dios (tan complicado en el diálogo ecuménico) puede leerse en esa línea. El circuncidado por excelencia es Dios, quien será fiel a la alianza pase lo que pase. Por contrapartida, María es la figura de la humanidad fiel en su fe, fiel a la Palabra que se le proclama, creyente en la imposibilidad que viene del Padre. Por eso es Madre; no porque le anteceda a Dios y lo procree, sino porque es la figura maternal que representa a todos los que tienen el corazón circuncidado en las promesas de Dios. Es la que dio a luz al hijo imposible, el hijo esperado, el hijo mesiánico. Es Madre de la circuncisión, de todos los que se circuncidan el corazón.

Hay muchas aristas teológicas que indagar. Hay muchas cuestiones que resolver para el diálogo entre cristianos y para el diálogo interreligioso en torno a María. Pero su figura de corazón circuncidado es vital. Ella hace pasar y medita, en su corazón, los sucesos de Dios. No sabemos si los entiende o no, pero trata de asimilarlos. El corazón es, en términos semitas, la sede de la persona real, la intimidad más íntima de lo que somos. En esa profundidad es que María gusta saborear las cosas de Dios. Por eso podemos decir que su corazón está circuncidado, y podemos creer en María desde allí. Es posible superar el silogismo de María madre de Jesús, que es Dios, y por lo tanto Madre de Dios. María es madre de un niño que, encarnado en la historia israelita, viene a dar cumplimiento a todos los anhelos de Abraham, desde aquel día que selló la alianza circuncidando a su familia y a su tribu. Es una tribu de oriente, de cientos de años atrás, que atraviesa la humanidad para expandirse a la universalidad, finalmente, en Jesús, nacido de una mujer que le creyó a Dios como había creído Abraham. En esa línea, en el plano de figuras simbólicas, Abraham puede ser llamado Padre de Dios, porque su fe y su esperanza trajeron al mundo (encarnaron) una promesa divina. Junto con María (y tantos otros) son columnas de una fe que seguimos teniendo, y que cobra mayor significado al inicio de un nuevo año, cuando queremos y nos esforzamos en creer, que no hay nada imposible para Dios.

Un niño tan pequeño en un templo tan grande / Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo B – Lc. 2, 22-40/ 30.12.11

22 Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. 24 También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él 26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. 27 Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, 28 Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: 29 “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, 30 porque mis ojos han visto la salvación 31 que preparaste delante de todos los pueblos: 32 luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. 33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. 34 Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, 35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

36 Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. 37 Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. 38 Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

39 Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. 40 El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él. (Lc. 2, 22-40)

La familia en el Templo

Pareciese que Lucas mezcla dos ritos, dos ceremonias distintas en el inicio de la lectura que la liturgia católica selecciona para la fiesta de la Sagrada Familia. Según el libro del Levítico, cuarenta días después del parto de un varón, la mujer debe presentarse ante el sacerdote llevando un cordero de un año y un pichón de paloma (cf. Lev. 12, 6). Si se trata de una familia que no puede adquirir un cordero por cuestiones económicas, tomará dos pichones (cf. Lev. 12, 8). De esta forma, la reciente madre queda purificada de su pérdida de sangre propia del parto. Este tiempo de cuarenta días aplicable al nacimiento de un varón, se duplica si la nacida es una niña, por lo que la madre debe presentarse recién a los ochenta días de ocurrido el parto. A la par, existía el rito de rescate del primogénito, de la tradición del Pentateuco, según la cual todo primogénito israelita pertenece a Yahvé (cf. Ex. 13, 2), en forma de tributo a los primogénitos egipcios muertos para lograr el éxodo y como reserva de las primicias (lo mejor) para Dios. Esta consagración de los primogénitos, en la práctica, sería tomada por los hijos de la tribu de Leví (los levitas), de manera que el resto de las tribus quedarían exentas. Esta exención se manifestaba ritualmente con un rescate cultual, equivalente a cinco siclos (cf. Num. 3, 46-47; Num. 18, 16) que el padre pagaba en el Templo en un período comprendido durante los primeros treinta días del nacimiento.

Las diferencias entre ambos rituales tienen que ver con el tiempo de cumplimiento, con el agente activo (mujer madre en la purificación y varón padre en el rescate) y con el sentido profundo de los mismos. Sin embargo, Lucas los mezcla libremente, entendiendo que a Jesús se aplica la purificación exigida por la Ley de Moisés, y la condición de primogénito que, rescatado, rescata. Este tema del rescate será retomado más adelante por la profetisa Ana. Pero quizás, lo interesante, sea la presencia de Jesús (y familia) en el Templo. Esta visita inicial, visita de purificación (el Hijo de Dios va al templo a purificarse) y rescate (José rescatará a su primogénito), es paradójica para quien conoce el desenlace de los hechos; será Jesús quien, finalmente, purifique y rescate. El Templo de Jerusalén lo recibe y lo acoge en el marco de la Ley, pero quien viene es la superación de la Ley. La Ley estipula normas para insertarse en la sociedad judía, pero el que viene extenderá esas normas, abriendo los límites impuestos. Le Ley afirma que algunos se vuelven impuros y deben acceder a un rito que los libere de esa impureza, pero el que viene tiene otra noción de pureza/impureza. Jesús va al Templo y cumple, como buen judío, las prescripciones, pero eso no determinará que el Templo lo absorba en su adultez.

Simeón en el Templo

La figura de Simeón es la del justo y piadoso; dos atributos clásicos de la imagen ideal del judío. Por lo tanto, Simeón representa el pueblo israelita que sigue con confianza los preceptos de Yahvé, su Dios, y espera en él. Este pueblo se siente inspirado por el Espíritu Santo cuando se encuentra con Jesús, porque allí se resumen sus anhelos y esperanzas.

El vocabulario que utilizan las frases de Simeón son conceptos del libro de Isaías, específicamente del Segundo Isaías (cf. Is. 40-55). Las ideas de una salvación proveniente de Dios, de luz para las naciones, de la gloria de Israel, son expresiones de una esperanza escatológica que se consumará en un siervo (cf. cánticos del Siervo). Dios es presentado, en estos capítulos que pertenecen a un segundo Isaías, insistentemente como goel de Israel (cf. Is. 41, 14; Is. 43, 14; Is. 44, 6.24; Is. 47, 4; Is. 48, 17; Is. 49, 7.26; Is. 54, 5.8), nuevamente refiriéndose a la idea de rescate que retomará la profetisa Ana. Y también es Isaías quien avizora un futuro más universal del judaísmo, no tan restringido a una etnia. Esta es la novedad del justo y piadoso Simeón, judío que puede ver (asistido por el Espíritu divino) un futuro abierto, universal, donde las naciones participan de la luz del Mesías. Este es el sentido pleno de las esperanzas escatológicas de Israel: una salvación que trasciende al mismo pueblo para abrazar a la humanidad. Simeón, judío piadoso y justo, desde el Templo de Jerusalén, centro de Israel, visiona una inclusión pagana que transforma el centro templario en un centro universal. Desde el mismísimo Templo, Simeón puede considerarlo obsoleto en su pretensión monolítica. Con la llegada del Mesías esperado, es el tiempo de la expansión, de la transformación de los centros. Ahora el centro es el ser humano pleno en Jesús.

Ana en el Templo

Junto a la declaración de Simeón está la de Ana, la profetisa. Un varón y una mujer, como gusta escribir Lucas. Dos testigos de la llegada de Jesús niño al Templo, como bien lo exige la Ley de Moisés. Estos dos testigos, a su manera, proclaman el futuro del niño que es el futuro de la humanidad, y a la vez, el futuro del Templo de Jerusalén y todo lo que significa. Simeón, según el dato de la posible cercanía de su muerte, puede considerarse un hombre mayor. También lo es Ana. Su edad es algo extraordinario para la época. Y su forma de vida recuerda mucho al ideal de la viuda cristiana proclamado por 1Tim. 5, 5ss. Como anciana, recibe la novedad del niño. Es una profeta, una de las últimas del orden viejo de las cosas. Su profecía está relacionada con el orden nuevo que inaugurará el Mesías. Parece, como también gusta a Lucas, un encuentro entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (al estilo de Isabel y María, del Bautista y Jesús). Ha llegado el momento de la plenificación. Una planificación que es rescate, porque probablemente, la mejor interpretación para lo que habla Ana sea rescate antes que redención. Como veníamos intuyendo, Ana profetiza sobre el regreso de la figura del goel, que (a pesar de que la mayoría de las traducciones al español lo denominen redentor) es el rescatador, el pariente cercano con la obligación y el derecho, según la ley israelita, de rescatar a su familiar caído en desgracia económica. Para evitar que un israelita se convierta en esclavo a causa de su endeudamiento, el familiar más cercano podía salvarlo asumiendo él la deuda y rescatándolo. De la misma manera, para Isaías por ejemplo, Yahvé es el rescatador de todo Israel, que no lo dejará caer en la esclavitud y la miseria.

Eso es Jesús para Ana: el rescate. Eso es Jesús para Simeón y para el Templo. Eso es Jesús para la humanidad. Ha llegado el que nos rescata, el que nos quita las deudas que nos oprimen, el que nos saca de las miserias, el cercano que se acuerda de nosotros y no nos abandona. Allí está la gran paradoja de Jesús niño en el Templo majestuoso, y en las declaraciones que se suceden dentro del santuario. En medio de la inmensidad de un monumento al Dios guerrero, majestuoso, gigantesco, lejano, accesible por medio de rituales, centrado en una etnia; se opone la esperanza del Dios cercano, infante, que es rescatador antes que guerrero, accesible en la sonrisa de un niño, universal. Un Dios que puede transformar el Templo. Un Dios que puede, aún hoy, transformar nuestros templos.

Desde el reverso de la historia / Fiesta de Navidad – Ciclo B – Mt. 1, 1-17 / 25.12.11

1 Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. 3 Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; 4 Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. 5 Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; 6 Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. 7 Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; 8 Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. 9 Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; 10 Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; 11 Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

12 Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; 13 Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. 14 Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; 15 Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. 16 Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

17 El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. (Mt. 1, 1-17)

El problema de los años

La liturgia católica propone varios textos de los Evangelios para celebrar la fiesta de la Navidad, y para hacerlo en distintos horarios o momentos del día, desde el 24 de diciembre hasta el 25 de diciembre. La mayoría de estos textos pertenecen a Mateo y a Lucas, y uno a Juan. Para esta ocasión, el comentario va sobre la genealogía inicial del Evangelio según Mateo.

Esta genealogía ha causado controversias hasta cierta época donde, casi unánimemente, se aceptó su construcción como recurso literario y teológico. Varios biblistas explotaron su cabeza, a través de los siglos, intentando congeniar la genealogía de Mateo con la de Lucas (cf. Lc. 3, 23-28); cosa que resulta imposible. Y varios más se esmeraron en incluir catorce generaciones en cada tiempo histórico que marca Mateo deliberadamente. Algunas soluciones esbozadas fueron la posibilidad de que Mateo utilizase la genealogía de José y Lucas la de María, o que Mateo se apegase a un conteo de años de tipo bíblico. De todas maneras, los hechos exegéticos superaron esa visión, y hoy por hoy no es sostenible el intento de compatibilizar ambas listas, ni tampoco las cuentas matemáticas rebuscadas para congeniar generaciones y años históricos. La intención de Mateo está puesta en otro lado. De todas maneras, hagamos cuentas: catorce generaciones, asumiendo que el tiempo promedio de cada generación son cuarenta años, cubren un rango de 560 años aproximadamente. El período comprendido entre Abraham y David es de 800 años (en un cálculo histórico), lo cual supera rotundamente la capacidad de catorce generaciones para cubrirlo. Luego, entre David y el exilio a Babilonia, la cantidad de años son unos 400, donde las catorce generaciones sobrarían. La tercera sección, en realidad, es la más probable, ya que desde el exilio babilónico hasta los tiempos del nacimiento de Jesús pasan 600 años.

Pero aparte de la cronología de las generaciones, tenemos que remarcar, por ejemplo, que la situación de Salmón y Rajab, unidos por Mateo, resultan distantes en la historia bíblica, perteneciendo ella a una época, por lo menos, cien años anterior a él. Y ni qué decir de los tres reyes y la reina omitidos entre Jorám y Ozías, salteando cuarenta y nueve años, o la falta de mención de Joacaz y de Joaquín. La última lista de catorce, que reconocimos como la más probable, también tiene un obstáculo que saltear, y es que con once nombres cubre 600 años, entre Zorobabel y José.

Navidad irregular

La genealogía de Mateo quiere transmitir un mensaje teológico. O mejor dicho: varios mensajes. Un aspecto llamativo (entre tantos) es la presencia de las mujeres. Vamos a focalizarnos allí. En realidad, las anteriores genealogías bíblicas, como la del capítulo 11 de Génesis (cf. Gn. 11, 29), la de Najor (cf. Gn. 22, 20-24), o la del capítulo 2 de Crónicas (cf. 1Cron. 2, 18-24), incluyen en su listado al sexo femenino. Por lo tanto, lo llamativo no es Mateo como hecho aislado, sino la Biblia como texto oriental, judío, que incluye a las mujeres en su sistema de reproducción patriarcal. Prueba de este patriarcalismo es la fórmula que menciona cómo un varón engendra otro varón, repetida 39 veces en el texto que leemos hoy, y utilizada ya en el Antiguo Testamento (cf. Rut. 4, 18-22). Pareciese que no es necesaria la mujer para engendrar, asumiendo que el varón es el encargado de dar y transmitir la vida. Paradójico, cuando se piensa que la mujer era la señalada como estéril cuando una pareja no concebía. Así, el sexo femenino no recibía participación en el poder de dar vida, aunque sí la condena como obstáculo para la procreación. De esta manera, el varón salía indemne de la ecuación y mantenía una posición de privilegio que lo catalogaba como dador de vida, equiparable a Dios.

Por lo tanto, cualquier genealogía bíblica que incluyese a las mujeres rompía los esquemas teológicos. De alguna manera, incipiente, la mujer participaba en la creación de la vida. Por eso lo característico de Mateo no es la inclusión del género femenino, sino las mujeres específicas que incluyó en su listado. Son cinco: Tamar, Rajab, Ruth, Betsabé y María. De la primera, Génesis nos cuenta cómo engañó a Judá, su suegro, para concebir (cf Gen. 38), debido a que los hermanos, hijos de Judá, no le habían dado descendencia. El fruto de esta unión son los mellizos Peres y Zéraj. Rajab es la mujer que, en los inicios del libro de Josué, le brinda una ayuda al ejército israelita para ingresar a Jericó. La palabra que la designa como prostituta, puede que se refiera, más bien, a una mujer de alta clase social, de buena posición, por eso no nos aferraremos a ese dato, sino más bien a su condición de pagana y a su habilidad para sobrevivir. La tercera, Ruth, es llamada la moabita (del pueblo de Moab), y en la novela que lleva su nombre se cuenta cómo, tras duras penurias, logra casarse con Booz, un israelita. Betsabé es nombrada por Mateo como la mujer de Urías, soldado del ejército de David que fue enviado por éste a la batalla para que lo asesinaran y, de esa forma, el rey pudiese tener a su mujer (cf. 2Sam. 11-12). Finalmente, María, la madre de Jesús, embarazada de una manera dudosa, habitante de un pequeño poblado de la Galilea.

A estas mujeres señaladas por Mateo las atraviesa una característica básica: tienen relaciones irregulares con los varones, y estas relaciones tienen que ver con el hecho de engendrar/sobrevivir. Tamar concibe de su suegro, y lo hace expresamente para tener descendencia, como bien ella lo afirma. Rajab aloja varones espías y forasteros en su casa (lo que genera suspicacia; y si tomásemos la acepción de prostituta, más aún), lo que le permitirá a ella y a su familia, sobrevivir a la toma de Jericó. Ruth es extranjera y vive con otra mujer, su suegra; enamorando a Booz se convierte en abuela del rey israelita David, a pesar del matrimonio mixto. Salomé comete adulterio con el rey, y su hijo será el futuro rey: Salomón. Finalmente, María es una mujer casada/comprometida, que todavía no ha tenido relaciones sexuales, y sin embargo se encuentra encinta de quien es el Mesías. Cinco mujeres en situación irregular (un cierto incesto, ¿prostitución?, origen pagano, adulterio, embarazo misterioso) sobreviven y engendran vida, se hacen partícipes activas de la historia de salvación, se involucran de manera inteligente. Porque su irregularidad no las hace inútiles, sino que las incentiva a crear desde su marginalidad, a modificar su situación complicada por un camino abierto a la vida.

Quizás esa sea una clave de esta genealogía y una pista hermenéutica para leerla en Navidad: de la marginalidad, construye Dios un camino de vida. Pero no lo hace solo, sino con los marginales. Será con las mujeres irregulares que prolongará la vida que salva. Será desde una situación complicada, condenada socialmente, que la alternativa de la gracia se expandirá. Navidad tiene mucho de esto, de marginales que cambian la historia, de irregulares como fuerza histórica. Las imágenes de Belén, del pesebre, de Herodes persiguiendo (más propio de Mateo), de los pastores (más propio de Lucas), son imágenes de lo pequeño abriéndose paso con la asistencia divina. Navidad sucedió en el reverso de la historia, en la parte polvorienta y olvidada de la historia. Navidad sucedió entre los que nadie tenía en cuenta. Las mujeres de la genealogía nos recuerdan eso.

¿Dónde sucede la Navidad hoy? ¿O dónde creemos que sucede? Porque muchos creen que sucede entre las mesas abarrotadas de manjares. Muchos validan esas mesas con al excusa de la reunión familiar. Pero eso es lo que creemos ilusamente. Navidad sigue sucediendo en el revés de la historia. Navidad sigue siendo irregular. Hemos realizado un proceso de secularización de la fiesta para adaptarla a nuestra ética y a nuestros nuevos principios de sociedad, pero eso no significa que lo genuino de la Navidad haya cambiado. En las mujeres y varones irregulares de hoy se presenta Dios con la intención de abrir su camino de gracia. Y es en la irregularidad, sobre todo, de aquellos que no pueden celebrar nuestra navidad de manjares, la irregularidad de los estigmatizados que tienen que celebrar en la oscuridad y en el silencio. Allí aparece la gracia de Dios que tiene la intención de modificar la historia hacia su plenitud. Lo ha hecho en Belén y lo seguirá haciendo.

María profeta / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo B – Lc. 1, 26-38 / 18.12.11

26 En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

28 El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. 29 Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. 30 Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. 31 Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 32 él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. 34 María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. 35 El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. 36 También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, 37 porque no hay nada imposible para Dios”. 38 María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

Y el Ángel se alejó. (Lc. 1, 26-38)

¿Quién es Gabriel y qué dice?

El ángel Gabriel está presente, en el Antiguo Testamento, en el libro apocalíptico de Daniel. En primer lugar, es un aggelos, un mensajero. La angelología hebrea, más allá de lo conservado en la Biblia, se había desarrollado grandemente con un panteón de seres angélicos de lo más variado. La mística hebrea los dividía en jerarquías. Entre ellas, una de las jerarquías más importantes era la de los arcángeles, los arche-aggelos, o sea, los primeros entre los ángeles, los jefes de los ángeles. De ellos formaría parte Gabriel, cuyo nombre significa en hebreo el hombre de Dios, que tradicionalmente se ha entendido como quien como Dios. El catolicismo, luego, identificó tres arcángeles: Gabriel, Miguel y Rafael, a quienes dedica la fiesta litúrgica del día 29 de septiembre.

Lo cierto bíblicamente es que Gabriel está relacionado con los tiempos escatológicos. En Daniel, su aparición tiene el objeto de explicarle al profeta el significado de la profecía de las setenta semanas (cf. Dan. 9, 21ss). Este tiempo es lo que durará la preparación para la instauración del Reino definitivo de Dios. Desde que Daniel recibe la profecía, setenta semanas transcurrirían hasta que Dios pondría fin al pecado y restauraría la justicia para siempre. Lucas conoce esta profecía y la aprovecha en su favor en los primeros capítulos del Evangelio. Así es que desde el anuncio que hace Gabriel a Zacarías en el Templo hasta la anunciación a María transcurren seis meses (180 días), luego pasan nueve meses (270 días) y nace Jesús, para ser presentado 40 días más tarde en el Templo para la purificación que exige la Ley. En total, todo el recorrido suma 490 días, o lo que es lo mismo, setenta semanas. De esta forma, Lucas vincula el tiempo escatológico que anuncian los profetas con la entrada de Dios en el mundo. La presencia de Gabriel es la revelación de que lo anunciado se cumplirá (se está cumpliendo). Gabriel es promesa y certeza. Su presencia certifica la fidelidad de Dios a su pueblo. Gabriel es quien como Dios porque asegura la presencia divina entre los seres humanos. Se ha cumplido el tiempo, viene la justicia, viene la desaparición del pecado. Lo que recibió Daniel como profecía, lo recibe ahora María. Esto abre un campo de reflexión mariológica importante: María profeta. Pero sobre todo, María profeta como signo de la profecía de los pobres. Ahondaremos en esto más adelante, pero vale adelantar la singularidad de Gabriel, ángel de Dios, figura de revelación, en Nazaret, aldea de Galilea, pequeña y polvorienta.

No menos importante es lo que dice Gabriel. Tanto, que los exegetas se debaten entre las peculiaridades de algunas palabras. La primera discusión es sobre el inicio del saludo: chairo. Algunos piensan que se trata de una referencia al profeta Sofonías, y otros creen que es la forma de saludo típica griega, traducible como salve (sin connotaciones teológicas en su uso cotidiano) o te saludo. Respecto a Sofonías, es peculiar del profeta la sensibilidad hacia la alegría. Su anuncio profético es un anuncio de la alegría que genera para la hija de Sión (para Jerusalén, para el pueblo de Israel) la venida de Dios. El día definitivo y terrible que anuncian algunos, en realidad es día de alegría, porque significa que Dios visita. Así es que podemos leer en Sof. 3, 14-17: “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal. Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!”. Si recordamos también Zac. 9, 9: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”; que el Nuevo Testamento interpretó como profecía mesiánica aplicada a Jesús entrando en Jerusalén (cf. Mt. 21, 5 y Jn. 12, 15); con la similitud entre ambas citas es posible creer que Lucas utiliza el vocablo inicial a propósito. María es la figura simbólica de la hija de Sión, es el pueblo entero que espera la salvación. Y la salvación ha llegado, por eso hay que alegrarse. En medio de la extrañeza del asunto, del embarazo complicado, del misterio, hay que gritar de júbilo, porque Dios está en medio de los seres humanos, ha llegado la hora de su revelación definitiva.

La otra discusión exegética es la frase final de Gabriel, sobre la inexistencia de cosas imposibles para Dios. Normalmente, las traducciones al español presentan variantes que no escapan mucho a lo tradicional: porque no hay nada imposible para Dios. Pero algunos exegetas, ateniéndose más literalmente al original, confían que sería conveniente traducir así: “porque, viniendo de Dios, ninguna palabra quedará sin efecto”. Esto parece encajar muy bien en el contexto del relato de la anunciación. Este relato, a diferencia de otros, es más audición que visión. No queda claro que María pueda ver al ángel. Gabriel entra en escena y se va, pero lo importante es el diálogo, lo que María escucha y responde. Es importante la palabra divina que recibe, no una visión de un ser celestial. Queda clara la situación cuando se compara con Zacarías, que ve a Gabriel (cf. Lc. 1, 12) a la derecha del altar. María, en cambió, oyó (cf. Lc. 1, 29). La audición es propia de los discípulos, que se sientan a los pies del maestro para oír su explicación. Como decíamos anteriormente, la presencia de Gabriel en la escena es la seguridad de la acción fiel de Dios. Es la seguridad de su palabra, que no defraudará. Lo que María ha oído (y a través de ella, lo que el pueblo oye) no es una falacia ni una promesa corrupta ni una mentira; es la verdad de Dios, es su promesa concretándose, es un presente de salvación. Es una palabra con efecto. El efecto inmediato es el embarazo de María, pero sobre todo, el efecto es la presencia esperada de Dios entre los seres humanos.

María profeta

Dijimos que la escena de la anunciación abre un tópico mariológico para explorar: María como profeta, y sobre todo, María como profeta pobre, símbolo del pueblo oprimido que recibe la revelación. El camino que recorre Gabriel desde el Templo en Jerusalén con Zacarías hasta la casa de María en Nazaret, es el camino de la Palabra de Dios que parece abandonar el Templo y el centro urbano para dirigirse a la periferia secular, a una casa, a una muchacha pobre, en una aldea. Es el regreso de la profecía original, de los orígenes de la profecía, del contexto profético más puro. Es la Palabra que va a los pobres. Gabriel, quien como Dios, revela lo escatológico en la periferia, y hace de María un símbolo del pueblo pobre que recibe la verdad sobre el final de los tiempos. María es una reivindicación de los oprimidos. La Palabra de Dios, secuestrada en el Templo, secuestrada por lo escribas, se libera por mano de Dios mismo para ir a su cuna real, entre los pobres, entre lo marginal.

Dios le da la palabra a una muchacha de Nazaret. Y en ella, se la da a los pequeños, los que no son nada ni nadie. Dios revierte el proceso patriarcalista y elitista que secuestró la Palabra. En María, la Palabra es liberada. Por eso es profeta. Y por eso, con ella, se hacen profetas los olvidados, los que no son tenidos en cuenta, aquellos que resultan indiferentes para los pesados sistemas religiosos. Ha llegado el final de los tiempos, que es la devolución de las cosas a su estado de plenitud. La Palabra, por lo tanto, también busca la plenitud primigenia, y la halla en María, o sea, en el pueblo marginal.

Cuando se convierte a María en agorera de desgracias, cuando se la hace aparecer para anunciar catástrofes, para condenar a la humanidad que no reza, se está desvirtuando el sentido profético de María. María, como receptora de la Palabra definitiva de Dios, es el recuerdo sacramental de que en los pobres y marginados revela la divinidad su destino escatológico. Ella no puede ser un instrumento de tormento para las clases bajas, no puede ser el medio generador de miedo apocalíptico. La figura de María tiene que impulsar la lucha por la dignidad, la defensa de la mujer en un sistema machista, la protección de los niños, la consecución de las necesidades básicas para vivir. María es la garantía de que Dios no se olvida de los pequeños, así como Gabriel fue garantía para Israel de que Yahvé se hacía presente entre ellos. Los tiempos escatológicos son los tiempos de la justicia, como soñaba Daniel al cabo de las setenta semanas. No son tiempos de temor, sino de alegría, como recordó Sofonías. María resume esas ideas, esas esperanzas. Su figura no puede salir a recorrer las calles y los barrios para acongojar ni para sostener status. María sale para recordarle a la gente que Dios no tiene palabra vana, no promete por prometer como lo hacen los buscadores de votos. En ella se cumplió lo anunciado. En los pobres se debe seguir cumpliendo.

Dios no es imparcial / Sábado de Gloria – Ciclo A – Mt. 28, 1-10 / 23.04.11

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.

De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. El Ángel dijo a las mujeres: “No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán. Esto es lo que tenía que decirles”.

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: “Alégrense”. Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: “No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán”. (Mt. 28, 1-10)

Ha pasado el sábado para Mateo, ya es la madrugada del nuevo día. Ha amanecido una nueva era, la era definitiva, la escatológica. María Magdalena y la otra María van al sepulcro. Van de visita; ni para embalsamar el cuerpo ni para verificar nada. Sólo visitan, como cualquier amigo concurre a la tumba del compañero muerto. Son mujeres apenadas, doloridas, sin consuelo. La muerte parece haber ganado. Es la era escatológica que ya comenzó, pero ellas no lo saben. No lo entienden. La introducción de esta escena es el limbo entre lo que ya ocurrió en el plan divino y lo que los humanos no saben; entre el proyecto concretado de Dios y la interpretación de los humanos sobre ese proyecto. Las mujeres no van a la tumba a buscar a un resucitado. Todo lo contrario: buscan visitar el cadáver de Jesús. Lo que Mateo especificó en el relato de la crucifixión, con los muertos saliendo de las tumbas, el velo del Templo de Jerusalén rasgado y las rocas partidas (cf. Mt. 27, 51-52), no fue suficiente para estas mujeres. Mateo ya lo ha dejado claro: ha comenzado algo nuevo, han llegado los tiempos apocalípticos. Para ellas no. Hubo otro acto de injusticia, mataron a un inocente, pero nada más. El mundo sigue girando y el Reino de Dios sigue siendo una ilusión. No han sabido interpretar la pasión, la cruz, la muerte. No han sabido leer los signos de los tiempos (cf. Mt. 16, 3). Igualmente van al sepulcro, a diferencia de los varones que han desaparecido en la noche terrible y no volvieron a dar señales de vida. Aunque ellas no entendieron aún el mensaje total y pleno, sí han captado algo de la esencia, y por eso se acercan al sepulcro. Van a visitar un cadáver, pero van. Los demás están refugiados, ocultos, escondidos. Esta introducción que hace Mateo al relato de la tumba vacía es el símbolo eclesial de las interpretaciones. Hay un suceso injusto, un atropello, una barbaridad. Algunos se refugian y ocultan, otros tratan de comprender, de acercarse a lo sucedido. Algunos dan por sentado que ya nada puede hacerse; otros vislumbran esperanzas, visitan sepulcros buscando sólo visitar o, al menos, entender una parte de lo sucedido. Ir a la tumba de los justos asesinados, aunque sea una visita, es reconocerlos como víctimas. María Magdalena y la otra María van a ver una víctima, que es su amigo, que podría ser su hermano, que podría ser su hijo, su esposo, su primo. Van a la tumba de la víctima y, por ir, se encuentran con la vida. Donde esperaban hallar muerte, gracias a Dios, hallan resurrección.

Cuando los autores de los Evangelios ponen la figura del ángel (o los ángeles) hablando a las mujeres, están argumentando la validez divina de la creencia en la resurrección de Jesús. Es una manera de decir que la resurrección de Jesús no fue un invento comunitario, sino una manifestación del amor de Dios. No lo salió a publicar un lunático discípulo de Jesús, sino que un ángel, una figura envestida del poder divino, lo reveló. Es interesante cómo Mateo y Marcos ponen en boca del ángel un micro-discurso muy similar a lo que fue la prédica de Pedro según Hechos de los Apóstoles: “Nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos” (Hch. 4, 10). Lucas, en cambio, hace decir a los ángeles algo similar a los discursos paulinos: “Sobre un tal Jesús que murió y que Pablo asegura que vive” (Hch. 25, 19). En ambos esquemas de predicación, el cambio de situación es rotundo: el crucificado es el resucitado, el que murió ahora vive. Lo imposible ha sido realizado. Las mujeres ahora tienen la información completa para entender lo que pasa. Dios no dejará que la muerte sea más potente que Él. Dios es capaz de revertir el poder del mal. Las víctimas son resucitadas, las víctimas son exaltadas, las víctimas no son el premio de la opresión. A las mujeres que visitan la tumba se les anuncia la Buena Noticia del amigo que no ha luchado en vano, el hermano que está vivo, el Señor que ha inaugurado la era escatológica.

El temblor de tierra y el aspecto de relámpago del ángel son signos escatológicos. El primero es la palabra griega seismos que sólo aparece cuatro veces en el Evangelio según Mateo; una es la que leemos hoy; la otra está en Mt. 27, 54, cuando se concluye la referencia a los acontecimientos que suceden al morir Jesús y que demuestran su filiación divina y el carácter escatológico de su muerte; la tercera referencia es en el discurso apocalíptico (cf. Mt. 24, 7), cuando se describe el terremoto como parte de las manifestaciones de la llegada del Hijo del Hombre. Finalmente, lo que conocemos como el relato de la tempestad calmada, en realidad, para Mateo es un seismos. El terremoto acompaña las manifestaciones divinas que tienen que ver con la consumación de los tiempos. Jesús derrota el mal (ese es uno de los sentidos de la tempestad calmada), Jesús es el Hijo del Hombre que viene con su muerte y su resurrección. La idea del relámpago es similar. En Mt. 24, 27 dice el Señor que la venida del Hijo del Hombre será como un relámpago que abarcará desde oriente hasta occidente. De esta manera, el autor pinta la escena de la resurrección con elementos escatológicos que avisan al lector sobre lo que ha ocurrido: es el tiempo final. Lo que había que esperar, donde estaba nuestra esperanza, se ha concretado. Si seguimos esperando con la mirada perdida en el horizonte, entonces estamos malinterpretando la resurrección. Nuestra esperanza es Jesús, y Jesús está vivo. Él es la suma de nuestros anhelos. Es la vida. Las mujeres en el sepulcro tiene que develar eso: la esperanza que es activa y presente en el hoy. Inclusive, la esperanza que se nos adelanta. Por eso el Resucitado llega antes a Galilea. Ya nos está esperando hacia donde tenemos que ir. Está en la meta antes que nosotros. La esperanza de Dios se nos adelanta, nos gana la carrera, nos recibe en la meta.

Los guardias que caen como muertos son la antítesis de las mujeres. Sólo Mateo los menciona dentro de los Evangelios canónicos. Entre los apócrifos, el llamado Evangelio de Pedro también lo hace. Si bien algunos suponen (como lo hace X. L. Dufour) que la inclusión de los guardias es un tema apologético para desmentir la versión circulante ya en los años 80 d.C. sobre los discípulos que roban el cuerpo de Jesús, también es cierto que, en la composición del cuadro, los guardias cumplen una función dramática. Dos mujeres, compañeras de la víctima, van al sepulcro; unos guardias, al servicio del poder que genera víctimas, custodian el cuerpo. Cosmológicamente, es como si los opresores (el mal) y los oprimidos (el bien) lucharan una batalla (por el cuerpo de Jesús). Si Jesús es la esperanza, los opresores quieren quitarle esa esperanza a los oprimidos. Uno de los mecanismos más antiguos de dominación es, justamente, hacer creer al otro que no hay salida, que la única salvación es el poder que lo está oprimiendo. Con la resurrección, los opresores (representados por los guardias) quedan como muertos. La resurrección es la esperanza de los oprimidos, es lo que derrota a las fuerzas del mal. La víctima vuelta a la vida es la palabra definitiva de Dios, su opinión tajante sobre la situación humana: Dios está del lado de las víctimas. Por eso los guardias (Roma) quedan como muertos y las mujeres (discriminadas, menospreciadas, tenidas por menos) reciben el anuncio de la vida. Con la Pascua queda claro que Dios no es imparcial.

Creer cuando muere un hermano / Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Jn. 11, 1-45 / 10.04.11

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?”. Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”. Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se curará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”. Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”. Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. Pero algunos decían: “Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?”. Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”.

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. (Jn. 11, 1-45)

El último domingo de la cuaresma, antes de internarnos en la Semana Santa, nos presenta un relato muy jugoso y muy sugestivo para prepararnos en vistas a la pasión. Así lo pensó también el autor del Evangelio según Juan, que ubicó como último milagro de la vida pública de Jesús la revivificación de Lázaro. Elaborando un septenario de milagros que comienzan en la boda de Caná (cf. Jn. 2, 1-11), continúan en la curación del hijo del funcionario (cf. Jn. 4, 46-54), luego la curación del paralítico (cf. Jn. 5, 1-9), la multiplicación de los panes (cf. Jn. 6, 5-15), Jesús caminando sobre las aguas (cf. Jn. 6, 16-21), la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn. 9, 1-7) y, finalmente, la revivificación de Lázaro, el autor hace del simbolismo numérico una herramienta. Siete es el número de la plenitud, de lo completo, de lo que proviene de la perfección de Dios. Siete son los milagros que totalizan, muestran en plenitud, la actividad milagrosa de Jesús, que hizo muchos otros signos no contenidos en el Evangelio (cf. Jn. 20, 30-31). Juan es muy cuidadoso al no hablar de milagros, como los sinópticos, sino de signos. Se trata de actividades y acciones de Jesús que tienen que llevar a una reflexión más profunda, a la comprensión de una realidad más trascendental que la curación en sí, la multiplicación o el agua convertida en vino. El milagro, en Juan, es un sacramento de algo superior que debemos descubrir.

Así, la revivificación de Lázaro no es sólo la buena noticia de un muerto particular que vuelve a la vida; la Buena Noticia profunda y de fondo es que Jesús es la resurrección y la vida, que la muerte no tiene la última palabra, que vamos a resucitar. El relato está escrito de manera que los puntos importantes se resalten sobre el desarrollo de la trama. La mayoría de los biblistas entienden que la tradición joánica y la tradición lucana tienen varios puntos en común. En este relato, se comparten los personajes de Marta y María, hermanas, también presentes en Lc. 10, 38-42, y el nombre Lázaro, que Lucas presenta en otro contexto (cf. Lc. 16, 19-31). En la tradición lucana, aparentemente, Marta y María no tienen un hermano llamado Lázaro. Para Juan, sí. Pero más aún, tenemos una comunidad de creyentes, de hermanos que, más allá de lo familiar, son hermanos en Jesús. Marta, María y Lázaro bien pueden ser Iglesia. Es una Iglesia que ha perdido a uno de sus miembros y se está preguntando el por qué; es una Iglesia que se enfrenta al misterio de la muerte sin la presencia física de Jesús, que parece estar lejano, en otro lado, desentendido. Las reacciones de Marta y de María son las reacciones propias de los seres humanos que no pueden vislumbrar a Dios en el suceso de la muerte. La primera solución que proponen es que si Jesús no se hubiese ausentado, Lázaro no habría muerto. La respuesta de Jesús es trascendente: en realidad, Lázaro no ha muerto, porque Jesús es la resurrección y la vida. Su cuerpo puede estar pútrido, pueden haberlo sepultado y llorado, pero por haber creído en Jesús, por ser un hombre abierto a la gracia, Lázaro está vivo en la vida de Dios, que es la vida verdadera. Marta y María están en un plano muy limitado, muy superficial; Jesús, con profundidad, les hace ver que los creyentes no mueren, así sin más, abandonando la existencia; los creyentes prolongan su vida en Dios, porque han dejado que los inunde la gracia, y la gracia es muchísimo más grande que la muerte o el mal.

Esta reflexión teológica, para no quedarse en una espiritualidad desencarnada, tiene una aplicación concreta. Jesús va hasta Betania dando su vida por un amigo, encarnando lo que dirá solemnemente después: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). Por su gran amigo Lázaro, Jesús se acerca a la ciudad que quiere darle muerte. Está cambiando su vida por la vida de un amigo, su vida por la vida de la comunidad de hermanos, su vida por la vida del ser humano. Este camino hasta Betania es el signo de la pasión. Lo espera el juicio y la cruz, lo sabe, pero va igual, por Lázaro. La demora de dos días en ir no es una jugarreta sádica de un superhéroe que sabe que tiene el poder para revivir cuando quiera; es probable que esa demora se deba a la persecución que hay contra Él, y que lo obliga a no levantar mucha sospecha ni mucho revuelo hasta que haya revivido a su amigo, para que no lo apresen antes. Por eso llora frente al sepulcro. Esta demora determina que Lázaro lleve 4 días sepultado. En el relato, los 4 días recuerdan la creencia rabínica de que el alma ronda el cadáver del difunto los primeros 3 días del deceso y, al cuarto día, lo deja para siempre porque el rostro se descompone y ya no puede reconocerlo. Con esos cuatro días, Juan afirma que Lázaro estaba totalmente muerto, y que no había lugar a dudas sobre su estado. No es catalepsia ni narcotismo; Lázaro ha muerto. Su regreso a la vida será símbolo de la resurrección de Jesús que ocurrirá pronto. Algunos puntos del relato hacen contacto entre Lázaro revivido y Jesús resucitado: las lágrimas de una tal María ante la tumba (cf. Jn. 11, 33 y Jn. 20, 11), la pesada piedra del sepulcro (cf. Jn. 11, 38 y Jn. 20, 1), las vendas (cf. Jn. 11, 43 y Jn. 20, 5). Hay una estrecha ligazón entre la resurrección de Jesús y la resurrección del creyente: por una es la otra, sin una no hay la otra. La vida entregada de Jesús por los amigos se prolonga en su vida resucitada que es la prenda de la resurrección nuestra.

Frente a la situación incomprensible de la muerte de un hermano, María y Marta reaccionan. María se presenta más pasional, si vale la expresión. Es referida desde el principio como la que había ungido al Señor y había secado sus pies. Esa situación será narrada más adelante, en el capítulo 12 del Evangelio. Por este desfasaje entre una acción contada como pasada y narrada en el futuro, algunos comentaristas creen que esa aclaración sobre María es una glosa tardía añadida al conjunto original del libro. Lo cierto es que la escena de la unción está íntimamente relacionada con la revivificación de Lázaro, porque es una especie de ritual donde Jesús toma, definitivamente, el lugar de Lázaro. Se hace condenado a muerte en lugar del que ha vuelto a la vida. María, con la unción, es la anfitriona del ritual. La unción coincide con la actitud pasional de María, que no duda en derramar el perfume a la vista de todos, en un gesto de amor explícito y público. A la par de ella aparece Marta, portadora de la confesión de fe. Su primera impresión es la fe judía en una resurrección final (cf. Is. 2, 2; Mi. 4, 1; Dan. 12, 1-3; 2Mac. 7, 22-24), pero Jesús la lleva a un nivel superior. La resurrección, más que un acontecimiento temporal del futuro, es un presente en la persona de Él. La resurrección es Alguien, y eso constituye la confesión novedosa de la fe. Marta debe pasar de creer en que su hermano resucitará en un futuro a creer que ya está vivo gracias a Jesús, que la muerte no lo ha hecho desaparecer, sino que lo ha trasladado a la existencia en gracia de Dios. La confesión de Marta es, en perspectiva, la confesión de la comunidad eclesial joánica, que a pesar de ver morir a sus hermanos, los sabe plenos en Jesús; no en el espacio ni en un tiempo paralelo ni en un cielo remoto; sino en Jesús, el Resucitado que los acompaña todos los días.

Cuestión de reyes / Fiesta de la Epifanía – Ciclo A – Mt. 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. “En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”. Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”.

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino. (Mt. 2, 1-12)

Como ya mencionamos en otro comentario, los primeros capítulos del Evangelio según Mateo están relatados de manera midrásica, o sea, son una relectura del Antiguo Testamento que actualiza la historia de la salvación en la persona de Jesucristo. En el caso particular de hoy, fiesta de la epifanía, mal llamada fiesta de reyes, la infancia de Jesús se proyecta narrativamente. Vamos a dejar de lado las discusiones eternas sobre la veracidad histórica de los hechos, sobre la cantidad de magos, sobre el fenómeno astrológico de la estrella. Son todas cuestiones que, probablemente, no estaban en la mente de Mateo a la hora de redactar. Literariamente, el texto encuentra dificultades, como la idea de que toda Jerusalén está consternada, cuando los magos sólo fueron al palacio de Herodes, o los sumos sacerdotes y escribas en relación íntima con Herodes, siendo que la reciprocidad no era la mejor entre estas personas, o Herodes confiando en los magos para que vayan hasta Belén y vuelvan con la información. Estas supuestas dificultades, en realidad, son recursos del autor para dejar asentado el mensaje que quiere transmitir. ¿Por qué, sino, Herodes sería tan protagonista? A Jesús se lo sobreentiende en la escena, se lo menciona entre telones, pero resulta ser Herodes quien lleva la voz cantante, al palacio donde llegan los magos, el que reúne a los sumos sacerdotes y escribas, y el que los envía a Belén a los visitantes extranjeros. Irónicamente, es el rey falso el que conduce a las naciones (magos de Oriente) hacia el rey verdadero.

Esta perícopa trata una cuestión de reyes. Son Herodes y Jesús enfrentados, desde sus contextos disímiles y su mensaje opuesto. Herodes, el rey, que posee el poder para buscar y encontrar, finalmente no encuentra a Jesús, aunque sí lo hacen los magos. Herodes propone una falsa adoración, porque quiere saber dónde esta el niño para matarlo, no para rendirle honores; a la par, los magos llegan gracias a la estrella y adoran. Herodes odia al niño, pues es su contrincante, a diferencia de José, María y los magos que lo protegen/acogen. Herodes vive en Jerusalén, rodeado de la opulencia, de los palaciegos, imponiéndose con la violencia, asesinando al que piensa distinto, al que surge como amenaza, al que ilumina al pueblo (Juan Bautista). Jesús nace en Belén, un pobladito, una aldea, sin dinero, sin desfile de plebeyos, con un mensaje que es Buena Noticia de liberación, como luz para los pueblos. En estas oposiciones queda más claro el sentido midrásico del nacimiento en Belén. Hoy por hoy, la mayoría de los estudiosos están de acuerdo en que Jesús nació en Nazareth y pasó la gran parte de su vida allí. El nacimiento en Belén, entonces, es una construcción teológica para remarcar el origen davídico del Maestro, debido a la profecía que Mateo bien utiliza en la perícopa de hoy y que pertenece a Miq. 5, 1: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial”; con un modificado de 2Sam. 5, 2b: “Y el Señor te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel”. De Belén sale el Mesías porque es rey como David. La tradición cristiana primitiva asoció rápidamente a Jesús con Belén porque, desde un principio, lo entendió como descendiente de la casa davídica.

La realeza del Mesías es un tema muy importante para el judaísmo, y tuvo que serlo para los primeros cristianos que surgieron del judaísmo. La gran cuestión teológica fue reinterpretar ese status de rey en un Jesús de Nazareth, artesano, profeta de los caminos, enemigo del Templo de Jerusalén, crucificado por los romanos. La biografía de Jesús no es, ciertamente, lo que uno esperaría de un rey. En esa línea reinterpretativa está la tradición del nacimiento en Belén. Son las credenciales para autorizar el mesianismo de Jesús, que a primera mirada, desconcierta. Un modelo de rey esperable sería Herodes: dramático, con poder terrenal, con una corte y palacios, violento, sentado en mesas abundantes. El modelo jesuánico, en cambio, es desconcertante. Prefiere la casa antes que el palacio, a una muchacha y un artesano antes que una corona, a los extranjeros antes que los nobles aduladores.

Los magos son capaces de reconocer a un rey así. Los ha ayudado una estrella, ciertamente, que es el signo de las realezas. Ya en la antigüedad de Israel, precisamente un mago, Balaán, había anunciado: “Surgirá estrella de Jacob, y de Israel se levantará un cetro” (Nm. 24, 17). Aquí van asociadas ambas ideas, la del rey y de la estrella. Para el Oriente no era extraña la leyenda de los astros que, alineándose, enviaban una señal distinguible cuando nacían los grandes hombres, sobre todo, cuando nacían los reyes. Eso se había dicho, por ejemplo, de Alejandro Magno, y los hebreos poseían una tradición similar sobre Abraham en el Midrash Sefer ha-Yashar, que contaba cómo un astro se levantaba del cielo anunciando el nacimiento del niño Abraham que tomaría posesión del mundo entero. Y en esto de magos y estrellas, son Plinio y Suetonio quienes cuentan que, aproximadamente en el año 66 d.C., algunos magos de Persia fueron a visitar a Nerón para honrarlo. Todos estos datos son suficientes para dejar asentado que la intención del autor es asegurar la realeza de Jesús, que se manifiesta y se reconoce, en un primer momento, con los mismos signos de realeza del mundo antiguo, como las estrellas y los magos, pero que en un segundo momento, analizando más detalladamente, se pueden encontrar las grandes diferencias entre la manera de reinar del mundo y la manera de reinar de Jesús. Mateo tendrá todo el Evangelio para desarrollar la narración, para demostrar qué tipo de rey es Jesús. Por lo pronto, en la fiesta de la epifanía, fiesta de la revelación, nos queda la certeza de que el Reino de Dios comienza en el símbolo de Belén, con una madre reina que apenas si llegará a los quince años, con un padre artesano que subsiste gracias al trabajo de sus manos y con unos extranjeros que se han animado a seguir su estrella. En ese ambiente se encuentra el Rey de Reyes.

Cuatro navidades / Sobre las formas evangélicas de la Navidad

Mc. 6, 3: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”

Para el evangelista Marcos no hay relatos de la infancia de Jesús, como sí existen en los primeros capítulos de Mateo y Lucas. Sin embargo, a pesar de esa ausencia que nos duele en nuestra curiosidad, lo que sí hay en Marcos son referencias a la infancia, y no de las mejores. Cuando sucede la última visita de Jesús a una sinagoga (cf. Mc. 6, 2), se le recrimina su falta de autoridad en base a su origen. Este Jesús es un artesano de pueblo (tekton en griego), un trabajador como cualquiera, un hermano entre tantos de una familia numerosa de Nazareth. Y además de todo esto, parece ser un bastardo. Que sus compatriotas lo nombren como el hijo de María en una cultura donde el padre determina la pertenencia sanguínea, es sugestivo. Al llamarlo por su parentesco maternal, lo están acusando de ser un don nadie, inclusive un hijo ilegal, de concepción dudosa. Ser hijo de María no es un título honorífico, como podemos tergiversar por nuestro acervo religioso. Ser hijo de María es ser hijo sin padre, porque no se lo puede nombrar.

Es simpático que lo acusen de desarraigo al que más arraigado estuvo. Es simpático que lo acusen de bastardo al que tuvo más claro que nadie quién era su Padre. Es simpático que lo recriminen desde su familia al que quiso hacer una familia universal de seres humanos. Quizás, la navidad sea el tiempo de los bastardos, de los que nadie quiere, los que nadie reconoce, los huérfanos, los sin-padre. Para ellos y por ellos, el Hijo de Dios nace dudosamente.

Mt. 1, 1: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”

Para Mateo es muy importante dejar en claro que Jesús es el Mesías esperado por el judaísmo y avalado por el Antiguo Testamento. Por eso su Evangelio comienza con una genealogía, un recuento de los antepasados de Jesús que lo conectan con dos pilares de Israel. Uno de esos pilares es David, el rey modelo, el rey que recibió la profecía sobre una descendencia que nunca se acabaría y que reinaría eternamente sobre Israel. Jesús es hijo de David en cuanto José acepta ponerle el nombre. El otro antepasado importante es Abraham, el padre del pueblo elegido, el símbolo de la fe. Para Mateo, Jesús no nace desencarnado, a-histórico. Todo lo contrario; Jesús nace asumiendo la historia de un pueblo que ya viene acompañado por la mano de Yahvé. David y Abraham son los garantes del judaísmo y del mesianismo del Hijo de Dios.

Este Jesús mateano puede resultarnos chocantes. ¿Una navidad judía? Y sin embargo es así. Jesús fue un judío. Es posible festejar una navidad judía. El exclusivismo de privatizar a Dios en el cristianismo, o lo que es peor, privatizarlo en alguna denominación del cristianismo, no concuerda con el espíritu jesuánico. La navidad es judía, en algún sentido, porque el pueblo de Israel representa a todos los seres humanos que fueron capaces de descubrir, en su caminar, el acompañamiento de Dios.

Lc. 2, 1-2: “En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria”

Con coordenadas históricas, Lucas define una época para Jesús. Es la época del Imperio Romano, de los censos para saber con cuánta mano de obra cuenta la maquinaria imperial, cuántos territorios, cuántos impuestos. Es el nacimiento del Mesías en un mundo globalizado, a su manera, pero globalizado, con una falsa ilusión de pluralidad cultural que caía bajo el peso de la hegemonía dominante. Un mundo con aparente libertad religiosa para algunos pueblos que, en la práctica, era libertad de seguir celebrando siempre y cuando se rindan honores al emperador. Jesús nace en época de gobernadores y de decretos, época de burocracia que, entre papeleos, se olvida de los ciudadanos, los utiliza y los pisotea. Más allá del análisis histórico sobre la veracidad o no del relato, es llamativo cómo, a causa del censo, un varón con su esposa embarazada deben movilizarse desde Nazareth hasta Belén.

Jesús será un líder carismático de su pueblo. La gente lo seguirá y lo escuchará. Será líder por el espíritu que lo anima, no por acomodamiento político. Pero su liderazgo no comienza en el palacio, sino en el pesebre. Su liderazgo no está en decretos ni en sellos reales; su liderazgo es lo opuesto, es la vida compartida con los pobres. Navidad es eso: Dios entre los pobres.

Jn. 1, 14a: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

Juan hace la teología de la catequesis sobre el nacimiento de Jesús. Va más allá. El Hijo de Dios es la Palabra, es eterno, es divino. El Hijo de Dios es paradójico porque, en su eternidad, se somete al tiempo; en su infinitud, se somete al espacio; en su divinidad, se hace humano. Juan no relata el nacimiento con historias inspiradas en el Antiguo Testamento, como Mateo o como Lucas, sino que profundiza el misterio. Pero no es una profundización que sale de las cavilaciones joánicas. En el prólogo de su Evangelio (cf. Jn. 1, 1-18) hay referencias al Pentateuco y a la tradición filosófica judeo-helenista. Juan llega a comprender la encarnación porque había elementos previos para hacerlo. La Palabra pone la tienda (skenoo según el texto griego) entre nosotros como la Tienda del Encuentro que acompañó a Israel en su marcha por el desierto. Jesús es la plenitud del Templo, o sea, la plenitud de la presencia de Dios entre los seres humanos.

Navidad es Dios entre nosotros, es Dios acá, es Dios palpable. Juan lo descubrió teológicamente, llegó al meollo de la cuestión, y lo expresó con poesía. Navidad es poesía y teología, también. Es difícil poner en palabras a la Palabra. Es difícil explicar a Dios; sobre todo cuando Dios es tan sorprendente, tan imprevisible, tan amoroso. En navidad tenemos el desafío misionero de contar la Buena Noticia como podamos, como nos salga, pero fundamentalmente, contar el Evangelio con nuestras vidas.