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No nos preguntó qué religión teníamos / Fiesta de Jesucristo Rey del Universo – Ciclo A – Mt. 25, 31-46 / 20.11.11

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Estos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”. Y él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna. (Mt. 25, 31-46)

Con la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo se acaba un nuevo ciclo litúrgico. La cumbre es el reconocimiento de Jesús con toda su carga cristológica, sobre todo en su rol de Rey universal. En un mundo que avanza, no con la rapidez que se quisiera, hacia modelos democráticos, la celebración no termina de ensamblar. Cuando fue instituida, en 1925, por el Papa Pío XI, significó una proclama de la institución eclesial, justamente, contra los modelos democráticos que llevaban, indefectiblemente, a la pérdida de autoridad de la Iglesia en el mundo moderno. No había razón para dejar las monarquías y las estructuras jerárquicas, sobre todo si eso desplazaba el poder papal y curial de las esferas de decisión. Con la Fiesta de Jesucristo Rey se recordaba a la orbe que este rey universal tenía un representante en la tierra, un rey vicario encargado de gobernar por Él. El mundo tenía que escucharlo, obedecerlo, y dejarse guiar. Evidentemente, el mundo siguió su marcha y la fiesta quedó, obligando a una reinterpretación que la coloque en su lugar debido. Como cierre del ciclo litúrgico, sobre todo en este Ciclo A que se leyó el Evangelio según Mateo, parece adecuada la perícopa seleccionada. Esta visión profético-apocalíptica del Hijo del Hombre reinando es la última presentación del libro antes del inicio del relato de la pasión, donde la angustia, la tortura y la crucifixión parecen destruir la ilusión del Rey del Universo. Para nosotros, celebrantes de esta época, es la visión final que nos llevará a comenzar un nuevo ciclo, una nueva etapa, una nueva re-lectura de los hechos de Jesús. Como Mateo nos invitará a releer sus capítulos 24-25 (y todo su Evangelio) a la luz de los capítulos 26-27-28, la liturgia católica nos invitará a leer el final glorioso del ciclo desde el inicio de lo que vendrá a continuación: la prédica profética con que se abre el tiempo de adviento. Puede que la celebración quede descontextualizada y que el título de rey sea, teológicamente, difícil de aplicar al mundo presente, pero tiene esta lectura de hoy una persistencia histórica que, ante la crisis capitalista manifiesta, marca el camino de salida.

La gran disputa exegética sobre esta imagen del juicio final versa en dos cuestiones fundamentales: quiénes son las naciones y quiénes son los pequeños. No es lo mismo que las naciones sean sólo los pueblos gentiles, o que sean el mundo entero: judíos, judeo-cristianos, gentiles, gentil-cristianos. Tampoco es lo mismo que los pequeños sean los marginados y pobres en general, o que la referencia específica sea para los discípulos de Jesús hechos marginales por el Reino de los Cielos. Una de las posibilidades interpretativas es que el juicio evalúe cómo se ha recibido a los discípulos misioneros de la Iglesia en su recorrido por el mundo para anunciar el Evangelio. La otra posibilidad es que se juzgue según el criterio del amor al prójimo, sobre todo al prójimo en necesidad urgente. Hay argumentos a favor de ambas posiciones. Lo cierto, y desconcertante, es que los juzgados no tienen conciencia de la identificación que el Hijo del Hombre les hace ver: lo que han hecho con los pequeños lo han hecho con Él. Ni las ovejas ni los cabritos, ni los de la derecha ni los de la izquierda lo han entendido por completo. Esto parece ser un indicativo de que los juzgados tienen poco conocimiento del Evangelio y del Cristo. De ser así, este juicio presentado por Mateo cambia drásticamente el paradigma religioso. Ya no hay un juzgamiento por la fe específica ni por la pertenencia a tal o cual asamblea o comunidad eclesial. El juicio tiene que ver con el amor manifestado. ¿Manifestado hacia quiénes? Hacia los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y presos. El texto no habla de otros pequeños que no sean estos.

Estos pequeños son, en vocablos especializados, sacramentos del Hijo del Hombre. Considerando la condensación cristológica de esta perícopa, los pequeños se encuentran asociados y plenamente llenos de esa cristología. Hablamos de condensación cristológica porque, por lo menos, cuatro títulos son asignados a Jesús en esta visión. Desde el inicio es el Hijo del Hombre, título que recorre todo el libro de Mateo, muy asociado a lo escatológico y a la visión gloriosa del mismo (cf. Mt. 10, 23; Mt. 13, 41; Mt. 16, 27-28; Mt. 19, 28; Mt. 24, 30; Mt. 26, 64). Pero también es rey sentado en el trono que separa a los de la derecha de los de la izquierda, como desde el principio del Evangelio es rey nacido en la pobreza que inquieta a los reyes de la tierra (cf. Mt. 2, 1-8). No obstante estos dos títulos, se agrega la imagen del pastor. Al hablar de ovejas y cabritos que deben ser separados, se hace referencia a la práctica palestina de llevar juntos, durante el día, ambos tipos de animales, para poner los cabritos en resguardo durante la noche (debido a que son más débiles) y dejar las ovejas a la intemperie. Al acudir al Cristo Pastor, Mateo hace eco de Ez. 34, 17-22, en el amplio contexto del capítulo 34 del profeta que rechaza a los pastores infieles de Israel para que Dios recupere, en propia persona, el pastoreo de su pueblo. Este pastor, en Ezequiel y en Mateo, termina siendo juez. Juzgará entre oveja y oveja, entre carnero y chivo (cf. Ez. 34, 17), entre ovejas y cabritos (cf. Mt. 25, 32-33). La separación recuerda las imágenes parabólicas del trigo y la paja (según Juan el Bautista en Mt. 3, 12), el trigo y la cizaña (cf. Mt. 13, 30) o los peces buenos y malos (cf. Mt. 13, 48-49). En este caso, los ángeles no son descriptos realizando la acción de separar, aunque sí con mencionados como acompañantes del Hijo del Hombre.

Los pequeños son, entonces, una condensación cristológica. Paradójicamente, estos títulos de grandeza (Hijo del Hombre, rey, pastor, juez) terminan siendo resumidos en la vida de los pequeños, y el reconocimiento de Jesús como Mesías y Señor, no proviene de lo mucho que puedan proclamarse con los labios los cuatro títulos enunciados, sino del amor manifestado en concreto hacia el prójimo más necesitado. Las seis acciones que son parámetro de juicio resultan tradicionales del Antiguo Testamento como obras piadosas para con el desvalido (cf. Job. 22, 6-7; Is. 58, 6-7; Ez. 18, 7-8; Tob. 4, 16-17). La más difícil de rastrear es la de visitar al preso. Puede suponerse que es un agregado cristiano ante la realidad de los discípulos que son constantemente puestos en prisión por el Evangelio. De todas maneras, la más honda tradición veterotestamentaria respalda esta cosmología: lo inefable, lo todopoderoso, lo inalcanzable, lo infinito, es palpable es el marginado, en el pobre (la viuda y el huérfano), en el pequeño. Para la comunidad mateana, probablemente ubicada en la ciudad de Antioquia, los marginados no eran muy distintos a los marginados de las grandes urbes actuales, localizados en la periferia, en asentamientos. Allí está la revelación cristológica, allí está el secreto del discipulado. Como ya advertimos, los paradigmas religiosos son derribados. Los títulos de la cristología no quieren decir que Jesús está separado del mundo, desentendido de las situaciones humanas. Al contrario. Jesús siempre está, no al lado de los marginales, sino en los marginales. Se condensa sacramentalmente en el pobre, en el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el preso, el enfermo. Por eso es difícil para los religiosos entender este juicio del Hijo del Hombre, y por eso es alentador para los no cristianos. Los primeros se ven desconcertados, porque todo su énfasis estaba puesto en lo que llamaban fe, en el cumplimiento de preceptos eclesiásticos, en cultos pomposos, mientras del otro en necesidad desaparece del firmamento. Los segundos se ven incluidos en un juicio universal que supera las barreras religiosas clásicas para situarse en la dimensión real y verdadera de la religión: el amor. Todos pueden ser juzgados por el amor, por cómo respondieron ante el prójimo en necesidad. No hace falta presentar credencial de membresía ni el diezmo al día, pues Cristo está en el otro.

La única salida a las crisis económicas históricas (a la crisis mundial actual) está como respuesta en esta lectura. No sirven las indicaciones del FMI ni los recortes, sino la solidaridad, la acción concreta a favor de los más desprotegidos. El mundo es juzgado según el amor que manifestó, no de acuerdo a las cátedras económicas de Harvard. El mundo mejora cuando el hambriento tiene para comer, el sediento para beber, el desnudo tiene vestido, el preso y el enfermo son visitados y asistidos, y el forastero (el inmigrante) es acogido con confianza. Mientras el Cuerno de África siga muriéndose de hambre y sed, mientras las prisiones sigan siendo espacios inhóspitos de maltrato y tortura socialmente aceptados, mientras las leyes de inmigración sigan denigrando a sudamericanos, negros y partidarios de religiones distintas, nada puede mejorar. La religión institucional también tiene su parte, y está llamada a modificar radicalmente su posición. Ya no puede pensarse el universo en términos absolutos de los de adentro y los de afuera. Ya no puede mantenerse la posición cómoda de desentendimiento conveniente cuando peligran los beneficios, y acercamiento circunstancial cuando se ofrecen arreglos. Esa religión no sirve a los pequeños, sino a los poderosos, y continúa contribuyendo a un mundo de desigualdad (que equivale a un mundo sin amor al prójimo). El juicio final presentado por Mateo es una alerta profética del Cristo a su Iglesia: hay que dejar de buscar soluciones en los libros y encontrarlas entre los pobres. La salida a la crisis es la entrada al mundo de los marginados.

Para contemplar al hombre Jesús de Nazareth / Viernes Santo – Ciclo A – Jn. 18, 1 — 19,42 / 22.04.11

El Evangelio según Juan insiste mucho en la soberanía de Jesús sobre los hechos que suceden. Jesús es el Rey, el verdadero, el que domina la situación. Es el Señor de la historia y la guía, la dirige. Nadie le quitará la vida, sino que la entregará voluntariamente (cf. Jn. 10, 18), porque tiene el poder para recobrarla. Es, por ello, Señor de la vida también. Sin embargo, este Jesús soberano absoluto de Juan es tremendamente humano en el libro. De alguna manera, el autor está desarrollando, narrativamente, el misterio de las dos naturalezas del Cristo. Es la teología de lo que luego será el dogma. El autor lo hace por la necesidad de dejar en claro que Dios verdaderamente se encarnó, que no fue una ilusión óptica, que asumió la carne. Sigue siendo Dios, pero no deja de ser humano; es humano, pero no deja de ser Dios. Cuando entramos a la pasión según Juan, la soberanía del Maestro sigue existiendo (cf. Jn. 13, 1; Jn. 18, 4; Jn. 19, 24), pero en tres momentos precisos, su humanidad se hace demasiado evidente, a propósito, como escenas que invitan a postrarse; porque lo maravillosamente divino de Jesús es su humanidad.

a) Aquí tienen al hombre (Jn. 19, 5): Pilato mandó azotar a Jesús como escarmiento y como salida elegante. Piensa presentarlo al pueblo sangrando para generar compasión y que se acabe el pedido de muerte. No es Pilato un hombre generoso, sino un juez que se lava las manos. No quiere decidir, teme hacerlo. Es un juez puesto para juzgar, esa es su misión, pero no la cumple. Lo trae afuera, lo presenta casi burlonamente. Está vestido con el manto púrpura de la realeza y la corona de espinas que simula ser una corona real. Está vestido de rey, aunque nos cueste distinguirlo. Así lo presenta Pilato: este es el hombre. Este es el hombre que le han traído, este es el hombre que caminó Palestina, este es el hombre que enseñó el Evangelio, este es el hombre que pasó haciendo el bien, este es el hombre que quieren crucificar. La frase de Pilato presenta la humanidad entera de Jesús. Es el hombre por excelencia, el humano perfecto. Pensar en Jesús como el Hombre, con mayúsculas, es parecido a pensar en el Hijo del Hombre de los Evangelio sinópticos. El ser humano es rey cuando es como Jesús, cuando escucha a Dios, cuando se abre a la gracia, cuando ama, cuando sirve, cuando da la vida por los demás, sobre todo los desgraciados, pobres y marginados. Aquí tienen al hombre es una invitación a vernos como en un espejo utópico, hacia donde debemos tender. En aquel burlado y azotado está nuestra plenitud de humanidad. Hacia Él deberíamos tender.

b) Aquí está su rey (Jn. 19, 14): Pilato no ha logrado aplacar los ánimos. La gente exige la muerte de Jesús. Traba una conversación con Él para hacerle saber que está en sus manos, que como procurador tiene el poder para darle vida o muerte. Jesús le hace entender que su poder es ficticio; en primer lugar, el poder es de Dios, y en segundo lugar, el manejo que está haciendo de la situación da muestras de sobra de que no tiene ningún poder terrenal. Pilato decide extender la burla. Saca a Jesús fuera, lo sienta en la Gabbata, el trono de piedra, y lo presenta como el rey de los judíos. Aquí lo tienen, éste es quien los dirige como pueblo. Obviamente, el pueblo lo rechaza. Esta expresión de Pilato completa como díptico la anterior sobre el hombre, que daba por implícito la realeza con el manto púrpura y la corona de espinas. El pueblo dice que tiene como rey al César y a nadie más. Este nazareno no puede ser rey de ellos, no en ese estado, rebajado, azotado, maltratado, prácticamente condenado a muerte. Se niegan a aceptarlo. El rey de los judíos debe ser distinto, triunfal, vencer sobre Roma, ejecutar la ira de Yahvé. Tiene que ser bien distinto a los seres humanos, bien poco humano. Jesús, al contrario, parece demasiado humano para ser rey. ¿Cómo ejecutará la ira de Dios desde su debilidad? ¿Cómo vengará a Israel de las naciones desde su compasión? No es rey de este mundo, evidentemente. No se somete a las leyes de la guerra, del odio ni de la ambición. Está sentado, por fanfarronería de la política y la religión, en un estrado de un sistema injusto, y desde allí, aunque en burla, representa la única figura capaz de juzgar correctamente. Es el mejor rey que podemos tener, pero no lo hemos aceptado.

c) Jesús nazareno, rey de los judíos (Jn. 19, 19): en las tres lenguas universales (latín, hebreo y griego) se anuncia quién está pendiendo del madero de la cruz. Es Jesús, un nombre más entre los tantos Jesús de Palestina. Es nazareno, una aldea diminuta de Galilea desde donde no puede salir nada bueno (cf. Jn. 1, 46). Es el rey de los judíos, un título mesiánico que, en realidad, no es título, porque el verdadero es rey de Israel. Para el mundo, un crucificado más de los tantos que la injusticia se lleva día a día. Es Jesús nazareno, el vecino de la aldea que un día se fue a recorrer los caminos. Es Jesús nazareno, el campesino artesano que entendió mejor que nadie a Dios. Es Jesús nazareno, el insignificante que le da sentido a todas las vidas. Su título no puede ser el de rey de los judíos porque no hizo particularismos, porque no creyó en etnias superiores a otras, porque no realzó a un grupo sobre otro. No puede ser rey particular porque es el rey de toda la humanidad. La segunda parte del letrero es incorrecta, pero la primera es correctísima. Al fin y al cabo, es Jesús de Nazareth. Es el hombre, el galileo que creció entre sembradíos y artesanías, que alguna vez peregrinó a Jerusalén, que comió pescado y pan sin levadura, que celebró la Pascua, los Tabernáculos y Pentecostés. Es Jesús de Nazareth, el que curó, alimentó, sirvió, enseñó y amó. Su epitafio, tranquilamente, puede ser nazareno porque Nazareth lo resume, revela su origen humilde, sencillo, entre los pobres. Nazareth lo hace humano. Y entre los humanos, fue la plenitud nuestra, fue quien concretó el proyecto de Dios históricamente, el que reveló a Yahvé. Terminó en una cruz, como muchos, pero sus amigos saben que, verdaderamente, no terminó allí, sino resucitado. Era el hombre perfecto y entró en la perfección eterna de la vida resucitada. La cruz da cuenta de esa humanidad tan profunda y trascendente que tenía, porque los que son como Él, los que se des-viven por el prójimo, suelen terminar en una cruz.

La oración que hace justicia / Vigésimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 18, 1-8

Después Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme’”.

Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”. (Lc. 18, 1-8)

El tema de la oración es muy querido por Lucas. Atraviesa su obra de punta a punta. Desde los inicios del Evangelio, con Zacarías en el Templo (cf. Lc. 1, 8-10), hasta la curación del padre de Publio por parte de Pablo (cf. Hch. 28, 8), en los Hechos de los Apóstoles. Este hincapié lucano en la oración tiene dos asideras. La primera es el Jesús histórico, seguramente hombre de profunda oración. Pero no la oración en el sentido puritano de la palabra, sino la oración hecha vida, la oración cotidiana, de todos los días, la que se hace haciendo. No hay una esquizofrenia ni un muro separando al Jesús que ora sudando sangre (cf. Lc. 22, 44) del Jesús que cura al paralítico (cf. Lc. 5, 18-26). Todo está bajo el mismo arco de acción. La segunda asidera para Lucas es la situación de su comunidad. Una de las grandes preguntas de la humanidad, que se intensifica en tiempos de crisis, es por qué Dios no contesta algunas oraciones. Más allá de la bonita esperanza en el Dios que todo lo responde y la búsqueda de situaciones particulares que, de alguna manera, se relacionen con algún pedido hecho a la divino, lo cierto es que, por momentos, parecemos creer en un Dios ausente. En muchísimas situaciones de injusticia se refleja la desesperación humana de llegar a suponer que estamos perdidos en el universo, que Dios no escucha el clamor de su pueblo. En la comunidad lucana, apremiada por una escatología que no termina de concretarse, este tema se potencia. Si se suponía que Jesús volvería inmediatamente, la demora de su regreso no podía despertar otra cosa que suspicacias. Si una de las principales oraciones de las primerísimas comunidades es “Ven, Señor Jesús” (cf. Ap. 22, 20), la no-venida es producto de un dios sordo, desentendido.

En este contexto de espera escatológica demorada se entienden esta parábola que leemos hoy y su par, la del amigo inoportuno, de Lc. 11, 5-8. En ambas se recalca la importancia de orar insistentemente. La del amigo inoportuno, que a medianoche pide tres panes, y que finalmente los recibirá por insistencia, está a continuación del Padrenuestro. Tras enseñarles a orar, la enseñanza es que la oración no es un amuleto, un ritual mágico para manipular a Dios. La oración es un ejercicio y una conexión íntima que lleva la relación humano-divina a otro nivel, donde la filiación se potencia. No nos conectamos, en la oración, con un padre de características puramente humanas, sino con el Padre por excelencia. “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (Lc. 5, 13). El parangón es para dejar en claro la superioridad de relación que establece el Padre. Si en el plano humano la relación filial es buena, cuánto más lo será la filiación con el Padre de todos los padres. Orar insistentemente es ser fiel (tener fe) a una relación, en este caso, con el Padre. La fidelidad implica creer que la justicia se realiza, aunque no podamos verla.

El contexto literario de la parábola de hoy es más directamente escatológico. La sección, según algunos comentaristas, comienza en Lc. 17, 20, con la pregunta de los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. La pregunta, evidentemente, es de sentido apocalíptico. La respuesta del Maestro, como de costumbre, altera al inquisidor. El Reino ya está, no hay que esperarlo. Esta respuesta es la clave hermenéutica de esta sección. A la pregunta sobre cuánto esperar, se responde que más que esperar es preciso trabajar. El Reino está, nace a cada momento, se multiplica, se oculta, se manifiesta exorbitante y humilde a la vez, en todas partes, en lo impensado, en lo cotidiano. Esperar la manifestación final, triunfal y bélica, para Jesús es una estupidez. El Reino está entre los seres humanos. Habrá un Día profético, será como un relámpago, y lo precederá mucho sufrimiento, pero eso no es lo central. El Día de Yahvé es periférico en el Evangelio, porque todos los minutos de la existencia exigen Buena Noticia, no sólo el final de los tiempos. Planificar hacia el Día de Yahvé, programar cómo recibir el Reino, cuando el Reino se mueve a nuestro lado, es necedad. La escatología está en perder la vida para encontrarla, a diario, en cada circunstancia (cf. Lc. 17, 33). Este concepto explica al otro sobre el Reino ya presente. Se trata de vivir como en los últimos tiempos, porque los últimos tiempos son inaugurados en el Evangelio.

Es difícil que la comunidad lucana entendiera esto rápidamente, debido a su decepción con la Parusía que no llega. Están tan focalizados en el final de la historia, que la historia actual, el presente, se les escapa, y el Evangelio se diluye. De eso hablan las constantes referencias de Lucas al tema de pobres y ricos. Seguramente su comunidad estaba constituida por dos clases bien diferenciadas, y los ricos, pendientes del final del mundo, dejaban que el mundo sufriese. No podían entender que el Reino es ahora, ya mismo, y que se realiza en el pobre. La parábola esconde algo de esto también. La figura de la viuda es la figura de uno de los pobres por antonomasia en Israel, junto con el huérfano (cf. Is. 1, 17), y a ellos protege directamente Yahvé, porque nadie más lo hace (cf. Sal. 146, 9; Mal. 3, 5). La viuda de esta parábola puede ser el símbolo de los pobres de la comunidad lucana. A ellos nadie los escucha. Preocupados por otras cuestiones (quizás la escatología), dejan que su derecho sea oprimido. Por esperar una justicia futura se lastima la justicia presente, inmediata. En cuatro ocasiones aparece el término ekdikeo, que traducimos por hacer justicia. Otra acepción del mismo vocablo es venganza. Por más duro que suene, en el contexto escatológico en el que nos encontramos, puede ser la manera correcta de traducir esta parábola. La venganza está, bíblicamente, asociada al tema del Día de Yahvé (cf. Zac. 14), pues el Señor vengará a Israel de los pueblos paganos que la oprimieron y maltrataron tanto tiempo durante la historia. ¿A los pobres, quién los vengará? ¿Cuándo se acabará la injusticia sobre el planeta? ¿Cuánto tiempo más tiene que clamar la viuda para obtener respuesta? ¿Cuánto tiempo más hay que esperar el regreso de Jesús?

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Puede que Lc. 18, 8b esté mal ubicado, y que originalmente perteneciera al final de la sección delimitada por Lc. 17, 20-37, pero no está de más comentarlo como parte de la parábola de la viuda insistente, porque un tema en común es la fe/fidelidad. Debido a la fe de la viuda (una fe extraña, en un juez injusto), se concreta su ansia, y se le hace justicia. Ahora bien, ¿encontrará fe el Hijo del Hombre cuando vuelva? ¿O ya todos se habrán cansado de tener esperanza? ¿O ya nadie se dirigirá al Padre con confianza?

¿Seremos capaces de mantener la fidelidad, a pesar del Dios ausente? Un gran testimonio de evangelización es, justamente, la fidelidad a pesar de la injusticia. Creer en Dios en un mundo lleno de viudas y huérfanos que se mueren sin justicia es una locura. Siempre nos toparemos con ese límite frente al otro no creyente. ¿Cómo explicarle que damos la vida por el Reino en aparente desprotección del Rey? ¿Cómo transmitir la experiencia de Dios en ambientes maltratados, paupérrimos? ¿Cómo mantener la fe de la viuda cuando todo es un llamado a bajar los brazos? Una de las salidas es creer, como muchos de aquella comunidad lucana, que Dios vendrá en algún momento a instaurar el Reino y, mientras, la espera es pasiva. Otra salida es entender la inmanencia del Evangelio. No podemos evangelizar sin ser fieles a la Buena Noticia. Y persistentemente fieles, con una oración continuada a lo largo del día.

La Iglesia juega su fidelidad en la forma que tiene de orar y en la forma de atender a las viudas. Si es una Iglesia que sólo espera, mientras no hay justicia para los pobres, no estamos ante una comunidad fiel. La oración fiel (de fe) es la que, a pesar de constatar un Dios ausente, sigue golpeando las puertas porque conoce a su Padre. Pero no se contenta sólo con golpear, sino que carga sobre sí la responsabilidad de esa ausencia. La Iglesia evangelizadora comprende que su presencia, a fin de cuentas, es la respuesta a la ausencia de Dios, y que la fe que espera encontrar el Hijo del Hombre no es una liturgia ornamentada, sino la justicia practicada con las viudas.

Hijos que hablan con su Padre / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 11, 1-13

Estaba él orando en cierto lugar y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.”

Él les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.”

Les dijo también: “Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle”, y aquél, desde dentro, le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”, os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite.

“Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc. 11, 1-13)

El texto litúrgico de este domingo es uno de los fragmentos fundamentales sobre el tema de la oración en Lucas. Como ya remarcamos en otras oportunidades, la oración ocupa un espacio primordial en el relato lucano, tanto en el Evangelio como en Hechos de los Apóstoles. Jesús ora al Padre con confianza y todos los días, así como la Iglesia asume esa actitud del Maestro para perpetuarla en su seno, como oración comunitaria guiada por el Espíritu Santo. Éste último está ligado a la oración de manera indisoluble, como analizaremos hoy en esta lectura, y como lo demuestra Hechos narrando que la comunidad apostólica oraba en un mismo espíritu (cf. Hch. 1, 14), que el día de Pentecostés descendió el Espíritu sobre los que se encontraban orando (cf. Hch. 2, 4), que al culminar ciertas oraciones el Espíritu se hacía presente (cf. Hch. 4, 31; Hch. 8, 17), o que el Espíritu Santo separó a Bernabé y a Pablo para la misión (cf. Hch. 13, 2).

Al ver cómo Jesús tiene esa relación tan particular con el Padre, los discípulos quieren saber la manera de establecer la misma comunicación. Quieren orar como ora Jesús. En definitiva, esa es la aspiración de la Iglesia: tener con Dios la misma relación que el Hijo tiene con el Padre. Y la oración, el diálogo directo con la divinidad, es la bisagra comunicativa. Orar como ora Jesús es querer ser hijos de Dios como el Hijo lo es. En el proceso de configuración del cristiano con Jesús, la oración es clave. Por eso Lucas le da tanto espacio en su relato. En Mateo podemos hallar paralelos al texto litúrgico de hoy. En Mt. 6, 9-13, primeramente, tenemos el Padrenuestro, en una versión más larga que la de Lucas. Los especialistas no logran ponerse de acuerdo en cuál de las dos versiones es la más antigua, pero ciertamente el Padrenuestro de Lucas califica como el más arcaico, por su brevedad y precisión. En segundo lugar, en Mt. 7, 7-11 tenemos la invitación a pedir, buscar y llamar, y la comparación entre los padres humanos y el Padre. Lc. 11, 5-8 sí es propio de Lucas, y tiene paralelo interno en Lc. 18, 1-8, en la parábola del juez inicuo. Este recurso literario de repetir un tópico en dos parábolas es común; así encontramos la dracma perdida (Lc. 15, 8-10) y la oveja perdida (Lc. 15, 4-7), el grano de mostaza (Lc. 13, 19) y la levadura (Lc. 13, 21), o la torre (Lc. 14, 28-30) y el rey que va a la guerra (Lc. 14, 31-32). Con este método, se recalca la importancia de algunos conceptos. En el caso de hoy, el concepto a remarcar es la importancia de la oración en la comprensión de la relación con Dios.

Si prestamos atención, la parábola no es la descripción sobre cómo Dios atiende por cansancio. Todo lo contrario. Dios atiende porque es bueno, porque ama, diferente de lo que sucede con el ser humano, que atiende porque está harto. El amigo despertado a medianoche y el juez inicuo no son buenos en el sentido estricto del término; no aman al amigo ni a la viuda; sólo quieren sacarse de encima una responsabilidad moral o judicial. Dios no quiere sacarse a nadie de encima. La función de la parábola (y de las comparaciones de los últimos versículos) es establecer un parangón en el que el carácter de Dios se haga superlativo. Si los hombres dan cosas buenas a sus niños, mucho más lo hará Dios. Si los hombres, que tienen serias dificultades para amar, son capaces de gestos loables de amor, mucho más será capaz Dios. Si el hombre, a pesar de sus limitaciones, dialoga, mucho más dialogará Dios. Allí está la clave de la oración. Hay que orar con insistencia, no porque el Padre sea sordo, sino porque en la insistencia el ser humano hace carne la costumbre de dialogar con lo divino. Jesús tiene una relación íntima con Dios porque su oración es constante. Si la Iglesia quiere configurarse al Hijo del Hombre, tiene la responsabilidad de no cerrar la vía del diálogo, no dejar de ser comunidad en comunicación. El amigo no se levanta a medianoche por el que está afuera, sino por él mismo, para que lo deje en paz y pueda seguir descansando tanto él como su familia. Dios, en cambio, ama personalmente al ser humano, y no tiene como prioridad seguir descansando, no está focalizado en Él, sino que es amor que se expande y se centraliza en el otro.

Esa expansión, ese amor gratuito y genuino es el que hace que Dios dé a sus hijos lo mejor. Y lo mejor es espíritu santo. Según el original griego, la frase no tiene artículo, y lo que dará el Padre no es el Espíritu Santo, sino espíritu santo. Esta expresión representa, no a la tercera Persona de la Santísima Trinidad, sino a la calidad de Dios, a su esencia, a su ser personal. En el paralelo de Mateo, Jesús dice que el Padre dará cosas buenas, pero en Lucas dará espíritu santo, o sea, dará su persona misma, se dará Él. Esa es la expresión máxima del amor divino. El verdadero amor no consiste en dar cosas, sino en darse. Dios nos ama verdaderamente porque se da. El texto de Jn. 16, 23ss tiene resonancias en el mismo sentido: lo que se le pide al Padre es dado, y lo mejor que nos puede dar el Padre es su Persona.

Por eso el Padrenuestro, tanto el lucano como el mateano, comienzan invocando la palabra Padre. Seguramente, detrás de este término griego (pater) se esconde el arameo de Mc. 14, 36: Abbá. Jesús se dirige a un Dios personal, y abre la puerta para que todos los que creen en un Dios con las mismas características (personal, dialogal, comunicativo) puedan dirigirse a Él en intimidad. Es Padre-nuestro porque es Padre-de Jesús, somos hijos porque Jesús es Hijo. A este Dios Padre, se le pide que santifique su Nombre y que venga su Reino. Ambas peticiones tienen que ver con lo escatológico-histórico. Pedir a Dios que santifique su Nombre es pedir que se manifieste, que se dé a conocer, que se auto-revele. La expresión puede remontarse al profeta Ezequiel (cf. Ez. 20, 41; Ez. 36, 23), donde la santificación del Nombre de Dios es la salvación del pueblo. Cuando Dios se revela, cuando se hace manifiesto, el ser humano se salva, es rescatado. Y ese rescate se hace concreto en el Reino de Dios, aquella realidad última y concreta donde el humano se plenifica. A continuación, por si lo escatológico corriese el riesgo de alejarse en el futuro, se pide el pan de cada día. El cada día también es algo clásico de Lucas, como en Lc. 9, 23, cuando se habla de tomar la cruz cada día. Si la oración es un tópico medular en la obra lucana, el hoy de la salvación también lo es. El sentido de lo diario, del presente que es rescatado por Dios y de las necesidades inmediatas puede encontrarse en el anuncio del Salvador que nace hoy (cf. Lc. 2, 11), en las palabras del Padre que ha engendrado su Hijo hoy (cf. Lc. 3, 22), en el cumplimiento hoy de la Escritura (cf. Lc. 4, 21), en las cosas increíbles que se ven hoy (cf. Lc. 5, 26), en la salvación que llega hoy a la casa de Zaqueo (cf. Lc. 19, 9) y en la afirmación al malhechor de la cruz de que hoy estará con Jesús en el Paraíso (cf. Lc. 23, 43). El Jesús lucano no vive en el futuro, sino en el presente, y Resucitado permanece presente y activo en el hoy de la comunidad cristiana. No es un Mesías del pan para mañana, de las promesas lejanas, de lo que se salva a largo plazo; el pan de cada día es el pan que se necesita comer ahora para saciar el hambre actual. Esa necesidad alimenticia se corresponde a la necesidad del perdón. El Padre da el pan cotidiano como da el perdón, y resulta igualmente necesario que el cristiano reproduzca el perdón de Dios, así como la distribución del pan. Para finalizar, la petición es que no nos deje caer en la tentación. Siguiendo el esquema de pensamiento de Lucas, no podemos referirnos a la tentación moral así sin más; probablemente, para el autor se trate de la tentación de no ser discípulo en el día a día, la tentación de abandonar el camino cristiano por atajos.

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Los discípulos de Jesús saben que los discípulos del Bautista tenían una oración particular que los identificaba. Ellos quieren lo mismo. Saben que Jesús ora y que se relaciona de forma muy particular con Dios. Si es su Maestro, no es ilógico pedirle que les enseñe cómo habla Él con el Padre. Jesús, entonces, les revela una serie corta de frases con resonancias bíblicas, pero originales. Frases que podría haber dicho cualquier judío, pero que sólo dice Jesús. Frases que pueden ser repetidas millones de veces, pero que algunos cuantos profundizan hasta encarnarlas. El domingo anterior la liturgia nos ofrecía la escena de Marta y María, que contextualizamos en la recomendación insistente de Jesús de ser oyentes de la Palabra para ponerla en práctica, ser discípulos en la acción. En esa línea, el Padrenuestro no es la oportunidad de rogar a Dios para cruzar los brazos. El Padrenuestro es un compromiso que tomamos con la historia. Al rezarlo, tomamos la responsabilidad de santificar el Nombre, de hacer presente el Reino, de darle pan al hambriento, de perdonar las ofensas y de luchar contra la tentación.

A los discípulos del Bautista los identificaba alguna oración. A la mayoría de las religiones también. A los cristianos los identifica el Padrenuestro, no recitado al pie de la letra, pero sí vivido en su espíritu. La oración hace del discípulo un verdadero seguidor de Jesús en cuanto lo configura con el Maestro. Aprender a rezar es aprender a establecer un vínculo filial con Dios, aprender a decirle Padre, aprender a pedirle, saber que somos escuchados, saber que nos responde porque nos ama, comprender que estamos inmersos en la dinámica de un Dios comunicativo. La oración es la posibilidad de sumergirse en el misterio gigante de la divinidad que se auto-revela, que establece contacto con la Creación, que quiere hacer oír su voz. La oración es la vía para correr el velo y entrar en la re-velación de Dios.

Al identificarse con el Padrenuestro, el discípulo se identifica con un tipo determinado de religión, que es la religión de la comunicación. Por eso la evangelización no puede llevarse adelante sin rezar. Por eso el evangelizador está vacío cuando no ora. Si se trata de comunicar la Buena Noticia, es absurdo que esté bloqueada la puerta de comunicación con Dios. Si se trata de entrar en diálogo, es absurdo que el evangelizador no establezca diálogo con el Padre. En la oración se hace realidad una de las más grandes maravillas del cristianismo: la posibilidad de hablar con Dios sin intermediar comercio, argumentación o gesto ritual estereotipado. Cualquiera puede orar en cualquier momento y en cualquier lugar. No se necesitan ministerios ordenados ni órdenes canónicas ni máquinas ni aparataje ni dinero. Se necesita ser comunicativo, nada más y nada menos. La oración rompe con la comunicación mercantilista o persuasiva. La oración es la comunicación más pura, porque nada puede ocultarse. Y eso es una Buena Noticia que merece ser comunicada/orada.