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María profeta / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo B – Lc. 1, 26-38 / 18.12.11

26 En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

28 El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. 29 Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. 30 Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. 31 Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; 32 él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. 34 María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. 35 El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. 36 También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, 37 porque no hay nada imposible para Dios”. 38 María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

Y el Ángel se alejó. (Lc. 1, 26-38)

¿Quién es Gabriel y qué dice?

El ángel Gabriel está presente, en el Antiguo Testamento, en el libro apocalíptico de Daniel. En primer lugar, es un aggelos, un mensajero. La angelología hebrea, más allá de lo conservado en la Biblia, se había desarrollado grandemente con un panteón de seres angélicos de lo más variado. La mística hebrea los dividía en jerarquías. Entre ellas, una de las jerarquías más importantes era la de los arcángeles, los arche-aggelos, o sea, los primeros entre los ángeles, los jefes de los ángeles. De ellos formaría parte Gabriel, cuyo nombre significa en hebreo el hombre de Dios, que tradicionalmente se ha entendido como quien como Dios. El catolicismo, luego, identificó tres arcángeles: Gabriel, Miguel y Rafael, a quienes dedica la fiesta litúrgica del día 29 de septiembre.

Lo cierto bíblicamente es que Gabriel está relacionado con los tiempos escatológicos. En Daniel, su aparición tiene el objeto de explicarle al profeta el significado de la profecía de las setenta semanas (cf. Dan. 9, 21ss). Este tiempo es lo que durará la preparación para la instauración del Reino definitivo de Dios. Desde que Daniel recibe la profecía, setenta semanas transcurrirían hasta que Dios pondría fin al pecado y restauraría la justicia para siempre. Lucas conoce esta profecía y la aprovecha en su favor en los primeros capítulos del Evangelio. Así es que desde el anuncio que hace Gabriel a Zacarías en el Templo hasta la anunciación a María transcurren seis meses (180 días), luego pasan nueve meses (270 días) y nace Jesús, para ser presentado 40 días más tarde en el Templo para la purificación que exige la Ley. En total, todo el recorrido suma 490 días, o lo que es lo mismo, setenta semanas. De esta forma, Lucas vincula el tiempo escatológico que anuncian los profetas con la entrada de Dios en el mundo. La presencia de Gabriel es la revelación de que lo anunciado se cumplirá (se está cumpliendo). Gabriel es promesa y certeza. Su presencia certifica la fidelidad de Dios a su pueblo. Gabriel es quien como Dios porque asegura la presencia divina entre los seres humanos. Se ha cumplido el tiempo, viene la justicia, viene la desaparición del pecado. Lo que recibió Daniel como profecía, lo recibe ahora María. Esto abre un campo de reflexión mariológica importante: María profeta. Pero sobre todo, María profeta como signo de la profecía de los pobres. Ahondaremos en esto más adelante, pero vale adelantar la singularidad de Gabriel, ángel de Dios, figura de revelación, en Nazaret, aldea de Galilea, pequeña y polvorienta.

No menos importante es lo que dice Gabriel. Tanto, que los exegetas se debaten entre las peculiaridades de algunas palabras. La primera discusión es sobre el inicio del saludo: chairo. Algunos piensan que se trata de una referencia al profeta Sofonías, y otros creen que es la forma de saludo típica griega, traducible como salve (sin connotaciones teológicas en su uso cotidiano) o te saludo. Respecto a Sofonías, es peculiar del profeta la sensibilidad hacia la alegría. Su anuncio profético es un anuncio de la alegría que genera para la hija de Sión (para Jerusalén, para el pueblo de Israel) la venida de Dios. El día definitivo y terrible que anuncian algunos, en realidad es día de alegría, porque significa que Dios visita. Así es que podemos leer en Sof. 3, 14-17: “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal. Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso!”. Si recordamos también Zac. 9, 9: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”; que el Nuevo Testamento interpretó como profecía mesiánica aplicada a Jesús entrando en Jerusalén (cf. Mt. 21, 5 y Jn. 12, 15); con la similitud entre ambas citas es posible creer que Lucas utiliza el vocablo inicial a propósito. María es la figura simbólica de la hija de Sión, es el pueblo entero que espera la salvación. Y la salvación ha llegado, por eso hay que alegrarse. En medio de la extrañeza del asunto, del embarazo complicado, del misterio, hay que gritar de júbilo, porque Dios está en medio de los seres humanos, ha llegado la hora de su revelación definitiva.

La otra discusión exegética es la frase final de Gabriel, sobre la inexistencia de cosas imposibles para Dios. Normalmente, las traducciones al español presentan variantes que no escapan mucho a lo tradicional: porque no hay nada imposible para Dios. Pero algunos exegetas, ateniéndose más literalmente al original, confían que sería conveniente traducir así: “porque, viniendo de Dios, ninguna palabra quedará sin efecto”. Esto parece encajar muy bien en el contexto del relato de la anunciación. Este relato, a diferencia de otros, es más audición que visión. No queda claro que María pueda ver al ángel. Gabriel entra en escena y se va, pero lo importante es el diálogo, lo que María escucha y responde. Es importante la palabra divina que recibe, no una visión de un ser celestial. Queda clara la situación cuando se compara con Zacarías, que ve a Gabriel (cf. Lc. 1, 12) a la derecha del altar. María, en cambió, oyó (cf. Lc. 1, 29). La audición es propia de los discípulos, que se sientan a los pies del maestro para oír su explicación. Como decíamos anteriormente, la presencia de Gabriel en la escena es la seguridad de la acción fiel de Dios. Es la seguridad de su palabra, que no defraudará. Lo que María ha oído (y a través de ella, lo que el pueblo oye) no es una falacia ni una promesa corrupta ni una mentira; es la verdad de Dios, es su promesa concretándose, es un presente de salvación. Es una palabra con efecto. El efecto inmediato es el embarazo de María, pero sobre todo, el efecto es la presencia esperada de Dios entre los seres humanos.

María profeta

Dijimos que la escena de la anunciación abre un tópico mariológico para explorar: María como profeta, y sobre todo, María como profeta pobre, símbolo del pueblo oprimido que recibe la revelación. El camino que recorre Gabriel desde el Templo en Jerusalén con Zacarías hasta la casa de María en Nazaret, es el camino de la Palabra de Dios que parece abandonar el Templo y el centro urbano para dirigirse a la periferia secular, a una casa, a una muchacha pobre, en una aldea. Es el regreso de la profecía original, de los orígenes de la profecía, del contexto profético más puro. Es la Palabra que va a los pobres. Gabriel, quien como Dios, revela lo escatológico en la periferia, y hace de María un símbolo del pueblo pobre que recibe la verdad sobre el final de los tiempos. María es una reivindicación de los oprimidos. La Palabra de Dios, secuestrada en el Templo, secuestrada por lo escribas, se libera por mano de Dios mismo para ir a su cuna real, entre los pobres, entre lo marginal.

Dios le da la palabra a una muchacha de Nazaret. Y en ella, se la da a los pequeños, los que no son nada ni nadie. Dios revierte el proceso patriarcalista y elitista que secuestró la Palabra. En María, la Palabra es liberada. Por eso es profeta. Y por eso, con ella, se hacen profetas los olvidados, los que no son tenidos en cuenta, aquellos que resultan indiferentes para los pesados sistemas religiosos. Ha llegado el final de los tiempos, que es la devolución de las cosas a su estado de plenitud. La Palabra, por lo tanto, también busca la plenitud primigenia, y la halla en María, o sea, en el pueblo marginal.

Cuando se convierte a María en agorera de desgracias, cuando se la hace aparecer para anunciar catástrofes, para condenar a la humanidad que no reza, se está desvirtuando el sentido profético de María. María, como receptora de la Palabra definitiva de Dios, es el recuerdo sacramental de que en los pobres y marginados revela la divinidad su destino escatológico. Ella no puede ser un instrumento de tormento para las clases bajas, no puede ser el medio generador de miedo apocalíptico. La figura de María tiene que impulsar la lucha por la dignidad, la defensa de la mujer en un sistema machista, la protección de los niños, la consecución de las necesidades básicas para vivir. María es la garantía de que Dios no se olvida de los pequeños, así como Gabriel fue garantía para Israel de que Yahvé se hacía presente entre ellos. Los tiempos escatológicos son los tiempos de la justicia, como soñaba Daniel al cabo de las setenta semanas. No son tiempos de temor, sino de alegría, como recordó Sofonías. María resume esas ideas, esas esperanzas. Su figura no puede salir a recorrer las calles y los barrios para acongojar ni para sostener status. María sale para recordarle a la gente que Dios no tiene palabra vana, no promete por prometer como lo hacen los buscadores de votos. En ella se cumplió lo anunciado. En los pobres se debe seguir cumpliendo.

El buen ladrón que era malhechor / Jesucristo Rey del Universo – Ciclo C – Lc. 23, 35-43

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”.

Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. El le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lc. 23, 35-43)

Con este domingo se cierra el Ciclo C de la liturgia católica. Nos estuvo guiando el Evangelio según Lucas a lo largo del año, desde el primer domingo de adviento. Las lecturas seleccionadas para las sucesivas celebraciones han dejado en claro cuáles son los puntos fuertes del relato lucano. El especial hincapié en los pobres, en los marginados, en los pecadores; el desfile de mujeres que acompañan a Jesús; la capacidad parabólica del Maestro al contar historias; la presencia del Espíritu Santo en todo momento; la importancia de la oración en la vida de Jesús y las recomendaciones a sus discípulos sobre la importancia de orar; la elegancia literaria del estilo de Lucas. El Cristo de Lucas es el Cristo de los pequeños, de los últimos, de los que nada tienen para dar. Es el Cristo de los pastores de Belén, el Cristo de María de Nazareth, Cristo de la pecadora pública que llora sobre sus pies, Cristo de las viudas, del padre misericordioso, del buen samaritano, de los publicanos, de la mesa compartida, del camino a Emaús. Y hoy, como cumbre, es el Cristo que salva al más marginal, al crucificado. En este episodio de los malhechores, mal conocido como el episodio del buen ladrón, se manifiesta la realiza de Jesús. Aún crucificado, podríamos decir derrotado, es capaz de vencer con la fuerza del amor. Jesús es rey desde la paradoja, desde lo marginado, desde la pequeñez.

Cada uno de los cuatro Evangelios tiene una estructura distinta en la narración de este episodio. Comencemos por Marcos. La mención a los crucificados es escueta: “Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda” (Mc. 15, 27). La palabra aquí traducida por ladrones es lestes, que significa salteador o bandido, aquel que se lleva un botín. Luego aparecen los grupos humanos que insultan a Jesús: primero los que pasaban por allí (cf. Mc. 15, 29-30), luego los sumos sacerdotes y escribas (cf. Mc. 15, 31-32a) y finalmente los otros dos crucificados (cf. Mc. 15, 32b). Analicemos ahora a Mateo. La mención a los crucificados también es escueta, casi calcada de Marcos: “Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda” (Mt. 27, 38). Nuevamente se emplea el término lestes. Los insultos, igualmente, repiten el esquema marquiano: primero los que pasan por allí (cf. Mt. 27, 39-40), luego los sumos sacerdotes, escribas y ancianos (cf. Mt. 27, 41-43), y finalmente los crucificados (cf. Mt. 27, 44). Dejemos Lucas para el último y vayamos hasta el Evangelio según Juan. La estructura es totalmente diferente. Lo crucificaron a Jesús “y con él a otros dos, uno a cada lado” (Jn. 19, 18). No sabemos si son ladrones, bandidos o malhechores. Los insultos desaparecen de esta sección y aparece la escena de la madre al pie de la cruz con el discípulo amado (cf. Jn. 19, 25-28).

En la escena de Lucas debemos ir despacio para analizarla. En primer lugar, la construcción teatral es propia de la redacción lucana. Ningún otro conserva el diálogo entre Jesús y sus compañeros crucificados. Algunos comentaristas creen que el autor se inspiró en Gn. 40-41, en parte de la historia de José. Cuando José se encuentra en prisión en Egipto, recibe como compañeros de celda al copero mayor del Faraón y al panadero mayor. Ambos personajes son antagónicos: mientras el copero sería el bueno, el panadero representaría al malo. El copero será restituido a su cargo por parte de Faraón, pero el panadero será colgado. José le pide al copero, de manera muy similar al pedido del buen ladrón a Jesús, que cuando esté restituido, se acuerde de él, en prisión, y lo haga sacar. Eso sucederá dos años después, cuando el copero mayor sugiera al Faraón que busquen a un tal José, encarcelado, que es capaz de interpretar los sueños. Ante la buena interpretación de José, el Faraón decide ponerlo, inmediatamente (hoy mismo), al frente de todo Egipto para administrar el alimento. Por lo tanto, es posible que este episodio esté en el trasfondo de la escena lucana que leemos hoy. Aunque no debemos olvidar que Lucas gusta de formar parejas en su narración, como historias y como personajes. Así tenemos la doble historia de la infancia que compara a Juan el Bautista y a Jesús (cf. Lc. 1-2); tenemos el envío de los Doce (cf. Lc. 9, 1-6) y el de los setenta y dos (cf. Lc. 10, 1-16); tenemos a Marta y María (cf. Lc. 10, 38-42); tenemos la parábola de la oveja perdida y la de la dracma (cf. Lc. 15, 3-10); tenemos al hijo mayor y al hijo menor del padre misericordioso (cf. Lc. 15, 11-32); tenemos al rico y al pobre Lázaro (cf. Lc. 16, 31); tenemos al fariseo y al publicano en oración (cf. Lc. 18, 9-14); tenemos a Pilato y Herodes durante la pasión (cf. Lc. 23, 1-12). Tenemos, por lo tanto, al buen ladrón y al mal ladrón. Ahora bien, más allá de la tradición, hay que resaltar que Lucas no llama lestes a los crucificados, como sí lo hacen Marcos y Mateo. Para Lucas son kakourgos, palabra griega que se deriva de kako (malo, mal) y ergon (trabajo, labor, hecho), o sea que son mal-hechores. Los crucificados junto a Jesús son personas que hacen el mal, que trabajan a partir de los malos hechos. A diferencia de los lestes, quizás simples bandidos, los malhechores definen su vida desde las acciones malas, desde la planeación del mal. Se dedican a eso, son profesionales en lo que hacen. En Lucas no hay buen ladrón, sino malhechor.

La creación de esta escena por parte de Lucas responde a un resumen del Evangelio. Éste es el último diálogo que emprende Jesús antes de morir. Después de esto no hablará más con otro ser humano hasta estar resucitado. La imagen es fuerte: el Cristo entabla su última conversación con uno de los marginales más marginados, con un crucificado, poniendo sello definitorio a toda su vida, que fue compartida, justamente, con los marginales más marginados. En su lecho de muerte, es capaz de mantenerse fiel al Reino y al Padre en el que cree, por eso puede expresar, como frase finalísima: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46); con el Espíritu que fue guiado, muere, conciente que vuelve al Padre. Ha resistido. Con maestría, Lucas dibuja las tentaciones en la cruz. Los jefes del pueblo lo desafían a salvarse a sí mismo si, en verdad, es el Mesías. Luego lo hacen los soldados, recalcando su condición de rey de los judíos. Finalmente lo hace uno de los malhechores crucificados, de nuevo insistiendo sobre su mesianismo. Las tres tentaciones coinciden con la escena inicial de las tentaciones en el desierto (cf. Lc. 4, 1-13). Aquella vez, el autor aclaró que el demonio se alejó hasta el momento oportuno. ¿Habría momento más oportuno que la cruz? ¿Habría mejor momento para truncar el proyecto del Reino que atacar al ser humano frente a la posibilidad máxima del egoísmo? Salvarse a uno mismo, esa es la gran tentación; pensar en yo sin nosotros. En el desierto, en definitiva, la tentación era la misma. Convertir las piedras en pan para saciar el hambre inmediato personal, adorar a las fuerzas del mal para tener poder, pedir a Dios un milagro caprichoso para uno mismo. Ser Mesías hacia adentro, olvidándose del pueblo, de los demás, del otro, del prójimo. Ese es el grito del demonio en la cruz: “Sálvate a ti mismo”. Se lo dicen los jefes del pueblo, se lo dicen los soldados y se lo dice uno de los malhechores. Que se olvide de los demás, que tire por la borda toda la vida entregada entre los marginales. Hay una salida egoísta: que la use.

Pero la paradoja del Evangelio es gigante. Ante el pedido de que se salve a sí mismo, Jesús salva a otro, al malhechor que le pide que se acuerde de él cuando venga con su Reino. Nada dice el autor sobre arrepentimiento; incluso deja que el malhechor exprese una tergiversada visión de la crucifixión, justificada en sus malos actos. El malhechor considera correcto y justo pagar las culpas en la cruz; no sabemos si se arrepiente; sí sabemos que ha descubierto la injusticia cometida contra Jesús. Esa es la verdadera revelación. Pudo ver injusticia ejecutándose, y pudo reconocer que no estaba bien que sucediese. Ha desenmascarado el sistema perverso del mundo, donde sufren los que no deberían sufrir, y ese sufrimiento sólo se explica desde la injusticia. Por eso le pide a Jesús que lo recuerde cuando vuelva con su Reino, porque el Reino traerá la justicia social, la verdad, la libertad. El Reino es la corrección de esa perversidad donde sufren los inocentes. De ese Reino quiere formar parte el malhechor. Y Jesús duplica la apuesta del malhechor. No hace falta esperar a un futuro para que se acuerde de él en el Reino. Hoy mismo estará en el Paraíso con el Señor. Esta promesa/cumplimiento debe ser entendida parte por parte y, en lo posible, desde su traducción más literal: “De cierto te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso”:

a) De cierto te digo: esta expresión abre frases de Jesús en Lc. 4, 24 (ningún profeta es bien recibido en su tierra); Lc. 11, 51 (a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre derramada en la historia); Lc. 12, 37 (el señor recogerá su propia túnica y servirá a los servidores que estuvieron velando por él); Lc. 13, 35 (no verán más a Jesús hasta que lo vean volver entre alabanzas); Lc. 18, 17 (el que no recibe el Reino como un niño no puede entrar en él); Lc. 18, 29 (el que deja todo el Reino recibirá mucho más); Lc. 21, 32 (no pasará esta generación hasta que se cumpla la cercanía del Reino de Dios). En general, se trata de frases escatológicas relacionadas con el Reino. Lo que viene a continuación de la expresión es una aseveración de profeta apocalíptico que entiende la escatología como un presente y no como un futuro. Es esta generación, es el Reino que se cumple ahora, es el hoy de la salvación.

b) Hoy: en Lucas hay un hoy salvífico. A los pastores se les anuncia que hoy ha nacido el Salvador (cf. Lc. 2, 11), Jesús asegura en la sinagoga que las palabras de Isaías sobre el ungido de Dios (cf. Lc. 4, 17-19) se cumplen hoy (cf. Lc. 4, 21), tras la curación del paralítico la gente dice que ha visto cosas increíbles hoy (cf. Lc. 5, 26), Zaqueo debe bajar porque hoy se aloja el Maestro en su casa (cf. Lc. 19, 5) y hoy llega la salvación a esa misma casa (cf. Lc. 19, 9). El Reino es inmediato, no puede demorarse, no puede ser un apocalipsis del futuro. Con Jesús resucitado, como ya lo sabe el autor, hay un presente continuo de su presencia. Siempre es hoy, es ahora, es el Cristo, es Dios entre nosotros, es la salvación. El malhechor es rescatado hoy, ahora mismo, en este instante, porque Dios no puede actuar con demora.

c) Conmigo: la idea de la compañía de Jesús es la idea del discipulado. Los que están con Él son los que viven su vida íntima. Los que están con Él no están contra el Evangelio (cf. Lc. 11, 23). En el capítulo 15 del Evangelio, con las tres parábolas de la misericordia, el juego literario del conmigo expresa la comunión con el Dios que salva lo perdido. El pastor que pierde la oveja pide a los otros pastores: alégrense conmigo; lo mismo hace la mujer que encuentra la dracma con sus vecinas y amigas: alégrense conmigo; y el padre misericordioso dice al hijo mayor: tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Allí hay comunión, en la alegría y en la vida compartida. Esa comunión es un grado tan íntimo de unión, que parece inquebrantable. Jesús puede decir a sus discípulos: “Ustedes son los que han permanecido conmigo en las pruebas, por eso yo les asigno un reino, como mi Padre me lo asignó” (Lc. 22, 28-29).

d) En el Paraíso: paradeisos es una palabra de origen oriental que denota, generalmente, los jardines y parques de los palacios. Para la tradición bíblica el modelo es el Edén, el hermoso jardín inicial de felicidad plena, hacia donde tendería la historia. Al final, el Edén sería restituido y vivirían los justos en la presencia de Dios, reparando la historia de Adán y Eva. Para el malhechor, la promesa es que no debe esperar un final lejano, sino que hoy mismo entrará al jardín del palacio de Dios. Hoy mismo se encontrará en un estado de plenitud junto a Jesús. La plenitud, supuestamente reservada a los justos y puritanos, es regalada a un crucificado, a un malhechor, a un marginal.

El malhechor es el único, en toda la obra lucana, que se dirige a Jesús simplemente con su nombre de pila. Todos lo llaman con algún título (Señor, Hijo de David, Maestro) o con el nombre más alguno de los títulos. Sin embargo, en la cruz, es solamente Jesús. Y en la cruz, maravillosamente, es el rey del universo. No hay una explicación satisfactoria más allá del mesianismo bien entendido. Lucas ha dejado en claro que no ha venido para sanos ni para justos, que ha traído liberación a los cautivos, Buena Noticia a los pobres, que come con publicanos y pecadores, que se deja tocar por las prostitutas.

Éste es nuestro rey. Si queremos ser sus súbditos, entonces tenemos que reproducir sus normas de vida. Si pretendemos que nuestras comunidades sean su casa, tendremos que dejar entrar a los malhechores, a las prostitutas, a los pobres, a los que están al margen. De lo contrario, podemos seguir celebrando la festividad de Cristo Rey como en la Edad Media, imaginando un Cristo revestido de oro que se sienta en un trono al que sólo acceden los buenos cristianos. Lamentablemente, en el pasaje litúrgico de hoy, no hay buenos cristianos, sino malhechores.