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Que haya hermanos / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 23, 1-12 / 30.11.11

Entonces Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar ‘maestro’, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen ‘padre’, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco ‘doctores’, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Mt. 23, 1-12)

El de hoy es un texto crítico. Criticar es dar una opinión personal sobre algún tema. Etimológicamente, crítica proviene del griego krino (discernimiento), que procede a su vez de krinein (separar). Cuando se realiza una crítica, no se está remarcando lo malo exclusivamente, sino que se está opinando con discernimiento, separando lo rescatable de lo desechable, lo que sirve de lo que no sirve, lo elogiable de lo detestable. El de hoy, por supuesto, es un texto crítico. Jesús hace una crítica a los escribas y fariseos. Marcos tiene una pequeña referencia que podría ponerse en paralelo (cf. Mc. 12, 38-40), referida sólo a los escribas. Lucas también la conserva en Lc. 20, 45-47. Ambos paralelos están situados, cronológicamente, sobre el final de la vida de Jesús, coincidiendo con el texto que leemos este domingo perteneciente a Mateo. Pero además, Lucas tiene otro texto que es mucho más similar a Mt. 23, 1-12, aunque con dos notables diferencias: se ubica en el capítulo 11, casi a la mitad del libro, y separa las críticas a los fariseos de las críticas a los escribas. Mateo parece responder a una necesidad histórica de su comunidad unificando escribas con fariseos. Tras la caída de Jerusalén en el año 70 d.C., el farisaísmo se hace con el control del judaísmo y los escribas vienen a ser el fundamento teológico-exegético de este judaísmo fariseo. En la época de Jesús, entre los fariseos no existían muchos escribas, sino que más bien se trataba de comerciantes, artesanos y campesinos que decidían consagrarse voluntariamente a una forma de vida sumamente estricta respecto a las leyes de pureza/impureza y respecto a las prescripciones de la Torá. En esto parece más preciso Lucas que separa la crítica a los fariseos (cf. Lc. 11, 39-44) de la crítica a los escribas (cf. Lc. 11, 46-52). A los primeros les remarca la hipocresía, la forma de vida estereotipada que busca el aplauso humano. A los segundos su aire de superioridad, de estar por encima del pueblo interpretando la Palabra y haciéndolo a su antojo, para su propia conveniencia, sin reconocer que el Espíritu (Sabiduría) es el que habla, no la ciencia. El fragmento real, en el Evangelio según Mateo, se extiende hasta el versículo 35 por lo menos, con ayes y palabras cada vez más agresivas. La liturgia católica ha decidido detenerse en el versículo 12.

Mateo, haciendo actualización de Jesús para su comunidad presente, sabe que la crítica de Jesús no es sólo para escribas, ni sólo para fariseos. La crítica no es sólo para los que se declaran judíos. Es una crítica universal y atemporal para todos los que, de manera hipócrita, hacen de la religión un teatro, y para todos los que esgrimen ciencia teológica intentando validar posiciones propias antes que la posición de Dios. Mateo sabe que la crítica de Jesús llega hasta su comunidad eclesial, hasta él mismo. Lo que los escribas y fariseos hacen es lo que los cristianos también hacen, porque la tentación trasciende los límites de la denominación religiosa. Hay un error repetitivo en la historia religiosa: el olvido del servicio al ser humano. Cuando la religión (cualquiera que esta sea) se olvida del hermano, del prójimo, pierde su razón de ser, su conectividad con lo sobrenatural. La religión no está en el mundo para autoensalzarse. La religión está para mejorar el mundo, para cambiarlo en un camino de plenitud. Cuando los dirigentes religiosos pierden este rumbo, desfiguran a Dios. Crean una imagen divina acorde a sus intereses, predican esa imagen y falsean al Dios verdadero. Eso le molesta a Jesús. Gran parte de su misión está centrada en acercar al pueblo la imagen más perfecta y verdadera del Padre, su amor, su misericordia. En esta misión de revelación, se ve obligado a criticar a quienes deforman a Dios presentándolo con características que, en realidad, le son ajenas. Por eso es una crítica que sirve para hoy, y servirá para mañana, y sirvió para la comunidad mateana que, lentamente, iba configurando un Dios a su imagen y semejanza.

La crítica comienza con una afirmación: los escribas y fariseos se sientan en la cátedra de Moisés. Las cátedras son asientos, los principales de la sinagoga, desde donde se imparte la instrucción. Por lo tanto, es un lugar de poder. Quien ocupa la cátedra es el que explica las Escrituras, el que tiene dominio sobre la Palabra. Históricamente, no es tan correcto asociar a los fariseos a la cátedra de Moisés, sino más bien a los escribas, estudiosos de la Ley. Es posible escucharlos, pero no tomarlos como ejemplo. Puede que ciertas interpretaciones que hacen sean correctas, sin embargo, su vida, su praxis, no se condice con lo que dicen. En la visión de Jesús, eso es un problema de autoridad. ¿Cómo creerle y aprender de alguien que disocia su vida de sus palabras? La coherencia de Jesús los confronta: habla de la Palabra y vive la Palabra con una radicalidad que da consistencia a su proclamación del Reino. Por esa vivencia en carne propia, no ata pesadas cargas sobre los demás. Estas cargas son las prescripciones/interpretaciones que los escribas y fariseos hacían sobre la Ley. Todo ese detalle y rigorismo respecto a lo que se pude y lo que no se puede hacer, tiene otra perspectiva en Jesús, que ofrece un yugo suave y ligero (cf. Mt. 11, 30). Los escribas y fariseos han fabricado una complicada red que se vuelve pesada, que oprime. Jesús ha resumido la Ley en el mandamiento de amar a Dios y amar al prójimo (cf. Mt. 22, 37-40), haciendo de la Ley una posibilidad de liberación en el amor. Por eso no puede avalar las imbricadas vueltas y volteretas tejidas alrededor de la Palabra de Dios. Eso también es una manera de falsear al Padre, de hacerlo inaccesible. ¿Y para qué? Para privatizarlo, para que sólo sea propiedad de una élite, de manera que este grupo sea reconocido. Este es el sentido de las filacterias agrandadas. Las filacterias eran envolturas de cuero que llevaban en su interior fragmentos de la Torá y que los fariseos se ataban al brazo izquierdo y a la frente, según la tradición de pasajes como Ex. 13, 9.16; Dt. 6, 8 y Dt. 11, 18, que hablan de llevar la Palabra del Señor siempre presente, en el corazón, atada a las manos y como marca sobre la frente. Del mismo modo, según Nm. 15, 38-39, los flecos en los mantos tienen la función de recordar al israelita los mandamientos para que sean cumplidos. Las filacterias y los flecos tienen una función hacia dentro, hacia el que los lleva, para que recuerde que hay una Palabra divina pronunciada y que debe actuar en consecuencia; Jesús critica el uso hacia fuera, el uso demostrativo, teatral, que busca reconocimiento externo. Eso no es lo que pide la Ley, ni tampoco es el espíritu de la tradición. Jesús ya se había referido al peligro de hacer las cosas para ser vistos (cf. Mt. 6, 1-18). Es el peligro del amor propio que desplaza los otros dos amores principales: a Dios y al prójimo.

Haciendo el salto cronológico hacia su comunidad, Mateo introduce una recomendación para los cristianos. Los discípulos también corren el riesgo de todas las religiones. Por eso deberían ser radicales en su organización. La comunidad mateana (en Antioquia, quizás) parece haber contado con varios ministerios (profetas, sabios, escribas, según Mt. 23, 34), lo que habla de un estadio avanzado institucional. Seguramente, algunos de los ministros comenzaron a pretender ciertos honores desprendidos de su rol. Algunos habrían pedido ser reconocidos como maestros, y tener la estima que se tiene a los rabinos. Otros pedirían ser llamados padre, quizás por su condición de ancianos de la comunidad o directores generales. Mateo cree que eso debe extirparse raíz. A nadie debe llamársele maestro (rabí según la versión original), porque Maestro hay uno solo. El uso de rabí no era exclusivo de los rabinos maestros de la Ley en el siglo I d.C., sino que se aplicaba a otras personalidades. Lo mismo sucedía con padre (pater en el original), que podía aplicarse en la familia, en religión para los dirigentes y hasta para el emperador romano, considerado padre de Roma, padre de la patria y padre del mundo entero. Pues bien, nadie debería recibir ese título, porque es propiedad de Dios. Para ser llamado padre en la tierra hay que tener el mismo corazón que el Padre celestial. Finalmente, el tercer título a desterrar es el de kathegetes (doctor para varias traducciones, instructor para otras, preceptor en algunas más). Lo llamativo de esta frase es que incluye una autoreferencia de Jesús a sí mismo como Mesías, lo que lleva a cuestionar la originalidad histórica del dicho, haciéndolo muy probablemente redaccional, ya que Jesús fue reacio a designarse como el Mesías esperado por el judaísmo. De todas maneras, la intención es la misma: una comunidad eclesial sin títulos honoríficos.

¿Es posible? ¿Podríamos tener una Iglesia sin títulos? ¿O ya es demasiado tarde y los títulos son parte de nuestro acervo dogmático? Quizás no sea la solución adecuada, pero Mateo parecía considerar oportuno desterrar los títulos. Que abunden los ministerios, que haya profetas y sabios, que florezcan los carismas, pero que nadie obtenga beneficio de ello, más que la comunidad entera. Que los maestros enseñen sin esperar el reconocimiento, que los profetas profeticen sin añorar una devolución, que los sabios estudien y disciernan sin tener mejor lugar en la asamblea. Que los mejores lugares y los honores sean para los hermanos más pequeños, para los frágiles, para los pobres. Mateo propone una Iglesia deshonrada, sin motivo de orgullo mundano. Una Iglesia desentendida de las pirámides sociales jerárquicas. ¿Es posible? Con nuestra organización eclesial actual nos parece un disparate. Y es que, como buenos fariseos, hemos construido un entretejido de justificativos alrededor de nuestra organización interna. Tenemos justificaciones sacrales, bíblicas y de curioso respeto. Damos el primer asiento a los dirigentes, no al pobre, pero nos justificamos. Damos la palabra a los científicos de la Biblia que han estudiado en reconocidas universidades, pero no escuchamos al profeta de barrio. Damos primacía a la parafernalia, al teatro religioso, a las grandes multitudes concentradas para peregrinar, pero poco se dice de las comunidades reunidas en las casas, en los salones comunitarios, siendo apenas un puñado. Ustedes no sean así dice Jesús. Que no haya jefes ni mejores ni dueños de nada: que haya hermanos.

La trampa del doble amor / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 22, 34-40 / 23.10.11

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. (Mt. 22, 34-40)

Seguimos con las preguntas a Jesús para ponerlo a prueba. Marcos también ha conservado esta escena (cf. Mc. 12, 28-34), antes que Mateo. Éste último ha omitido la alabanza final de Jesús al escriba que aceptó la respuesta del Maestro, lo cual tiene sentido en el contexto de la disputa que vive la comunidad mateana. Con la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C., el judaísmo queda casi enteramente en manos de fariseos y escribas, quienes tienen la tarea de reconstruir una religión que estaba centrada en el Templo, ahora ya sin él. El judaísmo post-Templo es un judaísmo rabínico. Ya no hay sacerdotes porque ha dejado de existir el ámbito cultual del Templo. Quedan los escribas, los conocedores de la Ley, ahora a cargo de un pueblo que busca reinterpretarse y pensar su identidad desde otra situación histórica. Al mismo tiempo que los escribas intentan salvar al judaísmo, la comunidad mateana intenta salvarse (sobrevivir). Y en el mundo que comparten, en el afán de definir sus límites, se enfrentan. El Jesús de Mateo tiene un enojo particular con los escribas y fariseos. Son los que atan pesadas cargas a los demás (cf. Mt. 23, 4), los hipócritas que hacen cosas para ser vistos por los demás (cf. Mt. 23, 5). Se hacen llamar maestros, padres o doctores, pero el cristiano sabe que no hay otro maestro, padre o doctor fuera de Dios (cf. Mt. 23, 8-10). Como cumbre, los escribas y fariseos son destinatarios de una serie de ayes dirigidos contra ellos (cf. Mt. 23, 13-33). Más que Jesús hablando, lo que tenemos es a Mateo hablando. Es lógico que las comunidades nacientes entren en conflicto con comunidades circundantes; mucho más tratándose de una comunidad que surge en el seno del judaísmo y que comienza a tener diferencias notables con el mismo. La búsqueda de la identidad personal lleva al choque con otras identidades; si añadimos que el judaísmo también se encuentra en una búsqueda intensa, la colisión es inevitable. Y Mateo es testigo. Por eso reniega de las líneas en que Marcos alaba a un escriba judío que está cerca del Reino por entender la respuesta de Jesús. Mateo cree que el verdadero oficio de los escribas está ahora en el seno de la Iglesia, donde hay discípulos que saben sacar lo viejo (las Escrituras de Israel, la Torá, los Profetas) y lo nuevo (el Evangelio de Jesús) para interpretar el presente y el futuro (cf. Mt. 13, 52).

La escena que leemos hoy, más que un diálogo/debate entre un escriba y Jesús (como parece sugerir Marcos), es una muestra más de cómo Jesús desbarata la trama de sus enemigos y sus intenciones de tenderle una trampa. Por eso los fariseos se reúnen, recordando el Sal. 2, 2: “Los reyes de la tierra se sublevan, y los príncipes conspiran [se reúnen] contra el Señor y contra su Ungido”. La intención es poner en evidencia a Jesús con un problema rabínico típico: resumir la Ley. La Torá contiene numerosos mandatos, tanto positivos (248) como negativos (365), constituyendo un total de 613. Cumplir la Ley es, por lo tanto, cumplir 613 prescripciones. En la práctica, muy pocos son capaces de memorizar tamaña lista. Tendría que haber algo central, algo que resumiese todo, algo que sea la esencia. La capacidad de una formulación sintética era también una muestra de la capacidad rabínica. Quien pudiese reducir 613 a uno o dos preceptos, ese sería un buen maestro de Israel. Los profetas habían ensayado algunos resúmenes de la Ley, sobre todo centrados en la justicia y la fidelidad a Yahvé (cf. Miq. 6, 8; Is. 33, 15-16). Quizás, el resumen más famoso es lo que se conoce tradicionalmente como la regla de oro, conservada en el libro de Tobías: “No hagas a nadie lo que no te agrada a ti” (Tob. 4, 15a). Hillel, un escriba israelita muy reconocido, también la habría formulado; según cuenta la historia, un prosélito se le acercó desafiándolo a que le enseñe toda la Torá en el tiempo que permanecía parado en un solo pie; si Hillel lo lograba, el prosélito prometía hacerse judío, a lo que el escriba respondió: “Lo que te desagrada, no se lo hagas al prójimo: aquí está toda la Ley. El resto es simplemente comentario”. Mateo conoce esta idea y la pone en labios de Jesús, durante el sermón de los capítulos 5-7, aunque con una modificación importante en la expresión: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt. 7, 12). Lo que Hillel y Tobías pronuncian en modo negativo (no hacer), Jesús lo transforma en positivo (hacer por el prójimo). No hay la opción de quedarse de brazos cruzados, esperando sin dañar a nadie; hay que hacer, movilizarse hacia el otro, acercarse. La Ley no está para validar la comodidad de nadie, según Mateo, sino para llevar al encuentro con el otro.

Ese mismo sentido encontraremos en la respuesta que da hoy Jesús al escriba. La pregunta es simple (¿cómo se resume la Ley?), pero por esa misma cualidad de simpleza es complicada. Jesús unirá el Deuteronomio (cf. Dt. 6, 5) con el Levítico (cf. Lv. 19, 18) para dar su visión global y sintética. La unión de ambos mandatos (amar a Dios y amar al prójimo) puede encontrarse en textos apócrifos como el Testamento de Isaías, el Testamento de Daniel, el Libro de los Jubileos (“Teme y adora a Dios, al tiempo que cada cual ama a su hermano con misericordia y justicia”), y el Testamento de los Doce Patriarcas (“Ama al Señor en tu vida entera y ámense unos a otros con un corazón sincero”). Filón de Alejandría también reconocía que la adoración a Dios y la filantropía (el amor al ser humano) constituían las dos virtudes principales e inseparables. Quizás Jesús no sea novedoso en esta pronunciación, pero sí es certero. La Ley y los Profetas (un modismo hebreo para designar las Escrituras Sagradas) se resumen en el amor a Dios y el amor al prójimo. Ahora bien, este amor a Dios tiene un sentido profundo en su formulación bíblica, y el amor al prójimo lo tiene en el sentido que Jesús da al prójimo.

La expresión de Dt. 6, 5 está tomada de un fragmento mayor del Pentateuco que es conocido como Shemá Israel, oración que los judíos debían repetir todos los días. El verbo shemá (escuchar) es importantísimo para el Antiguo Testamento: aparece 1159 veces, y de ellas, 86 en el Deuteronomio. Israel es el pueblo de la escucha atenta de Dios, siempre pendiente de su Palabra. Porque escucha a Dios es notorio que Israel lo ama. Sólo escuchamos con atención (y devoción) a quien amamos. Este amor de Israel es con corazón (leb), alma (nephesh) y fuerza/poder (meodeka). La palabra corazón aparece 853 veces en el Antiguo Testamento. Denota el centro de las personas, su personalidad real, la sede de la conciencia íntima. El corazón es lo que queda del ser humano cuando quitamos sus máscaras, su hipocresía, sus actuaciones. El corazón es el ser humano verdadero, el que está detrás de los ropajes sociales y culturales. Junto al corazón está el alma, que el Antiguo Testamento nombra en 754 oportunidades. La Septuaginta (LXX), traducción en griego del Antiguo Testamento, cambió el nephesh hebreo por la psyche griega, abriendo el camino para la interpretación dualista que separa el alma del cuerpo. En hebreo no es así. Nephesh designa, primariamente, la garganta. Allí el ser humano siente la sed y el hambre, así como la angustia (un nudo en la garganta). El alma, para el hebreo, es el terreno de los deseos, pero no algo inmortal separado del cuerpo. Finalmente, junto al corazón (la conciencia personal) y el alma (los deseos humanos) está la fuerza/poder. Porque el ser humano es frágil, tiene deseos y tiene una conciencia que lo puede hacer decidir bien o mal, pero también tiene una fuerza/poder que es capaz de hacerlo trascender, capaz de hacerlo ir más allá, capaz de amar. El ser humano que es corazón, alma y fuerza, puede amar completamente a su Dios, su Creador. Mateo ha cambiado fuerza por mente (dianoia), pero se mantiene la idea del humano completo que ama completamente. Este amor completo se expresa, más allá de las posibilidades abstractas, en amor al prójimo. Ya explicamos anteriormente cómo entiende Jesús al prójimo. Recordemos que para Israel existe el prójimo (réa en hebreo) que es el israelita, el connacional; existe el forastero (gér) que es el extranjero que se hizo israelita por decisión; y existe el extranjero (nokri) que vive en otro país, potencial enemigo. El libro del Levítico manda amar al prójimo (cf. Lev. 19, 18) y al forastero (cf. Lev. 19, 34), pero nada dice sobre el extranjero. Cuando Jesús habló de amar al prójimo y amar al enemigo (cf. Mt. 5, 43-44) estaba universalizando la condición del prójimo, extendiéndola más allá del connacional a la familia humana.

El amor es cósmico. Pero eso no significa que el amor esté en los cielos, lejos de nosotros. El amor es cósmico y concreto. Jesús lo sabía. El amor a Dios no se entiende sin el amor al prójimo, y el amor al prójimo tiene sentido en su trascendencia y su proyección hacia Dios. Ese es el resumen de la Ley israelita. Ese es el resumen de las religiones. Porque si no está allí la síntesis de los preceptos, de las prescripciones y del culto, entonces la religión no tiene sentido. No hay sentido para lo religioso fuera del ser humano que está a nuestro lado. No hay sentido en los templos gigantescos ni en las convocatorias multitudinarias cuando los pobres quedan fuera de esos templos y de esas convocatorias. Amar a Dios y amar al prójimo es incluir. El amor es cósmico porque es inclusivo, porque abarca todo el universo para que nadie quede fuera. Jesús también sabía eso; por eso comenzó desde la periferia, para abarcar así a todos.

El amor al prójimo es la medida para nuestras Iglesias (para cualquier Iglesia en cualquier tiempo). El corazón, el alma y las fuerzas empeñadas en el único Dios deben ser el corazón, el alma y las fuerzas empeñadas en el prójimo. La Iglesia debe girar su atención y sus recursos a paliar el sufrimiento. Eso es amor concreto al prójimo. No se trata de descuidar el culto organizado, ni la liturgia, ni lo administrativo de las comunidades; se trata de colocar en el centro lo que va en el centro. Se trata de ser buenos escribas, sacando del baúl del corazón a Dios y al prójimo, para amar según el Evangelio. Mateo quería eso de su comunidad: que sean escribas como Jesús, preocupados no por la identidad religiosa que se delimita por la manera de organizarse, sino preocupados por el prójimo. Ahí está la identidad religiosa del cristiano. Los malos (falsos) escribas están ensimismados en la interpretación literal de la Ley, en la casuística, en los márgenes que hacen a uno perteneciente o extranjero a la comunidad de fe; los buenos (verdaderos) escribas prefieren preocuparse por el prójimo, porque en esa preocupación están preocupándose por Dios.

El Reino de Dios no se parece a ninguna religión / Vigésimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 21, 28-32 / 25.09.11

“¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. El respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: Voy, Señor, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron.

Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”. (Mt. 21, 28-32)

La liturgia dominical católica continúa con la imagen de la viña. El capítulo 21 de Mateo ya está situado geográficamente en Jerusalén (cf. Mt. 21, 1). Ha terminado el camino de subida a la ciudad santa, se ha terminado la Galilea de los gentiles, los días pasados a orillas del Mar, las casas de los amigos y el clima campesino. Jesús ha ingresado a la ciudad capital para no volver a salir de allí. Es la ciudad que mata los profetas, el monte del Templo, la sede de los sumos sacerdotes y los ancianos de Israel. Jerusalén es, en términos socio-económicos, la sede del poder. Como cualquier capital del mundo, es un punto neurálgico donde se reúnen los poderosos para decidir el futuro de miles de personas. En unos pocos residentes de la ciudad cabecera descansa el destino del campesinado, de la clase trabajadora, de los pobres y de los mendigos. Jesús lo sabe, no es ingenuo. Ha subido a Jerusalén sabiendo que sube a la cuna del poder, desde donde se digita la política que afecta al pueblo, desde donde enviaron espías para enterarse de sus acciones (cf. Mt. 15, 1). Jerusalén ha estado teñida por la sombra desde el inicio del Evangelio según Mateo. Es desde Jerusalén que el rey Herodes se opone al pequeño nacido que podría ser el Mesías (cf. Mt. 2, 3), y los anuncios de la pasión repiten incesantemente que en Jerusalén debe morir Jesús (cf. Mt. 16, 21; Mt. 20, 17-18). Mateo, literariamente, conecta la Jerusalén de Herodes que quiere matar al pequeño nacido con la Jerusalén del Jesús adulto que entra triunfal y mesiánico. En Mt. 2, 3 se dice que Jerusalén se alborotó (tarasso) con la noticia del nacimiento del Mesías, y en Mt. 21, 10 que Jerusalén tembló (seio) cuando entró este hombre montado en asna. Si bien los verbos son diferentes, la idea es similar: hay movimiento, turbación, preguntas, idas y venidas. Este personaje viene a alterar el estado de las cosas. Altera a Herodes, asustado por la competencia a su trono. Altera a la capital de Judea, por definición superior a Galilea, de donde proviene este campesino con ideas novedosas sobre el Reino de Dios. Los dirigentes de Israel conocen a Jesús. Han enviado espías, están informados sobre su actividad, sobre lo que dice y proclama. Algunos historiadores del Jesús histórico prefieren la opción de un Jesús que es desconocido en Jerusalén, un completo extraño, y que ingresa a la ciudad santa haciéndose conocido de los poderosos por sus últimas acciones dentro de la capital. Otros se inclinan a pensar que los dirigentes conocían a Jesús, al menos vagamente y en lo básico: reúne gente, tiene seguidores más o menos incondicionales, lleva una vida extravagante entre pobres y marginales, tiene una actitud crítica frente a la Ley. A ese Jesús esperan. Ha entrado a Jerusalén. Su actividad ya no está restringida a los poblados y aldeas de Galilea. Ha hecho el camino. Si Jesús no es ingenuo, tampoco lo son los dirigentes: los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. No cambiará su mensaje por encontrarse en las puertas del Templo. Al contrario, lo más probable es que su mensaje se intensifique.

Mateo ha organizado tres parábolas que parecen dirigirse con especificidad a los dirigentes religiosos. La primera es la que leemos hoy, la segunda es la de los viñadores homicidas (cf. Mt. 12, 33-43) y la tercera es la de los invitados a la boda (cf. Mt. 22, 1-14). En medio de estas parábolas, Mateo recuerda que los sumos sacerdotes y los fariseos se reconocen como destinatarios negativos de las parábolas (cf. Mt. 21, 45) y que deciden detener de una buena vez a Jesús (cf. Mt. 21, 46). De esta manera, el autor plasma la situación del Maestro en Jerusalén. No lo desanimó la gran ciudad, sino que proyectó con fuerza su mensaje. No lo calló la grandeza del Templo ni la presencia más elocuente de los dirigentes. Habló de frente y sin frenos. Las imágenes eran claras para sus oyentes. La viña y el banquete de bodas. En el caso de las dos primeras parábolas, incluida la que leemos hoy, la viña es el símbolo fundamental. En el Antiguo Testamento, Israel es la viña del Señor (cf. Is. 5, l-7; Jer. 12, 10-11; Ez. 19, 10-14; Os. 10, 1). A esa metáfora se agrega la del padre y el hijo, también símbolo veterotestamentario de la relación entre Yahvé e Israel (cf. Dt. 8, 5; Dt. 14, 1; Dt. 32, 6; Sal. 68, 5; Is. 1, 1-9; Os. 11, 1). La traslación parece fácil: Dios envía a unos de sus hijos a trabajar el Reino, o sea, hacerlo concreto en una forma particular de vida; unos hijos le dicen y le perjuran que irán, que concretarán el Reino, que cumplirán la voluntad del Padre, pero en la realidad no lo hacen; otro grupo dice que no abiertamente, rechaza esta idea de trabajar la viña, de hacer el Reino, pero sus acciones dicen lo contrario. Los manuscritos tienen variaciones en el orden de los hijos. Algunas veces está primero el que se niega y otras tantas está primero el que acepta. De todas maneras, el contraste es evidente. Y para los oyentes es fácil darse cuenta. Basta mirar la realidad que los circunda en la misma Jerusalén. Hay religiosos que pagan el diezmo, participan de las actividades cultuales, rezan las veces indicadas para cada día, ayunan, y sin embargo, detrás de ese estereotipado hay un rechazo del meollo del Reino, una desatención de los pobres y excluidos, una inerte tendencia a no cambiar las cosas, no revertir la injusticia. En el otro extremo están los pecadores públicos, los del no rotundo, que no participan en el Templo, no ayunan ni pagan diezmo, llevan profesiones dudosas, y sin embargo han entendido por dónde camina el Reino. El empleo de señor que utiliza el hijo que no va recuerda Mt. 7, 21: “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. La parábola que leemos hoy podría ser, tranquilamente, el apéndice explicatorio de la expresión conservada en el sermón del monte.

Este contrapunto entre el hijo que parece obediente, pero no lo es, y el otro que parece desobediente, pero termina obedeciendo, alcanza su ápice en la declaración final de Jesús. Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes (fariseos y sumos sacerdotes) al Reino. La declaración tiene un alcance inmediato histórico: Jesús, rodeado de publicanos y prostitutas (cf. Mt. 9, 10-13), come con ellos en símbolo del Reino, y los incorpora plenos al pueblo de Dios, mientras los dirigentes religiosos que rechazan a Jesús y su Evangelio, están rechazando el Reino. El segundo alcance es eclesiológico: Mateo, conservando esta frase jesuánica, le recuerda a su comunidad que en el Reino la prioridad es para los excluidos. Tanto publicanos como prostitutas son marginados sociales. El publicano (telones) es el cobrador de impuestos (aunque la palabra también se utilizaba para los que cobraban entrada en los prostíbulos, de donde puede venir la asociación entre publicanos y prostitutas), individuo poco estimado entre los israelitas porque sirve al Imperio, es empleado de los opresores, y porque para sobrevivir debe añadir al precio del impuesto un agregado que se guarda para él. Los publicanos no eran personas ricas (a diferencia de los jefes publicanos, o architelones, que sí lo eran), sino empleados públicos que ganaban lo que podían juntar de comisión de los impuestos cobrados. A la par, las prostitutas fueron siempre marginadas, por su profesión y por su condición de mujeres. Muchas veces se llamaba prostituta a cualquier mujer que entrase a una comida de varones. Pues bien, estos marginado sociales, considerados desheredados del Reino, ni siquiera hijos de Dios, son puestos como ejemplo por Jesús. Ellos preceden a los religiosos en el Reino, entran antes a la realidad salvífica, entienden y acogen mejor el Evangelio. Los dirigentes religiosos, los que están empecinados en el ayuno, los servicios cultuales, la religión estereotipada hacia fuera, terminan obstaculizando su propia acogida del Reino.

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Hay un peligro en la religión estereotipada, y ese peligro es el obstáculo que el estereotipo causa. La legalidad de la relación con Dios crea un sistema donde los puros son los que cumplen la ley religiosa al pie de la letra, y los demás son impuros. Se forma el grupo de los de adentro y el grupo de los de afuera. Ese sistema es sostenible para religiones basadas en constituciones dogmáticas, pero no para el Evangelio del Reino. El Reino de Dios no se parece a ninguna religión, sino a una comunidad de hijos de Dios. Pero la medida de los hijos es la acogida de los hermanos. Cuando un hijo se cree superior y deshereda por decreto a otro hijo, no se está comportando debidamente. Aún si todos los días va a visitar a su padre para decirle que lo ama y que ama a su hermano. Si en la práctica, el hermano está marginado, ese no es un buen hijo. Con nosotros pasa lo mismo. Nos creemos hijos perfectos y, por lo tanto, con el derecho a excomulgar, a decidir quién puede ser hijo y quién no. Pero resulta que nuestro propio ritual de hijos (nuestra asistencia al culto dominical, nuestras políticas de recepción de los sacramentos, nuestros ayunos de viernes) muchas veces no refleja nuestra vida como hijos. Porque en el templo y a la noche al pie de la cama, todos amamos a los demás, pero en la cotidianeidad, al hermano estigmatizado no le quitamos el estigma.

La Iglesia no puede conformarse con sus hijos justos. Eso lo puede hacer cualquier religión. La religión del Reino es aquella donde los marginados sociales ingresan primero y ocupan los primeros puestos. La Iglesia de Jesús debe ser la Iglesia de los publicanos y las prostitutas. Aunque alimente el escándalo. Si ellos entran primero al Reino, nosotros deberíamos seguirlos.

El reduccionismo de creer que la expresión de Jesús invita a estafar a los demás y prostituirse no puede ser más paupérrimo. El espíritu de la frase de Jesús es la invitación a convertirse en marginado social, convertirse en lo que representa el publicano y la prostituta para el sistema religioso, convertirse en lo que representan los huérfanos que piden monedas en la calle para la sociedad urbanizada, convertirse en lo que representa el homosexual para el oficialismo eclesial, convertirse en lo que representa el trabajador en negro para el sistema capitalista. De eso se trata. De llegar en la misión a una identificación tan patente con los marginados, que con orgullo podamos recibir el desprecio de los que, con la frente en alto, se dicen hijos legítimos de Dios.

Nosotros no excomulgamos / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 18, 15-20 / 04.09.11

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos. (Mt. 18, 15-20)

Ingresamos ya, siguiendo el Evangelio según Mateo, en su cuarto discurso. Recordemos que el libro está estructurado en torno a cinco largos agrupamientos de palabras de Jesús. El primer discurso es el llamado sermón del monte (cf. Mt. 5, 1 – 7, 29), que contiene las directrices éticas y morales del Reino de los Cielos. El segundo es un discurso misionero (cf. Mt. 10, 1 – 11, 1), de envío de los discípulos y líneas de acción para la acción evangelizadora de la Iglesia. El tercero es la colección de parábolas del Reino del capítulo 13, que los distintos domingos de la liturgia católica fueron jalonando. El quinto de los agrupamientos de palabras es el discurso escatológico (cf. Mt. 24, 1 – 26, 1), con frases, profecías y parábolas sobre el final de los tiempos. El cuarto discurso, del que leemos un pequeño fragmento hoy, comienza en Mt. 18, 1 y se extiende hasta Mt. 19, 1. La mayoría de los comentaristas lo llaman el discurso eclesial, mientras que otros prefieren el término comunitario.

Este discurso responde a una situación real y concreta que ha comenzado con Jesús. Al formar un grupo de seguidores íntimos, Jesús ha formado una comunidad. Esa comunidad sufre el paso del tiempo y la desaparición del Maestro. Aparecen conflictos, situaciones nuevas sin legislación, sombras en cuanto a temas específicos. Considerando que el Maestro ya no está físicamente para consultarlo, es preciso que las comunidades se organicen. ¿Qué hacer con un pecador público? ¿Quién decide su suerte? ¿Los dirigentes de la comunidad? ¿La comunidad reunida en asamblea? ¿Es necesario armar un juzgado dentro de la Iglesia? Hay un Espíritu y una línea general, un mandamiento del amor, una certeza de la Pascua, pero lo concreto, la problemática del día a día, exige a las comunidades la elaboración de reglamentos, de organigramas, de disposiciones y constituciones. La comunidad mateana no escapa a esa situación. El tiempo ha pasado, la Iglesia se ha enfrentado a diferentes tribulaciones tanto externas como internas, y ha elaborado un método de resolución. La única diferencia con los registros históricos de comunidades que han elaborado códigos para resolver conflictos, está en lo sencillo de las disposiciones del Evangelio según Mateo. Sin exagerar en normativas, sin abundar en detalles, especifica pasos concretos de acción. Lo que no se dice queda librado al Espíritu Santo que sopla en las Iglesias. Lo que no está legislado queda en el criterio comunitario inspirado en la vida de Jesús de Nazaret y en su muerte y resurrección.

El caso del que trata la perícopa litúrgica de este domingo es el del hermano pecador. No es uno de los pecadores ajenos a la comunidad, de los que no han aceptado al Cristo y su discipulado. Se trata de los mismos discípulos, los que ya hicieron una opción. Sin embargo, no parece tratarse de cualquier pecado. La traducción literal sería la referente a un pecado contra ti (eis se). Y el modo de tratamiento, implica que el pecado es público, de conocimiento de los testigos y, en definitiva, de toda la comunidad. Por lo tanto, este abordaje que propone Mateo parece limitarse a las siguientes condiciones: el pecado de un cristiano, que es pecado público y que afecta a otro, al prójimo. No sabemos cuál es el abordaje para otros tipos de pecados, pero pareciese que al tratarse de un error que afecta a la comunidad, es la comunidad la encargada de tomar la decisión. Hay pasos previos, más sutiles, de invitación al cambio, pero en definitiva, el texto deja claro que es la Iglesia la que subyace a la situación del discípulo. Es la Iglesia y no una sola persona, es la Iglesia y no los que ostentan la dirección, es la Iglesia y no ninguna estructura judicial la que se hace cargo en nombre de Jesús. Seguramente, la comunidad mateana podía relacionar de inmediato qué lista de pecados debían ser tratados así, porque lo que el autor hace palabras es un procedimiento ya en funcionamiento en la Iglesia, con tres niveles: el acercamiento personal, los dos testigos y la comunidad en pleno.

El acercamiento personal intenta limitar la publicidad del asunto, preservando al pecador y preservando a la Iglesia, que no se ve sometida a una situación incómoda. Esa es la primera instancia. Puede que haya una respuesta positiva, que el pecador escuche y cambie, o puede que la respuesta sea negativa. En ese caso se accede al segundo nivel de tratamiento, que es el ingreso de una o dos personas más al acercamiento para que en la situación haya dos o tres testigos, respetando el principio legal de Dt. 19, 15: “No basta un solo testigo para declarar a un hombre culpable de crimen o delito; cualquiera sea la índole del delito, la sentencia deberá fundarse en la declaración de dos o más testigos”. La medida sigue siendo cuidadosa y de preservación. Quizás, un abordaje individual queda sujeto a la subjetividad de quien lo aborda. La intervención de testigos aporta objetividad. Ya no se trata de cuestiones meramente personales, que pueden llevar a equivocaciones; ahora hay peso de testigos. Es probable que la Iglesia de Corinto tuviese el mismo método o un método similar (cf. 2Cor. 13, 1), también inspirado en el Deuteronomio. Nuevamente hay dos caminos. Si el pecador decide cambiar, ya se acaba el asunto, pero si persiste, el último paso es la asamblea convocada (la ekklesía), con todos los miembros, para la decisión comunitaria. Es la expresión máxima de lo que quiso mantenerse en privado, pero trascendió demasiado, y también la expresión máxima del poder de la comunidad sobre cualquier otro poder personal. Ni el solo individuo que aborda en primera instancia ni los testigos pueden tomar la decisión final; eso es ámbito comunitario. La división entre los exegetas se presenta en este punto. Un grupo interpreta que la declaración de pagano/publicano es una excomunión comunitaria. Los paganos y publicanos son los que no aceptan a Jesús y permanecen fuera de la ekklesía. Otro grupo de biblistas sostienen que no hay excomunión. Si repasamos el Evangelio según Mateo, queda claro que Jesús se relaciona con los paganos, inclusive remarcando su fe que, en muchos casos, es mayor a la de los considerados hijos del Reino (cf. Mt. 8, 5-13; Mt. 15, 21-28); y también se relaciona con los publicanos en el plano de la vida/mesa compartida (cf. Mt. 9, 9-13; Mt. 11, 19). Quiere decir que la declaración de pagano/publicano no es una excomunión total, ni siquiera cercana a lo que hoy entendemos como excomulgar. Si la comunidad intenta reproducir la vida y el Espíritu de Jesús, entonces tendrá con los paganos y los publicanos la misma relación que tuvo el Maestro. Cuando un discípulo pecador no acepta el cambio o la renovación, la comunidad lo considera así, pagano/publicano, no totalmente involucrado con el cambio de vida (conversión) que implica el camino de discipulado, pero no por eso fuera del Reino de los Cielos, no por eso falto de fe, no por eso excluido de la mesa. Esta resolución es más que interesante. Mateo es muy cuidadoso de no convertir el juicio comunitario en un patíbulo público. La comunidad de Jesús no estigmatiza, sino que, aceptando la situación de pecado, mantiene una relación con el discípulo errado que va más allá de un simple reconocimiento de su presencia. Es un pagano/publicano como los paganos/publicanos lo eran para Jesús. No sólo es posible seguir relacionándose con él o ella, sino que es obligación de la ekklesía hacerlo, respetando el modelo de relación inaugurado por el Maestro.

El poder de atar/desatar entregado a toda la comunidad (no sólo a Pedro, cf. Mt. 16, 19) tiene sentido cuando se lo lee desde el contexto de los paganos/publicanos. La Iglesia intenta reproducir, de la mejor manera posible, el espíritu del Evangelio. Se ve obligada a legislar y tomar decisiones respecto a hermanos íntimos, con los que se comparte la vida, pero no puede convertirse en estigmatizadora ni excomulgadora. Tiene el desafío de atar/desatar como ataría/desataría Jesús, seguramente con más atadura (comunión) que desatadura. Mateo no está poniendo el foco de su atención en la posibilidad de excomulgar, sino en la posibilidad de reconciliar. Todo el proceso escalonado, de diferentes niveles, buscando incasablemente el arrepentimiento y la conversión, es una muestra de lo importante que resultaba para la comunidad mateana conservar a los hermanos. Y si aún con todos los abordajes el hermano no cambia, la comunidad no condena, sino que comienza a tratarlo como el Maestro trataba a los paganos y a los publicanos, sin exclusión, sino incluyéndolo para invitarlo a la participación plena en la mesa. Al fin y al cabo, se trata de volver a empezar, volver al proceso de convencimiento de la plenitud que hay en la vida en el Cristo.

La comunidad puede demostrar eso al pagano y al publicano porque cree firmemente que Jesús está presente en medio de ella, sobre todo cuando expresa simbólicamente su comunión, estando reunidos. Se puede observar, en paralelo, una disputa entre la comunidad mateana y el judaísmo posterior a la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70d.C. Los rabinos fariseos, habiendo tomado el control del judaísmo, se debatían sobre dónde encontrar la presencia de Dios, ya que el Templo había dejado de existir. Para los cristianos, el planteo es dónde encontrar al Resucitado, y al mismo tiempo, dónde encontrar al Dios del Resucitado. Mateo modifica una vieja frase judía para expresar su opinión: “Si dos hombres se encuentran juntos y las palabras de la Ley están en medio de ellos, Dios habita en medio de ellos”. La Ley del cristiano es Jesús. La Iglesia puede decidir el futuro y la relación con los seres humanos si tiene al Resucitado presente en medio de ella y es conciente de esa presencia. Es una tarea muy difícil. Cuando las comunidades tienen que tomar una decisión respecto a un hermano o hermana, cuando el pecado público es evidente, cuando una serie de acciones han dañado al prójimo. No se puede excomulgar así porque sí. Mateo nos recuerda que Jesús no lo hubiese hecho tan fácil. Que hay un proceso primero, y si el proceso falla, tampoco la excomunión total es la solución. El Reino tiene otra modalidad. Jesús no nos permite erigirnos en jueces de un misterio, que es la participación en la vida de Dios. Allí termina nuestra jurisdicción, la jurisdicción de la Iglesia. Podemos construir una Iglesia que ata o que desata. Si somos seguidores del Nazareno, tendremos que tender siempre a atar, compartiendo la mesa con el de afuera, aunque el de afuera no quiera compartirla con nosotros.

Las parábolas y Jesús

1. La parábola

La parábola no fue inventada por Jesús ni por los evangelistas que narraron el misterio de Jesús de Nazareth. La parábola es un modelo literario, un molde narrativo que se remonta a la historia judía, y más aún, a la historia de las lenguas semíticas. El hebreo, lenguaje de Israel, lenguaje semítico, gusta de utilizar las imágenes para expresar conceptos. Así sucede con casi toda la literatura oriental. La imagen resulta más plástica y más adaptable para transmitir conocimientos y enseñanzas que la definición científica. Los escribas, estudiosos judíos de la Ley contenida en las Sagradas Escrituras, para desarrollar sus cátedras, sus instrucciones, utilizaban muchísimo la imagen en forma de parábola. Resultaba común que los rabinos explicaran mediante una narración alguna cita de la Escritura. Realmente no contamos con el registro escrito de ninguna parábola rabínica anterior al año 70 d.C., pero se asume que existen desde antes de esa época y por ello fueron conservadas hasta finales del siglo II para ser puestas por escrito. La estabilidad por años de la tradición las habría mantenido vigentes.

Definir qué es una parábola no es tarea sencilla, como parece a simple vista. Algunos autores consideran que un punto fundamental para conceptualizar la parábola es que se trata de un relato. Un relato es un texto que presenta una transformación entre el inicio del mismo y el final. Pero no cualquier relato tampoco. La parábola es un relato breve, o sea que no abunda en detalles ni se detiene en largas descripciones ni caracteriza los personajes con la extensión de una novela. La parábola, también, es un relato con aguda claridad, sobre todo en el desarrollo escénico y en la estructura de personajes participantes (sabemos dónde están todos, qué hacen y quiénes participan sin muchas ambigüedades). En tercer lugar, la parábola es un relato creíble, no porque evite valerse de elementos ficcionales (que animales hablen o que las cifras sean exageradas), sino porque los utiliza de una manera magistral que compenetra al oyente/lector. La brevedad, la claridad y la credibilidad de la parábola la hacen transmisible. No es difícil memorizar una parábola porque sus elementos constituyentes están creados y dispuestos para ser repetidos una y otra vez a través del tiempo. El maestro la utiliza para enseñar porque se asegura que sus alumnos la asimilarán.

Vale aclarar que la parábola no es una comparación ni una alegoría ni una mera imagen. Utiliza la comparación, utiliza la alegoría levemente y la imagen en cantidades increíbles, pero no se agota en esas realidades. Suele clasificarse la parábola es dos grandes grupos: los relatos parabólicos comparativos y los relatos parabólicos metafóricos. Los primeros funcionan como una comparación que establece el relato entre su ficción y lo que sucede cotidianamente, repitiendo esquemas conocidos y escenas que fácilmente se reproducen. Los segundos, metafóricos, se valen de lo insólito, de situaciones difíciles de asimilar. Ambos modelos sirven al fin de pronunciar una palabra que esconde otra palabra. La parábola juega con el misterio. Tanto comparando como presentando situaciones insólitas, tenemos un relato que se refiere a algo superior, ya sea a Dios, a valores humanos o a enseñanzas. La imagen de la parábola es el medio para una reflexión superior, más trascendente. La ficción sirve como medio que propulsa desde lo superficial hasta lo profundo.

2. El uso de la parábola en Jesús

Jesús usa la parábola mucho más que los rabinos. Si bien la literatura rabínica conserva parábolas, no son tantas en relación a la cantidad de escribas como lo son en relación a Jesús, que es un único narrador. Siguiendo los Evangelios Sinópticos, podemos atribuirle 43 parábolas. En lo referente a la búsqueda del Jesús histórico, no hay discusión acerca de su condición de narrador. Muy pocos discutirían la cualidad parabólica de Jesús; pueden discutirse ciertas autorías, ciertas parábolas específicas, pero la base responde a una realidad histórica: Jesús era un contador de parábolas. En sus relatos se perciben dejos de lengua aramea (idioma de Jesús) y elementos típicos de Palestina, de su tierra natal. Con el paso del tiempo, en la transmisión oral y luego la escritura, las primeras comunidades cristianas fueron quitando o agregando elementos a las parábolas, pero en su esencia puede reconocerse el origen jesuánico.

La parábola contada por Jesús incomoda. Un fariseo y un publicano suben a orar al Templo, pero baja justificado el publicano, supuestamente pecador, frente al justo (cf. Lc. 18, 10-14). Unos trabajan más tiempo que otros, pero todos reciben la misma paga (cf. Mt. 20, 1-16). Un asaltado en el camino es asistido por un samaritano, un extranjero, antes que por los representantes de la religión oficial judía (cf. Lc. 10, 30-37). A varios les molesta escuchar estos relatos. Y varios serían capaces de matar a quien cuenta estos cuentos. Por eso podemos decir que la parábola de Jesús no es ingenua ni mucho menos superficial. Ataca el corazón de las situaciones y dice lo que muchos callan. Las cosas que Jesús cuenta en parábolas, los mensajes que transmite, le valdrán la crucifixión. La parábola cumple una función principal de la evangelización que es incomodar, molestar, sacudir lo establecido, presentar lo insólito de Dios. Es raro permanecer impasible ante semejantes relatos. Es extraño ser fariseo y no enojarse con que el publicano salga justificado. El oyente de la parábola de Jesús se ve interpelado en su corazón y obligado a tomar partido, aún si la parábola no concluye con un interrogante para el que está escuchando. La misma dinámica del relato siembra preguntas en el interior del oyente. El lenguaje es tan claro y tan teñido de cotidianeidad, que cualquier habitante de Palestina podía reconocer lo que era remendar una tela nueva con un pedazo viejo (cf. Mc. 2, 21), o la costumbre de las doncellas que esperan al novio (cf. Mt. 25, 1-13), o lo complicado que es levantarse a medianoche en las pequeñas casas galileas donde duerme toda la familia en la misma habitación (cf. Lc. 11, 5-8). Jesús se vale de elementos propios de su vida, de experiencias, de imágenes universales para su universo de oyentes. Hoy, obviamente, nos encontramos ante la dificultad de la distancia temporal. Para entender algunas parábolas necesitamos una explicación agregada que nos aclare determinados usos y costumbres de Palestina en tiempos de Jesús. Pero reuniendo esos elementos aclaratorios, la parábola jesuánica sigue conservando el poder de incomodarnos, a nosotros que habitamos a dos mil años de distancia, y a los que habitarán después de nosotros.

La incomodidad de la parábola de Jesús no está sólo en la movilización de estructuras asumidas, sino también en la dificultad de llegar al fondo del relato. Cierta vez, el Maestro dijo a sus discípulos: “A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en cambio, para los de afuera, todo es parábola, a fin de que miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y alcancen el perdón” (Mc. 4, 11-12). La parábola es complicada, puede albergar variados niveles de interpretación, puede re-significarse en una segunda lectura, o tercera o cuarta. Para el que no está familiarizado con el misterio del Reino de Dios, la parábola ciega y ensordece. Esta afirmación de Jesús, de por sí, es complicada. ¿Acaso la parábola no busca alcanzar a toda la población de todo tiempo y lugar? ¿No quería Jesús que la gente lo entendiera? Claro que lo quería, pero la dificultad no está en Él, sino en el oyente. Las parábolas son parábolas del Reino, y si el ser humano no está dispuesto a abrirse a la gracia, al misterio del Reino, entonces no entenderá las parábolas. La explicación de las mismas no reside en la extensión del estudio semiótico ni en la prolijidad del análisis redaccional. La explicación de las parábolas está en la posibilidad real de asumir el Reino en la vida. El corazón no dispuesto a dejarse penetrar por el misterio del Reino de Dios, no entenderá las parábolas de Jesús. Al contrario, le resultarán retorcidas, inexplicables, incoherentes.

Destruyendo mitos / Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Jn. 9, 1-41 / 03.04.11

Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”. “Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?”. Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”. El decía: “Soy realmente yo”. Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”. El respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: Ve a lavarte a Siloé. Yo fui, me lavé y vi”. Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”. El respondió: “No lo sé”. El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”. Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”. Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?”. El hombre respondió: “Es un profeta”. Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”. Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”. Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. “Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”. Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”. El les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”. Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este”. El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”. Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?”. Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”. El respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”. Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante él. Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”. Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?”. Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: Vemos, su pecado permanece”. (Jn. 9, 1-41)

1. El mito del Dios que castiga

El primer bloque de la lectura de hoy corresponde a la conversación entre Jesús y sus discípulos sobre la relación entre el pecado y los defectos físicos, y la relación de ambos con Dios y su soberanía sobre el cosmos. Según la tradición judía conservada, por ejemplo, en Ex. 20, 5; Nm. 14, 18; Dt. 5, 9 ó Tob. 3, 3-4, Dios tiene la costumbre de castigar los pecados de los padres en los hijos, hasta la tercera o cuarta generación. Otro principio teológico es que Dios no es responsable del mal, sino que los propios seres humanos fabrican el mal que les sucede. Por eso es válida, en su contexto, la pregunta de los discípulos. ¿Pecó él o sus padres? ¿Dios lo ha castigado porque heredó un mal de sus progenitores o porque desde el seno materno pecó él mismo? Esto constituye, para la época, un verdadero asunto rabínico, por eso se dirigen a Jesús como Rabí (en muchas traducciones, Maestro), recalcando que se lo inquiere para escuchar una opinión calificada, una opinión magisterial.

La respuesta de Jesús es más clara de lo que parece. No existe tal castigo de Dios manifestado en defectos físicos. No han pecado ni él ni sus padres. Esta enfermedad, en realidad, no debe ser vista como una intervención maligna del Padre, sino como la oportunidad para llevar adelante la misión encomendada por Dios. Jesús sabe que al ciego no le sirven las largas disquisiciones teológicas sobre el origen del mal; el ciego necesita ver, y a eso ha venido Jesús: a que los ciegos vean. De aquí se desprende la afirmación con la que cierra esta primera parte: soy la luz del mundo. De eso se tratará este relato de curación, entre juicios y discusiones. Jesús es la luz del mundo, viene a aclarar los corazones y las mentes, viene a iluminar las sombras teológicas. A los que ciegamente creen en un Dios castigador, Jesús les responde con el ciego que es curado por el amor de Dios.

2. El mito de la ley que salva

La segunda parte, muy breve, de este relato, es la curación en sí del ciego de nacimiento. Aquí se dejan traslucir las similitudes entre este relato y el contenido en el capítulo 5 del Evangelio según Juan, sobre la curación del enfermo que llevaba 38 años así (los autores no se ponen de acuerdo sobre la enfermedad específica de este hombre; mientras algunos lo hacen solamente paralítico, otros afirman que es una figura simbólica que reúne la enumeración de Jn. 5, 3: ciego, paralítico y lisiado). En ambas curaciones el día de acción es el sábado (cf. Jn. 5, 9 y Jn. 9, 14), en un enfermo complicado (de larga data), con la intervención de una piscina (cf. Jn. 5, 2 y 9, 7). Tiempo después de ambas curaciones, Jesús se re-encuentra con los curados (cf. Jn. 5, 14 y Jn. 9, 35) y ambos tienen una situación complicada con los judíos/fariseos.

Es curioso que las dos piscinas de los relatos tengan nombres. Estos nombres responden más a una intención simbólica del autor que a cuestiones meramente históricas. La piscina del capítulo 5 es Betsata, la que está ubicada en los cinco pórticos, símbolo de los cinco libros de la Ley, de la Torá. En esa piscina, el hombre enfermero esperó 38 años para ser curado. Es evidente que sus aguas (las aguas de la Ley) no han tenido el poder de liberarlo hasta que llega Jesús. La piscina del capítulo 9 es la de Siloé, que literalmente significa vertido. Juan dice que significa enviado porque las consonantes del verbo enviar, en hebreo, se encuentran en la palabra Siloé, y eso es suficiente para hacer el juego de palabras que le permita al autor comparar esta piscina mesiánica (piscina de Jesús) con la piscina de la Ley que no cura. Esta simple curiosidad entre ambas piscinas vislumbra el trasfondo del enfrentamiento entre la propuesta de la sinagoga fariseo y la propuesta de Jesús. En la misma línea, recordando que el sábado judío es tan institución religiosa como la sinagoga, la utilización de la saliva para curar en sábado estaba prohibida en el Talmud, así como se prohibía hacer barro los sábados. Ambas prescripciones son violadas por Jesús.

3. El mito de los que ganan el juicio

La tercera parte del relato es la más larga. Se suceden una serie de escenas breves donde se desarrolla un enjuiciamiento con participación del pueblo, de los judíos/fariseos, de los padres del ciego curado y de Jesús. La pluma de Juan utiliza el recurso de unir las escenas pequeñas conservando un personaje de la escena anterior. En Jn. 9, 8-12 está el pueblo y el ciego, luego el ciego y los fariseos, luego los fariseos y los padres del curado, luego los fariseos y el ciego nuevamente, luego el ciego y Jesús, y finalmente Jesús y los fariseos. La presencia física de Jesús no es constante, sin embargo, se entiende que el enjuiciado es Él y no tanto el hombre sanado. La cuestión farisea es la curación en sábado y la identidad de Jesús, que si ha curado a un ciego de nacimiento, tiene todas las cartas para ser el verdadero enviado, el Mesías. Pero un Mesías transgresor abierto de la institución es incómodo. A fin de cuentas, los judíos/fariseos utilizan al ciego para emitir su juicio negativo sobre Jesús. El pobre hombre, que la sinagoga no pudo curar, en lugar de ser acogido es señalado reducido a medio para defenestrar a Jesús.

Este enfrentamiento judíos/fariseos versus Jesús en el Evangelio según Juan tiene más de comunidad joánica que de Jesús histórico. Fueron los cristianos de estas comunidades los excomulgados de la sinagoga que reflejaron esta situación en el relato y la trasladaron hasta la época de Jesús. Es anacrónico el temor de los padres del ciego a ser excomulgados, como los dirigentes judíos de Jn. 12, 42 que no confiesan su fe por la misma razón. En la misma línea aparece, en el discurso de despedida de Jesús, el anuncio de que sus discípulos serán expulsados de la sinagoga (cf. Jn. 16, 2). Más allá del anacronismo, la idea del juicio es válida: la institución que oprime siempre está tratando de enjuiciar a los movimientos que liberan.

4. El mito de los que son ciegos físicamente

Para los tiempos mesiánicos, Isaías esperaba la gran apertura espiritual de los ojos (cf. Is. 29, 18; Is. 42, 16-20). El Mesías traería una luz que dejaría al descubierto la verdad, una luz reveladora. El relato del ciego de nacimiento sirve a Juan para desarrollar una teología narrada sobre Jesús luz del mundo y sobre cómo el discipulado es, ciertamente, un paso de la oscuridad a la luz, de la ceguera a los ojos abiertos. Al mismo tiempo, quien se cierra a la gracia, por más que se considere un visionario, termina siendo uno de los peores ciegos que existen. Más en profundidad, hay aquí una teología del bautismo, del paso/conversión de las tinieblas a la luz, de la cerrazón a la apertura, de la mirada estrecha a la mirada amplia.

La ley de Dios o el Dios de la ley / Primer Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Mt. 4, 1-11 / 13.03.11

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”.

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo. (Mt. 4, 1-11)

Cuando la liturgia dominical evoca, en el primer domingo de la cuaresma, el relato de las tentaciones en el desierto, suceso que los tres Evangelios sinópticos sitúan a continuación del bautismo de Jesús en el Jordán, surge la necesidad de comparar cómo cada evangelista hace uso de la situación. La primer gran diferencia que resalta es la división entre la versión marquiana (cf. Mc. 1, 12-13) y las otras dos (cf. Mt. 4, 1-11 y Lc. 4, 1-13). La versión de Marcos es muy breve comparada con Mateo y Lucas. Se menciona que el Espíritu lo lleva al desierto, que estuvo cuarenta días y que fue tentando por Satanás. Fieras y ángeles adornan el cuadro. Mateo y Lucas conservan los elementos originales: espíritu, desierto, cuarenta días y tentaciones. Pero introducen modificaciones considerables. La extensión, de por sí, es bien diferente. Mateo y Lucas desarrollan un diálogo entre Jesús y el Diablo (Marcos prefería llamarlo Satanás) que tiene tres actos, paseando por distintas localizaciones y mostrando tres maneras en las que el Mesías podría haber tergiversado su mesianismo. Marcos no conoce ese diálogo. Además, Mateo y Lucas hacen hincapié en el ayuno de los cuarenta días, cuestión que Marcos pasa por alto, sin especificar si esos días fueron o no de ayuno. Es evidente que la introducción del ayuno es el pie literario perfecto para que haga su aparición la primera tentación de convertir las piedras en panes. Hasta aquí, las conclusiones son que Mateo y Lucas responden a una fuente común (la que los estudiosos llaman fuente Q) y que han agregado claves de lectura particulares a un núcleo primigenio que reflejaría Marcos. Esas claves de lectura (diálogo con el Diablo y ayuno) vuelven el relato hacia un costado espiritual y divino de Jesús que en Marcos no es patente. Algunos aventuran que la fuente Q, en esta sección, sólo tenía dichos de Jesús tomados del Deuteronomio, y que lo que hacen Mateo y Lucas es insertarlos en el contexto marquiano de las tentaciones. Aún así, los mismos textos de Mateo y Lucas presentan diferencias. La segunda tentación de Mateo es la tercera de Lucas y viceversa; la expresión ciudad santa es propia de Mateo que la vuelve a utilizar en Mt. 27, 53 para designar a Jerusalén (hablar de Jerusalén como de la ciudad santa es una expresión muy judía, correspondiente a un autor que se supone un judío convertido al cristianismo); para Mateo, al retirarse el Diablo, unos ángeles vienen a servir a Jesús, mientras que para Lucas, el Diablo se aleja hasta un tiempo oportuno (que se hará patente en Lc. 22, 39-46) y no hay ángeles que sirven.

Hasta aquí las comparaciones. Lo que nos concierne más en este día es identificar hacia dónde apunta Mateo específicamente. Tenemos la cuestión del Espíritu que lleva a Jesús al desierto que se inserta en la línea de las acciones espirituales comenzadas por la concepción virginal (cf. Mt. 1, 18), continuadas en el bautismo en el Jordán (cf. Mt. 3, 16), más tarde como referencia a su praxis (cf. Mt. 12, 18) y específicamente como poder de Dios para expulsar demonios (cf. Mt. 12, 28), para culminar en la expansión universal del Espíritu a las naciones cuando el Resucitado envía a sus discípulos a todos los pueblos para bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt. 28, 19). Queda claro que Jesús, según Mateo, es un hombre espiritual que no planea secuestrar ni privatizar el Espíritu; su legado, su testamento a sus amigos, consiste en llevar el Espíritu a todos los pueblos. De la misma manera, al final de su vida, Moisés impuso las manos a Josué y lo llenó de espíritu para que continúe la obra de ingreso a la tierra prometida (cf. Dt. 34, 9). Tras el desierto, el espíritu de Moisés se expande a Josué; tras el desierto simbólico de las tentaciones y de la vida terrena, el Resucitado comparte el Espíritu Santo a la comunidad naciente y, a través de ella, al mundo, para continuar su obra de liberación.

Otra similitud con Moisés es el tiempo. Mateo es cuidadoso al hablar de cuarenta días con sus noches, emulando la construcción de Ex. 24, 18: “Moisés entró en la nube y subió a la montaña. Allí permaneció cuarenta días y cuarenta noches”. De la misma manera que Moisés, al bajar de la montaña, explicitará la Ley dada por Dios, Jesús saldrá del desierto para proclamar la ley del Reino en el sermón del monte (Mt. 5-7). El número cuarenta (los cuarenta días, los cuarenta años) es el número que marca el cambio, las transformaciones. En cuarenta días puede Dios cambiar el mundo, puede hacernos pasar de una etapa a la otra. El cuarenta es el cambio. Las cuarenta jornadas en el desierto con las tentaciones son el espacio para el cambio que significa pasar de la vida oculta (sin repercusión popular) o la vida a la sombra del predicador Juan el Bautista, a la vida pública donde la misión se hace explícita, se hace sacramento. Moisés, en su caso, es el intermediario que traslada al pueblo de un estado anómico a un estado de Ley. Quizás, la Ley de Moisés es más jurídica, mientras que la de Jesús se fundamenta en un estilo de vida, una actitud frente a las circunstancias. Las respuestas del Maestro al Diablo son tres citas tomadas del Deuteronomio: no sólo de pan vive el hombre (cf. Dt. 8, 3), no tentarás al Señor (cf. Dt. 6, 16) y tendrás un solo Dios (cf. Dt. 6, 13-14). Si bien el fundamento está en la legislación escrita, Jesús apela al corazón. Las tres citas son una referencia al espíritu de la Ley que se encuentra en Dios, esencia de la Ley. Las legislaciones no tienen valor por sí mismas, sino por lo que las anima. Jesús entiende que el animador del Pentateuco es el Dios Padre, único Señor, que no descuida al ser humano. Este ser humano, querido por su Creador, vive de la Palabra de Aquel, tiene una relación personal íntima que lo obliga a no tentarlo (para que la relación sea sincera) y se ve en la situación de optar por Él como único Señor, porque los dioses falsos son la idolatría que mancilla esa relación personalísima. En esas claves hermenéuticas de lectura de la Ley es que Jesús se proyecta como la figura ideal de Moisés. Moisés se aproximó a Dios, comprendió la necesidad de una legislación para el pueblo, hasta captó que el espíritu de esa Ley estaba en el Dios que había liberado a su pueblo de Egipto, pero es Jesús quien radicaliza esa Ley radicalizando la relación filial del ser humano con su Padre. El Diablo viene a representar, en esta construcción literaria, las tentaciones de no creernos hijos, de suponer que la Ley está por encima de Dios, de que Dios no nos tiene en cuenta. La respuesta de Jesús es todo lo contrario: Dios nos tiene muy en cuenta, y de allí que haya Ley, pero subordinada al amor (a la gracia).

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Para Mateo era muy importante que Jesús quede representado en su comunidad como el nuevo Moisés. De esta manera, su Iglesia de judíos convertidos al cristianismo podía identificar la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, la continuidad entre su judaísmo y el cristianismo, entre el Yahvé de los Ejércitos profético y el Papá de Jesús. Esa es la visión esforzada mateana, en el malabarismo intelectual de congeniar la larga tradición israelita con la novedad de la Buena Noticia. Jesús es la proyección mejorada de Moisés, es la plenitud de la época mesiánica. En Jesús, la figura de Moisés se potencia hasta alcanzar su mejor perfil, su figura más acabada.

Para nosotros, las tentaciones son un llamado de atención. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿En la Ley o en la esencia de la Ley que es Dios? Porque de acuerdo a donde se sitúe nuestro corazón, se situará nuestra resistencia a la tentación de abandonarlo todo en pos de una oferta más atractiva. Si nuestro corazón está en la Ley, cuando su carga se haga pesada, cuando encontremos los vericuetos que la esquivan, cuando nos ofrezcan un salvoconducto más aliviado, cederemos. En cambio, si nuestro corazón está en Dios, entenderemos que Dios no es pesado, que no podemos esquivarlo porque siempre está a nuestro lado, y que no hay salvoconductos porque no los necesitamos; Dios es nuestra salvación y nuestra liberación, Él es el salvoconducto único. Es necesario plantearse, individualmente y como Iglesia, el objetivo de nuestra centralidad. Una Iglesia centrada en la Ley aplasta, oprime, cansa. Una Iglesia centrada en Dios (en su amor, en su gracia) es una comunidad liberadora que no se preocupa por luchar eternamente contra el pecador, sino contra el pecado. Ante las tentaciones, una Iglesia centrada en Dios responde como Jesús, con actitud de vida, con el recuerdo sacramental del Padre siempre presente. El Diablo no puede aprovecharse de los que optan por Dios, porque la opción vuelve obsoleto al Diablo; sí, en cambio, saca partido cuando hay comunidades aferradas a legislaciones, ya que bien dicho está el refrán: hecha la ley, hecha la trampa. Optar por Dios, por el Papá, no da lugar a trampas.

Tradición o Palabra: hermenéutica del amor / Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 5, 17-37 / 13.02.11

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.

Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor. Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando ustedes digan ’sí’, que sea sí, y cuando digan ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno. (Mt. 5, 17-37)

En el gran discurso del sermón del monte se pueden distinguir tres partes: una introducción que abarcaría desde Mt. 5, 1 hasta el versículo 16; una sección central con el grueso del contenido; y una conclusión en Mt. 7, 13-29 que constituye la exhortación general para asumir el espíritu de las bienaventuranzas y de la nueva ley proclamada por Jesús. Estas tres partes son, en definitiva, las partes lógicas de un discurso. Ahora bien, dentro de cada parte, Mateo se valió de lo que podríamos llamar sub-géneros. A través de retazos enlazados por un tópico común (la ética del Reino, la actitud de vida cristiana, el modelo humano de relación con lo divino y con los otros seres humanos) se construye la disertación. Lo más probable es que Jesús no haya dicho todo lo que está entre los capítulos 5 y 7 de Mateo de corrido. Es posible que diferentes dichos hayan sido agrupados progresivamente por la tradición, primero por similitud tópica y luego por su conexión más profunda. Mateo habría cohesionado, literariamente, palabras separadas cronológicamente en la historia de Jesús de Nazareth. Dentro de los sub-géneros podemos identificar las bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12), la oración (en el Padrenuestro de Mt. 6, 9-13), las preguntas retóricas (Mt. 6, 26-28; Mt. 7, 3-4), la parábola (en las dos casas de Mt. 7, 24-29). Y el sub-género que nos compete hoy: las antítesis. Hoy, la liturgia nos propone leer algunas, pero en el libro se extienden hasta Mt. 5, 48. Las antítesis, en este caso, son 6: sobre la cólera y el enojo, sobre el adulterio, sobre el divorcio, sobre el juramento, sobre la venganza, y sobre el amor y el odio.

Las antítesis son, justamente, la oposición de dos tesis. Por un lado está lo que se dijo anteriormente, lo que se dijo en un principio, lo que se dijo a los antiguos o antepasados. Por otro lado está la Palabra de Jesús. Esa es la antítesis. Hay algo que se viene repitiendo como tradición, como leyes impuestas no negociables y no discutibles. Pero Jesús dice lo contrario: esas leyes son negociables y discutibles. No en el sentido peyorativo. No se negocia la ley para hacerla más flexible y fácil de traspasar. Se la negocia y discute para llevarla a un terreno de mayor entrega, de mayor compromiso, de mayor dureza si se quiere, en el sentido en que Jesús no es laxista. Todo lo contrario: su exigencia es mayor que la de la ley dada a los antepasados. Cuando habla de la cólera, lleva la pena del asesinato a la comparación con el enojo. Cuando se trata del adulterio, lo expande del contacto físico a la mirada y al pensamiento. Cuando el divorcio era una cuestión machista, el problema pasa a ser de la mujer, del varón y de los que intervienen luego. Del juramento no se trata sólo de cumplir lo jurado, sino de tener una actitud de vida honesta, donde el juramento se vuelva secundario y hasta innecesario. Cuando se menciona la venganza, se cambia el sentido proponiendo una superación en sentido inverso, haciendo el bien en el lugar del mal vengativo. Cuando llega el tema del amor y el odio, obviamente no hay otro parámetro que el amor de Dios, que nos hace tender a la perfección. Queda claro que la Palabra de Jesús es una plenificación de la palabra de los antiguos, las palabras de la tradición. La propuesta legislativa del Maestro es novedosa, pero no porque destruya la vieja ley, no porque considere malo todo lo anterior. Asumiendo la historia de las palabras tradicionales de su pueblo, elabora un sentido superior, una visión más amplia.

Esto es lo que se explica en los primeros versículos que leemos hoy. Mt. 5, 17-20 es un intento de respuesta a las preguntas de la comunidad mateana sobre qué hacer con el Antiguo Testamento. ¿Hay que olvidarse por completo de la primera revelación? ¿Con el Cristo hacemos borrón y cuenta nueva? ¿Valen los códigos del Levítico y del Deuteronomio aún? Si bien son preguntas de la comunidad de Mateo, siguen siendo preguntas para el cristiano de hoy. ¿Hay que quemar el Antiguo Testamento por obsoleto? La respuesta de Jesús se enmarca en dos afirmaciones casi contradictorias: no ha venido a destruir el Antiguo Testamento (Ley y Profetas según la terminología hebrea), pero al mismo tiempo, si la justicia de los seres humanos (no la justicia legal, sino la manera de relacionarse con el proyecto de Dios Padre) no supera el tipo de justicia que se viene practicando (entre los escribas y fariseos), el tiempo nuevo del Reino de los Cielos queda en la nada, como si se continuase en la línea del Antiguo Testamento. ¿Qué significa esto? Pues, simplemente, que Jesús cumple la justicia del Antiguo Testamento llevando la ley a su máximo esplendor, que es el amor representado por el Cristo. Es cierto que la ley sigue vigente, pero no en la letra, sino en su espíritu. El espíritu originario del Antiguo Testamento, de las primeras revelaciones de Dios, es hacer patente su amor. Jesús encarnado es la manifestación máxima de ese amor divino, y por lo tanto, es la plenitud de la justicia. Si analizamos las antítesis que leemos hoy, nos damos cuenta que el Antiguo Testamento no queda abolida para nada; hay una profundización de su sentido. La ley de los antepasados se quedaba en el homicidio, condenaba el asesinato de otro ser humano, pero para Jesús la cuestión va más allá del crimen; hay una falta al espíritu de la ley divina cuando nos enojamos con el otro, o cuando lo llamamos despectivamente insultándolo (las palabras mencionadas en el texto original son raka, un vocablo arameo que significa vacío en el sentido intelectual, y moros, que puede traducirse como ignorante o insensato). La ley de la tradición también es limitada respecto al adulterio, pues sospecha un adulterio concretado físicamente; para Jesús, el adulterio no es un acto concreto, sino una actitud, una manera de relacionarse el varón con las mujeres y las mujeres con los varones, imposible de resumirse a un solo hecho; podemos relacionarnos de manera digna o relacionarnos adulterando. Siguiendo el mismo tema, la ley antigua reconoce el divorcio como posibilidad en la que un varón repudia a su mujer, pero Jesús acusa al divorcio de causa de adulterio, haciendo responsable del mismo tanto a la mujer como al varón, elevando el matrimonio a una categoría de compromiso o alianza muy seria, que no puede tomarse a la ligera (el texto autoriza el divorcio en caso de fornicación, porneia en griego. A este respecto hay discusión sobre el sentido estricto del término, que algunos lo asocian a las uniones ilegítimas de Lev. 18, donde la ilegitimidad haría indispensable la separación, y otros directamente con el adulterio). Finalmente, tenemos el juramento que la ley de los antepasados prohíbe en caso de que el juramento no se cumpla, pero que Jesús transforma en una conducta de honestidad para toda la vida; no hay que jurar y cumplir lo prometido, sino vivir haciendo lo que se dice, diciendo cuando es sí y no cuando es no.

Hablar de tradición y Palabra en este momento particular de la Iglesia, sobre todo la Católica, es meterse en un tema áspero. Tenemos unos grupos neo-conservadores que ponen por encima de todo las tradiciones y doctrinas humanas que la Iglesia institucional fue aplicando sistemáticamente en su historia, según lo iba creyendo conveniente. Tenemos en el otro extremo los movimientos de renovación apodados como progresistas o liberales que consideran parámetro único la Palabra de Dios contenida en la Biblia y la interpretación hermenéutica que se hace de ella desde los contextos parecidos al contexto jesuánico. Entre ambas tendencias se abre un abismo gris donde muchísimos fieles van y vienen de acuerdo a lo que escuchan en una homilía, lo que le predican en un retiro, lo que sale en las noticias sobre la curia vaticana o el Papa.

Evangelizar hoy, bajo estas circunstancias, es detenerse a pensar dónde está el Evangelio que queremos anunciar. ¿Está en las tradiciones humanas, en las doctrinas institucionales, en los decretos pontificios? ¿O el Evangelio está en la vida y muerte de Jesús? ¿Está en nuestras interpretaciones privadas de los acontecimientos? ¿O en la interpretación que se hace con el prisma de Jesús, que es la mirada de Dios? No podemos llegar al otro desde bulas, encíclicas y exhortaciones apostólicas. Al otro ser humano se llega desde una propuesta de plenitud en el amor, que consiste en la reconciliación para presentarse ante el altar, en una actitud de relaciones dignas con los varones y mujeres, en un refuerzo del sentido sacramental de los compromisos, en un estilo de vida honesto, sin doblez, sin subterfugios, sin doble intención.

Separados o encarnados / Fiesta de Todos los Santos – 1 de noviembre

La palabra que designa la santidad en hebreo es qadosh, cuya raíz está vinculada a cortar, separar. Por eso la primera afirmación es que lo santo es lo separado, lo segregado, lo reservado, en este caso, para Dios. Es santo el templo porque está dedicado a Yahvé, es santo el sacerdote porque está dedicado al culto de Dios. La fuente de esa santidad está en el mismo Señor. Él es tres veces santo (cf. Is. 6, 3), como expresión del superlativo hebreo; o sea, Dios es totalmente Santo, es el más santo de todos. Esta condición intrínseca a la divinidad determina que Dios esté separado de los seres humanos y que no sea manipulable. Separado por la cuestión natural y pragmática de que, por ejemplo, nadie ha visto a Dios; no manipulable porque, en su separación, se vuelve difícil asirlo y moldearlo a voluntad. En esta mirada teológica, lo positivo es que queda bien en claro que a Yahvé no lo puede manejar la magia ni los caprichos humanos; Yahvé es autónomo y lo suficientemente libre para hacer y deshacer. Lo negativo de esta visión es el posible muro que puede levantarse entre lo espiritual y lo material, casi contraponiéndose. Si lo santo está separado, entonces no puede convivir entre lo profano, y si lo hace por razones de fuerza mayor, se debe establecer una reglamentación que permita detener la contaminación.

En muchas oportunidades, cuando Jesús discute con los fariseos, la cuestión es esa: pureza y santidad. El nombre de los fariseos proviene de ferushim, término que, según algunos estudiosos, posee doble acepción: separar y explicar. Separar en el sentido que estamos comentando y explicar por la práctica farisea de comentar la Ley y ser rabinos/maestros. Los fariseos habían elaborado una serie de disposiciones legales que buscaban asegurar la clara separación entre lo puro y lo impuro. Ellos, por supuesto, en su estricta observancia de estas reglas, eran puros. El resto del pueblo, ignorante, siempre caía en la impureza por no respetar alguna de esas reglas. En base a esta separación, se establecía una superioridad farisea. Por ser los auto-designados santos, se encontraban un escalón por encima y miraban con desprecio a los demás. A ellos les dirige Jesús la parábola del fariseo y el publicano en el templo (cf. Lc. 18, 9-14), introduciéndola Lucas con la siguiente oración: “Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola”. Los que se tenían por justos/santos, creían que los otros eran menos dignos, menos queridos por Dios.

El Evangelio, de punta a punta, busca romper dos concepciones arraigadas en la sociedad judía y, hasta hoy, en nuestras sociedades. La primera es la idea de que para ser santo hay que separarse completamente de lo material. La segunda es que Dios ama más a los justos que a los pecadores. Para Jesús, la santidad está en la encarnación en el mundo material, y particularmente, en el mundo material pobre. Allí se vive la santidad y cobra sentido la condición de tres veces santo de Dios. En medio de los que nada tienen, el amor se experimenta con una gratuidad inusitada, y ese amor gratuito (gracia) nos revela a Dios, debido a que la esencia de lo divino es el amor (cf. 1Jn. 4, 8). Para ser santo hay que acercarse a la fuente de la santidad, y no precisamente desde el aislamiento temeroso de lo profano, sino desde lo profano que ha elegido Dios para revelarse amoroso. Jesús, encarnado en el mundo de los pobres, dice y hace cosas que demuestran a su Padre. Jesús, encarnado, se hace uno con el pobre, ofreciendo a cualquier ser humano en cualquier época en cualquier parte del mundo, la posibilidad de contactar íntimamente con Él al dar alimento, vestimenta, hospedaje, alivio o visita a un pobre, tal como sentencia “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40). Allí está el meollo de la evangelización, entendida desde la definición que da Jesús de su propia misión: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10), porque “no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios ama a todos por igual, y por eso se esmera en llegar a los que las Iglesias consideran menos santos; la evangelización es buscar lo perdido, no conformarse con lo encontrado.

La Fiesta de Todos los Santos debiese ser la oportunidad de encontrar modelos de santidad en los profetas encarnados de nuestros tiempos; aquellos que, anónimamente, dan la vida en medio de los pobres, aunque les cueste la excomunión de la santa iglesia oficial.

Evangelizar es transformar; transformar es invertir/ Vigésimo octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.

Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. (Lc. 17, 11-19)

Para entender esta escena hay que entender la situación del leproso en Israel. La vida de estos enfermos está regida por el libro del Levítico del Pentateuco. Al declararse el diagnóstico, que realizaban los sacerdotes, la persona era declarada impura (cf. Lv. 13, 8). La declaración de impureza, en el contexto de la religión judía, es muy fuerte. Ser impuro implica una verdadera separación de la sociedad, una marginación con todas las letras. La impureza no sólo está limitada al ámbito de lo religioso, sino que se extiende a la vida social, lo que es lógico en un pueblo que difícilmente separa lo político de la religión. Baste remarcar que los encargados de la acción médica son, en este caso, los funcionarios de la religión. Es en el templo en donde se decide quién está enfermo y quién no, decidiendo así quién es aceptado y quién excluido. La impureza coloca al impuro en el último escalón social, donde lo único que llega es la vergüenza. Según Lv. 13, 45 el leproso andará con la ropa desgarrada, los cabellos sueltos, y gritando “¡Impuro, impuro!”. En el colmo del oprobio, anuncia a los demás su condición; que ni siquiera es propia, sino impuesta desde fuera. Le han dicho que es impuro y ahora debe asumirlo en la calle, vistiendo marginalmente y proclamando a los cuatro vientos su exclusión. De alguna manera, estas imposiciones trataban de que el leproso se convenciera a sí mismo de la impureza. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, su morada debe estar fuera del pueblo (cf. Lv. 13, 46), al margen, separado. Si es impuro, su impureza puede contaminar al pueblo santo de Yahvé. Manteniéndolo alejado, no contamina. La legislación del Levítico, específicamente, habla de tener la morada fuera del campamento, recordando la época de Israel peregrinando por el desierto, cuando vivían en carpas. A la hora de acampar, todas las tiendas se levantaban en la proximidad unas de otras, y a lo lejos, la tienda del leproso. En definitiva, es el que está fuera del pueblo, al margen de su caminar.

La condición no es eterna, no dura para toda la vida (en algunos casos). El leproso puede curarse. Si eso sucediese, el beneficiado está llamado a presentarse ante el sacerdote (cf. Lv. 14, 2), quien oficiará nuevamente como agente sanitario, certificando que la curación es real, que ya no hay signos de lepra (cf. Lv. 14, 3). En caso de confirmarse la recuperación, se inicia el ritual de reincorporación a la sociedad, consistente en inmolación de pájaros y aspersiones con sangre (cf. Lv. 14, 4-7). Al final, la declaración de pureza es una declaración sanitaria, religiosa y social. Se asevera que está sano, que puede volver a participar de la vida litúrgica y que se une al pueblo, compartiendo el campamento. Es el ser humano que ha vuelto, que ha regresado, que pasa de la exclusión a la inclusión, de la impureza a la pureza, de la no-relación con Dios (o de la relación basada en el castigo) a la relación legal (basada en la curación). De una u otra manera, el proceso de ese paso se presenta como mirada limitante. Es limitante, de por sí, que existan excluidos, por cualquier causa. Es limitante que algunos carguen con el rótulo de impuros, señalando alguna mancha que, aún teniendo diferentes orígenes, oprime. Porque resulta tan opresora la impureza basada en la religión como la impureza de la diferencia de clases. También es limitante la imagen del dios que castiga con la enfermedad o que hace un favor devolviendo la salud. Hoy entendemos, teológica y espiritualmente, que Dios no quiere la enfermedad, sino la salud de todos, y que tampoco quiere dividir la religión en pureza/impureza, y que su Reino es de incluidos, no de excluidos. Todo eso lo entendemos, gracias a Jesús.

En Jesús hay una revolución teológica. Y esta revolución es tan gigantesca, que las categorías más básicas de la religión de su tiempo son invertidas en su Evangelio. Rápidamente, en la escena de hoy, es fácil descubrir que Jesús cambia a Judea por Samaría/Galilea, cambia judíos por samaritanos, puros por impuros y ley por Él mismo:

1. Judea por Samaría/Galilea: Jesús se dirige a Jerusalén. Lucas lo sabe y lo repite en su sección sobre el camino (cf. Lc. 9, 31.53; Lc. 13, 22; Lc. 18, 31; Lc. 19, 11.28). Hay un destino, comprendiendo acertadamente esta palabra. No se trata del concepto adivinatorio del destino, de lo irreversible en cuanto a fatalidad predestinada. Este destino de Jesús es la consecuencia lógica de su praxis. Su destino es Jerusalén porque el Evangelio no lo puede llevar a otra parte en el contexto socio-histórico en que se mueve. Jerusalén es el sueño de los profetas, es la ciudad que está en el centro del mundo (según el judaísmo), y por lo tanto, la ciudad desde donde se expande el mesianismo. Jerusalén, geográficamente, queda en la provincia de Judea de Palestina. Es la capital, la excelencia de Israel, la ciudad de David. Allí está el Templo, allí se peregrina, allí vive la elite sacerdotal. Jerusalén tiene tanta luz que opaca al resto de Palestina. Pues bien, aunque se trate de palabras del relator (Lucas), hay una expresión que genera asombro. Jesús va a Jerusalén pasando por la pobreza de Galilea y la supuesta impureza de Samaría. Cronológicamente, y dentro de la trama del Evangelio, la frase lucana no tiene sentido. Hace largo rato que el Maestro inició el camino, y mencionar ahora que pasa por Galilea y Samaría, dos provincias con sus respectivos kilómetros de extensión, no tiene ninguna utilidad. Claramente, la utilidad es argumentativa. Que Jesús vaya a Jerusalén no significa que lo demás no existe, ni que su ida tenga algo que ver con una apuesta de fama. Jesús no va a la capital para ser más famoso, sino porque ha recorrido el camino desde la pobreza (desde la campesina y pescadora Galilea) y desde la exclusión (pasando por la impura Samaría).

2. Judíos por samaritanos: siguiendo la misma dinámica de la parábola del buen samaritano (cf. Lc. 10, 30-35), la actitud de los elegidos, según la historia oficial israelita, deja mucho que desear respecto a los despreciados impuros que serían los samaritanos. Recordemos, como varias veces informamos en otros comentarios, que los samaritanos son considerados mestizos, mezclados con pueblos paganos, y por ello indignos de la descendencia real israelita. Han dejado de pertenecer al pueblo elegido en cuanto entablaron matrimonio con gentiles y rechazaron la primacía de Jerusalén y su Templo. Desde la perspectiva judía, el samaritano es el traidor a la nación, el despreciado por Yahvé. Y tanto el buen samaritano como el leproso que vuelve para dar gloria a Dios, son representantes de un grupo enemigo judío; no sólo con fundamentos políticos o territoriales, sino también con una teología al servicio de ese odio. Para el judío, Yahvé ha sentenciado a los samaritanos, los ha condenado por idólatras, los ha rechazado y excluido para siempre. Para Jesús, eso es una tontería. En la teología del Evangelio no hay lugar para un Dios con estas características. Los samaritanos son tan hijos de Dios como los judíos, y por esa filiación connatural son capaces de reconocer la acción divina.

3. Puros por impuros: en el texto se aclara que los leprosos se quedan lejos de Jesús, respetando una reglamentación que no les permite acercarse por su impureza. Jesús podría ignorarlos, desoír su súplica, y estaría en su derecho judío. Pero no lo hace. Le dirige la palabra a los impuros, no para reprenderlos ni condenarlos, sino en forma liberadora. Deben ir a presentarse a los sacerdotes. Sólo hay una razón en un leproso para ir hasta los sacerdotes, y esa razón es la curación. La palabra jesuánica es canal de esperanza, y canal de dignificación. Si Jesús les habla es porque no comparte la visión de la impureza. No hay seres humanos impuros que debamos mantener alejados. La impureza es un mecanismo social que genera vidas periféricas. Los leprosos no tienen otra alternativa que vivir fuera de la sociedad, y construir entre ellos una sociedad paralela que es ghetto. Los diez leprosos se han encontrado en su miseria, en su exclusión, y han superado sus condiciones nacionales (judíos y samaritanos) porque su aislamiento es más fuerte. Han llegado a un nivel más profundo de vínculo, pero el vínculo está limitado a ellos diez. Han salteado la barrera nacionalista, pero la experiencia se reduce a sus ghetto. Jesús no acepta la alienación grupal. No pueden existir grupos que vivan en paralelo porque es su única alternativa de vida. Esa alternatividad, en realidad, no es otra cosa que la mejor manera de soportar la exclusión. Es un anestésico. Los diez leprosos no son felices porque se tienen el uno al otro; su felicidad (su plenitud) se encontrará en el reconocimiento que reciban de otro distinto. Un leproso reconocido por otro leproso no es milagroso; el milagro está en el socialmente puro que comparte con el marcado como impuro. El milagro es Jesús hablando con ellos, dándoles esperanza.

4. Ley por Jesús: los nueve leprosos judíos se atienen a la ley mosaica y al Templo. Su pensamiento gira en torno a lo que les enseñaron desde pequeños: Yahvé castiga con la lepra y el castigado es un impuro. La lepra es querida por Dios. El samaritano está fuera del templo, no se rige por sacerdotes de Jerusalén y por su catequesis. Esta diferencia inicial hace posible que el samaritano identifique en la curación a Jesús como hacedor y no al falso dios que castiga con la enfermedad. Siendo libre de antemano, puede interpretar que la esperanza proyectada por el Maestro al enviarlos a los sacerdotes, actuó como esperanza misma al curarlos en el camino. Tuvieron fe/esperanza y se pusieron en camino; entonces, ¿de dónde proviene la gracia? ¿La gracia viene con la ley que los declara impuros? ¿O la gracia viene de esta Persona que confió en ellos? ¿Tiene sentido ir a cumplir el ritual de purificación como agradecimiento a la curación? ¿No debería recibir el agradecimiento la Persona que les devolvió la esperanza y la dignidad? La función de la ley, y por consiguiente del falso dios de puros e impuros, es sustituida por Jesús mismo en el regreso del leproso samaritano. Él, mejor que nadie, sabe lo que es la exclusión, porque está fuera de la sociedad por ser leproso, y también por ser samaritano. Es el último en cualquier lista. Es lo más periférico. ¿Qué sentido tiene para él la ley que lo condenó anteriormente? El sentido lo encuentra en Jesús, quien justamente, le dio sentido a su ser humano.

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La frase con la que termina la perícopa litúrgica de hoy es la expresión jesuánica que también se conserva, con mínimas modificaciones, en Lc. 7, 50 y Lc. 8, 48. En el primer caso, la receptora es una mujer prostituta; en el segundo, una mujer hemorroísa. Si buscamos la similitud en los tres casos, la marginalidad es lo primero que se rescata; y la doble marginalidad. En el primero, es mujer y es impura por la prostitución; en el segundo, es mujer y es impura por su flujo de sangre que no se detiene. De una u otra manera, están al margen. Jesús, en los tres casos, devuelve la dignidad. La prostituta es recibida como digna de acercarse y entrar en contacto con un varón desde otra posición distinta al comercio de su cuerpo; la hemorroísa puede levantar la cabeza y dejar de sentirse impura, maldecida por Dios; el leproso recibe la palabra de esperanza y la posibilidad de volver al medio del pueblo, a vivir la inclusión. Su fe/confianza en el Dios verdadero, el Dios de Jesús, les ha dado la posibilidad de promoverse a un mejor estado de vida, con una mejor calidad. No está errada la lectura hermenéutica que ve en la frase “tu fe te ha salvado” un dejo de autonomía humana. Ciertamente que el ser humano es un participante de la salvación en cuanto se da espacio para que el verdadero Dios tome el lugar del falso.

La evangelización que olvida ambos aspectos va al fracaso. El primer aspecto es el de identificar en Jesús a la fuente de una teología inversa. Siempre es revolucionario el Evangelio, porque habla de invertir, de cambiar los valores en la escala. Y no sólo de cambiarlos teóricamente, sino de modificarlos en la praxis para transformar la realidad. Incluir al excluido repercute en la realidad de lleno. Eliminar las categorías de impureza y pureza también. Por ser la fuente, olvidar a Jesús es un craso error evangelizador. La Buena Noticia, a pesar de su diversidad en manifestaciones, siempre vuelve a Jesús, porque desde Él se entiende plenamente. El segundo aspecto a no olvidar es la participación del ser humano en la construcción de esta inversión de valores. La fe/esperanza salva al ser humano y lo promueve. La fe/esperanza es desarrollada por muchos que están al margen y que, sin embargo, creen en un Dios distinto. Muchos seres humanos se resisten a creer en el dios que justifica las diferencias económicas o en el que avala sistemas religiosos de separación, de buenos y malos. Esa resistencia humana ya es Evangelio, porque se conecta con la vida de Jesús, inconforme con la existencia de un margen y de personas marginales. Desde la dinámica de Jesús y la potencia humana, se puede invertir la realidad.