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El que no arriesga, no gana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 25, 14-30 / 13.11.11

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mt. 25, 14-30)

Esta parábola conocida no es tan simple y ligera como tradicionalmente se piensa. Considerando desde un principio que el título asignado por la mayoría de las traducciones (parábola de los talentos) podría estar equivocado, y que hasta el planteo interno del relato podría contradecir el Evangelio y la imagen de Dios predicada por Jesús, es válido tener algunas reservas. Quizás, el mayor problema sean las modificaciones que pudo sufrir la parábola desde que fue pronunciada por Jesús hasta que la conservó y plasmó por escrito la Iglesia primitiva. El texto está contenido en Mateo, que leemos hoy, en Lc. 19, 12-27 y en el apócrifo Evangelio de los Nazarenos. Este último hace modificaciones importantísimas que afectan el desarrollo y la conclusión; la más notoria es cuando el tercer siervo, en lugar de esconder el dinero confiado, como en Mateo o Lucas, lo dilapida en prostitutas. Obviamente, se trata de un giro moralizante de la parábola, probablemente ideado por una comunidad judeo-cristiana que, ante la demora de la Parusía (la segunda venida del Hijo del Hombre), constataba cómo muchos cristianos comenzaban a llevar una vida moral laxa, sin demasiadas preocupaciones, convencidos de que el Señor tardaría en volver. Esta visión debe considerarse muy posterior a Jesús. Inclusive, la visión escatológica que también comparten Mateo y Lucas, relacionando la parábola con la consumación de la historia, puede no ser la intención inicial de Jesús. El núcleo del relato estaría en un señor que confía bienes a sus siervos y que espera que esos bienes produzcan más. Sin connotaciones morales y sin recurrir necesariamente a la imagen de un juicio final donde el improductivo es castigado. La metáfora final de las tinieblas, el llanto y el rechinar de dientes pueden rastrearse en Mt. 8, 12; Mt. 9, 12; Mt. 13, 42.50; Mt. 22, 13 y Mt. 24,51, demostrando que son frases recurrentes de la literatura mateana, posiblemente redaccionales. Recordemos que en el hilo de la narración, no tiene sentido este final con tinieblas, llanto y rechinar de dientes; no tiene sentido que este hombre rico se exprese así. Tampoco tiene sentido, en la mirada global del Evangelio, que Jesús apruebe que se le quite el dinero al que tiene poco (al pobre) y se lo entregue al que tiene mucho (al rico). La expresión parece contradecir la Buena Noticia anunciada previamente. Podemos suponer que aquí también hay intervención redaccional de la Iglesia. Como en el inicio mateano, cuando se explica que los tres siervos recibieron distinta cantidad de dinero, de acuerdo a su capacidad o habilidad. Esta frase puede ser el puntapié para la interpretación tradicional que proclama que Dios crea personas más hábiles que otras, que a unos da más talento (más carisma, más habilidades, más inteligencia, más capacidades) que a otros. ¿Es compatible este Dios con el Padre de Jesús? Con esta percepción se fabrica una teología de la desigualdad natural. Peligrosísima. Si Dios nos ha hecho desiguales, es lógico que la sociedad sea desigual y que unos estén sobre otros. Pero la parábola no está diciendo esto. Lo que traducimos por capacidad es dynamis en griego, y significa poder. Jesús ha utilizado para esta parábola, como para otras, un modelo imperial y señorial de su tiempo. Un hombre muy rico, con esclavos y empleados, les deja dinero para que produzcan más. A su regreso, exigirá violentamente, y al que no cumpla, castigará. No quiere decir que el Reino de Dios sea como los reinos de la tierra; sólo se está aprovechando una situación común del Imperio Romano para figurar otra cosa. Por eso hay tres siervos con distinto poder, o sea, con distintos cargos dentro del señorío de este hombre rico. Si se tratase de un gobernador, por ejemplo, diríamos que hay distintos cargos ministeriales o secretariales. No se puede trasladar, así sin más, la idea de distintos dynamis a una teología de la desigualdad.

Lucas ha sido más cuidadoso en su relato. El señor que se va deja a diez servidores la misma cantidad de dinero: diez minas a cada uno. La mina equivale a 100 denarios, y un denario es el sueldo de un día de trabajo de un jornalero. La orden, en Lucas, es precisa: hagan producir el dinero. Al final, cuando el siervo que escondió el dinero es despojado para darle al que más tiene, un coro de servidores inquiere al señor sobre esta práctica extraña de darle más al que más tiene. Es un llamado de atención que Mateo no tiene. Estos agregados lucanos hacen pensar que Mateo está más cerca del original, aunque también ha intervenido en la redacción. Lucas alegorizó bastante para relacionar la parábola con la Parusía. En el inicio, por ejemplo, se describe al señor como un hombre de familia noble que viaja al exterior para recibir una investidura y regresar enseguida. Como Jesús ascenderá para recibir la diestra del Padre y volver en la segunda venida del Hijo del Hombre. Pero una comitiva de conciudadanos se moviliza en embajada al país lejano para evitar que sea coronado rey. Como los jefes religiosos de Israel que no quieren reconocer el mesianismo de Jesús. De todas maneras, el noble vuelve convertido en rey y condena a muerte a sus enemigos. Más allá de esta alegoría, en el fondo parece estar también el recuerdo de Arquelao, quien partió hacia Roma en el año 4 a.C. para que el Imperio le otorgase el reino de Judea; al mismo tiempo, una embajada judía de 50 personas viajó a Roma en paralelo para impedir su nombramiento.

Habiendo establecido todos estos añadidos redaccionales, es necesario preguntarse cuál podría ser la intención original de la parábola. Tenemos por seguro que siempre se trata de mucho dinero el confiado. Las minas de Lucas son talentos en Mateo. Un talento equivale a seis mil denarios. Esta confianza del señor hacia sus siervos es generosa. Les está dando en resguardo grandes sumas de dinero. Lucas ha conservado una orden directa del noble: produzcan ganancias. Mateo no. Nos quedamos, entonces, con siervos llenos de dinero que no es suyo, y el dueño del dinero está ausente. Sea como fuere, los siervos saben que este señor es exigente. Cuando vuelva, exigirá algo. Tácitamente, en Mateo, los talentos se entienden como un fideicomiso. En un momento habrá que devolverlos. En este punto, los siervos pueden tomar dos caminos: invertir y arriesgar, o guardar y esperar. El tercer siervo parece apelar a la segunda opción, validada por el derecho rabínico que consideraba libre de responsabilidad a aquel que, después de recibir un depósito, lo enterraba para protegerlo de los ladrones. Para los rabinos, esta es una salida favorable. Pero el regreso del señor confirma otra cosa: el que no arriesga, no gana. Si bien la parábola no da el ejemplo de un siervo que haya invertido y perdido, quedando con menos dinero, parece que el señor premia el no haberse quedado quieto, en espera pasiva. El señor trata a este último siervo de malo y perezoso. Lo que traducimos por perezoso es okneros en griego, que significa encogido, como quien está doblado sobre sí mismo, achicado. El señor de la parábola no quiere siervos encogidos, tímidos. Lo que premia no es el aumento del capital, sino lo que se ha arriesgado. Esconder el dinero es una actitud cobarde, despreciada, pasiva. Esta interpretación parece encajar mejor con la parábola de las jóvenes que esperan al novio (Mt. 25, 1-13), inmediatamente anterior, donde el problema también está en la espera pasiva, sin hacer nada.

La teología de la desigualdad ha causado y sigue causando muchos daños. No se puede afirmar que Dios ha creado a unos más capaces que otros y, por lo tanto, unos deben dominar a los otros. Es una justificación del orden injusto que no puede atribuirse a Jesús. Forzar esta parábola hacia ese campo es un despropósito, es una injuria a la Biblia. Y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Entendemos que el talento (dinero para cualquiera que escuchase la parábola en el siglo I) es la capacidad dada por Dios a cada ser humano. Pero esta parábola no trata sobre los talentos ni sobre los carismas, sino sobre la actitud de los discípulos, sobre los que no hacen nada, los que no intervienen, los que se entierran a sí mismos. Son estos discípulos los que permiten que el orden social siga siendo injusto, porque prefieren mantener lo que tienen (su posición, su estatus, sus bienes) antes que intervenir transformando las cosas.

Esta parábola tiene también una reafirmación de la participación del ser humano en la Creación. Hay una exigencia. Pero no es una exigencia moralista ni una prueba para enjuiciamiento. Hay una exigencia que es inherente a nuestra naturaleza de seres humanos. Somos co-creadores, aunque no nos guste reconocerlo. La Creación sigue su curso por la mano de Dios, pero también por la mano humana que puede intervenir en ella, de buena y de mala manera. Estamos inmersos en la Creación y en la historia. Evadirnos es esconder el talento. La evasión es lo condenable, no la ineficiencia para los negocios. Nuestra participación en la Creación debe estar orientada a la igualdad, a que el dinero confiado transforme la realidad de manera que no haya unos sobre otros, ricos sobre pobres, poderosos sobre marginados. Cuando el Señor vuelva a exigir lo confiado, podremos presentarle los riesgos que tomamos para cambiar el mundo o la pasividad que asumimos ante las injusticias. Allí descubriremos que nuestro Señor es un Señor exigente, tan comprometido que exige nuestro compromiso.

Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 6, 17.20-26

Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón.

Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas” (Lc. 6, 17.20-26)

Sermón del llano

Sermón del llano

Para muchos biblistas, Lc. 6, 11 es el final de una de las secciones del Evangelio según Lucas, y Lc. 6, 12 marcaría el inicio de la siguiente, con la elección de los Doce (cf. Lc. 6, 12-16). El texto que nos presenta hoy la liturgia, así como está, recortado, vuelve dificultosa su interpretación completa. Si sólo nos limitamos a este recorte nos perdemos la institución apostólica y el resumen de la actividad jesuánica (cf. Lc. 6, 17-19).

La sección comienza con Jesús orando (cf. Lc. 6, 12), imagen repetitiva en el relato lucano. La oración acompaña todo el ministerio del Maestro y, sobre todo, frente a los momentos claves, se hace presente como guía de discernimiento. Tras pasar toda la noche en la oración de Dios, Jesús llama a sus discípulos (no sabemos el número de los mismo), y de entre ellos escoge a los Doce (cf. Lc. 6, 13), quienes reciben el nombre de apóstoles. El apóstol es el embajador, el enviado. Mientras que para las primerísimas comunidades el título podía designar a un gran número de personas dedicadas a llevar el anuncio kerygmático de un lugar a otro (cf. Hch. 14, 4; Rom. 16, 7; 1Tes. 1, 1), con el tiempo el título se fue restringiendo a aquellos que habían tenido un encuentro con el Resucitado y habían sido enviados a predicar la Buena Noticia. Es muy probable que este cambio en el concepto de apóstol lo haya suscitado la discusión entre Pablo (defensor del bautismo sin necesidad de circuncisión) y los cristianos judaizantes (defensores de la necesidad de la circuncisión para ser bautizados). Éstos últimos acusaban a Pablo de no haber conocido al Jesús terreno, y por lo tanto, no ser verdadero apóstol. Pablo se defenderá argumentando que, así como se apareció el Resucitado a Cefas, los Doce, a quinientos hermanos, a Santiago y al resto de los apóstoles, también se le apareció a él en último término (cf. 1Cor. 15, 5-8), y por lo tanto, igual que los otros, es enviado por mediación directa de Jesucristo (cf. Gal. 1, 1). Lucas, que escribe a una distancia de treinta años de la disputa de Pablo con los judaizantes, establece ya una diferencia entre el grupo de los Doce apóstoles y el resto de los discípulos. Inclusive se realizarán dos misiones en su Evangelio: la primera estará a cargo de los Doce (cf. Lc. 9, 1-6.10) y la segunda a cargo de setenta y dos discípulos (cf. Lc. 10, 1-20).

Cuando Jesús baja al paraje llano tras la institución de los Doce (aquí comienza la lectura de hoy), el autor nos delimita los grupos que están con Él: los apóstoles (que son doce), el resto de los discípulos (en gran número), y una muchedumbre judía (de Judea y Jerusalén) y pagana (de la región de Tiro y Sidón) que ha venido para oírlo, para ser sanada y exorcizada (cf. Lc. 6, 18-19). Cuando comienzan las palabras de Jesús, el texto remarca que los ojos del Maestro se fijan en los discípulos; a ellos se dirigen estas enseñanzas, a ellos les corresponde interpretarlas y hacerlas carne.

El sermón del llano de Lucas es el paralelo del sermón del monte de Mateo (cf. Mt. 5, 1ss). El inicio de ambos son las bienaventuranzas, pero Mateo enumera ocho o nueve (de acuerdo a como se considere Mt. 5, 10-12) y Lucas se limita a cuatro. Además, éste último añade cuatro ayes. Algunos biblistas consideran que la versión de Lucas es la más fiel al Jesús histórico, mientras que Mateo sería una versión estilizada y adaptada a las circunstancias de la comunidad mateana receptora de su libro. Una de las claves principales para suponer esto reside en la primer bienaventuranza, donde Lucas ha dejado el término pobres a secas, y Mateo escribió pobres de espíritu (cf. Mt. 5, 3). Ya en la escena en la sinagoga de Nazareth, nos habíamos enterado que el plan programático de Jesús consistía en anunciar la Buena Noticia a los pobres (cf. Lc. 4, 18), según lo había predicho el profeta Isaías (cf. Is. 61, 1). Es más real que el Jesús histórico tuviese una preocupación específica por los pobres a secas, los pobres materiales, los que nada tienen porque otros tienen lo que les correspondería. De estos desheredados es el Reino, porque la Buena Noticia los tiene como destinatarios. Junto a ellos, o en ellos mismos, están los hambrientos y los que lloran ahora mismo, en este instante, en el panorama desolador de la tierra. Ellos, por la Buena Noticia, serán saciados y reirán. La última bienaventuranza parece más específicamente dirigida a los discípulos radicales, los mártires que dan su vida por el Evangelio. Cuando la causa del odio es el Hijo del Hombre, cuando la excomunión se produce por el nombre de Jesús, cuando el discípulo se vuelve marginal, despreciable, pobre, cuando pasa hambre y llora, entonces se ha identificado a tal punto con su Maestro, que es hora de alegrarse y saltar de gozo, porque ha entendido lo que es cielo aún estando en la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles parece hacerse eco de esta bienaventuranza cuando narra cómo los apóstoles fueron azotados y, al ser liberados tras la tortura, “marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre” (Hch. 5, 41).

A las cuatro bienaventuranzas, como ya lo dijimos, le corresponden cuatro ayes. Estas lamentaciones de Jesús son similares a las de Is. 5, 8-24, dirigidas contra los que acumulan bienes inmuebles, los que se entregan a la juerga, los que intercambian el sentido del bien y el mal, los orgullosos y los jueces injustos. Jesús se dirige a los ricos, los que ahora están hartos y ríen a costa de los otros, de los que se habla bien en todos lados. Quizás, el último ay contenga referencia a los fariseos y legistas, quienes recibirán una segunda lista de ayes en Lc. 11, 42-52. Ellos responden, más adecuadamente, al parámetro de falsos profetas alabados por todos. Estos ayes son fortísimos, pero necesarios para clarificar el mensaje y para la construcción literaria que queda conformada a manera de antítesis entre los felices en la nada y los desgraciados que todo lo tienen. Los ayes hacen un contrapunto oscuro, pero revelador de la paradoja del Reino. Los ricos y los reconocidos públicamente se ríen gozosos de su situación de aparente superioridad, se sacian en su propia producción, no necesitan de nadie ni de nada, no miran más allá de su ombligo. Se bastan solos. Lo demás y los demás son un instrumento para perpetuar su estado. Lo ayes denuncian la estructura social de mayores y menores, de uno sobre otro, de oprimidos y opresores. El rico lo es a costa de los pobres. Los saciados y los que ríen son ajenos al hambre y a la tristeza de muchos. Los alabados y adulados persiguen a los que piensan distinto, a los mártires, los que son capaces de defender un Evangelio que ataca sus intereses. Entre apóstol y falso profeta hay una diferencia sustancial que reside en su relación con el pueblo. El falso profeta engaña y miente para elevarse, para ser reconocido, para recibir honores, para dejar la situación como está, estática, sin modificaciones. El apóstol, en cambio, sale de sí mismo porque es enviado, y combate el engaño para que se haga presente la verdad del Reino, intentando no ser reconocido, sino que se reconozca su Maestro, sin segundos intereses, en vistas a una modificación de la realidad que re-ordene lo establecido en clave paradojal, poniendo lo que está arriba por debajo, elevando lo caído (cf. Lc. 1, 51-53).

Bienaventurados y ayes

Bienaventurados y ayes

El sentido del binomio rico-pobre en el Evangelio según Lucas es la intención de denunciarlo escatológicamente. ¿Qué quiere decir esto? Lo escatológico es lo referente al fin último de las cosas, a lo que tiende la Creación. Y esa tendencia es el Reino, el nuevo orden, donde no hay diferencias raciales, religiosas o económicas, donde no hay discriminación ni distinciones, donde no hay oprimidos y opresores. Jesús anuncia con las bienaventuranzas y los ayes que el orden social del mundo que nos toca vivir no es querido por Dios, que la gran brecha entre ricos y pobres es un invento humano, que las sociedades no son civilizadas cuando unos hacen el trabajo a bajo costo y otros reciben las ganancias sin mover un dedo. El fin escatológico es la desaparición de las diferencias, de los pobres, de los oprimidos, del llanto y del hambre (cf. Ap. 21, 4). Eso creen los apóstoles, los enviados. La Buena Noticia es anunciada a los desfavorecidos de la tierra, los que la pasan mal. De ellos es el Reino porque de ellos parece no serlo. Para los ricos hay lamento porque pareciese que ya poseen la vida plena, cuando en realidad viven una ilusión óptica.

Suponen los historiadores que la comunidad donde se gesta el relato de Lucas tenía una gran diferencia entre ricos y pobres, con adinerados muy adinerados y marginales muy marginados. Si esto es así, en poco se distanciaría este Evangelio de la realidad latinoamericana, donde nos declaramos cristianos mientras el subdesarrollo se subdesarrolla día a día y un grupo elite proclama que el capitalismo es la salvación. Somos un pueblo de denominación cristiana que vive a ambos lados de la antítesis del texto litúrgico de hoy, y parece que no nos damos cuenta. A los bienaventurados preferimos decirles que se queden así, en la pobreza, y que allí disfruten las maravillas del Reino que se les ha prometido. A los signados por los ayes no los molestamos con exhortaciones profundas; más bien preferimos que aporten una cuota mensual o periódica para obras de caridad. Quedan tan vacías las palabras de Jesús en nuestra pastoral, nuestra relación con el mundo, nuestras homilías, nuestras predicaciones, nuestros escritos, que cuando una persona se atreve a profundizar la Biblia y lee con detenimiento el sermón del llano (o el sermón del monte), siente la ansiedad de lo que ha descubierto y la impotencia frente a una estructura que lo desdice.

¿Qué significan la riqueza y la pobreza en nuestra evangelización? ¿No estaremos sordos a sus conceptos? ¿No estaremos ciegos frente a la fuerza que emana de su lectura en las Escrituras? Algo que no fue un problema para nada menor en toda la tradición bíblica, resulta superficial para muchas iniciativas que se precian de misioneras. Se proponen actividades pastorales de retiros, jornadas de oración, asambleas litúrgicas, cursos de formación, etc. Algunos apoyan la realización de colectas. Pocos desubicados preguntan qué se va a hacer respecto a aquellas personas que viven en condiciones infra-humanas, o cómo crear conciencia entre los ricos sobre el daño que generan sus actividades de acumulación. Los programadores pastorales callan, esquivan el tema, todo continúa igual. Una evangelización ajena a las bienaventuranzas y a los ayes, pero sobre todo, conformista con la injusticia estructural, atenta contra el Reino, y desdice la escatología. Que las cosas continúen como están, es no ordenarlas hacia su fin último en Dios.


Fiesta de Todos los Santos – Ciclo B – Mt. 5, 1-10


Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. (Mt. 5, 1-10)

- Reino de los Cielos: algo tan pequeño y en apariencia insignificante como un grano de mostaza (cf. Mt. 13, 31) o una levadura (cf. Mt. 13, 33). Quien no cambia haciéndose como niño, no puede tener parte en el Reino (cf. Mt. 18, 3; Mt. 19, 14).

- La tierra en herencia: uno de los grandes problemas de la teología israelita era por qué los enemigos de Dios prosperaban y, muchas veces, su Pueblo fiel sufría adversidades y obstáculos, sobre todo en la conquista de la tierra prometida. El Salmo 37 es una invitación, más que a reflexionar teológicamente sobre el tema, a depositar la confianza en Yahvé (cf. Sal. 37, 39-40). Los malvados oprimen al pobre y al humilde, abusan e imponen (cf. Sal. 37, 12.14), pero la seguridad reside en la promesa de que “los humildes poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz” (Sal. 37, 11).

- Serán consolados: “Los que van sembrando con lágrimas cosechan entre gritos de júbilo” (Sal. 126, 5) dice el salmista, y compara a los cautivos esclavos con los torrentes del Negueb (cf. Sal, 126, 4), región de Palestina cruzada por arroyos que en una época del año permanecían totalmente secos e imposibilitaban el cultivo, pero con las nuevas lluvias volvían al Negueb territorio fértil, en un ciclo de muerte-vida que traía la esperanza. El consuelo final parece estar, siempre, en la mano amorosa del Padre, que “enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas” (Ap. 21, 4).

- Serán saciados: el que tiene hambre y sed es un buscador que desea fervientemente encontrar aquello que lo saciará. “Quien va tras la justicia y el amor hallará vida, justicia y honor” (Prov. 21, 21), porque el Buen Pastor nunca deja que sus ovejas perezcan en el desierto y la inanición, sino que las conduce a los manantiales de agua (cf. Is. 49, 10).

- Alcanzarán misericordia: una de las confesiones de fe israelitas es la contenida en Ex. 34, 6: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad”. La esencia de Dios es el amor (cf. 1Jn. 4, 8), por lo tanto, creer que Él no es capaz de misericordia para con nosotros es un pecado, y la justificación para no amar. Si nuestro Dios es amor, alcanzaremos misericordia; si nuestro Dios es amor, lo menos que podemos hacer es amar.

- Ver a Dios: en las Escrituras, la visión de Dios es algo tan maravilloso y sobrenatural que puede causar la muerte, por eso quienes están en la presencia de Yahvé se tapan el rostro (cf. Ex. 3, 6). Sin embargo, ante el supuesto peligro, el salmista desea ver el rostro de Dios, anhela estar en su presencia inmediata (cf. Sal. 42, 2). Ver a Dios es demasiado para el ser humano mortal, pero ver a Dios, también, significa haber traspasado los límites hacia lo sobrenatural. Por eso es un temor y un deseo, un miedo y un anhelo. En definitiva, una esperanza.

- Hijos de Dios: en el libro del Apocalipsis, los hijos de la Mujer/Iglesia, los que entablan guerra contra el Dragón, son aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap. 12, 17), porque “en esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1Jn. 3, 10). Al ser hijos de Dios somos hermanos entre nosotros, y por lo tanto, amamos al Padre en la medida en que amamos nuestra familia universal, nuestra familia de humanidad. Estamos juntos en la misma guerra, pero no para conquistar territorios ni erigirnos reyes, sino para alcanzar la paz, para llegar al tiempo pleno donde no se derrama sangre.

La Fiesta de Todos los Santos es la oportunidad para esperanzarnos desde lo insignificante, desde las utopías, desde lo que parece perdido. Porque la esperanza de Dios está puesta en lo que no vale nada, en lo despreciable. Desde la menudencia del grano de mostaza el Reino se hace cada vez más real, más palpable. Desde los insanos que buscan la justicia y la paz, que creen en el perdón y la reconciliación, que ven en el otro a un hermano y no a un enemigo, desde la debilidad del llanto y la mansedumbre que son abatidos por la fortaleza de los poderosos, la historia se conjuga hacia su realización definitiva. Ni las guerras ni los dominios ni el dólar ni los personajes famosos encaminan la vida del mundo a su plenitud; pero sí lo hace la acción invisible de Dios en los pacificadores, en los esclavos, en los pobres y en los olvidados.

Es misión de la Iglesia comunicar esperanza desde los lugares donde el Espíritu Santo la manifiesta, sin caer en la tentación publicitaria de querer solucionar las existencias humanas con un modelo económico. La evangelización es fiel a sí misma cuando convive y construye desde la periferia, desde la falta de dinero, sin otro modelo mercantil que el del amor. A los desesperanzados, la Buena Noticia les anuncia que, aún en la nada, la existencia se proyecta hacia el futuro en Dios, y que la vida eterna ya ha comenzado, como levadura inserta en la masa, silenciosa, pero eficaz, fermentándolo todo, preñando la Creación con el aliento del Padre que resucitó a Jesús.