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El principio de la cuaresma / Miércoles de Cenizas / 22.02.12

¿Qué hay detrás de la cuaresma?

Conviene, para entender el verdadero sentido de la cuaresma católica que comienza en este Miércoles de Cenizas, remontarse a su historia y su evolución en la Iglesia. Cuando se fijó un domingo de Pascua, en el siglo II d.C., se dedicaron los dos días anteriores a un ayuno comunitario (el viernes y el sábado santo). Así de simple, ese fue el principio de la cuaresma, centrado en el ayuno escatológico, o sea, un ayuno de espera, un ayuno para estar en vela hasta que volviese el Esposo arrebatado por la muerte, un ayuno para recibir la Vida, seguramente inspirado en la expresión de Jesús: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día” (Mc. 2, 20; cf. Mt. 9, 15 y Lc. 5, 35).

Pero la historia no quedó allí, sino que continuó y avanzó hasta mediados del siglo III d.C., cuando la cuaresma se amplió a las tres semanas anteriores a la Pascua, coincidiendo con el tiempo que la Iglesia dedicaba a la preparación de los catecúmenos, quienes eran bautizados en la vigilia pascual.

Ya cercanos al siglo V d.C., los días de cuaresma llegaron a ser cuarenta, contando a partir de un miércoles, de manera que no se incluyeran en la contabilización los domingos, ya que no eran litúrgicamente días de ayuno, sino de alegría en memoria del domingo de resurrección. Al principio, estos cuarenta días servían de preparación para los penitentes públicos, quienes realizaban el ayuno para recibir, la noche del jueves santo, la absolución pública, frente a toda la asamblea. Las cenizas como ritual aparecieron cuando desapareció esta penitencia pública, a la vista de todos. Entonces, para proteger la privacidad del acto penitencial, la ceniza se hizo signo universal, imponiéndose a todos, transformando a toda la comunidad en una comunidad penitente.

Recabamos, así, tres elementos de significado histórico para la cuaresma: ayuno escatológico, camino catecumenal y camino de conversión. El ayuno escatológico, de espera del Esposo, en clave comunitaria, hace del ayuno un verdadero sacramento, un signo real de Iglesia-comunión que aguarda a quien le ha sido arrebatado, pero con la certeza de su regreso. Recalcar este aspecto sacramental del ayuno parece estar más en consonancia con el cristianismo original que ese tipo de ayuno mortificante practicado para ser vistos. En segundo lugar, el camino catecumenal, perdido en el auge de una catequesis como evento social que no exige compromiso, es menester rescatarlo para nuestras comunidades, demostrando así que no nos interesa tanto el número de inscriptos en la catequesis de preparación para los sacramentos, sino el encuentro de los varones y mujeres con Jesús que lo aceptan tras una catequesis libre y permanente. Por último, el camino de conversión, nunca está de más renovarlo y proponerlo a conciencia, no como ley impositiva para conseguir la salvación, sino como propuesta de madurez para el discípulo, como camino que puede iniciar por sus propios medios, sin la preocupación de ayunar en éste u otro día, o midiendo la limosna que debe darse, o calculando el horario preciso de oración. Si es propuesto como paso de madurez, la atención no estará fija en cómo o cuándo realizar esto o aquello, sino en hacerlo por amor.

 

El ayuno y la limosna de la cuaresma

Del ayuno tenemos en el Antiguo Testamento textos hermosos. Del profeta Isaías conservamos uno de los más conocidos. Está en la última parte del libro, la que fue escrita al regreso del destierro en Babilonia, cuando el judaísmo pretendía re-fundarse como nación y como pueblo. Uno de los pilares de esta re-fundación consistía en la restitución del templo de Jerusalén con todos sus atributos sacros y, por ende, con un elaborado sistema litúrgico. En esta época es cuando el judaísmo establece días específicos en que es obligatorio ayunar para agradar a Yahvé. Pero Isaías pregunta en nombre de Dios: “¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llaman ayuno y día grato a Yahvé?” (Is. 58, 5). Y contesta también Dios: “¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is. 58, 6-7). El texto habla por sí solo. El ayuno que quiere Yahvé es el que comparte con el hambriento el pan, el que da alojamiento al sin-hogar, el que cubre a los desnudos. ¿Para qué ayunar entre tanta injusticia sin compenetrarse en ella para modificarla? E incluso hay una crítica más profunda en el profeta: el sistema sacral está causando esa injusticia, está tan concentrado en lo litúrgico, en la construcción del templo, en la restitución de un orden sacerdotal, que se ha olvidado de los pobres entre los pobres, se ha olvidado de la tierra por mirar tanto al cielo. Sin referirse específicamente al ayuno, pero sí a las prácticas cultuales sin repercusión social, Oseas, Miqueas y Amós también denuncian la injusticia que no se condice con la supuesta adoración a Dios que se expresa en los ritos (cf. Os. 8, 11-13; Mi. 6, 6-8; Am. 5, 21-25).

La limosna, por otro lado, desde la perspectiva de la escuela deuteronomista (escuela de historia profética, o sea, de relectura de la historia como lugar de la acción de Dios), ha relacionado el hecho litúrgico del diezmo con la ayuda a los pobres. En primer lugar, recupera y afirma la ley del Levítico sobre la cosecha, que consiste en no volver hacia atrás para levantar lo que no se ha juntado, ya que eso queda para el forastero, el huérfano y la viuda; le pertenecen (cf. Dt. 24, 20-21; Lv. 19, 9-10). En segundo lugar, establece que cada tres años se aparte el diezmo de la cosecha de ese año, que debería ser entregado en el santuario (cf. Dt. 12, 5-6), para dejarlo en la puertas de las casas, donde el levita, el forastero, el huérfano y la viuda podrían recogerlo para alimentarse hasta hartarse (cf. Dt. 14, 28-29). Así, el diezmo (acción dirigida a Dios) y la limosna (acción dirigida al prójimo) se unifican sin dualidades. Quien es capaz de dar el diezmo regularmente (religiosamente diríamos), pero no tiene esa religiosidad para compartir con el pobre, entonces está mintiendo, es un hipócrita. Dice amar a Dios, a quien no ve, despreciando al hermano, que sí puede ver (cf. 1Jn. 4, 20).

El pobre es sacramento de Dios, sacramento de Jesús (cf. Mt. 25, 31-46), y las acciones que se dirigen a él son acciones dirigidas al Cristo, efectivamente concretas. Cuaresma no puede ser la oportunidad para alejarse del mundo. Al contrario, es la oportunidad para sumergirse en los problemas de nuestra sociedad. No ayunamos, damos limosna ni oramos para que Dios nos arrebate de la tierra hasta el séptimo cielo y allí vivamos felices des-terrados (fuera de nuestra tierra). Cuaresma es la puerta de entrada al mundo del pobre, a su hambre, su mala calidad de vida, su falta de proyección, su opresión. Cuaresma no es ascetismo para perfeccionar el alma y hacerla digna de Dios; en todo caso, es entrega para perfeccionar un mundo que ha canonizado lo injusto, la brecha ricos-pobres, la corrupción, la división internacional del trabajo, la explotación del que no puede defenderse. Si en Cuaresma recorremos con Jesús un camino de conversión hacia la cruz, hasta la vida derramada por todos, es tiempo para convertirnos cambiando nuestro rumbo, reubicando la mirada en el hermano que está a nuestro lado, o más precisamente, el que no está, el que ha sido desplazado, marginado. Ese camino de conversión debe terminar en la cruz, en el estigma nuestro. Somos estigmatizados cuando desperdiciamos la vida entre aquellos a los que se les arrebata la vida; estigmatizados cuando ayunamos para que los demás no ayunen; estigmatizados cuando promovemos la dignidad humana en lugar de hacer asistencialismo; estigmatizados cuando oramos en medio de las villas miseria.

Tres formas (re-formas) para la cuaresma / Miércoles de Ceniza – Ciclo A – / 09.03.11

La Iglesia Católica comienza hoy el tiempo cuaresmal. Es un tiempo que prepara para la Pascua. Litúrgicamente, se trata de cuatro domingos donde, in crescendo, se desarrolla un aspecto del misterio pascual. Teológicamente, es el tiempo que anticipa el gran cambio, la gran transformación, el paso de la muerte a la vida, de la vida vieja a la vida nueva, el bautismo definitivo. Pastoralmente, es el momento en que la Iglesia propone tres acciones concretas: la oración, el ayuno y la limosna. El objetivo de la intensificación de estas prácticas es ahondar espiritualmente en la vida y misión de Jesús para comprender mejor su muerte y asumir con más propiedad su resurrección. Todos los años, la lectura evangélica que abre este tiempo de cuaresma es Mt. 6, 1-6.16-18, donde Jesús explica, en el marco del sermón del monte, el sentido verdadero de la oración, del ayuno y de la limosna. En otras oportunidades he comentado esa lectura. Hoy quisiera hacer una muy breve excursión sobre las tres acciones cuaresmales, desde otras citas:

a. Oración: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano” (Lc. 18, 10). Orar implica el riesgo de adularse. Cuando Jesús cuenta la parábola del fariseo y el publicano que oran en el Templo, queda claro que el primero ha ido para auto-exaltarse, mientras que el segundo ha llegado arrepentido. La posición desde la que hablan con Dios es totalmente diferente. El fariseo está subido a un pedestal, se cree superior al resto, y el centro del monólogo es él. El publicano sabe que el centro del diálogo está en Dios, que ha venido al Templo para ponerse en sus manos, que no es ni mejor ni peor que el resto de los seres humanos. Es sólo eso: un ser humano. En cuaresma podemos rezar todos los días, pero puede que recemos desde arriba, subidos a escalones y tronos. Una oración así pone el punto gravitacional en nuestro propio poder, despreciando el poder que realmente libera, el poder de Dios. De nada vale orar a manera de monólogo, deleitándonos en nuestra voz. En la oración abrimos las posibilidades al futuro que proyecta Dios para nosotros. Ese futuro es siempre de plenitud, y es una propuesta divina. Cuando creemos que la plenitud la hemos construido con nuestras manos, solitarios, entonces la oración es una falsedad. La oración verdadera es la del publicano, arrepentido y confiado, sabiendo que Dios lo puede convertir, lo puede hacer nuevo, lo puede liberar.

b. Ayuno: “Este es el ayuno que yo amo -oráculo del Señor-: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos” (Is. 58, 6). La Iglesia ayuna para que puedan comer los que tienen hambre hoy. No se ayuna para poner la cara larga ni para cumplir un ritual eclesiástico prescripto. Un ayuno que no repercute en el hermano es una tontera, una falacia. ¿Para qué ayunar? ¿Para mortificarse? ¿Para purificarse? El ayuno que ama el Señor es el que impide que los pobres tengan que ayunar a la fuerza. Sino, es un circo. Nos privamos de alimento voluntariamente como una burla a los que quisieran tener alimento y les es negado. El ayuno real, el ayuno del Reino, el ayuno deseado para esta cuaresma, habrá de ser el que suelte las cadenas injustas (los aprisionados por el hambre), el que desate los lazos del yugo e, inclusive, rompa los yugos (los esclavizados por el hambre), el que deje en libertad a los oprimidos (los que no pueden ni caminar por el hambre). No debemos mentirnos. Dios no se regocija cuando nos ve ayunar solos, en una habitación, con un mínimo vaso de agua que dosificamos durante 24 horas, sin contacto con la realidad. Dios se regocija cuando un hermano que no tenía para comer recibió el pan nuestro de cada día, cuando los padres de familia que trabajan de sol a sol llegan con algo para llenar la olla, cuando la matrona revuelve la olla para los pequeños. Dios se regocija cuando los discípulos de su Hijo se quedan sin pan en la mano porque han decidido compartirlo, han decidido darlo.

c. Limosna: “No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país” (Dt. 24, 14). El libro del Deuteronomio defiende una ley con claridad: no se puede explotar al hermano. Eso es un principio mayor que la limosna. Si se acaba la explotación deberían acabarse los que están necesitados de pedir limosna. Dios busca la raíz del problema, no los parches que prolongan la injusticia. ¿Cuánto cambio social produce la limosna? ¿A cuántos seres humanos les devuelve la dignidad? ¿A cuántos libera definitivamente del yugo de la pobreza y la indigencia? Probablemente, la limosna no cambie otra cosa que la conciencia del que la da; ahora más tranquilo, más relajado, porque ha cumplido su deber de cuaresma. ¿No sería grandioso que, en lugar de la limosna, eliminemos la explotación del jornalero, que las empresas paguen sueldos dignos, que no haya trabajadores en condiciones infrahumanas? El verdadero camino de la cuaresma que desemboca en la pascua es el que desemboca en un mundo más justo, en una re-creación de las condiciones de desigualdad para hacernos más iguales, más hermanos. La simple limosna practicada socialmente, en su fondo sostiene un estado de las cosas que es contrario al Reino: hay algunos que pueden dar limosna y otros que están obligados a pedirla. A simple vista, sin disquisiciones teológicas, se nota que el abismo entre ambos es el abismo de los que no viven como hermanos.

Miércoles de Ceniza – Ciclo C – Mt. 6, 1-18

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y, al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mt. 6, 1-18)

El texto comienza advirtiendo sobre el peligro de practicar la justicia para ser vistos por los hombres. En este caso, el término justicia no debe ser entendido en el sentido estricto jurídico-legal. No hablamos de la justicia como de aquella institución social que ejercen los jueces para mantener el orden social. Aquí, la justicia son las obras de justicia de los judíos, o sea, la práctica de la limosna, oración y ayuno. A través de estas obras y de su realización continua, un buen judío demostraba serlo. Las tres prácticas se remontan a los primeros años de Israel y, con el tiempo, fueron recibiendo nuevas interpretaciones de acuerdo al contexto en el que se encontraba el pueblo y, sobre todo, de acuerdo a aquellos que hacían teología. En el caso de Jesús, su posición no es contra las tres obras, inclusive todo lo contrario, recomienda su práctica, siempre y cuando se realicen en el espíritu adecuado, y no con hipocresía. El Maestro critica la actuación, la simulación, la búsqueda de reconocimiento mediante las oraciones en público o con mucha palabrería; también mediante limosnas que se anuncian para que los otros puedan verla; y por último, mediante ayunos que se hacen visibles en rostros demacrados y caras de tristeza, para que todos sepan que se está ayunando. Cuando las tres prácticas son una forma de ostentación o un signo utilizado para pavonear frente a los demás un supuesto estado superior, quizás hasta un estado de salvación, entonces se traiciona el sentido último de las obras. Cuando la obra humana, cualquiera que ésta sea, se desvía de su horizonte doble y único (amor a Dios y al prójimo), se vuelve mentira, farsa, montaje escénico, vacuidad.

Lo que Jesús denuncia no es una ocurrencia originalísima en la historia de Israel. La tradición profética del Pueblo de Dios ha recalcado, en diferentes oportunidades, cuál era el sentido verdadero de las obras de justicia, y a dónde debían dirigirse los verdaderos esfuerzos. Jesús entronca con esta tradición y recuerda, para su época y para la nuestra, que el querer de Dios no es la obra por sí sola, ni tampoco que con la obra puede manipularse lo divino, como si se compraran hectáreas en el cielo con el módico pago de una limosna, una oración o un ayuno. Ese sentido trascendente de las tres obras de justicia es in-trascendente cuando no repercute en lo inmanente. Si la oración, la limosna y el ayuno no generan un efecto aquí y ahora, o al menos no creo que puedan generarlo, se descontextualiza la misma acción de Dios. Quienes no encuentran en las tres obras un arraigo terrenal, sino que buscan solamente la proyección espiritual más allá de la historia, poseen una teología (una mirada sobre Dios) desencarnada, anti-Reino. El Reino de Dios no es una realidad que está esperando escondida para caer con un peso específico al final de los tiempos; el Reino de Dios está cerca (cf. Mt. 10, 7), palpita entre los seres humanos, se deja ver en los rostros y los gestos de amor, se hace palpable en las palabras comprometidas, en los sueños, en las esperanzas. Muchos profetas de Israel creían esto, quizás no con el término específico de Reino de Dios, pero sí aseguraban que Dios se hacía presente en la historia del aquí y del ahora, sobre todo entre los desprotegidos y marginados, y que la limosna y el ayuno (por poner dos ejemplos), para ser verdaderamente trascendentes, debían dirigirse a la modificación de la vida de los pobres.

Del ayuno tenemos en el Antiguo Testamento textos hermosos. Del profeta Isaías conservamos uno de los más conocidos. Está en la última parte del libro, la que fue escrita al regreso del destierro en Babilonia, cuando el judaísmo pretendía re-fundarse como nación y como pueblo. Uno de los pilares de esta re-fundación consistía en la restitución del templo de Jerusalén con todos sus atributos sacros y, por ende, con un elaborado sistema litúrgico. En esta época es cuando el judaísmo establece días específicos en que es obligatorio ayunar para agradar a Yahvé. Pero Isaías pregunta en nombre de Dios: “¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahvé?” (Is. 58, 5). Y contesta también Dios: “¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is. 58, 6-7). El texto habla por sí solo. El ayuno que quiere Yahvé es el que comparte con el hambriento el pan, el que da alojamiento al sin-hogar, el que cubre a los desnudos. ¿Para qué ayunar entre tanta injusticia sin compenetrarse en ella para modificarla? E incluso hay una crítica más profunda en el profeta: el sistema sacral está causando esa injusticia, está tan concentrado en lo litúrgico, en la construcción del templo, en la restitución de un orden sacerdotal, que se ha olvidado de los pobres entre los pobres, se ha olvidado de la tierra por mirar tanto al cielo. Sin referirse específicamente al ayuno, pero sí a las prácticas cultuales sin repercusión social, Oseas, Miqueas y Amós también denuncian la injusticia que no se condice con la supuesta adoración a Dios que se expresa en los ritos (cf. Os. 8, 11-13; Mi. 6, 6-8; Am. 5, 21-25).

La limosna, desde la perspectiva de la escuela deuteronomista, escuela de historia profética, o sea, de relectura de la historia como lugar de la acción de Dios, ha relacionado el hecho litúrgico del diezmo con la ayuda a los pobres. En primer lugar, recupera y afirma la ley del Levítico sobre la cosecha, que consiste en no volver hacia atrás para levantar lo que no se ha juntado, ya que eso queda para el forastero, el huérfano y la viuda, le pertenecen (cf. Dt. 24, 20-21; Lv. 19, 9-10). En segundo lugar, establece que cada tres años se aparte el diezmo de la cosecha de ese año, que debería ser entregado en el santuario (cf. Dt. 12, 5-6), para dejarlo en la puertas de las casas, donde el levita, el forastero, el huérfano y la viuda podrían recogerlo para alimentarse hasta hartarse (cf. Dt. 14, 28-29). Así, el diezmo (acción dirigida a Dios) y la limosna (acción dirigida al prójimo) se unifican sin dualidades. Quien es capaz de dar el diezmo regularmente, religiosamente diríamos, pero no tiene esa religiosidad para compartir con el pobre, entonces está mintiendo, está actuando, es un hipócrita. Dice amar a Dios, a quien no ve, despreciando al hermano, que sí puede ver (cf. 1Jn. 4, 20). El pobre es sacramento de Dios, sacramento de Jesús (cf. Mt. 25, 31-46), y las acciones que se dirigen a él son acciones dirigidas al Cristo, efectivamente concretas.

Cuaresma no puede ser la oportunidad para alejarse del mundo. Al contrario, es la oportunidad para sumergirse en los problemas de nuestra sociedad. No ayunamos, damos limosna ni oramos para que Dios nos arrebate de la tierra hasta el séptimo cielo y allí vivamos felices des-terrados (fuera de nuestra tierra). Cuaresma es la puerta de entrada al mundo del pobre, a su hambre, su mala calidad de vida, su falta de proyección, su opresión. Cuaresma no es ascetismo para perfeccionar el alma y hacerla digna de Dios; en todo caso, es entrega para perfeccionar un mundo que ha canonizado lo injusto, la brecha ricos-pobres, la corrupción, la división internacional del trabajo, la explotación del que no puede defenderse. Si en Cuaresma recorremos con Jesús un camino de conversión hacia la cruz, hasta la vida derramada por todos, es tiempo para convertirnos cambiando nuestro rumbo, reubicando la mirada en el hermano que está a nuestro lado, o más precisamente, el que no está, el que ha sido desplazado, marginado. Ese camino de conversión debe terminar en la cruz, en el estigma nuestro. Somos estigmatizados cuando desperdiciamos la vida entre aquellos a los que se les arrebata la vida; estigmatizados cuando ayunamos para que los demás no ayunen; estigmatizados cuando promovemos la dignidad humana en lugar de hacer asistencialismo; estigmatizados cuando oramos en medio de las villas miseria. Cuaresma es el tiempo de las profecías, y ningún profeta es bien recibido en su patria (cf. Lc. 4, 24), inclusive son asesinados (cf. Lc. 13, 34). ¿Estamos dispuestos al estigma de los profetas? De esta respuesta puede depender que entendamos el verdadero sentido de la Cuaresma.


Ser cristiano en América Latina / Actitudes discipulares 2

a) Promover al hombre y a la mujer

Una de las equivocaciones de concepto y práctica que el cristianismo sostuvo mucho tiempo fue el de la limosna entendida desde el individualismo. Quien realizaba una limosna, no pensaba tanto en el receptor de la ayuda, sino en él mismo, como un hacedor de bondad, y con la conciencia limpia, la vida continuaba. Era, y es, muy común que el hombre o la mujer de grandes capitales realice generosas limosnas, pero sus empleados permanezcan en un estado laboral injusto, los obreros de su fábrica no tengan cobertura de salud y sus mucamas no hagan aportes para la jubilación. La limosna, entonces, es un acto estereotipado para ser vistos por los demás o para contentar una concepción legalista de Dios, quien exigiría este aporte monetario como norma para pertenecer a su grupo de salvados y amados. Se configura, así, la limosna farisaica.

La limosna farisaica elimina de la pastoral la planificación social, el compromiso de las comunidades y su inserción en la dinámica de los pueblos. Las Iglesias acostumbradas a esta práctica llenan huecos de la pobreza aisladamente, sin tener en cuenta otro factor que la resolución inmediata de una necesidad, y del mismo modo, crean un círculo vicioso con las clases sociales pobres, las cuales ven en la comunidad eclesial una fuente inagotable de recursos gratuitos, renovables y al alcance de la mano. El pobre recibe y vuelve a recibir, volviéndose dependiente de la dádiva, permaneciendo en su estado de pobreza, porque la cobertura de una necesidad inmediata hoy, es una necesidad que resurgirá mañana, y pasado mañana, y el mes próximo. La limosna farisaica impide la organización de la pastoral social, y cada vez más, sume a la comunidad eclesial en un reducido ámbito de pietismo, que pesa en la inconsciencia de los miembros y contribuye a la mala imagen que el mundo posee de la Iglesia. Las comunidades sin implicancia en la problemática de los pobres y oprimidos, sin verdadera encarnación en el ámbito de los excluidos, separa fe y vida, crea un muro de disociación donde no debiera existir, poniendo de este lado a los superiores justos y puros, y del otro lado a los inferiores pecadores impuros. Los primeros ayudan a los segundos como gran obra de caridad. La limosna farisaica, a pesar de lo que creamos, hace a los pobres cada vez más invisibles, y en lugar de liberarlos, los esclaviza.

El discípulo de Jesucristo en Latinoamérica tiene la obligación de asumir, como eje transversal de su existencia, la opción preferencial por los pobres, en forma de promoción humana. La limosna farisaica no es su estilo, porque no fue el estilo del Maestro. La inclusión a partir de las posibilidades y oportunidades es el camino. Los pobres necesitan discípulos comprometidos con su historia que, a la par de ellos, como hermanos, trabajen por una estabilidad laboral, acceso a educación inicial, media y superior, participación en los espacios políticos, e intervención en el acervo cultural. Promover al hombre y a la mujer es un trabajo lento, de obstáculos, de fracasos. La limosna permite desligarnos rápidamente de la situación, haciendo del contacto con el pobre un instante, sin complicaciones. Ese no es el sendero del Reino. ¿Qué hace la igualdad: la limosna o la promoción humana? ¿No es acaso la limosna ubicarse en un sitio superior de dador? ¿No es acaso la promoción humana hacerse hermano en lo concreto? El largo y penoso proceso de liberación de los excluidos implica la organización de los discípulos para responder de la mejor manera posible a la problemática y trabajar en conjunto con disciplinas que ayuden a entender mejor la situación, como lo son las ciencias sociales, la antropología, la psicología, el estudio político y económico. Ser voz de los pobres, pero más que eso, hacer que la misma voz de ellos se haga escuchar, para que se conviertan en protagonistas de su promoción.

b) Denunciar proféticamente

El mundo ve a la Iglesia aletargada, replegada. Los poderes gubernamentales y económicos actuales de América Latina no encuentran en los discípulos de Jesucristo una resistencia que les impida llevar adelante sus maquiavélicos proyectos, ni al menos que los hagan replantearse sus objetivos. La Iglesia profética parece haber desaparecido como un todo, y sólo se registran episodios aislados de mártires que entregan su vida resistiendo a los imperios opresores.

El discípulo parece haber perdido el profetismo de denuncia de las injusticias por acostumbramiento, por asociarse al pensamiento común de que no se puede hacer nada, mejor es callar, para qué hablar si nadie escucha. El acostumbramiento estanca y corroe el fuego interno, esa viva voz de defensa del más débil. Tras tropezar un par de veces y quedarnos con las manos vencidas, renunciamos, porque el poder al que nos enfrentamos es muy grande, y tiene todas las de ganar. A ese acostumbramiento, el discípulo agrega una herencia tradicional longeva de un cristianismo que decide no opinar de política ni meter las narices demasiado allí dentro, por miedo de contaminarse, o por no saber qué decir. A pesar de los hermosos movimientos latinoamericanos que intentan revertir este sentir, sigue pisando fuerte una separación tajante entre Iglesia y Estado que no es sana. La división debe existir, pero no como total desentendimiento de unos hacia otros, como si dos sistemas paralelos funcionaran repartiéndose potestad sobre los bienes materiales y espirituales, y negociando con ambos llegado el caso. La sana separación es que el Estado reconozca la religión y sus aportes, así como la Iglesia debe asimilar su rol en la política, aportando a la búsqueda del bien común, lo más precioso de la esencia cristiana: el amor.

Por amor, el discípulo rechaza la injusticia, porque eso no es amar, sino esclavizar. Por amor, el discípulo denuncia las situaciones irregulares, porque no existirá bien común si el egoísmo se ubica por encima de todo. Por amor, el discípulo se enfrenta a los poderes opresores hasta dar la vida, hasta el martirio, porque como su Maestro, no ha venido a ser servido, sino a servir, y su entrega radical es el servicio más grande que puede aportar. Pero para participar activamente, denunciando proféticamente, los discípulos deben ser formados en política y economía, no como especialistas en el tema, sino formados para tener opinión y para poder contrastar la realidad con los parámetros del Reino de Dios. ¿Qué denunciar si no entendemos lo que sucede? ¿Cómo ayudar a los pobres y excluidos si no conocemos qué los empobrece y qué los excluye?

c) Proponer el Reino, no la institución

Una tentación común de la evangelización es hablar a los hombres y mujeres de la institución eclesial a la que pertenecemos. Algunos predican su congregación, otros promueven su sistema de reuniones, éstos hablan de las promesas redituables de unírseles, aquellos elogian su organización como la mejor. Entre tantas idas y venidas, formas y matices, el Reino queda relegado, y nadie habla de él. Aquello que parecía una obsesión de Jesús, de lo que no podía dejar de decir palabra, ha quedado escondido, y por lo tanto, han quedado escondidos sus valores.

El Reino de Dios se caracteriza, sin dudas, por estar constituido de amor, paz, justicia, igualdad y fraternidad. Pablo lo ha resumido magistralmente como la definición más aproximada que nos conservó el Nuevo Testamento: “Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14, 17). ¿Predicamos, acaso, la justicia, el gozo y la paz? ¿Trabajamos por ellas? ¿Mencionamos a los hombres y mujeres su existencia y su plenitud en el Reino? Probablemente la respuesta general sea que no lo hacemos. América Latina ansía la justicia y la paz, y desea el gozo de vivir como hermanos. Al olvidarnos del Reino en la evangelización, estamos asumiendo el proselitismo, pues buscamos mayor cantidad de adherentes a nuestra institución, no nuevos discípulos de Jesucristo. Promover instituciones eclesiales antes que el Reino no es invitar a una conversión ni a un encuentro transformador con Jesús, y por lo tanto no es evangelización ni metamorfosis del mundo. La Iglesia se vuelve, así, una organización no gubernamental, y no espacio de comunión ni Pueblo de Dios. El discípulo está llamado a ser predicador del Reino, porque eso lo hará predicador de la justicia, de la paz y del gozo, y ese será un verdadero futuro para las desigualdades y los conflictos latinoamericanos.

Miércoles de Cenizas – Ciclo B – Mt. 6, 1-18



Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
(Mt. 6, 1-18)

Conviene, para entender el verdadero sentido de la cuaresma, que comienza en este Miércoles de Cenizas, remontarse a su historia y su evolución en la Iglesia. Cuando se fijó un domingo de Pascua, en el siglo II, se dedicaron los dos días anteriores a un ayuno comunitario (el viernes y el sábado santo), y ese fue el principio de la cuaresma, centrado en el ayuno escatológico, o sea, un ayuno de espera, un ayuno para estar en vela hasta que volviese el Esposo arrebatado por la muerte, un ayuno para recibir la Vida, seguramente centrado en la expresión de Jesús: “Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día” (Mc. 2, 20). Es notorio que la expresión está en los tres sinópticos (Mt. 9, 15 y Lc. 5, 35), remarcando su importancia para la comunidad cristiana primitiva. Pero la historia no quedó allí, sino que continuó y avanzó hasta mediados del siglo III, cuando la cuaresma se amplió a las tres semanas anteriores a la Pascua, coincidiendo con el tiempo que la Iglesia dedicaba a la preparación de los catecúmenos, quienes eran bautizados en la vigilia pascual. Ya cercanos al siglo V, los días de cuaresma llegaron a los cuarenta, contando desde un miércoles, de manera que no se contabilizaran los domingos intermedios como días de ayuno. Al principio, estos cuarenta días servían de preparación para los penitentes públicos, quienes realizaban el ayuno para recibir, la noche del jueves santo, la absolución pública. Las cenizas para los fieles aparecieron cuando desapareció esta penitencia pública, entonces, como signo penitencial, se imponen a todos.

Recabamos, así, tres elementos de significado histórico para la cuaresma: ayuno escatológico, camino catecumenal y camino de conversión. Quizás, en esta generación que vive la cuaresma como algunos días más que se suceden sin pena ni gloria, convenga recuperar y hacer hincapié en estos tres significados, ofreciéndolos como experiencia real para profundizar el itinerario hacia la Pascua. El ayuno escatológico, de espera del Esposo, comunitario, hace del ayuno un verdadero sacramento, un signo real de Iglesia-comunión que aguarda a quien le ha sido arrebatado, pero con la certeza de su regreso. Recalcar este aspecto sacramental del ayuno parece estar más en consonancia con el cristianismo original que ese tipo de ayuno mortificante predicado durante tantos años. En segundo lugar, el camino catecumenal, perdido en las comunidades de Europa y América, vívido en África, es menester rescatarlo para nuestras parroquias, demostrando así que no nos interesa el número de la catequesis de preparación para los sacramentos, sino el encuentro de los hombres y mujeres con Cristo que aceptan su bautismo tras una catequesis libre y permanente que se intensifica en el catecumenado. Por último, el camino de conversión, nunca está de más renovarlo y proponerlo a conciencia, no como ley impositiva para conseguir la salvación, sino como propuesta de madurez para el discípulo, como camino que él o ella pueden iniciar por sus propios medios, sin la preocupación de ayunar en éste u otro día, o midiendo la limosna que debe darse, o calculando el horario preciso de oración; si es propuesto como paso de madurez, la atención no estará fija en cómo o cuándo realizar esto o aquello, sino en hacerlo por amor.

Para comenzar las lecturas evangélicas de este tiempo, la Iglesia nos presenta una parte del Sermón del Monte (Mt. 5, 1-7, 29), y precisamente, la parte dedicada a las tres obras de la justicia judía: limosna, oración y ayuno. Estas tres obras son recomendadas, tradicionalmente, para que los discípulos las practiquen más diligentemente en el período de la cuaresma. ¿Quiere decir que en este punto no hay novedad cristiana respecto al judaísmo? ¿Quiere decir que somos invitados a vivir como vivían los fariseos estos quehaceres piadosos? La respuesta es no, y a colación viene la lectura del día, la cual comienza estableciendo la tesis principal: cuidémonos de hacer las cosas para ser vistos y alabados por los hombres, porque entonces no tendremos la recompensa del Padre, sino la recompensa terrenal y humana, que es efímera y no eterna, que entretiene, pero no plenifica. El análisis sistemático que Jesús realiza de cada obra de piedad termina regresando a la tesis primera: si hacemos las cosas para ser vistos no las estamos haciendo a la manera del Reino.

Encontramos en estos versículos un término que identifica la actitud contraria a la propuesta por Jesús: hipócritas. La hipocresía es la representación teatral demagógica, literalmente, pues los hupokritēs, en griego, eran los actores del teatro. En esta línea se enlazan la hipocresía y la mentira, como la manera de representar un papel, jugar un rol, actuar formas propias de ciertas intenciones que no son las que motivan verdaderamente. ¿Quiénes eran los hipócritas concretos a los que se refería Jesús? Los fariseos, como bien queda desarrollado en el capítulo 22 del Evangelio según Mateo (cf. Mt. 22, 18; Mt. 22, 13-15.23-29), sobre todo en los ayes. Eran ellos quienes tenían, alrededor de estas obras de justicia, montado un espectáculo que el lenguaje del Maestro expone con certeza. Por ejemplo, era común que cuando un fariseo iba a dar limosna, su servidor tocase una trompeta, de manera que los pobres e indigentes se acercasen a recibir la dádiva. Otro ejemplo era la oración pública; llegados los horarios señalados del día, el israelita debía rezar estuviese donde estuviese; algunos fariseos calculaban sus caminatas para quedar en lugares muy transitados a la hora señalada, y así hacer oraciones públicas que todos viesen. En la época de Jesús y de la Iglesia primitiva, las obras de justicia estaban francamente disfrazadas, adornadas, y todo para encontrar el reconocimiento del público, para que la obra representada transmitiese la imagen de un justo, un santo, un distinguido.

Hoy, la hipocresía no es ajena al humano, mucho menos en los ámbitos religiosos, mucho menos en el cristianismo. Hacer las cosas para ser vistos por los hombres sigue siendo una gran tentación, a cada paso. Queremos que los demás admiren la supuesta santidad que estuvimos gestando y que da a luz con la limosna, el ayuno y la oración. Jesús nos sigue instando a trabajar el secreto. Ante el espectáculo teatral que exige montaje, escenas, representaciones, guiones y un público, el Maestro propone lo opuesto, que una mano ignore a la otra, que la oración suceda en el fondo del cuarto con la puerta cerrada, que cuando se ayune nadie lo note. Para recalcar estas obras en secreto, valga examinar un poco la palabra que traducimos como aposento en el versículo 6. El término en el original griego es tameion, palabra que designaba la cámara que existía debajo del piso de algunas de las casas orientales, y que era utilizada como depósito, no como cuarto de dormir. Lo que estaría diciendo Jesús a sus oyentes, es que para orar no debían ir a las esquinas ni a la sinagoga, sino internarse en el último rincón de sus hogares, allí donde no entraba nadie, donde nadie podía molestarlos, sumergirse bajo tierra, a la oscuridad de un depósito. Se trata de una hipérbole, una técnica literaria del lenguaje semítico que consiste en exagerar las imágenes para darle fuerza al concepto, pero eso no le quita veracidad.

El lugar de las obras de justicia en el Reino de Dios no es personal, sino comunitario. El ayuno, la oración y la limosna no pueden estar al servicio de un hombre o mujer que desea comerciar con Dios (entregarle estas obras a cambio de salvación) o que desea admiración humana (hacer las obras para que los demás lo feliciten). Las obras de justicia, en el Reino, son realidades comunitarias, en un doble sentido:

- Camino de uno para todos: en primer lugar, el discípulo que las practica en secreto se libera de la atadura de tener que agradar a los demás, y se perfecciona así en sus motivaciones. El ayuno, la limosna y la oración sirven a su proceso de discipulado, lo ayudan en su relación con Dios, en su percepción de sí mismo y, por consiguiente, en su percepción del hermano. Se perfecciona en las obras de justicia para servir mejor comunitariamente.

- Obras para todos: la limosna, el ayuno y la oración no pueden entenderse separadas de los hermanos. La limosna que hace al pobre dependiente y no lo promueve en su dignidad, esa limosna no es del Reino. El ayuno que se abstiene por pietismo, pero no redunda en una negación para ayudar, no es del Reino. La oración que se centra en uno mismo, que gira en el propio ombligo, y que no incluye a los necesitados en las peticiones, no es del Reino.

La hipocresía está tentándonos, en cuaresma y durante todo el año. Nos tienta en la misión también, cuando nos creemos los salvadores y comenzamos a hacer para ser, en lugar de tomar el camino verdadero que es inverso, el de ser para hacer. Estamos equivocados cuando predicamos, anunciamos y elaboramos proyectos pastorales pensando en cómo nos alabarán por ello, cómo nos volveremos importantes haciendo. Estamos en buen sendero cuando nos planteamos quiénes somos para actuar en consecuencia, cuando nos reconocemos discípulos de Jesús, cuando visualizamos el Reino en sus valores de fraternidad, justicia, libertad y paz. La hipocresía crea, para sostenerse a nuestro pesar, un círculo que se alimenta del reconocimiento, que se alimenta del espectáculo para crear un nuevo espectáculo, y así sucesivamente. El aplauso del público estimula una nueva puesta en escena que recibe un nuevo aplauso que genera una nueva puesta en escena.

No será la solución a la práctica de las obras de justicia agregarle reglamentación (cuándo realizarlas, cómo, de qué manera), sino educar en la libertad del Reino, para que optar por esas obras sea fruto de amor, no de imposición.