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Creer cuando muere un hermano / Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo A – Jn. 11, 1-45 / 10.04.11

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?”. Jesús les respondió: “¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”. Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se curará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”. Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”. Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”. Pero algunos decían: “Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?”. Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”.

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. (Jn. 11, 1-45)

El último domingo de la cuaresma, antes de internarnos en la Semana Santa, nos presenta un relato muy jugoso y muy sugestivo para prepararnos en vistas a la pasión. Así lo pensó también el autor del Evangelio según Juan, que ubicó como último milagro de la vida pública de Jesús la revivificación de Lázaro. Elaborando un septenario de milagros que comienzan en la boda de Caná (cf. Jn. 2, 1-11), continúan en la curación del hijo del funcionario (cf. Jn. 4, 46-54), luego la curación del paralítico (cf. Jn. 5, 1-9), la multiplicación de los panes (cf. Jn. 6, 5-15), Jesús caminando sobre las aguas (cf. Jn. 6, 16-21), la curación del ciego de nacimiento (cf. Jn. 9, 1-7) y, finalmente, la revivificación de Lázaro, el autor hace del simbolismo numérico una herramienta. Siete es el número de la plenitud, de lo completo, de lo que proviene de la perfección de Dios. Siete son los milagros que totalizan, muestran en plenitud, la actividad milagrosa de Jesús, que hizo muchos otros signos no contenidos en el Evangelio (cf. Jn. 20, 30-31). Juan es muy cuidadoso al no hablar de milagros, como los sinópticos, sino de signos. Se trata de actividades y acciones de Jesús que tienen que llevar a una reflexión más profunda, a la comprensión de una realidad más trascendental que la curación en sí, la multiplicación o el agua convertida en vino. El milagro, en Juan, es un sacramento de algo superior que debemos descubrir.

Así, la revivificación de Lázaro no es sólo la buena noticia de un muerto particular que vuelve a la vida; la Buena Noticia profunda y de fondo es que Jesús es la resurrección y la vida, que la muerte no tiene la última palabra, que vamos a resucitar. El relato está escrito de manera que los puntos importantes se resalten sobre el desarrollo de la trama. La mayoría de los biblistas entienden que la tradición joánica y la tradición lucana tienen varios puntos en común. En este relato, se comparten los personajes de Marta y María, hermanas, también presentes en Lc. 10, 38-42, y el nombre Lázaro, que Lucas presenta en otro contexto (cf. Lc. 16, 19-31). En la tradición lucana, aparentemente, Marta y María no tienen un hermano llamado Lázaro. Para Juan, sí. Pero más aún, tenemos una comunidad de creyentes, de hermanos que, más allá de lo familiar, son hermanos en Jesús. Marta, María y Lázaro bien pueden ser Iglesia. Es una Iglesia que ha perdido a uno de sus miembros y se está preguntando el por qué; es una Iglesia que se enfrenta al misterio de la muerte sin la presencia física de Jesús, que parece estar lejano, en otro lado, desentendido. Las reacciones de Marta y de María son las reacciones propias de los seres humanos que no pueden vislumbrar a Dios en el suceso de la muerte. La primera solución que proponen es que si Jesús no se hubiese ausentado, Lázaro no habría muerto. La respuesta de Jesús es trascendente: en realidad, Lázaro no ha muerto, porque Jesús es la resurrección y la vida. Su cuerpo puede estar pútrido, pueden haberlo sepultado y llorado, pero por haber creído en Jesús, por ser un hombre abierto a la gracia, Lázaro está vivo en la vida de Dios, que es la vida verdadera. Marta y María están en un plano muy limitado, muy superficial; Jesús, con profundidad, les hace ver que los creyentes no mueren, así sin más, abandonando la existencia; los creyentes prolongan su vida en Dios, porque han dejado que los inunde la gracia, y la gracia es muchísimo más grande que la muerte o el mal.

Esta reflexión teológica, para no quedarse en una espiritualidad desencarnada, tiene una aplicación concreta. Jesús va hasta Betania dando su vida por un amigo, encarnando lo que dirá solemnemente después: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). Por su gran amigo Lázaro, Jesús se acerca a la ciudad que quiere darle muerte. Está cambiando su vida por la vida de un amigo, su vida por la vida de la comunidad de hermanos, su vida por la vida del ser humano. Este camino hasta Betania es el signo de la pasión. Lo espera el juicio y la cruz, lo sabe, pero va igual, por Lázaro. La demora de dos días en ir no es una jugarreta sádica de un superhéroe que sabe que tiene el poder para revivir cuando quiera; es probable que esa demora se deba a la persecución que hay contra Él, y que lo obliga a no levantar mucha sospecha ni mucho revuelo hasta que haya revivido a su amigo, para que no lo apresen antes. Por eso llora frente al sepulcro. Esta demora determina que Lázaro lleve 4 días sepultado. En el relato, los 4 días recuerdan la creencia rabínica de que el alma ronda el cadáver del difunto los primeros 3 días del deceso y, al cuarto día, lo deja para siempre porque el rostro se descompone y ya no puede reconocerlo. Con esos cuatro días, Juan afirma que Lázaro estaba totalmente muerto, y que no había lugar a dudas sobre su estado. No es catalepsia ni narcotismo; Lázaro ha muerto. Su regreso a la vida será símbolo de la resurrección de Jesús que ocurrirá pronto. Algunos puntos del relato hacen contacto entre Lázaro revivido y Jesús resucitado: las lágrimas de una tal María ante la tumba (cf. Jn. 11, 33 y Jn. 20, 11), la pesada piedra del sepulcro (cf. Jn. 11, 38 y Jn. 20, 1), las vendas (cf. Jn. 11, 43 y Jn. 20, 5). Hay una estrecha ligazón entre la resurrección de Jesús y la resurrección del creyente: por una es la otra, sin una no hay la otra. La vida entregada de Jesús por los amigos se prolonga en su vida resucitada que es la prenda de la resurrección nuestra.

Frente a la situación incomprensible de la muerte de un hermano, María y Marta reaccionan. María se presenta más pasional, si vale la expresión. Es referida desde el principio como la que había ungido al Señor y había secado sus pies. Esa situación será narrada más adelante, en el capítulo 12 del Evangelio. Por este desfasaje entre una acción contada como pasada y narrada en el futuro, algunos comentaristas creen que esa aclaración sobre María es una glosa tardía añadida al conjunto original del libro. Lo cierto es que la escena de la unción está íntimamente relacionada con la revivificación de Lázaro, porque es una especie de ritual donde Jesús toma, definitivamente, el lugar de Lázaro. Se hace condenado a muerte en lugar del que ha vuelto a la vida. María, con la unción, es la anfitriona del ritual. La unción coincide con la actitud pasional de María, que no duda en derramar el perfume a la vista de todos, en un gesto de amor explícito y público. A la par de ella aparece Marta, portadora de la confesión de fe. Su primera impresión es la fe judía en una resurrección final (cf. Is. 2, 2; Mi. 4, 1; Dan. 12, 1-3; 2Mac. 7, 22-24), pero Jesús la lleva a un nivel superior. La resurrección, más que un acontecimiento temporal del futuro, es un presente en la persona de Él. La resurrección es Alguien, y eso constituye la confesión novedosa de la fe. Marta debe pasar de creer en que su hermano resucitará en un futuro a creer que ya está vivo gracias a Jesús, que la muerte no lo ha hecho desaparecer, sino que lo ha trasladado a la existencia en gracia de Dios. La confesión de Marta es, en perspectiva, la confesión de la comunidad eclesial joánica, que a pesar de ver morir a sus hermanos, los sabe plenos en Jesús; no en el espacio ni en un tiempo paralelo ni en un cielo remoto; sino en Jesús, el Resucitado que los acompaña todos los días.

Lázaro en el Reino invertido / Vigésimosexto Domingo Del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 16, 19-31

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.

El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan’. ‘Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí’. El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’. Abraham respondió: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen’. ‘No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán’. Pero Abraham respondió: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’. (Lc. 16, 19-31)

La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro es otra joya literaria propia de Lucas. Respecto a los nombres de los protagonistas debemos hacer dos aclaraciones. En primer lugar, el texto no da a entender que el rico se llame Epulón, como tradicionalmente lo llamamos casi sin preguntarnos; todo proviene de la palabra en latín que traduce el griego eufraino (dar banquetes o banquetear), y que es epulabatur. Con la traducción latina de la Biblia quedó asentado que el rico era un epulón, un banqueteador, y por eso el nombre tradicional. Por el otro lado está Lázaro, que resulta ser el único personaje de las parábolas lucanas con nombre propio. Lázaro, en griego, proviene del hebreo Elazar o Eleazar, que significa Dios (es) ayuda. Tras estas aclaraciones, del tercer personaje involucrado, Abraham, mucho no podemos decir. Jesús se toma el atrevimiento de elaborar una parábola donde el padre de la fe israelita manifiesta una mirada teológica. El recurso al que apela Jesús es osado, pues consistiría, salvando las diferencias, en que nosotros manifestemos con un cuento lo que diría Jesús en tal o cual situación hipotética. Por supuesto que lo hacemos, y los mismísimos comentarios al Evangelio manifiestan la intención de revelar qué pensaba y sentía Jesús. Con todo esto, no podemos negar que a los teólogos y exegetas causa prurito ponerse en las sandalias del Maestro. Siempre, y por cualquier método, las interpretaciones terminan siendo eso: interpretaciones. En la parábola, Jesús interpreta a Abraham, y abre la puerta para recibir críticas de los fariseos o de los escribas. Aún peor, el encabezado de esta sección, que está en Lc. 16, 14, explica que los destinatarios de la parábola eran “fariseos, amigos del dinero, que escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús”.

La parábola tiene tres escenas. La primera es la escena breve que establece el contraste. Por un lado está el rico que viste púrpura y lino fino y que banquetea. Tres lujos dan cuenta de su personalidad: es un despilfarrador. A diferencia de otros ricos del Evangelio, éste no ejerce una opresión directa, no tiene empleados explotados ni cargo religioso desde el que dictamine órdenes de pureza ritual-moral. Su opresión es indirecta, porque en el despilfarro, en el gasto exagerado, en el lujo excesivo, realiza una distribución desigual de los bienes que siempre perjudica al más pobre. El despilfarrador no paga bajos sueldos, pero el dinero que debería reinvertirse para generar trabajo y distribuir la riqueza, es tirado en fiestas y estupideces. La púrpura, el lino fino y los banquetes van en detrimento de la ropa, la vivienda y la comida de muchísimos campesinos, pescadores y artesanos de su entorno. Ni qué hablar de los mendigos, como Lázaro. Su descripción se opone totalmente a la del rico. Es pobre, está lleno de llagas, ansía las sobras de la mesa del rico y está rodeado de perros que lamen sus llagas. Es un hombre fuera del banquete, esperando migajas. Está en la miseria de la condición humana. No tiene dinero para satisfacer sus necesidades básicas, no tiene ropa (desnudo, ya que los perros lamen sus llagas y está cubierto de ellas), no tiene comida, no tiene vivienda (parece habitar la puerta del rico). No pasa sus días entre las personas, sino entre los perros, entre animales. Está a una puerta de distancia de la satisfacción de sus necesidades, pero no puede atravesarla porque no le abren. Es anónimo para el rico, que no lo registra (a diferencia de Jesús que le pone nombre propio). Observa que todos los días esa puerta se abre y se cierra, pero él queda del mismo lado, del lado de afuera, donde no hay púrpura ni lino ni banquetes.

Con esta pintura, con este cuadro de situación, sucede la más breve de las tres escenas de la parábola. Lázaro y el rico mueren. La expresión conservada por Lucas es muy sugerente y marca una nueva diferencia de contraste. Lázaro, al morir, es llevado por los ángeles al seno de Abraham: el rico, al morir, es sepultado. Para el pobre parece no haber sepultura, nadie se ha encargado de su cuerpo, no tiene familiares; su familia son los ángeles que lo llevan hasta el seno de Abraham. El rico, en cambio, sí recibe sepultura, y seguramente con muchos honores, pero no hay ángeles en su funeral. Paradójicamente, Lázaro recibe honores celestiales mientras de su cuerpo, llagado, no sabemos nada. El rico, sepultado según se cree socialmente conveniente, no tiene visión celestial, no tiene honores tras su muerte. El hecho del fallecimiento marca un quiebre en las historias personales de ambos. Lo que venía siendo, cambia. Se produce un giro que invierte la realidad. Obviamente, se trata del giro clásico del Evangelio según Lucas: los poderosos son derribados y los humildes exaltados, los hambrientos se sacian y los ricos salen con las manos vacías (cf. Lc. 1, 52-53), los últimos son los primeros y los primeros los últimos (cf. Lc. 13, 30). Aquí hay que hacer un detenimiento para explicar, brevemente, cuáles eran las concepciones judías del más allá. En un primer momento de la historia israelita, la teología sobre lo que sucede después de la muerte no es demasiado compleja. Existe un lugar llamado Sheol donde todos los muertos llegan; se trata de un estado de sombras, oscuro (cf. Sal. 88, 7.13; Job 10, 21), como estar en un pozo (cf. Sal. 30, 10), en lo profundo de la tierra (cf. Dt. 32, 22). Inclusive el Sal. 88, en su versículo 6, da a entender que Dios ni siquiera se acuerda de aquellos que están en el Sheol. Son los muertos y los olvidados. Con el tiempo, cuando la teología de la retribución (los ricos son los justos recompensados por Dios y los pobres son los pecadores castigados en esta vida) se hace insuficiente para explicar la existencia, surge una división dentro del Sheol. Por un lado estará el Sheol oscuro, siniestro, con fuego, reservado para los pecadores; por el otro lado el Sheol luminoso, el seno de Abraham, donde los justos comparten el banquete escatológico con los patriarcas. Ambos compartimentos del mismo lugar están separados infranqueablemente por un abismo.

La tercera escena, finalmente, es el diálogo entre el rico y el padre Abraham. Lázaro no habla en toda la parábola y no lo hará en este momento tampoco. Su testimonio parte de su realidad, y eso basta. En la tierra yace en el umbral de la puerta del rico, llagado y lamido por los perros. En el más allá se encuentra a la par de Abraham, banqueteando. De quien no esperaría ayuda en la tierra, ahora lo espera todo el rico. Lázaro es aquel que puede disminuir sus sufrimientos, que puede quitarle el tormento por unos instantes. Pero Lázaro está en la otra habitación del Sheol, desde donde no se puede cruzar por el abismo que separa. Abraham, aclarando cualquier mala traducción bíblica, no propone que la condición de pobre de Lázaro le haya valido el acceso a su lado. No es que Lázaro recibe consuelo porque ha sufrido mucho. Abraham sólo constata lo que sucedió: Lázaro recibía sufrimiento y ahora recibe alegría; el rico banqueteaba lujosamente y ahora está en la oscuridad y las llamas del Sheol. Con el mismo juego literario de Lc. 1, 52-53 y Lc. 13, 30, la inversión del Reino se hace evidente. Lo destruido es construido, lo tirado es levantado, lo que no es nada comienza a ser, lo que sobra ocupa su lugar. El rico no puede comprender ese misterio de Dios, y por eso le pide a Abraham un prodigio que avive a sus hermanos, inclusive un prodigio que involucre al mismo Lázaro, bajando redivivo a la tierra para aparecerse y contar la realidad del Sheol. La respuesta del patriarca es firme y sin vacilaciones: la conversión no será causada por una aparición, sino por la escucha atenta de Moisés y los Profetas, o sea, la escucha de la revelación. La necesidad de una inversión histórica que, en sí, justifique a la historia humana dándole sentido, no puede ser un concepto que llegue a partir de hechos sobrenaturales. Los mismos acontecimientos diarios y los hermanos con los que nos encontramos en la tierra dan cuenta de la situación escatológica: no pueden existir para siempre los ricos cada vez más ricos ni los pobres cada vez más pobres.

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La parábola que leemos hoy tiene que ver con las riquezas, tiene que ver con la dignidad humana, tiene que ver con lo que sucede después de la muerte y tiene que ver con el final de los tiempos y la resolución de la historia. No sólo la historia de la humanidad se justifica en la inversión propuesta por el Reino, sino la evangelización. Anunciar la Buena Noticia es proclamar que los Lázaros estarán en el seno de Abraham, que las cosas no pueden seguir eternamente así, que más allá de la injusticia actual hay una justicia divina. Evangelizar es creer en la dimensión plenificadora de la inversión del Reino. Para muchos, una inversión de la situación es un peligro, una locura, una amenaza. Para muchos, está bien que los Lázaros existan y queden donde están, llagados, entre los perros. Para muchos, cambiar es un atentado. Pero a la par, los discípulos entienden que la última parte de la parábola no tiene su base en la condenación del rico, sino en la revelación de una certeza que salva: los excluidos del banquete pueden banquetear ahora.

Invertir el sistema tiene consecuencias gravísimas para los poderes sociales y económicos (sobre todo económicos), y también para la clase media estacionada. La mayoría se resiste al cambio, a pesar de ser favorecidos por las consecuencias del mismo. Se teme que lo viejo se haga nuevo, que los últimos sean primeros, que los elevados sean descendidos. Se tiene temor por lo que resultará de la locura de pensar una historia distinta. ¿Qué sentido tiene existir si la injusticia es la reina? ¿Qué sentido tiene el trabajo si algunos hacen nada gracias a los que hacen de más? ¿Qué sentido tiene la educación si no todos acceden a ella? ¿Qué sentido tiene soñar con el mes próximo, el año próximo o la familia por venir? ¿Qué sentido tiene todo si en el mundo hay Lázaros llagados y lamidos por los perros? La destrucción de la dignidad humana es una escena que no admite justificativos y que cuestiona el por qué de la vida humana. Los Lázaros no interpelan sólo en el nivel moral, sólo en el compromiso ético cristiano; atacan el origen de la existencia, atacan el Génesis, la teología en su completitud.

No es posible hacer teología de espaldas a la desigualdad. La escena del rico banqueteando y Lázaro del otro lado de la puerta, es la escena de todos los días en cualquier parte del mundo, sobre todo en América Latina, en África y en Asia. La parábola no es ajena a nuestra cotidianeidad, aunque nos parezca que no entendemos el Sheol o no conozcamos la vida de Abraham. La parábola se nos mete en la historia actual desde el primer momento: hay ricos que banquetean, que se dan lujos, y se desentienden de los pobres llagados y lamidos por los perros; hay Lázaros a los que les han robado su dignidad olvidándose de ellos. Darle sentido a la vida será lograr la inversión del Reino antes de que nos sorprenda la muerte. Si esperamos la manifestación escatológica del Señor estamos desperdiciando la existencia. En cambio, si trabajamos por abrir la puerta que separa ricos y pobres para disminuir la brecha, vamos dando respuesta a las preguntas más fundamentales sobre nosotros y sobre Dios. Dios se explica en los pobres, en los olvidados, y sobre todo en los valores invertidos. Dios es pobre y oprimido, pero rico y liberador. Dios es Lázaro llagado, pero a la vez es Lázaro en el seno de Abraham. Dios está clamando por la liberación, pero Él ya liberó invirtiéndolo todo.

Complementos, no opuestos / Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 10, 38-42

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.” Le respondió el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc. 10, 38-42)

 

Nuevamente, la liturgia nos ofrece un episodio propio y original del Evangelio según Lucas. Ni Marcos ni Mateo parecen conocer a las hermanas Marta y María. Juan, por otro lado, sí las menciona y, ciertamente, les otorga un lugar privilegiado en los capítulos 11 y 12 de su obra, con el añadido del personaje del hermano llamado Lázaro. Lucas no conoce a Lázaro o no le da importancia porque no influye en el sentido de su relato. De todas maneras, tanto para la tradición joánica como para la lucana, Marta y María representan perfiles parecidos y definidos. La primera es la que sirve, la anfitriona, la que ejerce la diakonía (cf. Lc. 10, 38 y Jn. 12, 2); la segunda tiene una relación de ternura amorosa con Jesús (cf. Lc. 10, 29 y Jn. 12, 3). Marta siempre tiene la voz y la entereza para recriminar directamente al Maestro, ya sea la aparente pereza de María (en Lucas) o la demora del Señor que no pudo evitar la muere de Lázaro (en Jn. 11, 21). Es en esa voz que podemos leer su declaración de fe equivalente a la declaración petrina: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo” (Jn. 11, 27). María, en cambio, habla una sola vez, en Jn. 11, 32, y el resto del tiempo permanece callada, acentuando sus actitudes y disposiciones desde los gestos (sentada escuchando en Lc. 10, 39 y derramando perfume en los pies de Jesús en Jn. 12, 3).

La presencia de Jesús en la casa de dos mujeres (recordemos que para Lucas no parece existir Lázaro) es transgresora y continúa la línea que el autor remarcó en el inicio del capítulo 8 cuando enumeraba entre los seguidores del Maestro al grupo de mujeres que incluía, por ejemplo, a María Magdalena. Marta, en arameo, significa señora. Ella es la dueña del lugar donde se hospeda Jesús mientras va de camino a Jerusalén. Ella lo recibe, le abre las puertas de su hogar, le da descanso. A un peregrino rechazado por los samaritanos (cf. Lc. 9, 52-53), no tiene problemas en acoger. Marta es mujer independiente en una sociedad machista. Vive con su hermana y da alojamiento a un varón sin el mejor prontuario que se pueda imaginar. Ella decide sin que tiemble su pulso. Por eso puede recriminar, directamente al Maestro, lo que considera una desatención de su hermana. No importa en este momento del análisis si su recriminación es acertada o no; importa que tiene la suficiente libertad para plantearle al varón invitado lo que ella ve y siente.

En medio de esta trasgresión, la situación se profundiza cuando recaemos en la presencia de María sentada a los pies del Señor. Esta expresión es la misma que describirá, en Hch. 22, 3, el discipulado de Pablo “a los pies de Gamaliel”, el rabí que lo habría educado en el farisaísmo. Estar a los pies es tener posición de discípulo, en atenta escucha, y es signo de discipulado. Para los rabinos judíos, era ley vigente que la mujer no podía aprender la Torá, pues no estaba naturalmente capacitada para ello. La mujer nunca podría ser discípula en el judaísmo. Sin embargo, para Jesús la cuestión es mucho más fácil. Aquella mujer dispuesta a escuchar a Palabra se convierte inmediatamente en discípula. María está a sus pies porque es su discípula, porque lo oye con la atención del corazón, porque lo sigue. La trasgresión de Jesús no es sólo entrar a casa de mujeres que, según la inferencia del texto, son solteras; la trasgresión consiste en que Jesús entra a la casa para enseñar, creyendo que las mujeres son capaces de oír la Palabra, comprenderla y asimilarla. Algo que hoy nos resulta lógico, situado en su contexto socio-histórico es una revolución.

Pero profundizando más, resulta que el episodio supera la mera anécdota. Lucas conoce la situación que las primeras comunidades atravesaron en la gran discusión sobre la atención de las mesas, que Hechos de los Apóstoles recoge (cf. Hch. 6, 1-6). Los cristianos helenistas se quejan contra los cristianos de origen hebreo porque las viudas son desatendidas al estar ocupados en la predicación de la Palabra. Se resuelve, entonces, designar siete cristianos helenistas para la tarea específica de atención de las viudas, mientras los otros continúan con la predicación. Este problema que Lucas resume en seis versículos es mucho mayor que esas líneas. Lo que se discutía no era una mera cuestión administrativa, sino el sentido profundo del Evangelio. ¿La Buena Noticia sólo debe ser anunciada, aunque eso signifique desatender al desvalido? ¿O es en la atención del desvalido donde se vive el Evangelio? ¿Está bien que algunos cristianos sólo tengan un ministerio? ¿No deberían todos ocuparse de la Palabra y de la acción concreta a favor de los pobres? De alguna manera, Marta y María reflejan esa discusión. Marta está ocupada por la acción concreta de ese momento, María está sentada escuchando. Marta reclama al Señor que María no se encargue de la atención del huésped por ocuparse de la Palabra. Sin dudas, el conflicto, en la comunidad lucana, resonó con fuerza. Es probable que el conflicto haya degenerado en una ideologización de opuestos; mientras algunos se inclinaron a defender férreamente una mirada espiritualista del cristianismo, otros se volcaron hacia el otro extremo, defendiendo con uñas y dientes una mirada materialista de la religión. El Jesús de Lucas se ve impelido a dictaminar una solución para la Iglesia post-pascual. ¿Quién tiene la razón? ¿Vale el planteo que representa Marta? ¿Vale la actitud de María?

La respuesta de Jesús merece ser traducida lo más literalmente posible para comprenderla. Según el original griego, Jesús dice a Marta: “Marta, Marta, estás ansiosa y te perturbas por muchas cosas, pero pocas cosas son necesarias, o una sola. María seleccionó la parte buena, que no le será quitada completamente”. Como vemos, el Maestro no cree que la elección de María sea mejor que la de Marta, sino que ella eligió la parte buena. Por lo tanto, lo que hace Marta no es malo; lo malo es la actitud que ella tiene para con su hermana. Lo que Marta le critica no tiene por qué ser criticado, ya que María ha hecho una elección correcta. Ha elegido la Palabra, ser discípula que escucha, ser mujer a los pies del Maestro. Eso no le será quitado completamente porque la Palabra permanece, es eterna, transforma y actúa constantemente. El tema de la Palabra del Señor ya apareció en Lucas, por ejemplo en Lc. 6, 46-49, cuando se compara al oyente de la Palabra que la pone en práctica con aquel que edifica su casa sobre la roca. Y en Lc. 8, 21, cuando Jesús reconoce que su familia (su madre y sus hermanos) son los que oyen la Palabra y la cumplen. A partir de estos dos pequeñísimos fragmentos la escena de Marta y María se ilumina, así como la respuesta de Jesús a la situación de la atención de las mesas. Oír la Palabra es fundamental, es la buena parte elegida, pero si esa Palabra no se hace acción, no se hace acogida (como acoge Marta), es casa construida sobre la arena, con cimientos débiles, fácil de derrumbar. La actitud de María es incompleta si no se efectiviza en la acción, y la actitud de Marta también es incompleta si vive pendiente de su hermana, criticando su aparente pasividad.

 

La escena está escrita con determinada geometría. Jesús detiene su camino, su línea que lo dirige hacia Jerusalén, para entrar a un pueblo, y dentro del pueblo, a una casa. La casa, en la tradición evangélica, es sinónimo de comunidad cristiana, sinónimo de Iglesia. Jesús, por lo tanto, está dentro de la Iglesia, y las dos hermanas son la Iglesia en cuestión. María está sentada a los pies del Maestro, y Marta se pone de pie para recriminar la actitud de su hermana. De esta manera, con Jesús en el medio, la posición de Marta es superior, elevada sobre María, como quien tiene la voz y la palabra para denunciar. María está abajo, es inferior en la escena, sentada, como quien recibe. Paradójicamente, aunque es explícito que Marta es la anfitriona, resulta que María es la verdadera receptora, porque recibe la Palabra del Señor.

Esta geometría de la escena, con algunos sobre otros, con acusadores y acusados, es contraria al espíritu de la comunidad eclesial. El Reino de Dios es la propuesta de la igualdad, de discípulos en situación horizontal, no vertical. Marta rompe con ese igualitarismo radical del Reino poniéndose de pie para denunciar, y peor aún, para hacerlo argumentando con sus obras.

La Iglesia de hoy no ha superado completamente el problema de la atención de las mesas. Quedan Martas acusadoras e ideologizaciones que destruyen el Evangelio. Queda el viejo recelo de custodiar los caprichos a pesar de la Buena Noticia. Los ultra-conservadores se desviven por la sana doctrina, los ultra-progresistas aprovechan cualquier oportunidad para lanzar dardos contra la institución. En la pelea, el Evangelio queda olvidado, y la Palabra no se hace oír ni se hace acción. Una Iglesia de opuestos (de Martas y Marías enfrentadas) se destruye, es casa sobre la arena. Una Iglesia de complementarios, en cambio, se plenifica y se proyecta. Si Marta dejase de acusar a María, si los ultra-conservadores no se esforzaran tanto por utilizar las argucias del Derecho Canónico, si los ultra-progresistas no esperasen la ocasión de manifestarse violentamente sin diálogo, quizás se podría hacer Iglesia-comunidad, hospedando y sentándose a los pies de Jesús, escuchando y haciendo, oyendo la Palabra y poniéndola en práctica. No podemos perpetuar la Iglesia de Jesucristo con personas que se ponen de pie para sentirse por encima de las otras. No podemos criticar los carismas desde el complejo de superioridad de nuestras actividades pastorales. No podemos demorarnos en peleas banales mientras, en medio, los varones y mujeres pasan hambre, son desempleados, discriminados y olvidados. No podemos olvidarnos de las personas por estar pendientes de lo que hace o deja de hacer el otro. Marta y María son una invitación a convivir en comunión, a que hagamos Iglesia aceptando.

Jesús mujeriego / Decimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 7, 36 – 8, 3

Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.” Jesús le respondió: “Simón, tengo algo que decirte.” Él dijo: “Di, maestro.” “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?” Respondió Simón: “Supongo que aquel a quien perdonó más.” Él le dijo: “Has juzgado bien.”

Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.”

Y le dijo a ella: “Tus pecados quedan perdonados.” Los comensales empezaron a decirse para sí: “¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?” Pero él dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.”

Recorrió a continuación ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes. (Lc. 7, 36 – 8, 3)

El texto que hoy propone la liturgia es largo y, si fuésemos estrictos para dividirlo en perícopas, en realidad tendríamos dos fragmentos. El primero contiene la comida de Jesús en la casa de Simón el fariseo con la irrupción de la mujer pecadora pública, la parábola del acreedor con dos deudores y el perdón dado a ella. El segundo fragmento es el inicio del capítulo 8 del Evangelio según Lucas, donde encontramos un resumen de la actividad itinerante de Jesús y una focalización en sus seguidores que, casualmente, es un grupo importante de mujeres. Por ello, aunque se trate de dos perícopas, la liturgia las propone unidas en su lectura (y Lucas así lo pensó también) porque el hilo conductor que las cose es el sexo femenino.

La injusticia hacia las mujeres en los ámbitos eclesiales y teológicos no es noticia nueva ni buena noticia. Para el contexto de Jesús, la situación de ellas no era para nada envidiable. Para el contexto en el que se desarrollan las primeras comunidades cristianas tampoco. Hoy por hoy, parece no haber cambiado mucho la situación. Con el texto de hoy podemos recordar claramente la gran confusión adrede que los comentaristas bíblicos de antaño hicieron sobre la persona de María Magdalena. No es inusual que en los encuentros de catequesis se explique que esta mujer era una prostituta de muy mala vida cambiada por el encuentro con Jesús que la salvó de ser apedreada en aquella famosa escena de Jn. 8, 2-11. Lo cierto es que, rastreando los Evangelios, no hay evidencia para identificar a la Magdalena con una prostituta. Sí podemos afirmar que es una constante de los relatos pascuales, siendo de las principales y primerísimas destinatarias del gozoso mensaje de la resurrección tanto en los Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) como en Juan. Si vamos más atrás de los relatos pascuales, la primera aparición de su nombre se da al pie de la cruz (cf. Mt. 27, 56; Mc. 15, 40; Jn. 19, 25). Será Lucas quien se animará a retroceder hasta situarla entre los discípulos galileos del Maestro en Lc. 8, 2. Eso es lo que leemos hoy. Como bien lo dice el evangelista: de María Magdalena salieron siete demonios expulsados por Jesús. Ni señales de una vida de prostitución. Lo que la historia exegética hizo fue creer que esos demonios eran una metáfora para designar su vida de pecadora pública, que estaba retratada en dos episodios de mujeres anónimas: la salvada de ser apedreada y la que agradece el perdón derramando perfume. Pero ambos episodios son, ni más ni menos, correspondientes a mujeres anónimas y no a María Magdalena. Ninguno de los dos textos lo da a entender. Avanzando un poco más el error exegético, se le agregó a la Magdalena otra identidad, como si ya no fueran pocas las que tenía, y se la asoció con la hermana de Marta y Lázaro. Nuevamente sin evidencias. En conclusión: aquella mujer privilegiada por estar entre los primeros destinatarios del encuentro con el Resucitado (o sea, aquella mujer apóstol) pasó a ser una prostituta. Se supone que fue una campaña de desprestigio para degradar, en una mujer bíblica, a todo el sexo femenino eclesial. La mujer, entonces, era mala por naturaleza.

El texto de Lucas, por varios años anterior a la exégesis errónea sobre la Magdalena, asume que en su época la mujer también es vista como mala por naturaleza. Que el autor las agrupe como aquellas que habían sido curadas de espíritus malignos, es la referencia a la concepción antigua de que la mujer es la endemoniada desde el principio de los tiempos. El paradigma, Eva, es la seducida por la serpiente (cf. Gn. 3, 1-5) y la que hace caer a Adán (cf. Gn. 3, 6). Frente a esta degradación a priori de la mujer, Jesús es quien expulsa los demonios, quien libera a la mujer de su situación indigna. Por eso entre sus discípulos, a la par de los Doce (varones) está el grupo femenino. Entre ellas, las más relevantes para el resumen lucano son María Magdalena, Juana y Susana. La primera tenía siete demonios, que en clave simbólico-numérica son todos los demonios, porque el siete representa la totalidad. La que estaba plenamente perdida, ahora es discípula plena. Ya no está poseída por otra cosa que el amor y el seguimiento. La segunda, Juana, se dice que era la mujer de un administrador de Herodes. De más está decir la situación conflictiva que representa considerando la enemistad entre Herodes y Jesús (cf. Lc. 13, 31-32). La última, Susana, no tiene especificidad, pero parece encontrarse en el grupo de mujeres que sirven con sus bienes, habiendo entendido que el Reino de Dios es vender lo que se tiene y repartirlo entre los pobres (cf. Lc. 18, 22). Son mujeres dignificadas y transformadas en su encuentro con Jesús; un varón que las trata de manera diferente.

La asimetría varón/mujer es bien manifiesta en lo sucedido en casa de Simón el fariseo. Según Lucas, Jesús come en tres oportunidades con los fariseos: la que leemos hoy, la de Lc. 11, 37ss (cuando, en medio del banquete, el Maestro lanza los ayes contra fariseos y legistas) y la de Lc. 14, 1ss, en casa de un jefe fariseo. Cada comida es la oportunidad literaria y argumentativa para que Jesús exponga una crítica a la teología farisea que es desarrollo, a la vez, de la teología del Reino. En casa de Simón el problema es el perdón. Según los fariseos, la manera correcta de relacionarse con Dios es la realización de las buenas obras que el mismo Dios retribuye. Quien se comporta bien, recibe una paga acorde. Quien se comporta mal es castigado. Según Jesús, la manera correcta de relacionarse con Dios no la estipulan los seres humanos (no se hacen buenas obras para obtener algo de Dios); es el Padre quien da la iniciativa y se relaciona primero comunicando su amor. El ser humano no hace más que responder al amor divino con un comportamiento bueno que brota del amor recibido. El quehacer correcto no es lo primero para obtener amor; es el amor el que genera acciones en consecuencia. Las llamadas buenas obras son, entonces, resultado de que fuimos amados primero (cf. 1Jn. 4, 19). Por eso la parábola del acreedor con dos deudores cobra sentido en la teología jesuánica, pero resulta absurda para el pensamiento fariseo. ¿Es posible perdonar una deuda? ¿No debería reponerse con algo esa faltante? ¿Se ama de acuerdo al amor recibido? Simón se ve interpelado, más allá de la escena ocurrida en su casa, en toda su cosmología. En el universo de Simón (el universo fariseo) el perdón no funciona así, no es gratuito, sino la consecuencia de algo que lo equivale comercialmente. Se debe hacer algo para obtener perdón, hacer algo para obtener amor, hacer algo para obtener salvación. En el extremo opuesto, Jesús asegura que Dios hace las cosas y que el ser humano debe estar dispuesto a abrirse a lo ya hecho con la intención de dejarse convertir.

Simón, portador de la ciencia farisea, no ha entendido a Jesús. La pecadora pública, representante del estamento marginado, sí. La asimetría varón/mujer que mencionamos es mucho más que una asimetría sexual; implica asimetría religiosa y social. Simón es varón como lo son los encargados del sistema religioso. En el texto original es alguien de entre los fariseos, según el inicio de Lc. 7, 36. Esta manera de designarlo es un recurso literario para crear un personaje representativo; Simón, en esta escena, será el portavoz fariseo. Hasta el versículo 39, es designado como el fariseo en tres oportunidades. De allí hasta el final será Simón otras tres veces (versículos 40, 43 y 44). Ningún fariseo tiene nombre en los Sinópticos; éste es el único. Este remarque en la figura masculina ayuda a resaltar la figura femenina de la escena, identificada tres veces como una pecadora (versículos 37, 39 y 47) y nombrada cinco veces como mujer. Su aparición se anuncia, en el texto original griego, con la frase “Y mirad, una mujer” (cf. comienzo versículo 37). Esta frase (kai orao=y mirad) que podemos encontrar en Lc. 2, 25 para presentar al anciano Simeón, en Lc. 5, 12 para introducir al leproso y en Lc. 7, 12 para el hijo muerto de la viuda, sirve como luz de foco, a modo teatral. La acción se focaliza allí donde nos hace mirar el autor. En un caso es Simeón, y aquí es la mujer pecadora pública. Ella viene a desequilibrar la asimetría. Su irrupción en la casa del varón fariseo quiebra un status quo, redefine el escenario. Es una mujer sin lugar en un mundo machista que encuentra sitio junto a Jesús, como muchas otras discípulas que, acompañándolo por el camino, se habían sumado a la utopía de un Reino de iguales.

El escandaloso y soltero Jesús camina por los polvorientos senderos de Palestina acompañado de mujeres. Se lo ha visto perdonando a prostitutas un par de veces. Se aloja en casa de Marta y María. Su prontuario es sospechoso en materia sexual. Parece aseverar que tanto varones como mujeres tienen los mismos derechos. Pero aún más. Parece predicar que Dios perdona gratuitamente y que ama a pesar de todo. Es un personaje difícil de aceptar. Algunos fariseos lo invitan a comer a su casa. Por curiosidad o para hallarlo in fraganti. Él va. No se niega a las invitaciones que comparten la mesa. Y amplía la mesa sin pedir permiso al dueño del hogar. Si entra una pecadora pública, la recibe. Si la Magdalena, Juana y Susana quieren caminar con Él por Palestina, no hay inconvenientes.

Jesús puede ser tildado de feminista, de izquierdista o de loco. Puede ser un palo en la rueda para los machistas, los conservadores, los derechistas y los de pensamiento fariseo. Sin embargo, su Reino es lo más lógico. Lamentablemente, la Iglesia ha recibido, en la mayor cantidad de oportunidades, apodos sacados de la segunda lista, y casi nunca de la primera. No estamos discutiendo la veracidad de esos rótulos, pero es un indicador interesante de la meta hacia donde caminamos. Jesús, fiel al Padre, fue mirado de mala manera por su relación con los marginados. Nosotros, ¿cómo somos mirados?

La señal de los cristianos / Segundo Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.” Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.”

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros.” Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.” Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío.” Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.”

Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. (Jn. 20, 19-31)

El texto de hoy, quizás convenga ser leído de atrás para adelante, del último hacia el principio. Lo que tenemos delimitado litúrgicamente es el final del capítulo 20 del Evangelio según Juan, que consta, en total, de 21 capítulos. Como podemos percatarnos fácilmente en una lectura rápida, los últimos versículos son una conclusión que funciona a manera de epílogo de todo lo narrado. El libro puede terminar allí. Sin embargo, nuestras ediciones de la Biblia tienen un capítulo más. Esto es porque, de hecho, la primera redacción joánica acababa en el capítulo 20, y lo posterior es un agregado de los discípulos del redactor, los cuales vuelven a escribir una conclusión en Jn. 21, 24-25. Por eso este Evangelio parece terminar en dos oportunidades.

Si bien la primera conclusión es breve, de apenas dos versículos, resume eficientemente la intencionalidad y el sentido de la obra joánica. En primera instancia, aclara que Jesús realizó muchos otros signos, y no solamente los que están contenidos en los 20 capítulos previos. Recordamos que Juan no utiliza la palabra milagro (como los sinópticos), sino semeion, que en griego significa señal o signo. De las bodas de Caná se dice que fue el signo proto-típico (cf. Jn. 2, 11); los judíos lo interrogan sobre qué signo presenta para expulsar a los vendedores del Templo (cf. Jn. 2, 18); durante la primera Pascua en Jerusalén, realiza muchos signos (cf. Jn. 2, 23); Nicodemo reconoce que nadie realiza los signos que Él hace si Dios no está con él (cf. Jn. 3, 2); la curación del hijo del funcionario es interpretada por el relator como el segundo signo (cf. Jn. 4, 54); la gente le sigue por los signos que realiza en los enfermos (cf. Jn. 6, 2); la gente ve en la multiplicación de los panes un signo profético (cf. Jn. 6, 14) y se pregunta si el Cristo podrá hacer más signos que Jesús (cf. Jn. 7, 31); en la misma línea que Nicodemo, los fariseos se alarman porque si Jesús es pecador, no podría hacer los signos que hace (cf. Jn. 9, 16); inclusive los signos son causa del planeamiento de su muerte (cf. Jn. 11, 47-53); finalmente, la gente se agolpa más todavía cuando entra a Jerusalén porque se corre la noticia del signo que realizó en Lázaro, reviviéndolo (cf. Jn. 12, 17-18). Los biblistas, a esta primera sección de Juan, hasta el inicio del capítulo 13, la llaman el libro de los signos, con razón.

Jesús, entonces, es el gran realizados de signos. Esto tiene dos interpretaciones, complementarias y necesarias entre sí:

1. Hay que ver más allá. Los signos refieren a una realidad distinta a ellos, pero en ellos presente. Las señales, valga la redundancia, señalan algo, señalizan, apuntan, indican. Y precisamente, lo que señalan, señalizan, apuntan e indican es otra cosa distinta de ellas mismas. Un cartel en la ruta que presenta al conductor la figura de una curva, no tiene la intención de que el conductor se concentre en el cartel, sino en la curva que está pronta a aparecer. Analógicamente, los signos de Jesús intentan abrirnos la mirada hacia otra realidad, superior al signo y más determinante. Por eso Juan no habla de milagros. Al relato de su Evangelio no le interesa el prodigio como tal, como sobrenaturalidad que concierne sólo materialmente; el milagro es señal de la realidad del Reino, señal de Dios, de su amor, de su cercanía, de la utopía divina. Hay que ver más allá del agua convertida en vino, de los panes multiplicados y de Lázaro revivido. Hay que ver el nuevo orden mesiánico que es fiesta sobre el ritualismo, hay que ver la mesa compartida que sacramentaliza la comunión humana, hay que ver la muerte derrotada en la resurrección. Esta otra mirada, superior y trascendente, no se realiza con los ojos físicos, y por eso el Resucitado dice a Tomás (y a todos), la bienaventuranza de los que creen sin haber visto. Para llegar a captar la presencia distinta de la vida nueva del Cristo, no es necesario tocar sus llagas y meter la mano en el costado abierto, de lo contrario, ninguno de nosotros podría creer, ninguno de nosotros podría tener un encuentro personal con Jesús. Se encuentra con Él quien es capaz de mirar distinto y profundamente, el que supera los sentidos físicos para sentir con el corazón. En el pedido de Tomás de ver empíricamente para creer se halla la antítesis del Discípulo Amado que cree sólo con las vendas vacías (cf. Jn. 20, 8). ¿Y qué se pretende que creamos con los signos? Como dice la conclusión de Juan: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Allí la primitiva intención de los Evangelios, ya recogida por Marcos (el primer evangelista de los cuatro) en el inicio de su libro: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios” (Mc. 1, 1). Tomás llega a la conclusión cristológica empíricamente; el Resucitado recomienda llegar a ella en la experiencia de fe.

2. Que las cosas tengan significado (tengan sentido). Los signos hacen que las cosas signifiquen. En el prodigio por el prodigio, las cosas son así y punto. La señal, en cambio, le da hondura a las cosas, las hace importantes, las hace ser un poco más (o mucho más). La curación de una enfermedad puede ser la posibilidad de volver a la vida de siempre, pero si esa curación es signo de la cercanía de Dios y de su bendición, entonces es imposible volver a la vida de siempre; en vez de volver se avanza hacia una existencia mejor y más plena. La curación no fue sólo restitución física, sino caricia del Padre, experiencia profunda de lo trascendente, y ante eso es difícil quedarse inmóvil. El significado/sentido de la curación re-significa toda la vida. Si la resurrección es la suerte de un hombre que, siendo muy justo, logró el premio de Dios, entonces la pascua es un evento cerrado y clausurado en sí mismo hace dos mil años. Pero si la resurrección de Jesús es la entrada humana en la vida de Dios, y la tumba vacía es el Evangelio de un Padre que quiere un mundo sin tumbas, entonces todos nos vemos afectados por la pascua, y el acontecimiento de hace dos mil años re-significa no sólo la vida de María Magdalena, Pedro y Tomás, sino la vida de cualquier varón y mujer que se anima a creer. Ya no se puede seguir viviendo de la misma manera ante la realidad, sacramento y signo de la pascua. Aquí vale hacer una aclaración sobre el texto que leemos hoy. Las traducciones de la Biblia, en su mayoría, agregan un artículo que deja la frase de Jesús así: “Reciban el Espíritu Santo”. Lo más correcto, según los manuscritos griegos, sería traducir sin el artículo: “Reciban Espíritu Santo”. Cuando se cuenta que el Resucitado insufla en sus discípulos, no se está haciendo tanto hincapié en lo trinitario como en lo trascendental de la vida. El texto es más cercano a la idea de que con la Pascua se adquiere calidad de vida, o sea, se nos incorpora a la vida de Dios, que es vida en Espíritu, vida trascendente, vida plena. Recibir Espíritu Santo es darle sentido a las existencias humanas. Vale la pena vivir porque Dios es vida, no muerte. Por eso la conclusión joánica termina con la utilidad de la fe: quien cree tiene vida en el nombre de Jesús. “Quien tiene al Hijo, tiene la Vida” (1Jn. 5, 12a), porque el Hijo (su eternidad, su encarnación, su vida terrena, su pasión, su muerte y su resurrección) es el que da sentido a esta existencia, y en la vida resucitada del Hijo vivimos plenamente.

El mensaje con el que culmina el capítulo 20 del Evangelio según Juan es la justificación de su tarea evangelizadora (la escritura de este libro sobre Jesús). A sus contemporáneos les está diciendo que la Buena Noticia se comunica a los demás porque todos pueden encontrar en ella la vida de Dios. Una vida que no es limitada (es eterna), que no tiene altura máxima (es plenitud constante), que no esclaviza (es liberadora), que no forma sectas (es abierta), que no está atascada (es dinámica), que no es indigna (es promotora de la humanidad) y que no se puede comprar ni vender (es gracia). La evangelización es la comunicación de la vida de Dios que, en Jesús, se universaliza encarnada y resucitada. Es claro que una vida de tamañas características no puede menos que compartirse. A nadie podría ocurrírsele privatizar una vida que completa las aspiraciones más profundas de los seres humanos. Sólo un corazón endurecido por el mundo y una mente embotada por los valores sociales vigentes puede negar y negarse la vida plena de Dios. Obviamente, los que prefieren poner límites al otro para que no crezca, los que avalan un sistema donde los capitales se le quitan a la masa para guardarlos en arcas individuales, los que gustan tener esclavos, los sectarios, los que detienen la emancipación de los pueblos, los que consideran que algunos humanos son indignos, los acostumbrados al mercantilismo de comprar-vender-tener, ninguno de ellos acepta la vida resucitada.

La evangelización no consiste en presentar pruebas contundentes de un cuerpo que ha sido resucitado. Esa es la maravilla de poder evangelizar hoy en día. No necesitamos teofanías aparatosas; necesitamos que la vida se profundice y se signifique en Jesús, en el Reino, en Dios. Cuando mejoramos la calidad de vida de los varones y mujeres, damos señal evidente de la pascua. Cuando ayudamos a que el marginado, el despreciado, el pobre, sea introducido a la comunidad de los humanos nuevos en Cristo (comunidad que debiese ser la Iglesia), lo estamos resucitando, y lo estamos convenciendo del amor que Dios le tiene. Cuando dejamos de lado las reliquias, los amuletos y las protecciones rituales para convertir el mundo con nuestras manos, para rezar a Dios desde la mediación de los hermanos reunidos, para proteger al más pequeño de los embates de los poderosos, estamos testimoniando, señalando, apuntando a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, porque estamos reproduciendo su praxis, estamos siendo discípulos suyos.

El que tiene al Hijo, tiene la Vida. Nos cuesta entenderlo. Hemos hecho de la existencia resucitada, que es luz y plenitud, un camino comercial al que se llega con masoquismo, resignación y auto-flagelación. Aún bautizados, no caímos en la cuenta de la gracia. Tenemos al Hijo, tenemos la Vida. Por eso nos cuesta tanto comunicar la Buena Noticia. Buscamos vías de negociación con Dios (rituales, prácticas piadosas, buenas obras) para que la vida nos sea dada, y mientras tanto, nos privamos de disfrutar la vida nueva que ya tenemos por el Hijo, y privándonos nosotros, privamos a los demás.