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Reino de Dios en los Evangelios / A propósito de la IV Juntada Teológica en Córdoba

El próximo fin de semana es la IV Juntada Teológica en Córdoba. Se aproxima el tiempo de re-encontrarse con amigos y charlar, amistosamente, del Reino, entre hermanos. Va para ir masticando una pequeña reseña sobre el Reino de Dios en los cuatro Evangelios. Siempre es bueno meditar sobre el Reino. Queda el texto a disposición en este domingo. Un abrazo grande.

a) Marcos

La predicación de Jesús se abre con la proclamación del Reino. Son las primeras palabras que pronuncia públicamente, las que determinan su misión: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc. 1, 15). Marcos será el único evangelista que hable de este tiempo cumplido. Es como si la historia hubiese colmado las expectativas, como si estuviese a punto de parir un nuevo comienzo. El tiempo se ha cumplido, ya no puede esperarse más. El Reino está cerca, cercano, accesible. Esa es la Buena Noticia (el Evangelio) que proclama Jesús. El Reino no está al final del camino, en un futuro muy lejano; está cerca. Los que se convierten al Evangelio lo hacen concreto. Para Marcos, el Evangelio es Jesús, que es el Cristo, que es el Hijo de Dios (cf. Mc. 1, 1). El Cristo como salvación, como mano amorosa de Dios que libera; el Hijo de Dios para hacernos hijos a todos y hermanos entre nosotros.

Paradójicamente, este Cristo Hijo de Dios es crucificado. No sería lo esperado. José de Arimatea aparece ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús y Marcos, quizás intencionadamente, recuerda que este hombre “también esperaba el Reino de Dios” (Mc. 15, 43). Podría tratarse de una ironía o un juego literario. José parece decepcionado porque esperaba el Reino como lo esperan los judíos, con majestuosidad, con una revelación final y bélica de Yahvé que destruya a los enemigos, y sin embargo, el agente mesiánico está muerto. Está planteada la paradoja: Dios instaura el Reino por un medio distinto al esperado tradicionalmente. Ya lo había anticipado profética y poéticamente el Maestro en la última cena con sus discípulos, cuando tomando la copa y pasándola, asegura que no volverá a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino (cf. Mc. 14, 25). Es la prefiguración de lo que ocurrirá: ya no habrá más vino hasta que el Reino se haga presente, hasta el nuevo orden de las cosas. Podría ser una especie de voto; se prohíbe Jesús del vino, se abstiene, como signo de que no puede celebrar estando el mundo como está. Habrá celebración cuando haya Reino de Dios. Aunque eso le cueste la vida. La privación del vino se convierte en realidad, porque esa misma noche es apresado y luego crucificado. Pero el vino nuevo también se realiza, porque la cruz es seguida por la tumba vacía y la nueva realidad del Resucitado.

Esta asociación entre el Reino y la vida entregada tiene su desarrollo más velado durante la narración y, especialmente, cuando Jesús camina con sus discípulos hacia Jerusalén. Durante este camino, el Maestro enseña las claves discipulares a sus seguidores; el camino de Galilea a Jerusalén es, metafóricamente, el camino discipular, camino de enseñanza profunda. Allí se relativiza todo a favor del Reino, que es lo absoluto, lo que vale la pena (cf. Mc. 9, 47). Entran al Reino los que se hacen como niños y los que entienden el Reino como lo entiende un niño (cf. Mc. 10, 13-16). Finalmente, para entrar al Reino hay que despojarse de las riquezas (cf. Mc. 10, 23-25). Cuando las comunidades cristianas vivan el Reino como absoluto, se hagan como niños y se olviden de las riquezas, entonces el Reino se hará más evidente en la historia. Pero si las comunidades cristianas no entienden esto, la plenitud del Reino se retardará, aunque, como la semilla que crece por sí sola (cf. Mc. 4, 26-29), el proceso seguirá adelante, porque no depende únicamente del ser humano, sino sobre todo de Dios. El Reino es un don divino, un regalo. Hay un proceso del Reino en la historia. Un proceso muy silencioso, pequeño, casi oculto. Pero da fruto. Muchos no se animan a dar la vida por el Reino porque no pueden verlo concreto y majestuoso; sin embargo, Marcos asegura que cada martirio, cada vida entregada por el Evangelio, es contribución a ese proceso de la semilla que no se ve, pero está.

b) Mateo

Mateo prefiere la expresión Reino de los Cielos antes que Reino de Dios, que sólo aparece 4 veces en su Evangelio. La mayoría de los comentaristas coinciden en que responde a la costumbre judía de evitar nombrar a Dios, porque su nombre es santo. Desde este aspecto judío de Mateo nos podemos expandir hacia las apreciaciones, también judías, sobre el Reino. Es muy probable que el autor de este Evangelio sea un judío que se convirtió al cristianismo, y muy probablemente un judío escriba, con mucho dominio de las Escrituras y una visión teológica acabada del Antiguo Testamento. Por eso tiene que dar una solución a la situación de Israel dentro de la historia de la salvación. Mt. 8, 11-12 es el logion que explica su visión de las cosas: el Reino era para el pueblo elegido, para Israel, pero como no se han comportado como hijos de Dios, han perdido la herencia, y vendrán otros pueblos y naciones para convertirse en herederos. El mismo tema retoma Mt. 21, 33-43 en la parábola de los viñadores homicidas: la viña del Reino es plantada para que Israel la cuide, pero Israel mata a los profetas y hasta mata al Hijo del Dueño, por lo que el Dueño les quita el Reino para dárselo a otro pueblo. De todas maneras, esto no significa un traspaso directo del Reino desde los judíos a los paganos. La situación está tamizada en la parábola de los invitados al banquete (cf. Mt. 22, 1-14) donde los primeros no asisten y la segunda camada cuenta con un comensal que no se ha puesto el traje de fiesta. La falta de ese traje es motivo suficiente para expulsarlo del banquete. De la misma manera, al Reino no se ingresa sólo por ser pagano o por ser judío, sino por tener el traje, o sea, por estar revestido de una manera, una forma de ser, acorde al Reino. Pero esta visión encuentra un complemento (o una complicación) en Mt. 21, 31: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Esto denota una inversión en la herencia del Reino. Dios mira otras cosas, sin fijarse en la nacionalidad, en la profesión o en el rótulo social (los publicanos y las prostitutas están dentro de la categoría de pecadores públicos). El Reino de Israel se expande a la universalidad y a la inversión de las escalas sociales. Este es el Evangelio del Reino (cf. Mt. 4, 23 y Mt. 9, 35).

Mateo tiene una mayor tendencia que Marcos a volver escatológico el Reino. Como si dos reinos luchasen hasta el final de los tiempos, conviviendo en el mundo. El Reino de los Cielos vive en el contraste con el reino del mal. Las parábolas del capítulo 13 reflejan esta situación del trigo y la cizaña (cf. Mt. 13, 24-30), de lo bueno y lo malo (cf. Mt. 13, 47-50). Será el juicio escatológico (cf. Mt. 25, 31-46) el que ponga punto final al contraste. Allí ocurrirá la separación definitiva entre lo bueno (propio del Reino) y lo malo. Este juicio no se basará en la nacionalidad ni en la sangre, no dividirá judíos de paganos, sino seres humanos cercanos al otro de seres humanos egoístas, desentendidos del prójimo.

Mateo es el único evangelista que, abiertamente, vincula a la Iglesia (con el término ekklesía) con el Reino de los Cielos. Según Mt. 16, 18-19, a través de Pedro, toda la Iglesia tiene las llaves del Reino. Decimos que toda la Iglesia porque Mt. 18, 18 amplía la frase dirigida a Pedro sobre atar y desatar a la comunidad entera. Entender el significado de las llaves del Reino es complicado. Las llaves son las que abren las puertas, y en la antigüedad, las llaves más importantes eran las de las puertas de las ciudades. La Iglesia, teniendo las llaves del Reino, tiene la responsabilidad de abrir las puertas del Reino, hacerlo más accesible, más cercano, más próximo. No debe convertirse en Iglesia al estilo de los escribas fariseos que cierran a los hombres el Reino (cf. Mt. 23, 13). Esa es la clave para entender el ministerio de las llaves confiadas a la Iglesia. Es una responsabilidad más que un privilegio. Porque si la Iglesia cierra las puertas del Reino a los seres humanos, se está poniendo en contra de su Maestro y se hace acreedora de la crítica de Jesús. La llave no es un poder para oprimir, sino para liberar, para universalizar. Por eso el destino final no es la Iglesia, sino el Reino. Mateo lo sabe (a pesar de ser el Evangelio más eclesial de los cuatro): “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt. 6, 33).

c) Lucas

En su obra, Lucas gusta de dividir el tiempo. Es un historiador, y como tal, separa las etapas de lo que narra. Hay un tiempo del Antiguo Testamento que llega hasta Juan el Bautista, último profeta del Israel de la primera alianza. Hay un tiempo subsiguiente que es el del Jesús histórico, caminando por Palestina hasta morir en la cruz y resucitar. La Pascua, justamente, separa del siguiente tiempo que es el tiempo de la Iglesia, de la comunidad impulsada por el Espíritu Santo. Dentro de la vida terrena de Jesús hay, también, una división temporal que se fundamenta en la acción del Reino de Dios y la acción del reino satánico. En Lc. 4, 13, al finalizar la escena de las tentaciones en el desierto, el autor advierte que el demonio se aleja de Jesús hasta el momento oportuno. A partir de allí, el Reino de Dios actuará por medio de Jesús de manera sorprendente. Pero en Lc. 22, 3 entrará Satanás a Judas y comenzará la hora de las tinieblas (cf. Lc. 22, 53). Es el momento más oscuro de la historia lucana. El reino satánico avanza hasta crucificar al Mesías. La resurrección echará por tierra este momento de las tinieblas para dejar asentado, eternamente, el poder del bien, el poder del Reino de Dios.

El Reino lucano es profundamente histórico. Se manifiesta, sobre todo en los pobres. La escena inaugural del ministerio de Jesús es su discurso en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc. 4, 16-30). Allí queda en claro cuál es el centro del Reino que predica: Evangelio a los pobres, liberación a los cautivos, vista a los ciegos, libertad a los oprimidos. El Reino de Dios se historiza cuando los pobres reciben la Buena Noticia, cuando los privados de la libertad se liberan y los que cargan pesadas cargas son descargados, cuando los ciegos ven, cuando los sordos oyen, cuando se acaban las relaciones esclavas. La descripción de la liberación que trae el Reino se amplía en el episodio en que Juan el Bautista, desde la cárcel, envía a preguntarle a Jesús si Él es el Mesías o hay que esperar otro (cf. Lc. 7, 18-23). Aquí agrega Jesús más signos evidentes del Reino de Dios: paralíticos que caminan, leprosos purificados y muertos resucitados. Sigue vigente la Buena Noticia anunciada a los pobres. Todas estas cuestiones son clave para Lucas, y suponemos, para la comunidad que lee su libro. Es un ayuda-memoria eclesial: el Reino pasa por los pobres, por los oprimidos, por los excluidos, marginados y enfermos. Lucas señala dónde debe ponerse la atención, para no desviarse en banalidades. La comunidad eclesial está íntimamente ligada a ese Reinado de Jesús porque, cómo Él, los discípulos son profetas y reyes (cf. Lc. 10, 24). Es interesante esta asociación en Lucas. Al Reino, típicamente figura de reyes, le agrega lo profético. El Reino de Dios es de profetas también, por eso la denuncia y la preocupación por la justicia social.

Si bien el Reino no está aquí ni allá (cf. Lc. 17, 20-21), el Reino está entre los seres humanos (cf. Lc. 10, 11). La expresión es complicada. La idea mucho más. Los pequeños gestos de liberación son gestos y realidades del Reino. El pobre liberado, el oprimido que deja de ser esclavos, son sucesos del Reino. Pero es imposible señalar el Reino con un dedo, o delimitar exactamente cuáles son los límites de la acción de Dios. El Reino lo engloba todo y lo supera. Pero a la vez está concreto en los pobres y marginados. Es un juego entre el Reino próximo y el Reino lejano, el Reino que está sin estar. Es una invitación a afinar la mirada. El Reino no va a aparecer gigante ante nosotros, como un imperio. Eso sería opresión. Para ser liberador, necesariamente el Reino tiene que trabajar desde lo pequeño y desde los pequeños. Hay horas de tinieblas y muerte, horas de cruz, pero viviendo en el tiempo de la Iglesia, que es tiempo del Espíritu Santo, la victoria está asegurada. El Reino de Dios ha prevalecido. Eso es lo que olvidamos muchas veces. Lucas lo recuerda de manera vehemente: el Reino ya está, ahí entre los pobres y oprimidos. La Iglesia no puede desentenderse de ellos porque se desentendería de Jesús.

d) Juan

Tras comentar los Sinópticos es complicado abordar el tema del Reino de Dios en el Evangelio según Juan. La expresión aparece sólo en el diálogo con Nicodemo (cf. Jn. 3, 1-21). Allí se habla de ver el Reino de Dios y de entrar en el Reino de Dios. Los dos verbos, aunque distintos para nuestro razonamiento occidental, están vinculadas para la literatura oriental y para el estilo joánico. Ver tiene que ver con creer. El que aprende a ver es el que aprende a reconocer la persona de Jesús. Quien reconoce a Jesús como lo que es, entra al Reino, inmediatamente. Para Juan la escatología no es en un futuro, sino ahora mismo, en el presente. Hay una escatología realizada. Cuando alguien acepta a Jesús o lo rechaza, está aceptando o rechazando el Reino, que significa aceptar o rechazar la salvación o la vida eterna. Esta asociación entre salvación, vida eterna y Reino permite comprender mejor la teología joánica. El Reino de Dios es otra manera de hablar de esa vida abundante que trae Jesús (cf. Jn. 10, 10). El Reino es vida plena, por eso es necesario renacer para ver y entrar al Reino. La vida plena se obtiene por un nuevo nacimiento desde arriba, desde el agua y desde el Espíritu. Este renacimiento abre los ojos para reconocer a Jesús como Hijo de Dios y Salvador.

El Reino en Juan está muy ligado a lo espiritual. Por eso aparece la expresión en el capítulo dedicado a la teología del bautismo y a la acción del Espíritu que sopla donde quiere. El Espíritu de Dios que conduce a la verdad plena (cf. Jn. 14, 26) empuja al ser humano a ver con los ojos de la fe a Jesús. Este conocimiento de Jesús es conocimiento del Reino. La persona de Jesús es la mejor concreción del Reino de Dios. Para Juan no hay separación entre la aceptación de Jesús y la aceptación del Reino. Jesús supone y da sentido al Reino. Puede ver y entrar al Reino quien capta el Espíritu de Jesús. Esta es la superación del cristianismo frente al judaísmo cerrado que representa, en un principio, Nicodemo. El Reino se liga a Jesús, no a una herencia sanguínea o a una tradición o a una ley. Es la persona del Hijo de Dios la que vincula a los seres humanos todos respecto al Reino de su Padre. Por eso pasamos de un Jesús rey de Israel en los inicios del Evangelio (cf. Jn. 1, 49) a un Jesús rey universal en la cruz, con un cartel que declara su reinado en tres idiomas (cf. Jn. 19, 19-20); los tres idiomas del mundo conocido. Es el rey de los judíos, pero por ello, rey universal. En la paradoja de la cruz se asienta el Reino de Dios. Cuando los poderes terrenales celebran la victoria y el aplastamiento del plan divino, en realidad están celebrando en vano, porque el Hijo se hace verdaderamente rey del mundo muriendo como muere, en la defensa del Reino. Es el Espíritu Santo el que permitirá a los discípulos y a las generaciones cristianas siguientes, reconocer que el Crucificado es el Rey, y que para entrar al Reino hay que dejarse sorprender por el Espíritu que sopla donde quiere.

Una economía a prueba de pobres / Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 6, 24-34 / 27.02.11

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.

Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. (Mt. 6, 24-34)

Continuando con el sermón del monte del Evangelio según Mateo, la liturgia dominical nos acerca al final del capítulo 6 del libro. El tema de la perícopa seleccionada parece ser la providencia y la actitud del ser humano frente a ella. En este caso, providencia tiene mucho que ver con el Reino de Dios. Quizás, normalmente estemos acostumbrados a pensar los dos conceptos por separado. Una cosa sería la providencia, aquella bondad divina que nos proporciona medios de subsistencia, y otra cosa sería el Reino de Dios, realidad escatológica de plenitud de la Creación. Como si la primera tuviese lugar en la línea histórica que nos ocupa, y lo segundo, el Reino, estuviese al final del camino. Pertenecerían a dos etapas diferentes. Jesús, en cambio, las unifica: quien busca el Reino y la justicia, encuentra la providencia. Otro juego de conceptos se revela aquí: hay cosas centrales y cosas periféricas, que no tienen el mismo valor y que si no sabemos diferenciarlas, nos llevan a tomar malas decisiones. El centro es el Reino y la justicia del Reino; lo demás es periférico. Quien opta por lo central está afectando lo periférico, aunque no se dé cuenta de ello inmediatamente.

Bajo esas ideas se desarrollan las palabras de Jesús. Mateo las ha conservado todas juntas en esta sección; Lucas las ha dividido un poco en Lc. 12, 22-31 y Lc. 16, 13. Como siempre hay modificaciones, pero responden a una fuente común, que los estudiosos denominan la fuente Q. En Mateo, particularmente, el contexto de su auditorio judeo-cristiano lo lleva a elaborar modismos literarios acordes a sus destinatarios, como por ejemplo la inclusión del término justicia. En Mateo, lo justo y la justicia son tópicos clave, como corresponde a un hebreo. Cumplen la justicia (son justos) los que se suman al proyecto de Dios que es el Reino. Son bienaventurados los que desean que se concrete el Reino (cf. Mt. 5, 6) y los que soportan persecuciones por ser leales a ese Reino (cf. Mt. 5, 10). No se trata de una justicia exterior, litúrgica, cultual, como la de los escribas y fariseos, que aparentan (cf. Mt. 5, 20); es una justicia que se realiza sin esperar recompensa (cf. Mt. 6, 1), que trae las demás cosas por añadidura (cf. Mt. 6, 33), que es lo más importante de la Ley (cf. Mt. 23, 23). Se busca la justicia cuando se entrega la vida a la utopía divina de un mundo pleno. Por eso José, esposo de María, es un justo (cf. Mt. 1, 19), y también Abel, el hermano de Caín (cf. Mt. 23, 35), y quien recibe a un justo se hace justo (cf. Mt. 10, 41). Son los que no ponen obstáculos al desarrollo del plan de Dios, y por ende, son los que confían en la providencia, no pasivamente, de brazos cruzados, sino esperando confiados. A los justos les corresponde el Reino de Dios, no por sus méritos con los que se lo habrían ganado, sino porque el Reino llegó a ellos al no encontrar obstáculos; sus vidas se hicieron Reino.

Una característica del justo del Reino es que ha elegido a su Señor. Su Señor es Dios, no el dinero. La frase con la que iniciamos la lectura de hoy, y que también está en Lc. 16, 13, tiene una estructura concéntrica que se respeta en las versiones de ambos evangelistas:

a. Ninguno (ningún criado) puede servir a dos señores;

b. porque aborrecerá a uno y amará al otro,

b´. se apegará a uno y despreciará al otro;

a´. no se puede servir a Dios y a Mamón.

Los dos extremos de la frase se corresponden, son sentencias. En el centro hay dos afirmaciones muy similares que explican y dan la razón de las sentencias. No se puede tener dos señores porque la lealtad a uno de ellos termina siendo irreal. En el caso de Mamón y de Dios no hay compatibilidad, son señores opuestos. Sobre el término Mamón no está bien claro su origen. Algunos lo adjudican al fenicio mommon que significa beneficio, utilidad; en arameo, ni la Biblia en hebreo ni la traducción griega lo conservan; el Nuevo Testamento lo conserva como palabra aramea, y su significado directo puede ser ración, alimento, provisión, depósito o prenda. En definitiva, siempre se trata de posesiones materiales, de bienes capitales. Con el tiempo, estos bienes se transforman en una figura, un poder personificado que representa al dinero, a las riquezas. En este sentido lo utiliza Jesús. Mamón es un dios, el dios de las riquezas. El ser humano puede convertirse en siervo de este dios, hasta el punto de entregarle su existencia. Cuando eso sucede, Yahvé ha sido desplazado.

Pero la cuestión no termina aquí. Este dios de las riquezas es falso, y por ser falso, no libera, sino que esclaviza. Mamón exige estar pendiente de él, intentando aumentar los bienes, mantener un status social, comprar lo último, lo mejor. Jesús repite el verbo merimnao en cinco ocasiones (versículos 25, 27, 28, 31 y 34), que en griego significa afanarse, estar ansioso. Cuando nos dominan las riquezas, aparece la preocupación exagerada por lo material, que conlleva una ansiedad enferma. Esa ansiedad esclaviza al ser humano, que no puede ser libre para hacer tal o cual cosa. La sobre-preocupación por la comida, por el vestido, por el día de mañana, en cuanto estas cosas representan lo económico, causa enfermedad. Jesús, experto observador de la naturaleza, hace notar que los pájaros del cielo se alimentan sin cosechar ni acumular en graneros (típicas actividades económicas humanas), y que los lirios del campo están vestidos majestuosamente sin ser reyes (figura social típicamente asociada a las riquezas). Si los pájaros y los lirios son tratados así por la providencia, cuánto más lo serán los varones y mujeres. Recordemos que en la región mediterránea del Siglo I, sobre todo en la zona de Palestina, dos cuestiones eran vitales para la humanidad: el honor y la subsistencia. En este pasaje, Jesús se está refiriendo a la subsistencia. Para los oyentes ricos, estas palabras son una bofetada, un llamado enérgico de atención. Para los oyentes pobres, para los campesinos de Galilea, estas palabras son una esperanza. A la preocupación diaria de subsistir, de conseguir los bienes materiales necesarios, Jesús opone/propone la visión del Dios Padre y del Reino. Es una visión idílica, pero real y necesaria. El mundo no cambia ni se salva desde la acumulación de capitales, sino desde la confianza en Dios y el cumplimiento de la justicia, que consiste en no oponerse al proyecto del Reino. Hay que confiar, dice el Maestro. No confiar ciegamente; de eso no se trata la fe ni la esperanza. Hay que confiar desde el compromiso activo con la providencia; ese compromiso implica no tranzar ni negociar con las riquezas.

Jesús no elabora un modelo económico como lo hacen los grandes economistas de Harvard que despliegan por el mundo el neoliberalismo. Esos modelos no tienen en cuenta a los seres humanos. Se diseñan en oficinas suntuosas, entre intelectuales de saco y corbata, sin consultar a los pobres. Lo que Jesús trae, en cambio, es una actitud de vida. Y eso que trae está gestado en el seno de los pobres, en Galilea, en los campos. Jesús puede hablar de economía porque vive la vida de los pobres; ¿quién mejor que alguien como Él? ¿A quién creerle más: a Harvard o a Jesús? El lema del mundo (el lema que está sumiendo al mundo en pobreza) es que el mercado manda. Traducido en términos bíbicos: Mamón manda. Si es así, entonces Yahvé, el Padre de Jesús, ha quedado en algún cajón escondido. No es una dicotomía vieja, de hace dos mil años. Aún hoy vale preguntarse a quién servimos, quién nos quita el aliento, quién consume nuestras vidas, qué tipo de existencia llevamos.

En la macro-economía interviene Harvard y sus genios. En la micro-economía interviene nuestra posición respecto a los bienes. ¿Estamos ansiosos, desesperados por el mañana? ¿Estamos pendientes de acumular? ¿Y qué hacemos con el hermano que, en lugar de acumular, sólo puede endeudarse? La crítica a la acumulación como sistema mesiánico de la economía es que se basa en la deuda de otros. Unos pueden aumentar su capital siempre y cuando otros lo disminuyan. Desde esos endeudados es que habla Jesús, desde la experiencia del que gana lo justo para la comida diaria, y hasta menos. Son ellos los que sostienen el sistema injusto, no por propia decisión, sino por opresión. Sin los endeudados, nadie podría acumular de más. Es en ellos que debemos pensar cuando proyectamos modelos económicos. Esto está más allá del capitalismo y del socialismo como polaridades que absorben las posibilidades de construir la sociedad. Esto se trata de seres humanos; la economía que no se piensa desde los seres humanos es una mentira, una falacia. Para nuestro día a día vale lo mismo: si pensamos nuestros bienes desde nosotros, desde el egoísmo, entonces nos mentimos; si los pensamos desde el endeudado, desde el prójimo en miseria, cambia la perspectiva. El pobre es el que determina qué hacer con los capitales, no los dueños del capital, que a la larga, en la mirada del Pentateuco, de los Profetas y de Jesús, no son los verdaderos dueños, pues todo pertenece a Dios, y Dios quiere que todo sea de todos. Distribuir la riqueza es, en definitiva, más que un objetivo político o el motivo de una campaña electoral, hacer la justicia del Reino.

Manual de sociedades perfectas / Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 5, 38-48 / 20.02.11

Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo. (Mt. 5, 38-48)

El texto que la liturgia nos propone es la continuación de lo que leímos el domingo anterior. Terminamos aquí de desarrollar las seis antítesis sobre la palabra de los antepasados, de la tradición, y la Palabra de Jesús. Este fragmento en particular contiene, quizás, una de las partes más conocidas del sermón del monte fuera del ámbito específicamente cristiano. Junto con el Padrenuestro (cf. Mt. 6, 9-13), probablemente, sean los versículos que un poco conocedor del Evangelio según Mateo puede llegar a conocer, indirectamente. La ley del talión, amar a los enemigos y poner la otra mejilla son sentencias cortas que la humanidad identifica, aún sin declararse cristiana. Por eso los versículos que leemos en la liturgia de este domingo necesitan de un contexto que los contenga y que les dé explicación. Hay mucho riesgo de desvirtuar estos textos por una falta de comprensión de las situaciones anteriores y contemporáneas a su redacción que le dan explicación. Este riesgo no es sólo del poco conocedor del cristianismo. Los cristianos encuentran en el final del capítulo 5 de Mateo una frase que los perturba, y que puede complicarles la vida si no saben contextualizarla: ser perfectos como Dios. Mucha discusión hay al respecto; si se trata de un ideal para mantenernos caminando hacia la meta, si Jesús verdaderamente creía que los seres humanos podíamos se perfectos, si lo propone como hipérbole, si miente concienzudamente, si es la proyección de su personalidad divina, etc.

En vistas a estos problemas hermenéuticos, comenzaremos con la ley del talión, la ley del ojo por ojo y diente por diente. Como podemos comprobar fácilmente, talión no aparece en el texto bíblico. Es un vocablo que procede del latín talis y que significa tal como. Se puso ese nombre popular a la ley porque proponía un castigo tal como había sido la falta. La legislación está contenida en Ex. 21, 23-25: “Pero si sucede una desgracia, tendrás que dar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión”, y repetida con leve modificación en Lev. 24, 19-20 y Dt. 19, 21. Es una ley atestiguada en la gran tradición del Pentateuco, por tres libros. El origen y la intención son limitar la venganza. Suponemos que, antes de la ley, cuando alguien agredía a otro, golpeándolo, era posible que la devolución de la agresión terminase en un homicidio. A las claras, la pena por el golpe inicial no se correspondía con el castigo impuesto. ¿Cómo resolver este problema? Al rescate viene la ley del talión, intentando igualar y hacer más justo el castigo. Es una iniciativa judicial a la manera de código penal. Nos cuesta entenderlo porque en nuestros sistemas penales, el castigo es la prisión o la multa, pero eso no quita que sigamos actuando según el tal como. En nuestros códigos, a un robo de tales características le corresponde tanto tiempo de prisión; si el robo es con otras características, le corresponde otro tiempo u otro tipo de prisión. Nuestro sistema penal intenta ser justo, y la ley del talión, para su época, también. La violencia existe, y Dios sabe que el mejor camino es el amor, pero no por eso hará oídos sordos a lo que sucede en la realidad. Una realidad que la historia bíblica remonta hasta Lamec (cf. Gn. 4, 19-24), descendiente de Caín, quien se adjudica la venganza por mano propia, cuando la venganza era propiedad de Dios desde que había decidido proteger a Caín para que nadie le haga daño (cf. Gn. 4, 15). Obviamente, Jesús propone volver al ideal original, donde la ley del talión no sería necesaria porque las relaciones estarían basadas en algo muy distinto a la venganza. Dos ejemplos de los que pone Jesús para explicitar su posición son significativos; uno se entiende desde las leyes judías, el otro desde las leyes romanas. Sobre la túnica y el manto existen unos versículos en el Éxodo que dicen lo siguiente: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes que se ponga el sol, porque ese es su único abrigo y el vestido de su cuerpo. De lo contrario, ¿con qué dormirá? Y si él me invoca, yo lo escucharé, porque soy compasivo” (Ex. 22, 25-26). O sea que el manto no puede tomarse por orden expresa de Dios. Si alguien toma el manto de otro, Dios se hará presente para defenderlo. Por otro lado, la túnica era la vestimenta clave, que sólo es quitada a los esclavos (cf. Gn. 37, 23). Si alguien hace juicio por la túnica, evidentemente está yendo más allá de los límites, está pidiendo la dignidad del otro, pues quiere dejarlo desnudo. Para Jesús hay que darle no sólo la túnica, sino el manto que Dios prohíbe retener. Esta exageración se repite en el ejemplo del que pide acompañamiento por una milla romana (aproximadamente un kilómetro y medio, 1536 metros). Eran los soldados romanos los que podían obligar a cualquier transeúnte a llevar su carga por una milla. Ese privilegio puede estar en el fondo de la obligación que imponen a Simón de Cirene para que lleve la cruz (cf. Mt. 27, 32). Jesús duplica la apuesta: si un soldado romano pide que la cruz sea llevada una milla, hay que llevarla dos millas. Eso es muy chocante para un judío. Y la propuesta en general es muy chocante para cualquier persona.

Pero Jesús no se queda ahí. También dice que hay que amar a los enemigos. Su referencia a la palabra dada a los antepasados sobre amar al prójimo y odiar al enemigo se encuentra en Lev. 19, 18, pero parcialmente, porque sí se dice expresamente que el prójimo debe ser amado, pero nada sobre odiar al enemigo. Para entender por qué llega Jesús a esa conclusión, que no es errónea, hay que entender la separación que plantea el Antiguo Testamento: existe el prójimo (réa en hebreo) que es el israelita; existe el forastero (gér) que es el extranjero que se hizo israelita por decisión; y existe el extranjero (nokri) que vive en otro país. El libro del Levítico manda amar al prójimo (cf. Lev. 19, 18) y al forastero (cf. Lev. 19, 34), pero nada sobre el extranjero. Jesús deduce y entiende por el ámbito en el que vive, que el extranjero es un enemigo odiable, y que no hay obligación moral para con él. Como el proyecto del Reino de los Cielos rechaza cualquier tipo de separatismo, Jesús rechaza esa legislación de odio. Los cristianos no tienen mérito si continúan en ese nivel de la ley. El mérito está en saltar las barreras, en acercarse al lejano.

El mérito cristiano encuentra su reflejo en la acción de Dios. Es del Padre de quien tenemos que aprender cómo actuar. Él hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Si Él no hace diferencias, ¿por qué hacerlas nosotros? ¿Por qué creernos los buenos o justos? La idea de Dios como modelo está patente en Lev. 19, 2 como idea de santidad: “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”. Seguramente, basado en este concepto, Jesús propone ser como es Dios Padre. Aquí la tradición difiere entre Mateo y Lucas. Mientras el primero invita a ser perfectos como es perfecto Dios, Lucas exhorta a ser misericordiosos como es misericordioso Dios (cf. Lc. 6. 36). Esta diferencia reside en las distintas perspectivas teológicas. Lucas hace mucho hincapié en la misericordia divina durante su relato, y por lo tanto, considera que la esencia del Padre es esa misericordia que se expresa plena en Jesús. Para Mateo, en el marco del sermón del monte, la perfección del Padre es lo que inspira intentar vivir su utopía de la ley del amor. A ciencia cierta, ni Levítico ni Lucas ni Mateo están diciendo cosas opuestas o diferentes. La santidad de Dios es su perfección y, en definitiva, su ser santo y su ser perfecto se explican desde su esencia de amor. Si el mérito cristiano es reflejar a Dios, entonces el mérito cristiano es el amor. Amando nos hacemos santos y perfectos.

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Comentando esta lectura de hoy, Xabier Pikaza lee tres mundos/sociedades posibles: una sociedad de publicanos que se aman en clave de negocio económico y se ayudan para triunfar juntos; un sociedad de paganos que se saludan/respetan entre sí, se protegen y hacen triunfar su proyecto social sobre la tierra; una sociedad judía que se ama entre sí para mantener el proyecto religioso-nacional. Ninguna de estas sociedades es plena, porque se agota en sí misma. Lo que Jesús propone es la verdadera plenitud: una sociedad de primacía del amor, una sociedad sin venganza, una sociedad donde no es necesario separar entre compatriotas y enemigos. Es una propuesta social difícil de digerir, difícil de llevar a la práctica.

Esto demuestra que el Reino de Dios es más concreto de lo que muchos piensan. Si fuese un mero concepto teológico abstracto, entonces nos quedaríamos en los aires, meditando su belleza, soñando con su realización en el futuro lejanísimo de lo apocalíptico. Pero como es concreto, nos desafía a construir una sociedad diferente, y al darnos cuenta de lo lejos que estamos de ese ideal y de lo dificultoso que nos resulta, comprobamos que nos interpela en lo concreto. Quien ha leído con una mano en el corazón el capítulo 5 de Mateo no tiene otra pregunta más que cuestionarse por qué estamos como estamos, por qué no podemos llevar adelante la utopía del Reino y tener un mundo mejor, con sociedades de hermanos. La misma Iglesia es llamada a preguntarse por qué no es una Iglesia mejor, por qué a veces actúa como sociedad publicana, otras veces como sociedad pagana y otras tantas como sociedad nacionalista judía.

Jesús quería aportar a la construcción de la sociedad. No entendía la religión como algo que estaba por una lado, en un estanque cerrado, y por el otro lado la vida de la gente. El cristianismo tiene una contribución específica para lo social: el Reino de Dios. Es una contribución perfecta en cuanto su vara de medida es el amor, y el amor es santo y perfecto. A la Iglesia de cada época le corresponde replantearse las maneras de hacer llegar esa contribución perfecta a todos los estratos. Nosotros, por ejemplo, tenemos que dialogar con la post-modernidad, con las democracias, con las tecnologías, con los países catalogados de subdesarrollados, con el panorama religioso plural. Son cosas de nuestro tiempo que requieren la realidad apta para todos los tiempos: el Reino del amor a los enemigos.

Bienaventurados los que cambian el mundo / Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A – Mt. 4, 25 – 5, 12 / 30.01.11

Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. (Mt. 4, 25 – 5, 12)

Las bienaventuranzas son uno de los textos evangélicos que más líneas han suscitado en el mundo y en la historia. Se las aborda espiritualmente, para rezar con ellas, como modelo de vida cristiana, como propuesta social, como utopía del Reino, como reinterpretación del Antiguo Testamento, como novedad jesuánica, como programa misionero. Se llega a ellas desde distintas fuentes y distintas perspectivas. Algunos buscan, sinceramente, su significado último y su referencia al resto de la vida de Jesús. Otros, por el contrario, buscan la manera de endulzarlas y desprenderlas de su contexto para que digan lo que ellos quieren que digan. Algunos predicadores han conmovido y movido a la conversión a multitudes a partir de este texto. Otros han justificado órdenes sociales injustos con la promesa de que al sufrimiento de hoy, Dios lo quiere para retribuirlo en el futuro. Las bienaventuranzas son un texto fácil y complicado, pero ciertamente, se trata de unas líneas que no dejan a nadie en punto neutral.

La reconstrucción de la historia del origen de estas palabras es discutida. Además de Mateo, es Lucas quien las conserva. Obviamente, hay diferencias entre ambos. Mientras Lucas sitúa el discurso de Jesús en un llano (cf. Lc. 6, 17), para Mateo es en un monte. Lucas enumera cuatro bienaventuranzas (cf. Lc. 6, 20-23) a las que corresponden cuatro malaventuranzas (cf. Lc. 6, 24-26), mientras que Mateo enumera ocho o nueve (de acuerdo a la clasificación del estudioso de turno) sin las malaventuranzas. Y, quizás, la discordancia que más debate genera es que Mateo habla de pobres en espíritu cuando Lucas se refiere, directamente, a los pobres. Algunos biblistas sostienen que lo primero en existir fue una colección de logias, o sea, una colección de palabras, sentencias y frases de Jesús, probablemente recopilados en lengua aramea, reunidos a partir de tradiciones orales sobre sermones del Maestro o discusiones con fariseos. Esas colecciones habrían sido fuente para los capítulos 5 al 7 de Mateo y para el sermón de la llanura de Lucas, ambos escritos en griego. Según esta hipótesis, más allá del paso del tiempo, tendríamos a nuestro alcance secciones medulares del mensaje del Jesús histórico. Quizás, una especie de resumen de su Evangelio del Reino. No podemos aseverar que las bienaventuranzas fueron dichas todas juntas. Puede que, en distintos momentos de su existencia, Jesús haya sentenciado quiénes eran los bienaventurados de su Padre, y luego, las comunidades fueron agrupando estas sentencias hasta formar el conjunto que tenemos actualmente. Recordemos que hay más bienaventuranzas sueltas en los textos de Mateo (cf. Mt. 11, 6; Mt. 13, 16; Mt. 16, 17; Mt. 24, 46) y de Lucas (cf. Lc. 1, 45; Lc. 7, 23; Lc. 10, 23; Lc. 11, 28; Lc. 12, 37.43; Lc. 14, 14-15). Esto nos da el indicio de que Jesús utilizaba la expresión con una cierta frecuencia que llevó a los autores evangélicos a reproducirla.

Ahora bien, al focalizarnos en Mateo, tenemos que ampliar la mirada hacia la estructura general de su libro, para comprender qué papel juegan las bienaventuranzas en el sitio que les ha correspondido en la redacción final. Indagando el Evangelio, podemos determinar cinco secciones que coinciden en su frase inicial, en su frase final, y en la modalidad del contenido (discursivo a modo de enseñanza). Estas secciones comienzan, respectivamente, en Mt. 5, 2; Mt. 10, 5; Mt. 13, 3; Mt. 18, 3 y Mt. 24, 2, con alguna variante del verbo decir: y abriendo su boca, les enseñaba diciendo; y les ordenó, diciendo; y les habló muchas cosas en parábolas, diciendoy dijo; tomando entonces la palabra, Él les dijo. A la par, cada sección culmina, respectivamente, en Mt. 7, 28; Mt. 11, 1; Mt. 13, 53; Mt. 19, 1 y Mt. 26, 1 con la misma construcción gramatical: y sucedió que cuando Jesús terminó estas palabras; sucedió que cuando Jesús terminó de dar instrucciones; y aconteció que cuando Jesús hubo acabado de decir estas parábolas; y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras; aconteció que cuando Jesús terminó todas estas palabras. De esta forma, el autor delimita cinco discursos de Jesús que enseña sobre algún tema. El primer discurso (Mt. 5, 2 – 7, 28) es el conocido sermón del monte, con una enseñanza para la vida cotidiana, sobre las actitudes cristianas. El segundo discurso (Mt. 10, 5 – 11, 1) es misionero, son las instrucciones para los discípulos enviados. El tercero (Mt. 13, 3 – 13, 53) es el discurso de las parábolas, en definitiva, el discurso sobre el Reino de Dios. El cuarto discurso (Mt. 18, 3 – 19, 1) es eclesiológico, dirigido hacia la comunidad y sus relaciones, su manera de vivir y de ser Iglesia. Finalmente, el quinto discurso (Mt. 24, 2 – 26, 1) es escatológico, es el pequeño apocalipsis sinóptico con el agregado mateano de las parábolas afines al tema tratado y la imagen del juicio final a las naciones. Estos cinco discursos emulan a los cinco rollos (libros) que conforman la Torá (nuestro Pentateuco): Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Para la tradición judía, fue Moisés el autor de los cinco libros. Por lo tanto, siguiendo la temática de sus primeros capítulos, Mateo está asegurando que Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo pastor y guía de su pueblo, Israel. Por eso, a diferencia de Lucas, el sermón es dado desde el monte, y no desde el llano. Como Moisés que sube al monte Sinaí para recibir las tablas (cf. Ex. 19, 10-20), Jesús sube al monte (no se especifica cuál, justamente para reforzar el simbolismo) para dar la nueva ley, la ley del Reino. La diferencia es que Moisés le da la ley a Israel solamente, pero Jesús la universaliza, según Mt. 4, 25 que nombra a multitudes que vienen de la Decápolis y de la Transjordania, territorios gentiles.

Las bienaventuranzas, por ende, son mensajes universales. Están arraigadas en el Antiguo Testamento, en el lenguaje judío, pero se expanden hacia todos los varones y mujeres del mundo. Son una utopía, un deseo y un aliento que no se queda entre pocos, de manera elitista. Las bienaventuranzas son universales. Lo que debe quedar claro es que, a pesar de dirigirse a todos, no todos pueden ser abarcados en ellas. No todos están dispuestos a tomar el modelo que ofrecen. ¿Y cuál es este modelo? Recordemos que están incluidas en el discurso sobre la actitud de vida cristiana. Esta actitud, según los capítulos 5 al 7 de Mateo, se fundamenta en una ley de amor que entiende la religiosidad como una manera de afrontar la existencia teniendo presente a Dios en lo cotidiano, más allá de ritualismos y cultos que pueden enmascarar una hipocresía social. Por lo tanto, las bienaventuranzas se han de leer y comprender desde esta perspectiva de amor. ¿Son un mensaje de opio para los pueblos? ¿Son una invitación a mantener las situaciones injustas hasta que llegue el final de los tiempos con la resolución de Dios? De seguro que no. Ya de entrada, la primera de las bienaventuranzas está en tiempo presente. De los pobres en espíritu es hoy mismo el Reino de los Cielos (recordamos que, en lenguaje de Mateo, Reino de los Cielos es el equivalente al Reino de Dios de los otros evangelistas). No es una promesa para mañana, sino una constatación de la realidad. ¿Y cómo entender, entonces, a los pobres en espíritu? En esta frase, la traducción es fundamental. Usar la palabra alma, por ejemplo, como traduce la versión litúrgica, es un error gravísimo. El concepto que expresa el texto no tiene nada que ver con el alma. En griego, los manuscristos dicen ptochos pneuma. El ptochos es el pobre más pobre, el que está obligado a mendigar por su pobreza. Pneuma es el término para el espíritu; en este caso, para el espíritu del ser humano, o sea, para su fuerza vital, para aquello que lo impulsa. No estaría mal entender, entonces, a los pobres en espíritu como los pobres por decisión propia. Son los que se hacen pobres por una opción que surge de su fuerza vital. Han elegido la pobreza, su espíritu los impulsó a ser pobres. Esto concuerda mucho más con el sermón del monte que si hablásemos de pobres espirituales. Los pobres por decisión son aquellos que han elegido el camino del hermanamiento haciéndose hermanos en la pobreza de los más desprotegidos y azotados por el sistema económico. Jesús no avala el orden social que genera pobres; esos son pobres por decisión de otros, y Jesús rechaza esa pobreza. Al contrario, considera digna del Reino a la pobreza de los que la eligen a favor de sus hermanos. De ellos es, ahora mismo, el Reino, como lo es de los perseguidos por causa de la justicia. Para ambos es la misma recompensa debido a que están conectados en su opción de vida. Luchar por la justicia y hacer pobre por los pobres es, en el fondo, una misma lucha encarada desde distintos ángulos. En la misma línea puede leerse la bienaventuranza sobre los mansos que heredan la tierra. La idea está tomada del Salmo 37, donde se habla de aquellos que heredarán la tierra en herencia: los que esperan en el Señor (Sal. 37, 9: qavah yhwh), los desposeídos (Sal. 37, 11: anaw, también traducido como mansos), los benditos (Sal. 37, 22: barak), los justos (Sal. 37, 29: tsaddeq). Como vemos, entre los que heredarán la tierra están los desposeídos, los sin-tierra, que pueden traducirse como mansos. Con la bienaventuranza, inspirada en este salmo, también se puede hacer lo mismo. Los mansos no son aquellos pacientes que no hacen nada hasta que Dios se manifieste. Son los que esperan en el Señor, confiados y activos. Estos que esperan son, sobre todo, personas que no tienen tierra, que se las han quitado, que las tuvieron que vender, que se endeudaron con ellas. Pues bien, Dios les dará la tierra, porque la tierra es de Dios, y todos tienen derecho a la porción que les dé comida y sustento.

¿Se puede seguir sosteniendo que las bienaventuranzas avalan el orden social injusto y lo justifican? Claramente que no. La actitud de vida del cristiano es modificar la injusticia para que el Reino que conocen los que luchan por la justicia y los que se hacen pobres por opción, sea una realidad para los desposeídos, los que lloran, los afectados por la iniquidad, los misericordiosos, los de corazón puro y los que trabajan por la paz.

Navidad en palabras de amigos

Dejo dos textos, de dos amigos, dos compañeros de milicia, dos cristianos (en un mundo donde ese título es difícil de aplicar a conciencia a alguien). El primero es de Lucas (primera foto), el segundo de Josías (segunda foto). ¡Feliz navidad!

♫♫Que los cumplas feliz, ♫♫

♫♫ que los cumplas feliz, ♫♫

♫♫ que los cumplas, ♫♫

♫♫ Jesús querido, ♫♫

♫♫ que los cumplas feliz. ♫♫

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Y que yo sea parte de tu felicidad.

Y que mi vida sea motivo de tu alegría y honor.

Y que no me deje atrapar por los Gordos navideños del dios Mamón,

y que rechace el consumismo que no me llena,

y que el amor y la bondad no sean ficciones de fin de año.

Que todas mis fuerzas estén concentradas en vivir como viviste,

en sentir lo que sentiste mientras caminabas entre nosotros,

en dolerme con seres humanos y con ellos celebrar tal como lo hiciste vos.

Que mi vida te haga nacer de nuevo, como un villancico.

Y que cumplas muchos más.

El nacimiento de alguien.

Eso es Navidad. “La gente en realidad aprovecha para chupar y tirar cuetes”.

Si, y está bien. Pero nunca está de más ver el lado positivo de esta cultura cristiana que fue absorvida por el capitalismo de occidente. (por ende, de cristiana solo tiene la cáscara).

El día de ayer, 22 de diciembre de 2010, se condenó a Carcel común y perpetua a algunos de los torturadores y asesinos de la última dictadura en la Argentina. Ellos decian defender “nuestro estilo de vida”, y que lo hacían en “una guerra justa contra los terroristas marxistas”.

Al igual que ellos, hace 2 mil y pico de años, un gobernador se enteró de que iba a nacer un rey que traería libertad al “pueblo de Dios” (se malinterpretó y se creyó que era solo a los judíos). La cosa es que este Rey, era Dios. Entonces el gobernador, ni lento ni perezoso, decidió matar a todos los niños que nacieran, para poder “defender el estilo de vida del imperio romano” y mantener la paz que la dominación por las armas había conseguido.

Obviamente, el Rey que era Dios, no murió. Porque se fué a otro país, exiliado político.

Este Rey vivió algo muy parecido a lo que vivieron miles de argentinos. Lo que este Rey no pudo ver, mientras estuvo en la tierra, fué a ese gobernador ser juzgado por la justicia. Algunos argentinos y argentinas, ayer lloraron de emoción. No se alegraban de que “pagaran esos asesinos” (como pretenden hacernos pensar algunos fantasiosos troskistas que por dentro estan llenos de odio y violencia), en realidad lloraban porque una herida en su vida comenzaba a cerrar. Ahora veríamos si los perdonamos, o si los odiamos o si lo olvidamos… Lo emotivo viene después de la justicia.

Y este Rey, que era Dios, vino a hacer justicia. Pero no del tipo de justicia barata como esta republicana moderna, una justicia real. Dió alimento a los pobres, sanó las enfermedades de los enfermos, cuidó a las viudas y a los huérfanos (¿les suena H.I.J.O.S. o Madres de plaza de mayo?), no hizo distinciones entre extranjeros o locales, hombres o mujeres, niños o adultos, ricos ni pobres, salvos o pecadores… y además, pagó con su vida la ideología que sostenía. Nunca agarró a palos a nadie, nunca anduvo en la clandestinidad, nunca hizo acuerdos en el senado (porque el partidismo es para corrupción) como la Cinthia Hotton que se hace la honesta y trabó la aprobación del presupuesto que entre miles de cosas, va para la asignación universal para niños que viven en la pobreza como el pequeño niño Jesús que nació en un establo.(¡Pero que bien!, ella tiene la conciencia limpia) Esos egoísmos no son para Navidad. Esos egoísmos no son de seguidores del Cristo (que significa que admito que ese Jesús era Dios, lo resumo con una sola palabra).

Ese Jesús vino a traer justicia. Vino a traer equidad. Eligió para ello nacer entre los humildes, que es donde Dios siempre está. El quiere la dignidad de los hombres y en la carencia material está la primera tarea a resolver. Para eso, se encargó de la parte difícil, que es la parte espiritual. Pagó el crimen de la humanidad frente a Dios, sufrió el castigo en su carne. Hizo justicia, fué a la muerte en lugar de todos nosotros por los crímenes de lesa humanidad que constantemente nos hacemos a nosotros mismos, estamos absueltos frente a Dios. La parte posible y 100% realizable se las deja a los seguidores suyos que casualmente, son los que se oponen al “estilo de vida” de estos militarotes; son casualmente los que como Camilo Torres, Angelelli, el Che y Jesús mismo recorren sus países ayudando al pobre hasta dar su vidas por el bien de las mayorías. Todos estos “terroristas marxistas” no hacen otra cosa que defender una idea, es la misma, pero Carlitos Marx la resume con genialidad:

“El fundamento de la crítica irreligiosa es que el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre.(…) Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es su propio mundo, Estado, sociedad; Estado y sociedad que producen la religión, conciencia tergiversada del mundo, porque ellos son un mundo al revés. La religión (…) es la realización fantástica del ser humano, puesto que el ser humano carece de verdadera realidad.”

Por eso les digo a todos los religiosos, no importa en que fantasía crean, esto se trata de tener los pies en la tierra. Que vergüenza que tenga que venir del cielo un Dios a enseñarnos a vivir como humanos, con los pies en la tierra…
Crean o no en Jesús, sepan esto: es hora de que nazca la justicia en nuestra tierra, de que nazca la humildad y de que nazca la compasión entre los hombres. Basta de estos militarotes (incluído Perón) que quieren organizar el mundo cortando cabezas enemigas y regalando cosas a los amigos (es indistinto amigo de quién sea)… no señor, la verdadera vida crece cuando el pueblo riega su futuro con su sudor y con sus lágrimas. Entonces cosecharemos el vino y el pan, para reír y disfutar que estamos vivos.

festejar la navidad, es festejar que lo que nace es lo que nosotros engendramos. Hagamos con amor un mundo mejor.

No sirve el amor para mañana / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 21, 5-19

Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”.

Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. (Lc. 21, 5-19)

Como ocurre en cada final de los ciclos litúrgicos, nos concentramos en las palabras más apocalípticas de Jesús. Los estudiosos llaman apocalipsis sinóptico a los textos conservados por Marcos, Mateo y Lucas como discurso del Señor sobre los últimos tiempos. En Marcos lo encontramos en su capítulo 13, en Mateo en el capítulo 24 y en Lucas en el capítulo 21. De cualquiera de las tres maneras, nos encontramos en la sección final de la vida narrada del Maestro. Por lo tanto, este texto no puede entenderse sin todos los capítulos previos de cada Evangelio. Es imposible interpretar las frases de este Jesús apocalíptico sin tener en cuenta el mensaje total jesuánico. Porque, convengamos, la primera impresión al tomar estas perícopas es que ha sido un rejunte de sentencias, más o menos históricas, sin demasiado nexo entre sí. Algunos biblistas postulan como teoría la existencia, anterior a Marcos, de un panfleto elaborado por grupos entusiastas del regreso inminente de Jesús. Este panfleto, probablemente redactado entre los años 40 y 60 d.C., habría sido tomado por Marcos, quien le produciría modificaciones propias de su teología. Mateo y Lucas adaptarían para sus libros la adaptación marquiana. En estos sucesivos pasajes, cada uno elegiría lo conveniente y agregaría lo necesario para su época y su comunidad.

Lucas es quien más en claro deja la situación. Para él, una cosa es la destrucción de Jerusalén y del Templo (sucedida en el 70 d.C.), y otra muy distinta es el fin del mundo. En todo caso, ambos acontecimientos forman parte del devenir de la historia de la salvación, pero eso no significa que uno implique al otro en lo inmediato. Recordemos que Lucas es el evangelista más histórico, en el sentido que intenta trazar etapas dentro de una gran historia universal de la salvación. Hay una etapa propia del Antiguo Testamento, una etapa de Jesús y una etapa del Espíritu Santo y la Iglesia. El resumen de las tres etapas es la venida del Hijo del Hombre (cf. Lc. 21, 27). Resumen porque la historia, sin ser circular, se resuelve a la manera del Reino. La venida del Hijo del Hombre es la llegada de un estado de bienestar y justicia, un punto de respuestas para el caminar humano. En el Reino, la mesa será compartida, la justicia social se instaurará, no habrá males ni enfermedades ni calamidades. En el Reino consumado, Dios es la manifestación total del amor que lo envuelve todo y no deja lugar a dudas. Durante el tiempo que corresponde a la historia, es obvio que habrá catástrofes, guerras, pestes y hambre generalizada. Las hubo y las seguirá habiendo mientras dure el peregrinar humano sobre la tierra. No se pueden ver allí signos de la venida inminente del fin del mundo. Eso lo ven los falsos profetas, los que se auto-denominan Cristo sin serlo y los predicadores apocalípticos. Contra ellos advierte Jesús. Ellos son los engañadores. El texto griego lucano menciona el verbo planao, que puede traducirse como engañar o descarriar, pero también como seducir. Y es que los mensajes sobre un posible fin del mundo son seductores; de eso se aprovechan muchísimos para llenar sus templos. A las masas les encanta oír lo desgraciado que es el futuro, sobre todo cuando el futuro es inmediato y los damnificados resultan ser los otros.

Pero lo curioso es dónde pone el énfasis el texto lucano; y es lo que sigue a continuación, a partir del versículo 12. Antes de que se acabe el mundo, habrá persecución para los discípulos, juicios injustos y hasta martirio. Veamos el contexto de tribulación en detenimiento, con la traducción más literal posible:

a) Les pondrán las manos encima y los perseguirán: los discípulos son perseguidos, porque no es suficiente expulsarlos de algún lugar, sino también ir detrás de ellos hasta apresarlos. Se trata de una cacería, propia de las religiones declaradas ilegales en el Imperio Romano y de las sectas rechazadas por el judaísmo. Convengamos que el autor tiene, como motivo inmediato, la hostilidad romana frente a un movimiento que declara Rey a una persona distinta al César, y la hostilidad judía frente a un movimiento que avasalla las instituciones clásicas y pilares del judaísmo. En este último punto vale detenerse a analizar cómo el texto lucano asume la destrucción del Templo de Jerusalén como un hecho que tiene sentido en la historia salvífica, y al tener sentido, parece un hecho deseado por Dios. Creer que el Templo tenía la necesidad de ser destruido, es una acusación teológica muy grave. Para un judío, pensar que caería la Casa de Dios es imposible, pues demostraría a ciencia cierta que Dios no es tan poderoso ni es el único Dios. El Jesús lucano, en cambio, no se escandaliza del Templo que cae sin dejar piedra sobre piedra. Es más, parece desear que ese Templo caiga porque la Casa de Dios es más grande, más universal, y porque institucionalmente, Jerusalén ya no representaba la esencia de Yahvé, no lo revelaba como verdaderamente es. Tamaña declaración sólo puede ser realizada por alguien que ve la historia en perspectiva y proyección. Y gracias a esa mirada, también entiende que la persecución a los discípulos es esperable en el desarrollo de la historia.

b) Los entregarán a las sinagogas y guardias: cuando sean apresados durante la persecución, los discípulos serán llevados a comparecer ante dos instituciones, la religiosa y la civil. Las sinagogas harán el juicio judío, mientras que las guardias romanas conducirán a los apresados al calabozo y a su posterior enjuiciamiento civil. De una u otra manera, el Evangelio parece ser molesto para los representantes de los poderes. Aquellas herramientas de sostén del sistema, de conservación del orden, se oponen al poder de la Buena Noticia que atenta contra los sistemas establecidos y contra el conservadurismo. Las dos expresiones, de echar las manos encima y ser entregados, aluden, en primer lugar, a una situación de desvalidez, donde el discípulo parece solo, hasta sin la ayuda de Dios (más adelante veremos que no es así), y en segundo lugar, recuerdan lo que será la pasión del Cristo. Es a Jesús a quien primero le echan mano en Getsemaní (cf. Lc. 22, 54) para ser entregado al Sanedrín (juicio religioso) y a Pilato (juicio civil).

c) Los arrastrarán hasta reyes y gobernantes: esta afirmación es interesante. Se supone que el discípulo lleva un mensaje de implicancias políticas, de lo contrario, no tendría razón su comparecencia ante reyes y gobernantes, representantes de la organización civil. Es interesante porque muchas tendencias espiritualizantes de la evangelización promulgan la no interferencia en asuntos de la política. Tal postura contradice el martirio de los inicios del cristianismo; martirio que comienza en Jesús, crucificado en la pena capital romana, que continúa con el apresamiento de Pablo al final de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 25-28), que se continúa con las comunidades cristianas que mueren por órdenes de los Emperadores. Los discípulos son arrastrados hasta las máximas instancias del poder para dar argumento sobre la Buena Noticia que predican. Los poderes terrenales prefieren las malas nuevas, las calamidades que asustan, el terrorismo. La Buena Noticia de liberación es un problema para ese sistema que quiere asustar, porque la liberación se trata de lo opuesto al temor, se trata de la fe en la potencia del Dios que vence al mal.

d) Por causa de mi Nombre: la causa, en definitiva, es el Nombre de Jesús, que es el Cristo, que es el Hijo de Dios. Hay persecución, hay tribulación, hay calabozo, hay juicios y enfrentamientos con reyes y gobernantes, porque se habla de una Persona que es capaz de molestar. Si se hablase de banalidades, de trivialidades, de cosas sin importancia, seguramente no pasaría nada; no habría tribulaciones, no habría calabozo, no existiría la persecución ni ningún cristiano sería llevado a juicio. Pero todo esto existe porque hay un Nombre que altera el orden establecido, que altera el presente. La razón por la que el discurso escatológico de Jesús no puede leerse sin contextualizarlo en su presente, es porque la Buena Noticia no es buena en un futuro, sino excelente ahora mismo. La liberación no es para mañana, sino para hoy mismo, ahora, ya. Jesús no es un personaje revolucionario del pasado ni una figura de leyendas antiguas. Jesús inspira por su actualidad, por su presencia resucitada constante.

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Como la historia lucana tiene sentido en Dios, en este caso, las tribulaciones y las persecuciones tienen sentido para dar testimonio. La palabra en griego para el testimonio es marturion, de donde se deriva mártir. De más está explayarse sobre el significado profundo de este término en la tradición cristiana. El mártir es el que da testimonio radical, hasta el extremo, hasta la muerte. Y la muerte es su último y más grande manera de proclamar la Buena Noticia. Sólo quien cree de verdad que Cristo es la Pascua, que en la muerte no se acaba todo, es capaz de dar la vida sinceramente. No es morir por una causa o por una ideología, sino por la certeza de conocer el misterio de Dios, que es misterio presente. No es morir por un futuro idealizado en el Paraíso, sino morir para cortar la injusticia presente.

Los mártires no son dementes que sueñan con los pies fuera de la tierra. Al contrario, los mártires son discípulos capaces de tener el cuerpo fijo entre los pobres, como columnas ante la injusticia. Lo importante de la vida martirial está en que la muerte acontece como consecuencia lógica de la vida. No es una muerte aislada, solitaria, perdida en un anuario oficial martiriólogo. La muerte de los mártires es la clave hermenéutica de su vida. Son los que han entendido plenamente la escatología de Jesús. Saben que no pueden perderse en meditaciones trascendentales sobre la forma del infierno, del purgatorio o del cielo. Eso no contribuye en nada, no cambia el mundo, no instaura el Reino. La escatología de Jesús es la escatología del ahora, la que consume la vida por una utopía de justicia, verdad y libertad. La escatología se hace carne en esta tierra, en el Nombre de Jesús. Los mártires son los que no reniegan de una Persona que altera, molesta y sigue vivo, a pesar de los intentos por asesinarlo, borrarlo o desaparecerlo. Justamente, por no renegar, los han martirizado.

El sueño de Dios debe ser una Iglesia de mártires. Una comunidad de discípulos que dan testimonio hasta el punto de desangrarse por el Evangelio. Es un sueño osado, muy pretencioso. Sin embargo, Jesús recuerda que Él estará siempre presente con las palabras de sabiduría, y también el Espíritu Santo (cf. Lc. 12, 11-12). La Iglesia escatológica es la del Dios presente, no la del Dios del futuro; es la Iglesia que se preocupa hoy por los pobres y hoy por la injusticia, y no espera una solución mágica que baje del cielo. Es la Iglesia que emplea el grueso de su tiempo en reproducir el camino de Jesús de Nazareth entre leprosos y publicanos, en lugar de organizar jornadas de espera del Hijo del Hombre que baja glorioso en la nube. ¿A quién podemos esperar si no somos capaces de comprometernos con los que están? ¿Qué futuro planeamos recibir si el presente se nos escapa de las manos? Una Iglesia de mártires es una Iglesia cansada de las tribulaciones, de las persecuciones y de las cárceles, pero es una Iglesia con tanta esperanza, que la muerte no la asusta, sino que la fortifica.

Separados o encarnados / Fiesta de Todos los Santos – 1 de noviembre

La palabra que designa la santidad en hebreo es qadosh, cuya raíz está vinculada a cortar, separar. Por eso la primera afirmación es que lo santo es lo separado, lo segregado, lo reservado, en este caso, para Dios. Es santo el templo porque está dedicado a Yahvé, es santo el sacerdote porque está dedicado al culto de Dios. La fuente de esa santidad está en el mismo Señor. Él es tres veces santo (cf. Is. 6, 3), como expresión del superlativo hebreo; o sea, Dios es totalmente Santo, es el más santo de todos. Esta condición intrínseca a la divinidad determina que Dios esté separado de los seres humanos y que no sea manipulable. Separado por la cuestión natural y pragmática de que, por ejemplo, nadie ha visto a Dios; no manipulable porque, en su separación, se vuelve difícil asirlo y moldearlo a voluntad. En esta mirada teológica, lo positivo es que queda bien en claro que a Yahvé no lo puede manejar la magia ni los caprichos humanos; Yahvé es autónomo y lo suficientemente libre para hacer y deshacer. Lo negativo de esta visión es el posible muro que puede levantarse entre lo espiritual y lo material, casi contraponiéndose. Si lo santo está separado, entonces no puede convivir entre lo profano, y si lo hace por razones de fuerza mayor, se debe establecer una reglamentación que permita detener la contaminación.

En muchas oportunidades, cuando Jesús discute con los fariseos, la cuestión es esa: pureza y santidad. El nombre de los fariseos proviene de ferushim, término que, según algunos estudiosos, posee doble acepción: separar y explicar. Separar en el sentido que estamos comentando y explicar por la práctica farisea de comentar la Ley y ser rabinos/maestros. Los fariseos habían elaborado una serie de disposiciones legales que buscaban asegurar la clara separación entre lo puro y lo impuro. Ellos, por supuesto, en su estricta observancia de estas reglas, eran puros. El resto del pueblo, ignorante, siempre caía en la impureza por no respetar alguna de esas reglas. En base a esta separación, se establecía una superioridad farisea. Por ser los auto-designados santos, se encontraban un escalón por encima y miraban con desprecio a los demás. A ellos les dirige Jesús la parábola del fariseo y el publicano en el templo (cf. Lc. 18, 9-14), introduciéndola Lucas con la siguiente oración: “Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola”. Los que se tenían por justos/santos, creían que los otros eran menos dignos, menos queridos por Dios.

El Evangelio, de punta a punta, busca romper dos concepciones arraigadas en la sociedad judía y, hasta hoy, en nuestras sociedades. La primera es la idea de que para ser santo hay que separarse completamente de lo material. La segunda es que Dios ama más a los justos que a los pecadores. Para Jesús, la santidad está en la encarnación en el mundo material, y particularmente, en el mundo material pobre. Allí se vive la santidad y cobra sentido la condición de tres veces santo de Dios. En medio de los que nada tienen, el amor se experimenta con una gratuidad inusitada, y ese amor gratuito (gracia) nos revela a Dios, debido a que la esencia de lo divino es el amor (cf. 1Jn. 4, 8). Para ser santo hay que acercarse a la fuente de la santidad, y no precisamente desde el aislamiento temeroso de lo profano, sino desde lo profano que ha elegido Dios para revelarse amoroso. Jesús, encarnado en el mundo de los pobres, dice y hace cosas que demuestran a su Padre. Jesús, encarnado, se hace uno con el pobre, ofreciendo a cualquier ser humano en cualquier época en cualquier parte del mundo, la posibilidad de contactar íntimamente con Él al dar alimento, vestimenta, hospedaje, alivio o visita a un pobre, tal como sentencia “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 40). Allí está el meollo de la evangelización, entendida desde la definición que da Jesús de su propia misión: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10), porque “no son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios ama a todos por igual, y por eso se esmera en llegar a los que las Iglesias consideran menos santos; la evangelización es buscar lo perdido, no conformarse con lo encontrado.

La Fiesta de Todos los Santos debiese ser la oportunidad de encontrar modelos de santidad en los profetas encarnados de nuestros tiempos; aquellos que, anónimamente, dan la vida en medio de los pobres, aunque les cueste la excomunión de la santa iglesia oficial.

El Dios que convierte lo pervertido / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 18, 9-14

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. (Lc. 18, 9-14)

Los fariseos aparecen sistemáticamente en el Evangelio según Lucas. Principalmente, entre los capítulos 5 y 7, luego entre los capítulos 11 y 19, con presencia continuada. Para muchos estudiosos de la vida de Jesús, es imposible comprenderlo a Él sin el movimiento fariseo. Para algunos, Jesús era fariseo, para otros pertenecía a un partido completamente opuesto. Para otros tantos, su mensaje evangélico es heredero del farisaísmo con modificaciones pequeñas y sustanciales. Quizás, uno de los mejores resúmenes a este problema esté en Mt. 23, 3: “Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan [escribas y fariseos], pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt. 23, 3). Lo que Jesús critica es la hipocresía de algunos que se consideraban más justos que el resto del pueblo, y las reglas que, devenidas de ese sentimiento, creaban una separación social deformando la relación con Dios. La doctrina farisea no es totalmente errónea ni mucho menos, pero si el espíritu que la impulsa es la comercialización con Dios y la división entre justos e injustos, entonces no es compatible con el Evangelio. Seguramente, Jesús sentía cierta afinidad por algunos grupos de fariseos, lo cual explica, paradójicamente, sus enfrentamientos; si hay tanta interrelación entre el Maestro y ellos, es porque se encontraban en varios puntos. Esa cercanía da conocimiento, y ese conocimiento permite la crítica. Jesús come con fariseos, pero no por eso deja de remarcar lo que considera una perversión de la religión.

El texto de hoy comienza aclarando a quiénes se dirigirá la parábola. Hay algunos que se tienen por justos y desprecian a los demás; ellos son los que tienen que prestar más atención. El concepto de justo en el Antiguo Testamento es simple y complejo a la vez. La raíz tsaddaq (justo, justicia) se encuentra 523 veces en todo el Antiguo Testamento; de ellas, 139 veces en los Salmos y 94 en los Proverbios. Estos dos libros, justamente, hacen mucho hincapié en la cualidad de justo de Dios y en el personaje israelita creyente, designado como justo. El Salmo 112 establece algunas características de esta condición: es justo el que teme al Señor y se deleita con sus mandamientos, el que presta con generosidad y no es fraudulento en los negocios, el que tiene el corazón firme en el Señor, el que reparte sus bienes entre los pobres. Esta definición, no obstante, tiene un componente peligroso, porque el mismo Salmo asegura que el justo abundará en riquezas y sus hijos dominarán el país. Encontramos allí una doctrina de retribución. Por las obras buenas recibe una recompensa terrenal económica. Por dar dinero a los pobres, se aumentan sus riquezas. Por no ser fraudulento en los negocios, su descendencia domina al resto. Explícitamente, la justicia conllevaría un estado de bienestar material. Esto da pie a la negociación con Dios. Si ser justo trae beneficios, entonces no tendría sentido no serlo. La vocación de la justicia no estaría en el prójimo, sino en un egoísmo disfrazado que espera las regalías. De esta confusión reniega Jesús. El sentido último de hacer justicia es el otro, no yo mismo. Si soy justo por mí, entonces estoy a un paso de la hipocresía, porque entiendo los mandamientos del Señor como hoja de instrucciones para llegar al premio. Deleitarse en los mandamientos de Yahvé no es cumplirlos a rajatabla para cobrar el galardón. Deleitarse es saborearlos, entenderlos, degustarlos en la belleza que tienen; y la mayor belleza de los mandamientos está en el amor. La justicia es una obra de amor. Algunas concepciones teológicas que consideran como atributos opuestos la justicia de Dios y su misericordia son limitantes. La misericordia divina implica la justicia; lo justo es una expresión más de Dios, que es todo Amor.

Por la tergiversación en el sentido de la justicia es que muchos fariseos predicaban la limosna, por ejemplo, pero no la realizaban como verdadero acto de amor al prójimo, sino buscando la recompensa divina. La limosna era el pequeño sacrificio para obtener un beneficio mayor: riquezas. Y así como nombramos la limosna, tenemos el ayuno, el diezmo y la oración. Justamente, la parábola que leemos hoy está estructurada de acuerdo a estos tres últimos ejemplos. Uno de los protagonistas es un fariseo orando y alardeando de su ayuno y su diezmo. Está presentando el recibo de lo que Dios le adeuda. Pero como si esto fuera poco, duplica la apuesta. Según su oración, él no es como los demás seres humanos. No es, según el original griego, jarpax (rapaz), adikos (sin derecho), moicos (adúltero) o telones (publicano). Todo lo contrario. Él ayuna dos veces por semana cuando la Ley lo exige un solo día al año, para la Fiesta de la Expiación (cf. Lv. 16, 29-31; Lv. 23, 27-29; Num. 29, 7), y paga el diezmo de todas sus entradas cuando la Ley sólo exige la décima parte de lo que produce la tierra (cf. Lv. 27, 30) y la décima parte del ganado (cf. Lv. 27, 32). En tanto y en cuanto el fariseo cree hacer de más, supone que Dios le retribuirá también de más.

El publicano está en el otro extremo de la oración. Los dos oran de pie, porque esa es la posición judía para la oración. Pero no alardea de supuestas buenas obras ni muestra el recibo de sus actos. Su oración es desde la distancia del arrepentimiento y con los ojos sin levantar, en signo de humildad. Reconociéndose pecador, se siente indigno de llevar la frente en alto. No saca a relucir otra cosa que su propia condición humana. En su oración lleva lo que es, no lo que hace. No viene a exigir ni a comparar. Su expresión está inspirada en el Salmo 51, a la vez inspirado en la situación de arrepentimiento del rey David tras su pecado con Betsabé y la recriminación del profeta Natán (cf. 2Sam. 11-12). No hay más que una oración para el arrepentido: que Dios tenga piedad. Así como David, a pesar de sus pecados, es el rey predilecto de Yahvé, este publicano vuelve a su casa justificado. El secreto de ambas situaciones está en la capacidad de arrepentirse y pedir perdón. Hojeando la historia de David en el Antiguo Testamento, a cualquiera le puede surgir la válida pregunta sobre por qué es presentado como modelo de fe cuando sus méritos no son tan notorios como sus grandes pecados. Y es que David es modelo de arrepentimiento. Su profunda comprensión de Dios proviene de su profunda comprensión del perdón que proviene de Dios. El fariseo de la parábola cree tener todo el conocimiento sobre lo divino; cree saber cómo manejarse ante el Supremo; cree que la dinámica consiste en presentar la nota de buenas acciones para recibir la paga. Y la realidad es que no ha entendido nada. El que verdaderamente es un erudito en Dios es el publicano. Como David, se reconoce pecador y necesitado de perdón. Y sabe que la única fuente original del perdón es Dios mismo.

Este Dios del perdón es el Dios justo. Por eso el publicano vuelve a su casa justificado. El tema de la justificación es un concepto complicado, sobre todo por la historia que arrastra en el veterano enfrentamiento de católicos y protestantes. Lo cierto es que la justificación puede resumirse como la condición de justo que recibe un injusto. El publicano vuelve a su casa convertido en justo a los ojos de Dios. Al reconocerse pecador, asume y transforma su pecado. Es justo porque Dios lo ve como tal. El fariseo, en cambio, al no reconocer sus pecados, al no asumirlos y transformarlos desde el arrepentimiento, no está justificado. Dios no puede regalar la condición de justo a alguien que no se reconoce como tal. Al creerse completo, perfecto, cierra la puerta al amor de Dios. Si es perfecto, entonces Dios no tiene nada que hacer en su vida. Aquí se enlaza una de las expresiones jesuánicas como: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Lc. 5, 31). Dios plenifica al ser humano que asume no estar completo. El problema del farisaísmo que recalca Jesús es la sensación de plenitud. El fariseo se cree completo con las obras que realiza. No necesita, en realidad, de Dios, porque todo lo puede en su ayuno, en su limosna, en su acudir al Templo. La justicia, entonces, no es un atributo de Dios, sino un valor de intercambio que regiría las relaciones. La justicia sería un comercio, una cuestión económica. El amor de Dios, algo comprable.

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El inicio de esta parábola tiene alguna relación con el inicio de la parábola del padre misericordioso (cf. Lc.  15, 11). Un hombre tenía dos hijos, y a la larga nos damos cuenta que muy distintos. Uno de ellos era públicamente pecador y arrepentido; el otro era el supuestamente justo que vivía en la casa del padre. El menor, el pecador arrepentido, resulta ser, a pesar de la distancia, el que mejor comprende al padre. Lo conoce tanto que fue capaz de volver tras dilapidar su herencia para buscar comida. El mayor, el justo, a pesar de convivir con el padre, no lo conocía, y creyó que echaría a patadas al menor, en lugar de recibirlo con un agasajo. En el caso de hoy, el fariseo es como el hermano mayor, que se cree conocedor de Dios y lo identifica como un despreciador de publicanos. El publicano, en cambio, sabe que la médula de Dios es el amor, y allí está el perdón. Sabe que puede ir al Templo a implorar perdón y que lo recibirá. No tiene valor para levantar la frente, pero confía en que será levantada por el Padre.

El Evangelio de Jesús predica al Dios en el que cree el publicano. El Dios de los pecadores. Afirmar que un adúltero o un ladrón pueden conocer más a Dios que un teólogo o que un miembro del clero, es arriesgado. Sin embargo, la parábola lo deja entrever. Muchos, en la Iglesia, pretenden comercializar la salvación con Dios. Que se salven los que traigan una lista más grande de buenas obras. Pero Jesús propone que el ensalzado sea humillado y el humillado ensalzado. La salvación no está en la cantidad de buenas obras, sino en la capacidad de reconocer las limitaciones. Saberse débil para ser completado por Dios. Saberse pequeño para ser engrandecido. Saberse último para ser primero. La evangelización, por ende, no puede focalizarse en determinar las condiciones de la salvación. Muchos misioneros organizan reuniones para transmitir cuáles son las exigencias que abren la puerta del Reino, a saber: no robar, no matar, no levantar falso testimonio ni mentir, no codiciar bienes ajenos, etc. Pocos comunican la plenitud que viene de Dios. Pocos explican que a Dios no se le presenta la historia buena, sino la historia per-vertida para que Él la vuelva historia con-vertida. Eso es lo que hace el publicano: lleva al Templo su per-versión para hacer efectiva su con-versión.

¿Cuántos de nuestros templos aceptan historias pervertidas en su seno? ¿A cuántos arrepentidos se les abren las puertas? ¿En cuántas Eucaristías dejamos poner sobre el altar lo incompleto? Tenemos la errónea concepción de que a las celebraciones sólo se puede llevar lo considerado justo. Por eso no recibimos a los pecadores públicos y miramos con mala cara a quien se equivoca en algún paso del ritual litúrgico. Todo debe ser perfecto para demostrarle a Dios nuestra perfección y, así, que no lo necesitamos. ¿Será ese el tipo de oración que quiere el Padre? ¿Le gustan las oraciones farisaicas, donde alardeamos nuestras buenas obras? ¿No querrá más bien ver los templos repletos de pecadores, de gente incompleta? ¿No querrá últimos, humildes, pequeños? La forma que elijamos para orar/celebrar es la forma de pararnos frente a Dios: con el corazón altanero (“El corazón altanero es abominable para el Señor, tarde o temprano no quedará impune” del Prov. 16, 5) o con el corazón contrito (“Tú no desprecias el corazón contrito y humillado del Sal. 51, 19b).

La oración que hace justicia / Vigésimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 18, 1-8

Después Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme’”.

Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”. (Lc. 18, 1-8)

El tema de la oración es muy querido por Lucas. Atraviesa su obra de punta a punta. Desde los inicios del Evangelio, con Zacarías en el Templo (cf. Lc. 1, 8-10), hasta la curación del padre de Publio por parte de Pablo (cf. Hch. 28, 8), en los Hechos de los Apóstoles. Este hincapié lucano en la oración tiene dos asideras. La primera es el Jesús histórico, seguramente hombre de profunda oración. Pero no la oración en el sentido puritano de la palabra, sino la oración hecha vida, la oración cotidiana, de todos los días, la que se hace haciendo. No hay una esquizofrenia ni un muro separando al Jesús que ora sudando sangre (cf. Lc. 22, 44) del Jesús que cura al paralítico (cf. Lc. 5, 18-26). Todo está bajo el mismo arco de acción. La segunda asidera para Lucas es la situación de su comunidad. Una de las grandes preguntas de la humanidad, que se intensifica en tiempos de crisis, es por qué Dios no contesta algunas oraciones. Más allá de la bonita esperanza en el Dios que todo lo responde y la búsqueda de situaciones particulares que, de alguna manera, se relacionen con algún pedido hecho a la divino, lo cierto es que, por momentos, parecemos creer en un Dios ausente. En muchísimas situaciones de injusticia se refleja la desesperación humana de llegar a suponer que estamos perdidos en el universo, que Dios no escucha el clamor de su pueblo. En la comunidad lucana, apremiada por una escatología que no termina de concretarse, este tema se potencia. Si se suponía que Jesús volvería inmediatamente, la demora de su regreso no podía despertar otra cosa que suspicacias. Si una de las principales oraciones de las primerísimas comunidades es “Ven, Señor Jesús” (cf. Ap. 22, 20), la no-venida es producto de un dios sordo, desentendido.

En este contexto de espera escatológica demorada se entienden esta parábola que leemos hoy y su par, la del amigo inoportuno, de Lc. 11, 5-8. En ambas se recalca la importancia de orar insistentemente. La del amigo inoportuno, que a medianoche pide tres panes, y que finalmente los recibirá por insistencia, está a continuación del Padrenuestro. Tras enseñarles a orar, la enseñanza es que la oración no es un amuleto, un ritual mágico para manipular a Dios. La oración es un ejercicio y una conexión íntima que lleva la relación humano-divina a otro nivel, donde la filiación se potencia. No nos conectamos, en la oración, con un padre de características puramente humanas, sino con el Padre por excelencia. “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc. 5, 13). El parangón es para dejar en claro la superioridad de relación que establece el Padre. Si en el plano humano la relación filial es buena, cuánto más lo será la filiación con el Padre de todos los padres. Orar insistentemente es ser fiel (tener fe) a una relación, en este caso, con el Padre. La fidelidad implica creer que la justicia se realiza, aunque no podamos verla.

El contexto literario de la parábola de hoy es más directamente escatológico. La sección, según algunos comentaristas, comienza en Lc. 17, 20, con la pregunta de los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. La pregunta, evidentemente, es de sentido apocalíptico. La respuesta del Maestro, como de costumbre, altera al inquisidor. El Reino ya está, no hay que esperarlo. Esta respuesta es la clave hermenéutica de esta sección. A la pregunta sobre cuánto esperar, se responde que más que esperar es preciso trabajar. El Reino está, nace a cada momento, se multiplica, se oculta, se manifiesta exorbitante y humilde a la vez, en todas partes, en lo impensado, en lo cotidiano. Esperar la manifestación final, triunfal y bélica, para Jesús es una estupidez. El Reino está entre los seres humanos. Habrá un Día profético, será como un relámpago, y lo precederá mucho sufrimiento, pero eso no es lo central. El Día de Yahvé es periférico en el Evangelio, porque todos los minutos de la existencia exigen Buena Noticia, no sólo el final de los tiempos. Planificar hacia el Día de Yahvé, programar cómo recibir el Reino, cuando el Reino se mueve a nuestro lado, es necedad. La escatología está en perder la vida para encontrarla, a diario, en cada circunstancia (cf. Lc. 17, 33). Este concepto explica al otro sobre el Reino ya presente. Se trata de vivir como en los últimos tiempos, porque los últimos tiempos son inaugurados en el Evangelio.

Es difícil que la comunidad lucana entendiera esto rápidamente, debido a su decepción con la Parusía que no llega. Están tan focalizados en el final de la historia, que la historia actual, el presente, se les escapa, y el Evangelio se diluye. De eso hablan las constantes referencias de Lucas al tema de pobres y ricos. Seguramente su comunidad estaba constituida por dos clases bien diferenciadas, y los ricos, pendientes del final del mundo, dejaban que el mundo sufriese. No podían entender que el Reino es ahora, ya mismo, y que se realiza en el pobre. La parábola esconde algo de esto también. La figura de la viuda es la figura de uno de los pobres por antonomasia en Israel, junto con el huérfano (cf. Is. 1, 17), y a ellos protege directamente Yahvé, porque nadie más lo hace (cf. Sal. 146, 9; Mal. 3, 5). La viuda de esta parábola puede ser el símbolo de los pobres de la comunidad lucana. A ellos nadie los escucha. Preocupados por otras cuestiones (quizás la escatología), dejan que su derecho sea oprimido. Por esperar una justicia futura se lastima la justicia presente, inmediata. En cuatro ocasiones aparece el término ekdikeo, que traducimos por hacer justicia. Otra acepción del mismo vocablo es venganza. Por más duro que suene, en el contexto escatológico en el que nos encontramos, puede ser la manera correcta de traducir esta parábola. La venganza está, bíblicamente, asociada al tema del Día de Yahvé (cf. Zac. 14), pues el Señor vengará a Israel de los pueblos paganos que la oprimieron y maltrataron tanto tiempo durante la historia. ¿A los pobres, quién los vengará? ¿Cuándo se acabará la injusticia sobre el planeta? ¿Cuánto tiempo más tiene que clamar la viuda para obtener respuesta? ¿Cuánto tiempo más hay que esperar el regreso de Jesús?

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Puede que Lc. 18, 8b esté mal ubicado, y que originalmente perteneciera al final de la sección delimitada por Lc. 17, 20-37, pero no está de más comentarlo como parte de la parábola de la viuda insistente, porque un tema en común es la fe/fidelidad. Debido a la fe de la viuda (una fe extraña, en un juez injusto), se concreta su ansia, y se le hace justicia. Ahora bien, ¿encontrará fe el Hijo del Hombre cuando vuelva? ¿O ya todos se habrán cansado de tener esperanza? ¿O ya nadie se dirigirá al Padre con confianza?

¿Seremos capaces de mantener la fidelidad, a pesar del Dios ausente? Un gran testimonio de evangelización es, justamente, la fidelidad a pesar de la injusticia. Creer en Dios en un mundo lleno de viudas y huérfanos que se mueren sin justicia es una locura. Siempre nos toparemos con ese límite frente al otro no creyente. ¿Cómo explicarle que damos la vida por el Reino en aparente desprotección del Rey? ¿Cómo transmitir la experiencia de Dios en ambientes maltratados, paupérrimos? ¿Cómo mantener la fe de la viuda cuando todo es un llamado a bajar los brazos? Una de las salidas es creer, como muchos de aquella comunidad lucana, que Dios vendrá en algún momento a instaurar el Reino y, mientras, la espera es pasiva. Otra salida es entender la inmanencia del Evangelio. No podemos evangelizar sin ser fieles a la Buena Noticia. Y persistentemente fieles, con una oración continuada a lo largo del día.

La Iglesia juega su fidelidad en la forma que tiene de orar y en la forma de atender a las viudas. Si es una Iglesia que sólo espera, mientras no hay justicia para los pobres, no estamos ante una comunidad fiel. La oración fiel (de fe) es la que, a pesar de constatar un Dios ausente, sigue golpeando las puertas porque conoce a su Padre. Pero no se contenta sólo con golpear, sino que carga sobre sí la responsabilidad de esa ausencia. La Iglesia evangelizadora comprende que su presencia, a fin de cuentas, es la respuesta a la ausencia de Dios, y que la fe que espera encontrar el Hijo del Hombre no es una liturgia ornamentada, sino la justicia practicada con las viudas.

Miércoles de Ceniza – Ciclo C – Mt. 6, 1-18

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y, al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mt. 6, 1-18)

El texto comienza advirtiendo sobre el peligro de practicar la justicia para ser vistos por los hombres. En este caso, el término justicia no debe ser entendido en el sentido estricto jurídico-legal. No hablamos de la justicia como de aquella institución social que ejercen los jueces para mantener el orden social. Aquí, la justicia son las obras de justicia de los judíos, o sea, la práctica de la limosna, oración y ayuno. A través de estas obras y de su realización continua, un buen judío demostraba serlo. Las tres prácticas se remontan a los primeros años de Israel y, con el tiempo, fueron recibiendo nuevas interpretaciones de acuerdo al contexto en el que se encontraba el pueblo y, sobre todo, de acuerdo a aquellos que hacían teología. En el caso de Jesús, su posición no es contra las tres obras, inclusive todo lo contrario, recomienda su práctica, siempre y cuando se realicen en el espíritu adecuado, y no con hipocresía. El Maestro critica la actuación, la simulación, la búsqueda de reconocimiento mediante las oraciones en público o con mucha palabrería; también mediante limosnas que se anuncian para que los otros puedan verla; y por último, mediante ayunos que se hacen visibles en rostros demacrados y caras de tristeza, para que todos sepan que se está ayunando. Cuando las tres prácticas son una forma de ostentación o un signo utilizado para pavonear frente a los demás un supuesto estado superior, quizás hasta un estado de salvación, entonces se traiciona el sentido último de las obras. Cuando la obra humana, cualquiera que ésta sea, se desvía de su horizonte doble y único (amor a Dios y al prójimo), se vuelve mentira, farsa, montaje escénico, vacuidad.

Lo que Jesús denuncia no es una ocurrencia originalísima en la historia de Israel. La tradición profética del Pueblo de Dios ha recalcado, en diferentes oportunidades, cuál era el sentido verdadero de las obras de justicia, y a dónde debían dirigirse los verdaderos esfuerzos. Jesús entronca con esta tradición y recuerda, para su época y para la nuestra, que el querer de Dios no es la obra por sí sola, ni tampoco que con la obra puede manipularse lo divino, como si se compraran hectáreas en el cielo con el módico pago de una limosna, una oración o un ayuno. Ese sentido trascendente de las tres obras de justicia es in-trascendente cuando no repercute en lo inmanente. Si la oración, la limosna y el ayuno no generan un efecto aquí y ahora, o al menos no creo que puedan generarlo, se descontextualiza la misma acción de Dios. Quienes no encuentran en las tres obras un arraigo terrenal, sino que buscan solamente la proyección espiritual más allá de la historia, poseen una teología (una mirada sobre Dios) desencarnada, anti-Reino. El Reino de Dios no es una realidad que está esperando escondida para caer con un peso específico al final de los tiempos; el Reino de Dios está cerca (cf. Mt. 10, 7), palpita entre los seres humanos, se deja ver en los rostros y los gestos de amor, se hace palpable en las palabras comprometidas, en los sueños, en las esperanzas. Muchos profetas de Israel creían esto, quizás no con el término específico de Reino de Dios, pero sí aseguraban que Dios se hacía presente en la historia del aquí y del ahora, sobre todo entre los desprotegidos y marginados, y que la limosna y el ayuno (por poner dos ejemplos), para ser verdaderamente trascendentes, debían dirigirse a la modificación de la vida de los pobres.

Del ayuno tenemos en el Antiguo Testamento textos hermosos. Del profeta Isaías conservamos uno de los más conocidos. Está en la última parte del libro, la que fue escrita al regreso del destierro en Babilonia, cuando el judaísmo pretendía re-fundarse como nación y como pueblo. Uno de los pilares de esta re-fundación consistía en la restitución del templo de Jerusalén con todos sus atributos sacros y, por ende, con un elaborado sistema litúrgico. En esta época es cuando el judaísmo establece días específicos en que es obligatorio ayunar para agradar a Yahvé. Pero Isaías pregunta en nombre de Dios: “¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahvé?” (Is. 58, 5). Y contesta también Dios: “¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is. 58, 6-7). El texto habla por sí solo. El ayuno que quiere Yahvé es el que comparte con el hambriento el pan, el que da alojamiento al sin-hogar, el que cubre a los desnudos. ¿Para qué ayunar entre tanta injusticia sin compenetrarse en ella para modificarla? E incluso hay una crítica más profunda en el profeta: el sistema sacral está causando esa injusticia, está tan concentrado en lo litúrgico, en la construcción del templo, en la restitución de un orden sacerdotal, que se ha olvidado de los pobres entre los pobres, se ha olvidado de la tierra por mirar tanto al cielo. Sin referirse específicamente al ayuno, pero sí a las prácticas cultuales sin repercusión social, Oseas, Miqueas y Amós también denuncian la injusticia que no se condice con la supuesta adoración a Dios que se expresa en los ritos (cf. Os. 8, 11-13; Mi. 6, 6-8; Am. 5, 21-25).

La limosna, desde la perspectiva de la escuela deuteronomista, escuela de historia profética, o sea, de relectura de la historia como lugar de la acción de Dios, ha relacionado el hecho litúrgico del diezmo con la ayuda a los pobres. En primer lugar, recupera y afirma la ley del Levítico sobre la cosecha, que consiste en no volver hacia atrás para levantar lo que no se ha juntado, ya que eso queda para el forastero, el huérfano y la viuda, le pertenecen (cf. Dt. 24, 20-21; Lv. 19, 9-10). En segundo lugar, establece que cada tres años se aparte el diezmo de la cosecha de ese año, que debería ser entregado en el santuario (cf. Dt. 12, 5-6), para dejarlo en la puertas de las casas, donde el levita, el forastero, el huérfano y la viuda podrían recogerlo para alimentarse hasta hartarse (cf. Dt. 14, 28-29). Así, el diezmo (acción dirigida a Dios) y la limosna (acción dirigida al prójimo) se unifican sin dualidades. Quien es capaz de dar el diezmo regularmente, religiosamente diríamos, pero no tiene esa religiosidad para compartir con el pobre, entonces está mintiendo, está actuando, es un hipócrita. Dice amar a Dios, a quien no ve, despreciando al hermano, que sí puede ver (cf. 1Jn. 4, 20). El pobre es sacramento de Dios, sacramento de Jesús (cf. Mt. 25, 31-46), y las acciones que se dirigen a él son acciones dirigidas al Cristo, efectivamente concretas.

Cuaresma no puede ser la oportunidad para alejarse del mundo. Al contrario, es la oportunidad para sumergirse en los problemas de nuestra sociedad. No ayunamos, damos limosna ni oramos para que Dios nos arrebate de la tierra hasta el séptimo cielo y allí vivamos felices des-terrados (fuera de nuestra tierra). Cuaresma es la puerta de entrada al mundo del pobre, a su hambre, su mala calidad de vida, su falta de proyección, su opresión. Cuaresma no es ascetismo para perfeccionar el alma y hacerla digna de Dios; en todo caso, es entrega para perfeccionar un mundo que ha canonizado lo injusto, la brecha ricos-pobres, la corrupción, la división internacional del trabajo, la explotación del que no puede defenderse. Si en Cuaresma recorremos con Jesús un camino de conversión hacia la cruz, hasta la vida derramada por todos, es tiempo para convertirnos cambiando nuestro rumbo, reubicando la mirada en el hermano que está a nuestro lado, o más precisamente, el que no está, el que ha sido desplazado, marginado. Ese camino de conversión debe terminar en la cruz, en el estigma nuestro. Somos estigmatizados cuando desperdiciamos la vida entre aquellos a los que se les arrebata la vida; estigmatizados cuando ayunamos para que los demás no ayunen; estigmatizados cuando promovemos la dignidad humana en lugar de hacer asistencialismo; estigmatizados cuando oramos en medio de las villas miseria. Cuaresma es el tiempo de las profecías, y ningún profeta es bien recibido en su patria (cf. Lc. 4, 24), inclusive son asesinados (cf. Lc. 13, 34). ¿Estamos dispuestos al estigma de los profetas? De esta respuesta puede depender que entendamos el verdadero sentido de la Cuaresma.