Posts etiquetados como ‘lavatorio’

El Nuevo Testamento de Jesús / Jueves Santo – Ciclo A – Jn. 13, 1-15 / 21.04.11

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. “No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. “Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. (Jn. 13, 1-15)

Desde el capítulo 13 hasta el 17 del Evangelio según Juan tenemos lo que podría denominarse el testamento de Jesús. Reuniendo a sus íntimos, sus discípulos más próximos, el Maestro dirige las últimas recomendaciones, enseñanzas y exhortaciones. Es un resumen del Evangelio en el que creía Jesús y la condensación de los sentidos más profundos. Cuando se trata de dirigir las últimas palabras antes de morir, es evidente que sólo se piensa decir lo importante. Las cosas accesorias quitan tiempo, roban minutos. Lo central, lo absoluto, eso es lo que debe quedar guardado como perla preciosa en el recuerdo de los oyentes. Más allá de la discusión erudita sobre el trasfondo histórico, es menester reconocer ciertos puntos:

a) Hubo una última cena, un último encuentro entre Jesús y sus amigos más íntimos. No sabemos si el sentido que Jesús le dio fue pascual, si fue una despedida amistosa o la instauración de un ritual. Aquí ya juegan las interpretaciones de los diferentes autores y comunidades evangélicas.

b) Hubo palabras en la última cena. Jesús dijo algunas cosas, quizás enseñanzas nuevas, quizás racconto de los hechos sucedidos, quizás recapitulación de enseñanzas viejas. Algunas de esas palabras quedaron en la memoria de los apóstoles y se fueron transmitiendo.

c) Jesús pudo percibir el ambiente de muerte a su alrededor. No se necesitaba ser adivino ni tener poderes sobrenaturales para darse cuenta de lo que ocurría. Jesús podía entender, mediante la inteligencia humana, que iban a matarlo. Esa sensación de muerte inminente tuvo que estar presente en la última cena. Lo que haya dicho Jesús esa noche, lo dijo en la emoción de ver amenazada su vida.

d) El discurso que conserva Juan, como casi todas las tradiciones joánicas, está alterado a favor de la teología de su comunidad. Es muy poco probable que Jesús haya pronunciado las palabras tal como las conserva el autor, pero sin dudas reflejan el pensamiento jesuánico, su visión del mundo, de Dios, de la comunidad humana. No serán los vocablos exactos, pero sí la profanidad de pensamiento real.

Teniendo en cuenta estos puntos, es posible rastrear en la literatura judía textos parecidos a los capítulos 13-17 del Evangelio según Juan. Se llaman testamentos. Tenemos, por ejemplo, el Testamento de los Doce Patriarcas, del siglo II a.C., o los Testamentos de Salomón y Testamento de Adán, posteriores al nacimiento de Jesús. No hay un modelo literario común para estos escritos, pero comparten un estilo, una manera y hasta una forma general. Comúnmente, predicen la muerte o la partida del personaje que habla. Se supone que es el último discurso y el orador sabe que lo es. Muchas veces, los testamentos se dan en un banquete, una última comida. Justamente, la comida tiene el sentido de reunir a todos los íntimos por última vez a causa de la muerte o la partida próximas. El orador suele exhortar a llevar una vida basada en su propio ejemplo. Sus discípulos, hijos o seguidores deben guiarse por lo que fue su vida y sus enseñanzas. En este punto, el orador recapitula lo que les ha dicho y remarca los puntos importantes. Finalmente, el orador deja instrucciones sobre cómo continuar tras su partida, cómo organizarse y cuáles serán las claves de la vida comunitaria a futuro. Como vemos, estos capítulos de Juan coinciden con el esquema del testamento judío. Jesús, el héroe que está por morir, en un banquete final, recuerda lo básico del Evangelio y exhorta a una vida comunitaria que deberá estar regida por el amor y el servicio en vistas a la unidad. La guía y el modelo son el mismo Jesús, Señor y Maestro. La unión de ambos títulos es adrede. Señor recuerda al señor romano, al emperador, al sistema político vigente; Maestro recuerda a los escribas, a los fariseos, los que enseñan la religión y son el símbolo del sistema religioso vigente. Jesús ha reinterpretado el sistema político y el religioso; ha dado a la política su sentido real (el pueblo) y a la religión su razón de ser (el pueblo). Son las personas lo importante bajo cualquier punto de vista, y ellas necesitan amor y servicio. Si el Señor y el Maestro aman y sirven, entonces el mundo es más parecido al Reino de Dios, más utópico, más divino. La expresión lavar los pies aparece siete veces en la perícopa que leemos hoy. Es claro hacia dónde apunta. Este lavado representa y simboliza lo que Jesús quiere que quede netamente claro. Hay que lavar los pies, pero hay que hacerlo como Jesús.

Cuando Jesús deja el manto y vuelve a tomarlo, la asociación directa es con su vida entregada que luego es recobrada en la resurrección. El manto simboliza a la persona. Jesús, lavando los pies está dando la vida, para luego tomarla de nuevo, renovada, como sucederá el domingo de resurrección. La conexión también hay que buscarla en el discurso del Buen Pastor del capítulo 10 de Juan. El Buen Pastor da la vida por las ovejas (cf. Jn. 10, 11.15) y la da para recobrarla (cf. Jn. 10, 17-18). El verbo lambano que utiliza el Buen Pastor para hablar del poder de recuperar la vida es el mismo que en el lavatorio de los pies describe la acción de recuperar el manto. Seguir el ejemplo de Jesús es atreverse a ser como el Buen Pastor, atreverse a dar la vida por los otros, demostrando que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (cf. Jn. 15, 13).

——————————————————————————————————————————————————————————-

El poder penetrante de la pasión (e inquietante) es que no se queda en un hombre ajusticiado hace siglos. Ese hombre ha lanzado una propuesta universal: que todos se animen a dar la vida por otro ser humano, que todos se des-vivan por el otro. Esa propuesta encierra una promesa: los que se des-vivan, en realidad, vivirán. Dar la vida es, en realidad, la oportunidad de recobrarla. Morir por otros es, en definitiva, vivir. La pasión intimida porque nos compromete. No es un espectáculo más ni una injusticia más. Es una exhortación directa a lavar los pies. La última cena no es una comilona de despedida porque ya no se volverán a ver; al menos, los apóstoles no lo entendieron así ni sus comunidades tampoco. En la última cena, la Iglesia encontró una visión complementaria de la cruz y la resurrección. La última cena es parte de la pasión también. Juan la inaugura recordando que Jesús amó a los suyos hasta el final. Eso es pasión, ser un apasionado. Sólo los apasionados pueden dar la vida por los otros, arriesgarse amando, perder ganando, morir resucitando.

El testamento de Jesús no es un cúmulo de bienes para repartirse entre sus seguidores. Es un testamento de amor, de pasión, de entrega. Reclamar para sí el testamento jesuánico es pretender que tenemos la entereza suficiente para morir como Él murió. De lo contrario, somos hipócritas. Cuando un cristiano particular o un determinado movimiento eclesial se atribuye la verdad sobre Jesucristo, el absolutismo sobre su comprensión, debería ser que está en condiciones de morir en una cruz sirviendo, debería ser que el martirio es su meta, debería ser que lava los pies cada minuto de su existencia. De lo contrario, es hipocresía. Este es nuestro Nuevo Testamento, nuestro único testamento: dar la vida (he ahí el Evangelio).

El sacramento del lavatorio de los pies – Para reflexionar sobre el Jueves Santo

Algunos creen que el lavatorio de los pies tiene como centro la liturgia bautismal. Los que se bautizan en Cristo son lavados completamente, y por eso no hace falta que se vuelvan a lavar, aunque sí es preciso lavarse los pies (practicar el sacramento de la reconciliación) porque el pecado, limpiado con el bautismo, vuelve a hacerse presente en nuestras vidas. Los pies sucios serían símbolo de ese pecado que nos sigue ensuciando, a pesar del bautismo que nos ha lavado por completo. Esta visión sacramentalista del lavatorio de los pies de Jesús no es nueva, sino que se remonta a los tiempos antiguos de la Iglesia, donde Agustín de Hipona, por ejemplo, dice lo siguiente:

“Pues los mismos afectos humanos, sin los cuales no hay vida en esta nuestra condición mortal, son como los pies, con los cuales entramos en contacto con las realidades humanas; y estas realidades nos  alcanzan de tal manera, que si dijéramos que estamos libres de pecado nos engañaríamos a  nosotros mismos” (AUGUSTINUS, Tract. in Johan, LVI 4).

Pero miremos el lavatorio desde otra perspectiva, desde el sentido servicial. ¿Qué intenta transmitir Jesús en la proximidad de su muerte? ¿Qué pretende condensar como enseñanza en las últimas horas, cuando ya no queda mucho tiempo para discurrir? Otros pensadores cristianos consideran que el centro del lavatorio está en la ejemplificación gráfica que hace el Maestro de su propia existencia. Enseña a servir como Él sirve; metafóricamente enseña a dar la vida como Él la entrega realmente. A propósito de esta visión, podemos leer de un Comentario Bíblico Latinoamericano:

“El hecho mismo del lavatorio de los pies puede ser explicado, con suficientes fundamentos, como una tarea de esclavos, un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Dicho gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr. Flp 2,5-8). Pero el gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración naturalmente no dramatizada: por ejemplo en Lc 22,27, en el contexto de la cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en el mismo sentido: ¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Por otra parte, el mismo relato indica que el lavatorio de los pies es un medio por el cual los discípulos “tienen parte con” su Maestro (Tendrás parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal.

La comunidad cristiana ha valorado esta tradición del evangelio de San Juan como un verdadero mandamiento de Jesús y la ha celebrado año tras año como una acción sacramental, que debe hacer posible el que se asuma plenamente el espíritu del Señor. Es ésta la razón por la cual el jueves santo adquiere una importancia litúrgica tan grande la ceremonia del lavatorio de los pies, dentro de la misma celebración eucarística, como el verdadero comentario o la verdadera proclamación dramatizada de la palabra evangélica. En cuanto a su significación, cada vez tenemos que repetir con el mismo entusiasmo que este relato del evangelio de San Juan nos transmite un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. No es el poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente para servir. Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de Juan, por medio de una parábola que tiene fuerza incomparable: el Maestro se ha convertido en un esclavo. El verdadero sentido profundo de la existencia del Maestro es el de ser servidor. Una lógica así se convierte en el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

No celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión sacramental la única manera posible de ser discípulos del Maestro” (Servicio bíblico latinoamericano)

En ambas miradas aparece lo sacramental. Pero el concepto de sacramento dista uno de otro. Mientras en la primera mirada teológica se interpreta el gesto de Jesús desde los sacramentos de la Iglesia, la segunda interpreta el gesto como sacramento de la vida de Jesús. Mientras el primer ejemplo parece ir desde la Iglesia (con su institucionalidad y sus sacramentos determinados) hacia Jesús; el segundo hace el camino inverso (en realidad, en el orden correcto) desde Jesús hacia lo que deja como legado para su Iglesia. No es lo mismo adaptar el Evangelio a los sacramentos que la Iglesia ya fijó canónicamente, que dejar la puerta abierta para que el Evangelio haga sacramentos de la vida. Cuando sucede lo primero, la Iglesia se vuelve institución inmutable, puramente celestial (desencarnada, con los pies sucios por tocar el mundo) y portadora de la única verdad sobre Jesucristo. Tenemos experiencia de sobra sobre los daños que causa esa visión. En cambio, cuando el camino es el contrario, cuando es el Evangelio quien determina lo sacramental, la Iglesia se vuelve comunidad susceptible de cambiar y adaptarse, encarnada (en el servicio) y dispuesta a reconocer los sacramentos de vida que están fuera de su ejido institucional.

Mandamiento nuevo para una humanidad nueva / Quinto Domingo de Pascua – Ciclo C – Jn. 13, 31-35

Cuando salió, dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn. 13, 31-35)

La escena de hoy comienza, en la liturgia, decapitada. Si no nos extendemos en la lectura del Evangelio según Juan, no podemos saber de qué habla Jesús y por qué habla de esa manera. El sentido de los tópicos que se mencionan aquí, clásicos de la teología joánica, como la glorificación y el amor, adquieren su sentido pleno en el gran contexto de la última cena, que ha dado inicio en Jn. 13, 1. El primer evento de esta cena es el lavatorio de los pies (cf. Jn. 13, 2-17). A continuación, el tema de la traición de Judas se hace más evidente, y el redactor le dedica un espacio considerable al relato de las diferentes dimensiones de esta traición: la mirada profética de Jesús (cf. Jn. 13, 18-21), la reacción de los discípulos en conjunto ante el anuncio (cf. Jn. 13, 22), el trípode Pedro-Discípulo Amado-Jesús (cf. Jn. 13, 23-26), la posesión demoníaca de Judas y su salida (cf. Jn. 13, 27-30). En este punto comienza la perícopa litúrgica de hoy. Al finalizar, en el versículo 35, se añade una situación posterior, que es el anuncio que hace Jesús de la negación de Pedro antes de que cante el gallo (cf. Jn. 13, 36-38). El discurso que leemos, entonces, queda enmarcado por las dos traiciones de los íntimos. Uno lo entregará al proceso, el otro rechazará su condición de discípulo, negando andar con Él. En este marco, cualquier cosa que pueda decirse es terriblemente profunda y, antropológicamente, es la revelación de lo íntimo del ser humano. Ciertamente, las posturas que se toman en momentos tan críticos, como lo son las traiciones en manos de los seres queridos, ponen de manifiesto las verdaderas convicciones del traicionado. En este caso, a pesar de ser un hombre herido por sus amigos, Jesús sigue hablando del amor.

El amor en Juan se liga a la glorificación y, paradójicamente, a la muerte. El pasaje inmediato que hace las veces de inter-texto es el de Jn. 12, 23-28. Allí, Jesús exclama que ha llegado la hora de la glorificación del Hijo del Hombre (título cristológico que vuelve a aparecer aquí); esta glorificación, metafóricamente, se da cuando el grano de trigo cae en tierra y muere (imagen para su propia pasión, a la que Judas da inicio con su traición); quien muere para dar fruto, en realidad está amando la vida verdadera, la vida eterna, y no se aferra a esta existencia como lo absoluto (Jesús habla hoy de ir a un lugar a donde no pueden acompañarlo); para alcanzar esa vida eterna es necesario ser servidor (como lo explica plásticamente el gesto del lavatorio de los pies), como es servidor el Hijo del Hombre dando la vida; mediante ese servicio, el Hijo glorifica al Padre y el Padre glorifica al Hijo.

El lavatorio de los pies aparece como clave hermenéutica de la pasión de Jesús, y de toda su vida. Su convencimiento está en la transmisión de la vida de Dios. El Hijo ha venido al mundo para que lo seres humanos participen en la dinámica de la vida de Dios, que es amor. El amor se expresa de muchas maneras, pero su máxima y definitiva palabra está en el martirio. En la misma situación de los discursos de la última cena, Jesús les dirá a sus íntimos: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn. 15, 13). Esta frase, como es clásico en la escritura joánica, hace inter-texto con la perícopa litúrgica en dos puntos:

El mandamiento nuevo. Jn. 15, 12 les repite el mandamiento que tenemos en Jn. 13, 34. Este es el mandamiento nuevo y propio de Jesús. Para ser claros, no podemos afirmar que el amor sea ajeno al Dios reflejado en el Antiguo Testamento, y por eso es preciso aclarar qué significan estas dos cualidades. Lo nuevo no es un invento jesuánico, sino la calidad de ese amor. Es novedoso porque no se rige por las leyes del amor social y legislativo de amar a quien nos corresponde, o devolver bien por bien, o amar a los que piensan igual, creen igual y nos aceptan. El amor propuesto por Jesús es, como bien lo supo expresar Mateo, amar a los enemigos (cf. Mt. 5, 44), “porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener?” (Mt. 5, 46a). En esta línea podemos entender, también, que Jesús se apropie del mandamiento como suyo. Él puede apropiárselo porque lo ha hecho carne, ha amado a los enemigos, ha dado la vida por aquellos que se la quitan.

Los amigos traidores. En Jn. 15, 13 Jesús asegura que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por los amigos. Así a secas, sin contexto, este versículo parece contradecir lo que acabamos de presentar. ¿No tendría mayor amor el que da la vida por los enemigos? Pues bien, la frase cambia de sentido cuando recordamos que, al inicio de la cena, las traiciones de Judas y Pedro se hicieron evidentes y palpables. Ahora podemos decir que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por los amigos, aún y sobre todo, cuando éstos lo han traicionado.

¿Cómo se glorifica, Dios, entonces? En el amor. No se glorifica en la venganza, en el poder destructivo, en su condición soberana, en su eternidad ni en su omnipresencia. La gloria de Dios es el amor. Y el Hijo, que da gloria a Dios, ama hasta el extremo de ser fiel a ese amor, aún cuando todo indica lo contrario, cuando la traición de los amigos demuestra que el amor puede no ser correspondido, y que quien ama con pasión, puede terminar asesinado. Persistir en el amor, a pesar de esta situación contraria, a pesar de experimentar, de primera mano, que el amor es rechazado, es glorificar a Dios. A veces predomina la imagen celestial de la gloria, del éxito, del triunfo aplastante. Y en Jesús tenemos la imagen terrenal de la gloria, que se hace parábola en el lavatorio de los pies. Dios se glorifica sirviendo, en la cruz, en la entrega, en la vida dada.

¿Y cómo se glorifica el hombre, entonces? ¿Es válido pensar en la glorificación humana? De alguna manera, el título cristológico de Hijo del Hombre apunta en la dirección de la plenitud humana. El Hijo del Hombre es el Humano Pleno. En el Evangelio según Juan, este episodio que leemos hoy es la última oportunidad en que se utiliza el título hasta el final del libro. Y considerando la clásica división del Evangelio en dos partes, la primera hasta el final del capítulo 12 (el libro de los signos) y la segunda a partir del capítulo 13 (el libro de la hora), esta es la única mención de la segunda parte al Hijo del Hombre. Jesús, el Humano por excelencia, revela que el Hijo del Hombre se glorifica lavando los pies y siendo fiel a pesar de la traición de sus amistades. En esa trama, la verdadera glorificación se da cuando ocurre el abajamiento o la des-glorificación social. Si para el mundo es glorioso el triunfador, el rico, el que ostenta el poder, el que manda sobre otros; para el Evangelio es glorioso el que sirve, el que fracasa por ser fiel a Dios y al Reino, el pequeño, el pobre, el que se hace último, el que da la vida. Es glorioso el que ama y no deja de amar, aunque alrededor todo invite a abandonar la fidelidad. El reflejo de la verdadera humanidad está en Jesús, quien se glorifica amando.

El mandamiento nuevo es un cimiento eclesiológico y misionológico. ¿Cómo damos a conocer al Maestro que seguimos? Amando. ¿Cómo predicamos el Evangelio? Amando. ¿Cómo concretamos la utopía del Reino? Amando. Esta novedad del mandamiento del amor exige una transformación en consecuencia. Si es novedoso, quiere decir que los cánones antiguos y establecidos jurídicamente para amar no sirven, han caducado. Este es un amor nuevo porque, para la Iglesia, significa amar a sus detractores, esos que con mala saña buscan desprestigiar la comunidad; significa amar a los que abandonan la comunión; significa amar al que piensa distinto, al de teología diferente, al que celebra con otro rito. La propuesta es ser Iglesia desde la eliminación de los grandes anatemas hasta el perdón de las actitudes cotidianas que lastiman. Verdaderamente, nadie está exento de amar al otro, ni en el Vaticano ni en la pequeña comunidad eclesial de base del barrio.

A la Iglesia le cuesta siempre el discernimiento sobre cuál es el punto de partida para la evangelización. En algunos casos se elige la apocalíptica mal entendida, con las imágenes tenebrosas de rigor y el mensaje de condenación; en otros casos se elige la negociación con detrimento del Evangelio, adaptando lo inadaptable para no ser rechazado. El hecho de amarse los unos a los otros como puntapié de la evangelización se sitúa en una situación superior a las dos opciones que mencionamos. El amor, al contrario que la condenación, es puerta siempre abierta a la esperanza. Dios no es un monstruo ávido de almas para enviar al infierno; Dios es el Amor incondicional, el Único que está cuando todos se han ido, el que permanece al lado en la tribulación. Cuando la Iglesia ama, reproduce la puerta abierta que es Dios; amando, la comunidad eclesial abre una oportunidad al que no la tiene, al que no la esperaba, al que se daba por condenado. Por otro lado, el hecho de amarse los unos a los otros evita la negociación, porque lo absoluto es el amor, y lo demás se vuelve secundario, periférico o accesorio. Amando, no se negocia la vida de los pobres ni la exclusión de los discriminados. Se ama y punto; quien está dispuesto a abrirse a esa novedad, es bienvenido, y quien la rechaza, se autoexcluye, porque el amor está, pero sólo lo experimenta el que lo deja entrar a su existencia.

Pastoralmente, la otra gran preocupación de la Iglesia es cómo presentar no sólo el Evangelio del Reino, sino a su revelador, a Jesús. ¿Qué decir de un hombre que parece haber sido reducido a un judío profeta, itinerante, místico e inconformista de hace veinte siglos? Quizás convenga presentarlo desde esta dinámica de fidelidad al amor que lo llevó a permanecer convencido de Dios hasta en el peor momento. Cualquiera puede reconocer, hace dos mil años o ayer mismo, que la traición del amigo es demasiado dolorosa como para seguir confiando y creyendo. Pues bien, Jesús es ese que confió y creyó cuando los amigos lo traicionaban, y no contento con eso, los siguió amando hasta el final, sin renunciar ni rechazar las consecuencias de ese amor, en el peor de los casos para el que ama, que es no ser correspondido. Jesús es más que un judío gustoso de caminar; Jesús es el modelo de la humanidad nueva y plena, capaz de amar a pesar de los disgustos y las decepciones. La humanidad nueva puede transformar el mundo y las relaciones, puede soñar con la paz, con la dignidad igualitaria, con la justicia omnipresente, con el Reino de Dios. La humanidad nueva ama, y lo demás viene por añadidura.

La Hora de lavar los pies / Jueves Santo – Ciclo C – Jn. 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.” Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás.” Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.” Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.” Jesús le dice: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.” Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: “No estáis limpios todos.”

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 13, 1-15)

La celebración del Jueves Santo es, en su esencia, la celebración de la eclesialidad, de los fundamentos eclesiales. En este día (aunque por practicidad se está realizando en muchos lugares el miércoles) el Obispo de cada Iglesia particular consagra los óleos que se utilizarán durante el año, los óleos sacramentales. De más está decir que los sacramentos son el edificio de la Iglesia, la vía celebrativa que hace visible la relación de los cristianos entre sí y su relación con Dios. La lectura del Evangelio del día nos lleva a la última cena de Jesús con sus discípulos, y por ende, nos concentra en el sacramento de la comunión, alrededor del cual se congrega la Iglesia toda, diariamente, para comer el mismo pan y beber la misma sangre. En los primeros siglos, el Jueves Santo era también el día en que los penitentes de la cuaresma recibían la absolución comunitaria tras un camino de arrepentimiento. En una época donde la reconciliación sólo podía celebrarse una vez en toda la vida, este día era muy significativo en ese sentido. También hay eclesialidad allí porque el perdón se recibía en comunidad y el penitente se sentía incluido en una comunidad que perdona, una Iglesia de reconciliación. Finalmente, con el lavatorio de los pies, éste es el día del servicio. Este dato no es menor en la eclesialidad que celebramos. Si la Iglesia no sirve, no se hace esclava, no lava los pies, entonces no ama, no es Iglesia de Jesús. Si no sabe reproducir la entrega del Maestro, es porque no ha aprehendido nada. La Iglesia celebra hoy lo que quiere para Ella: ser servidora, dar la vida.

Si bien el texto elegido litúrgicamente pertenece al Evangelio según Juan, y si bien los sinópticos no conservan esta memoria, no son ajenos al mensaje de la perícopa. Lucas, el evangelista del Ciclo C, tiene un versículo interesante durante la última cena, unas palabras de Jesús a los comensales: “Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc. 22, 27). Los paralelos con lo leído hoy son elocuentes. El tema es el servicio; la paradoja está presente (el mayor es el menor, el Maestro y Señor lava los pies); el movimiento relacionado con la mesa también (Jesús, en lugar de estar a la mesa siendo servido, sale de ella para servir). La última cena, así, no es un evento aislado de la pasión, sino una dimensión más del hecho pasional, un acceso diferente, una lectura desde otro ámbito. En la última cena, Jesús ya se está entregando radicalmente, ya está anticipando y viviendo en presente la pasión.

Si quisiésemos esbozar una estructura de las acciones del Maestro en el gesto del lavatorio, tendríamos una distribución concéntrica:

A. Levantarse de la mesa

            B. Quitarse sus vestidos

                        C. Ceñirse la toalla

                                   D. Lavar los pies

                        C´. Secar con la toalla

            B´. Ponerse sus vestidos

A´. Volver a la mesa

El centro de la acción, por lo tanto, es el gesto de lavar los pies. Ese es el centro de la vida de Jesús: servir. Desde ese abajamiento (esa kenosis en término de Pablo a los Filipenses) cobra sentido su muerte y su vida. El por qué del comportamiento de Jesús es el lavatorio de los pies, o sea, es el amor. Este gesto servicial está ligado íntimamente al nuevo mandamiento del amor (cf. Jn. 13, 34). Lavarse los pies los unos a los otros es amarse los unos a los otros, pero no con cualquier amor ni con cualquier servicio; el modelo es el Cristo. Se trata de un modelo apasionado y radical, un forma amorosa de dar la vida, de entregarse, de salir de uno mismo para los otros. Esa expresión máxima se hace evidente en la cruz. Por eso en la estructura concéntrica que presentamos, se sale de la mesa y se vuelve, se quitan los vestidos y se recobran, pero la toalla parece quedar ceñida. El Maestro se la ata antes del lavatorio, pero nunca se nos narra que la desate. Jesús va a entrar en el servicio definitivo, el servicio de la muerte injusta por transmitir vida. No puede quitarse la toalla porque seguirá sirviendo; Él es el servidor eterno. La fuerza de esa disposición interna, la radicalidad de ese amor, encuentra su expresión literaria en el versículo introductorio. Jn. 13, 1 no es solamente el proemio a la escena del lavatorio; es el prólogo de toda la segunda parte del Evangelio. Clásicamente, la narración joánica puede dividirse en una primera parte (o Libro de los Signos) que va de Jn. 1, 1 a Jn. 12, 50, y una segunda parte (o Libro de la Hora) que va de Jn. 13, 1 a Jn. 20, 31. A lo que sucederá en esta segunda sección nos lo presenta Jn. 13, 1 con una serie de palabras de fuerte significado para la teología de Juan:

- Pascua: en el Evangelio según Juan se nombran, por lo menos, tres fiestas de Pascua. La primera es nombrada en Jn. 2, 13.23 y está relacionada con el incidente del Templo, cuando Jesús expulsa a los vendedores y cambistas y declara que el Templo ya no tiene validez, que ahora su cuerpo muerto y resucitado es el nuevo y verdadero lugar de adoración. La segunda Pascua está en Jn. 6, 4 y es sucedida por la multiplicación de los panes y el discurso sobre el pan de vida, haciendo notar que el modelo pascual antiguo es superado por el nuevo de comensalidad abierta y cuerpo y sangre del Mesías entregado. Finalmente, la tercera y última Pascua comienza en Jn. 11, 55 y Jn. 12, 1, con la resurrección de Lázaro, la entrada mesiánica a Jerusalén, y la aparición de los griegos que buscan a Jesús, en lugar de buscar el Templo. Esta Pascua de los judíos coincidirá con la Pascua de Jesús, que comienza en la última cena y hace un arco hasta la resurrección. Como vemos, todo el proceso de sustitución del judaísmo por el cristianismo tiene su clave de bóveda en la cruz y la tumba vacía. No se sustituye por capricho, sino porque las cosas han sido hechas nuevas.

- Jesús: la palabra Jesús aparece 158 veces en la primera parte del Evangelio (hasta el capítulo 12 inclusive) y es el término más frecuente para referirse al protagonista de la obra. Otras palabras, como Cristo (16 veces) o Mesías (2 veces) tienen muy poca presencia cuantitativa. El cuarto Evangelio está muy preocupado por demostrar, no sólo que Jesús es Dios, sino que es humano, luchando así, apologéticamente, contra las herejías fuertes que amenazan su comunidad. Por eso es importante que Jesús sea llamado por su nombre humano, por lo que lo define aquí en la tierra. En la segunda parte de su obra (desde el capítulo 13), la palabra sigue siendo la más frecuente para referirse al protagonista, apareciendo 93 veces. Cristo aparece sólo una vez y Mesías no figura.

- Hora: el tema de la Hora es importantísimo en Juan. Todo el libro está recorrido y signado por la Hora que ha de llegar o la Hora que ha llegado. En sí mismo, el concepto es una pieza fundamental de la teología joánica. Este pasaje entre la Hora que está por llegar y su llegada puede visualizarse con la lectura de Jn. 2, 4 (cuando en las bodas de Caná la madre de Jesús recibe la noticia de que no ha llegado aún) y la contraparte en Jn. 12, 23.27 (cuando Jesús, en una oración similar al Getsemaní de los sinópticos, asegura que ya ha llegado la Hora y que asume la Voluntad divina de que así sea). En el medio de este arco que une el principio y el final de la vida pública de Jesús, es imposible adelantar la Hora, o sea, es imposible apresarlo para darle muerte (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20). Jn. 13, 1 y Jn. 17, 1 confirmarán las afirmaciones del capítulo 12. Y Jn. 16, 25 relaciona la Hora con la revelación clara del Padre. Cuando llegue la Hora, dos tipos de características tendrá: unas involucran específicamente a los discípulos y otras son más generales. Dentro de las primeras, tenemos que los discípulos serán asesinados en nombre de Dios (cf. Jn. 16, 2) y muchos se dispersarán abandonado a Jesús (cf. Jn. 16, 32). En el segundo grupo, tenemos que cuando llegue la Hora no habrá un lugar específico de adoración, sino que se adorará al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn. 4, 21.23) y los muertos oirán la voz del Hijo para vivir (cf. Jn. 5, 25.28).

- Mundo: la palabra aparece 33 veces en la primera parte del Evangelio y 45 veces en la segunda. En los capítulos 16 y 17, durante el discurso de despedida de Jesús, cobra vital importancia. Aparece 8 veces en el capítulo 16 y 18 veces en el 17. En el mundo hay hostilidad, se mata al Maestro y se persigue a los discípulos, pero en el mundo se realiza la misión, y el mundo es salvado por Jesús. Esa tensión propia de la Iglesia es explicitada en el discurso de despedida porque es el discurso para los discípulos, el discurso para la comunidad eclesial.

- Padre: la palabra Padre aparece 73 veces hasta el capítulo 12 y 57 veces del capítulo 13 en adelante. Siempre, en sus apariciones, está en relación al Hijo. Jesús es el hombre en relación filial con Dios, el que conoce la intimidad de la divinidad, el que sale del seno de Dios para darlo a conocer, para revelarlo. Jesús es el gran revelador porque tiene una relación, eterna y pre-existente, que le hace el gran conocedor. Nada de lo que hace Jesús cae fuera de la órbita del Padre y de su Voluntad. Curiosamente, durante el capítulo 19 del libro, donde se narran los hechos centrales de la Pasión y la crucifixión, la palabra desaparece, para volver a hacerse presente en el capítulo 20, en boca del Resucitado. De esta manera, Jesús es también el gran Hijo fiel, que ante la aparente ausencia del Padre en la tribulación, permanece firme en el propósito de cumplir su Voluntad. Su relación es tan profunda y de tanta fe, que aunque todo indique lo contrario o incite al abandono, Él sigue creyendo y amando al Padre.

- Amor: sobre el amor abundan los Evangelios. En cuanto a Juan, nos limitaremos a citar cuatro versículos que pueden representar, de cierta manera, su teología del amor: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16); “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn. 3, 35); “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9); “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12).

Jueves Santo – Ciclo B – Jn. 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?» Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos». Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. (Jn. 13, 1-15)

El jueves santo es el punto intermedio entre el comienzo del triduo pascual y el final de la cuaresma. Es la tarde-noche donde Jesús cena por última vez con sus discípulos, instituye la Eucaristía y les lava los pies, así como la noche donde se angustia en Getsemaní, siente el abandono de sus más íntimos y es apresado. Estamos en un punto intermedio que nos deja mal sabor. Si bien durante toda la cuaresma el tema de la muerte rondaba y muchos personajes pergeñaban el arresto y asesinato de Jesús, hoy sentimos que no hay vuelta atrás, y lo sentimos con el mismo Jesús, conciente de la cercanía del final, presto a hacer la Voluntad del Padre. Los templos hoy suelen ser adornados con flores, hay una buena iluminación, se prepara la custodia para depositar el Santísimo, y en la sacristía aguardan las telas para cubrir las imágenes, acción que se verá acompañada de la denudación del altar. Estamos en el punto intermedio de la fiesta y el luto, de alegrarnos y entristecernos.

El jueves santo suele contar con dos celebraciones: por un lado está la Misa Crismal que tiene lugar en las catedrales, donde el centro son los santos óleos, y por lo tanto, el aspecto sacramental de la Iglesia; por otro lado, la Misa de la Cena del Señor, celebrada en las parroquias, donde se acumulan una serie de significados sacramentales:

- Sacramento eucarístico: la Iglesia tiene en esta noche el recuerdo vivo de la institución de la Eucaristía, y por lo tanto, la exaltación de la fraternidad. La Iglesia toda, reunida en torno al Maestro, hace de la comida un signo de comunión.

- Sacramento del servicio: Jesús lava los pies a sus discípulos y nos recuerda que si Él lo hizo, si se constituyó siervo, no podemos nosotros no hacer lo mismo. El sacramento eucarístico, justamente, cobra sentido pleno a la luz de la entrega de la vida por los otros.

- Sacramento sacerdotal: por ser el día eucarístico, es también el día del ministro eucarístico, del sacerdote, a quien la Iglesia le confía la enorme y santa tarea de presidir las celebraciones y consagrar, en nombre de Jesucristo, el pan y el vino. Es la noche para recordar que el sacerdocio sólo puede ser entendido a la luz de la Eucaristía.

- Sacramento del perdón: en la historia de la Iglesia, el jueves santo fue el día escogido para que los penitentes públicos recibiesen, tras cuarenta días de ayuno, la absolución. Era el día de la purificación comunitaria y la re-incorporación de algunos miembros a la comunión plena, como si se tratase de su segundo bautismo.

Para los Evangelios sinópticos, Jesús tiene la última cena con sus discípulos en la noche de la Pascua judía. Para Juan, en cambio, el día de la Pascua es el posterior a la cena (cf. Jn. 13, 1), es mañana, y por lo tanto, Jesús será crucificado, cronológicamente, en lugar del cordero pascual, pues como el Templo ya había sido suplantado por su persona durante el incidente del Templo y el resto del relato, ahora no existe otro lugar para el sacrificio más que el cuerpo del Señor, el cual se inmola en el altar de la cruz. En este caso, donde se permite la duda sobre a qué tipo de cena se refiere Juan en su texto (si la de Pascua o una cena cualquiera), aparece como dato histórico la práctica frecuente en Jerusalén de celebrar la cena pascual en dos o tres días. Era tanto el afluente de personas a la ciudad para la fiesta que el espacio físico no daba abasto, y si todos quisiesen comer la pascua el mismo día, no habría salones ni casas ni hospederías que pudieran alojarlos. Por eso, usualmente, algunos grupos cenaban la pascua el día antes al señalado y, luego, los otros grupos tomaban esos lugares para cenar el día indicado. Aferrándonos a esta salvedad, no es ilógico pensar que Juan relata la cena pascual celebrada un día antes con argumentos históricos, aunque sin dudas, la importancia de peso es la razón teológica.

Los versículos 1 y 3, como solemnes declaraciones, expresan el hecho teológico con vehemencia y sentimiento. El versículo 2 parece más una interrupción de propósito narrativo, cortando el aire grandilocuente para insertar al diablo y a Judas en contraposición a la actitud de Jesús. En primer lugar se nos presenta una cronología, de la que acabamos de hablar, situando la cena el día antes de la Pascua judía para que el cordero inmolado en la fiesta sea el mismo Jesucristo. Luego, podemos leer la palabra hora, vocablo significativo en el cuarto Evangelio. La primera mención está en la perícopa de las bodas de Caná, cuando Jesús dice a su madre que aún no ha llegado su hora (cf. Jn. 2, 4). Desde ese episodio hasta el de hoy, desde aquella comida a ésta, desde esa fiesta a la celebración actual, han sucedido muchas cosas. Se ha encontrado con una samaritana, y le ha dicho que llegará la hora en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23), ha dicho a los judíos que llegará la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios (cf. Jn. 5, 25), se ha escapado de quienes querían detenerle porque no era su hora (cf. Jn. 7, 30; Jn. 8, 20), y tras enterarse que los griegos lo buscaban, asegura por fin que ha llegado la hora de la glorificación (cf. Jn. 12, 23). Desde aquel adelantamiento de la hora en Caná al comienzo de la consumación de la hora, el Evangelio según Juan nos ha explicado cuestiones fundamentales sobre ese momento (el sistema templario desaparecerá, la muerte se transformará en vida y primará la universalidad) y la imposibilidad de que suceda antes o después de lo querido por Dios. La hora es una categoría teológica joánica que expresa la obediencia del Hijo, los planes del Padre y la plenitud de los tiempos. La obediencia del Hijo se refleja en su total y libre aceptación de la hora, los planes del Padre son designios salvíficos que no pueden interrumpir los hombres arrestando a Jesús antes de lo indicado, y la plenitud de los tiempos es la fraternidad universal de la hora que llega superando el Templo y la muerte.

Juan asegura, además, que la hora es el momento de pasar de este mundo al Padre. El verbo pasar nos remite inmediatamente a la pascua, paso del ángel exterminador quitando la vida de los primogénitos egipcios y paso de los israelitas por el mar al ser liberados. La hora de Jesús es su Pascua, su paso al Padre. El ángel exterminador, esta vez, no se llevará los primogénitos egipcios, sino al primogénito de Dios, y no habrá israelitas atravesando el mar, sino mortales atravesando hacia la vida eterna. Pasar de este mundo al Padre no es dejar atrás a los seres humanos, olvidándolos, sino pasar para salvarlos, para rescatarlos. No se trata esta vez de dejar atrás Egipto, sino dejar atrás la muerte de este mundo para llegar al mundo de vida del Padre que, finalmente, transforma esta realidad. Jesús es conciente, sabe que la hora de pasar es la hora del sufrimiento, de la angustia, por eso ha expresado antes: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn. 12, 27). La agonía de Getsemaní está resumida en esta frase del Maestro. Jesús termina aceptando la Voluntad del Padre porque ha venido para esto, toda su existencia estuvo encaminada hacia la Pascua. La hora no es un momento más, es el momento de la entrega definitiva, el sacrificio absoluto, el amor que ama hasta el extremo. Quizás, dentro del Nuevo Testamento, dos citas parecidas sean de las más fuertes emocionalmente hablando: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1) y “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2, 20). La primera encuentra en la segunda una explicación. El amor extremo de Jesús por los suyos lo lleva a la entrega de su propia persona, una entrega por amor. La hora de la glorificación es, ciertamente, Voluntad del Padre y obediencia del Hijo, pero no son voluntad ni obediencia al estilo autoritario humano, sino voluntad y obediencia de amor. El ritmo del plan salvífico, el momento de la hora, no es un frío cálculo de un Dios distante y matemático; es el latido del amor divino que ama extremadamente, que ama hasta la muerte.

Como sacramento anticipado de ese amor que se manifestará exuberante en la cruz, Jesús lava los pies de los discípulos. Esta tarea, habitual en un ambiente de desierto y polvillo, como signo de hospitalidad para el recién llegado, era realizada ordinariamente por un esclavo pagano, pues un judío no podía realizar esa labor degradante, ese trabajo propio de esclavos (cf. Lev. 25, 39). Lavar los pies a otro era menester muy indigno; tanto, que si bien los rabinos imponían a sus discípulos algunos servicios, les era prohibido exigirles que los descalzaran y lavaran sus pies. En ese contexto, el gesto de Jesús y la reacción de Pedro adquieren significado profundo. La expresión máxima de amor y servicio estará en la cruz, pero primero el Maestro realiza el gesto degradante de los siervos para transparentar la humillación a la que se somete por amor, y de esa manera, imponer como regla de vida de la Iglesia, el servicio. Jesús asume, también, en el lavado, la condición de los pobres, esclavos y sometidos, dándole al sacramento un grado de universalidad que, comenzando por los pequeños, por los últimos, alcanza a todos.

Hay tres cosas que el texto resalta como conocimiento de Jesús, como cosas que el Maestro sabía. Una es que había llegado su hora (cf. Jn. 13, 1), y otra que el Padre había puesto todo en sus manos (cf. Jn. 13, 3). El plan salvífico descansa en Él, y asume esa responsabilidad. La tercer cosa que sabe es que había salido de Dios y a Dios volvía (cf. Jn. 13, 3). En la estructuración del Evangelio según Juan se distinguieron siempre dos partes: el libro de los signos entre el capítulo 1 y el 12, y el libro de la hora desde el capítulo 13 hasta el final. La primera parte comienza con el prólogo del logos, aseverando su pre-existencia, su vida con Dios (cf. Jn. 1, 1) y su envío al mundo (cf. Jn. 1, 11); la segunda parte, como acabamos de mencionar, comienza aseverando que el Hijo ha salido del Padre (como el prólogo), y ahora agrega que debe volver. El libro de los signos es el descenso de Dios hacia los humanos, el libro de la hora es el regreso hacia la gloria. El Evangelio según Juan cubre, dinámicamente, todo el universo, desde arriba hacia abajo y, a la inversa, volviendo desde abajo hacia arriba. Es un amor total y universal que no quiere que nadie quede fuera. Es un amor en constante referencia al Padre, un amor que mira a los hombres y mujeres al tiempo que mira hacia Dios. Es un amor que desciende para subir, que se humilla para ser exaltado, que viene a los que lo necesitan para elevarlos. Es un amor difícil de comprender, un amor que Pedro no puede aceptar todavía. Jesús le dice que lo comprenderá más tarde (cf. Jn. 13, 7). En la cruz y en la tumba vacía se entiende el resto, en la muerte por amor extremo y la resurrección por amor extremo se encuentra la clave de Dios. Jesús nos lo revela (cf. Jn. 1, 18), y lo hace sirviendo.

El amor extremo nos suena a fanatismo. Ama extremadamente el fanático, el poco racional, el loco. Da la vida el sentimentalista, el necio, el poco previsor. En el mismo sentido, el mejor servicio es la dirección y coordinación, lograr avanzar profesionalmente, asegurarse un bienestar económico y una producción que aporte a la maquinaria capitalista. Bajo estos parámetros, Jesús sería el anti-ejemplo. Y sin embargo, es el ejemplo por excelencia, el modelo. Su amor extremo tiene poco de fanatismo, su servicio se opone fehacientemente a los cánones de diferenciación social. Pretende salvar el mundo con la entrega de su vida, y es el hombre más coherente que ha pisado la tierra. Entiende que cumplirá la misión que le ha encomendado el Padre muriendo. Es tan inconcebible para Pedro como para la mayoría de nosotros, hace dos mil años y hoy. Y sin embargo, su invitación es que hagamos lo mismo, que nos lavemos los pies los unos a los otros, o sea, que sirvamos, o sea, que demos la vida por aquello que significa la hora: por la desaparición de la opresión religiosa (la sustitución del Templo), por la universalidad (que todos sean hermanos), por la vida que vence a la muerte (la resurrección).

Quizás nos falta esa concepción de servicio. Quizás, y sobre todo para muchos misioneros, sea complicado el sentido martirial del servicio. Porque no es servicio cristiano (al menos no en el marco de la última cena) la misión asegurada, momentánea y de compromiso parcial. El servicio cristiano misionero es el que da la vida, literalmente, el que relativiza todo por un Reino sin opresión, sin muerte y universal. Ser mártir no es cosa del pasado. Miles de cristianos siguen siendo asesinados a causa del Evangelio. Y a nosotros parece no importarnos. Vemos el lavatorio de los pies como un gesto simpático, de un Jesús que hacía caridad con sus discípulos. El lavatorio de los pies es dramático, es un sacramento de un hombre que está a punto de morir asesinado, un hombre traicionado por uno de sus íntimos, un hombre que mira con los ojos de Dios, y por lo tanto, se opone al mundo. El lavatorio de los pies es Jesús explicando, de la manera más pedagógica posible, que ha despreciado su inmortalidad para ser clavado en la cruz, que se ha hecho siervo cuando es Señor, que se ha puesto a la altura del discípulo siendo Maestro. El lavatorio de los pies es Dios auto-donándose. ¿Cuánta de esa radicalidad del servicio estamos dispuestos a dar? ¿Cuánto de nosotros mismos somos capaces de donar, de dar?

¿Cuántas veces vimos la evangelización como un acto de superioridad? La misión, a veces, se hace desde arriba, sin descender, sin ser enviados a los nuestros. No nos permitimos lavar los pies de nadie, y aún así nos declaramos servidores del Reino. No nos permitimos dar la vida, y aún así nos atrevemos a llamarnos mártires. Puede que nos dé miedo amar en extremo; puede que lo consideremos inapropiado, insano. Amamos, sí, pero tenemos un límite, una frontera infranqueable. ¿Cómo vamos a dar la vida? ¿Y nuestra vida no vale nada? Jesús tendría algo que respondernos a esas preguntas, algo que seguramente nos escandalizaría. Probablemente, Él se quitaría el manto, se ceñiría con la toalla y comenzaría a lavarnos los pies. Podemos prohibírselo, o dejar que nos lave, luego hacer lo mismo nosotros, y tener parte con Él.